31/12/2018
¡Una copa de vino, por favor! – oí pedir a alguien mientras “Revolución” cerraba el concierto por
todo lo alto.
¡Que no, que no! Que las mejores fiestas no son siempre con tu selecto grupo de amigos y al
son de reggaeton. ¡Que esto es una fiesta sin aforo y promete! En esta fiesta no hacen falta
grandes salones ni manjares exquisitos, solo haces falta tú. No hay hora de cierre, ni código de
vestimenta, no hay diferencias de ningún tipo entre los invitados, todos son iguales a la mirada
del Anfitrión, que observa atentamente como sus asistentes disfrutan.
Dan las 5 de la mañana y la fiesta sigue, aún sin música; la pista de baile se transforma en un
escenario de abrazos y sonrisas, de besos de buenas noches y de muchos “¡nos vemos pronto!”.
Ahí me paro y pienso, la música empezó a aquello de las 10, pero esa fiesta había empezado
hacía días, concretamente el jueves. Empezó con la efusividad de los abrazos que nos dimos con
aquellos a quienes no veíamos desde hacía tiempo, con el saludo y el gesto de acogida hacia
todos aquellos a los que veíamos por primera vez, con la predisposición de ayudar en lo que
hiciera falta, con las ganas de reunirnos, una vez más, con Él.
Señor, ¡esta fiesta ha sido un auténtico escándalo, un finde de no parar! Hemos podido
descansar más bien poco, y, aunque me conoces y sabes que cuando no duermo suelo estar de
mal humor, algo ha pasado este fin de semana, y es que no he dejado de sonreír. Ni yo ni nadie.
He visto a la gente madrugar con una sonrisa, pasar frío o calor con una sonrisa, cantar aun sin
voz y con una sonrisa, llorar con una sonrisa, abrazar con una sonrisa, ayudar con una sonrisa, e
irse a la cama a las tantas y agotado, pero con una sonrisa. Y te he visto a Ti en todas y cada una
de ellas. Te has hecho Padre de una familia inigualable. Te has hecho carne y hueso en todas las
personas que no han dejado de servir para que esto saliera redondo, en todas las miradas de
alegría, emoción y agradecimiento que nos hemos dirigido unos a otros en todos estos días.
No sé en qué momento concreto de esta gran fiesta me has cambiado la vida, solo tengo claro
que no quiero que pare nunca. Quiero ser una fuente inagotable de servicio para los demás,
quiero ser una sonrisa que ilumine, quiero ser el oído que siempre esté dispuesto a escuchar las
preocupaciones de mis amigos y compañeros, quiero ser los pasos que arranquen el gran baile
que forma parte de Tu fiesta. ¡Quiero hacer partícipe a todo el mundo de lo que Tú me has dado!
Quiero que todo el mundo entienda que solo por medio de Ti se puede querer
incondicionalmente, que solo cuando Tú estás detrás la ilusión y las ganas combaten la pereza
y hacen que lo que pueda parecer un esfuerzo pesado se convierta en un emocionante reto que
superar. Quiero que la gente entienda que esta fiesta no es una hora los lunes adorándote, ni
45 minutos de Misa los domingos, que esta fiesta es un no parar de vivir como Tú nos has
enseñado, de servirte y servir a los demás, y de hacerlo todo por amor y con una sonrisa.
¡Quiero que todo el mundo sepa que Contigo cada día es una fiesta!