10/11/2023
Comienzo a escribir esta carta una semana después del God Stop, ya de vuelta en la misma rutina diaria, pero a la vez todo tan distinto.
Fui al God Stop sin expectativas de nada, nunca había estado en un retiro en mi vida y no sabía que podía esperar de él, solo que Él me quería allí. Unas semanas atrás durante una Hora Santa le pedí que me guiara un poquito y que me mostrara cuál debía ser mi siguiente paso. Al terminar e ir al bar de enfrente con todos, se me acercó Josepe y estuvo hablando conmigo unos 10 minutos. Justo antes de acabar nuestra charla me dijo que me apuntara al God Stop. Apenas habían pasado unos minutos desde que le pedí algo a Jesús y ya me había respondido.
Durante las próximas semanas a todo a quien le mencionaba que había apuntado me decía que no me arrepentiría de la experiencia y que iba a ser increíble.
Llegamos a Cifuentes de los primeros, después de un trayecto muy agradable con mis compis de coche y recuerdo impresionarme por lo acogedor que se veía todo.
Más tarde nos dieron varios tips para mejorar la experiencia y decidí intentar seguirlos todos, especialmente guardar silencio y apagar el móvil, algo que acabaría agradeciendo mucho.
El sábado por la mañana alternamos entre charlas de Josepe y ratitos de adoración y, aunque las charlas eran muy interesantes, no llegaba a entender por qué decían que era una experiencia tan increíble, estaban bien sin más.
Más tarde, en la comida, estuvieron varios pringados súper pendientes de mí por mi peculiar intolerancia y estoy muy agradecido a todos ellos por lo bien cuidado que me tuvieron.
Por la tarde rezamos el rosario en la acogedora ermita y después continuamos con las charlas.
Recuerdo la última de ellas que fue al aire libre y estar congelándome de frío, pero esta charla me llegó de una forma especial, en ese momento no entendía como, pero me preparó para lo que estaba por venir esa tarde.
Después de merendar fuimos entrando poco a poco de nuevo a la capilla, pero ahora estaba inundada de incienso y velitas decorándolo todo. Me tocó ponerme al fondo del todo y aunque al principio me dio un poco de rabia, en el momento que el coro empezó a cantar detrás de mí se me cayeron unas lágrimas, las primeras de muchas esa tarde. Creo que nunca en mi vida he llorado tanto, parecía un bebé, de vuelta a cuando todo era tan sencillo, cuando no teníamos tantas preocupaciones y problemas. Durante esta adoración todo empezó a conectar y encajar, y cuando digo todo me refiero a TODO. Como cuando estás viendo una serie de misterio y al llegar el último episodio se resuelven todas las dudas y encajan todas las piezas del puzle. Así me sentí yo, completo por primera vez en 19 años, Vivo. Al terminar la adoración, yo aún seguía de rodillas, como si el tiempo no hubiera pasado.
Ahora tocaba prepararse… para una boda! Pero no una cualquiera, sino mi boda, la de cada uno de nosotros, con Él. Tras celebrarlo tuvimos un gran banquete, un pequeño paréntesis del silencio, pero al terminar de vuelta al silencio, a adorarlo. Nos dejaron adorarle tanto como quisiéramos antes de irnos a dormir y pude agradecerle tanto que me había dado ese día y toda mi vida. Una vez más, el tiempo se volvió inexistente y eran ya las 2 de la mañana y tocaba descansar.
Al siguiente día, tras no dormir casi nada, no estaba cansado sino feliz. Tuvimos algunas charlas más de Josepe y una preciosa misa de despedida. Después de comer y de una charla personal con Josepe muy enriquecedora, tocaba marcharse.
En el coche de vuelta a Madrid, ya cuando creía que el God Stop había acabado, estuvimos hablando de nuestras experiencias y fue otro regalo más que me dejó.
Ahora ya una semana después de todo lo vivido en esos dos intensos días puedo decir que hay un cambio en mí, aunque sigo siendo el mismo ahora me siento Vivo. He dejado de ser como las vacas que ven cómo su vida va pasando sin hacer nada, como bien decía Josepe.
Para cerrar mis palabras solo puedo dar gracias, dar gracias por TODO.