Que nadie me miraba como Él

Imagen Placeholder

01/10/2023

Por muchos años escuché que Dios me amaba, escuché que me había elegido, que era afortunada, que nadie me miraba como Él. Por muchos años esperé sentir este amor, comprender este amor, aterrizar este amor y sin sorpresas, nunca lo logré. Porque, ¿Cómo puede Dios amarme cuando conoce todas mis imperfecciones?, ¿cómo puede amarme cuando no le hablo, cuando lo busco solo cuando lo necesito, cuando siento que no lo conozco, cuando ni yo se amarme a mí misma?

La vida entonces trae su humanidad, su imperfección perfecta, trae vulnerabilidad, dolor, pérdida, muerte, miedos, corazones rotos y sueños no alcanzados. Sin comprender el amor de Dios, una vida desesperanzada, es una vida sin sentido. Así caminaba yo, sin sentido, en constante búsqueda de él, viviendo en desaliento, caminando con tristeza, con una mirada clavada en mí misma disfrazada como una mirada clavada en Dios, pero al final, siendo yo el centro.

Cansada de tanto caminar sin rumbo, creyendo que Dios me había abandonado, con la certeza de que me había creado simplemente para ser su instrumento, una creación utilitaria, una creación no amada, llegué aquí. Sin conocer a nadie, sin conocer Hakuna, sin conocer a Dios.

El primer regalo fue el silencio, hacer silencio no es callar, sino ponerse a la espera, beberse lo que la realidad

ofrezca como dádiva; es ir al propio desierto, que no es huir, sino lo contrario, afrontar. Disfruten el silencio, respeten el silencio, encuéntrense y déjense encontrar por Él, en el silencio. Es un regalo, en estos tiempos, tener un fin de semana de silencio. Hoy, una semana después, quisiera volver a callar como lo hicimos en el God Stop, quisiera volver a contemplar, contemplar la belleza de su creación, contemplar lo que escuchábamos, contemplarlo a Él, mi corazón y saberme contemplada por Él. Jesús hablaba con su Padre en el silencio, en la montaña, en el desierto. No le tengan miedo, no se tengan miedo a ustedes mismos.

Guardaré muchos regalos en mi corazón, pero el segundo y último que quisiera compartir es el regalo de la eucaristía. Comprender la comunión como el momento más íntimo que tenemos con Dios, el momento en que nos hacemos uno, un solo cuerpo, entrega total, amor pleno y profundo, me cambió la vida.

Llegue al God Stop pidiéndole a Dios me enseñara que era su amor, llegue esperando respuestas, tal vez un sentimiento, una lluvia en mi desierto espiritual que llevaba años sintiendo. Pensé que había llegado sin expectativas, pero venía con una sed enorme de sentir su amor.

La sorpresa fue, que su amor no es un sentimiento, no es comprenderlo, no es aterrizarlo, no es ponerle nombre, su amor es una certeza. La certeza de que se entrega, íntima y totalmente cada día sobre este altar, se entrega para hacerse uno conmigo, se entrega como el acto más grande de amor, se entrega solo para mí. Se entrega viéndome a los ojos, escogiéndome una y otra vez. Y esto es todo, es mi razón de estar aquí, es suficiente.

Ver la comunión como el matrimonio sanó heridas en mi corazón, sé que tengo vocación para el matrimonio, y no conocer al hombre de mi vida era una herida profunda en mi corazón. Entender que El me escoge a mí, una y otra vez, para ser uno conmigo, sanó mi alma. Le tomó un segundo y al mismo tiempo años que yo comprendiera cómo me ama. Le tomó que me prestara al silencio, le tomó el tiempo Perfecto para encontrarme como su oveja pérdida.

Mi corazón entendió que mi vida es una extensión de la comunión, mi corazón entendió que la certeza es la eucaristía, que no hay nada más que yo pueda necesitar en este mundo más que ser una con Cristo, lo demás vendrá por sí mismo. Con El todo lo puedo, y lo que no puedo lo tomará El. Con Él, la vida por fin tiene sentido. La eucaristía le ha dado sentido a mi vida.

Mi versículo de la Biblia favorito siempre ha sido Lucas 15;20: “Y levantándose, vino a su padre. Y cuando aún estaba lejos, lo vio su padre, y fue movido a misericordia, y corrió, y se echó sobre su cuello, y le besó.”

Nunca entendí por qué, hasta el God Stop. Siempre creí que era porque tenía la esperanza de que algún día yo sintiera esa mirada, esa mirada que me busca desde lejos, que corre hacia mí, que no necesita que yo haga, mueva, hable. Siempre pensé que esa mirada la conocería hasta el cielo, y que sorpresa me llevé cuando la sentí por primera vez en la eucaristía.

Él me mira, Él te mira.

Dejémonos ver, amar, dejémonos ser uno.

Gloria a Dios que estás aquí, no es coincidencia que los estés, déjate amar, abrazar, déjate ser uno con Dios.

Gracias por escucharme y disfruta, que de eso se trata la vida de la mano de Dios,

Rezo y pido por ti con mucho amor

¿Ves algún error?