Contigo caminaré sobre el agua

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18/12/2022

Cuando empezaba a gustarme el mundo, a tener todos los días ocupados y un millón de planes, me llevas al desierto. Y ahí, en medio de la nada, Tú, Mi Dios, te callas. Y no me dices nada. ¡Con la ganas que tenía yo de estar a solas contigo y escucharte! El silencio, al que estoy poco acostumbrada, me invade. Mi cabeza empieza a dar vueltas sobre esa larga lista de cosas por hacer y busca respuestas. Pero nada, sólo silencio. Y me doy cuenta de que estaba tan ocupada pensando en el futuro, que no me daba cuenta de mi presente, ni reflexionaba sobre mi pasado. Que hacía las cosas mal y a medias, y encima no me importaba. Y es que “cuando uno piensa que está encontrando su lugar en el mundo, en realidad es el mundo el que encuentra su lugar en él” (Cartas del diablo a su sobrino, CS Lewis). Se me estaba endureciendo el corazón, era insensible a todo, al mal y al bien. No me dolían mis pecados y tampoco me asombraba con tus regalos diarios.

En el silencio y en la presencia de Mi Cristo, vulnerable en un trozo de pan, me tocas el corazón. Me recuerdas que estás ahí, que te dejas comer por mí para salvarme. Deshaces mi corazón entre Tus Manos y me dices que aspiro a mucho más que a esa larga lista de cosas. Que me has hecho Hija De Dios, que mi destino es el cielo y no este mundo. Y me devuelves mi capacidad de amar, de sufrir, de llorar; solo Tú eres capaz de eso, de hacerme más viva y humana. Solo Tú eres capaz de resucitarme y transfigurar mis oídos, mis ojos, mi lengua, mis manos y mi corazón.

Poco después, el 25 de diciembre, llegas como un signo de contradicción (Lc 2, 34). La divinidad se hace carne. El Rey de Reyes se pierde entre los pobres. La luz de la claridad eterna se esconde en la oscuridad de un establo, sin calor ni iluminación más que la de las estrellas. Me fascina contemplar este misterio. Todo un Dios en un recién nacido, tan vulnerable, tan dependiente, tan dulce. Y no entiendo nada. Pero entonces sé que ya me he cansado de la playa, que yo también quiero ser un signo de contradicción. Quiero lanzarme a la marea y nadar a contracorriente. Que para estar a la altura de Tu Voluntad, tengo que humillarme. Que para escuchar Tus Palabras, tengo que callar mis pensamientos. Que para adorarte, no necesito oro ni riquezas. Que para agradarte, no tengo que hacer nada sino dejar que lo hagas Tú todo. Que para ganarme Tu Confianza, tengo que perder lo que me hace sentir segura. Y para ganar la eternidad, no necesito ninguna de las comodidades del mundo. Que para brillar en Tus Ojos, es mejor que pase desapercibida a los ojos de otros. Y para darte gloria, no necesito aplausos ni halagos. Que cuando todos me rechacen, Tú me recibirás. Y que cuando mi corazón llore y sufra, me darás un corazón fuerte, que sangre y sienta de verdad. Que para que se manifieste Tu poder, tengo que mostrar mi debilidad. Y para que obres milagros en mi vida, no puedo tener todo bajo control, sino vivir de Tu providencia. Que no necesitan médico los sanos, sino los enfermos. Y mi corazón está enfermo.

Señor, ahora quiero abandonar la orilla. Y no te voy a pedir que me lances de una a la marea y surfeemos cada ola, porque sería difícil y tragaría mucha agua. Lo primero que te pido es que me ayudes a desear la marea, a atreverme a agarrar Tu mano y dejar que Tú marques el ritmo. Aunque a veces vuelva a pisar la orilla, Contigo caminaré sobre el agua.

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