30/09/2019
Resuenan en mi alma tantas cosas de estos días en Tierra Santa. Reviso con la cabeza uno a uno
cada uno de esos recuerdos que el alma quiere guardar para siempre, para siempre… No dejes,
mi Jesús que me olvide de cada uno de esos instantes en los que me has mirado, y me has amado
más.
Sabes que soy una persona fría, planificadora, de las que mide cada paso… Había imaginado este
viaje como organizo cada cosa de mi vida: estructurada, medida, calculada… Y vas Tú, y lo haces
saltar todo por los aires. Tu sí que tienes sentido del humor, y te has reído de las cosas que te
hemos ido contando. Y cuando rendido he bajado las escaleras del Vía Crucis he sentido que me
decías: Ya no hables más, no me cuentes más cosas… las conozco todas, y me haces reír. Déjame
llevarte, deja que lo lleve todo. Métete al final, junto al Cirineo, agárrate fuerte y verás cómo
hago nuevas todas las cosas.
¿Crees que este viaje es lo mejor que te ha pasado? Hijo mío, no tienes ni idea de lo que te tengo
preparado si me dejas. Lo bueno está por llegar y te enseñaré Mediterráneos, Tiberíades y
desiertos que no conoces, y haré de tu corazón un alma grande, y cada noche al finalizar el día,
te cogeré en brazos, te arrullaré y te contaré las cosas buenas que tengo preparadas para ti.
Y solo he podido esconder las lágrimas detrás de unas gafas de sol para que los demás no las
vean, y gritar con todas mis fuerzas: “Mamá, no le dejaré nunca”.