Seguir los pasos

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19/03/2020

Señor, Tú me renuevas en cada instante. Creo en Ti, confío en Ti. Hoy me han
preguntado que quién eres para mí, ¿y que me ha salido del alma? Jesús, tú eres el
amor de mi vida. Sin dudarlo. No me refiero a ese romanticismo ficticio de película,
sino que eres el amor existente en toda mi vida. Todo el amor que recibo de mis
amigos, de mi familia, de los desconocidos, de la belleza de la naturaleza, de los
planes, todos eso que doy… Todo eso eres Tú. Así que hoy confirmo y afirmo que Tú,
Señor, eres el amor de mi vida. Buah, me quedo sin palabras. Es como un subidón. ¡Qué extraño esto que siento! Estoy enamorada de Ti, lo sé. Te amo por encima de todo. Empiezas a ver luz, camino y esperanza. Vives en paz. Pero de repente, todo se oscurece. Llega el momento de la verdad, sientes miedo,
pensamientos oscuros salen desde tu corazón. Sabes que existe la luz, pero no la llegas
a vislumbrar. Las circunstancias te pueden; todo ese mundo que anteriormente
alababa a Dios se queda frío, pequeño y haciéndote la vida imposible. ¿Cómo puedes
tener tanto miedo? Suplicas volver a lo anterior, anhelando esa luz, esa paz.
Y ahí llega el momento de creer. Pero esa fe, que anteriormente aclamabas a los
cuatro vientos, ¿dónde está ahora?
Entonces, te das cuenta de lo hipócrita que eres. Te quedas sin defensas.
¡Qué pequeño eres! ¿Cómo tú que creías tener mucha fe, que hacías mil cosas bien,
en un abrir y cerrar de ojos, sientes miedo? ¿Es aquí cuando se pone a prueba tu fe?
¿Todo lo que has aprendido sobre Dios no ha servido para nada?
Precisamente es momento de gritar: «Señor, yo soy así, aquel que tiene miedo, aquel ser
humano débil e indefenso que necesita de tu ayuda para poder vivir». Aceptas quién
eres realmente.
Pero no recibes respuesta, este miedo no desaparece y no va hacerlo en un segundo.
Sino que tienes que cargar con él, como Jesús hizo en la cruz. El tormento dura un
tiempo. Eres un manojo de confusión y sensaciones que te vienen muy grandes. No
sabes qué sentir; sientes esperanza, pero a la vez un miedo aterrador, sabes que tienes
que amar, pero no vives ese amor. No sabes ya ni que pensar.
Así que decides refugiarte en Él. Ves que tienes que confiar. Ahora solo puedes confiar.
Aférrate a Dios porque Él está contigo, aunque todo esté oscuro alrededor, Él está ahí.
No pienses en qué pasará, ni en qué será. Ahora esa frase que has oído tantas veces,
“me refugio en Ti” cobra sentido. Simplemente cree y espera. Descansa en el miedo, en
ese sufrimiento que no te deja vivir.
Escribiéndolo así, me doy cuenta que parece algo muy negro, una lucha sombría y
desesperada. No obstante, es todo lo contrario. A medida que te abandonas en sus
brazos y confías en Él. A medida que vas aprendiendo a sufrir, desahogando todo lo que llevas dentro. Aceptando quién eres. Te vas sintiendo liberado y, te prometo, que
es ahí, cuando eres feliz.
Aun así, me siento desubicada, confundida y asustada. Me siento agradecida y
bendecida, pero incomprendida. Siento y pienso tantas cosas a la vez que no me creo
capaz de poder contener tanto en mi cabeza. Sí, tengo miedo, pero tengo esperanza y
a la vez fe. Espero con paciencia a que pase el tiempo y que, poco a poco, vaya sanándome.
Me aferro fervientemente a la fe. No obstante, no comprendo, no llego a captarlo.
Siempre he entendido a la primera todo aquello que me han enseñado y siempre he
sabido explicárselo a los demás. Pero me siento decepcionada conmigo misma, ¿cómo
que a la hora de la verdad no he sido capaz de actuar ante ello? Debido a que soy
débil, a que soy simplemente humana, eso me hace ser totalmente quien soy. Ahí ves
lo que es el significado de la humildad, eres capaz de abrir tu corazón.
Así que lo voy a mantener abierto, aunque sea para que puedas entrar en mí. No sé
cómo quitarme esta confusión que está todo el día rondando mi alma, pero acabo de
comprender, acabo de entender. No tengo que quitármela, tengo que aceptarla y
creer. Solamente confío. Sé que todo saldrá bien, todo saldrá acorde a tus planes. Así
que dame la capacidad, ayúdame para ser capaz de mantenerme firme y no
desorientarme. Porque yo desde aquí no puedo hacer nada, simplemente aprender a
ser yo, aprender a sufrir como yo. Y te aseguro, Señor, que creo que siguiendo este
camino estoy empezando a lograrlo. Así que soy toda tuya.
Desde mi propia experiencia, vivo con una esperanza que asusta. Sé que no debo
compararme con el resto, pero observas como la gente realmente no piensa así. Yo ya
estoy gozando del fin de esta cuarentena, de lo que voy a hacer y de cómo voy a
ayudar a aquellos que lo han pasado mal. Por otro lado, la gente no soporta el día a
día, se queja de lo lento que pasa el tiempo y ve como todo alrededor es desastroso.
Por eso señalo la importancia de dar las gracias, continuamente, de todo lo que
tenemos. ¿Quién iba a decir que estaríamos en casa con agua caliente, viendo a todas
horas las películas que queremos y poder trabajar en pijama? ¿Quién nos diría que
tendríamos la opción de abastecernos de comida en estos momentos tan delicados?
Sé que el panorama es negro, pero veo esperanza, veo esa luz de Dios más allá.
En estos tiempos que corren, con una pandemia mundial masacrando la vida de tantas
personas, veo luz, al final del camino. Confío plenamente en Ti y tengo esperanza. No
es un día más de cuarentena, sino un día menos. Nunca había visto el vaso medio
lleno, jamás he sido de esas personas. Sin embargo, aquí en este tiempo he podido
descubrir mi debilidad y he visto la fuerza transformadora de tu misericordia. Solo sé
en quién creo y en quién confío. Y por mucho que me atormente el mundo, seguiré mi
camino, simplemente, abandonándome en Él.

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