Esto dice el Señor:
«Como bajan la lluvia y la nieve desde el cielo,
y no vuelven allá sino después de empapar la tierra,
de fecundarla y hacerla germinar,
para que dé semilla al sembrador
y pan al que come,
así será mi palabra que sale de mi boca:
no volverá a mí vacía,
sino que cumplirá mi deseo
y llevará a cabo mi encargo».
Proclamad conmigo la grandeza del Señor,
ensalcemos juntos su nombre.
Yo consulté al Señor, y me respondió,
me libró de todas mis ansias. R/.
Contempladlo, y quedaréis radiantes,
vuestro rostro no se avergonzará.
El afligido invocó al Señor,
él lo escuchó y lo salvó de sus angustias. R/.
Los ojos del Señor miran a los justos,
sus oídos escuchan sus gritos;
pero el Señor se enfrenta con los malhechores,
para borrar de la tierra su memoria. R/.
Cuando uno grita, el Señor lo escucha
y lo libra de sus angustias;
el Señor está cerca de los atribulados,
salva a los abatidos. R/.
En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«Cuando recéis, no uséis muchas palabras, como los gentiles, que se imaginan que por hablar mucho les harán caso. No seáis como ellos, pues vuestro Padre sabe lo que os hace falta antes de que lo pidáis. Vosotros orad así:
“Padre nuestro que estás en el cielo,
santificado sea tu nombre,
venga a nosotros tu reino,
hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo,
danos hoy nuestro pan de cada día,
perdona nuestras ofensas,
como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden,
no nos dejes caer en la tentación,
y líbranos del mal”.
Porque si perdonáis a los hombres sus ofensas, también os perdonará vuestro Padre celestial, pero si no perdonáis a los hombres, tampoco vuestro Padre perdonará vuestras ofensas».
Corta, pero profunda la lectura del Libro de Isaías, que nos provoca para que en este tiempo de cuaresma profundicemos en nuestra relación personal con Dios interpelándonos a través de la comparación con la naturaleza. El profeta establece una comparación de la Palabra de Dios con la lluvia y la nieve que bajan del cielo, recalcando así que no es el ser humano quien asciende hasta Dios por su propio esfuerzo, sino que es Dios quien sale al encuentro, quien toma la iniciativa para que nos dispongamos en la búsqueda del camino de la conversión. Dios nos habla a través de la Palabra para que nos dejemos empapar de ella y esta nos transforme.
Isaías nos da la clave para la vida espiritual. Contemplar la Palabra. Permanecer en la Palabra. Fecundar la Palabra. Dios actúa en el silencio, como la semilla bajo tierra, germinando nuestra vida, convirtiéndola y llenando el vacío que nos dará plenitud.
Es un regalo la lectura de hoy de Isaías que nos invita a la contemplación de la Palabra. En este tiempo de Cuaresma, dejémonos empapar por la Palabra. Escuchémosla sin prisas, guardémosla en el silencio de la oración y confiemos en su fuerza transformadora. Dios nos sigue hablando en lo profundo, y nada de lo que Él dice vuelve vacío.
En el Evangelio de hoy nos encontramos con otro regalo que nos ofrece este tiempo de Cuaresma, el Padre Nuestro. La oración en la que Jesús nos enseña a dirigirnos al Padre con sencillez, con verdad y desde la confianza. Y aunque podríamos hacer un comentario de cada frase de este Evangelio, nos vamos a quedar con el principio, pues va en sintonía con la lectura de Isaías y con el tiempo litúrgico.
Comienza Jesús diciendo que Dios ya sabe lo que necesitamos, y nos anima a no ser “palabreros”. Una vez más, se nos está enfocando al silencio y a la contemplación. No se trata de pedir, cual si Dios fuera un mago que cumple deseos, se trata de “estar” con Dios, de “escuchar”, de colocarse ante Él con verdad, despojados, disponibles, abiertos y abiertas a su Palabra, no a las nuestras.
Cierto es que muchas veces nuestras palabras, nuestros deseos y nuestras debilidades se interponen en los momentos de contemplación, pero Dios ya nos conoce. Somos sus hijos e hijas. Dios sabe lo que necesitamos. Y esto transforma radicalmente la oración. No podemos orar desde el miedo ni desde la carencia absoluta, sino desde la confianza en el Padre, descansando en su voluntad, en su mirada, en lo que sueña para nosotros, que somos sus hijos e hijas.
La oración, vivida desde el Padrenuestro, va modelando la vida según la voluntad de Dios y nos transforma a Él. Claramente la Cuaresma nos llama a la sobriedad también en la oración: menos palabras, más contemplación.
¿Llenamos la oración de palabras para no escuchar? ¿Usamos la oración para tranquilizarnos más que para abrirnos a Dios? ¿Contemplamos?
Beata Ascensión Nicol Goñi

Primera misionera en la Amazonía Peruana y cofundadora de las Misioneras Dominicas del Rosario. Experimenta a Dios profundamente en la vida misionera, es capaz de descubrirlo presente en todos los acontecimientos. Su vida fundamentada en Jesús nutre su predicación y la hace fuerte y paciente para enfrentar las adversidades en la misión.
Virgen, Hermana de vida activa
(1868 – 1940)
Memoria obligatoria
Ascensión del Corazón de Jesús (en su Bautismo: “Florentina”) fue cofundadora de la Congregación de Hermanas misioneras Dominicas del Santo Rosario, cuyo fin principal es dedicarse a la evangelización de los no cristianos. Nació en Tafalla (Navarra, España) el día 14 de marzo de 1868. Niña todavía quedó huérfana de madre. Para darle una formación adecuada su padre la encomendó a las Hermanas Dominicas de Santa Rosa en la ciudad de Huesca. Allí comprobó que el Señor la llamaba a la plena consagración a Él y empezó el noviciado el 22 de octubre del 1884. Al año siguiente hizo la profesión. Luego fue nombrada educadora en el Colegio Santa Rosa, dependiente del convento, del cual fue directora. A ruegos del obispo Mons. Ramón Zubieta, OP., Vicario Apostólico del Urubamba y Madre de Dios, el año 1913, ella se ofreció, junto con otras cuatro hermanas, para trabajar como misioneras en Perú.
En 1915 se trasladó a la ciudad peruana de Puerto Maldonado donde ejerció un fatigoso y humilde trabajo apostólico. Vuelta a Lima, buscó, junto con el obispo Mons. Ramón Zubieta, dar vida a la Congregación de Misioneras Dominicas del Santo Rosario, con el fin de formar nuevas misioneras que pudieran evangelizar los pueblos de la Amazonía. El nuevo Instituto fue erigido oficialmente el 5 de octubre de 1918 y Ascensión fue nombrada Superiora General y se decidió a abrir el Noviciado en España y casas en diversas regiones de Perú, España, Portugal y China. Aceptó con fe firme las verdades reveladas y con fe profunda buscó extender con todas sus fuerzas el Reino de Cristo. El año de 1936, ante la grave situación política en España, volvió a la patria para alentar con su presencia a sus hijas espirituales. En el mes de septiembre del año 1939 de nuevo fue elegida Priora General. Con salud ya delicada, soportó con paciencia su última enfermedad y el día 24 de febrero del año 1940 pasó a la casa del Padre eterno. Fue adscrita entre los Beatos el 14 de mayo del año 2005.
Oficio litúrgico de la fiesta: Descargar en PDF
Más información: Misioneras Dominicas del Rosario