El Señor habló así a Moisés:
«Di a la comunidad de los hijos de Israel:
“Sed santos, porque yo, el Señor, vuestro Dios, soy santo.
No robaréis ni defraudaréis ni os engañaréis unos a otros.
No juraréis en falso por mi nombre, profanando el nombre de tu Dios. Yo soy el Señor.
No explotarás a tu prójimo ni le robarás. No dormirá contigo hasta la mañana siguiente el jornal del obrero.
No maldecirás al sordo ni pondrás tropiezo al ciego. Teme a tu Dios. Yo soy el Señor.
No daréis sentencias injustas. No serás parcial ni por favorecer al pobre ni por honrar al rico. Juzga con justicia a tu prójimo.
No andarás difamando a tu gente, ni declararás en falso contra la vida de tu prójimo. Yo soy el Señor.
No odiarás de corazón a tu hermano, pero reprenderás a tu prójimo, para que no cargues tú con su pecado.
No te vengarás de los hijos de tu pueblo ni les guardarás rencor, sino que amarás a tu prójimo como a ti mismo. Yo soy el Señor”».
La ley del Señor es perfecta
y es descanso del alma;
el precepto del Señor es fiel
e instruye a los ignorantes. R/.
Los mandatos del Señor son rectos
y alegran el corazón;
la norma del Señor es límpida
y da luz a los ojos. R/.
El temor del Señor es puro
y eternamente estable;
los mandamientos del Señor son verdaderos
y enteramente justos. R/.
Que te agraden las palabras de mi boca,
y llegue a tu presencia el meditar de mi corazón,
Señor, Roca mía, Redentor mío. R/.
En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«Cuando venga en su gloria el Hijo del hombre, y todos los ángeles con él, se sentará en el trono de su gloria y serán reunidas ante él todas las naciones.
Él separará a unos de otros, como un pastor separa las ovejas de las cabras.
Y pondrá las ovejas a su derecha y las cabras a su izquierda.
Entonces dirá el rey a los de su derecha:
“Venid vosotros, benditos de mi Padre; heredad el reino preparado para vosotros desde la creación del mundo.
Porque tuve hambre y me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber, fui forastero y me hospedasteis, estuve desnudo y me vestisteis, enfermo y me visitasteis, en la cárcel y vinisteis a verme”.
Entonces los justos le contestarán:
“Señor, ¿cuándo te vimos con hambre y te alimentamos, o con sed y te dimos de beber?; ¿cuándo te vimos forastero y te hospedamos, o desnudo y te vestimos?; ¿cuándo te vimos enfermo o en la cárcel y fuimos a verte?”.
Y el rey les dirá:
“En verdad os digo que cada vez que lo hicisteis con uno de estos, mis hermanos más pequeños, conmigo lo hicisteis”.
Entonces dirá a los de su izquierda:
“Apartaos de mí, malditos, id al fuego eterno preparado para el diablo y sus ángeles. Porque tuve hambre y no me disteis de comer, tuve sed y no me disteis de beber, fui forastero y no me hospedasteis, estuve desnudo y no me vestisteis, enfermo y en la cárcel y no me visitasteis”.
Entonces también estos contestarán:
“Señor, ¿cuándo te vimos con hambre o con sed, o forastero o desnudo, o enfermo o en la cárcel, y no te asistimos?”.
Él les replicará:
“En verdad os digo: lo que no hicisteis con uno de estos, los más pequeños, tampoco lo hicisteis conmigo”.
Y estos irán al castigo eterno y los justos a la vida eterna».
Admirable texto el que nos ofrece hoy la liturgia, cuando estamos comenzando la cuaresma, tiempo propicio para ahondar, más que otras veces, en nuestra vida. Tiempo de romper con la rutina y atender lo que el miércoles de ceniza se nos pedía: “conviértete y cree en el evangelio”. Porque de eso se trata, de conversión.
El Levítico incluye uno de esos textos luminosos ante los que no cabe la duda en su interpretación, es claro y práctico. Comienza con la propuesta del Señor: sed santos, porque yo, vuestro Dios, soy santo. Nuestra santidad deriva de la santidad de Dios. A continuación, ofrece un “código de santidad” que sirve de guía a quienes deseamos no solo cumplir, sino vivir. La ley del talión ha sido superada y se nos propone algo nuevo: fomentar relaciones de fraternidad, teniendo siempre como referente el actuar de Dios.
El texto no habla de cosas extrañas. Habla de todo eso que compone nuestra vida de relación con Dios y con los demás. Propone cómo ha de ser nuestra conducta. Es la invitación a desechar de nuestra vida todo aquello que significa mentira, egoísmo, abuso, desconsideración hacia los otros y, por lo mismo, hacia Dios. Para el creyente, entonces como ahora, es el único camino por el que se lleva a cabo la voluntad de Dios.
El texto concluye con esa máxima donde, de nuevo, reiterará la del amor a los demás, como expresión del amor a Dios: amarás a tu prójimo como a ti mismo.
No cabe nada más. El amor será siempre el sello de los que quieren creer y vivir según Dios “que es amor”. Borrar ese sello es abandonar lo más importante de nuestra condición de creyentes.
El tiempo final, ese que suele acarrear tanta preocupación y, a veces, obsesión, encuentra en las palabras de este evangelio una orientación clara para vivirla ya desde ahora.
Jesús aparece de forma gloriosa y viene a concluir la historia asumiendo, de modo definitivo, la realeza oculta en el tiempo. Es un pasaje muy en línea con la apocalíptica bíblica. Jesús Rey/Pastor congrega ante sí a todas las naciones, separando a los hombres de acuerdo con la conducta mantenida.
Es la labor que llevaban a cabo los pastores, al recoger el ganado al atardecer, separando las ovejas de las cabras. Esa separación incluye ya un juicio. El criterio en esa separación no es otro que la caridad. Caridad que se ha traducido en hechos con quienes más lo necesitaron. Ha sido el actuar del día a día, expresado en nuestra relación con los más necesitados.
A ese “amarás al prójimo como a ti mismo” se referirá Jesús en el discurso del monte. Ese prójimo se ampliará en su parábola del Buen Samaritano como respuesta a quien quería saber quién era su prójimo. Por eso, el juicio final tendrá como materia la conducta respecto del hermano, con especial acento en el más necesitado.
El trato que damos a los demás, equivale al trato que damos a Cristo. Por eso, a la pregunta de cuándo te vimos…Jesús responde “cuando lo hicisteis con uno de estos pequeños, conmigo lo hicisteis”. De ahí que todo necesitado por el hambre, la sed, la desnudez, la prisión o la enfermedad, se convierta en camino de encuentro con Jesús.
La cuaresma es una llamada a no olvidar la esencial del cristianismo: el amor, la compasión, la misericordia. Ese es el camino que nos lleva a lo fundamental. La expresión de ese amor tiene hechos concretos: dar de comer y de beber, hospedar, vestir, visitar…Algo al alcance de todos. Es lo que nos identifica como discípulos de Jesús. Lo hemos oído muchas veces y puede que resbale o que lo dejemos de lado poniendo la atención en otros elementos secundarios de la vivencia de nuestra fe. Solo el amor es la respuesta. Sin ese amor nada tiene valor. Jesús está presente en nuestros hermanos. San Juan lo deja muy claro: “quien no ama su hermano a quien ve, no puede amar a Dios a quien no ve”. Pues eso, no cabe engañarnos con otras historias.
El día de hoy es una oportunidad que se nos ofrece para hacer realidad la Palabra de Dios. No dejemos que el tiempo se nos vaya en aquello que no merece la pena.
Pregúntate: ¿Qué interés tienen en mi vida las palabras de Jesús en el evangelio de este día? ¿Cuál puede ser mi programa a seguir en esta cuaresma según lo que la Palabra de Dios me ha propuesto?