Todavía no habéis llegado a la sangre en vuestra pelea contra el pecado, y habéis olvidado la exhortación paternal que os dieron:
«Hijo mío, no rechaces la corrección del Señor, ni te desanimes por su reprensión; porque el Señor reprende a los que ama y castiga a sus hijos preferidos».
Soportáis la prueba para vuestra corrección, porque Dios os trata como a hijos, pues ¿qué padre no corrige a sus hijos?
Ninguna corrección resulta agradable, en el momento, sino que duele; pero luego produce fruto apacible de justicia a los ejercitados en ella.
Por eso, fortaleced las manos débiles, robusteced las rodillas vacilantes, y caminad por una senda llana: así el pie cojo, no se retuerce, sino que se cura.
Buscad la paz con todos y la santificación, sin la cual nadie verá al Señor.
Procurad que nadie se quede sin la gracia de Dios, y que ninguna raíz amarga rebrote y haga daño, contaminando a muchos.
Bendice, alma mía, al Señor,
y todo mi ser a su santo nombre.
Bendice, alma mía, al Señor,
y no olvides sus beneficios. R/.
Como un padre siente ternura por sus hijos,
siente el Señor ternura por sus fieles;
porque él conoce nuestra masa,
se acuerda de que somos barro. R/.
La misericordia del Señor
dura desde siempre y por siempre,
para aquellos que lo temen;
su justicia pasa de hijos a nietos:
para los que guardan la alianza. R/.
En aquel tiempo, Jesús se dirigió a su ciudad y lo seguían sus discípulos.
Cuando llegó el sábado, empezó a enseñar en la sinagoga; la multitud que lo oía se preguntaba asombrada:
«¿De dónde saca todo eso? ¿Qué sabiduría es esa que le ha sido dada? ¿Y esos milagros que realizan sus manos? ¿No es este el carpintero, el hijo de María, hermano de Santiago y José y Judas y Simón? Y sus hermanas ¿no viven con nosotros aquí?».
Y se escandalizaban a cuenta de él.
Les decía:
«No desprecian a un profeta más que en su tierra, entre sus parientes y en su casa».
No pudo hacer allí ningún milagro, solo curó algunos enfermos imponiéndoles las manos. Y se admiraba de su falta de fe.
Y recorría los pueblos de alrededor enseñando.
La primera lectura de hoy nos invita a contemplar el amor infinito de un Dios que nos acompaña en cada paso de nuestra vida. Más que enfocarnos en la idea de disciplina o castigo, este texto nos revela el corazón de un Padre que desea lo mejor para sus hijos e hijas. Dios no es un juez distante, sino un Padre cercano, que escucha nuestras luchas y nos sostiene en medio de las dificultades.
En el camino de la fe, a veces enfrentamos pruebas que parecen superarnos. Sin embargo, hoy se nos recuerda que esas experiencias pueden ser una ocasión para experimentar de manera más profunda el amor y la fidelidad de Dios. Su corrección no es un acto de rechazo, sino una manifestación de cuidado y deseo de ayudarnos a crecer en libertad, justicia y paz.
Dios camina junto a cada hijo suyo, fortalece nuestras manos cansadas y nuestras rodillas vacilantes, y nos llama a avanzar con confianza en su promesa. Al escucharlo, descubrimos que su voz no condena, sino que anima; no nos exige perfección, sino que nos invita a vivir en el amor.
El texto también nos exhorta a buscar la paz. En esta búsqueda, encontramos un eco del amor de Dios que nos impulsa a ser instrumentos de reconciliación y bondad en nuestro entorno. Al hacerlo, nos convertimos en testigos vivos de un Dios que no solo escucha, sino que también actúa a través de sus hijos e hijas para transformar el mundo con su amor.
Por su parte, el Evangelio de hoy nos invita a meditar sobre las adversidades, en este caso, sobre el rechazo al que Jesús se enfrenta en su propia tierra, entre quienes lo conocen desde su infancia. Esta experiencia de rechazo nos permite acercarnos al corazón humano de Jesús, quien, a pesar de ser el Hijo de Dios, experimenta la incomprensión y la falta de fe de aquellos que deberían acogerlo con mayor facilidad.
Jesús, sin embargo, no responde con resentimiento ni se aparta de la misión a la que ha sido llamado, pero si se asombra; y es que su asombro ante la incredulidad de los suyos es también una muestra de su amor y humanidad, que nos sirve de espejo; porque, incluso cuando enfrentamos rechazo o incomprensión, estamos llamados a perseverar en el amor y en el cumplimiento de nuestra vocación cristiana.
Este pasaje también nos recuerda que Dios actúa de manera sorprendente y, muchas veces, a través de lo cotidiano. Los habitantes de Nazaret no pudieron reconocer a Jesús como el Mesías porque lo veían solo como "el hijo del carpintero". El texto nos invita a abrir los ojos a la presencia de Dios en nuestra vida diaria y a confiar en que él puede obrar maravillas incluso en circunstancias adversas.
Que este Evangelio nos inspire a crecer en fe, a acoger con corazones abiertos y a reconocer la presencia de Dios en los rostros y acciones de quienes nos rodean a pesar de su rechazo.
¿Qué situaciones en tu vida han producido frutos de justicia y paz, aunque inicialmente parecieron difíciles o dolorosas? ¿De qué manera puedes aprender del ejemplo de Jesús para perseverar en el amor incluso ante el rechazo?
Santa Águeda

Esta joven, de rica e ilustre familia, habiendo decidido desde su adolescencia consagrarse a Cristo, triunfó de todas las tentativas de hacerla contraer matrimonio. A pesar de que fue torturada de múltiples formas se mantuvo firme en su fe y en su virtud. Se la venera desde el siglo V y es la patrona de las mujeres.
Sicilia, siglo III
El culto de esta famosísima mártir se difundió desde Sicilia por todo el Oriente cristiano, por el Norte de África y llegó a Roma, donde se le dedicaron numerosas iglesias, una de ellas por el propio San Gregorio Magno, y se la inscribió en la lista de mártires del canon de la misa, volando así su nombre y su fama también a todos los países en donde el Misal Romano ha llegado a estar vigente.
Desgraciadamente sus actas no son anteriores a la segunda mitad del siglo V y han podido por ello ser catalogadas como un romance del gusto medieval más apto para la edificación piadosa que para la noticia histórica.
Los datos seguros, que nadie discute, son muy pocos: que existió históricamente, que fue virgen y mártir, y que fue martirizada por la fe muriendo el 5 de febrero; todas las posibilidades apuntan que fue el año 251 en el imperio de Decio, siendo menos atendibles las indicaciones respecto a su martirio en tiempo de Diocleciano a comienzos del siglo IV. Su nacimiento se lo discuten Catania y Palermo, sin que sobre ello haya datos para concluir, pero su martirio tuvo lugar en Catania, donde su tumba tuvo veneración secular.[…]
Siguiendo la narración de las actas diríamos que esta joven, de rica e ilustre familia, habiendo decidido desde su adolescencia consagrarse a Cristo, triunfó de todas las tentativas de hacerla contraer matrimonio y perder su virginidad. Quintiano, un varón consular, llevado de la lujuria y la avaricia, la deseó y pensó que podría vencer la resistencia de la joven. Al no conseguirlo, aprovechó la persecución desatada contra los cristianos para mandar su arresto y hacerla comparecer ante sí en Catania. Viéndose ella en las manos de los perseguidores, se encomendó a Cristo el Señor, único dueño de su corazón, y le pidió la gracia de poder vencer en la gran batalla que se le avecinaba. Por primera providencia se la envió a una casa de prostitución, llevada por una mujer de duro corazón, que intentó seducir y pervertir a la joven. Como ella se mantuviera firme en su fe y en su virtud, compareció nuevamente ante el juez, y tuvo lugar este diálogo:
Juez: ¿De qué condición eres?
Águeda: Soy de condición libre y de familia noble, como lo prueba la condición de todos mis parientes.
Juez. Si eres libre y noble ¿por qué llevas la baja vida de una esclava?
Águeda: Yo soy esclava de Cristo, y por esto de condición servil.
Juez: Si tú fueses de verdad libre y noble, no te abajarías a tomar el nombre de esclava.
Águeda: La nobleza suprema consiste en ser esclavos de Cristo.
A los pocos días hubo un nuevo interrogatorio, en el que la virgen confesora de la fe volvió a dar un alto testimonio de Cristo y de fe y amor a él. Entonces el juez decidió que fuese atormentada: extendida sobre un caballete fue azotada, y cuando ya los azotes habían desgarrado su frágil cuerpo se aplicó fuego a las heridas. La virgen aguantó con heroica firmeza el tormento, y esta fortaleza no hizo sino irritar aún más al tirano, que mandó entonces le fuesen cortados los pechos, mereciendo que la virgen le increpara por esta afrenta a su dignidad femenina, afrenta que solamente se le podía hacer si el juez olvidaba que de los pechos de su madre se había alimentado de pequeño. Seguidamente, su ensangrentado cuerpo, todo él lleno de heridas y quemaduras y mutilado en su feminidad, fue arrojado a un calabozo, donde la joven entró en oración y puso de nuevo su confianza en el Señor. Tuvo lugar entonces la aparición de San Pedro y la curación de la malherida.
El milagro no impresiona al juez, que la interroga de nuevo, le hace nuevas propuestas de abandonar el cristianismo y recibe nuevas negativas de la santa mártir. Entonces manda que se llene de cascotes de cristal y carbones encendidos el suelo del calabozo y que sobre ellos se tienda a la santa. La desnudan y la tienden, pero entonces un terremoto hace que caiga sobre los verdugos el techo y que la propia ciudad de Catania se conmueva toda por el temblor de tierra. Águeda da gracias a Dios por haberle sido fiel y haberle guardado la castidad de su cuerpo y expira en las manos de Dios.
José Luis Repetto
Texto tomado de: Martínez Puche, José A. (director),
Colección Nuevo Año Cristiano de EDIBESA.