Hermanos:
Teniendo una nube tan ingente de testigos, corramos, con constancia, en la carrera que nos toca, renunciando a todo lo que nos estorba y al pecado que nos asedia, fijos los ojos en el que inició y completa nuestra fe, Jesús, quien, en lugar del gozo inmediato, soportó la cruz, despreciando la ignominia, y ahora está sentado a la derecha del trono de Dios. Recordad al que soportó tal oposición de los pecadores, y no os canséis ni perdáis el ánimo.
Todavía no habéis llegado a la sangre en vuestra pelea contra el pecado.
Cumpliré mis votos delante de sus fieles.
Los desvalidos comerán hasta saciarse,
alabarán al Señor los que lo buscan:
¡Viva su corazón por siempre! R/.
Lo recordarán y volverán al Señor
hasta de los confines del orbe;
en su presencia se postrarán
las familias de los pueblos.
Ante él se postrarán las cenizas de la tumba,
ante él se inclinarán los que bajan al polvo. R/.
Me hará vivir para él, mi descendencia le servirá,
hablarán del Señor a la generación futura,
contarán su justicia al pueblo que ha de nacer:
«Todo lo que hizo el Señor». R/.
En aquel tiempo, Jesús atravesó de nuevo en barca a la otra orilla, se le reunió mucha gente a su alrededor y se quedó junto al mar. Se acercó un jefe de la sinagoga, que se llamaba Jairo, y, al verlo, se echó a sus pies, rogándole con insistencia:
«Mi niña está en las últimas; ven, impón las manos sobre ella, para que se cure y viva».
Se fue con él y lo seguía mucha gente que lo apretujaba.
Había una mujer que padecía flujos de sangre desde hacía doce años. Había sufrido mucho a manos de los médicos y se había gastado en eso toda su fortuna; pero, en vez de mejorar, se había puesto peor. Oyó hablar de Jesús y, acercándose por detrás, entre la gente, le tocó el manto, pensando:
«Con solo tocarle el manto curaré».
Inmediatamente se secó la fuente de sus hemorragias y notó que su cuerpo estaba curado. Jesús, notando que había salido fuerza de él, se volvió enseguida, en medio de la gente y preguntaba:
«Quién me ha tocado el manto?».
Los discípulos le contestaban:
«Ves cómo te apretuja la gente y preguntas: “Quién me ha tocado?”».
Él seguía mirando alrededor, para ver a la que había hecho esto. La mujer se acercó asustada y temblorosa, al comprender lo que le había ocurrido, se le echó a los pies y le confesó toda la verdad.
Él le dice:
«Hija, tu fe te ha salvado. Vete en paz y queda curada de tu enfermedad».
Todavía estaba hablando, cuando llegaron de casa del jefe de la sinagoga para decirle:
«Tu hija se ha muerto. ¿Para qué molestar más al maestro?».
Jesús alcanzó a oír lo que hablaban y le dijo al jefe de la sinagoga:
«No temas; basta que tengas fe».
No permitió que lo acompañara nadie, más que Pedro, Santiago y Juan, el hermano de Santiago. Llegan a casa del jefe de la sinagoga y encuentra el alboroto de los que lloraban y se lamentaban a gritos y después de entrar les dijo:
«¿Qué estrépito y qué lloros son estos? La niña no está muerta; está dormida».
Se reían de él. Pero él los echó fuera a todos y, con el padre y la madre de la niña y sus acompañantes, entró donde estaba la niña, la cogió de la mano y le dijo:
«Talitha qumi» (que significa: «Contigo hablo, niña, levántate»).
La niña se levantó inmediatamente y echó a andar; tenía doce años. Y quedaron fuera de sí llenos de estupor.
Les insistió en que nadie se enterase; y les dijo que dieran de comer a la niña.
No sé cómo será hoy, pero en mis tiempos, los profesores recurrentemente nos recomendaban “no dormirnos en los laureles”, haciéndonos ver que los estudios son una “evaluación continua” que no concluye hasta haber logrado la meta. Esta metáfora deportiva – “una carrera”- parece que también daba buen juego entre los antiguos, pues tanto Pablo como el teólogo escondido tras la mal llamada Carta a los Hebreos la utilizan para azuzar a sus comunidades.
Ciertamente pareciera que el mayor mal de las comunidades creyentes ha sido siempre “perder la constancia” y no avanzar; aún más, arriesgarse a retroceder, pues como reza el dicho popular, “lo que no mejora, empeora”. Esto es lo que debía pasarles a los cristianos a los que se dirige el anónimo autor de Hebreos: no avanzan en su fe, por el contrario, se acomodan en la molicie del ambiente en que viven; no se estimulan mutuamente en la fe, sino que se evitan todo enfrentamiento social – con las subsecuentes consecuencias de marginación – que pueda implicar la vivencia de una fe cristiana desdeñada por las corrientes religiosas e ideológicas de su contexto socio-cultural.
Y, en este evitar enfrentarse a la corriente religiosa dominante, retornan hacia atrás, a prácticas y actitudes religiosas que habrían de haber sido superadas con el advenimiento del cristianismo; en concreto la ancestral práctica religiosa del sacrificio.
En este contexto, a modo de exhortación, el autor de Hebreos expone su teología en dos movimientos: frente al temor al rechazo y al conflicto, opone la tradición de todos aquellos que no se arredraron ante los obstáculos, logrando de este modo, hacer avanzar la fe: desde los patriarcas hasta el mismo Cristo, ejemplo vivo que se presenta a los ojos de todo cristiano como su mayor acicate.
En segundo lugar, frente a la fallida creencia salvífica de los sacrificios pre-cristianos, un único y definitivo sacrificio que deroga todos los demás: Cristo, sumo y eterno sacerdote, ofrecido a sí mismo como sacrificio redentor por toda la humanidad. Como vemos, la medicina a administrar a los males de los creyentes a quienes se dirige Hebreos es siempre la misma: centrar la vida en Cristo, modelo de vida y salvación verdadera.
Que la salvación está en Cristo parecen tenerlo claro los protagonistas de las dos historias conjuntas que conforman el pasaje de Marcos, a saber, la anónima hemorroisa judía y Jairo, padre de la niña moribunda e identificado como jefe de una sinagoga. Este pasaje nos va a ayudar – a guisa de ejemplo – en nuestro discurso sobre la idea de que la fe es una carrera que necesita seguir avanzando de forma continua para encontrarse a sí misma en su verdad.
Entrando en el pasaje, este no hace otra cosa que destacar elogiosamente lo que el cristianismo paulino (y, como acabamos de ver, la carta a los Hebreos) – repite sin cesar: que sólo la fe – en Cristo – es salvífica. Así, tanto la hemorroisa judía como el jefe judío de la sinagoga son elogiados por haber descubierto esta verdad, lo cual no es sino un avance en la religión con respecto a sus coetáneos judíos, centrados en la eficacia salvífica de la observancia religiosa.
Y, sin embargo, un detalle no se nos escapa: en ambos casos, hay un contacto físico: o bien Jesús – la fuente del poder salvífico – es tocado (por la hemorroisa), o bien toca él (a la hija de Jairo). En los paralelos de Mateo 9 y Lucas 8, sucede lo mismo. Expliquémonos: en efecto, para muchos estudiosos, los orígenes ancestrales de la religión suponen el paso de la experiencia mágica a una experiencia espiritual de orden superior; sin embargo, también muchos nos recuerdan que nunca se abandonado del todo el sentido de lo mágico en la expresión religiosa.
Para el judaísmo, la lucha contra la superstición mágica era un empeño que nunca acababa de superarse y el naciente cristianismo se encontraba en la misma tesitura. Así, en el gesto físico del tocar, la fuente de salvación se “objetualiza”: Cristo se convierte en una reliquia medieval. ¿No sería necesario – conforme a la doctrina paulina de “sola fides” – superar tal vestigio mágico del pasado para que la “sola fe” sea en efecto “sola fe” y Dios deje de ser un fetiche?
Como cabría esperar, esto es lo que hace el Evangelio, pero no será el evangelio de Marcos, sino que habrá que esperar a Mateo, Lucas y Juan – textos posteriores que representan un avance y purificación de la fe – los que lleven a una mejor expresión el principio de “sola fe”. Así, en pasajes paralelos de Mateo 8, Lucas 7 y Juan 4, podemos ver este avance en otra narración de sanación, en este caso, de un centurión romano (Mateo y Lucas) y un funcionario real (Juan). En este caso, no hay ningún contacto físico, ni siquiera se recurre a la presencia de Jesús: es la pura fe del que cree la que desencadena la acción salvífica, lo que el evangelista no deja de enfatizar mediante una vehemente aprobación puesta en boca del propio Jesús.
Pero, nuevamente, no se nos pasa por alto el detalle: frente al caso anterior – protagonistas judíos – en este segundo, de fe estilizada, los protagonistas son paganos (y, en principio, oponentes por su condición social). Esta señal no debe de ser minusvalorada para comprender el desarrollo subsiguiente de la fe y la religiosidad cristiana a lo largo de los siglos.
En efecto, el proceso de esclarecimiento de la fe no terminó con el Evangelio, más bien comenzó con él; en su propio desenvolvimiento, la fe ha continuado buscándose y purificándose a sí misma, y no sólo en la persona de sinceros creyentes, sino especialmente por medio de aquellos que, por principio, serían los discordantes, los alejados, los oponentes: críticos, herejes, disidentes, agnósticos, ateos… personas que tanto y tanto han aportado al proceso de definición de la fe cristiana de modo que esta pueda esperar alcanzar a ser en verdad sola fe.
En este sentido, ya en la modernidad, la crítica de pensadores y filósofos, el desarrollo del conocimiento mediante las ciencias físicas, biológicas, la psicología… han resultado invaluables para el doloroso – insisto en este aspecto – proceso de depuración y rehechura de la fe cristiana, ayudándonos a descubrir no tanto lo que es Dios, sino aquello que llamábamos Dios y que no lo era, pues como ya decía Tomás de Aquino, más que conocer quién es Dios, podemos conocer qué no es.
De modo, concluyamos, que, cuando la fe se detiene en su devenir, se acomoda a lo dado, deja de desafiarse a sí misma, la religión que la expresa y materializa dice mentira de su objeto, que no es otro que Dios mismo. Por eso la religión ha de ser un continuo superarse en el desenvolvimiento de la verdad a la que aspira: Dios.
Con todo, entreverado con esta reflexión, no puedo evitar el pensamiento de todas esas mujeres sencillas, que, en su fe, acuden a tocar – como la hemorroisa de los evangelios – el manto de la Virgen de mi pueblo. ¿Será esta, acaso, verdadera fe, sola fe?
Santa Catalina de Ricci

Dotada de admirable prudencia, fue superiora dieciocho años, ganando mucho las religiosas en lo espiritual y en lo temporal. Trabajó con solicitud en la atención de enfermos, hermanas o laicos. Fue muy consciente de la problemática que afectaba a la Iglesia y a la sociedad de su tiempo.
(1522-1590)
Memoria obligatoria para la Família Dominicana
Nace de noble familia en 1522 y recibe el nombre de Alejandrina (Sandrina). Ya de muy niña, huérfana de madre, tenía una gran pasión por Cristo crucificado. A los doce años entra en el monasterio de San Vicente de las Hermanas de la tercera regla del santo Padre Domingo en la ciuda de Prato (Florencia) y, recibiendo el hábito de manos de su tío Timoteo Ricci, tomó el nombre de Catalina. Allí pudo finalmente perderse en la contemplación de Jesús crucificado. Durante doce años (1542-1554) revivió en su cuerpo, martizado por las llagas del Crucificado,la pasión del Salvador.
Llena del fuego del Espíritu Santo, buscando incansablemente la gloria del Señor, promovió la reforma de la vida regular, inspirada especialmente por fray Jerónimo Savonarola, a quien veneraba con agradecido afecto. Su amor la pasión del Señor la llevó a componer con versículos la sagrada Escritura una meditación reposada sobre los sufrimientos de Cristo, que los libros corales dominican han transmitido y que se canta cada viernes de cuaresma. La extraordinaria abundancia de carismas celestiales, junto con una exquisita prudencia y especial sentido práctico, hicieron de ella la superiora ideal y fue dos veces priora, repetidamente maestra de novicias. Al monasterio de San Vicente llegaron buscando consejo príncipes y prelados. Tuvo gran amistad con san Carlos Borromeo, san Felipe Neri, san Pío V y santa María Magdalena de’ Pazzi. De ella se conserva un abundante epistolario. Murió en Prato el 2 febrero de 1590. Fue beatificada por Clemente XII el 23 noviembre de 1732 y canonizada por Benedicto XIV el 29 junio de 1746. El cuerpo de la santa se venera en la basílica dedicada a san Vicente Ferrer en Prato.
Fuente: Liturgia de las Horas propio O.P., p. 588.
Su único afán fue amar a Dios y servirlo, muy especialmente, en la ayuda incondicional al prójimo, comenzando por sus hermanas de comunidad; a ellas procuró todo tipo de bien espiritual y temporal. Cuando alguna enfermaba, la visitaba de día y de noche, consolándola y haciendo el buen oficio de madre.
Fue subpriora y priora del monasterio de San Vicente, a partir de 1548; aceptó y ejerció siempre el cargo con profunda humildad y por obediencia, aconsejándose de otros en los momentos difíciles. No aceptaba alabanzas, en especial las que se referían a su santidad. Pedía y hacía pedir en sus oraciones a otras personas que el Señor le quitara aquellos raptos y éxtasis, porque aborrecía toda ostentación y toda alabanza humana. Mereció ser oída después de doce años, pues tanto tiempo y no más duraron aquellos raptos públicos, es decir, del año 1540 al 1552. Por entonces la Iglesia estaba empeñada en la celebración del Concilio de Trento.
Tenía un gran dominio de sí misma, y así era afable en el trato con las hermanas; escuchaba pacientemente, corregía con gran bondad y compasión, amando a las personas y odiando los vicios. Defendía valientemente los intereses y derechos de su monasterio, y promovió cuanto pudo su progreso; durante su mandato se construyó una nueva iglesia.
Fue muy consciente de la problemática que afectaba a la Iglesia y a la sociedad de su tiempo, y hasta se ofreció como víctima expiatoria para conseguir un remedio, en particular, para alcanzar la unidad de fe gravemente desgarrada. Su gran recurso era la oración y la penitencia.
Apoyó a las jóvenes para que pudieran contraer honesto matrimonio o ingresar en la vida religiosa; socorrió, sólo en el territorio de Prato, en torno a cien; nobles florentinos se encargaron de proporcionarle medios para este fin.
Ejercitó también su celo apostólico por medio de numerosas cartas que escribió a diferentes personas, al Maestro de la orden Serafino Cavalli, a San Felipe Neri (” 26 de mayo), a Francesco de Médicis, gran duque de Toscana, a Blanca Capello, gran duquesa de Toscana, al cardenal Julio de la Róvere, a Pierfrancesco de Gagliano, al obispo de Pistoya, Filippo Salviati, a Bonaccorso Bonaccorsi… A San Felipe Neri le decía que se sentía confundida porque un hombre tan ocupado en tan grandes tareas por la gloria de Dios se dignara escribirle; aplicaba sus sufrimientos por él, ya que la santa Iglesia le necesitaba muy de veras. A un novicio del convento de Santo Domingo de Fiésole le animaba a entregarse verdaderamente a Dios. A Blanca Capello le escribe con frecuencia asegurándole su oración y la de las hermanas; el 24 de agosto de 1587 le pedía que se dignara obtener del nuncio y del obispo de Pistoya la gracia de que tuvieran misa y sermón en el interior del monasterio, para poder seguirlo mejor, cosa que en las actuales circunstancias no conseguían por la amplitud de la iglesia. A Filippo Salviati le hablaba de su hija Cassandra; la veían inclinada a la vida religiosa, pero no querían en modo alguno presionarla. Estaba segura de que Cristo la quería para él y animaba a su padre a que no se opusiera.
Fr. Vito T. Gómez O.P.
Más información en: Santos y Santas
Oración colecta
Oh Dios, que hiciste brillar
a la virgen santa Catalina
por la contemplación de la pasión de tu Hijo;
concédenos, por su intercesión,
que, meditando con devoción estos misterios,
merezcamos alcanzar el fruto de la santidad.
Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo,
que vive y reina contigo
en la unidad del Espíritu Santo
y es Dios por los siglos de los siglos.
Oración sobre las ofrendas
Tú, Señor, que hiciste admirable
a tu virgen santa Catalina
por la contemplación
del sagrado misterio de la pasión,
haz que participemos ahora eficazmente al sacrificio
que tu Hijo te ofreció en el ara de la cruz.
Por Jesucristo nuestro Señor.
Oración después de la comunión
Alimentados en la participación a tu divino banquete,
te pedimos, Señor, Dios nuestro,
que, siguiendo el ejemplo de santa Catalina,
llevemos continuamente en el cuerpo
la muerte de Jesús
y nos esforcemos en estar siempre junto a ti.
Por Jesucristo nuestro Señor.
Texto tomado de: Martínez Puche, José A. (director),
Colección Nuevo Año Cristiano de EDIBESA.