Vosotros no os habéis acercado a un monte tangible, a un fuego encendido, a densos nubarrones, a la tormenta, al sonido de la trompeta; ni habéis oído aquella voz que el pueblo, al oírla, pidió que no les siguiera hablando.
Y tan terrible era el espectáculo, que Moisés exclamó: «Estoy temblando de miedo.»
Vosotros os habéis acercado al monte Sión, ciudad del Dios vivo, Jerusalén del cielo, a millares de ángeles en fiesta, a la asamblea de los primogénitos inscritos en el cielo, a Dios, juez de todos, a las almas de los justos que han llegado a su destino y al Mediador de la nueva alianza, Jesús, y a la aspersión purificadora de una sangre que habla mejor que la de Abel.
Grande es el Señor y muy digno de alabanza
en la ciudad de nuestro Dios,
su monte santo, altura hermosa,
alegría de toda la tierra. R/.
El monte Sión, vértice del cielo,
ciudad del gran rey;
entre sus palacios,
Dios descuella como un alcázar. R/.
Lo que habíamos oído lo hemos visto
en la ciudad del Señor de los ejércitos,
en la ciudad de nuestro Dios:
que Dios la ha fundado para siempre. R/.
Oh Dios, meditamos tu misericordia
en medio de tu templo:
como tu renombre, oh Dios, tu alabanza
llega al confín de la tierra;
tu diestra está llena de justicia. R/.
En aquel tiempo, Jesús llamó a los Doce y los fue enviando de dos en dos, dándoles autoridad sobre los espíritus inmundos. Les encargó que llevaran para el camino un bastón y nada más, pero ni pan, ni alforja, ni dinero suelto en la faja; que llevasen sandalias, pero no una túnica de repuesto.
Y decía: «Quedaos en la casa donde entréis, hasta que os vayáis de aquel sitio. Y si un lugar no os recibe ni os escucha, al marcharos sacudíos el polvo de los pies, en testimonio contra ellos.»
Ellos salieron a predicar la conversión, echaban muchos demonios, ungían con aceite a muchos enfermos y los curaban.
El autor de Hebreos, llegando al final de su escrito, termina con una reflexión llena de exhortaciones y consejos referidos al modo en que los creyentes hemos de afrontar la vida, desde la fe en Jesús.
Y en el pequeño texto que hoy escuchamos no hace sino una comparación por contraste entre la experiencia del pueblo en la Alianza del Sinaí y la experiencia cristiana de la Nueva Alianza inaugurada por Jesús.
En el monte Sinaí un espectáculo aterrador, insoportable. Moisés temblaba de miedo.
En el monte Sión, la ciudad del Dios vivo, la Jerusalén del cielo, nos acercamos (no se nos impone) a la experiencia de la fiesta definitiva del Reino, a Jesús que inaugura la Nueva Alianza, en la que el temor deja paso a la contemplación de un amor total y definitivo que se entrega hasta la muerte.
Este pequeño relato del evangelio de Marcos contiene un mensaje de gran importancia para los creyentes en Jesús de Nazaret. Nos habla de algo fundamental para nuestra vida: nuestra responsabilidad en el anuncio de la Buena Noticia.
Es cierto que el evangelio habla de que Jesús envió a los Doce, pero no es posible pensar que esa misión está reservada en exclusiva a ellos… Ya en el Evangelio aparece otro envío de Jesús a 72 discípulos.
De hecho, en aquel momento Jesús no disponía de muchos “efectivos” disponibles para poder enviarlos. Respondiendo a su llamada había un pequeño grupo de personas que le seguían, escuchando su palabra, contemplando sus gestos, compartiendo su vida. El contraste con la actualidad es gigantesco: hoy somos muchos millones de personas en el mundo las que confesamos a Jesús de Nazaret.
Y resulta asombrosa la diferencia entre aquel puñado de personas que seguían a Jesús y que llevaron la noticia sobre Él a todas partes, hasta entregar la propia vida, y esa dinámica en la que parece que nos movemos la gran mayoría de los creyentes, en la que se diría que “no nos consta” que a nosotros también nos “corresponde” el anuncio de Jesús y su Buena Noticia.
En cualquier caso, y para todos, Jesús nos da los criterios irrenunciables que se han de dar en ese anuncio:
Los envía, de dos en dos. Los discípulos “salen” al encuentro, no esperan a que las gentes se acerquen a ellos o al templo de piedra. Y van de dos en dos. La evangelización no es tarea que se pueda vivir de manera individualizada, sino acompañados. Es la comunidad la llamada a anunciar. En ella se piensa, se discierne, se decide el qué y el cómo adecuados al momento presente y la situación. Las tareas se diversifican a partir de esa búsqueda común.
Pobreza de las personas, pobreza de los medios. Las manifestaciones religiosas de masas, espectaculares, que tanto nos agradan con frecuencia, no tienen precisamente las características del anuncio al que Jesús nos invita. Menos aún, si suponen la utilización de grandes medios y hacen ostentación de riqueza.
Nos prepara para el fracaso. Ciertamente hay anuncios que tienen poco que ver con la propuesta de Jesús, y que no merecen ser admitidos… Pero el anuncio más genuino de Jesús no tiene la garantía de ser aceptado, como él mismo no fue aceptado por la mayor parte de los contemporáneos que le conocieron o recibieron noticias sobre Él. Y este fracaso no debe llevarnos a la decepción y el abandono. Respetando la libertad de los destinatarios, continuamos en otros lugares ese anuncio.
El anuncio conlleva mucho más que la predicación, aunque en consonancia con ella. Hay sobre todo obras. Obras que suponen sanación, salvación, alegría, vida… sin obviar las dificultades de la existencia humana.
San Pablo Miki y cc.mm

El 5 de febrero de 1597 en Nagasaki fueron martirizados 26 cristianos franciscanos, jesuitas y laicos. Fueron detenidos y crucificados. Los testigos afirmaron que desde la cruz alababan a Dios con alegría
San Pablo Miki: 1564 / 5-febrero-1597
Los 26 mártires: 14-septiembre-1627
A final del siglo XVI surgieron en Japón grandes turbulencias políticas. Hideyoshi, jefe supremo del Gobierno, logró consolidar un fuerte poder militar, derrotando a todos los señores feudales que mantenían dividido al país. En 1587 publicó el primer edicto de prohibición del cristianismo, por el que quedaban expulsados de Japón todos los misioneros extranjeros. Así pretendía alejar el peligro de una posible invasión de Japón por los gobiernos extranjeros. Aunque no hizo cumplir aquella orden de un modo muy estricto, la libertad religiosa se había acabado. Un signo dramático de la nueva era fue la crucifixión de 26 cristianos el 5 de febrero de 1597 en Nagasaki: este grupo incluía a extranjeros y japoneses, que eran franciscanos, jesuitas y laicos.
Hideyoshi había firmado la sentencia en el castillo de Osaka. En Nagasaki se encargó de ejecutarla Terazawa Hazaburo, hermano del gobernador de Nagasaki. Los mártires habían caminado desde Kyoto a Nagasaki en medio de los rigores del invierno. A las 10 de la mañana del 5 de febrero estaban ya preparadas las cruces donde iban a ser ejecutados. Terazawa, encargado de llevar a cabo la orden de Hideyoshi, era amigo de Pablo Miki, un jesuita que se encontraba en el grupo de los mártires. Esto hizo que Terazawa permitiera a dos jesuitas, los padres Pasio y Rodríguez, atender a todos antes de la ejecución. Poco después comenzaron a llegar al lugar del martirio los soldados de la escolta y los mártires, divididos en tres grupos, cada uno encabezado por dos franciscanos. Todos rezaban el rosario. Tenían las manos atadas, y sus pies descalzos iban dejando manchas de sangre por el camino. El «vía crucis» había durado un mes. Llevaban cortada la oreja izquierda, señal de su condena a muerte.
Apenas llegaron todos, los soldados empezaron a fijar los cuerpos en los maderos con unas anillas de hierro en las manos, pies y cuello de las víctimas; una cuerda a la cintura bien atada los dejaba fijos a los maderos. Cuando estaban todos listos, los soldados levantaron las cruces y las dejaron caer en los hoyos que ya estaban preparados. La colina parecía sembrada cíe cruces.
Delante de todos los mártires aparecía la tabla en que estaba escrita la sentencia: «Por cuanto estos hombres vinieron de Filipinas con título de embajadores y se quedaron en Miyako (Kyoto) predicando la ley de los cristianos que yo prohibí rigurosamente los años pasados, mando que sean ajusticiados junto con los japoneses que se hicieron cle su ley…» Los extranjeros que estaban entre los mártires habían llegado en el galeón San Felipe, que había encallado cerca de las costas japonesas, en su viaje de Filipinas a Nueva España. Estos religiosos españoles habían sido declarados enemigos de Japón, por considerar que querían conquistar aquellas islas para la Corona de España. Ésta fue la chispa que desató el fuego de una persecución que ya estaba en ebullición hacía tiempo.
Los mártires cantaban salmos, alababan a Dios con sus oraciones y amonestaban a la muchedumbre que se había ido reuniendo para que fuesen fieles a la fe por la que ellos morían. Entre ellos había tres niños que habían querido unirse al grupo de los mártires. Con una alegría contagiosa, cantaban los salmos que habían aprendido en la catequesis: «Alabad, niños, al Señor, alabad su santo nombre. Desde donde sale el sol hasta el ocaso, sea alabado el nombre del Señor. Los padres Pasio y Rodríguez iban de una cruz a otra para atender a los mártires y confortarlos con sus palabras. Juan de Gota, uno de los tres jesuitas que había en el grupo, había hecho los votos religiosos en la Compañía poco antes de salir para el martirio. Los otros dos eran Pablo Miki y Diego Kisai.
La cruz de fray Felipe de Jesús, franciscano mexicano, no quedaba ajustada a su cuerpo; el sedile quedaba muy bajo, y todo el cuerpo colgaba de la anilla del cuello; esto le hacía ahogarse por momentos. Lo vio Terazawa y mandó que los verdugos alancearan el cuerpo, con dos lanzas cruzadas a la manera japonesa. Éste fue el comienzo de las inmolaciones. Eran cuatro los verdugos que empezaron a clavar sus lanzas en el pecho de los 26 mártires, empezando por los dos extremos de la fila de las cruces. A medida que los verdugos avanzaban hacia el centro, disminuían las voces de los mártires y aumentaba el clamor de la muchedumbre. Monseñor Martínez, el primer obispo jesuita de Japón, escribía: «Oí un gran grito de la gente cuando los alancearon». El último en morir fue fray Pedro Bautista; al ver a los verdugos que están ya delante de su cruz para clavarle las lanzas, exclama: «Señor, en tus manos encomiendo mi espíritu».
La Iglesia beatificó muy pronto a estos 26 mártires en 1627, sólo 30 años después del martirio. Más tarde, en 1862, fueron canonizados estos 26 testigos de la fe y el amor de Cristo por el beato Pio IX.
Fernando García Gutiérrez, S.J.
Texto tomado de: Martínez Puche, José A. (director),
Colección Nuevo Año Cristiano de EDIBESA.