Dios no sometió a los ángeles el mundo venidero, del que estamos hablando; de ello dan fe estas palabras:
«¿Qué es el hombre, para que te acuerdes de él, o el ser humano, para que mires por él? Lo hiciste poco inferior a los ángeles, lo coronaste de gloria y dignidad, todo lo sometiste bajo sus pies».
En efecto, al someterle todo, nada dejó fuera de su dominio. Pero ahora no vemos todavía que le esté sometido todo.
Al que Dios había hecho un poco inferior a los ángeles, a Jesús, lo vemos ahora coronado de gloria y honor por su pasión y muerte. Pues, por la gracia de Dios, gustó la muerte por todos.
Convenía que aquel, para quien y por quien existe todo, llevara muchos hijos a la gloria perfeccionando mediante el sufrimiento al jefe que iba a guiarlos a la salvación.
El santificador y los santificados proceden todos del mismo. Por eso no se avergüenza de llamarlos hermanos, pues dice:
«Anunciaré tu nombre a mis hermanos, en medio de la asamblea te alabaré».
¡Señor, dueño nuestro,
qué admirable es tu nombre en toda la tierra!
¿Qué es el hombre, para que te acuerdes de él,
el ser humano, para darle poder? R/.
Lo hiciste poco inferior a los ángeles,
lo coronaste de gloria y dignidad,
le diste el mando sobre las obras de tus manos. R/.
Todo lo sometiste bajo sus pies:
rebaños de ovejas y toros,
y hasta las bestias del campo,
las aves del cielo, los peces del mar,
que trazan sendas por el mar. R/.
En la ciudad de Cafarnaún, el sábado entra Jesús en la sinagoga a enseñar; estaban asombrados de su enseñanza, porque les enseñaba con autoridad y no como los escribas.
Había precisamente en su sinagoga un hombre que tenía un espíritu inmundo y se puso a gritar:
«¿Qué tenemos que ver nosotros contigo, Jesús Nazareno? ¿Has venido a acabar con nosotros? Sé quién eres: el Santo de Dios».
Jesús lo increpó:
«¡Cállate y sal de él!».
El espíritu inmundo lo retorció violentamente y, dando un grito muy fuerte, salió de él. Todos se preguntaron estupefactos:
«¿Qué es esto? Una enseñanza nueva expuesta con autoridad. Incluso manda a los espíritus inmundos y lo obedecen».
Su fama se extendió enseguida por todas partes, alcanzando la comarca entera de Galilea.
A lo largo de cuatro semanas la primera lectura nos va a invitar a reflexionar sobre la Carta a los Hebreos. Una buena ocasión para traer a nuestra consideración los temas que en ella se nos ofrecen.
Como ocurre a menudo, los temas no son algo nuevo para la mayoría de nosotros. Sí es bueno, sin embargo, que seamos capaces de incluirlos en el propio momento que vivimos cada uno, para hacer del texto un motivo para ahondar y renovar nuestra fe en Jesucristo.
La lectura de hoy nos recuerda la superioridad de Jesús sobre los ángeles, algo que tiene su origen en su condición divina, es el Hijo de Dios y, al mismo tiempo, su condición humana, algo que lo hace semejante a nosotros en todo “menos en el pecado”. Esa condición divina no es óbice para entregarse al designio redentor de Dios, designio que pasa por la humillación del Hijo, que por amor se hace partícipe de la naturaleza humana, aceptando el sufrimiento y la muerte en beneficio de todos los hombres. Todo ello le ha conducido a ser coronado de honor y gloria.
De ello surge una idea que queda explicitada en la lectura de hoy. Dios creador y fin de todo, ha considerado al hombre tan importante que lo ha convertido en hijo. Y así, con Jesús, Dios se ha hecho solidario de nuestra condición, hasta el fondo, en su Unigénito. Con ese motivo se recuerda el salmo 8, un himno cuyo tema principal es que el hombre, a pesar de su aparente insignificancia, es creado por Dios como maestro de la creación.
Buena idea leer hoy el salmo 8 completo y caer en la cuenta de la grandeza que supone ser criaturas amadas de Dios, hechos hijos y hermanos en Jesucristo.