En muchas ocasiones y de muchas maneras habló Dios antiguamente a los padres por los profetas.
En esta etapa final, nos ha hablado por el Hijo, al que ha nombrado heredero de todo, y por medio del cual ha realizado los siglos.
Él es reflejo de su gloria, impronta de su ser. Él sostiene el universo con su palabra poderosa. Y, habiendo realizado la purificación de los pecados, está sentado a la derecha de la Majestad en las alturas; tanto más encumbrado sobre los ángeles cuanto más sublime es el nombre que ha heredado.
Pues ¿a qué ángel dijo jamás:
«Hijo mío eres tú, yo te he engendrado hoy»;
y en otro lugar:
«Yo seré para él un padre, y él será para mí un hijo?».
Asimismo, cuando introduce en el mundo al primogénito, dice:
«Adórenlo todos los ángeles de Dios».
El Señor reina, la tierra goza,
se alegran las islas innumerables.
Justicia y derecho sostienen su trono. R/.
Los cielos pregonan su justicia,
y todos los pueblos contemplan su gloria.
Adoradlo todos sus ángeles. R/.
Porque tú eres, Señor,
Altísimo sobre toda la tierra,
encumbrado sobre todos los dioses. R/.
Después de que Juan fue entregado, Jesús se marchó a Galilea a proclamar el Evangelio de Dios; decía:
«Se ha cumplido el tiempo y está cerca el reino de Dios. Convertíos y creed en el Evangelio».
Pasando junto al mar de Galilea, vio a Simón y a Andrés, el hermano de Simón, echando las redes en el mar, pues eran pescadores.
Jesús les dijo:
«Venid en pos de mí y os haré pescadores de hombres».
Inmediatamente dejaron las redes y lo siguieron.
Un poco más adelante vio a Santiago, el de Zebedeo, y a su hermano Juan, que estaban en la barca repasando las redes. A continuación los llamó, dejaron a su padre Zebedeo en la barca con los jornaleros y se marcharon en pos de él.
La carta a los Hebreos trata de poner de relieve el fundamento que tiene Jesucristo dentro de todo el plan de salvación que el Padre ha trazado sobre la historia humana. Va haciendo un recorrido sobre el origen de todo. Y, en ese origen ya estaba el Hijo junto al Padre para crearlo todo. Un origen inmemorial y eterno el de este Dios.
Los profetas van hablando de parte de Dios a un pueblo que es de dura cerviz. Con lo cual se va mostrando que el seguimiento de Cristo no es nada fácil. El pueblo elegido de Israel, se va enfrentando a la fragilidad de la fe. Conocen otros pueblos, otras tradiciones, al igual que otros dioses, en los que alguna que otra vez el pueblo se relaja y corrompe la relación con su Dios. La tarea de los profetas es llamar al pueblo a que mire al verdadero Dios.
Por ello, en la etapa última, envía a su Hijo, que es Palabra: «El Verbo se hizo carne». Y la Palabra en los orígenes de la humanidad fue lo que dio consistencia a la creación entera. Al inicio solo aparece el caos que se cernía sobre todo hasta que se comienza a pronuncia una palabra: «que exista la luz»… Es interesante el juego que aparece entre origen y palabra. Jesucristo lo sostiene todo mediante su poderosa Palabra. Lo que va a dar consistencia a todo es la misma Palabra hecha carne.
Así también se ve la estrecha relación que existe en las relaciones trinitarias. Padre, Hijo y Espíritu Santo se relacionan desde el amor. Es su amor lo que da consistencia al universo y lo que da plenitud al ser humano. El amor circula regenerándolo todo, haciéndolo nuevo todo, fecundando aquello que no tiene vida. Ahora no hace falta que hablen los profetas, sino que tanto amó Dios al mundo que ha enviado a su Hijo para que obtengamos la salvación.