Después de 44 días

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19/03/2020

Hoy, tercer domingo de Pascua, he salido por primera vez de casa después de 44 días. En estos días de confinamiento he podido vivir y muy a gusto, quedándome en casa dejando que fueran otro los que iban a la compra, a la farmacia u otro. Por miedo, por pereza o por respeto, no he salido más allá del contenedor que hay en la puerta para sacar la basura. Pero hoy sí, y lo he hecho para asistir a Misa en directo, en una iglesia, como lo hacíamos siempre. Esta vez no ha sido en pantalla y sentado en el sofá. Ha sido en banco de madera y celebrando la Eucaristía con gente desconocida alrededor, como “siempre”, como antes. Hoy, después de 44 días, he vuelto a recibir a Dios sacramentalmente y ha sido un regalazo, una auténtica pasada. Pero más allá de darme cuenta de lo acostumbrados que estábamos a semejante milagro, he tenido una reflexión que quería compartir.

Hoy he comprendido realmente lo que muchas veces he oído y asentido sin darle mucha importancia: “la Iglesia es Cuerpo Vivo de Jesús resucitado.”
En mi cabeza, veía la Iglesia bajo dos prismas;
Por un lado veía la Iglesia comunidad, las personas, el grupo que formamos los miembros que compartimos una misma fe. Aquellos desconocidos de los que hablaba antes, son “menos” desconocidos por celebrar la misma Eucaristía que yo, y así lo sentimos. Lo mismo que nos pasa en Hakuna al conocer miembros de otras ciudades, sin conocernos, nos sentimos “hermanados”. Ese era un prisma.
El otro prisma, era de la Iglesia como institución u organización: la jerarquía, el clero, las catedrales y las ornamentaciones. Una parte necesaria para su desarrollo, orden y guía, pero a menudo menos cercana o menos identificada conmigo, incluso en cierto modo poco entendida en el que la cantidad de símbolos, de “oro”, de riquezas y de edificios impresionantes me creaba un cierto “rechazo” interno y me alejaba de entender esa Iglesia como Cuerpo de Dios resucitado.

Hoy, al vernos manteniendo la separación de 2 metros, al portar la mascarilla y los guantes, al ver que la gente se miraba con cierto desconcierto, no he percibido esa Iglesia comunidad, ese “estar entre hermanos”. Pero, en cambio, al haber disfrutado tanto de la Misa, al haberme reencontrado sacramentalmente con Jesús, he reconocido, un poco como los discípulos de Emaús cuando partió el Pan, a Jesús en la Eucaristía celebrada, en la Iglesia que desde hace 2000 años parte el pan y hace que Él se haga presente. He visto cómo Dios se sirve de su Cuerpo Vivo, su Iglesia, para volverse a aparecer Resucitado. He entendido que toda la grandeza, la riqueza, la ornamentación es una consecuencia artística de esta revelación; que como hombres, habiendo entendido esto, ¿cómo no vamos a emplear nuestros dones en darle a ese Cuerpo Vivo lo mejor que tengamos, lo mejor que sepamos hacer? ¿Cómo no vamos a cuidar los detalles y a organizarnos como debe ser? Me refiero a que siempre había visto a la institución de la Iglesia como potencia en patrimonio cultural, artístico y arquitectónico, donde los símbolos, las reliquias, las estatuas, los cuadros y los edificios me resultaban contradictorios con la vida que llevarían los apóstoles como fundadores de la Iglesia. Pero claro, si yo hubiese tenido el encargo que tuvo Bramante para planear la arquitectura de la basílica De San Pedro y habiendo interiorizado esa Iglesia Viva como Cuerpo de Cristo Vivo, también habría puesto mi empeño en hacer de esta la mayor obra posible, pero como consecuencia de ese entendimiento.

Escribiendo esto último lo veo tan obvio que me da hasta vergüenza haber tardado tanto en darme cuenta.. pero aún así quería compartirlo. Gracias a todos, por todo.

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