22/12/2018
Tengo 17 años y asistí al encuentro medio obligado por un par de colegas. De camino
a Santa María del Mar pensé si era necesario ir, llegando al punto de querer bajarme
del coche en medio de Via Laietana y volver a casa.
Sin ganas de nada, uno entra y se queda fascinado con la grandeza de la Iglesia.
Arcos y bóvedas de crucería, el rosetón imponente y un ábside con el gran cimborrio.
Me senté al lado de éstos esperando a que empezara la ceremonia. Ante la grandeza
de la Iglesia, empecé a ver gente joven como yo, feliz, pero no una felicidad pasajera
o placentera, sino LA FELICIDAD en mayúsculas.
Una vez empieza la misa, suben tres jóvenes a dar su testimonio. Petrificado es la
palabra que describe la sensación que tuve en ese momento. Me sentía identificado
con cada uno de los tres: siendo joven nos apartamos de Dios porque vivimos en una
sociedad que lo único que busca es la satisfacción propia, y una vez conoces a gente
que es totalmente feliz sin vivir en esa rutina es algo que choca.
Otro momento que me impactó y que me hizo ver lo tonto que es uno cuando se
olvida de lo más grande fue cuando una manada de jóvenes se presentan en frente
del altar y hacen la promesa de vivir como Dios quiere: VIVOS Y FELICES.
Durante la larga pero emotiva imposición de medallas a los pringados (por cierto,
qué grande el Obispo Omella en la homilía), veías los rostros de cada uno de los que
besaban la cruz: estaban todos conmocionados, felices, vivos y apasionados por el
acto ocurrido anteriormente.
Durante la comida y el concierto conocí a gente como yo que había descubierto la
belleza de Cristo en la Cruz y cómo Hakuna les había ayudado a conseguirlo.
Doy gracias a Dios por haberme hecho tomar la decisión de no bajarme del coche en
Via Laietana para poder ver su grandeza, de tener unos amig@s que me quieren con
locura y yo a ellos, de tener una familia que es, sinceramente, cojonuda, y una banda
de música que me ayuda a liberar la “mala leche” acumulada mediante los ensayos