30/09/2018
Esto está siendo súper raro. Llegar a casa y estar sola, todo limpio y ordenado, un
armario lleno y baño para mí sola, una despensa a dos pasos. Mensajes
recordándome mil cosas de las que tengo que estar pendiente hoy; estar atenta a
varias cosas mías que tienen que salir bien. Con la paz interior que tenía en Saboga
no sé por qué no he perdido el avión. Cuánta razón tenía don Josepe con lo de no
tener espejos; mi reflejo ha conseguido en menos de un día que ahora me fije solo
en mí, en cómo quedo según lo que hago, en qué digo y qué no, en lo morena que
estoy o el careto que tengo… y hace dos días estaba comentando qué mona tal niña
de mi grupo de comidas, lo divertido que había sido bailar con los niños en la
despedida, qué brutal el revolcadero… Estos días hemos vivido con la mirada
totalmente hacia afuera, y yo creo que por eso han sido tan alucinantes. Y es que, en
el fondo, así es como vivía Jesús, con los ojos puestos en el sufrimiento del otro, en su
madre para darle un abrazo, en cada uno para escucharnos y que nos apoyemos en
Él.
Han ido pasando los días y me he ido llenando poco a poco de mí, de mis cosas, de
mis planes. Ya casi se me había olvidado la paz que tenía en esa Isla, hasta que me
he dado cuenta de que tener el móvil en la mano me inquieta, de que llevo dos
horas pensando en lo cansada que estoy en vez de hablar con mi familia en la
comida, de que desde esta mañana estoy organizando mi día según lo que más me
apetezca y mejor me venga. Me doy cuenta ahora de que estos días han sido lo que
me gustaría que fuera mi vida, y no lo digo por el baño en el mar antes de desayunar.
Lo digo por vivir con personas que conocía de una semana pero no dejaban de
intercambiar sonrisas, porque el fin de mi mañana fuera ayudar en lo que el pueblo
necesitara, por poder estar todos juntos pintando entre risas y conversaciones con el
único interés de disfrutar unos con otros.
Lo digo por una vida sin espejo, porque ojalá me diera igual cómo estoy para no
tener que estar pendiente y, como en la Isla, solo viera lo que tengo alrededor: desde
un atardecer brutal en el Pacífico hasta que el de al lado necesite que le acerque los
ladrillos.
Pero también lo digo por estar tan cerca de gente que te hace reír y se interesa por ti
desprendiéndose de sí mismos por completo, de don Josepe preocupándose por
qué tal estábamos, de panameños en las calles dándonos los buenos días, de niños
corriendo de nuestra mano o cantando en catequesis.
No me acuerdo de quién dijo “claro, aquí es fácil decirlo porque Dios está”, pero creo
que no le faltaba razón. Dios estaba cuando nos juntábamos dos de nosotros, y
cuando íbamos veinte al campo de fútbol; en las sonrisas de los niños cuando
jugábamos en la playa, y cuando cantábamos en la Hora Santa en la orilla; en los
revolcaderos y cuando lavábamos los platos. Y esa es la paz que quiero buscar, la
presencia que quiero que no falte en mi vida.
Ojalá ahora que ya estoy aquí (aunque mi mente se vuelva de vez en cuando) pueda
vivir con Él como lo hemos hecho estos días. Disfrutando de todo, hablando con la
mirada en ellos y no en mí, sin espejo y olvidándome de mi cansancio o mis
preferencias, sirviendo pero en realidad amando. Que no me olvide de “estar
estando”, como dijeron en la hoguera, de darme a todos, en todo, con toda el alma.
Que no se me olvide que somos el “ahora” de Dios.