Miradas y muchas gracias

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30/09/2018

India. Esa palabra que todos oíamos con cierta intriga, respeto y ganas.

Es fácil preguntar desde fuera. El mítico «¿Qué tal?¿Te ha gustado?». De vez en cuando cae un «¿Es tan horrible como dicen?». Y un «yo, no podría».

Esto último me ha hecho reflexionar bastante en estos días. Estamos hechos para servir, para darnos, para salir de nosotros mismos y aprender a ver a Jesús en el de al lado. Pero todos sabemos que somos limitados. PERO, ¿Dónde está nuestro límite?

Es fácil, se trata de un límite impuesto por nuestro corazón, por nuestra capacidad de amar.

Vivimos en una rueda de constante presión, trabajo y exigencia; nosotros mismos hemos entrado a formar parte de esta rueda autoexigiéndonos más de lo mismo. Pero de repente, te paras un día y piensas «Algo estoy haciendo mal».

Personalmente nunca he tenido una idea de Dios como juez sentenciador. Siempre he pensado que siendo Dios el amor más puro que pueda existir, Él nos va a juzgar exclusivamente respecto a ello. Entonces la pregunta será ¿Cuánto has amado?

Si no me equivoco, la India ha sido una especie de bofetada para todos en ese sentido.

Me imagino que a muchos os habrá pasado lo mismo, hablaba con mis padres, con mis hermanas y abuelos y no daban crédito: fotos de las calles, pequeñas anécdotas de la aventura que supone vivir ahí cada día, el momento de decirle a tu madre que vas con una botella naranja en la mano por motivos que ya le explicarás a la vuelta, picaduras, verdadero agotamiento físico, ruido constante y calor, mucho mucho calor. «Estoy feliz mamá». Es la frase que les decía cada vez que tenía ocasión de hablar con ellos. Más allá del impacto de la India en sí, estaban impactados ante una imagen surrealista: 200 personas FELICES en la India.

Para mi suerte, yo llegué a Calcuta unos pocos días antes que el grupo y en ese tiempo tuve la oportunidad de compartir algunos momentos con las sisters. Nunca se me olvidará la primera misa a la que fui con ellas. Eran las 6 de la mañana en Calcuta. Tocamos el timbre de la Mother House. Nos abre una monjita sonriente y nos invita a entrar y a quitarnos los zapatos. Y nada más entrar, un ejército de hermanitas de la caridad. Lo primero que pensé fue «con lo sucia que está la India, ¿Cómo sus trajes pueden estar tan blancos?». Entonces empezó la Misa.

No miraban un pan, miraban a una persona. Sin oír una palabra podía percatarme del diálogo interior que estas monjas entablaban, sin un parpadeo y con una mirada fija en su objetivo, la Custodia.

Me pareció algo envidiable.

Arrodilladas sin inmutarse, unas serias, otras sonrientes, altas y bajas, unas blancas y otras negras. Todas ellas compartían una cosa: su mirada. A Él.

Más tarde, tuvimos la oportunidad de repartir algunas cenas con ellas a la gente de la calle. A pesar de las malas caras de algunos, incluso llegar a echarlas a patadas en alguna ocasión, ellas no dejaban de reírse. Gracias a ellas entendí que no estábamos allí para sacar a nadie de la pobreza, ni siquiera de íbamos a cambiar vidas. Nos explicaron que cuanto podíamos hacer por ellos era darles el cariño que le daríamos a Jesús, que esa era la única forma de devolverles su dignidad. «Intentar ver la mirada de Jesús en los ojos del pobre»; por primera vez realmente entendí esa frase.

Podría decir que una de las mejores cosas que me llevo de este viaje es la cantidad de gente admirable y espectacular que he conocido, empezando por las hermanitas, pasando por los indios y terminando por el grupo de Hakuna.

Según pasaba cada día, iba conociendo a más y más personas, cada cual más especial, con las que he vivido prácticamente de todo en este viaje. Aeropuertos, Calcuta, Hotel Sakalá, trenes de la primera guerra mundial, desiertos… Podría seguir, pero me parece que todos sabemos bien de qué hablo.

Yo llegué a la India con la idea de conocer a gente como yo, y para mi sorpresa poco a poco he ido conociendo a gente de la que sólo he podido aprender.

En ese sentido estoy segura de que todos hemos ganado, todos nos hemos llevado a más de una persona que nos da 200 mil vueltas, gente que sólo viéndola en el día a día me lleva a pensar «Rocío ESPABILA», amigos para toda la vida.

Por eso y por mil motivos más que requerirían folios y folios, sólo puedo deciros a vosotros y decirle a ÉL una cosa: GRACIAS, GRACIAS, GRACIAS.

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