30/09/2018
Rezaba un día así ante el Santísimo con la liturgia de las horas:
Están mis ojos cansados de tanto ver luz sin ver por la oscuridad del mundo, voy como un ciego que ve. Tú que diste vista al ciego y a Nicodemo también, filtra en mis secas pupilas dos gotas frescas de fe.
Y pensaba que esas gotas frescas de fe son esos momentos en lo que lloramos. Porque sí, hemos llorado en India, hemos llorado con la alegría del barrio, hemos llorado con las sisters rezando, hemos llorado apoyados en la tumba de Madre Teresa volcando ahí todo lo nuestro y deseando que se nos pegara al menos un poco de su santidad, hemos llorado despidiendo a las tuberculosas, hemos llorado ante la grandeza de un Dios que es alabado y bendecido en quienes han compartido sus testimonios, hemos llorado haciendo nuestras las voces en off, hemos llorado con los demás cuando Tú también has puesto en sus pupilas dos gotas frescas de fe y, sobre todo, sobre todo hemos llorado postrados ante Ti, ante Cristo Redentor.
Jesús, ahí, en la Ostia, me derrumbas, tus dos gotas frescas de fe se convierten en un gran río de aguas que se revuelven entre la alegría de experimentar Tu Amor, Tu luz, y mi ceguera ¿Por qué me quieres tanto, Dios?
Y sí, cuando siguen preguntando ¿qué tal la India? y comienzo a recordar todos estos momentos, vuelven a saltar esas gotas frescas de fe que iluminan los ojos, y hacen sentir con fuerza en mi interior quién es mi mejor amigo, cómo la misericordia ha entrado en esta casa, y qué gozo tan grande ver hecho realidad el ¨que nos queramos más¨.
Dios mío, necesito esas dos gotas frescas de fe cada vez que escuche ¿qué tal la India?, cada momento que recuerde que yo estuve en Calcuta, que me quedé descalzo delante de Ti, vacío de mí, y postrado ante Ti te pedía: Ayúdame papá. Y te pido Jesús para todos, para todos, esas gotas frescas de fe a diario, que apuesten por Ti, una fila de locos que siguen a Cristo, el pobre loco borracho de amor, que gritan Hakuna, que gritan revolución.