Que suerte (INDIA 2018)

Imagen Placeholder

30/09/2018

Creo que necesito escribir una carta post-India. Realmente lo necesito para terminar de creerme que he estado ahí, un sueño hecho realidad.
Cuántas veces habremos oído hablar de Calcuta, de las sisters… Y ya hemos estado ahí, ya ha terminado. ¡Qué suerte la nuestra!

Qué suerte levantarme y acostarme entre pitidos de coches, tuc-tucs, buses, vacas o lo que te imagines, y a pesar de todo encontrar mi silencio interior. Qué suerte poder compartir cuarto con el doble de lo registrado, eso sí que era convivencia.

Qué suerte haber pasado hambre los primeros días en Calcuta y habernos defendido con Cheese noons. A veces necesitamos estas cosas para darnos cuenta de lo afortunados que somos y saber apreciarlo.

Qué suerte poder rezar cada mañana bajo la tumba de Santa Teresa sí, de la mismísima Santa Teresa, poder darle un beso de buenos días y pedirle que me transmitiera su ejemplo y amor hacia el prójimo.
Qué suerte haber podido ir a la misa de las sisters a las 6 de la mañana y disfrutar de una buena muffin de Raj al terminar. Como diría Amparito: un pedacito de cielo.

Qué suerte poder limpiar las calles de Calcuta, recoger ratas, gusanos, cucarachas o lo que hiciera falta y llevarlos al vertedero plagado de cuervos. Pero, sobre todo, qué bonito que se nos unieran nuestros amigos indios, que siguieran nuestro ejemplo y lo hicieran felices.

Qué suerte haber podido aprender de la labor de las sisters, mujeres entregadas a los más necesitados por amor. Qué suerte haber podido ver a través de niños con parálisis cerebral el amor De Dios y tomarse una patada o una torta suya como un abrazo.

Qué suerte haber podido estar con leprosos, sonreírles, mirarles, abrazarles.. Viendo en ellos mucho más que una enfermedad infecciosa. Al principio parecía que no pintábamos nada ahí pero me di cuenta de que no se trataba de cuanto estuviéramos dando sino de cuanto amor pusiéramos en lo que estábamos dando.

Qué suerte haber cogido un tren de 35 horas y no un tren cualquiera… Un tren indio, un tren con cierto encanto, un tren en el que nos despertamos con un charco de nuestro propio sudor, un tren con las puertas abiertas de par en par, un tren con olores interesantes , un tren en el que nos dio tiempo a hacer un poco de todo: que si cantar, que si descubrir a gente muy valiosa, que si jugar, que si chistes, que si adivinanzas, que si amigos indios.. hasta sacamos tiempo para celebrar lo que a veces se nos olvida que es lo más importante: la Santa misa.

Qué suerte haber estado en una ciudad sagrada para los indios, Pushkar, donde las vacas eran uno más y los monos lo intentaban, donde aprendimos a valorar una hamburguesa, una cerveza..
Donde pudimos bailar bajo la lluvia, mejor dicho MONZÓN, disfrutando de cada gota, empapándonos y seguir bailando.

Qué suerte haber ido 12h en bus para llegar al desierto frontera con Pakistán, caminar de noche y dormir de día. Coger safaris y disfrutarlos como niños, ducharnos a cubazos, celebrar misa y hora santa en las dunas mientras el sol se ponía.. Gracias Señor!

¿Ves algún error?