19/02/2023
No soy de los más jóvenes pero llevo poquito viviendo con frecuencia estas actividades y contarlo por escrito es complicado pero intentaré explicarme.
Después de, como decía, unos cuantos viajes de Hakuna, me sigue llamando muchísimo la atención lo distinto que son las miradas de los asistentes el día que llegamos y el día que nos vamos. Cambio radical. Cristo nos ha ido transfigurando a lo largo del finde a cada hora, en cada día; en silencio, sin grandes espectáculos, con la elegancia y delicadeza que le caracteriza. Si bien, todos sabemos a lo que venimos a una escapada, el efecto sorpresa de “cuándo me va a tocar a mí hacer clic” siempre es un misterio porque probablemente vaya a ser en el detalle más insignificante.
A mí en particular esta ha sido la escapada más corta pero de las más profundas que he vivido. Saber que nuestras entrañas están invadidas por el amor de Cristo porque la semilla está plantada desde el bautismo y que solo tenemos que reconocerle y dejarnos hacer por Él para que crezca nuestra fe, es una gran verdad en la que he rezado mucho este fin de semana. Y probablemente no se vean fuegos artificiales o se abran las nubes y te ilumine un rayo desde el cielo pero uno sabe cuando ha sido bendecido por su mano y desde ese ‘clic’ ya nada es igual si miramos a través de su mirada. Se pierden por el camino la vergüenza y los prejuicios, la pereza, la crítica. Pero, ¿qué me ha pasado? Si yo venía con todos mis prejuicios a modo de espada y escudo: “mira esta que botas lleva”, “todos van a esquiar genial menos yo”, “esta va pintada como una puerta”, “qué hago yo aquí si no sé rezar”, “este tío me da mucha pereza”, etc. Y poco a poco, charla a charla, bajada a bajada, hora santa en hora santa, de silencio en silencio postrado ante la Hostia, he conseguido entender un poquito que todos hemos venido aquí a lo mismo, que nadie es más listo ni más tonto que nadie, que no hay edades y que el Señor no pone etiquetas al más molón, ni a la más mona, al más desastre, al que hace más cosas o al que baja más rápido la pista de la percha. De repente todos somos iguales, libres, despreocupados, relajados, dejándonos llevar por esta marea de hermanos en la fe donde sin hacer pie sabemos que estamos bien y escadalosamente alegres y confiados. Y así, “sencillamente”, disfrutamos de la serenidad del creer, porque aunque no entendamos nada y tengamos dudas, miedo o nos sintamos algo fríos, poco a poco aprendemos a gozar en Él, movidos por su Espíritu, nos entregamos a los demás con la mirada, con un gesto, con un saludo, con una sonrisa… Porque no era tan difícil, ¡y solo eso basta!
Que el estupor siga depende de cada uno. Propongámonos vivir en una eterna escapada.
Gracias a todos.
Nos vemos!