Carta desde este Santo Encierro

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19/03/2020

Hace un mes miraba con cierta desgana la misma Semana Santa que nos disponíamos a vivir y que ya se aproximaba, esa tan agradable y mundana que disfrutamos los 14 años anteriores: vacaciones de esquí en Pirineos, alojados en una cabaña perdida en la montaña con barbacoa a la que se acercaban, día sí y día también, todos mis amigos ateos con los que coincidimos cada año.

Y mis Semanas Santas se llenaban de muchas horas de servir a todos menos a Dios, que era quien sabía que me estaba llamando y al que yo quería acompañar, pero al que era difícil hacer hueco entre tanto compromiso y atender los deseos vacacionales de mis hijos.

Y así llegábamos al domingo de Resurrección, que transcurríamos metidos en el coche, mandando Whatsapps felicitando la Pascua de Resurrección y oyendo una Misa precipitada y poco disfrutada al llegar a Madrid .

En fin, ¿qué decir? Pues que se quedaba siempre un

poso de tristeza metido entre recuerdos y fotos por haberme perdido andar ese camino al lado de Jesús sufriente.

Hace un mes recé: «Señor, dame una Semana Santa de las de verdad, bien pegadita a ti. No sé cómo hacerlo».

¿Qué decir? Dios siempre me sorprende.

Aquí estoy, dándole gracias sin parar, sabiendo que esta es la Cuaresma que recordaremos toda la vida, queriendo no malgastar ni un segundo de pegarme a Ti Señor.

Cuando dijeron que se cerraban las Iglesias pensé con horror:

“Jesús de nuevo solo en el Huerto de los Olivos“

Pero me equivoqué totalmente y ha tenido que ser Él quien me explicase lo equivocada que estaba.

El martes pasado, rezando los misterios dolorosos del Rosario, sentí que Dios me hablaba en cada misterio. En el Huerto de los Olivos veía la soledad de tantos enfermos solos en las camas de los hospitales, veía la soledad de las familias al abandonar a las puertas de las urgencias a sus familiares sin saber si volverán a verlos.

En la flagelación veía el dolor por la enfermedad y la separación de seres queridos, veía que todos llevamos puesta la Corona de espinas, desgarrados ante tanto dolor a nuestro alrededor, y la Cruz de Cristo: cargándola, unos con más o menos peso, pero todos llevándola. Y, por fin, Jesús me hizo ver que este año todos estaremos en el Gólgota viendo su elevación a la Cruz.

De forma cohibida y con mucho respeto, sintiendo tantísimo dolor que me sobrecoge el alma, doy gracias a Dios por salir de esta manera tan escandalosa a rescatarnos de nuestra dejadez.

Detrás de esa puerta estará Dios abrazando a todos los que se han ido y nuestra obligación es rezar “sin parar”para que se produzca ese abrazo .

La pregunta «¿cómo quiero vivir estos días?» ya está contestada: en continua oración. “Rezar sin parar, rezar sin parar».

¿Ves algún error?