
Manglanitos
En el metro, en vacaciones, en la uni… Esta colección de 14 libritos te ayudará a rezar estés donde estés.
Y los tienes en dos formatos: físico y digital.
Manglanitos
Cada día, una oración
Ten en cuenta dos cosas antes de leer:
1. No tengas prisa
2. Lo mejor es lo que no está escrito, lo que solo tu puedes contarle a el
Enero
Oración inicial de cada día
Señor mío y Dios mío,
creo firmemente que estás aquí,
que me ves, que me oyes.
Te adoro con profunda reverencia.
Te pido perdón de mis pecados y gracia
para hacer con fruto este rato de oración.
Madre mía Inmaculada, San José, mi padre y señor,
Ángel de mi guarda: interceded por mí.
Oración final de cada día
¿Cómo actuarías hoy, Jesús, si tuvieses
mis manos, mis ojos y mi lengua;
si tuvieses mi energía y mi tiempo,
mi familia, mis amigos y mi trabajo?
Pues hoy te dejo que seas yo:
¡que seas tú quien viva en mí!
Quiero ser tú, el Hijo, que pasa hoy por el mundo:
que transmita tu mirada, tu sonrisa y tu consuelo,
que lleve tu paz, tu ayuda y tu palabra,
que realice tu servicio, tu entrega y tu amor.
Padre, transfórmame todo en Cristo,
dame su espíritu,
para que sea el Hijo entre los hombres.
Amén.
ENERO
1
1 Enero
¿Qué hay de nuevo, viejo?
Solemnidad de Santa María, Madre de Dios
Primera fiesta mariana que apareció en la iglesia occidental,
en el siglo VI, en Roma. Celebramos que María es Madre
de Dios hecho hombre. Ella nos acerca a Jesús niño
y nos ayuda a ser fieles.
«Mira a fulanito: ¡está más contento
que un niño con zapatos nuevos!»
Hoy estamos todos así, contentos
no de estrenar zapatos, ¡sino año!
¡Año nuevo! Tenemos por delante un año sin
estrenar, limpio, a nuestra disposición, enterito,
todo por escribir, todo por gastar…
Tenemos experiencia de estrenar cosas: una
camisa, un pantalón, libros, coche, bicicleta,
pelotas de tenis, gafas… Pero la verdad es que
el año no lo estrenamos del mismo modo, por-
que el año es tiempo —del que ya hemos con-
sumido bastante hasta el día de hoy— y, por
otro lado, quien vive el tiempo soy yo, que sigo
siendo el mismo. ¿No es una fiesta sin mucho
motivo? Podríamos concluir que solo hay un
motivo para que estos días sean fiesta: que en
nuestras ciudades hemos «acordado» que es-
tos días sean de fiesta. Pero no es así. Comenzamos un nuevo ciclo un período de tiempo, y es motivo de alegría. Y
la iglesia nos da toda una lección: los cristianos
celebramos hoy la fiesta de santa María Madre
de Dios. Y ¿por qué? Es elocuente. La iglesia
nos está diciendo que lo que nos hace verda-
deramente nuevos es este hecho: una mujer ha
sido madre de Dios, esto es, que, gracias a Ma-
ría, Dios ya no es un ser que está lejos, ajeno a
los hombres, absolutamente separado… ¡Qué
va! Jesús es hombre: ¡En María se han unido el
cielo y la tierra! ¡En María se han unido Dios y
el hombre! Dios pisa nuestra tierra, después
de estar nueve meses en el seno de una chica
joven de un pueblo pequeño, Nazaret. Y ese
hombre-Dios me da su vida, y me hace un ver-
dadero hombre nuevo: vivimos la vida nueva
de Dios. ¡Esto sí es motivo verdadero de alegría!
Sí: hoy es año nuevo, y… ¡¡¡yo soy nuevo todos
los días!!! Aprovechamos esta circunstancia de
empezar un nuevo período de tiempo para
recordar y agradecer que desde que María fue
Madre de Dios yo tengo una novedad radical.
Algunos preguntan: «¿Para qué sirve Jesús?»
No le ven utilidad, no les resulta práctico, no les
soluciona sus problemas… Tienen razón: Jesús
no sirve para nada… pero lo aporta todo. No
nos resuelve nuestros problemas, ni nos aho-
rra hacer nada de lo que tenemos que hacer
y sufrir, ni nos evita la reflexión y el estudio, ni
evade que suframos y luchemos tanto como
sufren y luchan los que no tienen a Jesús. Pero
al mismo tiempo lo aporta todo porque nos
da una certeza que nada ni nadie más puede
darnos: que somos amados, cada uno, de una
manera absoluta; lo aporta todo porque él está
presente, vive y actúa, nos dice que su amor
absoluto por mí se ha puesto en acción y nos
libera del mal, me hace nuevo porque Dios vive
en mí y yo vivo en Dios, él nos da la luz para
creer que todo tiene sentido.
Somos nuevos por la gracia de Dios, cuando
aceptamos que Dios viva en nosotros y nosotros
en él. Me decía un conocido cincuentón —des-
de su juventud vive alejado de Dios— que, a
pesar de sus exitosos negocios y de sus dos gua-
pas hijitas, no estaba contento: «¡Yo sé lo que es
vivir en gracia, porque una temporada larga de
mi juventud viví así! ¡Aquello sí que era felicidad!
¡Ahora me siento incapaz! ¡Cómo me gustaría!»
María, felicidades por haber dicho «sí» a Dios,
por aceptar su plan de hacerte Madre de Dios. Gra-
cias por decirle «sí». Dejo en tus manos este año, to-
davía nuevecito: encárgate tú de que todos los días
sea nuevo. ¡Que viva habitualmente en gracia! Ma-
dre de Dios… y ¡madre mía! Que salga a ti: tú eres
la llena de gracia; que la gracia me llene más cada
segundo que pase. Así cada uno de los días del año
los demás podrán decir al tratarme: «Mira ése, ¡está más contento que un niño con zapatos nuevos!»
¿Quieres que tu amor a María sea cada día más grande? ¿Qué
medios puedes poner este año para que sea así? Puedes seguir
ahora hablándole con tus palabras, quizá comentando el año. Ojalá
hagas pasar un buen momento a santa María: será fácil, basta
alegrarte con ella de que sea Madre de Dios.
ENERO
2
¡Atención!
Circunferencias al desnudo
2 Enero
San Basilio Magno y San Gregorio Nacianceno. Siglo IV
Obispos y doctores de la Iglesia. Fueron los primados de
Cesarea y Constantinopla (ambas en la zona de la actual
Turquía), respectivamente. A San Gregorio lo llamaron
“el teólogo” por su defensa de la divinidad de Jesús.
¡Este año tiene que ser redondo! No
lo dudes: redondo. Y no es difícil: es
cuestión de trazarlo con compás. Así
de sencillo: con compás.
¿Alguna vez has intentado dibujar una circunferencia a mano alzada? No hay que ser muy inteligente para imaginar lo difícil que es y, por maña que uno
tenga… siempre queda imperfecta. Sin embargo,
todo cambia cuando tienes un compás. Las circunferencias están al alcance de todos gracias a este sencillo instrumento. Lo más difícil pasa a ser algo que
hasta un niño puede hacer con los ojos vendados.
¿Y cuál es el secreto del compás que ha
despojado a las circunferencias de todo su
misterio? Tener un centro firme, fijo y bien
sujeto, sobre el que apoyarse y alrededor del
cual poder girar sin obstáculos el lápiz que
trace la circunferencia.
Dibujar nuestra vida cristiana este año que
empezamos ayer puede ser tan sencillo como
trazar una circunferencia con compás: lo único que tenemos que afianzar, lo que tiene que
preocuparnos de verdad, es tener un centro
firme, cavado en roca como los cimientos de
la parábola, alrededor del cual podamos vivir
a nuestras anchas. ¿Cuál es ese centro sobre
el que construir seguros nuestra vida? Atento:
¡QUE DIOS ME AMA!
Algunos se lanzan a vivir sin ese centro.
Pero, como ocurre con las circunferencias,
sus vidas saldrán irregulares y defectuosas. El
problema, la diferencia radical es que si sale
mal la circunferencia se hace otra y basta; pero
nuestra vida no se puede repetir otra vez si no
nos ha salido como esperábamos.
Cada día, te pase lo que te pase, en momentos de bajón o de subidón, llueva o solee,
triunfes en algo o fracases… vuelve a pinchar
en el centro firme de tu existencia, apóyate de
nuevo en tu centro: ‘¡Dios, tú me amas! Eso es
lo verdaderamente importante: ¡que tú me
amas!’.
Jesús bueno, que nos dijiste que el Padre no se
olvida ningún día de ninguno de nosotros… que
«aunque una mujer se olvidase de su hijo, yo no te
olvidaré», no permitas que sea yo el que lo olvide.
Todos los días quiero repetirlo: Gracias, Padre del
Cielo, porque me amas; sí, me amas porque te da la
gana, y porque me amas me has creado y vivo cada
uno de los días de mi vida; porque me amas vivo
hoy. ¡Gracias, Padre, porque me amas!
Puedes hablarlo ahora con él, y convencerle de que te meta en la cabeza esta verdad. Después puedes decirle la oración final.
ENERO
3
Otra persona que ocupa mi centro.
3 Enero
Solemnidad de Santa María, Madre de Dios
Primera fiesta mariana que apareció en la iglesia occidental,
en el siglo VI, en Roma. Celebramos que María es Madre
de Dios hecho hombre. Ella nos acerca a Jesús niño y nos
ayuda a ser fieles.
Como estamos iniciando el año, nos
conviene considerar aspectos que
hagan referencia a los comienzos.
Por ejemplo, Joseph Ratzinger fue
un catedrático alemán con más de 400 publicaciones sobre teología. Con 78 años fue elegido
Papa, y se puso el nombre de Benedicto XVI. Su
clarividencia y prestigio intelectual eran llamativos. Todo el mundo esperaba su primer escrito
como Papa, su primera encíclica. Tardó más de
un año en publicarla. Se llama Deus caritas est
(Dios es Amor). Estaba muy pensada, y provocó
en la prensa muchos comentarios de admiración, tanto de católicos como de pensadores no
creyentes. Quiso poner las cosas claras desde el
principio: lo primero es el amor.
Te copio una frase de la introducción de la encíclica. Dice así: «No se comienza a ser cristiano
por una decisión ética o una gran idea, sino por
el encuentro con un acontecimiento, con una
Persona, que da un nuevo horizonte a mi vida y,
con ello, una orientación decisiva».
Tener novia no es leer muchos libros sobre
chicas o ver mil fotografías de una niña a la que
has echado el ojo. Tener novia es meter a Fulanita en mi vida y meterme yo en la vida de Fulanita. Lo mismo ocurre con ser cristiano: significa
meter a Cristo en mi vida y meterme yo en la
vida de Cristo. Eso es lo primero que quiere decir
ese Papa a los cristianos: ¡ojo!, que ser cristiano
no consiste en una decisión ética (voy a ser bueno, no robaré y cumpliré los mandamientos…),
ni en una gran idea (pensar de un modo determinado, estar a favor de unas cosas, pensar que
tal asunto es verdad o mentira…); ser cristiano
consiste en encontrarse con una persona, Jesús.
Con esta frase el Papa delinea lo propio del
cristiano. Descubro lo que significa ser cristiano cuando me encuentro con Cristo, es decir,
cuando meto a la persona de Cristo en mi vida;
y este encuentro da a mi vida «una orientación
decisiva», es decir, me meto en la vida de Cristo, y poco a poco mi vida va teniendo el mismo
enfoque que la suya. Otra persona, Jesucristo,
pasa a ocupar mi centro.
Jesús de Nazaret, tú eres a quien quiero mirar, tratar, escuchar, amar, consolar; de quien quiero recibir
la mirada, por quien quiero saberme buscado, escuchado, amado y consolado. María, llévame a encontrarme cada día con tu hijo, Jesús de Nazaret.
Dile como puedas que quieres vivir esta historia de amor con
él. Éste es el mejor momento de la oración: lo que le digas con tus palabras.
ENERO
4
Una mente inquieta.
4 Enero
Santa Dafrosa de Roma, Viuda y Mártir. Siglo IV
Nace en la actual Sevilla. Después del martirio de su marido
es desterrada y al volver encarcelada. La obligan a casarse
con la esperanza de que cambie, pero convierte a su
marido, después mártir. Al enterrarlo se gana el martirio.
Hace unos años, Steve Jobs, funda-
dor de Apple, daba una conferencia
en Stanford. A aquellos estudiantes a
punto de graduarse les contaba tres
relatos autobiográficos. El tercero era éste:
«Cuando tenía 17 años, leí una cita que de-
cía más o menos lo siguiente: “Si vives cada día
como si fuera el último, algún día seguramente
tendrás razón”. Me impresionó. Desde enton-
ces, los últimos 33 años, cada mañana me he
mirado en el espejo y me he preguntado: “¿Si
hoy fuese el último día de mi vida, querría ha-
cer lo que estoy por hacer hoy?” Y cada vez que
la respuesta ha sido “No” durante demasiados
días seguidos, sé que debo cambiar algo.
El recordar que estaré muerto pronto es la
herramienta más importante que he encon-
trado para ayudarme a tomar las grandes de-
cisiones en la vida. Porque casi todo —todas
las expectativas externas, todo el orgullo, todo
temor a la vergüenza o al fracaso—, todas estas
cosas simplemente desaparecen al enfrentar la
muerte, dejando sólo lo que es verdaderamen-
te importante. Recordar que uno va a morir es
la mejor manera que conozco para evitar la
trampa de pensar que hay algo por perder. Ya
se está indefenso. No hay razón alguna para no
seguir los consejos del corazón.
“Me diagnosticaron un cáncer hace un año
aproximadamente. Me practicaron una tomo-
grafía computada a las 7:30 de la mañana, y cla-
ramente mostraba un tumor en mi páncreas. Yo
ni sabía lo que era el páncreas. Los médicos me
dijeron que éste era seguramente un tipo de
cáncer incurable, y que no llegaría a vivir más
de tres a seis meses. Mi médico me aconsejó ir
a casa y arreglar mis asuntos, que es el código
médico para prepararse para morir.
Quiere decir que hay que tratar de explicarles
a los hijos todo aquello que pensaba que iba a
tener diez años para contarles, en pocos meses.
Significa asegurarse de tener todo puntualmente
arreglado de modo que sea lo más fácil posible
para la familia. Significa empezar a decir adiós.
Pasé el día entero con ese diagnóstico. Lue-
go por la tarde me realizaron una biopsia en la
que introdujeron un endoscopio por la gargan-
ta, a través del estómago y hasta los intestinos,
pusieron una aguja en mi páncreas y retiraron
algunas pocas células del tumor. Estaba seda-
do, pero mi esposa, que estaba allí, me dijo que
cuando vieron las células bajo el microscopio
los médicos comenzaron a gritar: resultó que
era una forma muy rara de cáncer pancréatico
que se cura mediante cirugía. Me realizaron la
cirugía y estoy bien ahora.
“Fue lo más cerca que me encontré de la
muerte, y espero que sea lo más cerca que me
encuentre por varias décadas. Habiendo pasado
esto, con un poco más de seguridad que cuando
la muerte era un concepto útil pero puramente
intelectual, les puedo decir lo siguiente: Nadie
quiere morir. Aun la gente que quiere ir al cielo
no quiere morir para llegar allí. Y sin embargo la
muerte es el destino que todos compartimos.
Nadie ha logrado escapar. Y así es como debiera
ser, porque la muerte es muy probablemente la
única mejor invención de la vida. Es el agente
de cambio de la Vida. Retira del camino lo viejo
para dar paso a lo nuevo. En este momento lo
nuevo son ustedes, pero algún día no demasia-
do lejano, gradualmente, se convertirán en lo
viejo y se les sacará del camino. Lamento ser tan
dramático, pero es realmente cierto.
Su tiempo es limitado, así que no lo malgas-
ten viviendo la vida de otro. No se dejen atra-
par por el dogma —que implica vivir con los
resultados de las creencias de otros—. No per-
mitan que el ruido de otras opiniones ahogue
vuestra voz interior. Y lo que es más importan-
te, tengan el coraje de seguir a sus corazones e
intuición. De algún modo ellos ya saben lo que
ustedes realmente quieren llegar a ser. Todo lo
demás es secundario».
Steve Jobs terminaba la conferencia hablan-
do de un libro que le marcó durante su juven-
tud: «En la tapa de la edición final había una
fotografía de un camino rural a primeras horas
de la mañana, del tipo de ruta que ustedes ca-
minarían si fueran tan aventureros. Debajo de
la foto aparecían las siguientes palabras: “Si no
se tiene avidez por el conocimiento, no se co-
nocerá el éxito”». Era su mensaje de despedida
al anunciar el fin de la publicación.
«Si no se tiene avidez por el conocimiento,
no se conocerá el éxito. Y siempre he deseado
eso para mí. Y ahora que ustedes se gradúan
para empezar de cero, deseo eso para ustedes.
Si no se tiene avidez por el conocimiento, no se
conocerá el éxito».
Podemos aplicarlo a este año que hemos
empezado: ¿si hoy fuese el último día de mi
vida, querría hacer lo que estoy por hacer hoy?
¿Lo viviría así? El Señor nos lo dice: «No os afa-
néis por el mañana» (Mt 6, 31). ¡Tenemos que
vivir la vida, aprovecharla al máximo! Que no la
malgastemos viviendo la vida de otro, que no
apaguemos la voz de nuestro interior, que no
seamos mediocres.
Jesús, que todos los cristianos del mundo aprovechemos este año, cada uno de los días de este
año. Que sigamos lo que nos dice el corazón y la
conciencia. Que hagamos realidad lo que nos gus-
taría o sabemos que puede ser: ¡con coraje! Que lo
aprovechemos, conscientes de que este tiempo es
un regalo que nos concedes con tantas ilusiones…
Ahora puedes seguir hablando a Jesús y María con tus propias
palabras, comentándole algo de lo que has leído. Después termina con la oración final.
ENERO
5
Goteras bajo el agua.
5 Enero
San Simeón, Anacoreta. Siglo V
Nace en Sisán (entre las actuales Siria y Turquía).
Pastor de pequeño, tras oír las Bienaventuranzas,
cambia su vida hacia la oración y la penitencia.
Acaba su vida viviendo sobre una columna.
Un verano que pasé en Cabo de Pa-
los, un amigo me invitó a visitar en
Cartagena la base de submarinos,
en la que trabajaba. Aquellas má-
quinas son realmente fascinantes, y sus tripu-
laciones me parecían admirables por ser capa-
ces de vivir en ellos largas temporadas bajo el
agua. Había allí algunas naves destinadas a la
reparación. Me decían que cada dos años los
sacaban del mar y en uno de esos hangares
los desmontaban para repasar cada una de las
juntas entre pieza y pieza. La presión del agua
a la que están sometidos hace que el deterioro
en el ensamblaje de dos piezas signifique una
seria amenaza: el agua empezaría a entrar por
la más mínima fisura hasta hundir la embarca-
ción. Es curioso: por una parte, el submarino
está hecho para el agua, solo funciona gracias
al agua, el agua es su mejor amiga, fuera de ella
es un trasto inútil. Y al mismo tiempo el agua
puede convertirse en su peor enemigo.
Ahora que empezamos el año podemos plan-
tearnos lo siguiente. Las personas pensamos, y
eso es lo que nos distancia del resto de las cria-
turas. El pensamiento es algo grande, amigo
nuestro. Al mismo tiempo, como el agua, puede
ser nuestro enemigo: que si me han dicho tal y
cual, que si me han dicho que ese otro dijo que
yo…, que si me han mirado bien/mal, que si me
han sonreído forzosamente, que si caigo bien por
esto, si no me valoran, si tenía que haber dicho
esto y qué pena porque no se me ha ocurrido an-
tes y hubiese quedado como alguien inteligente
y no como un soso… por qué me ocurre esto, por
qué sucede lo otro, si es injusto y no lo merezco…
Todos esos pensamientos inútiles no son
indiferentes. Con esas gotas de agua entra en
nuestra alma no poco resentimiento, descon-
fianza, envidia o susceptibilidad, autocompa-
sión… y la imaginación lo agranda más toda-
vía, de manera que bien pueden hundir nues-
tra alma.
En estos primeros días del año vale la pena
que nos propongamos, para que este año nue-
vo sea año bueno, revisar todos los días las
juntas, no perder el tiempo con pensamientos
tontos y malignos. No tengas miedo al enemigo equipado con cañones, no temas este año
momentos en los que se te presenten grandes
peligros o tentaciones. Valora el enemigo de la
gota de agua que entra donde no debe entrar,
del breve pensamiento que piensa tonterías. Y
da muerte a esos enemigos que quieren entrar
en tu interior. ¿Sabes cómo se llama a esta pe-
lea? Mortificación interior
Líbrame, Señor, de una imaginación desboca-
da, de los pensamientos inútiles y estúpidos sobre
mí mismo. Líbrame del deseo de ser admirado, va-
lorado, sonreído, aprobado… Que dedique todos
mis pensamientos a pensar en los demás y en ti, en
cómo servirles mejor y hacerles la vida más agradable. Madre amable, ruega por nosotros.
Ahora puedes seguir hablando a Jesús lo leído, y comentarle
que quieres vivir la mortificación interior. Háblale de las gotas de agua que con más frecuencia se te meten en tu alma, de los pensamientos tontos en los que pierdes el tiempo con más frecuencia. Y acuérdate de escucharle, que es lo mejor.
ENERO
6
El mundo, la gran sala de «la fiesta de los regalos»
6 Enero
Epifanía del Señor
Siguiendo la estrella que los guía, llegan los tres Reyes
Magos a Belén a adorar al Niño Jesús y le traen presentes.
A través de estos hombres, Dios se manifiesta a todo el
mundo, no solo al pueblo judío.
Celebramos hoy el día en que los
Reyes Magos fueron a adorar a
Jesús al poco de nacer. Pero estos
reyes no eran magos en el sentido
que hoy tiene esta palabra. No eran prestidigi-
tadores, sino más bien personas pertenecien-
tes a la tribu sacerdotal que se dedicaban a
escrutar y estudiar los astros. Pertenecían a la
casta de sabios que tenía mucha influencia en
los emperadores sirios, caldeos y persas. No-
sotros los conocemos como Melchor, Gaspar
y Baltasar, quienes representarían a las razas
conocidas hasta entonces por los judíos: la
blanca, la árabe y la negra.
Los tres Reyes hicieron regalos. Ellos son los
que empezaron con esta gran fiesta de los re-
galos que hoy vivimos en todo el mundo. ¡Qué
barbaridad! Llevamos días comprando de
todo y para todos. Sí: ¡la fiesta de los regalos!
Pero la verdad es que los tres Reyes no son
los que empezaron. Ellos fueron los segundos.
El primero que regala es Dios Padre: nos rega-
la a su Hijo. Ahora está claro lo que pasa hoy:
Dios entra en el mundo regalándonos el mejor
don que podríamos recibir nunca, lo que ja-
más hubiéramos imaginado, lo que no nos ha-
bríamos ni siquiera atrevido a pedir: que Dios
venga al mundo como hombre. Hasta ahora
Dios era Dios y los hombres éramos hombres,
cada uno en su sitio, sitio diferenciado y ajeno
al del otro. Con este regalo la cosa cambia: Dios
ahora es hombre, las parcelas han sido rotas, la
divinidad ha entrado en la realidad hombre, y
—¡esto es grandioso!— el hombre ha entrado
en la parcela de Dios, la humanidad se ha in-
troducido en la realidad divina. Le es posible
a Dios ser hombre, y al mismo tiempo se nos
ha regalado que al hombre le sea posible ser
Dios, o mejor, vivir la vida de Dios. ¡Menudo
regalo!
Y nos lo da sin merecerlo nosotros, gratui-
tamente. Entonces los hombres —los pasto-
res que están por allí y los Reyes— se lo quie-
ren agradecer haciéndole dones, ofreciéndole
cosas. Pastores y Reyes… y nosotros.
La familias cristianas hemos aprendido de
Dios que es bueno regalar, que todo lo que so-
mos y tenemos nos ha sido dado, que el mayor
tesoro —Jesús— también nos ha sido dado…
y que si queremos ser buenos hijos del Padre
debemos vivir con su estilo: regalando. Dar
gratuitamente, dar porque nos da la gana, dar
para que el otro disfrute, dar porque es bueno
para él, dar aunque me duela, aunque tenga
que rascarme el bolsillo, el horario, el carácter
y el corazón…
Muchas veces, el afán consumista y el exa-
gerado hincapié que hacemos en los regalos
en estos días hacen que prestemos una aten-
ción desmedida a los aspectos externos de
estas fiestas. Sin ánimo de ser aguafiestas,
déjame que te anime con palabras de Juan
Pablo II a vivir estas fiestas con su sentido: «Si
de verdad la Navidad se ha convertido, con ra-
zón, en la fiesta de los regalos, es porque cele-
bra el don por excelencia que Dios ha hecho a
la humanidad en la persona de Jesús. Pero es
preciso que esta tradición sea vivida en sinto-
nía con el significado del acontecimiento, con
estilo sencillo y sobrio».
Dios mío, nunca me cansaré de darte las gracias
por habernos dado a Jesús. Quiero vivir también yo
regalando. Ayúdame hoy a dar las gracias a quie-
nes me regalan. Que no mire tanto lo que me dan
como la ilusión con la que me dan. Que no mida
y compare mis regalos con los de los demás. Que
esté pendiente de que hoy todos lo pasen bien. Te
pido por aquellos a los que hoy nadie da nada, los
que viven solos, sin familia… Te pido que todos los
cristianos vivamos esta fiesta con el sentido que
tiene, con estilo sencillo y sobrio. Gracias otra vez.
Puedes comentarle lo leído, y contarle el día. Di algo a María y
a José. Agradécele al Padre todo lo que puedas: el cariño de todas las personas que hoy te han regalado algo… y el gran regalo de Dios. Luego puedes terminar con la oración final.
ENERO
7
El don de los lunes por la mañana.
7 Enero
Epifanía del Señor. San Raimundo de Peñafort,
Presbítero dominico. 1175-1275
Maestro de filosofía en Barcelona y de derecho canónico
en Bolonia. Fue elegido maestro general de su orden.
Destacan sus escritos sobre el sacramento de la Confesión.
Murió en Barcelona.
Un encargo que tenemos todos los
cristianos es el de inyectar a diario
alegría en el mundo. Sí: encargados
de alegrar el autobús, la cola de es-
pera, el sitio donde trabajo o estudio, el grupo
de amigos, alegrar mi casa… Con la venida de
Jesús a este mundo se escuchó el grito del cie-
lo: «¡Alegraos!» Y cada día lo tenemos que gritar
nosotros a los nuestros.
A la vuelta del verano me lo contaba un uni-
versitario que había estado haciendo prácticas
en una empresa durante los meses de julio y
agosto. Cuando llevaba tres semanas traba-
jando, una tarde fue convocado por su jefe al
despacho. En estas situaciones uno se espera lo
peor: pensó que habría hecho algo mal y supo-
nía que en breve le llegaría una buena bronca
—aun no sabía por qué—: tan agobiado estaba
que su única aspiración era lograr que no le des-
pidiesen. Nada más llegar por la tarde, se dirigió
ansioso y acobardado al despacho del jefe. «Los
lunes por la mañana todos venimos a trabajar
a la oficina con mala cara, algo desmotivados,
proclives al enfado…; todos menos tú, que en-
tras sonriente y tan amable como cualquier otro
día… No me contestes si no quieres: ¿cuál es tu
secreto?». El universitario, sorprendido ante la
pregunta y la situación, le dijo que los lunes, an-
tes de entrar en el trabajo, iba a misa.
El lunes siguiente el jefe le volvió a llamar
para decirle que se había confesado y que ese
domingo había ido a misa después de muchos
años.
El apostolado de los cristianos no necesita
de grandes gestas… Este chaval no se había
parado a pensar en los efectos que podía tener
entrar con una sonrisa los lunes por la mañana
en la oficina… pero, a veces, más vale una son-
risa que mil palabras.
San Pablo en casi todas sus cartas pide a los
cristianos de los distintos sitios que estén alegres.
A los corintios, a los de Tesalónica, a los filipen-
ses… repite la misma petición: «Por lo demás,
hermanos, alegraos… Alegraos en el Señor…
Estad siempre alegres…». Es algo de familia: los
cristianos somos de buen humor.
Señor Jesús, que me dé cuenta de la necesidad
que tienen los demás de mi alegría. Que sonría, que
bromee, que no pida a los demás que me tomen en
serio, que me ría de tantas cosas que son para reírse,
que tenga buen humor y que lo contagie… también
cuando no me apetezca, cuando esté cansado, dolorido o seco… sonreír. Santa María, causa de nuestra alegría, ruega por nosotros.
Ahora puedes seguir hablando a Jesús con tus propias palabras,
comentándole la ilusión que te hace que tu vida pueda servir a otros para descubrir lo bueno que es Dios, lo bella que es la vida cristiana. Después termina con la oración final.
ENERO
8
El futuro, ¿en vertical o en horizontal?
8 Enero
San Severino, Presbítero y Monje. Siglo V
Vivió en Nórico (entre Baviera y Hungría). En la época de las
invasiones bárbaras, defendió a los pueblos amenazados y
evangelizó a las tribus germanas, convirtiendo a muchos.
Recuerdo un amigo que temía el
mes de diciembre. Lo veía acercarse
con verdadero pavor. El día 1 ya se
agobiaba con las navidades, y pasa-
ba todo el mes con la presión de escribir las feli-
citaciones, comprar los regalos, preparar la cena
de Navidad… Su obsesión era adelantar todo,
quitárselo de encima cuanto antes… Odiaba
el mes de diciembre y, con el afán de quitarse
cosas pendientes, no las disfrutaba. ¡Qué pena!
Unas entrañables tradiciones para vivir y disfru-
tar con familiares y amigos las había convertido
en una especie de tortura.
Muchos podemos cometer el error de poner-
nos el futuro como un gran rascacielos sobre la
cabeza y vivir oprimidos por lo que nos espera.
Es un error, sí: lo que nos espera, que espere.
Si pasará esto o lo otro, que tengo que
terminar tal asunto, que no sé si podré, ¿seré
capaz?… Y si no lo soy, ¿qué pasará?, no sé si
aguantaré toda la vida así, ¿aprobaré?, muy
bien si venzo ahora pero no voy a estar toda la
vida venciendo en esto y total para ceder más
tarde caigo ahora y ya está, qué hago si me
quedo solo (y las personas mayores, con que si
se les acaba el dinero)…
Lo normal y sano es vivir las cosas en su mo-
mento, cada una en su momento. Como quien
tiene delante de sí una calle que se extiende
longitudinalmente y la recorre paso a paso, no-
sotros hemos de vivir una cosa después de otra,
cada una cuando llega. El futuro se extiende por
delante de nosotros, horizontalmente.
El error radica en tomar todo eso que está
por delante como quien toma esa calle que se
extiende a sus pies y con una fuerza hercúlea
la levanta en vertical y la pone sobre su cabeza.
Claro, así cualquiera se aplasta, cualquiera vive
agotado, agobiado por la vida…
Quien nos ha creado es nuestro Padre, y
quiere que seamos felices. Quiere que disfru-
temos. Es verdad que tenemos que tomar su
cruz, pero siendo felices. Y no hay forma de ser
feliz viviendo con el futuro en vertical sobre
nuestra cabeza.
En cierta ocasión, una persona joven a quien
le costaba sujetarse a un horario y pensar que
eso tenía que ser para siempre se lo comentaba
a su obispo. Éste le respondió:
«No te agobies pensando que esto, que aho-
ra se te hace costoso, va a durar toda la vida,
porque no sabemos el tiempo que tenemos
por delante. El día de ayer ya pasó, y sólo queda
el bien que hicimos, o el que dejamos de hacer.
Mañana es una interrogación muy grande so-
bre nuestra cabeza, pues no sabemos si llega-
rá para nosotros. Cuando hemos de volcarnos
con el Señor es hoy, y para hoy tenemos toda la
gracia del Cielo. Si mañana vivimos, Dios Nues-
tro Señor nos volverá a otorgar toda su gracia.
Y así cada día transcurre; es preciso recomenzar
cada jornada.
Probablemente —añadió este anciano prela-
do al chaval agobiado—, si nos volvemos a ver
dentro de veinte o treinta años en algún rincón
del mundo, me dirás: hoy he comenzado. Por-
que esto es lo nuestro».
Viviré al día, Señor. Ayúdame a darte el día de hoy,
que es lo único que tengo, y a abandonar el futuro en tus
manos. Que sepa disfrutar de cada cosa en su momento.
Que cuando algo no lo disfrute, algún asunto del futuro
me agobie y me quite la paz… que reaccione enseguida:
iré a ti, te pediré que me enseñes a vivir eso, me recordarás
que tú me darás mi pan cada día, me susurrarás al oído
que me pasa por estar pensando demasiado en mí y por
vivirlo en solitario… Gracias, Señor: ¡viviré contigo y al día!
Ahora puedes seguir hablando a Jesús y María con tus propias
palabras. Pídele que te ayude a vivir en el presente. Comenta con él si tú, de hecho, vives agobiado y algo tenso.
ENERO
9
En mi escaparate está todo lo que quieres.
9 Enero
San Eulogio de Córdoba, Presbítero y Mártir. 800-859
Por ocultar a una conversa hija de musulmanes,
santa Lucrecia, fue juzgado ante el emir y condenado
a decapitación, pese a que se le tenía gran admiración
en la Córdoba musulmana.
Las empresas dedican una buena
parte de sus gastos a la publicidad. Se
trata de que el producto que quieren
vender resulte atractivo, que apetezca.
Tuve ocasión de ver cómo hacían un anuncio
de una empresa de comestibles. Ofrecían unos
pollos que sólo verlos cocinados se te hacía la
boca agua. Sin embargo, al ver cómo lo realiza-
ban en el plató, se te secaba de inmediato.
El pollo en cuestión estaba crudo; dentro le
metían una buena bola de tela para que que-
dase hinchado; con una brocha gorda lo unta-
ban de betadine —un líquido rojo que se usa
para desinfectar heridas— que lo dejaba con
un dorado brillante, como acaramelado; luego
lo ponían en una reluciente fuente de cerámica
y, por último, le echaban unas gotas de ácido
que en contacto con el pollo producía unas si-
luetas de humo que daban una formidable im-
presión de recién sacado del horno. Realmente,
parecía que el pollo gritaba «¡Cómeme!». Todo
era un montaje, pero la estrategia puede ser-
virnos. Si el marketing consistiese en repetir:
«¡Come los pollos de esta marca!», seguramen-
te no tendrían mucho resultado. Sin embargo,
el marketing venía a decir: «Mira estos pollos, y
serás tú quien querrá buscarlos en el mercado,
comprarlos y comértelos».
La mejor manera de ayudar a los demás —a
un amigo, un hermano, un hijo, a los propios pa-
dres— no es la de decirles mil veces lo que —a
tu juicio— tienen que hacer. ¡Qué va! La mejor
manera es ayudarles a querer lo que tú crees
que es bueno que hagan. ¿Y cómo hacerlo?
Tenemos que conseguir que brille en nosotros
aquello que queremos que los demás elijan.
Es la táctica del buen frutero que da brillo a
la manzana que quiere que compre el cliente
que pase por allí. Pone lo mejor en el escapara-
te, a la vista de todos, para tentarles; todo lim-
pio, apetitoso y reluciente.
Si quiero que un amigo trabaje más o sea sin-
cero, que haga oración o sea positivo, que deje
tal hábito o que se baje de la parra, que deje de
criticar o que sea más autocrítico… lo mejor es
que yo mismo me esfuerce por vivir mucho me-
jor eso mismo, de tal manera que brille en mí,
que resulte atractivo, que sea capaz de conta-
giárselo. A lo mejor tengo que decírselo alguna
vez, pero sobre todo… contagiárselo.
Dicen que el mejor predicador es fray Ejemplo.
El mejor amigo es el que despierta el deseo de ser
mejor a su amigo porque él mismo va por delante
y le tira para arriba, el que le hace descubrir la feal-
dad de lo malo al tiempo que le hace sentir una
sana envidia por la belleza de lo bueno.
Señor Jesús, que despertaste la admiración en
tantos que convivieron contigo, que al verte exclamaban «Todo lo hace bien»; te pido que, aunque
tenga mil imperfecciones, me esfuerce en vivir mejor
aquello que quiero que mejoren los que tengo a mi
lado. De esa manera, si ven el atractivo de tu vida
en mí, te seguirán a ti. Gracias, Señor, y ojalá puedas
servirte de mí para ayudar a todos.
Comenta con él lo leído, y manifiéstale deseos. Sí: pierde tiempo manifestándole deseos. Dice la escritura de David que era «varón de deseos», y que «los deseos del justo se cumplen». Sé tú también hombre o mujer de deseos grandes, y díselos. Escúchale también, a ver si te quiere sugerir cómo podrías contagiar y a quién.
ENERO
10
El pasillo de la novia.
10 Enero
San Gregorio de Nisa, Obispo. Siglo IV
Hermano de san Basilio el Grande, admirable por su
vida y doctrina, que, por haber confesado la recta fe, fue
expulsado de su sede por el emperador arriano Valente.
Presté a un amigo un libro con
textos y hechos de la vida del san-
to cura de Ars. Al cabo de unos
días me comentaba algo impor-
tante. «Hoy, después de comulgar —me de-
cía—, le he dicho a Jesucristo: “Gracias, Se-
ñor, porque siempre ha habido alguien en
la tierra que te ha amado como tu Madre,
como la Magdalena, como el cura de Ars…;
siempre ha habido alguien que te ha acompañado en la tierra. ¡Cómo me alegra! Te doy
gracias por esto”».
Definía el comentario como importante. Sí.
No se trata de un comentario piadoso sin más,
sino de alguien que vive unos minutos de con-
versación de amor con Jesucristo cada vez que
comulga, que se alegra por él, que se une.
Comulgar no es comer algo, un trozo de
pan, sino recibir a Alguien. Comulgar es el en-
cuentro de dos personas, quien comulga y Je-
sús: dos personas que se aceptan mutuamente,
que desean compartir y comparten, que quie-
ren ser iguales, vibrar con lo mismo, sentir del
mismo modo…
Entonces se entiende muy bien lo que un día,
el 19 de septiembre de 1937, decía Jesús a san-
ta Faustina. Lo que dice no se refiere a todos los
cristianos, sino a las almas consagradas, esto es,
a los religiosos, monjas y otros que han hecho
votos de dedicarse exclusivamente a Dios. Pero
nos viene bien saberlo: «Hija mía, escribe, que
me duele mucho cuando las almas consagradas
se acercan al sacramento del Amor solamente
por costumbre como si no distinguieran este ali-
mento. No encuentro en sus corazones ni fe ni
amor. A tales almas voy con gran renuncia, sería
mejor que no me recibieran» (Diario, 1288).
El momento más apasionante del día debe
ser la comunión. Sí: vivirlo con pasión. Como
cuentan de san Felipe Neri, que tenía tantas
ansias, tanta pasión al comer el Cuerpo y beber
la Sangre de Cristo en la misa que los que recogían la iglesia después de que él hubiera celebrado veían que el cáliz estaba mordido, que el
santo lo arañaba con los dientes.
Me gusta poner esta imagen. Cuando nos
acercamos por el pasillo hasta el pie del altar
para recibir del sacerdote la sagrada Hostia, te
propongo que recorras esos metros como los re-
corre la novia el día de su boda, donde al pie del
altar le espera el novio con la ilusión de recibirla.
Sí, da esos pasos sobre esa alfombra roja, mira-
do y acompañado por tantos ángeles porque allí
te está esperando el Esposo, Jesús de Nazaret,
que te espera y te abraza, ese Esposo al que tú
te entregas en el momento en el que abres la
boca y le recibes después de decir el tierno sí del
«Amén». ¡Vive la comunión con pasión!
Señor, cómo me alegra que siempre has tenido y
tienes en la tierra personas que te quieren como cuan-
do estaba tu madre. Quisiera recibirte cada día con la
pureza, humildad y devoción con que te recibió ella,
con el espíritu y fervor con que te han recibido los san-
tos. No permitas que comulgue con rutina, dame pa-
sión por ese encuentro que tenemos los dos cada vez
que comulgo. Quiero comulgar con pasión, con ham-
bre, con asombro, con ternura, con cariño… Así sea.
Puedes seguir hablándole con tus palabras, y puedes pedir a
María y a José que te recuerden lo de recorrer el pasillo hacia el comulgatorio como la novia el día de su boda. Termina, luego, con la oración final.
ENERO
11
¡Un san Pablo en el Metro!
11 Enero
Santo Tomás de Cori, Presbítero franciscano. 1655-1729
Destaca por su vida austera y por la predicación.
Iniciador de los retiros. Copatrono de Roma.
La primera carta que escribe san Pa-
blo la dirige a los cristianos de Tesa-
lónica, una ciudad en la que había
vivido durante unos meses, y en la
que muchos paganos se habían convertido al
Camino —así llamaban al cristianismo—. De
allí se fue a Corinto. Tenía noticias de los tesa-
lonicenses, por los que rezaba a diario y a los
que recordaba continuamente. Toda la primera
parte de la carta rebosa cariño. Entre otras co-
sas, les dice esto: «Os hemos evangelizado con
la Palabra, con la fuerza del Espíritu Santo, con
convicción».
¡Qué buen resumen! Todos somos apóstoles,
y este maestro de apóstoles señala las tres cosas
que resultan indispensables para quien quiera
que otros descubran la felicidad en Cristo:
la Palabra, Espíritu Santo y convicción.
Viniendo de quien viene, no podemos pasarlo por alto.
Quizá no es lo nuestro convertirnos en otro
pilar de la Iglesia Universal como san Pablo,
pero sí podemos convertirnos en el san Pablo
de Vallecas, de Mirasierra, de Baracaldo, de
Chamberí, de mi calle, de mi casa, de mi grupo
de amigos, de mi complejo urbanístico…
Sigamos su consejo: Palabra, Espíritu Santo
y convicción. Me gustaría subrayar el tercer ele-
mento: convicción. No es que sea el más impor-
tante de los tres, pero te sugiero que pienses si
hablas de él y actúas con convicción. ¡Hablar
y actuar con convicción! Los demás necesitan
encontrar en nosotros convicción.
¿A quién has oído hablar con convicción?
Convicción no es intransigencia, gritar, amena-
zar o sentirse superior. Es otra cosa. La convic-
ción es la fuerza que da a las palabras la propia
vida, la energía que acompaña a quien dice lo
que se cree y de algún modo experimenta, la
pasión del que sabe que no da igual una cosa
que otra, del que habla porque le quiere al otro
y quiere a Dios…
Vale la pena que vivamos como apóstoles. Teresa de Calcuta lo ejemplifica así: «Cada uno de
nosotros somos un instrumento pobre. Si observas la composición de un electrodoméstico, encontrarás un ensamblaje de hilos grandes y pe-
queños, nuevos y gastados, caros y baratos. Si la
corriente eléctrica no pasa a través de todo ello,
no habrá luz. Estos hilos somos tú y yo. Dios es la
corriente. Tenemos poder para dejar pasar la co-
rriente a través de nosotros, dejarnos utilizar por
Dios, dejar que se produzca luz en el mundo…
o bien rehusar ser instrumentos y dejar que las
tinieblas se extiendan».
Vamos a dejarnos utilizar por Dios, pero para que nos utilice mejor…hagamos las cosas con convicción.
Señor, te pido por intercesión de san Pablo que
hable a los demás de ti, que confíe en el trabajo que
el Espíritu Santo puede hacer y hace en el alma de
mis amigos y familiares, y que actúe con convicción,
sin miedo a parecer convencido, contento, firme,
contundente, confiado… Quiero que pase la co-
rriente a través de mí.
Pregúntale si te ve con convicción, si transmites y contagias a los demás. Si no es así, convéncele de que te de esa convicción.
ENERO
12
La espiral interminable.
12 Enero
San Benito Biscop, Abad. 629-690
Fue abad del monasterio de Canterbury. Peregrinó 5 veces
a Roma de donde trajo libros y maestros para instruir a los
monjes benedictinos.
San Pablo escribe: «No te dejes vencer por el mal; antes bien, vence al mal con el bien» (Rom 12, 21). Te copio parte del artículo de Ana Arregi, publicado en El Correo, de Bilbao. Pude seguir los
acontecimientos de cerca, pues soy amigo de esta
extraordinaria familia. Ana se había casado poco
antes con un ertzaina, su primer hijo tenía meses.
«Hace algo más de un año, una noche reci-
bí una llamada telefónica que cambió mi vida.
Mi marido, Jon, acababa de ser víctima de un
brutal atentado que por poco le cuesta la vida.
Mientras me dirigía al hospital sólo podía de-
sear una cosa: ¡Que esté vivo!
Luego he vivido muchos meses de dolor y de
miedo. Una pesadilla que aún continúa. Meses en
los que sufrí y vi padecer tanto como jamás pen-
saba que pudiera sufrirse. Podría alargar la des-
cripción de cada uno de esos días tristes, pero no
quiero convertir esta carta en un culebrón. Sólo
añado que he llorado mucho y que aprendí pron-
to que el alma también puede quedar en carne
viva, como quedó el cuerpo de mi marido por el
efecto del fuego. Me daba cuenta, cada día, de que
la inconsciencia y el odio trataban de interponerse
entre mi familia y su futuro, y decidí no permitirlo.
Me lo pedían y me lo piden hoy también los ojos
de Jon y los ojos de mi hijo.
Hablo de inconsciencia, porque creo que los
que atentaron contra esa furgoneta no calculan
todavía la dimensión de su acto. No tienen ni idea
del dolor que han causado y siguen causando y
del año que nos hacen. De los años de sufrimien-
tos que nos esperan. Quiero creer que, si lo hu-
bieran sabido, aquella tarde no hubiesen jugado
a guerrilleros y nos estaríamos lamentando.
Hablo de odio, porque sólo un odio visceral
puede limar del todo la sensibilidad humana y
convertir una agresión tan brutal en un acto lú-
dico. Porque sólo así se puede tratar de ocultar
el dolor que se causa. Porque sólo así puede ha-
ber gente capaz de alegrarse de lo que ocurrió,
de felicitarse por el resultado de aquella barbari-
dad. Y eso desgraciadamente también pasó.
En más de una ocasión tuve la tentación de
rebelarme y refugiar mi dolor también en el odio.
No era difícil. Ésa es la rueda que tratan de poner
en marcha los que se empeñan en odiar y sem-
brar el odio en este país. Sin embargo he apren-
dido demasiado sobre el dolor para aceptar esa
mecánica sin más problemas. Frente a mí, duran-
te muchos meses en la UVI de Cruces y hoy cada
día en mi casa, tengo la palpable demostración
de lo destructivo que puede llegar a ser el odio.
Por eso pienso que los verdugos y quienes
les apoyan llevan en su odio una condena. Es
suficientemente triste estar obligado a reprimir
el sentido común, la bondad, la humanidad, la
sensibilidad, el amor, la fraternidad, el compañerismo, la solidaridad, la valentía, el honor, el
propio criterio, porque alguien ha declarado
enemigo al que tienes frente a ti.
Por eso digo que la del odio es una gran con-
dena y no estoy dispuesta a compartirla. Prime-
ro, porque ni mi marido ni mi hijo lo merecen,
como no lo merece el país en el que vivo. Se-
gundo, porque el odio no sirve para nada, sólo
degrada al que vive esclavo de sus consecuen-
cias. Además, porque marca la diferencia que
siempre ha habido entre víctimas y verdugos,
porque coloca a cada uno en su sitio y revela y
engrandece la dimensión de la injusticia que se
ha cometido con mi familia y con muchas otras.
La primera lección que aprendí cuando vi
lo que hicieron a Jon es que me resultaba im-
posible desear ese padecimiento para nadie, ni
siquiera para el que nos ha hecho tanto daño.
Y eso me parece más que suficiente para supe-
rar la absurda dinámica que los que odian nos
quieren imponer».
Seguramente a nosotros no nos maten al ma-
rido o a la esposa en un atentado, pero hay unas
«espirales de odio» hechas a nuestra medida,
cercanas, del día a día y, por tanto, muy sutiles.
Son, por ejemplo, la espiral de «no le hablo por-
que no me habla», de «no le saludo porque él
tampoco lo hace», de «le critico porque una vez
me humilló», de «voy a intentar pisotearle por-
que una vez pasó por encima de mí sin escrúpulos», de «critico porque me critican»…
Recuerda las palabras de san Pablo: «No te
dejes vencer por el mal; antes bien, vence al mal
con el bien».
Señor, que no entre en la espiral de devolver mal
por mal. Gracias porque tantos cristianos, como Ana,
nos recuerdan que es posible vivir de acuerdo a lo que
tú nos enseñaste: devolver bien por mal, a quien te
pega en una mejilla mostrarle la otra, amar a quienes
nos hacen mal. Quiero vivir así: intentaré pensar, hablar y hacer bien a todos… a todos… ¡a todos!
Habla con Dios si sabes poner la otra mejilla cuando te ofenden,
si vives con el estilo cristiano de perdonar, de no entrar en la espiral del mal. Pide a María su ayuda.
ENERO
13
El delito de contar los delitos.
13 Enero
San Hilario de Poitiers, Obispo y Doctor de la Iglesia. Siglo IV
Luchó contra el arrianismo, por lo cual fue desterrado 4
años a Frigia. Compuso unos comentarios muy célebres
sobre los Salmos y sobre el evangelio de san Mateo.
«Si llevas cuenta de los delitos, Se-
ñor, ¿quién podrá resistir?», dice
el salmista (Salmo 130). La verdad
es que la pregunta tiene algo de
retórico pues, efectivamente, nadie podría
resistir. Si Dios sacase papel y fuese anotan-
do cada uno de nuestros delitos… ninguno
de nosotros podría resistir delante de él.
Gracias a Dios, sabemos que él no va anota
do en una lista de agravios todas nuestras ton-
terías. Sabemos que nos quiere, que perdona y
olvida. O mejor: no sólo olvida, sino que anula
nuestros pecados con su perdón. De otra mane-
ra viviríamos avergonzados, tristes y humillados.
Pero como Dios no es así, podemos comenzar
de nuevo cada día, nos sabemos comprendidos
y excusados por Dios, que nos mira a cada uno
como a la niña de sus ojos (cfr. Salmo 17).
Pero (atentos a este «pero’) también podría-
mos decir: «Si yo llevo cuenta de los delitos,
¿quién podrá resistir?» Que si fulano me dijo no
sé qué, que si llegó tarde, que si no me hizo caso,
que no me entendió…; así vamos acumulando
«delitos» que los demás han cometido contra
nosotros. ¿Quién podrá resistir? Curiosamen-
te, la respuesta es la misma: nadie. ¡Qué horror
cuando somos de los que perdonamos y no olvi-
damos, de los que guardan lista de agravios! Los
cristianos hemos aprendido de Dios cómo tratar
a los demás: hay que tratarles como él nos trata.
Cuando nos enfadamos con alguien, puede ac-
tivarse nuestra mente levantando la escotilla de re-
cuerdos-basura que en un momento nos invaden:
«sí, porque el otro día también dijiste que…, y la
semana pasada fuiste a tal e hiciste esto otro…, y
el año pasado…, y siempre que tal… tú haces así,
y…». Y salen tantos «delitos» que tengo guardados
en mi corazón. Atesorarlos es guardar veneno.
El problema no está en que los demás fallen
y se equivoquen conmigo, que hayan hecho o
dicho cosas desafortunadas o injustas para mí.
Todos los hombres lo hacemos porque somos
imperfectos. El problema no está en que los de-
más cometan «delitos», sino que el verdadero
«delito» está en mí… que llevo cuenta de los
delitos. No es justo comportarse así con los de-
más, no es el trato que necesitan ellos.
Cuentan de un monje que tuvo una aparición.
Estaba confundido, pues no sabía si ese ser sobre-
natural era Jesús o el demonio. Fue a decírselo rá-
pidamente a su confesor. Éste le dio un sabio con-
sejo: si volvía a ocurrir, debía preguntarle cuáles
habían sido los pecados de su última confesión.
Cuando se le apareció de nuevo, el monje le pre-
guntó: «Dime cuáles han sido los últimos pecados
de los que me confesé». La respuesta fue: «No lo
sé, porque ya están perdonados, no sólo los he ol-
vidado sino que no existen». Supo entonces que
era Jesús. No sé si este hecho sucedió —supongo
que no— o es una historia que se cuenta por su
moraleja, pero lo que dice sí es verdad. Dios hace
«borrón y cuenta nueva» cuando pedimos per-
dón. Yo debo aprender a hacer «borrón y cuenta
nueva». Como hace mi Padre Celestial.
«Si llevas cuenta de los delitos, Señor, ¿quién podrá
resistir?» Gracias porque no llevas cuenta de nuestros
delitos. Pero ahora mismo, ahora y con tu ayuda,
quiero romper todas las listas, resentimientos, renco-
res y enfados que guardo hacia otros. Te digo que me
ayudes porque algunos de ellos están en el fondo de
mi corazón, tan en el fondo que ahora ni siquiera sé
que están ahí, pero seguro que están. Límpiame, Je-
sús, de todo mal, haz un reset y limpia mi disco duro.
Puedes continuar hablándole con tus palabras: insístele en pe-
dirle ayuda para que limpie tu disco duro, para no llevar la cuenta de delitos. ¿Llevas esa cuenta con alguna persona en concreto?
ENERO
14
El éxito y los exititos.
14 Enero
San Félix de Nola, Obispo. Siglo III
Durante la cruel persecución de Decio
fue encarcelado y sometido a crueles torturas.
Al llegar la paz pudo volver con los suyos y vivió
en la pobreza hasta su muerte, ya anciano.
Tal vez hayas asistido alguna vez a la
proyección de un vídeo en casa de
un amigo que quiere mostrarte lo
mucho que ha disfrutado en su último viaje por el océano Índico. De repente, para hacerse el gracioso, interrumpe la proyección y la imagen queda congelada en la pantalla. Ahí
queda él paralizado en una postura ridícula, con
expresión boba, el ceño fruncido, una ingenua
sonrisa… Resulta cómico y todo el mundo se ríe.
También Dios interrumpirá la cinta de nues-
tra vida un día… y quedaremos captados para
siempre en nuestra fealdad o en nuestra hermo-
sura. Por eso debemos estar preparados para
recibir la muerte, que no es más que un cambio
de casa. Como nos repetía Jesús: «Velad y orad,
porque no sabéis el día ni la hora» (Mt 25, 13).
¿Y cómo estar preparado? Viviendo con Dios,
esto es, viviendo en gracia, con la mayor gracia
—esto es, con la mayor vida de Dios—, y siem-
pre en gracia…
Lo más importante de Dios no es que sea
Creador, ni Sabio, ni Todopoderoso, ni… Lo más
importante de Dios es que es Padre. Las demás
cosas de Dios están al servicio de su paternidad.
Análogamente, lo más importante de cada
uno de nosotros es que somos hijos: hijos de
Dios. Por lo tanto, yo tengo éxito en la vida no
si obtengo «exititos» humanos, sino si consigo
vivir como lo que soy esencialmente: si logro lle-
var una vida de hijo de Dios.
Lo que nos hace ser hijos de Dios es la gracia. Y
lo que nos hace vivir como hijos de Dios es la fuer-
za de la gracia. Uno es hijo de su padre cuando
recibe de él la vida: eso establece una relación de
filiación-paternidad. Lo que tenemos en común
con Dios —que nos hace hijos suyos— es tener
su misma vida. Esta vida de Dios en nosotros es
lo que llamamos gracia. Como la gracia es la vida
de Dios en nosotros, cuanta más presencia de la
gracia haya en nosotros, más capaces seremos
de vivir como Dios —o como hijos de Dios—. En
los primeros siglos escribía san Cipriano: «Debe-
mos saber que cuando nosotros llamamos Padre
nuestro a Dios debemos comportarnos como hi-
jos de Dios, para que él se complazca en nosotros
como nosotros nos complacemos en él».2
Sabemos que la gracia la recibimos funda-
mentalmente por la oración y los sacramentos.
¿Qué puede ayudarme a defender y a aumen-
tar la gracia en mí? Vive siempre deseando llenar-
te de gracia. ¿Eres consciente de que puede que
Jesús te llame en cualquier momento? ¿Y de que
vale la pena morir bien porque, comparado con
la tierra, el cielo dura infinitamente más?
Madre mía, ayúdame a estar preparado para
cuando me llame Jesús. Pero no de cualquier mane-
ra: con toda la gracia que me sea posible. Tú eres la
llena de gracia, Dios te llenaba, no había nada tuyo
personal que se opusiese a Dios. Él hacía a través de
ti todo lo que quería… porque le dejabas. Así quiero
vivir y morir yo.
Coméntale a Dios ahora algo de lo que has leído, y las preguntas que han salido en el texto. Después termina con la oración final.
ENERO
15
«Pero si te quiero tanto…»
15 Enero
San Mauro, Abad. 511-583
Discípulo de san Benito, llegó a ser abad de su orden
y fundador de muchos monasterios en Francia.
De sus milagros destaca el rescate de un niño
que se estaba ahogando, corriendo sobre las aguas.
«Obras son amores y no buenas razones», dice el saber popular. Y es verdad: a veces hablamos tanto del
amor, y lo hacemos de un modo tan
abstracto que al final, hechos un lío, no sabe-
mos si realmente amamos o no, si somos egoís-
tas o generosos, si es un sentimiento cambian-
te o realmente quiero a alguien…
Bajo el título Veinticuatro maneras de amar,
venía publicado este listado en no sé qué periódico. Hoy copio las doce primeras:
– Aprenderse los nombres de la gente que
trabaja con nosotros o de los que nos cru-
zamos en el ascensor y tratarles luego por
su nombre.
– Estudiar los gustos ajenos y tratar de complacerles.
– Pensar, por principio, bien de todo el mundo.
– Tener la manía de hacer el bien, sobre todo a
los que no se lo merecerían teóricamente.
– Sonreír. Sonreír a todas horas. Con ganas o sin
ellas.
– Multiplicar el saludo, incluso a los semidesconocidos.
– Visitar a los enfermos, sobre todo si son crónicos.
– Prestar libros aunque te pierdan alguno. De-
volverlos tú.
– Hacer favores. Y concederlos antes de que
terminen de pedírtelos.
– Olvidar las ofensas. Y sonreír especialmente a
los ofensores.
– Aguantar a los pesados. No poner cara de vinagre escuchándolos.
– Tratar con antipáticos. Conversar con los sor-
dos sin ponerte nervioso.
Me parece formidable: eso es amar, aunque
lo haga sin sentir nada, con dolor de cabeza,
quejándome por dentro, sin ganas… Amo si lo
que busco con eso es agradarle, servirle, que
esté a gusto… Obras son amores, y no buenas
razones.
Quizá puedes fijarte en alguna de estas
doce, comentarla con el Señor, concretar con
él el mejor modo de hacerlo, y practicarla en el
día de hoy.
Jesús, tú amaste así: entregándote en cosas con-
cretas, buscando agradar, querer, contentar, hacer
la vida agradable… Enséñame a amar… Mientras
repaso de nuevo la lista de estas doce cosas, sóplame al oído cosas concretas que puedo hacer… y que
no hago porque amo poco. Gracias.
Si quieres, comenta con él cada una de las maneras de amar
apuntadas, y dile que deseas vivir ésa, y la otra, y la otra… y que
necesitas que él te agrande el corazón y te fortalezca la voluntad para hacerlo.
ENERO
16
«Te amo… no me pidas nada más, ¿vale?»
16 Enero
San Marcelo I, Papa. Siglo IV
30º sucesor de san Pedro. Murió en el destierro
por haber sido denunciado falsamente ante el tirano
Majencio por algunos que despreciaban la penitencia
que les había impuesto.
Los verbos son las palabras que
empleamos para designar «acción».
Los hombres actuamos, y cuando
hablamos de nuestro obrar lo ha-
cemos con verbos. «Nadar» indica una acción,
«comer» otra, «viajar» otra… Como sabemos,
los verbos pueden estar en pasado, presente o
futuro, dependiendo de que esas acciones se
hayan realizado anteriormente, se estén realizando o estén emplazadas para el futuro.
Cuando hablamos de «amar» es interesan-
te que tengamos esto en cuenta. Amar es un
verbo, no un sentimiento. Amar es acción, son
obras que se hacen para y por el otro, modos de
actuar yo que están originados por la persona
a la que amo o quiero amar. Por eso, a la pre-
gunta: «¿Amo a tal persona?», la respuesta he
de buscarla, en buena medida, en las acciones
que hago por ella, y no en el número de lágri-
mas que saltan de mis ojos cuando se ausenta…
De la misma manera, si quiero amar más a
alguien porque me doy cuenta de que la amo
poco, no he de tomar pastillas de enamora-
miento, o ponerme más sentimental y nostál-
gico, sino ver cómo actuar, qué debo hacer por
ella, cómo obrar dado que ella existe y ella es
como es y merece lo que merece…
Por todo esto, pienso que es oportuno que
hoy sigamos con las otras doce formas de amar
que completaban la lista de ayer:
– Contestar, si te es posible, a todas las cartas(o
correos electrónicos).
– Entretener a los niños chiquitines. No pensar
que con ello pierdes el tiempo.
– Animar a los ancianos. No engañarles como
chiquillos, pero subrayar todo lo positivo que
encuentres en ellos.
– Recordar las fechas de los santos y cumpleaños de los conocidos y amigos.
– Hacer regalos muy pequeños, que demuestran
el cariño pero no crean obligación de ser compensados con otro regalo.
– Acudir puntualmente a las citas, aunque ten-
gas que esperar tú.
– Contarle a la gente las cosas buenas que alguien ha dicho de ellos.
– Dar buenas noticias.
– No contradecir por sistema a todos los que hablan con nosotros.
– Exponer nuestras razones en las discusiones,
pero sin tratar de aplastar.
– Mandar con tono suave. No gritar nunca.
– Corregir de modo que se note que te duele
hacerlo.
María puede ser una buena aliada para su-
gerirte cómo concretar alguna de estas mane-
ras de entregarte a los que tienes cerca. Repasa
la lista con ella. Hoy podemos rezar con las pa-
labras de san Francisco:
Señor, haz de mí un instrumento de tu paz:
que donde hay odio, ponga yo amor;
que donde hay ofensa, ponga yo perdón;
que donde hay error, ponga yo verdad;
que donde hay desesperación, ponga yo esperanza;
que donde hay tinieblas, ponga yo luz;
que donde hay tristeza, ponga yo alegría.
Haz, Señor, que no busque tanto
ser consolado, como consolar;
ser comprendido, como comprender;
ser amado, como amar
Porque es cuando nos damos, que recibimos;
cuando nos olvidamos, que nos encontramos;
cuando perdonamos, que obtenemos perdón;
y es muriendo, que resucitamos a la vida eterna.
ENERO
17
Confesiones descuidadas.
17 Enero
San Antonio, Abad. 250-356
Vivió en el desierto austeramente.
Confortó a los cristianos durante la persecución
de Diocleciano y apoyó a S. Atanasio contra los arrianos.
Se le conoce como “el padre de los monjes”.
Cuenta Leo J. Trese que un obrero
se encontró un billete de mil dó-
lares. Como en Estados Unidos los
billetes son del mismo tamaño tengan el valor que tengan, no le llamó mucho la atención. Aquel papelito no le impresionó demasiado. Se lo guardó en un bolsillo y varios
días más tarde, por casualidad, pasó delante de
un Banco y entró a preguntar cuánto valía. Casi
se desmaya cuando se lo dijeron, pues la suma
equivalía a tres meses de su sueldo…
No es raro encontrarse con gente que no sabe
lo que tiene; puede ser un cuadro de un pintor
famoso, un objeto antiguo, unas monedas raras,
unos sellos valiosísimos… Cuando nos enteramos, solemos sentir una especie de envidia. No se nos ocurre pensar que nosotros también tenemos un tesoro que quizá no apreciamos: el Sacramento de la Penitencia.
Algunos no saben que en ella Dios nos per-
dona no sólo los pecados graves, sino también
los leves y las faltas de amor; que aumenta la
gracia y que, al tener mayor vida de Dios en no-
sotros, somos más capaces de hacer el bien y
de vencer al mal…
Sin embargo, a lo mejor nos parece que no
nos aprovecha demasiado, que no nos hace
mejores, que nos acusamos una y otra vez de
los mismos pecados… Nunca es inútil pedir
perdón a Dios, pero sí es posible que cuidemos
poco las confesiones.
Fíjate con qué cariño habla de la confesión
Teresa de Calcuta:
“El otro día un periodista me planteó una
extraña pregunta:
Pero ¿también usted tiene que confesarse?
Le contesté:
Desde luego. Me confieso todas las semanas.
Él dijo:
De verdad que Dios tiene que ser muy exi-
gente si todos os tenéis que confesar.
Yo le razoné:
Su hijo comete a veces alguna equivocación,
hace alguna pequeña trastada. ¿Qué ocurre
cuando acude a usted y le dice: ‘Lo siento, papá’?
¿Qué hace usted en esos casos? Usted pone la
mano en su cabeza y le da un beso. ¿Por qué?
Porque es su manera de decirle que lo ama. Dios
hace lo mismo. Dios nos ama con ternura.
Aun cuando cometemos alguna equivoca-
ción, aprovechémonos de ella para acercarnos
más a Dios. Digámosle con humildad:
No he sido capaz de ser mejor. Te ofrezco
mis propios fracasos.
La humildad consiste en eso: tener el coraje
de aceptar la humillación».
La Penitencia es un sacramento que Jesús
pagó con su vida. Debemos cuidar todo lo que
tiene que ver con la confesión. No es bueno
confesarse tirando bombas de humo: confe-
sar algo pero tratando de ocultarlo al mismo
tiempo, con generalidades para evitar decir el
pecado en concreto… pensando más en lo que
pueda pensar el sacerdote que en abrir la herida a Dios para que la cure por completo.
¿Hago bien el examen? ¿Pido perdón con dolor?
¿Digo los pecados en concreto, por pequeños que
sean? ¿Hago propósito de no volver a cometerlos?
¿Cumplo la penitencia?
Continúa hablándole a Dios con tus palabras. Háblale de tus
confesiones: la última, la próxima, si te cuesta o disfrutas, si has caído en la rutina o en distanciarlas demasiado, si vives los cinco pasos o sólo algunos…
ENERO
18
«El arte de volar con aviones de papel»
18 Enero
Santa Prisca o Priscila, Mártir. Siglo I
Nace en Roma y con 13 años es encarcelada por su
religión. Tras torturarla muere decapitada. Sus restos se
conservan en la iglesia que lleva su nombre en Roma.
Una de las escenas más crueles
del libro El Principito es cuando el
protagonista que narra la historia
está arreglando su avión, que le ha
dejado tirado en mitad del desierto. Es enton-
ces cuando aparece el pequeño príncipe y se
ríe de él por necesitar esa chatarra para volar.
Dice así:
«Me costó mucho tiempo comprender de
dónde venía. El principito, que me hacía mu-
chas preguntas, jamás parecía oír las mías. Fue-
ron palabras pronunciadas al azar, las que poco
a poco me revelaron todo. Así, cuando distin-
guió por vez primera mi avión (no dibujaré mi
avión, por tratarse de un dibujo demasiado
complicado para mí) me preguntó:
¿Qué cosa es esa?
Eso no es una cosa. Eso vuela. Es un avión,
mi avión.
Me sentía orgulloso al decirle que volaba. El
entonces gritó:
¡Cómo! ¿Has caído del cielo?
Sí – le dije modestamente.
¡Ah, qué curioso!
Y el principito lanzó una graciosa carcajada
que me irritó mucho. Me gusta que mis desgra-
cias se tomen en serio. Y añadió:
Entonces ¿tú también vienes del cielo? ¿De
qué planeta eres tú?
Divisé una luz en el misterio de su presencia
y le pregunté bruscamente:
¿Tú vienes, pues, de otro planeta?
Pero no me respondió; movía lentamente la
cabeza mirando detenidamente mi avión.
Es cierto, que, encima de eso, no puedes
venir de muy lejos…».
A veces pensamos que para hacer bien la
oración y tener una relación propia con Dios
son necesarias muchas palabras y fórmulas so-
lemnes o complejas. A la hora de la verdad nos
fallan y, sin quererlo nosotros, nos abandonan
en mitad de un desierto. Parece que no sabe-
mos decirle nada, ni qué hacer para quererle o
sentir o lo que sea necesario hacer para estar a
gusto delante de él.
Como contrapunto, están los niños que sin
esfuerzo, sin necesidad de cacharros ni de nada,
son capaces de ascender con sencillez y sinceridad a alturas insospechadas en su relación con
Dios. Al ver todos nuestros esfuerzos no dejan
de preguntarnos: «¿De verdad que has venido
volando en eso? ¿De verdad que hace falta tan-
ta palabrería y esfuerzo para hablar con Alguien
que es tu Padre?»
Nos has pedido que seamos como niños, Jesús, y
he de reconocer que de tanto hacerme el mayor…
he perdido la facilidad de ser niño. ¿Podrías ayudar-
me a dejar de ser —en lo que se refiere a mi alma—
un pavo adolescente?
Háblale con sencillez, como quieras, con tus palabras… «in-
correctamente» si quieres: no te preocupes. Desahógate, sé cercano
con él… ¡Y dale gracias por poder hacer oración!
ENERO
19
¿Hay alguien en casa?
19 Enero
San Mario, Obispo. 530-594
En el 587 tomó parte activa en el concilio de Macon.
Como había luchas políticas e inseguridad social,
para mayor seguridad, lo trasladaron a Aventicum
como obispo donde murió.
Me contaban de un pintor de cier-
ta fama que tenía muchos cuadros
amontonados en su estudio. Un ami-
go suyo, curioseando entre aquellos
lienzos de los que casi renegaba su autor, descu-
brió un cuadro extraño. Representaba una casa
con muchas ventanas, todas ellas cerradas a pe-
sar de ser de día, y una puerta también cerrada.
Su estilo era próximo al cubismo, una forma de
pintar en la que el artista expone al mismo tiem-
po y en un mismo plano distintas perspectivas
del mismo objeto. En el cuadro se ve la puerta
por fuera, desde la calle, que está completamente
limpia, no tiene manilla para abrir, ni adorno algu-
no; solo por dentro tiene colocado un picaporte.
Junto a la puerta había un hombre llamando…
Su amigo le preguntó qué representaba
aquel cuadro. El autor tuvo una reacción extra-
ña: al mirar el cuadro su rostro se ensombreció
como si una nube le hubiese cubierto repen-
tinamente; con gesto y tono apagado, como
quien en un golpe visual contempla algo trági-
co, contestó: «Ésa es mi vida». Le explicó que en
el momento de pintarlo era consciente de que
Dios le estaba llamando, pero él no había queri-
do abrirle la puerta, no había permitido a Jesús
que entrase.
La vida del hombre es algo muy grande. Dios,
el mismo Dios, está interesado en la vida de
cada uno. No somos objetos insignificantes, ni
seres arrojados al mundo por una potencia in-
diferente, ni hijos exclusivos de un proceso bio-
lógico… Somos alguien a quien Dios dice «tú».
Dice la Escritura: «He aquí que estoy a tu puerta
llamándote…» Es sorprendente, y necesitamos
tiempo y ayuda de Dios para caer en la cuenta
de lo que esto significa. Es grandioso. Lope de
Vega lo expresaba maravillosamente en una de
sus poesías con esta pregunta que dirigía a Dios:
«¿Qué tengo yo que mi amistad procuras?»
Ser llamados por Dios, tuteados por él, entre-
lazar nuestra vida con la suya… es la razón de
que vivamos. Vivir así es verdadera vida, y no
abrirle, no escuchar sus llamadas, vivir en sole-
dad es vida mentirosa, vida falsa… o verdadera
muerte. Ojalá escuchemos el fuerte grito que
nos lanza: «Venid vosotros, benditos de mi Pa-
dre; heredad el reino preparado para vosotros
desde la creación del mundo» (Mateo 25, 34).
Ojalá cada día seamos capaces de oír cómo
llama Dios a nuestra puerta, le digamos que sí,
le abramos, le escuchemos, y pueda contar con
nosotros y nosotros con él. Y si alguna vez nos
hacemos los sordos, o realmente lo estamos —
porque no escuchamos ninguna de sus llama-
das—, vayamos a él con humildad y pidámosle
que nos haga una limpieza de oídos, que nos
limpie el corazón.
¿Qué tengo yo, que mi amistad procuras?
¿Qué interés se te sigue, Jesús mío,
que a mi puerta, cubierto de rocío,
pasas las noches del invierno oscuras?
¡Oh, cuánto fueron mis entrañas duras,
pues no te abrí!; ¡qué extraño desvarío,
si de mi ingratitud el hielo frío
secó las llagas de tus plantas puras!
¡Cuántas veces el ángel me decía:
‘Alma, asómate ahora a la ventana,
verás con cuánto amor llamar porfía’!
¡Y cuántas, hermosura soberana:
‘Mañana le abriremos’, respondía,
para lo mismo responder mañana!
Puedes continuar hablándole con tus palabras: Habla, Señor, que tu siervo escucha. Tuyo soy, para ti nací, ¿qué quieres, Señor, de mí? Y dime, Señor, ¿qué tengo yo que mi amistad procuras? Pregúntale si te encuentra duro de oído. No te importe repetirle varias veces que deseas escucharle durante el día, y que te haga saber cómo hacerlo.
ENERO
20
La serpiente que hacía estiramientos.
20 Enero
San Sebastián, Mártir. Siglo IV
Soldado romano. Al descubrir su condición de cristiano lo
atan y le disparan flechas, dándolo por muerto. Sobrevive y
se presenta al emperador, que lo condena a morir azotado.
Unos amigos amantes de la naturaleza notaron que la boa constrictor que tenían en casa (hasta ahí llegaba su amor por los animales) no comía. Y no sólo eso, sino que además hacía
estiramientos, como si pretendiera aumentar
su tamaño. Pasó una semana, dos, y los dueños
de la serpiente comenzaron a preocuparse se-
riamente por ella. Así que la llevaron al veteri-
nario. Éste, tras examinarla y oír lo que le ocu-
rría, les dijo que la boa había fijado su próxima
víctima en uno de los dos (era un matrimonio)
y que al ver lo grandes que eran había dejado
de comer para tener el hambre suficiente para
poder comérselo entero y que, de hecho, los
«estiramientos» que estaba haciendo el bicho
no eran más que intentos para darse de sí con
el fin de digerirlos sin dificultad. El final de la
pobre serpiente fue inevitable: tuvo que ser
sacrificada. El mismo día, nada más volver del
veterinario. Sin más.
A veces nos damos cuenta de que «algo fa-
lla». Son esas situaciones en las que nos deci-
mos «Lo veo venir». Cuando notemos que nos
estamos concediendo un respiro en algo que
no deberíamos, que nos estamos metiendo
en un lío, que tal asunto me está dominando,
que algo me huele mal, que por aquí las cosas
no van como yo esperaba, que las tentaciones
arrecian, que me tengo que esconder para ha-
cer algo, que me daría vergüenza que se supie-
se dónde me estoy metiendo, que me como
la cabeza con que algo no puede seguir así…
lo mejor es cortar por lo sano. Es decir, luchar
más fieramente. Dar un golpe en la mesa. Si no
actuamos así, es posible que nos despertemos
una noche con la boa constrictor estrujándo-
nos el cuello. Y entonces diremos: «Me lo veía
venir».
¡No! No hay que dejar que el pecado entre
en nuestra casa, que pase dentro de los muros
de nuestra fortaleza. Tenemos que plantar-
le cara lejos, en el campo de batalla. Porque,
¿qué se puede hacer ya cuando el inofensivo
caballito de las tentaciones no combatidas se
ha asentado cómodamente en nuestra Troya?
Nada.
Evitar el mal exige decisión, contundencia,
ser capaces de cortar por lo sano, saber dar un
golpe seco, decir «no» sin miramientos.
¡Cómo me cuesta, Dios mío, ser fuerte y cortar!
Tú nos lo dijiste: más vale entrar con un ojo en el
reino de los Cielos que conservar los dos ojos y con
dos ojos ser arrojado al fuego eterno (Mc 9, 47).
¿Hay algo que quieres que corte ahora? ¿«Me veo
venir» algo en mi situación actual? ¡Buff! esto no es
fácil de contestar. En este rato contigo dime lo que
quieras, y dame tu fuerza para decidir lo que tenga
que decidir.
Háblalo con él. Déjale tiempo para que te haga ver.
ENERO
21
¿Asking for trouble?
21 Enero
Santa Inés, Mártir. Siglo IV
Con 12 años fue condenada por ser cristiana a una casa de
mala vida, pero el único hombre que se atrevió a acercarse
a ella cayó muerto a sus pies. Murió decapitada.
Un sacerdote joven, con mucha
simpatía y gancho, tuvo una circunstancia que podía ser incómoda. Andando por la calle ve que un
chaval sale de su grupo de amigos, se pone
varios metros delante de él, se arrodilla, pone
los brazos en cruz y empieza a gritar de ma-
nera afectada y ridícula: «Padre, perdóneme
los pecados. ¡Padre, el perdón!» Sus amigos,
divertidos, estaban asombrados de la cara
dura de su amigo. «No te preocupes —dijo
el sacerdote en voz alta, mirándole a la cara
y con tono comprensivo—; no te preocupes,
que ser imbécil no es pecado». El volumen de
las risas aumentó.
Siempre ha sido así. A san Pedro le inte-
rrumpieron su predicación preguntándole si,
a pesar de ser por la mañana, ya estaba bebi-
do (Hechos 2, 13). Y al Señor le preguntaban
los judíos, después de taparle los ojos: «Si eres
Dios, adivina quién te ha pegado», mientras
seguían golpeándole (Lucas 22, 64).
Es lógico: no pueden entender que exista
ese mundo en el que nosotros creemos, y que
las cosas sean como nosotros hemos aprendi-
do de Cristo. Por eso toda nuestra vida les pare-
ce ridícula… y algunos, envalentonados, hacen
bromas y ridiculizan. Otras veces son cristianos
también pero que no han descubierto todavía
la radicalidad de seguir a Cristo.
San Agustín escribe en sus Confesiones:
«… cuando comencé a dar esos pasos que me
acercaron a Cristo, mis parientes, vecinos y
amigos comenzaron a bullir. Los que aman de-
masiado el mundo, se me pusieron enfrente.
¿Te has vuelto loco? ¡Qué exagerado eres! ¿Es
que los demás no somos cristianos? Eso es una
locura. Y cosas así me decían para que no me
acercara más a Cristo».
El Señor nos lo advirtió en muchas ocasio-
nes: «Mirad que os envío como ovejas en me-
dio de lobos… os entregarán a los tribunales
y os azotarán en sus sinagogas, por mi causa
seréis conducidos ante gobernadores y reyes,
para dar testimonio ante ellos y los gentiles…
El hermano entregará a su hermano a la muer-
te, y el padre a su hijo; y se levantarán los hijos
contra los padres para hacerlos morir. Seréis
odiados por todos a causa de mi nombre, pero
quien persevere hasta el fin, ése se salvará». Y
continuaba con un consuelo y con una tremen-
da advertencia. El consuelo: «En cuanto a voso-
tros, hasta los cabellos de vuestra cabeza están
todos contados. Por tanto, no temáis. Vosotros
valéis más que muchos pajarillos». La adver-
tencia: «A todo el que me confiese delante de
los hombres, yo también le confesaré delante
de mi Padre que está en los cielos; pero a quien
me niegue delante de los hombres, yo también
le negaré delante de mi Padre que está en los
cielos» (Mateo 10, 16-36).
Señor, que no me importe que no me entiendan,
que me persigan o que me ridiculicen. Que siga ha-
cia delante. Que no les juzgue: es verdad que no es
pecado la «imbecilidad» de algunos… porque no
han podido descubrir más. Que perseveremos has-
ta el final aunque suframos rechazo, incompren-
sión u odio… incluso de los más cercanos. Que no
olvide que «no es el discípulo mayor que su maestro» (v. 24).
Puedes comentarle incomprensiones que hayas sufrido o estés sufriendo, y pedirle que aumente tu confianza en Él.
ENERO
22
De la rehabilitación no nos libra nadie
22 Enero
San Vicente, Diácono y Mártir. Siglo III-IV
Diácono de Zaragoza, durante la persecución del
emperador Diocleciano lo apresaron y condujeron a
Valencia donde sufrió cárcel, hambre, potro, láminas
candentes, hasta que murió ahogado (año 304)
Así explicaba un profesor de religión el pecado y sus secuelas. «Hace unos años, varios alumnos fueron a
esquiar. Practicaban saltos. Uno de
ellos, haciendo un tipo de salto que llamaban
“rascaespaldas” cayó fatal y se rompió una pier-
na. Se trataba de una fractura complicada y
hubo que operarle. Tuvieron que ponerle unos
clavos que le fijasen el hueso. Le escayolaron
dos meses. Cuando se la quitaron, no había
terminado todo. Necesitó todavía mucho más
tiempo de rehabilitación: los músculos se le habían atrofiado y no podía andar bien».
«Algo semejante ocurre en el alma. El pe-
cado grave es como una fractura en la propia
vida: el alma rompe su relación con Dios. Hay
que volver a “pegarla”, como los huesos. Eso
es fácil haciendo una buena confesión. Pero el
pecado nos ha hecho más débiles, por lo que
ahora tenemos más facilidad para que el hueso
se nos rompa por el mismo sitio; una vez he-
mos mentido, o robado, o criticado, o… lo que
sea, tenemos cierta facilidad para volver a rom-
pernos por el mismo sitio, y así adquirir el vicio.
Entonces ocurre como con la pierna fractura-
da: que algunos músculos quedan atrofiados
por la falta de uso. No basta con confesarse y
arrepentirse; luego hay que “rehabilitarse”, ejer-
citarse en las obras buenas poco a poco. Ése es
el sentido de la penitencia que impone el sa-
cerdote en la confesión».
¿Qué dicen tantos fumadores que quieren
dejar de fumar? Que no pueden, que están
«enganchados». La costumbre crea un hábito.
También hay personas que dicen que les gus-
taría ser trabajadoras, generosas, humildes, sin-
ceras… pero que no pueden: «están engancha-
dos» a la pereza, a la soberbia, a la mentira, a la
impureza… Hay que ejercitarse. Hay que hacer
una «rehabilitación» en el alma. A este entrena-
miento se le llama ascética.
Señor, gracias por tu perdón. Que no me falten pa-
ciencia y constancia en la lucha para rehabilitarme.
Puedes hablar con él de las fracturas que han hecho vicio en ti.
Habla con él de la rehabilitación que estás haciendo, o pregúntale cómo la podrías hacer.
ENERO
23
¿Me iluminas?: no veo nada
23 Enero
San Ildefonso, Obispo. Siglo VII
En la ciudad de Toledo fue monje y rector de su cenobio,
y después elegido obispo. Escribió un Tratado sobre la
Virginidad de María y era conocido como “Capellán de María”.
Eduardo Ortiz de Landázuri fue un
médico granadino que se trasladó a
Pamplona, con su mujer y sus muchos hijos, a trabajar en los inicios de una Clínica, la de la Universidad de Navarra.
Hace unos años empezó su proceso de beatificación. Antes de morir recibió esta carta:
Amigo Eduardo Ortiz:
Le llamo amigo aunque no nos conocemos.
No tengo fe, aunque dice el cura que tengo la
esperanza de tenerla. No tengo caridad, y me
gustaría haberla tenido.
Le escribí diciendo que no nos conocemos
porque sólo nos hemos visto una vez: soy
uno de 500.000 enfermos que usted que ha
visitado.
Me llamo Antonio Fernández. Era funcionario
de una ciudad pequeña. Ahora no soy nada, un
jubilado por el cáncer que, como usted, espera
la muerte: en mi caso con miedo.
Entre los dos hay grandes diferencias: usted
es «religioso y apocalíptico», yo «político e irreli-
gioso»; usted habla de la muerte sin tristeza, yo, con miedo; usted dice que ha intentado pasar
por la vida intentando hacer el bien, yo he inten-
tado pasar por la vida olvidando que se puede
hacer el bien; usted cree en el cielo, ahora a mí
me gustaría creer. Antes consideré que no era
cuestión mía.
¿Por qué le escribí esta carta? Una hermana
mía monja, que vive en Pamplona, me mandó
el diario y pude leer su «mensaje a los que mue-
ren». Después de leerlo, pensando en su cáncer
y en el mío (en esto nos parecemos) me entró
un deseo grande de ir al cielo, en el que no creo.
Me he confesado. Hacía unos 20 años que no
lo hacía. La última vez, después de la visita del
doctor Eduardo Ortiz. Entre las medicinas que
me recetó estaba el que me confesara. Como
enfermo y miedoso lo hice; pero me puse bueno
y me olvidé de todo.
Hace una semana después de darle vuelta a
su mensaje, llamé al cura. Me ha dicho que estoy
perdonado. Yo le he dicho que me arrepiento
para siempre (posiblemente porque no volveré
a estar bueno). ¿Qué me pasa que ya no puedo
escribir a mano y muy mal a máquina? También
le he dicho que no tengo fe, ni creo en el cielo. Y
el cura me dice que tenga paciencia y que rece a
un sacerdote que fue amigo del Doctor Eduardo
Ortiz.
Usted tiene 73 años, yo 37. La edad no impor-
ta: a los dos nos queda muy poco para ir al otro
mundo: a usted se lo han dicho con «claridad y
caridad», y a mí de un «modo confuso y sin ca-
ridad».
Le escribo esta carta porque me parece que
con ella hago el «primer bien de mi vida a un
amigo». Si yo recibiese de un enfermo me ale-
graría al saber que realmente a alguien he he-
cho bien…, seguramente porque yo no soy
como usted; soy vanidoso.
Doctor, si el cielo existe y usted va al cielo no
deje que yo no vaya aunque, aún entonces, no
crea.
Gracias, Doctor, por su mensaje.
La carta estaba firmada por Antonio Fer-
nández. Cuando el Doctor Eduardo Ortiz quiso
ponerse en contacto con él, ya había fallecido.
Que los que me tratan, Señor , también sean to-
cados por ti.
La carta tiene muchas ideas: puedes repasarlas y comentarlas
ahora con Dios.
ENERO
24
Un escáner por mi interior
24 Enero
San Francisco de Sales, Obispo y Doctor de la Iglesia. 1567-1621
Hizo volver a la comunión católica a muchos hermanos
con sus escritos. Fundó, junto con santa Juana de Chantal,
la Orden de la Visitación. Patrón de los periodistas.
Encontré este peculiar escáner en
un colegio. Podemos adaptarlo a la
edad de cada uno. Lo copio:
Un escaner por mi interior
(Este escáner puede dar distintos resultados: SÍ,
NO, A MEDIAS y en cualquiera de los casos tiene
un PORQUÉ que lo puedes descubrir. ¡Descúbrelo!)
Corazón:
– Estoy contenta en casa.
– Ya no me conformo con que mis padres me
quieran. Procuro ahora hacerles más felices.
– Quiero bastante a mis hermanos. Les ayudo en
sus cosas y hablo con frecuencia con ellos.
– No dejo que mi madre me haga la cama. Me la
hago yo.
– Sonrío siempre y reparto en casa bastantes besos en cuanto hay ocasión.
– Me esfuerzo por comprender a mis padres: no
tienen mi edad.
– Me hace ilusión ayudar en las cosas de las
casa; me cuesta bastante, pero lo hago.
– Hay bastantes amigas a las que quiero mucho.
– A las otras las conozco menos pero no las trato mal; me parece que no hay nadie que sufra por mi culpa.
– Conscientemente procuro que nadie lo pase
mal por mí.
– Aunque a veces me apetece, procuro no decir
nada malo de nadie.
– Una de las razones que más me empuja a re-
zar son mis amigas y mi familia.
– Me importan los problemas de la gente cerca-
na tanto -o casi- como los míos.
– La verdad es que no busco que la gente me quiera. Busco querer…y si me quieren, pues mejor.
– Querer es una cosa, enrollarse otra. Eso lo tengo bien claro.
– A Dios sí que le quiero, pero me doy cuenta
que no lo suficiente. Por eso procuro hablar
todos los días con él.
– Para mí, lo más importante de un domingo es la
Misa y la Comunión; después hago otras cosas.
– A la Virgen le hablo de todo y le pido todo: es
mi madre.
– Me duele hacer cosas mal. Sé que Dios lo sufre
más que yo. Por eso le pido perdón enseguida y
si es más gordo, me confieso.
Cabeza (olla):
– Procuro no pensar mucho en mí.
– Hay gente que también tiene razón aunque no
piensen como yo, y les respeto.
– Procuro no intentar imponerme, ni que los de-
más estén pendientes de mí.
– Reconozco mis defectos, aunque me cuesta.
– A veces me vienen pensamientos de envidia y
comparaciones, pero paso…
– Muchas veces no quedo bien, pero prefiero
decir la verdad: siempre la verdad.
– Sobre todo me digo la verdad a mí misma y a
Dios en la confesión. Es mejor no liarse.
Cuerpo:
– Creo que consigo dominar mi cuerpo habitual-
mente.
– Aunque a veces me dice que no, consigo sacar-
me diariamente mis horas de estudio.
Y como me cuesta, lo suelo ofrecer a Dios por
las cosas que me parecen más importantes.
– No me dejo llevar por los caprichos. Hay cosas
más importantes.
– Me canso ayudando en casa con cosas que no
me gustan.
– No me gasto demasiado dinero.
– Me levanto puntualmente de la cama.
– No me quejo del frío, del calor o de la falta de
pasta.
¿Qué te parece, Señor? ¿Qué parte de mi corazón, cabeza o cuerpo quieres que sane? ¿Qué te hace ilusión que cambie? Cuento contigo; o mejor, tú me curas y cuentas conmigo. Gracias.
ENERO
25
La gracia de la risa
25 Enero
Conversión del Apóstol San Pablo
Viajando hacia Damasco persiguiendo a los cristianos
el mismo Jesús se le reveló en el camino,
eligiéndole para anunciar el Evangelio a los gentiles,
donde sufrió muchas dificultades.
Me llama la atención cómo dibuja la
personalidad de san Felipe Neri esta
biografía: «Seguramente no hay nin-
gún santo en la Historia de la Iglesia
que haya dado un testimonio tan convincente
de la libertad de los hijos de Dios como el funda-
dor de uno de sus institutos más singulares —al
menos en sus comienzos— que ha conocido el
catolicismo: san Felipe Neri, el padre del Oratorio.
Hacia 1590 se le ve deambular por las calles
de Roma a este tipo extraño, calvo, de barba rala,
de cuerpo largo y desgarbado, que se mueve en
grandes gestos y habla y ríe con cualquiera que
pasa. Ninguna aspereza hay en él; es la cosa más
insignificante que uno pueda imaginar. Nada
le gusta tanto como dirigir una buena palabra,
hacer una broma, hacerse él mismo motivo de
risa; él sabe por qué. Diríase que ha decidido que
no se le tome en serio. Pero es esta humildad lo
que llega a tocar las almas, esta desenvoltura
mezclada de gentileza… Su “continua hilaridad
de espíritu” es comunicativa y su humor, que le
acompaña casi siempre, se sitúa entre la ternura
y la ironía, entre el consejo moral y la broma, allí
donde nace en la alegría la libertad del cristiano».
¡Qué cantidad de veces hace referencia a su
buen humor, a sus bromas y a su risa! Efectiva-
mente, es un buen indicador de que alguien
vive con libertad, con la libertad y soltura de
quien sabe que es hijo de Dios.
¿Hago bromas agradables? ¿Los demás están
a gusto conmigo? ¿Tengo habitualmente buen
humor? ¿Me río bastante cada día? ¿Me hago a
mí mismo motivo de risa en ocasiones? ¿O me
tomo tan en serio que ni siquiera tolero que los
demás hagan bromas conmigo?
Jesús, ayúdame a vivir con este estilo que siempre
ha caracterizado a la familia de los cristianos. Sé que
me lo tengo que proponer, y que si hay algo que me lo
hace difícil, dime qué es y ayúdame a cambiarlo. María,
causa de nuestra verdadera alegría, ruega por nosotros.
Pídele el buen humor, y mira si habitualmente estás alegre, o si te dejas dominar por el mal humor… y por qué.
ENERO
26
La pregunta de Mingote: «¿Para qué sirvo yo?»
26 Enero
Santos Timoteo y Tito. Siglo I
Obispos y discípulos del apóstol san Pablo, le ayudaron
en su ministerio y presidieron las Iglesias de Éfeso y Creta.
Mingote descubre lo más valioso que
guarda en su intimidad, lo que le per-
mite vivir y ser feliz. No mide su valor
por sus logros ni por sus aptitudes,
no busca su valor en lo que él posee, hace o crea.
¡Es formidable! Encuentra su grandeza en lo que
recibe, en «ser amado» de manera incondicional.
Su mujer, Isabel, es quien nos ha propor-
cionado este testimonio. Dejamos que sea ella
quien nos lo cuente:
«A pesar de encontrar a Antonio Mingote
el ser más admirable del universo, (…) a ve-
ces, en la vida cotidiana, durante tantos años
de convivencia, sorprendo en él numerosos
defectos que le reprocho sin piedad. A esto se
une aquello de que no hay hombre admirable
para su ayuda de cámara, y en este caso el ayu-
da de cámara es Carmen, la persona que vive y
trabaja con nosotros desde hace más de treinta
años. Antonio casi diariamente tira agua, café o
tinta sobre todas las mesas que tiene llenas de
papeles, y grita: ¡Carmen! Y allá va Carmen llena
de trapos y cubos “rezando” (expresión suya, es
andaluza): “A ver qué tontería ha hecho el señor”.
Otras veces dice, cuando Antonio le pide que
conecte un enchufe o no acierta a encender el
gas o a manejar un aparato: “Es que al señor no
se le ocurre nada”.
Hace bastante tiempo, un día, abrumado por
estos reproches de Carmen u por los constante
míos, que estoy harta de limpiarle manchas en
la ropa y remediar continuos desperfectos que
produce generosamente, se levantó abatido de
la mesa, se fue a la de su estudio y regresó dán-
dome la hojita que copio al final. Confieso que
me conmovió bastante y me propuse no rega-
ñarle más. Sigo intentando, con gran dificultad,
cumplir este propósito. Mientras tanto, y como
expiación a mi dureza en el trato con este ser an-
gelical, transcribo exactamente lo que me puso
en la hojita, a ver si ustedes también se conmue-
ven como yo y lo quieren aún más.
¿Para qué sirvo yo?
Para nada. No sirvo para nada. Excepto dibujar y escribir torpemente, dudosas habilidades
con las que, sorprendentemente, me gano la
vida y la de los míos, no sé hacer nada más.
No sé administrar el dinero que gano (sin mi
mujer, se disiparía como el humo) ni elegir mis
trajes ni cortarme las uñas de los pies. No sé donde hay que llamar para que venga un fontanero
ni cuidar a un enfermo ni poner una inyección
ni consolar al triste. No soy capaz de hilvanar un
discurso medianamente coherente, de mantener
una discusión razonable, de mediar con algún éxi-
to en un pleito. No sé nada de economía ni de po-
lítica ni de astronomía ni de filatelia. No sé encar-
gar por teléfono un pasaje de avión ni comprarme
unos calcetines ni buscar un médico. No puedo
recordar cómo se llama esa señora tan simpática
con la que comí ayer ni la protagonista de aquella
película que me gustó tanto y cuyo título he olvi-
dado. No sé montar en bicicleta ni hablar francés
(ni ningún otro idioma excepto el mío y éste con
dificultad). No sé comunicarme con mis semejan-
tes (ni con los más queridos) ni programar un des-
pertador ni jugar al póquer ni al bridge ni al aje-
drez. Ni cazar ni pescar ni saltar con pértiga más
de cuarenta centímetros. No sé cómo se escribe
Schopenjagüer, ni resolver una ecuación ni bailar
sevillanas ni distinguir un álamo de un chopo. No
sé divertirme con las diversiones normales, y no sé
nada de toros ni de fútbol. No sé contar chistes y si
supiera no recordaría ninguno. No sé guisar. No sé
manejar en absoluto un ordenador, muy poco un
vídeo y apenas el teléfono.
No sé tocar el piano ni las castañuelas ni nin-
gún otro instrumento. No sé bailar. No sé nunca
lo que me conviene hacer o decir ni gobernar
mis sentimientos ni resolver un conflicto. Y
cualquiera puede convencerme de cualquier
cosa. No sé patinar ni navegar a vela. No sé
como hace funcionar una lavadora ni un lava-
platos ni usar un microondas. No distingo el
whisky escocés del americano ni una noruega
de una sueca ni un chino de un japonés.
Además soy un viejo caduco (caducado) fue-
ra de uso. Soy un completo inútil.
Pero algunas personas me quieren.
Y si soy capaz de suscitar en esos pocos los
gratificantes sentimientos de amor, amistad o
camaradería, tendré que aceptar que soy un in-
útil muy afortunado».
Esa es la roca firme sobre la que Mingote se
levanta , el valor sobre el que edifica su vida y su
obra. Es importante y muy cristiano este modo
de vivir: Mingote renuncia a una pretendida au-
tosuficiencia y se declara necesitado.
Ojalá reconozcamos que «ser amado» es lo único
importante, y en primer lugar, ser amado por Dios.
Jesús, tú nos lo dijiste de mil modos: el Padre nos
ama a cada uno. El hecho de ser amado es lo más
importante de mí mismo. Gracias, y que viva siempre
abierto a ese amor. Que no me mida por lo que hago,
por lo que soy capaz de hacer, sino que me sepa valio-
so porque soy hijo de Dios, amado por ti.
Puedes comentar con Él si valoras el ser amado, o sólo vives preocupado por lo que haces y consigues, y por lo que dejas de hacer y de conseguir.
ENERO
27
¡Oh! ¡Un mono que vuela!
27 Enero
Santa Ángela de Mérici. 1474-1540
Quedó huérfana cuando aún era muy niña,
se hizo Terciaria Franciscana y fundó la Comunidad
de Hermanas Ursulinas en 1535. Fue la primera
comunidad religiosa femenina para educar a niñas.
C. S. Lewis nos da una buena pista
para conocernos. Cuando muere su
mujer, lleno de enfado hacia Dios,
escribe en un cuaderno que tiene en
la cocina sus desahogos. En uno de ellos se diri-
ge a él directamente:
«A veces, Señor, se ve uno tentado a decir que
si hubierais querido que nuestro comportamien-
to fuera como el de los lirios del campo (débiles
pero preciosos) nos habríais dado una organi-
zación más parecida a la de ellos, pero supongo
que [el hombre] es simplemente vuestro gran
experimento. O no, quizá no es un experimento,
ya que no tenéis necesidad de confirmar nada,
mejor sería decir que es vuestro gran proyecto:
crear un organismo que sea espíritu al mismo
tiempo, crear esa formidable paradoja que es el
animal espiritual, coger a un pobre primate, un
orangután, una bestia con los nervios a flor de
piel, una criatura cuyo estómago pide ser saciado,
un animal reproductor que necesita a su pareja, y
decirle “venga, y ahora conviértete en un Dios”».
Cada hombre somos un plan atrevido de Dios
que consiste, ni más ni menos, en tomar un animal
y hacerlo espiritual. Está claro que no tenemos la
estructura de un lirio del campo; más bien, com-
partimos la estructura del mono, del cerdo, del
toro… tenemos la estructura de una bestia. Pero
escogidos por Dios. Nos ha concedido un alma, un
espíritu. Somos unas bestias peculiares porque te-
nemos espíritu sin dejar de ser bestias. En filosofía
se nos llama animales espirituales, porque tene-
mos algo de animal y algo de espiritual.
¿Cuánto tenemos de cada uno? Si fuéramos
a una clase de niños pequeños y tirásemos ca-
ramelos al aire, veríamos a los niños lanzarse en
manada a pillar los caramelos; se darían patadas,
saltarían de los pupitres, harían una melé para
lograr más golosinas. Su comportamiento no
sería muy diferente al de perros enjaulados lu-
chando por un puñado de huesos. Así es. Cuan-
do se es pequeño se tiene mucho de animal,
pero su espíritu todavía no se ha desarrollado.
Ese desarrollo de lo espiritual del hombre es lo
que se logra, en parte, con la educación.
Educación viene de ex-ducere (ducere es
conducir, y ex, afuera, arriba); es decir, sacar
fuera, conducir hacia arriba, elevar, llevar lo que
hay dentro de la persona al exterior, elevar al
hombre sobre su animalidad… De modo que la
educación logra que cada vez tengamos mayor
porcentaje de ángel, y que los condicionamien-
tos, los movimientos y las pasiones animales
estén sometidos a nuestra libertad.
Se puede probar cuánto de ángel y cuánto
de animal tiene una persona si atendemos lo
siguiente: ¿Cuáles son las pasiones más fuertes
en el animal? Los instintos, fundamentalmente
el de conservación: conservarme yo (para eso
comer y beber), y conservar la especie (para eso
el instinto sexual). Éstos son los instintos más
básicos que compartimos hombres y animales.
Saber cuánto de ángel y cuánto de animal
tiene uno puede resultar fácil mirando estos
tres apartados:
Cómo come: si lo hace desaforadamente, se
le van los ojos detrás de la comida, empieza a
comer sin esperar a que los demás se sirvan, no
mira a los otros mientras come, se coge lo me-
jor y la mayor parte…
Cómo bebe: si es desmedido.
La forma de vivir su sexualidad: si mira más el
cuerpo que el alma, si en ocasiones da rienda suel-
ta al instinto, si usa el cuerpo suciamente, si no con-
trolar la curiosidad, si busca el placer por el placer…
Señor, quiero que mi espíritu gobierne todo mi
comportamiento. Me has creado para vivir tu vida.
Lucharé para que mis instintos no me dominen, para
que no me esclavicen. Por eso me mortificaré en la
comida y en la bebida, y lucharé por vivir la pureza.
¿Cómo vivo estas tres cosas ahora? ¿Quieres que mejore? ¿Soy «educado»? Señor, educa mi espíritu.
Buen momento para comentar con Dios cómo comes, cómo bebes y cómo vives la sexualidad. Puedes terminar con la oración final.
Ener
28
¡…como su perro!
28 Enero
Santo Tomás de Aquino, Presbítero dominico. 1225-1274
Su pensamiento ha sido durante siglos la base de los
estudios filosóficos y teológicos. Su obra más famosa
es la “Summa Theologiae” de estilo sencillo y preciso.
Un día de otoño de 1852, Dorel, un
joven con buena pinta de 32 años,
es invitado a Ars por un amigo suyo
que quiere confesarse. «—Haz lo
que quieras —le contesta—. Yo iré contigo,
pero llevaré mi escopeta y mi perro… Y, después
de haber visto al “maravilloso” cura, me iré a ca-
zar patos…»
Cuando entran en el pueblo se cruzan con
el Cura, san Juan María Vianney, que anda con
la lentitud de sus 66 años. Al pasar por delante
de Dorel, le mira a él y a su perro y le dice con
enorme simpatía: «Oiga, señor, sería de desear
que su alma fuese tan hermosa como su perro».
Estas palabras entraron en Dorel hasta el
fondo produciendo un efecto demoledor. Su
perro era como tenía que ser: ágil, fiel, bonito…
Sin embargo su alma… era un auténtico desas-
tre. Se confesó, y cambió de vida. Murió santa-
mente 36 años más tarde como trapense.
Quizá esto es lo que debemos decir los cristianos
al oído de muchos amigos nuestros: ojalá tuvieses
tu alma tan cuidada como tu perro, o como tu físico,
como tu ropa o tu pelo, como tu moto o tu coche…
El mismo Jesús lo dijo: «Vosotros los fariseos limpiáis
lo de fuera del vaso y del plato, pero por dentro es-
táis llenos de rapacidad y de maldad» (Lc 11, 39).
Sólo con que cada vez que nos miramos
en el espejo o en el reflejo de los escaparates,
pensásemos en el estado de nuestra alma, en
la limpieza de nuestro corazón… y le pidiése-
mos: «Crea en mí un corazón puro, renuévame
por dentro con espíritu firme» (Salmo 50). Si la
cuidásemos tanto como a nuestro cuerpo… la
tendríamos en mucho mejor estado.
Dios mío, quiero estar más pendiente de la salud y la
belleza de mi alma que de la de mi cuerpo. Y a mis amigos
les diré al oído que también ellos lo hagan. «Crea en mí un
corazón puro, renuévame por dentro con espíritu firme».
Comenta ahora con Dios los cuidados que tienes de tu cuerpo y de tu alma, y pregúntale si vas bien o si te estás equivocando.
ENERO
29
La nevada de todos los días
29 Enero
San Valero, Obispo. Siglo III-IV
Obispo de Zaragoza. Durante la época en la que vivió,
la Iglesia sufrió una cruel persecución y Valero
fue desterrado a Enate (pueblo cercano a Barbastro).
Un sacerdote, buen teólogo, hacía
este interesante comentario. Antes
debo decir que una de las muchas
prendas de ropa —ornamentos—
con las que se reviste el sacerdote para cele-
brar la misa, la primera de ellas, es el amito. El
amito es una especie de pañoleta blanca, fre-
cuentemente con una cruz bordada en el cen-
tro. Cuando el sacerdote comienza a revestirse
para la celebración eucarística coge el amito, lo
reposa brevemente sobre la cabeza, y luego se
lo pone sobre los hombros, rodeando el cuello
que así queda cubierto por el blanco del amito.
Y ahora el comentario.
Decía este teólogo que cuando iba a cele-
brar misa y se ponía el amito sobre la cabeza
y los hombros, pensaba que la misa que iba a
celebrar en ese momento era como el amito
que usaba; del mismo modo que la prenda le
29 La nevada de todos los días cubría a él con su blancura, la misa era como un
manto blanco con el que cubría Dios todas las
fatalidades, la maldad, el pecado, la corrupción
del mundo.
En el mundo hay mucha trampa, maldad,
incomprensión, mentira, sufrimiento, dolor,
ira, venganza, vicios… y lo sabemos de sobra;
nos tropezamos a diario con esa realidad. Sin
embargo ésa no es toda la realidad, es sólo
una parte, y —considerada en su conjunto—
la más pequeña e insignificante. Cuando celebramos la misa es como si cogiéramos esa capa
blanca del Dios rico en misericordia, del Dios todopoderoso, que exuberantemente derrocha bondad sobre los hombres, y cubriéramos
junto con Él la maldad de los hombres con su
blancura, con su perdón y amor, con su protección y fuerza, con su espíritu.
Cada misa no es una oración más. Cristo vive
hoy, y con su cuerpo espiritual que es la Iglesia,
en cada misa habla al Padre. Quien habla es el
mismo Cristo, con nosotros como parte suya
(los cristianos formamos su cuerpo que es la
Iglesia).
Ahí está la grandeza de nuestra vida: en ha-
cer cosas incorporados con Cristo. La humildad
no consiste en echarnos cubos de basura en-
cima. Si alguien nos dice que cantamos bien y
decimos que cantamos horrible; o si sacamos
buenas notas y nos restamos mérito diciendo
que era fácil el examen, eso no es la humildad.
La humildad es algo mucho más profundo. La
humildad de saberse instrumentos es reconocer que la acción valiosa, salvadora, viene de Dios.
La humildad supone saber que somos una
parte, un miembro de ese Cristo total, y que la
eficacia de nuestras acciones, oraciones y palabras es tremenda. En el momento de la misa,
Cristo —muerto y resucitado—, coge al mundo y lo lleva a la presencia del Padre, ya sanado,
vivificado, salvado. De manera que somos una
parte de ese Cristo que se presenta al Padre en
cada misa.
Ante el mal en la sociedad, los cristianos luchamos de muchas formas: organizamos manifestaciones para protestar, escribimos quejas
a los periódicos, fundamos ONG… Todos es-
tos esfuerzos son válidos, justos y necesarios,
siempre y cuando no perdamos de vista que la
verdadera acción sanadora, purificadora, salva-
dora del mundo es la que viene de Cristo, y de
nosotros en cuanto nos incorporamos a Él, en
cuanto llevamos nuestra realidad a su presencia. Todo nuestro entorno, nuestra familia, universidad, compañeros de trabajo, etc., los car-
gamos sobre nosotros, como si los metiéramos
en una mochila, y los llevamos al Padre en cada
misa; incorporados a Cristo, le devolvemos el
mundo. Ése es el Espíritu que aletea en el fondo
del corazón del cristiano. Por eso le gritamos:
«Ven, Señor, a salvarnos».
Muchos se preguntan para qué les sirve ir
a misa, otros que les hace sentirse mejor… No
vamos a la misa para sentirnos mejor, sino para
glorificar al Padre, para devolverle el mundo,
para que reciba el amor que espera de la huma-
nidad. Así curamos la herida de su amor dolido,
y curamos al mundo de su mal. Eso es lo que
nos llena a los cristianos: la nevada de cada día.
Decía santo Tomás que todos los pecados
que hemos cometido y podemos cometer en el
futuro todos los hombres de la historia, en com-
paración con el valor de una misa, son como un
granito de arena junto al sol. Sí: cada misa cubre
de blanco el mundo entero, como el amito cu-
bre de blanco los hombros del sacerdote.
Gracias, Dios mío, por cada misa, y por poder
participar en cada misa. En cada una de ellas cubres
el mal de este mundo con tu misericordia. Quiero
poner en cada misa todo mi día, unirme a ti, y así
purificar el mundo. Gracias, Señor. Anunciamos tu
muerte, proclamamos tu resurrección, la victoria de
tu amor sobre el mal. ¡Ven, Señor Jesús! Cubre el mal
que hay en el mundo con tu nevada de cada misa,
con el blanco de tu misericordia.
Puedes pedirle que aumente tu fe en la misa. Si a veces eres
algo pesimista o negativo, quizá es porque has olvidado esta verdad. Háblalo con Él.
Enero
30
La alegría no es trabajo de chinos
30 Enero
Santa Martina, Mártir. Siglo III.
Hija de un noble romano y debido a su fe la condenaron
a muerte. La devoción a la Santa se expandió en 1634,
1400 años después de su martirio, al hallar sus reliquias.
Te transcribo un artículo que salió
en la prensa hace unos años:
«Hacia 1990, a un sacerdote que
había escapado a Filipinas huyen-
do de la persecución comunista, se le permitió
volver a China para ver a su madre enferma.
Nada más llegar, el jefe local del Partido le echó
un sermoncito en público, recordándole que
estaba prohibido cualquier trabajo sacerdotal.
Pronto se le acercó alguien para citarle en
una casa con un gran huerto, en las afueras del
pueblo, al caer la tarde.
A la hora fijada, el huerto estaba lleno de
católicos. Le dijeron: “No hemos podido con-
fesarnos en muchos años. Métase en la casa e
iremos pasando de uno en uno. Hay una cama
preparada. Si viene algún sospechoso le avisa-
remos, usted métase en la cama y ronque. Le
diremos que estaba tan cansado del viaje que
se ha acostado y estamos esperando a que des-
pierte para saludarle”.
Pasó horas oyendo confesiones. Uno de los
penitentes fue el jefe del Partido, que se excu-
só: “Perdone, padre, por haberle tenido que re-
gañar en público”».
¡Imagínate la pena de aquellos pobres ca-
tólicos al no poder confesarse durante años!
¡Cómo aprovechan la primera ocasión que se
les presenta! Es difícil que nos hagamos una
idea de lo que eso supone, pues nosotros pe-
gamos una patada al aire y salen volando cinco
sacerdotes… Tal vez por eso nos acostumbra-
mos a las cosas más impresionantes, como es
la confesión. ¿Alguna vez has sentido lo que
significa que se te perdonen todos tus pecados
y faltas? ¿Alguna vez lo has meditado?
¡La confesión debe ser el momento de ma-
yor alegría de la semana! Eso es lo que respon-
dió un cardenal muy santo cuando le pregun-
taron cuál era su momento favorito de la sema-
na: «Cuando, después de haberme confesado,
sé que Cristo me ha perdonado todo».
Gracias, Señor, por haber querido la confesión.
¡Qué bien nos viene, oír con nuestros oídos, a través
de tu iglesia —del sacerdote— que tú me dices: «Yo
te absuelvo de tus pecados, yo te perdono, ¡vete en
paz…!» Gracias, Señor. Si es verdad que a veces me
cuesta confesarme, ayúdame a no fijarme en el es-
fuerzo mío sino en el amor tuyo. Y sí que puede estar
bien que me proponga confesarme semanal o quincenalmente… ¿qué te parece?
Agradécele el perdón, y pídele que todos los cristianos descubramos la maravilla de la confesión. También al terminar el día es buen momento para pedirle perdón por el bien que has dejado de
hacer, por el mal que hayas hecho.
Enero
31
Mi juicio
31 Enero
San Juan Bosco, Presbítero y Fundador. 1815-1888.
Fundó la Sociedad Salesiana y, con la ayuda de santa María
Dominica Mazzarello, el Instituto de las Hijas de María
Auxiliadora. Dedicó su vida a la educación de los jóvenes.
Jean Guitton fue un filósofo francés
que escribió un montón de libros. A los 98 años escribe Mi testamento filosófico. Narra una ficción acerca de su propia muerte, entierro y juicio. En el juicio tiene que enfrentarse a algunos santos que le hacen preguntas aparentemente sencillas, pero nada fáciles de contestar. Al ser filósofo pudo
dar respuesta de forma convincente o todo lo
preguntado hasta este momento. La cosa se
complicó con esta pregunta de san Pedro:
«—Todos los aquí presentes hemos definido
el amor, con las palabras de Teresa de Lisieux:
amar es darlo todo y darse a sí mismo. Tengo
que hacer ahora, en presencia de todos, la gran
y única pregunta: Jean, ¿te diste?
No respondí. Hizo de nuevo su pregunta.
-Jean, ¿te diste?
En ese momento me desmayé y me habría
caído al sillón a no ser por los dos ángeles suizos que se precipitaron para sostenerme. Enderecé la cabeza. Unas gruesas lágrimas corrían
por mis mejillas. San Pedro retomó la palabra.
—Jean, tu último día ya llegó y pasó. Aho-
ra es la Hora suprema. El juez va a fallar. Piensa
que es el Amor el que te juzga. Eres juzgado
sobre el amor. Debes responder a esta última
pregunta. Jean, ¿te diste?»
Continúa diciendo que lo pasó mal para
contestar a esta pregunta, repasando su vida.
Una buena costumbre cristiana es hacer to-
das las noches un breve examen de conciencia:
un par de minutos en los que repasamos el día.
Una buena pregunta para el examen de cada
noche es ésta: ¿me he dado hoy? ¿he dado
tiempo? ¿he dado alegría y paz? ¿he estado «a
mi bola», con mis cosas, mi música, mi yo? ¿gas-
to todo el dinero de que dispongo en mí mismo? ¿me estoy dando a los demás? ¿he hecho
favores hoy? ¿he dado a Dios un tiempo del día
para la oración, para visitarle en un sagrario?
Dios mío, quiero vivir cada día dando y dándo-
me. Es lo que Jesús nos ha enseñado con su ejemplo.
Dame un corazón generoso. Cada noche procuraré
hacer el examen de conciencia, y preguntármelo.
Recuérdamelo.
Comenta con Dios, con tus palabras, si te das. Pídele ir descubriendo más formas de darte, y de darte mejor, de dar y darte con alegría.
Febrero
Oración inicial de cada día
Señor mío y Dios mío, aquí me tienes,
en tu presencia, unos minutos
en los que quiero estar solo para ti.
Sé que también tú estás ahora solo para mí.
Te adoro, Dios, porque eres bueno y eres Padre.
Gracias por habernos hecho tus hijos.
Que cada día me asombre un poco más
de ser familiar de Dios.
No quiero ser frío contigo ni con los demás.
Quiero ser buen hijo de tan buen Padre,
y buen hermano de todos mis hermanos los hombres.
Así sea.
Oración final de cada día
Dulce Madre, no te alejes,
tu vista de mí no apartes,
ven conmigo a todas partes
y solo nunca me dejes;
ya que tú me quieres tanto
como verdadera Madre,
haz que me bendigan el Padre,
el Hijo y el Espíritu Santo.
Amén.
Febrero
1
<
1 Febrero
Santa Viridiana, Virgen y Reclusa. Siglo XIII
De la Toscana, de la noble familia de los Attavanti y
coetánea de San Francisco de Asís. Peregrinó a Compostela
y, a su regreso, vivió reclusa en una celda durante 34 años.
Su culto fue aprobado por Clemente VII en 1533.
Son famosas las actas del martirio
de Felícitas y Perpetua. Corría el
año 204. La primera era esclava de
la segunda, y las dos se convirtieron
al mismo tiempo. Por ser catecúmenas fueron
encarceladas en Cartago (al norte de África) y
echadas a las bestias en un circo para dar un espectáculo con ocasión de unas fiestas. Las dos se bautizaron en la cárcel. Felicidad estaba embarazada de ocho meses. Antes de martirizarla debía dar a luz, pues el derecho prohibía martirizar mujeres embarazadas. Todos los cristianos, cuentan las actas, rezaron juntos pidiendo
a Dios que diera a luz. Así lo cuentan:
«Apenas hubieron terminado la petición,
Felícitas fue asaltada por los dolores del parto.
Por las dificultades normales de un parto en el
octavo mes, sufría mucho y gemía. Entonces
uno de los carceleros le dijo:
—Si gimes así ahora, ¿qué harás cuando
te entreguen a las fieras que tú has decidido
afrontar al rechazar el sacrificio? [Felícitas se
había negado a ofrecer un sacrificio al Empera-
dor aceptando que era un dios].
Felicitas le respondió:
—Ahora soy yo quien sufre lo que sufro.
Pero allí abajo será Otro en mí quien sufra por
mí, porque es por Él por quien sufriré.
Felicitas dio a luz una niña que adoptó una
mujer cristiana como hija».
¿No te parece sabio? Esta recién bautizada
sabe muy bien lo que significa ser cristiana:
«Será Otro en mí quien sufra por mí, porque
es por Él por quien sufriré». Felícitas había en-
tendido a la perfección que el bautizado es «yo
pero no sólo yo». El bautizado no deja de ser él
mismo, pero el bautismo le cambia y a partir
de ese momento posee un nuevo ser en Cristo
glorificado. No es sólo él, por lo que Cristo obra
en él y con él.
Gracias, Dios Padre, por concedernos unirnos a
Cristo, por darnos un nuevo ser en Cristo. Me has he-
cho grande en el bautismo. Gracias por el bautismo.
Ahora puedes hablar con Dios acerca de lo leído con tus pala-
bras. Después termina con la oración final.
febrero
2
El vaso nuevo
2 Febrero
Fiesta de la Candelaria
Conocida antes como Fiesta de la Purificación de María,
quien fue al Templo de Jerusalén para entregar a su
primogénito y cumplir el rito legal de su purificación.
Actualmente recibe el título de Presentación del Señor. el siglo VI, en Roma. Celebramos que María es Madre de Dios hecho hombre. Ella nos acerca a Jesús niño y nos ayuda a ser fieles.
¿La historia se divide en dos grandes partes: antes de Cristo y después de Cristo. Antes de Cristo
todo estaba claro: Dios era Dios y
el hombre era hombre. Pero, cuando nace Je-
sús, Dios se hace hombre. El que era inmate-
rial y estaba fuera del tiempo y del espacio…
se hace carne y entra en el tiempo. Rompe la
línea divisoria entre Dios y el hombre, porque
Dios se hace hombre.
Los Padres de la Iglesia dicen que Dios se
hace hombre para conceder a los hombres la
posibilidad de hacerse dioses. Así lo dice san
Atanasio, obispo de Alejandría: «Dios se hizo
ser humano para que los hombres llegaran a
ser dioses». ¡Nada más ni nada menos! Lo que
él quiere es que tengamos su vida, su mismo
Espíritu. Si nos unimos a Jesús, él nos concede
participar de la vida de Dios.
Esto nos lo concede gratis, porque le da la
gana. Lo que ocurre es que Dios nos quiere
tanto que no soporta vivir separado de noso-
tros los hombres. Quiere meternos en él, estar
unidos y que seamos uno con él. Como dos
personas que se abrazan para fundirse por-
que se quieren, así Dios nos abraza fundién-
dose de verdad, realmente, con quien acepta
a Jesús, quien cree en él. Esto nos lo concede
en el bautismo.
Es gratuito, gratis, don, regalo, gracia. Hay
muchos otros regalos de Dios al hombre, como
la tierra y el mar, la salud corporal, personas
que nos ha puesto al lado, la lluvia y las cose-
chas (Hechos 14, 17), etc. Pero todos esos rega-
los son como de segunda en comparación con
el regalo de los regalos, el don más grande con
diferencia: ¡estar unido a Dios! Por eso le llama-
mos gracia.
Cuando hablamos de estar en gracia lo que
queremos decir es estar dentro de este abrazo
de Dios. Estar en gracia es aceptar la gracia,
vivir abiertos al regalo de la vida de Dios, es-
tar disfrutando de este don de Dios que es su
misma vida, dejar que su Espíritu viva en mí. No
estar en gracia es rechazar el regalo, la gracia.
Esta gracia nos hace nuevos. Decía san Juan
Crisóstomo que en el bautismo no se limpia el
vaso, sino que se hace uno nuevo, no se limpia
el hombre sino que se hace un hombre nuevo.1
Escribía Pemán:
En este trueque de amor
no es mi falta
sino tu abundancia
lo que me asusta, Señor.
¡Así es! Lo que nos asusta a los cristianos no
son nuestros pecados, aunque sean gordos y
frecuentes… Eso no nos asusta. Lo que de ver-
dad nos asusta es la abundancia de Dios, nos
asusta tener un Padre así de bueno y de «necesitado» de nuestra respuesta, nos asusta ver
todo un Dios sediento del amor que sólo yo
puedo darle. Infunde, Señor, tu gracia en nuestras almas, para
que los que hemos sido bautizados respetemos el
nuevo vaso que nos has dado. Que valore la gracia,
y siempre quiera crecer en gracia, que cada día sea
mayor tu vida en mí. María, tú que eres la llena de
gracia, ruega por nosotros.
Habla ahora con tu Padre-Dios. Ésta es la parte más importante: cuéntale y escucha. Dile que no quieres acostumbrarte al regalo de los regalos que te ha hecho en el bautismo, que quieres vivir «asustado» de su abundancia.
febreo
3
La madre Angélica y su televisión
3 Febrero
San Blas, Obispo y Mártir. Siglo IV
Obispo de Sebaste (Armenia). Se le atribuye el milagro
de sanar a un niño que se estaba muriendo como
consecuencia de una espina de pescado atravesada
en la garganta. Sufrió la persecución de Licinio
y fue condenado al martirio.
Madre Angélica es uno de los perso-
najes más sorprendentes de nues-
tro siglo. Su nombre de pila es Rita
Rizzo. Nació en 1923, hija única en
una familia muy problemática en un vecindario
pobre italiano del este de Ohio. Su padre era
un hombre vago e inútil que siempre estaba
ausente del hogar; su madre, una mujer histéri-
ca y altamente dependiente, que delegó el rol
materno con Rita.
Creció como pudo. Terminó el colegio y se
puso a trabajar hasta que ingresó en un con-
vento. Años más tarde, durante un viaje a Chi-
cago en marzo de 1978, visitó el Canal 38, una
emisora de televisión baptista ubicada en el úl-
timo piso de un rascacielos. Era la primera vez
que veía unos estudios de televisión. «Señor,
yo tengo que tener uno de éstos», murmuró la
Madre Angélica. ¡Tenía tantas ganas de hablar a
La madre Angélica
y su televisión 3
14 15
todo el mundo de Jesús! Al ver los estudios de
televisión vio que sería una buena manera de
ayudar a tantos a ser felices y libres hablándo-
les de Jesús y sus enseñanzas. Pero de inmedia-
to la asaltaron las dudas: «¿Qué haríamos doce
monjas con esto? Soy una monja de clausura
y no entiendo nada de televisión». Después le
informaron de que el estudio «solamente» cos-
taba 950.000 dólares. Ella respondió: «¿Eso es
todo? Yo quiero uno».
Luchó para fundar la EWTN hasta hacer de
su monasterio la primera comunidad religiosa
que obtuvo una licencia de la FCC (Comisión
Federal de Comunicaciones) para transmitir.
Con apoyo del diácono y de algún otro pudo
hacer frente a los tres grandes problemas típi-
cos de toda empresa audiovisual: encontrar la
financiación necesaria, conseguir contenidos
para emitir y asegurar la difusión de la señal.
Las emisiones se reducían al principio a
pocas horas diarias, y ahora abarcan las 24
horas del día sin interrupción. En los primeros
tiempos, la EWTN se nutría de viejas películas
prestadas, de algunas comedias y de viejas gra-
baciones como Life is Worth Living, de Fulton
Sheen, célebre arzobispo norteamericano y
pionero de la radio y televisión católicas. Aho-
ra, la EWTN emite cinco programas en directo y
decenas de series televisivas, producidas tanto
dentro como fuera de sus estudios.
14 15
Tom Monaghan, que se deshizo de su impe-
rio Domino’s Pizza para fundar una universidad
católica en Florida, dice de ella que es «una de
las más grandes empresarias de todos los tiem-
pos». Todo ello, además, sin tener más estudios
que los del colegio. Esta monja de clausura
capaz de interpelar al mundo y que, según la
revista Time, es «la mujer católica más influyen-
te de los Estados Unidos» se le presenta como
una «Teresa de Ávila moderna».
«De todos aquellos que el Señor pudo ele-
gir para levantar este emporio internacional
de la comunicación, la madre Angélica era la
candidata menos apropiada. Pero los caminos
de Dios no son nuestros caminos», escribe el
arzobispo de Denver y miembro del consejo de
dirección de EWTN, Charles J. Chaput, OFM.
Joseph Ratzinger decía en 1999 que «la ma-
dre Angélica ha logrado en los Estados Unidos lo
que otros han intentado sin éxito: hacer llegar sus
programas a un número de espectadores que se
cuentan por millones, representando para la Igle-
sia un foco de fe y de fuerza renovadora».
¿Cómo ha hecho todo esto? Los no creyen-
tes pueden hablar de casualidades. Los creyen-
tes reconocerán en cambio la mano de la Pro-
videncia. Esta mujer se confiaba plenamente a
la Providencia divina y a la intercesión de sus
santos preferidos. Y el tiempo ha demostrado
que no se equivocó.
Madre Angélica dedica todos los días tres
horas a la adoración de Jesús en la eucaristía,
es inválida —sí, inválida de piernas— y su cuer-
po le causa mucho dolor, y tiene una ilusión
enorme en que Jesús sea conocido por todos.
Si Dios me quiere meter en esto, él me irá lle-
vando, él sacará las cosas adelante.
Esta monja llena de aparentes contradic-
ciones —«la monja de clausura que habla al
mundo; la mujer independiente a quien no le
importa romper todas las reglas pero a la que
muchos llaman ultraconservadora; la aguda
humorista que sufre dolores permanentes; la
pobre clarisa que dirige una corporación mul-
timillonaria…»— es un grito de Dios al mundo:
confiad en mí, que yo hago lo que vosotros
consideráis más difícil con un instrumento
inepto.
Dios Padre, creo en tu providencia, en tu cuidado
permanente de cada una de tus criaturas. Gracias,
que cada día confíe un poco más en ti. Señor, nos lo
dijiste bien claro: «Mirad los lirios, cómo crecen; no
se fatigan ni hilan, pero os lo aseguro: ni Salomón
en toda su gloria se vistió como uno de ellos. Pues si
Dios viste así a la hierba del campo, que hoy es y ma-
ñana se la arroja al fuego, ¡cuánto más a vosotros,
hombres de poca fe!» (Lucas 12, 27 ss.) Padre, bien
sabes tú lo que nos conviene y necesitamos. Confío
en ti. Sí: ¡confío!
Si quieres puedes comentar con Dios Padre el caso de Madre
Angélica, manifiéstale el deseo de que le conozca todo el mundo, y abandónate en Él para que haga contigo lo que quiera, dile que puede contar contigo y que tú confiarás en su Providencia.
Febrero
4
San Andrés Corsini, Obispo y Confesor. Siglo XIV.
De Florencia, de la noble familia de los Corsini. Conflictivo en su juventud, sintió posteriormente un llamamiento hacia la paz de la Orden de los Carmelitas. Dirigió la diócesis durante 24 años.
Sólo aguantaron los rascacielos
En el año 1989 hubo un fuerte terremoto en San Francisco y, ¡sorprendente!, las casas que más aguantaron no fueron las más bajas, sino los rascacielos, porque estaban preparados para los terremotos. Sin embargo las casas más antiguas, de poca altura, se vinieron abajo todas.
Cuando construimos nuestra vida vale la pena construir bien. Jesús nos lo dice con una parábola: dos hombres construyeron su casa, uno sobre arena y otro sobre roca. Cuando vinieron las tempestades y las tormentas, el primero vio cómo todo lo que había hecho hasta ese momento con gran esfuerzo y sudor se le venía abajo porque había construido sobre arena, sobre un fundamento frágil. Al segundo, que le costó el mismo trabajo que al primero la construcción de la casa, vio cómo sus esfuerzos eran compensados. Su casa aguantó. Quizá fuese menos bonita, pero era resistente (Mateo 7, 24-27).
No es tontería ni parábola para ancianos. Nos afecta a todos. Hace poco un chaval me decía que estaba enfadado con Dios porque se había roto el brazo, tendría que llevar la escayola por un mes y se perdía varios partidos de liga. Otro me decía que su madre llevaba varios días indignada y de mal humor en casa porque en el trabajo habían ascendido a un compañero que había llegado más tarde que ella. Y mil «enfados» más que podríamos contar. Pero no me refiero a una reacción mala, sino a enfados que se asientan en el interior, bajones prolongados, temporadas de «todo esto y la vida en general es una porquería». Compara la reacción de estas personas con esta otra: en uno de los lugares que tienen las monjas de la madre Teresa de Calcuta intimé bastante con un chico joven que se moría de sida. Sonreía continuamente… estaba feliz: su vida había sido un desastre, pero se sabía querido por Dios, se sabía hijo de Dios… Parece asombroso pero, entre intensos dolores y una vida llena de errores, a ninguno de los que estábamos con él nos cabía duda de que era muy feliz.
Construir sobre arena es fácil y cómodo, pero a la larga resulta incómodo porque lo que construimos no aguanta nada… y nos invaden los enfados. Construir sobre roca cuesta pero compensa. Hacer un edificio alto a prueba de terremotos es algo costoso que exige tiempo, dinero y expertos. Levantar un rascacielos de mala calidad es una estupidez y además peligroso. Vivir sin una base firme sin saber qué soy, de dónde vengo ni adónde voy, es algo un poco triste que genera insatisfacción, inseguridades y preocupaciones. Cuanto más alto me levante, si es sobre arena, más espectacular y dolorosa será la caída.
¿Por qué hago yo las cosas? ¿Qué busco? ¿Tengo objetivos para demostrarme y demostrar a los demás de lo que soy capaz, o porque la vida me la ha dado el Padre para que dé fruto en servicio de los demás…? ¿me muevo por lo más fácil, por el quedar bien, por estar «a gusto»…, o me muevo por lo mejor, para servir, para darme a los demás? ¿Busco la gloria de Dios o la mía? ¿Mi fuerza es mi voluntad, o mi fuerza es el Señor?
Jesús nos lo dice bien claro: hay que construir sobre algo sólido. Esa base firme y con capacidad de aguante es ésta: ¡Soy hijo de Dios!, ¡mi Padre es Dios! No se trata de saberlo, sino de que sea el cimiento: que el ladrillo que hoy ponga lo ponga sobre esta verdad, que lo haga con la confianza del hijo, que me sepa cuidado por él, que la preocupación que tengo la haga desaparecer al hablar el asunto con mi Padre, que confíe más en lo que mi Padre vaya a hacer que en lo que yo haga, que busque su bien, que trate de vivir con su estilo…
¿Sobre qué estoy edificando mi vida?: ¿sobre la vanidad de ser el mejor?, ¿sobre el placer… del tipo que sea…?, ¿sobre el poder?, ¿sobre el triunfo a toda costa?, ¿sobre el quedar bien? Eso es construir sobre arena. Señor quiero partir de esto: yo soy tu hijo. El porqué de lo que hago quiero que sea éste: hago esto porque Tú, Dios mío, eres mi Padre.
Y ahora sigue tú hablándole con tus palabras. Después termina con la oración final.
febrero
5
Santa Águeda o Ágata (Gadea en castellano antiguo), Virgen y Mártir. Siglo III.
Siciliana joven y bella, de distinguida familia. Su rechazo al Senador Quintinianus le supuso un martirio constante hasta su muerte. Se le atribuye la salvación de Catania de la lava del Etna. Es patrona de Sicilia y protectora de las mujeres.
Marcelino pan y vino
¡Qué gran cuento! El primer día que sube Marcelino a hablar con el Cristo lo hace porque le han dado carne para comer y quiere ofrecerle un poco. Tras una breve espera, por fin Cristo mueve la cabeza, baja de la cruz, se acerca a la mesa y rompe el silencio:
«—¿No te da miedo?
»Pero Marcelino estaba pensando en otra cosa y, a su vez, dijo al Señor:
»—¡Tendrías frío la otra noche, la de la tormenta! —El Señor sonrió y preguntó de nuevo:
»—¿Es que no te doy miedo ninguno?
»—¡No! —repuso el chico, mirándole tranquilamente.
»—¿Sabes, pues, quién Soy? —interrogó el Señor.
»—¡Sí! —repuso Marcelino— ¡Eres Dios!»El Señor sentose entonces a la mesa y comenzó a comer la carne y el pan, después de partirlo de aquella manera que sólo Él sabe hacer. Marcelino, familiarmente, le puso entonces su mano sobre el hombro desnudo.
»—¿Tienes hambre? —preguntó.
»—¡Mucha! —repuso el Señor.
»Cuando Jesús terminó la carne y el pan, miró a Marcelino y le dijo:
»—Eres un buen niño y Yo te doy las gracias.
»Marcelino repuso vivamente:
»—Igual hago con Mochito [el gato] y con otros. Pero estaba pensando en otra cosa como antes y preguntó de nuevo:
»—Oye, tienes mucha sangre por la cara y en las manos y en los pies. ¿No te duelen tus heridas?
»El Señor volvió a sonreír. Y preguntó suavemente, poniéndole Él, a su vez, la mano sobre la cabeza:
»—¿Tú sabes quiénes me hicieron estas heridas?
»Marcelino parpadeó y repuso:
»—Sí. Te las hicieron los hombres malos.
»El Señor inclinó su cabeza y entonces Marcelino aprovechó la ocasión y, muy suavemente, le quitó la corona de espinas y la dejó sobre la mesa. El Señor le dejaba hacer, mirándole con un amor que Marcelino jamás había visto reflejado en mirada alguna. Y, repentinamente, Marcelino habló, señalándole a las heridas:
»—¿No te las podría curar yo? Hay un agua que pica que se da por encima y a mí se me curan todas.
»Jesús movió la cabeza.
»—Sí puedes; pero sólo siendo muy bueno.
»—Eso ya lo soy —dijo Marcelino, con presteza. Y, sin querer, pasaba sus dedos por las heridas del Señor y se manchaba un poco de sangre.
»—Oye —dijo el niño—: ¿y si yo te quitara los clavos de la cruz?
»—No podría sostenerme en ella —dijo entonces el Señor.
»Y entonces le preguntó a Marcelino si sabía bien su historia, y Marcelino le dijo que sí, pero que quería oírsela a Él mismo para saber si era verdad. Y Jesús le contó su historia.
»Al día siguiente fue de nuevo, y pronto le dijo Jesús:
»—Ayer te conté mi historia y tú aún no me has contado la tuya.
»Marcelino abrió mucho los ojos y miró al Señor con sorpresa.
»—Mi historia —dijo el niño— dura muy poco.
»Y se la contó».
No estaría mal que aprendiésemos del chaval del cuento que sólo poniéndonos en el lugar de Dios podremos relacionarnos con él y empezar a amarle. Marcelino empieza por ofrecerle lo que puede necesitar: dando a Cristo descubre a Cristo, y empieza una amistad. Quizá a muchos cristianos nos cuesta descubrir a Cristo porque no le damos, porque no nos ponemos en su lugar y no le ofrecemos lo que él necesita. Para descubrirle hay que empezar por darle y seguirle.
¿Qué necesitas de mí, Señor? ¿Cómo puedo quitarte la corona de espinas y los clavos? Tuyo soy, para ti nací, ¿qué quieres, Señor, de mí? ¿En qué puedo ayudarte? Cuéntame tu historia de nuevo, y yo te contaré la mía.
Y ahora sigue tú hablándole. Ésta es la parte más importante: cuéntale tu historia, ofrécele lo que tienes, y escucha lo que quiera decirte.
febrero
6
Santos Pablo Miki y compañeros, Mártires de Japón. Siglo XVI.
De una familia rica de Kyoto, perteneció a la Compañía de Jesús. Junto a otros 25 compañeros entre jesuitas, franciscanos, catequistas y laicos, fue crucificado por orden del emperador Toyotomi Hideyoshi.
El Padrenuestro que Jesús nos enseñó
La oración que nos enseñó Jesús es el Padrenuestro. En las siete peticiones de esta oración se encuentra todo lo que Dios quiere que le pidamos, o sea, lo que quiere que deseemos. No sé dónde me encontré con este otro padrenuestro que pongo con minúscula adrede, pues las siete peticiones han sido modificadas:
«Padre mío, que tienes que estar siempre a la escucha —en el cielo o donde sea— dispuesto a hacerme llegar cuanto te pida.
Quiero que todos hablen bien de mí: que sea honrado mi nombre.
Esto es lo que exijo: quiero mi pequeño reino aquí en la tierra, con todos los demás a mi servicio.
Quiero que se haga mi voluntad, tanto por parte tuya como de los demás.
Dame, Señor, no sólo pan, sino jamón y dulces, y una cuenta corriente bien repleta en el banco, para que no tenga que molestarme en pedirte un día y otro.
¡Ah, sí! perdona mis pecados. Es verdad que no me pesa demasiado haberlos cometido, y también es verdad que hay gente a quienes no se puede decir que los perdone, ¡son tan antipáticos! De todos modos, perdóname, no quiero ir al infierno ni al purgatorio, ni a lugar alguno que se les parezca.
No me dejes caer en la tentación; pero Tú tranquilo si alguna vez me meto en ella solamente por probar.
¡Líbrame de la mala suerte! Esto es lo que quiero. Y si no me lo concedes pronto, perderé la fe. Amén.»
Resulta sorprendente esta «oración», pero ¿no es verdad que nuestro corazón y nuestras obras rezan más este padrenuestro que el Padrenuestro que Jesús nos enseñó?
Y para decirle bien esta oración, y todo lo que le decimos a Dios, nos enseña el salmo 87, 3: «Llegue hasta ti mi súplica; inclina tu oído a mi clamor, Señor.»
Como si nuestras palabras tuviesen que recorrer una distancia, un espacio, y entrar en otro lugar, decimos: Llegue hasta ti mi súplica. Una traducción más literal diría: Que mis palabras entren en tu «conspectu».
Que mis palabras, como ondas sonoras que lanzamos, viajen hasta la divinidad y entren. ¿Dónde? ¿A qué realidad nos referimos con las palabras a tu conspectu? Conspectu es lo que uno mira, lo que entra en el campo visual, la mirada, la presencia; también la asamblea o reunión. El conspectu de Dios es lo que está presente ante él, aquello que él tiene ante su mirada, aquel lugar suyo, que está bajo su exclusiva presencia. Podríamos decir que es el «lugar» dentro del Padre, Hijo y Espíritu Santo, como la mesa alrededor de la que se reúnen los tres, la íntima asamblea que constituye la Trinidad. El conspectu de Dios es la íntima reunión divina, la intimidad de Dios.
Y le pedimos que allí adentro entre mi oración. Que mis palabras, Señor, entren en lo más adentro de ti, en lo más íntimo tuyo. No sólo le pedimos que llegue hasta él nuestra oración, sino que entre, que se introduzca en la explanada de su intimidad, que ingrese en lo más hondo suyo.
Así nos enseña a rezar Dios: que mis palabras penetren en lo más hondo de Dios. Es sorprendente el cometido de las palabras que pronunciamos interiormente, y su poder. No da igual lo que diga a Dios.
¡Qué importantes son las palabras que digo cuando rezo! ¡Entran en la explanada del interior de Dios! ¡Y pensar que a veces las decimos de cualquier manera! Por eso, sé que él me escucha cada vez que le dirijo una palabra. En ocasiones bastará con decirle: «Eso, Señor», y será suficiente porque ya sabemos los dos de qué se trata.
¡Ojalá diga con respeto cada frase del Padrenuestro! Que mi oración entre en tu intimidad, Señor. Es bien distinta nuestra oración al hecho de echar una quiniela: ¡a ver si toca! No es así la oración. No se trata de probar suerte a ver si llega y hay fortuna. «No sabemos pedir lo que nos conviene», nos dice Dios. Mi oración le llega siempre, siempre entra en lo más íntimo suyo. Otra cosa es que aquello que a mí puede parecerme lo mejor, realmente lo sea.
Rezaré el Padrenuestro atento a las siete peticiones, Padre, y con respeto: cada una de mis palabras entra en ti. Te pido que me enseñes a desear lo que nos has enseñado a pedirte. Sé que todo lo que te digo se introduce en tu intimidad. Enséñame que rezar es hablarte, no hacer ruido con la boca.
Puedes repasar ahora ese padrenuestro adulterado con el que ha comenzado el texto de hoy, y comentar con Él cuáles de esas siete peticiones sueles hacer tú. Si quieres, después, rézale bien, sabiendo que cada palabra «entra» en Dios, un Padrenuestro.
febrero
7
San Lucas el Joven, Eremita. Siglo X.
Griego, de familia campesina. De niño se mostraba piadoso, sembrando su grano en tierras de los más pobres y dando sus propias ropas. Tras permanecer un tiempo en un monasterio, se construyó una ermita en Corinto, donde vivió alegre desde los 18 años.
Que no te la den con queso
Una noticia reciente en EE UU revela que consumir queso antes de catar un vino disminuye la capacidad de percibir el sabor del vino. Un grupo de expertos americanos explican que las proteínas del queso limitan el poder de degustar otros sabores. Según dicen, un buen queso enmascara el sabor original del vino, ya que la grasa que contiene el queso bloquea las moléculas del sabor del vino, sean quesos suaves o fuertes.
Esto que los expertos americanos han descubierto ya lo había dicho la sabiduría popular con la frase «que no te la den con queso». Tiene su origen en la venta de vino. Los que vendían agasajaban con queso a los clientes para poder colarles vino de peor calidad. Así pues, cuidado con lo que nos dan…
Que a los hijos de Dios tampoco nos la den con queso. El queso no es malo, pero hay momentos en los que me puede perjudicar porque disminuye la capacidad de percibir algunos sabores. La ropa, las fiestas, la música, dormir, Internet, el alcohol… son realidades buenas o buenísimas, pero en exceso la grasa que contienen bloquea las moléculas del corazón, y entonces disminuye la capacidad de percibir el sabor de las cosas de Dios, o mejor, el gustoso sabor de amar y darse a los demás y a Dios.
Una de las últimas escenas de la película Titanic recoge cómo mueren todos los que han caído al agua tras el hundimiento del barco. El hombre no soporta la bajísima temperatura de esas aguas. El protagonista muere agarrado a la tabla donde está tumbada la chica. Muere en cuestión de minutos. Estas personas al principio sienten un gran dolor en todo el cuerpo por la congelación, pero después ya no «se siente nada» y la muerte es indolora. Al cabo de un rato se despierta la chica y ve que su novio —a muy poca distancia de ella— ha muerto de frío.
También la lepra se manifiesta primeramente en que se pierde la sensibilidad en algunas zonas del cuerpo. Y después viene la destrucción del cuerpo, se te pudre todo.
Que no nos la den con queso. Perder sensibilidad es síntoma de pobreza, de descomposición y muerte. A veces no nos duele lo malo y lo bueno no nos atrae en absoluto. Es más, nos atrae lo malo y nos duele lo bueno: nos gustaría mucho hacer eso que está mal, mientras que cumplir con «lo cristiano» me duele y cuesta. No pasa nada: quizá haya tomado tanto queso que no soy capaz de distinguir el vino del yogur. Si quieres, puedes tomar un poco de agua, enjuagarte la boca y recuperar la capacidad de saborear: es posible para quien quiere.
Ayúdame, Dios mío, que sepa reaccionar. Haz que me acerque a ti, que no me la den con queso. ¿Qué cosas buenas insensibilizan mi corazón?
Y ahora sigue tú hablando con tu Padre-Dios, y contéstale a esta última pregunta. Ésta es la parte más importante: cuéntale y escucha.
Febrero
8
San Jerónimo Emiliano. Siglo XV.
Nacido en Venecia, fue militar. Tras caer prisionero y ser liberado, decidió servir a los más indefensos. Se ordenó sacerdote y fundó la Orden de los Padres Somascos, que instituyeron escuelas gratuitas para todos. Es patrono de los huérfanos y de la juventud abandonada.
Pero… ¿y Sonia?
Al gran escritor Dostoievski le ocurrió lo siguiente. Se enamoró de una chica que ya estaba casada. Cuando se enteró, interrumpieron la relación. Poco tiempo más tarde ella enviudó, y entonces sí se casaron. Pronto se cumplió una de las grandes ilusiones de Dostoievski: tuvo una niña a la que llamó Sonia. Cuando ya tenía tres meses, paseando por la costa de una ciudad alemana, repentinamente entró una galerna que les pilló desprotegidos y les empapó. La pequeña Sonia enfermó y murió en pocos días por la neumonía. El escritor, destrozado, se desahogaba en esta carta con un amigo:
«Ella comenzaba a reconocerme, a amarme, y siempre que me acercaba sonreía. Cuando cantaba para ella con mi voz cómica, veía que me escuchaba complacida. Cuando la besaba mantenía el rostro serio, y si me acercaba a ella cesaba de llorar.
»Y ahora intentan consolarme diciendo que tendré más hijos. ¡Pero Sonia! ¿Dónde está Sonia? ¿Dónde está este pequeño ser por quien de buena gana habría soportado la muerte en la cruz… si de ese modo hubiera logrado que viviese?»
¿No te parece que es lógico que le molestase a Dostoievski que le intentasen consolar así, como si diese igual Sonia u otro? ¡Claro que le molesta! Él no amaba tener hijos en general, sino que amaba a Sonia. Ninguna otra hija, ni veinte hijas que pudiera tener, serían capaces de ocupar el lugar que Sonia ocupaba en su corazón.
Tenemos huella dactilar. El bautismo nos hace únicos para nuestro Padre Dios. Nadie ocupará mi lugar en el corazón de Dios: sólo yo puedo quererle por mí. Aunque todos los hombres del planeta le amasen y estuviesen con él, si yo no le amase él seguiría echándolo en falta, seguiría buscándome, esperándome cada día como el padre de la parábola, deseándome como Dostoievski a su pequeña Sonia.
Padre nuestro, que estás en los cielos, que no olvide que tú, como buen padre, no sabes contar más que uno: tienes sed de mí. ¡Que me asuste tu abundancia, Señor!
Puedes agradecerle ahora, con tus palabras, que te quiera como a su único hijo: pídele que cada vez te entre más en la cabeza.
febrero
9
San Pedro de Dama, Sacerdote, Siglo VIII.
Luchó contra el Islam, por lo que el califa Walid le cortó la lengua y ordenó que fuese desterrado a Arabia. A pesar de su mudez, continuó predicando el cristianismo.
La huella dactilar
La policía sabe que el mejor medio que tiene para identificar a una persona es la huella dactilar. Hay tantas huellas dactilares como personas, y no hay dos iguales. Nadie se la puede apropiar: es tuya y además inconfundible. Gente con el mismo pelo, nombre, estudios… puede haber muchos, pero ninguno tendrá la misma huella dactilar.
También nuestra alma tiene una huella dactilar: cuando somos bautizados, Dios deja una marca que me hace su hijo, irrepetible, único y resulta duro decir que Dios tenga necesidad de algo, pero así es- imprescindible.
Algunos piensan que el pecado mortal nos separa totalmente de Dios, como si esos pecados nos convirtiesen en seres ajenos al buen Padre Dios. No es así. La huella dactilar de Dios en nosotros no hay fuego que la pueda borrar. Conviene no olvidar lo que dice san Juan de la Cruz: «Grande contento es para el alma entender que nunca Dios falta del alma, aunque esté en pecado mortal, y cuánto más en la que está en gracia.»
El hijo pródigo deja el hogar. Dejar el hogar no es abandonar un lugar, sino negar la realidad espiritual de que pertenezco a Dios, negar que él es mi Padre, que me tiene grabado en la palma de sus manos y que me ha marcado como hijo único. Dejar el hogar es pasar de él y decirle «no te preocupes por mí, que mi vida me la organizo yo solito».
Pues bien, aunque el hijo abandone el hogar, el padre no abandona al hijo: cada día mira al horizonte por si vuelve. «En este trueque de amor, no es mi falta sino tu abundancia lo que me asusta, Señor». Que no nos asustemos por nuestras faltas; o mejor, que no pensemos que él se asusta de nuestros pecados.
«Grande contento es para el alma entender que nunca Dios falta del alma, aunque esté en pecado mortal, y cuánto más en la que está en gracia.» Es más. Aunque uno acuda a Dios como último recurso, porque le ha fallado todo lo demás, aunque le trate de segundo plato o de postre, a Dios no le importa… con tal de que volvamos.
Me decía un chico que cuando miraba un sagrario le resultaba inevitable ver a Jesús como con los brazos cruzados, mirándole con gesto de cansancio mientras le decía: «Bueno, qué? A ver qué haces, no? Ya te vale.» Me decía que por eso le costaba entrar en la iglesia, y cuando lo hacía, evitaba mirar al sagrario. Tuve que decirle que su imagen estaba muy lejos de la que Jesús nos transmitió: le recomendé que leyera despacio, de nuevo, la parábola del hijo pródigo. Considerarse indigno de Dios, ajeno, alguien de quien Dios estará harto, es lo más contrario a lo que Jesús nos ha enseñado.
Aunque yo me vaya lejos, Señor, tú continúas a mi lado. Nada de lo que pueda hacer borra la huella que tú has impreso en mí. Siempre seré tu hijo amado. En el bautismo de Jesús se oyó del cielo una gran voz: «Éste es mi hijo amado.» Lo mismo dijiste en mi bautismo. Lo sé, pero repítemelo, Padre, cada día: «Tú eres mi hijo amado.» Te pido que los cristianos que se encuentren en pecado mortal, que ninguno se sienta abandonado de ti: que sepan que ni aun así tú faltas en su alma.
Ahora puedes comentar con Él esta parábola, y no te canses de agradecerle que te haya hecho su hijo.
Febrero
10
Santa Escolástica, Virgen. Siglo VI.
Hermana de San Benito. Levantó su monasterio en Piumarola, a los pies de la montaña en cuya cumbre se había establecido su hermano. Una noche, para que éste permaneciese con ella, provocó un aguacero. Se la invoca contra los rayos y para obtener lluvia.
Nunca está todo perdido
A ver si estás de acuerdo con esto que se suele decir:
-Lo que un hijo piensa de su padre a los 5 años: «Mi papá lo sabe todo y es el mejor.»
-Lo que piensa a los 10 años: «Pues hay cosas que papá no sabe.»
-Lo que piensa a los 15 años: «Mi padre no sabe ni entiende nada.»
-Lo que piensa a los 20 años: «Mi padre es un viejo chocho.»
-Lo que piensa a los 25 años: «Pues hay cosas en que mi padre tiene razón.»
-Lo que piensa a los 30 años: «Mi padre tiene mucho sentido común y sabe bastante de la vida.»
-Lo que piensa a los 35 años: «Le preguntaremos a mi padre a ver qué opina.»
Algo de razón tiene, y algo así pensaría el hijo de la parábola del Señor que hoy podemos leer. La transcribe san Lucas (cap. 15). «Dijo: “Un hombre tenía dos hijos; y el menor de ellos dijo al padre: ‘Padre, dame la parte de la hacienda que me corresponde.’ Y él les repartió la hacienda.
Pocos días después, el hijo menor lo reunió todo y se marchó a un país lejano donde malgastó su hacienda viviendo como un libertino. «Cuando hubo gastado todo, sobrevino un hambre extrema en aquel país, y comenzó a pasar necesidad. Entonces, fue y se ajustó con uno de los ciudadanos de aquel país, que le envió a sus fincas a apacentar puercos. Y deseaba llenar su vientre con las algarrobas que comían los puercos, pero nadie se las daba. Y entrando en sí mismo, dijo: “¡Cuántos jornaleros de mi padre tienen pan en abundancia, mientras que yo aquí me muero de hambre! Me levantaré, iré a mi padre y le diré: Padre, pequé contra el cielo y ante ti. Ya no merezco ser llamado hijo tuyo, trátame como a uno de tus jornaleros.” Y, levantándose, partió hacia su padre.
»Estando él todavía lejos, le vio su padre y, conmovido, corrió, se echó a su cuello y le besó efusivamente. El hijo le dijo: “Padre, pequé contra el cielo y ante ti; ya no merezco ser llamado hijo tuyo.” Pero el padre dijo a sus siervos: “Traed aprisa el mejor vestido y vestidle, ponedle un anillo en su mano y unas sandalias en los pies. Traed el novillo cebado, matadlo, y comamos y celebremos una fiesta, porque este hijo mío estaba muerto y ha vuelto a la vida; estaba perdido y ha sido hallado.” Y comenzaron la fiesta.
»Su hijo mayor estaba en el campo y, al volver, cuando se acercó a la casa, oyó la música y las danzas; y llamando a uno de los criados, le preguntó qué era aquello. Él le dijo: “Ha vuelto tu hermano y tu padre ha matado el novillo cebado, porque le ha recobrado sano.” El se irritó y no quería entrar. Salió su padre, y le suplicaba. Pero él replicó a su padre: “Hace tantos años que te sirvo, y jamás dejé de cumplir una orden tuya, pero nunca me has dado un cabrito para tener una fiesta con mis amigos; y ¡ahora que ha venido ese hijo tuyo, que ha devorado tu hacienda con prostitutas, has matado para él el novillo cebado!” Pero él le dijo: “Hijo, tú siempre estás conmigo, y todo lo mío es tuyo; pero convenía celebrar una fiesta y alegrarse, porque este hermano tuyo estaba muerto, y ha vuelto a la vida; estaba perdido, y ha sido hallado.”»
Señor, líbrame de querer independizarme de ti. Que vuelva a pensar de ti lo que un niño de cinco años y un hombre de más de 35. Que no piense en ti como en alguien que me quita la libertad, sino como en quien realmente me quiere. Que no busque la libertad apartándome de ti: eso es sólo un espejismo.
Y ahora sigue tú hablando con tu Padre-Dios. Deja que Dios te quiera, deja que Dios te abrace, deja que Dios pueda ejercer su oficio de Padre contigo. Deja que el Señor pueda alegrarse contigo.
Febrero
11
Nuestra Señora de Lourdes, Advocación Mariana.
Bernarda de Subirous fue testigo de las repetidas apariciones de la Virgen María en la gruta de Massabielle de Lourdes (Francia). Desde 1858 es lugar de peregrinación y sanación física y espiritual.
El padre imposible
«Padre, dame la parte de herencia que me corresponde.» Esta petición es brutal. Kenneth Bailey quiso explorar esta brutalidad:
«Durante más de quince años he estado preguntando a gente de todo tipo, desde Marruecos hasta la India, y desde Turquía al Sudán acerca de las implicaciones que puede tener el hecho de que un hijo reclame su herencia en vida del padre. La respuesta ha sido siempre la misma… La conversación se desarrolla como sigue:
»—¿Hubo alguna vez alguien en su pueblo que pidiera una cosa así?
»—¡Jamás!
»—¿Podría alguna vez alguien pedir una cosa así?
»—¡Imposible!
»—Si alguna vez alguien lo hiciera, ¿qué ocurriría?
»—Su padre lo mataría a golpes, ¡desde luego!
»—¿Por qué?
»—Una petición así significaría que deseaba que su padre muriera.»
¡Claro! Lo que pide el hijo no es que reparta la herencia. En eso no habría tanto problema, pues sería como pedirle que hiciese el testamento: padre, decide ahora qué cosas pertenecerán a mi hermano y qué cosas a mí, de manera que nos las apropiemos cuando mueras; mientras tanto, el padre sigue disfrutando de todo lo que es suyo.
No es esto lo que pide el hijo. Pide que le dé ya su parte, que no está dispuesto a esperar su muerte, que ya tarda en morirse y quiere adelantar las cosas, que desea la muerte de su padre y disponer ya de lo que le toca.
Incluso el mejor de los padres de este mundo podría negar al hijo su petición con toda lógica, dominarse para no dejarse llevar por una reacción violenta pero negárselo. Con esta parábola Jesús nos dice cómo es padre Dios-Padre: es bueno sin límites, ni siquiera lo más imperdonable hace que deje de amarnos, por lejos que nos vayamos o por descastados que seamos… él sigue queriéndonos como un padre y esperando nuestra vuelta, nunca se cansa.
No es cristiano vivir asustado por los propios pecados: he hecho esto, soy un desastre, siempre igual, no hay quien pueda quererme siendo como soy, no tengo remedio… Lo único que puede asustarnos es la abundancia de amor de este Padre nuestro que está en los Cielos y junto a nosotros continuamente.
Te repito, Padre, las palabras del poeta: «En este trueque de amor, no es mi falta sino tu abundancia, lo que me asusta, Señor.» Es tan grande tu amor que por eso decimos que es un misterio: no entra en ninguna cabeza que se pueda ser tan buen Padre como lo eres tú. La parábola que nos puso tu Hijo nos dice que tú te sales del mapa, que aquí en la tierra no hay padre como tú… y por eso nos cuesta aceptarlo. Que no empequeñezca el misterio, que no me asusten mis tonterías.
Sigue con tus palabras, comentando algo de lo leído. Después termina con la oración final.
Febrero
12
Santa Verónica. Siglo I.
Aunque no se sabe su nombre real, se le otorgó el de Verónica a la mujer que acompañó a Jesús en el Vía Crucis, limpiándole la cara con un paño. Verónica procede del macedonio “ferenice”, y significa “portadora de la victoria”, aunque se lo relaciona con el latín “vera icon”: imagen verdadera.
El corazón quejica
No me cuesta identificarme con el hijo mayor de la parábola que se quejaba: «Hace ya muchos años que te sirvo sin desobedecer jamás tus órdenes, y nunca me has dado ni un cabrito para celebrar una fiesta con mis amigos.» En esta queja, obediencia y deber se han convertido en una carga, y el servicio en esclavitud.
Todo esto se me presentó de forma muy clara cuando un amigo, que recientemente se ha convertido al cristianismo, me criticó por no hacer demasiada oración. Esta crítica me enojó mucho. Me dije: «¡Cómo se atreverá éste a darme lecciones de oración! Durante años ha llevado una vida descuidada e indisciplinada, mientras que yo siempre he vivido una vida de fe. ¡Ahora se convierte y empieza a decirme cómo debo comportarme!» Este resentimiento interior revela mi propio «extravío». Me había quedado en casa, no me había marchado, pero no llevaba una vida libre en casa de mi padre. Mi ira y envidia eran prueba de mi esclavitud.
Esto no sólo me ocurre a mí. Hay muchos hijos e hijas mayores que están perdidos a pesar de seguir en casa. Y es este «extravío» —que se caracteriza por el juicio y la condena, la ira y el resentimiento, la amargura y los celos— el que es tan peligroso para el corazón humano. A menudo pensamos en el extravío como actos que se ven y que son espectaculares. El hijo menor pecó de forma visible. Su perdición es obvia. Malgastó su dinero, su tiempo, sus amigos, su propio cuerpo. Lo que hizo estuvo mal; lo supo su familia, sus amigos y él mismo. Se rebeló contra toda moralidad y se dejó llevar por la lujuria y la codicia. Después, habiendo visto que toda aquella conducta caprichosa no le conducía más que a la miseria, el hijo menor reflexionó, volvió y pidió perdón. Estamos ante el clásico error humano que se soluciona de forma clara. Se comprende y se simpatiza fácilmente con él.
Sin embargo, el extravío del hijo mayor es mucho más difícil de identificar. Al fin y al cabo, lo hacía todo bien. Era obediente, servicial, cumplidor de la ley y muy trabajador. La gente le respetaba, le admiraba, le alababa y le consideraba un hijo modélico. Aparentemente, el hijo mayor no tenía fallos. Pero cuando vio la alegría de su padre por la vuelta de su hermano menor, un poder oscuro salió a la luz. De repente, aparece la persona resentida, orgullosa, severa y egoísta que «estaba escondida» y que con los años se había hecho más fuerte y poderosa.
Mirando en mi interior y mirando a las personas que me rodean, me pregunto qué hará más daño, la lujuria o el resentimiento. Hay mucho resentimiento entre los «justos» y los «rectos». Hay mucho juicio, condena y prejuicio entre los «santos». Hay mucha ira entre la gente que está tan preocupada por evitar el «pecado».
El extravío del hijo resentido es tan difícil de reconocer precisamente porque está estrechamente ligado al deseo de ser bueno y virtuoso. Sólo yo sé los esfuerzos que he hecho por ser bueno, agradable, por que se me acepte, y por ser un ejemplo a imitar. Toda mi vida me he esforzado por evitar las situaciones que me conducen al pecado; siempre he sentido pánico de caer en la tentación. Pero junto a esto estaba también la seriedad, la moralidad, incluso un cierto fanatismo, que hacía que me resultara cada vez más difícil sentirme a gusto en la casa de mi Padre. Me hice menos libre, menos espontáneo, menos jovial y cada vez más era considerado una persona «dura».
Padre bueno, quiero servirte y estar siempre en casa, pero no me dejes caer en el resentimiento del hijo mayor. Que no me haga duro, que no me crea mejor, que no mire por encima del hombro a nadie —¡a nadie!—. Que mire con tu mirada, Padre, a todos tus hijos.
Comenta con Dios Padre si te pareces a este hijo de la parábola. No tengas miedo en reconocer lo que sea, y aprovecha para decirle que te abandonas en él, que quieres que tu corazón no sea quejica…
Febrero
13
San Benigno, Presbítero y Mártir. Siglos III-IV.
De Todi (Italia), el obispo Ponciano lo consagró presbítero. Durante la persecución de Maxiliano y Diocleciano, socorre a los presos, los débiles y los torturados. Fue apresado y martirizado hasta su decapitación.
La rosa blanca
Los nazis encontraron un movimiento de resistencia llamado Rosa Blanca. Vale la pena ver la película Sophie Scholl, o leer el libro La Rosa Blanca. No era ninguna asociación, sino un grupo de amigos. Tenían decidido vivir la vida apasionadamente. Uno de ellos, Inge Scholl, escribe: «En un determinado momento uno —mientras jugaba con la cera que goteaba de las velas— comenzó a hablar del hambre, subrayando lo misterioso que es el hecho de que tantos hombres no sientan hambre de cosas espirituales. Es posible que no se asusten jamás, que no se pregunten: «¿Por qué? ¿De dónde procede esta inquietud interior, esta sutil tensión?» ¡Ah, claro! Y saben inmediatamente cómo escabullirse […]. Tapan esta pequeña voz interior con muchas cosas, en vez de detenerse y preguntarse simplemente: «¿Porqué?»
Cuando vieron lo que hacían los nazis en su país no se conformaron. Se opusieron como pudieron. En una imprenta clandestina sacaban panfletos subversivos que repartían por la universidad. Uno de ellos escribía a su novia: «… se abren delante de ti precipicios, la noche más oscura rodea mi corazón que busca, pero yo me arriesgo… Qué grande es la frase… “la vida es una gran aventura hacia la luz.”» Se arriesgó, y a los dos días les pillaron.
Encarcelados, se dictó sentencia: «Por medio de panfletos los acusados han incitado, en tiempo de guerra, al sabotaje de los armamentos y al derrocamiento de la forma de vida nacionalsocialista de nuestro pueblo, han difundido ideas derrotistas y han ultrajado al Führer de la manera más vulgar. De este modo han favorecido al enemigo del Reich y han minado nuestro potencial de defensa. Por ello se les condena con la muerte. De ahora en adelante han perdido irrevocablemente sus derechos de ciudadanos.»
Alexander escribe a su novia: «Querida mía, ¡querida Natascha! Quizá te asombrará si te escribo que dentro de mí cada día estoy más tranquilo, incluso alegre y sereno, y que mi humor muchas veces es mejor de lo que era cuando estaba libre. ¿Cómo es posible? Quiero contártelo ya: toda esta grave “desgracia” era necesaria para que alcanzase el camino correcto. […] De hecho, ¿Qué sabía hasta ahora de la fe, de la verdadera y profunda fe, de la verdad, de aquella última y única verdad, de Dios? ¡Muy poco!»
Esta pandilla de universitarios amigos compartían un principio: la vida hay que vivirla, no simplemente gastarla. Resulta luminoso conocer este pequeño detalle: uno de ellos escuchaba cada mañana a su padre recitar delante del espejo:
Resistir siempre a las fuerzas contrarias;
no doblegarse jamás,
mostrarse poderosos;
invoca el auxilio de los dioses.
Sus hijos se reían de esta rutina de su padre, pero habían mamado este espíritu.
Es importante que resistamos. Un libro escolar de entonces ponía este problema de matemáticas: «Un enfermo mental cuesta aproximadamente 4 marcos por cada día de hospitalización, un lisiado 5,50 marcos… En muchos casos un empleado cabeza de familia gana… menos de 3 marcos, un trabajador no cualificado ni siquiera 2 marcos. Calcula estas cifras:
a) Según un cuidadoso estudio, en Alemania se atiende a 300.000 enfermos mentales, epilépticos, etc. Al coste de 4 marcos al día ¿cuánto cuestan en total cada año?
b) ¿Cuántos subsidios familiares de 600 marcos, sin considerar los reembolsos, podrían concederse cada año con ese dinero?»
¿No te parece que es brutal? ¿Pero no te parece más brutal que tantas personas normales pasasen por el aro? Ojalá todos los cristianos seamos rebeldes ante las injusticias. Un testigo que asistió al juicio decía después: «El comportamiento de los acusados causó, y no sólo a mí, una profunda impresión. Allí delante estaban hombres llenos de sus ideales. Sus respuestas a las preguntas algo insolentes del Presidente, que durante toda la audiencia se comportó más como acusador que como juez, eran tranquilas, controladas, claras y valientes.»
Todos los hijos de Dios tenemos que recorrer el mismo camino, como escribía uno de ellos al recordar la muerte de sus compañeros:
«Esto no debe impedirnos ni estar contentos ni pensar con alegría en aquellos que han sacrificado su vida. Muchos de ellos lo han hecho, como Christl y los hermanos Scholl…
»Sí, ¿cómo expresarlo en este momento con palabras? Nunca se va al encuentro de la muerte con alegría, pero sí con la percepción de haber cumplido aquello a lo que has sido llamado.
»Sólo puedo desearos a cada uno que cuando por la noche penséis en la jornada transcurrida, tengáis la percepción de haber hecho aquello a lo que habéis sido llamados.»
Señor, Padre nuestro, tú eres el padre de todos. Todos somos hermanos y no podemos quedarnos con los brazos cruzados ante las injusticias que sufren otros. Recordar a los jóvenes de Rosa Blanca sería inútil si no intentáramos entender que también a nosotros la libertad nos exige estar dispuestos a realizarla nos cueste lo que nos cueste. Por ejemplo, Padre, ayúdenos a no acostumbrarnos a la brutalidad del aborto. ¡Cómo podemos unos hombres atentar contra la vida de otros! Danos al grupo de mis amigos el espíritu que tenía el grupo de amigos de la Rosa Blanca. Que no nos dobleguemos, que arriesguemos la vida, que resistamos a lo malo…
Comenta ahora con tus palabras, y manifiéstale deseos…
Febrero
14
Santos Cirilo y Metodio. Siglo IX.
De Tesalónica, los dos hermanos llevaron el evangelio por el imperio de Moravia. Para ello, crearon el alfabeto cirílico con el que tradujeron la Biblia y el Misal a la lengua eslava. Fueron nombrados co-patronos de Europa por el Papa Juan Pablo II.
Una alianza peculiar y arcoirís
«Tomad y bebed todos de él, porque éste es el cáliz de mi Sangre, Sangre de la alianza nueva y eterna…» En la consagración de la misa sale una palabra que es clave: Alianza. Continuamente hablamos de la antigua y de la nueva alianza. La más antigua alianza la hizo Dios con Noé. Vamos a ver en qué consistió.
Hemos leído en la Biblia que hubo un diluvio universal. Sólo sobrevivieron los que se encontraban dentro del arca de Noé. Después del diluvio, Dios dijo a Noé que quería hacer una alianza con él: se comprometía a no alterar el orden natural, y que la señal de esta promesa sería el arcoíris. (Génesis 8, 9-12).
Después los judíos rezarán mil veces recordando a Dios su alianza, y así continuamos los cristianos, como diciéndole: «Tú que por fidelidad a la promesa que hiciste a Noé respetas el orden natural y el sol sale todos los días y el arcoíris continúa vistiendo el cielo, te pedimos que seas igualmente fiel al plan de la salvación. Respeta tu alianza.»
¿Qué quiere decir Alianza? Si dos de nosotros hacemos un pacto y uno de los dos lo rompe, el compromiso queda anulado automáticamente. En un pacto o acuerdo entre dos, el incumplimiento de uno libera al otro de la obligación acordada. Pues bien: la palabra hebrea Berith que hemos traducido por alianza no significa pacto o contrato bilateral. La palabra hebrea quiere decir lo que Dios establece con Noé: el compromiso por parte de Dios de que el sol salga todos los días, independientemente de cómo me porte yo. La alianza de Dios no es como un pacto nuestro, la alianza es un pacto entre Dios y nosotros en el que Dios se compromete unilateralmente, con independencia de que nosotros cumplamos nuestra parte.
Esto es muy importante: si yo no cumplo mis obligaciones, Dios no queda liberado de su palabra. La alianza que Dios ha hecho con el hombre le compromete a no romperlo jamás.
Jesús renueva la alianza: ésta es la sangre de la nueva alianza. Nos ha ganado el perdón de Dios, nuestra vida eterna, nuestra salvación. Lo que nos une a Dios no es un pacto entre dos, sino que él está comprometido a concedérnoslo siempre. Por eso los cristianos somos siempre optimistas y positivos. Tenemos un Dios que es un experto en amor porque es Amor puro.
Nosotros somos libres y podemos impedir que dé frutos en nosotros. No podemos impedir que exista el deseo y empeño de Dios por salvarnos, aunque sí puedo rechazarlo.
Hoy celebramos el día de los enamorados. Puede ser un buen día para imitar a Dios en sus alianzas. A quien amemos, que le demos lo conveniente y necesario que esté en nuestra mano, que le deseemos y hagamos el bien… aunque no corresponda. Que no saquemos la calculadora: me ha hecho esto tantas veces y yo a él tantas otras, por lo que hasta que él no recoja dos veces más la cocina yo no lo haré… Que demos aunque no recibamos.
Dios nuestro, tú que por fidelidad mantienes el orden del mundo, sé fiel a la promesa que nos has hecho de darnos la vida eterna, aquí en la tierra y después en el cielo. Y te pido que yo sea fiel a los demás con este mismo estilo tuyo. Que sea un enamorado como tú: fiel aunque no me correspondan.
Agradécele otra vez más, pídele confiar más en su alianza. Después termina con la oración final.
Febrero
15
Beato Ángelo de Sansepolcro, Presbítero y Ermitaño. Siglo XIV.
Hermano de la Orden de los Eremitas de San Agustín, se lo vincula con el milagro de la resurrección de un inocente condenado a muerte. Se le destacan su humildad, caridad y pureza.
Queremos ser como los demás
Siempre ha sido así. Si has leído la Biblia, es como la historia de una madre y su hijo en la edad del pavo. Ella que le busca y le quiere, y el niño —es decir, sus elegidos— que no quieren los besos de su madre. Vamos, que queremos que nos deje en paz. Pero como él ha hecho una alianza, por mal que lo pase, continúa en su promesa de no echarse atrás le hagamos lo que le hagamos.
Un día dijo Dios unas palabras bastante duras: «Vuestros discursos son arrogantes contra mí. Vosotros objetáis: “¿Cómo es que hablamos arrogantemente?” Porque decís: “No vale la pena servir al Señor, ¿qué ganamos con guardar sus mandamientos? ¿Por qué andar en duelo en presencia del Señor de los ejércitos?”» Aunque está escrito hace muchos siglos, ya se ve que los hombres seguimos siendo los mismos. Pero no se queda ahí: sigue diciendo algo como si nos leyese por dentro: «Al contrario: nos parecen dichosos los malvados; aun haciendo el mal les va bien, provocan a Dios y quedan impunes» (Malaquías 3, 1-4.6).
Otra reacción muy típica nuestra: no queremos ser distintos, preferimos ser como los demás. Lo mismo dijeron los judíos a Samuel. Los demás pueblos tenían reyes; sin embargo ellos, por ser el pueblo elegido, tenían al frente Patriarcas. «Los ancianos de Israel se reunieron y fueron a entrevistarse con Samuel en Ramá. Le dijeron: “Mira, tú eres ya viejo… Nómbranos un rey que nos gobierne, como se hace en todas las naciones.” A Samuel le disgustó que le pidieran ser gobernados por un rey, y se puso a orar al Señor. El Señor le respondió: “Haz caso al pueblo en todo lo que te pidan. No te rechazan a ti, sino a mí; no me quieren por rey.”»
Samuel les transmitió lo dicho por el Señor, y les advirtió que el rey les sometería, en ocasiones abusaría, que serían sus esclavos, les exigiría diezmos… «No importa —insistieron—. ¡Queremos un rey! Así seremos nosotros como los demás pueblos” (1Sam 8, 4-7.10-22). Les dio por rey a Saúl.
¿No te parece que es lo mismo que nos ocurre continuamente a los cristianos? Arrogantes, pensamos que no compensa vivir los mandamientos, envidiamos a los malvados porque a ellos no les va mal, no queremos a Dios por rey, queremos ser como los demás… Una fotografía de la humanidad.
Después, el hombre extraviado vuelve a Dios porque se da cuenta de que se ha equivocado. Dios, siempre fiel a su alianza, espera y da el perdón todas las veces que sea necesario.
Gracias, Dios nuestro, por tu fidelidad. «El Señor es bueno, su misericordia es eterna, su fidelidad por todas las edades» (Salmo 99). Gracias, Señor, y no tengas en cuenta nuestra arrogancia, las tonterías por las que nos dejamos engañar continuamente. «Si llevas cuentas de los delitos, Señor, ¿quién podrá resistir? Pero de ti procede el perdón, y así infundes respeto» (129). Tú eres Padre bueno, el único Padre.
Si quieres, es el momento para pedirle perdón por las veces que interiormente te hayas quejado de él, y puedes comentar las últimas veces que te haya pasado.
Febrero
16
San Macario el Grande, Abad. Siglo IV.
Oriundo de Egipto, vivió en el desierto durante 60 años, dedicándose a la oración, a la meditación y a la penitencia. Fue desterrado por los herejes arrianos a una isla, donde continuó predicando. Cuando aquellos fueron vencidos, volvió al desierto, donde murió a los 90 años.
¡Abbá! ¡Papá! ¡Padre!
Madrid, otoño de 1931. El ambiente político está revuelto: agitación, brotes de anarquía, descontento y atropellos: la tensión remueve las calles. Un joven sacerdote, nuevo capellán del Patronato de enfermos de Santa Isabel, compra el periódico en Atocha. Acaba de celebrar Misa. Toma el tranvía en la misma Atocha. Estos desplazamientos habituales los aprovecha para hablar interiormente con Dios. Hoy sucede algo extraño: no ha leído más de un párrafo y, de improviso, le domina un sentimiento poderosísimo, una certeza imparable de que es hijo de Dios. Una experiencia de tal intensidad que, sin poder evitarlo, le empuja a pronunciar en voz alta: Abba, Pater! (iPapá, Padre!). Él mismo lo cuenta así:
«Y anduve por las calles de Madrid, quizá una hora, quizá dos, no lo puedo decir, el tiempo se pasa sin sentirlo. Me debieron de tomar por loco. Estuve contemplando con luces que no eran mías esa asombrosa verdad, que queda encendida como una brasa en mi alma, para no apagarse nunca.»
Que Dios es Padre, san Josemaría lo sabe desde niño: pero lo de aquel día no se limita a saber, al plano del conocimiento intelectual, a un abstracto tener noticia de algo. Se trata de otra cosa: de un conocimiento inmediato e intuitivo de lo que significa ser hijo de Dios. Es experiencia inmediata del amor de Padre que le tiene Dios. Por eso hablará siempre del sentido de la filiación divina. Dios le ha hecho sentir su ser Padre y su ser hijo. Y se lo ha hecho sentir con una intensidad y profundidad que le hacen gritar por la calle.
Si hasta entonces Josemaría poseía la verdad «Dios es Padre», ahora esa verdad le posee a él, se adueña de él, lo domina, lo llena y le desborda. Las manos de la gracia le han transportado a una nueva patria. Ve todo de otra manera. Instalado en esta nueva posición afirmará, cada día con más fuerza, que ahí se encuentra su fundamento, su seguridad… y su descanso.
Ser hijo de Dios no es simplemente una verdad acerca de nuestro origen y nuestra dignidad. No. Significa mucho más: define un modo de estar en el mundo.
Cuesta transmitir con palabras una experiencia, sea del tipo que sea. Mucho más difícil se hace expresar lo que es fruto de la gracia de Dios. San Josemaría dejó escritos textos que pueden ayudarnos a descubrir esta verdad. Copiamos algunos:
«Las palabras no pueden seguir al corazón, que se emociona ante la bondad de Dios. Nos dice: tú eres mi hijo. No un extraño, no un siervo benévolamente tratado, no un amigo, que ya sería mucho. ¡Hijo! Nos concede vía libre para que vivamos con él la piedad del hijo y, me atrevería a afirmar, también la desvergüenza del hijo de un Padre, que es incapaz de negarle nada.
»Ésta es la sabiduría que Dios espera que ejercitemos en el trato con Él. Ésa sí que es una manifestación de ciencia matemática: reconocer que somos un cero a la izquierda… Pero nuestro Padre Dios nos ama a cada uno tal como somos; ¡tal como somos!
»Dios no se cansa de sus hijos. Sin embargo, como resulta que a veces nos cansamos de nosotros mismos, podemos acabar pensando que también Dios se hartará. Mirad que no estoy inventando nada. Recordad aquella parábola que el Hijo de Dios nos contó para que entendiéramos el amor del Padre que está en los cielos; la parábola del hijo pródigo. Cuando aún estaba lejos, dice la Escritura, lo vio su padre, y se le enternecieron las entrañas y, corriendo a su encuentro, le echó los brazos al cuello y le dio mil besos. Éstas son las palabras del libro sagrado: le dio mil besos, se lo comía a besos. ¿Se puede hablar más humanamente? ¿Se puede describir de manera más gráfica el amor paternal de Dios por los hombres.»
¡Qué alegría, Dios mío, saberme tu hijo! Te pido que no sea esta una verdad que simplemente la conozco, algo que sé. Quiero, Padre mío, que sea la verdad que defina mi modo de estar en el mundo, que esta verdad me posea a mí. Aprovecho para decirte ahora: «Padre nuestro, que estás en el cielo, santificado…»
Y ahora sigue tú hablando con tu Padre-Dios. Ésta es la parte más importante: cuéntale y escucha. Dile que no quieres saber teóricamente que eres su hijo, sino que quieres que esa verdad te entre en el corazón.
Febrero
17
Santos Fundadores de los Siervos de Santa María Virgen. Siglo XIV.
Bonfilio, Bartolomé, Juan, Benito, Gerardino, Ricovero y Alejo fueron los siete florentinos reunidos por María, a modo de siete estrellas. Predicaron por la región toscana y fundaron la Orden de los Servitas.
El útero
En todas las iglesias hay una pila bautismal. Los primeros cristianos comparaban la pila bautismal al seno de la Iglesia, al útero donde somos concebidos los cristianos. Por ejemplo, san Agustín decía a unos catecúmenos –personas que estaban preparándose para recibir el bautismo: «Ahora, aunque no habéis nacido, habéis sido ya concebidos… como en la matriz de la Iglesia que os alumbrará en la fuente [bautismal]» (Sermón 56, 5).
En la antigüedad, el rito del bautismo era por inmersión de la persona en el agua. Cuando un individuo entra en el agua bautismal está volviendo a entrar en el útero, y cuando sale es como si hubiera vuelto a nacer. Es decir, al sumergirse en el agua está poniéndose en el estado de alguien que no ha nacido aún, y se somete a la acción de Dios.
Por eso, en el diálogo del sacerdote con los padres del niño que quieren bautizar, la pregunta de «¿Qué nombre queréis ponerle?» tiene un gran significado: el yo del individuo se anula, y se quiere reemplazar para empezar una vida nueva. Poner un nombre significa renacer.
Jesús dijo a Nicodemo que es necesario nacer de nuevo. Éste le pregunta: «¿Cómo puede uno nacer siendo ya viejo? ¿Puede acaso entrar otra vez en el seno de su madre y nacer?» (Juan 3, 4). La respuesta es que sí: se puede entrar en el seno de la madre iglesia para que nos dé a luz a la vida nueva, a la vida de Dios. Nacemos en Cristo, unidos a Cristo, vitalizados con el Espíritu de Cristo. Y así, hijos de Dios.
El bautismo es algo sencillo pero con un efecto magnífico, porque Dios actúa, el Espíritu Santo transforma al bautizado. San Pablo, buscando formas de decir lo que le ocurre al bautizado, dice que somos «vestidos de Cristo»(Gálatas 3, 27), que es como una nueva ropa que viste al alma. Pero no como se viste el actor de teatro, que se disfraza, sino como se viste el sacerdote en el altar, por medio del cual habla y actúa Cristo. También lo explica con imágenes como que el cristiano es un hombre nuevo que ha cambiado de residencia, se le ha dado un nuevo ser, se ha desplazado hacia Cristo (Efesios 2, 6).
Me decía una monja a la que estaba ayudando en la atención a unos enfermos de sida, en un momento en el que uno estaba pesadísimo con todo tipo de exigencias y provocando con gamberradas: «Padre, rece por mí, que tenga paciencia, porque ellos tienen que descubrir la paciencia de Dios a través de mi paciencia.» Eso es. Tenemos la vida de Dios, de un Dios que es amor. Vivir como hijo de Dios significa vivir dejando que el amor de Dios actúe a través de nosotros, que llegue a todos por medio de mi amor. Así hacemos bueno al mundo: amando a todos y siempre, contaminando de amor lo que tocamos y los ambientes en los que estamos.
Gracias, Señor, por el Bautismo. Gracias porque he sido concebido de nuevo en la iglesia. Quiero vivir de acuerdo a la nueva vida que me has dado: que haga el bien, que viva en la luz, que tu amor crezca en mí, que lo lleve a todas las personas con las que trato.
Es el momento de hablarle con tus palabras lo leído, y de agradecerle el bautismo. Mira con él si contaminas de amor… o no.
Febrero
18
San Eladio de Toledo, Arzobispo. Siglos VI-VII.
Predecesor de San Ildefonso en la sede arzobispal de Toledo. Estuvo 18 años al servicio de los cristianos, negoció la convivencia entre éstos y los judíos y construyó el templo Santa Leocadia.
Correr en el tour de la vida
Uno de los ciclistas más grandes de la historia ha sido Miguel Induráin. Este hombre de cuerpo demasiado grande para dedicarse al ciclismo, ha ganado cinco Tour de Francia. Pero quizá lo que no conocen todos es su historia previa a la primera victoria. Se presentó por primera vez al Tour en el año 85 y tuvo que abandonar la carrera en la cuarta etapa porque no podía más. En aquel año ¿quién apostaba por Miguel Induráin? Era un desconocido. Al año siguiente se vuelve a presentar y abandona en la decimosegunda etapa. En 1987 llega a la meta en el puesto 97. En el 88 llega en el puesto 47. En el 89 llega en el puesto 17 y gana una etapa. En 1990 llega en el puesto 10 y gana otra etapa. Y por fin en el año 91 es vencedor de la carrera. Le costó siete años… Sin comentarios. Lo nuestro no es el Tour, es algo más valioso: corremos para vivir como hijos de Dios, vivir el cielo aquí y luego como premio eterno.
Lo malo no es caer, lo malo es no levantarse. «Me he manchado de barro los zapatos, pues ahora me revuelco en el barro»… «Me ha caído un poco de comida en los pantalones, pues ahora me tiro el plato encima…» No está todo perdido. Recomienza, deja que tu Padre-Dios te perdone: «Hay más alegría en el cielo por un pecador que hace penitencia, que por 99 justos que no necesitan de penitencia» (San Lucas 15, 7). Es necesario combatir la tonta soberbia. Te creías irrompible y ya ves… no lo eres.
En la Biblia se cuenta el sueño que tuvo un rey. Vio una estatua colosal hecha de materiales duros y buenos: la cabeza de oro, el pecho de bronce, los brazos de acero, las piernas de hierro; y, finalmente los pies, parte de hierro y parte de barro. Sus pies de barro eran frágiles, podían romperse y la estatua entera se derrumbaría. En el sueño el rey vio cómo una pequeña piedra dio en los pies de la estatua. La estatua era muy resistente, pero como dio en su punto débil que eran los pies, se vino abajo y se rompió.
Esto mismo nos pasa a todos los hijos de Adán y Eva. Cualidades formidables y también malas inclinaciones. Es decir, los pies de barro. Cada uno también tenemosun punto débil.
«¡Es que… siempre me confieso de lo mismo!», se oye con frecuencia. ¡Pues claro! ¡y menos mal! Que pregunten a Induráin si cada vez le fallaba una cosa. Lo que nos cuesta habitualmente es lo mismo. El punto flaco es el punto flaco: es punto y es flaco. Se trata de luchar una y mil veces hasta que el punto flaco se hace punto menos flaco, luego punto normal… y al final punto fuerte.
Tengo un amigo que se dedica a estudiar procesos de personas que pueden ser beatificados o canonizados. Me decía que lo que más estudian en la vida del posible santo es aquello que le costaba especialmente, su punto flaco, eso que solemos decir que es «superior a mis fuerzas»: cómo había luchado en aquello, cómo vencía, cómo reaccionaba cuando era vencido…
Dios mío, me has dado muchas buenas cualidades, pero soy miserable, tengo los pies de arcilla. Y me he venido abajo muchas veces. ¡Que no tire la toalla! ¿Cuál es mi punto flaco?
Y ahora sigue tú hablando con tu Padre-Dios. Ésta es la parte más importante: cuéntale y escucha. Coméntale tu punto débil.
Febreo
19
Beato Álvaro de Córdoba, Predicador Dominico. Siglos XIV-XV.
De la noble familia Cardona, entró en el convento dominico de San Pedro. Tras peregrinar a Tierra Santa, fundó el convento de Santo Domingo Escalaceli, donde había varios oratorios que reproducían la vía dolorosa, imitada por otros conventos.
Lo que hice yo, ningún animal lo hubiera hecho
Esta historia la relata el escritor y también aviador Saint-Exupéry. Un piloto sobrevuela los Andes. Su avión se estrella y se encuentra solo en medio de la cordillera, a kilómetros de cualquier punto civilizado. La temperatura es de muchos grados bajo cero. No tiene ropa adecuada y para salir de allí se ve obligado a escalar varios picos altísimos y además… ¡solo! Sin alimentos, sin agua… Imagínatelo… Empieza a andar. Tras dos días, llega un momento en que no puede dar un paso más. Lo único en lo que piensa es en dejarse caer y morir allí mismo. Hambre, sed, frío, cansancio, los dedos de los pies y de las manos ya no los siente. La cabeza le da vueltas, se encuentra desorientado, perdido… y casi muerto. «He hecho lo que he podido, ¿por qué insistir en este martirio? Me basta cerrar los ojos y conseguir la paz…», se decía.
En un momento pasan por su cabeza su mujer y sus hijos. Sabe que se encuentran en Francia esperándole… No, no les podía fallar. Ellos le querían… ¿Qué pasaría si ellos supiesen que estaba vivo y que se dejaba morir porque no podía más? «Si mi mujer cree que vivo, cree que camino; si mis amigos me creen vivo, creen que camino… Todos tienen puesta su confianza en mí… y soy un canalla si no camino.»
Cuando volvía a caer y sus piernas se negaban a avanzar, volvía a hacerse ese razonamiento: «Si creen que vivo, creen que camino… soy un canalla si no camino.» Y así salió de los Andes después de muchos días. Cuando, por fin, los equipos de rescate dieron con él, lo primero que dijo fue: «Lo que hice yo, ningún animal lo hubiera hecho.» Y es verdad, ningún animal quiere así a su mujer y a sus hijos.
Voluntad. Esfuerzo. Vencer. Superarse. Sufrir lo que toca. Cuando somos flojos o vagos… es que no pensamos en los demás. Que todos los días podamos decir «lo que he hecho yo, ningún animal lo hubiera hecho»; «lo que he hecho, lo he hecho porque otros esperaban que lo hiciese, porque no podía fallar a quienes me aman».
Padre mío, que no me deje engañar por la pereza y la vagancia, por la flojera y el cansancio. Los obstáculos están para superarlos. Sabes, Dios mío, que me desanimo, que a veces no tengo ganas… ni fuerzas. ¡Quiero pensar en los demás y luchar! ¡Quiero amar a los que tengo al lado con obras! ¡Quiero hacer las cosas que tu amor de Padre espera de este hijo tuyo que soy yo!
Y ahora sigue tú hablando con tu Padre-Dios. Ésta es la parte más importante: cuéntale de tu flojera…
Febrero
20
San Eleuterio de Tournai, Obispo. Siglos V-VI.
Coetáneo de San Medardo. Tuvo el papel de evangelizar a los francos, pueblo del pagano rey Clodoveo, que conquistó la Galia por aquellos tiempos.
Templadito me gusta más
«Conozco tus obras y que no eres no frío ni caliente. ¡Ojalá fueras frío o caliente! Así pues, porque eres tibio, y no eres ni frío ni caliente, voy a vomitarte de mi boca. Porque dices: “Soy rico, me he enriquecido y de nada carezco”, y no sabes que eres un desgraciado y un miserable, pobre, ciego y desnudo» (Apocalipsis 3, 15-17).
Un cristiano tibio es el que no comete grandes maldades, pero tampoco hace nada bueno. Vivir apartado totalmente de Dios sería como «estar frío». Ser un cristiano comprometido con Dios y con los demás, que se esfuerza en ser generoso y trabajador, que trata a Jesús y que hace cosas por los demás… está «caliente».
Tibio es quien se conforma con una vida mediocre: procura no cometer grandes pecados, aunque de hecho acaba pecando. Se confiesa sin mucho dolor y va tirando.
Un tibio peligroso es el prototipo que podríamos calificar como niño bueno o niña buena. Pueden tener edad, pero se creen buenos porque no han roto un plato, porque no son como otros que hacen barbaridades o niegan a Dios. Se creen buenos porque no hacen maldades. Lo peligroso de esta situación es que quien la padece no se da cuenta: «Pero si no hago nada malo, no mato, no robo, no cometo grandes pecados…, hay gente que se porta peor que yo…» Sí, es verdad, pero el objetivo de nuestra vida no es únicamente evitar terminar en la cárcel, no hemos sido creados para ser niños buenos.
«Eres tibio si haces perezosamente y de mala gana las cosas que se refieren al Señor; si buscas con cálculo o “cuquería” el modo de disminuir tus deberes; si no piensas más que en ti y en tu comodidad; si tus conversaciones son ociosas y vanas; si no aborreces el pecado venial; si obras por motivos humanos.» Sí. El tibio es cuco. El cuco es un ave que tiene la habilidad de llevar los huevos que pone a los nidos de otras aves para que los calienten ellas, mientras ella disfruta de los garbeos que se le antojan. El tibio es cuco y consigue que sus deberes los hagan otros, se aprovecha de los demás en lo que puede.
Somos hijos de Dios. Se trata de vivir con el estilo de nuestro Padre. Podemos aspirar a mucho más. Basta con que escuchemos lo que nos dice el Señor, que hagamos examen de nuestros pecados veniales continuos, de faltas de cariño… A veces nos da igual comportarnos así, y olvidamos que hacen daño… «Porque eres tibio, y no eres ni frío ni caliente, voy a vomitarte de mi boca.»
Padre nuestro que estás en los cielos, no quiero la tibieza, no quiero ser un niño bueno. Quiero vivir como hijo tuyo. ¿Soy cuco? ¿Me ves tibio? Voy a repasar los rasgos que he leído que caracterizan al tibio. Dame un amor de hijo que me haga reaccionar.
Y ahora sigue tú hablando con tu Padre-Dios. Ésta es la parte más importante: respóndele a las preguntas que han salido, pregúntale si te ve tibio…
Debrero
21
San Pedro Damián, Obispo, Cardenal y Doctor de la Iglesia. Siglo XI.
De Ravena, dirigió una abadía de ermitaños y fundó otras cinco comunidades, antes de ser nombrado Cardenal y Obispo de Ostia. A pesar de su severidad y disciplina, sabía tratar a los pecadores con bondad e indulgencia.
Algunos muros gritan
Hace unos años, el dominico Fr. Radcliffe predicaba al capítulo de los benedictinos, religiosos que siempre viven en monasterios. Al principio parece que se mete con ellos: «Lo que resulta más obvio de la vida monástica es precisamente que ustedes no desempeñan ninguna función concreta. Trabajan la tierra, pero no son agricultores. Enseñan, pero no son profesores. Quizá incluso tienen a su cargo hospitales o misiones, pero su papel no es ser ante todo médicos o misioneros. Ustedes son únicamente monjes que siguen la Regla de san Benito. No tienen como misión hacer nada en particular. Habitualmente, los monjes son personas que están muy ocupadas. Raramente se encuentran ociosos, pero la actividad no es el propósito de su vida. El Cardenal Hume escribió una vez sobre los monjes: “Cuando nos miramos a nosotros mismos, no vemos que tengamos una misión o función particular en la Iglesia. No nos ponemos en camino para cambiar el curso de la historia. En ella, desde el punto de vista humano, sólo estamos casi por accidente. Y afortunadamente, seguimos adelante, sencillamente estamos ahí.”».”
Parece que estaba diciéndoles a los benedictinos en su cara que son inútiles, que no sirven para nada, que hacen cosas pero que son chapuceros o poco serios y, en el mejor de los casos, prescindibles. Pero nada de eso. Explicaba entonces que lo interesante de los monjes es precisamente eso, que no tienen un objetivo explícito, que no se mueven para conseguir cosas concretas, que no viven con retos y planificaciones. Y eso es lo interesante porque eso es «lo que revela a Dios como la razón de ser, escondida y secreta, de sus vidas. Dios se manifiesta como el centro invisible de nuestras vidas cuando no intentamos buscar la razón de nuestra existencia en otra cosa. La característica fundamental de la vida cristiana es solamente estar con Dios. Jesús dice a sus discípulos: “Permaneced en mi amor” (Juan 15, 10). Los monjes están llamados a permanecer en su amor».
Así es. Los monjes gritan al mundo que Dios puede ser la única razón de la vida, que no hace falta nada más que Dios para vivir y ser feliz. ¡Basta con amar a Dios para ser feliz! O, en palabras de santa Teresa, «sólo Dios basta».
No sólo los monjes, sino todos los cristianos, vivimos esta verdad: sólo Dios basta, la razón de la vida es permanecer en su amor, no salirnos del abrazo de nuestro Padre. Trabajamos, lo pasamos bien con mil fiestas y salidas, disfrutamos con la música, el deporte, la ropa… y tantas cosas formidables de este mundo. Y en todo eso vemos a Dios como quien al leer un sms ve a quien se lo envía. Permanecemos en el amor de Dios dejándonos abrazar por su creación. Ahora bien: si no le tratamos, dejamos de verle a él en lo que hacemos, es más, lo que hacemos nos distrae de él, nos llena el corazón y nos aleja de Dios.
Cada vez que veamos un convento, un monasterio, que oigamos el grito sin palabras que sale de esos muros: «Permaneced en mi amor», para ser feliz no necesitas nada más que Dios, sólo Dios basta, tu convento es el mundo…
Gracias, Dios mío, por todos esos hermanos míos que desde sus conventos y monasterios nos hablan de ti y del sentido de la vida. Que yo, estando dentro del mundo viva unido a ti, viéndote detrás de todo, que con mi vida recuerde a todos lo que los monjes recuerdan con la suya. Tú has querido que como los monjes viva sólo de tu amor, pero mi monasterio es la calle, el mundo, la universidad y el mercado, la fábrica y el despacho, el campo de deporte y la pista de entrenamiento, el local del bar y mi dormitorio… En todo te veo a ti y estoy contigo, en todo recibo tu amor y te doy el mío.
Es el momento de hablarle con tus palabras. Pídele con deseo de que te lo conceda permanecer en su amor todos los días en todo lo que hagas.
Febrero
22
Santa Margarita de Cortona, Terciaria Franciscana. Siglo XIII.
De familia de campesinos, huye con un terrateniente, con quien vive ocho años de lujos y tiene un hijo. Al morir su compañero, entra en contacto con los Padres Franciscanos. En sus últimos años de vida, atendió a toda clase de enfermos.
Tu tiempo es limitado
En el discurso que Steve Jobs, fundador de Apple, a los universitarios de Stanford, recordaba un hecho de su vida:
«Cuando tenía 17 años, leí una cita que decía algo parecido a “Si vives cada día como si fuera el último, es muy probable que algún día hagas lo correcto”. A mí me impresionó y desde entonces, durante los últimos 33 años, me miro al espejo todas las mañanas y me pregunto: “Si hoy fuera en último día de mi vida, ¿querría hacer lo que estoy a punto de hacer hoy?” Y cada vez que la respuesta ha sido “No” por varios días seguidos, sé que necesito cambiar algo.
»Recordar que moriré pronto constituye la herramienta más importante que he encontrado para ayudarme a decidir las grandes elecciones de mi vida. Porque casi todo —todas las expectativas externas, todo el orgullo, todo el temor a la vergüenza o al fracaso—, todo eso desaparece a las puertas de la muerte, quedando solamente aquello que es realmente importante. Recordar que van a morir es la mejor manera que conozco para evitar la trampa de pensar que tienen algo que perder. Ya están desnudos. No hay ninguna razón para no seguir a su corazón. Casi un año atrás me diagnosticaron cáncer. Me hicieron un escáner a las 7:30 de la mañana y claramente mostraba un tumor en el páncreas. Yo ni sabía lo que era el páncreas. Los doctores me dijeron que era muy probable que fuera un tipo de cáncer incurable y que mis expectativas de vida no superarían los tres a seis meses. Mi doctor me aconsejó que me fuera a casa y arreglara mis asuntos, que es el código médico para prepararte para la muerte.
»Significa intentar decirle a tus hijos todo lo que pensabas decirles en los próximos 10 años, decirlo en unos pocos meses. Significa asegurarte de que todo esté finiquitado de modo que sea lo más sencillo posible para tu familia. Significa despedirte. Viví con ese diagnóstico todo el día. Luego, al atardecer, me hicieron una biopsia en que introdujeron un endoscopio por mi garganta, a través del estómago y mis intestinos, pincharon con una aguja mi páncreas y extrajeron unas pocas células del tumor. Estaba sedado, pero mi esposa, que estaba allí, me contó que cuando examinaron las células en el microscopio, los doctores empezaron a llorar porque descubrieron que era una forma muy rara de cáncer pancreático, curable con cirugía. Me operaron y ahora estoy bien.
»Fue lo más cercano que he estado a la muerte y espero que sea lo más cercano por unas cuantas décadas más. Al haber vivido esa experiencia, puedo contarla con un poco más de certeza que cuando la muerte era un útil pero puramente intelectual concepto: Nadie quiere morir. Incluso la gente que quiere ir al cielo, no quiere morir para llegar allá. La muerte es el destino que todos compartimos. Nadie ha escapado de ella. Y es como debe ser porque la Muerte es muy probable que sea la mejor invención de la Vida. Es el agente de cambio de la Vida. Elimina lo viejo para dejar paso a lo nuevo. Ahora mismo, ustedes son lo nuevo, pero algún día, no muy lejano, gradualmente ustedes serán viejos y serán eliminados. Lamento ser tan trágico, pero es muy cierto.
»Su tiempo tiene límite, así que no lo pierdan viviendo la vida de otra persona. No se dejen atrapar por dogmas —es decir, vivir con los resultados del pensamiento de otras personas—. No permitan que el ruido de las opiniones ajenas silencien su propia voz interior. Y más importante todavía, tengan el valor de seguir su corazón e intuición, que de alguna manera ya saben lo que realmente quieren llegar a ser. Todo lo demás es secundario.»
Después hablaba de un libro que «en la tapa trasera de la última edición, había una fotografía de una carretera en el campo temprano en la mañana, similar a una en que estarían haciendo dedo si fueran así de aventureros. Debajo de la foto decía: “Manténganse hambrientos. Manténganse descabellados.” Fue su mensaje de despedida al finalizar. «Manténganse hambrientos. Manténganse descabellados. Siempre he deseado eso para mí. Y ahora, cuando se gradúan para empezar de nuevo, es lo que deseo para ustedes. Permanezcan hambrientos. Permanezcan descabellados. Muchas gracias.»
El éxito del hijo de Dios es lo que buscamos. Necesitamos hambre de conocer, vivir una vida en la que cada día hagamos lo que más interesa, aprovechar el tiempo, prepararnos para influir llenando el mundo de espíritu cristiano, hacer felices a los de al lado, luchar contra lo injusto, estudiar y trabajar… Un hijo de Dios no puede ser mediocre: no es un rasgo de la familia de Dios. Entonces la vida es maravillosa.
Padre, quiero vivir como hijo tuyo. Que cuando me mire en el espejo me pregunte «si hoy fuera en último día de mi vida, ¿querría hacer lo que estoy a punto de hacer hoy?…» El tiempo es limitado y tú cuentas conmigo para muchas cosas.
Comenta con tus palabras a tu Padre Dios lo que has leído.
Febrero
23
San Policarpo de Esmirna, Obispo y Mártir. Siglo II.
Conoció de cerca al apóstol Juan. Se nos presenta, por tanto, como testigo de la vida apostólica. Se mantuvo escondido por su desconfianza en sí mismo. Cuando fue descubierto, se le exhortó a renegar de su fe, negándose a ello, por lo que fue quemado vivo.
Colectas necesarias
Clave tiene que ver con llave. La clave de un ordenador es la llave que me permite acceder: la clave abre la puerta del ordenador. El cristianismo también tiene una clave que tiene cuatro caracteres: a-m-o-r. No es una horterada, es otra forma de decir que si no amo a los demás me falta la llave y, como consecuencia, Cristo y lo que él dice no me resultarán accesibles… Eso sí, conoceré el cristianismo como quien conoce un hotel porque lo ha visto desde la calle o un museo desde la acera: desde fuera. Pero para conocer a Cristo desde dentro es imprescindible amar al prójimo.
Un juego de cartas poco conocido tiene una regla muy original: si dices la palabra dos pierdes, lleves las cartas que lleves. El cristianismo tiene una regla parecida: si hacemos muchas cosas pero no las hacemos por amor a los demás y a Dios, hemos perdido.
Un día se le acercó a Jesús un experto en temas religiosos —un doctor de la ley judía— y le preguntó cuál era el primer mandamiento de la ley. Jesús contestó sin dudarlo: «Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón y con toda tu alma y con toda tu mente» (Mateo 22, 37).
Resulta desconcertante: ¿cómo es posible que un doctor de la ley no sepa cuál es el primer mandamiento dado por Dios en el Sinaí a Moisés? Muy sencillo: los judíos se habían «liado» un poco con miles de preceptos y un montón de opiniones según las diferentes escuelas que interpretaban y enseñaban la ley de Dios. Unos decían que lo más importante era guardar el sábado, otros que la circuncisión, otros que las ofrendas en el templo… Por eso, este doctor de la ley —que debía de ser buena persona— ante la respuesta del Señor se queda lleno de alegría y le felicita a Jesucristo por lo claro de su respuesta.
Decía Teresa de Calcuta: «La más grande enfermedad hoy en día no es la lepra ni la tuberculosis, sino el sentimiento de no ser reconocido. Hay más hambre en el mundo por amor y por ser apreciado, que por pan.»
¿No te parece que ésa puede ser la razón por la que en el mundo hoy cuesta entender tanto a los cristianos? A muchos falta la clave a-m-o-r. Será mejor que hagamos colectas de amor más que de alimentos. Por ejemplo: los deficientes mentales, los enfermos incurables, los inválidos, los ancianos… son personas que colectan amor, y hacen un gran bien al mundo recolectando amor. ¡Y a veces los aparcamos, los alejamos para que les cuiden otros por dinero, y no dejamos que nos hagan bien!
Dame la clave, Jesús: quiero amar a mi hermano al que veo para entrar en el mundo de mi Padre Dios a quien no veo. Que dé amor, que colecte amor, que ofrezca mi amor a los que lo necesitan… Que los cristianos —la Iglesia— llenemos el mundo de amor.
Y ahora sigue tú hablando con tu Padre-Dios. Ésta es la parte más importante: cuéntale y escucha.
Febrero
24
San Etelberto, Rey de Kent. Siglo VII.
Casado con Berta, princesa cristiana, hija del rey de París, no se convirtió hasta la llegada de San Agustín y sus compañeros misioneros. Su nobleza y su actitud de no imponer la fe en sus súbditos le muestran como un modelo extraordinario en la historia.
La hoja seca y Camus
Un cuento breve. La hoja de un árbol vivía feliz mientras crecía, siempre unida al árbol que le había dado la vida. Hasta que un día escuchó un viento fuerte, muy fuerte. El viento le susurraba que se soltase y se fuese con él. Trataba de convencerla: «Siempre ves el mismo suelo y el mismo cielo. ¿No estás cansada de lo mismo? Vente conmigo y verás cosas que nunca imaginaste.» La hoja decía que no, que unida a su rama estaba segura y contenta. Pero tanto insistió el viento que al final se desprendió de la rama y se fue con el viento. Y comenzó un viaje alucinante. Vio cosas increíbles: árboles, plantas, ríos, lagos… ¡Qué bien ser libre, qué bien me lo estoy pasando!, se decía la hoja. Hasta que el viento la fue dejando y empezó a caer. Conforme iba cayendo vio en el suelo un montón de hojas como ella, pero muertas. Y supo el fin que la esperaba por haberse separado del árbol que le dio vida.
Algunos cristianos podemos ser como la hoja tonta: a veces puede parecernos que vivir con Dios es un poco rollo. Sin embargo, vivir con Dios es vivir de verdad, cuando nos separamos de él acabamos con una vida vacía, morimos y nos pudrimos como la hoja. Estar unidos a Dios nos da fortaleza y seguridad. Separarnos de Él es volar sin rumbo y, poco a poco, perder la vida y morir.
Un ejemplo. Albert Camus ha pasado a la historia como un filósofo que creía que detrás de lo que vemos y vivimos no hay nada, trató de vivir libre como la hoja tonta, suelto del árbol de Dios-Creador. Cuando uno lee sus novelas se ponen los pelos de punta porque sus protagonistas creen que nada tiene sentido, que todo da igual, que el hombre está condenado al sinsentido. Se libera de Dios completamente. Antes de morir reconoce: «He conseguido hacer mucho dinero porque de alguna forma he sido capaz de articular la desilusión del hombre por el hombre. He tocado algo en el interior de mucha gente, porque identifican en mis obras la angustia y la desesperación. Me dirigí al sinsentido y a la incertidumbre, principios básicos en los que no estoy seguro de creer aún. Esto, más que ninguna otra cosa, es lo que me consterna, ésta es la raíz de mi desesperanza. [… ]
»Pero frente a la desesperación, he encontrado motivos para tener esperanza. Por encima de todo, valoro la vida. [… ] Me encuentro en algo así como un peregrinaje; buscando algo que llene el vacío que siento y que nadie más conoce. El público y los lectores de mis novelas, aunque ven ese vacío, no encuentran las respuestas en lo que están leyendo. Estoy buscando algo que el mundo no me está dando. Me siento totalmente identificado con Nicodemo, porque no comprendo eso que Jesús le dijo de que tenía que volver a nacer. Pero eso es lo que yo quiero, es a lo que yo quiero comprometer mi vida. ¡Voy a seguir luchando por alcanzar la fe!»
¡Así es! Reconoce la necesidad de nacer de nuevo, pero no sabe cómo.
Padre, quiero estar contigo porque tú eres como un árbol para mí, y yo soy tu hoja. No quiero tener la libertad de ir a la muerte, sino la libertad de estar contigo y amarte. Gracias, porque con el bautismo he vuelto a nacer del útero de la Iglesia. Te pido por todos los que no saben cómo nacer de nuevo.
Y ahora sigue tú hablando con tu Padre-Dios. Ésta es la parte más importante: cuéntale y escucha.
Febrero
25
San Valerio, Eremita. Siglo VII.
De Astorga (León), comienza una vida de oración y penitencia al estilo de los antiguos eremitas, recibiendo la visita de los habitantes del lugar. Posteriormente, termina en un monasterio de Bierzo.
El pez es el más parecido a Dios
Un relato de Isak Dinesen recoge la curiosa conversación de un pez. Dice el pez:
«El pez es, entre todas las criaturas, la más cuidadosa y exactamente creada a imagen del Señor. Todas las cosas contribuyen a su bien…
»El hombre puede moverse, aunque en un solo plano, y está sujeto a la tierra. Sin embargo, la tierra le sostiene sólo con el reducido espacio que él cubre con las plantas de sus pies; tiene que soportar su propio peso y suspira bajo él. Según he deducido por la charla de mis dos viejos pescadores, debe subir trabajosamente las montañas de la tierra; si por ventura se cae de ellas, entonces la tierra le recibe con dureza. Incluso los pájaros, que tienen alas, si no hacen esfuerzos con ellas, son traicionados por el aire que los sostiene y se precipitan al suelo.
»Nosotros los peces nos apoyamos y nos sostenemos por todas partes. Nos apoyamos con nada y armoniosamente en nuestro elemento. Nos movemos en todas las dimensiones; sea cual sea el rumbo que elijamos, las aguas poderosas modifican su forma por respeto a nuestra virtud.
»No tenemos manos, de modo que no podemos construir nada y jamás nos tienta la vana ambición de alterar nada de cuanto integra el universo del Señor. No sembramos ni trabajamos; por tanto, ninguna estimación de nosotros mismos resulta equivocada, ni falla ninguna de nuestras previsiones.
»Cuando Dios hubo creado el cielo y la tierra, la tierra le causó un doloroso desencanto. El hombre, propenso a la caída, cayó casi enseguida, y con él, todo lo que había en tierra seca. Esto hizo que Dios se arrepintiese de haberle creado a él, a los animales de la tierra, y a las aves del aire.
»Pero los peces no cayeron, ni entonces ni nunca; pues, ¿cómo o dónde podíamos caer? Así que el Señor miró con benevolencia a sus peces y se consoló al verlos, ya que, de toda la creación, sólo ellos no le habían decepcionado.
»Queda la duda, sin embargo, de si, mediante este triunfo aparente, ha alcanzado el hombre su verdadero bienestar. ¿Cómo conseguirá la verdadera seguridad una criatura perpetuamente ansiosa acerca de la dirección en que se mueve, y que concede tan vital importancia a su elevación o caída? ¿Cómo puede lograr el equilibrio un ser que se niega a desechar la idea de esperanza y de riesgo?
»Nosotros los peces descansamos en silencio, sostenidos desde todas partes, en el seno de un elemento que se nivela por sí solo de manera constante e indefectible. De un elemento que, puede decirse, se ha impuesto a nuestra existencia personal en la medida en que, sin tener en cuenta la forma individual ni si somos planos o redondos, nuestro peso y nuestro cuerpo están calculados de acuerdo con la cantidad de fluido que desplazamos.
»No corremos ningún riesgo. Pues nuestro cambio de lugar en la existencia nunca crea, ni deja tras de sí, lo que el hombre llama un camino, en cuyo fenómeno (en realidad, no es fenómeno sino ilusión) malgastará deliberaciones incomprensiblemente apasionadas.
»El hombre, en fin, está alarmado por la idea del tiempo, y desequilibrado por los incesantes vagabundeos entre el pasado y el futuro. Los habitantes del mundo líquido han conciliado el pasado y el futuro en la máxima: Aprés nous le déluge.»
¿No te parece que algo de razón tiene este pez? Me parece que el hijo de Dios sí vive como un pez en el mar del mundo: se deja llevar por el flujo del querer de su Padre-Dios, no se cae, descansa siempre, no corre riesgos, está apoyado y sostenido por todas partes… Quien vive como hijo de Dios, nada como un pez entre los cuidados de su Padre-Dios.
Padre, confío en ti, quiero confiar verdaderamente en ti, quiero confiar verdaderamente sólo en ti. Que cada día me abandone en tus manos.
Y ahora sigue tú hablando con tu Padre-Dios. Ésta es la parte más importante: cuéntale y escucha.
Febrero
26
San Alejandro, Patriarca de Alejandría. Siglos III-IV.
Fue el primero en descubrir y condenar la herejía de Arrio. Formó y asoció en el gobierno de la Iglesia a San Atanasio. Levantó la iglesia dedicada a San Teonás y consiguió mantener la paz de las iglesias de Egipto.
¡Hasta la muerte!
Hasta la muerte es un detalle de este Padre bueno que es nuestro Dios:
Vivir siempre, sin un término, sólo sería a fin de cuentas aburrido y al final insoportable. Esto es lo que dice precisamente, por ejemplo, el Padre de la Iglesia Ambrosio en el sermón fúnebre por su hermano difunto Sátiro: «Es verdad que la muerte no formaba parte de nuestra naturaleza, sino que se introdujo en ella; Dios no instituyó la muerte desde el principio, sino que nos la dio como un remedio […]. En efecto, la vida del hombre, condenada por culpa del pecado a un duro trabajo y a un sufrimiento intolerable, comenzó a ser digna de lástima: era necesario dar un fin a estos males, de modo que la muerte restituyera lo que la vida había perdido. La inmortalidad, en efecto, es más una carga que un bien, si no entra en juego la gracia». Y Ambrosio ya había dicho poco antes: «No debemos deplorar la muerte, ya que es causa de salvación».
Obviamente, hay una contradicción en nuestra actitud, que hace referencia a un contraste interior de nuestra propia existencia. Por un lado, no queremos morir; los que nos aman, sobre todo, no quieren que muramos. Por otro lado, sin embargo, tampoco deseamos seguir existiendo ilimitadamente, y tampoco la tierra ha sido creada con esta perspectiva.
Lo que queremos, y lo que nuestro Padre Dios quiere darnos con la muerte, es la vida verdadera, la felicidad.
Perdona, Dios Padre, por todas las veces que no entiendo el cariño que hay en todas tus acciones: tu misericordia es eterna. Sí, Señor, eterna es tu misericordia, tu bondad no tiene límites, y todo es obra de tu amor. Que así lo vea, Señor, y así lo transmita con mi alegría y mi palabra.
Y ahora sigue tú hablando con tu Padre-Dios. Ésta es la parte más importante: cuéntale y escucha.
Febrero
27
San Gabriel de la Dolorosa, Religioso Pasionista. Siglo XIX.
De Asís (Italia) y llamado realmente Francisco, como el santo, era jovial, suave, generoso y disponía de un corazón generoso y afectuoso. Es co-patrón de la juventud católica italiana.
¿Lleno de cosas o de personas?
¿Conoces la historia del joven rico que se cuenta en el Evangelio? (Mateo 19, 16-22) Probablemente la hayas escuchado o leído más de una y de diez veces. Se acercó a Jesús un joven y le hizo esta pregunta: ¿qué tengo que hacer para ganar la vida eterna? Jesús le responde claramente: cumple los mandamientos. Y el joven —¡asombroso!— asegura que los ha cumplido todos desde su juventud. Es increíble que los haya cumplido todos: ¿tú conoces a alguien que haya cumplido siempre todos los mandamientos?
Se ve que el joven era un gran tipo y vuelve a preguntarle si le falta algo. En esta última pregunta se empieza a «desenmascarar» la verdadera persona que hay detrás: la pregunta suena un poco a: «no quiero que se me olvide nada», como si ir al cielo se redujese a cumplir unas reglas. En el fondo, esta actitud esconde el egoísmo del preocupado de su salvación y de poco más.
A continuación, Jesús le propone seguir un camino mucho más exigente que el mero «cumplimiento» de unas leyes. Ese camino consiste en AMAR, en darlo todo, en no tener ninguna atadura que le impida llegar a su destino. Le invita a que si quiere, deje todo lo que tiene y que le siga…
¡Llega el momento tremendo! El joven se va sin decir nada, se va triste porque «era muy rico». O sea, tenía muchas cosas, estaba muy apegado a tantas tonterías… y no estaba dispuesto a dejarlas. Su vida estaba tan llena de cosas que no tenía sitio para lo más importante: amar al Señor.
Este personaje habla con el Señor pero no entiende el lenguaje con que Cristo le habla; cuando se marcha, se va triste. Y el evangelio ya no dice nada más de él. Da pena, porque el encuentro empieza muy bien. Tras las primeras frases que intercambian parece que estamos ante un nuevo apóstol que se va a unir al Señor. Sin embargo acaba mal.
¿Qué le ocurre a este joven rico? Dice que cumple los mandamientos desde su juventud. Está acostumbrado a portarse bien, a «hacer» cosas buenas. Es una persona que ha recibido una buena educación. Sin embargo, cuando el Señor le habla, no de cumplir sino de amar, este joven no le entiende… o si le entiende no quiere seguir ese camino. Es egoísta, cumple por estar tranquilo con su conciencia o por quedar bien. Quiere salvarse; pero no ama a Dios y a los demás. Es verdad que al joven rico le falta algo —eso le dice el Señor: «una cosa te falta»—, pero lo que le falta es algo fundamental: le falta amor. Por eso quizá el Señor lo que le pide es lo que había que pedirle: «vende lo que tienes…», «despréndete de todo, déjalo todo, vacía tu corazón para que haya sitio, ¡porque no te cabe nada! Tienes la vida llena de cosas; pero quizá no tienes a nadie: ni a Dios ni a los demás por Dios».
¿Te entiendo, Señor? ¿En mi corazón tengo cosas o personas? Si amo no me costará seguirte por donde vayas y me lleves. No quiero andar calculando si tengo que hacer esto o lo otro, si me va costar mucho o poco… Me miras con amor… y no quiero cambiarte por nada.
Y ahora sigue tú hablando con tu Padre-Dios. Ésta es la parte más importante: cuéntale y escucha.
Febrero
28
San Leandro de Sevilla, Obispo. Siglo VI.
Nieto de Teodorico, rey de los Ostrogodos y hermano de San Isidoro. Consiguió que se convirtieran al catolicismo las tribus visigodas que invadieron España e hizo que su rey, Recaredo I, terminase siendo un fervoroso creyente.
Tengo la suerte de querer un montón a Jesús
«Querido Papa: Soy una chica de 12 años. Desde que nací sufro parálisis cerebral; ya desde muy pequeña mis padres me llevan a médicos, sigo tratamientos, tomo medicinas y todos los días tengo que hacer rehabilitación.
»También, desde que tengo cuatro años, llevo una lentilla para arreglarme la vista de ese ojo, aunque hace unos días también me empezaron a poner en el otro, pues están contentos de cómo mejora. Voy a natación y también al logopeda, llevo ortodoncia y me hacen unos ejercicios con la mandíbula. Lo peor de todo son las plantillas y las dichosas botas que, además de no ser bonitas, dan un calor insoportable.
»El mes de abril tuve que pasar por el quirófano, pues, como empecé a andar a los seis años y como no lo hago muy bien, quieren intentar ayudarme, pues tengo que ir con andador.
»En junio, volvieron a operarme y los médicos están muy contentos (llevo una escayola en la pierna y no puedo mojarme ni apoyar el pie. Pronto me la quitan). Lo malo es que tengo que estar todo el día molestando a mi familia, pues, como voy en silla de ruedas y no puedo manejar bien la mano derecha, tienen que llevarme y traerme… y más cosas.
»Pues, Santidad, quiero decirle que todos mis sufrimientos, malos ratos, dolores, molestias, tener peores notas que mis compañeros, pues no dispongo de tanto tiempo ni puedo escribir tan deprisa como ellos…, y, quizá, lo que más me duele: no poder tener tantos amigos, o quedar con ellos y que no me llamen… Todo eso se lo ofrezco a Jesús todos los días para que muchas personas se salven y puedan ir al cielo, y muchos más niños y niñas conozcan a Jesús; pues, Santidad, yo tengo la suerte, la gran suerte, de querer un montón a Jesús, de creer en Dios y rezarle cada día para que me dé fuerzas y poder conseguir todo lo que Él me pide. Aunque a veces me cueste mucho, yo sé que no estoy sola. Además, mis padres nos hablan siempre, a mis dos hermanos y a mí, de María, de nuestra Madre del cielo. ¡Eso sí que es una gran suerte! (…)
»No se olvide de hablar a Dios de Piluca, de decirle todo lo que lo quiero y que no me olvide. Muchas gracias. Un beso de Piluca.»
¡Qué ejemplo de alegría en una situación tan dura! Ejemplo de confianza en él.
Parece que hemos puesto de moda protestar a Dios porque me pasa esto y lo otro… y le pedimos explicaciones de por qué tiene que ser así, que explique por qué no lo ha evitado… Dios es Padre: Piluca lo sabe y lo disfruta. Aprendamos a vivir la vida que tenemos y a querer a Dios pase lo que nos pase. El hijo no pide a Dios tanto que le pasen cosas buenas, como el darse cuenta de que son buenas las cosas que le pasan.
Señor, quiero quererte como te quiere Piluca. Quiero ofrecerte las cosas que me molestan y si estoy enfermo, pues mejor; porque tendré más sufrimientos para ofrecerlos por ti.
Y ahora sigue tú hablando con tu Padre-Dios. Ésta es la parte más importante: cuéntale y escucha.
Febrero
29
San Osvaldo de Worchester, Obispo. Siglo X
Hijo de daneses. Presidió las sedes de Worcheste
y de York (Inglaterra). Introdujo en muchos monasterios
la regla de S. Benito.
29 Jesús, el más verdadero hijo pródigo
Quiero transcribir hoy un texto interesante aunque algo difícil. El autor propone entender la vida de Jesús
como la del hijo pródigo. Salió de su casa —de la Trinidad— y durmió en un establo
—el pesebre de Belén—, etc. Dice así:
«Él, que no nació de raza humana, ni de de-
seo humano ni de voluntad humana, sino del
mismo Dios, un buen día lo reunió todo y se
marchó con su herencia y su título de Hijo. Se
fue a un país remoto, a una tierra lejana…, don-
de se volvió como son los seres humanos y se
quedó vacío. Su propia gente no le aceptaba y
su primera cama fue ¡una cama de paja!
Creció entre nosotros igual que una raíz en
tierra árida, fue despreciado, fue el más insignificante de los hombres, ante quien uno se tapa la cara. Muy pronto conoció el exilio, la hostilidad, la soledad… Después de haberlo gastado
todo llevando una vida de abundancia: su valía,
su paz, su luz, su verdad, su vida…, todos los te-
soros del conocimiento y la sabiduría y el mis-
terio oculto mantenido en secreto desde tiem-
po inmemorable; después de haberse perdido
entre los hijos de la casa de Israel, después de
haber dedicado su tiempo a los enfermos (y no
a los ricos), a los pecadores (y no a los justos),
e incluso a las prostitutas a quienes prometió
que entrarían en el reino de su Padre; después
de haber sido tratado como si fuera un glotón
y un bebedor, amigo de los recaudadores de
impuestos y de los pecadores como una sama-
ritana, un poseído, un blasfemo; tras haberlo
entregado todo, hasta su cuerpo y su sangre;
tras haber experimentado en sí mismo el dolor,
la angustia y la inquietud del alma; tras haber
tocado el fondo de la desesperación, con la que
se vistió voluntariamente al sentirse abando-
nado por su Padre, lejos de la fuente que mana
agua de vida, gritó desde la cruz en la que esta-
ba clavado: “Tengo sed.”
Estaba tendido descansando en el polvo y la
sombra de la muerte. Y allí, al tercer día, se levan-
tó de las profundidades del infierno al que había
descendido, cargado con los pecados y tristezas
de todos nosotros. Y de pie, erguido, gritó: “Sí,
me voy al Padre, a vuestro Padre, a mi Dios, a
vuestro Dios”. Y volvió a ascender al cielo».
«Entonces, en el silencio, mirando a su Hijo y
al resto de sus hijos, el Padre dijo a sus sirvien-
tes: “¡Rápido! Traed la mejor túnica y ponédsela;
ponedle un anillo en el dedo y sandalias en los
pies; ¡comamos y celebrémoslo! ¡Porque mis
hijos, que, como sabéis, estaban muertos, han
vuelto a la vida; estaban perdidos y han vuelto
a ser hallados! Mi Hijo pródigo los ha traído de
vuelta”. Entonces todos empezaron a festejarlo
vestidos con sus largas túnicas, lavados en la
sangre del Cordero».
Gracias, Jesús, por llevarnos al Padre contigo, por
habernos conseguido el perdón y la vida nueva.
Y ahora sigue tú hablando con tu Padre-Dios. Ésta es la parte más importante: cuéntale y escucha.
Marzo
Oración inicial de cada día
¿Cómo actuarías hoy, Jesús, si tuvieses
mis manos, mis ojos y mi lengua;
si tuvieses mi energía y mi tiempo,
mi familia, mis amigos y mi trabajo?
Pues hoy te dejo que seas yo:
¡que seas tú quien viva en mí!
Quiero ser tú, el Hijo, que pasa hoy por el mundo:
que transmita tu mirada, tu sonrisa y tu consuelo,
que lleve tu paz, tu ayuda y tu palabra,
que realice tu servicio, tu entrega y tu amor.
Padre, transfórmame todo en Cristo,
dame su espíritu,
para que sea el Hijo entre los hombres. Amén
Oración final de cada día
Jesús, estas verdades que enseñaste a Teresa
(dile aquí tu nombre),
mételas en mi cabeza hasta que me las crea,
mételas en mi corazón hasta que las viva:
«Nada te turbe: nada te espante.
Todo se pasa. Dios no se muda.
La paciencia todo lo alcanza.
Quien a Dios tiene nada le falta.
Sólo Dios basta.»
Oración de santa Teresa de Ávila
Marzo
1
El Ángel de la Guarda de las instituciones.
Recordamos a los ángeles custodios de paises, ciudades, casas, sedes institucionales… Es por eso el patrón de algunos cuerpos de seguridad y policias.
En mi casa mando yo… o seré una montaña rusa
«Cada caminante siga su camino», escribía el poeta. No es poco sabio el consejo. Con frecuencia, estas cosas de sentido común son las que menos practicamos.
El que es bajito querría jugar al baloncesto, y el que no tiene oído estaría encantado de formar parte de un coro. Si es un deseo vago, pues no pasa nada. Pero si no estoy dotado para el baloncesto y me empeño en fomentarlo y cada vez que veo un partido en la televisión o un balón de básquet… me repito una y mil veces «cómo me gustaría jugar al baloncesto», «si pudiese entrenaría en tal equipo, y me compraría tales botas», «si ganase en la liga de mi pueblo pondría tal dedicatoria en los autógrafos»… y me revuelvo en imaginaciones siendo el jugador de la selección de no sé dónde… sería poco inteligente.
Hay deseos que nos hacen bien y debemos fomentarlos, y otros deseos que no están en nuestro camino y que debemos dejar que mueran. Alimentar morbosamente el deseo de lo que no es para mí, son ganas de pasarlo mal inútilmente.
Recuerdo un amigo que no podía tener perro por algunas circunstancias que no son del caso. Cada vez que veía un perro comentaba en voz alta lo mucho que le gustaría tener un perro. Y en el monte siempre la misma cantinela: ojalá tuviese perro, lo llevaría siempre al monte, y nos iríamos solos, y… mil fantasías más que sabía perfectamente que nunca realizaría. ¿Para qué todo ese tiempo perdido en lo que no es para él? Es como tener prohibido el azúcar y pasarse todos los descansos mirando escaparates de pastelerías: ¡con la cantidad de cosas buenas, distintas a esa, que se pueden hacer!
Los deseos y los afectos hay que educarlos. Quiero decir: no todo lo que siento debo dejarlo crecer. Los deseos o afectos que son buenos, me conviene fomentarlos; los deseos y afectos que me hacen daño, conviene que los combata.
Un ejemplo. Puedo sentir tristeza, y si no tengo motivos para estar triste debo luchar por mostrarme alegre y descubrir los mil motivos que tengo para estar feliz, seguramente pensando y dándome más a los demás. Un comprometido que siente atracción por otra persona que no es aquella con la que se ha comprometido, deberá evitar que ese afecto crezca, por defender aquel que ya creció antes y con el que ha establecido una relación que le genera unos deberes. Y así con todo lo demás.
¿Educas tus afectos, tus estados de ánimo, tus sentimientos, tu sensibilidad, tus bajones y tus subidones…? Cada vez que tengo un bajón, no tengo por qué aceptarlo pacíficamente. Si no hay motivos, tendré que esforzarme por darme a los demás, por animarme… Si cedo a la pereza y no hago nada porque estoy de bajón, cada vez tendré más bajones y más pronunciados. Necesitamos aprender a educar los afectos y los estados anímicos. Hay personas que son un poco montaña rusa, con unos picos y unas caídas que dan vértigo. Sufren mucho estas personas.
Cada caminante siga su camino. Dirigir mis deseos, fomentar los que me convienen y neutralizar los que no me convienen como se neutraliza al enemigo cuando se le ve venir. Dirigir mis afectos, fomentar los que me convienen y neutralizar los que no me convienen. Dirigir los estados de ánimo: fomentar los que me convienen y neutralizar los que no me convienen.
Señor, ayúdame a seguir mi camino. Hay otros muchos, todos ellos preciosos. Pero yo quiero seguir el mío, que es el mejor para mí. Enséñame a mandar sobre mis deseos, mis afectos y mis estados de ánimo.
Ahora te toca a ti hablar a Dios con tus palabras, comentándole lo leído o lo que quieras. Puedes contestar con él las preguntas del texto, repasando cómo te influyen los estados de ánimo… si educas tu sensibilidad o si es ella la que te lleva por donde quiere.
Marzo
2
Santa Ángela de la Cruz, Fundadora. 1846-1932.
Fundadora del Instituto de las Hermanas de la Cruz, no se reservó ningún derecho para sí sino que lo dejó todo para los pobres, a los cuales acostumbraba llamar sus señores, y los servía de verdad.
El valiente Ulises supo huir
En la Odisea se nos cuenta que Ulises deseaba volver a su patria y vivir felizmente con su esposa Penélope, pero su camino de vuelta por mar atravesaba un sitio peligroso: el lugar de las sirenas que con su canto fascinaban a los navegantes. Tanto les fascinaban que perdían el sentido y todos los que atravesaban aquel lugar terminaban por estrellar la embarcación contra las rocas. Todas las naves que intentaban pasar por aquel lugar sucumbían, pues sus cantos eran tan embriagadores que distraían a la tripulación y naufragaban al desatender la navegación.
Ulises tuvo la idea genial: para evitar la posibilidad de alucinar con las sirenas, se hizo atar al mástil de la embarcación; pero no sólo eso: antes él mismo tapó con cera los oídos a sus compañeros de tripulación para que si él les pedía que le soltasen no pudiesen escucharle, y además tampoco ellos oirían el seductor canto de las sirenas. Efectivamente, cuando llegaron al lugar hechizado, Ulises gritaba para que le desataran y poder alcanzar a las sirenas, pero sus compañeros no podían oírle, y así pudo volver a su patria y abrazar a su esposa y a su hijo.
El mito es elocuente: aplicado al amor, nos advierte de la necesidad de prevenir la tentación del capricho momentáneo, y con más motivo cuando sabemos que esos caprichos se mostrarán irresistibles, y podrían abortar el proyecto que tenemos, vivir lo que hemos decidido y es nuestra verdad, lo que constituye el bien de nuestra vida. ¿Por qué?
Es imprescindible ser fieles a lo que nos hemos propuesto, a nuestros compromisos. Si queremos aprovechar la vida, tenemos que ser serios. Seriedad hace referencia a serie, a secuencia y sucesión, es decir, a algo que tiene un orden y un proceso de desarrollo. Como la semana tiene siete días y cada uno ocupa un lugar. El lunes va siempre antes del martes e inmediatamente después del domingo. Unas cosas van primero o antes que otras. El orden con que evolucionan las cosas es un orden con sentido. La seriedad es el avance luminoso en la luz. Es descubrir que el orden con que las cosas suceden en nuestra vida es un orden sagrado y asombroso. Nuestra historia como persona y como cristiano es seria. Una cosa va detrás de otra. No podemos pretender plantar hoy un manzano y mañana ir a comer manzanas. Como no podemos pretender decidir algo —hacer oración, ser sincero, vivir una virtud, ser trabajador…— y que ya todo sea fácil. Ser serio quiere decir admitir que hasta conseguirlo, tendré que pelear un día y otro, caerme y levantarme, cansarme y seguir peleando…
Es un camino, en el que hay que dar muchos pasos. Mientras recorremos el camino habrá tentaciones de abandonar, de traicionar, de hacer cosas malas. Como Ulises, hemos de saber evitar las ocasiones. El Señor lo dice: «¿O qué rey, si va a dar la batalla a otro rey, no se sienta primero a deliberar si con diez mil hombres podrá salir al paso del que le ataca con veinte mil? Y si no, cuando el otro está todavía lejos, envía legados para pedir condiciones de paz» (Lucas 14, 29-33).
Saber no presentarse a las batallas que podemos perder, evitar las ocasiones en las que ponemos en peligro algo bueno, saber «engañarme» —como Ulises— para que la tentación no me venza. Si no, nos dejamos dominar por el capricho… y no somos serios.
Señor, quiero madurar, ser más persona y mejor cristiano. Quiero ser fiel a mis compromisos. No quiero ser caprichoso. Ayúdame a evitar las ocasiones de ser infiel. Amo este rasgo de familia, de nuestra familia cristiana, que es el de ser fieles. Gracias: ¡qué bonita es la fidelidad!
Dedica un rato a hablar con el Señor si eres serio, si eres constante en conseguir lo que te propones, si te dejas llevar por el capricho del momento. Pregúntale cómo puedes «engañarte» en algún asunto concreto en el que pierdes las batallas con frecuencia.
Marzo
3
San Inocencio de Berzo, Presbítero capuchino. 1844-1890.
En Bérgamo, Italia, presbítero de la Orden de los Hermanos Menores Capuchinos, que brilló por su eximia caridad difundiendo la palabra de Dios y escuchando las confesiones.
Bakhita y su descubrimiento
Benedicto XVI escribía que para nosotros, que siempre hemos vivido y nos hemos acostumbrado al concepto cristiano de Dios, nos resulta dificil entender qué es encontrarse con Dios y tener esperanza en él. Y decía:
«El ejemplo de una santa de nuestro tiempo puede en cierta medida ayudarnos a entender lo que significa encontrar por primera vez y realmente a este Dios. Me refiero a la africana Josefina Bakhita, canonizada por el papa Juan Pablo II.
»Nació aproximadamente en 1869 —ni ella misma sabía la fecha exacta— en Darfur, Sudán. Cuando tenía nueve años, fue secuestrada por traficantes de esclavos, golpeada y vendida cinco veces en los mercados de Sudán. Terminó como esclava al servicio de la madre y la mujer de un general, donde cada día era azotada hasta sangrar; como consecuencia de ello le quedaron 144 cicatrices para el resto de su vida. Por fin, en 1882 fue comprada por un mercader italiano para el cónsul italiano Callisto Legnani que, ante el avance de los mahdistas, volvió a Italia.
»Aquí, después de los terribles “dueños” de los que había sido propiedad hasta aquel momento, Bakhita llegó a conocer un “dueño” totalmente diferente —que llamó “paron” en el dialecto veneciano que ahora había aprendido—, al Dios vivo, el Dios de Jesucristo. Hasta aquel momento sólo había conocido dueños que la despreciaban y maltrataban o, en el mejor de los casos, la consideraban una esclava útil. Ahora, por el contrario, oía decir que había un “Paron” por encima de todos los dueños, el Señor de todos los señores, y que este Señor es bueno, la bondad en persona. Se enteró de que este Señor también la conocía, que la había creado también a ella; más aún, que la quería. También ella era amada, y precisamente por el “Paron” supremo, ante el cual todos los demás no son más que míseros siervos. Ella era conocida y amada, y era esperada. Incluso más: este Dueño había afrontado personalmente el destino de ser maltratado y ahora la esperaba “a la derecha de Dios Padre”.
»En este momento tuvo “esperanza”; no sólo la pequeña esperanza de encontrar dueños menos crueles, sino la gran esperanza: yo soy definitivamente amada, suceda lo que suceda; este gran Amor me espera. Por eso mi vida es hermosa. A través del conocimiento de esta esperanza ella fue “redimida”, ya no se sentía esclava, sino hija libre de Dios.
»Entendió lo que Pablo quería decir cuando recordó a los Efesios que antes estaban en el mundo sin esperanza y sin Dios; sin esperanza porque estaban sin Dios. Así, cuando se quiso devolverla a Sudán, Bakhita se negó; no estaba dispuesta a que la separaran de nuevo de su “Paron”. El 9 de enero de 1890 recibió el Bautismo, la Confirmación y la primera Comunión de manos del Patriarca de Venecia. El 8 de diciembre de 1896 hizo los votos en Verona, en la Congregación de las hermanas Canosianas, y desde entonces —junto con sus labores en la sacristía y en la portería del claustro— intentó sobre todo, en varios viajes por Italia, exhortar a la misión: sentía el deber de extender la liberación que había recibido mediante el encuentro con el Dios de Jesucristo; que la debían recibir otros, el mayor número posible de personas. La esperanza que en ella había nacido y la había “redimido” no podía guardársela para sí sola; esta esperanza debía llegar a muchos, llegar a todos.»
Señor Jesús, espero en ti. Hazme descubrir que tú eres, que eres bueno y amas a tus criaturas… y me amas a mí. He crecido en una cultura cristiana: te pido que eso no me incapacite para tener un encuentro real contigo; que no deje de pasmarme ante esta gran verdad, como se quedó impresionada Josefina Bakhita al conocer el cristianismo. Que me sienta hijo libre de Dios. Eso es: ¡hijo libre de Dios! Madre mía, que no me guarde solo para mí esta gran noticia.
Comenta con él estas mismas ideas, sin prisa, para que penetren más hondo en ti… y te configuren: configurar el ordenador tiene sus exigencias; configurar corazón y cabeza también: una de ellas es considerar las verdades básicas con tiempo, sin prisa.
Marzo
4
San Casimiro. 1458-1484.
Hijo del rey de Polonia, su gran trabajo apostólico fue extender la Religión Católica por Polonia y Lituania. La tuberculosis terminó con su vida con sólo 26 años.
¡Abuela, cállese!
Decía en cierta ocasión Teresa de Calcuta:
«A los ancianos les gusta que otros les escuchen. En algunos países tenemos grupos de colaboradores cuya principal ocupación es escuchar.
»Visitan determinados hogares, especialmente destinados a personas mayores, se sientan junto a ellos y dejan que hablen y hablen para darles la satisfacción de sentirse escuchados.
»Los ancianos, ya digo, gustan de que se les escuche aunque muchas veces no tengan nada importante que decir (importante para los demás, está claro; no para ellos): hablan a veces de cosas ocurridas hace mucho tiempo.
»Escuchar a alguien que no tiene quien le escuche es algo muy hermoso.»
Así es: el cristiano escucha, y escucha con toda su alma, escucha con el corazón, escucha con los ojos, escucha con todo el cuerpo… Y es que «para hablar de veras hay que mirar a los ojos del interlocutor».
Leía en una entrevista algo que me llamó la atención y confirma esto. La psicoanalista búlgara Julia Kristeva acompañó como periodista al octogenario papa Juan Pablo II cuando éste visitó su país durante el verano del 2002. «Que el hombre de carne y hueso esté extremadamente debilitado no debe hacernos olvidar —escribía a su vuelta— que el papa Juan Pablo II posee una capacidad de deslumbramiento excepcional, incluso para los que, como yo, no compartimos su fe.» Le había llamado la atención la apertura del Papa, manifestada en su forma de saludar, de escuchar, de estar: «Al ver cómo atiende un concierto con su cuerpo y su mirada, he podido darme cuenta en su último viaje de que su espíritu está intacto y presente en todo lo que hace. Además, ningún hombre de Estado manifiesta esa presencia sólo con su atención hacia los demás.»
Dios mío, ¿soy de los que escuchan? ¿Miro a los ojos cuando me hablan, o sigo trabajando en lo mío diciendo «¡caramba!», «sí, sí»… pero sin prestar atención? ¿Me cansa que me cuenten sus cosas? Si fuese capaz de querer más a las personas con las que me cruzo, sabría escucharles mejor. Dame tus gracias para que sea alguien que sepa escuchar.
Ahora te toca a ti hablar a Dios con tus palabras, comentándole lo leído o lo que quieras. Puedes decirle que deseas escuchar como él escucha… ¿Sabes escuchar, o enseguida desconectas porque te parece un rollo? ¿Evitas que algunos te cuenten sus cosas porque te aburre? ¿Hablas tú más que escuchas? Insístele en que te ayude a ser muy cristiano también en esto: son rasgos de la familia cristiana.
Marzo
5
San Cristóbal Macassoli de Milán, Presbítero franciscano. 1400-1485.
En Vigevano, en Lombardía, beato Cristóbal Macassoli, presbítero de la Orden de Hermanos Menores, insigne por su predicación y su caridad para con los pobres.
Te quiero de día, te quiero de noche
«Durante el día, Señor, contemplo tu misericordia. Durante la noche, tu fidelidad», dice el salmista. Y es una oración bastante interesante.
A la luz del día, las cosas se nos muestran claras, iluminadas. A los hijos de Dios, cuando vemos cada cosa en su lugar, nos cuadra todo en la vida, el camino nos parece claro y el sol nos calienta; cuando todo nos sonríe, es fácil considerar la misericordia de Dios. ¡Qué claro se nos presenta lo bueno que es Dios, y cómo le descubrimos en sus criaturas y en lo que nos ocurre!
La segunda parte es un buen complemento: «Durante la noche, contemplo tu fidelidad». ¡Claro! En la oscuridad, en los momentos en los que no vemos nada y lo que tenemos delante se convierte en obstáculo con el que tropezamos, cuando el camino es oscuro y cada paso lo damos con inseguridad… entonces es el momento de recordar la fidelidad de Dios. Aunque no vea nada, el hijo de Dios sabe que su Padre del Cielo es fiel, y que está a su lado, y confía en él. Es el momento de contemplar —es decir, de considerar tranquilamente— su fidelidad.
Dios mío, te lo repito ahora con el salmista, y en los momentos difíciles te lo volveré a decir: «Durante el día, Señor, contemplo tu misericordia. Durante la noche, tu fidelidad.»
Ahora te toca a ti hablar a Dios con tus palabras, comentándole lo leído, o de lo que quieras, o de la cuaresma que ya va acabando. ¿Piensas en la fidelidad de Dios, en que él nunca falla… aunque a veces dé la impresión de que se ha olvidado de ti? Es bueno agarrarnos a su misericordia, pero también lo es que nos agarremos a su fidelidad. ¿Lo haces? Coméntalo con él.
Marzo
6
San Olegario, Obispo. Siglo XI-XII.
En Barcelona, España, asumió también la cátedra de Tarragona cuando esta antiquísima sede fue liberada del yugo de los musulmanes. Murió en 1137.
El gozo de confesar
Teresa de Calcuta, en una entrevista con un periodista alemán, decía:
«El otro día un periodista me planteó una extraña pregunta:
»—Pero ¿también usted tiene que confesarse? Le contesté: —Desde luego. Me confieso todas las semanas. Él dijo: —De verdad que Dios tiene que ser muy exigente si todos os tenéis que confesar. Yo le razoné: —Su hijo comete a veces alguna equivocación, hace alguna pequeña trastada. ¿Qué ocurre cuando acude a usted y le dice: “Lo siento, papá”? ¿Qué hace usted en esos casos? Usted pone la mano en su cabeza y le da un beso. ¿Por qué? Porque es su manera de decirle que lo ama. Dios hace lo mismo. Dios nos ama con ternura.
»Aun cuando cometemos alguna equivocación, aprovechémonos de ella para acercarnos más a Dios. Digámosle con humidad: “No he sido capaz de ser mejor. Te ofrezco mis propios fracasos.” La humildad consiste en esto: tener el coraje de aceptar la humillación.»
¡Es una maravilla la confesión! Quien la descubre… la valora y la desea.
Por otro lado, me decía un amigo: «Debe de ser duro confesar: todo lo negativo y el mal continuamente en los oídos.» Tuve que decirle que sí y que no.
Sí, porque el sacerdote toca el sufrimiento que causa el mal. Pero no; no, porque todo lo negativo y todo pecado que se escucha en la confesión es verdadero, pero es lo menos importante. Lo más grande es el porqué lo dice y todo lo que no dice…:
-tantas cosas buenas que no enumera porque no vienen a cuento en la confesión,
y la grandeza de reconocer la verdad,
— y el acto heroico y victorioso de ponerse en contra de él mismo en lo que ha hecho mal, sin excusarse mezquinamente,
— y pedir el perdón a Dios,
— y proponerse llevar una vida distinta,
— y esperar en la ayuda de la gracia porque sabe que no lo conseguirá de un día para otro, pero espera y confía en el amor inmenso de su Padre Dios,
— y el propósito de seguir luchando,
— y saber que volverá a pedir perdón cuando haga falta o requiera el abrazo animoso de Cristo,
— y ponerse de rodillas ante Dios, porque reconoce que él no decide lo que está bien y mal,
-y…
Confesar es gozoso y emocionante, porque significa asistir a un encuentro de dos corazones que están deseándose mutuamente, como es emocionante el amante que acude pidiendo perdón al amado, diciéndole que lo siente, que ha sido su culpa, y que tratará de no hacerlo más. ¿Hay algo más emocionante que pedir perdón? Quizá sí: el concederlo. Eso es confesar.
Ojalá todos los cristianos acudamos a confesarnos semanalmente, y ayudemos a otros a hacerlo.
Gracias, Dios mío, por habernos enseñado el perdón, la grandeza de pedirlo y de concederlo. Y gracias porque tú siempre nos lo concedes. Te pido por estas personas a las que quiero hablarles de la confesión (dile los nombres que quieras). Gracias.
Ahora te toca a ti hablar a Dios con tus palabras, comentándole lo leído o lo que quieras, o diciéndole que te gustaría ser un «forofo» de la confesión… Mira si la valoras o si te parece un suplicio… y pregúntale cómo amarla más… y a quién puedes proponerle que vaya contigo a confesarse la próxima vez que tú vayas a hacerlo.
Marzo
7
Santa Perpetua y Santa Felicidad, Mártires. Sigo II.
Perpetua, de veinte años, madre de un niño de pecho, y Felicidad, su sierva, estaba entonces embarazada. Después de dar a luz, según las leyes romanas, murieron en el circo romano (Cártago, año 203).
Bailarín de Dios
Escribe Madeleine Delbrêl: «Si hay muchos santos a los que no les gusta bailar, hay también otros muchos que sintieron la necesidad de bailar, pues eran felices viviendo: santa Teresa con sus castañuelas, san Juan de la Cruz con un Niño Jesús en sus brazos, y san Francisco delante del Papa. Si estuviésemos contentos de ti, Señor, no podríamos resistir a esta necesidad de bailar que corre por el mundo, y llegaríamos a adivinar a qué ritmo te gusta que dancemos siguiendo el paso de tu Providencia.
»Porque yo pienso que tal vez tengas mucha gente que está siempre hablando de servirte con aire de capitanes, de conocerte con aire de profesores, de alcanzarte según unas reglas deportivas, de amarte como se ama en un viejo matrimonio.
»Un día que tenías ganas de otra cosa, inventaste a san Francisco y le hiciste tu juglar. A nosotros nos corresponde dejarnos inventar para ser gente alegre que baile su vida contigo.
»Para ser buen bailarín, lo mismo contigo que en cualquier otra parte, no necesito saber adónde me lleva. Basta con seguir, con estar alegre, ser ligero, y sobre todo no andar tieso. No hay que pedirte explicaciones sobre el paso que te gusta llevar. Hay que ser como una prolongación, ágil y viva de ti, y recibir por medio de ti el ritmo de la orquesta. No hay que pretender seguir adelante a toda costa, sino aceptar dar vueltas y marchar de lado. Hay que saber detenerse y deslizarse en vez de marchar. Todo esto no sería más que pasos tontos si la música no los convirtiese en armonía. Pero olvidamos la música de tu Espíritu, y hacemos de nuestra vida un ejercicio gimnástico; olvidamos que, en tus brazos, la vida se baila, que tu santa voluntad es de una inconcebible fantasía, y que sólo existe la monotonía para las almas viejas que están de mironas en el alegre baile de tu amor.»
Dios mío, quiero bailar contigo cada día. Perdona si no me dejo llevar, si no voy al compás de tu música, si soy un poco tieso, o me resisto a dar pasos que no me llevan a lo que yo entiendo que es avanzar hacia delante. Ten paciencia, y ayúdame.
Puedes continuar hablándole de lo que quieras, y manifestarle tus deseos de ser su mejor bailarín de este siglo…
Marzo
8
San Juan de Dios, Religioso. 1495-1550.
Portugués, después de ser soldado por Europa, prestó ayuda en un hospital fundado por él, y se asoció a compañeros con los que constituyó la Orden Hospitalaria San Juan de Dios, en Granada.
La semilla de Jesús y de Judas
Leonardo da Vinci es un famoso artista del Renacimiento. Entre sus muchas obras se encuentra un cuadro muy grande sobre la Última Cena que se conserva en Milán. Cuando llegó el momento de pintar a Jesucristo se encontraba sin inspiración, no acertaba a pintar la cara de Jesús. Cuentan que un día vio a un chico por la calle, que charlaba con unos amigos. Le pareció una buena persona y lo abordó, explicándole si quería servirle de modelo para el cuadro que estaba haciendo. El chico accedió, y en poco tiempo tenía pintado el rostro de Jesús.
Al cabo de unos días, llegó el momento de pintar a Judas, el apóstol traidor. Y le ocurrió lo mismo, no encontraba la inspiración necesaria para pintar el rostro del apóstol traidor, de quien vendió a Cristo por treinta monedas. Una noche lluviosa y fría, iba por una callejuela y vio a un hombre tirado en un rincón. Se acercó, estaba inconsciente por la cantidad de alcohol que había bebido, además tenía en la cara signos de que se había peleado, olía mal, con la ropa sucia y mojada. Cuando se fijó en la cara, pensó: ¡Éste es el rostro de Judas! Lo cogió y lo llevó al sitio donde estaba pintando el cuadro. Sobre la marcha, de noche, empezó a pintar a Judas. Cuando amaneció, había acabado.
Con la luz del sol que entraba a raudales por los ventanales, se fijó mejor en los rostros que había pintado, y le llamó la atención el parecido entre la cara de Jesús y la de Judas. Se fijó bien, se acercó al borracho que seguía dormido y se dio cuenta que aquel borracho de tan mal aspecto era el mismo chico que le había servido para pintar el rostro de Jesús. Una misma persona le sirvió para pintar a Jesús y para pintar a Judas.
Cada uno llevamos en nosotros una imagen de Jesús, grabada en nuestra alma; pero también tenemos las raíces del mal, el pecado. Si practicas el bien, tu vida se parecerá a la vida de Jesús; pero si te dejas arrastrar de las malas inclinaciones que llevas dentro de ti… ¿adónde puedes llegar?
¿Recuerdas la parábola de predicó Jesús del trigo y la cizaña? Jesús nos habla de un campo sembrado de trigo; una noche un enemigo del dueño del campo sembró cizaña. La cizaña es una planta que se parece mucho al trigo; pero que no sirve para nada. Del trigo sale el pan, de la cizaña nada, solo sirve para hacer un fuego con ella y quemarla (Mateo 13, 24-43).
Nuestra vida es un campo en el que Dios ha sembrado trigo, ha sembrado la gracia que nos hace hijos suyos, y hace que poco a poco, si pongo de mi parte lo que pueda, me vaya pareciendo e identificando con Cristo. Pero, como consecuencia del pecado original, notamos el mal dentro de nosotros: son las malas inclinaciones. Por ejemplo, eres generoso pero también tienes un genio atroz; eres trabajador pero te cuesta prestar tus cosas; eres optimista pero inconstante; y podríamos seguir… Esto es, eres una buena persona, pero que, a veces, haces cosas que están mal.
Todos los hombres tenemos cosas buenas, y también todos tenemos cosas malas. Descubre lo bueno que hay en ti para cultivarlo y que así crezca. Y descubre también lo malo, para que intentes cambiarlo poco a poco, con la ayuda de Jesús y de María.
Por otra parte, si quieres ayudar a los demás, no olvides que incluso las personas que peor te caen porque ves que tienen muchas cosas que te molestan, tienen también cosas buenas… y ayúdales a cultivarlas.
Señor mío y Dios mío, gracias por lo bueno y perdona lo malo que hay en mí.
Ahora te toca a ti hablar a Dios con tus palabras, comentándole lo leído o lo que quieras.
Marzo
9
Hoy es día de Cuaresma
Santa Francisca Romana. 1384-1440.
Casada aún adolescente, vivió cuarenta años en matrimonio, siendo excelente esposa y madre de familia. En tiempos difíciles ayudó a los pobres, y al quedar viuda, se retiró a vivir entre las oblatas que ella había reunido bajo la Regla de san Benito, en Roma.
Marzo
10
Hoy es día de Cuaresma
María Eugenia de Jesús Milleret Brou. 1817-1898.
En París, en Francia, fundadora de la Congregación de Hermanas de la Asunción, con 22 años, para la educación cristiana de niñas.
Marzo
11
Hoy es día de Cuaresma
San Constantino de Escocia, Rey y Mártir. Siglo VI.
Era un rey de vida desarreglada, se convierte aún joven y se va a Irlanda. Tras 7 años de vida penitente se ordena sacerdote. Al volver a Escocia como monje a predicar muere a manos de paganos. Se le considera el primer mártir de Escocia.
Marzo
12
Hoy es día de Cuaresma
Santa Fina de San Geminiano. 1238-1253.
En la ciudad de San Geminiano, en la Toscana, desde sus tiernos años sobrellevó con invicta paciencia, apoyada en sólo Dios, una prolongada y grave enfermedad.
Marzo
13
Hoy es día de Cuaresma
San Rodrigo de Córdoba, Presbítero y Mártir. Siglo IX.
Vivió el Emirato de Córdoba. Uno de sus hermanos, fanático de Mahoma, le acusó de prevaricador y apóstata y lo condujo a prisión. Allí conoció a otro mozárabe: Salomón. Ambos murieron degollados.
Marzo
14
Hoy es día de Cuaresma
Santa Matilde, Reina. 895-968.
En Quedlinburg, Sajonia, en Alemania, esposa fidelísima del rey Enrique I, la cual, conspicua por la humildad y la paciencia, se dedicó a aliviar a los pobres y a fundar hospitales y monasterios.
Marzo
15
Hoy es día de Cuaresma
Santa Luisa de Marillac. 1591-1660.
En París, en Francia, viuda, que con el ejemplo formó el Instituto de Hermanas de la Caridad para ayuda de los necesitados, completando así la obra delineada por san Vicente de Paúl. Es patrona de la Asistencia social.
Marzo
16
Hoy es día de Cuaresma
Santo Heriberto de Colonia, Obispo. 970-1021.
Siendo canciller del emperador Otón III, fue elegido a la fuerza para la sede episcopal. Fundó el monasterio benedictino y la iglesia de Deutz. Fue considerado santo ya en vida.
Marzo
17
Hoy es día de Cuaresma
San Patricio, Obispo. 385-461.
Siendo joven, fue llevado cautivo desde Gran Bretaña a Irlanda donde fue pastor de ovejas. Recuperada la libertad, se hizo sacerdote y regresó a la misma isla hecho obispo. Convirtió a Irlanda al cristianismo.
Marzo
18
Hoy es día de Cuaresma
San Cirilo de Jerusalén, Obispo y Doctor de la Iglesia. 315-386.
A causa de la fe sufrió muchas injurias por parte de los arrianos y fue expulsado con frecuencia de la sede. Son famosas sus 29 Catequesis.
Marzo
19
Hoy es día de Cuaresma
San José, Esposo de la Virgen María.
Varón justo, nacido de la estirpe de David, que hizo las veces de padre al Hijo de Dios, Cristo Jesús, el cual quiso ser llamado hijo de José y le estuvo sujeto como un hijo a su padre. Es considerado Patrono de la Iglesia Universal.
Marzo
20
Hoy es día de Cuaresma
San Juan Nepomuceno, Presbítero y Mártir. 1250-1393.
En Praga, en Bohemia, que por defender la Iglesia sufrió muchas injurias por parte del rey Venceslao IV y, expuesto a tormentos y torturas, aún respirando fue arrojado al río Moldava.
Marzo
21
Hoy es día de Cuaresma
San Nicolás de Flüe, Ermitaño. 1417-1487.
Suiza. Por inspiración divina, dejó a su esposa y a sus diez hijos, retirándose al monte, donde llegó a ser famoso por su penitencia. De su celda sólo salió una vez, y fue para apaciguar una guerra civil.
Marzo
22
Hoy es día de Cuaresma
San Bienvenido Scotívoli, Obispo. 1188-1282.
En Osimo, del Piceno, en Italia, elegido por el papa Urbano IV para esta sede, trabajó por la paz entre los ciudadanos y, según el espíritu de los Hermanos Menores, quiso morir sobre tierra desnuda.
Marzo
23
Hoy es día de Cuaresma
Santo Toribio de Mogroviejo, Obispo. 1538-1606.
Obispo de Lima, de origen español, fustigó en sínodos los abusos y los escándalos en el clero, defendió con valentía la Iglesia, catequizó y convirtió a los pueblos nativos. Fundó el primer seminario en América.
Marzo
24
Beata María Karlowska, Fundadora. 1865-1935.
Polonia, instituyó la Congregación de Hermanas del Divino Pastor de la Providencia Divina, cuya finalidad era que recuperasen la dignidad de hijas de Dios las jóvenes y mujeres pobres caídas en la corrupción de costumbres.
Dame la tranquilidad de que tienes a Dios en la agenda.
El Señor ha resucitado. Éste es el grito que lanzamos los cristianos llenos de alegría. Una de las cosas que más nos duelen es que personas a quienes queremos no puedan disfrutar de la compañía y amistad de Jesús. El subdirector del periódico italiano Il Corriere della Sera publicaba esta carta dirigida a su hijo:
CARTA A UN HIJO
«Te marchas por amor a una compañera, hijo mío, no por odio hacia nosotros. No huyes de esta familia, vas a constituir otra.
»Si nos hemos encontrado bien juntos, si lo que yo pienso te ha interesado, detente un momento a considerar mi conocimiento de Dios.
»Si te cuento un film que he visto, me escuchas y tal vez irás a verlo.
»Si te presento una persona que he apreciado, te fías de ella.
»Infórmate sobre este amigo que nunca has querido conocer. Considera, sin aversión, la posibilidad de que llegue a ser también amigo tuyo, porque es amigo mío, mi amigo y padre.
»Tiene sentido, al menos sentimental, que un padre mío sea también padre tuyo. (O, por lo menos abuelo: sería dulcemente ridículo, aunque no teológicamente incorrecto, rezar un “Abuelo nuestro que estás en el cielo”. Con esto espero que al menos te habré hecho reír.)
»No hay ninguna extorsión en mi petición. No hay ninguna obligación filial. No hay ninguna presión sobre tu libertad.
»Cuando te he dicho que valía la pena leer un determinado libro, al menos has abierto una de sus páginas, por curiosidad o respeto, ciertamente por amor.
»Ahora estás ocupado, debes trabajar, construir, programar. Estás rodeado de gente. Un día te nacerá un hijo. Preséntalo a mi Dios, como yo te presenté a ti y mi madre me presentó a mí.
»Como hacían los pigmeos en la selva. Decían: “A ti, el creador, a ti, el todopoderoso, ofrezco esta nueva planta, nuevo fruto del viejo árbol. Tú eres el padre, nosotros somos tus hijos”.
»Si te basto como padre y le bastaré a tu hijo como abuelo, trata al menos como tío a este Dios que yo considero padre tuyo y padre mío.
»Hay tiempo para descubrirlo. Pero dame la tranquilidad de que lo tienes en la agenda, como dices tú. Dios en la agenda. El resto lo hará él .»
Señor, puedo pensarlo un par de veces. Que sepamos transmitirte, que sepamos recibirte, que sepamos contagiarte. Pero… ¿reservo tiempo en mi agenda para ti?
Ahora te toca a ti hablar a Dios con tus palabras, comentándole lo leído o lo que quieras.
Marzo
25
La Anunciación del Señor, Solemnidad.
En la ciudad de Nazaret, el ángel del Señor anunció a María: Concebirás y darás a luz un hijo, y se llamará Hijo del Altísimo. María contestó: He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra. Y así, el Hijo de Dios se hizo hombre por obra del Espíritu Santo.
Oración del general MacArthur: lo malo no es sufrir, sino no saber sufrir
Otra carta, también de un padre, pero esta vez no la dirige a su hijo, sino a Dios para hablarle de su hijo. Es del general MacArthur. Escribió esta oración para pedirle a Dios un hijo… y lo mejor para él. Sorprendentemente, no pide para él una vida fácil, sino una vida plena. Puedes rezarla ahora, mientras la lees, pidiendo para ti lo que él pide para su hijo o pidiéndoselo para quien quieras.
«Dios Padre, dame un hijo que sea lo bastante fuerte como para tener conciencia de sus debilidades, lo bastante valiente para recobrarse de ánimo cuando tenga miedo. Un hijo que sepa aceptar con nobleza la derrota honrosa y ser sencillo y generoso con la victoria.
»Dame un hijo que tenga el corazón y la cabeza en su sitio. Un hijo que te conozca y sepa que el conocerte a Ti es la piedra angular de la sabiduría.
»Te lo pido, Señor: no le lleves por los caminos fáciles, sino por los senderos erizados de obstáculos y dificultades. Enséñale a permanecer fiel en las tormentas y a compadecerse de los que han caído.
»Dame un hijo, Señor, de corazón puro, con aspiraciones elevadas, que sepa ser dueño de sí mismo antes de querer mandar sobre los otros, que sepa reír sin olvidar cómo se llora, que mire el porvenir sin perder de vista el pasado.
»Y cuando tenga todo esto añádele, Señor, te lo suplico, unas gotas de buen humor para que sepa mantenerse siempre sereno, sin tomar nunca las cosas por el lado trágico.
»Dale humildad para que recuerde siempre la comprensión de la verdadera sabiduría y la serenidad de la auténtica fortaleza. Gracias, Señor. Entonces yo, su padre, me atreveré a confesarme a mí mismo: ¡No has vivido en balde!»
Jesús está vivo: ha resucitado. Tras su vida y su Pasión, llega la vida eterna del Resucitado. El sufrimiento no es un absurdo: es como una medicina, que aunque el sabor sea amargo, puede curar nuestra alma; si lo aprovechamos puede hacernos más capaces de amar, nos enseña a saber prescindir de cosas que pueden esclavizarnos…
Con la resurrección, aprendemos del Maestro el valor que puede tener el sufrimiento. Escribe Mounier: «Y sin ningún deseo de retórica o de presunción, agradezco a Dios haber sufrido cuando llegó la ocasión… no hay nada como el sufrimiento para reconciliarse con las cosas y con la vida misma.» Lo mismo dicen tantos otros que han sufrido. Pero lo dicen cuando se acaba el sufrimiento. Sólo cuando se termina, cuando se entiende —más o menos— que «convenía». Mientras tanto, sufrir y esperar. Pero esperar bien, ¡con esperanza! Después de la pasión viene la resurrección.
Señor, enséñame a sufrir, enséñame a esperar, enséñame a amar. Quiero ahora agradecerte expresamente algunos momentos de mi vida en los que he sufrido mucho (díselos en concreto, recuerda con él los momentos duros de tu vida pasada). Gracias por lo que me has concedido con ocasión de estas «malas temporadas». Que los momentos de dolor los pase más unidos a nuestra Madre.
Ahora puedes hablar con Dios con tus palabras, y quizá hacer tuya —y decírsela de nuevo— la oración de MacArthur, aplicada a ti o a alguien a quien quieres.
Marzo
26
San Braulio de Zaragoza, Obispo. Siglo VII.
Amigo íntimo de san Isidoro, colaboró con él para restaurar la disciplina eclesiástica en toda Hispania. Escribió las Actas de los mártires de Zaragoza y más de 44 cartas, gracias a las cuales pueden llegar a conocerse muchos aspectos de la España visigoda.
Dios habla con hechos
Un chiste. Hubo unas inundaciones. Alarma general. Todo el mundo salió de sus casas pues el agua empantanaba ya la zona, y amenazaba mayor crecida de aguas. Protección Civil y Cruz Roja envían lanchas de salvamento. A la puerta de un caserío se para una de las lanchas, y el aldeano que allí se encuentra les dice: No, no; id a recoger a otros, que a mí la Providencia me salvará. Al cabo de un rato, el agua cubriéndole ya por la cintura, llega otra lancha, y les dice lo mismo: No, no; id a recoger a otros, que a mí la Providencia me salvará. Tuvo suerte, y cuando el agua le llegaba la cuello, otra lancha le ofreció su socorro: No, no; id a recoger a otros, que a mí la Providencia me salvará. No llegó ninguna otra lancha, y el aldeano murió ahogado. Su entrada en el Cielo la hizo entre protestas: san Pedro, yo confiando en la Providencia, y la Providencia… nada, dejó que me ahogara. La respuesta fue inmediata: ¿Cómo que nada…? ¡¡¡Tres lanchas te he enviado!!!
El chiste tendrá más o menos gracia, pero lo que sí tiene es mucha teología. La providencia no consiste en nada raro ni extraordinario, como al parecer pensaba el aldeano del chiste. Cada una de esas tres lanchas era la providencia actuando.
Se equivoca el aldeano al pensar que aquellas lanchas responden exclusivamente a la iniciativa de hombres. Es verdad que Protección Civil y Cruz Roja son los que envían aquellas lanchas. Pero Dios tiene la capacidad de emplear todas las circunstancias y todos los actos humanos libres al servicio de su plan, al servicio de su guión en el que cada uno es protagonista principal.
Dios nos habla con los hechos. Dios nos habla con las circunstancias. Dios nos habla con cada cosa que nos ocurre. Dios nos habla con cada persona que pone a nuestro lado.
Hay una parábola en la que Jesús explica este hecho claramente. Cuando estaba diciendo que hemos de amar al prójimo, uno le pregunta, como queriendo excusarse: ¿Y quién es mi prójimo? (prójimo significa próximo). Y Jesús expone la parábola del buen samaritano: un pobre judío es asaltado por unos ladrones; lo dejan apaleado y medio muerto al borde del camino. Pasan otros dos judíos, que deberían sentirse implicados: un sacerdote y un escriba, y no le hacen ni caso. Pasa por fin un samaritano, que era el menos próximo al apaleado —estaban enemistados los judíos y los samaritanos—, le recoge, le lleva a una posada y le procura todo tipo de cuidados. Y dice Jesús: Haz tú lo mismo (Lucas 10, 25-37). Con esta parábola nos está diciendo: ¿Quién es mi prójimo? El que Dios te pone delante para que le ayudes.
Dios pide a todos los hombres que amemos. Pero a mí me habla poniéndome delante una persona concreta, que quizá me encuentro por casualidad, quizá porque es mi pariente o mi compañero de trabajo, o mi vecino de arriba. Dios me habla con esa persona que pone junto a mí. Dios me pide que actúe poniéndola en unas circunstancias determinadas. Dios me habla en cada cosa que sucede.
Tan convencidos estaban de esto los que convivieron con Jesús que, cuando tienen que elegir otro apóstol que sustituya a Judas, le piden a Dios que lo elija de entre los candidatos. Lo echan a suertes, y le toca a Matías. Después rezan agradeciendo a Dios su elección; pero habían sido unos dados los que designaron a Matías (Hechos 1, 15-26).
Entonces, ¿cómo habla Dios? Dios habla con todo: con los hechos, con las leyes naturales, con las circunstancias, con las «casualidades», con mis limitaciones personales, con la inteligencia que me ha dado, con la conciencia personal…
Pero ¿cómo habla, si es invisible? Es invisible, pero habla a través de todo lo visible; por lo que podríamos decir que el mundo es la boca de Dios, que me habla con cada suceso.
Y ¿cómo habla si se encuentra tan lejano? Es en la intimidad donde habla, pero puedo abrirle la intimidad y encontrarle en ella, o bien puedo tenerla cerrada. Si tengo cerrada la intimidad, entonces sí es verdad que Dios se encuentra muy lejano como para hablarme. Por eso, cuando alguien tiene temor a que Dios pueda pedirle algo en contra de su voluntad, la reacción natural y más eficaz es la de no pensar, no considerar en mi intimidad los hechos, no rezar… porque ése es el modo de poner una distancia enorme entre Él y yo. Por el contrario, quien quiere escucharle… abre su intimidad. Como dice el evangelio que hacía María: «María guardaba todas estas cosas ponderándolas en su corazón» (Lucas 2, 19).
Señor, Dios vivo, enséñame a escucharte. Es rasgo de tu familia cristiana entendernos bien contigo, saber escucharte y verte en todo. Enséñame, Señor. Quiero estar pendiente de tu boca.
Sigue hablando con él, y trata de convencerle de que te ayude a verle en todo… Puedes repasar algunos hechos recientes en los que quizá estaba él hablándote y no lo habías descubierto.
Marzo
27
San Ruperto, Obispo. Siglo VII-VIII.
Siendo originario de la región de Worms, a petición del duque Teodon se dirigió a Baviera y en la ciudad de Salzburgo estuvo al frente como obispo y como abad, y desde allí difundió la fe cristiana.
Lo que hago es lo mismo, pero no es igual
La clave de la felicidad y del sentido no se encuentra en hacer una cosa u otra, sino en la actitud con que se afronta la actividad que a uno «le toca», en el modo de realizarla y de entregarse a ella. Asistir a clase, poner gasolina en una estación de servicio, estar de peluquera o vender pescado… puede ser un trabajo mío —el modo en el que yo sirvo a los demás, el lugar desde el que desarrollo mi creatividad, el medio a través del que yo me hago y me doy…— o puede ser un trabajo ajeno; realizado por mí, sí, pero en el que mi yo está ausente: paso, lo hago de mala gana y sólo de manera obligada, porque no me queda más remedio, arrastrándome y entre quejas.
Quien no sabe mirar recreando vive a la expectativa de lo extraordinario, buscando aquello que se sale de lo habitual: lo de siempre cansa, resulta insípido, no dice nada. Es entonces cuando se tiene la sensación de vivir en un tubo largo y gris —«mi vida es un tubo»— que no ofrece alicientes. El día transcurre dentro de mil obligaciones que se me imponen: tengo que hacer esto, ir a clase o a la oficina, limpiar la casa, comer, un recado… Es importante recrear la realidad. ¿Qué quiere decir recrear? Se recrea cuando uno se entrega gustosa y libremente a lo que hace, cuando se convierte una actividad cualquiera en mi actividad, cuando «lo que tengo que hacer» lo he transformado en mi gozoso privilegio de hoy.
Éste es el motivo por el que cualquier vida —¡cualquiera!— puede ser apasionante, o puede ser insufriblemente aburrida. Solemos decir, con el poeta, que cada cosa adquiere el color del cristal con que se mira; tenemos que aprender a mirar las cosas con el cristal que recrea. Se trata de meterme en las cosas, de poner ilusión, de entregarme a los demás en lo que hago, de hacerlo bien… pensando en los demás y en Dios.
Un ejemplo. Una chica había estado una semana atendiendo niños en una especie de campamento. Lo había pasado francamente bien y estaba contenta y satisfecha. A su vuelta, fue a recogerle a la estación de autobuses su hermano. Cuando alegremente ella le cuenta lo que ha hecho durante esos días, su hermano exclama: «¡Qué pringada!, ¡menudo plan!» La valoración de su hermano le sorprende, pero al pensar fríamente lo que había hecho durante esos siete días, se da cuenta de que realmente tenía razón su hermano: lo que había hecho no era nada del otro mundo, y en realidad ella era una pringada, tan pringada que encima se lo pasaba bien con aquel aburrido plan.
¿Qué había ocurrido? ¿Era ella una infeliz que se emocionaba con cualquier cosa? No. Sencillamente, ella en los días de campamento se había entregado a lo que hacía y a los niños, y esos días —por lo tanto— habían estado cargados de sentido. Ella había establecido una vinculación afectiva con aquello, lo había recreado. Cuando ella se distancia y lo ve fríamente, como lo veía su hermano, aquello dejaba de tener sentido: lo había dejado de ver desde su interior, lo estaba mirando cerrada a la verdad más íntima de lo que había realizado.
Ayúdame, Señor, a darme a los demás y a ti en todo lo que hago. Entonces, todo será distinto aunque lo haga por enésima vez. Si pongo amor y la vida en lo que hago, todo estará lleno de sentido. ¿Cómo me doy en lo que hago? ¿Pongo ilusión en mi trabajo? ¿Y en lo que tengo que hacer en casa? ¿Y en…? Que los cristianos heredemos de ti, Jesús, el rasgo de poner corazón, pasión, ilusión en todo lo que hacemos.
Ahora te toca a ti hablar a Dios con tus palabras, comentándole lo leído o lo que quieras. Mira en qué cosas no te entregas, qué cosas haces sin ilusión… y pregúntale cómo cambiar.
Marzo
28
San Doroteo de Gaza, Asceta. Siglo VI-VII.
En su infancia y adolescencia tenía pánico a los estudios, pero al entrar en el monasterio se entregó de lleno a ellos. Llegó a ser abad y escribió libros ascéticos acerca de la vida monástica.
La leyenda de los siete durmientes de Éfeso
«El emperador dejó la ciudad de Cartago y se retiró a Éfeso, donde ordenó construir en el centro de la ciudad un templo, en el que colocó los ídolos, ordenando al pueblo que los adoraran y les ofrecieran sacrificios. El que no lo hiciera sería ejecutado. Por este motivo, muchos jóvenes fueron crucificados y expuestos en las murallas de Éfeso.
»Decio mandó prender a siete jóvenes, escogiéndolos entre las familias más importantes de Éfeso. Los nombres de estos jóvenes eran: Maximino, Aplico, Diano, Martino, Dionisio, Antonio y Juan. Como no se postraban ante los ídolos, los espías del emperador lo pusieron al corriente del hecho. Decio montó en cólera y ordenó encarcelarlos. Teniendo que marchar a una expedición, el rey los mandó liberar con la idea de tomar una resolución a su vuelta.
»Una vez que marchó de la ciudad, los jóvenes tomaron todo aquello que poseían y se lo entregaron a los pobres. Después se retiraron a un monte escarpado al este de Éfeso. Había una gran caverna y allí se escondieron. Todos los días, por turno, uno de ellos bajaba al pueblo a buscar comida y a recoger noticias. Decio volvió y preguntó por los jóvenes. Le dijeron que estaban en el monte en una cueva. Ordenó obstruir la entrada para que murieran. Pero Dios envió a los jóvenes un sueño profundo y se durmieron. Parecían muertos. Pusieron sellos de plomo y cerraron la puerta de la cueva.
»Trescientos setenta años después, en el octavo año del reinado del emperador Teodosio el Grande, reaparecieron los jóvenes. Los pastores de aquella zona, con el transcurso del tiempo, habían ido removiendo los ladrillos que tapaban la boca de la cueva hasta lograr una abertura como una puerta. Los jóvenes pensaban que habían dormido sólo una noche, de tal manera que decían:“Ve a comprar comida y tráenos noticias de Decio.”
»El que fue no podía dar crédito a sus ojos. Se los frotaba pensando que estaba soñando al ver en la ciudad una cruz victoriosa. Pensaban que habían extraviado el camino y que ésa no era la ciudad de Éfeso. Tomó una moneda y fue al panadero a buscar el pan. El panadero, al verlo vestido de forma extraña y con una moneda del tiempo de Decio, se turbó y pensó que había encontrado un tesoro. Por eso le dijo: “¿Dónde has encontrado esa moneda?” El joven no respondió, y el panadero llamó a los vecinos. Se juntó mucha gente que le hacía preguntas al joven, pero este no respondió.
»Lo llevaron ante el gobernador de la ciudad, de nombre Antípatro, pero no respondió una palabra, a pesar de las amenazas. Ni siquiera respondió a Marcos, obispo de la ciudad. Le torturaron y, en medio del dolor, dijo: “¿Dónde está el rey Decio?” Le contestaron: “Ha muerto.” Muchos otros han reinado después, y ahora la religión oficial es el cristianismo y nuestro emperador es Teodosio.
»Tranquilizado, contó lo que había sucedido. Fueron a la cueva y encontraron a los compañeros, los sellos y las láminas de plomo escritas por Tadeo, el secretario de Decio. Maravillados, los habitantes de Éfeso escribieron a Teodosio contándole la historia. Teodosio se puso inmediatamente en camino, llegó a Éfeso y habló con ellos. Tres días después, los jóvenes fueron a la cueva y allí les sorprendió la muerte. El emperador Teodosio ordenó darles sepultura en la cueva, construyendo sobre ella una iglesia en su nombre. Y comenzó a celebrarse en su honor todos los años una fiesta. Después, el rey Teodosio marchó a Constantinopla.»
Se trata de una leyenda, no de algo que necesariamente haya ocurrido. Lo he copiado de los anales del Patriarca Eutiquio, de Alejandría. Pero nos habla de una verdad que estaba muy presente en los primeros siglos de la Iglesia: aquellos jóvenes quisieron ser fieles; tuvieron que huir, esconderse y malvivir, pero al final… la victoria es de Jesucristo. Sí, Jesús ha resucitado, ha vencido la muerte, el amor ha vencido el odio, el bien al mal. Aunque a veces nos toque ver derrotas del bien y del amor, derrotas de Jesucristo y su mensaje, sabemos que la victoria final es de Cristo.
Jesús resucitado, que vivamos con una fuerte esperanza. Que no nos ciegue el día a día: que hagamos lo que tenemos que hacer, el bien, y que sepamos esperar.
Ahora te toca a ti hablar a Dios con tus palabras, comentándole lo leído o lo que quieras.
Marzo
29
San Marcos de Aretusa, Obispo. Siglo IV.
Obispo en Aretusa, en Siria, que durante la controversia arriana no se desvió lo más mínimo de la fe ortodoxa y, bajo el emperador Juliano el Apóstata, fue perseguido.
¡Qué peñazo… otra vez Navidad!
Una conocida película de Walt Disney tiene por protagonistas a tres patitos. Con ilusión viven los preparativos de la Navidad. Por fin llega el esperado día; cada detalle es motivo para que disfruten «como niños». Cuando llega la noche, con la desilusión del goloso que ve acercarse el final de su pastel, se entristecen y, ya metidos en la cama, comentan compungidos lo maravillosa que sería la vida si todos los días fuesen Navidad. Su sorpresa es grande la mañana siguiente: su deseo se ha realizado: ¡de nuevo es Navidad! La siguiente mañana, lo mismo. Y la siguiente, la siguiente y la siguiente a la siguiente… Disfrutan y disfrutan un día y otro. Pero no hacen falta muchos más para encontrar a los pequeños patitos en uno de esos tediosos despertares: sentados al pie de sus camas, con cara de aburrimiento, ven horrorizados que de nuevo les espera otro día de Navidad:
¡Oh, qué peñazo… otra vez Navidad!
Era de suponer. Es que ser Reina por un día… a cualquiera puede gustarle; serlo todos los días… es otro cantar. Si imaginamos cómo viviríamos un solo día de nuestra vida, si solo fuese uno… Seguramente valoraríamos cada detalle. Tener manos no es ninguna tontería; y el matutino café con leche calentito, que se toma charlando con la mujer o con el amigo; y ese árbol; y el beso de un hijo o de un padre, y…
Tengo la suerte de conservar la entrevista que hicieron en la radio a Javier Mahillo —de estudiantes, éramos compañeros en la Facultad de Filosofía—, padre de cuatro niños. La entrevista se la hacen a propósito del cáncer que padecía: los médicos le dieron seis meses de vida, y se cumplió el pronóstico. Es el testimonio de alguien que redescubre el valor de lo dado:
«Sí, pero cuando no tienes la cuenta del tiempo que te queda, se te va más; o sea, un estudiante que dice: “Bueno… el examen será un día del mes, no sé cuándo; bueno, pues ya iremos estudiando…” Pero cuando dicen: “es pasado mañana”, ya controla el tiempo y dice: “me quedan dos mañanas y dos tardes, y tantas horas, y tal”; y entonces aprovecha más.
»Como a mí el tiempo ya me escasea, lo estoy aprovechando más que antes —también porque me he quitado el dolor, ¡desde luego!—, pero lo estoy disfrutando porque… no sabes, Víctor, la diferencia entre vivir pensando que la vida es muy larga —vete a saber qué es lo que me pasará, vete ahorrando para el futuro…—, y vivir sabiendo que me quedan seis meses, y que tengo ya un pie en el cielo, y que tengo un billete ya y que está a mi nombre y que no lo voy a cambiar con nadie. (…)
»Disfruto de la primavera tan bonita que tenemos en Mallorca. Y después el café con leche, y la tostada de mantequilla, y disfruto de mis hijos como nunca he disfrutado.
»—¿Las cosas cotidianas adquieren un nuevo sentido? —pregunta el periodista.
»—Una maravilla; si echáramos cuenta, al cabo del día descubriríamos que hay cincuenta, sesenta, ochenta ocasiones en las que es para decir: ¡Qué gustazo!, ¡qué bien me lo estoy pasando! Lo que pasa es que normalmente las dejamos pasar, porque nos quedamos solamente en lo malo: “es que luego tengo una reunión, es que mañana tengo un examen, es que mi hijo no sé qué…”, y entonces lo malo nos oculta lo bueno. Pero momentos buenos del día… ¡tenemos cincuentamil!»
Acostumbrarnos a lo normal, a lo que es habitual, equivale a maltratarlo.
La enorme capacidad de acostumbramiento que tenemos los hombres adormece el amor. Ante algo que se nos da —pongamos por caso un desayuno, un beso o un saludo, el de esta mañana—, es posible reaccionar pensando: «Es lo que tenía que hacer; ¿qué tiene de especial, si está obligado a comportarse así?; era lo que yo esperaba, pues es lo habitual entre nosotros; ¡sólo faltaba que no me diese un beso…!» Pero también se puede reaccionar de esta otra forma: «¡Qué buena persona, que me ha dado esto! ¡Cuánto me quiere! Pudiendo haber estado en otra cosa, me ha tenido presente… No tenía por qué prepararme el desayuno, pero lo ha hecho porque le ha dado la gana…» Es muy distinto ver las cosas de un modo u otro. La primera reacción deforma, es injusta y nos hace difícil amar; trivializa el don e impide el agradecimiento. Es preciso combatirla.
Aunque lo que se nos da sea muy pequeño, no debemos ser indiferentes. Agradecerlo todo. Tenemos que conseguir no caer en la indiferencia. No podemos acostumbrarnos a lo que nos dan, aunque sea pequeño. ¿Cómo?
Dar importancia a lo pequeño. Darnos cuenta de que hay alguien que, libremente, me da eso. Obligarse a recordar, una y otra vez, un día y otro, ante cada una de las realidades y acontecimientos: «Esto me ha sido dado libremente.»
Ése es el riesgo: olvidarnos de que todo lo hemos recibido. Nos hacemos engreídos y cretinos cuando lo olvidamos.
Gracias, Señor, por todo. Y gracias por el corazón capaz de bondad que has dado a los hombres y mujeres de los que también recibo tanto. Gracias, y no permitas que me haga cretino ni engreído. Gracias por tu resurrección, gracias por la vida nueva que nos das, gracias porque todo nos lo das porque te da la gana, en un acto de tu formidable libertad. Que no me acostumbre a nada. Que disfrute y agradezca las cincuenta mil cosas pequeñas de cada día.
Ahora te toca a ti hablar a Dios con tus palabras, comentándole lo leído o lo que quieras. Date cuenta de que te escucha… ¡como sólo él sabe escuchar!
Marzo
30
San Leonardo Murialdo, Presbítero y Fundador. 1828-1900.
En Turín, Italia, fundó la Pía Sociedad de San José, para educar en la fe y la caridad cristianas a los niños abandonados.
El cristiano crece recordando
Escribe santa Catalina de Siena: «No avanzar es retroceder, pues el alma no puede jamás estar quieta. Y ¿cómo podremos nosotros, muy queridos hijos, aumentar el fuego en el santo deseo? Poniendo la leña sobre el fuego. Pero ¿qué fuego? El recuerdo de los numerosos e infinitos favores de Dios, que son innumerables, y sobre todo el recuerdo de la sangre vertida por el Verbo, su Hijo único, para mostrarnos a nosotros el amor inefable que Dios nos tiene; recordando este favor y tantos otros, veremos aumentar nuestro amor» (Kephas I, págs. 23-24).
Tres veces aparece la palabra «recuerdo» en las pocas líneas de la santa. Se ve que ella tiene muy claro que lo primero es lo primero, y es preciso recordarlo; para avanzar, es decir, para andar hacia delante en el trato con Dios, lo primero es recordar que soy amado de Dios, recordar lo que su amor ha hecho y hace por mí.
«Recordar» viene de la palabra latina «cor», que significa «corazón». «Re-cordar» significa, por tanto, volver a pasar algo por el corazón. Y dice santa Catalina que el fuego de nuestra relación con el Señor se alimenta con el recuerdo de sus acciones: es decir, porque volvemos a pasar por nuestro corazón lo que él ha hecho, y ha hecho por nosotros. Se trata de tener siempre fresco lo que él ha hecho y hace por mi persona: ésa es la leña, lo que alimenta el fuego en el santo deseo.
Lo que busca el cristiano, lo primero y más importante, no es el deseo de ser buenas personas. Para ser buena persona no es imprescindible el cristianismo. La motivación auténticamente cristiana no es un deseo sin más, sino un «santo deseo» —como lo llama santa Catalina—: el de responderle porque soy amado de Dios, y lo sé y lo recuerdo. Soy amado y, como respuesta, porque él me quiere, porque le gustará, porque se lo merece… yo voy a hacer esto.
Quizá no lo sienta, pero sé que es verdad que él me quiere: y lo que quiero es obrar como amado suyo, porque él lo merece y quiero que —como dice el salmista— mi delicia sea cumplir sus mandamientos (Sal 119), porque sé que quien siga el buen camino verá la salvación de Dios (Sal 50).
Es algo bien natural. Cuando vemos fotos antiguas con la familia, vídeos de un viaje con amigos, fotografías de una celebración… el recuerdo de esos momentos nos une a los demás al volver a pasarlos por el corazón: despiertan el corazón y nos unen más. El cristiano, por eso, también recuerda… y disfruta recordando.
Señor, que eche leña al fuego de mi relación contigo. Esa leña es recordar. Cada crucifijo que veo, cada sagrario por el que paso, cada misa a la que asisto, cada día que veo salir el sol, cada vez que veo algo bello que has creado… puedo recordar lo que tú has hecho por mí. Que no me acostumbre, que lo vuelva a pasar por el corazón.
Ahora te toca a ti hablar a Dios con tus palabras, comentándole lo leído o lo que quieras, y pierde un rato recordando…
Marzo
31
Beata Juana de Toulouse. Siglo XIII.
Fue admitida en la orden de los Hermanos Carmelitas de Palestina establecidos en Toulouse tan sólo 25 años antes, en 1240. Fue venerada como la fundadora de las Terciarias y ayudaba a pobres y enfermos.
Cristina y «Todo lo puedo en Cristo Jesús»
«… me gustaría referiros brevemente una anécdota sobre una de mis sobrinas, hija de madre atea y padre musulmán, divorciados, que este año pidió el bautismo y la comunión a los 13 años, gracias a su contacto con las religiosas del colegio en el que estudia —decía Cristina López Schlichting en una conferencia—. Las dos fuimos al Retiro madrileño, a conversar. Anduve en silencio un buen rato, rezando y pensando, porque no sabía cómo explicarle lo que iba a ocurrir en la ceremonia, su significado profundo. Le pregunté qué deseaba en la vida. «La paz del mundo», dijo.
»—Está bien —contesté—, soñemos que Dios nos la concede y se acaban todas las guerras. ¿Qué más desearías?
»—Que no hubiese hambre —contestó de inmediato muy bien aleccionada.
»—Muy bien —seguí—, imaginemos que el Señor también nos lo concede y que el mundo queda ahíto y en paz. ¿Qué desearías?
»Entonces vaciló un instante, sonrió por primera vez y afirmó sin dudarlo: “¡Que un chico me quisiera!”.
»Sólo en ese momento respiré. Habíamos llegado al nivel de las necesidades primarias, al deseo de esta chica de ser amada. No es que lo demás no fuese justo y bueno, es que era, sencillamente, abstracto. A partir de ahí me resultó fácil anunciarle que había sido elegida, de forma ciertamente azarosa y arbitraria, para ser infinitamente amada, y que la preferencia que Cristo Jesús expresaba por su persona se traduciría en una vida más plena, con más posibilidades, parecida a la de sus tíos. Había sido elegida para ser feliz, esto es, para ser santa.»
Así es: sólo podemos descubrir lo que es ser cristiano cuando reconocemos que queremos ser queridos, que necesitamos que alguien nos ame. Ser cristiano es saber que Jesús me ama.
La conferencia continuaba así: «En la vida de todo cristiano hay un antes y un después del encuentro con Cristo, un antes y un después de un suceso, un acontecimiento que cambia la vida. Pensemos en la samaritana, que estaba en su fuente, la de todos los días, cuando pasa ese hombre peculiar y le pide agua. No debía de ser una mojigata ni una ñoña, porque llevaba cinco maridos en la cuenta y vivía con un hombre con el que no estaba casada, pero Aquél le habla de tal modo, de tal manera la mira, que ella empieza a hablar con Él de su vida. “No tengo marido”, le confiesa al desconocido, “Dame de esa agua que dices, para que no tenga más sed”, le pide. ¿Cómo es posible que una adúltera hable como una niña virgen? Pues ocurrió. Por eso hubo un antes y un después en la vida de aquella mujer, que salió corriendo a contárselo a todo el mundo.
»Los evangelios están llenos de este tipo de encuentros. Mirad a Zaqueo, el publicano, al que todos despreciaban porque se enriquecía a costa de su pueblo, un ladrón. Zaqueo es pequeño y trepa a un sicomoro para ver a ése que pasa, ha oído hablar de él y tiene curiosidad. Y Jesús pasa por debajo y dice: “Esta noche ceno en tu casa.” Así, gratuitamente, sin mérito alguno por su parte, Jesús lo elige entre otros muchos, probablemente más justos y más puros, otros que cumplían sus deberes y daban limosnas, que ayudaban a los pobres y a las viudas. Elige a Zaqueo y en ese momento la vida de Zaqueo cambia. No porque “se haga bueno”, sino porque todo lo que tenía adquiere de repente otro significado, el dinero, la relación con los demás, su vida entera queda cambiada cuando conoce a este Hombre y decide que no puede vivir un día más sin volver a escuchar su voz.
»Magdalena, Pedro, Zaqueo, la samaritana, eran gente poco recomendable. Y sus defectos ni siquiera quedaron borrados del todo por el contacto con el Señor, de hecho Pedro lo niega cuando Jesús más lo necesitaba, porque seguía siendo cobarde y mentiroso. Pero habían visto y tocado algo que los demás hombres, los piadosos y justos, no habían visto y tocado, por eso pueden decir: “Señor, sin ti ¿adónde iremos? Nadie más tiene palabras de vida eterna.” Por eso son santos.
»(…) Cuando más pasa el tiempo, a medida que transcurre la vida y adviene la madurez, más consciente soy de mi fragilidad ética y física. Y esto no es malo. Necesito ver lo que soy, reconocer los límites de mi humanidad, precisamente para poder pedir y experimentar qué es Su gracia, cómo es Él. Para saber que no son mis fuerzas las que me sostienen, para saborear el milagro. Es la única forma de afrontar la vida con esperanza. En medio de las dificultades y los sinsabores, uno puede decir con certeza: “Todo lo puedo en Cristo Jesús .”»
Jesús, tú has resucitado. Por eso digo, sí, que «todo lo puedo en Cristo Jesús». Ser santo no es algo que esté en mi mano, pero que tú me hagas santo sí está en la tuya. No renuncio, sino todo lo contrario; deseo firmemente ser santo, que tú me santifiques. Quiero tener la relación personal contigo, como la tuvieron Magdalena, Pedro, Zaqueo y tantos otros. Que no olvide que ser cristiano es, fundamentalmente, aceptarte, recibir el don que nos quieres dar y vivir contigo.
Ojalá hayas tenido tu experiencia como Magdalena, Zaqueo… Coméntala con él, y si todavía no la has tenido, grítale que lo deseas…
Abril
Oración inicial de cada día
Espíritu de amor,
creador y santificador de las almas,
cuya primera obra es transformarnos
hasta asemejarnos a Jesús,
ayúdame a parecerme a Jesús,
a pensar como Jesús, a hablar como Jesús,
a amar como Jesús, a sufrir como Jesús,
a actuar en todo como Jesús.
Espíritu Santo,
quiero hacerme dócil a tu enseñanza
y vivir fiel a los más pequeños toques
de tus inspiraciones divinas.
Sé mi luz y mi fuerza.
Tú que hablas en el silencio del alma,
dame el espíritu de recogimiento.
Tú que desciendes a las almas humildes,
dame espíritu de humildad,
enséñame a vivir de tu amor
y enséñame a repartir amor a mi alrededor.
Amén.
Oración final de cada día
Te doy gracias, Dios mío,
por los buenos propósitos,
afectos e inspiraciones
que me has comunicado
en este rato de oración.
Te pido ayuda para ponerlos por obra.
Madre mía Inmaculada,
san José, mi padre y señor,
Ángel de mi guarda,
interceded por mí.
Abril
1
San Celso, Arzobispo. Siglo XII.
De Armagh, asumió la sede siendo laico. Le tocó vivir una época agitada con múltiples conflictos entre los príncipes irlandeses, siendo asistido por San Malaquías. Reconstruyó la catedral de Armagh.
Recalculando
Me regalaron un GPS de la primera generación. No evitó que me perdiese cantidad de veces por Madrid, pero, en cierto modo, sí me enseñó a vivir. Introducía en el aparato la dirección a la que me dirigía; el, con la obediencia de la máquina, enseguida me hacía una ruta y, con su mecánica voz femenina, empezaba a darme indicaciones. pero siempre, ¡siempre!, cuando me encontraba a mitad de itinerario, decía la señorita: Pérdida de satélites. Recalculando.
El GPS dejé de usarlo, pero su enseñanza continúa siéndome útil. Recalculando. Todos los días debemos recalcular nuestro itinerario. Los hombres tenemos una facilidad mayor que la de mi GPS de perder los satélites que nos dan las coordenadas de nuestra vida. ¿Por qué hago las cosas? ¿Qué es lo que busco en mi trabajo? ¿Cómo veo a las personas con las que trabajo? ¿Cómo miro a los de mi familia? ¿Qué es lo que me mueve? ¿Qué me pone nervioso, qué me enfada y por qué? ¿por qué tengo miedo, por qué acumulo tensiones, por qué me siento inseguro? Con facilidad perdemos los satélites, nos despistamos. En lugar de dirigirnos a amar a Dios, a verle y descubrirle en todo, en lugar de querer a los demás y vivir para servirles… resulta que el yo dictador toma la voz cantante y nos extraviamos.
Los satélites del cristiano son esas realidades que están siempre ahí, y que pueden indicarnos en cada acción, cada día, el modo de llegar a donde queremos llegar. Verdades como que Dios es mi Padre, que me quiere, que me espera, que está junto a mí y en mí en cada momento, que Jesús ha resucitado, vive y actúa, me ama y acompaña, que ha vencido y con él soy vencedor, que cada prójimo es hijo de Dios y merece todo de mí… son las verdades que me deben dar continuamente la dirección correcta. Pero tendemos a olvidarlo.
Recalculando. Qué importante que es que todos los días volvamos a conectar con nuestros satélites y volvamos a calcular nuestra ruta. Necesitamos momentos concretos para recalcular, no vaya a ser que satélites no cristianos sean los que nos dirijan. Propongo tres momentos fijos para todos los días: nada más levantarnos, hacer un ofrecimiento de obras a Dios, cuando nos acostamos un brevísimo examen de conciencia, a lo largo del día una visita a un sagrario.
En el ofrecimiento de obras tomamos contacto con los satélites: le decimos, con las palabras que queramos, que gracias por ese día que nos da, que queremos vivirlo con él, y que querríamos hacer todo lo que él espera que hagamos: «Todo el bien que pueda hacer hoy, con tu ayuda, Señor, quiero realizarlo.»
En el examen de conciencia repasamos el día para ver por dónde se nos ha ido, qué bien hemos dejado de hacer. Le agradecemos lo bueno, le pedimos perdón por lo malo, le pedimos ayuda para hacer mejor tal cosa concreta el día de mañana.
Ir todos los días a un sagrario, aunque sea un par de minutos, nos recuerda a Jesucristo resucitado y vivo, a quien visitamos y con quien nos relacionamos de tú a tú. Y él nos dirá.
Gracias, Cristo resucitado. Que no separe mi vida de la verdad de tu resurrección. Me gustaría vivir, y vivir bien, esos tres momentos diarios en los que contigo recalcularé el camino para llegar al fin de mi vida, que es vivir la vida eterna que tú nos has ganado.
Ahora te toca a ti hablar a Dios con tus palabras, comentándole cómo concretar tus momentos para recalcular o lo que quieras.
Abril
2
San Francisco de Paula, Eremita y Fundador. Siglo XV
De Calabria, se hizo franciscano, pero despareció
dos años después. Fundó la Orden de los Mínimos
o de los Ermitaños de San Francisco de Asís.
Llevó una vida de dura penitencia.
2. Conciertos de guitarra con los pies
Corre por Internet un vídeo de Tony
Meléndez (puedes verlo en Youtube),
una persona a la que apasionaba la mú-
sica pero que nació sin brazos. Graba
discos y da conciertos. Él mismo cuenta su historia:
«Yo soy Tony Meléndez y nací en Nicaragua,
pero he vivido aquí en los Estados Unidos casi
toda mi vida, soy cantante, guitarrista… vini-
mos aquí a los Estados Unidos porque nací sin
brazos y la medicina de Nicaragua no estaba
tan avanzada. Yo nací así sin los brazos, por una
medicina que se llama talidomina. Le dieron
eso a mi mamá cuando ella estaba embaraza-
da de mí y por esa razón no tengo los brazos.
Al principio era tan chiquito que no entendía
que no tenía los brazos, y cuando fui un poquito
más mayor, los niños gritaban …¡¡¡NO TIENE BRA-
ZOS!!! Gritaban… Dolía el corazón, me dolía mucho.
De joven yo tuve que aprender a usar estos pies. Yo
quería hacerlo solo, escribía con los dedos de los
pies, jugaba… todo con los dedos de los pies.
Mi papá sacrificó mucho, él dejó su país para
traer a su niño. Él era el que me decía: “Tony tie-
nes que tratar de hacerlo solo”.
Yo siempre soñaba con casarme pero de joven
las señoritas corrían ¡¡¡HAY… UN MUCHACHO SIN
BRAZOS!!! Pero al fin hallé a alguien lindísima. Se
llama Lyn. Para mí es fuerza, es “no voy a estar
solo”. Tuvimos que adoptar dos niños, porque no
pudimos tenerlos. Fuimos a El Salvador, donde
nació mi papá y adoptamos una niña. También
fuimos a Nicaragua y adoptamos un niño.
La música empezó…mmm…de chiquitito.
Mi mamá cantaba y mi papá tocaba la guitarra.
Yo creo que recibí eso también. No lo puedo
dejar. Practicaba entre seis y siete horas al día, y
con eso la música empezó a oírse como música.
Dios me ha dado fuerza, Dios me ha dado a
mi familia. Él me ha dado la música con la que
yo me siento bien conectado con mi Dios. Eso
me ayudó a crecer y me ha calmado el corazón.
La gente me ha preguntado: “Tony ¿por qué
te sientes entero?” Porque tengo mis pies, por-
que tengo a mi familia que es preciosa. Mi cora-
zón quiere bailar, quiere cantar, quiere vivir en la
vida, porque a los ojos de mi Dios yo soy entero.
Dios siempre está en mi vida, en esos mo-
mentos es como si Él me dijera a mí: “Tony, tie-
nes que ir a trabajar, tienes que cantar, tienes
que ayudar, tienes que ser mis pies y tal vez mis
manos”… y empecé a viajar y a cantar, a hablar-
le ahora a los jóvenes del mundo.
Yo veo a una persona como usted, que tienen
los brazos y las piernas, lo tienen todo y dicen
“no puedo, no puedo”. ¡SÍ PUEDEN! ¡SÍ PUEDEN!
Me han preguntado: “Tony ¿dónde están los
milagros?” Yo siempre digo esto: “Yo veo la mano…
una mano… y cuando levantan la mano, para mí
eso es un milagro”. Por favor, no me digan que no
pueden. No me digan que no pueden, porque uste-
des pueden hacer mucho, mucho más. Sólo leván-
tense y digan: “Yo quiero, yo puedo, yo voy a mover-
me para adelante”. Tienen un mundo que sólo está
esperando sus manos, a que usted diga… ¡SÍ!».
Tony podría haber pasado su vida quejándose
de su «mala suerte» por haber nacido manco. Sin
embargo, da gracias a Dios por tantas cosas bue-
nas… y también por su gusto por la música y por
su falta de brazos. Dar gracias a Dios, ponerse a tra-
bajar… no quejarse ni dejarse vencer por los obs-
táculos. El mundo está esperando que tú digas ¡sí!
Jesús, que no olvide tu resurrección. Ahora te
digo que no quiero «darme pena» por nada. Te digo
que sí quiero, que sí puedo, que me esforzaré por ha-
blar de ti con mi alegría y mi esfuerzo por hacer el
bien con todo lo que pueda.
Puedes pedirle ahora perdón por lo que has desaprovechado en la vida, o comentarle lo que quieras.
Abril
3
San Ricardo de Chichester, Obispo. Siglo XIII.
De origen campesino, es contrario a los lujos de los nobles y poderosos. Formado entre Oxford y Bolonia, es nombrado obispo de Chichester por el arzobispo de Canterbury, pero sin el beneplácito de Ricardo III, que no le permite entrar al palacio episcopal.
Sonriendo ya somos Apóstoles
Un periodista le preguntaba a Benedicto XVI: «Entonces, ¿Dios se muestra siempre lleno de respeto o también manifiesta humor?» Y contestaba: «Personalmente creo que tiene un gran sentido del humor. A veces le da a uno un empellón y le dice: “¡No te des tanta importancia!” En realidad, el humor es un componente de la alegría de la creación.»
La creación es un formidable canto de alegría: luz y color, formas y dimensiones, semejanzas y desemejanzas… No ha hecho el mundo un Dios aburrido. Y los hijos de Dios, que nos queremos parecer a él, somos alegres.
Una pregunta de un catecismo que estudié de pequeño se formulaba así: «¿Por qué los cristianos estamos siempre alegres?» Y la contestación: «Los cristianos siempre estamos alegres porque Jesús ha resucitado.»
¿Por qué, a veces, tenemos cara de haba? El gran apostolado cristiano empieza por mostrar y contagiar alegría. Sólo con eso ya hacemos mucho, y el mundo necesita que se la mostremos. Ir con cara alegre por la calle, estar sonrientes, estar de buen humor.
El himno de la alegría, en la novena sinfonía de Beethoven, dice: «Si en tu camino sólo existe la tristeza/ y el llanto amargo / de la soledad completa/ ven, canta,/ sueña cantando,/ vive soñando el nuevo sol/ en que los hombres/ volverán a ser hermanos. / Si es que no encuentras/ la alegría en esta tierra/ búscala, hermano, más allá/ de las estrellas.»
Recuerdo un compañero al que llamábamos «neutrón»: ¡era tan negativo con todo…!
Pero lo interesante es que aprendamos, como sugiere Benedicto XVI, a descubrir el humor de Dios. Aquella contestación continuaba así: «En muchas cuestiones de nuestra vida se nota que Dios también nos quiere impulsar a ser un poco más ligeros; a percibir la alegría; a descender de nuestro pedestal y a no olvidar el gusto por lo divertido.»
Dios, en lo ordinario, con frecuencia se tiene que reír al vernos. Ojalá entremos en su sentido del humor cuando nos invita a reírnos de nosotros mismos. Repasa estos últimos días, a ver si eres capaz de descubrirlo en algún hecho.
Estrenaba mis primeros meses de sacerdocio. Una de las primeras correcciones que recibí venía de boca de una señora que frecuentaba la iglesia en la que yo confesaba varias horas por las mañanas.
«—Oiga, en el confesionario no se ría.
»—¿Por qué? —le pregunté desconcertado.
»—Porque en la Confesión yo tengo que ver en usted a Dios, ¿y cómo voy a verle si usted se ríe?»
Aquella conversación se me quedó grabada. No le contesté nada; sencillamente le di las gracias. Pero me dio mucha pena, pues quizá, en ocasiones, hayamos podido transmitir la imagen de un Dios serio y antipático, de fácil enfado y siempre triste… y hayamos dado una imagen equivocada de Dios.
«Nadie es más joven que Dios», afirmaba san Agustín. Y es verdad en todas las connotaciones positivas que acompañan a la juventud. Nadie es más positivo y alegre que Dios; nadie es más entusiasta y cariñoso que Dios; nadie es más tierno y sonriente que Dios…
Jesucristo, que es Dios hecho vida humana, trasluce un buen humor enorme y simpático en el Evangelio, que bien merece ser tratado en otro libro que se titule: Las sonrisas de Cristo.
Muy bien lo han entendido los santos, como Teresa de Jesús cuando dice: «Está el alma como un niño que aún mama, cuando está a los pechos de su madre, y ella, sin que él paladee, le echa la leche en la boca para regalarle.»
Si todo esto es verdad, debemos esforzarnos por aprender a jugar con Dios Padre, aprender a captar su humor… para entendernos y gozar con él.
Señor, quiero aprender a jugar contigo, a descubrir tu humor. Ayúdame a descubrirte en lo que me pasa, y a no olvidar nunca que tú gozas jugando con nosotros. Quiero estar alegre siempre, y transmitir al mundo tu alegría.
Ahora te toca a ti hablar a Dios con tus palabras, y quizá comentarle que te gustaría tener una sonrisa de oreja a oreja todo el día, y por qué no es así.
Abril
4
San Benito de Palermo, Religioso Franciscano. Siglo XVI.
De padres cristianos descendientes de esclavos negros, se lo conocía como “el santo moro”. Perteneció a una comunidad de ermitaños que vivía bajo la Regla de San Francisco. Es el protector de los pueblos negros.
José Kentenich: Prisionero 29.392
El joven sacerdote José Kentenich fue detenido durante la II Guerra Mundial, y trasladado a Dachau, uno de los campos de concentración alemanes. Unos pocos años antes había fundado el movimiento Schönstatt.
Con ocasión del ingreso en el campo de concentración, cuyas formalidades llevaban varias horas, recuerda uno de los prisioneros: «Fui testigo de cómo ambos sacerdotes, uno de ellos el Padre Kentenich, fueron saturados de mofas y burlas por los de la SS. Un jefe, creyendo oportuno “ablandar” al recién llegado —que demostraba mucha tranquilidad y firmeza—, comenzó a gritarle groseramente haciéndole toda clase de preguntas. El Padre Kentenich lo miraba con tranquilidad y sonreía cordialmente, pero no le contestaba. El militar se enfureció más todavía, haciendo ademán de pegarle. Pero no llegó a hacerlo. Días más tarde, ambos volvieron a encontrarse en la oficina en la que se registraban los datos personales. El jefe lo reconoció enseguida, y dio una orden:
»—¡Eh, que el prisionero limpie la bicicleta! —le dijo. El Padre Kentenich respondió:
»—Sí, lo voy a hacer, pero no porque deba hacerlo, sino porque como hombre libre quiero brindarle este servicio.
»—No, usted necesita hacer eso —contestó finalmente el jefe .»
Mientras escribía sus datos personales, el Padre Kentenich le preguntó por qué el día anterior le había gritado tanto. El oficial de la SS estaba desconcertado por su comportamiento, por la paz con que reaccionaba el joven sacerdote. Le contestó que sus gritos e insultos no tenían más objetivo que el de inculcarle miedo. A continuación pidió al Padre Kentenich que lo acompañara a su habitación, donde le contó en secreto asuntos muy personales de su vida.
El joven Kentenich vivía lo que los cristianos recordamos que nos dijo Jesús: «No tengáis miedo de los que matan el cuerpo, pero no pueden tocar vuestra alma» (Mt 10, 28).
Ya conocía este suceso de la vida del Padre Kentenich cuando encontré en uno de sus libros estas palabras: decía que nosotros no debemos parar hasta alcanzar un ideal, «o al menos hasta habernos acercado bastante a él. ¿A qué ideal? Hacer que todo en nuestra vida sea sencillo y simple. Tener una mirada transida de alegría y de calidez…». Ya se ve que antes de escribirlo, lo había practicado.
En el campo de concentración, durante una temporada en la que no llegaban alimentos, cientos de prisioneros murieron. Su extremo debilitamiento los hacía propensos a contraer epidemias o enfermedades. «Los primeros síntomas del tifus aparecieron también en mí», escribía el Padre Kentenich más tarde, «pero en última instancia, las cosas siempre salieron bien. Al final yo también me había convertido en un esqueleto». Sin embargo, de lo poco que tenía para comer, daba siempre a los demás.
En medio de estos padecimientos inhumanos, seguía con su ideal: sencillo y simple, mirada alegre y cálida. Desplegó una intensa actividad espiritual. «En este tiempo —recuerda—, tuve una gran capacidad de concentración, siempre estuve anímicamente fresco. A pesar de la debilidad física y el estar cercano a morir de hambre, yo poseía una extraordinaria lucidez espiritual. Constantemente dictaba cursos e invitaba a los presos a reunirse en el pabellón.»
Quiero, Señor, vivir llevado por tu Espíritu. No quiero parar hasta alcanzar este ideal, o hasta quedarme muy cerca: que todo lo que haga lo haga de modo sencillo y simple, sin complicaciones… Sean mis circunstancias las que sean, que no pierda una mirada alegre y cálida hacia los demás. Así sea.
Ahora te toca a ti hablar a Dios con tus palabras, comentándole lo leído o lo que quieras.
Abril
5
San Vicente Ferrer, Presbítero. Siglo XIV.
De Valencia, terminó filosofía y teología a los 17 años, entró en el convento de los Dominicos de Valencia y fue ordenado sacerdote. Durante el cisma de Occidente, hizo todo lo posible para solucionar el gran conflicto y restituir así la unidad a la Iglesia.
Yo voy a apostar por ti.
«Pablo Maldonado, nacido en Madrid en 1976, luce una barba descuidada y se abriga del viento invernal con una chupa de cuero por la que asoma su alzacuellos —se lee en un reportaje periodístico—. Su juventud y vestimenta pueden hacer pensar que este chico nació ya con una sotana o que se pasó la infancia de iglesia en iglesia, pero nada más lejos de la realidad; de hecho, “en mi casa era el más `varilla´ de mis hermanos”, apunta, “me gustaba mucho la fiesta, era mal estudiante, y eso me creaba conflictos en casa”. Tanto es así que se vio obligado a marcharse con 17 años; “un momento muy duro, que me hizo pensar, porque de repente me tenía que ocupar yo de toda mi vida”. La emancipación fue para él una experiencia muy dura. Recuerda que “aquel año lo pasé bastante mal, y después de muchas vueltas a la cabeza, entré en una iglesia y empecé a replantearme muchas cosas”. Fue entonces cuando “tuve una primera experiencia de Dios que me llevó a descubrir que era cierto, que su existencia no era un cuento chino”».
Pablo recuerda emocionado que «vivía en un caos profundo, porque yo era el tío más guay de mi pandilla, con éxito entre mis amigos, pero la vida no tenía ningún sentido para mí, y cuando te topas con la vida y te tienes que conocer a ti mismo, cuando te das cuenta de que tienes 18 años y que aspiras a ser repartidor se te cae el mundo a los pies». Pero recuerda la experiencia como algo positivo, «porque empecé a hacerme preguntas como quién era yo, para qué estás aquí, quién es Dios; incluso te planteas para qué levantarte por la mañana».
Dice que aquel momento de duda y de dolor fue necesario porque «fue lo que me hizo ir a la iglesia y fue cuando ahí, en medio de una oscuridad total, se empezó a hacer una luz en mi vida». Y una tarde «le dije al Señor: “Si Tú me haces feliz, yo te doy lo que Tú me pidas”. Lo que yo no pensaba en aquel momento es que lo que me podía pedir era el ser sacerdote. Era impensable, porque yo de jovencito era un poco el último en todo».
Pero la prueba de aquel primer año la superó Pablo poco a poco, y tras pasar dos años estudiando en Estados Unidos regresó a Madrid: «Me marché con 17 años y volví muy cambiado», pero ¿qué había pasado en esos dos años? «Pues que comencé a tratar al Señor. Yo tenía una fe rutinaria, muy floja, y poco a poco la empecé a vivir por propia iniciativa.» La cosa es que de vuelta a Madrid «comencé a frecuentar un grupo de oración en la parroquia, y a tener una dirección espiritual con un sacerdote». Entonces, con apenas 20 años, «durante unos ejercicios espirituales, recuerdo que me vi con un folleto sobre el matrimonio, y otro sobre el sacerdocio, uno en cada mano, y le dije al Señor: “Sin quererlo ni beberlo me veo en éstas, con amigos seminaristas, trabajando en la parroquia, llevándome de pegada con el párroco, y estando en este mundo, soy el tío más feliz” y le dejé muy claro que “yo no quiero ser cura, pero nunca voy a saber qué es mi vida si no hago lo que Tú me pides”».
Comenzó entonces en secreto el curso preliminar al seminario, «confiado en que esto no fuese a más, con mi conciencia tranquila de haberlo intentado, y marchándome a mi casa después de un tiempo». Pero el Señor tenía otro plan para Pablo. No le iba a dejar «marcharse de rositas tan pronto», «y el 14 de junio me dijeron que me admitían en el seminario, de lo que el primer sorprendido fui yo, y después, todos los demás».
Al principio le llamaba gente y le decía que «qué me había pasado, y sólo acertaba a contestar que no lo sabía, pero que era el tío más feliz del mundo, y que el que menos se lo explicaba era yo mismo». Pablo recuerda aquel primer año como «una maravilla, viendo la fuerza de Dios, y cómo Él hacía en mi vida posible lo imposible, sorprendiéndome cada vez más», y cuatro años después «el formador me dijo: “Hasta ahora, el Señor ha estado luchando contra ti, porque no terminas de convencerte de que sí, que es posible. Así que decídete, pon de tu parte, y lánzate.” Hice caso del cura y me lancé».
El tiempo ha pasado, Pablo se ordenó y «un año después de ordenarme, estoy mucho más sorprendido, y más contento todavía. Esto es alucinante, el Señor me sigue sorprendiendo, cada día más, porque no dejo de ver milagros, gente que se convierte y que se acerca a Dios». Asegura que «no hay parque de atracciones ni lugar en el mundo mejor que esto de ser sacerdote», algo que describe como «apasionante en todos los sentidos, al celebrar la Eucaristía, acercando a la gente a Dios, compartiendo con compañeros… todo».
Si le preguntas sobre una posible juventud perdida, responde entre carcajadas que «si lo sé, me meto antes», y quiere mandar un mensaje a algún chaval que como él, a los diecisiete años se sienta perdido: «Párate a pensar, no te dejes llevar por la velocidad de la vida. No te creas que la felicidad es un tongo, y no te conformes con vivir al 50%. Lo que necesita tu corazón al 100% es posible. ¡Lúchalo, búscalo, pide ayuda! Acércate a un Dios del que te han contado sólo tres cositas muy pesadas y que no corresponden con la realidad, porque es un Dios que te quiere a ti, y con locura, te pongas como te pongas, a pesar de que todo el mundo te diga que eres malo, que eres el peor y que nadie va a hacer carrera contigo, Dios está de tu parte y te dice: “Yo voy a apostar por ti y voy a hacer carrera contigo, créetelo y déjate ayudar, sueña con la felicidad que es posible para ti, porque no eres un número en la Historia, porque Dios conoce tu nombre y está buscando la manera de meterse en tu vida, pero necesita de tu libertad. ¡Déjale, porque esto es una gozada!”»
Señor, no tengo miedo a nada. Tú apuestas por mí, y quiero vivir al 100% de felicidad. Gracias, y quiero seguir tu camino.
Puedes decirle ahora que también tú quieres tener tu historia con él, o lo que quieras.
Abril
6
San Prudencio de Troyes, Obispo. Siglo IX.
De origen pirenaico, encontró amparo en la corte carolingia frente a los ataques musulmanes. Gobernó la iglesia de Troyes, reunió una gran biblioteca y tomó parte en controversias importantes de su tiempo.
El Reina del Cielo
Dice san Bernardo: «Si se levantan los vientos de las tentaciones, si tropiezas en los escollos de las tribulaciones, mira a la Estrella, invoca a María. Si eres agitado por las olas de la soberbia, de la calumnia, de la ambición, de la envidia, mira a la Estrella, llama a María. Si la ira, la avaricia, el placer carnal arrastra con violencia la barquilla de tu alma, mira a María. Si turbado por el recuerdo de la enormidad de tus crímenes, confuso a la vista de la fealdad de tu conciencia, aterrado por la idea del horror del juicio, comienzas a sumirte en la sima sin fondo de la tristeza, en el abismo de la desesperación, piensa en María. En los peligros, en las angustias, en las dudas, piensa en María, invoca a María. No perderás el camino si la sigues, no perderás la esperanza si le ruegas. Si te tiene de su mano, no caerás.»
La Pascua es un tiempo que vivimos con María. Estos días, en lugar de la oración del Ángelus, a las doce de la mañana, los cristianos nos dirigimos a ella con una oración distinta: se llama el Reina del Cielo.
No sabemos quién es su autor. El himno se remonta al siglo XII. Era repetido por los franciscanos después de la oración de la noche, oración llamada Completas, en la primera mitad del siguiente siglo. Por la actividad de los franciscanos, fue popularizado muy pronto en todas partes.
Dice así:
Reina del Cielo alégrate; aleluya.
Porque Cristo el que mereciste llevar en tu seno; aleluya.
Ha resucitado según dijo; aleluya.
Ruega al Señor por nosotros; aleluya.
Gózate y alégrate, Virgen María; aleluya.
Porque el Señor verdaderamente ha resucitado; Aleluya.
Oremos
Oh Dios que has alegrado al mundo por la Resurrección de tu Hijo, nuestro Señor Jesucristo, concédenos por la intercesión de María su Madre, llegar a las alegrías de la eternidad.
Por Jesucristo Nuestro Señor. Amén
Puedes rezarlo ahora con atención, y pensar qué puedes hacer para acordarte de rezarlo a las doce. Aparte de ponerte un recordatorio, puedes pedir ahora a tu ángel de la guarda que te lo recuerde. Y no te desanimes si, al principio, son más los días que se te olvida que los te acuerdas: quien lo persigue… lo consigue.
Abril
7
San Juan Bautista de la Salle, Presbítero, Educador y Fundador. Siglo XVIII.
De familia acomodada, fue Doctor en Teología. Organizó la comunidad Hermanos de las Escuelas Cristianas, creando una red de escuelas de calidad para los niños pobres con pocas perspectivas de futuro.
Hijo, ten piedad de mí que te he llevado 9 meses en mi seno
Uno de los relatos que encontramos en la Biblia, nos habla la historia de los hermanos Macabeos y su madre. Se trata de uno de esos hechos contados en la Biblia, que nos enseñan en qué consiste vivir de verdad. Ésta es la historia.
Siete hermanos con su madre fueron apresados y forzados a comer carnes de cerdo prohibidas; y, por negarse a comerlas, fueron azotados con látigos y nervios de toro. Uno de ellos dijo al rey en nombre de todos: «¿Qué buscas o qué quieres de nosotros? Estamos dispuestos a morir antes que traspasar las leyes patrias.» El rey, enfurecido, mandó poner al fuego sartenes y calderos, y cuando estaban hirviendo, mandó cortar la lengua del que había hablado en nombre de todos, desollarle la cabeza y cortarle pies y manos en presencia de sus hermanos y de su madre. Enteramente mutilado, mandó echarlo al fuego y freírlo vivo. El vapor de la sartén se extendía hasta lejos, y la madre y los hermanos se exhortaban a morir generosamente, diciendo: «Dios lo ve todo y tendrá piedad de nosotros, como dice Moisés en el cántico: Tendrá piedad de sus siervos.»
La madre, mujer admirable y digna de gloriosa memoria, a pesar de ver morir a sus siete hijos en un día, lo soportó con valor, gracias a su esperanza en el Señor. Exhortaba a cada uno de sus hijos en su lengua, para que no le entendiesen los soldados del rey; con fuerza varonil y ternura femenina, les decía: «Yo no sé cómo habéis aparecido en mi seno; yo no os di el aliento ni la vida, ni ordené yo los miembros de vuestro organismo. Fue el Creador del universo, el que modela la raza humana y determina el origen de todo lo que existe. Él os devolverá misericordiosamente la vida, ya que ahora por sus santas leyes la despreciáis.»
Antíoco pensó que la mujer le insultaba y que se burlaba de él con esas palabras. Y como todavía quedaba con vida el más joven, intentó seducirle, no sólo con palabras, sino jurándole que le haría rico y feliz, que le haría su amigo y le daría un alto cargo, si renunciaba a las leyes judías. El niño no le hacía caso, por lo que el rey llamó a la madre y le mandó que aconsejase al niño para su bien. Como el rey insistía, ella accedió a convencer a su hijo. Se inclinó hacia él y, burlándose del cruel tirano, dijo al niño en su idioma, para que no le entendiese el rey: «Hijo mío, ten piedad de mí, que te he llevado en mi seno nueve meses, te he amamantado tres años, te he alimentado y te he educado hasta ahora. Te pido, hijo mío, que mires al cielo y a la tierra y todo lo que hay en ella; que sepas que Dios hizo todo esto de la nada y que el género humano tiene el mismo origen. No temas a este verdugo; no desmerezcas a tus hermanos y acepta la muerte, y así, por la misericordia de Dios, te encontrarás con ellos y te recobraré junto con ellos.»
Cuando ella terminó de hablar, el joven exclamó: «¿Qué esperáis? No obedezco las órdenes del rey, sino a la Ley dada a nuestros padres por Moisés. Tú, autor de todos estos males contra los hebreos, no podrás huir de la mano de Dios, porque, si nosotros padecemos por nuestros pecados, si el Dios vivo se ha indignado contra nosotros por breve tiempo para castigarnos y corregirnos, Él perdonará de nuevo a sus siervos. Pero tú, malvado, el más criminal de los hombres, no te engrías neciamente, no te hagas vanas esperanzas, levantando tu manos contra sus siervos. No has escapado todavía al justo juicio de Dios Omnipotente que todo lo ve. Mis hermanos están ya en posesión de una promesa de vida eterna después de haber sufrido un breve tormento. Pero tú pagarás en el juicio de Dios las penas debidas a tu soberbia. Yo, como mis hermanos, entrego mi cuerpo y mi vida por las leyes patrias, pidiendo a Dios que muestre pronto su misericordia con su pueblo; que tú, después de haber sido castigado y atormentado, confieses que sólo Él es el Dios; y que la ira del Omnipotente, que ha caído justamente sobre nuestro pueblo, se aplaque en mí y en mis hermanos.» El rey, lleno de ira y herido por las sarcásticas recriminaciones, atormentó a éste más que a los otros. Así murió también éste, limpio de toda mancha y confiando en el Señor. Después de todos los hijos, murió por fin la madre.
A lo largo de la historia podemos encontrar cantidad de ejemplos como éste. La historia está llena de personas que han estado dispuestas a dar la vida antes que renunciar a la verdad. No hace mucho, leyendo el relato del martirio de algunos de los mártires españoles de la guerra civil canonizados recientemente, encontraba una situación similar, en la que una madre animaba a sus cuatro hijos a dar la vida antes que renegar de su fe.
Seguir viviendo no es lo más importante; lo más importante de la vida es amar: amar a Dios, amar a los demás, amar la verdad, amarnos a nosotros mismos. Y si para amar hay que jugarse la vida, sabemos que vale la pena jugársela, porque, para quien ama, la vida no termina sino que sigue para toda la eternidad, una vida con Dios-Amor. «Quien pierda su vida por mí y por el evangelio la salvará» (Marcos 9, 35).
También hoy encontramos situaciones parecidas. Seguramente nosotros no nos veamos en una situación similar, pero sí nos encontramos a diario muchas ocasiones en las que habrá que estar dispuesto a dar la cara, a defender la verdad, a no renegar de lo que creemos… Lo nuestro es el «martirio diario».
Ten piedad de nosotros, Señor, y ayúdanos a no poner nada por delante de nuestro amor, como esta madre y sus siete hijos. Gracias.
Ahora te toca a ti hablar a Dios de la entereza de esa familia, cuál es tu entereza y por qué, o lo que quieras.
Abril
8
San Dionisio de Corinto, Oblispo. Siglo II
Perteneció a una de las primeras generaciones de
cristianos. La ciudad de Corinto le sirvió como importante
nudo de comunicaciones, desde donde ejerció
un apostolado epistolar sin fronteras.
8 ¡Aleluya!
Hace poco quedé con un buen amigo
para comer a las dos y media. Él, siem-
pre puntual, allí estaba a la hora acorda-
da. Sin embargo yo, liado en otras cosas,
llegué una hora tarde. Le conozco, y sabía que allí
estaría. Eran ya las tres y media; al verme, exclamó:
«Aleluya, por fin llegas». Aparte de pedirle perdón,
me gustó la expresión. ¿Qué significa «aleluya»?
Estos días de Pascua, los cristianos repetimos
en la liturgia muchas veces el «Aleluya»: al rezar
el Reina del Cielo y en la misa es continuo.
Aleluya es una expresión que viene de la
unión de dos palabras hebreas: Hallelu, que es
el imperativo del verbo «alabar», y Yahwéh que
es el nombre de Dios. Hallelu-Ya, esto es, alabad
a Dios, alabad al Señor.
Se trata de una aclamación de alegría, un gri-
to lleno de entusiasmo que los cristianos decían
con frecuencia en los primeros siglos, hasta llegar
a ser habitual en Palestina: ante la llegada de un
acontecimiento esperado, cuando araban la tie-
rra, cuando embarcados se acercaban a tierra…
Durante este tiempo de Pascua durante el
que celebramos que Jesús ha resucitado, es ló-
gico que aclamemos con insistencia: «Alabad al
Señor, porque ha ocurrido lo más grande que
podía ocurrir en la historia: Jesús ha resucitado,
está vivo, ha vencido a la muerte y nosotros re-
sucitaremos con él y viviremos unidos a él por
siempre. La muerte ha sido vencida».
Es frecuente que hagamos teorías: la gente se
divide en dos grupos, los que ven el vaso medio
lleno y los que lo ven medio vacío, los que sólo ven
problemas y nunca emprenden nada y los que
arriesgan… Los cristianos hacemos una división
que es la división más interesante. La división ya
no se da entre vivos y muertos, porque la muerte
no es más que un paso a otra forma de vivir. La divi-
sión se da entre los que viven unidos a Jesús resu-
citado y los que viven en su soledad; esto es, entre
los que gritamos Alabad al Señor porque está vivo,
y vivimos con Él y para Él, y los que ignoran eso y vi-
ven para sí mismos, encerrados en su soledad. ¡Los
hombres nos dividimos entre los que vivimos para
él y los que viven para sí mismos!
Aleluya, sí, alabad al Señor: no tenemos mie-
do a nada. Como decía san Pablo, nada ni nadie
puede apartarnos del amor de Dios (…) La muer-
te tiene un nuevo nombre: vivir para uno mismo.
Para saber si estamos vivos o muertos ya no te-
nemos que ponernos la mano en el corazón para
ver si palpita, si respiramos. Ahora, estar vivo es
vivir para Él, y estar muerto es vivir para mí.
Ojalá estos días repitamos este grito, y cada
vez nos llenemos de la alegría que Él ha dado
al mundo: «Estad alegres, os lo repito, estad ale-
gres», «Alegraos en el Señor», escribe Pablo a los
primeros cristianos de Filipo (4, 4).
¡Aleluya! Ha resucitado nuestro Redentor, tal y como
lo había anunciado. Cantemos un himno al Señor,
nuestro Dios. Alabad su nombre con danzas, cantadle
con tambores y cítaras, porque el Señor ama a su pue-
blo y adorna con la victoria a los humildes.6
¡Aleluya!
Ahora te toca a ti hablar a Dios con tus palabras, comentándole lo leído o lo que quieras.
Modal nº9
Manglanito nº9
Santa María de Cleofás. Siglo I
Pariente de María, madre de Jesús. Estuvo casada
con Cleofás, primo hermano de San José. Fue una
de las santas mujeres que acompañaron a Jesús en sus
viajes, asistió a su suplicio y a su entierro, y también
una de las que le vieron después de resucitado.
9. «sólo tenía un pecado»
Pedro R. ha dado muchas conferen-
cias contando el momento en el que
se convirtió… aunque ya era cristia-
no. Habían pasado diez días desde la
muerte de un amigo suyo que participaba del
movimiento Carismático. El movimiento Caris-
mático es un gran regalo que Dios ha hecho a
la Iglesia en los últimos tiempos. Nos recuerdan
a todos el gran protagonismo del Espíritu Santo
en la vida de los cristianos y de la Iglesia.
A los diez días de la muerte de éste, Pedro
se sintió invadido por el Espíritu. Se acercó a
la iglesia de un sacerdote amigo suyo y le dijo
que le confesase. Sentado el confesor, Pedro
le advirtió que sería corta: «Va a ser corto, sólo
tengo un pecado, sólo he cometido un pecado
en mi vida o, mejor dicho, toda mi vida ha sido
un pecado». En sus conferencias comentaba
El carismático que ese pecado: haber querido ser Dios, haber vivido toda la vida desde sí mismo, desde su yo,
sin haberse percatado jamás de la gracia de
Dios que actuaba en él. Había descubierto que
era un fariseo, y por eso Dios no le había dicho
nada; rezaba con su cuerpo, pero en su alma es-
taba solo; ahí estaba la raíz de todos sus males.
Al cabo de unos días, pidió al mismo sacer-
dote que le diese la primera comunión. Había
comulgado muchas veces antes, por lo que
el sacerdote amigo se extrañó. «Sí, todas las
comuniones que he hecho hasta ahora las he
hecho yo, desde mi voluntad y mi preparación,
necesito recibir a Dios como un don».7
Los días de Pascua necesitamos pedir al Es-
píritu Santo que nos invada, y nos haga descu-
brir tantas cosas. Sería algo grande que descu-
briésemos una vez más que todo es un don de
Dios. Comulgar es un regalo de Dios, asistir a
misa en un don de Dios, poder trabajar, el día
que comenzamos, el sol y la lluvia, el cariño de
otras personas, la familia, las manos que tene-
mos, la capacidad de reír y de hablar… Redes-
cubrir el don continuo de Dios.
Que ahora estés haciendo este rato de oración,
es un regalo de Dios: él está ahí, escuchándote,
acompañándote, moviéndote… Que no veamos
todo desde nosotros, sino desde él. Si le visito en un
sagrario, yo voy… pero él antes me ha esperado. En
todo lo que constituye mi vida, él está «dándome».
Ven, Espíritu Santo, y ayúdame a ser agradecido.
Que haga las cosas desde ti, y no desde mí. Gracias,
gracias, muchísimas gracias por todo, también por
lo que no reconozco todavía como don tuyo.
Qué buen momento para que sigas y rectifiques tu modo de
actuar, o para decirle que te gustaría… pero que necesitas que él te lo haga entender…
Abril
10
San Miguel de los Santos, Presbítero Trinitario. Siglos XVI-XVII.
De Vic (Barcelona), ingresó en el convento de los trinitarios descalzos de Barcelona. Durante su formación, estuvo en Sevilla, Baeza, Salamanca y Valladolid. Destacó por su devoción al sacramento de la Eucaristía.
El trampolín de Chiara Lubich
«Si en una ciudad se prendiese fuego en distintos lugares, aunque fuese un fuego modesto y pequeño, pero que resistiese todos los embates, en poco tiempo, la ciudad quedaría incendiada.
»Si en una ciudad, en los puntos más dispares, se encendiese el fuego que Jesús ha traído a la tierra y este fuego resistiese al hielo del mundo, por la buena voluntad de los habitantes, en poco tiempo tendríamos la ciudad incendiada de amor de Dios.
»El fuego que ha Jesús traído a la tierra es Él mismo, es la Caridad: ese amor que no sólo une el alma a Dios, sino a las almas entre sí.»
Así lo escribía Chiara Lubich, italiana que en 1943 inició el Movimiento de los Focolares. La pasión por decir a todos los cristianos que la existencia es una vocación única para subir hasta el Padre construyendo una ciudad nueva, un mundo en paz, unidos todos los hombres, es un auténtico fuego.
Pero da un consejo muy práctico para conseguirlo. Habla de un trampolín. Recuerda alguno que hayas usado. Es verdad que al caer sobre un trampolín te ves impulsado sin esfuerzo, la primera vez incluso uno se asusta de salir lanzado sin controlarlo. Pues ella escribe:
«Pero hay un secreto para que esa célula encendida se desarrolle hasta formar un tejido y vivifique las partes del Cuerpo Místico: que los que la componen se alcen en la aventura cristiana, que significa hacer de cada obstáculo un trampolín. No “soportar” la Cruz, cualquiera que sea el cariz que presente, sino esperarla y abrazarla minuto a minuto como hacían los santos, y decir cuando llega: “¡Esto es lo que quería, Señor! Sé que estoy en la Iglesia militante donde es preciso luchar. Sé que me espera la Iglesia triunfante donde te veré por toda la eternidad. Aquí en la tierra prefiero el dolor a cualquier otra cosa, porque con tu vida me has dicho que allí está el verdadero valor.”»
Señor mío y Dios mío, al ascender a los cielos nos dijiste que por toda la tierra llevásemos lo que tú nos habías dado. Que los cristianos construyamos una ciudad nueva; que encienda el fuego a mi alrededor. Te pido que ponga en práctica este secreto: hacer de cada obstáculo un trampolín; que no «soporte» lo que me cuesta: ¡que haga de los obstáculos, de lo costoso, de lo pesado e ingrato, un trampolín!
Ahora te toca a ti hablar a Dios con tus palabras, comentándole lo leído o lo que quieras.
Abril
11
San Estanislao de Cracovia, Obispo y Mártir. Siglo XI.
Se lo recuerda por reprender a su soberano, Boleslao II de Polonia, sobre el deber de respetar lo derechos ajenos. Parece que éste lo mató en la iglesia de Santa Matilde.
Policarpo, >
Conservamos las actas del martirio del entonces anciano san Policarpo. Dicen así: «Venido en presencia del procónsul, le preguntó éste si era él Policarpo. Respondiendo el mártir afirmativamente, trataba el procónsul de persuadirle a renegar de la fe, diciéndole:
»—Ten consideración de tu avanzada edad, y otras cosas por el estilo según es costumbre suya decir, como: “Jura por el genio del César. Cambia de modo de pensar, grita: ¡Mueran los ateos!” [como sabes, a los primeros cristianos les acusaban de ateos porque no reconocían la divinidad del emperador].
»A estas palabras, Policarpo, mirando con grave rostro a toda la chusma de paganos sin ley que llenaban el estadio, tendiendo hacia ellos la mano, dando un suspiro y alzando sus ojos al cielo, dijo:
»—Sí, ¡mueran los ateos!
»—Jura y te pongo en libertad. Maldice a Cristo.
»—Entonces Policarpo dijo:
»—Ochenta y seis años hace que le sirvo y ningún daño he recibido de él. ¿Cómo puedo maldecir de mi Rey, que me ha salvado?
»Como nuevamente insistiera el procónsul, diciéndole:
»—Jura por el genio del César.
»Respondió Policarpo:
»—Si tienes por punto de honor hacerme jurar por el genio, como tú dices, del César, y finges ignorar quién soy yo, óyelo con toda claridad: Yo soy cristiano. Y si tienes interés en saber en qué consiste el cristianismo, dame un día de tregua y escúchame.
»Respondió el procónsul:
»—Convence al pueblo
»Y Policarpo dijo:
»—A ti te considero digno de escuchar la explicación, pues nosotros profesamos una doctrina que nos manda tributar el honor debido a los magistrados y autoridades que están por Dios establecidas, mientras ello no vaya en detrimento de nuestra conciencia; mas a ese populacho no le considero digno de oír mi defensa.
»Dijo el procónsul:
»—Tengo fieras a las que te voy a arrojar si no cambias de parecer.
»Respondió Policarpo:
»—Puedes traerlas, pues un cambio de sentir de lo bueno a lo malo nosotros no podemos admitirlo. Lo razonable es cambiar de lo malo a lo justo.
»Volvió a insistirle:
»—Te haré consumir por el fuego, ya que menosprecias a las fieras, como no mudes de opinión.
»Y Policarpo dijo:
»—Me amenazas con un fuego que arde por un momento y al poco rato se apaga. Bien se ve que desconoces el fuego del juicio venidero y del eterno suplicio que está reservado a los impíos. Mas, en fin, ¿a qué tardas? Trae lo que quieras.»
Los bautizados sufrimos una transformación. Cada bautizado deja de ser sólo él mismo. Pasamos a ser «yo pero ya no yo». Somos yo con Cristo, pero de un modo real, no sólo afectivamente. «Yo pero ya no yo», porque Jesucristo ha resucitado y vive, y vive en mí. Así se entiende que los primeros cristianos, en los juicios, dijesen que su nombre es «cristiano»; como quien dice: yo soy Policarpo, pero no sólo Policarpo. Me define mejor el nombre de «Cristiano» que el de «Policarpo». ¡Con qué orgullo —buen orgullo— decimos que somos cristianos!
Esto también explica que fuesen capaces de lo que hacían: porque Cristo actuaba en ellos con ellos mismos. Dejaban que la fuerza de Cristo obrase en ellos, y así hacían lo que hacían. También los cristianos de ahora estamos llamados a que la fuerza de Cristo actúe en nosotros. Por eso pensamos que nada que nos pida Dios es imposible para nosotros: si fuese yo solo, sería imposible; pero siendo «yo pero ya no yo» me resulta posible todo lo que es posible para Cristo.
¡Qué importante, por eso, vivir cerca de Cristo, manteniendo relación con él! ¡Qué importante vivir en gracia de Dios, con el deseo de recibir cada día más gracia suya!
Nos ha llegado la oración que Policarpo dijo en su último momento. Con las manos atrás y atado como un carnero, levantando los ojos al cielo, dirigió a Dios estas palabras que podemos rezar ahora:
«Señor Dios Omnipotente: Padre de tu amado y bendecido siervo Jesucristo, por quien hemos recibido el conocimiento de ti. Dios de los ángeles y las potestades, de toda la creación y de todos los justos que viven en tu presencia: Yo te bendigo porque me tuviste por digno de esta hora, a fin de tomar parte en el cáliz de Cristo, contado entre tus mártires. Para resurrección de eterna vida, en alma y cuerpo, en la incorporación del Espíritu Santo: que yo sea recibido con ellos hoy en tu presencia, en sacrificio grande y aceptable, tal como de antemano me lo preparaste, y me lo revelaste y ahora lo has cumplido, Tú, el infalible y verdadero Dios. Por lo tanto, yo te alabo por todas las cosas, te bendigo y te glorifico por mediación del eterno y celeste Sumo Sacerdote, Jesucristo, tu siervo amado, por el cual sea dada la gloria a Ti con el Espíritu Santo, ahora y en los siglos por venir. Amén.»
Puedes ahora seguir hablándole, y pedirle que todos seamos hoy como los primeros cristianos…
Abril
12
San Alferio, Abad. Siglo XI.
De la noble familia Pappacarbone, de Salerno. Tras recuperarse de una enfermedad, cumplió su promesa de dejar el mundo para vestir el hábito benedictino en Cluny, donde fue entrenado por San Odilio.
Discapacitados: un mensaje importante
El año 2000 fue muy especial. El Papa era entonces Juan Pablo II. El año estuvo salpicado de celebraciones y encuentros por el cambio de milenio. Los primeros días de diciembre tuvo lugar un momento muy especial: 7.500 discapacitados, en la basílica de San Pablo Extramuros —la más grande de Roma—, acompañados por sus familias, tuvieron una Eucaristía con el Papa. La orquesta Essagramma, compuesta por cincuenta músicos con discapacidades, se hizo cargo de los cantos. Algunos eran jóvenes autistas, otros con graves retrasos mentales, otros con importantes limitaciones físicas… Lecturas, oraciones de los fieles, procesión del ofertorio… todo fue realizado por personas con alguna discapacidad. También varios sacerdotes que concelebraron con el Papa padecían alguna.
El Papa estaba muy mayor y apenas andaba por su propio pie: en poco tiempo ya no pudo dejar la silla de ruedas. Una joven le saludó en nombre de todos: «Tu caminar cansado te hace también maestro de sufrimiento, pero de tu sufrimiento surge una sabiduría que, como la proa de un barco, surca las olas para trazar una estela que conduce al sentido de la vida y del sufrimiento.»
Fue una jornada muy especial. «Hoy —dijo el Papa al terminar— ha sido una de las celebraciones jubilares más significativas y queridas para mí.»
¿Por qué dice que es significativa? Lo explicaba así: «Toda persona marcada por una dificultad física o psíquica vive una especie de “adviento” existencial, la espera de una “liberación”, que sólo se manifestará plenamente para ella como para todos con el final de los tiempos. Sin la fe, esta espera puede asumir los tonos de la desilusión, del desaliento; apoyada por la palabra de Cristo, se transforma en esperanza viva y operante.» ¿Qué quería decir? Que los años que pasamos en esta tierra no son la vida entera. Los cristianos sabemos que la vida continúa. En esa nueva vida seremos liberados. Los discapacitados gritan al mundo la esperanza de esa liberación: saben que el sufrimiento no es definitivo, esperan que Dios transformará sus vidas.
Personas con minusvalías, con síndrome de Down, autistas, enfermos físicos o psíquicos… gritan a la humanidad un mensaje: ojalá sepamos escucharlo.
Es inevitable que su presencia nos haga preguntarnos por qué existe tanto sufrimiento. Y dice el Papa que siguió a Juan Pablo II: «… deberíamos consignar que el discapacitado tampoco es una criatura que no tendría que existir. Porque precisamente en su discapacidad reside su propio valor. Y el Cristo que se deja poner la corona de espinas y que dice de sí mismo: “Soy un gusano y no una persona”, también se ha situado dentro del tropel de discapacitados que traen un mensaje a la humanidad. Ellos, con su calidad de dolientes, de solicitantes de nuestro amor y de redispensadores de amor, pueden desempeñar también una misión específica: basta con que abramos los ojos.»
Una de las jóvenes se dirigió al Papa en aquella celebración y le dijo: «Nuestras almas han crecido porque no están contaminadas por la fuerza de la posesión, del éxito, o la conquista de los primeros lugares.» Así es: cuerpos demasiado impedidos que contienen almas tremendamente grandes.
Los cristianos tenemos debilidad por estos «cristos» del siglo XXI coronados con las espinas de la discapacidad. Nos hablan de esperanza, nos recuerdan que lo grande es el alma, que en la otra vida seremos liberados de los sufrimientos actuales.
Señor, que aprenda de quienes sufren. Que crezca en esperanza. Que valore más el alma que el cuerpo, que vea que cada uno de ellos solicita, pide, necesita de mi amor… y que se lo dé. Sólo con que nos ayuden a ser más generosos, su sufrimiento ya hace bueno al mundo. Te pido por ellos, y te pido que los cristianos nos volquemos en atenderles. ¿Les dedico tiempo?
Si quieres, repasa ahora con él los discapacitados que conoces, y coméntale lo leído.
Abril
1321
San Hermenegildo, Mártir. Siglo VI.
Primogénito del rey visigodo Leovigildo. Profesa el arrianismo hasta que, por influencia de su esposa y de San Leandro, se convierte al catolicismo. Le declara la guerra a su propio padre, ante la persecución de éste contra los cristianos. Cae preso y muere mártir.
El minusválido rentable
Ambrosio, un italiano minusválido, escribía este mensaje al Papa y a todos los sacerdotes del mundo:
«Soy un minusválido de 74 años de edad. A la edad de 12 meses fui afectado de una parálisis espástica. A los ocho años perdí a mi madre y desde entonces vivo en un instituto.
»Veo que la sociedad, aunque progrese en todos los sectores, cada vez margina más al que no “rinde”, o sea: al enfermo, al anciano, al minusválido, y ésta es una constatación que hace sufrir a quien se encuentra en estas condiciones.
»También hace sufrir el ver cómo tantos sacerdotes, que se preocupan y se esfuerzan por tantas cosas, descuidan a estas personas a quienes sólo la fe, con su ayuda, podría sostener y hacerles mucho bien.
»Sería bueno que el párroco escribiese, al menos en Navidad y en Pascua, una carta a todos los que sufren en su parroquia, pidiéndoles como caridad ofrecer las penas y las oraciones por las necesidades de la comunidad, para hacerlos partícipes de la vida comunitaria; así evitarían que se sientan inútiles y piensen que son una carga.
»Es tiempo de reavivar en las comunidades parroquiales la fe en la Providencia, a través del don más precioso que la comunidad posee, o sea, a través de la ofrenda diaria del sufrimiento de estos “predilectos de Dios”. La ayuda que tendría la parroquia a partir de esta ofrenda de sí, sería enorme.»
¡Es grande este Ambrosio! Se queja de que no nos apoyemos más en ellos. Sabe que él tiene una fuerza, que su sufrimiento vale mucho y quiere que «rinda».
Los cristianos sabemos que es bueno evitar el sufrimiento que se pueda evitar, con medicamentos y siguiendo las recomendaciones de los médicos. Pero el que no se puede evitar, si lo unimos al de Cristo y —como Él— lo transformamos en amor, tiene un gran valor.
¿Qué quiere decir «unirlo al de Cristo»? Lo dice muy claramente san Pablo. Él sufre muchos dolores físicos. Después de decir que todos los cristianos formamos el Cuerpo de Cristo, es decir, no somos individuos aislados, sino que somos parte del Cristo total que es la Iglesia, añade esto: «Ahora me alegro en los padecimientos por vosotros y completo en mi carne lo que falta a la Pasión de Cristo por su cuerpo, que es la Iglesia» (Colosenses 1, 24). Quiere decir, nada más ni nada menos, que sus padecimientos no son padecimientos suyos, sufrimientos sólo personales, sino que dice que padece como miembro del cuerpo místico de Cristo, y que cumple la medida de las penas de Cristo destinada a él y todavía no llenada, es la parte de sufrimiento de Cristo que le toca a él, lo cual es provechoso a todos.
Con la resurrección… ¡se acabó el individualismo! ¿Cuento con el sufrimiento de otros? ¿Pido a los enfermos, ancianos, deficientes… que recen por necesidades concretas, mías o de otros? ¿Aprovecho cuando yo tengo que sufrir algo para ayudar así a los demás? ¿Ofrezco el dolor? Cada vez que pasemos por algún lugar donde sabemos que hay sufrimiento —un hospital, una cárcel, un centro de discapacitados…— que adquiramos la costumbre de ofrecer a Dios todo lo que allí sufren y que quizá —en su situación— no son capaces ni siquiera de ofrecer ellos mismos.
Señor, gracias porque no vivo solo. Gracias por enseñarnos el sentido del dolor. Ayúdame a comportarme como cristiano ante el sufrimiento de otros y con el mío. Así hacemos bueno el mundo, de manera invisible pero real. Que viva la parte de padecimientos que me tocan a mí con el gozo de completar lo que falta a la Pasión de Cristo.
Comenta con él si puedes pedir oraciones a algún enfermo, y dile que deseas aprender el valor del sufrimiento…
Abril
14
Santa Liduvina, Virgen. Siglo XV.
De Schiedam (Países Bajos), a los 15 años cayó al hielo patinando, se rompió una costilla y permaneció desde entonces en cama, enlazándosele una enfermedad con otra.
En la hora de nuestra muerte
La asignatura que impartió en más ocasiones el papa Benedicto XVI, en sus años de profesor en la universidad alemana, fue la Escatología. La escatología es una asignatura que trata de la muerte y lo que viene después de ella. Publicó un libro de esta materia. En ese libro escribe: «Las letanías de los santos explican la postura de la fe cristiana frente a la muerte en esta petición: Líbranos, Señor, de una muerte temprana e inesperada. El que a uno se le arrebate súbitamente, sin poder prepararse, sin estar dispuesto, aparece como el peligro del hombre, del cual quiere ser salvado. Quisiera hacer con plena conciencia el último trecho del camino. Quiere morir él mismo.»
Así hemos rezado siempre los cristianos. Pero continúa: «Si hoy se intentara formular una letanía de los no creyentes, la petición sería la contraria: Señor, danos una muerte repentina e insospechada. Que la muerte venga repentinamente, sin tiempo para pensar ni padecer. Lo primero que esto demuestra es que no se ha conseguido plenamente la anulación del miedo metafísico.
»Es lógico que los que no tienen la suerte de la fe en este Dios bueno queden dominados a veces por el miedo al momento de la muerte. Pero los cristianos vivimos de cara a la otra vida. Jesús ha resucitado y vive para siempre, en lo que podemos llamar la ciudad de Dios, en esa fiesta del Cielo, donde la felicidad no tiene sombra. Nosotros hemos sido creados para habitar allí definitivamente. Los cristianos de todos los tiempos han considerado que poder prepararse para la muerte… es una suerte.»
Durante este tiempo de Pascua es bueno que agradezcamos al Señor este tiempo de vida, y que le pidamos la gracia de ir al Cielo. En el Avemaría se lo pedimos a María tantas veces: «Ruega por nosotros, pecadores, ahora y en la hora de la muerte.»
Sí: en la hora de la muerte queremos tu compañía, Madre nuestra. Que nos podamos preparar, que nos ayudes a abrirnos lo más perfectamente posible a dejarnos abrazar totalmente por este Padre nuestro que es todo amor, y no quiere otra cosa más que introducirnos plenamente en su vida, en la vida que nos has ganado con la resurrección.
Líbranos, Señor, de una muerte temprana e inesperada. Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros, pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte. Amén.
Ahora te toca a ti hablar a Dios con tus palabras, comentándole lo leído o lo que quieras.
Abril
15
Beato César de Bus, Sacerdote Fundador. Siglos XVI-XVII.
Oriundo de Francia, fue militar y poeta. Leyendo las vidas de los santos a una amiga analfabeta, su vida cambió. Fundó los Padres de la Doctrina Cristiana y la orden femenina de las Ursulinas de la Provenza.
Kiko Argüello: ¡Ayúdame!, ¡no sé quién eres!
En 1964, un joven madrileño, Kiko Argüello, comenzaba en uno de los barrios más pobres de Madrid el Camino Neocatecumenal. Así cuenta él su historia:
«Soy hijo de una familia normal, burguesa, de Madrid. Mi padre era abogado. Una familia acomodada. Soy primogénito de cuatro hermanos. Mis padres eran católicos. Después de haber terminado el colegio, al ir a la universidad, entré en crisis con mi familia y conmigo mismo, sobre todo por el ambiente en la facultad de Bellas Artes de Madrid, que era completamente ateo, marxista. Enseguida me di cuenta de que la formación que yo había recibido, tanto en la familia como en el colegio, no me servía de nada para responder a los problemas que tenía de todo tipo (afectivo, psicológico, de identidad). Me preguntaba: ¿quién soy yo?, ¿por qué existe la injusticia en el mundo?, ¿por qué las guerras?, etc.
»Me fui alejando de la Iglesia hasta dejarla totalmente. Había entrado en una profunda crisis buscando el sentido de mi vida. En Bellas Artes hice teatro. Conocí el teatro de Sartre y milité en esta línea un poco atea. Me dediqué a pintar, a hacer exposiciones…
»Bien, Dios permitió que yo hiciese una experiencia de ateísmo, o, si queréis, una kenosis, un profundo descenso al infierno de mi existencia, una existencia sin Dios. Dios ha permitido que yo cortase todos los lazos con la trascendencia. Me escandalizaba profundamente de la indiferencia de mucha gente. Todas las personas de mi alrededor eran personas que iban a misa, pero en definitiva su vida no era profundamente cristiana… Desde mi familia, en la que mi madre iba a misa todos los días, y mi padre era católico. Pero el dios de mi casa era el dinero. La mayoría de las conversaciones en mi casa eran sobre el dinero.
»No estaba Dios en el centro de mi familia ni en el centro de la mentalidad que se tenía en mi casa, y eso era normal. Lo mismo puedo decir de mis tíos, y de todo el ambiente en el que me movía. La religión era un aspecto más, una especie de barniz cultural, que al menos a mí no me convencía. Tal vez porque era pintor, artista, y tenía una profunda sensibilidad y un absoluto deseo de coherencia, de verdad. No aceptaba ser un burgués como mis padres, ni vivir una vida así, como supongo que les habrá sucedido también a tantos jóvenes. Recuerdo que entonces iba a misa el domingo y, con quince años, algunos amigos, estando la iglesia llena, nos quedábamos al fondo —era antes del Concilio— y aguantábamos allí de pie…, íbamos a aquella misa porque no se predicaba, era más breve…, se oía una campanilla y nos poníamos de rodillas, nos levantábamos y esperábamos a que terminase para poder largarnos.
»Yo me daba cuenta de que aquélla no era una manera de practicar. Aunque parezca extraño, la misa así de mal vivida fue la situación por la que me iba dando cuenta de que tenía que dejarlo, tenía que buscar otros caminos. Una cosa tenía clara: no podía engañarme a mí mismo. No podía ser un cretino, un estúpido: o creía seriamente en Dios o, si no creía, era mejor dejarlo… y así es como lo dejé todo.
»Entonces intenté ser coherente con un tipo de existencialismo: con el absurdo total de la existencia humana. Y comencé a sufrir mucho porque ante mí todo el mundo se convertía en ceniza: se convertía en ceniza mi existencia, se convertía en ceniza todo. No tenía interés por nada, ni siquiera por pintar. Y tuve la fortuna, o si queréis la desgracia, de ganar un Premio Nacional de pintura muy importante en España. Entonces salí en televisión, en los periódicos, me había abierto camino profesionalmente, y esto ya fue la “última gota”, porque veía que aquello no daba ningún sentido a mi vida.
»Había muerto interiormente y sabía que mi fin seguramente sería el suicidio, antes o después. Y, de hecho, estaba literalmente sorprendido de que la gente fuese capaz de vivir cuando yo no era capaz de vivir. La gente se ilusionaba por el fútbol, por el cine… A mí no me decían nada. El fútbol no me gustaba, y el cine me parecía estúpido. Vivir cada día significaba todo un sufrimiento. Cada día lo mismo: ¡para qué levantarme?, ¿quién soy yo?, ¿para qué ganar dinero?, ¿para qué casarme? Y así todo ante mí carecía de sentido… Recuerdo que sentía como si el cielo estuviese hecho de cemento, y yo me encontrase bajo una gran cloaca. Tenía esa imagen… El cielo, totalmente cerrado ante mí…
»Preguntaba a la gente a mi alrededor: “Perdona un momento, ¿tú sabes por qué vives?”, y no sabían ni por qué ni para qué vivían, pero vivían… Tal vez tenía que ser así, simplemente, vivir: uno se levanta, va a clase, come, después se va al cine o llama a un amigo… ¡Benditos los que son capaces de vivir así! Yo no lo era. Me refugiaba, escapaba de mí mismo. Se abría un gran abismo dentro de mí. ¡Abismo que en el fondo era una llamada profunda de Dios, que me estaba llamando desde el fondo de mí mismo!
»Entonces me ayudó mucho —por eso leer es siempre bueno— un filósofo que se llama Bergson. Bergson es el filósofo de la intuición. Dice que la intuición es un método de conocimiento superior a la razón. Dios permitió que ésta fuese para mí la primera chispa que me iluminase un poco, porque me había dado cuenta de que en el fondo yo era un racionalista, que me estaba destruyendo a mí mismo, porque en el fondo de mí algo no podía aceptar el absurdo de todo lo creado. Porque soy un pintor, y entendía la belleza de la naturaleza: el agua, los árboles, los pájaros, las montañas.
»Me di cuenta de que para negar que todo tenía un sentido, para negar que Dios existe, se necesitaba tanta fe como para creer que existía. Y yo había dado el paso de aceptar que Dios no existía. Pero era una acción racionalista que chocaba con algo dentro de mí. Y entonces me dije: “Mira que la razón no lo es todo, que en el hombre también está la intuición” Entonces con la intuición llegaba a reconocer que todo tenía un sentido, que existía Dios, que Él sabía por qué existo yo. Pero no sabía cómo encontrarlo.
»Luego leía el Evangelio que dice: no oponer resistencia al malvado…, si alguno te abofetea en la mejilla derecha…, si alguno te roba… Recuerdo que una vez mi padre se enfadó y le dije: “Mira lo que dice aquí. Tú eres católico ¿no?” Y él me dijo que eso eran cosas de los santos, de san Francisco, y no sé de quién… Entonces le contesté: “Este libro, la Biblia, lo puedes tirar por la ventana porque he entendido que no tiene ninguna relación con la realidad. Me niegas que esto se pueda vivir, que las cosas son como son…, que la vida es otra cosa: estudiar, ganar dinero, vencer… Entonces, ¿la Biblia, la fe, para qué os sirve…?
»Entré entonces en mi cuarto, y me puse a gritar a este Dios que no lo conocía. Le gritaba: ¡Ayúdame! ¡No sé quién eres! Y en aquel momento el Señor tuvo piedad de mí, pues tuve una experiencia profunda de encuentro con el Señor que me sobrecogió. Recuerdo que lloraba amargamente, me caían las lágrimas, lágrimas a ríos. Sorprendido me preguntaba: ¿por qué lloro? Me sentía como agraciado, como uno a quien delante de la muerte, cuando le van a disparar, le dijesen: “Quedas libre, gratuitamente quedas libre” y entonces aún no se lo cree y llora por la sorpresa de que le han liberado. Esto fue para mí pasar de la muerte a ver que Cristo estaba dentro de mí y que alguien dentro de mí me ha dicho que Dios existe.
»¿Qué era lo que me había pasado? Fue un toque, un testimonio profundo que me decía no sólo que Dios existe, sino que Cristo es Dios.
»De hecho me presenté a un sacerdote y le dije que quería hacerme cristiano, y él me dijo: “¿Cómo?, ¿es que no estás bautizado?” “Sí estoy bautizado”, le contesté. “Entonces, ¿qué quieres?, ¿hiciste la primera comunión?” “¡Sí!, pero mira que yo…” “Ah, que quieres confesarte!…” No me entendía. Pero yo sabía que lo que quería era hacerme cristiano, y para eso, ¿ir a confesarme un día y ya está? Yo sabía que hacerse cristiano tenía que ser algo muy serio. Así es como por fin hice Cursillos de Cristiandad, una iniciativa que surgió en España por aquellos años. Y me ayudó. Comencé una verdadera búsqueda del Señor. Iba a la iglesia y decía a los demás: “Ayudadme a hacerme cristiano!”
“Después, mi pintura cambió. Comencé a pintar arte religioso. Algunos conocéis mis iconos. Al poco tiempo fundamos un grupo de artistas, un movimiento de renovación del arte sagrado para hacer las iglesias más hermosas. Arquitectos, escultores y pintores nos pusimos a reconstruir la Iglesia, un poco como empezó san Francisco. Pero en un cierto momento me di cuenta de que no servía nada reconstruir la iglesia exteriormente cuando tanta gente como yo se había encontrado en una terrible situación.»
Señor, también yo te pido a ti y pediré a los demás: ¡Ayudadme a ser cristiano!
Ahora te toca a ti hablar a Dios con tus palabras, comentándole la conversión de Kiko o lo que quieras.
Abril
16
Santa Bernardita Soubirous, Vidente de Lourdes. Siglo XIX.
De Lourdes, de padres muy pobres, por medio de ella, la Virgen hizo surgir la prodigiosa fuente del milagro. Fue Hermana de la Caridad de Nevers y pasó nueve años en cama entre la vida y la muerte.
Kiko en las chabolas: ¡Resucitó!
El relato autobiográfico de Kiko continúa así: «El Señor me permitió encontrar a una persona que sufría. Entonces lo dejé todo y a todos. También mi prometedora carrera de pintor. Me fui a vivir a las chabolas. En Charles de Foucauld encontré la fórmula para vivir: una imagen de san Francisco, una Biblia —que sigo llevando conmigo porque la leo todos los días— y una guitarra. Entre las chabolas hechas con cartones, muy parecidas a las del Brasil, encontré una barraca que servía para los perros vagabundos y me metí allí. Hacía un frío terrible y venían todos los perros vagabundos a darme calor. Era algo gracioso estar allí con los perros, que de repente se encontraron con un nuevo huésped en su perrera que era yo.
»¿Pero qué hacía allí y en esas condiciones? Dios me quería en las chabolas para empezar un camino de conversión para muchísima gente.
»Allí en las chabolas ocurrió un milagro. Mis vecinos, la mayoría gitanos, me preguntaban quién era yo. Tenía barba, hablaba de forma distinta a la de ellos, pero hacía la misma vida: pedía limosna, trabajaba ocasionalmente como obrero… Entonces ellos me preguntaban, pero yo no quería hablarles. De Foucauld había aprendido la imagen de la vida oculta de Cristo: estar silenciosamente a los pies del Cristo-desecho de la humanidad, destruido. Ser el último es estar ahí, a sus pies. Pero el Señor empezó a llevarme, en primer lugar, a dos chicos perseguidos por la policía por vender droga, y después a un indigente borracho. Al poco tiempo éramos un grupo de diecisiete personas en mi chabola de tres metros cuadrados. Lleno total. Allí me encontré con la sorpresa de que tenía que hablarles, darles una razón de mi fe. Tomaba la guitarra, cantábamos, abría la Escritura y decía: “¡Señor, ayúdame. Yo no sé predicar, no sé hablar!”, del profeta Ezequiel. He visto que el Señor me daba un significado a la Palabra para poder amarles a ellos, por amor a estos pobres que traían las manos llenas de pecados. Uno había estado siete veces en la cárcel, otra era un vieja fea y prostituta. Había ladrones, vagabundos que recogían cartones por la calle y los vendían, gitanos que andaban vagabundos. Tuve muchos problemas y conflictos. Intentaron matarme dos veces… Una historia que es mejor no contar.
»Un día el jefe de un clan de gitanos, que estaba en lucha con otro clan, y que venía mucho a verme para pedirme la guitarra, me preguntó qué decía la Biblia sobre los enemigos. Me contó que, tras un enfrentamiento entre los dos clanes, él había golpeado a la madre del jefe de otro en la cabeza, y que le tuvieron que dar quince puntos. Como entre ellos rige la “ley del Talión”, pasados dos años había llegado el otro con deseos de venganza. Como en ese período la relación entre los dos clanes estaba en calma, decidieron ambos jefes encontrarse solos, y pelearse a bastonazos, hasta hacerse sangrar. Mi joven amigo estaba muy preocupado. Yo abrí la Escritura y le leí el Sermón de la Montaña, donde se invita a no poner resistencia al mal. “¿Entonces, debo dejar que me mate a bastonazos?” Le di el otro único libro que yo llevaba conmigo: Las Florecillas de san Francisco. Lo leía y venía todas las tardes a comentármelo. Hemos rezado juntos para buscar una salida, para que pudiese salvar la vida sin necesidad de matar al otro. La única solución era ir sin el bastón en son de paz. El día de la lucha se presentaron antes a mí con el bastón. Al final lo convencí y fue sin él. Yo me puse de rodillas a rezar el rosario para que la Virgen María salvase la vida de aquel chico. El tiempo pasaba. Las dos, las tres de la madrugada. Pensé que habría muerto, cuando le vi llegar. Al verlo sin el bastón, su adversario decidió resolver la disputa económicamente. Me amigo decidió pagarle “un tanto”. Se llama José Agudo. Ahora está en el Camino, y tiene trece hijos.
»Un día José me llevó a hablar a su tribu. Fue en una cueva enorme llena de gitanos. me dijo: “Háblales”, y no sabía que decir. Así que empecé por el principio, y me puse a hablarles de Adán y Eva, cuando de repente la madre de José Agudo se levantó: “Yo sé que en el cielo hay una mano potente, que es Dios. ¿Pero lo de la otra vida, lo del infierno, todas esas cosas de los curas? ¡Yo lo único que sé es que mi padre murió y no ha vuelto a casa! ¡Cuando yo vea a un muerto volver del cementerio creeré!” Se levantaron todos y se fueron. Y yo me quedé allí, bloqueado, atontado, sin saber qué hacer. Aquella mujer, sin embargo, sin quererlo, me había dado la clave, porque me había dicho que estaba dispuesta a escucharme cuando yo hubiese encontrado un hombre que hubiese salido del cementerio. Y efectivamente, buscando en la predicación primitiva y en los Hechos de los Apóstoles, se encuentra el testimonio de un pagano de nombre Festo, que le dice a Agripa que había un prisionero —que era san Pablo— que decía cosas muy interesantes. Festo hablaba a menudo con Pablo, pero la única cosa que habían entendido, y se lo decía a Agripa, era esto: “Hay un prisionero que habla de un muerto, que él dice que ha muerto, pero que vive, que ha vuelto de la muerte, ¡que ha vencido a la muerte!” De toda la predicación de san Pablo, Festo recordaba sólo esto. Os cuento esto para deciros en dos pinceladas cómo el Señor me ha hecho ir entrando en este kerigma, en este modo de anunciar la salvación, de dar en el núcleo central.
»Cada vez que me he sentido desalentado, he sentido una voz dentro de mí que me decía. “¡Coraje, Kiko, ánimo, que te quiero!” “¿De verdad que me quieres?” “En serio, ¡te quiero mucho, muchísimo!” Cristo me ha prometido: “Kiko, ¡tú no morirás!” ¡Un bautizado que viva coherentemente la fe ya ha resucitado con Cristo en el bautismo y forma parte del cuerpo de Cristo resucitado! Aquella gitana que me decía: “¿Cuándo has visto tú un hombre venir del cementerio?” Yo ahora le puedo contestar: “Por eso os invito a terminar con un canto. Cantemos un canto de la victoria de Cristo sobre la muerte, cantemos juntos ese canto que hice en las chabolas, que se llama ¡Resucitó!”»
Tú eres, Jesús, el hombre que ha salido del cementerio. Eso es lo que contaba san Pablo, y tantos otros hasta hoy. Quiero contar que yo he visto a este hombre que ha salido de la tumba y ha venido a decirme: ¡La paz esté con vosotros, yo he vencido al mundo! ¡Gracias!
Comenta con él, que te escucha, lo leído. Termina con la oración final.
Abril
17
Beata María Ana de Jesús Navarro, Religiosa Mercedaria. Siglo XVII.
De Madrid, de noble e ilustre linaje, maltratada por su padre y su madrastra, dejó su casa para labrarse una celda junto a la ermita de Santa Bárbara. Después recibió el hábito de Nuestra Señora de la Merced.
Respeta cada palabra suya como si fuese mía
Santa Faustina de Kowalska tuvo experiencias sobrenaturales. Jesús le hizo saber muchas cosas. Cuenta en su diario:
«El Señor me dijo: “(…) hija mía, me escondo detrás de tu director espiritual; él se ocupa de ti según mi voluntad; respeta cada palabra suya como si fuera mía propia; él es el velo detrás del cual me escondo. Tu director espiritual y Yo somos uno, sus palabras son palabras mías.”»
¡Es impresionante! Los cristianos somos una familia, en la que ninguno estamos solo. Dios ha querido que también espiritualmente viajemos en la vida con una compañía. Es lo que llamamos en la iglesia «acompañamiento espiritual» o «dirección espiritual».
En la confesión nos encontramos con Dios, que nos da su perdón. Pero también es posible, para el que quiera, recibir junto a la confesión una específica ayuda espiritual, si nos confesamos habitualmente con el mismo sacerdote, de manera que nos vaya conociendo y con quien desahogamos nuestra alma. Tenemos la suerte, todos, de contar con esa ayuda. Y tenemos la garantía de lo que santa Faustina escribe.
También santa Teresa de Jesús lo dijo muchos años antes: «Siempre que el Señor me mandaba una cosa en la oración, si el confesor me mandaba otra, el Señor volvía a hablarme diciéndome que obedeciera al confesor; después Dios le cambiaba el corazón para que me mandara la voluntad del Señor.»
Y en otra ocasión: «Como sé que la fuerza de la obediencia suele facilitar cosas que parecen imposibles, la voluntad se decide a escribir de buena gana, aunque la salud se debilita mucho. Si tampoco me diere el Señor esto, con cansarme y acrecentar el dolor de cabeza por obediencia, quedaré con ganancia, aunque de lo que dijere no se saque ningún provecho.»
Cuentan que un día unas carmelitas contaban a santa Teresa que había una mujer que, por amor a Dios, hacía grandes sacrificios. Teresa siempre se había considerado mediocre en lo que respecta a la penitencia. Pensó en su interior la posibilidad de hacer más sacrificios, y al comentarlo con el sacerdote con quien se confesaba, a éste no le pareció oportuno que se mortificara más. Teresa en su oración comenzó a quejarse por ello, se le ocurrió la idea de desobedecerle, y mientras discurría en estas cosas, sintió con claridad que al Señor le agradaba más su obediencia que sus sacrificios.
Puedes terminar con esta oración de santa Faustina:
Te agradezco, oh Dios, todas las gracias con las que continuamente me llenas. Las que me iluminan como los rayos del sol, y con las que me indicas el camino seguro. Gracias, oh Dios, por haberme creado, por haberme llamado a la existencia de la nada, y por grabar en mí Tu divino sello. Y lo has hecho únicamente por amor. Gracias, oh Dios, por el santo bautismo, que me insertó en la familia divina. Es un don de la gracia grande e inconcebible que nos transforma las almas. Gracias, oh Señor, por la confesión, por esta fuente de grandísima misericordia, que es inagotable. Por este manantial inconcebible de gracias en el que blanqueas las almas manchadas por el pecado. Gracias, oh Jesús, por la Santa Comunión, en la cual Tú mismo Te nos das. Siento Tu Corazón latir en mi pecho mientras Tú mismo desarrollas en mí la vida divina. Gracias, oh Espíritu Santo, por el sacramento de la confirmación, que me arma Tu caballero y da fuerza al alma en cada momento, y me protege del mal.
Puedes comentar con Él si tienes dirección espiritual, y si podrías tenerla, o cómo la llevas.
Abril
18
San Perfecto de Córdoba, Presbítero y Mártir. Siglo IX.
Fue el primero de los mártires cristianos que ocasionó la persecución de Abd al-Rahman II, el emir de al-Andalus. Se lo vincula a la iglesia de San Acisclo, donde se formó y se ordenó sacerdote. Los musulmanes lo degollaron por traidor.
Chiara Lubich y la escayola
Chiara Lubich empezaba una meditación con estas palabras: «He visto un hombre escayolado en el corredor de un hospital. Tenía inutilizados el tórax y un brazo, el brazo derecho. Con el izquierdo se las arreglaba para hacerlo todo… como podía. La escayola era una tortura pero el brazo izquierdo, aunque estaba más fatigado por la noche, se robustecía trabajando por los dos.
»Nosotros somos miembros unos de los otros y el servicio recíproco es nuestro deber. Jesús no sólo nos lo ha aconsejado, sino que nos lo ha mandado. Cuando, por caridad, sirvamos a alguien, no nos creamos santos. Si el prójimo es impotente, debemos ayudarle, y ayudarle como él mismo se ayudaría, si pudiera. De otro modo, ¿qué clase de cristianos seríamos?
»Si después, cuando llegue nuestra hora, tenemos necesidad de la caridad del hermano, no nos sintamos humillados. En el Juicio Final oiremos repetir a Jesús: Estaba enfermo y me visitaste…, pues a Jesús le gusta ocultarse precisamente en el que sufre, en el necesitado».
Jesús nos lo ha dicho: nuestro comportamiento debe ser distinto al de los demás hombres, y la diferencia debe llamar la atención, hasta hacerles exclamar llenos de admiración: «¡Mirad cómo se aman!»
Sí. En nosotros deben ver que el amor vence la indiferencia y la comodidad, que Jesús ha resucitado y por eso es posible amar siempre, hacer por el otro lo que el otro no puede, hacer con el otro lo que solo no puede. Como dice San Pablo: «Nosotros, los robustos, debemos cargar con los achaques de los endebles y no buscar lo que nos agrada. Procuremos dar cada uno satisfacción al prójimo en lo bueno, mirando a lo constructivo. Tampoco Cristo buscó su propia satisfacción; al contrario, como dice la Escritura: “Las afrentas con que te afrentaban cayeron sobre mí” (Romanos 15, 13).»
Pero también damos testimonio del amor cuando nos dejamos ayudar. A veces la soberbia nos dice que debemos valernos por nosotros mismos, y no es así. No es humillante recibir ayuda, como no es humillar el prestarla.
Gracias, Jesús, por la ayuda que recibo, gracias porque has creado el corazón de los hombres bondadoso. ¿Se me nota que quiero a los demás? ¿Quiénes, a mi alrededor, tienen «un brazo» escayolado?
Ahora te toca a ti hablar a Dios con tus palabras, comentándole lo leído o lo que quieras.
Abril
19
Santa Emma de Sajonia, Viuda. Siglo XI.
De la noble familia sajona de los Immedinger. Tras enviudar, apoyó a la catedral de Bremen haciendo una donación de una de sus propiedades. Fue una gran benefactora preocupada especialmente por los pobres.
Meter el mar en un agujero de arena
San Agustín fue Obispo de la ciudad de Hipona entre los años 395 y 439. Hipona está al norte de lo que ahora es Argelia; entonces era una provincia romano-africana de Numidia. Una mañana de un buen día estaba él paseando por la playa dando vueltas al misterio de la Trinidad. Trataba de entenderlo. Sumido en sus cavilaciones iba y venía por la orilla, ensimismado… pretendiendo comprender, con su mente racionalista, cómo era posible que tres Personas diferentes —Padre, Hijo y Espíritu Santo— pudieran constituir un único Dios.
Pasaban las horas, pero no lograba avanzar en su compresión. No encontraba palabras humanas para expresar la realidad de Dios uno y trino. Cuentan que en un momento dado observó —sin darle demasiada importancia— que llegaba un niño que se puso a jugar cerca de él. El pequeño hizo un agujero no muy grande en la arena, corría hacia el mar y recogía un poquito de agua en una concha marina. Después regresaba corriendo a verter el líquido en el hueco, repitiendo esto una y otra vez.
Al poco rato, San Agustín se percató de lo que hacía el niño, le prestó atención muy extrañado, hasta que decidió acercarse hasta él y le preguntó:
—¿Qué haces, niño?
A lo que el chiquillo contestó sonriente:
—Quiero meter el océano en mi hoyo.
El bueno de San Agustín, con un aire racional y paternalista, le respondió a su vez:
—Eso es imposible.
Entonces el niño le dijo:
—Pues eso es lo que estás pretendiendo hacer tú, que pretendes meter en una mente finita el misterio de Dios.
Y al momento, el niño desapareció de escena. San Agustín comprendió.
Una buena lección: si Dios cupiese en la cabeza de un hombre, Dios no sería Dios. Esas realidades de Dios que son tan grandes que nos resultan incomprensibles son las que llamamos misterios. Los misterios no son verdades sospechosas: más o menos como si cuando a la iglesia se le pone en un aprieto y no sabe por dónde salir… recurriese a la estrategia de decir: «eso es un misterio». Como si fuesen zonas oscuras, asuntos que no cuadran…
Con los misterios ocurre más bien lo que ocurre cuando miramos el sol. No somos capaces de mirar el sol con nuestros ojos porque no podemos resistir tanta luz. Es decir, cuando la realidad de Dios es tan grandiosa, nuestra mente no es capaz de entrar en tanta perfección. Y del mismo modo que, aunque no podemos mirar al sol, todo lo que vemos lo vemos gracias a la luz del sol, así ocurre con el misterio: no lo podemos comprender pero nos permite entender las demás cosas.
Los cristianos queremos conocer más a Dios. Por eso es bueno que leamos, estudiemos o asistamos a medios de formación para ir conociéndolo cada vez más. Algunos pretenden entender todo, cosa que es ridícula, pero además lo pretenden sin dedicarle tiempo, sin estudiar.
Cuando le preguntaban al cardenal John Henry Newman sobre su conversión, solía decir que no era algo que se pudiera explicar durante una cena «entre plato de sopa y el de pescado». «Que se tomen las mismas molestias que yo», añadía.
Señor, gracias por revelarnos los misterios. Que me acerque con respeto a tus verdades, que reconozca que se me irán desvelando en la medida en que te siga, en la medida en que viva lo que tú nos dices. Entonces iré admirándome de ti, aunque cuando me pidan explicaciones seguramente no sabré cómo explicarles.
Puedes comentar con él si a veces eres un poco racionalista, y si te estás formando como cristiano…
Abril
20
Santa Inés de Montepulciano, Religiosa. Siglo XIV.
Hija de la toscana familia Segni, fundó a los 15 años junto a su maestra de convento un monasterio en Proceno, que seguirá las huellas y el espíritu de Santo Domingo. Poco después, el obispo del lugar la nombra abadesa.
El ser sin rodillas
Hubo un tiempo en que parecía poco natural que los cristianos nos arrodillásemos al orar. Como si estar ante Dios sentado o de pie significase un trato con Dios más de tú a tú. Cada postura tiene su significado. La de arrodillarse también. Recordarla hoy, puede ayudarnos a tener presente su sentido cuando recemos arrodillados.
El pueblo hebreo era un pueblo sencillo, formado por pastores. Su idioma era también sencillo y muy concreto. No hay palabras para ideas abstractas. Por eso, los conceptos más abstractos de la vida del hombre solían representarlos por partes del cuerpo. Así, los deseos eran designados por el corazón, los riñones designaban el dolor, los lomos designaban los deseos, el seno materno designaba la misericordia… y las rodillas designaban el poder, la fuerza.
Por eso, para un hebreo doblar las rodillas significaba entregar el poder. Al doblarlas ante Dios, los judíos hablaban con su cuerpo: expresaban que doblaban las propias fuerzas ante Dios, reconociendo así su gran poder. La voluntad del que se arrodilla se somete a la voluntad de Dios. El poder de la propia libertad se dobla ante la voluntad todopoderosa y buena del Creador.
Los cristianos mantenemos este gesto, con el mismo sentido: es un gesto de adoración, y puede manifestar también súplica y arrepentimiento. El gesto corporal va acompañado de un sentido espiritual que es el de la adoración. Uno se arrodilla porque quiere adorar, y si uno quiere adorar lo expresa con su cuerpo arrodillándose. Adoramos con nuestro espíritu y con nuestro cuerpo. La adoración es uno de esos actos fundamentales que afectan al ser humano en su totalidad. Por eso, doblar las rodillas en la presencia del Dios vivo es algo a lo que no podemos renunciar.
Eusebio de Cesarea cuenta en su Historia Eclesiástica, que Santiago, el «hermano del Señor», el primer obispo de Jerusalén y «jefe» de la Iglesia judeocristiana, tenía una especie de piel de camello en las rodillas porque siempre estaba de rodillas, adorando a Dios y suplicando el perdón para su pueblo (2 23,6).
Los Padres del desierto cuentan una ocasión en la que el diablo fue obligado por Dios a presentarse ante un tal abad Apolo. Su «aspecto era negro, desfigurado, con miembros de una escualidez espantosa y, sobre todo, no tenía rodillas. La incapacidad de arrodillarse aparece, por decirlo así, como la esencia misma de lo diabólico» (Ibi., p. 218). Es impresionante: ¡el diablo se representa como quien no tiene rodillas!
Es importante que recemos de rodillas. Los Hechos de los Apóstoles nos narran la oración de rodillas de san Pedro (9, 40), de san Pablo (20, 36) y de toda la comunidad cristiana (21, 5). También san Esteban. El primer mártir cristiano es presentado en su sufrimiento como la imagen perfecta de Cristo, cuya pasión se repite en el martirio del testigo, incluso en sus detalles. Esteban, de rodillas, hace suya la petición de Cristo crucificado: Señor, no les tengas en cuenta este pecado (Hch 7, 60).
Al llegar a una iglesia, en la consagración de la misa, después de comulgar, la oración nada más levantarnos —el ofrecimiento de obras—, al rezar por la noche las oraciones —las tres avemarías—, son buenos momentos para hacerlo de rodillas. Así, nos unimos a la oración de Jesús, y decimos con nuestro cuerpo también que le adoramos, que le entregamos todo, que suyo es el poder, que nuestro poder es suyo.
Señor, que ante ti se doble toda rodilla en el cielo, en la tierra, y en los infiernos, y toda lengua confiese: Cristo Jesús es Señor, para gloria de Dios Padre. (Filipenses 2, 6-11). También yo quiero arrodillarme, y así, con mi cuerpo y con mi espíritu, reconocer que sólo tú eres mi Señor.
Ahora puedes repasar con él si rezas de rodillas, cuándo puedes hacerlo, y decirle que lo quieres hacer conel sentido que tiene.
Abril
21
San Anselmo, Obispo y Doctor de la Iglesia. Siglo XII.
De Aosta, de noble familia, abandonó la casa paterna y se fue a Francia y, posteriormente, a Bec. Se convirtió en un eminente profesor, elocuente predicador y gran reformador de la vida monástica. Sus obras filosóficas provienen del vivo impulso del corazón y de la inteligencia
¡Cómo hay cristianos que se acuestan sin vida eterna!
Cuando se acerca el fin del año, es frecuente encontrar noticias en las que los gobernantes dividen el tiempo entre el presente y a partir del 1 de enero. Que si subirá el precio de la electricidad, que si bajarán los impuestos de no sé qué, que si desaparecerá tal otro impuesto, que la inflación bajará… Una línea divisoria que marcan los políticos: hasta ahora, y a partir del comienzo del año.
Los hombres siempre han dividido el tiempo entre el presente y el tiempo —si lo hay— que comienza después de la muerte. Tiempo actual y tiempo venidero, podríamos llamarlos. Otra línea divisoria marcada por la muerte.
Sin embargo, desde Cristo y su Pascua, la línea divisoria se ha cambiado. A la muerte se le ha vencido, y la división del tiempo ya no la impone ella. Jesús ha resucitado. Aquella división del tiempo ha saltado por los aires. Ahora es distinto. La vida temporal y la vida eterna no va una detrás de la otra, como si la vida eterna viniese a continuación y siguiendo a la vida temporal. ¡Qué va!
Es un error bastante común pensar que la vida eterna es la que viene después de la muerte. No. Dice Jesús: «Quien escucha mi palabra y cree en el que me ha enviado, tiene vida eterna… y ya ha pasado de la muerte a la vida»(Juan 5, 24), ¡… ya tiene vida eterna!
Se le llama vida eterna no porque empiece en la eternidad y no tenga nada que ver con nuestro tiempo, sino porque empieza ahora y no terminará nunca. «Yo soy la resurrección y la vida. El que cree en mí, aunque muera, vivirá, y el que vive y cree en mí no morirá para siempre» (Juan 11, 25).
Ya tenemos la vida eterna, la vida de Dios, una vida nueva… Esta vida es la gracia de Dios. El cielo ya empieza en esta vida, el Reino de Dios ya está entre nosotros, en el corazón de los que se han abierto a Jesucristo.
Por esto, una constante en los cristianos es la de ser hambrientos de la vida nueva, golosos de la gracia. Como el niño glotón al que le ofrecen un capazo de golosinas, que coge con las dos manos todas las que puede después de haberse llenado los bolsillos y la boca… así los cristianos deseamos que la gracia de Dios nos llene hasta «salirnos por las orejas»…
«Llena eres de gracia», le recordamos contentos de que así sea María. Y nosotros se la pedimos continuamente: «Infunde, Señor, tu gracia sobre nosotros…», «Te suplicamos, Señor, que derrames tu gracia en nuestras almas…»
Cuentan que algunos alumnos de santo Tomás de Aquino le preguntaron qué quería que ellos transmitiesen a las generaciones siguientes cuando él hubiese muerto. Dicen que no contestaba. Sus alumnos insistieron otra, otra y otra vez: querían como un testamento de un filósofo y teólogo que ha sido de los mejores de la historia, a quien seguimos estudiando hoy día, siete siglos después. Al final, santo Tomás se decidió a hablar. Con un tono algo misterioso, con gesto de pena, de desconsuelo y con cierta tristeza, dijo algo así como «nunca podré entender cómo hay cristianos que se acuestan sin estar en gracia». Ése era el testamento del gran intelectual y santo.
En medio del tiempo vivimos lo eterno. Sin la vida eterna, vivimos muertos, y la muerte tiene el poder sobre nosotros. Cuando el bien nos deja indiferentes o nos aburre, y sin embargo el mal nos atrae y nos domina y es lo único que nos parece divertido… es que la vida eterna es escasa o está ausente en nosotros.
Señor resucitado, te suplicamos que derrames tu gracia en nuestras almas, que la derrames abundantemente porque quiero estar lleno de gracia, vivir tu vida eterna aquí, ser transformados por tu vida. Ése es tu regalo gratuito a nosotros los hombres. Vivir movidos por una fuerza superior, por un amor imposible para nosotros solos, vivir con pasión por el bien, vivir aborreciendo el mal. Santa María, llena eres de gracia, intercede por nosotros y que ningún cristiano se acueste sin tener en él vida eterna.
Repasa cómo valoras vivir en gracia, si eres goloso, y puedes decirle que te cambie en lo que veas que necesitas cambiar…
Abril
22
Santa Oportuna, Abadesa. Siglos VIII-IX.
Fue hermana del santo Crodegan, obispo de Sées. En el convento destacó por su bondad y fervor. Realizó dos milagros poco después de ser nombrada abadesa.
Gustar a Dios
El otro día me lo volvía a decir un chico, hablándome de una amiga: «Sé que le gusto, porque me lo han dicho mis amigos, pero…» Nunca me ha convencido esa expresión: me gusta fulanito o le gusto a fulanito. Pero puede servirnos. La vida del cristiano tiene un motor: querer agradar a Jesucristo, ser de tal manera que le guste, que cuando él me mire encuentre en mí eso que le produce contento.
Hay una poesía de Pedro Salinas a su novia Margarita que empieza así:
Se te está viendo la otra.
Se parece a ti:
los pasos, el mismo ceño,
los mismos tacones altos (…)
Cuando vayáis por la calle
juntas, las dos,
¡qué difícil el saber
quién eres, quién no eres tú!
Tan iguales ya, que sea
imposible vivir más
así, siendo tan iguales.
Y como tú eres la frágil,
la apenas siendo, tiernísima,
tú tienes que ser la muerta.
Tú dejarás que te mate,
que siga viviendo ella,
embustera, falsa tú,
pero tan igual a ti
que nadie se acordará
sino yo de lo que eras.
Se trata de una poesía en la que el poeta se lamenta de que en su novia haya dos personas: por una parte la que ella es, y por otra la que tiene que ser, a la que él quiere, tierna, frágil, buena… Pero en ella también hay otra persona que es más falsa, embustera, que está echando a perder lo grande que tiene, su bondad, es alguien que se está dejando llevar por cosas negativas que la alejan de quien podría ser.
¿No nos ocurre lo mismo a todos? Que la vida nos va llevando por unos caminos que nos hacen malos, que la soberbia, o la pereza, o la presión del ambiente influyen tanto en nosotros que nos cambian. Sabemos que tendríamos que trabajar, pero nos estamos haciendo perezosos o caprichosos, sabemos que podríamos ser alegres, pero nos dejamos dominar por el mal humor y nos hacemos antipáticos, sabemos que podríamos ser limpios y generosos pero la pasión nos tira a ser sucios o egoístas y nos dejamos dominar por el ir a nuestro rollo…
La poesía termina con estas palabras:
Y vendrá un día
—porque vendrá, sí, vendrá—
en que al mirarme a los ojos
tú veas
que pienso en ella y la quiero:
tú veas que no eres tú.
Esta poesía de amor es la que Jesucristo nos puede decir a cualquiera de nosotros cuando vivimos de tal manera que nos vamos estropeando. Cuando le miramos… vemos que no somos el que él desea ver, que estamos siendo otro y no el que él querría ver. Quien ama sufre viendo que se estropea su amado.
El cristiano no está todo el día examinándose y lamentándose porque querría ser mejor. Lo que nos mueve a los cristianos es ser de tal manera que le guste cada día más a Jesús. No me examino para tener más virtudes, o para ser más perfecto, sino para que este Jesús que tanto me quiere reciba de mí lo que él merece: para gustar a Jesús.
Jesús, que cuando me mires y yo te mire —es lo que hago ahora y cada vez que hago oración— me duela lo que a ti te duele encontrar en mí. Gracias por amarme, y que cada día te guste más. Que no veas en mí al otro, al embustero y falso yo.
Ahora te toca a ti hablar a Dios con tus palabras, comentándole que quieres gustarle…
Abril
23
San Jorge, Mártir. Siglo IV.
Según la tradición, el santo era un caballero cristiano que hirió gravemente a un dragón que aterrorizaba a los habitantes de una pequeña ciudad. San Jorge dijo que bastaba con que creyesen en Jesucristo para que el dragón muriese. Es patrono de Inglaterra.
El franciscano preso número 16670
Auschwitz fue el campo de concentración más grande creado por los nazis. Ahora lo han convertido en un museo. Allí se señala el lugar donde estuvo encerrado Maximiliano Kolbe. ¿Por qué es famoso este polaco que Juan Pablo II canonizó?
Kolbe, nacido en 1894, decidió ingresar en un convento franciscano a los 16 años. Después de hacer dos doctorados en Roma, aparte de dar clases en el seminario, fundó la Milicia de la Inmaculada. En 1927 fundó una pequeña ciudad, llamada Niepokalanów —la Ciudad de la Inmaculada—, con un convento, radio, imprenta y un servicio de bomberos. Trabajaban unas tres mil personas que vivían allí; todos sus trabajos eran para difundir la devoción a María; aparte de la radio, publicaban un par de revistas dedicadas a la Virgen con una grandísima difusión. Más tarde fue como misionero a Japón, donde hizo una fundación similar.
El año 1936, estando en Niepokalanów, fue apresado junto a otros frailes y enviado a campos de concentración en Alemania y Polonia. Poco tiempo después, el día de la Inmaculada, es liberado. En 1941 es hecho prisionero otra vez y enviado a la prisión de Pawiak, y luego al campo de concentración de Auschwitz, donde prosiguió su ministerio a pesar de las terribles condiciones de vida. Los nazis trataban a los prisioneros de una manera inhumana y los llamaban por números; a San Maximiliano le asignaron el número 16670. A pesar de los difíciles momentos en el campo, su generosidad y su preocupación por los demás nunca le abandonaron.
Las normas del campo ordenaban que los prisioneros fueran guardianes unos de otros. En julio de 1941 hubo una evasión del campo de concentración. Como castigo, impusieron que se ejecutara a diez hombres por el prisionero que se había escapado. Hicieron el sorteo 1-2-3-4… 9… 10 y al que le correspondió el número 10 se oyó un grito desgarrador: «Dios mío, yo tengo esposa e hijos. ¿Quién los va a cuidar?» Era Francis Gajowniczek, un hombre casado y con hijos pequeños. En ese momento, Maximiliano levantó la mano haciendo una señal a los guardias, y el oficial le dijo: «¿Qué es lo que quiere ahora este cerdo polaco?»
El padre Kolbe dijo al oficial: «Yo me ofrezco para reemplazar al compañero que ha sido señalado para morir de hambre.» El oficial le respondió: «¿Y por qué?» «Porque él tiene esposa e hijos que lo necesitan. Yo soy soltero y solo, y nadie me necesita» El oficial dudó un momento y respondió: «Aceptado.»
Maximiliano Kolbe fue llevado con sus otros nueve compañeros a morir de hambre en un subterráneo. Aquellos tenebrosos días fueron de angustias y agonías continuas. Maximiliano animaba a los demás y rezaba con ellos. Poco a poco fueron muriendo uno tras otro. Después de diez días, sólo él sobrevivía. Como los guardias necesitan ese lugar para otros presos, le pusieron una inyección de cianuro y lo mataron. Era el 14 de agosto de 1941.
En 1983 el papa Juan Pablo II visitó Niepokalanów, fundada por Kolbe. Al comienzo de su homilía dijo: «“Nadie tiene amor mayor que el que da su vida por sus amigos” (Jn 15, 13): así dice Jesús al despedirse de los Apóstoles en el Cenáculo, antes de encaminarse hacia la pasión y la muerte. “Sabemos que hemos sido trasladados de la muerte a la vida, porque amamos a los hermanos”, repetirá después el apóstol Juan en su primera Carta (1 Jn 3, 14). Y concluirá: “En esto hemos conocido la caridad, en que Él dio su vida por nosotros; y nosotros debemos dar nuestra vida por nuestros hermanos» (1 Jn 3,16).» Esto fue lo que vivió Maximiliano Kolbe.
Resulta interesante considerar que éste fue su final. Lo que quizá saben menos personas es algo que vivió en su comienzo. En sus años de seminario coincidió con uno de sus hermanos. En un momento determinado, Maximiliano llegó a convencerse y convencer a su hermano de abandonar el seminario. ¿La noche oscura del alma?, ¿temor ante un reto que él se tomaba tan en serio que le pareciera por encima de sus fuerzas?, ¿dudas? Cuando iban a hablar con el superior, por casualidad, llegó a verlos su madre, llena de alegría. Con satisfacción les cuenta que el hermano menor también va a entrar en la orden. La madre les asegura que ella siempre rezaría por sus hijos. Abrazos y lágrimas dieron más intensidad a sus palabras.
Aquella visita disipó todas las dudas en los corazones de los hermanos. Nueve años más tarde, desde Roma, recuerda aquella visita en una carta a su madre y la considera un «regalo salvador, providencial, de la Inmaculada».
Los santos no han vivido sin dificultades, dudas, tentaciones, inseguridades… Es importante recordar siempre que Jesús ha resucitado, que unidos a él podemos crecer en esas situaciones, que ser santos es para nosotros: tenemos que saber aguantar el tirón. El Espíritu Santo nos va transformando, pero poco a poco. Si seguimos adelante, va agrandando nuestro corazón hasta que, como Maximiliano Kolbe, desearemos dar la vida por los demás, por cualquiera, porque amaremos a todos. Pero… poco a poco… él actúa: él es quien nos transforma.
María Inmaculada, quiero darte a conocer a muchos. Ayúdame a dejarme transformar, como Maximiliano Kolbe, para que cada día dé mi vida por los que tengo al lado con detalles concretos de servicio, ayudándoles, escuchándoles, trabajando bien, sonriendo… Que sepa tener esperanza y saber esperar en los momentos de crisis, cuando las cosas no las vea claras, cuando me invada el desánimo o la inseguridad. San Maximiliano Kolbe, ruega por nosotros.
Comenta con él si quieres cómo has vivido tus crisis, y termina con la oración final.
Abril
24
San Fidel de Sigmaringen, Sacerdote y Mártir. Siglo XVII.
Doctor en Derecho y profesor de Filosofía y Letras, se dedicó a defender gratuitamente a los pobres. Ante un intento de soborno por parte de otro abogado, dejó su oficio y entró de religioso capuchino, repartiendo sus riquezas entre los pobres.
Respetar a las gallinas
Un gobierno europeo publicaba recientemente una ley por la que se prohibía que las vacas fuesen trasladadas en camiones con poco espacio para cada una, y que si los viajes superaban las cuatro horas se les debía dejar un tiempo para descansar.
No entro a valorar la ley, pues no soy un experto. Pero sí habla de una sensibilidad que es muy cristiana. Por supuesto que el hombre es el dueño de la creación, que somos superiores al resto de las criaturas que pueblan el Planeta. Ahora bien, los animales son compañeros de nuestra existencia, son criaturas de Dios, tienen una dignidad. El hombre es el dueño de la creación, pero no puede ser un déspota que haga lo que se le antoje. Todas las criaturas tienen una dignidad que los hombres tenemos que saber respetar.
En una entrevista que hacían a quien más tarde sería elegido papa Benedicto XVI, hablaba de esto. Decía que los hombres deberíamos plantearnos hasta qué punto son correctas algunas prácticas, como esos criaderos de gallinas en los que jugando con la luz y la oscuridad se manipulan los ciclos para que las gallinas pongan más huevos, sin hablar de las condiciones de vida a las que se les somete.
Amamos la creación y a todas las criaturas. Nos servimos de ellas para nuestras necesidades, pero las respetamos. Y no sólo eso, sino que los hombres somos la boca de esas criaturas. ¿La boca? Sí.
En el libro del Apocalipsis se dice: «Alabad al Señor, sus siervos todos» (19, 5). Y los hombres alabamos a Dios por toda la creación. Como reza el libro de Daniel, rezamos este cántico:
Criaturas todas del Señor, bendecid al Señor, ensalzadlo con himnos por los siglos.
Ángeles del Señor, bendecid al Señor; cielos, bendecid al Señor.
Aguas del espacio, bendecid al Señor… Sol y luna, astros del cielo, lluvia y rocío, vientos todos, fuego y calor, fríos y heladas, rocíos y nevadas, témpanos y hielos, escarchas y nieves, noche y día, luz y tinieblas, rayos y nubes… Bendiga la tierra al Señor.
Montes y cumbres, cuanto germina en la tierra, manantiales, mares y ríos, cetáceos y peces, aves del cielo, fieras y ganados, bendecid al Señor, ensalzadlo con himnos por los siglos.
Hijos de los hombres, Israel, sacerdotes del Señor, siervos del Señor, almas y espíritus justos, santos y humildes de corazón, Ananías, Azarías y Misael… Bendigamos al Padre y al Hijo con el Espíritu Santo, ensalcémoslo con himnos por los siglos.
Los cristianos prestamos nuestra voz a las criaturas para alabar a Dios, agradecer que haya hecho todo con sabiduría y belleza, orden y bondad. Nos alegra contemplar la creación, respetarla, y regodearnos en ella hablando bien a nuestro Dios y de nuestro Dios.
Podemos rezar la oración de san Francisco, y aprender de él a mirar las criaturas:
Alabado seas, mi Señor, por todas las criaturas, especialmente por mi señor hermano el Sol. Con su lumbre y su luz nos das el día ¡cuán bello es y esplendoroso! Él lleva tu representación ioh Dios Altísimo!
¡Alabado seas, mi Señor, por la hermana Luna y las Estrellas: en el cielo las formaste claras y preciosas y bellas! ¡Alabado seas, mi Señor, por el hermano Viento, por el Aire y la Nube, por el Cielo sereno, el Nublado y todo Tiempo: con ellos sostienes a tus criaturas!
¡Alabado seas, mi Señor, por la hermana Agua, tan útil, tan humilde, tan preciosa y tan casta!
¡Alabado seas, mi Señor, por el hermano Fuego: por él nos alumbras la noche, y es bello y alegre, vigoroso y fuerte!
¡Alabado seas, mi Señor, por nuestra madre y hermana la Tierra, que nos mantiene y nos gobierna, nos da frutos diversos y flores de color y verde hierba!
Si quieres puedes seguir alabándole, con estas u otras palabras. Termina con la oración final.
Abril
25
San Marcos, Evangelista. Siglo I.
Judío de Jerusalén, fue discípulo de San Pedro e intérprete del mismo en su Evangelio. Acompañó a San Pablo y a Bernabé, su primo, en el primer viaje de misioneros de éstos. Su Evangelio contiene Historia y Teología.
Lolo, el jóven periodista de Acción Católica
«Haz por sentarte a la mesa de las sinceridades y tú mismo vete rellenando el carnet de identidad.
»De nombre te pones Hombre y éstos son los apellidos que debieras: Libre, Amante e Inmortal.
»Residencia provisional, la tierra, de paso para la Eternidad.
»Hijo, de Dios. Profesión, la Generosidad.
»De fotografía, le estampas el corazón y rubricas todo con letra de fe y firma de esperanza.»
Quien escribe esto es Lolo, un periodista algo singular. Lolo fue un joven de Acción Católica. Nació en Linares (Jaén, España) en 1920. A los 22 años una parálisis progresiva le sentó en un sillón de ruedas. Su inmovilidad fue total. Los últimos nueve años, también ciego.
Pero Lolo fue un joven cristiano que se tomó en serio el Evangelio, o como decía de él otro periodista: «Se dedicaba a ser cristiano. Se dedicaba a creer». Tan en serio se tomaba el Evangelio que un día el Hermano Robert, de Taizé, se acercó a su casa. Lo vio. Lo oyó hablar. Miró aquel cuerpecillo agarrotado. Tomó la pluma y escribió en la pantalla de la lámpara que alumbraba desde el rincón la mesa donde Lolo trabajaba: «Lolo, sacramento del dolor.»
Pero Lolo, que mantuvo la perenne alegría en su permanente sonrisa, «varón de dolores» y sin embargo sembrador de alegría en los cientos de jóvenes y adultos que se acercaban a él en busca de consejo, hizo un gran bien.
Con otra comparación expresiva, la del viaje en el avión, nos describe las líneas maestras de su vida, casi idénticas al anterior texto:
«Voz de azafata:
»—¡Atención, atención! Avión a punto de partir.
»Ruta sobre el techo del mundo; pasaje de fe y asiento de generosidad.
»Utilice la escalerilla del entusiasmo y abróchese el cinturón de la esperanza.
»Destino: el Reino de Dios.»
Lo que ha afirmado en un tono sereno con la lucidez y vivacidad de su mente, lo expresa ahora con vehemencia, como un volcán en erupción:
Tengo sed, Señor, del agua de esa fuente. Mi corazón
quema de tanta lumbre interior, de tantos ardores
siempre. Me abraso de ansias de ser mejor, de notarme
más fiel, más leal, más generoso, más incondicional.
Mi sed es de Ti, ¿por qué has de darte siempre con
cuentagotas? ¡Dame más, Señor! ¡Lléname como un
aljibe, y casi enseguida, me dejas vacío, para que
yo goce además el júbilo de sentir cómo te viertes!
Tengo ganas de que se termine la sed, pero también
quiero que nunca se acabe, porque la sed es una
hermosa esperanza y nuestra pequeña esperanza se
redime en su propia espera y su dolor.
No quiere que se quede en ideas abstractas y puros sentimientos, lo concreta, lo programa, como suele ser su costumbre, en un decálogo de vida para verse «quemado por Cristo todo el día»:
«Y para que veas que te lo digo de corazón, aquí te dejo, Señor, la bandera y el programa de un humilde decálogo. Ojéalo y, si vale, échale al fin tu bendición:
»I. Te desayunarás cada amanecer con el buen panecillo de Dios y luego te harás de su
»milagro repartiendo los panes y los peces de tu corazón.
»II. No vivas nunca sin los dolores de grietas del grano que se entierra, pero hazlo con gesto
»humilde y alegre, como quien lía un pitillo con despreocupación.
»III. Nunca pienses en el “mirlo blanco” de una cosecha, Tú, a tus zapatos, que es el arar y
»arar de continuo.
»IV. Restriega y lava tus ojos en la fe, para ver siempre al Cristo que vive en el bueno, el
»mediano y el pecador: (Sí, ¿o es que no lo notas en su Pasión, azotado y sangrante por
»las injurias?).
»V. De hombre a hombre, te bajas del pupitre y obras como un barro de inferior calidad pero
»el chorro de Gracia de tu vida lo das sin tasa y seguro, con la fuerza del Dios que
todo lo puede.
»VI. Échale al mundo sin guardaespaldas, a todo riesgo, que no hay vacuna como la de la
»Gracia y hasta el peor de los hombres te podría contagiar un algo que te faltase.
»VII. Cuando des, da bienes, corazón y gracias, porque ¡menudo favor te hace Cristo con
»dejarse socorrer en el pobre…!
»VIII. No juegues al colosalismo apostólico y no andes de zascandileos con Cristo por los
»callejones mientras no lo tengas como un rey en tu trabajo y en tu ambiente.
»IX. En el cielo no entran ni las tortugas ni los caracoles. Tú lo escalarás en equipo y con
»un buen sello de urgencia estampillado en el corazón.
»X. Ni tus manos, ni tus labios, ni tu cabeza se dejarán caer sobre una almohada sin que
»noten las agujetas de haberse “quemado” por Cristo todo el día.»
Gracias, Señor, por estos hombres en los que vemos las maravillas que tú haces. En ellos vemos tu resurrección, tocamos que el amor es más fuerte que el dolor, que la traición, que el resentimiento y que el odio. Dame un gran amor, y así seré capaz de estar alegre y contagiar tu paz a los demás también en los momentos más duros.
Puedes hablar a Dios del decálogo de Lolo, y quizá comentarle alguna de sus oraciones.
Abril
26
San Isidoro de Sevilla, Arzobispo de Sevilla y Doctor de la Iglesia. Siglos VI-VII.
Hermano de San Leandro de Sevilla y tío de San Hermenegildo. Defendió la fe contra los arrianos, se ocupó de la organización eclesiástica, presidió varios concilios y contribuyó al florecimiento de la vida religiosa en España.
Perdonadles
Como sabes, en la Guerra Civil que hubo en España en 1936-1939, hubo algunos que fueron contra la Iglesia: por el hecho de ser cristianos, algunos fueron asesinados. Varios centenares de ellos han sido canonizados en 2007. Éste es uno de ellos: Bartolomé Blanco, jienense de Pozoblanco.
Tenía 21 años y una novia maravillosa. La víspera de su fusilamiento se despide de sus familiares, de sus tías y primos, con estas palabras:
«Conozco a todos mis acusadores. Día llegará en que vosotros también los conozcáis. Sea ésta mi última voluntad: perdón, perdón y perdón. Una indulgencia que quiero venga acompañada de hacerles todo el bien posible.
»Os pido que me venguéis con la venganza del cristiano, devolviendo mucho bien a quienes me han intentado hacer mal.»
¿Qué puede mover a un joven obrero y sindicalista a expresarse con semejante serenidad? ¿Cuál será la clave por la que tantos cristianos hayan respondido así? ¿No te parece que si es posible vivir así, de perdonar como ellos lo hicieron, y de creer con tranquilidad y firmeza, merece la pena emplear la existencia para encontrar la clave?
Así es la venganza del cristiano: devolver mucho bien a quien ha querido hacernos mal. Que Cristo haya resucitado significa que sigue vivo. Y vive en los cristianos. Sin su vida en nosotros, no nos resultaría posible comportarnos como estos 498 mártires de la Guerra Civil se portaron cuando les persiguieron por ser cristianos. Ahí está la clave: pero sólo se desvela a quien la busca… con las manos atrás, es decir, sin querer imponerse, sin exigir demostraciones, sin desconfiar. Si le encontramos, también nosotros diremos: «Os pido que me venguéis con la venganza del cristiano, devolviendo mucho bien a quienes me han intentado hacer mal.»
Señor, vive en mí. ¡Ven, Señor Jesús! Ven, y habita en mí. Que cada vez te deje estar más plenamente, que cada día me poseas más de manera que seas tú quien vive en mí, como decía san Pablo. Por intercesión de todos los mártires, te ruego por todos los cristianos que estamos todavía de camino.
Convéncele ahora para que te enseñe a perdonar, y mira si aplicas «la venganza cristiana» de la que hablaba Bartolomé.
Abril
27
Nuestra Señora de Montserrat, Advocación Mariana.
La Virgen de Montserrat fue declarada patrona de Cataluña y en el siglo IX se construyó el santuario con el mismo nombre. Se le llama Moreneta debido al humo de tantas velas encendidas en su honor como señales de su protección o como signo de pedirle favores o de acción de gracias.
Vivir al día
La oración del Padrenuestro contiene siete peticiones. La estructura es perfecta: las tres primeras se refieren al Reino de los cielos, las tres últimas a nuestras necesidades durante nuestro paso por este mundo; y en el centro, entre un grupo y otro —mejor, uniendo un grupo y otro—, la cuarta petición: «danos hoy nuestro pan de cada día».
El cristiano vive, no entre el cielo y la tierra, sino en el cielo y en la tierra. La cuarta petición marca el estilo de vida de estos ciudadanos: cada día piden el pan de ese día al cielo. Los discípulos de Jesús hemos sido enseñados por él mismo a no vivir de cálculos y seguridades terrenales, sino de los bienes que cada día nos da el Señor. Los discípulos de Jesús hemos aprendido desde el principio a vivir en un continuo intercambio con el Señor, contemplarle y confiar en él… cada día.
En esta oración, Jesús nos enseñó no sólo a dirigirnos al Padre con la boca, sino también con la vida: quien reza el Padrenuestro encuentra una falsilla para actuar. «Danos hoy nuestro pan de cada día»: es la oración de los que no acumulan, de los que no buscan la seguridad en ellos mismos, de los confiados, de los sencillos y pobres de corazón, de los que se conforman con lo suficiente, de los que no viven pendientes del tener porque les ocupan otros intereses mayores.
Duerme bien el cristiano: no le quita el sueño lo que ocurrirá mañana. «No os preocupéis por vuestra vida acerca de qué comeréis, ni por vuestro cuerpo, acerca de qué os vestiréis…son las gentes del mundo las que se afanan por estas cosas. Bien sabe vuestro Padre que las necesitáis» (Lucas 12, 22-32) El cristiano sabe que el Señor es su guardián, guardián que «no duerme ni reposa» (Sal 121, 4). El dependiente de Dios es un loco irresponsable para el mundo, pues, en vez de tararear continuamente la tabla de multiplicar, prefiere musitar la cuarta petición. Sabe que aquella zona incontrolada del futuro no será oscura cuando llegue, pues también ese día caerá su pan cotidiano. Cada día el dependiente volverá a contemplar a su Dios, y cada día esperará de él su protección.
Estas afirmaciones pueden despertar cierto escepticismo en unos, pero en otros no hacen más que evocar recuerdos en los que así ocurrió: siempre Dios ha salido a su paso.
Quien no se cuelga de la cuerda, no sabe si aguanta su peso; sólo quien se cuelga de la cuerda puede pender de ella: quien corre el riesgo de confiar en Dios tendrá la experiencia de su protección y cuidado; quien no corre el riesgo, nunca lo sabrá.
Como dice el padre Kentenich: «No pretendamos tener la seguridad de una mesa, sino la del péndulo. Aquí en la tierra no hay seguridad alguna que pueda serenarnos. Sólo hay un péndulo que oscila en el aire. La solución de todos los problemas reside en la vinculación íntima, sencilla y filial al Padre.»
Danos hoy nuestro pan de cada día, Señor. Tú eres el Dios vivo, que vives siempre amando a cada criatura. Que no sea desconfiado, como si te dedicases a otras cosas o te echases de vez en cuando a reposar, como si no te importásemos tanto…. Tú, Señor resucitado, estás con nosotros todos los días hasta el fin de los tiempos. Confío en ti, pero aumenta mi confianza. ¿Qué me preocupa?, ¿qué no he abandonado todavía en tus manos?, ¿algo me intranquiliza o me quita el sueño? Que no sea tonto y confíe en ti.
Ahora te toca a ti hablar a Dios con tus palabras, quizá repasando si sabes vivir al día…
Abril
28
San Pedro Chanel, Sacerdote y Mártir. Siglo XIX.
Oriundo de Francia, fue un misionero marista que predicó el Evangelio en las islas Fiji. Sin embargo, las antiguas generaciones de aborígenes no lo aprobaron y San Pedro Chanel se convirtió en el primer mártir de Oceanía.
Soltar amarras: ligero de equipaje
San Pablo nació en Tarso, una ciudad importante. En el año 171 antes de Cristo, el rey Antíoco Epífanes intentó helenizar el judaísmo: pretendió que la cultura griega fuese incorporada por los judíos. La consecuencia fue ésta: los judíos de Tarso, para defenderse de esta influencia, crearon una comunidad de raza muy cerrada, una colonia; tenían los mismos derechos que los griegos, pero así mantenían a salvo su identidad. De esta manera, formaron como un pequeño estado dentro de otro estado: eran judíos dentro de un estado griego.
En la antigüedad la comunidad de parentesco era sagrada e íntima. Nadie podía ser ciudadano de una ciudad sin estar vinculado a una estirpe, sin ser de una familia que estuviera arraigada en esa ciudad. Pablo tenía el orgullo de pertenecer a una de esas estirpes o familias judías de la importante ciudad de Tarso. Por eso, en sus cartas aprovecha para enviar saludos a miembros de su estirpe: Andrónico, Junia y Herodión…
Estos datos nos ayudan a entender lo que quiere decir san Pablo cuando escribe: «Nosotros, los cristianos, tenemos nuestra ciudadanía en el cielo»(Fil 3, 20). Con orgullo nos dice que estamos en el mundo como todos los demás hombres, pero que tenemos una familia, una estirpe que nos hace ciudadanos de otro lugar: somos ciudadanos del cielo. Pertenecemos a la familia de Dios, somos sus familiares, aunque vivamos en el mundo estamos ligados y ya vivimos en cierto modo en otro lugar: pisamos la tierra y nuestra cabeza está también en el cielo.
San Agustín escribió también un libro que titula La ciudad de Dios.
Una imagen que usamos con frecuencia los cristianos es la del Camino —así llamaban al principio al cristianismo—: somos caminantes, estamos de paso en la tierra, de paso hacia el cielo, de donde somos ya ciudadanos y lo seremos para siempre. Estamos de viaje, somos peregrinos, viatores…
Esta verdad no nos saca del mundo: lo amamos, disfrutamos de él porque es bueno y Dios nos ha creado para que seamos felices aquí en la tierra y luego en el cielo. Una oración de la misa pide a Dios: «La participación frecuente en esta eucaristía nos sea provechosa, Señor, para que disfrutemos de tus beneficios en la tierra y crezca nuestro conocimiento de los bienes del cielo.»
Disfrutar de esta vida, y crecer en el deseo y conocimiento de nuestra verdadera ciudad. ¡Qué bueno es, por eso, que soltemos amarras! Que no vivamos atados a cosas de esta tierra, que dispongamos de las cosas pero libres de ellas, que no pongamos aquí todas las esperanzas, que relativicemos todo lo que aquí nos pasa. Vivimos en este mundo pero sabemos que no somos de este mundo. Andar ligeros de equipaje.
Señor, que suelte amarras, que no viva como si la vida en la tierra fuese todo. Que ningún cristiano olvide que somos ciudadanos del cielo: que crezca nuestro conocimiento de los bienes del cielo, y que los demás vean en nuestra forma de vivir que nuestra ciudad definitiva no es ésta sino el cielo.
Ahora te toca a ti hablar a Dios con tus palabras, comentándole lo leído o lo que quieras.
Abril
29
Santa Catalina de Siena, Virgen y Doctora de la Iglesia. Siglo XIV.
Con 15 años entró en la Tercera Orden de Santo Domingo y comenzó una vida de penitencia muy rigurosa. En los comienzos del gran cisma aceptó el llamamiento de Urbano VI para que fuera a Roma donde enfermó y murió rodeada de sus muchos discípulos con 33 años.
Rezar todos los días, pase lo que pase
Te copio una noticia antigua del periódico. Hace referencia a la operación que Juan Pablo II sufrió en octubre de 1996:
«El Papa pasará más días en el hospital de los inicialmente previstos. Una circunstancia que, según el cirujano Francesco Crucitti se debe a que Juan Pablo II “es un paciente rebelde” y en el Vaticano podría estar más ansioso por retomar sus actividades normales. Ello podría dificultar su recuperación.
»Crucitti recordó que el Papa impidió que se adelantara su operación —a pesar que le fue diagnosticada en las Navidades pasadas— porque tenía numerosos compromisos. Ha preferido esperar a un “hueco” en su agenda para acceder a la intervención, aunque esto le haya supuesto más malestares. Por otra parte, el portavoz del Vaticano, Joaquín Navarro-Valls, comentó que el Pontífice se había levantado el día de la operación a las tres de la mañana, que rezó solo en su capilla particular, contigua a su habitación en el décimo piso del Policlínico, donde leyó el Breviario y rezó parte del rosario. A las cinco de la mañana concelebró la Misa con su secretario, monseñor Stanislao Dziwisz.»
Ayúdame, Madre mía, a rezar todos los días. Que no acepte excusas. Que no deje de dedicarte un rato aunque esté cansado. Quiero que me resulte necesario rezar. Gracias.
Puedes comentar ahora con el Señor el comportamiento de Juan Pablo II, y ver si también en tu vida las cosas de los demás están por delante de tu bienestar o malestar.
Abril
30
San Pío V, CCXXV Papa. Siglo XVI.
Se le recuerda por lograr imponer una tregua en las discordias caseras de los Estados europeos y llevarlos a una “santa alianza” para detener la amenazadora avanzada de los turcos. Condescendiente con los humildes, pero severo con cuantos comprometían la unidad de la Iglesia, no dudó en excomulgar y decretar la destitución de la reina de Inglaterra, Isabel I.
El pecado de los paganos
Cuando vamos en el coche, estamos en una habitación o en cualquier lugar y olemos mal… enseguida buscamos de dónde sale ese olor. Aunque no sepamos qué, algo tiene que haber.
Puede ocurrir algo peor: que realmente huela mal, pero que uno no detecte ese mal olor; es peor porque significaría que algo podrido anda cerca, pero, por haberme acostumbrado, no soy capaz de percibirlo. Habría perdido la sensibilidad para captar olores, no sería capaz de distinguir el buen y el mal olor: todo me resultaría igual.
¿Por qué digo esto? Porque los primeros cristianos decían que el pecado de los paganos era la insensibilidad. ¡Resulta fantástico! Se daban cuenta de que a los paganos les faltaba la sensibilidad para captar lo que huele bien y lo que huele mal, para distinguir entre lo bueno y lo malo, para diferenciar entre lo bello y lo feo.
Hace poco traían a mi casa un mueble nuevo muy pesado. El chico que transportaba el paquete embalado llevaba una camiseta negra con unas letras grabadas en la espalda: «El mal te invita a su fiesta.» Parece que el mundo, cuando se paganiza, considera que la fiesta necesita de lo malo. Como si lo bueno fuese lo aburrido y lo malo lo divertido. «Con bondad no hay quien haga fiesta», parecen pensar muchos.
¿Realmente es así? ¿Es verdad que para pasarlo bien hace falta hacer el mal? Los primeros cristianos hicieron un buen diagnóstico: cuando se pierde la sensibilidad ocurre eso.
Ahora que vivimos la alegría de que ha resucitado Jesús y nos ha dado una vida nueva, podemos ver si continuamos un poco paganizados: si nos atrae el bien y nos duele el mal… o si, por el contrario, el bien nos deja indiferentes y el mal nos atrae hasta parecernos que la única forma de pasarlo bien es haciendo también el mal.
El día en que celebramos la absoluta bondad de nuestra Madre, decía Benedicto XVI: «Precisamente en la fiesta de la Inmaculada Concepción brota en nosotros la sospecha de que una persona que no peca para nada en el fondo es aburrida; que le falta algo en su vida: la dimensión dramática de ser autónomos; que la libertad de decir no, el bajar a las tinieblas del pecado y querer actuar por sí mismos forma parte del verdadero hecho de ser hombres; que sólo entonces se puede disfrutar a fondo de toda la amplitud y la profundidad del hecho de ser hombres, de ser verdaderamente nosotros mismos; que debemos poner a prueba esta libertad, incluso contra Dios, para llegar a ser realmente nosotros mismos. En una palabra, pensamos que en el fondo el mal es bueno, que lo necesitamos, al menos un poco, para experimentar la plenitud del ser.
»En el día de la Inmaculada debemos aprender más bien esto: el hombre que se abandona totalmente en las manos de Dios no se convierte en un títere de Dios, en una persona aburrida y conformista; no pierde su libertad. Sólo el hombre que se pone totalmente en manos de Dios encuentra la verdadera libertad, la amplitud grande y creativa de la libertad del bien. El hombre que se dirige hacia Dios no se hace más pequeño, sino más grande, porque gracias a Dios y junto con él se hace grande, se hace divino, llega a ser verdaderamente él mismo. El hombre que se pone en manos de Dios no se aleja de los demás, retirándose a su salvación privada; al contrario, sólo entonces su corazón se despierta verdaderamente y él se transforma en una persona sensible y, por tanto, benévola y abierta. (…)
»María está ante nosotros como signo de consuelo, de aliento y de esperanza. Se dirige a nosotros, diciendo: “Ten la valentía de osar con Dios. Prueba. No tengas miedo de él. Ten la valentía de arriesgar con la fe. Ten la valentía de arriesgar con la bondad. Ten la valentía de arriesgar con el corazón puro. Comprométete con Dios; y entonces verás que precisamente así tu vida se ensancha y se ilumina, y no resulta aburrida, sino llena de infinitas sorpresas, porque la bondad infinita de Dios no se agota jamás.”»
María, quiero creer estas palabras que tu vida nos sugiere. ¿En qué cosas me parece que el bien ha dejado de atraerme, y el mal me atrae demasiado? ¿Qué momentos o costumbres de mi vida me tienen esclavizado, y aun sabiendo que son malas me parecen imprescindibles para divertirme en la vida? Ayúdame, Madre buena, a ganar en sensibilidad.
Ahora te toca a ti hablar a Dios con tus palabras, comentándole tus insensibilidades o lo que quieras.
Mayo
Oración inicial de cada día
Santa María, ¡Madre de Dios! y ¡Madre mía!,
que eres más madre que todas las madres juntas:
cuídame como Tú sabes.
Por favor, graba en mí estas tres cosas que dijiste
para que no las olvide ninguno de mis días:
NO TIENEN VINO:
Presenta siempre a tu Hijo
mis necesidades y las de todos tus hijos.
HACED LO QUE ÉL OS DIGA:
dame luz para saber lo que Jesús me dice,
y amor grande para hacerlo fielmente.
HE AQUI LA ESCLAVA DEL SEÑOR:
que yo no tenga otra respuesta
ante todo lo que Él me insinúe.
Oración final de cada día
¡OH SEÑORA MÍA, oh Madre mía!
Yo me ofrezco enteramente a ti;
y en prueba de mi amor de hijo te consagro
en este día mis ojos, mis oídos, mi lengua, mi corazón;
en una palabra, todo mi ser.
Ya que soy todo tuyo, Madre buena,
guárdame y defiéndeme como cosa y posesión tuya.
Así sea.
Mayo
1
San José Obrero
Esposo de la Virgen María y padre, en funciones, de Jesús.
Era carpintero de Nazaret, vivió como cualquier otro
trabajador e inició al Hijo de Dios en los trabajos
de los hombres.
Mi Compañera
«Nuestra Señora —decía Teresa de
Calcuta— me acompaña en todos
los viajes; la llamo mi Compañera
desde que un día, en Berhampur, le
dije al capellán de las Hermanas que me regalase
una imagen de María Milagrosa con las manos
abiertas, derramando gracias sobre el mundo.
Aceptó encantado, embaló la imagen y la llevó a
la estación. Era una imagen muy grande, casi de
tamaño natural, así que el jefe de estación que-
ría que la facturase y pagase la correspondiente
tarifa. Pero yo tenía un pase en los ferrocarriles
para mí y una compañera, así que le dije: “Ésta
es mi compañera…” y me dejó viajar con la ima-
gen sin pagar nada por ello. Desde entonces, la
Virgen me acompaña siempre en mis desplaza-
mientos. Nunca viajo sola».
No viajar solos en el viaje de la vida. Este mes
de mayo es fiesta para los cristianos. Decía san
Agustín que hay dos clases de fiestas: las que
simplemente conmemoran un hecho —por
ejemplo, mi cumpleaños—, y en una fecha de-
terminada se recuerda ese hecho; y otro tipo de
fiestas son aquellas que se celebran en forma de
misterio. ¿Qué quiere decir esto? En las primeras
se celebra una determinada fecha que recorda-
mos y ya está —por ejemplo, en mi cumpleaños
recuerdo el día que nací—. En la segunda clase
no se trata de recordar un hecho pasado, sino
de entrar en la realidad íntima de alguna verdad,
de algo que ha ocurrido, sí, pero que al mismo
tiempo es un misterio, una realidad que me su-
pera, que es grandiosa, y que aunque sea ver-
dad yo tengo que ser capaz de hacerla vida mía.
Esta segunda clase de fiestas son ocasiones de
hacernos uno con dicha realidad.
Mayo es un mes de fiesta en el que celebramos
el misterio de que María es nuestra Madre:
se trata de que a lo largo del mes vayamos entrando en el misterio de que somos hijos de
María, que nos vayamos haciendo uno con esa
realidad. Se trata de desentrañar ese misterio,
de adecuarnos a esa realidad. Caer en la cuenta
y aprender que en María tenemos una Madre
que es Compañera.
Es ahora cuando puedes hablar con santa María. Si quieres
puedes empezar diciéndole lo escrito a continuación; luego comen ta algo más con Ella.
María, siempre, pero de modo muy especial en
este mes de mayo, necesito que me acompañes, que
estés conmigo todo el día. Me gustaría darme más
cuenta de que realmente te tengo a mi lado en todo
momento; aprovecharé —si me ayudas— cada
imagen tuya que vea para decirte algo, recordarlo y
contar contigo. Gracias, “Compañera”.
Mayo
2
San Atanasio, Obispo y Doctor de la Iglesia. 295-373
Defendió la fe católica durante la gran crisis arriana
en Alejandría de Egipto, y pagó su heroica resistencia
a la herejía con cinco destierros.
Un gran susto
Un chaval, mientras está dándose un
chapuzón en la playa de Plentzia, es
arrastrado por una corriente remoli-
no; en cuanto se ve en peligro grita:
«¡Mamá! ¡Mamá!» Agita los brazos como puede,
pidiendo auxilio desesperadamente. Con difi-
cultad, de vez en cuando, logra sacar la cabeza
y puede ver en la orilla a su madre, que pacífica-
mente broncea su piel en una hamaca.
Su única esperanza es que su madre le oiga
y haga lo que sea por rescatarle. Vocea más y
más. Por fin, su madre oye los gritos que la lla-
man. Se incorpora, ve las circunstancias de su
hijo, y se vuelve a tumbar mientras piensa: ¡Con
lo fría que está el agua, yo no me meto ni loca!
¡Otra vez —si es que sale de ésta—que no se
meta tan adentro!
¡Increíble! —pensará quien lea este sucedi-
do—. ¡No puede ser verdad! ¡Eso no es una ma-
dre, es un monstruo! Es tan increíble, efectiva-
mente, que no es verdad. Pero si no es posible
que una madre se porte así, menos posible es
que grites interiormente a María: ¡Madre mía,
ayúdame!, y que Ella pase de ti.
Madre mía, perdona todas las veces que te he
tratado con desconfianza, o como si no me escu-
chases; o, lo que es lo mismo, como si pasases de mí,
como si no fueses realmente mi madre. Sé que basta
con que te diga una sola vez ¡Madre mía! para que
no pares hasta conseguirme lo que necesito. Y si no
me lo consigues es que, claramente, de momento,
no me conviene.
Ahora es el momento importante en el que tú hablas a san-
ta María con tus palabras, comentándole algo de lo que has leído. Cuando lo hayas hecho, termina con la oración final.
Mayo
3
San Felipe y Santiago el Menor, apóstoles. Siglo I
San Felipe, discípulo de Juan Bautista, fue llamado por el Señor para que lo siguiera. A este santo se le atribuía el milagro de la resurrección de un muerto. Santiago el Menor, fue el primero que rigió la Iglesia de Jerusalén, coronó su apostolado con el martirio.
¡Cómo le gusta!
En el año 1917 la Virgen de Fátima se apareció a tres pastorcitos, que estaban en una cueva, mientras su rebaño pastaba. Lucia, una de las pastoras, cuenta: «La aparición no se realizo el día 13 de agosto en Cova de lria porque el Administrador del Ayuntamiento apresó y llevó a Vila Nova de Ourem a los pastorcitos con la intención de obligarles a revelar el secreto que les había dicho la Virgen que sólo podrían desvelar al Papa. Los tuvo presos en la Administración y en el calabozo municipal. Les ofreció los más valiosos regalos si descubrían el secreto. Los pequeños videntes respondieron: “No lo decimos ni aunque nos den el mundo entero”. Los encerró en el calabozo. Los otros presos que estaban en el calabozo les aconsejaron: “Pero decid al Administrador ese secreto, ¿qué os importa que esa Señora no quiera?” “¡Eso no —respondió Jacinta—, prefiero morir antes que no hacer lo que nos ha dicho la Virgen!” Y los tres niños rezaron con los otros presos el rosario, delante de una medalla de Jacinta colgada de la pared.
»El Administrador, para atemorizarlos, mandó preparar una caldera de aceite hirviendo, en la cual amenazó asar a los pastorcitos si no hacían lo que les mandaba. Ellos, aunque pensaban que la cosa iba en serio, permanecieron firmes sin revelar nada.»
Ni siquiera en esas circunstancias dejan de rezar el rosario porque la Virgen se lo ha pedido, y saben que le gusta. Ojala tú tampoco dejes de dar ese gusto a tu Madre: dile que todos los días de este mes tratarás de regalarle el rezar, al menos, un misterio del Rosario (un Padrenuestro, diez Avemarías y un Gloria). Es muy fácil… y ¡como le gusta!
Ahora, si te parece, puedes comentar con María este propósito. Después termina con la oración final.
Mayo
4
Santo Antonino Pierozzi de Florencia. 1389-1459
Dominico sacerdote nacido en 1389, alcanzó el cargo de Arzobispo de Florencia. A pesar de su delicada salud, desarrolló una actividad prodigiosa y escribió numerosas obras.
No está completa
La plaza de San Pedro, en Roma, durante siglos no ha tenido una imagen de la Virgen. En mayo de 1980, un universitario amigo mío, al ver tantas estatuas e imágenes en la plaza, comentó: «¡Falta la Virgen!; si tengo oportunidad, se lo digo al Papa». A los pocos días, en una audiencia de Juan Pablo II con universitarios, el Papa iba saludando por el pasillo central de la gran sala a los más cercanos. Cuando pasó cerca de este amigo, le dijo: «Santo Padre: en la plaza de San Pedro no está la Virgen, no está la Madonna…» Juan Pablo II lo pensó un momento y le contestó en castellano. «La plaza no está completa… Habrá que terminarla, habrá que terminarla…».
Al año siguiente, en 1981, el Papa inauguraba un mosaico grande dedicado a María Madre de la Iglesia, que se encuentra en una fachada, sobre la plaza. «Me alegra inaugurar este testimonio de nuestro amor (…); que todos los que vengan a esta plaza de San Pedro eleven la mirada a nuestra Señora para dirigirle (…) un saludo personal», dijo.
Ésta es una verdad importante: nada cristiano está terminado si no tiene presente a María.
Si en tu habitación no tienes una imagen de la Virgen, tu habitación no está completa: habrá que terminarla. Si en la sala de estar de tu casa no tienes una imagen de la Virgen, no está completa: habrá que terminarla. ¡Qué la pongas! Y ojalá te acostumbres a mirarla, a saludarle, cuando entres y salgas. Te ayudará a recordar que Ella te acompaña.
Madre mía, te quiero. Quiero quererte más; quiero acordarme más veces de ti. ¡Que me sirvan tus imágenes!
Continúa ahora hablándole un rato.
Mayo
5
San Ángel, mártir carmelita. Siglo XII
Carmelita, de los primeros que vinieron del Monte Carmelo a Sicilia. Según fuentes tradicionales, murió apuñalado a manos de unos hombres impíos en la primera mitad del siglo XIII.
¡Yo lo he cumplido!
«Yo sí he visto milagros —escribía un sacerdote, Urteaga—. Fíate de mí. Hazme caso. Reza a la Virgen.» Y cuenta uno de los milagros que ha visto.
“Me encontraba en Madrid. Acababa de ordenarme sacerdote. Tenía 26 años. Era un atardecer a la hora de terminar el trabajo. –“Te llaman por teléfono” -me dijeron. Una voz masculina, un tanto nerviosa, explicaba la razón de la llamada:
»Mire, tengo un amigo que se encuentra muy mal, puede morir en cualquier instante. Me pide que le llame a usted porque quiere confesarse. (…) No, no le conoce, pero quiere que sea usted; (nunca he entendido porqué.) ¿Puede venir a esta casa?”
—Salgo para ahí en este momento.
«(Me interrumpió) Mire, el asunto no es tan fácil. Me explicaré. El piso está lleno de familiares y amigos que no dejarán que un sacerdote católico entre en esta casa; pero yo me encargo de facilitar su entrada.
«Pues allá voy, amigo. Dentro de un cuarto de hora estoy ahí: lo que tarde el autobús.
El piso era muy grande. Lo estoy viendo ahora que describo la situación. La puerta entreabierta, un pasillo largo. Entro decidido después de encomendarme a la Virgen para que facilitase el encuentro. Rumores de voces en la habitaciones contiguas; algunas personas que me miran con gesto de asombro. Con un breve saludo me dirijo a la habitación que estimo puede ser la del enfermo. Efectivamente lo es.
«¿Le han dejado entrar?
»—He visto caras de susto y gestos feos; pero ha podido más la Virgen nuestra Señora.
»—Gracias. No tengo mucho tiempo (el enfermo jadeaba). Quiero confesarme.
»—(Cogí mi crucifijo, lo besé.) Comienza, Dios te escucha…
»Yo, muy emocionado. El hombre (era un personaje importante), también. Apliqué mis oídos a sus labios porque apenas se le oía.
»La confesión… larga, muy larga.
»(…) Y yo te absuelvo de tus pecados en el nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo.
»Al terminar —pocos minutos le quedaban de vida— quiso explicarme “su” milagro. Lo hizo fatigosamente. Se lo agradecí con toda el alma.
»-He estado cuarenta años ausente de la Iglesia. Y usted se preguntará por qué he llamado a un sacerdote.
»Él lo decía todo. Yo callaba.
»—Mi madre, al morir, nos reunió a los hermanos… “Mirad. No os dejo nada. Nada tengo. Pero cumplid este testamento que os doy: Rezad todas las noches tres avemarías.” Y yo (¡cómo lloraba el pobre!), yo lo he cumplido, ¿sabe?, lo he cumplido. Se moría mientras cantaba. A mí me pareció todo aquello un cántico: “Yo lo he cumplido, yo lo he cumplido.”»
Por cansado que esté, santa María, por burradas que haya hecho, por lejos que me encuentre de Dios, jamás dejaré de rezarte las tres Avemarías, por la noche, de rodillas. Porque si un día o una temporada estoy siendo mal hijo tuyo, no cabe en ninguna cabeza que por eso vayas a ser Tú mala madre. Y, además, cuando peor estoy, más necesito tenerte cerca. Ángel de mi guarda, encárgate tú de recordármelo; gracias. Madre mía, cuando muera, también yo quiero poder cantar «Yo lo he cumplido, yo lo he cumplido».
Puedes seguir hablando con ella, agradecerle que sea tan buena madre… y piensa algo que te sirva para acordarte todas las noches de rezar esas tres Avemarías. Termina, luego, con la oración final.
Mayo
6
Beato Bartolomé Pucci-Franceschi, presbítero franciscano. 1245-1330
Cuando fue mayor de edad, renunció a la vida familiar e ingresó en el Convento de San Francisco de Montepulciano. Se consagró al Señor con el consentimiento de su esposa, tuvo caridad con los más pobres y se le atribuyen varios milagros.
Nada podrá destruirlo
Un hecho extraordinario se produjo en México durante la mañana del 14 de diciembre de 1921 en la basílica de Guadalupe. Se encontraba vacía de feligreses. Luciano Pérez, un gigantesco obrero de la construcción, entró en la iglesia llevando con esfuerzo un enorme ramo de flores, proporcionado a su enorme tamaño. De haberse encontrado en ese momento algún observador en la Basílica, se hubiera sorprendido de que Luciano Pérez llevara el ramo con las dos manos y los músculos tensos, dada la extraordinaria fuerza física que se le atribuía; tanta fuerza tenía —se decía—, que le permitía arrojar con facilidad un ladrillo hasta el tercer piso de una casa en construcción. En efecto, le pesaba tanto porque el interior del ramo contenía una pesadísima carga de dinamita.
Luciano Pérez, subió las gradas del altar y depositó a los pies de la Virgen de Guadalupe la ofrenda floral. Se marchó y poco después explotó la potentísima carga de dinamita. El mármol de las gradas del altar quedó hecho añicos, los candelabros y objetos de metal se doblaron y retorcieron como si fueran de goma, todos los cristales se rompieron incluidos los de los edificios vecinos, pero el cristal de la Virgen de Guadalupe ni siquiera se agrietó: «Este hecho —concluyen los expertos— no puede ser explicado científicamente.»
¿Por qué Dios quiere hechos milagrosos como éste? Para decirnos bien claro que la Virgen existe, que sigue siendo Madre, y que el amor de los cristianos hacia Ella nada podrá destruirlo.
Santa María, ya se ve que Dios tiene interés en dejarnos muy claro a los hombres que Él tiene una predilección grande por ti. Es incapaz de negarte nada: por algo eres su Madre. Confío en ti más que en nadie.
Ahora puedes seguir hablando a María con tus palabras, comentándole algo de lo que has leído. Después termina con la oración final.
Mayo
7
Santa Domitila, mártir. Siglo I-II
Mártir, que fue acusada durante la persecución bajo el
emperador Domiciano de haber renegado de los dioses
paganos y, por su fe en Cristo, junto con otros muchos
cristianos fue desterrada y padeció un prolongado
martirio (s. I/II).
El «Ángelus»
El origen del Ángelus es muy anti-
guo; data del tiempo de las Cruza-
das, en los siglos XI y XII, cuando
los cristianos marchaban a recon-
quistar la Tierra Santa. Se encomendaban a la
Santísima Virgen rezando tres Avemarías por la
mañana, al mediodía y al atardecer.
Sin embargo, la costumbre de rezarlo al me-
diodía, los estudiosos creen encontrar los orí-
genes en la oración que el papa Calixto III, en
1456, mandó recitar a los cristianos todos los
días al son de la campana, entre Nona y Víspe-
ras, para obtener la paz de la Iglesia contra el
peligro de invasión de los turcos.
Más tarde se introdujeron delante de cada
Avemaría unas jaculatorias que recordaban
el momento más excelso de la historia, la En-
carnación del Hijo de Dios. Durante el tiempo
Pascual (los días que siguen al Domingo de
Resurrección) en lugar del Ángelus se reza el
Reina del Cielo, que nos recuerda la alegría de
la Santísima Virgen por la Resurrección de su
Hijo. (En las dos últimas páginas del libro se
encuentran estas oraciones).
¡Qué gozada, a las doce en punto, en el mo-
mento central del día, unirte al Papa y a todos
los cristianos, desde donde estés, para recordar
a María el momento más grande de su vida! ¡Es
un detallazo con Ella! Ponte la alarma del reloj o
algo que te lo recuerde, y dale esa alegría.
Como dice un gran teólogo, Von Balthasar,
la esclava oyente que pronuncia su «Sí», con
ese «Sí» se convierte en novia, y, por tanto, en
cuerpo. Ella entrega su cuerpo a Dios para aco-
ger al Hijo de Dios. Sería bueno que cada vez
que rezamos el Ángelus, al recordar el «Sí» de
María, nosotros le demos el nuestro a Dios, nos
convirtamos así en novios de Dios, y le dejemos
que su Hijo se haga presente en nosotros. Nor-
malmente lo rezaremos en medio de nuestro
trabajo: que nuestro modo de trabajar y de tra-
tar a aquellos con quienes estemos al rezarlo
encuentren a Cristo en nosotros.
Madre mía, ¡hasta las doce de todos los días!
Ahora puedes seguir hablando a María con tus palabras, comentarle que quieres unirte a tantos otros hijos suyos en ese momento, y qué vas a hacer para acordarte. Después termina con la oración final.
Mayo
8
San Víctor, mártir. Siglo IV
Era soldado del ejército imperial, fue decapitado
por no obedecer al emperador Maximiano
la obligación de sacrificar a los ídolos.
Confianza
Alexia es una niña que murió con 14
años de un cáncer. Simpática, con
muchas amigas, alegre. La amistad
con Jesús y con María la ayudó a llevar
con alegría su enfermedad.
Escribía una carta a sus amigas del colegio:
«La operación duró diecisiete horas, me pusie-
ron una escayola que me cogía medio cuerpo y
en donde se sujetaban dos hierros que, a su vez,
mantenían mi cabeza firme mediante una coro-
na, también de hierro, con cuatro clavos sujetos
a los huesos de la cabeza. Estuve un día y medio
en la UCI [la Unidad de Cuidados Intensivos] con
tubos para poder respirar, que más bien parecía
que eran para ahogarme. Lo pasé mal, pero las
enfermeras eran tan cariñosas y tan preocupa-
das, que lo hicieron más fácil».
El aspecto que ofrecía después de la ope-
ración, con la escayola, la corona de hierros
y la cabeza pelada (la estaban tratando con
sesiones de radioterapia y ya había perdido
su pelo rubio) hacían que ofreciera un as-
pecto tan siniestro que algunos de los pe-
queños internados en el Hospital, con los
que jugaba, la miraban con cierto recelo.
Ella comentaba con sentido del humor: «No
me extraña, me parezco a Frankestein».
Su estancia en la clínica se prolongó por va-
rios meses y si bien el dolor moral estaba ate-
nuado por el cariño de sus padres y la buena
atención de doctores y enfermeras, el dolor físi-
co seguía siendo muy fuerte. A esto se añadían
las complicaciones, no producidas exactamen-
te por el curso de la enfermedad, sino ajenas a
ella. Roces en la escayola, el que se le abriesen
las heridas a causa del calor y la inmovilidad,
llagas en la boca e innumerables dolores. Y
aunque Alexia no suele quejarse, a veces no
puede más.
Un día, dirigiéndose a Jesús en un momento
de dolor agudo le decía: «Jesús, ¿por qué
no me ayudas?, por favor, ¡quítame este dolor
de cabeza! Sólo un rato, aunque no sea más
que un rato. ¡De verdad, que no puedo más!
¿Por qué me haces esto? ¡Yo te he querido de
pequeña, te he rezado siempre!… ¿Por qué no
me ayudas? Pido cosas para los demás y me
las concedes, pero si son para mí no me haces
caso. Eso es porque no me quieres. Si me quisieras, me ayudarías. ¡No me quieres, Jesús, no
me quieres! Pues ¿sabes lo que te digo? Yo tam-
poco te voy a querer a ti».
Su madre que la estaba oyendo, dejó que
durante un rato se desahogase, como Job, pero
después la interrumpió: «Bueno, Alexia, ya está
bien. Eso no se dice».
Entonces ella, rápida, cambiando el tono de
voz hasta entonces quejumbroso, dijo con gran
firmeza: «Mamá, Jesús sabe que no se lo digo
en serio».
Madre mía, ¿tengo yo la misma confianza con
Jesús? ¿Le hablo de mis cosas, como hacía Alexia,
que le hablaba de su enfermedad? Enséñame, Ma-
ría, a tratar a Jesús con confianza, no me dejes hasta
que hacer oración sea normal para mí.
Continúa ahora hablándole con tus palabras sobre lo que has leído.
Mayo
9
San Isaías, profeta. Siglo VI a.C.
Profeta, mártir, que fue enviado a un pueblo fiel y pecador, para manifestarle al Dios fiel y salvador, en cumplimiento de las promesas que Dios juró a David.
Un deseo expreso de María
Año 1531. Ciudad de México. Caminaba el indio Juan Diego por la falda de Tepeyac, una pequeña colina junto a la ciudad, al norte. De pronto, oyó que le llamaban. Volvió la cabeza y vio a una Señora bellísima que le miraba cariñosamente. De pies a cabeza resplandecía. Tras un breve silencio escuchó: «Yo soy la Virgen María, Madre de Dios.» Y añadió que era su deseo que Juan Diego pidiera al Obispo que levantase allí mismo, donde ellos estaban, un templo en su honor: la basílica de Nuestra Señora de Guadalupe.
Juan Diego se dirigió al Obispo y, después de mucho esperar, cuando pudo hablar con él se lo contó: pero éste no le creyó. Volvía desanimado a casa cuando se encontró de nuevo con la Virgen. Ella le dijo que siguiera insistiendo. Después de la segunda visita, alegre porque el Obispo le había hecho caso, se encaminó al cerro y se lo contó a la Virgen.
Al día siguiente, de madrugada, el indio Juan Diego tuvo que ir a la ciudad en busca de un sacerdote porque un tío suyo estaba muy grave. No quiso acercarse al cerro para no retrasarse por si se encontraba con la Señora, porque Ésta le prometió el día anterior darle una señal para entregársela al obispo. Sin embargo, cuando pasó cerca del cerro, vio que la Señora bajaba y se dirigía hacia él. La Señora le preguntó: «¿Qué te ocurre, hijo mío? ¿Adónde vas?» Él le contó la enfermedad de su tío. Entonces, la Virgen le enseñó a acogerse a su protección y a confiar en Ella, diciéndole que Ella era su Madre. «Tu tío ya está recuperado», le dijo la Señora. Y a continuación le pidió: «Antes de ir a la casa del Obispo, sube al cerro y recoge las rosas que allí veas.»
Juan Diego subió sin dudar, aunque era imposible que en la cima de aquel cerro, en el mes de diciembre, pudieran florecer rosas. Al llegar arriba quedó sorprendido, pues toda la cumbre estaba llena de preciosas flores, difundiendo un olor suavísimo. El indio cortó todas las rosas que pudo, las recogió en su túnica, doblándola en su regazo y poniéndola en forma de bolsa. Al bajar del cerro se las enseñó a la Virgen, que las tomó en sus manos y las volvió a dejar.
Cuando Juan Diego llegó a casa del Obispo, pasó a su despacho con la túnica recogida con las rosas dentro. Ya delante del Obispo soltó la túnica. Las flores cayeron al suelo, y todos los que miraron se sorprendieron, porque en la túnica del indio estaba milagrosamente grabada la imagen de santa María, tal como está ahora en el templo de Guadalupe.
Así, la Virgen María se salió con la suya, pues hicieron caso al indio Juan Diego y construyeron la Basílica, que ahora está siempre repleta de mexicanos y extranjeros que van a visitarla.
Ése era el deseo de María: un templo dedicado a Ella. Es lógico. Esas «casas» de María son ocasión para que muchos hijos suyos vayan a buscarla. Y es verdad que la Virgen agradece que vayamos a los templos marianos, le visitemos, y allí hablemos más confiadamente con Ella.
Madre mía, en cualquier sitio puedo hablar contigo. Pero voy a procurar durante este mes ir algún día, al menos uno, a verte a un santuario, iglesia o ermita dedicado a ti. ¡Te lo aseguro!
Ahora puedes seguir hablando a María con tus palabras, comentándole. Piensa también qué templos marianos conoces, y si quieres queda con ella el día en que procurarás ir. Después termina con la oración final.
Mayo
10
San Juan de Ávila, Doctor de la Iglesia. 1499-1569
Sacerdote que formó en Granada el grupo sacerdotal de Juan de Ávila. Fundó colegios y centros de estudios para sacerdotes. Una de sus virtudes principales fue su gran amor a la Eucaristía.
Cambiar con ella
Cuenta de Mehlo una fábula que, más o menos, dice así: «Durante años fui un neurótico. Era oprimido y egoísta. Y todo el mundo insistía en decirme que cambiara. Y yo me ofendía, aunque estaba de acuerdo con ellos, y deseaba cambiar, pero no me convencía la posibilidad de hacerlo por mucho que lo intentara. Lo peor era que mi mejor amigo tampoco dejaba de recordarme lo neurótico que yo estaba. Y también insistía en la necesidad de que yo cambiara. Y también con él estaba de acuerdo. De manera que me sentía impotente y como atrapado.
»Pero un día mi amigo me dijo: “No te preocupes si no consigues cambiar, pues yo te quiero porque eres mi amigo, independientemente de cómo seas.”
»Aquellas palabras sonaron en mis oídos, entonces me tranquilicé. Y me sentí vivo. Y cambié.”»
Comenta un autor espiritual: «Cuánta razón se encierra aquí. Nadie es capaz de cambiar si no se siente querido, si no siente una fuerza interior suficiente para subirse por encima de sus fallos.»
Quizá no seas neurótico, pero sí tendrás cosas que cambiar. Cuéntaselas a la Virgen María. Y que sepas que Ella te dice que te quiere como eres y que cuentas con toda su ayuda —que es bastante— para conseguir cambiar. Te quiere con tus defectos pero luchando por vencerlos. Con Ella puedes, y… ¡qué fácil!
Madre mía, que me sienta amado por ti: que sepa y caiga en la cuenta de que me quieres, me conoces, me sigues. Que sepa que te importo, que estás pendiente de mí… ¡Ah!… y muchas gracias.
Ahora puedes seguir hablando a María con tus palabras, agradecerle con tus palabras, y repasar con Ella si quiere que cambies algo, y qué en concreto. Después termina con la oración final.
Mayo
11
San Francisco de Jerónimo, presbítero jesuita. 1642-1716
Sacerdote misionero jesuita, que destacó por su amor a los pobres, misioneros y oprimidos. Convertió a muchos pecadores, a los que siguió hasta los antros del vicio, donde fue brutalmente maltratado.
El truco
«Pura lana virgen». «¡Da gusto un aire tan puro!» «Agua pura y cristalina». «Puro sabor americano»… Frases impactantes de anuncios publicitarios.
El gran elogio de cualquier cosa es la pureza: no contaminado, sin adulterar, genuino, no pasado, auténtico.
María es Pura, la Purísima, porque es la llena de gracia. ¿Qué es la gracia? Contesta Benedicto XVI: «En nuestro pensamiento religioso ciertamente hemos cosificado demasiado este concepto, hemos considerado la gracia como algo sobrenatural que llevamos en el alma. Y, puesto que de ella no podemos sentir gran cosa, o nada en absoluto, se nos ha ido convirtiendo paulatinamente en irrelevante, en una palabra vacía de la jerga cristiana que ya no parece guardar relación alguna con la realidad vivida de nuestra cotidianidad. En realidad, “gracia” es un concepto relacional: no expresa nada sobre una propiedad de un yo, sino sobre una conexión entre yo y tú, entre Dios y hombre…. “Llena eres de gracia” lo podríamos haber traducido también como “estás llena del Espíritu Santo”, estás en conexión vital con Dios.»
Santa María ¡qué alegría!, que Tú, mi Madre, seas piropeada siempre como «Pura», por tu corazón puro, generoso, limpio, grande. ¡Ayúdame a vivir, siempre y en todo momento, la virtud de la pureza! En las tres Avemarías de la noche te pido, de rodillas (como para suplicártelo también con mi cuerpo) el regalo de la pureza para mí y para los míos.
Con qué sencillez y alegría se expresaba aquel chaval: «¡Las tentaciones de pureza ya no son un problema! ¡Ya tengo el truco!, acudo enseguida a la Virgen —un Bendita sea tu Pureza— para luchar, y ¡cómo me ayuda! Es lógico: la llena de gracia siempre nos ayudará a seguir conectados con Dios, a mantenernos en gracia… porque es lo más grande que tenemos: nuestra relación con Dios.
Perdona, Madre mía, porque muchas veces me parece que pedir ayuda es… lo de menos, lo menos importante. Lo que pienso, en el fondo, es que para vencer lo que importa es lo que pueda hacer yo solo. Mi relación contigo me ayudará a aumentar y defender mi relación con Dios, o sea, a estar en gracia.
Ahora puedes seguir hablando a María con tus palabras, y puedes rezarle despacio, con ilusión, porque le va a gustar, el Bendita sea tu pureza, y eternamente lo sea, pues todo…
Mayo
12
San Pancracio, mártir adolescente. Siglo IV
Convertido al cristianismo por su criado. El emperador Diocleciano lo mandó llamar para que renunciase a Jesucristo, pero se mantuvo fiel. Fianlmente fue condenado a muerte y le cortaron la cabeza.
¡Mi vida no es mía!
Si nos ponemos en la piel de María, algo que sorprende es la rapidez con que dice «Sí» a lo que Dios le pide, la generosidad ante su vocación. ¿Sabes por qué actúa así? Porque es consciente de algo muy importante que muchos no sabemos, o si lo sabemos enseguida lo olvidamos: su vida no es suya.
García Morente, filósofo no creyente, se convirtió al darse cuenta de esto. Él lo explica con estas palabras que, aunque no son fáciles, si las lees con atención verás lo verdaderas que son:
«Mi vida, los hechos de mi vida, se habían realizado sin mí, sin mi intervención [se refiere al trabajo que tenía, las amenazas que recibió, tuvo que emigrar a Francia y a América dejando a su familia…]. Yo los había presenciado pero en ningún momento provocado. Me pregunto, entonces: ¿Quién, pues, o qué era la causa de esa vida que, siendo mía, no era mía? Lo curioso era que todos esos acontecimientos pertenecían a mi vida pero no habían sido provocados por mí; es decir, no eran míos. Entonces, por un lado, mi vida me pertenece, pero, por otro lado, no me pertenece, no es mía, puesto que su contenido viene en cada caso producido y causado por algo ajeno a mi voluntad. Sólo encontraba una solución para entender la vida: algo o alguien distinto de mí hace mi vida y me la entrega.»
Lo importante es que nosotros seamos buena tierra para Dios. Que lo que él quiere hacer en nuestra vida con nosotros… pueda hacerlo. María le da su cuerpo y su alma para que pueda crecer nueva vida. Gracias a esto es Madre de Dios, porque es tierra buena en la que Dios puede sembrar la semilla de la Palabra que es su Hijo. Los cristianos aprendemos de nuestra Madre a ser tierra en la que Dios pueda sembrar. Que cada uno hagamos nuestra vida entre los dos —entre Dios y yo—, como María.
Madre mía, enséñame esta lección: mi vida es mía y no es mía. Alguien distinto de mí hace mi vida y me la entrega. Yo con libertad la vivo como quiero, pero hay Otro que me la entrega con un para qué, con un fin, con una misión; alguien que necesita de mí y cuenta conmigo. Quiero ser buena tierra. Por eso mi vida es mía y es de Dios: somos copropietarios. Mi vida es para Dios, y por Él, para los demás, porque libremente quiero hacer el bien.
Ahora puedes seguir hablando a María con tus palabras, comentándole tu vocación o la ilusión que tienes de conocerla. Después termina con la oración final.
Mayo
13
Nuestra Señora de Fátima
En Fátima, la Virgen se manifestó a tres niños pastores, que no sabín ni leer ni escribir: Francisco, Jacinta y Lucía. La Virgen les pidió que rezasen por la conversión de los pecadores y por la paz en el mundo.
Hoy es la Virgen de Fátima
En la primera ocasión en que se apareció a los tres pastorcitos, Lucía preguntó a la Virgen:
—¿Yo iré al cielo?
—Sí, irás.
—¿Y Jacinta?
—lrá también.
—¿Y Francisco?
—También irá, pero tiene que rezar antes muchos rosarios.
Lucía se acordó de dos amigas que habían muerto hacía poco:
—¿Está María de las Nieves en el cielo?
—Sí, está (tenía cerca de dieciséis años).
—¿Y Amelia?
—Pues estará en el purgatorio hasta el fin del mundo (tenía entre 18 y 20 años).
Les dice la Virgen entonces: «¿Queréis ofreceros a Dios para soportar todos los sufrimientos que Él quisiera enviaros como reparación de los pecados con que Él es ofendido y de súplica por la conversión de los pecadores?»
—Sí, queremos.
—Tendréis mucho que sufrir, pero la gracia de Dios os fortalecerá.
«En la segunda aparición —cuenta Lucía—, después de rezar el rosario con otras personas que estaban presentes (unas cincuenta) vimos de nuevo el reflejo de la luz que se aproximaba, y que llamábamos relámpago, y enseguida a Nuestra Señora sobre la encina, todo como en mayo.
»—¿Qué es lo que quiere? —pregunté a María.
»Quiero que vengáis aquí el día 13 del mes que viene, que recéis el rosario todos los días y que aprendáis a leer. Después diré lo que quiero además.
»Le pedí la curación de una enferma. Nuestra Señora respondió:
»—Si se convierte se curará durante el año.
»—Quisiera pedirte que nos llevases al cielo.
»—Sí, a Jacinta y a Francisco los llevaré en breve, pero tú te quedas aquí algún tiempo más. Jesús quiere servirse de ti para darme a conocer y amar. Quiere establecer en el mundo la devoción a mi Inmaculado Corazón. A quien lo abrazare, le prometo la salvación; y sus almas serán queridas por Dios como flores puestas por Mí a adornar su Trono.
»—¿Me quedo aquí solita? —pregunté con pena.
»—No, hija. ¿Y tú sufres mucho por eso? ¡No te desanimes! Nunca te dejaré. Mi InmaculadoCorazón será tu refugio y el camino que te conducirá a Dios.»
Efectivamente, Jacinta y Francisco murieron con 10 y 11 años respectivamente. Sin embargo, Lucía vivió hasta los 98 años.
Puedes pedir ahora a nuestra Señora que también te lleve a ti al cielo y a los que tú quieres, como le pidió Lucía.
María, que me dé cuenta de que el tiempo de vida que tengo me lo da Dios para que yo le ame y le dé a conocer. Y que Tú no me dejas nunca; que todo lo mío te interesa. Que viva todo contigo.
Esta breve conversación entre María y los pastores tiene muchas cosas sorprendentes. Quizá puedes ahora repasarla despacio y comentarla con Ella. Después termina con la oración final.
Mayo
14
San Matías, apóstol. Siglo I
Acompañó al Salvador desde el Bautismo hasta la Ascensión. Fué puesto por los apóstoles en el lugar que había ocupado Judas, el traidor, para que fuese testigo de la Resurrección.
Dejadme a María: el escapulario
El día 16 de julio de 1251 se apareció la Virgen a San Simón Stock, superior General de las Carmelitas, y prometió unas gracias y cuidados especiales para aquellos que llevaran el escapulario del Carmen.
Los seres humanos nos comunicamos por símbolos. Así como tenemos banderas, escudos y también uniformes que nos identifican como militar, bombero, juez, policía, monje… El escapulario también es un símbolo, en concreto es un pequeño hábito.
La palabra escapulario viene del latín «scapulae» que significa «hombros». Originalmente era un vestido superpuesto que cae de los hombros y lo llevaban los monjes durante su trabajo.
La Virgen dio a los Carmelitas el escapulario como un hábito en miniatura que todos sus hijos pueden llevar para significar su consagración a ella. Consiste en un cordón que se lleva al cuello con dos piezas pequeñas de tela color café, una sobre el pecho y la otra sobre la espalda. Se usa bajo la ropa, para expresar la dedicación especial a la Virgen y el deseo de imitar su vida de entrega a Cristo y a los demás.
Dice san Alfonso Ligorio, doctor de la Iglesia: «Así como los hombres se enorgullecen de que otros usen su uniforme, así Nuestra Señora Madre María está satisfecha cuando sus servidores usan su escapulario como prueba de que se han dedicado a su servicio, y son miembros de la familia de la Madre de Dios.»
Puede servirnos el hecho de que sea una tela o manto pequeño como un signo. Cuando nace Jesús, María lo envuelve en un manto. La Madre siempre trata de cobijar a sus hijos. Envolver en su manto es una señal maternal de protección y cuidado. El escapulario es señal de que Ella nos envuelve en su amor maternal. Nos hace suyos. Nos cubre de nuestra desnudez espiritual. Aunque actualmente los escapularios también pueden ser de metal, el sentido es el mismo.
Santa María quiere que llevemos una imagen suya en el pecho. Y como llevar puesto el escapulario significa que se le ama y que se quiere su compañía y protección, la Virgen prometió a San Simón que Ella se encargaría de conseguirles la ayuda para obtener la perseverancia final a quienes viviesen y muriesen con el escapulario; es decir, una ayuda particular para arrepentirse en los últimos momentos de su vida. Y, además, prometió lo que se conoce como «el privilegio sabatino»: que Ella se encargaría de que, en su caso, saliese del purgatorio al sábado siguiente a la muerte.
Es lógico: ¡si no la dejamos, ella no nos dejará!
Cuentan que cuando fue elegido papa León XI, mientras le revestían con los hábitos papales, le quisieron quitar el escapulario que llevaba entre la ropa. El Papa dijo a los que le ayudaban: «Dejadme a María, para que María no me deje.»
Madre mía, llevaré siempre el escapulario. No te dejaré, y tú no me dejes en ningún momento.
Continúa ahora hablándole un rato. Si llevas el escapulario, puedes besarlo; si no lo tienes, puedes planear hacerte con uno.
Mayo
15
San Isidro Labrador. Siglo XII
Labrador humilde que se casó y llevó una dura vida de trabajo. Ejercitó las virtudes cristianas en el cumplimiento fiel de las obligaciones con Dios y con los hombres. Convertido en el modelo del honrado y piadoso agricultor cristiano.
María, Abogada de los pecadores
Santo Domingo predicó mucho el rezo del Rosario. Cuenta una biografía suya que un día le llevaron un pobre hombre endemoniado. El Santo puso el rosario que llevaba en el cuello de este hombre y después preguntó a los demonios que le poseían: «De todos los Santos del cielo, ¿cuál es el que más teméis?» Los demonios se negaron a responder, debido a que había mucha gente delante y no querían revelar en público a quién tenían miedo.
Como santo Domingo insistió una y otra vez, al final contestaron en voz alta: «La Santísima Virgen; nos vemos obligados a confesar que ninguno de los que perseveren en su servicio se condenará con nosotros; uno solo de sus suspiros vale más que todas las oraciones, las promesas y los deseos de todos los santos. Muchos cristianos que la invocan al morir y que deberían condenarse según las leyes ordinarias, se salvan por su intercesión. Si no se hubiera opuesto a nuestro esfuerzo, hace mucho tiempo que tendríamos derribada y destruida a la lglesia entera.»
Santo Domingo hizo rezar el rosario a todo el pueblo, y al fin los demonios salieron del poseído, dando aspavientos.
¡Qué suerte ser tu hijo, María! Ahora sí que digo con toda paz que no tengo miedo a nada ni a nadie. Pero sí a una cosa: a vivir sin ti, como si fuese huérfano. Encárgate tú, por favor, de que eso no suceda… y ya está. ¡Gracias, Madre mía!
Ahora puedes seguir hablando a María con tus palabras. No te canses de agradecerle lo buena y lo madre que es. Después termina con la oración final.
Mayo
16
San Honorato, obispo. Siglo VII
Obispo, patrón de los panaderos, miembro de una de las familias más importantes del país. Señalaba a los molineros y a los panaderos como sus protegidos.
Este hombre está chiflado
San Juan Bosco necesitaba construir una iglesia en honor de María Auxiliadora, pero no tenía nada de dinero. Se lanzó, pero las deudas también se lanzaron sobre él. Un día en que no podía retrasar más los pagos, para conseguir dinero le dijo a la Virgen: «¡Madre mía! Yo he hecho tantas veces lo que tú me has pedido… ¿Estás dispuesta a hacer hoy lo que yo te voy a pedir?»
Entonces, con la convicción de que la Virgen se ha puesto en sus manos, don Bosco se dirige al palacio de un enfermo que tenía bastante dinero, pero que también era bastante tacaño. Este enfermo, que hace tres años vive crucificado por los dolores y no podía siquiera moverse de la cama, al ver a don Bosco le dijo:
—Si yo pudiera sentirme aliviado, haría algo por usted.
—Muchas gracias; su deseo llega en el momento oportuno; necesito precisamente ahora tres mil liras.
—Está bien; consígame un pequeño alivio y a fin de año se las daré.
—Es que yo las necesito ahora mismo.
El enfermo cambia de postura con mucho dolor, y mirando fijamente a don Bosco, le dice:
—¿Ahora? Tendría que salir, ir yo mismo al Banco Nacional, negociar unos documentos… ¡Ya ve!, es imposible.
—No, señor, es muy posible —replica don Bosco mirando su reloj—. Son las dos de la tarde… Levántese, vístase y vamos allá dando gracias a María Auxiliadora.
—¡Este hombre está chiflado! —protesta el viejo entre las mantas que le abrigan—. Hace tres años que no me muevo en la cama sin dar gritos de dolor, ¿y usted dice que me levante? ¡Imposible!
—lmposible para usted, pero no para Dios… ¡Ánimo! Haga la prueba…
AI escuchar las voces acuden a la habitación varios parientes. Está llena. Todos piensan de don Bosco lo mismo que piensa el enfermo: que está chiflado.
—Traigan la ropa del señor, que va a vestirse —dice don Bosco—, y preparen el coche porque va a salir. Mientras tanto, nosotros vamos a rezar.
Llega el médico.
—¿Qué pasa aquí? ¿Qué imprudencia va a hacer, señor?
Pero ya el enfermo no escuchaba más que a don Bosco; sale de la cama y empieza a vestirse solo, y solo, ante los ojos maravillados de sus parientes, sale de la habitación y baja las escaleras y sube al coche. Detrás de él, don Bosco.
—¡Cochero, al Banco Nacional!
Ya la gente no se acuerda de él: llevaba tres años sin salir a la calle. Vende sus cédulas y entrega a don Bosco sus tres mil liras.
Quien confía en ti, Madre, jamás se queda a dos velas. Pero no estoy seguro de poderte decir lo que te dijo don Bosco: «Madre mía, yo he hecho tantas veces lo que tú me has pedido…» A partir de ahora sí que podré decírtelo. Pero ayúdame: quiero, sinceramente, saber lo que me pides.
Ahora puedes seguir hablando a María con tus palabras, comentándole algo de lo que has leído. Después termina con la oración final.
Mayo
17
San Pascual Bailón, religioso franciscano. 1540-1592
Pastor de ovejas, de gran devoción Eucarítica, se le apareció el Señor en varias ocasiones. Entró en el convento de los Franciscano de Alavatera y desempeñó oficios humildes. Famoso por su don para llevar las almas a Cristo.
Lo único que sabe hacer
¿Sabes a qué edad se jubilan las madres? «María —nuestra Madre la Virgen— se dedica por toda la eternidad a ser madre de los hombres. No se jubiló de la maternidad. Sigue engendrando, engendrándonos. Ejerce de madre porque tal vez es lo único —¡lo único!— que sabe hacer. ¡Y qué bien lo hace!» ¿Y cómo se trata a una madre? Con cariño. Como cualquier otra madre, María agradece y «necesita» nuestras manifestaciones de amor.
En un viaje a Chile de san Josemaría, uno que estuvo con él cuenta que un día se pusieron a pasear solos a lo largo de un pasillo. Al final del largo pasillo había una imagen de la Virgen, una pequeña talla sobre un pedestal. En cuanto la descubrió, interrumpió la conversación y se inclinó sobre la imagen, poniendo en ella un beso de amor. No fue un gesto aislado: tenía la costumbre de besar muchas veces cada día la imagen que estaba en la mesa donde trabajaba.
Puede parecer pequeño ese detalle. Y realmente lo es. Pero me trae a la cabeza los enfados de mi madre cuando, al llegar a casa o al irme a la cama, se me olvidaba darle un beso.
Dile a María que tratarás de dar besos a sus imágenes con frecuencia, otras veces sólo la mirarás, o le harás un guiño… A esta mujer que es madre y sigue ejerciendo de madre, seguro que le gusta. Eso sí: ten una imagen suya donde trabajas.
Madre, siempre madre y siempre joven, gracias por tus cuidados y tu cariño. Si te tuviese delante, pienso que te daría un beso enorme-bonito-sonoro-interminable… Pero como no te tengo físicamente, te daré los mismos besos cada vez que se los dé a una de las imágenes que hemos hecho de ti. Seguro que eres más guapa que cualquiera de ellas, pero me servirán para besarte a ti sin tenerte a ti. Gracias, ¡te quiero!
Ahora puedes seguir hablando a María con tus palabras, quizá concretando con ella qué puedes hacer. Y, si tienes a mano una imagen suya, dale un buen beso. Después termina con la oración final.
Mayo
18
Juan I, Papa y mártir. Siglo VI
No apoyaba la herejía de lo arrianos, por lo que fue encarcelado y murió por los malos tratos que recibió.
La solución para todo
Excursión montañera de alumnos de Primaria. En un sencillo paso con algo de pendiente y gran cantidad de barro, uno de los chavales cae. Una mezcla de dolor y de vergüenza le llena la cara de lágrimas y la boca de gritos desesperados, invocando la ayuda de su madre —madre que en estos momentos se encontraba a bastantes kilómetros, por lo menos a cien—: «¡Mamá, mamá!» Era absurdo —no podría escucharle—, pero también natural —de pequeño, la madre es la solución para todo—.
Así vivimos los cristianos: recurrimos siempre a ella. Y el cariño a María es siempre solución para todo porque ella nos enseña a permanecer junto a su Hijo en cada situación en la que la llamamos.
Madre mía, ¡ojalá no deje nunca de ser pequeño! ¿Por qué tantas veces me empeño en levantarme yo solo, en luchar yo solo, en sufrir yo solo? Que en todas las circunstancias te llame. Además, a nosotros nunca nos separan los kilómetros… ¡Te llamaré! y perdona si sólo lo hago cuando te necesito, pero… ya sabes, los hijos siempre somos un poco egoístas con vosotras las madres. ¡No me sueltes de tu mano!
Ahora puedes seguir hablando a María con tus palabras comentándole algo de lo que has leído. Después termina con la oración final.
Mayo
19
San Celestino V, Papa. 1221-129
Humilde sacerdote nacido en el seno de una familia numerosa. Fundó la Orden de los Celestinos, lo nombraron Papa pero, al no tener experiencia diplomática, renunció a los cinco meses.
Media Avemaría… y bastará
Vallejo—Nágera, conocido psiquiatra, antes de morir a causa de un cáncer, escribió un libro con recuerdos de su vida. En uno de éstos recordaba, divertido y emocionado, la conversación con su buen amigo, el famoso torero Miguel Dominguín. Miguel no practicaba como cristiano, y Vallejo trataba de ayudarle para que volviera a Dios antes de morir, pues el torero, por falta de formación, vivía alejado de Dios.
Decía Vallejo: «No digas que no has blasfemado. Pero como eso es una anormalidad y yo, como psiquiatra, me doy cuenta de los traumas de infancia que te han podido llevar a esa aberración, creo que Dios, que es mucho más listo que yo, no te lo va a tener en cuenta.
»Y con tus muchos disparates será benévolo, porque sabe que eres un disparatado. Te ha hecho con este vigor y vitalidad que no se encauzó bien; has aprendido a leer entre los cuernos de los toros, porque te tuvieron desde los catorce años explotándote para torear (…).»
«—Mira Miguel —le dije—,no te voy a pedir que cambies de vida, no te voy a pedir que dejes de beber… Sigue como estás ahora, que estás hecho un desastre, pero te voy a decir una cosa. Yo sé que me voy a morir muy pronto y Dios me ha dado la gracia de recobrar mi fe de la infancia, la misma que tuviste tú, porque tu madre la tenía, y te la enseñó, y tus hermanas la siguen teniendo. No te voy a pedir que vayas de ejercicios. Sólo que le digas a la Virgen: Virgen mía, ayúdame a entrar. Dios mío, perdóname. Y te va a bastar con eso, porque la Virgen te escuchará.»
Miguel se quedó muy conmovido…
«—Mira, Miguel —le dije—,vas a rezar conmigo media Avemaría, sólo la segunda parte, santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros, pecadores… Que tú lo eres de narices… ahora y en la hora de nuestra muerte, amén. Hazme un favor, júrame que esa Avemaría la vas a rezar todas las noches.»
»—Yo no juro —me dijo él—,yo prometo, y te lo prometo.
»Pero, como es muy cabezota y nunca quiere dar su brazo a torcer, añadió:
»—Te la rezaré a ti y como un fandango.
»—Me da igual —le dije yo—, tú rézala cuando te acuerdes de mí y bastará.
María es el rostro que nos muestra la maternidad de Dios. Su maternidad, por eso, es sobreabundante, extraordinaria, sin límites, de una misericordia eterna que va de uno al otro confín. María es una Madre a la medida de Dios.
¡María, eso sí que es acertar en el modo de ayudar a un amigo! Yo te acercaré a mis amigos y tú haces el resto, ¿de acuerdo?
Ahora puedes seguir hablando a María con tus palabras, comentándole algo de lo que has leído. Después termina con la oración final.
Mayo
20
San Barnardino, presbítero. Siglo XV
Presbítero de la Orden de los Hermanos Menores. Abandonó todo para entrar en la comunidad Franciscana y difundió la dvoción al sanísimo nombre de Jesús. Se le apareció San Pedro Celestino que le avisó de su muerte.
Que fácil es convencer a María
En septiembre de 1980, la madre Teresa de Calcuta fue a visitar el Hogar lnfantil de Calcuta. Un niño se estaba muriendo. Una de las Hermanas se lo dijo a la madre Teresa. Fue al lugar donde estaba la cuna, tomó al niño en sus brazos y se puso a rezar un Padrenuestro y un Avemaría. El capellán bendijo al niño y la madre Teresa se lo devolvió a la Hermana. Aquella misma tarde el niño comenzó a mejorar y al día siguiente estaba fuera de peligro. El poder de la oración había obrado el prodigio.
No es cuestión de magia, o de probar suerte. Se trata de saber y vivir la verdad de que María es nuestra Madre, y de acudir a ella como hijos. Decía Benedicto XVI: «Nos ha sido dada como “madre” —así lo dijo el Señor—, a la que podemos dirigirnos en cada momento. Ella nos escucha siempre, siempre está cerca de nosotros; y, siendo Madre del Hijo, participa del poder del Hijo, de su bondad. Podemos poner siempre toda nuestra vida en manos de esta Madre, que siempre está cerca de cada uno de nosotros» (15 de agosto de 2005).
Santa María, ¡lo que eres capaz de hacer por nosotros, sólo por un Avemaría! Por rezar un Avemaría, ¡cuánto puedo conseguir!
Ahora puedes seguir hablando a María con tus palabras, comentándole algo de lo que has leído. Después termina con la oración final.
Mayo
21
San Cristobal Magallanes y compañeros, mártires mexicanos. Siglo XX
Sacerdote y mártir mexicano, piadoso y servicial. Fué perseguido por el ejército federal durante la Guerra de los Cristeros y, finalmente, detenido y ejecutado.
Guadix: ¡era su hijo!
En 1808, el ejército de Napoleón, que ya había entrado en España, llegó hasta la pequeña localidad de Guadix. El gran escritor Pedro de Alarcón era de por allí, y relata algunos sucesos ocurridos en su pueblo. Éste entre otros:
«[El general recibe noticias de boca del jefe de la expedición.]
»—¿Cuántos prisioneros traéis? —le pregunta—. ¡Necesitamos ahorcarlos para que escarmienten los demás pueblos del partido!
»—¡Sólo traigo dos: un viejo y un muchacho! ¡En toda la villa no encontré más enemigos! —responde el jefe bajando los ojos.
»Entonces el general no puede por menos que admirar la actitud verdaderamente antigua, clásica, espartana de aquellos montañeses. Pero, con todo, insiste en que sean ahorcados los dos débiles prisioneros…
»Nuestros padres nos han referido muchas veces de aquella ejecución… Pero nosotros la contaremos rápidamente… Son de índole demasiado feroz para que la pluma se detenga en su relato.
»Ataron una soga al cuello del niño, y lo arrojaron desde un mirador de la casa del ayuntamiento a la plaza mayor del pueblo. Rompiose la soga, que sin duda era vieja, y el niño cayó contra el empedrado. Anudaron la parte rota, tornaron a subir a la pobre criatura, lo colgaron de nuevo, y la soga se volvió a romper. El niño quedó en el suelo sin poder moverse. No había muerto pero todas sus costillas se habían roto. Entonces un oficial de dragones, conmovido al mirar que se pensaba en colgarlo por tercera vez, llegose al infeliz… y le deshizo la cabeza de un pistoletazo.
»Saciada de este modo, al menos por aquel día, la ferocidad de los vencedores, dignáronse perdonar al anciano enfermo, el cual había presenciado toda la anterior escena acurrucado al pie de una columna, esperando a que le llegase su vez de ser ahorcado. Diéronle, pues libertad, y el pobre viejo salió de la plaza corriendo y tambaleándose, y tomó el camino de su pueblo, donde murió de tristeza aquella misma noche. ¡El niño asesinado… era su hijo!»
¡Pobre niño… y pobre viejo! Quizá nos podamos haber acostumbrado al drama de la cruz ¡Pobre Jesucristo… y pobre María!
Madre mía, que no me acostumbre a ver crucifijos; que no me acostumbre a vivir la Misa como si allí no ocurriese nada, como si nadie sufriese en ella. Ayúdame a ser generoso e ir a Misa con toda la frecuencia que me sea posible, y que ponga todo el corazón: ¡que en la misa vea personas! ¡que necesite la Misa!
Continúa hablándole con tus palabras un rato.
Mayo
22
Santa Joaquina Vedruna, viuda y fundadora. 1773-1854
Muy devota del niño Jesús, se casó y Dios le regaló ocho hijos. Al quedar viuda y libre de toda responsabilidad hogareña, cumplió su deseo de cuando era niña, ser religiosa. Fundó la Comunidad de las hermanas Carmelitas de la Caridad.
<<¡La llevas clara!>>
Un mes de otoño. Por motivos profesionales, un hombre que trabaja para una empresa de electricidad va a un santuario de la Virgen. Uno de los ordenanzas que atienden el santuario aprovecha para entablar una conversación con él, animándole a llevar una vida cristiana y confesarse. No consigue nada. Se define no creyente… y todo resulta inútil. Cuando el ordenanza le despide dando por imposible la conversión de aquel hombre ateo convencido, vio algo extraño: observa que al pasar por una hucha del santuario este hombre echa una limosna. Para sus adentros se dice el ordenanza: «La llevas clara, porque si has dado algo a la Virgen, Ella se las apañará para darte más a ti.»
Me contaba el ordenanza que al cabo de un par de años, aquel hombre volvió al santuario para saludarle: no sabía cómo, pero su vida había cambiado completamente; había vuelto a la fe y se había comprometido con Dios a seguirle de cerca, y entre sus compañeros y familiares había hecho un gran apostolado.
Santa María, para ir yo a Dios, para acercarle a mis amigos y familiares, el camino más seguro y corto eres tú. Darte algo, aunque sea poco y casi diría que sin fe, significa que tú haces el resto. Durante este mes trataré de ayudar a algunos amigos míos (puedes decirle, ahora, quiénes en concreto) a que hagan algo por ti.
Puedes comentar con ella qué hacer con algunos de ellos: quizá puedes ir a visitarla, de romería, con alguno de ellos; o puedes darle una imagen de la Virgen, o rezar juntos una oración… Después termina con la oración final.
Mayo
23
San Desiderio, obispo y mártir. Siglo IV
Obispo desde muy joven, tuvo que atacar con dureza los vicios de la corte. La gobernanta convocó un concilio en Chalon con la única intenció de que callara, por lo que estuvo exiliado durante un tiempo.
¿Un acordaos?
Una reunión numerosa con un Obispo de la lglesia; uno de los asistentes se dirige a él; se ve que le tiene cariño y, como quien está dispuesto a todo, le pregunta:
—¿Qué quiere que recemos por usted cada día?
El Obispo prefiere hacerse el sordo, pero la insistencia le obliga a contestar:
—«Un acordaos».
Aquél, que estaba dispuesto a cualquier cosa, por difícil que fuese, se sintió como defraudado, pues le parecía poco. El Obispo leyó en la cara de aquel joven su desilusión y añadió:
—¿Te parece escaso? ¡Qué poco valoras la oración vocal! Con una sola oración a la Virgen, si tenemos fe, hacemos mucho por quienes queremos.
Madre, ayúdame a valorar cada oración. Si llamo por teléfono a un amigo dándole un recado, sé que me ha oído y que, si puede, lo hará. Cada vez que te digo algo, que te rezo un Acordaos, es —¡por lo menos!— como si te llamara por teléfono: Tú me escuchas y me haces caso.
Ahora puedes seguir hablando a María con tus palabras, comentándole algo de lo que has leído. Después termina con la oración final.
Mayo
24
Nuestra Señora María Auxiliadora
Los cristianos de la Antiguedad, San Juan Crisóstomo, el gran orador Proclo llamaron a la Santísima Virgen con el nombre de Auxiliadora. En griego significa la que trae auxilios venidos del Cielo.
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Ojeando papeles viejos encuentro la fotocopia de una carta que leí no sé dónde. Te la transcribo:
«María: no sé cómo empezar esta carta. Me habría hecho muy feliz que con toda sinceridad hubiese podido decir: Querida Madre mía, pero siento que no alcanzo a decirlo porque no sé si te quiero lo suficiente para ello. El querer a alguien es dar y hacer por el otro “el todo”. Yo sé que tú lo eres todo eso para mí: ¡eres mi Madre!; pero por mi parte no confío lo suficiente, no amo lo suficiente, no me entrego lo suficiente.
»¿Será por todo eso por lo que no recibo respuesta a mis peticiones? Diariamente te cuento mis temores, mis inquietudes, mis preocupaciones, incluso mis alegrías, y tú callas. (…) ¿Es, como te decía antes, mi falta de amor y confianza, en definitiva mi falta de fe, la que no me deja entenderte del todo?
»Yo te espero todos los días. Gracias.»
¿Puedes tú decirle con sinceridad «Querida Madre mía»?; ¿Das y haces «el todo» por ella y por Dios? Aprovecha ahora para hablarlo con ella.
Lo que no está escrito es ahora cuando puedes decírselo, comentando el texto que has leído y las preguntas. Después termina con la oración final.
Mayo
25
San Gregorio VII, Papa. 1028-1085
Papa que Impulsó un programa de reformas y tuvo un duro choque con el emperador Enrique IV. Finalmente se retiró en destierro voluntario y murió al año siguiente diciendo su famosa frase «He amado la justicia y odiado la iniquidad».
El milagro de Calanda
Finales de julio de 1637. Miguel Juan Pellicer, natural de Calanda (Teruel) tuvo un accidente durante su trabajo. Cayó al suelo y le pasó por encima de la pierna derecha una de las ruedas del carro de su tío rompiéndosela más o menos a la altura del tobillo. Le llevaron al hospital de Valencia y, al ver que cada vez empeoraba más, lo trasladaron a Zaragoza, adonde llegó a primeros de octubre, con mucha fiebre y la pierna totalmente gangrenada. Antes de ingresar en el hospital fue a la iglesia del Pilar, donde se confesó y comulgó.
Ya en el hospital, viendo los médicos que la pierna no tenía curación, decidieron cortarla cuatro dedos por debajo de la rodilla. Se la serraron sin más anestesia que una bebida bien cargada de alcohol mientras él se encomendaba a la Virgen del Pilar. Después de la operación, dos médicos enterraron la pierna en el cementerio del hospital.
Cuando se repuso de la operación, pasó dos años y medio pidiendo limosna en la puerta del Pilar y durmiendo en una posada o en los bancos del hospital. Pasados esos dos años y medio, regresó a su pueblo, Calanda.
Una noche soñó que se untaba el muñón con el aceite de la lámpara de la iglesia del Pilar. Al entrar sus padres en la habitación notaron una extraña fragancia; la madre se aproximó con el candil a su hijo y vio que le salían de entre las sábanas no una, sino las dos piernas. Era su misma pierna amputada: con antiguas cicatrices de niño y la lesión cerca del tobillo que le hizo el carro cuando le pasó por encima. Además se comprobó que la pierna enterrada en el cementerio del hospital no estaba. Todo el pueblo fue testigo del milagro y el párroco celebró una misa en acción de gracias.
Este famoso milagro fue documentado por notarios y médicos; últimamente ha sido de nuevo narrado por un escritor italiano converso, Messori.
¡Qué grande eres, Madre mía! No necesito ver milagros, porque ya has hecho miles. Pero sí necesito que aumentes mi fe cada día, hasta tenerla tan grande como la tuya. ¡Creo, Madre, pero haz que crea más y más!
Ahora puedes seguir hablando a María con tus palabras, comentándole algo de lo que has leído. Después termina con la oración final.
Mayo
26
San Felipe Neri, apóstol de Roma. 1515-1595
Amante de la oración, se consagró al Apostolado y reevangelizó la ciudad de Roma. Tenía el don de curación, predijo el porvenir en algunas ocasiones y experimentaba frecuentes éxtasis.
¡Guapa, guapa y guapa!
Me viene a la cabeza el fervor con que tanta gente, en la Semana Santa de Sevilla, gritaba al paso de la Macarena. «¡Guapa, guapa y guapa!» Con lo femenina que es nuestra Madre, podemos estar seguros de que le gustarán los piropos que le lancemos.
Lo que más guapa hace a nuestra Madre es que se deja embellecer por el amor de Dios. Su físico, su rostro, sus gestos… están informados por la gran belleza de Dios. Eso quiere decir lo que le decimos en cada Avemaría: «Llena eres de gracia», como explicaba Benedicto XVI: «… “llena de gracia”, y la gracia no es más que el amor de Dios; por eso, en definitiva, podríamos traducir esa palabra así: “amada” por Dios (cf. Lc 1, 28). Orígenes observa que semejante título jamás se dio a un ser humano y que no se encuentra en ninguna otra parte de la sagrada Escritura (cf. In Lucam 6, 7). Es un título expresado en voz pasiva, pero esta “pasividad” de María, que desde siempre y para siempre es la “amada” por el Señor, implica su libre consentimiento, su respuesta personal y original: al ser amada, al recibir el don de Dios, María es plenamente activa, porque acoge con disponibilidad personal la ola del amor de Dios que se derrama en ella. También en esto ella es discípula perfecta de su Hijo, el cual realiza totalmente su libertad en la obediencia al Padre y precisamente obedeciendo ejercita su libertad” (25 de marzo de 2006).
Llena eres de gracia, Madre mía. Quiero vivir cada día con más gracia de Dios, dejarme amar por él, ser su amado. Procuraré decirte algo —aunque sólo sea; ¡guapa!— cada vez que vea una imagen tuya. ¡Ah! y qué buena idea la de aquel que siempre que veía una chica guapa decía a María en su interior: ¡Tú sí que eres guapa!
Ahora puedes seguir hablando a María con tus palabras, comentándole algo de lo que has leído. Después termina con la oración final.
Mayo
27
San Agustín de Canterbury, Obispo. Siglo VII
Le encomndaron la misión de evangelizar Inglaterra, lo cual le aterró, pero acudió después de haber sido nombrado obispo. La obra de monjes tuvo éxito y el mismo rey pidió el bautismo, llegó a arzobispo primado de Inglaterra.
¡Un solo instante y una María!
En cierta ocasión, cuando estaban rezando por un chaval endemoniado, ocurrió lo siguiente. Cuenta un testigo presencial que «el demonio multiplicaba sus gritos con más fuerza y confusión, diciendo: “¿por qué he de salir?”; entonces, una religiosa allí presente exclamó con fervor: “¡Santa Madre de Dios, rogad por nosotros! ¡María, Madre de Jesús, venid en ayuda nuestra!”
»Al oír estas palabras, el espíritu infernal redobló sus horribles alaridos: “¡María! ¡María! ¡Para mí no hay María! No pronunciéis ese nombre, que me hace estremecer. ¡Si hubiese una María para mí, como la hay para vosotros, yo no sería un demonio! Pero para mí no hay María.
»Todos los presentes lloraban. Repitió el demonio: “¡Si yo tuviese un solo instante de los muchos que vosotros perdéis! ¡Un solo instante y una María! Y yo no sería un demonio.”»
¡Qué fuerte! Satanás es un ángel que se separó de Dios; y dice que si tuviera a María no sería demonio. Esto es, porque no contó con ella ha caído tan bajo. Con qué alegría puedo gritar, en momentos de bajón, de dificultad, de vacas flacas: ¡Tengo a María! Eso es lo importante; lo demás cambia.
Santa María, gracias, gracias y gracias. Solemos decir que hay cosas que no se pueden pagar con nada. Tenerte a ti no es que no se pueda pagar, sino que si tú faltases… faltaría todo. Preferiría morir antes que vivir sin ti, aunque me parece que son la misma cosa morir y no tenerte. Gracias. Te lo vuelvo a decir: ¡Te quiero!
Ahora puedes seguir hablando a María con tus palabras, comentándole algo de lo que has leído. Después termina con la oración final.
Mayo
28
Santa Ubaldesca. 1136-1205
Tomó por inspiración divina, a los 14 años, el habito de religiosa en el Monasterio de San Juan de Carrai, haciendo en el claustro una vida penitente y milagrosa. Ha sanado, por su intercesió a muchos enfermos y lisiados.
Fray Escoba
Es realmente curioso que a un fraile se le llame fray Escoba. Su historia es interesante. Toda su vida quedó de algún modo condicionada por su color: era mulato. ¿Por qué? Juan de Porres, español, se trasladó a Lima, Perú, como diplomático bajo las órdenes del rey de España Felipe II. Durante este tiempo conoció a Ana Velázquez, una joven mulata de Panamá que residía en Lima. Entablaron una amistad de la cual nacieron dos hijos: Martín y Juana. Martín nació el 9 de diciembre de 1579. Pero su padre no quiso reconocerlos, ni a él ni a su hermana, como hijos suyos. Martín nació mulato; sus hombros eran anchos, sus brazos fuertes, su frente levantada, sus ojos negros, su nariz más pequeña que grande, sus labios gruesos… A los 10 años su padre le abandonó.
A la edad de 12 años empezó a trabajar de «barbero». Su ocupación principal en la barbería era la de extraer dientes y muelas, recetar hierbas, aliviar dolores, rasgar con el bisturí los tumores bucales… era una especie de «médico». Empezó rápidamente a conocer el arte de los ungüentos y de los bálsamos, cómo se alivia el escozor de un dolor, cómo se aplacan las calenturas, cómo se combaten los delirios, cómo se detiene un flujo de sangre… En alguna ocasión, también afeitaba o cortaba el pelo. La barbería era frecuentada por lo más distinguido de la ciudad de Lima, pues la elegancia de Martín les atraía. Tanto le gustó este mundo que se ofrecía también como voluntario en los hospitales. Por la noche era cuando aprovechaba para pasar horas en vela en su casa rezando delante de una imagen de Jesús crucificado.
A los 15 años fue al convento del Rosario de Lima de los Hermanos Dominicos para pedir entrar como fraile. Los mulatos estaban marginados entonces, y sólo fue aceptado como hermano «donado», es decir, como terciario regular, una orden especial para seglares que querían llevar una vida religiosa. A él no le importó que le marginasen: sólo deseaba estar en la casa de Dios y servirle fielmente, aunque fuera en el último peldaño.
Su trabajo en el convento era el de barrer —de ahí Fray Escoba—, limpiar las celdas, hacer recados, ayudar en la cocina, en la sacristía, en la huerta… en fin, era un criado para todo y para todos. Pasaba totalmente desapercibido entre los frailes, nadie se fijaba en él. A primera hora de la mañana asistía a la primera misa, comulgaba, y después entraba en contemplación con la sagrada Hostia de la que era muy devoto. Tuvieron que pasar unos 15 años para que fuera aceptado definitivamente en la congregación como hermano dominico de pleno derecho, como los otros miembros de la comunidad.
Son incontables los hechos extraordinarios en la vida de este santo: curaciones, milagros, éxtasis… Fray Martín ejerció durante mucho tiempo el trabajo de enfermero en el convento. En muchas ocasiones aparecía en las celdas de los enfermos para ayudarles justo en el momento en que lo necesitaban.
Una de las curaciones milagrosas. Llegó un viejo zapatero al convento con los dedos de la mano engarfiados y contrahechos por un reuma dolorosísimo. Fray Martín tomó su mano e hizo la señal de la cruz sobre los dedos enfermos. Pero aquel zapatero no estuvo conforme con el remedio, creyendo que se burlaba de él. Para que el anciano se fuera tranquilo, le puso un remedio casero. Hizo como que preparaba algunas cosas y le vendó las manos. A la mañana siguiente el viejo zapatero notó que no solamente no tenía ningún dolor, sino que podía mover los dedos y brazos, sintiendo todo el cuerpo rejuvenecido. Se quitó rápidamente la venda para descubrir qué maravilloso ungüento le había puesto el fraile y vio que era un trozo de suela de zapato.
Sus años de barbero le aportaron grandes conocimientos en el arte de la curación, pero fray Martín aplicaba ante todo el recurso de la oración. El convento del Rosario de Lima se convirtió en un auténtico hospital, ya que fray Martín recogía a todos los enfermos callejeros de la ciudad. Aunque en un primer momento los superiores le reprocharon porque rompía las reglas de la comunidad, regida por la clausura, al final le dieron permiso para que aquél fuera «su hospital particular». Además, sacaba horas para visitar a personas enfermas en sus casas, en hospitales, en comunidades religiosas… El pobre Martín no tenía ni tiempo para dormir. Gracias a él se fundaron también dos asilos para niños y niñas huérfanos, los llamados «Asilos y Escuelas de Huérfanos de Santa Cruz», el primer centro de ese género en Lima. La fama de santo corría por todos los hogares de la ciudad. Sus visitas las aprovechaba para hacer todo el bien posible: reconciliaba a matrimonios, concertaba enemistades, reconciliaba a personas, fomentaba la religión… Los frailes del convento se preguntaban: ¿pero cuándo duerme?, ¿cuándo descansa?, ¿y dónde?
Su cariño por los animales era enorme. Se cuenta que en los documentos del proceso de beatificación que fray Martín «se ocupaba en cuidar y alimentar no sólo a los pobres sino también a los perros, a los gatos, a los ratones y demás animalejos, y que se esforzaba para poner paz no sólo entre las personas sino también entre perros y gatos, y entre gatos y ratones, instaurando pactos de no agresión y promesas de recíproco respeto».
Se cuenta que iba un día camino del convento y que en la calle vio a un perro sangrando por el cuello y a punto de caer. Se dirigió a él, le reprendió dulcemente y le dijo estas palabras: «Pobre viejo; quisiste ser demasiado listo y provocaste la pelea. Te salió mal el caso. Mira ahora el espectáculo que ofreces. Ven conmigo al convento a ver si puedo remediarte.» Fue con él al convento, acostó al perro en una alfombra de paja, buscó la herida y le aplicó sus medicinas. Después de permanecer una semana en la casa, le despidió con unas palmaditas en el lomo, que él agradeció meneando la cola, y unos buenos consejos para el futuro: «No vuelvas a las andadas —le dijo—, que ya estás viejo para las peleas.»
El fraile Martín llevó también una vida de mortificación, ayunando constantemente… A veces era obligado por sus superiores a dejar estas mortificaciones y a comer como los demás. Durante la noche dedicaba muchas horas a la oración en la capilla del convento delante de la imagen de Jesús crucificado, del Santísimo Sacramento o de la imagen de Nuestra Señora del Rosario…
El año 1639, quedó afectado de tifus. «He llegado al fin de mi peregrinación sobre la tierra. Moriré de esta enfermedad. Ninguna medicina será de provecho.» También declaró que no se encontraba solo en aquel momento: que estaban a su lado la Virgen, san José, santo Domingo, san Vicente Ferrer y santa Catalina de Alejandría. Fray Martín murió el 3 de noviembre de 1639 dando besos constantemente a un crucifijo que tenía en la mano.
Martín podría haberse pasado su vida lamentándose porque su padre no le quiso, porque no tuvo oportunidades, porque era discriminado por ser mulato… Sin embargo se olvidó de esas cosas que no dependen de él, las aceptó, y se dedicó a amar. Amar a los demás, a los pobres, a Jesús en la Eucaristía… y entonces, como en tantos otros santos, su corazón se hace tan grande que caben también los animales —como sabes, es patrón de los animales—: el cristiano ama todas las criaturas de Dios, las respeta y las cuida.
Señor, ¿de qué me lamento? ¿Me olvido de mí mismo para dar cariño a todos? ¿En qué me excuso? Agranda mi corazón hasta que toda la creación quepa en él. Gracias por tus santos, que tanto nos enseñan… santa María, ¡hazme bueno como a Martín…!
Comenta con santa María que te gustaría tener un corazón como el de Martín… y pregúntale qué quiere que hagas para que pueda concedértelo poco a poco.
Mayo
29
Beato José Gerard, misionero oblato. 1831-1914
Fue ordenado Diacono por el Obispo Eugenio de Mazenod, quien le pidió que ejerciera su misión en el Sur de África. Le ordenó sacerdote y ejerció su misión en Roma y en otros distintos lugares.
Le quitó el casco
Balduino fue el rey de Bélgica hasta 1994, año en el que muere. Muchos de sus allegados han hablado y escrito acerca de la vida cristiana ejemplar de este rey. Un buen amigo suyo era el cardenal Suenens. Escribe esta anécdota.
Iban de viaje en coche ellos dos solos. «La escena tiene lugar en una carretera secundaria del país. El Rey conducía el coche y yo era el único pasajero. Al pasar cerca de la estación de un pueblo, vi una imagen de Nuestra Señora rodeada de un jardincillo de flores, pero alguien había tenido el mal gusto de profanarla poniéndole en la cabeza un casco de punta alemán de la Gran Guerra. Arriesgándose a que lo reconocieran, frenó en seco y, sin decir palabra, salió del coche, se subió al pedestal y quitó el casco, que tiró en una zanja. Cogió de nuevo el volante sin hacer ningún comentario, como la cosa más natural del mundo.
»Yo vi en este gesto la actitud de un caballero que no permite que se burlen de su madre y que ignora cualquier tipo de respeto humano que en ese momento pudiera pasársele por la cabeza.»
Santa María, que cuando vea algo que pueda no gustarte a ti o a tu Hijo, que sepa reaccionar igual que reaccionó el rey Balduino aquel día. Que no me dé vergüenza comportarme como alguien que te quiere, y te quiere mucho.
Puedes comentar esto con ella un rato. Termina, luego, con la oración final, dándote cuenta de lo que dices y a quién lo dices.
Mayo
30
San Fernando, Rey. Siglo XIII
Modelo de gobernante, creyente, padre y esposo. Emprendió la construcción de la catedral de Burgos y fundó la Universidad de Salamanca. Protegió a las comunidades religiosas y se esforzó para que los soldados del ejército fueran educados en la fe.
¡No dejarlas…aunque esté hecho un desastre!
Lo cuenta san Alfonso María de Ligorio. En 1604, a dos jóvenes de Flandes que llevaban una mala vida, después de pasar una noche en casa de una mujer pecadora, de vida deshonesta, les ocurrió lo que sigue.
Ricardo, uno de los jóvenes, salió de aquella casa y cuando llegó a la suya se acostó. Una vez en la cama se acordó de no haber rezado las tres Avemarías que acostumbraba rezar todos los días a su Madre la Virgen. Ya estaba medio dormido, pero venció la pereza y las rezó. La verdad es que las rezó sin gran devoción, pero no dejó de rezarlas… Luego se acostó de nuevo.
Apenas había empezado a dormir notó que alguien golpeaba con fuerza la puerta de su habitación. Quien golpeaba la puerta era el alma de su amigo. (Cuando morimos, nuestra alma sigue viviendo, y en algunas ocasiones permite Dios que, de forma extraordinaria, actúe físicamente. En este caso lo permitió, como veremos, para que Ricardo cambiase de vida.)
Ricardo se levantó y sin abrir la puerta preguntó:
—¿Quién eres?
—¿Es que no me conoces? ¡Soy un desgraciado! —exclamó triste el alma del amigo—. ¡Estoy condenado!
—¿Cómo así?
—Ricardo, tienes que saber que al salir de aquella casa me atacaron y caí muerto ahogado; mi cuerpo quedó tendido en la mitad de la calle y mi alma está en el infierno. Lo mismo te hubiera pasado a ti, pero santa María te salvó de él por las tres Avemarías que le rezas cada noche.
Y acabó diciendo:
—Aprovecha esta revelación de la Madre de Dios, tú que tienes tiempo. Y desapareció.
La Virgen quiso que el alma de su amigo le revelase a Ricardo lo sucedido para que cambiase de vida. Ricardo se puso a llorar y a dar gracias a la Virgen; sonaban entonces las campanas de la iglesia y decidió ir a confesarse y hacer penitencia.
Fue y se lo dijo a los sacerdotes; éstos, que no lo creían, se dirigieron a la calle donde estaba el cuerpo de su amigo y lo vieron muerto y tendido en mitad de la calle; comprobaron así que Ricardo no había mentido. A partir de entonces Ricardo cambió de vida e hizo muchas cosas por Dios y por los demás.
Cuando relata este hecho san Alfonso María, lo acompaña de datos —actas notariales, testamentos…— que certifican los hechos en la medida de lo posible.
Perdona, María, las veces que rezo el Avemaría sin atención, como de carrerilla, sin darme cuenta de que te lo estoy diciendo a ti. Procuraré fijarme más en los pronombres en segunda persona (tú, te, contigo). De todas formas, aunque me siga distrayendo, no me preocupa: sé que te gusta lo que digo, y sabes que te lo digo porque te quiero. Todas las noches te daré las buenas noches rezándote las tres Avemarías… ¡con atención!
Ahora puedes seguir hablando a María con tus palabras, comentándole algo de lo que has leído. Después termina con la oración final.
Mayo
31
Visitación de la Virgen
La Virgen María sintió deseos de ir a visitar a su prima Santa Isabel. En cuanto oyó el saludo de María, saltó de gozo el niño en su seno e Isabel quedo llena del Espíritu Santo y dijo: «Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre ¿Quién soy yo para que me visite la madre de mi Señor?»
Temer ¿a qué?
Te copio una copla popular que hace siglos rezaban los cristianos con frecuencia, para que ahora se la puedas decir a Ella:
«No, no temo nada, no temo a mis pecados, porque puedes remediar el mal que me han causado; no temo a los demonios, porque eres más poderosa que todo el infierno; no temo a tu Hijo, justamente indignado por mí, porque se aplacará con una sola palabra tuya. Sólo temo que por mi culpa deje de encomendarme a ti y así me pierda.»
¡Qué seguridad! ¡Y qué lógico! Si yo no le dejo, Ella no me dejará. Lo único que puede darnos miedo es dejar de rezarle y alejarnos de María.
Madre mía, hoy acaba el mes que te dedicamos. Tenme siempre cogido de tu mano. Cuídame cada día hasta el día de mi muerte. Y así llegaré al Cielo, donde ya podré estar contigo por los siglos. Amén.
Ahora puedes seguir hablando a María con tus palabras, comentándole algo de lo que has leído. Quizá, también, puedes agradecerle este mes pasado más cerca de ella, o mejor, en el que te has hecho más consciente de lo cerca que siempre está ella… de ti.
Junio
Oración inicial de cada día
Señor mío y Dios mío,
creo firmemente que estás aquí,
que me ves, que me oyes.
Te adoro con profunda reverencia.
Te pido perdón de mis pecados y gracia
para hacer con fruto este rato de oración.
Madre mía Inmaculada, San José, mi padre y señor,
Ángel de mi guarda: interceded por mí.
Oración final de cada día
Dios Padre Misericordioso,
que has revelado tu amor en tu Hijo Jesucristo
y lo has derramado en nosotros en el Espíritu Santo,
Consolador, te encomendamos hoy
el destino del mundo y de todo hombre.
Inclínate hacia nosotros, pecadores;
sana nuestra debilidad; derrota todo mal;
haz que todos los habitantes de la tierra
experimenten tu Misericordia, para que en ti,
Dios uno y trino, encuentren siempre
la fuente de la esperanza.
Padre Eterno, por la dolorosa pasión
y resurrección de tu Hijo,
ten misericordia de nosotros
y del mundo entero.
Amén
Juan Pablo II
Junio
1
San Íñigo de Oña, Abad. Siglo XI.
De Calatayud, hijo de mozárabes. Abrazó la regla de San Benito tras vivir en el Pirineo en la contemplación de las grandezas divinas. A su funeral acudieron fieles de las tres religiones.
Jesús insiste en algo
El mes que hoy empezamos es especial. Santa Margarita fue una monja francesa que vivió de 1647 a 1690. Un viernes se le apareció Cristo y desde entonces todos los primeros viernes de mes se le volvió a aparecer hasta el final de su vida. Cristo quería que ella se encargara de extender en la Iglesia la devoción a su Sagrado Corazón, y en cada una de esas revelaciones fue haciéndole conocer su Corazón.
Llama la atención el interés que ha tenido el Señor por inculcarnos esta devoción. También se le apareció hablándole de su Corazón y de su misericordia a santa María Faustina Kowalska, una joven monja polaca que murió en 1938. En unas de sus apariciones el Señor le dijo: «Tú eres la secretaria de mi Misericordia. Te he escogido para este cargo en ésta y en la vida futura.»
Transcribo un texto en el que relata una de las apariciones: «Después de renovar los votos y de la Santa Comunión, de repente vi al Señor Jesús que me dijo con benevolencia: Hija mía, mira mi Corazón misericordioso. Cuando me fijé en este corazón Santísimo, salieron los mismos rayos que están en la imagen, como Sangre y Agua, y entendí lo grande que es la misericordia del Señor. Y Jesús volvía a decir muy amablemente: Hija mía, habla a los sacerdotes de esta inconcebible misericordia mía. Me queman las llamas de la misericordia, las quiero derramar sobre las almas, y las almas no quieren creer en mi bondad .»
¡Es sorprendente! Es como si los hombres cada vez fuésemos más incapaces de creer que Él es bueno: «… las almas no quieren creer en mi bondad…» No es lo mismo saber algo que caer en la cuenta. Sabemos que es bueno… pero no nos lo acabamos de creer, no caemos en la cuenta de lo que esto significa. Y Jesús tiene interés en que nos lo creamos, porque con frecuencia pensamos en Dios como si fuese un ser duro y despegado, algo cruel y castigador… y no pensamos en su corazón, no nos hacemos idea de hasta qué punto es misericordioso con nosotros.
Otro día le insistía con estas palabras que, la verdad, no puedo olvidarlas desde el día que las leí: «Me hieren más las pequeñas imperfecciones de las almas elegidas que los pecados de las almas que viven en el mundo.» Comenta santa Faustina: «Me entristecí mucho por el hecho de que Jesús padece sufrimientos a causa de las almas elegidas, y Jesús me dijo: “Su amor es tibio, mi corazón no puede soportarlo; estas almas me obligan a rechazarlas de mí. Otras no tienen confianza en mi bondad y nunca quieren sentir la dulce intimidad en su corazón, pero me buscan por allí, lejos y no me encuentran. Esta falta de confianza en mi bondad es lo que más me hiere. Si mi muerte no las ha convencido de mi amor, ¿qué es lo que las convencerá? (…) Hacen uso de mis gracias para ofenderme. Hay almas que desprecian mis gracias y todas las pruebas de mi amor; no quieren oír mi llamada, sino que van al abismo infernal. Esta pérdida de las almas me sumerge en una tristeza mortal En tales casos, a pesar de ser Dios, no puedo ayudar nada al ama, porque ella me desprecia; disponiendo de la voluntad libre puede despreciarme o amarme. Tú, dispensadora de mi misericordia, habla al mundo entero de mi bondad y con esto consolarás mi corazón.”»
Señor, durante este mes quiero acercarme a tu corazón, creer que tú eres Bondad y Misericordia. Me gustaría no entristecerte. Sí, Señor, confío en tu bondad: mirando tu muerte no puede quedarme ninguna duda del punto hasta el que me amas… y sin embargo no me lo acabo de creer. Eres bueno. Quiero sentir la dulce intimidad en tu corazón. Quiero tener los mismos sentimientos que tú. Educa mi corazón, purifícalo, ensánchalo, hazlo bueno y misericordioso. Gracias, Señor. Corazón de Jesús, en ti confío. Sí, en ti confío.
Puedes seguir ahora con tus palabras… y si quieres repítele lo bueno que es
Junio
2
San Nicolás el Peregrino. Siglo X.
Nacido en Grecia, recorrió su país con una cruz en la mano repitiendo la invocación “Kyrie Eleison”. Tras su muerte, realizó numerosos milagros. Es patrono de Trani.
El saco siempre está lleno
Hay una pequeña obra de teatro de Pirandello que ha pasado a ser un clásico. Se titula Seis personajes en busca de autor. Como apunta el título, seis personajes, miembros de una familia, buscan un autor que les escriba. En un momento dado, el director de la obra se dirige al padre de la familia y le dice:
«—Bueno, pero eso no es más que una disertación. ¡A los hechos! ¡Vamos a los hechos!»
Entonces, el padre le da una contestación interesante:
«—A los hechos. Tiene usted razón. Pero un hecho es como un saco vacío, que no puede tenerse en pie. Para que se sostenga hay que llenarlo con las razones y sentimientos que lo determinaron.»
Es verdad que los hechos son importantes, pero los hechos no lo son todo. Los hechos son el saco, pero ¿qué hay dentro del saco? Este mes que dedicamos al Corazón de Jesús sería interesante que nos planteásemos qué hay dentro de los sacos de las acciones que realizamos, cómo ponemos el corazón en las cosas que hacemos, con qué intención, qué buscamos.
Un ejemplo. Cuentan que alguien que pasó por un lugar donde estaban unos obreros construyendo un edificio, al cruzarse con uno de los albañiles le preguntó qué hacía: «—Aquí estoy —le contestó—, ganando un poco de dinero, para llevar pan para mis hijos.» Unos pasos más adelante se encontró con otro obrero. La misma pregunta, y otra contestación: «—Pues ya ves —le dijo—, levantando esta pared.» Todavía se cruzó con un tercero, y recibió otra respuesta: «—Estoy construyendo una catedral.» Los tres albañiles hacían lo mismo con sus manos, pero sus corazones hacían cosas distintas.
El estilo de vida de los cristianos nos lleva a llenar el saco de nuestras obras con un contenido formidable y grandioso. Lo que llena el saco es la caridad, o sea, el amor a Dios y a los demás. Siempre es el motivo por el que hacemos las cosas —o por el que queremos hacerlas—. ¿Por qué estudio o trabajo? Para servir, para ayudar a otros, para facilitarles las cosas, para mejorar sus condiciones de vida… Por supuesto que ganamos dinero y levantamos una pared, pero miramos más alto: construimos una catedral, algo para Dios y para los demás.
Si quieres puedes repasar actividades que te llevan tiempo cada día y plantearte con Jesús cuál es el contenido que llena esos sacos. Por ejemplo: ¿Para qué toco la guitarra? Un cristiano diría: «Para disfrutar de la música —porque me gusta, porque disfrutando doy gloria a Dios, Él goza viéndonos disfrutar con la creación—, y para hacer pasar buenos momentos a los demás.» Y así con cualquiera de nuestras actividades.
Jesús, haz que mi corazón se parezca al tuyo. Quiero llenar el saco de mis acciones con amor: que todo lo haga por y para amar. Que haga las cosas para Dios y para los demás. Que mi corazón sea cristiano. Estudio para servir, trabajo para servir, todo quiero hacerlo para servir. Cada día estoy haciendo una catedral… ¡Gracias!
Ahora es el momento importante, en el que tú hablas a Dios con tus palabras, comentándole algo de lo que has leído. Cuando lo hayas hecho, termina con la oración final.
Junio
3
San Carlos Luanga y compañeros santos, Mártires. Siglo XIX.
De Uganda, fueron asesinados en total 16 compañeros por retirarse a rezar. La orden partió del rey de Buganda, Mwanga. Entre los mártires se encontraba el hijo del jefe de los verdugos.
No hay máquinas del perdón
Un universitario me contaba que su novia había estado unos días fuera, de viaje, y que se había portado mal, no le había sido del todo fiel. A la vuelta lo reconoció, se lo dijo y le pidió perdón. Él la perdonó, por supuesto, pero notaba que había querido herido. Me comentaba: «—Lo estoy pasando mal. ¡Cómo me ha dolido que se haya comportado así! Pero por supuesto que le he perdonado. Le quiero mucho, y cualquiera tiene un fallo. Le comprendo, y además está arrepentida. Pero ¡cómo me duele!.» El hecho no tiene nada de extraordinario: a cualquiera de nosotros nos habrá pasado con un amigo, con un familiar…
Si ahora recordamos un hecho del evangelio, podremos conocer mejor el corazón de Jesús: «Un fariseo invitó a Jesús a comer con él. Jesús entró en la casa y se sentó a la mesa. Entonces una mujer pecadora que vivía en la ciudad, al enterarse de que Jesús estaba comiendo en casa del fariseo, se presentó con un frasco de perfume. Y colocándose detrás de él, se puso a llorar a sus pies y comenzó a bañarlos con sus lágrimas; los secaba con sus cabellos, los cubría de besos y los ungía con perfume. Al ver esto, el fariseo que lo había invitado pensó: “Si este hombre fuera profeta, sabría quién es la mujer que lo toca y lo que ella es: ¡una pecadora!” Pero Jesús le dijo: “Simón, tengo algo que decirte.” “Di, Maestro”, respondió él. “Un prestamista tenía dos deudores: uno le debía quinientos denarios, el otro cincuenta. Como no tenían con qué pagar, perdonó a ambos la deuda. ¿Cuál de los dos lo amará más?” Simón contestó: “Pienso que aquel a quien perdonó más.” Jesús le dijo: “Has juzgado bien.” Y volviéndose hacia la mujer, dijo a Simón: “¿Ves a esta mujer? Entré en tu casa y tú no derramaste agua sobre mis pies; en cambio, ella los bañó con sus lágrimas y los secó con sus cabellos. Tú no me besaste; ella, en cambio, desde que entré, no cesó de besar mis pies. Tú no ungiste mi cabeza; ella derramó perfume sobre mis pies. Por eso te digo que sus pecados, sus numerosos pecados, le han sido perdonados porque ha demostrado mucho amor. Pero aquel a quien se le perdona poco, demuestra poco amor.” Después dijo a la mujer: “Tus pecados te son perdonados.” Los invitados pensaron: “¿Quién es este hombre, que llega hasta perdonar los pecados?” Pero Jesús dijo a la mujer: “Tu fe te ha salvado, vete en paz”» (Lucas 7, 36-50).
Dios nos perdonará siempre que le pidamos perdón, como una buena madre siempre perdonará a su hijo, o como ese universitario del que hablábamos antes perdona a su novia. Sí. Pero que siempre nos perdonen no significa que no les importe, que sea algo automático. Quien perdona es porque su amor al otro es más grande que cualquier mala acción que pueda cometer. Y como lo que más le interesa es estar juntos, seguir viviendo juntos, compartiéndolo todo… como esa fuerza es tan grande, siempre estará dispuesto a perdonar.
Cuando somos amados así, debemos estar atentos a una cosa: que el perdón no es automático. Quien perdona sufre, y quien perdona siempre sufre siempre. Lo hace a gusto pues lo que más quiere es volver a estar unido a quien ama. Lo hace con gusto, y a la vez con dolor: el dolor de que aquel a quien tanto ama no se haya portado como debería.
«Tus pecados te son perdonados, vete en paz»: estas palabras nos revelan cómo es el corazón de Jesús. Su amor sufre nuestros pecados, pero su amor es más grande que cualquiera de mis pecados. Por eso, siempre nos perdonará.
Gracias, Jesús, por amarme tanto. No me doy cuenta, y corro el riesgo de automatizar el perdón. No puedes no perdonarme, porque con el amor que me tienes… nunca podrás negarte a recibirme. Gracias, y ayúdame a que no me acostumbre nunca a recibir tu perdón. No quiero abusar de tu bondad, pero aunque alguna vez abuse… sé que volverás a abrazarme. En cada confesión, cada noche cuando repaso mi día en el examen de conciencia, cada vez que soy consciente de haber hecho el mal… tú me estás amando mucho, porque con tu perdón muestras que me amas mucho.
Ahora es el momento importante, en el que tú hablas a Dios con tus palabras, comentándole algo de lo que has leído. Cuando lo hayas hecho, termina con la oración final.
Junio
4
San Francisco Caracciolo, Fundador. Siglo XVI.
De nombre Ascanio, fue militar. Cayó enfermo de lepra, pero al curarse, entregó su vida a Dios entrando en la cofradía de los Blancos, que prestaban atención a los enfermos y condenados a galeras y presos en la cárcel.
Ser limosnero
Cuenta Teresa de Calcuta que sólo una vez en su vida tuvo vergüenza de ser cristiana: al pasar por una iglesia vio que un pobre que había ido allí a pedir, era rechazado y expulsado a la calle. Se entiende que le avergonzase verlo, porque los cristianos hemos aprendido de Cristo a tener debilidad por los pobres y enfermos; traicionamos a Jesús cuando no nos compadecemos.
La palabra griega eleemosyne significa «piedad», «compasión». De ella se deriva la palabra castellana «limosna». La limosna es dar algo con piedad, con-padeciendo con quien padece. Dando limosna nos comportamos de acuerdo al Corazón de Jesús.
Pero ¿dar limosna es sólo dar dinero? ¡Qué va! La limosna a veces está hecha de palabras, de obras, de sonrisas… pero dadas con el corazón. La limosna se da con el corazón. A veces, no podremos dar dinero ni nada valioso, pero podemos seguir dando limosna. A un enfermo a quien no podemos curar, podemos darle la palabra y el cariño del corazón. Con dos palabras cariñosas, con una broma, con una caricia… somos capaces de aliviar al que sufre —si lo hacemos con el corazón—. No tenemos excusa para dejar de dar limosna a cualquier persona con la que nos cruzamos que sabemos que sufre por algún motivo.
Me contaba un mendigo que me asaltó por la calle, con quien estuve charlando un rato, que lo que más le dolía era que por la calle algunos le mirasen como si fuese un perro, con indiferencia o con asco.
Dice san Bernardino de Siena: «Fíjate en el Éxodo: se te manda que si ves caerse un asno, aunque sea el de tu enemigo, le ayudes a levantarse. Si estás obligado a ayudar al asno que pertenece a tu enemigo, ¿qué no estarás obligado a hacer por el prisionero? No tienes ninguna excusa ante Dios para no asistirlo.»
Corazón de Jesús, la iglesia nos enseña y pide que demos limosna. Que no piense que no puedo, o que solo debo hacerlo en ocasiones puntuales, o cuando me sobre dinero… Que dé limosna todos los días, con unas palabras, ayudando, escuchando… que lo haga siempre con el corazón. ¡Hazme limosnero, Señor!
Ahora es el momento importante, en el que tú hablas a Dios con tus palabras, comentándole algo de lo que has leído. Cuando lo hayas hecho, termina con la oración final.
Junio
5
San Bonifacio, Obispo y Mártir. Siglo VIII.
De Inglaterra, nacido como Winfrid. Tras tres años predicando por tierra germánica, fue llamado a Roma por el Papa, que lo nombró obispo. Fundó la abadía de Fulda.
Señor doctor, cúreme usted
Me hizo gracia lo que cuenta un gran psiquiatra, Vallejo-Nágera, en su libro Ante la depresión: «Existe hoy una tendencia colectiva a buscar el pretexto de la enfermedad para tapar los fracasos personales y para exigir de la sociedad, o de la Medicina, o de cualquier otro ente impersonal, una solución. En ocasiones la coartada de la enfermedad resulta trágico-cómica.»
Recuerda entonces los cuatro años que tuvo una consulta del Seguro Escolar para estudiantes universitarios: «En el período de exámenes acudían masivamente a la consulta “estudiantes” que habían suspendido todas las asignaturas. “—Dígame, ¿en qué puedo serle útil?” Parecía un disco rayado, todos contestaban casi exactamente con las mismas palabras. “—Es que estoy frustrado, marginado y alienado, la sociedad me rechaza; vengo porque quiero que me hagan psicoterapia, me niego a tomar medicinas.” En realidad no decían medicinas, empleaban la palabra “drogas”. Uno tras otro. El primero me sorprendió, al tercero que repetía con precisión las mismas frases, pensé que me habían preparado una broma pesada y que aquellos chicos estaban actuando. No era así. Pensaban exactamente lo que decían. Les habían convencido.»
De alguna manera, a todos nos ocurre. Cuando tenemos problemas tendemos a echar balones fuera, a buscar que nos solucionen el problema, con medicinas o con lo que sea, pretendemos que nos arreglen las cosas, buscamos como una fórmula mágica que nos saque de la situación. Sería bueno que nos diésemos cuenta de que hay problemas que nadie desde fuera puede solucionárnoslos. Si he suspendido, la solución no está en declararme enfermo, o en acusar de injustos a los profesores… Si mis amigos no cuentan conmigo, o me rechazan… seguramente tendré que ver si yo soy buen amigo, positivo y sincero, o si por el contrario soy quisquilloso y aguafiestas, si me entrego a ellos o si voy a lo mío. Concluir que soy un incomprendido y exigir que todos cambien, o trasladarme a otra ciudad para ver si aquellos ciudadanos son mejores amigos, es una huida que tiene algo de estupidez.
Hay problemas que no solucionan los médicos ni las medicinas ni los cambios de ciudad. Mirar con sinceridad lo que me ocurre y decidir luchar, esforzarme por cambiar lo que tenga que cambiar… ése es el camino para crecer como persona.
Ser una gran persona, tener un gran corazón, no se le regala a nadie. Exige afrontarla verdad, enfrentamiento que suele costarnos esfuerzo. El corazón de quien espera que le solucionen sus problemas sin su esfuerzo… se hace cada vez más pequeño y egoísta. El corazón crece con el esfuerzo por reconocer la verdad y por corregirse.
Puedes decirle ahora a Dios lo que sigue, pero dándote cuenta de que le estás hablando y Él te está escuchando.
Jesús, sólo seré cristiano siendo una gran persona. Que no huya, que no espere que me solucionen otros lo que sólo mi esfuerzo y mi lucha pueden darme. Aunque a veces se me ocurra que tengo mala suerte, que soy un «pupas» o un desastre sin remedio… que no me lo crea. Que acepte el reto de parecerme a ti, que de mi forma de ser rechace aquello que me hace distinto a ti
Junio
6
San Norberto, Obispo. Siglo XII.
De noble familia alemana, tuvo que elegir entre la vida militar y la eclesiástica, optando por esta última, aunque no por vocación. Una experiencia divina provocó su verdadera conversión. Fue un misionero itinerante fiel a la regla monástica de la pobreza.
Cuando el silencio es oscuridad
La joven Frida le dice a su abuela: «Lo que te pido es que no lo sepa Estela.»
Entonces, la abuela contesta con rapidez y a gritos: «¿Que no? En cuanto entre por esa puerta. ¡Pues buena soy yo para que anden con secretos al escondite! Así nací y así me quedo. ¿Ves que a otros niños los asustan con la oscuridad? Pues a mí me asustaban con el silencio. Y vete tú a saber si, en el fondo, no son la misma cosa.»
Sí: el silencio baja las persianas de nuestra alma, no entra la luz de la verdad… y va oscureciendo el alma. Qué bien nos iría a todos si reaccionásemos como esta abuela de la novela de Alejandro Casona, La barca sin pescador. Cuando se nos ocurra callar algo, jugar al escondite con la verdad, engañar, mentir… tenemos que responder: «¿Que no lo diga? Así nací y así me quedo. Lo diré enseguida.» Siempre sinceros.
Del Corazón de Jesús nunca salió una mentira. Es más, llamaba a Satanás el padre de la mentira. Lo que quiere decir que cuando mentimos, Satanás y nosotros hemos trabajado juntos para crear esa falsedad. La mentira nos deja solos. La mentira es como una gran tijera que corta lo que nos une a los demás y a Dios, y nos deja solos con lo que nosotros inventamos. Lo primero que cortan esas grandes tijeras es el cable de la luz, la luz de la verdad. Si la verdad no ilumina, nos quedamos a oscuras. Solos y a oscuras. Sí. Como vive Satanás.
No permitas, Señor, que por esta boca que tocas tú cada vez que comulgo, por esta boca por la que salen palabras para ti cada vez que hablamos, no permitas que la use para mentir. Te amaré con mi boca, Jesús, empleándola para decir la verdad, aunque me cueste. Dame un corazón como el tuyo, porque tú nos dijiste que del corazón salen las malas palabras, los engaños y mentiras.
Ahora te toca a ti hablar a Dios con tus palabras, comentándole lo leído o lo que quieras. Termina, después, con la oración final.
Junio
7
San Antonio María Gianelli, Obispo y Fundador. Siglo XIX.
De familia pobre, le es facilitada la entrada al seminario de Génova, donde llegó a ser Catedrático de Retórica. Se distinguió por su atención hacia los pobres, por la salvación de las almas y, con su ejemplo y dedicación, impulsó la santidad entre el clero.
Cubrir las espaldas
Ayer pedíamos no callar. Y el Salmo 140 nos enseña a dirigirnos así a Dios:
«Coloca, Señor, una guardia en mi boca,
un centinela a la puerta de mis labios.»
¡¡¡Una guardia en mi boca!!! No alguien, sino una guardia entera —es decir, el grupo de soldados necesario para controlar y defender un edificio o una zona—. El salmo es bastante elocuente y tiene buen humor: para controlar la boca… es preciso toda una guardia. Y en mis labios, un centinela que esté ahí día y noche, un centinela sólo para vigilar las entradas y salidas de mis labios.
Ya se ve que si ayer pedíamos al Señor ayuda para hablar —cuando es esconder la verdad, engañar…—, hoy le pedimos ayuda para callar.
¿Y qué callar? Por concretar, diría tres cosas: ninguna crítica, ninguna mentira, ninguna queja. Ni críticas ni mentiras ni quejas. Tratemos hoy de las críticas.
Los cristianos nos distinguimos porque no criticamos nunca. San Josemaría empleaba una expresión brutal, de esas que si te la imaginas te dan un poco de asco: decía que antes de hablar mal de alguien se mordería la lengua, y no dejaría de hacer fuerza con la dentadura hasta partirla, y luego la escupiría lejos… para evitar criticar. Decir algo negativo de alguien, hablar mal a las espaldas, comentar cosas negativas de otros… no es el estilo de nuestra familia cristiana.
He oído que nadie quiere ser el primero en irse de algunas reuniones informales de amigos o amigas porque sabe que, en cuanto se vaya, el resto empezarán a hablar mal de él. ¡Qué horror!
Los cristianos sabemos que los demás, cualquiera, es hijo de Dios; a todos los queremos querer, y salimos en la defensa de quien está ausente. Si es verdad algo negativo, se lo decimos a él, a su cara, para que pueda corregirse. Pero a las espaldas sólo hablamos bien, sólo decimos lo positivo. Y si otros no dejan de criticar, nos vamos, sin disimulo: ¡que sepan que nadie es criticado delante de nosotros!
En la guerra, cuando un soldado avanza, los demás le cubren las espaldas: puede andar tranquilo solo mirando hacia delante porque los demás se encargan de vigilar por detrás. Pues el cristiano es un valeroso cubridor de espaldas: todos pueden saber que delante de un cristiano no se hablará mal de él.
Corazón de Jesús, tú nos enseñas a hablar y a callar. «Coloca, Señor, una guardia en mi boca, un centinela a la puerta de mis labios.» Que esta boca que tocas tú cada vez que comulgo nunca la use para hablar mal de nadie: a todos los amas tú, y ¡seguro que no soportas oírnos hablar sin cariño, sin disculparles, sin excusarles! Yo también quiero quererles, y siempre disculparles. Dame fuerza para decir a la cara del interesado lo que tenga que decirle. Que los demás descubran cómo eres tú al ver cómo me comporto yo: que no les escandalice con mis críticas. ¡Nunca! ¡Quiero cubrir las espaldas de cualquiera!
Ahora te toca a ti hablar a Dios con tus palabras, comentándole lo leído o lo que quieras. Termina, después, con la oración final
Junio
8
San Guillermo de York, Obispo. Siglo XII.
De familia noble, fue tesorero de la Iglesia y Capellán de Stephen King. Acusado por graves acusaciones por los cistercienses, fue confirmado como arzobispo de York por el Papa Inocencio, Sin embargo, las investigaciones le perseguirían toda la vida.
Quejas
Una de las cosas que más llamaría la atención a los romanos que estuvieron en la pasión de Jesús, a los soldados que le ataron, le coronaron con las espinas y le forzaron hasta la cima del Calvario con la cruz a cuestas, a los que le clavaron a la cruz… lo que más les llamaría la atención sería que —como dice la Escritura— «no abrió la boca», que no se quejó. Isaías lo cuenta con un desgarro que pone la piel de gallina: «Lo vimos sin aspecto atrayente, despreciado y evitado de los hombres, como un hombre de dolores, acostumbrado a sufrimientos, ante el cual se ocultan los rostros, despreciado y desestimado. Él soportó nuestros sufrimientos y aguantó nuestros dolores; nosotros lo estimamos leproso, herido de Dios y humillado; pero él fue traspasado por nuestras rebeliones, triturado por nuestros crímenes. (…) Maltratado, voluntariamente se humillaba y no abría la boca: como cordero llevado al matadero, como oveja ante el esquilador, enmudecía y no abría la boca. Sin defensa, sin justicia, se lo llevaron…» (52, 13-53).
Ayer nos proponíamos evitar las críticas. Hoy otro silencio: evitar las quejas, como las evitó nuestro Maestro. «¡Ya está lloviendo otra vez!», «¡Qué rollo tener que estudiar!», «¡Otra vez esta comida!»… Las quejas miden bastante bien la cantidad de egoísmo que tenemos: cada queja es como una protesta lanzada al vacío porque algo no es como a mí me gustaría que fuese. Podríamos decir que «tantas quejas… tanto egoísmo».
¿No te parece que el que se queja de la lluvia, se olvida de que la lluvia es buena para algunas cosas?… pero como le incomoda, protesta. ¿Y no te parece que el que se queja de estudiar se olvida de que muchos jóvenes a quienes les gustaría estudiar no pueden?… pero como no le apetece, protesta. ¿No te parece que el que se queja porque la comida se repite se olvida de que hay otros que no comen otra vez lo mismo porque no comen nada?… pero como no le gusta, protesta.
Cuando nos quejamos es porque somos un poco caprichosos. Te propongo lo siguiente: convertir las quejas en acción de gracias. A lo mejor se me escapa «Otra vez se me estropea el ordenador», pero enseguida puedo rectificar y decir interiormente a Dios: «Gracias, Dios mío, porque tengo ordenador. Si no lo tuviese, seguro que no se me estropearía.»
Jesús, de tu corazón no salió ninguna queja. ¡Ayúdame! Soy un poco egoísta y caprichoso, y yo sí me quejo. Pero a partir de ahora trataré de convertir las quejas en acciones de gracias. Se me escaparán, pero recuérdame que tengo que reaccionar y darte las gracias.
Ahora te toca a ti hablar a Dios con tus palabras, comentándole lo leído o lo que quieras. Seguro que puedes hablar tanto de tus quejas… Termina, después, con la oración final.
Junio
9
San Efrén, Diácono y Doctor de la Iglesia. Siglo IV.
De la antigua Mesopotamia, fue el transmisor genuino de la doctrina cristiana antigua, utilizando la poesía para divulgar la verdad cristiana. Era también poeta de la Virgen, a quien dedicó 20 himnos.
El silencio de quien no recita
El corazón de Jesús nos enseña a callar y a hablar. En cada momento, lo que corresponda.
Me contaba una persona joven que al terminar una ceremonia a la que había asistido, se quedó sorprendido porque se dio cuenta de que el Señor le hacía darse cuenta de lo siguiente: «Todos me han cantado, pero tú no.» No fue nada sobrenatural, pero él se daba cuenta de que así había sido: no había cantado nada, y las oraciones no las había rezado en voz alta…
A veces podemos estar en las celebraciones litúrgicas como masa, como elemento impersonal que hace o dice unas cosas establecidas que no se dirigen a nadie… que no salen de ningún corazón ni se dirigen a ningún corazón. ¡Y no es así!
Puede servir este ejemplo: si el día del cumpleaños de tu madre, todos los hermanos y tu padre le cantáis algo así como el «feliz, feliz en tu día», o «cumpleaños feliz», o lo que sea… y tú estás con la boca cerrada sin cantar… lo que cuenta para tu madre no es haber oído una canción, sino… que tú no le has cantado. Se alegrará de ser felicitada, pero seguro que echa de menos que tú estabas ahí… pero no estabas. Eso mismo es lo que aquel joven entendía que le echaba en cara Jesús.
Cuando rezamos muchos juntos, en misa o en cualquier otro momento, el corazón de Jesús no mira el grupo, sino también a cada uno. Que sepamos dirigirnos personalmente a él, que él quiere que yo le hable. De tú a tú, aunque seamos muchos. Él espera las palabras mías.
Por eso, asistir a una misa, por ejemplo, debe dejarnos muy cansados. Mientras escribo estas líneas me viene a la cabeza un amigo que terminaba agotado cada vez que interpretaba una canción: era llamativo cómo lo daba todo, subía los tonos hasta hacerle sudar, las venas se le hinchaban y su color iba cambiando hacia un rojo cada vez más morado… En misa debemos agotarnos: poner el cuerpo adecuadamente, meter la cabeza en cada palabra, y meter el corazón, comprometiéndome y dejándome hablar… No sé: requiere una intensidad que debe cansarnos.
En los primeros siglos del cristianismo, san Cipriano escribía: «La palabra y la actitud orante requieren una disciplina que requiere la paz y la reverencia. Recordemos que estamos a la vista de Dios. Debemos ser gratos a los ojos divinos incluso en la postura del cuerpo y en la emisión de la voz. La desvergüenza se expresa en el grito estridente; el respetuoso tiende a rezar con palabra tímida… Cuando nos reunimos con los hermanos y celebramos con el sacerdote de Dios el sacrificio divino, no podemos azotar el aire con voces amorfas ni lanzar a Dios con la incontinencia verbal nuestras peticiones, que deben ir recomendadas por la humildad, porque Dios… no necesita ser despertado a gritos…» Ni gritos, ni voces amorfas, ni silencios.
Jesús, que sepa dirigirme a tu corazón; que te hable con el corazón; que lo haga con la intención de agradarte. Que te ame con todo lo que hago, con lo normal. Gracias, y que no me tengas que echar de menos.
Ahora te toca a ti hablar a Dios con tus palabras, comentándole lo leído o lo que quieras. Termina, después, con la oración final. Pero recuerda: dísela con el corazón.
Junio
10
Santa Olivia de Palermo, Virgen y Mártir. Siglo Siglo IX.
Fue secuestrada por piratas y llevada a Túnez, fue dejada en una selva rodeada de bestias para que terminasen con ella. Pero hizo de aquella selva el paraíso, de las bestias sus amigos y de cada visitante un nuevo cristiano. Fue decapitada por sus captores.
Corazón fiel
Cuenta santa Teresa de Lisieux un recuerdo de su infancia: «Intenté trabar amistad con algunas niñas de mi edad, sobre todo con dos de ellas. Yo las quería, y también ellas me querían a mí en la medida en que podían. Pero ¡¡¡ay, qué raquítico y voluble es el corazón de las criaturas…!!! Pronto comprobé que mi amor no era correspondido. Una de mis amigas tuvo que irse a su casa, y regresó pocos meses después. Durante su ausencia, yo la había recordado y había guardado cuidadosamente una pequeña sortija que me había regalado. Al ver de nuevo a mi compañera, me alegré mucho, pero, ¡ay!, sólo logré de ella una mirada indiferente… Mi amor no era correspondido. Lo sentí mucho, y no quise mendigar un cariño que me negaban. Pero Dios me ha dado un corazón tan fiel, que cuando ama a alguien limpiamente, lo ama para siempre; por eso, seguí rezando por mi compañera y aún la sigo queriendo…» (MsAFol.38rº).
Llama la atención el hecho de que la pequeña Teresa reconoce que Dios le ha dado un corazón fiel. Puede ser un buen día para pedir al Corazón de Jesús que también a nosotros nos dé un corazón fiel. Ella llora, porque le duele que su amiga no le corresponda, que su amiga no se porte con Teresa como Teresa se porta con su amiga. Pero no por eso deja de quererle.
No es bueno ir midiendo y contabilizando: yo le presto y a mí no me presta; yo le he hecho este favor y a mí no me lo hace; yo le llamo y a mí no me llama; yo me acuerdo de tal y en la misma situación no se acuerda de mí… Por supuesto que fastidia, pero que tengamos un corazón fiel: que sigamos queriendo a las personas a pesar de cómo se porten, de cómo correspondan.
Jesús, tu corazón es así, fiel. Dame un corazón como el tuyo. ¿Cómo reacciono cuando no me corresponden? ¿Qué te parece? (Puedes hablar de algún caso concreto que te haya ocurrido últimamente, y pedirle que te enseñe a reaccionar.)
Ahora es el momento importante, en el que tú hablas a Dios con tus palabras, comentándole algo de lo que has leído. Cuando lo hayas hecho, termina con la oración final.
Junio
11
San Bernabé, Apóstol. Siglo I.
Fue escogido por los Apóstoles para la evangelización de Antioquía. Posteriormente, partió con Pablo hacia otros lugares. Se le atribuye la paternidad de la Carta Paulina a los Hebreos y de otro escrito, llamado El Evangelio de Bernabé, ahora perdido.
Le afecta todo, porque lo ve todo
Felipe, uno de los apóstoles, era amigo de Natanael. Un día le dice que ha conocido al Mesías, que quiere presentárselo. Natanael duda mucho de que un carpintero de un pueblucho como Nazaret pudiese ser el Mesías. Felipe consigue llevarlo hasta Jesús y, con una sola frase de Jesús, Natanael se convierte. Ésta fue la frase: «Cuando estabas debajo de la higuera, te vi» (Juan 1, 48).
Algo habría hecho Natanael debajo de la higuera. No sabemos qué. Lo había hecho a solas, algo que nadie sabía. Pero resulta que, a pesar de haberse asegurado de estar solo, Jesús le vio. Y alguien que ve lo que sólo yo sé y hago, ese tiene que ser Dios. Por eso le contesta Natanael a Jesús: «Tú eres el Hijo de Dios.»
Esta mañana cuando te has despertado, Dios te estaba viendo. Y lo que has pensado cuando ese amigo te ha dicho tal cosa, Dios lo ha visto. Y eso que has guardado para que no te lo pidiesen, Dios te lo ha visto. Y ese esfuerzo por sonreír a ese que te cae mal, Dios lo ha visto… Y COMO DIOS VE TODO LO TUYO, TODO LO TUYO LE AFECTA.
Y… ¿por qué le afecta? En primer lugar, porque aunque seamos muchos hombres en el mundo —dicen que somos unos 6.000 millones de personas—, Dios nos quiere a todos, porque es Padre de cada uno.
Una de las preguntas más incómodas a un niño es: «¿A quién de los dos le quieres más, a papá o a mamá?» Esa pregunta no nos gusta porque es injusta, porque quiere obligarnos a elegir entre mi padre o mi madre; lo normal es que uno no quiera elegir, porque quiere mucho a los dos. Los dos son distintos, pero uno quiere mucho a los dos, a cada uno como es. La contestación es: a los dos igual.
Si alguien preguntara a Dios hoy: «¿A cuál de los 6.000 millones de personas quieres más?», a Dios tampoco le gustaría esa pregunta. La pregunta sería absurda. Nos conoce a todos, y sabe que cada uno somosdistintos, pero nos quiere mucho a todos. Su contestación podría ser: «A cada uno le quiero lo máximo, a cada uno igual de mucho que al resto. A todos igual, a cada uno como si fuese único.»
Dios me ve, pero no como un espía; no es un curioso con ganas de controlarme, no es un vigilante… Él me mira como la madre que ve jugar en el parque a su hijo, con una mirada cariñosa. Podríamos decir que lo suyo es como un amor hecho mirada. Y por eso… todo lo que hago le afecta.
Podríamos proponernos recordar con más frecuencia, también cuando estamos solos, que Dios, mi Padre, está conmigo: ¡nunca estoy solo! Me pase lo que me pase, Dios me mira y no estoy solo. Eso descubrió Jesús M., con 32 años. Era sacerdote; le diagnostican un cáncer brutal. Le operan, y cuenta que cuando está en el hospital le ocurre esto:
«La experiencia del sufrimiento es un misterio. En el postoperatorio, aunque estaba sedado con morfina, recuerdo que en una ocasión desperté y miré el crucifijo que tenía delante. No estaba encima de la cama, sino enfrente, de modo que el enfermo pueda verlo. Yo miré a Jesucristo y le decía que estábamos iguales: con el cuerpo abierto, con los huesos doloridos, solos ante el sufrimiento, abandonados, en la cruz… Yo me fijé en mí y me rebelé. No lo entendía. Dios me había abandonado. No me quería. Y de pronto recordé las palabras que desde el cielo Dios-Padre pronuncia refiriéndose a Jesucristo el día del bautismo y posteriormente en el Tabor: “Éste es mi Hijo amado”, “mi Predilecto”. Y el Hijo amado de Dios estaba colgado frente a mí en la Cruz. El amor de Dios crucificado. El Hijo en medio de un sufrimiento inhumano.
»Entonces reflexioné: Si me encuentro en la misma situación que Él, entonces yo también soy el hijo amado y predilecto de Dios. Y dejé de rebelarme. Y entré en el descanso. Y VI EL AMOR DE DIOS. La razón humana no encuentra sentido al sufrimiento, no tiene lógica. Sólo mirando al Crucificado el hombre entra en la paz que el sufrimiento le ha robado. Pues, con el dolor y el sufrimiento, el hombre pierde la capacidad de razonar y la voluntad. Y ya está perdido, le han vencido. Ha dejado de ser hombre; pero el sufrimiento y la resurrección de Cristo nos ha hecho hombres nuevos.
»Y, también, cuánto me han consolado las palabras del Siervo de Yahveh: varón de dolores, CONOCEDOR DE TODOS LOS QUEBRANTOS. ¡NO! No estoy solo en la cruz. Doy gracias a la Iglesia por el don tan inmenso de la fe. Sólo la fe tiene respuestas a los interrogantes del hombre. Recuerdo igualmente algunas frases de los salmos que he meditado y qué bien me han hecho: “me estuvo bien el sufrir”; “hasta que no sufrí estuve perdido”.
»Aunque también es cierto que, ¡cuántas veces he llorado en el silencio de la cama cuando llegan los dolores y el sufrimiento, y al ver que llega el final de los días! Y aparece como una desesperanza; aunque yo rápidamente digo que “todo sea por la Evangelización”. ¡Por la Evangelización! Aunque, a veces, ese “todo” resulta una carga dura y pesada.
»He colocado un icono de la Virgen enfrente de mi cama, pues quiero morir mirándola a ella. Y quiero morir sin agonía, sin lucha, sino entregándome como ella me ha entregado a su Hijo.
»Actualmente mi enfermedad se agrava: tengo tumores en el hígado y en el hueso sacro. Es decir, la metástasis comienza a extenderse, aunque con la quimioterapia parece que la retienen un poco. De todos modos los médicos me han pronosticado que no viviré más de un año, dos a lo sumo, según sea el avance de la enfermedad. Pido a Dios tener una calidad de vida lo suficientemente aceptable como para evangelizar desde mi situación. Pues no tengo cargo pastoral y me encuentro en casa de mis padres para que me cuiden y, también, porque quiero morir en ella, no en un hospital. Tener una muerte digna, cristiana.
»Me siento como una barca varada en la orilla del lago de Tiberíades. Ya no saldrá más a pescar; pero tengo la esperanza de que Cristo también suba a ella para proclamar desde allí la Buena Nueva a la muchedumbre. Ésta es ahora mi misión: ser barca varada, púlpito de Jesucristo. Creo que me mantiene la oración de los demás: los hermanos, las comunidades religiosas que conozco, el presbiterio diocesano… En fin, la comunión de los santos».
Dios mío, que me dé cuenta de que todo el día y toda la noche estoy en tu presencia. ¡Cuántas alegrías puedo darte en un día! ¡Y cuánto dolor puedo causarte también en un día! ¡Creo que me ves y que me oyes! ¡Que todo lo que viva, lo viva sabiéndome mirado cariñosamente por ti! Gracias, y auméntame la fe.
Ahora te toca a ti hablar a Dios con tus palabras, comentándole lo leído o lo que quieras. Termina, después, con la oración final.
Junio
12
San Juan de Sahagún, Predicador Agustino. Siglo XV.
De León, se hizo agustino, dedicándose de lleno al apostolado, con la predicación al pueblo sencillo, la promoción de la paz y de la convivencia social, siempre en defensa de los oprimidos y de sus derechos conculcados.
La tristeza de san Francisco
Un día, después de hacer oración, san Francisco de Asís se encontraba triste, abatido y lloraba como un niño. Cuando sus seguidores le preguntaron a qué se debía, él respondió que en la oración había visto a mucha gente en las iglesias. «¿Qué tiene eso de malo?», le preguntaron. Él contestó que había visto y oído lo que toda esa gente decía a Dios: «¡Sólo pedían!: Dame dinero y fortuna, o Líbrame de la enfermedad… Sólo pedían.» Aquello le entristeció mucho a san Francisco, porque aquellas personas sólo acudían a Dios porque podía resultarles útil.
Dice un refrán que sólo nos acordamos de santa Bárbara cuando llueve. ¿No es verdad que algo de eso sí que hay en nuestra vida? ¿Puedo encontrarme entre esos que hacían llorar a san Francisco?
Es bueno pedir a Dios. Él es Padre, y si le pedimos es porque sabemos que él nos quiere, que le importamos, que es todopoderoso y que —hablando humanamente— por nosotros está dispuesto a lo que sea. Es bueno pedirle, y pedirle mucho. De hecho, Jesús en el evangelio nos lo dijo: «Pedid y se os dará.» Y san Agustín dice que es bueno pedir lo que es bueno desear. No hay problema en pedir.
Lo que entristecía a san Francisco no es el hecho de ver que toda aquella gente que llenaba las iglesias pidiese, sino que SÓLO pidiesen, y que TODOS sólo pidiesen. No podemos confundir a Dios con una especie de Administración del Estado, de Oficina de Reclamaciones del Ayuntamiento, con una «Empleada del hogar para nuestros caprichos», o con un sirviente que siempre debe hacer nuestra voluntad. ¡Habríamos confundido a Dios!
«Hágase tu voluntad así en la tierra como en el cielo», nos enseñó a rezar Jesús. Lo primero que tenemos que pedir es que se haga su voluntad; pedir lo que nos parezca que es bueno, pero sabiendo que si su voluntad es otra, que si lo mejor es otra cosa, pedimos que se haga lo que Él quiera y que nos ayude a saber aceptarlo, que en la tierra sepamos —sepa yo— sacar todo lo bueno que él quiere de eso que es su voluntad. Si, por ejemplo, pido que una persona se cure de una enfermedad, hago bien. Pero he de decirle también que «se haga tu voluntad aquí en la tierra tal y como tú has dispuesto», que esa enfermedad sirva a esa persona y a todos los que están alrededor para alcanzar algo mejor, bienes más altos.
Puedes decirle ahora a Dios lo que sigue, pero dándote cuenta de que le estás hablando y Él te está escuchando
Padre nuestro, que estás en los cielos, hágase tu voluntad así en la tierra como en el cielo. Sí. Seguiré pidiéndote, porque a quién voy a acudir ante mis necesidades sino a ti. Pero no quiero pedirte siempre cosas materiales. Enséñame a pedirte, como un hijo que sabe que su Padre es bueno y siempre le escucha. Y que te pida, sobre todo, que sepamos aceptar tu voluntad; que seamos capaces de abrirnos a todo lo bueno que tú quieres con esas circunstancias que a nosotros no nos gustan, que no olvidemos que si tú las permites es para que alcancemos algo mejor.
Junio
13
San Antonio de Padua, Presbítero y Doctor de la Iglesia. Siglo XIII.
De Lisboa, fue a Marruecos a predicar el evangelio y, a su vuelta, una tormenta hizo que su barco terminase en Sicilia. Allí conoció a San Francisco de Asís. Tras un tiempo como ermitaño, fijó su residencia en un convento cercano a Padua.
El Termomix
El corazón es como un molino. Quizá hoy nos resulte más cercana la imagen del termomix. El corazón, en cierto sentido, es un termomix. Como dicen sus instrucciones, con esta máquina puedes hacer de todo: «cocer al vapor, amasar, mezclar, batir, emulsionar, homogenizar, rallar, moler y pulverizar, trocear y triturar… ¡Todo en una máquina!», dice la publicidad. Ahora bien, el producto final depende de lo que se introduzca en él: si metes limón y hielo, mezcla y hace un sorbete o un granizado extraordinario. Si metes piedras y excrementos, el termomix también mezcla, pero el granizado que resulta será incomestible. Si introduces en el termomix huevos y buen aceite, emulsiona, y puedes imaginarte la mahonesa o el alioli que saldrá de ahí. Uno introduce lo que quiere, y el termomix trabaja con esos ingredientes.
Algo parecido ocurre con el corazón. Puedo meter odio o compresión, amargura o visión positiva, agravios o justificación, confianza o desconfianza, pensamientos positivos o negativos. El corazón, entonces, sacará lo que pueda. Dice el Señor: «porque del interior del corazón de los hombres proceden los malos pensamientos, las fornicaciones, los robos, los homicidios, los adulterios, los deseos avariciosos, las maldades, el fraude, la deshonestidad, la envidia, la blasfemia, la soberbia y la insensatez. Todas estas cosas malas proceden del interior y hacen impuro al hombre» (Marcos 7, 21-23). Sí. Todo eso sale del termomix que es el corazón. Pero nosotros somos los que tenemos la llave de la puerta del corazón para introducir en él lo que queremos.
Por ejemplo, los ojos son las ventanas del alma; por la vista introducimos en el corazón las realidades que miramos. ¡Qué bueno es cuidar la vista… porque el termomix trabaja con lo que miramos! Por eso dice el Señor: «Si tus ojos te escandalizan, arráncatelos» (Mt 5, 29). Lo que entra por los ojos puede dañar el corazón. Tenemos experiencia de que las imaginaciones o fantasías que producimos dependen, en buena parte, de lo que hemos metido por estas ventanas con pestañas.
Las miradas, y también otras muchas cosas. Siempre podemos meter en el corazón algo bueno o algo malo: recuerdos buenos o malos, deseos de bien o de mal, reacciones de comprensión o de rechazo, conversaciones limpias o sucias, odios o el esfuerzo por fijarse en lo bueno, resentimientos o perdón, revolver asuntos del pasado que nos perjudican o pasar página… Es importante —¡muy importante!— tener el corazón bien cuidado: sólo introducir lo bueno, y luchar decididamente contra lo malo que quiere meterse en nosotros.
Hace falta ser valiente para hacerse esta pregunta que te propongo: ¿Qué metes en tu corazón?
Corazón de Jesús, Corazón de María, ayudadme a vigilar mi corazón. O mejor, vigilad conmigo. Que combata lo malo, que no lo acepte, que no deje que entre en mi corazón. Sin embargo, que sólo dé paso a lo bueno. Así palpitaré contigo, nuestros corazones tendrán las mismas pulsaciones. ¿Qué malo estoy dejando que entre en mi corazón? Ayudadme a estar vigilante.
Continúa hablándole a Dios con tus palabras.
Junio
14
San Eliseo, Profeta. Siglo IX.
Sucesor de San Elías, fue profeta de Israel. No dejó oráculos escritos, pero sí obró milagros con los que anunció la Salvación que había de llegar a todos los hombres.
El prejuicio cristiano
Terminada la Guerra Civil española, en 1939, cuenta el doctor Vallejo-Nágera que toda su familia volvió a Madrid, «a nuestra casa de la calle Alcalá Galiano, y nos la encontramos patas arriba, destrozada, ya que durante aquellos tres años había estado ocupada por refugiados. Eran gente de los pueblos vecinos que, huyendo de la zona en la que se había estabilizado el frente, se refugiaban en Madrid y un comité del pueblo les asignaba las casas vacías. Te puedes imaginar cómo las trataban. Cocinaban sobre el suelo, hacían lumbre con las maderas del parquet y hasta arrancaban puertas para hacer leña. Además, una casa grande como aquélla estaba repartida entre varias familias. Nuestra indignación fue general: ¡qué bárbaros! ¡Hace falta ser salvajes!, etcétera, hasta que mi madre nos llamó al orden. “Sois injustos”, nos reprochó, “Dios sabe quiénes serían esas pobres familias de refugiados y lo que habrán padecido. Eran gente muerta de hambre. ¿Cómo se les puede reprochar que quemaran las maderas si no podían vivir sin hacer fuego? Lo que me da pena es pensar lo que habrá sido de ellos; cómo habrán tenido que salir huyendo de aquí… ¿Habrán encontrado algún cobijo?” Nos quedamos todos mudos —continúa contando su hijo, que entonces era muy joven—. Es otro de los recuerdos imborrables que me han quedado de mi madre. Ten en cuenta que eran días en los que lo normal, hablemos claro, era aplastar al vencido. De mi madre aprendí la tragedia que iba envuelta en la victoria.»
Así son los corazones cristianos. Tenemos un prejuicio, y es que ante cualquier situación lo primero que vemos son las personas. El evangelio está lleno de ejemplos de esta forma de mirar de Jesús.
Si pasamos por la calle junto a un mendigo que huele fatal, no nos quedamos en el olor que nos resulta insoportable, sino que vemos una persona que sufre. Si leemos en el periódico una noticia de cualquier burrada, no nos quedamos en el morbo, sino que vemos una persona que sufre. Si vemos una publicidad que es pornográfica, no sólo retiramos la vista, sino que rezamos por esa persona que se corrompe y sufrirá. Si alguien nos roba algo, pedimos por el ladrón que es esclavo de un vicio y se ha dejado dominar por el mal… Y así continuamente.
Jesús, que nuestro corazón palpite con el tuyo. Que ante todo veamos a la persona, que tengamos el prejuicio de pensar en los demás, que nos pongamos en el lugar del otro en todas las situaciones, que no seamos superficiales y nos quedemos en los hechos sino que nos pongamos en la piel del otro… y ayudemos a cada uno del modo que nos resulte posible. Para empezar, comprendiéndoles.
Ahora te toca a ti hablar a Dios con tus palabras, comentándole lo leído o lo que quieras. Convéncele de que te tiene que dar un corazón nuevo, capaz de comprender a los demás. Termina, después, con la oración final.
Junio
15
Santa María Micaela. Siglo XIX.
De Madrid, quedó huérfana siendo muy joven. Tuvo como director espiritual a San Antonio María Claret. Fundó la Comunidad de Hermanas Adoratrices del Santísimo Sacramento.
Corazón tamaño planeta
Tuve la suerte de estar en Lisieux, un pequeño pueblo al norte de Francia, donde vivió santa Teresita. A los visitantes les enseñan la casa donde vivía ella con sus hermanas y su padre —su madre murió siendo ella muy pequeña—. En el piso de arriba está su habitación. Sobre una mesa se encuentra un crucifijo pequeño, en el que un cartel informa de que ante ese crucifijo rezó mucho la pequeña Teresa por Pranzini. Ésta es la historia de Pranzini contada por ella misma:
«A fin de avivar mi celo, Dios me demostró que mis deseos le eran agradables. Oí de un gran criminal que acababa de ser condenado a muerte por sus horribles crímenes. Todo hacía creer que moriría impenitente. Me propuse impedir a toda costa que cayera en el infierno. Para conseguirlo empleé todos los medios imaginables.
»Sabiendo que por mí misma nada podía, ofrecí a Dios todos los méritos infinitos de nuestro Señor, los tesoros de la santa Iglesia. Por último, supliqué a Celina [una de sus hermanas] que mandase decir una misa por mis intenciones, no atreviéndome a encargarla yo misma por temor a verme obligada a manifestar que era por Pranzini, el gran criminal.
»Al día siguiente de su ejecución, cayó en mis manos el periódico La Croix. Lo abrí apresuradamente, ¿y qué fue lo que vi…? Las lágrimas traicionaron mi emoción y tuve que esconderme… Pranzini no se había confesado, había subido al cadalso, y se disponía a meter la cabeza en el lúgubre agujero cuando, de repente, tocado por una súbita inspiración, se volvió, cogió el crucifijo que le presentaba el sacerdote ¡y besó por tres veces sus llagas sagradas…! Después su alma voló a recibir la sentencia misericordiosa de Aquel que dijo que habrá más alegría en el cielo por un solo pecador que se convierta que por noventa y nueve justos que no necesitan convertirse…
»Alimentaba en el fondo de mi corazón la certeza de que nuestros deseos se verían satisfechos. Le dije a Dios que estaba segurísima de que perdonaría al pobre Pranzini, y que así lo creería aunque no se confesase ni diese muestra alguna de arrepentimiento, ¡tanta era la confianza que tenía en la misericordia infinita de Jesús!; pero que para animarme a seguir rogando por los pecadores, y simplemente para mi consuelo, le pedía sólo una señal de arrepentimiento…
»Mi oración fue escuchada al pie de la letra.»
Señor, que me interesen todas las almas. Rezaré por todos. Hoy te pido, ahora mismo, por todos los que mueran hoy, en cualquier lugar del mundo: que todos se arrepientan antes de morir, que se pongan bien contigo, que todos vayan al cielo. Y te ofrezco las horas de trabajo de hoy por esta intención. Dame, Corazón de Jesús, un corazón grande, grande como el planeta tierra, en el que quepan todos los hombres. ¡Corazón de María, que todos me interesen!
Ahora es el momento importante, en el que tú hablas a Dios con tus palabras, comentándole algo de lo que has leído. Cuando lo hayas hecho, termina con la oración final.
Junio
16
San Juan Francisco de Regis, Predicador Misionero. Siglos XVI-XVII.
Entró en la Compañía de Jesús poco antes de una terrible epidemia de peste y se ordena sacerdote para cooperar ante el mal. Pío XII habló de él como el patrón de las misiones rurales en tierras de Francia.
Tengo sed
Dice el Catecismo de la Iglesia que la oración es el encuentro de la sed de Dios con la sed del hombre. Te copio algo que escribió el padre Joseph, fundador de la rama de los sacerdotes de las Misioneras de la Caridad, inspirado en las palabras que la madre Teresa de Calcuta le relató:
«Es verdad. Estoy de pie a la puerta de tu corazón, de día y de noche. Incluso cuando no estás escuchando, incluso cuando dudas que pueda ser yo, ahí estoy. Espero hasta la más mínima señal de respuesta, la más pequeña sugerencia de invitación que me permita entrar.
»Y quiero que sepas que siempre que me invitas voy siempre, sin falta. Llego en silencio e invisible, pero con un poder y un amor infinitos, trayendo los muchos dones de mi Espíritu. Vengo con mi misericordia, con mi deseo de perdonarte y de sanarte, con un amor hacia ti que va más allá de tu comprensión, un amor tan grande como el que he recibido de mi Padre (Yo os he amado como el Padre me ama a mí, Juan 15, 9). Vengo deseando consolarte y darte fuerza, levantarte y vendar todas tus heridas. Te traigo mi luz para disipar tu oscuridad y todas tus dudas. Vengo a ti con mi poder, para poder llevarte a ti y todo lo que pesa sobre ti, con mi gracia, para tocar tu corazón y transformar tu vida; y vengo con mi paz, para tranquilizar tu alma.
»Te conozco perfectamente, sé todo acerca de ti. Hasta he contado los cabellos de tu cabeza. No hay nada en tu vida que no tenga importancia para mí. Te he seguido a través de los años y siempre te he amado, incluso en tus extravíos. Conozco cada uno de tus problemas, conozco tus necesidades y tus preocupaciones. Y, sí, conozco todos tus pecados. Pero te digo de nuevo que te amo, no por lo que tienes o por lo que has hecho; te amo por ti. Por la belleza y dignidad que mi Padre te dio al crearte a su propia imagen. Es una dignidad que muchas veces has olvidado, una belleza que has empañado por el pecado. Pero te amo como eres, y he derramado mi sangre para rescatarte. Si me lo pides con fe, mi gracia tocará todo lo que necesita ser cambiado en tu vida. Y yo te daré la fuerza para liberarte del pecado y de su poder destructor.
»Tengo sed de ti. Sí, ésa es la única manera en que apenas puedo empezar a describir mi amor por ti. Tengo sed de ti. Tengo sed de amarte y de ser amado por ti. Así eres de precioso para mí. Tengo sed de ti. Ven a mí y yo llenaré tu corazón y sanaré tus heridas. Te haré una criatura nueva y te daré la paz, aun en tus pruebas. Tengo sed de ti. Nunca dudes de mi misericordia, de mi aceptación, de mi deseo de perdonar, de mi deseo de bendecirte, y de vivir mi vida en ti. Tengo sed de ti. Si te sientes poco importante a los ojos del mundo, eso no importa nada. Para mí no hay nadie en este mundo más importante que tú. Tengo sed de ti. Ábrete a mí, ten sed de mí, dame tu vida y yo te probaré lo importante que eres tú para mi corazón.
»¿No te das cuenta de que mi Padre tiene un plan perfecto para transformar tu vida, empezando desde este momento? Ten confianza en mí. Pídeme todos los días que entre y que me encargue de tu vida, y lo haré. Te prometo ante mi Padre en el Cielo que haré milagros en tu vida. ¿Por qué haría yo esto? Porque tengo sed de ti. Todo lo que te pido es que te confíes completamente a mí. Yo haré todo lo demás.
»Desde ahora veo el lugar que mi Padre te ha preparado en mi Reino. Acuérdate de que eres peregrino en esta vida, viajando hacia Casa. El pecado nunca te puede satisfacer, ni traerte la paz que buscas. Todo lo que has buscado fuera de mí sólo te ha dejado más vacío, así que no te apegues a las cosas de este mundo. Sobre todo, no te alejes de mí cuando caigas. Ven a mí sin tardanza. Cuando me das tus pecados, me das la alegría de ser tu Salvador. No hay nada que yo no pueda perdonar y sanar, así que ven ahora y desahoga tu alma.
»No importa lo mucho que te hayas alejado, no importa cuántas veces me olvides. No importa cuántas cruces lleves en esta vida; hay algo que quiero que siempre recuerdes, una cosa que nunca cambiará: tengo sed de ti, tal como eres. No necesitas cambiar para creer en mi amor, porque será tu fe en mi amor lo que te cambiará. Tú te olvidas de mí, y, sin embargo, yo te busco a cada momento del día, de pie, a la puerta de tu corazón, te llamo. ¿Te es difícil creer esto? Entonces, mira la cruz, mira mi corazón que fue traspasado por ti. ¿No has comprendido mi cruz? Entonces, escucha otra vez las palabras que dije allí, porque te dicen claramente porqué sufrí todo esto por ti: “Tengo sed” (Juan 19, 28). Sí, tengo sed de ti, como dice el salmo: “Esperé compasión inútilmente, esperé alguien que me consolara y no lo hallé” (69, 21). Toda tu vida has estado buscando amor. Nunca he dejado de amarte y de buscar tu amor. Tú has buscado otras muchas cosas, buscando felicidad. ¿Por qué no tratas de abrirme tu corazón ahora mismo, más de lo que nunca has hecho antes?
»Siempre que me abras la puerta de tu corazón, siempre que te me acerques lo suficiente, me oirás decir una y otra vez, no con simples palabras humanas, sino en el espíritu: “No importa qué es lo que hayas hecho. Te amo por ti mismo. Ven a mí con tu miseria y tus pecados, con tus problemas y necesidades, y con todo tu deseo de ser amado. Estoy a la puerta de tu corazón y llamo… Ábreme porque tengo sed de ti.”»
Gracias, Jesús, porque algunos santos nos han contado mejor cómo es tu Corazón. Quiero saciar tu sed. Que me deje querer por ti. Sagrado Corazón de Jesús, en ti confío.
Ahora te toca a ti hablar a Dios con tus palabras, comentándole lo leído o lo que quieras. Termina, después, con la oración final.
Junio
17
San Ismael, Mártir. Siglo IV.
Junto a los hermanos Manuel y Savelio, quiso humanizar pueblos. Mediaron entre Juliano el Apóstata y el rey de Persia para que hubiese paz entre los súbditos.
¿El fútbol o la eucaristía?
El papa Benedicto XVI pasaba unos días del verano en los Alpes, y solía aprovechar para tener encuentros o tertulias con los sacerdotes de la zona. Era un rato de conversación fantástico, en el que cada uno preguntaba o contaba lo que quería. En ésta la tuvo un martes, con unos 400 sacerdotes. Uno de ellos cogió el micrófono y recordó allí que algunos superiores del seminario eran algo rígidos, y que le reprendían porque «a mí me gustaba más jugar al fútbol que hacer la adoración eucarística».
La verdad es que todos se quedaron un poco tensos, pues no parecía muy ejemplar el comportamiento del entonces seminarista. ¿Cómo respondería el Papa? Porque si decía que los superiores tenían razón… y si decía que la tenía él… Por fin habló el Papa:
«Yo estaría en contra de la alternativa entre jugar al fútbol o estudiar Sagrada Escritura o Derecho Canónico. Hagamos las dos cosas.» Y siguió: «Pero ¿acercar el hombre a Dios y Dios al hombre no pasa sobre todo a través de lo que llamamos “humanidad”, que es irrenunciable, incluso para nosotros, los sacerdotes? No podemos vivir siempre en la alta meditación, quizá un santo en el último escalón de su camino terrestre puede llegar a este punto, pero normalmente vivimos con los pies en la tierra y los ojos en el cielo. El Señor nos ha dado ambas cosas y, por tanto, amar las cosas humanas, amar la belleza de su tierra, no es sólo humano, sino también muy cristiano y precisamente católico. Una buena pastoral, realmente católica, tiene en cuenta este aspecto: vivir la humanidad y el humanismo del hombre, todos los dones que el Señor nos ha dado y que hemos desarrollado, y al mismo tiempo, no olvidar a Dios, pues al final la luz viene de Dios, y sólo de Él procede la luz que da alegría a todos estos aspectos. Por tanto, quisiera comprometerme simplemente en la gran síntesis católica: ser verdaderamente hombre.» Aclaró que cada uno, «según sus dones y según su carisma», debe «amar la tierra y la belleza que el Señor nos ha dado, y dar gracias porque en la tierra resplandece la luz de Dios, que da el esplendor y la belleza a todo lo demás. Vivamos en este sentido con gozo la catolicidad. Ésta sería mi respuesta.» Y se levantó un aplauso de todos, el único aplauso del encuentro.
Es tontería plantearse estas disyuntivas. A Dios le entusiasma que disfrutemos con las cosas de este mundo. Nos ha hecho hombres, y le encanta que seamos muy hombres. Tenemos que amar la belleza de la tierra, y enseñarlo a los demás.
Tu Corazón, Señor, era muy humano y a la vez muy divino. Pero te has hecho hombre hombre, hombre de verdad. Y seguro que disfrutaste tantos gustos de la vida… aficiones, pesca, la noche de luna llena, paseo con amigos, ratos de familia alrededor del fuego, fiestas, bodas de familiares, una puesta de sol, un buen baño de agua caliente, un buen plato preparado por nuestra Madre… Ayúdeme a amar la tierra y la belleza que el Señor nos ha dado, y a dar gracias cuando vea resplandecer en todo eso la luz de Dios.
Ahora te toca a ti hablar a Dios con tus palabras, comentándole lo leído o lo que quieras. Termina, después, con la oración final.
Junio
18
San Gregorio Barbarigo, Cardenal. Siglo XVII.
De Venecia, participó en la firma del Tratado de Westfalia y poniendo fin a la guerra de los Treinta Años en 1648. Era misericordioso y, para fomentar la cultura, fundó un colegio y un seminario que tuvieron gran renombre.
Hostia
Los primeros cristianos tuvieron que resolver bastantes asuntos, asuntos que a nosotros ahora nos vienen dados. Sin embargo, antes de resolverse tuvieron que pensarlos. Supongo que una de esas cuestiones sería la siguiente: cómo llamar al pan cuando en la Eucaristía, después de la consagración, deja de ser pan. El pan que comulgamos, que reservaríamos más tarde en los sagrarios… cómo llamarlo. Podrían haber escogido mil palabras. Se decidieron por una: Hostia.
¿Por qué llamar Hostia al pan consagrado? Hay dos palabras que suenan igual: ostia y hostia. Sin h significa puerta; por eso, por ejemplo, la población cercana a Roma con acceso al mar, el puerto de Roma, su puerta al mar, ese pueblo se llama Ostia. Con h significa algo completamente distinto: hostia era la víctima de un sacrificio religioso, aquel animal vivo que se mataba para ofrecer a los dioses; pero no cualquier víctima: se llamaba hostia solo aquella víctima joven que se sacrificaba totalmente.
Los cristianos se plantearían: ¿cómo llamamos al pan después de la consagración? El pan era el cuerpo roto de Jesús, Jesús era la víctima, el Cordero sacrificado, era una hostia, o mejor, la verdadera Hostia.
La lengua española tiene 88.431 palabras. Son muchas, ¿no te parece? ¿Y no te parece que es una pena que entre tantos vocablos hayamos escogido precisamente éste, hostia, para desahogarnos, como exclamación…?
Viajaba con prisas porque llegaba tarde a una boda en Alicante. Paré a poner gasóleo; por la precipitación me equivoqué, y metí gasolina. A los tres kilómetros de la gasolinera se me paró el coche. Vino la grúa. Su conductor era de un país de América Latina. En la conversación, aprovechó para decirme algo que le había sorprendido mucho: que en España se usase la palabra Hostia como se usaba. «Llevo tres años viviendo aquí, y no me acostumbro», me dijo.
Pensando en el Corazón de Jesús, seguro que tampoco él se acostumbra a nuestra práctica de emplear mal esta palabra. Para los cristianos, la palabra Hostia es de las más queridas de nuestra lengua: el trozo de algo material que es la misma persona de Jesús.
Señor, perdónanos porque los hombres somos un poco brutos. Te adoro en la Hostia sagrada. Y cada vez que oiga esa palabra mal empleada, yo te diré en mi corazón: «Jesús, te quiero.» Así, cuando seas tratado con poca reverencia escucharás, al mismo tiempo, palabras de cariño. Y ahora te recito las letanías de desagravio que reza la liturgia: Bendito sea Dios; bendito sea su santo Nombre; bendito sea Jesucristo, Dios y Hombre verdadero; bendito sea su sacratísimo Corazón; bendita sea su preciosísima Sangre; bendito sea Jesús en el santísimo Sacramento del altar…
Ahora te toca a ti hablar a Dios con tus palabras, comentándole lo leído o lo que quieras. Desagráviale, y dile lo que le agradeces que esté presente en la Hostia. Termina, después, con la oración final.
Junio
19
San Romualdo, Fundador. Siglo X.
De familia noble en Ravena (Italia), fue un monje benedictino que dedicó su vida a orar y hacer penitencia. Durante 30 años, fue fundando conventos por Italia. También levantó la Comunidad de religiosos del Campo de Málduli..
Me desprecio a mí misma
«Me desprecio a mí misma. El otro día sostuve a una enferma de alzhéimer entre los brazos mientras la bañaban. Su escueto cuerpo casi se me resbalaba en la bañera y vi a su esposo llorar por temor a perderla. La restregamos, frotamos y secamos. La vestimos y la acostamos. ¿Y saben qué pensé? Pensé que su muerte sería un alivio, que me parecían un desatino la mente completamente perdida y el cuerpo desmadejado de mi amiga, un contradiós.
»Al día siguiente, en un golpe de lucidez, repasé estos pensamientos de la víspera. Y decidí pararme un momento a examinar por qué una cristiana practicante, bendecida por la vida y las circunstancias económicas, familiares y sociales, podía desearle la muerte a otra persona. Recordé mis manos lavando a la mujer y su cuerpo estremeciéndose de gusto por el agua caliente y las caricias de la esponja. Recordé su alegría por los colores del camisón y un resto de mirada tierna hacia su marido. Ella no sufría, era feliz en su simpleza. Lo recordé también a él, contento con la escena, satisfecho por conservarla a su lado, por ayudarla día a día, por mi amistad. Y caí en la cuenta de que en aquella escena sólo yo puse muerte. Y no lo hice por el bien de la enferma, que disfrutaba; no lo hice por su familia, que la quiere, lo hice simple y llanamente por cobardía. Porque sufrí viéndola y no quería seguir sufriendo. Porque no tenía una respuesta ante el misterio que tenía delante. Entonces me avergoncé de mí misma y, lo que es más importante, caí en la cuenta de que el día anterior mi desconcierto me impidió apreciar que la enferma disfrutaba con nosotros y con el baño, y su familia también.
»Así es, amigos. La mentalidad dominante está al acecho para colarse en nuestra mente a la menor oportunidad. Para sembrarnos de duda y de miedo la cabeza e impedirnos ver la belleza, el bien, la positividad. Pido perdón por haber vacilado, por haber censurado la hermosura. Por haber creído en el mal. Y concluyo: si yo, que apenas veo la tele; que leo a los clásicos porque mi padre me enseñó; si soy católica porque la Iglesia me ha abrazado; que lo tengo todo, albergo alguna vez pensamientos de muerte ¿cómo no los va a albergar el resto de mis contemporáneos, sometido a un constante bombardeo de mentiras? ¿Cómo no los van a albergar ciertos enfermos desalentados, tantas personas ideologizadas sin saberlo, tantas víctimas de la mentira? Si estoy contenta hoy es por haber pedido perdón y por haber caído en la cuenta de la verdad. Por haber reconocido la belleza de la vida de mi amiga y su marido, y haber redescubierto que vale más que la mía porque dan testimonio de una belleza que no se somete a los estándares de calidad. Queda mucha hermosura por mostrar en un mundo tan débil y tan lleno de tristeza como estamos creando.»
Seguramente, también nosotros tendremos que pedir perdón por haber olvidado lo que vale la persona, independientemente de cómo esté. Ojalá cuando veamos vidas débiles, sepamos pensar en ellas y en el valor que tienen —que son iguales a mí—. Ojalá cuando veamos a una mujer embarazada nos alegremos y nos dirijamos a Dios dándole gracias por esa vida. Y cuando veamos algún anciano o enfermo o sufriente… no pensemos en lo que sufrimos por verles así, sino que pensemos en hacerles disfrutar en la medida de nuestras posibilidades, en hacerles pasar un buen rato, en darles algún consuelo…
Gracias, Señor, por la vida. Tu corazón no se quedaba insensible al dolor, pero nos enseñaste que el sufrimiento tiene un valor, y ayudaste a sufrir con tus palabras al buen ladrón…
Ahora es el momento importante, en el que tú hablas a Dios con tus palabras, comentándole algo de lo que has leído. Cuando lo hayas hecho, termina con la oración final.
Junio
20
Nuestra Señora de la Consolación, Advocación Mariana. Siglo XI.
Es la Madre inspiradora de los misioneros que, en su nombre, se empeñan en llevar el Evangelio por todo el mundo. Es la patrona de Turín y de Piamonte. Su culto data del siglo XI.
Lo que tú quieras
Montse Grases era una niña de Barcelona, muy maja, con muchas amigas, divertida y vivaracha… que un día, esquiando, empezó a sentir un dolor fuerte. No se sabía qué era. Al cabo de un tiempo, los médicos comunican a sus padres que se trata de un cáncer de difícil curación. Ella les pregunta, pero sus padres prefieren no transmitirle todavía el diagnóstico de los médicos. Ella insiste, y quedan en que se van a pasar el fin de semana al campo, a una casa que tienen en Seva, y que ya a la vuelta hablan. Su tía Carmen había muerto, después de una enfermedad larga y dura causada por un cáncer, pero Montse estaba convencida de que lo suyo no sería lo mismo.
Volvieron a Barcelona, pero llegaron muy tarde. Cuando abrieron la puerta de casa sonó el reloj que marcaba las 12.30 de la noche. Enseguida se pusieron a preparar las cosas para acostarse:
«Entonces —recuerda su madre— vino Montse y me dijo:
»—Bueno, mamá, ¿me vas a decir lo que tengo
»—Pero Montse —le dije—, ¿a esta hora, tan tarde…?
»—Sí, sí, de hoy no pasa: me decís ahora mismo lo que tengo.
»Comprendí que ya no podíamos retrasarlo más. Entonces Manuel [su padre] se lo explicó todo, muy concreto, muy claro, sin disfrazar las palabras:
»—Montse, tienes un cáncer. Un sarcoma de Ewing.
»Se quedó un momento parada, y preguntó:
»—¿Y si me cortaran la pierna?
»Manuel le dijo que ya habían hecho una consulta concreta sobre ese particular: se habían considerado todos los aspectos, y no era conveniente; no existía esa posibilidad; no podía ser…
»Entonces ella hizo un gesto, un mohín, como diciendo: “qué lástima”…
»Fue un mohín nada más, un mohín muy gracioso me pareció a mí, después de decirle aquello, pobrina, que era tremendo… y se salió del cuarto y se fue para la habitación.
»Allí la vi cómo se arrodillaba a los pies de la Virgen de Montserrat y se ponía a rezar.
»Luego se sentó y estuvo haciendo brevemente el examen de conciencia. Rezó de rodillas las tres avemarías y se metió en la cama. Entonces le dije a Manuel: “Me voy con ella”. Me parecía imposible que después de decirle una cosa así pudiese dormir…
»Llegué a su cuarto y la empujé un poquito para que me hiciera sitio, y me dijo:
»—¿Qué haces, mamá?
»—Pues mira, dormir contigo.
»—¡Ay, qué suerte! —me contestó, en un tono jovial…
»Ella apoyó la cabeza sobre mi hombro y al cabo de unos instantes, sólo unos instantes, vi que respiraba profundamente… Me di cuenta de que se había dormido.
»Me cercioré bien y me marché. Y eso fue todo.
»… Todo no, porque luego supe que al arrodillarse delante de la Virgen de Montserrat le había dicho: “Lo que Tú quieras.”»
Otros se hubiesen puesto a llorar, no hubiesen dormido, o se habrían rebelado preguntando «¿por qué yo?, ¿por qué a mí?, ¿me voy a morir?, ¿no tiene solución?» y mil cuestiones más. Montse se duerme en un par de minutos. Quien vive siempre diciendo al Señor «lo que tú quieras», vive con la paz del Señor, también cuando lo que él quiere no es precisamente lo que uno hubiese elegido. Él nos lo dijo: «La paz os traigo, la paz os doy; no os la doy como la da el mundo» (Jn 14, 27).
Señor, Corazón de Jesús, Montse sí tenía un corazón parecido al tuyo. Yo también te voy a repetir todos los días, también cuando algo me cueste o no me guste: «Lo que tú quieras.» Así viviré como cristiano y moriré como cristiano, y me darás tu paz. Lo que tú quieras, sí: en vez de quejarme o protestar o agobiarme… «¡lo que tú quieras!» Sagrado Corazón de Jesús, danos la paz.
Ahora es el momento importante, en el que tú hablas a Dios con tus palabras, comentándole que te gustaría reaccionar como Montse en todo. Cuando lo hayas hecho, termina con la oración final.
Junio
21
San Luis Gonzaga, Religioso. Siglo XVI.
Luis renunció al título y a la herencia paterna. Olvidó su origen noble y se dedicó al servicio de los enfermos, sobre todo, durante la epidemia de la peste. Quedó contagiado y murió con 23 años. Es el patrono de la juventud.
Ahora te toca a ti
«¿Has estado en Granada? —escribe Jesús Urteaga—. Cuando vayas o vuelvas por aquella preciosa cuidad pregunta por Puerta Elvira, pasa por ella y tuerce a la derecha. Te encontrarás con el mismo escenario que yo contemplé. Todo el sol de Andalucía caía por la cuesta de Alhacaba, la cuesta que sube al barrio de Albaicín, el barrio de los gitanillos.
»Aquí, a la izquierda, corría este mismo regato, la misma agua. ¡Mira más arriba! De ahí, de la derecha, de ese mismo carmen —en Granada llaman carmen a una casa con huerto o jardín—, salieron los dos gitanillos panzudos, protagonistas de este cuento, hecho carne por el amor de los chiquillos.
»El más pequeño, muy contento, daba palmadas. Su pelo, ensortijado, caracolillo, le caía sobre la frente. La camisilla al aire, no le cubriría más de un palmo y medio. Era casi negro, un negro tirando a gris-polvo de carretera. Los pies, descalzos, sobre las piedras del camino. ¿Qué tendría? ¡No más de cinco años!
»El mayor sí alcanzaría ya los diez.
»Con la vestimenta de los dos hermanos gitanos se hubiera podido cubrir a uno por completo. El pequeño llevaba media camisa; el mayor, un pantalón, que sujetaba con un tirante en forma de bandolera sobre la carne tostada por el sol.
»El pequeño danzaba alrededor del mayor. Éste, el de diez años, salía despacio del carmen de la derecha, con aire procesional, llevando entre las manos un bote de riquísima leche.
»Y aquí comenzó el diálogo:
»—¡Siéntate! ¡Primero beberé yo y después lo harás tú!
»¡Si le hubieras oído! Lo decía con aire de emperador. El chiquillo le miraba con sus dientes blancos, la boca entreabierta, jugando con la punta de la lengua.
»Y yo, como un bobo, contemplando la escena.
»¡Si vieras al mayor mirando de reojo al churumbel!
»Llevó el bote a la boca y, haciendo como que bebía, cerró fuertemente los labios, para que no entrara en su boca ni una gota de leche blanca y le tocara más al chiquitín.
»Después, alargando el bote, decía a su hermano:
»—Ahora te toca a ti. ¡Sólo un poco!
»Y el hermanito pequeño dio un sorbo… ¡Qué sorbo!
»—Ahora me toca otra vez a mí. —Y repitió la escena, completamente ajeno a mis miradas bobaliconas.
»Llevó el bote —ya mediado— a la boca, que mantenía cerrada.
»—¡Ahora te toca a ti!
»—¡Ahora me toca a mí!
»—¡Ahora a ti!
»—¡Ahora a mí!
»Y con tres, cuatro, cinco, seis sorbos, el churumbel de pelo ensortijado, panzudo, con la camisa al aire, terminó el bote.
»El “ahora a ti” y el “ahora a mi” me hicieron saltar las lágrimas.
»Entre risas gitanas de fondo, comencé a subir la cuesta de Alhacaba, llena de churumbeles. Mediada la cuesta, volví la cabeza. Tuve ganas de bajar y guardarme el bote. ¡Aquello era un tesoro! Pero, ¡cá!, ni siquiera pude intentarlo. Entre borricos cargados de botijos corrían diez churumbeles detrás del bote, dando patadas. El bote saltaba entre los pies negros, descalzos, sucios, de color gris-polvo de carretera.
»También el generoso jugaba con ellos, con la naturalidad de quien no ha hecho nada extraordinario, o —¡mejor!— con la naturalidad de quien está acostumbrado a hacer cosas extraordinarias.
»Interesante lección de compañerismo, generosidad, olvidarse de uno mismo o como se le quiera llamar. Pero así tenemos que vivir los cristianos: pensando más en los demás que en nosotros mismos, escogiendo lo mejor para el otro, dando de lo mío sin publicarlo a los cuatro vientos…»
Corazón de Jesús, qué gozada cuando encontramos alguien que vive así, con corazón generoso. Que aproveche la próxima ocasión que se me presente para decir «ahora te toca a ti». ¿Cuál es el último detalle de compañerismo o generosidad que he hecho, de este tipo? ¿Cuál puede ser el siguiente?
Ahora te toca a ti hablar a Dios con tus palabras, comentándole lo leído o lo que quieras. Convéncele de que te dé un corazón generoso. Termina, después, con la oración final.
Junio
22
San Paulino de Nola, Obispo. Siglo IV.
Llegó a ser un reconocido abogado en el Imperio Romano. A la muerte de su hijo, su mujer y él pasaron a vivir como hermanos, viviendo en oración y ayudando a los pobres. Fue obispo de Nola durante 21 años.
Predicarte sin predicar
El cardenal Newman fue un gran intelectual inglés. Era pastor anglicano y, buscando la verdad del cristianismo, profundizó en sus estudios y terminó por darse cuenta de que la verdadera iglesia, fundada por Cristo, vive plenamente en la Iglesia Católica. Ese paso le costó caro pues en su sociedad no le entendieron y —a pesar de su gran prestigio— le arrinconaron.
Escribió una oración que rezaba con frecuencia y hoy la propongo para, despacio, decírsela al Señor, parándote cuando quieras para comentar la frase. Decírsela, suplicársela, convencerle para que nos conceda que nuestra vida sea así, como le pedimos
Querido Jesús,
ayúdame a esparcir tu fragancia
por donde quiera que vaya.
Inunda mi alma con tu Espíritu y Vida.
Penetra y posee todo mi ser tan completamente
que mi vida sólo sea un resplandor de la Tuya.
Brilla a través de mí y permanece tanto en mí
que cada alma con la que tenga contacto
pueda sentir tu presencia en mi alma.
¡Permíteme que ellos al mirarme
no me vean a mí, sino solamente a Jesús!
Quédate conmigo y entonces podré comenzar
a brillar como tu brillas,
a brillar tanto que pueda ser una luz para los demás.
La luz, oh, Jesús vendrá toda de ti;
nada de ella será mía.
Serás tú quien brille sobre los demás a través de mí.
Permíteme así alabarte
de la manera que tú me amas,
brillando sobre aquellos que me rodean.
Permíteme predicarte sin predicar
no con palabras, sino con mi ejemplo,
con la fuerza que atrapa, con la influencia compasiva de lo que hago,
con la evidente plenitud del amor
que mi corazón siente por ti. Amén.
Ahora es el momento importante, en el que tú hablas a Dios con tus palabras, comentándole algo de lo que has leído. Cuando lo hayas hecho, termina con la oración final.
Junio
23
Beata María Rafaela Cimatti, Virgen. Siglos XIX-XX.
De Ravena, de familia humilde, ingresó en las Hermanas Hospitalarias de la Misericordia. Atendió enfermos y dedicó oración durante la Segunda Guerra Mundial.
El que se remanga y se tira al pozo para ayudar a salir
No recuerdo cuándo ni dónde leí esta historia. Había una vez un chino que había sido seguidor de Confucio. Después, como el confucionismo no le llenaba, se hizo budista, religión muy extendida en Oriente. Por último, conoció el cristianismo a través de unos misioneros, se convirtió al cristianismo y se bautizó. Un día, estando de cháchara con un grupo de amigos, le preguntaron qué diferencia veía él entre las distintas religiones, porque en el fondo, le decían estos, todas son iguales.
Su respuesta fue contundente: «No, ni mucho menos; las religiones que yo he conocido no son iguales.» Y lo explicó de la siguiente manera. «Imagínate —dijo— que un hombre cae en un pozo. De ahí no puede salir por sus propias fuerzas, necesita la ayuda de alguien. Pasa junto al pozo Confucio. Oye los gritos pidiendo auxilio, se asoma al pozo… y le echa una bronca por tonto, por no fijarse en dónde pone el pie. Entonces le da una serie de consejos para que sea precavido.
»Al cabo de un rato pasa por allí Buda, que le mira compadecido y le da muy sabios consejos para salir del agujero. Pero después se va.
»Por último llega Jesús. Jesús no le dice nada, le mira, se remanga, baja al pozo con él y le ayuda a salir del pozo.»
Al final decía este joven chino: «¿Os dais cuenta por qué las tres religiones no son iguales? Yo soy cristiano, y he encontrado, por fin, la verdad.»
Es bueno que descubras tus defectos y le dejes a Jesús de Nazaret acercarse a tu vida. Lo que llamamos defectos no son simples errores que cometemos, como una falta de ortografía. Son mucho más. Son pecados, ofensas a Dios, a los demás y a nosotros mismos. Son como un agujero donde caemos por debilidad. No vale decir: «Yo es que soy así y no puedo cambiar.» Que tú eres así, es verdad; pero puedes cambiar porque Cristo te ayudará.
Pídele a Jesús que te ayude a salir de ese «agujero» de tus defectos y pecados. Jesús no nos da una clase de buen comportamiento, no nos da tampoco sabios consejos para vivir bien: ¡Jesús salva! Como dice el salmista: «Nuestro Dios es un Dios que salva.» Jesús nos saca de esos agujeros donde caemos a lo largo de la vida. Ser cristianos no es ser buena persona, ser impecable, no tener defectos, ser buenecito. Es mucho más: es darnos cuenta de que somos pecadores, que estamos inclinados al mal; y que Jesús nos quiere salvar del pecado, nos quiere liberar con su gracia y nos llama a nacer a una vida nueva con sus sacramentos. Esa vida nueva es la de ser y vivir como hijo de Dios. Jesús, primero con el Bautismo, después con la Confirmación y, durante toda tu vida, con la Confesión y la Comunión, «se mete en el agujero» en que cada uno caemospara ayudarnos a salir.
A veces nos comportamos como quien ha caído en un pantano y quiere salir del agua estirándose de los pelos hacia arriba. Así nunca saldrá. Necesitamos que alguien nos saque del pecado, o, dicho de otra manera, necesitamos un Salvador. Otras religiones proponen comportamientos buenos como camino de salvación. El cristianismo no habla de camino de salvación, sino de un Salvador.
Gracias, Jesús, por ser como eres, porque no te limitas a enseñarnos, sino que actúas, nos salvas. «Nuestro Dios es un Dios que salva.» Gracias, porque así es. Que en cada sacramento viva un encuentro contigo, un encuentro en el que te me entregas, en el que te haces uno conmigo. Gracias, sólo tú eres mi Salvador.
Ahora es el momento importante, en el que tú hablas a Dios con tus palabras, comentándole algo de lo que has leído. Cuando lo hayas hecho, termina con la oración final.
Junio
24
San Juan Bautista, Profeta y Mártir. Siglo I.
Es el enviado por Dios para preparar el camino al Salvador. Es el último profeta con la misión de anunciar la llegada inmediata del Salvador. .
San Juan
Una chica embarazada ya de siete meses de Víctor, su primer hijo, con cara de felicidad me decía que venía de la piscina y que, después de bañarse, sentada en una hamaca, había notado cómo el niño se movía en su seno y daba pataditas. Los niños, todavía en el seno materno, responden a agentes externos.
San Juan Bautista era hijo de Isabel, prima de María. Cuando se enteró María de que su prima estaba a punto de dar a luz, se fue a visitarla. «En cuanto Isabel oyó el saludo de María, el niño saltó en su seno, e Isabel quedó llena del Espíritu Santo» (Lucas 1, 41).
San Juan fue una persona elegida por Dios para una misión concreta: «Éste será grande a los ojos del Señor, se llenará de Espíritu Santo ya en el vientre materno» (Lucas 1, 15). Cuando nació, los cercanos a su familia se preguntaban: «¿Qué va a ser este niño? Porque la mano del Señor estaba con él» (Lucas 1, 66).
Por eso rezamos a Dios en el salmo de la misa de hoy: «Te doy gracias, porque me has escogido portentosamente.» Son palabras del salmo 138 que podemos dirigir todos a Dios, porque todos podemos decirle: «Tú has creado mis entrañas, me has tejido en el seno materno. Te doy gracias, porque me has escogido portentosamente, porque son admirables tus obras; conocías hasta el fondo de mi alma. No desconocías mis huesos, cuando, en lo oculto, me iba formando, y entretejiendo en lo profundo de la tierra.»
Sí, ninguno estamos en la tierra por casualidad. De amor está tejido nuestro cuerpo, vivimos porque Dios nos ha amado. Ninguno somos indiferentes. Ésta es la gran verdad que nos quiso revelar Jesús. Sin amor nada entendemos y nada tiene sentido.
Dios me ha escogido. Y, como escribe Kundera en una novela, «el amor, por definición, es un regalo no merecido; ser amado sin mérito es incluso la prueba de un amor verdadero. Si una mujer me dice: te quiero porque eres inteligente, porque eres honrado, porque me compras regalos, porque no vas con mujeres, porque lavas los platos, me decepciona; ese amor tiene todo el aspecto de ser algo interesado. Cuánto más hermoso es oír: estoy loca por ti aunque no seas ni inteligente, ni honrado, aunque seas mentiroso, egoísta y sinvergüenza.»
Somos elegidos, como Juan, cada uno.
Puedes decirle ahora a Dios lo que sigue, pero dándote cuenta de que le estás hablando y Él te está escuchando.
Gracias, Señor, por escogerme. Que entienda que el amor tuyo es lo que hace que yo viva. Me quieres, y sin mérito por mi parte. No por lo que hago, ni por cómo soy, sino porque te da la gana quererme. Quiero realizar aquello que tú esperas que yo haga en la vida. Gracias y que nunca olvide que me quieres.
Junio
25
San Guillermo de Vercelli, Abad. Siglo XI.
Peregrinó a Santiago de Compostela con cadena de gran peso. A su regreso a Palermo, una mujer quiso calumniarle. En respuesta, el santo provocó una hoguera y se lanzó a ella, provocando el arrepentimiento de la mujer, que vio cómo no le tocaban las llamas.
El secreto de los veinte siglos
En el boxeo prima un principio: dar mucho y recibir poco. Quizá este deporte no está muy de acuerdo con la dignidad del hombre, pero nos sirve el principio en el que se basa. Este principio me recuerda otras palabras. ¿Sabes cuáles son las únicas palabras de Jesucristo que no conocemos gracias al Evangelio, porque no están escritas en él? Durante mucho tiempo pensé que todo lo que había dicho en su vida terrena estaba recogido en uno de los evangelios. Pero no, y son éstas: «Más alegría hay en dar que en recibir.» Las conocemos por el libro de los Hechos de los Apóstoles. «Más alegría hay en dar que en recibir.»
Dejando aparte el boxeo, no es frecuente escuchar esto. Es más, continuamente oímos lo contrario… Televisión, publicidad, prensa, amigos y tantos que nos rodean parecen decir lo contrario: «Más alegría hay en recibir que en dar.» Y nosotros, de vez en cuando, nos lo creemos. Los cristianos tenemos que experimentarlo, para que los demás vean que es así: somos mucho más felices cuanto más damos.
Pero hay una diferencia: el lema del boxeador dice dar mucho… y recibir pocos golpes. Nosotros sabemos que recibimos al dar, que cuanto más damos más recibimos: damos un tipo de cosas, y lo que recibimos es de otro orden, es algo invisible pero más valioso…
Dar más, dar mucho, dar siempre… puede ser duro o incluso árido, puede hacerse cuesta arriba y doloroso en ocasiones… Sin embargo, siempre llena de alegría… Como decía Chesterton: «La alegría, que era la pequeña publicidad del pagano, es el secreto gigantesco del cristiano.» Sí: ¡la alegría del cristiano es nuestro gigantesco secreto!
Señor, es verdad que con frecuencia vivo con la ilusión de recibir, busco que los demás me den. Quiero vivir pendiente de dar a los demás… y recibir de ti. «Dad y se os dará», dijiste. Que dé y me dé, y entonces recibiré de ti la vida nueva, esa nueva forma de estar en el mundo.
Ahora te toca a ti hablar a Dios con tus palabras, comentándole lo leído o lo que quieras. Termina, después, con la oración final.
Junio
26
San José María Escrivá de Balaguer, Fundador del Opus Dei. Siglo XX.
De Barbastro, fue doctor en Derecho y fundador de la prelatura Opus Dei en 1928. Fue nombrado consultor de dos Congregaciones vaticanas, miembro honorario de la Pontificia Academia de Teología y prelado de honor de Su Santidad.
Huellas en la nieve
Logroño. Un enero especialmente frío deja la ciudad cubierta de nieve. San Josemaría es entonces un chaval de unos 15 años que, a primera hora de la mañana, va camino del colegio San Antonio, donde estudia. De pronto, algo llama poderosamente su atención:
—Pero… ¿qué es eso? ¡Son huellas de pies descalzos que se alejan! ¿A quién pertenecerán?
A cierta distancia descubre a un religioso carmelita descalzo que se dirige a su convento, situado en las afueras de la ciudad.
—¡Son suyas! —se dice Josemaría—. ¡Pobre sacerdote! ¡Cuánto frío estará pasando!
Este hecho le remueve el corazón.
—Si ese carmelita es capaz de sacrificarse así por amor a Dios, ¿qué es lo que yo debo hacer por Él?
Nadie se da cuenta, pero a partir de ese momento siente grandes deseos de acercarse a Dios. Comienza a asistir a Misa y a comulgar diariamente, a confesarse más a menudo, a ofrecer todos los días sacrificios por amor a Dios y a los demás… Así empieza la vida de alguien que sería un santo, y hoy celebramos su fiesta.
Alguien me decía: «el mal ejemplo arrastra; el buen ejemplo sólo despierta admiración.» Es cierto que ver lo que otros hacen mal a veces nos empuja a imitarles, pero ver lo que hacen bien puede hacernos decir: ¡qué buena persona!, pero no nos lleva a mejorar. Sin embargo, a Josemaría el buen ejemplo le arrastró.
Más tarde, Dios pediría a Josemaría que gritase al mundo un mensaje: que todos los bautizados estamos llamados a ser santos. Sí, todos. Cada uno en su vida corriente, en su situación, en sus circunstancias, puede ser santo; se trata de vivir lo que a uno le toca como hijo de Dios.
Años después escribió un libro que tituló Es Cristo que pasa. Viviendo como hijos de Dios, seremos Cristo que pasa para los que conviven con nosotros. Como el ejemplo de aquel carmelita que andaba descalzo por la nieve, si nosotros hacemos bien y con alegría lo que tenemos que hacer, despertaremos en otros el deseo de seguir a Jesús. Al vernos se preguntarán, atraídos por la belleza de la vida cristiana: ¿qué es lo que yo puedo hacer por Dios y por los demás?
Señor, me has creado para que sea santo. Que no piense que eso es difícil, para otros mejores que yo. Quiero vivir como hijo tuyo. Te pido por intercesión de san Josemaría que cuando sea testigo de lo bueno que hacen otros, me plantee que también yo puedo hacer mucho bueno, que sea generoso y me decida a hacerlo. Sin embargo, cuando vea hacer el mal, que pida por esa persona… Ahora dime, Señor: y yo ¿qué deberé hacer por ti?
Ahora te toca a ti hablar a Dios con tus palabras, comentándole lo leído o lo que quieras. ¿Por qué no repasas con Él cómo te influye el buen y el mal ejemplo que otros te dan? Termina, después, con la oración final.
Junio
27
Nuestra Señora del Perpetuo Socorro, Advocación Mariana. Siglos XIII-XIV.
Parece ser que es una copia de una pintura de Nuestra Señora realizada por San Lucas, que muestra a la Madre con el Niño Jesús. Los Padres Redentoristas llevaron su devoción por ella a Haití, de donde es patrona.
Lágrimas buenas
Hay personas de lágrima fácil, y otros de no llorar nunca. Pero aunque sea interiormente, es interesante pensar un momento qué nos hace llorar.
He perdido un libro de hace años que tenía por título Ligar con Dios. Sus páginas estaban escritas por cuatro o cinco chicas, si no recuerdo mal, todas gallegas, que habían ingresado como monjas de clausura. Sus historias eran divertidas y algo sorprendentes. Una de ellas acabó en el convento por unas lágrimas. Te cuento.
Estudiaba el último curso del colegio. Como siempre, aquel sábado había salido con su grupo a una discoteca. En esa ocasión, uno de los amigos había llevado unos porros. La animaron, y ella —llena de curiosidad— se fumó uno. Era el primero de su vida. Las caladas la colocaron un poco. Se puso muy contenta, eufórica. Tan contenta que no dudó en coger el teléfono y llamar a una monja de su colegio, que más que profesora era amiga y con la que tenía mucha confianza. Después de otras cosas… «Oye, que me he fumado un porro y estoy feliz», vino a decirle. Extrañada, observó que del otro lado no recibía respuesta. Aguzó el oído y se dio cuenta de que la otra —la monja— gimoteaba levemente. Aquel hecho la golpeó en lo más hondo: «Llora porque hago algo que me hace daño.» El mal la hacía llorar. Éste fue el comienzo de un camino de descubrimientos que le llevaron hasta el convento.
¿Me hace llorar el mal? Jesús también llora. Lágrimas que salen del Corazón de Jesús: las causadas por la muerte de su amigo Lázaro, y las que derrama desde el monte de los olivos, frente a la ciudad de Jerusalén, porque se resisten a escucharle y convertirse, y como consecuencia será destruido el templo y el pueblo judío sufriría deambulando sin un rumbo claro.
Es bueno que el mal nos haga llorar. No sólo el mal físico, sino también el espiritual. Que nos duela el corazón cuando un amigo se destruye, un pariente vive una mala vida, cuando sabemos de robos avariciosos y de abusos de cualquier tipo, cuando en la calle vemos pobreza, publicidad que corrompe a inocentes, injusticias, violencia de corazones que odian, delincuentes que se mueven en la espiral del sinsentido…
¿Y cómo no llorar por el mal que libremente hago yo cada día?
No quiero decir que tengamos que convertir el mundo en un vaso de lágrimas… Todo lo contrario: los cristianos somos alegradores de vidas. «Estad alegres, os lo repito, estad alegres», escribe san Pablo a los de Filipo. Como decía Teresa de Calcuta, «nada os llene de dolor o pena como para haceros olvidar la alegría del Señor Resucitado». Pero es compatible esta alegría con el dolor por el mal. La insensibilidad es mala, la insensibilidad habla de un corazón narcotizado.
Jesús, que nuestro corazón vibre con el bien y se duela con el mal, como el tuyo. Quita las costras de suciedad que no me permiten derramar lágrimas de amor. Te pido que odie el mal con todas mis fuerzas, y que cada día ame más el bien, y a ti que eres el principio de todo bien. Padre nuestro, líbranos del mal. Amén.
Ahora te toca a ti hablar a Dios con tus palabras, comentándole lo leído o lo que quieras. Repasa con él si te alegra lo bueno y te hace llorar lo malo. Termina, después, con la oración final.
Junio
28
San Ireneo de Lyon, Obispo y Mártir. Siglo II.
Oriundo de Asia Menor, en su juventud tuvo contacto con Policarpo de Esmirna, a través del cual se une a los Apóstoles. Sucedió al obispo mártir San Fotino y gobernó la Iglesia de Lyon hasta su muerte.
Napoleón lo hubiera hecho mejor
Eran dos gemelos. Los dos eran más o menos igual de inteligentes, con un físico prácticamente igual, y las mismas posibilidades. Sin embargo, uno de ellos era de la selección de balonmano, y el otro no. Uno le daba bien al tenis, el otro no. Uno hablaba suelto el inglés, el otro no. Siempre el Uno era el mismo, y el Otro que no también era siempre el mismo. Tenían unos 13 años.
Una tarde de primavera coincidieron las cosas de manera que estuvimos en una pista de tenis. Allí entendí todo. Empezamos a pelotear, pero vi que eran completamente distintos. Primero empezamos el Otro y yo; duramos muy poco, no sé si un par de minutos. Fue cuestión de tirarle cinco bolas al revés, fallar él unas cuatro o cinco, y despedirse: «Lo siento, yo no juego más; que pase mi hermano, porque no sé jugar: siempre fallo el revés.» No hubo forma de convencerle de que todos fallamos unas mil veces el golpe de revés hasta que empezamos a dirigirlo más o menos, y aun así el índice de fallos continúa siendo altísimo hasta que se lleva meses o años entrenando el golpe.
Sin tenacidad, no hay quien consiga nada en la vida. Cuando nos proponemos vivir algo —ser trabajador, sincero, buen amigo, cambiar algo del carácter que no es cristiano, ser optimista, no meterme con tal persona, aprender a hacer oración, obedecer…— no sale a la primera. Tenemos que pelearlo con tenacidad hasta que sale.
«Napoleón —escribe el historiador André Maurois— decía que el arte de la guerra consiste en ser el más fuerte en un punto dado. El arte de la vida consiste en buscar un punto de ataque y concentrar en él todas las fuerzas.» Para eso, elegía un punto determinado, y una vez lo tenía claro, utilizaba una palabra, palabra que bastaba para que ya nada le detuviese hasta conseguirlo. Ésta era la palabra: «Ejecútese.» Ya no había nada que pensar; todo el ejército seguía a su emperador poniendo todo el esfuerzo de que uno era capaz para realizar su mandato.
Ojalá también sepamos nosotros decir «Ejecútese», y a partir de ese momento poner intensidad y tesón en sacar adelante lo que nos hemos propuesto. El lema es éste: no hemos terminado hasta que lo conseguimos. ¡Ejecútese!
¡Qué mala enfermedad esa de proponerse cosas y no hacerlas! Lo que te propongas… ¡ejecútese! Nos tenemos que obedecer, tenemos que dominarnos… Leía una carta de Clemente I, el tercer papa, a los cristianos. Les dice pocas cosas, pero una de ellas es acerca del dominio de sí. San Pablo también habla en varias ocasiones del dominio de sí. Hasta que no consigamos lo que nos proponemos, no parar. Y con los propósitos… no te hagas muchos, o no te hagas ninguno… pero si te haces uno, cúmplelo; de otra manera, terminarás por no hacerte caso a ti… ni tú mismo.
Señor, ayúdame a ser tenaz, a insistir, a no tirar la toalla hasta que consiga lo que me he propuesto. Por supuesto que cuento con tu ayuda, pero tú cuentas con mi tenacidad. ¿En qué estoy luchando últimamente? ¿Soy constante en la lucha o, en cuanto algo no me sale en los primeros intentos, abandono? Ayúdame, Señor, a ser contundente en lo que me propongo.
Ahora es el momento importante, en el que tú hablas a Dios con tus palabras, comentándole algo de lo que has leído. Cuando lo hayas hecho, termina con la oración final.
Junio
29
San Pedro y San Pablo, Apóstoles. Siglo I.
Dieron su vida por Jesús y, gracias a ellos, el Cristianismos se extendió por todo el mundo. San Pedro fue el primer jefe y la primera cabeza de la Iglesia. Fue el primer Papa de la Iglesia Católica. San Pablo llevó el evangelio por todo el mundo mediterráneo.
¡Ven!
Pablo de Tarso, ya anciano, fue detenido en Roma, fue juzgado y sentenciado a muerte. Seguramente le acusaron del incendio de Roma, pues personas con poder habían corrido el bulo de que los cristianos habían sido los responsables. Lo ejecutaron en las afueras de la ciudad. Algunos cristianos tomaron su cuerpo y lo sepultaron en la finca de Lucina, cerca de Roma, en una sencilla sepultura. Pero en el siglo III, el emperador Valeriano levantó una persecución muy fuerte contra los cristianos, en la que cualquiera podía robarles o destruir cementerios. Entonces los cristianos tomaron el cuerpo de Pablo, también el de Pedro, y los trasladaron a unas catacumbas, las de San Sebastián, para evitar que fuesen robados o profanados.
Cuando cesó la persecución, tal día como hoy, un 29 de junio, los cristianos tomaron los restos mortales de Pablo y de Pedro y los devolvieron a sus sepulcros primeros. En los dos sitios, el nuevo emperador Constantino hizo levantar dos grandes iglesias: San Pablo extramuros y San Pedro. Por este motivo hoy celebramos a estos dos discípulos.
Los dos tuvieron muchas dificultades y aprendieron a fiarse del Señor. Recordemos un momento de la vida de Pedro. Estaban varios discípulos una noche en barca. Se levantó el mar. Se les acerca Jesús andando sobre las aguas. Ellos se asustan al ver en la oscuridad a alguien, y gritan: «Es un fantasma.» Les dice que no tengan miedo, que es él, y Pedro dice: «Señor, si eres tú, mándame que vaya hacia ti sobre las aguas.» Jesús le responde: «Ven.» Pedro comenzó a andar sobre las aguas hacia Jesús. Pero al ver que el viento era muy fuerte se asustó y, al empezar a hundirse gritó: «¡Señor, sálvame!» Jesús le tendió la mano, lo sostuvo y le dijo: «Hombre de poca fe, ¿por qué has dudado?»(Mateo 14, 22-31).
Me gustaría llamar la atención sobre dos detalles de este sucedido que protagoniza Pedro: el viento y los kilos que pesaba su cuerpo. Date cuenta de que el viento es un agente externo, y el peso una circunstancia personal.
Cuando Pedro sale de la barca… hace viento: hay circunstancias externas contrarias, que podrían desestabilizar. Pero Pedro no las tiene en cuenta: ya sabe Jesús que hace viento. El viento no es más que una circunstancia que evidencia que lo que estoy haciendo es algo que excede y supera mis posibilidades personales.
¿Te has preguntado alguna vez cuánto pesaría Pedro al salir de la barca? Yo sí. Y no lo sé, pero supongamos que pesara 87 kilos. ¿Y cuánto pesaría después de haber andado aquellos metros, cuando se empieza a hundir? También 87 kilos. No son los kilos que pesa los que le hunden, sino la duda. Todos pesamos 87 kilos de miserias. La combinación es más personal (unos más pereza, otros una frivolidad más pesada, otros…), pero todos 87 kilos. Pero nunca son las miserias ni las dificultades lo que nos hunde. Lo que nos hunde es la duda de que pesando 87 kilos de miserias yo pueda andar este camino.
El viento y los 87 kilos también son —si se quiere amar— factores que suman: así se ve que Dios escoge lo débil del mundo, lo pequeño, para hacer sus obras, y así confundir a los grandes y fuertes. Cuanto más viento y más kilos, mejor para ser santos: más fiados de Dios y más desconfiados de nosotros mismos. Es decir, cuantas más dificultades externas y más limitaciones personales experimentemos, en mejores condiciones estamos para nuestra relación con Dios. Con Dios… todo suma si lo que queremos es amarle.
Las dificultades limpian y purifican nuestra relación con Dios de lo que es demasiado humano.
Dios mío, por intercesión de tus hijos Pedro y Pablo, te pido por la iglesia, por todos los cristianos, y que nos enseñes a confiar siempre en tu palabra. Los problemas no son las dificultades que encontramos, el viento o la liquidez del agua; el verdadero problema es olvidar que tú eres quien me llama, y dejar de confiar en tu palabra.
Ahora es el momento importante, en el que tú hablas a Dios con tus palabras, comentándole algo de lo que has leído. Cuando lo hayas hecho, termina con la oración final.
Junio
30
San Marcial de Limoges, Obispo. Siglo III.
Fue el primer obispo de Limoges. Lo enterraron en un pequeño cementerio de la Vía Agrippa, construido sobre la ruta europea de peregrinación hacia Santiago de Compostela. El lugar se convirtió en la Abadía Benedictina de San Marcial.
¡Aunque me devoren!
En un libro sobre san Francisco, el autor —Kazantzakis— pone en boca del santo estas palabras: «Quien vive con los lobos ha de ser un lobo y no un cordero; eso dicen todas las personas sensatas. Pero yo tengo la nueva locura de que me ha dotado Dios, y digo: Quien vive con los lobos debe ser un cordero, aunque lo devoren.» Estas palabras las dirige a fray León, y san Francisco las aprendió de Jesús: «Mirad que os mando como corderos en medio de lobos. No llevéis talega, ni alforja, ni sandalias; y no os detengáis a saludar a nadie por el camino» (Lucas 10, 3-4).
¿Qué significa ser cordero? Ser pacíficos. Mantenerse inocente aunque mis compañeros sean corruptos. El cordero no es violento ni agresivo. No devolver mal por mal, no hacer daño a quien me lo hace, no hablar mal de quien habla mal… No entrar nunca en la dinámica del mal. Aunque me devoren.
Hacerse lobo para defenderse de los lobos es olvidar el estilo que nos ha enseñado Cristo. Si miento para defenderme de la mentira, he dejado de ser cordero. Si quito una cosa porque me han quitado otra, he dejado de ser cordero. Si no hago una cosa porque tampoco la hacen otros, y entonces abusan de mí, he dejado de ser cordero.
Ésa es la única arma que usa Cristo: el bien, la verdad, la sinceridad…
Hoy celebramos la fiesta de los primeros mártires en Roma. Tras el incendio de Roma en el año 64, acusaron a los cristianos como responsables. Fue una excusa para acabar con ellos, pues parecía una secta curiosa y peligrosa. Ellos continuaron viviendo como cristianos, honrados, limpios y sinceros, y no negaron su fe… «aunque me devoren»… Murieron en este mundo aunque —y es lo que hoy celebramos— continúan viviendo triunfantes en el Cielo.
Corazón de Jesús, tú que eres el Cordero de Dios, y rodeado de lobos… les mirabas con amor, y pediste por quienes te crucificaban —«Dios mío, te pido por ellos porque no saben lo que hacen»—. Enséñame a ser cordero… aunque me devoren.
Ahora es el momento importante, en el que tú hablas a Dios con tus palabras, comentándole algo de lo que has leído. Cuando lo hayas hecho, termina con la oración final.
Julio
Oración inicial de cada día
Señor Jesús, gracias por haberte hecho hombre.
Solo tú nos enseñas a los hombres lo que es el hombre.
Dame las virtudes que necesito
para vivir como verdadera persona:
alegría, optimismo,
amabilidad, fortaleza,
constancia, simpatía,
sinceridad, laboriosidad,
discreción, magnanimidad…
Lo humano tiene un valor divino, lo sé;
y también sé que sólo puedes darme los bienes divinos
si encuentras base humana para concedérmelos.
Por eso te lo pido: ayúdame a esforzarme por adquirir esas
virtudes.
San José y santa María,
enseñadme y exigidme,
como lo hicisteis con Jesús,
para que sea una gran persona
y así pueda ser un gran santo.
Amén.
Oración final de cada día
Dame, Señor, una manera de ser que ignore
el aburrimiento, los lamentos y los suspiros.
No permitas que me preocupe demasiado
por esta cosa que se llama «yo»,
y que siempre tiende a dilatarse.
Julio
1
San Aarón, hermano de Moisés. 1471 a.C
Hermano de Moisés, a quién acompañó por el desierto camino de la Tierra Prometida. Moisés lo ungió sacerdote para ofrecer sacrificios a Dios por los pecados del pueblo.
Una buena suma
Comenzamos un mes. Muchas horas, mucho tiempo, muchas decisiones, muchas cosas por hacer… Cada uno de estos días podemos llenarlo de gran número de actividades, algunas de gran valor, otras de casi ninguno. Y vamos sumando. Vamos sumando… ¡o no! Al final de mes tendremos que ver el resultado.
Un ejemplo sencillo nos ayudará a verlo más gráficamente. Podemos hacer esta suma:
1.200.000 + 7.450.000 + 3.627.000+ 10.000.000… al final un resultado muy elevado.
O esta otra:
0 + 0 + 0 + 0 + 0,2 + 0, 7… al final, por mucho que sumemos, el resultado será muy pequeño. Y si además algunos de los elementos son negativos, el resultado puede ser de echarse a llorar.
Este mes:
ayudar en casa + hacer nuevos amigos + leer + cumplir el horario que tenga + hacer más deporte + ayudar a un amigo + organizar una fiesta + poder tratar con más calma a Dios + salir de excursión + crecer en ser mejor amigo + invertir tiempo en mi hobby + convivir más tiempo con tus padres + conocer mejor a hermanos… y al final, un gran tesoro.
O bien:
no hacer nada + sin horarios + dejar pasar el tiempo + evitar cualquier esfuerzo + dejarse llevar por el día y sus circunstancias + aburridas horas de zapping… y al final, un gran vacío.
Parece muy fácil saber cuál es la suma que vale la pena.
Este mes podríamos planteárnoslo así: es la ocasión de conseguir una gran suma como persona, ser más mujer o más hombre, ganar varios kilos en personalidad, crecer en virtudes humanas, ser más de una pieza.
Quien se propone quitarse un par de kilos sabe que cada potaje que come va directo al michelín, cada plato que repite le aleja de su objetivo, las comidas entre horas le sumarán gramos… No engorda un solo plato que se come de más, pero sí es verdad que lo que se adelgaza o se engorda es el resultado de la suma de un montón de decisiones. Algo parecido ocurre con las virtudes humanas. Ahora me piden una cosa y digo que sí, ahora me llaman y cojo el teléfono, tengo que sentarme y me siento, ahora toca levantarme y me levanto, me preguntan y digo la verdad, me hablan y escucho, no me apetece pero sonrío… la suma de mil decisiones pequeñas… en cada día sí podemos tomar mil de esas decisiones… nos hacen crecer.
Para seguir a Jesús necesitamos ser muy hombres, muy mujeres. Seguirle y ser como él es posible para quien tiene virtudes, e imposible para quien carece de ellas. En un mes sí podemos crecer: son tantísimas decisiones aparentemente intrascendentes que nos hacen virtuosos… o lo contrario.
Dios mío, ayúdame durante este mes a hacer la suma buena, la que vale la pena. Hacer de estos días un tiempo en el que crezca en las virtudes que me den personalidad fuerte: así seré capaz de seguirte y de servirte. Sí: quiero sumar cada día.
Ahora puedes seguir hablando con el Señor con tus propias palabras. ¿Te propones de verdad crecer en virtudes humanas? Cada día comentaremos alguna. Dile a él que quieres. Él te ve, te escucha y te comprende. Después puedes recitar la oración final.
Julio
2
San Bernardino, sacerdote. 1530-1616
Fue nombrado patrono celestial de Lecce (Italia) antes de morir. Se entregó al cuidado pastoral de los presos y de los enfermos, y al ministerio de la palabra y del sacramento de la penitencia.
¡Que sea fácil amarme es una virtud!
Algunos tienen un montón de amigos, otros a duras penas encuentran uno. Algunos intiman enseguida, otros tardan años. Algunos sintonizan y se encariñan con un encuentro más o menos breve, otros necesitan meses o años de mucho roce y no está claro que lleguen a conectar. Hay una virtud que tiene mucho que ver en todo esto: la amabilidad. La amabilidad es la virtud que nos hace amables, nos convierte en personas fáciles de amar.
¿Rasgos de la amabilidad? Son un montón. Sonreír, ser positivo, que el trato sea agradable, tener educación, ser respetuoso y delicado, mirar a los ojos mientras se habla, prestar atención, mostrarse con sencillez como uno es, poner interés en lo que cuenta el otro, tener buen humor, ir limpio, arreglarse, tener y manifestar ilusión, hablar de manera expresiva, ser fuerte… son mil pequeñeces a las que mueve la amabilidad. No es resultado del marketing, no es una estrategia para caer bien… sino el deseo esforzado por hacer feliz al otro con ocasión del trato que tiene conmigo.
Te voy a copiar el caso de alguien poco amable por negativo. No lo resumo, pues viniendo de tan buena pluma, compensa copiarlo al pie de la letra. La novela es Las uvas de la ira. Dos protagonistas, Al y Tom, se dirigen con toda la familia hacia California. Se les estropea el camión y buscan un desguace para adquirir la pieza que precisan.
«El camión se acercó a la estación de servicio. Allí, al costado derecho del camión había un cementerio de automóviles. Un espacio de un acre rodeado por una alta cerca de alambre de púas (…)
Al, uno de los hermanos, guió el camión sobre el suelo cubierto de aceite y grasa hasta llegar a la puerta del cobertizo. Tom bajó y miró en torno suyo, y atisbó hacia el cobertizo envuelto en sombras.
—No veo a nadie —dijo, y gritó—: ¿Hay alguien aquí?
»—Puede que tengan un Dodge del veinticinco.
Tras el cobertizo se escuchó el golpear de una puerta. A través del oscuro cobertizo se acercó el espectro de un hombre. Delgado, sucio, de piel aceitosa adherida a los fuertes músculos. Le faltaba un ojo, y la cuenca viva, descubierta, mostraba los nervios del ojo cuando movía el que tenía bueno. Su pantalón y su camisa eran de tela gruesa, y brillaban de sucios; la piel de sus manos estaba sucia, agrietada y llena de cortes. El labio inferior, grueso y pesado, caía dando a su rostro una impresión de idiotez.
Tom preguntó:
—¿Es usted el dueño?
Le miró con el único ojo.
—Soy empleado del dueño —dijo, con acento sombrío—: ¿Qué quiere?
—¿Tienen algún Dodge del veinticinco, medio desarmado? Necesitamos una biela.
—No sé. Si el patrón estuviese aquí podría decírselo…, pero no está aquí. Se ha ido a su casa.
—¿Podemos echar un vistazo?
—El hombre se sonó la nariz en la palma de la mano y luego se limpió la misma con los pantalones.
—¿Ustedes son de aquí?
—Venimos del Este…, vamos a California.
—Echen un vistazo, entonces. ¡Y quemen este maldito sitio, si quieren!…¡Para lo que me importa!
—Parece que usted no quiere mucho a su patrón.
El hombre se les acercó tambaleándose, con su único ojo llameando.
—Le odio —dijo suavemente—. Ahora se ha ido a su casa. Se ha ido a su casa…, a su hogar.
Las palabras salían vacilantes de su boca.
—Tiene un modo…, tiene un modo especial de agarrarla con un tipo y destrozarlo. ¡El…, el malvado! Tiene una hija de diecinueve años muy hermosa. Me dice: “¿Te gustaría casarte con ella?” Me dice eso a mí precisamente. Y esta noche… me dijo: “Hay un baile… ¿Te gustaría ir?” ¡A mí, me lo dice a mí!
Las lágrimas fluyeron de su ojo bueno y por la cuenca del ojo vacío.
—Algún día, por Dios…, me voy a meter una llave inglesa en el bolsillo. Cuando me dice esas cosas me mira el ojo. Y voy a.., voy a arrancarle la cabeza con la llave, poco a poco.
Jadeó enfurecido.
—¡Pedazo por pedazo, se la separaré del cuello!
El sol desapareció detrás de las montañas. Al miró en el “cementerio” de coches destrozados.
—¡Allí, Tom, mira! Ese de allí parece del veinticinco o del veintiséis.
Tom se volvió al tuerto.
—¿Nos permite echar un vistazo?
—¡Caramba, sí! Y llévense lo que se les antoje. (…)
El tuerto se quedó junto a ellos.
—Los ayudaré, si quieren —dijo—. ¿Saben lo que hizo ese hijo de perra? Vino por aquí con un pantalón blanco. Y me dijo: “Ven, vamos a mi yate”. ¡Por Dios, algún día le daré una tunda!
Respiró difícilmente.
—No he salido con una mujer —prosiguió— desde que perdí el ojo. ¡Y me dice esas cosas!
Y gruesas lágrimas hicieron surcos en su rostro cubierto de tierra.
Tom dijo, impaciente.
—¿Y por qué no se va de aquí? No hay guardias que lo sujeten.
—Sí, eso es fácil decirlo. No es tan fácil encontrar trabajo… para un hombre que sólo tiene un ojo.
Tom se volvió hacia él.
—Un momento amigo, escuche: usted tiene ese ojo abierto de par en par. Y usted está sucio, hediondo. Toda la culpa es suya. Es porque usted lo quiere. Usted mismo se envilece. Claro que no puede encontrar una mujer con ese ojo que le anda saltando. Tápeselo con algo y lávese la cara. Después de todo, usted no hace daño a nadie.
—Créame, un tuerto tropieza con muchas dificultades —dijo el hombre—. No puede ver las cosas como las ven los demás. No puede saber a qué distancia está una cosa. Lo ve todo plano.
Tom dijo:
—Usted es un imbécil. Yo conocí una vez una prostituta que sólo tenía una pierna. ¿Y cree usted que se sentía inferior? ¡No, por Dios! Decía ella que traía suerte. Y en…, en un sitio que estuve, conocí a un jorobado. Vivía exclusivamente de dejar que le tocasen la giba para dar suerte. ¡Ya ve, y todo lo que le sucede a usted es que tiene un ojo menos!
El hombre dijo, vacilante:
—Bueno… pero, ¡Caramba! Usted ve que todos se le apartan, y comienza a sentirse mal.
—Tápeselo entonces, ¡maldita sea! Lo anda mostrando a todo el mundo. A usted le gusta atormentarse. A usted no le sucede nada de particular. Cómprese unos pantalones blancos. Apostaría a que usted se emborracha y luego se mete en la cama a llorar… ¿Necesitas que te ayude, Al?
—No —respondió Al—. Ya aflojé este cojinete. Estoy tratando de sacar el émbolo.
—Cuida de no darte un golpe —dijo Tom.
El tuerto dijo suavemente:
—¿Cree que… pueda gustar a alguien?
Por supuesto —dijo Tom.
—¿Adónde van ustedes, amigos?
—A California. Toda la familia. Vamos allí a trabajar.
(…)
Le entregó el dinero.
—Gracias. Y tápese ese maldito ojo».
El novelista busca imágenes fuertes. Todos somos libres de amargarnos la vida o no. Motivos para hundirnos en nuestra existencia los tenemos siempre… ¡o nunca!: depende de nosotros.
«Usted es un imbécil», le dice Tom al tuerto. «Toda la culpa es suya. Es porque usted lo quiere. Usted mismo se envilece.» Ya hablamos en otra ocasión de estar de acuerdo en ser el que soy, y de abrazar y besar mi vida en las circunstancias en que me ha sido dada por Dios. A esto ayuda el sentido positivo, el optimismo… virtudes humanas a desarrollar.
Al día siguiente de escribir estas líneas, me encontré con este texto de san Pablo. Fíjate que es una lista de diez cualidades, que se corresponden bastante bien con los rasgos que he enumerado más arriba. ¡Me ha sorprendido! Escribe así a los cristianos de Roma (12, 9-12):
«Que vuestra caridad no sea una farsa (1);
aborreced lo malo (2)
y apegaos a lo bueno (3).
Como buenos hermanos, sed cariñosos unos con otros (4),
estimando a los demás más que a uno mismo (5).
En la actividad, no seáis descuidados (6);
en el espíritu, manteneos ardientes (7).
Servid constantemente (8) en el Señor.
Que la esperanza os tenga alegres (9);
estad firmes en la tribulación (10)…»
Así se entiende que los cristianos vivamos como algo natural la amabilidad, y como en todo, lo hacemos de la mano de Jesucristo que es nuestro maestro amable. Por eso termina san Pablo con «sed asiduos en la oración».
Jesús, que la familia de Dios conservemos siempre este estilo tuyo de la amabilidad. En la oración hablaré contigo de estas cosas: si soy asiduo en la oración, tú me irás enseñando a ser amable cada día en cosas concretas.
Puedes repasar cada uno de los rasgos hablándolos con él. Pídele que te dé su estilo y ayuda en aquello que te hace menos amable. ¿Qué es?
Julio
3
Santo Tomás, Apóstol. Siglo I
Apóstol famoso por su duda acerca de Jesús resucitado y su admirable profesión de fe cuando vio a Cristo Glorioso: » Señor mío y Dios mío». Desde entonces siguió sus creencias hasta el final evangelizando la India y Persia.
La generación CDI
Cuenta Ana Magdalena Bach algo que le ocurrió a su marido, el gran músico Juan SebastiánBach, siendo pequeño. Su hermano mayor «tenía una colección de piezas musicales célebres, de autores famosos, y no se las dejaba ver al chiquillo sediento de música, que hubiera deseado estudiar toda la que cayese en sus manos. Esas composiciones estaban encerradas en una caja de documentos que tenía una reja, y durante varios meses el pobre Sebastián se dedicó a copiar aquellas composiciones, de noche, a través de la reja y a la luz de la luna, pues no podía disponer ni de una vela. No es de extrañar que su vista se resintiese de tan extraordinario esfuerzo… en ese hecho se ve lo pronto que se manifestaron su grandeza de carácter y su fuerza de voluntad».
Está claro que el final depende del camino que se recorra. Si importa el final, importa el camino; si el final —lo que hagamos en la vida, adónde lleguemos, lo que dejemos a los demás, donde pasemos la vida eterna…—, si el final no importa, tampoco importa el camino.
En la vida de Sebastián Bachrecorrió un camino determinado y por eso alcanzó un final formidable: fue un buen cristiano, su mujer y sus más de diez hijos vivieron unidos y felices, dejó a la humanidad una música maravillosa.
Nosotros vivimos en un tiempo muy distinto al siglo de Bach, con sus muchas ventajas y con alguna desventaja. Pienso que la principal desventaja es que en muchos asuntos somos una generación conejillo de indias: generación CDI.
¿Por qué digo que somos generación CDI? Porque hemos inventado muchas cosas nuevas, todas ellas buenas, pero todavía no sabemos vivir con ellas. Me explico. La electrónica pone a nuestra disposición mil inventos, televisión, iPod, ordenadores, juegos y videojuegos, móviles… Están al alcance de casi todos, y ojalá pronto resulten asequibles a todos. Pero hay que saber usarlos, porque no hace bien al hombre cualquier uso: exigen tiempo y dedicación, pueden crear adicción, pueden encerrar en uno mismo, compiten con el trabajo y con atender a los demás…
Escribía un gran pensador del siglo XX que «es necesaria mucha ascesis, humana y cristiana, para hacer un uso adecuado de los medios de comunicación». Y es verdad: la generación CDI necesitamos mucha ascesis —esfuerzo, lucha, dominio, plan previsto y lograr cumplirlo— para usar los medios de comunicación. Si importa el fin —lo que hagas con tu vida, que seas una gran persona y un gran santo—, sí que importa el camino.
Algunos dan pena porque no pueden dejar la droga y arruinan su vida y destrozan la de quienes están a su lado porque no son capaces de desengancharse. Es una pena el camino que recorren, y es triste el final al que llegan. Otros dan pena porque no pueden dejar la droga de la televisión o del ordenador o de los cascos, y empobrecen su vida y no aportan apenas a quienes están a su lado porque no son capaces de desengancharse. Es una pena el camino que recorren, y es pobre y triste el final al que llegan.
Lageneración CDI necesitamos aprender a usar la electrónica. No ponerme los cascos si estoy con otros —hace poco quedé con un chaval para hacer footing y antes de salir me preguntó: «¿llevo los cascos para oír música?»—, no ver la tele siempre que me apetece sino ir a ver lo que me interesa, no tener la música siempre encendida para aprender a escuchar el silencio y mi interior, no navegar por Internet con caprichosa curiosidad…
Bach lo tuvo más fácil. Si Juan Sebastián Bach hubiese pertenecido a la generación CDI y no hubiese aprendido a usar la electrónica, quizá se hubiese perdido con el ordenador y unos cascos… en vez de aprender y crear la más excelsa música que jamás se ha creado.
Juan SebastiánBach pasó meses copiando partituras en la oscuridad. Vivió con pasión… por lo que tuvo un precio que pagar. No sé si sabes que su vista se deterioró de tal modo que —tras una desafortunada operación— los últimos meses de su vida los pasó ciego. Pero estoy seguro de que Bach preferiría vivir apasionadamente y morir ciego, a vivir ciego y morir de aburrimiento.
Enséñame, Jesús, a vivir sabiendo hacer uso de todo lo que tengo a mi disposición. Sí me importa el fin: quiero hacer de mi vida algo grande, quiero ser una gran persona y un gran santo, que para mí es la misma cosa. Quiero cuidar el camino para llegar a ese fin. Que no pierda el tiempo delante de pantallas: ¡ayúdame! Que no me refugie en mi ordenador o en mis juegos, donde nadie me molesta y se me pasan las horas. Que los tenga a mi servicio, y que no me ponga yo al servicio de ellos. Te pido por el alma de Bach, como agradecimiento a la gran música que nos ha dejado a todos. Que yo deje mucho a la humanidad, lo que a mí me toca dejar. Santa María, ayúdame.
Qué importante es que comentes con él lo leído. Repasa con él los aparatos electrónicos que sueles usar, y pregúntale si los usas bien. Si no sabes, quizá puedes comentar después este asunto con alguien que pueda ayudarte, y así podrás recibir ayuda en algo que es más importante de lo que parece.
Julio
4
Santa Isabel, reina de Portugal. 1271-1336
Piadosa y caritativa desde muy pequeña. Casada con un hombre violento e infiel, ella lo trató con bondad. Al morir su esposo abrazó la vida religiosa en el monasterio de monjas de la Tercera Orden de Santa Clara, que ella misma había fundado.
La ombligomanía
Cuando el niño descubre su ombligo, pasa una temporada en la que no deja de tocárselo y mirárselo, le atrae su atención y parece que no hay otra cosa. Asombrado por el agujerito que ha descubierto en mitad de su panza, no sale de su ombligo. Pues bien, el egoísta todavía no ha salido de su ombligo. Cuatro rasgos de la ombligomanía a partir de Adán y de Caín. Así aplicamos aquello de «cuando las barbas de tu vecino veas mojar, pon las tuyas a remojar». La historia se repite.
Aquí están esos cuatro rasgos:
1) Al actuar, sólo mirar lo que me apetece y no las consecuencias para los demás; Adán ve la manzana que le enseña Eva, le apetece y… a por ella. No deja de ser algo egoísta, sólo ve lo propio, sólo tiene mirada para sí mismo. Adán no pensó que lo que él hiciese tendría consecuencias para el resto de la humanidad. Actuó como un hombre, pero no como el padre de todos los hombres.
2) Después, además, pretende salir airoso sin importarle echar la culpa a los otros: Adán culpa del pecado a Eva y Eva culpa a la serpiente. Segundo rasgo: excusarse enseguida y, ante todo, lo importante es salpicar a los demás, no quedarme solo en la responsabilidad.
3) Los éxitos de otros molestan, al menos si son mayores que los míos. Es lo que le ocurre a Caín, que mata a su hermano Abel, no porque las ovejas de Abel se comieran los frutos de las tierras de Caín, sino porque Abel le hacía sombra: tenía más éxitos con sus ofrendas (Génesis 4).
4) Caín es el que empezó esa práctica que ha triunfado en nuestro mundo, en el que el inútil quiere hacer a los demás tan inútiles como él. El inútil quiere hacer a los demás tan inútiles como él, porque divide el mundo en dos grupos: los que están por encima de él y los que están por debajo; todos los hombres los encasilla en uno de los dos grupos: a quienes están por encima les pone trabas, y a quienes están por debajo les manipula. Este Caín olvida que en realidad sólo hay un grupo, en el que todos somos iguales en lo esencial.
Es importante dejar de practicar la ombligomanía, liberarnos de ella poco a poco. Cada vez que nos demos cuenta de que tenemos el dedo hurgando en el propio ombligo, que reaccionemos… yaa se nos ha pasado la edad.
Dame, Señor, el prejuiciode pensar en los demás antes que en mí, que nunca me excuse, que me alegre lo que a otros va bien, que favorezca sus cosas buenas, que no divida a los demás, que no ponga trabas a quienes me da la impresión de que me superan en algo, que no manipule ni abuse de aquellos a quienes considero que puedo someter. Que a todos quiera y con todos me alegre, que a nadie considere superior ni inferior: ¡todos hermanos!
Ahora puedes seguir hablando con el Señor con tus propias palabras. Él te ve, te escucha y te comprende. Procura terminar con un pequeño propósito. Después puedes recitar la oración final.
Julio
5
San Antonio María Zacarías, sacerdote y fundador. 1502-1539
Preparó el Concilio de Trento, tratado que supuso una gran reforma del clero y un impulso enorme en la evangelización. También fundó una Congregación en Milán. Su lema: «Servir sin recompensa y combatir sin sueldo ni provisiones aseguradas».
¿El cubo de goma?
En una prestigiosa escuela de negocios para directivos hacían este ejercicio. A cada alumno le daban un cubo en el que debían introducir dos litros de agua, una cantidad parecida de arena, un capazo de grava, piedras pequeñas y tres pedruscos. Parecía imposible, y para muchos de ellos lo fue: siempre se les quedaba fuera uno de los grandes pedruscos. Después de intentarlo todos los alumnos, la profesora realizó el ejercicio. Primero colocó las grandes piedras, después las piedras más pequeñas, luego con la gravilla rellenó algunos huecos, a continuación volcó la arena para llenar los espacios libres, y por fin el agua que ella sola encontraría cualquier milímetro libre en el cubo.
El objetivo de esta práctica era lo que explicaba a continuación: hacer las cosas con orden amplía las posibilidades. Y el orden exige que cada día pongamos en primer lugar lo más importante y después lo menos. Si respetamos este orden, llegamos a todo.
Todos hemos comprobado que en una bolsa de deportes, en una maleta, en un bolso o en el maletero del coche… caben más o menos cosas dependiendo de quién lo haga: unos saben encontrar el orden adecuado. Como me decía un amigo, «cuando mi madre me hace la maleta, cabe todo».
Recuerdo una universidad privada en la que habían hecho un estudio. Los alumnos que en más ocasiones hacían reserva de instalaciones deportivas tenían una media académica bastante buena. Las conclusiones del estudio afirmaban lo que sabemos todos: los que más ocupados están tienen tiempo para más cosas. Los que menos tienen que hacer, no tienen tiempo para casi nada.
Resulta que quienes tocan un instrumento, están en un equipo, leen buena literatura… tienen tiempo para dedicar a Dios y trabajar bien y darse a la familia… Orden. Solemos decir que el tiempo es de goma: está bien la idea, aunque la verdad es que es el orden el que estira el tiempo porque pone cada cosa en su sitio y en su momento. Lo más importante… hay que colocarlo lo primero.
El orden empieza por lo material. El armario de ropa, la mesa, los cajones, la habitación, el coche… Qué virtud más buena esta del orden: hace la vida más fácil a todos y uno disfruta más de la vida.
¡Ojo! Cuando se te escape que no tienes tiempo para algo interesante o conveniente… piensa que seguramente eres desordenado o un poco vago.
Señor, imagino ahora cómo sería un día en tu vida… Las piedras importantes tengo que colocarlas al principio. ¿Lo hago, Señor? ¿Cuáles son ahora? Santa María, enséñame a ser ordenado con todo lo que uso y en la habitación, como enseñarías a Jesús a ser ordenado en casa….
Ahora puedes seguir hablando con el Señor acerca del orden con el que vives estos días. ¿Hay cosas importantes o buenas que piensas que no tienes tiempo para hacer? Él te ve, te escucha y te comprende. Procura terminar con algún propósito.
Julio
6
Santa María Goretti, virgen y mártir. 1890-1908
La intentaron violar y murió en defensa de su castidad. Antes de morir perdonó a su asesino e invocó a la Virgen. El asesino, tras un periodo en la cárcel, se arrepintió y convirtió.
El pudor
Gimnasios, salas de bronceados, cremas… todo lo que ayuda a mejorar el aspecto y presentarnos bien cada vez tiene más éxito. Cuando viene el buen tiempo, grandes y pequeños se preparan para estar a punto en los días en que el sol más calienta, para lucirse adecuadamente… Todo esto supone esfuerzo, y lógicamente lo exhibimos, hay que lucirlo. Esa forma de comportarse da mucha gloria a Dios, le alegra porque hace brillar la belleza de sus criaturas, hace más amable la vida a los demás.
Sin embargo, es posible que en vez de transparentar la belleza de Dios no transparente nada. Quien sólo pretende llamar la atención sobre sí mismo y despertar la sensualidad en los demás, ha caído en un culto al cuerpo que no le hace grande sino que le empobrece. La diferencia es grande: hay personas que al verlas uno alaba y da gracias a Dios, y otras que al verlas a uno no se le ocurre nada bueno. Vamos a poner la lupa sobre este asunto.
Es fundamental no sólo decir sino gritar una diferencia: el hombre no es igual a ningún animal; o mejor, aunque la vaca tiene cuerpo y el hombre tiene cuerpo, son dos cuerpos completamente diferentes. El cuerpo humano es especial porque está espiritualizado: es cuerpo espiritualizado o espíritu encarnado. Se trata de la misma diferencia que hay entre una sopa de letras y una obra de Shakespeare; los dos tienen la misma materia, pero la poesía de Shakespeare tienen el espíritu del poeta dándoles vida: Romeo y Julieta, por ejemplo, es el espíritu de Shakespeare hecho palabra, o palabra espiritualizada. De la misma manera, el cuerpo de una persona no es carne, sino espíritu encarnado, o carne espiritualizada.
San Pablo escribe (Romanos 8, 5) que muchos viven según la carne, reducen el cuerpo a mera cantidad, a simple objeto para ver o poseer o disfrutar, pero imposible de querer. Películas, anuncios, series televisivas, letras de música, revistas… con frecuencia tienen esta visión miope del hombre, y hacen creer a muchos que valen lo que vale su cuerpo.
Los cristianos tenemos el encargo de enseñar que el hombre no vale lo que vale su cuerpo. Esto resulta extraño a muchos, chocamos con el ambiente, pues miramos y queremos ser mirados de otra manera.
Sí, nuestra mirada es distinta. A través de los ojos del cuerpo vemos más: vemos la persona que hay detrás de ese cuerpo, o mejor vemos a quien está en ese cuerpo, o mejor todavía, vemos la persona que es ese cuerpo.
Hay cuerpos que son como transparentes, a través de sus cuerpos se ve a la persona y al Dios bello que lo ha hecho. Pero hay otros cuerpos como opacos, que ocultan a la persona y a Dios: al mirarlos sólo se ve carne disfrazada. Resulta complicado de decir con palabras, pero es curioso: el cuerpo debe mostrar a la persona, no ocultarla. Todos lo hemos experimentado: hay personas que al verlas despiertan admiración, otras que simplemente seducen y despiertan las pasiones más bajas.
Empezábamos con lo bueno que es cuidar del cuerpo y lucirlo bello. Pero un cristiano y una cristiana no quieren ser opacos sino transparentes, quieren agradar pero no seducir, quieren despertar alabanzas a Dios y no pasiones, quieren dar gloria y a Dios y no ocasiones de pecado a los demás.
Por eso, el cuerpo lo tratamos con respeto, con pudor, el nuestro y el de los demás: ¡es tan grande! «Los cristianos deberían ser conscientes de que la gran humildad del cuerpo debe ser expresada para que cuanto posee de divino pueda revelarse. Asimismo, los cristianos deben comprender que Dios es la fuente de la belleza integral del cuerpo.»
Lo sabemos perfectamente. A nadie parece bien que alguien se dedique a hacer negocios con su cuerpo o con los cuerpos de otros. ¿Y no es posible que estemos haciendo otro tipo de negocios con nuestro cuerpo, cuando lo exponemos y usamos, aunque no sea para conseguir dinero sino otras cosas? El cuerpo no está para el comercio, como la carne de buey que sube y baja de precio, sino para manifestarme a los demás, para dar mi persona, para relacionarme con los otros, para transparentar la belleza de Dios.
Quiero, Señor, que nos ayudes a los cristianos a enseñar al mundo el trato que merece el cuerpo. Que nos opongamos a darle culto, que nos rebelemos al desprecio y comercio con el cuerpo. Quiero vivir el pudor y respeto a este cuerpo mío que, como dice san Pablo, es un templo donde tú habitas. Que todos los cristianos tengamos cuerpos transparentes, que vivamos el pudor, que enseñemos a otros lo bonito y bueno que es la virtud del pudor. Gracias por enseñárnoslo.
Comenta con María lo leído. Pídele, pero de manera convincente, que nos conceda a todos los cristianos y cristianas amar el pudor, y la fuerza para enseñarlo a todo el mundo.
Julio
7
San Fermín, obispo y mártir. Siglo III-IV
En Amiens construyó un templo y convirtió muchos paganos. Lo encarcelaron pero el pueblo lo liberó, finalmente le ordenaron que dejara de predicar pero, al oponerse, le cortaron la cabeza.
No hay imposibles
George Mallory ha sido uno de los grandes exploradores y alpinistas del sigloXX. Lideró en tres ocasiones (1921, 1922 y 1924) las expediciones a la cumbre más alta del planeta: el Everest (8.848 m). Falleció en su último ataque a la cima en 1924, junto con su compañero de cordada, Andrew Irvine. El cadáver de Mallory fue encontrado 75 años más tarde, en 1999, por una expedición norteamericana, a una altura de 8.230 metros. Nadie ha sabido si antes de morir alcanzó la cima.
Las dificultades siempre fueron para él un reto. Cuenta su hermana: «Muy pronto comprendí que era fatal decirle a George que a tal árbol no podía subir. La palabra “imposible” le motivaba.»
Las dificultades eran para él el momento de demostrar su valía, lo imposible era para él una invitación a superarse. George Mallory era una persona audaz.
La audacia es una virtud imprescindible para hacer cosas grandes en la vida. Hay personas a las que nada ya les parece demasiado, que ante cualquier dificultad se echan para atrás, que no se lanzan a hacer una cosa hasta que tienen asegurado que no fallarán, se ahogan en un vaso de agua…
No leen en público porque dicen que se ponen nerviosos, no cantan con otros delante por miedo a hacer el ridículo, no se tiran por una pista de esquí algo difícil porque no saben si se caerán… Tienen tanto pánico a fallar, a fracasar, a no ser capaces, tienen tanto miedo a ser vencidos por algo… que se hacen pequeños.
Quizá la falta de audacia se deba a pensar demasiado en uno mismo. Dejarse dominar por el miedo al ridículo, a la equivocación y a no saber hacerlo bien… nos empequeñece y nos hace timoratos e inseguros. En cualquier situación se ponen nerviosos porque se sienten mirados y juzgados continuamente por los otros.
El cristiano necesita ser audaz. Y le resulta fácil: quiere no pensar en sí mismo, y se lanza a hacer lo que venga bien a los demás porque lo que busca es que los demás puedan beneficiarse de lo que él haga. Si se cae, se levanta. Si se equivoca, rectifica. Si lo hace mal, va aprendiendo a hacerlo mejor. No le importa que le miren, porque él quiere servirles lo mejor que sabe, que no es a la perfecciónpero algo es algo. Le importa más la mirada de Dios que la de los demás, y sabe que Dios siempre está «a su favor».
Si somos audaces, entonces Dios cuenta con un buen instrumento: porque Dios es experto en imposibles… Podríamos decir que, como a Mallory en la montaña, a los cristianos nos resultan atractivos los imposibles que Dios pide: lo imposible nos motiva… porque sí son posibles para Dios.
Dios mío, sé que tú me esperas precisamente en esos momentos, cuando las cosas no son tan fáciles. Quiero aceptar retos, y si fallo lo volveré a intentar y así aprenderé. Hazme, Señor, audaz. Que los «imposibles» me inviten a superarme.
Ahora puedes seguir hablando con el Señor con tus propias palabras. Pregúntale si te ve audaz o cobarde, y en qué cosas. Él te escucha y te comprende. Procura terminar con un pequeño propósito.
Julio
8
San Quiliano, obispo y mártir. Siglo 7
Monje irlandés que predicó el evangelio en Franconia (Badén y Baviera) y fue martirizado por velar diligentemente para que se observase la vida cristiana.
La tristeza de san Francisco
Un día, después de hacer oración, san Francisco de Asís se encontraba triste, abatido y lloraba como un niño. Cuando sus seguidores le preguntaron a qué se debía, él respondió que en la oración había visto a mucha gente en las iglesias. «¿Qué tiene eso de malo?», le preguntaron. Él contestó que había visto y oído lo que toda esa gente decía a Dios: «¡Sólo pedían!: Dame dinero y fortuna, o Líbrame de la enfermedad… Sólo pedían.» Aquello le entristeció mucho a san Francisco, porque aquellas personas sólo acudían a Dios porque podía resultarles útil.
Dice un refrán que sólo nos acordamos de santa Bárbara cuando llueve. ¿No es verdad que algo de eso sí que hay en nuestra vida? ¿Puedo encontrarme entre esos que hacían llorar a san Francisco?
Es bueno pedir a Dios. Él es Padre, y si le pedimos es porque sabemos que Él nos quiere, que le importamos, que es todopoderoso y que —hablando humanamente— por nosotros está dispuesto a lo que sea. Es bueno pedirle, y pedirle mucho. De hecho, Jesús en el evangelio nos lo dijo: «Pedid y se os dará.» Y san Agustín dice que es bueno pedir lo que es bueno desear. No hay problema en pedir.
Lo que entristecía a san Francisco no es el hecho de ver que toda aquella gente que llenaba las iglesias pidiese, sino que SÓLO pidiesen, y que TODOS sólo pidiesen. No podemos confundir a Dios con una especie de Administración del Estado, de Oficina de Reclamaciones del Ayuntamiento, con una «Empleada del hogar para nuestros caprichos», o con un sirviente que siempre debe hacer nuestra voluntad. ¡Habríamos confundido a Dios!
«Hágase tu voluntad así en la tierra como en el cielo», nos enseñó a rezar Jesús. Lo primero que tenemos que pedir es que se haga su voluntad; pedir lo que nos parezca que es bueno, pero sabiendo que si su voluntad es otra, que si lo mejor es otra cosa, pedimos que se haga lo que él quiera y que nos ayude a saber aceptarlo, que en la tierra sepamos —sepa yo— sacar todo lo bueno que él Él quiere de eso que es su voluntad. Si, por ejemplo, pido que una persona se cure de una enfermedad, hago bien. Pero he de decirle también que «se haga tu voluntad aquí en la tierra tal y como tú has dispuesto», que esa enfermedad sirva a esa persona y a todos los que están alrededor para alcanzar algo mejor, bienes más altos.
Puedes decirle ahora a Dios lo que sigue, pero dándote cuenta de que le estás hablando y Él te está escuchando
Padre nuestro, que estás en los cielos, hágase tu voluntad así en la tierra como en el cielo. Sí. Seguiré pidiéndote, porque a quién voy a acudir ante mis necesidades sino a ti. Pero no quiero pedirte siempre cosas materiales. Enséñame a pedirte, como un hijo que sabe que su Padre es bueno y siempre le escucha. Y que te pida, sobre todo, que sepamos aceptar tu voluntad; que seamos capaces de abrirnos a todo lo bueno que Tú quieres con esas circunstancias que a nosotros no nos gustan, que no olvidemos que si Tú las permites es para que alcancemos algo mejor.
Julio
9
San Agustín Zhao Rong y compañeros mártires. Siglo XVII-XIX
La Iglesia nos recuerda en este día el martirio en China, fueron un total de 120 los que prefirieron la muerte dando testimonio de su fe en Jesucristo entre los años 1648 y 1930.
El fuego de la pereza
Nos lo cuenta Susanna Tamaro en su libro Anima Mundi: «Un árbol, a lo largo de su vida, puede ser sacudido por un gran número de tempestades. Temporales, trombas de viento, de vendavales de nieve pueden caer sobre él, golpearlo, sacudirlo de un lado a otro sin que pase nada. Cuando, después, vuelve a salir el sol, él sigue estando allí, en medio del prado, con sus ramas majestuosas. Tan sólo el fuego le resulta irresistible, las llamas corren veloces y él no tiene piernas para desplazarse. Alrededor todo crepita, es lamido y devorado, cada pequeño matorral se transforma en una tea. Al final, el fuego llega hasta su tronco, acaricia la corteza, de la corteza sube hasta la copa, quema los nidos y los insectos, reseca la savia y quema ramas y hojas. Habían sido necesarios decenios para que de una semilla brotase aquella forma majestuosa, y, en pocas horas, todo muere. La gran hoguera arde en la noche. Hay calor y luz alrededor, y en lo alto, después de la luz, el humo blanco. Aquella columna de nubes se puede ver a kilómetros de distancia a la mañana siguiente, en medio del claro, sólo queda un muñón negro. (…)
»Había olvidado que soy un arbusto. Creía ser de hormigón, de metal o de amianto, de algo que no podía verse afectado por el fuego. En el momento en que empecé a sentir calor ya era demasiado tarde, yo mismo era la hoguera. Donde quiera que fuese la llevaba conmigo.»
En algunos países, este mes es de mucho sol: ojalá el fuego del sol no queme a nadie. ¿Sabes cuál es uno de los fuegos que arrasa con todo? El de la pereza. El perezoso va destruyendo poco a poco lo que tiene. Hay que evitar que todo el esfuerzo de los meses pasados, con sus trabajos y sus luchas, se pierda.
Dos características del perezoso:
1. Siempre tiene una excusa a mano. Le resulta fácil creerse lo que sea para no moverse: «es mejor después, estoy muy cansado, eso no sirve para nada, da igual hacerlo o no, no tengo por qué hacerlo yo, si lo hago se malacostumbrarán los demás, qué más da dejarlo a medias…» Quien lleva tiempo siendo perezoso se hace un auténtico generador de excusas convincentes.
2. Siempre queda defraudado. El perezoso es un perdedor, y va de perdedor: se arrastra. Sus planes no le cansan pero le aburren. Se priva de cosas formidables por no vencerse en un momento.
Este mes iría bien que declarases la guerra a la pereza. Apaga el incendio antes de que te alcance. Mira con qué energía advertía san Pablo a los primeros cristianos contra la pereza: «El que no trabaja, que no coma. Porque nos hemos enterado de que algunos viven sin trabajar, muy ocupados en no hacer nada.» Sea tiempo de vacaciones o de trabajo, sea fin de semana o martes… no podemos ocuparnos en no hacer nada. Y continúa: «Pues a esos les mandamos y recomendamos, por el Señor Jesucristo, que trabajen con tranquilidad para ganarse el pan. Por vuestra parte, hermanos, no os canséis de hacer el bien» (Filipenses 4, 8-9).
Madre mía, no quiero quemarme, perder lo bueno que Dios me ha dado y lo trabajado durante tiempo… por dejarme engañar por la pereza. Hazme diligente, ágil, emprendedor, ilusionado… Que no me crea ninguna excusa de las que me dé la pereza.
Puedes seguir hablando con Dios. Pregúntale si te ve perezoso, pídele lo que ves que te supera…
Julio
10
San Pedro Vincioli, abad. Siglo X
Presbítero y abad, que reedificó una antigua iglesia dedicada a san Pedro. A ella unió un monasterio en el que, venciendo gran oposición y con gran paciencia, introdujo los usos y costumbres cluniacenses.
¡Sin hermanos… cualquiera!
Leí una antología de cartas de niños a Jesús. Uno escribía: «Jesús, menos mal que no tuviste ningún hermano. Yo tengo uno, y a veces me lo pone difícil.»
Tiene gracia, como si le dijese… «si llegas a tener hermanos, otro gallo hubiese cantado. Claro, sin hermanos, así cualquiera.» Es cierto que hay personas para las que cualquier cosita y circunstancia es como un monte imposible de subir. Cualquier dificultad la consideran insuperable. No se crecen ante las dificultades, sino que se declaran derrotados enseguida, en cuanto ven el escollo. Como ya tratamos otro día, esto tiene que ver mucho con la audacia.
Ser cristiano exige ser audaz. Un ejemplo. Hace pocos años, en un país cristiano pero donde los sacerdotes tienen que atender extensos territorios, un matrimonio joven con un niño de meses fue a confesarse y a misa desde su lejana aldea. Cuando terminan, el sacerdote les despide y se da cuenta de que el niño llora con fuerza. ¿Qué le pasa? Ellos le explican con sencillez que la madre no tiene leche para darle y que habían tenido que caminar durante 24 horas sin comer. El sacerdote, conmovido, les dio alojamiento y comida. Al día siguiente partieron para su aldea.
Pasé un verano en Rumanía, en una zona de pocos católicos. Algunos hacían más de cien kilómetros para confesarse. Se confesaban y volvían.
Un amigo sacerdote estuvo en África. Me contaba que los domingos era frecuente en aquella zona encontrar familias enteras por los caminos que iban a una iglesia en la que se celebraba la misa. Las caminatas eran de más de dos horas de ida y otras dos de vuelta.
San Pablo, un hombre audaz, escribía a los romanos: «¿Quién podrá apartarnos del amor de Cristo?: ¿la aflicción?, ¿la angustia?, ¿la persecución?, ¿el hambre?, ¿la desnudez?, ¿el peligro?, ¿la espada? En todo esto vencemos fácilmente por aquel que nos ha amado» (8, 35-37).
Sí: todo hombre debe ser audaz, pero además los cristianos lo tenemos fácil porque Jesucristo, audaz, nos ha amado y nos ayuda a vencer la cobardía que nos hace rendirnos ante lo difícil.
Quien no es audaz se agarra a excusas que son verdad y son mentira a la vez, porque son dificultades objetivas pero al mismo tiempo tonterías. Lo malo es que se las acaba creyendo: «no tengo tiempo, se me olvida, no es fácil»… son las tres excusas más frecuentes que termina por creerse.
Señor, ¡qué vergüenza siento por las veces que he dicho o pensado que no tenía facilidades para ir a misa o para confesarme, para ser honrado o trabajador, sincero o alegre! ¡Quiero ser audaz! No hay dificultad que no pueda superar… si cuento contigo. Todo lo que Tú esperas de mí puedo hacerlo. Madre, que no viva arrastrándome y asustado por lo que se presenta difícil. Lo difícil es para los hijos de Dios.
Ahora puedes seguir hablando con el Señor con tus propias palabras. Él te ve, te escucha y te comprende. Procura terminar con un pequeño propósito. Después puedes recitar la oración final.
Julio
11
San Benito, Abad, Patrón de Europa y Patriarca del monasticismo occidental. 480-547
Fundó numerosos monasterios y centros de formación y cultura capaces de propagar la fe en tiempos de crisis. Pasaba horas rezando y veía el trabajo como algo honroso, fue un poderoso exorcista y predijo el día de su propia muerte.
Llena la cantimplora
Un viejo suceso. Un grupo de chicos, en pleno verano, deciden organizar una excursión. El día es caluroso, por eso todos van pertrechados con sus cantimploras y abundante líquido. Sin embargo, a media mañana van agotando el agua. Las fuentes por las que pensaban pasar están secas. El verano ha sido duro. Nadie sabe dónde encontrarán una fuente en la que calmar su sed. Ésta empieza a dejarse notar. Comienza el nerviosismo y las primeras quejas. Al cabo de un buen rato, descubren con alegría un hilillo de agua; no es mucho, pero en esas circunstancias es suficiente. Sin embargo, llenar la cantimplora requiere mucho tiempo. Uno de los chicos, el más inquieto, lleva muchos minutos, demasiados para él, esperando a que poco a poco se llene su recipiente. Pero pierde la paciencia y, precisamente, cuando está a punto de llenarse… le da una patada enfadado y derrama toda el agua… Todos le miran. Él se da cuenta de que lo que ha hecho es absurdo.
Perseverar, llegar hasta el final, terminar las cosas, poner las últimas piedras… requiere el esfuerzo de la paciencia. Buena virtud esta para ejercitarnos.
Quien no es capaz de perseverar… vale poco. En uno de los últimos encuentros futbolísticos que he presenciado, mientras un equipo iba ganando todo discurría sin problemas. Pero se ponen por debajo en el marcador por uno, por dos… y entonces un jugador deja de correr, se enfada, no se mueve… El resto del equipo y la poca afición que allí estábamos apoyando nos indignamos con él.
Obligarnos a perseverar hasta el final nos educa a ser pacientes. Y hasta que no se termina, yo no he terminado. Hasta que no se llena la cantimplora, allí estoy yo. Empiezo a ordenar algo, o un campeonato, o un libro, o un trabajo… y continúo hasta concluir. Acostumbrarnos a terminar. Cumplir los compromisos hasta el final: si he dicho que iré, voy; si me apunté para jugar, juego; si yo avisaba a fulanito, le aviso…
San Pablo, cuando escribe a los romanos, al hablarles de Dios les dice que es «fuente de toda paciencia» (Romanos 15, 5). Mil vencimientos pequeños y pedírselo a Él nos darán la virtud de la paciencia. Entonces, sin esfuerzo, seremos perseverantes.
¡En la vida hace falta mucha paciencia! Además, la paciencia hace falta para todo. Una de las obras de misericordia dice que consiste en «sufrir con paciencia los defectos de los demás». Sí: paciencia para perseverar, paciencia para convivir, paciencia para sufrir, paciencia para ser fiel, paciencia para ser eficaz, paciencia para amar… paciencia hasta para llenar una cantimplora.
Señor, Dios de toda paciencia y consuelo, no quiero perder tantas cosas buenas conseguidas con tu ayuda y mi tiempo por flojo, por impaciente, por caprichoso. Tú sí tuviste paciencia, Señor, con cada uno de los apóstoles, con los fariseos… con todos, como la tienes ahora conmigo. Dame, Señor, la virtud de la paciencia.
Ahora puedes seguir hablando con el Señor con tus propias palabras. Él te ve, te escucha y te comprende. Procura terminar con un pequeño propósito de paciencia.
Julio
12
San Juan el Ibérico, abad. Siglo X-XI
Fue un comandante casado pero lo dejó todo y se marchó como monje al Monte Olimpo de Bitinia. Fundó un monasterio en el monte Atos, del que fue abad.
Lleva a tu cocinero
En la prensa has podido leer muchas veces esta noticia: en ciertos acontecimientos deportivos algunos atletas e incluso selecciones enteras llevan al país donde se desarrollan las competiciones sus propios cocineros, sus propios menús e incluso sus propios alimentos. Nadie quiere que otros alimentos o modos de preparar la comida puedan perjudicar a la actuación y al rendimiento de sus deportistas.
Nosotros tenemos que hacer lo mismo en este sentido: los cristianos llevamos nuestro ambiente allá donde vamos, y ese ambiente se nota en que llevamos alegría y paz, empeño por hacer felices a los demás.
Me gustó mucho la carta que recibí de un amigo. Estaba ingresado en prisión. Le cambiaron de cárcel, y me escribía recién llegado. Después de escribir que de algunos cristianos había aprendido a darlo todo por nada, continúa:
«Incluso aquí dentro de prisión yo intento ayudar a compañeros que tienen la maldita enfermedad que padecemos todos y me he metido a vivir en una celda con el compañero que está muy mal, pero en todos los sentidos. Está rebajado y no baja al patio y se está comiendo mucho la cabeza, ha llegado incluso a pensar en el suicidio y desde que llevo aquí, en dos semanas, dándole cariño y compartiendo con él mis ganas de vivir, el chaval ya empieza a comer poco a poco.
»Cuando hace buen tiempo paseamos y sólo con verle reír yo me siento pagado y me llena de alegría, pues yo he pasado por la misma situación. Pero en la calle le comento cómo hablo yo con el Chuchi [así se llama a Jesús], y se ríe cuando le digo que algunas veces al Chuchi le hecho la bronca por haberme puesto otra prueba y la supero pero con picardía. Él me escucha cuando rezo mis oraciones y tengo presente a todas las personas y que al final siempre, por cizañar (cabrearle un poco), pido por él. Me dice que haber cuándo lo hago el primero en la lista y yo le contesto que no es necesario que el sea el primero pues el Chuchi nos tiene a todos por igual. Sólo con esto yo ya estoy pagando a gusto.
»He conseguido haciendo escritos a instituciones penitenciarias para que se lo lleven a Valencia y esté más cerca de su familia y esté mejor atendido, y aunque yo no tenga dinero para fumar ni tomar café, puesto que yo soy indigente, ya me siento a gusto conmigo mismo.»
¿No te parece un testimonio impresionante? Esta carta la he releído muchas veces, y siempre me maravilla. Así es el cristianismo: sea cual sea nuestro pasado Dios sigue amándonos, y nosotros llevamos su paz y alegría a los que tenemos al lado, con toda naturalidad.
Cuento con tu ayuda, Jesús, y con tu imaginación para saber convertir el ambiente en el que estoy en un ambiente cristiano. Que los cristianos llenemos de alegría el mundo. Los demás necesitan encontrarse con nuestra sonrisa. Que no lo olvidemos, Jesús. Que nos ocupemos de hacer la vida agradable a los demás: que por ver sonreír a cualquiera estemos dispuestos a cualquier cosa. Santa María, causa de nuestra alegría, ruega por nosotros.
Ahora puedes seguir hablando con el Señor con tus propias palabras. ¿Llevas tu ambiente, o te sumas al estilo que otros han creado? Él te ve, te escucha y te comprende. Procura terminar con un pequeño propósito.
Julio
13
San Enrique, emperador. Siglo X-XI
La idea principal de su imperio fue la unidad del Santo Imperio romano-germánico y reforzar la influencia de la Iglesia en la sociedad. Como no tuvo herederos, entregó al Señor todos sus bienes y legado.
Todos entran entre un hombro y otro
Son típicos los malentendidos y piques entre amigos. Lógicos, pues somos distintos y todos tenemos nuestro amor propio… Bien ¿y nos perdonamos?
En la universidad tuve un profesor croata, Luka Brajnovic, que había pasado mucho en la vida. Lo que vivió en la guerra era apasionante. Lo publicó más tarde en un libro que tituló Despedidas y encuentros. Allí se lee:
«Una mañana de 1942, Margo (guerrillero comunista en Croacia), entró en una iglesia detrás del sacerdote, Ivo, al que entregó un sobre que contenía —le dijo— una carta de un párroco del pueblo cercano. Cuando Ivo va a abrir el sobre, el terrorista le agredió con un cuchillo. La primera puñalada la dirigió al corazón de su víctima, pero no le mató gracias a la medalla que llevaba en el bolsillo interior de la chaqueta. (…) Con las repetidas puñaladas le causó heridas graves en el vientre y en las manos. (…) Poco después el agresor fue detenido y en el careo ante el juez, D. Ivo —demostrando su perdón— para salvarlo, declaró que no conocía al sospechoso.»
Cada vez que hacemos la señal de la cruz es bueno que recordemos su significado. Marca la altura y la profundidad de la presencia de Dios, la anchura y la largura de la caridad. Quiero decir, cuando alzamos nuestra mano hacia nuestra mente recordamos que vivimos viendo al Padre que se encuentra en lo más alto y profundo, y cuando llevamos la mano de un hombro a otro recordamos que estamos abiertos y amamos a todos los hombres, que sobre nuestros hombros queremos llevar la carga de todos los hermanos.
Hacer la señal de la cruz y tener personas fuera de nuestro corazón, santiguarse y dejar a alguien fuera, hacerse cruces y no hablarse con alguien o desear venganza a otro… es mentir.
Es lógico que se levanten dificultades y bandos dentro del grupo en el que nos movemos, de amigos o familiares. Pero los cristianos tenemos que ayudar: esos problemas no pueden separar; tenemos que unir siempre. Así lo hemos vivido desde el principio: «No devolváis a nadie mal por mal… En vez de eso, si tu enemigo tiene hambre, dale de comer; si tiene sed, dale de beber: así le sacarás los colores a la cara. No te dejes vencer por el mal, vence al mal a fuerza de bien» (Romanos 12, 17-21).
¿Recuerdas al papa Juan Pablo II perdonando a la persona que atentó gravemente contra su vida ese 13 de mayo en la plaza de San Pedro en Roma? Después el mismo Papa nos recordaba que el perdón introduce en el mundo «una nueva forma de relacionarse con los demás, una forma ciertamente fatigosa, pero rica en esperanza. En esto, la Iglesia sabe que puede contar con la ayuda del Señor que nunca abandona a quien, frente a la dificultad, acude a él».
Cada vez que me santigüe, Señor, recordaré que debo estar abierto a todos y unir a todos. Que no entre en las rencillas, en las críticas. Que me repugne la división entre personas. Quiero introducir en el mundo esta nueva forma de relacionarnos. Acudo a ti, Dios mío, no nos abandones, que noten que te sigo porque siempre uno y venzo cualquier asunto que pueda separarnos. Madre de todos los hombres, enséñanos a decir «sí, te perdono».
Si quieres, santíguate despacio y recordando el sentido que tiene. Mira con él si algunas personas no entran entre hombro y hombro.
Julio
14
San Camilo de Lelis, fundador. 1550-1624
Se convirtió y arrepintió de sus pecados tras una vida de adicto al juego. Se ordenó sacerdote y fundó una comunidad de religiosos que se dedicaba a los hospitales, también creó la Comunidad Siervos de los Enfermos.
El flojo, ni asesino ni santo
Lo cuenta el sacerdote Urteaga en el libro Ahora comienzo. Un hombre que se llama Fernando y que está en la cárcel por haber cometido un asesinato. Poco después de haber ingresado en prisión encontró a Dios y cambió radicalmente. Desde la cárcel se escribía con un sacerdote que le aconsejaba sobre su vida.
Poco a poco comenzó una vida nueva. Se confesó después de años sin hacerlo. Se propuso tratar a Dios: se daba cuenta de que era su hijo y de que Jesús había muerto en una cruz por él. Empezó a preocuparse de los demás, a hacer todo el bien que podía dentro de la cárcel. Por ejemplo, convenció a la novia de un amigo suyo que estaba en la cárcel para que no abortase.
Cuando el sacerdote no podía ir a verle, le escribía para animarle y darle consejos. Él le contestaba contándole cómo le iban las cosas. Para que veas lo que es cambiar, lee lo que el asesino Fernando escribía al sacerdote una de esas veces:
«Su carta me ha servido de toque de atención a mi desordenada vida de estos últimos días. Y le aseguro que me he puesto, con fuerza, a sujetar el edificio que se derrumbaba. Nuevamente está bien apalancado y cimentado. Ayer eran las 12.30 de la noche cuando me iba a acostar, después de un día agotador; pero recordé que no había hecho la oración de la tarde. Lo primero que me vino a la imaginación fue acostarme porque, pensé, había trabajado mucho y el Señor no tendría en cuenta esa omisión en mi plan de vida. Me vi dialogando con la tentación, con mi peor y mayor enemigo; pero corté, y me puse a hacer mi meditación.»
¿Has decidido alguna vez, a las 12.30 de la noche, hacer la oración, o cualquier otra cosa que tenías prevista hacer ese día? Esto es ser fuerte. Si me propongo algo, lo hago. Una de las peores enfermedades es la de acostumbrarse a no cumplir los propósitos, que son las órdenes que yo me he dado a mí mismo: si yo me he mandado hacer tal cosa, la cumplo. Nadie me manda proponerme nada, pero si me lo propongo, paso por el aro. Muchos me lo han dicho: están desesperados porque no se hacen caso ni ellos mismos, no pueden dirigir su vida, no saben qué van a hacer porque aunque tienen buenas intenciones luego no se hacen ni caso.
Fernando había sido un asesino, pero ahora se encuentra en camino de santidad. Nos da una buena lección de fortaleza; y porque es fuerte, ama a los demás y a Dios con fuerza, con obras. Al flojo no le da para ser asesino, y tampoco para ser santo. Fernando es fuerte, dirige su vida.
Necesitamos esa fuerza interior: «Que así os fortalezca internamente, para que, cuando Jesús, nuestro Señor, vuelva acompañado de todos sus santos, os presentéis santos e irreprensibles ante Dios, nuestro Padre» (1 Tesalonicenses 3, 12-13).
Ayúdame, Jesús fuerte, a adquirir la virtud de la fortaleza. Si soy blando como un churro no podré amar a nadie, seré inconstante y desordenado, incumpliré los compromisos. No me haré fuerte de un día para otro, pero si cada día hago ejercicios de fortaleza, y tú me das tu gracia para conquistarla, seré fuerte. Que cumpla con lo que me proponga. Así podré servir y servirte, seré capaz de poner a los demás y a ti por encima de lo que me conviene. Santa María, Torre de marfil, ruega por nosotros.
Y ahora sigue tú hablando con tu Padre-Dios. Ésta es la parte más importante: cuéntale y escucha.
Julio
15
San Buenaventura, Obispo y Doctor de la Iglesia. Siglo XIII
Tomó hábito en la Orden Seráfica y estudió en la Universidad de París. Una de sus obras más conocidas es «Comentario sobre las Sentencias de Pedro Lombardo».
Mío, mío, mío
¡Mi dinero, mis tierras, mis posesiones! Cómo corren los «míos» y los «tuyos» en el gran mercado de los poderosos.
¡Mi escudilla, mis harapos, mi miseria!
Cómo vuelan los «míos» y los «tuyos» en el inmenso círculo de los menesterosos.
¡Mis libros, mis amores, mi familia!
Cómo cantan los «míos» y los «tuyos» en el grandioso campo de los trabajadores.
Y en los castillos de los avaros…
Y en las empresas de los ambiciosos.
Los posesivos son el pan de cada día.
Ya no podremos decir que debemos amarnos como hermanos: a lo sumo, como amigos. ¡Si los hermanos se odian por luchas de egoísmo!
Y el rico desprecia dando, y el pobre se humilla extendiendo la mano.
Y dan con el gesto de quien arroja mendrugos a los perros malditos, en sus labios se dibuja la compasión, y es mentira. De sus manos cae el dinero… y chorrea sangre. Hablan de resignación al enfermo, y en su corazón lo desprecian.
Se buscan las ventajas y el brillo, y se ofrece lo que menos cuesta.
Cálculos y enmiendas antes de exclamar «es tuyo».
Todos pretenden ser amigos, pero ¡qué pocos quieren serlo!
La tacañería nos envuelve a todos con sus despojos. Todo lo que tocamos se ensucia con el «mío» y el «tuyo».
También en lo sobrenatural hemos metido el veneno.
De la misma forma que se da a los hombres, con codicia, se ofrece el corazón a Dios.
Para los mezquinos, Dios no es más que el poderoso a quien se acude a arrebatarle unas gracias, un poco de salud, otro poco de dinero, algo de lástima para nuestros dolores… Y así nuestros Sagrarios se llenan de lloros y de penas, de súplicas y lamentaciones. Dios ha dejado de ser el Dios-Amigo.
Parece que nos hemos propuesto, entre todos, tenerle serio a nuestro Dios.
Cuando sufrimos vamos a patalear al templo. Las alegrías las gozamos en hosco silencio, vueltas las espaldas al Señor. ¡Y él, que es amigo de las sonrisas!…
El egoísmo de nuestros tiempos hace que la gente no entienda por generosidad más que limosna (…)
Hoy los cristianos, también los hombres en general, viven con la esperanza de recibir, no sienten la alegría de dar. Por eso no saben lo que es amar. No entienden que para amar hay que darse.
Con muchos cristianos se sigue la misma táctica que con los niños pequeños: hay que prometerles un regalo para que tomen la medicina. Para que den limosna hay que darles teatros, rifas y fiestas. Para que acudan al centro de apostolado —y esto los más generosos— hay que montarles un billar.
¡Que se nos tenga que engañar para cumplir como cristianos!
El que venga al Cristianismo a buscar algo con miras egoístas se debe marchar; no encontrará más que una cruz tosca, hecha para criminales, en la que un Dios le presenta unas manos llagadas, pero abiertas y suplicantes.
En esas manos, los cristianos podemos dejar dinero, libros, inteligencia, trabajo e ilusiones. El rostro de Dios crucificado continúa suplicante. Es que pide el corazón.
«Ofrecéis a vuestros dioses —dice Papini— lo que menos os cuesta: genuflexiones, silabeos, perfumes y cantos; pero raramente sabéis ofrecer vuestra alma y vuestra vida. Vuestro corazón no pertenece a lo eterno, sino que está sujeto al vientre, al sexo, a la codicia ladrona y homicida.»
Generoso llamamos al que se desprende de unas pobres monedas.
¡Qué mezquinos somos los hombres con nuestro Dios!
El mundo compadece a los cristianos que se deciden del todo a ponerse al servicio del Señor. Y los compadece porque está incapacitado —tal es su egoísmo— para comprender el motivo de esas «decisiones».
Y contra esa «compasión» infame tenemos que alzar el grito, porque no podemos consentir que los egoístas sigan entendiendo que son los desengaños los que hacen ir a los hombres por el camino de Dios.
Señor, sólo quiero conjugar el nuestro. Que tenga alergia al mío, para mí, yo, mi, me, conmigo… Que me parezca a ti. Tu personalidad tiene ese rasgo muy marcado. Con egoísmos no es posible parecerse a ti. Gracias, y que no me acostumbre a ir a mi rollo. Madre generosa, ruega por nosotros tus hijos.
Es el momento de que hables con él algunos comportamientos egoístas que te dominan con más frecuencia. Convéncele de que te cambie el corazón progresivamente.
Julio
16
Nuestra Señora del Carmen, patrona de los marineros.
Los Carmelitas han sido conocidos por su profunda devoción a la Santísima Virgen. Los marineros dependían de las estrellas para marcar el rumbo y de aquí viene la siguiente analogía: «La Virgen María nos guía por las aguas difíciles de la vida hacia el puerto seguro que es Cristo».
Una suma con truco: Dame tus pecados
¡Qué lejano parece ese día en que nos propusimos hacer una buena suma este mes, el día 1! ¿Te acuerdas? ¡Han pasado desde entonces tantas cosas! Ahora, a mitad de mes, podemos hacer un poco de balance: ¿Cuál está siendo el resultado de mis sumas? ¿Cuáles son mis sumandos? ¿Estoy haciendo virtudes?
Pero quizá todavía tengamos que descubrir que estas sumas tienen truco: hay días en que habremos sumado cero o casi cero: desorden, mal genio, perder el tiempo, pereza, olvido de Dios… Pero si al final de la jornada nos damos cuenta y movidos por nuestro amor a Dios le decimos «¡Perdóname!», Dios realiza un prodigio: ese 0 se convierte en 10, o en 100, o en 1.000.000, dependiendo de cuál sea mi dolor —dolor de amor—. Porque lo que está claro es que a este Dios bueno, buenísimo, le basta eso para hacer de nuestro 0 una cifra astronómica.
Tenemos que contar con las dificultades y con nuestra debilidad. Hay que pelear. Los que están en el cielo eran como cualquiera de nosotros, no eran de una pasta especial. Tenían nuestras mismas dificultades, estaban sujetos a las mismas leyes, tenían días con el ánimo muy bajo, tenían tentaciones y también días más animados… Y algunos de ellos ofendieron mucho a Dios, fueron unos patanes. Piensa en san Agustín, en san Pablo… Pero ellos fueron sinceros y humildes, reconocieron sus errores y se levantaron. Y fueron santos.
Cuentan que estaba un día san Jerónimo haciendo oración cuando se le apareció el Señor y le dijo:
«Jerónimo, ¿qué tienes para darme?» San Jerónimo, después de pensarlo un poco, le dijo:
«Señor, te ofrezco mis escritos» Tienes que saber que san Jerónimo dedicó muchos años de su vida, día y noche, a la luz de una vela, a traducir toda la Sagrada Escritura al latín, la primera traducción que todavía usamos hoy día. El Señor le respondió:
«No, eso no lo quiero, ¿qué otras cosas tienes?» Con un poco de desconcierto, desarmado, le respondió:
«Señor, te doy mis penitencias» También tienes que saber que el trabajo de la traducción lo hizo viviendo en una cueva, vestido con la piel seca de un animal, con frío, calor, hambre… Y, otra vez, el Señor le dijo:
«No, eso tampoco, ¿qué más tienes?» San Jerónimo, con un profundo desaliento, no sabía qué más había en su vida que fuera digno de ofrecer a Dios; al final le respondió:
«Señor, no sé qué te puedo dar.» Y oyó que le decía:
«Dame tus pecados.»
Así somos los cristianos. La iglesia no es un gimnasio en el que nos ponemos cuadrados por nuestros progresos, sino que somos hombres y mujeres normales que queremos a la persona de Jesús, y que nos duelen nuestros pecados porque Jesús se merece lo mejor, y nos duele que encuentre en nosotros cosas que no le gustan, porque queremos agradarle en todo.
Sí, luchamos, pero esperamos también mucho de él. Y nuestras derrotas con él las transformamos en una pena que nos une todavía más a él.
Concluyendo. Por un lado, vamos a darle nuestros pecados… Es decir, seamos sinceros.
Por otro, no tenemos derecho a quejarnos porque nuestra lucha no haya dado el fruto que esperábamos. ¿No te salen las cosas a la primera? No te desanimes, a los santos no les salían ni a la décima. ¿Cuánto tarda un naranjo desde que se planta hasta que da las primeras naranjas? No lo sé, pero supongo que varios años. ¿Y tú quieres que tus esfuerzos se noten ya mismo…? Tengamos paciencia, que, si seguimos así, se notarán.
Hoy celebramos Nuestra Señora del Carmen, un buen día para poner este deseo en sus manos.
¡Me cuesta tanto darme cuenta de lo bueno que eres! Porque no eres como yo. Señor, ahora en mi vida no hay nada de valor para ti, sobre todo tengo errores y pecados y miserias y cosas sin acabar y propósitos sin cumplir y… tantas cosas que tú conoces perfectamente; pero te ofrezco la pena de no darte lo mejor. Espero que te guste. Es lo que puedo darte y es lo que te doy. Te pido ahora dos favores: que aprenda a pedir perdón, que aprenda a volver a empezar. Ahora comienzo. Ahora comienzo a hacer de hijo pródigo. Nuestra Señora del Carmen, ruega por nosotros.
Y ahora sigue tú hablando con tu Padre-Dios. ésta es la parte más importante: cuéntale y escucha.
Julio
17
San Alejo, laico. Siglo V
Hijo de un senador romano que decidió, por penitencia, mendigar para vivir y para ayudar a otros. Cuando le descubrieron regresó a su casa para vivir como un criado.
Foto robot de la soberbia
«Llegaron a Cafarnaúm y una vez en casa les preguntó: ¿De qué discutíais por el camino? Ellos callaron, pues por el camino habían discutido entre sí quién era el mayor» (10, 33-34). Llevaban ya un cierto tiempo con el Señor; habían visto sus milagros; habían escuchado sus palabras; y, sin embargo, surge entre ellos esa discusión. Seguramente, alguno habría dado a entender que él tenía derechos para estar por encima de los demás, y los otros, ofendidos, se lo habrían discutido…
¡Qué bien comprendemos lo que les sucedía a aquellos apóstoles! ¡Qué humana es la ambición y el egoísmo! Y siempre llevan el mismo acompañamiento: desuniones, riñas, rencores… Como sentencia el libro de los Proverbios (13, 10): «la soberbia sólo ocasiona disputas».
La soberbia es el origen de casi todos los males humanos. Es el vicio que más daña a cada persona y a la sociedad. Consiste en el amor desordenado de uno mismo…
Es un amor desordenado y desmedido, porque uno acaba amándose a sí mismo más de lo que merece, y se tiene por mejor y más digno de consideración de lo que realmente es. Por eso, en el origen de la soberbia —en su núcleo— hay un error, una falsa medida, una mentira sobre sí mismo con la que cada uno se engaña; y que, por su propia naturaleza, crece, ofuscando el entendimiento.
Todos tendemos a considerar con detenimiento nuestras cualidades y a pasar por alto nuestros defectos. Si no estamos atentos, la imagen que de nosotros nos hacemos se embellece injustamente y nos vamos encontrando cada vez más dignos de nuestro propio amor. Apreciamos siempre más, y nos enorgullecemos de nuestras cualidades físicas, de nuestra inteligencia, de nuestros conocimientos, de nuestras acciones, de nuestra experiencia, de los servicios que hemos prestado…, incluso de nuestra piedad. A medida que nos aficionamos a pensar en nosotros y en lo que hacemos, nuestras cualidades se agigantan, mientras se olvidan las miserias y limitaciones que las acompañan…
De este modo, crece la estima que cada uno tiene de sí. El vicio de destacar lo bueno y desconocer lo malo —el engaño sobre sí mismo— llega a ser tan fuerte que se puede acabar perdiendo finalmente toda capacidad crítica y caer en el ridículo. En la sociedad humana, siempre resulta algo grotesca la persona demasiado pagada de sí misma, y que presume ostensiblemente de su altura, de la belleza de sus ojos, del precio de su abrigo, de su ciencia… Los humanos toleramos mal la vanidad del vecino y tendemos a escarnecerla.
Quien siente gran estima de sí tiende a que los demás la compartan. No se conforma con contemplarse y autocomplacerse, sino que desea que también los demás rindan tributo a su perfección. De aquí surge la vanidad, ese afán ridículo de mostrar lo que cada uno considera valioso de sí. El vanidoso se deja llevar por el deseo de distinguirse en lo que sea y, a veces, llega incluso hasta la hipocresía; es decir, hasta el fingimiento, dando a entender que es más rico, más sabio, más hábil o mejor deportista de lo que realmente es. El artificio es tan eficaz que, al final, el mismo hipócrita encuentra dificultad en distinguir lo que es real de lo que ha inventado.
… El que es soberbio no se acuerda de que existen los demás, porque está centrado en sus cosas; consume todas sus energías en satisfacer sus ambiciones o sus caprichos, y esto hace del soberbio —del egoísta— un ser antisocial.
Si está con otros, tiende a hablar de sí mismo —incluso de las propias enfermedades o sueños, si no tiene nada más brillante a que acudir— y a exigir la atención de los demás. A veces, incluso, la provoca artificialmente. Está inclinado a juzgar con severidad a los otros y en todas sus afirmaciones sobre ellos hay una comparación implícita consigo mismo; por eso, suele ser muy crítico con respecto a los que, de alguna manera, le aventajan; y despreciativo y cruel con los que considera inferiores. Esas comparaciones son, además, el origen de la envidia, que va siempre acompañada de inquietudes, de pequeños rencores y, a veces, de bajezas grotescas en el intento de superar a los que le aventajan o de restarles méritos.
De forma sencilla predicaba lo mismo el Cura de Ars: «Una persona orgullosa piensa que todo lo que hace está bien hecho; quiere dominar sobre todos, siempre cree que tiene razón; ella cree que su opinión es mejor que la de los demás. Por el contrario, cuando a una persona humilde y santa se le pide su opinión, la da siempre con serenidad, después de haber escuchado la de los demás. Tengan razón o no, no replicará nada.
»San Luis de Gonzaga, cuando era escolar y le reprochaban algo, no buscaba nunca excusa; decía lo que pensaba, y no se preocupaba de lo que pensaban los otros. Si se equivocaba, se equivocaba; si tenía razón decía: Otras muchas veces me he equivocado.»
¡Ay, Señor, qué bien me va leer acerca de la soberbia y la humildad! De la soberbia porque es como una caja de disfraces que siempre se camufla, parece que no está pero siempre está. Me alegro, Jesús, de reconocer la soberbia en mí, porque quiere decir que la he desenmascarado, la he descubierto detrás de su disfraz, y así puedo rechazarla o al menos pedirte a ti que me ayudes a rechazarla. Y también me alegra leer acerca de la humildad porque así la deseo cada vez más. María, ¡humildad!
Puedes repasar los rasgos descritos en el texto con los que más te identificas para comentarlos con el Señor.
Julio
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Santa Marina, virgen y mártir. 119-139
Hija de un gobernador romano, su madre la rechazó al haber tenido nueve niñas y es acogida por una sirvienta cristiana. Su propio padre será quien más tarde le diga que renuncie a su fe o morirá, pero ella nunca renunció.
¡Cuántos momentos formidables tiene un día cualquiera!
Tengo la suerte de conservar la entrevista que hicieron en la radio a Javier Mahillo, compañero mío de carrera en la Facultad de Filosofía, padre de cuatro niños. Estaba de catedrático en Mallorca. La entrevista se la hacen a propósito del cáncer que padecía: los médicos le dieron seis meses de vida, y se cumplió el pronóstico. Es el testimonio de alguien que redescubre el valor de lo dado:
«Sí, pero cuando no tienes la cuenta del tiempo que te queda, se te va más; o sea, un estudiante que dice: “Bueno… el examen será un día del mes, no sé cuándo; bueno, pues ya iremos estudiando…” Pero cuando dicen: “es pasado mañana”, ya controla el tiempo y dice: “me quedan dos mañanas y dos tardes, y tantas horas, y tal”; y entonces aprovecha más.
»Como a mí el tiempo ya me escasea, lo estoy aprovechando más que antes —también porque me he quitado el dolor, ¡desde luego!—, pero lo estoy disfrutando porque… no sabes, Víctor [así se llamaba el periodista que le entrevista], la diferencia entre vivir pensando que la vida es muy larga —vete a saber qué es lo que me pasará, vete ahorrando para el futuro…—, y vivir sabiendo que me quedan seis meses, y que tengo ya un pie en el cielo, y que tengo un billete ya y que está a mi nombre y que no lo voy a cambiar con nadie. (…)
»Disfruto de la primavera tan bonita que tenemos en Mallorca. Y después el café con leche, y la tostada de mantequilla, y disfruto de mis hijos como nunca he disfrutado.
»—¿Las cosas cotidianas adquieren un nuevo sentido? [pregunta el periodista].
»—Una maravilla; si echáramos cuenta, al cabo del día descubriríamos que hay cincuenta, sesenta, ochenta ocasiones en las que es para decir: ¡Qué gustazo!, ¡qué bien me lo estoy pasando! Lo que pasa es que normalmente las dejamos pasar, porque nos quedamos solamente en lo malo: “es que luego tengo una reunión, es que mañana tengo un examen, es que mi hijo no sé qué…”, y entonces lo malo nos oculta lo bueno. Pero momentos buenos del día… ¡tenemos cincuenta mil!”
Acostumbrarnos a lo dado equivale a maltratarlo. La enorme capacidad que tenemos los hombres para acostumbrarnos a todo adormece el amor y nos hace egoístas. Ante algo que se nos da —pongamos por caso un desayuno, un beso o un saludo, el de esta mañana—, es posible reaccionar pensando:
«Es lo que tenía que hacer; ¿qué tiene de especial, si está obligado a comportarse así?; era lo que yo esperaba, pues es lo habitual entre nosotros; ¡sólo faltaba que no me diese un beso…!»
Pero también se puede reaccionar de esta otra forma:
«¡Qué buena persona, que me ha dado esto! ¡Cuánto me quiere! Pudiendo haber estado en otra cosa, me ha tenido presente…»
Es muy distinto ver las cosas de un modo u otro. La primera reacción deforma, y puede llegar incluso a arruinar la relación; trivializa el don e impide el agradecimiento. Es preciso combatirla.
Quiero, Jesús, vivir disfrutando de los cincuenta mil momentos buenos del día. Ayúdame a ser agradecido, que no menosprecie lo que otros me dan, y lo que tú me das. No permitas que me vuelva cretino. Madre siempre agradecida, ruega por nosotros.
Puedes repasar tantas cosas a las que te has acostumbrado y quizá no valoras. Coméntalo con Él, y agradécele, como dice san Pablo: «Cantad a Dios, dadle gracias de corazón, con salmos, himnos y cánticos inspirados.» Dáselas tú hoy como mejor puedas.
Julio
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San Arsenio, anacoreta. Siglo VI
Era un senador sabio, que tras oír la voz de Dios se marchó con los monjes del desierto. Se hizo muy conocido y han sido enormemente estimados sus dichos y frases breves.
¿Obedecer todavía?
La obediencia es una virtud. Lo digo porque en nuestra época se piensa más bien que es una esclavitud. El Señor vivió esta virtud. De pequeño estaba sujeto a sus padres de la tierra y a su Padre del cielo: «¿No sabéis que debo ocuparme de las cosas de mi Padre?» (Lucas 2, 49). De mayor obedeció hasta la muerte y muerte de cruz. En su oración previa al sufrimiento de la pasión dijo: «Padre, aparta de mí este cáliz, pero no se haga mi voluntad sino la tuya» (Lucas 22, 42) .
El hombre desobedeció a Dios en el paraíso. Dice Mark Twain: «Adán era hombre, eso lo explica todo. No deseó la manzana por la manzana en sí, sino porque estaba prohibida. El error consistió en no prohibirle la serpiente, pues entonces se la habría comido.» No sé si fue así en Adán, pero sí nos ocurre a nosotros que ya estamos algo fastidiados: el espíritu de contradicción. Basta que nos digan algo para preferir lo contrario.
Yo lo he comprobado. Puedo hacer todo un viaje en una postura incómoda sin ningún problema. Pero si a alguien se le ocurriese mandarme que hiciese el mismo viaje en esa postura, me rebelaría, me parecería imposible e insufrible, y seguramente no sería capaz.
¡Qué pena! Pero somos así. Ahora bien, podemos y necesitamos pelear por ganar la virtud de la obediencia: que se nos pueda mandar, que sepamos obedecer, que no se monte un conflicto cada vez que alguien tenga que mandarme algo. Como dejó bien claro santa Teresa de Jesús en el libro de sus Fundaciones: «No hay camino que lleve más rápido a la perfección que el de la obediencia.»
Hay almas que hacen barricadas con la libertad, y ésta se transforma en escudo, en excusa, tienen libertad para dar pero no dan, la guardan para sus egoísmos y así en vez de enriquecerse se empobrecen. Atento a la fina afirmación de san Pedro: «Sin la obediencia, la libertad sería un pretexto para la maldad.» (1 Pedro 2, 16.)
Ojalá recuperemos a la obediencia del desprestigio en el que ha caído. Tenemos que gritarlo: ¡obedecer no va contra la libertad! Cuando obedecemos, descubrimos que es así. Y cuando no obedecemos, experimentamos que es una excusa para la maldad, como dice san Pedro.
Terminamos con estas palabras de Bossuet: «Donde todos hacen lo que quieren, nadie hace lo que quiere; donde nadie manda, todos mandan; donde todos mandan, no manda nadie.»
Jesús obediente, enséñame esta virtud. Que no la vea como un atentado contra mi libertad, sino como un acto formidable de libertad. Sólo el que es libre y se domina, es capaz de obedecer. Santa María, ¡que tus hijos amemos la obediencia!
Puedes comentar con Él los asuntos en los que más te cuesta obedecer, y por qué. Convéncele de que te haga amar la obediencia y de que te acompañe en los primeros pasos.
Julio
20
San Apolinar, obispo y mártir. Siglo I
Discípulo de San Pedro, consiguió muchas conversiones, por ello fue desterrado pero él defendió su fe en diversos lugares hasta la muerte.
Las etapas de montaña… con paciencia
Luka Brajnovic, periodista y profesor croata del que hablamos días atrás, tuvo que huir de su país para salvar su vida en 1945. Dejaba allí a su mujer y su hija que acababa de nacer. Pasaron doce años hasta que pudo volver a encontrarse con ellas. Durante ese tiempo intentó por muchos medios romper esa separación, sin conseguirlo.
En una ocasión, su mujer comentó al funcionario responsable correspondiente por qué no le concedían el pasaporte a ella y el visado de salida del país para poder unirse a su marido. «Mientras esta mujer frecuente abiertamente la Iglesia, y además lleve consigo a su hija, nunca obtendrá el permiso para emigrar», fue la respuesta que recibió. Ella escribió a su marido: «Me aseguran que nunca podré reunirme contigo, por no traicionar lo que me es más sagrado. Pero Dios es más fuerte que ellos.»
¡Qué grandes fueron los dos! Con traicionar su conciencia hubiesen podido vivir juntos. ¡Doce años separados, esperándose! Y la seguridad de que Dios es más fuerte. Así fue. Después pudieron vivir tantos años felices con sus hijos en España. Pero fueron fieles a su conciencia, supieron esperar, tuvieron paciencia. ¡Fueron fuertes!
Si has visto el Tour de Franciao cualquier otra competición ciclista, sabes el paralelismo que mantiene con la vida. Tres semanas de dura competición, los ciclistas recorren miles de kilómetros en etapas llanas o de montaña. Estas últimas son tradicionalmente las grandes etapas, las que levantan mayor expectación. Esos días los ciclistas sufren. Por eso, en ellas se prueba a los deportistas y se decide la victoria final. No deja de ser curioso que precisamente en esos días los espectadores y ciclistas disfruten de los momentos más intensos y que allí se gesten muchos de los grandes episodios del ciclismo.
En nuestra vida recorremos etapas llanas, sencillas, fáciles; las cosas «ruedan» sin contratiempos, e incluso con cierto viento a favor. Pero también hay etapas cuesta arriba en que se hace evidente la pendiente (nuestras pasiones, el ambiente, nuestra pereza, el desánimo, pruebas como la de mi profesor Brajnovic y su mujer). Y esos días son muchas veces los que valen la pena y donde mostramos cuánto valemos. Al terminar esas etapas disfrutaremos de estupendos paisajes y además contamos con ese gran espectador que nos mira y nos aplaude: Dios. En los momentos duros, necesitamos ser fuertes. Lo lograremos si somos fuertes todos los días en pequeñas cosas.
Jesús, ¿de verdad sigo pensando que tengo serias dificultades para tratarte? Durante las temporadas en que se me haga más cuesta arriba el trato contigo, el esfuerzo por vencer la pereza, por ser sincero, ordenado… o lo que sea, quiero brindarte brillantes etapas. Dios mío, disfruta viendo mis esfuerzos. Virgen fuerte, Virgen fiel, Virgen paciente, ruega por nosotros.
Ahora puedes seguir hablando con el Señor con tus propias palabras. Él te ve, te escucha y te comprende. Procura terminar con un pequeño propósito. Después puedes recitar la oración final.
Julio
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San Lorenzo de Brindis, Doctor de la Iglesia. 1559-1619
Ingresó en el convento de los capuchinos de Verona a los 16 años. Conoció a fondo la Biblia, predicó en diversas ciudades de Italia y ayudó en Roma con la conversión de los judíos. También fue nombrado capellán general del ejército.
¡Puedo más!
Llevamos varias horas caminando un día de excursión. Lo que al principio eran suaves pendientes pronto se ha trasformado en fuertes subidas que cansan mucho. Hace más frío. Quizá en esos momentos nos viene a la cabeza machaconamente, una y otra vez: «¡No puedo más!» Pero sólo uno de nosotros se atreve a manifestar con sencillez un curioso pensamiento: «Desde que pienso por primera vez que no puedo más hasta que realmente no puedo más, puedo muchísimo más.» Ingenioso comentario en el que todos nos vimos retratados.
A todos nos pasa en el momento de dificultad: lo más sencillo es decir «no puedo más» y, además, creérselo. Pero realmente también en nuestra lucha personal podemos todavía «muchísimo más».
Sería un buen propósito no decir nunca «no puedo más». Descubrirás el placer de la exigencia y la gozada de conseguir los bienes difíciles: ¡ni comparación con lo facilón!
¿Sabes qué? Que Dios también puede más. Dice san Pablo: «A Dios, que puede hacer mucho más sin comparación de lo que pedimos o concebimos, con ese poder que actúa entre nosotros…» (Efesios 3, 20). Puedes hacer algún pacto con él. Tú no te pararás en el esfuerzo diciendo «no puedo más», y que él tampoco se pare y te dé más de lo que le pidas y de lo que desees.
Dame fortaleza, Señor, para saber superar las dificultades y no dejarme llevar por lo fácil y «por esa extraña compasión» que enseguida siento de mí mismo. Y siempre me viene a la cabeza que verdaderas dificultades son las que Tú has padecido buscando el bien de todos los hombres.
Ahora puedes seguir hablando con el Señor con tus propias palabras. Él te ve, te escucha y te comprende. Procura terminar con un pequeño propósito. Después puedes recitar la oración final.
Julio
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Santa María Magdalena, discípula del Señor. Siglo I
Liberada por el Señor de siete demonios y convertida en su discípula, le siguió hasta el monte Calvario y mereció ser la primera que vio al Señor resucitado en la mañana de Pascua.
Porque amó mucho
Celebramos a uno de los amores más singulares que tuvo conoció Cristo en sus años de vida entre nosotros, la persona de María Magdalena. Esta mujer debió de pasar una temporada de su vida muy apartada de Dios. Se portó mal, parece ser que era prostituta. Y un buen día oyó hablar de Jesús, quizá le contaron algo; o ella misma vio cómo curaba a algún enfermo, y sintió que necesitaba que le curase la enfermedad de su alma. No sabemos qué le ocurrió; pero sí sabemos cómo fue su encuentro con el Señor, muy distinto al del «joven rico». La Magdalena se nos presenta como el gran contraste con el joven rico.
En su interior creció un sentimiento de culpa por su mala vida, de tristeza por transitar por un camino tan equivocado. Buscaba la felicidad y no la encontraba. Nos cuenta el evangelio de hoy que al ver a Jesús descubrió la solución a su problema. Y cuando Jesús se encontraba en casa de Simón el fariseo, que le había invitado a cenar, entró ella en la casa ante el asombro de todos. Se arrojó a los pies de Cristo, comenzó a llorar y, cuando quiso darse cuenta, los pies del Señor estaban empapados por sus lágrimas. En vano intentó secarlos con sus cabellos. Y, por último, derramó sobre ellos un frasco entero de perfume. ¡Qué modo más elocuente de manifestar lo que llevaba dentro! No dijo nada, pero el Señor la entendió perfectamente: «Le son perdonados sus muchos pecados, porque amó mucho»(Lucas 7, 47).
María Magdalena y el joven rico. Una persona que sabe amar y otro que es demasiado egoísta. Una persona (María Magdalena) que primero amó equivocadamente, carnalmente, hasta que se encontró con Cristo; y otro que nunca supo de amor y su vida fue triste. Escoge tú, elige lo que quieres que sea tu vida: amar a Dios y a los demás, o amarte exclusivamente a ti mismo. Darte o vivir egoístamente. Del joven rico no se vuelve a hablar en todo el evangelio. A María Magdalena la vemos abrazada a los pies de la cruz del Señor, y es la primera persona a la que se aparece Cristo resucitado: tanto le quería, que antes que a los apóstoles se le aparece a ella.
Para seguir el camino de la Magdalena necesitamos imitarla: tratar a Jesús, descubrirle como le descubrió ella, ponernos a sus pies, reconocer nuestro corazón enfermo y sucio y pedirle perdón. Después, hacer lo que escribe san Pablo: «Os exhorto, hermanos, a presentar vuestros cuerpos como hostia viva, santa, agradable a Dios; éste es vuestro culto razonable» (Romanos 12, 1-2); sí, es necesario que nuestros cuerpos los convirtamos en ofrenda a Dios. María de Magdala se equivocó, pero cuando conoció a Jesús rectificó.
¿Inviertes en tu vida cristiana? Oración, ser constantes en la oración y en las prácticas de piedad que cada uno nos hayamos propuesto. Puedes pensar cuánto tiempo dedicas en un año al estudio, a la universidad o al trabajo: cuántas horas al día, cuántas a la semana, cuántos meses al año… Y todo porque quieres trabajar y hacer algo interesante en la vida. Ahora piensa cuánto tiempo dedicas a Dios, a formarte como cristiano, si lees libros que dan razón de la fe… Además, él no te va a enseñar precisamente matemáticas o lengua, sino que te va a transformar, algo que importa mucho más que cualquier cosa en el mundo.
Te buscaré, Señor, cada día. No es posible tener relación personal entre dos sin dedicarse tiempo, es verdad… ¡pero a veces me cuesta tanto! Concédenos a nosotros, por la intercesión y el ejemplo de María Magdalena cuya fiesta celebramos, anunciar siempre a Cristo resucitado y verle un día glorioso en el reino de los cielos. Por Jesucristo nuestro Señor. Amén.
Y ahora sigue tú hablando con tu Padre-Dios. Éste es el rato más importante: cuéntale y escucha.
Julio
23
Santa Brígida, fundadora. 1303-1373
De familia rica y casada con un noble, tuvo ocho hijos a los que educó piadosamente. Tras oír la voz del Señor comenzó a vivir pobremente y fundó la Comunidad de San Salvador.
Gracias por el agua
Un audaz aventurero atraviesa durante días muchos kilómetros de desierto. En las últimas doce horas ha comenzado a escasear el agua. Sueña y anhela un poco de agua fría con la que calmar la sed. Un encuentro providencial con una caravana. Los beduinos generosos le dan agua en abundancia. ¡Gracias!, sale muchas veces de su boca. No sabe cómo agradecer ese regalo. Gracias, muchas gracias.
Meses más tarde, a muchos kilómetros, en su apacible casa de una ciudad moderna, ese mismo explorador acaba de levantarse de la cama con la boca algo reseca. Se acerca al grifo de la cocina, el agua sale con fuerza y bebe un vaso de agua fría. No se le pasa por la cabeza, ni remotamente, agradecerle nada a nadie. Es lo normal.
Son tantos los beneficios que recibimos de Dios en nuestra vida, que nos parecen normales hasta el día que nos faltan: salud, amigos, familia, descanso, estas vacaciones. Si nos faltaran… No esperemos a perderlos para agradecérselos a Dios.
Y son tantos los beneficios que hemos recibido de la familia… Así lo cuenta a su amigo el protagonista de una novela:
—Cada par de guantes que he tenido que comprarme, para ir contigo al teatro, llegaba de aquí. Si me compro una silla de montar, ellos no comen carne durante tres meses. Si doy una propina en una fiesta, mi padre no fuma puros durante una semana. Y todo esto dura ya veintidós años. Sin embargo, nunca me ha faltado de nada. En algún lugar lejano de Polonia, en la frontera con Rusia, existe una hacienda. Yo no la conozco. Era de mi madre. De allí, de aquella hacienda llegaba todo: los uniformes, el dinero para la matrícula, las entradas para el teatro, hasta el ramo de flores que envié a tu madre cuando pasó por Viena, el dinero para pagar los derechos de los exámenes, los costes del duelo que tuve que afrontar con aquel bávaro. Todo, desde hace veintidós años. Primero vendieron los muebles, luego el jardín, las tierras, la casa. Después vendieron su salud, su comodidad, su tranquilidad, su vejez, las pretensiones sociales de mi madre, la posibilidad de tener una habitación más en esta ciudad piojosa, la de tener muebles presentables y la de recibir visitas. ¿Lo comprendes?
—Lo siento mucho —dijo Henrik, nervioso y pálido.
—No tienes por qué disculparte —dijo su amigo, muy serio.
Entonces, recordando un atentado en el que casi le mata un bávaro, continúa:
—Cuando aquel bávaro me atacó con la espada desenvainada, cuando se esforzaba por herirme, muy alegremente, como si fuera una broma excelente querer cortarme en pedazos y dejarme inválido por pura vanidad, yo veía el rostro de mi madre, me acordaba de ella, la veía yendo al mercado todas las mañanas, para que la cocinera no le robase un par de monedas, porque un par de monedas diarias significan todo un dinero al final del año, un dinero que me puede mandar a mí en un sobre… En aquel momento habría podido matar de verdad al bávaro, porque él quería hacerme daño por pura vanidad, porque no sabía que el menor rasguño que me hiciese habría sido un pecado mortal contra dos personas de Galitzia que han sacrificado su vida por mí sin decir palabra. Cuando yo doy una propina a un criado en vuestra casa, gasto algo de su vida. Es difícil vivir así —dijo, y se puso muy colorado.
Gracias, Dios mío, por todo lo que me has dado, por mi fe, mi vida cristiana, mis padres, mis amigos, mi salud, mi posibilidad de disfrutar de las vacaciones. ¡Qué buena virtud la de ser agradecidos! Que detrás de todo lo que tengo, recibo y dispongo vea a quien me lo ha dado. Cura el egoísmo que no me permite ver a los demás en lo que me dan. Gracias, Dios mío, muchas gracias.
Ahora puedes seguir hablando con el Señor con tus propias palabras. Él te ve, te escucha y te comprende. Procura terminar con un pequeño propósito. Después puedes recitar la oración final.
Julio
24
Santa Cristina, virgen y mártir
Hija de un gobernador pagano pero otras mujeres le enseñaron vida y obra de Jesucristo. Por lo que el padre, la sometió a sufrimientos de los que la libró el Señor, el padre murió de un sofoco y otros gobernadores le dieron muerte.
Sencillo como la vida misma…
Era sacerdote desde hacía tan sólo unos meses. Iba andando por Bilbao hacia mi casa cuando un coche para a mi altura. Baja la ventanilla una señora y me felicita por ser sacerdote y por ir vestido de sacerdote… Sigo mi camino crecido por dentro. Unas calles más adelante, cinco minutos más tarde, me cruzo con una pareja que a mi paso me insultan diciendo que a ver cuando dejamos de existir, chupópteros de la sociedad que vivimos del cuento. En un rato había oído una cosa y su contraria.
Me acordé del Cura de Ars. Fue seriamente difamado. Más de una vez, algunos amigos le sugirieron que hablase en su defensa. Pero él siempre optaba por callarse y, para dar razón de su silencio, refería una anécdota sacada de su libro favorito, la Vida de los Santos.
«Un santo dijo un día a uno de sus religiosos:
—Ve al cementerio e injuria a los muertos. El religioso obedeció, y al volver le preguntó el santo:
—¿Qué han contestado?
—Nada.
—Pues bien, vuelve y haz de ellos grandes elogios.
El religioso obedeció de nuevo.
—¿Qué han dicho esta vez?
—Nada tampoco.
—¡Ea! —replicó el santo, tanto si te injurian como si te alaban, pórtate como los muertos.»
Tiene razón. Hay una virtud a la que llamamos sencillez que tiene mucho que ver con esto. Quien tiene esta virtud no se complica la cabeza con todas las jugadas de ajedrez posibles si mueve tal pieza: lo que pensará fulano y mengano, su reacción, cómo me calificará… El sencillo hace lo que le parece bien, sólo le preocupa su conciencia, el criterio de Dios. Sabe que un día gusta a uno y otro a otro, pero le da igual. No se arrima al sol que más calienta. Es sencillo como la vida misma: hace lo que le da la gana.
Lo contrario a la sencillez es la complicación del que da vueltas y mil vueltas a cada cosa que dice, o a cada prenda de ropa que se pone, o cada cosa que hace… Antes de telefonear se come la cabeza con lo que va a decir y cómo. Lo que hacen los demás lo mira y remira de todas las maneras posibles imaginando los mil motivos por los que hizo aquello o lo otro.
El sencillo es más amable. Sí. Se nota que es más fresco, auténtico, espontáneo, es más libre. Se mueve sin las tensiones de la complicación. El sencillo atrae.
Dicen que la sencillez es como la guinda del pastel, es decir, una virtud que viene como al final, un adorno que sigue a cierta perfección. Conviene que le pidamos a la Virgen María, ejemplo de sencillez, que nos lleve por este camino que es tan sano para uno mismo, para la salud del alma y de la cabeza, y es tan cómodo para los amigos y familiares… Todos agradecen vivir con gente sencilla.
Jesús, no quiero que haya complicación en mi vida. De hecho la hay, pero cuento contigo para ir alcanzando la virtud de la sencillez. Pondré de mi parte. Tú hazme darme cuenta de mis complicaciones. Gracias. Santa María, ruega por nosotros.
Ahora puedes seguir hablándole y preguntarle si te ve complicado. Ojalá llegues a concretar con Él qué hacer para ser más sencillo.
Julio
25
Santiago, apóstol. Siglo I
Discípulo de Jesús, tuvo mucho amor al Señor y entregó su vida por el evangelio. Presenció la resurrección de la hija de Jairo y la transfiguración en el monte Tabor. Miles de peregrinos lo veneran en Santiago de Compostela.
Almas pueblerinas y magnánimas
Íñigo y Santiago eran gemelos y los pequeños de la casa. Iñi y Santi les llamaban todos. Un día que le tocó a Iñi rezar el Padrenuestro en voz alta: «Padre nuestro, que estás en el cielo, iñificado sea tu nombre…» Pensaba que cada uno tenía que poner su nombre en la oración: su hermano pedía ser santificado y él debía pedir ser iñificado. Hoy celebramos al apóstol Santiago, que sí fue verdaderamente santificado por Dios.
Alguien describía a los santos como personas con boca y manos grandes, muy grandes. Boca para pedir cosas maravillosas y manos para recibir de Dios beneficiosos enormes. Grande en latín se dice «magnus», y de ahí viene el nombre de una virtud de la que no se habla mucho: la magnanimidad, la virtud del ánimo grande, del alma grande.
Hay almas que se hacen pequeñas y almas que crecen. Si seguimos con el latín, pequeño se dice «pusillus», y alma, «anima». A las almas pequeñas se las llama pusilánimes. Sería bueno, durante este mes, hacer ejercicios de magnanimidad y combatir la pusilanimidad.
El magnánimo sueña con ideales, le gusta la aventura, siempre quiere más, prefiere lo «más mejor» y no lo «más cómodo», está abierto a otras formas de pensar y vivir, le preocupa el mundo, se moja en asuntos en los que quizá él no saca ninguna ventaja material pero sí hacen mejor el mundo o favorece a algunos…
Los sueños del pusilánime, sin embargo, no van mucho más allá de que gane su equipo o le inviten a una fiesta. Si las cosas dependen de lo que él haga, se conforma con cualquier cosa: «así está bien, para qué te empeñas en hacerlo de otra manera, con esto basta». Si las cosas las hacen otros, el pusilánime ya se hace algo más exigente: «menuda porquería, para hacerlo así no hagas nada, es un vago, no hay derecho, para eso le pago», protesta. El pusilánime prefiere tratar sólo con los que son y piensan como él, los demás son raros y los evita porque le cuesta estar cómodo con ellos: suele tirar más al grupito cerrado, más o menos amplio pero bastante cerrado. Si no le dan dinero o alguna ventaja no se implica en las cosas: «el mundo es así, no vamos a cambiarlo», o «ya lo hará otro». Vive en su mundito. Su boca y sus manos son pequeñas, pide a Dios por lo suyo y lo que le hará la vida más cómoda, porque su alma está tan empequeñecida que no hay otras preocupaciones. El pusilánime suele ahogarse en un vaso de agua, o nada muy bien pero sólo en su piscinita luciendo músculos.
Necesitamos ser magnánimos si queremos seguir a Cristo y ser sus apóstoles. ¿Cómo va a hacer milagros el Señor a través de un pusilánime? Es imposible. Hoy celebramos la fiesta de alguien que fue magnánimo, seguro. «¿Podéis beber el cáliz que yo he de beber?», preguntó Jesús a él y a su hermano. La respuesta fue contundente y rápida: «Sí, podemos». Eran magnánimos, su espíritu era capaz de emprender cualquier propuesta con tal de hacer algo grande en la vida. Y trajo la fe hasta Galicia, paso a paso: debió de ser algo duro-duro-duro, pero también una aventura formidable, de la que seguimos disfrutando hoy muchos otros, después de siglos. La vida de los magnánimos beneficia a miles de miles de personas: ¡eso siempre!
Tu alma era grande y Dios pudo hacerte apóstol. Sólo podré ser apóstol y llevar a Cristo a todos los rincones del mundo, o de mi país, o de mi ciudad, si mi alma es grande. Que no sea pueblerino en mis peticiones, en mis deseos, en mis sueños… Enséñanos la magnanimidad de Jesús. Madre de los apóstoles, ruega por nosotros.
Ahora puedes seguir hablando con el Señor: quizá puedes preguntarle si te ve magnánimo o pusilánime. Comenta algunos de los rasgos que han salido en el texto en los que te ves retratado. Quizá puedas concretar un punto para cambiar. Después puedes recitar la oración final.
Julio
26
San Joaquín y Santa Ana, abuelos de Jesús
La devoción a los abuelos de Jesús debida al cariño y veneración de los cristianos hacia la Madre de Dios. Sus nombres se conservaron gracias a tradición de los cristianos.
¿Lo importante es participar? ¿Seguro?
Puedes leer el testimonio tremendo de una conversa, Tatiana Goritcheva. Era rusa, y nunca había oído hablar de Dios:
«Desde mi infancia odié todo lo que me rodeaba; odiaba a las personas con sus minúsculas preocupaciones y angustias, más aún, me repugnaban; odiaba a mis padres que en nada se diferenciaban de todos los demás, y que se habían convertido en mis progenitores por pura casualidad. (…) Odiaba hasta la naturaleza con su ritmo eternamente repetido y aburrido, verano, otoño, invierno… Lo único que yo amaba era la soledad absoluta. (…)
»Y en la escuela, por supuesto, sólo se fomentaban las cualidades externas y combativas. Con esto se reforzó aún más mi orgullo, floreciendo plenamente. Mi meta fue entonces ser más inteligente, más capaz, más fuerte que los demás. Pero nadie me dijo nunca que el valor supremo de la vida no está en superar a los otros, en vencerlos, sino en amarlos. Amar hasta la muerte, como únicamente lo hiciera el Hijo del hombre, al que nosotros todavía no conocíamos.»
No sé en qué virtud se podría encuadrar lo de saber ganar y saber perder. Me parece que tiene que ver con muchas virtudes. Está claro que el valor supremo en la vida no está en superar a todos, en vencerlos.
Por un lado dicen que lo importante es participar. No estoy muy de acuerdo. Lo más importante es participar pero intentando ganar, darlo todo, superarse… Participar en una competición sólo para participar es una chapuza. Las competiciones se organizan para medirse, para pelear por la victoria… Eso de dejarse ganar o no poner sangre en el juego es la antivirtud.
Ahora bien, se gane o se pierda… lo importante son las personas. Si el otro gana, me alegro con él porque ha sabido ser mejor, y eso me alegra. No resulta fácil porque estamos calientes por la rivalidad, pero resulta imposible si no se piensa en las personas. Saber ganar y saber perder son consecuencia de mirar ante todo a las personas.
Hoy celebramos la fiesta de los padres de María, san Joaquín y santa Ana. Vamos a acudir a su intercesión.
Quiero aprender a ganar… que quizá sea más difícil que saber perder. Enséñame, Jesús. Si quiero a los demás, si pienso en las personas me costará menos. Como siempre, la clave está en amar. No quiero permitir tener enemigos, ni pequeños ni grandes, ni personas que desprecie porque no «me caen bien», porque siempre pierden… o porque siempre ganan. Madre siempre amable, ruega por nosotros.
Ahora puedes seguir hablando con tus propias palabras: ¿piensas en las personas, en los demás, cuando haces cosas con ellos? Felicita a los padres de María, y procura terminar con un pequeño propósito.
Julio
27
Santa Natalia, mártir. 825-852
Joven de profunda fe que contrajo matrimonio con un hombre de convicciones cristiana, San Aurelio. Ambos junto con otra pareja fueron arrestados por los musulmanes al entrar en una mezquita con la cara destapada.
El optimista y el último significado
El escritor Paulo Coelho nos transcribe este cuento sufí:
«Hace muchos años, en una pobre aldea china, vivía un labrador con su hijo. Su único bien material, aparte de la tierra y de la pequeña casa de paja, era un caballo que había heredado de su padre.
»Un buen día el caballo se escapó, dejando al hombre sin animal para labrar la tierra. Sus vecinos —que lo respetaban mucho por su honestidad y diligencia— acudieron a su casa para decirle cuánto lamentaban lo ocurrido. Él les agradeció la visita, pero preguntó:
»—¿Cómo podéis saber que lo que ocurrió ha sido una desgracia en mi vida?
»Alguien comentó en voz baja con un amigo: “Él no quiere aceptar la realidad, dejemos que piense lo que quiera, con tal que no se entristezca por lo ocurrido.”
»Y los vecinos se marcharon fingiendo estar de acuerdo con lo que habían escuchado.
»Una semana después, el caballo retornó al establo, pero no venía solo: traía una hermosa yegua como compañía. Al saber eso, los habitantes de la aldea —alborozados, porque sólo ahora entendían la respuesta que el hombre les había dado— retornaron a casa del labrador, para felicitarlo por su suerte.
»—Antes tenías sólo un caballo, y ahora tienes dos. ¡Felicitaciones! —dijeron.
»—Muchas gracias por la visita y por vuestra solidaridad —respondió el labrador—. ¿Pero cómo podéis saber que lo que ocurrió es una bendición en mi vida?
»Desconcertados, y pensando que el hombre se estaba volviendo loco, los vecinos se marcharon, comentando por el camino: “¿Será posible que este hombre no entienda que Dios le ha enviado un regalo?”
»Pasado un mes, el hijo del labrador decidió domesticar a la yegua. Pero el animal saltó de una manera inesperada, y el muchacho tuvo una mala caída, rompiéndose una pierna.
»Los vecinos retornaron a la casa del labrador, llevando obsequios para el joven herido. El alcalde de la aldea, solemnemente, presentó sus condolencias al padre, diciendo que todos estaban muy tristes por lo que había sucedido.
»El hombre agradeció la visita y el cariño de todos. Pero preguntó: “¿Cómo podéis vosotros saber si lo ocurrido ha sido una desgracia en mi vida?”
»Esta frase dejó a todos estupefactos, pues nadie puede tener la menor duda de que un accidente con un hijo es una verdadera tragedia. Al salir de la casa del labrador, comentaban entre sí: “Realmente se ha vuelto loco; su único hijo se puede quedar cojo para siempre y aún tiene dudas de que lo ocurrido es una desgracia.”
»Transcurrieron algunos meses y el Japón declaró la guerra a China. Los emisarios del emperador recorrieron todo el país en busca de jóvenes saludables para ser enviados al frente de batalla. Al llegar a la aldea, reclutaron a todos los jóvenes excepto al hijo del labrador, que estaba con la pierna rota.
»Ninguno de los muchachos retornó vivo. El hijo se recuperó, los dos animales dieron crías que fueron vendidas y rindieron un buen dinero. El labrador pasó a visitar a sus vecinos para consolarlos y ayudarlos, ya que se habían mostrado solidarios con él en todos los momentos. Siempre que alguno de ellos se quejaba, el labrador decía: “¿Cómo sabes si esto es una desgracia?” Si alguien se alegraba mucho, él preguntaba: “¿Cómo sabes si eso es una bendición?” Y los hombres de aquella aldea entendieron que, más allá de las apariencias, la vida tiene otros significados.»
Este cuento invita a buscar el último significado de los sucesos y experiencias. Muchas de las cosas que nos suceden las consideramos negativas: una enfermedad, un suspenso, una derrota, la crítica de un amigo, alguien que rompe conmigo, algo que me dicen o corrigen en casa… Sin embargo, hechos parecidos han provocado en otros un cambio positivo formidable. La enfermedad se puede ofrecer a Dios como penitencia, el suspenso me puede espolear a estudiar más y mejor, y la derrota me enseña a no ir tan subidito por la vida… Por el contrario, la salud que es tan buena, puede darme una estúpida seguridad o llenarme de incomprensión con las limitaciones de otros, el éxito puede hacerme cretino, mi belleza puede hacerme vanidoso…
El último significado siempre lo ofrece Dios, y ofrece un significado bueno. El hombre debe encontrarlo en la oración. Por eso dice san Pablo: «Todo es para bien, para aquellos que aman a Dios.» Así es: para quien quiere amar a Dios, todo lo que ocurre es para bien, descubre y acepta el significado que Dios ofrece en cada cosa que ocurre. Pero… hay un pero: necesitamos hacer oración para que Dios pueda darnos a entender lo que significan las cosas, para aceptar lo que nos sucede.
Por eso, los cristianos vivimos siempre con el «Hágase tu voluntad», y ahí está nuestro acierto. Esta voluntad se muestra de muchas maneras y siempre con un sentido positivo. Lo que importa es que lo aceptemos. Así la alegría nunca será insustancial, y el dolor nunca será amargo.
Dios mío, hágase tu voluntad así en la tierra como en el cielo. Que sepamos aceptar todo lo que nos ocurre, y que lo aceptemos amemospara que sea ocasión de recibir lo bueno que desde el cielo nos ofreces. María, como tú le digo ahora: Hágase según tu palabra.
Comenta tranquilamente con Dios lo leído. Después puedes terminar con la oración final.
Julio
28
San Nazario y San Celso, mártires. Siglo I
Nazario, maestro y discípulo de Celso, fue expulsado de Roma. Ambos hicieron milagros y parece ser que lograron librarse milagrosamente la primera vez que fueron condenados, finalmente los decapitaron en Milán.
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En un colegio a la hora del recreo, mientras los alumnos jugaban en el patio, uno de ellos se separaba del grupo y marchaba a la capilla todos los días. El profesor, picado por la curiosidad, optó por seguirle. Descubrió asombrado que allí estaba el niño, en la primera fila de bancos, comiéndose tranquilamente su bocadillo. El maestro le dijo: «¿Cómo se te ocurre comerte el almuerzo aquí?» Y el niño contestó: «Porque Jesús es el único que no me pide nada.»
En ocasiones, las respuestas de los niños contienen una gran sabiduría. Es cierto, Dios no nos pide nada, porque todo lo creado le pertenece. Él es dueño y señor de todo. Todo le pertenece, todo menos una cosa. Existe algo que Dios ha querido que no le perteneciese: nuestro corazón, nuestra libertad. Así es: ha querido que no le perteneciese, y es lo único que nos pedirá. Nos pregunta: «¿Quieres libremente amarme?» Y nosotros somos libres para decir a Dios que sí o que no.
Podemos ser cabezones, o ser patilargos como una avestruz, o tener unas orejas que nos capacitan para hacer sin dificultad vuelo sin motor… pero lo más grande y valioso que poseemos es nuestro corazón, nuestro corazón libre.
Algunos pueden entender la libertad como mera independencia. Se equivocan: ser libre no consiste en ser independiente. ¿Qué es, entonces, ser libre? Libertad es fuerza: la libertad consiste en la fuerza que tengo para elegir los medios para ser feliz. Puesto que el hombre es feliz dando, soy libre en la donación.
Volvamos a la historia del niño. Actuó con «libertad», pero la usó de modo egoísta. Aquel bocadillo no quiso compartirlo con sus compañeros, ni tampoco con el Señor; precisamente iba a la capilla porque Jesús tampoco le pedía un trozo del bocadillo.
¡Qué pena! Aquel niño podía haber aprendido que si daba se enriquecía. Pero prefirió el pan de molde y no el pan eucarístico. Si Jesús se nos presenta en forma de pan es porque quiere darse a cada uno, quiere compartir su vida con la nuestra.
¿Eres de los que comen las golosinas en el baño para que no te pidan? ¿De los que sacan del bolsillo productos «Valiente» porque siempre salen de uno en uno? ¿Eres de los que dicen: «no, es que es el último que me queda»?
¡Compartir, compartir, compartir! En este mes no te aísles con videojuegos, con cascos, o con el televisor. Procura compartir el pan y tu vida con Dios y con el prójimo.
Señor, que como tú te das hecho pan a todos, que yo me dé a los demás continuamente. Como tú nos acompañas desde los sagrarios, que yo acompañe a los que están más solos. Como tú fortaleces con tu pan a los que estamos débiles, que yo fortalezca a los míos con mi comprensión, mi lucha y mi entrega. ¡Quiero vivir vida eucarística!: ¡enséñame a compartir y a disfrutar compartiendo!
Puedes repasar si te identificas con el niño ese en algo, y coméntalo con el Señor.
Julio
29
Santa Marta, hermana de Lázaro y María.
Disfrutó de una especial amistad con Jesucristo. Con sus oraciones pidió la resurrección de su hermano con las siguientes palabras: «Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo, que has venido al mundo».
Disparar a las piernas
Lo habrás visto en muchas películas. Unos prisioneros intentan con esfuerzo huir de su encarcelamiento. Han diseñado varias estrategias y con mucha paciencia, paso a paso, preparan la fuga. Se suceden mil peripecias y consiguen superar no pocos obstáculos. Por fin, saltan la alambrada, a punto de conseguir la libertad. Pero los guardianes, que lo han descubierto, disparan a los fugitivos. No les interesa darles muerte, basta con herirles en las piernas, así no podrán correr y no podrán seguir avanzando.
¡Cuántas son nuestras luchas para salir de la prisión de nuestros defectos: pereza, mal humor, impureza, faltas de caridad! Lo intentamos una y otra vez. En ocasiones, cuando estamos a punto de alcanzar «un poco de libertad» sucumbimos a una trampa que paraliza nuestros movimientos: el desánimo. «Es muy difícil, no puedo, no vale la pena volver a intentarlo»… y volvemos a nuestra prisión sin ánimos para salir de allí. Y dejamos de caminar.
Éste es el peor enemigo que todos tenemos: el desánimo, la desesperanza.
Pero… ¿sabes lo que hay en el fondo del desánimo? Tengo el convencimiento de que el desánimo se introduce en quien quiere hacer de sí mismo alguien grande, y se ha olvidado de que lo interesante es dejar hacer de sí mismo alguien amado a lo grande. Quiero decir: quien se olvida de luchar por amor a Jesús, por gustarle más, por agradarle, por ser mejor instrumento suyo… es fácil presa del desánimo, de los altibajos, de las temporadas tremendamente desiguales.
Es interesante que precisamente hoy que celebramos a santa Marta consideremos esto. Sí, porque «Jesús amaba a María, a su hermana Marta y a su hermano Lázaro», dice el evangelio. Le invitaban a su casa en Betania, le hacían pasar buenos ratos, tenían confianza con él. Así no se cae en la desesperanza.
Tú, Jesús, nos has dicho: «Venid a mí los que estéis cansados y agobiados que yo os aliviaré.» Quiero aprender que tú eres el Camino: cuando las cosas cuesten y me parezca que no puedo, acudiré a ti y seguiré caminando. Quiero que el sagrario sea Betania, donde pasemos juntos buenos ratos y donde te encuentre. Así desterraré de mi vida cualquier desánimo.
Ahora puedes seguir hablando con el Señor con tus propias palabras. Procura terminar con un pequeño propósito. Después puedes recitar la oración final.
Enero
Julio
20
San Pedro Crisólogo, Doctor de la Iglesia. 380-450
Uno de los oradores más famosos de la Iglesia. En predicaciones breves era capaz de resumir las verdades más importantes de la fe. Le formó el obispo Cornelio.
Discreto o metomentodo
Algunos no dan mucha importancia a la pereza porque no se trata de hacer algún mal, sino simplemente de no hacer nada. Pero este pecado tiene consecuencias terribles. La pereza es uno de los pecados capitales y aunque sea el último en importancia es la puerta para que entren todos los demás. Sí, la pereza es puerta. En el perezoso entra de todo.
Quizá te sorprenda que la pereza tenga algo que ver con la indiscreción. El curioso, que va de cotilleo en cotilleo, el correveidile, el metomentodo… normalmente es alguien perezoso.
Una virtud fantástica en la que hoy podemos fijarnos: desear y pedir a Dios la discreción.
Una forma de curiosidad es la del «metomentodo», origen de tantos cotilleos y chismes. Parece un modo de actuar inofensivo: «no hago daño a nadie». Aunque pueda parecer así en algunos casos, siempre hay un damnificado que es el mismo curioso.
Estar en todo, tener la antena echada continuamente, saber la últimadel mundo que tenemos a nuestro alcance, acostumbrarse a fuentes de información de ninguna garantía, juzgar y opinar de cada vecino y pariente próximo y lejano… impide que crezcamos y nos hace cretinos. ¿Por qué?
Porque si resulta difícil acertar en lo que a uno le toca, conseguirlo en lo que a uno no le toca es imposible. Además, en estos casos la verdad es la gran olvidada: la curiosidad acostumbra a relaciones frívolas y superficiales con el mundo y con las otras personas. La verdad es siempre compleja y real; el cotilleo es tan injusto y falso como simple y superficial.
Los chismes y cotilleos nos llevan a estar pensando continuamente en lo que tendrían que hacer o haber hecho los demás, en vez de pensar en lo que tengo que hacer «yo». Tiene gracia lo que predicaba el Cura de Ars:
«¿Qué diría usted de un hombre que trabajase el campo del vecino y dejase el suyo sin cultivo? Pues bien, ¡eso es lo que ustedes hacen! Continuamente hurgando en la conciencia del prójimo, y usted deja su campo sin trabajar.»
Y continuaba: «Cuando la muerte llegue, sentiremos haber pensado tanto en los otros y tan poco en nosotros. ¡Porque somos nosotros quienes deberemos rendir cuentas! Pensemos en nosotros, en nuestra conciencia, que siempre deberíamos mirar como miramos nuestras manos para saber si están limpias.»
Señor, cuando voy de piques, susceptible, curioso o con demasiado cotilleo es que estoy trabajando poco, que no aprovecho el tiempo, que no tengo nada interesante en lo que estoy metido. No quiero este vicio que me haría superficial y vacío. Que trabaje mi campo y deje al vecino en paz. Indiscreto y cotilla no podría seguirte de cerca.
Habla con él lo que veas que te ocurre a ti. ¿En qué querrá él que seas más discreto? Puedes terminar, después, con la oración final.
Julio
31
San Ignacio de Loyola, Fundador de la Compañía de Jesús. 1491-1556
Herido de guerra, se convirtió comenzando una vida de oración y penitencia. Desde entonces comenzó sus estudios de teología, ejerció un fecundo apostolado e impulsó la expansión de su Orden.
Cuatro momentos de san Ignacio de Loyola
Voy a copiar cuatro textos breves de la Autobiografía de san Ignacio, a quien hoy celebramos. En primer lugar cuenta cuando, después de ser herido en la guerra, ya bastante recuperado, se convierte por una casualidad: no hay más que dos libros en la casa en la que se encuentra:
«Mas nuestro Señor le fue dando salud; y se fue hallando tan bueno, que en todo lo demás estaba sano, sino que no podía tenerse bien sobre la pierna, y así le era forzado estar en el lecho. Y porque era muy dado a leer libros mundanos y falsos, que suele llamar de Caballerías, sintiéndose bueno, pidió que le diesen algunos dellos para pasar el tiempo; mas en aquella casa no se halló ninguno de los que él solía leer, y así le dieron un Vita Christi y un libro de la vida de los Santos en romance» (5).
Otro momento: cuenta la primera tentación que sufrió después de recibir enormes gracias para fundar la Compañía de Jesús; es importante ver la decisión con la que lucha, rechaza sin dialogar, corta de entrada:
«… le vino un pensamiento recio que le molestó, representándosele la dificultad de su vida, como que si le dijeran dentro del ánima: “¿y cómo podrás tú sufrir esta vida 70 años que has de vivir?” mas a esto le respondió también interiormente con grande fuerza (sintiendo que era del enemigo): “¡Yo miserable! ¿puédesme tú prometer una hora de vida?” y ansí venció la tentación y quedó quieto. Y ésta fue la primera tentación que le vino después de lo arriba dicho. Y esto fue entrando en una iglesia, en la cual oía cada día la misa mayor y las vísperas y completas, todo cantado, sintiendo en ello grande consolación» (20).
Este tercer texto deja claro que vivía en íntima unión con Jesucristo:
«Muchas veces y por mucho tiempo, estando en oración, veía con los ojos interiores la humanidad de Cristo, y la figura, que le parecía era como un cuerpo blanco, no muy grande ni muy pequeño, mas no veía ninguna distinción de miembros. Esto vio en Manresa muchas veces: si dijese veinte o cuarenta, no se atrevería a juzgar que era mentira. Otra vez lo ha visto estando en Hierusalem, y otra vez caminando junto a Padua. A nuestra Señora también ha visto en símil forma, sin distinguir las partes. Estas cosas que ha visto le confirmaron entonces, y le dieron tanta confirmación siempre de la fe, que muchas veces ha pensado consigo: si no huviese Escriptura que nos enseñase estas cosas de la fe, él se determinaría amorir por ellas, solamente por lo que ha visto» (29).
Por último, mira cómo escribió las Constituciones de la Compañía: pegado a la misa y en oración:
«El modo que el Padre guardaba cuando hacía las Constituciones era decir misa cada día y representar el punto que trataba a Dios y hacer oración sobre aquello y siempre hacía la oración y decía misa con lágrimas. Yo deseaba ver todos aquellos papeles de las Constituciones y le rogué me los dejase un poco, pero él no quiso» (101).
Aprendamos de este gran santo.
Señor, Dios nuestro, que has suscitado en tu Iglesia a san Ignacio de Loyola para extender la gloria de tu nombre, concédenos que después de combatir en la tierra, bajo su protección y siguiendo su ejemplo, merezcamos compartir con él la gloria del cielo.
Puedes seguir ahora hablando con él, y repasa los cuatro momentos contados arriba, y mira cómo imitarle especialmente en uno de ellos. Agradécele sus cuidados y su cercanía durante este mes.
Agosto
Oración inicial de cada día
Señor mío y Dios mío, aquí me tienes,
en tu presencia, unos minutos
en los que quiero estar solo para ti.
Sé que también tú estás ahora solo para mí.
Te adoro, Dios, porque eres bueno y eres Padre.
Gracias por habernos hecho tus hijos.
Que cada día me asombre un poco más
de ser familiar de Dios.
No quiero ser frío contigo ni con los demás.
Quiero ser buen hijo de tan buen Padre,
y buen hermano de todos mis hermanos los hombres.
Así sea.
Oración final de cada día
¿Cómo actuarías hoy, Jesús, si tuvieses
mis manos, mis ojos y mi lengua;
si tuvieses mi energía y mi tiempo,
mi familia, mis amigos y mi trabajo?
Pues hoy te dejo que seas yo:
¡que seas tú quien viva en mí!
Quiero ser tú, el Hijo, que pasa hoy por el mundo:
que transmita tu mirada, tu sonrisa y tu consuelo,
que lleve tu paz, tu ayuda y tu palabra,
que realice tu servicio, tu entrega y tu amor.
Padre, transfórmame todo en Cristo,
dame su espíritu,
para que sea el Hijo entre los hombres.
Amén.
Agosto
1
San Alfonso María de Ligorio, Fundador, Obispo y Doctor de la Iglesia. Siglo XVIII.
De familia noble napolitana, fue un hombre de una personalidad extraordinaria: noble y abogado; pintor y músico; poeta y escritor; obispo y amigo de los pobres; fundador y superior general de su congregación; misionero popular y confesor lleno de unción; santo y doctor de la Iglesia.
¡El mes de los enamorados del amor-tranquilo!
Un día al año se celebra el día de los enamorados. Pero no nos debe despistar este día. Los enamorados no viven siempre entre encendidos sentimientos. Lo más ordinario —por frecuente— es que la relación amorosa se sienta como amor-tranquilo. ¡Y menos mal! Te propongo que este mes celebremos el mes de los enamorados del amor-tranquilo. Me explico.
«Lo más peligroso que podemos hacer —advierte Lewis— es tomar cualquier impulso de nuestra propia naturaleza y ponerlo como ejemplo de lo que deberíamos seguir a toda costa. Estar enamorado es bueno, pero no es lo mejor. Hay muchas cosas por debajo de eso, pero también hay cosas por encima. No se lo puede convertir en la base de toda una vida. Es un sentimiento noble, pero no deja de ser un sentimiento. No se puede depender de que ningún sentimiento perdure en toda su intensidad, ni siquiera de que perdure. El conocimiento puede perdurar, los principios pueden perdurar, los hábitos pueden perdurar, pero los sentimientos vienen y van. Y de hecho, digan lo que digan, el sentimiento de estar enamorado no suele durar. Si el antiguo final de los cuentos de hadas y vivieron felices para siempre se interpreta como y sintieron durante los próximos cincuenta años exactamente lo que sentían el día antes de casarse entonces lo que dice es lo que probablemente nunca fue ni nunca podría ser verdad, y algo que sería del todo indeseable si lo fuera. ¿Quién podría soportar vivir en tal estado de excitación incluso durante cinco años? ¿Qué sería de nuestro trabajo, nuestro apetito, nuestro sueño, nuestras amistades? Pero, naturalmente, dejar de estar enamorados no implica dejar de amar.»
El amor-tranquilo es la forma más frecuente de sentir el amor a lo largo de la vida. Es lo que solemos llamar «quererse». No es propio de una edad determinada, no es sólo la forma de vivir el amor de los viejos; es bueno tender a él desde el principio.
Amar sin enamoramientos, amar sin llamaradas, sin explosiones afectivas; amar sintiendo… sintiendo nada, nada especial, nada más que tranquilidad, paz, estar en mi sitio, estar con quien comparte todo conmigo, con quien quiero hacer feliz, con quien me importa más que yo mismo. De forma expresiva me comentaba una periodista conocida:
«Me parece muy peligroso que algunos se casen sólo porque están enamorados, sin quererse (amor tranquilo) todavía. Si uno/a no ha llegado a aburrirse con uno/a señor/a un poco o un poquito y ha discutido también lo suyo… creo que no debe casarse uno, por si las moscas… No es bueno ir sólo con la nube del enamoramiento, y menos al matrimonio.»
Decía Mounier: «Ya ves, es necesario a cualquier precio que hagamos algo por nuestra vida. No lo que los demás ven y admiran, sino la proeza que consiste en imprimir el infinito en ella.
Sería un error considerar este modo de vivir el amor como algo inferior. El amor-tranquilo tiene su importante papel.
La representación del amor que nos proponen las historias de ficción, en el cine y en la literatura, muchas veces es engañosa y deformada. En la cultura occidental, llevamos más de un siglo presentando el amor como conquista. Lo que se subraya, casi exclusivamente, es el momento pasional. La boda es el final de la película. La idea del amor se reduce, así, al flechazo. Las películas ponen el final en el matrimonio, en el comienzo del compromiso, cuando realmente casi es ahí cuando empieza: en el día a día se irá haciendo verdad.
El flechazo, el enamoramiento, es más bien el proyecto que hay que hacer verdad; esto es, hay que realizar —hacer que sea real—, en el alma y en la vida de los amantes, ese amor. En el amor vivido como amor-tranquilo, en la monotonía circunstancial de lo cotidiano, de lo ordinario, lo voy haciendo verdad.
«¡Felices aquellos cuyos días son todos iguales! —exclama Unamuno—. Lo mismo les es un día que otro, lo mismo un mes que un día, y un año lo mismo que un mes. Han vencido al tiempo; viven sobre él, y no sujetos a él. No hay para ellos más que las diferencias del alba, la mañana, el mediodía, la tarde y la noche; la primavera, el estío, el otoño y el invierno. Se acuestan tranquilos esperando el nuevo día, y se levantan alegres a vivirlo. Vuelven todos los días a vivir el mismo día.»
Quiero, Señor, cuidar mis amores durante este mes. Quiero vivir el mes de los enamorados del amor-tranquilo: ¡cuántas ocasiones tendré! Enséñame a amar así a los míos, a quererles.
Puedes ahora seguir hablando con Dios acerca de cómo vivir este mes. Ponte en sus manos, y convéncele de que te enseñe a amar más y mejor durante las próximas semanas, que te haga descubrir el amor-tranquilo… con cada uno de los de tu familia, con tus buenos amigos.
Agosto
2
Nuestra Señora de los Ángeles, Patrona de Costa Rica. Siglo XVII.
Alrededor del año 1635 una joven mestiza india llamada Juana Pereira se levantó al amanecer para recoger leña, donde descubrió una pequeña imagen de la Virgen tallada en una piedra oscura. Los costarricenses la llaman cariñosamente la «Negrita».
Voy a darles alegría
Copio de una biografía de la madre Teresa de Calcuta:
«Después de sus votos finales, madre Teresa volvió a sus tareas en St. Mary’s con su característico entusiasmo. Volvió a enseñar y a las actividades normales de cada día de una monja de Loreto. Una de sus compañeras destacaba de ella: “Era una trabajadora muy tenaz. Mucho, siempre ocupada en esto o aquello. Nunca quería excusarse de nada, siempre estaba dispuesta”».
Los domingos, solía visitar a los pobres en los barrios míseros. Este apostolado que eligió ella misma le dejó una huella profunda.
«Cada domingo visito a los pobres en los barrios míseros de Calcuta. No les puedo ayudar porque no tengo nada, pero voy a darles alegría. La última vez aproximadamente unos veinte pequeños estaban esperando ansiosamente a su “Ma” (en lugar de madre, así la llaman en bengalí). Cuando me vieron, corrieron a mi encuentro, brincando en un pie. Entré. En ese “para” —así es como se llama aquí a un grupo de casas— vivían doce familias. Cada familia tiene sólo una habitación, de dos metros de largo y un metro y medio de ancho. La puerta es tan estrecha que apenas podía entrar y el techo es tan bajo que no me podía enderezar… Ahora no me asombro de que a mis pobres pequeños les guste tanto su escuela y de que tantos de ellos sufran tuberculosis. La pobre madre no profería ni siquiera una palabra de lamento sobre su pobreza. Era muy doloroso para mí, pero al mismo tiempo estaba muy contenta cuando vi que ellos se alegraban porque les visitaba. Finalmente, la madre me dijo: “¡Oh Ma, venga otra vez! ¡Su sonrisa trajo el sol a esta casa!”»
A sus amigos de Skopje, les reveló la oración que susurraba en su corazón mientras volvía al convento: «¡Oh Dios, qué fácilmente les hago felices! ¡Dame fuerza para ser siempre la luz de sus vidas y así guiarles hacia Ti!» No podía imaginar que en menos de una década más tarde su oración sería respondida: ella dedicaría no sólo su tiempo libre, sino toda su vida a los pobres, llegando a ser un faro para ellos mediante su amor y compasión.
Puede ser un buen propósito para este mes: «voy a darles alegría». Cualquiera de nosotros podría susurrar su misma oración: «¡Oh Dios, qué fácilmente les hago felices! ¡Dame fuerza para ser siempre la luz de sus vidas y así guiarles hacia Ti!» Sonreír, alegrar, acompañar… es un buen modo de gastar el tiempo. Y no a los pobres de Calcuta, sino a hermanos, padres, compañeros, amigos, abuelos, vecinos, primos, todos con los que pase este mes.
Señor, por intercesión de la Madre Teresa te pido que me ayudes a vivir con el propósito de alegrar a los que viven conmigo, alegrar a todos con los que me cruce. «¡Oh Dios, qué fácilmente les hago felices! ¡Dame fuerza para ser siempre la luz de sus vidas y así guiarles hacia Ti!» Así seré buen discípulo tuyo.
Puedes seguir hablándole, quizá comentándole a qué personas puedes alegrar, y qué personas necesitan que les alegres. Pregúntale y pregúntate también si a alguien que quieres le estás haciendo sufrir: ¡es tan frecuente! Pide ayuda a María, y termina con la oración final.
Agosto
3
Santa Lidia, Primera Cristiana Europea. Siglo I.
De Turquía, fue la primera persona del continente europeo en convertirse al cristianismo. Consideraba el trabajo como una forma de conquistar lasantidad y de dar buen ejemplo. Su encuentro con San Pablo y San Lucas llenó su corazón.
Tres defectos de Jesús para ser buen amigo
François-Xavier Nguyen van Thuan fue tomado preso mucho tiempo, años en los que sufrió todo tipo de malos tratos. En la cárcel escribió:
«En la prisión mis compañeros que no son católicos quieren comprender “las razones de mi esperanza”. Me preguntan amistosamente y con buena intención: “¿Por qué lo ha abandonado usted todo: familia, poder, riquezas, para seguir a Jesús? ¡Debe de haber un motivo muy especial!” Por su parte, mis carceleros me preguntan: “¿Existe Dios verdaderamente? ¿Jesús? ¿Es una superstición? ¿Es una invención de la clase opresora?”
»Así pues, hay que dar explicaciones de manera comprensible…
»Primer defecto: Jesús no tiene buena memoria.
»En la cruz, durante su agonía, Jesús oyó la voz del ladrón a su derecha: “Jesús, acuérdate de mí cuando vengas con tu Reino” (Lucas 23, 42). Si hubiera sido yo, le habría contestado: “No te olvidaré, pero tus crímenes tienen que ser expiados, al menos, con 20 años de purgatorio”. Sin embargo Jesús le responde: “Te aseguro que hoy estarás conmigo en el paraíso” (Lucas 23, 43). Él olvida todos los pecados de aquel hombre.
»Algo análogo sucede con la pecadora que derramó perfume en sus pies: Jesús no le pregunta nada sobre su pasado escandaloso, sino que dice simplemente: “Quedan perdonados tus muchos pecados, porque has mostrado mucho amor” (Lucas 7, 47).
»La parábola del hijo pródigo nos cuenta que éste, de vuelta a la casa paterna, prepara en su corazón lo que dirá: “Padre, pequé contra el cielo y contra ti. Ya no merezco ser llamado hijo tuyo, trátame como a uno de tus jornaleros” (Lc 15, 18-19). Pero cuando el padre lo ve llegar de lejos ya lo ha olvidado todo; corre a su encuentro, lo abraza, no le deja tiempo para pronunciar su discurso, y dice a los siervos, que están desconcertados: “Traed el mejor vestido y vestidle, ponedle un anillo en la mano y unas sandalias en los pies. Traed el novillo cebado, matadlo, y comamos y celebremos una fiesta, porque este hijo mío había muerto y ha vuelto a la vida; se había perdido y ha sido hallado” (Lucas 15, 22-24).
»Jesús no tiene una memoria como la mía; no sólo perdona, y perdona a todos, sino que incluso olvida que ha perdonado.
»Segundo defecto: Jesús no sabe matemáticas.
»Si Jesús hubiera hecho un examen de matemáticas, quizá le hubieran suspendido. Lo demuestra la parábola de la oveja perdida. Un pastor tenía cien ovejas. Una de ellas se descarría, y él, inmediatamente, va a buscarla dejando a las otras noventa y nueve en el redil. Cuando la encuentra, carga a la pobre criatura sobre sus hombros (cf. Lucas 15, 47).
»Para Jesús, uno equivale a noventa y nueve, ¡y quizá incluso más! ¿Quién aceptaría esto? Pero su misericordia se extiende de generación en generación…
»Cuando se trata de salvar a una oveja descarriada, Jesús no se deja desanimar por ningún riesgo, por ningún esfuerzo. ¡Contemplemos sus acciones llenas de compasión cuando se sienta junto al pozo de Jacob y dialoga con la samaritana, o bien cuando quiere detenerse en casa de Zaqueo! ¡Qué sencillez sin cálculo, qué amor por los pecadores!
»Tercer defecto: Jesús no sabe de lógica.
»Una mujer que tiene diez dracmas pierde una. Entonces enciende la lámpara para buscarla. Cuando la encuentra, llama a sus vecinas y les dice: “Alegraos conmigo, porque he hallado la dracma que había perdido” (cf. Lucas 15, 89).
»¡Es realmente ilógico molestar a sus amigas sólo por una dracma! ¡Y luego hacer una fiesta para celebrar el hallazgo! Y además, al invitar a sus amigas ¡gasta más de una dracma! Ni diez dracmas serían suficientes para cubrir los gastos…
»Aquí podemos decir de verdad, con las palabras de Pascal, que “el corazón tiene sus razones, que la razón no conoce”. Jesús, como conclusión de aquella parábola, desvela la extraña lógica de su corazón: “Os digo que, del mismo modo, hay alegría entre los ángeles de Dios por un solo pecador que se convierta” (Lucas 15, 10).»
Hasta aquí este sacerdote que más tarde sería nombrado cardenal y predicó unos ejercicios espirituales a Juan Pablo II. Sería bueno que imitásemos estos tres defectos de Jesús para ser buenos amigos de nuestros amigos. Quien no tiene esos defectos, no sabe amar ni sabe tener amigos. Son tres lecciones de quien nos ama y nos llama «amigos».
Gracias, Señor, por llamarme amigo. Voy a repasar estos tres «defectos» tuyos para mejorar como amigo. También los tengo que vivir yo. Que no tenga memoria, que no aplique las matemáticas, que no sepa de lógica. Enséñame a ser buen amigo de mis amigos. Enséñame a amar a quienes me aman y a quienes he comprometido mi amor.
Comenta ahora, con tus palabras, cada uno de ellos. Pídele que cambie tu corazón hasta hacerlo defectuoso como el suyo. Cuenta con María.
Agosto
4
San Juan María Vianney, Cura de Ars. Siglos XVIII-XIX.
De Francia, nació en plena Revolución Francesa, que persiguió el catolicismo. El santo se fugó del ejército napoleónico y fue ordenado sacerdote, pese a no superar las pruebas, por su santidad. Fue párroco de Ars durante 41 años.
En busca del paraíso perdido
Todos buscamos lugares tranquilos y silenciosos donde perdernos y olvidarnos durante unos días del trabajo, del ruido y de las prisas. Buscamos un paraíso.
Paraíso es una palabra originaria del persa que significa jardín. Los árabes dotaban a sus casas de árboles, fuentes y estanques. No se concebía una casa sin el jardín que ofrece sombra para suavizar el ardor del desierto y agua para calmar la sed. Era también un modo de prefigurar lo que esperaban para la otra vida.
Hoy celebramos la fiesta de un hombre enorme: el cura del pequeño pueblo francés llamado Ars. Habló mucho del cielo, y del cielo que ya empieza en la tierra que encontramos en la eucaristía. Decía:
«¡Oh alma mía, qué grande eres! Sólo Dios puede contentarte. El alimento del alma es el cuerpo y la sangre de Dios. ¡Oh hermoso alimento! El alma no puede alimentarse sino de Dios. Sólo Dios puede bastarle. Sólo Dios puede llenarla. Fuera de Dios nada hay que pueda saciar su hambre. Necesita absolutamente de Dios.» Fíjate: no necesitamos placeres del cuerpo, sino llenarnos de Dios.
El cielo, nuestro paraíso, no es un lugar para hacer cosas, es un lugar para contemplar; no es un lugar para correr, es un lugar para mirar. La presencia de Dios lo invade todo, y en Dios se tiene todo, con él la satisfacción es plena, se alcanza la felicidad.
Cuenta la leyenda de san Virila, que fue abad del monasterio de Leyre, que lo pasaba mal porque dudaba seriamente de que estar contemplando a Dios por toda la eternidad pudiese proporcionar la felicidad eterna. O sea, dudaba de que el cielo valiese la pena: estar todo el día mirando a Dios pensaba que sería un aburrimiento. Cuentan que una mañana de primavera Virila salió a dar un paseo por los alrededores del monasterio. Tras sentarse a descansar, le envolvió el canto de un ruiseñor. Ya de vuelta en el monasterio descubrió que todo había cambiado, incluso los monjes. Éstos le contaron que el abad Virila había desaparecido hacía más de trescientos años. En ese momento comprendió lo fácil que resultaría permanecer toda la eternidad en presencia del Creador, cuando el canto de un ruiseñor que había durado tres siglos a él le había parecido un momento delicioso.
Este mes de agosto puede ser un momento propicio para la contemplación. Hay tiempo para relajarse mirando el mar o las montañas durante el día, o las estrellas en las noches claras. Y qué fácil es pasar de las criaturas al Creador y agradecerle tantas maravillas que nos dan la paz. En esa quietud saboreamos instantes de felicidad que quisiéramos prolongar, pero que sólo en el cielo serán verdadera realidad estable.
Volvemos a mencionar al santo cura de Ars. En sus primeros años de sacerdocio exclamaba: «Los pajaritos cantaban en el bosque. Yo me eché a llorar. ¡Pobres animalitos!, Dios os ha criado para cantar y cantáis… ¡El hombre, que ha sido hecho para amar a Dios, no le ama!»
No dejemos de mirar al cielo como hicieron los apóstoles al ver ascender a Jesús. No miremos solamente para ver si va a hacer buen tiempo, miremos porque de alguna manera allí se encuentra Dios. Así viviremos un tiempo de verdadera felicidad.
Busco, Señor, tu rostro. Tu rostro buscaré. Tu cielo es mi alma, el lugar en el que quieres habitar. Instálate en mi alma, Dios mío, y yo te contemplaré. Por intercesión del Cura de Ars, concédenos gozar ya del paraíso aquí en la tierra. Así sea.
Quizá el mejor paraíso para Dios sea el alma del cristiano abierto a su gracia. Habla con él, procura no tener prisa, pregúntale por lo del abad Virila y por el llorodel cura de Ars… Éste es el patrono de los párrocos: pídele por el tuyo: para que sea santo, alegre, estudioso, buen pastor, que llegue a muchos… y sea instrumento para que lleguen vocaciones sacerdotales.
Agosto
5
Nuestra Señora de las Nieves, Advocación Mariana. Siglo IV.
El Papa Sixto III erigió en Roma una basílica sobre el monte Esquilino dedicada a la Santa Madre de Dios. Recibe el nombre de Santa María de las Nieves porque el sitio donde debía construirse quedó señalado de modo milagroso con una fuerte nevada en pleno verano.
Mis palabras son como balones de fútbol
Vale la pena detenernos en esta imagen del Salmo 68. Decimos a Dios:
Que me escuche, Señor, tu gran bondad.
Tu gran bondad, en latín, resulta más gráfico: In multitudine misericordiae tuae, se dice. El adverbiomultitudine nos sugiere multitud, número no contable de elementos. Puede ayudarnos imaginar cualquier multitud, como un gran estadio de fútbol, una numerosísima manifestación, una concentración multitudinaria. Así podemos imaginar la misericordia de Dios: una misericordia multitudinaria, unos sentimientos bondadosos incontables, una multitud con los brazos abiertos gritando «bieeeen»…
Es bueno que sepamos que cada palabra nuestra que dirigimos a Dios entra en la intimidad de Dios. Cada palabra que le dirigimos entra en la multitud de su misericordia, como en el centro de una explanada rodeada de una multitud de buenos sentimientos divinos.
Por eso, con un tranquilo reconocimiento continuamos diciéndole: Yo soy un pobre malherido; Dios mío, tu salvación me levante (v. 30).
¡Qué maravilla! Las consecuencias son extraordinarias: «Miradlo, los humildes, y alegraos, buscad al Señor, y revivirá vuestro corazón. Que el Señor escucha a sus pobres, no desprecia a sus cautivos» (vv. 33-34).
¿Cómo no entender, entonces, que la oración cambia al hombre como ninguna otra cosa? ¿Cómo no asombrarnos ante el poder de la palabra del hombre cuando ésta va dirigida a Dios? ¿Cómo no aceptar que la oración es un laboratorio en que Dios transforma al hombre? ¿Cómo no rendirnos ante la realidad de que el hombre es lo que es su oración? Podríamos decir: tanto oras, tanto vales.
Por esto, los cristianos decimos —gritamos— al mundo, convencidos, lo que ya gritaban y cantaban los judíos a Yavé:Los ojos del Señor miran a los justos, sus oídos escuchan sus gritos.
Cuando uno grita, el Señor lo escucha y lo libra de sus angustias;
el Señor está cerca de los atribulados, salva a los abatidos. (Salmo 33, 16.18-19)
Tal día como hoy, la noche del 4 al 5 de agosto del año 352, la Virgen se aparece en sueños a un patricio romano de nombre Ioannes. Santa María le expresa su deseo de que se construya una iglesia en su honor en el lugar de Roma donde al día siguiente, en pleno verano, nevará. El día 5 Ioannes refiere ese mensaje al papa Liberio, mientras una copiosa nevada cubre de blanco la cumbre del Esquilino, una de las siete colinas romanas. El Papa, acompañado del patricio, traza en el suelo los límites de lo que será la primera basílica romana dedicada a la Virgen. Cada 5 de agosto, todos los años, se evoca aquella singular nevada con una lluvia de pétalos blancos sobre el pavimento de la basílica, y la Iglesia celebra la fiesta de Nuestra Señora de las Nieves.
Madre mía, Nuestra Señora de las Nieves, felicidades. Qué alegría celebrar otro de tus nombres. Danos a todos tus hijos los hombres ser magnánimos. Señor, sé que cada una de mis palabras, cuando te las dirijo, entra en tu interior, como un balón en un estadio de fútbol repleto de aficionados, entra en tu interior abarrotado de tus buenos sentimientos hacia mí. Que no me acostumbre a hablarte. Dame fe en la oración. Sé que tus ojos me miran, que tus oídos me escuchan. Cuando esté abatido, cansado o desanimado, cuando algo me preocupe… gritaré mis angustias, y tú me salvarás. Gracias, Dios mío, por estar tan cerca de mí.
Este mes que estamos procurando cuidar los amores, cuida el amor a Dios y a santa María rezando bien, con tranquilidad. Háblalo hoy con ella.
Agosto
6
Transfiguración del Jesús. Siglo I.
Jesús se transfiguró en el monte Tabor un año antes de su Pasión con la presencia de Santiago, Pedro y Juan. Les dijo que algunos de los apóstoles verían la gloria de Dios antes de morir. También compartieron esta experiencia: Santa Teresa de Ávila, San Juan de la Cruz, Santa Teresita del Niño Jesús y San Pablo.
El cristiano Vidriera
Jesús sí tuvo algún que otro secreto. Hoy celebramos una fiesta al recordar un hecho que fue un secreto de Jesús. Le ocurrió un día que estaba solo con tres de los apóstoles, en una montaña. Al bajar les pidió que no se lo dijesen a nadie. Ese día se transfiguró. Así lo cuenta san Mateo: « En aquel tiempo, Jesús tomó a Pedro, a Santiago y a su hermano Juan y se los llevó aparte a una montaña alta. Se transfiguró delante de ellos y su rostro resplandecía como el sol y sus vestidos se volvieron blancos como la luz. Y se les aparecieron Moisés y Elías conversando con Él. Pedro entonces tomó la palabra y dijo a Jesús: “Señor, ¡qué hermoso es estar aquí! Si quieres haré tres tiendas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías” (Mateo 17)».
¿Qué quiere decir que se transfiguró? Que tras su figura se veía otra cosa: de algún modo se dejó ver su condición de Hijo de Dios en toda su gloria. Una forma de decirlo: su figura se hace transparente, el cuerpo deja de tapar al verdadero sujeto, deja de ocultar a quien es, el Hijo de Dios.
¿Para qué se transfigura? Antes de su pasión, cuando en su cuerpo sólo verán «un gusano herido y medio muerto» que despertará desprecio y repugnancia, quiere hacerles ver a unos pocos que él sí es el Hijo de Dios hecho hombre.
Por otro lado esta fiesta nos recuerda a todos los cristianos que también nosotros debemos ser en la vida como vidrieras, que debemos transparentar que somos hijos de Dios, dejar ver lo que hay tras nosotros: la vida de Cristo, el amor del Padre…
Por último, nos recuerda otra cosa: nuestro cuerpo en el cielo estará libre de las leyes espacio-temporales que aquí lo tienen sujeto. Después de morir, nuestro cuerpo será un cuerpo glorioso como el de Jesús en este momento de la transfiguración y después de su resurrección: un cuerpo que, entre otras cosas, no se corromperá jamás.
Señor, en el cielo diré lo mismo que Pedro: ¡qué bien se está aquí! ¡Que tenga paciencia! ¡Ya llegará ese día! Que durante la vida sea capaz de vivir como una vidriera limpia, que a través de mí pasen tus rayos, ilumines y des calor a través de mi figura. Quiero ser tu vidriera, Señor: ¡transfigúrame!
Ahora puedes seguir hablando con el Señor con tus propias palabras. Él te ve, te escucha y te comprende. Procura terminar con un pequeño propósito. Después puedes recitar la oración final.
Agosto
7
San Sixto II, XXIV Papa. Siglo III.
De origen griego, sucedió al Papa San Esteban. Tuvo una reconciliación con San Cipriano, pero no hubo tiempo para profundizar un diálogo, pues se debió enfrentar a una nueva emergencia: Valeriano desató una segunda persecución contra los cristianos.
Los enamorados
Señora de rojo sobre fondo gris relata de forma biográfica la historia de amor de Miguel Delibes, recuerdos de la vida con su mujer, muerta a los 48 años. Todo el libro es una lección de humanismo y madurez de amor. No aparecen acontecimientos espectaculares, pero sí muchos y frecuentes sucesos modestamente grandiosos. Un ejemplo es éste, en el que evoca los ratos diarios que seguían a la comida:
«En aquellas sobremesas, empleábamos palabras ambiguas, solapadas. Ninguno de los dos éramos sinceros pero lo fingíamos y ambos aceptábamos, de antemano, la simulación. Pero las más de las veces, callábamos. Nos bastaba mirarnos y sabernos. Nada importaba los silencios, el tedio de las primeras horas de la tarde. Estábamos juntos y era suficiente. Cuando ella se fue todavía lo vi más claro: aquellas sobremesas sin palabras, aquellas miradas sin proyecto, sin esperar grandes cosas de la vida, eran sencillamente la felicidad.»
Otro de sus recuerdos nos ayuda a descubrir la grandeza de amar en lo material, cotidiano e insignificante:
«Durante el semestre que pasamos en Washington, en casa de los Tucker, yo comía poco y enflaquecía. No me adaptaba a la comida ni al horario americanos, y tu madre, que conocía mi aprensión, me metía el botón del cuello de la camisa cada cierto tiempo, para que no lo advirtiera. Te parecerá cómico, pero en la clínica (mientras le acompañaba en su enfermedad) no lograba arrancar este recuerdo de mi cabeza. ¿Cómo no valoré antes este detalle? Cuando las cosas de este tenor se están produciendo no les das importancia, las consideras normales. Incluso te parece ridículo el reconocimiento ante los allegados. Pero un día falta ella, se hace imposible agradecerle que te metiese el botón de la camisa y, súbitamente, su atención deja de parecerte superflua para convertirse en algo importante. En la vida has ido consiguiendo algunas cosas pero has fallado en lo esencial, es decir, has fracasado.»
El amor-tranquilo permite disfrutar de emociones más estables, más hondas, más altas. La vida ordinaria resulta llena de sentido por la presencia de este amor.
Necesitamos aprender a apreciar lo esencial. Necesitamos vivir esas épocas de amor en las que «se percibe mejor la arquitectura». Las hojas caen: el árbol se deja ver. Está orientado hacia la altura y sus ramas, como dice Rilke, son «raíces sorbiendo cielo». Se aprecia lo esencial. Qué buen mes para aprender a amar así.
Señor Jesús, enséñanos a amar. Que no confundamos el amor con la pasión. Que sepamos darnos, que los cristianos —cada uno, yo mismo— seamos maestros del amor, que con nuestra vida propaguemos tu mandamiento: amarnos como tú nos has amado. Que seamos detallistas y nos esforcemos por ser ingeniosos al darnos a los demás en detalles aparentemente superfluos; al mismo tiempo, que reconozcamos y valoremos los detalles que tienen con nosotros.
Ahora puedes continuar comentando lo leído con tus palabras. Mira a ver si eres detallista. Después, termina con la oración final.
Agosto
8
Santo Domingo de Guzmán, Fundador de los Dominicos. Siglo XIII.
De origen burgalés, estuvo en el sur de Francia de misionero predicando durante 10 años. Fundó su Comunidad de predicadores en 1216. La gente lo veía siempre con rostro alegre, gozoso y amable. Pasaba noches enteras en oración.
Los otros dos defectos
François-Xavier Nguyen van Thuan continúa:
«Cuarto defecto: Jesús es un aventurero.
»El responsable de publicidad de una compañía o el que se presenta como candidato a las elecciones prepara un programa detallado, con muchas promesas. Nada semejante encontramos en Jesús. Su propaganda, si se juzga con ojos humanos, está destinada al fracaso.
»Él promete a quien lo sigue procesos y persecuciones. A sus discípulos, que lo han dejado todo por él, no les asegura ni la comida ni el alojamiento, sino sólo compartir su mismo modo de vida.
»A un escriba deseoso de unirse a los suyos, le responde: “Las zorras tienen guaridas, y las aves del cielo nidos; pero el Hijo del hombre no tiene donde reclinar la cabeza” (Mateo 8, 20).
»El pasaje evangélico de las bienaventuranzas, verdadero “autorretrato” de Jesús, aventurero del amor del Padre y de los hermanos, es de principio a fin una paradoja, aunque estemos acostumbrados a escucharlo:
»“Bienaventurados los pobres de espíritu…, bienaventurados los que lloran…, bienaventurados los perseguidos por… la justicia…, bienaventurados seréis cuando os injurien y os persigan y digan con mentira toda clase de mal contra vosotros por mi causa. Alegraos y regocijaos, porque vuestra recompensa será grande en los cielos” (Mateo 5, 3-12).
»Pero los discípulos confiaban en aquel aventurero. Desde hace dos mil años y hasta el fin del mundo no se agota el grupo de los que han seguido a Jesús. Basta mirar a los santos de todos los tiempos. Muchos de ellos forman parte de aquella bendita asociación de aventureros. ¡Sin dirección, sin teléfono, sin fax…!
»Quinto defecto: Jesús no entiende ni de finanzas ni de economía.
»Recordemos la parábola de los obreros de la viña: “El Reino de los Cielos es semejante a un propietario que salió a primera hora de la mañana a contratar obreros para su viña. Salió luego hacia las nueve y hacia mediodía y hacia las tres y hacia las cinco… y los envió a su viña”. Al atardecer, empezando por los últimos y acabando por los primeros, pagó un denario a cada uno (cf. Mateo 20, 1-16).
»Si Jesús fuera nombrado administrador de una comunidad o director de empresa, esas instituciones quebrarían e irían a la bancarrota: ¿cómo es posible pagar a quien empieza a trabajar a las cinco de la tarde un salario igual al de quien trabaja desde el alba? ¿Se trata de un despiste, o Jesús ha hecho mal las cuentas? ¡No! Lo hace a propósito, porque —explica—: “¿Es que no puedo hacer con lo mío lo que quiero? ¿O va a ser tu ojo malo porque yo soy bueno?”
»Y nosotros hemos creído en el amor.
»Pero preguntémonos: ¿por qué Jesús tiene estos defectos? Porque es Amor (cf. 1 Juan 4, 16). El amor auténtico no razona, no mide, no levanta barreras, no calcula, no recuerda las ofensas y no pone condiciones.
»Jesús actúa siempre por amor. Del hogar de la Trinidad él nos ha traído un amor grande, infinito, divino, un amor que llega —como dicen los Padres— a la locura y pone en crisis nuestras medidas humanas.
»Cuando medito sobre este amor mi corazón se llena de felicidad y de paz. Espero que al final de mi vida el Señor me reciba como al más pequeño de los trabajadores de su viña, y yo cantaré su misericordia por toda la eternidad, perennemente admirado de las maravillas que él reserva a sus elegidos. Me alegraré de ver a Jesús con sus “defectos”, que son, gracias a Dios, incorregibles.
»Los santos son expertos en este amor sin límites. A menudo en mi vida he pedido a sor Faustina Kowalska que me haga comprender la misericordia de Dios. Y cuando visité Paray-le-Monial, me impresionaron las palabras que Jesús dijo a santa Margarita María Alacoque: “Si crees, verás el poder de mi corazón.”
»Contemplemos juntos el misterio de este amor misericordioso.»
Señor, he creído en tu amor. Que sea aventurero, que me olvide de los criterios económicos con mi familia y con mis amigos. Graba en mi alma que el mejor amigo es quien da la vida por sus amigos, y que así lo viva yo. Que los cristianos enseñemos lo que aprendemos de ti, que enseñemos al mundo qué significa ser amigo.
Coméntale ahora estos otros dos defectos. Pídele que cambie tu corazón hasta hacerlo defectuoso como el suyo. ¿No salen de tu boca frases del tipo «yo he hecho tantas veces y tú…», o «yo he dado tanto y él…»? Pregúntale qué quiere que hagas, y si puedes concreta algo.
Agosto
9
Santa Teresa Benedicta de la Cruz, Monja Mártir. Siglo XIX-XX.
De Breslau, enseñó filosofía durante algunos años y llevó su vida bajo el velo religioso en un tiempo de régimen. Fue desterrada y encarcelada y murió en la cámara de gas del campo de exterminio de Auschwitz (Polonia). Se la considera Virgen de la Orden de las Carmelitas Descalzas.
No me cambio por ningún hijo de millonario
A Andrew Carnegie, uno de los multimillonarios más famosos del mundo en su tiempo, siendo ya muy viejo, asistía a un banquete. En el momento cumbre le pidieron que dijera algo de sí mismo, que explicara alguno de sus buenos recuerdos. Se levantó. Gran expectación. Dijo: «Nací en una familia pobre, y no cambiaría los buenos recuerdos de mi infancia por los de ningún hijo de millonario. ¿Qué saben esos niños de las alegrías familiares, y del inolvidable recuerdo de una madre que es el mejor refugio de muchos hijos, la mejor cocinera, la mejor maestra, la mejor lavandera y, a la vez, la mujer más bonita, más ahorradora, más angelical y más santa de cuantas ha conocido un hombre en su larga vida?»
Es importante, muy importante, que dediquemos tiempo a nuestra familia. Los padres a estar los dos juntos y con sus hijos, los hijos con los hermanos y con sus padres. El grito de «ésta es tu casa y no una pensión» es bueno que se oiga: tenemos que defender a la familia. No es importante dar sólo nivel de vida y cosas que se compran, sino las cosas que enumera el multimillonario Andrew Carnegie del que hemos hablado: ¡tantas alegrías familiares!
También Jesús vivió en una familia. Vino al mundo para salvar a todos los hombres. El Señor vino «para servir y no para ser servido». Jesús realizó su servicio gran parte de su vida en el ámbito familiar. Él era Dios y obedeció a dos criaturas porque en la familia ninguno es más importante que otro. En aquella casa trabajó en tareas que no tenían ningún relieve externo, era la etapa de la vida oculta del Señor. Pero todo eso que se hace en casa, rutinario y monótono pero a la vez necesario, es algo divino.
Puede ser buena cosa poner más esfuerzo en casa durante este mes. Hacer planes familiares, compatibilizar los horarios de unos y otros, descansar juntos, obligarse a encontrarse todos…
Jesús, María y José, que vivamos en nuestras casas como vosotros tres. Que les conozca más, que les dedique tiempo, que busque lo mejor para cada uno, que se lo haga pasar bien a uno y a otro, que cada vez les tenga más cariño, que no me importe sacrificar algo mío personal por el bien de la familia. Gracias, Dios mío, por la familia que me has dado. No quiero recibir de mi familia millones de euros, sino un tierno abrazo. Que redescubra a mi madre. Que redescubra a mi padre. Que me dé a mi familia, santa María.
Puedes repasar el brindis de Andrew y comentar con Dios si piensas lo mismo. Pregúntale, también, qué quiere que cambies en casa, qué puedes hacer… Concreta y agradécele sin cansarte.
Agosto
10
San Lorenzo, Mártir. Siglo III.
De Jaca, fue nombrado diácono por el Papa Sixto II. El Emperador Valeriano publicó un edicto de persecución a los cristianos y arrestaron al Papa y a los diáconos. Al santo mandó que lo quemaran en unas parrillas ardiendo.
Los bienes
Está claro: aquí hay que elegir. Ir a la playa o al monte, seguir en la cama o levantarme, ver en la tele esto o lo otro, poner esta música o aquella… Deseamos lo mejor y estamos obligados a elegir. Pero hay una elección básica, anterior a todas las demás elecciones, la elección entre dos grandes grupos de bienes.
San Pablo elaboró una de las primeras clasificaciones de bienes (cfr. Romanos 8, 1-12); habla de los bienes carnales y de los bienes espirituales. También señala dos modelos de hombres: el hombre carnal y el hombre espiritual. Dependiendo del grupo de bienes que uno elija, el tipo de bien al que nos apuntemos, seremos un hombre u otro.
Es lógico: el hombre tiene cuerpo y espíritu, y los dos elementos actúan. Cada ser humano elige el elemento al que va a dar prioridad, cada uno dice: «yo daré más importancia a los bienes del cuerpo», o dice «yo pondré en primer lugar los bienes del espíritu». Ésta es la primera elección.
Muchos tienen una visión del hombre carnal y gustan mucho y sólo de las cosas carnales, esto es, aquellas cosas que se adhieren a los sentidos externos: comer, beber, dormir, gustar, descansar, etc. Al demonio le interesa esta visión del hombre y la fomenta con la tentación. Lo tiene fácil. Estos bienes son visibles y palpables, están al alcance de la mano; además no hace falta esforzarse ni ser muy listos para conseguirlos. Sin proponérselo, solamente con ponerse, el hombre se coloca en el grupo de los hombres carnales. Casi no hace falta ni ser tentado: el cuerpo nos tira él solito hacia el hombre carnal.
Descubrir los bienes espirituales, sin embargo, ya no es tan fácil. Hace falta proponérselo. No se ven ni se tocan los bienes espirituales. Exigen cierta comprensión y trabajo. Un bien carnal es evidente, no hay que explicarlo; en cambio, un bien espiritual hay que fomentarlo y no se disfruta inmediatamente: una buena copa es más fácil de disfrutar que un buen concierto de rock. Es curioso, pero a pesar de ser más importantes los bienes espirituales, los hombres nos quedamos enganchados con los bienes carnales.
Hay que elegir. El estilo de vida de cada uno depende de esta elección. Unos viven una vida más parecida a los seres animales, otros una vida más cercana a los seres espirituales. La primera es fácil y pobre como la de cualquier mamífero, la segunda es difícil y rica como la de tantos héroes.
Lo carnal es bueno, pero siempre y cuando no sea prioritario: si los bienes carnales son prioritarios no dejan que el espíritu viva, matan el espíritu. Los bienes espirituales son de mayor calidad: tienen valor en sí mismos, son difusivos tanto en extensión como en profundidad, dan una satisfacción que hace desear más. Por el contrario, los bienes carnales son bienes de baja calidad: producen satisfacción pero exclusiva, no se puede compartir con otros; además se gastan y acaban por aburrir. Paradoja de la vida: los bienes carnales se obtienen sin cansancio y acaban por cansar; los bienes espirituales se obtienen con cansancio pero nunca cansan.
Así, si en este mes te dedicas a comer te encontrarás pesado. Si te dedicas a beber perderás el equilibrio. Si te pones al sol te acabarás quemando. Si te dedicas a dormir te perderás el tiempo. ¡No seamos tontos! Aprovechemos las oportunidades que Dios nos da: la inteligencia para saber, la voluntad para luchar, el corazón para amar… Que deseemos saber más, disfrutar de lo bello, ir a por los bienes más altos. Esto no son rollos elevados para poetas o gentes raras: se trata del placer de charlar con alguien, del gustazo de leer un buen libro, del gozo de subir una montaña o de sumergirse por cuevas marinas, del buen rato de acompañar a alguien solo o que sufre, del gozo de estar con Dios…
Elige este mes dar prioridad al hombre espiritual. Como nos dice san Pablo: «Conduzcámonos como en pleno día, con dignidad. Nada de comilonas ni borracheras, nada de lujuria ni desenfreno, nada de riñas ni pendencias. Vestíos del Señor Jesucristo (Romanos 13, 13-14)».
Enséñame, Señor, a elegir los bienes que valen la pena. Así me revestiré del Señor Jesús. ¿Elijo bienes de baja calidad? ¿Sólo disfruto con bienes materiales, con placeres físicos o de alta carga química? ¿Doy prioridad al hombre espiritual? Madre, llévame de la mano, condúceme.
Qué bien si hablas ahora con Dios acerca de lo leído. Pregúntale si te ve más hombre carnal u hombre espiritual. Rectifica lo que veas, haz con él la elección, y confía en su ayuda. Seguro que se te ocurre algún propósito concreto. Puedes terminar con la oración final.
Agosto
11
Santa Clara de Asís, Virgen y Fundadora. Siglo XII.
Discípula de San Francisco, fundó la Orden de Damas Pobres de San Damián (Clarisas). Es la rama femenina de los franciscanos y la gobernó con fidelidad exquisita al espíritu franciscano hasta su muerte.
El periódico de mañana no está escrito ni por Dios
Dos relatos lo explicarán mejor. El primero lo relata Tatiana Goricheva, joven rusa que se convirtió al cristianismo sin haber recibido ninguna formación cristiana. El segundo es de un teólogo alemán, Guardini.
1) Tatiana Goricheva cuenta lo siguiente: «En mi adolescencia tuve una amiga que se quitó la vida a los quince años porque no pudo soportar todo lo que la rodeaba. Al morir dejó escrita una nota que decía: “Soy una persona muy mala”, cuando era una criatura de corazón extraordinariamente puro, que no podía tolerar la mentira y que no pudo mentirse a sí misma. Aquella muchacha se quitó la vida porque descubrió que no vivía como hubiera debido hacerlo y porque de alguna manera había que romper el vacío que a uno le rodea y encontrar la luz. Pero ella no encontró ese camino. Mi amiga era una persona demasiado profunda y extraordinariamente consciente para su edad, y comprendió que también ella tenía en todo una responsabilidad y culpa.
»Hoy, a los veinte años de su muerte, yo puedo expresarlo en un lenguaje cristiano: mi amiga había descubierto su condición de pecadora. Había descubierto una verdad fundamental, a saber: que el hombre es débil e imperfecto; pero no descubrió la otra verdad, que es más importante: la de que Dios puede salvar al hombre, arrancarlo de su condición de caído y sacarlo de las tinieblas más impenetrables. De esa esperanza nadie le había dicho nada, y murió oprimida por la desesperación.»
Los hombres esperamos muchas cosas. Pero la esperanza de los cristianos la llamamos virtud teologal porque tiene que ver con Dios. No es optimismo, sino saber y esperar algo bueno porque Dios está al final. Él estaba al principio creando todo y creándonos a nosotros, pero también está al final de manera que nos acompaña durante toda la vida, y cuida para que alcancemos lo mejor. No sólo es alfa, sino también omega. No sólo es principio, sino también fin.
Sólo Dios no se equivoca cuando nos promete un cielo. Nos da los medios, y nos enseña a mirarle a él, que no falla. «Dios quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad» (I Timoteo 2, 4). Nada está perdido, aunque nos encontremos muy mal y muy tontos y muy sinvergüenzas.
Los hombres no somos Dios, pero sí somos de Dios. A él le pertenecemos, somos de su familia y «quien empezó en vosotros la obra buena, la terminará» (Filipenses 1, 6).
2) El otro relato lo expresa el teólogo Romano Guardini. No es fácil pero sí interesante. Quiere explicar que la Providencia, la voluntad de Dios no es como un periódico que ya está escrito, y que si yo he elegido mal ya no tengo remedio porque mi vida ya no tiene nada que ver con el periódico. Las cosas no son así. Dios cuenta con nosotros. Aunque nos equivoquemos, Dios quiere aprovechar nuestro error y vuelve a disponer todo teniendo en cuenta nuestra equivocación. Siempre cuenta conmigo, nunca tengo motivos para desesperarme, porque él sigue contando conmigo haga lo que haga. Nunca se da la situación de que «esto ya no tiene arreglo». Así lo dice:
«Ante Dios existe siempre un camino. Ocurra lo que ocurra, bueno o malo, la voluntad de Dios lo juzga. Pero a la vez acoge lo ya hecho, y exige el paso siguiente. Y de este modo va todo adelante. Puede que el camino se vaya haciendo a cada paso más áspero y abnegado; lo seguimos cargados con las consecuencias de nuestra culpa o de nuestro yerro. Pero es, sin embargo, verdadero camino. No es una senda trazada ante nosotros y que si la abandonásemos nos encontraríamos con la carencia absoluta de caminos, sino una senda que se está construyendo bajo nuestros pies, partiendo de Dios y haciéndose nueva a cada uno de nuestros pasos.
»Esta voluntad de Dios debe llevar el nombre bellísimo que nos ofrece la Revelación: se llama el Amor del Padre. La voluntad de Dios no es una cosa definitiva y hecha una vez para siempre, sino que acapara mi libertad y mis actividades y vuelve a dirigirse a mí, como algo nuevo cada vez, según la situación concreta en que me hallo.»
Apúntate al segundo relato y no al primero. Disfruta con lo que tienes, pues Dios te lo ha dado, y nunca te desesperes. Mira si tienes cerca algún amigo que haya desesperado con Dios, que se desprecie o se haya dado por perdido, y habla con él diciéndole al oído las palabras de la Escritura: «Espera en el Señor, ten ánimo, sé valiente, espera en el Señor.»
Espero en ti, mi Dios, que eres Alfa y Omega, Principio y Fin. Tú me conoces y cuentas con mis errores. Gracias porque nunca me das por perdido, nunca estropeo tus planes de manera que ya no tenga arreglo. Tú eres mi esperanza: quiero ser valiente y esperar siempre en ti. Querría aprovechar estos días para comentar esto con amigos míos que se hayan dejado ganar por la desesperanza. ¿Con quién quieres que hable?
Dale tiempo para que te responda el Señor. Ojalá supiésemos vivir de acuerdo con su querer, díselo; pero agradécele que puedas vivir solo mirando hacia delante, porque él, Omega y fin, se encarga de abrirnos un futuro nuevo en cada momento.
Agosto
12
Santa Juana Francisca de Chantal, Co-fundadora. Siglos XVI-XVII.
De Francia, se casó con el Barón Christophe de Rabutin-Chantal, de quien tuvo seis hijos. Tras enviudar, conoció a San Francisco de Sales, que fue su director espiritual junto a San Vicente de Paúl.
Hacer bien más que estar bien
Alessandro Manzoni escribe: «El hombre, mientras está en este mundo, es un enfermo que se encuentra en una cama más o menos incómoda, y ve a su alrededor otras camas, bien hechas por fuera, lisas, mullidas: y se figura que en ellas se debe de estar muy bien. Mas si consigue cambiar, apenas se ha instalado en la nueva, empieza, con el peso, a sentir, aquí una paja que lo pincha, allí un bulto que lo oprime: estamos, en suma, más o menos como al principio. Y por eso se debería pensar más en hacer el bien, que en estar bien: y así se acabaría por estar mejor.»
Así es: mejor pensar más en hacer bien que en estar bien. Sin embargo, algunos gastamos todas nuestras energías en estar bien: que no me duela nada, no tener sueño ni hambre, estar distraído y sin esforzarme, descansado y con la piel morena…
La diferencia entre un hombre vivo y un cadáver es que en el primero existe una unidad compuesta y en el segundo una descomposición. En el muerto falta la conexión de los órganos, por lo que se disgregan, se disuelven y se desintegran. Estos órganos no pueden funcionar con independencia porque se necesitan unos a otros. Les falta un hilo conductor: el sistema nervioso, la cabeza.
¿No te parece que hay muchos cadáveres ambulantes? Hombres y mujeres sin cabeza, sin rumbo, como veletas que giran según el viento. Se arriman al sol que más calienta. Imprevisibles, sentimentales, actúan según los gustos del momento. Su norma es lo que les apetece. Sin proyectos, o mejor, sus proyectos dependen del estado de ánimo o de las ganas o de aquel con quien se encuentra en ese momento.
Aunque piensen que son ellos los que deciden, su voluntad no tiene la última palabra: en ellos manda la comodidad, el vicio y el capricho. No se han marcado un camino con meta, sino una vía de escape.
En otras personas el problema no está en la falta de hilo conductor, sino en que han elegido un hilo conductor equivocado. La riqueza, la fama, el poder, destacar en algo… hilos conductores que son vanidad.
Cuentan que Alejandro Magno no era físicamente grande, sino más bien pequeño. Después de su victoria sobre Darío rey de los persas, cuando se sentaba en el trono usaba una mesa de campaña de dicho rey como escabel donde apoyar los pies. Un sirviente del rey derrotado le dijo que aquello no estaba bien, que era una humillación innecesaria para el rey vencido. Éste recibió contestación de uno de los filósofos, llamado Filoto, que acompañaba a Alejandro Magno: «Te equivocas; esto no es una humillación, sino una advertencia. Así se advierte Alejandro a sí mismo que la inestabilidad es condición propia de los imperios de los hombres.»
El buen hilo conductor es el que no se rompe nunca. Un hilo fuerte, más fuerte que la muerte. Sólo el Amor de Dios que es eterno, fiel y grande crea este hilo. En el hombre este amor se traduce en santidad. La santidad no es otra cosa que el Amor de Dios informando toda nuestra vida, todas nuestras acciones: «Ora comáis, ora bebáis, o hagáis cualquier cosa, hacedlo todo para la gloria de Dios» (I Corintios 10, 31) .
Este hilo es sencillo de obtener, porque no se nos pide perfección —somos débiles— sino respuesta al Amor de Dios.
El tiempo libre y las vacaciones no es tiempo para pasarlo sin más, esto sería no tener hilo conductor. Necesitamos ponernos metas, saber qué buscamos. Tampoco nos serviría si los propósitos fuesen simplemente comerciales: comprar, gastar, adquirir, aprender; esto sería tener un hilo conductor erróneo. El buen agosto es el agosto santo, cuando decidimos disfrutarlo contando con Dios, amándole y ofreciéndole todas esas cosas buenas que nos gustan y le gustan.
Santa María, tú pusiste un buen hilo conductor a tu vida. No buscaste «estar bien» sino «hacer bien». Enséñame a vivir así este mes. Quiero que mi hilo conductor sea fuerte, que dé unidad a todo. «Todo para la gloria de Dios»: ése quiero que sea mi lema, como tantas veces escribió tu hijo san Ignacio.
Comenta con Dios cómo te ves: si te mueve más estar bien o hacer bien… y pregúntale qué le gustaría que cambiases. Puedes terminar con la oración final.
Agosto
13
Santos Ponciano e Hipólito, Papa y Presbítero. Siglo III.
Al llegar Ponciano a la Cátedra de Pedro, encontró a la Iglesia dividida por un cisma, cuyo autor era el sacerdote Hipólito. Maximiano mandó que arrestasen a los dos obispos y les condenó a trabajos forzados. Deportados a Cerdeña, se unieron en una misma confesión de fe.
Cuidar los amores
¡Ojo a la soledad durante este mes! La soledad es un teléfono que nunca suena. Nosotros tenemos un teléfono directo con Dios. Pero el hombre puede no usar ese teléfono y entonces no sabe que al otro lado está Dios esperando. También tenemos un teléfono directo con nuestros familiares y con nuestros amigos. Podemos no usar ese teléfono, y aunque nos rocemos con ellos por los pasillos, no saber que están ahí esperándonos. A veces estamos cerca pero realmente estamos lejos. Es decir, estamos rodeados de personas pero estamos solos. La soledad es un teléfono que nunca suena, o mejor, el solitario es quien tiene un teléfono que nunca oye sonar. No es que no suene, sino que él no lo escucha.
Jesús sintió soledad. El Señor en la cruz exclamó: «¡Dios mío, Dios mío! ¿Por qué me has abandonado?» (Mateo 27, 46). Era el grito más dramático, expresaba la misteriosa ausencia del Padre, la ausencia de la divinidad. Cuando el hombre abandona a Dios se encuentra con una cruz sin Jesús; una cruz que no salva, sino que condena a la soledad. Llevar esa cruz es signo de muerte.
Dios está en nosotros, pero nosotros podemos no estar con él. Los nuestros nos esperan y nos necesitan, pero nosotros podemos estar ciegos y sordos para ellos.
Una de las quejas de Dios contra su pueblo era la de tener un corazón de piedra: un corazón duro, indiferente. Un pueblo que le honra con la boca, pero sucorazón está lejos de él. Hay olvidos por falta de memoria, pero hay otros olvidos por falta de amor. Olvidarse de los padres no es problema de memoria. Y olvidarse de Dios, tampoco.
Dios quiere transformar nuestros corazones y convertirlos en corazones de carne, corazones que sepan amar. Como dice san Gregorio: «Pues el alma de un hombre que no busca a su Creador es dura, porque permanece fría en ella misma. Pero en cuanto se apodera de ella el ardiente afán de seguir al Amado, se apresura hacia él, derritiéndose en el fuego del Amor.» El corazón duro no siente, no sufre, y fácilmente se olvida. El corazón tierno es sensible, ama, se duele, recuerda y se acuerda.
La imagen del corazón de Jesús traspasado por una lanza que mana sangre y agua es significativa. Un corazón vibrante es un corazón golpeado, es el pinchazo del amor que siempre se nota. Aunque la comparación es algo mala, me gusta: del mismo modo que el dolor de estómago indica haber comido excesivamente, el dolor de corazón indica estar amando generosamente. Más lacerante que la herida física es la herida moral. El sufrimiento de Jesús era sufrimiento de amor. Así nos conquistó.
El Señor con su corazón traspasado nos hizo hijos suyos. Los hombres que le vieron creyeron en Él, porque todos creen en el amor. Este mes sería bueno que pidamos a Dios un corazón de carne, que nos traspasen a nosotros las necesidades de los demás, que veamos y oigamos lo que nos dicen aun sin palabras… que nos conceda un corazón tierno al que le afecten las cosas de los demás. Este mes podemos aniquilar la soledad cuidando nuestros amores.
En el amor no hay vacaciones. Es más, las vacaciones son formidables para cuidar los amores. Dedícales tiempo. Sería una tontería en estos días olvidarse de Dios, dejar de rezar, no perder tiempo con la familia, no dedicar tiempo a amigos… y a personas abandonadas y que sufren la soledad por culpa de los demás.
Dame, Señor, un corazón tierno y puro. Este mes quiero aprender a cuidar mis amores, a dedicarles tiempo, a estar sensible a sus necesidades. Que aprenda a amar. Y quiero acompañar a quienes viven solos por enfermedad o por el motivo que sea. Que escuche las llamadas que recibo a «mi teléfono»… y rompa mi soledad. ¡Son tantas las llamadas perdidas que no oigo!
Puedes preguntar a Jesús cómo hacer en concreto por descubrir las llamadas que recibes. Comenta tu soledad y pídele que te cure tu corazón… como el leproso le pidió que le curase de su lepra.
Agosto
14
Santa Atanasia de Egina, Viuda. Siglo IX.
Habiéndose casado por no disgustar a sus padres, perdió a su marido a los 16 días de su boda. Vendió cuanto poseía, y se retiró a un lugar solitario, donde edificó celdas que ocuparon algunas santas vírgenes que se pusieron bajo su dirección.
Un estilo de vida que decide… ¿quién?
«Alguien —o el viento—, de pronto, te arroja a la corriente de un río: gracias a la materia de que estás hecho, en vez de hundirte, flotas; eso ya te parece una victoria y por tanto, INMEDIATAMENTE, empiezas a viajar, te deslizas veloz según la dirección que te impone la corriente; de vez en cuando, a causa de alguna maraña de raíces, o de alguna piedra, te ves obligado a detenerte; allí permaneces un rato, golpeado por las aguas agitadas; después el agua sube y te libera, avanzas nuevamente; cuando la corriente es tranquila te mantienes en la superficie, cuando hay rápidos el agua te sumerge; no sabes hacia dónde estás yendo ni te lo has preguntado nunca; en los trechos más tranquilos tienes ocasión de observar el paisaje, las riberas, los matorrales; más que los detalles, ves las formas, los colores, vas demasiado rápido para ver más; después, con el tiempo y los kilómetros, las riberas son cada vez más bajas, el río se ensancha, todavía tienes márgenes, pero por poco tiempo. “¿Adónde estoy yendo?”, te preguntas entonces, y en ese momento se abre ante ti el mar.
»Gran parte de mi vida ha sido así. Más que nadar he manoteado desordenadamente.»
Esto escribe un protagonista de la novela Donde el corazón te lleve. Es posible que nos ocurra lo mismo.
Explicaba el cardenal Ratzinger en una conferencia qué significa «convertirse». Convertirse no significa únicamente «cambiar de religión», sino algo muy distinto que necesitamos hacer todos bastantes veces en la vida. Escribe: «Convertirse es dejar de vivir como viven todos, dejar de obrar como obran todos, dejar de sentirse justificados en actos dudosos, ambiguos, malos, por el hecho de que los demás hacen lo mismo; comenzar a ver la propia vida con los ojos de Dios; por tanto tratar de hacer el bien aunque sea incómodo; no estar pendiente del juicio de la mayoría, de los demás, sino del juicio de Dios. En otras palabras, buscar un nuevo estilo de vida, una nueva vida.»
¡Caramba! Estos días, cuando quizá algunos con quienes pasamos mucho tiempo, tienen otros planteamientos acerca del tiempo libre, del trato con amigos/as, del gasto del dinero, de la diversión…, a lo mejor vemos que tenemos que convertirnos. Nosotros no tenemos que vivir como la mayoría o hacer depender nuestro modo de comportarnos del juicio de los demás.
¡Qué gran reto para cada uno de nosotros buscar y encontrar un «nuevo estilo» en mi tiempo libre!: aprovechamiento del tiempo, ayudar a los demás, leer, dedicar más tiempo a alguien que lo necesite, deporte, mantener el trato con Dios… No conviene que nos lleve la corriente. Sea cual sea la circunstancia en la que nos encontremos, debemos nadar, ir en una dirección determinada, evitar que nos arrastre la corriente.
¿Vives tú tu propia vida, o te la viven los demás? El estilo de tu vida tienes que marcarlo tú: para eso conviértete todas las veces que haga falta. Y no olvides que los cristianos tenemos un estilo de vida que nos lleva a pasarlo muy bien, a ser los que más disfrutamos de las cosas, a divertirnos mucho… pase lo que pase.
Jesús, tú viviste treinta años en la tierra. Fuiste joven como yo. ¿Cómo fueron tus tiempos libres? ¿Cómo te comportarías si estuvieras viviendo en mis circunstancias? ¿Con mis padres, con mis amigos, con mis hermanos? Señor, voy a hablar contigo un rato sobre esto, porque es importante para mi vida.
Déjate preguntar por él, también para que te diga lo que piensa: ¿Nadas dirigiendo tu vida, buscando ir a alguna parte concreta? Hoy, por ejemplo, ¿has nadado?, ¿has luchado por algo concreto?, ¿tenías algún propósito para el día?, ¿te has esforzado hoy por nadar, para ser más santo, para vencerte en algo, para amar más a alguien, para aprovechar el tiempo? Si no nadas cada día te llevará la corriente del río, el ambiente, los caprichos o las fuerzas pasionales que en cada momento se despierten dentro de ti…
Ahora puedes seguir hablando a Jesús y María acerca de estas preguntas. Dile que sí necesitas convertirte… y que cuentas con él. Después termina con la oración final.
Agosto
15
Asunción de la Virgen María.
Los Apóstoles se sintieron arrastrados por una fuerza misteriosa que les llevó hasta el lecho donde la Madre de su Maestro aguardaba la venida de la muerte. De repente se oyó un trueno fragoroso, la habitación se llenó de perfumes y apareció Cristo, que venía a llevarse el cuerpo de su Madre.
¡El cielo está habitado!
Hoy celebramos una fiesta grandísima para los cristianos, una solemnidad: La Ascensión de la Virgen a los cielos, el día en que Santa María subió en cuerpo y alma a la ciudad de Dios. Allí está junto a Dios. ¡Qué lógico nos parece que Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo quiera tener tan cerca a María! Es una gran fiesta: ¡el cielo está habitado, y nos esperan!
Así contempla este misterio un santo:
«María ha sido llevada por Dios, en cuerpo y alma, a los cielos: ¡Y los Ángeles se alegran!
Así canta la Iglesia.Y así, con ese clamor de regocijo, comenzamos la contemplación en esa decena del Santo Rosario:
Se ha dormido la madre de Dios. Están alrededor de su lecho los doce Apóstoles. Matías sustituyó a Judas.
Y nosotros por gracia que todos respetan, estamos a su lado también.
Pero Jesús quiere tener a su Madre, en cuerpo y alma, en la gloria. Y la corte celestial despliega todo su aparato, para agasajar a la Señora. —Tú y yo, niños, al fin— tomamos la cola del espléndido manto azul de la Virgen, y así podemos contemplar aquella maravilla.
La Trinidad beatísima recibe y colma de honores a la hija, Madre y Esposa de Dios… Y es tanta la majestad de la Señora, que hacer preguntar a los Ángeles: ¿Quién es Ésta?»
La Asunción de esta mujer no es un espectáculo, sino un acontecimiento que continúa a la Ascensión de Jesús y al que estamos llamados todos. Todos podemos mirar hacia arriba. Sabemos que procedemos de Dios, pero hoy se nos recuerda que el lugar verdadero y propio de nuestra vida es Dios mismo. Sí: el cielo está abierto y habitado, por lo que sabemos que no estamos solos; el cielo está abierto y habitado, por lo que sabemos muy bien que alguien nos cuida y nos bendice; el cielo está abierto y queremos habitarlo ya pues en nuestro corazón se unen cielo y tierra; el cielo está abierto y queremos habitarlo en plenitud desde el mismo momento en el que abandonemos nuestra existencia terrena.
Dios mío, gracias por esta Madre tan buena que nos has dado. Gracias porque has querido que ella siga intercediendo por todos los hombres desde el cielo. Ayúdame a que yo sepa también sentir en mi vida a María como Madre.
Ahora puedes seguir hablando con María con tus propias palabras. Métete en la escena como sugiere el texto: no tengas prisa. Felicítala.
Procura terminar con un propósito concreto. Después puedes recitar la oración final.
Agosto
26
San Esteban de Hungría, Rey de Hungría. Siglo XI.
Se casó con Gisela, la hermana de San Enrique de Alemania, la cual influyó mucho en su vida. El Papa Silvestre II lo nombró rey de Hungría. Su cariño por la religión católica era inmenso, fundaba templos y repartía limosnas.
La espontaneidad
Ésta es la historia del mono y el escorpión. Habiendo llegado a la orilla de un gran río, el mono decide atravesarlo a nado. Apenas ha metido una pata en el agua, cuando oye una vocecilla que lo llama. Mira alrededor y, a poca distancia, ve a un escorpión.
—Oye —le dice el escorpión—, ¿serías tan amable de llevarme?
El mono lo mira fijamente a los ojos.
—No tengo la menor intención. Con ese aguijón, podrías atacarme mientras nado y hacer que me ahogara.
—¿Por qué iba a hacerlo? —responde el escorpión—. Si tú te ahogaras, también moriría yo. ¿Qué sentido tendría?
El mono piensa un poco y le dice:
—¿Me juras qué no lo harás?
—¡Te lo juro!
Entonces el escorpión sube a la cabeza del mono y el mono empieza a nadar hacia la otra orilla. Cuando está casi a la mitad, siente de pronto un pinchazo en el cuello. El escorpión le ha picado.
—¿Por qué lo has hecho? —grita el mono—. ¡Ahora moriremos los dos!
—Perdona —responde el escorpión—, no he podido evitarlo. Es mi naturaleza.
No debemos olvidar que nuestra naturaleza está herida por el pecado y si la dejamos actuar de modo espontáneo, a su ritmo, sin un mandato claro, asomará el pecado. Muchos tienen por pauta actuar con espontaneidad, hacer lo que les brota en un momento dado, lo que apetece.
Esta actitud es más frecuente cuando disponemos de más tiempo libre, los fines de semana y las vacaciones. Se nos intenta seducir diciéndonos que, si durante la semana o el resto del año hemos trabajado y estudiado, tantas veces sin ganas, haciendo lo que no nos gustaba, ahora es el momento de la revancha. Entonces el tiempo libre parece que tiene que ser un tiempo «light», tiempo de no hacer nada o de no hacer nada que cueste; por lo tanto, aunque quisiéramos hacer el bien, si éste cuesta, pues no lo hacemos.
Este camino nos hace egoístas. Es fácil encontrarse con planes personales que tienen como único fin el realce del propio «yo»: el cuidado del propio cuerpo, la atención de la propia imagen, la exclusividad de los amigos, el acaparamiento de cosas, la pereza en el hacer. Los planes acaban siendo monótonos, simplones y repetitivos, poco originales y ahogados en una masa informe, pues todos actúan igual ya que poseen la misma naturaleza.
Cuenta san Mateo que el Señor, al ver a la muchedumbre, se llenó de compasión, porque estaban desorientados y abatidos, como ovejas que no tienen pastor (Cf. Mateo 9, 36). Sin pastor la oveja es presa del lobo, el hombre sin esfuerzo es presa del desaliento y del pecado.
El tiempo libre es formidable para dedicarlo a actividades distintas. Es tiempo para hacer otras cosas, pero hay que hacerlas. ¡Hay tantas cosas interesantes…! Necesitamos dirigir bien el potencial que tenemos: irá en beneficio de todos y también nuestro. Con tiempo podemos hacer mil cosas interesantes… pero ojo con el escorpión: ¡que no nos clave el veneno de la pereza!
Señor, mi naturaleza no me lleva siempre a lo mejor. Lucharé contra las apetencias que no sean interesantes o buenas. Tú nos dijiste que venías a hacernos libres: sí, Señor, necesito que me liberes de lo que me lleva al mal, de las apetencias que me esclavizan, de la pereza que me inmoviliza… Te pido con el salmista: «Señor, ensancha mi corazón oprimido y sácame de mis tribulaciones» (24, 17). Sí, Señor, porque las tribulaciones son causadas porque a veces vivo con corazón pequeño, oprimido, miope y sordo. Ensánchamelo, y mis apetencias serán liberadas porque tenderé a lo bueno y grande.
Puedes ahora continuar hablando con Dios de lo leído. Termina después con la oración final.
Agosto
17
San Jacinto de Polonia, Patrono de Polonia. Siglo XIII.
Lo nombraron canónigo en Cracovia, adonde llegó siendo dominico y misionero. Evangelizó Prusia y en Rusia fundó el primer monasterio occidental al realizar una curación milagrosa de la ceguera de la hija del príncipe Wladimiro.
Cuando las fiestas me enfadan
En la parábola del hijo pródigo, el hijo mayor está enfadado y no es capaz de compartir la alegría de la fiesta organizada por la vuelta de su hermano pequeño:
«Cuando volvía a casa del campo, oyó música y cantos. Sabía que había alegría en la casa. Enseguida empezó a sospechar. Una vez que la queja entra en nosotros, perdemos la espontaneidad hasta el punto de que ya ni siquiera la alegría evoca alegría en nosotros.»
La historia cuenta: «Llamó a uno de los criados y le preguntó qué era lo que pasaba.» Aquí brota el miedo a que me hayan excluido otra vez, a que no me cuenten qué es lo que pasa, a quedarme al margen de las cosas. La queja surge de inmediato: «¿Por qué no se me informó?, ¿qué es todo esto?» El criado, lleno de expectación, confiado y deseando compartir la buena noticia, explica: «Ha vuelto tu hermano, y tu padre ha matado al ternero cebado porque lo ha recobrado sano.» Pero este grito de alegría no puede ser bien recibido. En vez de alivio y gratitud, la alegría del criado surte el efecto contrario: «Él se enfadó y no quiso entrar.» Alegría y resentimiento no pueden coexistir. La música y los cantos, en vez de invitar a la alegría, se convierten en causa de mayor rechazo.
Recuerdo muy bien haber vivido situaciones parecidas. Una vez me sentía solo y le pedí a un amigo que saliera conmigo. Me contestó que no tenía tiempo, y, sin embargo, me lo encontré más tarde en la fiesta en casa de un amigo común. Al verme me dijo: «Ven, únete a nosotros, me alegro de verte.» Pero yo estaba tan enfadado por no haber sabido nada de la fiesta, que era incapaz de quedarme. Se despertaron en mi interior todas las quejas por no ser aceptado y querido y abandoné la habitación dando un portazo. Era incapaz de participar de la alegría que allí se respiraba. En un momento, la alegría de aquella habitación se había convertido en fuente de resentimiento.
Esta experiencia de ser incapaz de compartir la alegría es la experiencia de un corazón lleno de resentimiento. El hijo mayor no podía entrar en casa y compartir la alegría de su padre. Sus quejas le habían paralizado y dejaron que la oscuridad le envolviera.
Dios mío, ¿hay alegrías de otros que me dejan frío? ¿Hay alegrías que me fastidian? No permitas, Padre, que se paralice y se oscurezca mi corazón. ¿Estoy resentido por algo?
Y ahora sigue hablando con tu Padre-Dios de los resentimientos y quejas que padeces. Ésta es la parte más importante: cuéntale y escucha.
Agosto
18
Santa Elena, Reina. Siglo IV.
De Daprasano, de familia pobre, se dedicó a una afanosa búsqueda de la Santa Cruz: las excavaciones tuvieron éxito y Elena mandó hacer tres partes: una se trasladó a Constantinopla, otra quedó en Jerusalén y la tercera llegó a Roma.
No tengo nada que hacer
Nos dice el papa Juan Pablo II: «¿Qué es la juventud? No es solamente un período de la vida correspondiente a un determinado número de años, sino que es, a la vez, un tiempo dado por la Providencia a cada hombre, tiempo que se le ha dado como tarea durante el cual, como el joven rico, busca la respuesta a los interrogantes fundamentales: no sólo el sentido de la vida, sino también un plan concreto para comenzar a construir su vida.»
Los jóvenes tienen toda una vida por delante, los demás tienen toda una vida por detrás. Ésta es la ventaja de los jóvenes. Sería manifestación de inmadurez perder el tiempo. El joven que no aprovecha el tiempo está en la situación del viejo, no porque no exista el tiempo para él, sino porque no lo aprovecha.
Como nos dice el libro del Eclesiastés: «Hay un momento para todo y un tiempo para cada cosa bajo del cielo: un tiempo para reír y un tiempo para llorar; un tiempo para plantar y un tiempo para arrancar lo plantado. Un tiempo para bailar y un tiempo para lamentarse; un tiempo para hablar y un tiempo para callar; un tiempo para dar y un tiempo para recibir…» (3,1-8). Lo que no hay es tiempo para no hacer nada. Esto último sería matar el tiempo.
Cuántas veces uno pasa horas delante del televisor soñando con ser el protagonista de la película, el héroe de la acción intrépida, el inteligente concursante, el famoso sabio. Pero no puede ser ninguno de ellos porque ese tiempo necesario para forjar el genio lo dedicamos a mirar el televisor. ¡Es frustrante! Los jóvenes son generosos y buenos, son un libro abierto, capaz de acoger grandes ideales y de proyectar futuras metas. Pero si se enganchan a tonterías y se les va la vida en diversiones inútiles, aquel libro se cierra llevándoles a una desilusión completa.
Necesitamos planificarnos. Como nos hemos leído que decía Juan Pablo II, proyectar un plan concreto para comenzar a construir la vida. Todo por delante, pero todo por hacer. Serás lo que hagas con ese tiempo. Y saca siempre tiempo para Dios. Es la mejor manera de aprovecharlo, pues Dios es Señor del tiempo y capaz de fructificarlo al máximo.
Quien dice que no tiene nada que hacer, es que sólo ha pensado en hacer lo que necesita él mismo para sí mismo y a corto plazo.
Gracias, Señor, por el tiempo que nos das a cada uno. Es uno de tus dones, de los talentos que me has entregado para que negocie con él. Quiero aprovecharlo: ahora que dispongo de tiempo, que lo aproveche. Casi me enseñas que el tiempo no es mío sino tuyo, que me lo das para que lo invierta en lo que vale la pena: en los demás, en ti, y en prepararme para servir mejor a los demás. Que me prepare para servir mejor, que acompañe y dedique tiempo a lo que los otros necesiten, que lo dedique a cuidar mis amores. Gracias, y que no mate ni un segundo.
Puedes preguntar al Señor en qué quiere que te conviertas en lo que se refiere al aprovechamiento del tiempo. No tengas prisa y, si quieres, concreta. Puedes terminar con la oración final.
Agosto
19
San Juan Eudes, Fundador. Siglo XVII.
Se dedicó a la predicación en las parroquias y después fundó la Congregación de Jesús y María. También se le atribuye otra Comunidad de religiosas de Nuestra Señora de la Caridad.
Los hombres globo
Recuerdo un accidente que presencié en la carretera. Conseguimos sacar al conductor de la cabina de la camioneta que conducía, magullada como estaba por la vuelta de campana. Existía riesgo de fuego en el motor. Cuando teníamos ya fuera al accidentado, cayó en la cuenta de que no llevaba la riñonera con el dinero recaudado. Debía de ser bastante lo recogido durante ese día. Alguien sugirió ayudarle a buscarla dentro de la cabina. Sin pensárselo dos veces, miró a quien se lo dijo como si fuese idiota y gritó como pudo: «Yo no me meto ahí ni loco.» Un buen ejemplo de lo que significa huir de las ocasiones peligrosas: «yo no me meto ahí ni loco.» No arriesgo, no me la juego.
Dicen que hombre precavido vale por dos. El precavido ve con buenos ojos los seguros, los bancos, las cerraduras y la policía. Como dice el emperador romano Marco Aurelio: «Prudencia quiere decir atención a cada cosa y ningún tipo de descuido.» El ingenuo suele arruinarse en sus negocios. Si hombre precavido vale por dos, el poco precavido no vale ni por uno, porque te arruina.
Es lógico que seamos precavidos también con nuestra alma, su salud y sus riquezas. Es bueno que tomemos en serio las situaciones que pueden dañar la salud del alma, lo que habitualmente llamamos ocasiones de pecado. Vienen a ser lo que se llama ocasiones de alto riesgo. Quien juega con ellas es frívolo.
¿Cómo reconocer la frivolidad? Vamos a hacer una especie de foto robot, para ver qué síntomas encontramos en nosotros.
El frívolo juega con lo importante, es imprudente, toma a broma lo que es serio. El frívolo es como el hombre o mujer globo que, aunque abulta mucho y lo llena todo, dentro no tiene más que aire. El frívolo cuando tropieza con algo que le pincha en la vida —algún sufrimiento o situación dura— se deshincha en un momento y, como el trozo de goma, no remonta.El frívolo no tiene nada dentro, no se llena de nada consistente. No tomarse en serio la vida de la gracia, por ejemplo, despreciar el daño que se hace a uno mismo, a otros y a nuestro Padre-Dios, es típico comportamiento del frívolo. El hombre globo no entiende lo de huir de las ocasiones.
Dos muchachos pidieron un día a un sacerdote que les enseñase un remedio eficaz para no caer en ciertos pecados.
—Con mucho gusto —les contestó—; voy a enseñaros no uno sino tres; y vosotros, para no olvidarlos, los escribís. Apuntad pues. Primer remedio: huir de las ocasiones; segundo remedio: huir de las ocasiones…
—Oiga, ya lo hemos escrito —le dijeron.
—¿Qué importa? Escribid por tercera vez: huir de las ocasiones, porque éste es el principal remedio y sin él todos los demás son inútiles.
Para ser hombre precavido hay que verlas venir de lejos. Para eso el Señor nos ha puesto una conciencia que avisa de las situaciones de alto riesgo, y si cada uno procura ser prudente y consulta su conciencia, obtendrá una visión que ve más lejos que el ojo corporal y una luz que iluminará en la oscuridad: contará con la vista de Dios.
El frívolo es frío. No cuida sus amores. Se deja llevar por la corriente de la moda. Es la imagen del hombre que escondió su talento, esconde sus posibilidades y por no querer trabajarlas es como si no hubiese recibido ningún talento.
Cuando quienes nos rodean llevan una vida más frívola, nosotros debemos ser más prudentes. No es vivir con miedos sino ser precavido, que es muy distinto.
Dios mío, no quiero una vida frívola, vacía, llena de aire. Huiré de las ocasiones. Después, huiré de las ocasiones. Por último, huiré de las ocasiones. Entonces, ya puedo construir. Gracias.
Puedes comentar con Dios los rasgos de la tibieza que ves en ti, pedirle madurez y preguntarle cómo cambiar: si puedes, concreta algo con Él.
Agosto
20
San Bernardo, Doctor de la Iglesia. Siglo XII.
De Borgoña, Entró al convento de monjes benedictinos llamado Cister y arrastró a sus 6 hermanos. Fundó más de 300 conventos e hizo llegar a gran santidad a muchos de sus discípulos. Levantó el Convento de Claraval.
La amistad
En las fuerzas especiales de los ejércitos militares de algún país tienen la consigna de ir en cada misión en grupos de dos. Cada soldado vela por su compañero, no pueden separarse. Si uno es herido, el otro tiene obligación de atenderle. Nunca se deja a un compañero, incluso si está muerto se carga con su cadáver.
Caín se sorprende por la insistencia de Dios acerca de su hermano, y exclama: «¿Soy yo acaso el guarda de mi hermano?» Para Dios sí lo somos. Una de las responsabilidades que Dios da al hombre es la de cuidar de sus hermanos.
¿Y quiénes son mis hermanos? Esta misma pregunta le dirigió un escriba a Jesús. El Señor le respondió con la parábola del buen samaritano:
«Pero él… dijo a Jesús: “Y ¿quién es mi prójimo?” Jesús respondió: “Bajaba un hombre de Jerusalén a Jericó y cayó en manos de salteadores que, después de despojarle y darle una paliza, se fueron, dejándole medio muerto. Casualmente, bajaba por aquel camino un sacerdote y, al verle, dio un rodeo. De igual modo, un levita que pasaba por aquel sitio le vio y dio un rodeo. Pero un samaritano que iba de camino llegó junto a él, y al verle tuvo compasión. Acercándose, vendó sus heridas, echando en ellas aceite y vino; y le montó luego sobre su propia cabalgadura, le llevó a una posada y cuidó de él. Al día siguiente, sacó dos denarios y se los dio al posadero, diciendo: ‘Cuida de él y, si gastas algo más, te lo pagaré cuando vuelva.’ ¿Quién de estos tres te parece que fue prójimo del que cayó en manos de los salteadores?” Él dijo: “El que practicó la misericordia con él.” Díjole Jesús: “Vete y haz tú lo mismo” (Lucas 10, 29-37)».
Nos portamos como hermanos si nos comportamos con el estilo del buen samaritano, éste fue el prójimo para el hombre necesitado, pues fue el único que atendió al herido y no pasó de largo. La caridad crea la fraternidad, el corazón grande crea la amistad. La amistad no nace, se gana.
Cuentan que Aristóteles iba un día solo por una calle y decía al aire:
—¡Amigos míos! ¡Amigos míos!
Y hacía como si saludara a gente. Alguien le dijo:
—¡Pero si no hay nadie!
—Tampoco hay amigos, y por lo mismo les saludo así.
La amistad se hace con actos amigables: escuchar, pasear, preocuparse por los demás, hacer favores, servir, ayudar, acompañar, compartir, excusar, comprender, esperar, enseñar… en definitiva: amar. Al contrario, la frivolidad no puede unirse a la amistad, porque ésta exige salir de uno mismo para mirar al otro. En cambio la santidad nos acerca a todos porque Dios no nos separa de los hombres sino que nos une a ellos. Como nos dice Juan Pablo II: «Quien asiste al necesitado goza siempre de la benevolencia de Dios.»
Este mes es buen momento para hacer nuevos amigos y por tanto para engrandecer el corazón. Un corazón pequeño tiene pocos amigos y un corazón grande tiene muchos amigos. Tener amigos no es cuestión de carácter sino de corazón. Para quien tiene un corazón grande cualquier circunstancia es una ocasión para una nueva amistad. No te encierres en casa y menos aún encierres tu corazón. Agosto invita a salir, pero sobre todo a salir de uno mismo.
Dame, Señor, un corazón grande. Que trate al prójimo como nos enseñaste mediante la parábola del buen samaritano: que me haga cargo de las necesidades de quien tengo al lado, sin que tenga que pedírmelo. ¡Que tenga muchos y buenos amigos! Por eso, ¡ensánchame el corazón! ¡Y que me haga cada día más amable! Santa María, Madre de cada cristiano, ruega por nosotros.
Habla con Jesús si eres amigable… y qué podrías hacer para crecer. Puedes terminar, después, con la oración final.
Agosto
21
San Pío X, CCLVII Papa. Siglo XIX.
De tierras venecianas, fue sucesivamente sacerdote con cargo parroquial, obispo de Mantua y después patriarca de Venecia. Tras ser elegido Sumo Pontífice adoptó una forma de gobierno con la que quería instaurar todas las cosas en Cristo.
Tiene un nombre: santa María
Te copio de la carta de una monja al sacerdote que la consagró, cuando éste acaba de morir:
Cada 7 de octubre añoraré tu felicitación en mi aniversario de la profesión solemne, cuando tus manos sacerdotales me bendijeron.
Yo te desposo con Jesucristo,
Hijo del eterno Padre.
Recibe el anillo de la fe,
sello del Espíritu Santo,
para que te llames esposa de Dios.
… No me olvido de tu gran consejo en aquellos días:
Déjate querer, como la cera que se consume y se quema
para dar paso a la luz.
Pídeselo a María y, si no te oye, grítale:
¡Hágase en mí lo que tu Hijo quiera!
… Como un grandísimo regalo conservo la Homilía de la ceremonia de mi Profesión Solemne, escrita de tu puño y letra, con tinta negra, como a ti siempre te gustaba escribir. Aquí están tus mayúsculas para que hoy lo rememore…:
Tiene Dios que hacerte pobre y darte el amor para serlo,
tiene Dios que hacerte virgen y darte la alegría de serlo,
tiene Dios que hacerte obediente y darte la delicia de serlo.
Tiene que inmolarse en tu carne, ser víctima en tu carne
para dejarte más revestida de su hermosura,
poseída como amada elegida y consagrada,
por la riqueza, fecundidad y libertad de Dios.
Así será tu forma de ser virgen y de ser madre.
En cada una de tus muertes, Él te hará virgen —disponible… y madre— fecundidad desde el amor de Dios
Enmarcada en un verde azulado está la fotografía de ese día de fiesta, el más grande de mi vida. Yo acababa de firmar mi fidelidad hasta la muerte y tú, sacerdote de Cristo, acogías mi compromiso con el abrazo y el beso de la paz; en el centro, la sangre de Cristo como testigo.
Pero, por encima de todo, me mostraste con más claridad aún, que la senda por la que he de caminar tiene un nombre: santa María. Me lo escribiste ya hace algunos años para que quedara indeleble en mi memoria:
Ella es la Madre de la delicadeza,
del orden del alma,
los ángeles sólo contemplan;
y de contemplar nace
su cántico,
y su silencio,
y su mirada,
y su ofrenda.
Nada que no sea humano,
Nada que no sea divino…
Te voy a repetir, Señor, en forma de petición, la nota de la homilía arriba transcrita: «Tienes Dios que hacerme pobre y darme el amor para serlo, tienes Dios que hacerme virgen…»
Agosto
22
Santa María Reina.
El Papa Pío XII instituyó esta fiesta en 1955 para venerar a María como Reina. Es la Reina Gloriosa del Cielo y de la Tierra a la que podemos invocar día y noche. Todos los ángeles y los santos le saludan en el Cielo alegremente con el nombre de Reina.
El aburrimiento
En su diario íntimo anota Baudelaire uno de los días: «Hay que trabajar, si no por gusto, por desesperación. Ya que, en resumidas cuentas, el trabajo es menos aburrido que el placer.» Es curioso, pero a algunos les pasa esto.
Para muchos, los días de descanso son días extraordinarios de los que esperan la solución para quitarse el aburrimiento. Pero luego ocurre que durante los días libres también se aburren. Es que el problema no está en las cosas que se hacen, sino en nosotros. El corazón gris y aburrido lleva su niebla y aburrimiento consigo.
Muchos días tienen una fisonomía gris, sin aliciente humano, son días rutinarios, con un trabajo mecánico y monótono, días un poco «pluf». Casi todo lo que tenemos que hacer tiene un elemento concreto que disgusta, por eso mismo ese trabajo se retrasa o se hace con prisa y sin interés. Hacer siempre lo mismo aburre. Y el aburrimiento trae tentaciones de cualquier tipo.
Somos tontos cuando esperamos que nos llegue la felicidad con lo extraordinario, dentro de nuevas experiencias. Lo extraordinario solamente distrae, hasta que nos acostumbramos también y entonces nos cansa. Somos tontos cuando despreciamos los días entre semana como el rollo que hay que sufrir, y sólo nos ilusionamos con que llegue el fin de semana con sus novedades; somos tontos cuando despreciamos las mañanas porque sólo nos ilusiona la noche; somos tontos cuando despreciamos el tiempo que estamos con los de nuestra casa porque sólo nos ilusionamos con el tiempo que estamos fuera de casa con los amigos. ¡Somos tontos cuando despreciamos tantas cosas formidables! Es como declarar tiempo no apto para la felicidad a tres cuartas partes de la vida.
El problema no está entre lo ordinario y lo extraordinario, sino entre el amor o la falta de amor. Amar lo ordinario es convertirlo en extraordinario. El amor estrena cada día, lo llena de belleza y vitalidad.
La santidad está en lo ordinario, y al pecado se le combate en lo ordinario ofreciendo con amor a Dios lo que se realiza. De este modo se trasciende la realidad cotidiana. Esa cruz negra y oscura se convierte en la cruz salvadora. Las tareas dejan de ser un castigo para convertirse en una bendición que nos da ocasión de tantas cosas buenas, de adquirir virtudes, de servir.
El amor es lo más grande, es lo que mueve a Dios a crearnos. Y a los hombres el amor nos hace felices con lo que hacemos. Entonces no hace falta buscar otras realidades que nos despisten del camino.
Dios mío, quiero ser feliz con todo lo que hago, todos los días. Que valore lo normal, lo ordinario, lo de todos los días. Que ponga el corazón en todo lo que hago, aunque sea lo de siempre. Así amaré, y el aburrimiento no asomará el hocico en mis días. Qué bien cuando tengo que trabajar en algo, qué bien cuando puedo hacer algo que me descansa, qué bien cuando tengo que hacer eso en el horario… Con todo disfrutaré, Señor, porque todo lo hago con interés y con cariño.
Puedes comentar con Él si te aburres, cuándo y por qué: ojalá te haga ver la relación entre el aburrimiento y el estar metido en ti, porque el aburrido tiene el corazón enfermo de egoísmo.
Agosto
23
Santa Rosa de Lima, Primera Santa de América. Siglo XVII.
Es la primera mujer declarada santa de todo el continente americano. Con 20 años encontró su camino y empezó a imitar a Santa Catalina de Siena. En los países latinoamericanos se celebra el 30 de agosto, mientras que en España se recuerda tal día como hoy, día de su fallecimiento.
Muchos amigos…
Advertía Confucio: «Existen tipos de amistad buenos y tipos de amistad que perjudican. La amistad con los sinceros, la amistad con los hombres leales y la amistad con los hombres sabios y buenos son amistades que benefician; la amistad con los mentirosos y falsos, la amistad con los aduladores y la amistad con los charlatanes son amistades perjudiciales.»
Amar es desear el bien. Que busquemos el bien del otro, no el propio. Buscar mi bien antes que el del otro adultera la amistad. ¡Qué gusto da escuchar de Jesús: «a vosotros os llamo amigos»! Ojalá nosotros podamos llamar «amigos» a muchos porque deseamos el bien a muchos.
Kant es un filósofo difícil. En uno de sus libros pone un expresivo ejemplo que nos sirve. Habla de Alcestes y de Adrasto. Los dos aman a sus mujeres, pero por motivos distintos:
Alcestes dice:
«Amo a mi mujer, porque es bella, cariñosa y discreta.»
Ante esta afirmación, comenta Kant:
«¡Cómo! ¿Y si desfigurada por la enfermedad, agriada por la vejez y pasado el primer encanto dejase de parecerte tan amable? Cuando el fundamento ha desaparecido, ¿qué puede resultar de la inclinación?»
Entonces, aparece el segundo personaje:
«En cambio el benévolo y sesudo Adrasto pensaba así:
“Tengo que tratar a esta persona con amor y respeto porque es mi mujer.”
Y concluye Kant con esta valoración:
«Tal manera de pensar es noble y magnánima.»
Alcestes la ama porque le gusta su mujer, Adrasto la ama porque es su mujer.
Este mes es fácil que nos encontremos con viejos conocidos. Que a todos deseemos el bien, que hagamos muchos amigos, que hagamos el tipo de amistades buenas, que tengamos el estilo de amistad de Jesús, que nos enseñó que no hay mejor amigo que aquel que da la vida por sus amigos. Ojalá este mes les demos lo que toca: la entrega y el esfuerzo para dedicarles nuestro tiempo y para ayudarles a hacer el bien.
Alexis Carrel, científico agnóstico que se convirtió en el santuario de Lourdes, afirmaba: «La ley de la caridad es la ley de la felicidad.» Y como Dios nos quiere felices, por eso mismo nos pide este mandamiento: «Amar a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a ti mismo.» El incrédulo puede decir que amar es costoso, difícil, utópico; pero nunca podrá decir que es malo, sino que es bueno aunque él no lo cumpla. Nosotros podemos cumplirlo, pues cada vez que comulgamos, el mejor de los Amigos nos transforma un poco más y nos enseña a ser amigos.
Dicen que en la vida uno encuentra pocos amigos, dos o tres como mucho… Yo sé que los cristianos conquistamos y ganamos muchos más; sí, amigos de verdad. Si nos dejamos enseñar por Cristo, seremos verdaderamente amigos de tantos…
Quiero dar mi vida por los amigos, Señor. Necesito tu fuerza, necesito que me transformes. Que no me busque a mí mismo en mis amigos, que les deje ser como son, que me alegre con sus alegrías, que llore con quienes lloran…
Comenta con el Señor si eres buen amigo, si son muchos o pocos, si les quieres más o menos, si les deseas el bien y te comprometes por ellos… Puedes decirle que te enseñe a ser buen amigo, y que en cada comunión te dé una lección y te transforme.
Agosto
24
San Bartolomé, Apóstol. Siglo I.
El día que este santo se encontró con Jesús fue para toda su vida una fecha memorable. Para él la santidad se basa en dedicar la vida a amar a Dios, hacer conocer a Jesucristo, propagar su santa religión y en tener una constante caridad con los demás y tratar de hacer a todos el mayor bien posible.
Ventanas al infinito
Un Dios sin misterios no puede ser Dios. Necesariamente deberá presentar realidades —referentes al mundo, al hombre y a él mismo— que nos sobrepasen. El cristianismo está lleno de misterios: desde el origen del hombre que le da su dignidad, hasta la resurrección de Jesús y la nuestra con él, pasando por tantos otros. El cristiano vive tranquilo con los misterios, vive a gusto con ellos.
Y la razón última radica en el misterio mismo de Dios; Chesterton, en su obra Ortodoxia lo expresa con una imagen formidable:
«La única de todas las cosas creadas que no podemos mirar libremente —se refiere al sol— es al mismo tiempo aquella a cuya luz vemos todas las demás. Como el sol al mediodía, así el misterio de Dios ilumina todas las demás cosas con la claridad de su propia y triunfal invisibilidad. En cambio, el entendimiento que se apoya en sí mismo es comparable a la luz de la luna. Es una claridad sin calor, una luz secundaria, reflejo de un mundo muerto.»
Los misterios se expresan en dogmas, y, por eso, el hombre no puede mirar cara a cara al dogma, no puede penetrarlo con su razón. Sin embargo, sí lo afirma; es más, no sólo lo afirma, sino que lo toma como punto de partida para entender al mundo y entenderse a sí mismo. Continuando con la imagen de Chesterton, el sol del dogma lo tiene a sus espaldas, y su luz ilumina las cosas que el hombre contempla: el hombre se mueve acertadamente entre las cosas y en la vida gracias a cómo se las muestra cuando son iluminadas por la luz del misterio.
Los dogmas no son murallas que nos impiden ver, sino, muy al contrario, ventanas abiertas al infinito.
Por eso, ante el misterio, ante lo que no se capta con la razón, la actitud correcta del corazón cristiano será aquella que pasa de decir «“Yo no creo esto… ¡Demuéstramelo!” a decir: “Señor, no entiendo esto. Enséñame.”»
Hoy celebramos al apóstol san Bartolomé. Dice la tradición que predicó el evangelio en la India. Era amigo de Felipe. Cuando este le invitó a conocer a Jesús, al verle, le dijo: «Ahí tenéis a un israelita de verdad, en quien no hay engaño.» Bartolomé le contestó: «¿De qué me conoces?» Jesús le responde: «Antes de que Felipe te llamara, cuando estabas debajo de la higuera, te vi.» Bartolomé respondió: «Rabí, tú eres el Hijo de Dios, tú eres el Rey de Israel.» Jesús le contestó: «¿Por haberte dicho que te vi debajo de la higuera, crees? Has de ver cosas mayores. Yo os aseguro: veréis el cielo abierto y a los ángeles de Dios subir y bajar sobre el Hijo del hombre» (Juan 1, 45-51). ¿No te parece un buen ejemplo de alguien que se deja iluminar por el misterio? ¡Qué error confundir lo absurdo y el misterio!: Dios es misterioso, pero no absurdo.
Enséñame, Señor, a confiar en ti. No tengo que entenderte completamente. O mejor, tengo que no entenderte, porque si cupieses en mi cabeza… no serías Dios. Creo, y te pido por los que no creen. Amo, y te pido por los que no aman. Espero, y te pido por los que no esperan. Gracias por haberme cuidado tanto, gracias por contarnos los misterios. ¡Qué cómodo vivo entre misterios, Señor! San Bartolomé, ruega por todos nosotros, y por todos los que niegan a Dios porque no aceptan la grandeza de su misterio.
Puedes seguir comentando con Jesús éstas u otras cosas tuyas.
Agosto
25
San José de Calasanz, Presbítero y Fundador. Siglo XVII.
Estudió filosofía y se doctoró en Teología en Barcelona. Se ordenó sacerdote en Barbastro y se encamina a Roma para conseguir una canonjía. Fundó una escuela en Santa María del Trastévere para atender la formación de una niñez y juventud abandonada.
Insólita canonización de Santiagón
Hoy, san José de Calasanz, fundador de la orden de las Escuelas Pías, tomemos un cuento como punto de partida. Aquí va:
«Insólita canonización. El viejo Santiagón tenía una casa en las afueras del pueblo, con un banco de carpintero y un colchón de virutas en el que dormía. Comer no era problema, con un poco de pan y queso se las arreglaba; el problema era beber. Porque Santiagón acababa borracho todas las tardes. Una vez hizo un negocio excepcional, cuando murió la vieja que vivía en el primer piso de la casa de enfrente de la suya. La buena mujer le encargó que distribuyera todo lo que tenía entre sus nietos y sobrinos. Santiagón lo hizo, y al final sólo quedó un gran crucifijo de madera de casi metro y medio de altura.
—¿Y qué hacemos con eso? —dijo uno de los herederos a Santiagón señalando el crucifijo.
—Yo creía que tú lo querías.
—No sabría dónde meterlo —dijo el heredero—. Mira a ver qué puedes hacer con él, parece muy antiguo…
Santiagón había visto muy pocos crucifijos en su vida, pero de cualquier manera estaba dispuesto a jurar que aquél era el más feo que había visto nunca. Se lo echó a la espalda y fue de casa en casa, pero nadie lo quería. Así que se lo quiso devolver al heredero, pero éste se lo quitó de encima diciendo:
—Quédate tú con él, yo no quiero saber nada. Si te dan algo por él mejor para ti.
Santiagón dejó el crucifijo en el taller, y en la primera ocasión en que se quedó sin un duro volvió a ir de casa en casa con el crucifijo, a ver si le daban algo por él. Entró en la taberna y lo dejó en una esquina. Al tabernero, que le pedía que le pagase todo lo que le debía, le mintió: Una señora rica me ha dado palabra de comprármelo. En cuanto cobre, te lo pago todo.
Borracho, Santiagón volvió a su casa con el crucifijo a cuestas. Y así, un día tras otro, en que iba de taberna en taberna. Hasta que, viendo que no lo vendía, se puso en camino de peregrinación a Roma con el Cristo a cuestas. Nadie le negaba un poco de pan y de vino. En un pueblo celebraban un banquete de bodas, y Santiagón se coló y se puso ciego de vino. Cuando empezó a despertar de la borrachera, salió a los caminos con el crucifijo a cuestas. Pero empezó a caer una nevada tremenda y, cuando se quiso dar cuenta, no sabía dónde estaba, se había perdido. Miró al Cristo, apoyado en una roca, y le dijo:
En menudo lío os he metido, y estáis todo desnudo, con la que está cayendo…
Se quitó el pañuelo del cuello y limpió la nieve que caía sobre el crucifijo. Luego, se quitó su tabardo y se lo puso al Cristo.
A la mañana siguiente encontraron a Santiagón, que dormía el sueño eterno, acurrucado a los pies de Cristo. Y la gente no entendía cómo era que Santiagón se había quitado su tabardo para cubrir al crucificado. El viejo cura de la aldea se estuvo largo rato mirando aquella estampa, luego hizo sepultar a Santiagón y mandó grabar sobre una piedra estas palabras: Aquí yace un cristiano y no sabemos su nombre, pero Dios lo sabe, porque está escrito en el libro de los bienaventurados…
Al comienzo, el Cristo —el más horroroso crucifijo del universo— es para Santiagón sólo un objeto inesperado y molesto. Luego, poco a poco, se va convirtiendo en Alguien, en una persona concreta y viva, con la que se riñe, y a la que se le acaba poniendo el propio abrigo. Al final, Cristo no es sólo un amigo, es un hermano al que ayudar, defender y amar. Buen asunto para vivir este mes.
Señor, quiero tratarte como Santiagón, redescubrirte cada día. San José de Calasanz, ruega por nosotros.
Comenta ahora con Dios acerca de lo leído, o de lo que te ocupe la cabeza estos días. Termina, después, con la oración final.
Agosto
26
Santa Teresa de Jesús Jornet e Ibars, Fundadora. Siglo XIX.
De familia religiosa, se hace franciscana terciaria, dedicándose a la enseñanza. se dedicó a la atención de ancianos abandonados, acabando fundando en 1973 la Congregación Religiosa de las Hermanitas de los Ancianos Desamparados.
No soy el Rey León
Al hombre le gusta ser rey. Todos buscamos ser reyes en nuestro ámbito, en nuestras posesiones, aunque éstas sean pequeñas o de poco valor, ahí somos los únicos dueños y señores, en ese lugar no tenemos que dar cuenta a nadie. Es la tentación del paraíso: «Seréis como dioses, seréis como reyes.»
El único rey es Dios, los demás son usurpadores. La vida de Jesús es sorprendente: es rey de una manera muy peculiar. Nace en la oscuridad de la noche, en un lugar pobre. Luego permanece durante mucho tiempo con una vida oculta, trabaja en un oficio normal, poco brillante. Huye de la muchedumbre cuando quieren hacerle rey del mundo. Explica a Pilatos que su reino no era de este mundo. En la tierra toma como trono la cruz, sin embargo en el cielo su trono será real a la derecha del Padre. Jesús nos enseña cuál es nuestro sitio.
Mira lo que decía Mitsuo Aida, hombre importante del Japón: «A veces asisto por la televisión a la inauguración de túneles y puentes. He aquí lo que normalmente sucede: muchas celebridades y políticos locales se colocan en fila, y en el centro está el ministro o gobernador del lugar. Entonces cortan la cinta y cuando los directores de la obra regresan a sus despachos se encuentran allí con varias cartas de agradecimiento y admiración. Las personas que sudaron y trabajaron por aquello, que se agotaron con la pala en verano o permanecieron al sereno en invierno para terminar la obra, jamás serán vistas; parece que la mejor parte se reserva para aquellos que no derramaron el sudor de sus rostros.
»Yo quiero ser siempre una persona capaz de ver esos rostros que no serán vistos, los de aquellos que no procuran fama ni gloria, sino que simplemente cumplen el papel que les es destinado por la vida. Quiero ser capaz de esto, porque las cosas más importantes de la existencia, las que nos construyen, jamás mostraron sus rostros.»
¡Que ocupemos nuestro lugar! Es necesario que aprendamos a estar en nuestro sitio. Sentiremos el impulso de llamar la atención, de decir la última palabra, de querer destacar, de que se nos mire y admire, que se nos tenga en cuenta, de salir en todas las fotos, de ser como salsa que pretende ir bien con todos los platos… Esa forma tonta de ir de reyes es un fracaso: porque nos hemos salido de nuestro sitio, porque pendientes de nosotros mismos no pensamos ni podemos amar a los de al lado, porque con este amor desordenado al propio yo sufriremos porque los demás no nos reconocerán y enfadados nos desuniremos y sembraremos tensión…
No hace falta que salgamos siempre en la foto. Vamos, sin embargo, a ser cimiento: gracias a nosotros el edificio se mantiene en pie, en casa hay paz, los amigos lo pasan bien, los demás crecen, hay buen ambiente y están unidos…
Cuando encarnamos la figura de rey, caemos en el error de todos los errores: nos pasa como a Judas, que no se conformó con ser administrador de la bolsa sino dueño y por empezar a robar de ella acabó traicionando a Jesús. Como a Adán, que por querer hacerse dueño del paraíso no se conformó con ser el administrador y se quedó sin paraíso tanto él como sus descendientes. También los fariseos cometieron el mismo error al hacerse dueños de la ley y no sus servidores: acabaron por complicar esa misma ley y deformarla. Lo mismo el joven rico, que al querer seguir manteniendo el dominio de sus posesiones y no dárselas a los pobres le llevó a perder el camino y la vocación.
El hombre no debe aspirar a ser rey sino santo. Por esto mismo Dios habla del Reino de los cielos, que es algo muy distinto al Reino de este mundo.
Señor, dame la humildad de reconocer mi sitio y así podré amar a los demás. Si no, pensando en mí todo el día, no puedo quererles. Además, es tan absurdo gastar la vida intentando que los demás me admiren y me tengan siempre en cuenta… Que no quiera llamar la atención, que gaste mis fuerzas en ser santo, esto es, en amarte y contigo a los demás como tú nos amas: con palabras y con obras, con el corazón y con la voluntad, con toda mi alma. Enséñame a pasar desapercibido, a no ser sal de todos los platos.
Puedes comentarle lo leído, o lo que tengas en la cabeza estos días. Háblale si aspiras más a ser rey que santo…
Agosto
27
Santa Mónica, Madre de San Agustín. Siglo IV.
De África del Norte, sus padres la obligaron a casarse con Patricio, con quien tuvo tres hijos. Le cerró las puertas a su hijo cuando vio que éste se alejaba de la fe y dedicó años a rezar por su conversión.
Cuatro preguntas obligadas a los cristianos
Vamos a plantearnos cuatro preguntas obligadas para el cristiano, y que con frecuencia nos las hacen:
1. ¿Hace falta ser cristiano para ser bueno?
Por supuesto que no.
2. ¿En qué se diferencia un cristiano de un ateo?
De forma sencilla y gráfica podríamos decir que el cristiano cuenta con un diccionario, un mapa y un motor distintos.
a) En primer lugar, un diccionario de sentidos:
Hablamos el mismo lenguaje, pero otro idioma. El cristiano y el no-cristiano son personas que viven las mismas realidades; para referirse a esas realidades empleamos unos y otros las mismas palabras: cuando alguien muere, unos y otros hablan de muerte; cuando alguien hace algo que le perjudica, unos y otros hablan del mal; etc. Pero mientras que, en muchos casos, el ateo ve esa realidad «plana», sin más, el cristiano ve esa misma realidad con otro sentido, se le presenta con volumen.
Todos hablan de muerte: mientras unos ven en ella el final de todo, para el cristiano se trata tan sólo de un cambio de vida. Todos hablan de suerte o mala suerte: mientras unos ven la fortuna, el cristiano ve la providencia divina. Todos hablan de destino: mientras unos ven la fuerza del azar, los cristianos ven la vocación o plan de Dios. Todos hablan de la divinidad: mientras unos ven en ella alguna realidad trascendente sin más, el cristiano ve en ella un Padre. Todos hablan de seres humanos: mientras unos ven hombres como uno mismo, los cristianos ven hermanos. Todos hablan de actos de autodestrucción: mientras unos ven tan sólo un acto malo, el cristiano reconoce en ellos un pecado. Todos sufren injusticias: mientras unos ven en ella una ocasión de resignarse, resentirse o vengarse, los cristianos ven una ocasión de perdón y sacrificio. Y así con tantas otras realidades.
b) En segundo lugar, un mapa:
Todos los hombres vamos a lo mismo, pero de distinta manera. El mapa es el lugar donde se indican los lugares y los itinerarios por los que ir hasta ellos, los caminos. El cristiano y el ateo se dirigen a las mismas metas en la vida, pero mientras el ateo ve unos caminos, el cristiano conoce otros caminos distintos para alcanzar esos mismos objetivos.
El cristiano quiere, como todo hombre, ser rico, pero sabe que lo alcanzará siendo, no teniendo. Quiere ser feliz, pero sabe que lo alcanzará con una vida enamorada, no con una vida cómoda. Quiere ser libre, pero sabe que alcanzará la libertad a través de la entrega, no del egoísmo o de la independencia. Quiere ser justo, pero sabe que la justicia se alcanza con la caridad, no con el cálculo matemático. Quiere ser importante, pero sabe que lo consigue mediante la filiación —ser buen hijo de Dios—, no por el camino de la fama y el poder. Quiere el desarrollo, pero sabe que se alcanza fundamentalmente por la consecución del desarrollo de lo más propiamente humano, y no sólo a través de un alto nivel económico.
c) Por último, un motor.
El cristiano sabe que puede más que un hombre: Dios (la gracia) actúa él.
3. ¿Para qué sirve ser cristiano?
Para nada… y para todo. Para lo mismo que le sirve a uno saber quién es su padre.
Uno puede vivir sin saber quién es su padre; en ese sentido, saber quién es mi padre no me sirve para nada. Pero saber quién es mi padre, sin embargo, sí me sirve: saber de dónde vengo, contar con alguien que me protege, que me enseña, que está dispuesto a todo por mí, que me acepta independientemente de lo que haga, alguien de quien aprender, en quien confiar… El cristiano sabe que tiene un Padre, y sabe bastante de cómo es —Cristo nos enseñó muchas cosas acerca de Él—: no sirve para nada porque puedo ser buena persona sin Él, pero sirve para todo pues la vida es distinta si se sabe que Él está ahí.
Sirve para tener el diccionario, el mapa y el motor de los que hemos hablado. Estas tres cosas sólo las tiene el cristiano, pues hace falta creer en Jesús para saber que son así.
Sirve para alcanzar mayor nivel de felicidad. Más fácilmente se alcanza mayor felicidad, pues sabemos los caminos que nos llevan a lo que como hombres queremos alcanzar; tenemos la suerte de poder vivir sin que nos engañen las apariencias: para eso las enseñó Jesús.
4. ¿Cuál es la clave del cristiano?
Cristo.
Gracias, Señor, por hacerme cristiano. Que use el diccionario, el mapa y tenga siempre el motor encendido. Que te demos a conocer, que hablemos de ti a todos los hombres hasta los extremos de la tierra. ¡Gracias!
Habla ahora con Dios con tus palabras… y agradécele ser cristiano, conocerle… Puedes terminar con la oración final.
Agosto
28
San Agustín, Doctor de la Iglesia. Siglo IV.
Se casó a los 17 años y tuvo un hijo, pero se convirtió gracias a San Ambrosio. Fue muy caritativo y llegó a ser Obispo durante 24 años y defendió con eficacia la fe católica contra las herejías. Escribió más de 60 obras muy importantes para la Iglesia.
El corazón con la flecha, y la cigüeña
Cuando unos novios expresan su amor en un árbol o en un papel lo hacen dibujando un corazón. No dibujan un hígado o un riñón, ni siquiera un cerebro que es el órgano más cualificado. En todas las culturas se ha utilizado el corazón porque es el único órgano que manda la sangre a todo el cuerpo. Los demás órganos sólo la reciben. No está mal pensado: el corazón expresa bien el amor porque amar es dar, no recibir.
En hebreo a la cigüeña se la llama «hassida» (afectuosa). Un día preguntaron a un rabino que si a la cigüeña se la llama afectuosa por el amor que tiene a los suyos, no entendía por qué al mismo tiempo se la colocaba en la categoría de los pájaros impuros. El rabino respondió: «Porque no ama más que a los suyos.»
Inteligente respuesta: quien ama da no sólo a los suyos.
El corazón, la cigüeña… y hay otro elemento pictórico frecuente que también nos enseña algo. Junto al corazón suele dibujarse una flecha que lo atraviesa. ¿Por qué? Quizá representa que amar es ser herido por otro, ser alcanzado por otro que entra en mí sin dificultad, como entra la punta de una flecha en la carne. Sí: amar es ser herido, exige sufrir y esforzarse por dar vida al otro… En el caso de Jesús, la flecha fue real, la lanza clavada por el soldado. Su corazón derramó físicamente sangre y agua. El Señor quiso derramar toda su sangre para que nosotros la bebiésemos y viviésemos por ella: «Éste es el cáliz de mi sangre, sangre derramada por vosotros y por todos los hombres para el perdón de los pecados.» Está claro: la flecha nos enseña que amar exige saber sufrir por unirse al amado.
Así lo explica Michel Quoist:
«Si te extasías ante su belleza, esto sólo no es amor, es admiración.
»Si sientes palpitar tu corazón en su presencia, eso sólo no es amor, es sensibilidad.
»Si ansías una caricia, un beso, un abrazo, poseer de alguna manera su cuerpo, eso sólo no es amor, es sensualidad.
»Pero si lo que deseas es un bien aun a costa de tu sacrificio, enhorabuena: has encontrado el verdadero amor.»
Un músculo se mueve por impulsos eléctricos y por el contacto con otro músculo. Pongamos nuestro corazón en contacto con el corazón de Cristo como lo hizo el apóstol joven san Juan y así sabremos darnos del todo en una entrega generosa a los demás. Tendremos un corazón grande a fuerza de amar, un corazón donde quepan todas las almas.
Como decía san Agustín, a quien hoy celebramos, «mi amor es mi fuerza». Sí: cuando amamos, esa fuerza tiene un poder en nuestro actuar que «ama y haz lo que quieras», porque acertarás.
Durante este mes en algunos lugares se dan tormentas violentas y pasajeras, fuertes y de poca duración. Muchas veces producen más destrozos que beneficios: no calan los campos, no empapan la tierra… y dan paso enseguida a la sequedad y a la aridez del terreno. Son mejores las lluvias de invierno que sin brusquedades y con continuidad humedecen los campos y logran con el tiempo el fruto apetecido.
Señor, quiero dar, dar no sólo a los míos, seguir dando cuando me cueste sangre. No permitas que sea duro de corazón. Dame un corazón como el tuyo. Te pedimos, por intercesión de san Agustín, que tengamos sed de ti, y te busquemos como el único amor verdadero.
Comenta con él lo leído… y no dejes de insistirle en que convierta tu corazón: comprométete con él a apoyarte, como Juan, en su pecho… pasando algún rato delante de un sagrario.
Agosto
29
Martirio de San Juan Bautista. Siglo I.
San Juan Bautista le dijo a Herodes que el adulterio era pecado, por lo que fue apresado. En la fiesta del cumpleaños de Herodes, la hija de Herodías le pidió la cabeza de Juan Bautista. Herodes mandó que le cortaran la cabeza y la llevaran al banquete.
¿Por qué me aburro?
Palabras de un abuelo a su nieta:
—¿Sabes por qué las personas se aburren? —le había preguntado el abuelo de sopetón.
—No.
—Porque no ven las puertas.
—¿Qué puertas?
—Las que están escondidas por doquier.
—¿Por doquier, dónde?
—En el aire, en torno a nosotros, en las casas, en los paisajes, en las estaciones de autobús y en la panza de las personas. Si sabes abrir las puertas nunca estarás triste.
Entonces había entendido que las palabras del abuelo eran palabras-llave. Avanzaban siempre explorando en aire, transformando una cosa en otra.
Estas misteriosas palabras me sugieren que muchas veces nos aburrimos porque no sabemos descubrir las cosas buenas que tiene lo que está a nuestro alrededor. Porque quizá pensamos que lo divertido es lo que divierte a otros, o que sólo divierte lo que no puedo hacer o aquello en lo que desfaso…
Tendremos que aprender a disfrutar de todo: de un juego de mesa y de una aventura de alta montaña, de la conversación con un amigo y de pasear el perro, de un buen vaso de agua y de una buena cerveza, a disfrutar saliendo una noche y ayudando a un enfermo… Saber disfrutar, aunque no estén satisfechas todas mis sensaciones. Todo tiene su puerta: si vemos las puertas escondidas en cada cosa… no nos aburriremos nunca.
Jesús, me parece que los cristianos tenemos el encargo de enseñar a los hombres a divertirnos, a disfrutar de la vida. Hagamos una cosa: tú me haces un especialista en esto, y yo se lo cuento y se lo contagio a otros. ¿Te parece? ¡Cuánto disfrutarías tú de la vida, Señor! Disfrutar es muy cristiano, ¿verdad?
Ahora puedes seguir hablando con el Señor de tus aburrimientos. Dale vueltas. Él te ve, te escucha y te comprende: pídele que te hable. A ver qué le puede gustar que cambies.
Agosto
30
San Fiacrio, Eremita. Siglo VII.
Vivió toda su vida en Irlanda como ermitaño en un terreno que le cedió el obispo de Meaux. Construyó una casa de acogida y daba de comer a sus visitas con lo que recogía en su huerta.
El zapatero y la visita triple
Martín Avedeitch era un zapatero remendón ruso ya anciano.
Una noche después del trabajo se puso a leer su Biblia, y pensó: «¿Qué haría si se presentara el Señor en mi casa?» Quedó dormido con estos pensamientos hasta que le despertó una voz:
—Martín, Martín. Mañana vendré.
Al día siguiente el buen zapatero estaba inquieto porque esperaba la visita del Señor. A través del ventanuco que daba a la calle vio los pies del anciano Stepanich que paleaba la nieve. Martín golpeó la ventana con los dedos y lo hizo entrar para que se calentara y bebiera un poco de té.
—Gracias, Martín Avedeitch —dijo el anciano cuando marchaba—. Me has dado alimento y me has confortado al cuerpo y al alma.
Era ya mediodía cuando dio comida y ropa a una forastera desaliñada que llevaba a su bebé en brazos. La pobre mujer rompió a llorar cuando aquel anciano al que no conocía de nada le ofreció también su propio capote y unas monedas.
—El Señor te bendiga, buen hombre —musitó sollozando al abandonar la pequeña estancia.
Era ya tarde entrada y el Señor Jesús no había venido. Martín vio cómo un niño harapiento robaba a una anciana una manzana de su cesto. Ésta le había agarrado y le tiraba de los pelos.
—Déjalo, abuela. No lo hará más —intervino Martín.
La anciana lo soltó.
—¡Pide perdón a la abuela! Y no lo hagas más. Te vi robar la manzana.
El niño rompió a llorar y pidió perdón.
—Así me gusta. —Martín tomó una manzana del cesto y se la dio al muchacho.
—Aquí tienes una manzana. Yo te pagaré, abuela.
—Merecía que lo azotaran para que se acordara toda una semana —contestó la anciana.
—Abuela, abuela. Eso es lo que queremos nosotros. No lo que quiere Dios. Si debemos azotarlo por robar una manzana… ¿qué mereceremos nosotros por nuestros pecados?
Y el niño se ofreció a ayudarla a llevar el saco porque iba por el mismo camino. Y marcharon juntos, el niño con el fardo de manzanas y ella apoyada en su hombro. Martín regresó a su zapatería y terminó el trabajo del día, y al volver a abrir su Biblia creyó oír rumor de pasos en el oscuro rincón. Escuchó una voz al oído.
—Martín, Martín… ¿No me conoces? —Y del rincón salió Stepanich que le sonrió y se disipó como una nube.
—Soy yo —repitió la voz. Y de la oscuridad, surgió la mujer con el niño que también se desvaneció en las sombras.
—Soy yo —volvió a oír— y vio a la anciana y al niño con sus manzanas que sonreían y desaparecían.
Y Martín comprendió que el Salvador le había visitado tres veces ese día.
Este cuento puede recordarnos lo que Jesús nos enseñó: «Entonces dirá el Rey a los de su derecha: “Venid, benditos de mi Padre, recibid la herencia del Reino preparado para vosotros desde la creación del mundo.
»”Porque tuve hambre, y me disteis de comer; tuve sed, y me disteis de beber; era forastero, y me acogisteis; estaba desnudo, y me vestisteis; enfermo, y me visitasteis; en la cárcel, y vinisteis a verme.”
»Entonces los justos le responderán: “Señor, ¿cuándo te vimos hambriento, y te dimos de comer; o sediento, y te dimos de beber? ¿Cuándo te vimos forastero, y te acogimos; o desnudo, y te vestimos? ¿Cuándo te vimos enfermo o en la cárcel, y fuimos a verte?”
»Y el Rey les dirá: “En verdad os digo que cuanto hicisteis a unos de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicisteis” (Mateo 25, 34-40).»
Jesús, quiero vivir reconociéndote cuando me visitas. Que visites a muchos cuando yo los visite.
Puedes comentar ahora el cuento con el Señor, y trata de concretar algo que te ayude a dar de comer o de beber, de vestir a algún desnudo o visitar a alguien…
Agosto
31
San Ramón Nonnato, Cardenal. Siglo XIII.
De Lérida, tuvo especial devoción por la Santísima Virgen. Marchó al norte de África para predicar donde tuvo que soportar cárcel y tortura. En su regreso a España le nombran cardenal reconociendo sus méritos y virtud de la caridad practicada.
Que sepas que aquí ha pasado algo
Un profesor americano preparó en una de sus clases un ejercicio para que lo ensayaran sus alumnos. Ellos debían ponerse en pie, dándose la espalda unos a otros y dejarse caer de espaldas confiados en que sus compañeros les cogerían. La mayoría se sintió incómoda con la prueba y no fue capaz de dejarse caer más que unos centímetros antes de incorporarse de nuevo. Por último una estudiante cruza los brazos sobre el pecho, cierra los ojos, se deja caer hacia atrás y no titubea. Todos tenían durante un momento la seguridad de que se iba a caer al suelo. En el último instante, el compañero que se le había asignado la agarra por la cabeza y por los hombros y la levanta.
—¡Bien! —gritan algunos estudiantes. Otros aplauden.
—Ya lo ves —le dijo el profesor a la chica—: has cerrado los ojos. En eso estribó la diferencia. A veces no eres capaz de creerte lo que ves, tienes que creer lo que sientes. Y si quieres que los demás lleguen a confiar en ti, también tú debes sentir que puedes confiar en ellos, aunque estés a oscuras. Aunque te estés cayendo.
La fe nos aporta verdades, conocer hechos que han sucedido en la historia y que nos afectan aunque no hayamos podido ser testigos de ellos; lo fundamental que aporta la fe no consiste en gustos ni sensaciones. El que cree de verdad tiene vida eterna porque usará de los medios sobrenaturales, porque pedirá ayuda a Dios. El Señor no vino a condenar, ni tampoco vino a constatar qué mal andaba el mundo, sino que vino a salvar, a curar. Creer es mejorar, cambiar, limpiar, salvar. Aquellos que miraron a Jesús con convencimiento recibieron de Él la prueba del milagro.
El que no tiene fe está en el mismo sitio que aquel que sí la tiene, pero no están del mismo modo. El primero está a oscuras, en tinieblas, no ve nada: «Y el juicio está en que vino la luz al mundo y los hombres amaron más las tinieblas que la luz» (Juan 3, 19). El segundo gracias a la luz ve más allá, ve todo, y por tanto tiene el último dato que da la respuesta definitiva. La fe otorga una sabiduría mayor, una sabiduría del bien para cada uno, por eso mismo la fe también da felicidad.
Así lo explica Leon Tolstoi en su famosa obra Ana Karerina:
«Este secreto no tiene importancia para nadie, más que para mí solo, y ninguna palabra seria sería capaz de explicarlo. Este nuevo sentimiento no me ha cambiado, no me ha llenado de asombro ni me ha hecho feliz como pensaba.
»¿Debo darle el nombre de fe? No lo sé. Lo único que sé es que se ha deslizado en mi alma por el dolor y que ha arraigado en ella firmemente.
»Probablemente seguiré impacientándome con mi cochero, discutiendo inútilmente, expresando mis ideas sin venir a propósito. Yo sentiré siempre una barrera entre el santuario de mi alma y el alma de los demás. Siempre haré responsable a ésta de mis errores para arrepentirme al instante. Seguiré rezando. Mi vida interior ya no estará a merced de los acontecimientos. Cada minuto de mi vida tendrá un sentido indiscutible, y en mi poder estará imprimirlo a cada una de mis acciones: ¡el sentido del bien!»
Las crisis de fe no surgen de modo espontáneo sino por el mal obrar. «Pues todo el que obra el mal aborrece la luz y no va a la luz, para que no sean censuradas sus obras» (Juan 3, 19). Como dice el adagio: «El que no vive como piensa acaba pensando como vive». La falta de fe no es por la falta de luz, sino por la inmensidad de los pecados que manchan el alma, oscurecen la mente y tapan la cara. No se saca la conciencia a la luz porque remuerde, se obra a escondidas para que no me vean y puedan corregirme, se acude a la excusa, al caso extremo, a la voz mayoritaria. Pero la verdad nunca puede ser borrada del todo como el pecado. Siempre quedará el remordimiento interior, la inseguridad vital, la falta de felicidad, la aparición de una situación equivocada, el fracaso, la desgracia, la muerte. En el fondo el hombre sin fe tiene envidia del hombre con fe.
Durante los meses de buen tiempo el sol resplandece con toda su luminosidad, y muchos se brocean bajo sus rayos. Espero que esta luz solar nos recuerde que hay una luz más potente que puede broncear nuestra alma, es la luz de la fe, es la luz de Dios.
Gracias, Señor, por habernos buscado, por haber actuado en nuestra historia, por habernos salvado y curado. Quiero andar en la luz para no dejar de sintonizar contigo. Te pido que todos los hombres te conozcan. Santa María, tú que has creído, ruega por todos tus hijos, en concreto por todos a quienes tengo cerca este mes de agosto.
Agradécele lo cerca que ha estado de ti durante todo este mes que hoy terminamos. Si quieres, comenta lo leído y termina con la oración final.
Septiembre
Oración inicial de cada día
Señor mío y Dios mío,
creo firmemente que estás aquí,
que me ves, que me oyes.
Te adoro con profunda reverencia.
Te pido perdón de mis pecados y gracia
para hacer con fruto este rato de oración.
Madre mía Inmaculada, San José, mi padre y señor,
Ángel de mi guarda: interceded por mí.
Oración final de cada día
Bien amado Señor, Gran Sanador, me arrodillo ante ti,
pues todo don de perfección debe proceder de ti.
Yo te rezo para que otorgues destreza a mis manos,
visión clara a mi mente,
generosidad y humildad a mi corazón.
Dame unidad de objetivos,
fuerza para aliviar una parte de la carga de sufrimiento
que soportan mis semejantes,
y una realización verdadera del privilegio que me corresponde.
Borra de mi corazón el engaño y el espíritu mundano.
Haz que con la sencilla fe de un niño pueda confiar en ti.
Madre Teresa de Calcuta.
Septiembre
1
San Josué, Patriarca del A.T.
Conmemoración de san Josué, hijo de Nun, que a la muerte de Moisés guió al pueblo de Israel, cruzando el Jordán, en la tierra prometida.
La alegría y bienaventurados los que lloran
Juan Pablo I recoge este cuento en su libro Ilustrísimos Señores: «Un irlandés muere repentinamente y comparece ante el tribunal divino muy preocupado, pues el balance de su vida era más bien deficitario. Como había cola, se puso a observar y escuchar. Tras haber consultado el gran fichero, Cristo le dice al primero: “Veo que tuve hambre y me diste de comer. ¡Muy bien!, ¡entra en el paraíso!” Al siguiente: “Tuve sed y me diste de beber.” A un tercero: “Estuve preso y me visitaste.” Y así sucesivamente.
»Por cada uno que era destinado al paraíso, el irlandés hacía examen y hallaba algo de que temer; ni había dado de comer, ni de beber, no había visitado ni a presos ni a enfermos. Llegado su turno temblaba, viendo a Cristo examinar el fichero. Pero, mira por dónde, Cristo levanta la vista y dice: “No hay mucho escrito. Sin embargo, también tú hiciste algo: estaba triste, decaído, postrado y tú viniste y contaste unos cuantos chistes que me hicieron reír y me devolvieron el ánimo. ¡Al paraíso!”»
En el cielo existe la alegría y se rifan a los alegres. Dice santo Domingo Savio: «Entre nosotros se hace uno santo a base de alegría.»
¡Qué importante es estar alegres! Hace poco asistía a un congreso sobre los cristianos hoy organizado por la revista Vida Nueva. Se insistió en la necesidad de cuidar la imagen de la Iglesia y de la fe cristiana. Así es: es la era de la imagen, y la alegría es el mejor testimonio y la mejor imagen.
La alegría es la imagen del amor, de la paz, del que vive acompañado y sereno, del que sabe que todo tiene sentido, de que confía en un Padre Bueno a quien pertenece el mundo y es Señor de la historia. Un alma enamorada es un alma alegre. La alegría cristiana habla de algo que no es de este mundo; y además es contagiosa.
Veamos tres confusiones frecuentes:
a) En primer lugar, hay quienes confunden la exigencia, la autoridad y hacerse respetar con la dureza o el mal genio. Éstos piensan que hay que enfadarse de vez en cuando porque con alegría no se exige ni se ayuda a los otros. Quien así piense se equivoca. La alegría es la mejor ayuda que podemos dar a los demás. El consejo, el aviso, la orden o el mandato están bien, pero si van acompañados de una sonrisa… mucho mejor, pues la exigencia alegre desarma, sobrecoge, estimula. Necesitamos vivir con gente alegre: para tristeza ya está el desorden originado por el pecado.
b) En segundo lugar, la confusión de los «emocionados de la vida». Me refiero a quienes ponen cara seria y andan acelerados, con cara de víctimas porque piensan que así dan la imagen de quien tiene mucha responsabilidad, de quien se está matando a trabajar… Se ponen serios para darse aires de importancia. Craso error: van de emocionados, y lo que buscan es darse importancia y que los demás se compadezcan de ellos. Al final se hacen algo insoportables: todos agradecerían que trabajasen menos y sonriesen más.
c) Tercera confusión. Algunos confunden la alegría con la risa. No son lo mismo, ni necesariamente van juntas. La risa es momentánea. El Señor llama bienaventurados a los que lloran y no a los que ríen (Lucas 6, 20). Es más, a éstos les avisa. En cambio a los que sufren les dice que estén alegres. No confundir reír con alegría y llorar con tristeza. Es posible llorar de dolor y al mismo tiempo disfrutar de alegría íntima. Y es posible reír un rato y tener el alma triste.
El joven rico (cfr. Marcos 10, 17) se fue triste porque el camino que emprendió no era el camino de Dios, a Jesús le daba la espalda, y eso que poseía una gran riqueza. El dinero le daría satisfacciones, le haría reír en algún momento, pero esa risa sería un acto fisiológico, como la respiración; mientras tanto, la tristeza la mantendría en su interior.
Cuando Dios creó el mundo vio que todo cuanto había hecho era bueno y en el caso del hombre era muy bueno. Sólo el pecado introdujo el mal y la tristeza. La alegría nos ayuda a ver la bondad de las cosas y, por tanto, nos aleja del mal. Es más fácil pecar cuando se está triste porque la tristeza es un mal.
Alegra, Señor, mis días. Que siembre alegría por donde pase. Que quienes hoy estén conmigo te descubran en mi sonrisa. Que pueda decir yo también: «Entre nosotros se hace uno santo a base de alegría.» Sé que seguirte a ti es comprometerme a llenar el mundo de paz y alegría. Santa María, Causa de nuestra alegría, ruega por nosotros.
Puedes hablar con Dios con tus palabras, comentar qué te quita la alegría… porque lo que nos quita la alegría suele ser algún obstáculo que nos separa de él.
Septiembre
2
San Antolin de Pamiers, Mártir. Siglo IV.
En Apamea, lugar de Siria, los paganos lo mataron por destruir ídolos cuando tenía veinte años.
¡Qué sufrimiento, qué falta de Dios!
Escribe el postulador de la causa de canonización de madre Teresa de Calcuta, relatando los inicios de su trabajo entre los más pobres de Calcuta:
«Por fin, el 21 de diciembre madre Teresa por primera vez fue a los barrios más miserables como una Misionera de la Caridad. A través de los desafíos de los últimos dos años, había permanecido fiel a la llamada y por fin había alcanzado su objetivo: “los agujeros oscuros de los pobres”. Una de sus primeras seguidoras comentó más tarde: “Verla tan pobremente vestida, con un simple y humilde sari, con un rosario en la mano, era como ver el Evangelio hecho vida, haciendo presente a Jesús entre los más pobres. Se podía decir que una Luz había amanecido en la oscuridad de los barrios más miserables.”»
La Calcuta que afrontaba ahora madre Teresa había sufrido mucho las consecuencias de la Segunda Guerra Mundial, la secuela del hambre de 1943 y los frecuentes disturbios en la ciudad. Inmediatamente después de la independencia de la India, la afluencia de gente a la capital de Bengala fue enorme. La ciudad famosa por sus palacios veía crecer sus barrios más miserables. Los pobres que podían permitirse alquilar pequeñas chabolas (hacinados con sus escasas pertenencias en sólo unos pocos metros cuadrados, a menudo sin ventanas) sobrevivían frecuentemente con un mínimo de alimentos y prácticamente sin ninguna ayuda médica. La escolarización de sus hijos estaba fuera de sus posibilidades. Y el creciente número de personas que vivían en la calle, que incluso carecían de ese mínimo, estaba a merced de la enfermedad, el hambre y la inanición.
Madre Teresa describe la dolorosa realidad que encontró en ese primer día. Verónica Gomes, que trabajaba en la parroquia, era su guía a las áreas pobres de la ciudad:
«A las 8 dejé St. Joseph… En St. Teresa… tomé a Verónica conmigo y salimos.
»Empezamos en Taltala y fuimos a visitar a cada familia católica. —La gente estaba contenta — pero había niños y niños por todas partes — y qué suciedad y qué miseria — qué pobreza y qué sufrimiento. — Hablé muy, muy poco, sólo lavé algunas heridas y [puse] vendajes, di medicinas a algunos. — Al anciano tendido en la calle — rechazado — totalmente solo, simplemente enfermo y moribundo — le di carbarsone y agua para beber y el anciano estaba tan extrañamente agradecido (…) Luego fuimos al bazar de Taltala, y allí había una mujer muy pobre, muriéndose de hambre, creo, más que de tuberculosis. Qué pobreza. Qué sufrimiento real. Le di algo que la ayudara a dormir — pero esta mujer anhelaba tener algún cuidado. Me pregunto cuánto tiempo durará — tenía sólo 35,5º en ese momento. Pidió varias veces la confesión y la Sagrada Comunión. — Sentí allí también mi propia pobreza — ya que no tenía nada para dar a esa pobre mujer. — Hice todo lo que pude, pero si hubiera podido darle una taza de leche caliente o algo así, su cuerpo frío habría obtenido un poco de vida. — Debo intentar estar en algún sitio cerca de la gente donde poder acceder con facilidad a las cosas.»
Cada día en estos barrios más miserables suponía nuevos retos. Además de la pobreza, las dificultades y la inseguridad, madre Teresa tenía que afrontar las críticas que había previsto. No todos entendían sus esfuerzos ni veían el provecho o beneficio de su trabajo entre los pobres. Esto no la alarmó. Su respuesta llena de confianza…:
«Creo que algunos dicen qué interés hay en trabajar entre los últimos de los últimos — que los importantes — los instruidos y los ricos están dispuestos a venir [así que] es mejor dedicarles todas las energías a ellos. Sí, que lo hagan los demás. — El Reino se debe predicar a todos. Si los ricos hindúes y musulmanes pueden tener todo el servicio y toda la dedicación de tantas religiosas y sacerdotes, seguro que los más pobres de los pobres y los últimos de los últimos pueden tener el amor y la dedicación de nuestro pequeño grupo. Me llaman “la Hermana de los barrios más miserables”, y estoy contenta de ser precisamente eso por Su amor y por Su gloria.»
(…) A pesar de los sufrimientos y de la constante tentación de volver a la seguridad de Loreto, madre Teresa se mantuvo en el difícil camino que Dios le había preparado. La extraordinaria dificultad de su situación se pone de manifiesto en el relato que escribió el 16 de febrero:
«Hoy aprendí una buena lección — la pobreza de los pobres debe de ser a menudo tan dura para ellos. Cuando deambulé buscando una casa — caminé y caminé hasta que me dolieron las piernas y los brazos. — Pensé que a ellos también les deben de doler el cuerpo y el alma cuando buscan un hogar — comida — ayuda. — Entonces la tentación se hizo fuerte — los edificios lujosos de Loreto vinieron rápidamente a mi mente — todas las cosas bonitas y las comodidades — la gente con la que se relacionan — en una palabra, todo. — “Basta que digas una palabra y todo eso será tuyo de nuevo” — continuó diciendo el tentador. Por [mi] elección libre, Mi Dios y por amor hacia a Ti — deseo permanecer y hacer cualquiera que sea Tu Santa Voluntad respecto a mí. — No dejé caer ni una sola lágrima. — Incluso si debo sufrir todavía más — aun así quiero hacer Tu Santa Voluntad. — Ésta es la noche oscura del nacimiento de la Congregación. — Dios Mío, dame valor ahora — en este momento — para perseverar en seguir Tu llamada.»
Como madre Teresa había previsto, esta nueva vida le estaba trayendo «sobre todo sufrimientos». (…) «La pobreza de los pobres» se estaba convirtiendo en suya. Al mismo tiempo, Dios le estaba proporcionando el valor necesario para perseverar, como ella lo había pedido en sus oraciones.
Después de dos largos meses de búsqueda, Dios respondió a su petición de un nuevo hogar. Los hermanos Gomes, dos de los cuales vivían en Bangladesh, le hicieron disponible el tercer piso de su casa en el número 14 de Creek Lane; éste se iba a convertir en «el primer hogar de las Misioneras de la Caridad». Madre Teresa se trasladó allí a finales de febrero, sin embargo las pruebas continuaron:
«Hoy — Dios mío — qué tormentos de soledad. — Me pregunto cuánto tiempo sufrirá esto mi corazón. — El Padre Bauwens, SJ, el párroco de St. Teresa, vino a bendecir la casa. — Las lágrimas caían y caían. — Todos ven mi debilidad. Dios Mío, dame valor ahora para luchar contra mí misma y contra el tentador. No permitas que me eche para atrás del sacrificio que he hecho libremente y con convicción. — Corazón Inmaculado de mi Madre, ten piedad de tu pobre hija. Por amor a ti quiero vivir y morir como una M.C.»
Era raro que madre Teresa, normalmente dueña de sí misma, deje ver a otros su sufrimiento. Sólo dos semanas antes, aunque presionada por diversas pruebas y tentaciones, no dejó «caer ni una sola lágrima». Había llegado ahora al límite de su capacidad de soportar el dolor y la soledad. Convencida de no poder soportarlo con sus propias fuerzas, se dirigió a Dios en oración. Bendito seas, Dios, en tus santos. En ellos sí aprendemos que son bienaventurados los que lloran cuando sus lágrimas son porque aman. ¡Qué misterio! Te voy a pedir con las palabras de madre Teresa que me des amor y fuerza para cumplir con la misión que a mí me has encomendado. Y te pido que no me resista a sufrir cuando me toque sufrir: sufrir no es malo cuando es lo que pide el amor; lo malo es apartarse y abandonar el amor cuando amar exige sufrir.
Comenta con Dios la actitud de Teresa de Calcuta, y piensa en cómo le respondes tú.
Septiembre
3
San Gregorio Magno, Papa y Doctor de la Iglesia. Siglo VI-VII.
Verdadero pastor, propagó y reafirmó la fe por doquier, para lo cual escribió muchas obras sobre temas morales y pastorales. Organizó el canto litúrgico, que hoy seguimos llamando “canto gregoriano”.
Foto robot de la felicidad
La pregunta más comprometida y esencial que se puede hacer a alguien es ésta: ¿eres feliz? A todos los famosos se la hacen, parece que es obligado preguntarlo en cualquier entrevista que se precie. ¿Qué vas a responder? Pues que sí, que por supuesto que soy feliz. Pero contestar sinceramente a esa pregunta llevaría horas y seguramente tendría sus momentos de ojos mojados.
Feliz, bienaventurado, dichoso, alegre, afortunado… Ahí está la clave. Un día, en una montaña, Jesús ofreció una lista de bienaventuranzas, una propuesta de vida feliz, un camino que hace dichoso a quien lo recorre. Nos proponíamos vivir alegres. Veamos hoy el camino explicado por el mismo Jesús:
«Viendo la muchedumbre, subió al monte, se sentó, y sus discípulos se le acercaron. Y, tomando la palabra, les enseñaba diciendo:
Bienaventurados los pobres de espíritu,
porque de ellos es el Reino de los Cielos.
Bienaventurados los mansos,
porque ellos poseerán en herencia la tierra.
Bienaventurados los que lloran,
porque ellos serán consolados.
Bienaventurados los que tienen hambre y sed de la justicia,
porque ellos serán saciados.
Bienaventurados los misericordiosos,
porque ellos alcanzarán misericordia.
Bienaventurados los limpios de corazón,
porque ellos verán a Dios.
Bienaventurados los que trabajan por la paz,
porque ellos serán llamados hijos de Dios.
Bienaventurados los perseguidos por causa de la justicia,
porque de ellos es el Reino de los Cielos.
Bienaventurados seréis cuando os injurien y os persigan y digan con mentira toda clase de mal contra vosotros por mi causa. Alegraos y regocijaos, porque vuestra recompensa será grande en los cielos; pues de la misma manera persiguieron a los profetas anteriores a vosotros» (Mateo 5, 1-12).
¿Sabes qué? Que en las bienaventuranzas hay un sujeto secreto. Quiero decir, son como una foto robot, describen los rasgos de una persona. Son el retrato de Jesús:
«Si andamos a fondo en las Bienaventuranzas, observaremos que siempre aparece el sujeto secreto: Jesús. Él es aquel en quien se ve lo que significa “ser pobres en el Espíritu”; él tiene el corazón puro, es el que lleva la paz, el perseguido de la justicia. Todas las palabras del sermón de la montaña son carne y sangre de él.»
Pero también son una llamada a que le imitemos. Así seremos felices.
Leía en una entrevista que hacían a un artista ateo: «Basta ya de hacer de la vida un infierno para alcanzar un cielo después.» Los que las viven son bienaventurados, son felices tanto en el cielo como en la tierra. Es la alegría de ser feliz en la tierra y tener seguro el cielo. La felicidad del cielo no se alcanza al precio de una vida desgraciada en la tierra. La felicidad del cielo es para los que saben ser felices en la tierra. La gracia divina es una incoación de la gloria eterna. La gracia de Dios nos ayuda a ser felices. Hay que desterrar la idea falsa de que la vida cristiana quita la paz y la alegría por lo que tiene de esfuerzo y lucha.
Ser feliz no se consigue con una vida acomodada sino con un corazón enamorado. Pero todo amor es una conquista, es algo que no se tiene y se debe alcanzar. Algo que se obtiene con esfuerzo. Por eso, lo que parece que es perder la vida porque se da, acaba siendo una ganancia porque se encuentra.
Gracias, Jesús, por las bienaventuranzas. Las voy a volver a leer viendo que tú estás en cada una de ellas: en ellas te describes a ti mismo. Gracias, porque así me resultará más fácil imitarte. Te pido que durante este mes me ilumines para entenderlas, para vivirlas. Quiero fiarme, Señor, y dejar que las bienaventuranzas me moldeen.
Puedes hablar con él ahora acerca de lo leído, y decirle que deseas vivir las bienaventuranzas: que a lo largo de este mes te las vaya descubriendo.
Septiembre
4
Santa Rosalía, Ermitaña. Siglo XII.
En Palermo, de Sicilia, practicó la vida solitaria en el monte Pellegrino. Se le invoca como abogada contra la peste y los terremotos.
Bienaventurados los misericordiosos
Dice santa Catalina de Siena: «Si una gota de amor de Dios pudiera caer en el infierno lo convertiría en cielo y a todos los demonios los transformaría otra vez en ángeles.» La misericordia no es simple compasión, sentimentalismo vacío, buenas palabras sin eficacia; la misericordia es acompañamiento, comprensión, ahogar el mal en abundancia de bien, sacar bien del mal.
La escena del buen samaritano describe la verdadera misericordia: «Bajaba un hombre de Jerusalén a Jericó y cayó en manos de salteadores que, después de despojarle y darle una paliza, se fueron, dejándole medio muerto. Casualmente, bajaba por aquel camino un sacerdote y, al verle, dio un rodeo. De igual modo, un levita que pasaba por aquel sitio le vio y dio un rodeo. Pero un samaritano que iba de camino llegó junto a él, y al verle tuvo compasión. Acercándose, vendó sus heridas, echando en ellas aceite y vino; y le montó luego sobre su propia cabalgadura, le llevó a una posada y cuidó de él. Al día siguiente, sacó dos denarios y se los dio al posadero, diciendo: “Cuida de él y, si gastas algo más, te lo pagaré cuando vuelva.” ¿Quién de estos tres te parece que fue prójimo del que cayó en manos de los salteadores?» Él dijo: «El que practicó la misericordia con él.» Díjole Jesús: «Vete y haz tú lo mismo» (Lucas 10, 29-37).
¿Te das cuenta? Antes de que pasara el samaritano, un levita y un sacerdote judío pasaron por el camino. Al ver al hombre medio muerto se conmovieron, el herido les dio lástima, pero siguieron su camino. El malherido no fue ayudado y tal vez esa indiferencia le dolió más que la paliza recibida. Probablemente hubiese preferido que no le hubiese visto nadie, para no sufrir su desprecio. Después llegó el samaritano, se detuvo. No eran amigos, es más, entre los de Jerusalén y los samaritanos había cierta enemistad. El samaritano cambia de planes y ayuda al herido, se lo lleva consigo hasta una posada donde puedan atenderle. Este samaritano sintió en sus propias carnes las heridas del moribundo, hizo con él una obra de misericordia y le asistió.
Abrir el corazón es curar al prójimo. La misericordia tiene mucho que ver con la empatía, con compadecer, sentir con el otro, ponerse en el lugar de los demás. En muchas ocasiones no estará en nuestras manos la solución del problema, pero siempre podremos hacer que el otro no se sienta solo. Nos dice Santo Tomás de Aquino: «Entre todas las virtudes que se refieren al prójimo, la principal es la misericordia.» Muchas veces, tener misericordia significa comprender.
Otra gran parábola de la misericordia es la del hijo pródigo. El centro de esta parábola no es el hijo sino su padre (cfr. Lucas 15, 11-24). El padre había perdido un hijo pero el hijo no había perdido un padre. El hijo quiso volver como jornalero, esto es sin padre, pero el padre no se lo permitió. Perdonar es una característica propia de los padres. Podemos aplicarlo a todas nuestras relaciones: yo puedo perder un amigo, pero mi amigo nunca me perderá a mí. Cuando él quiera, aquí me tendrá: le perdonaré, no le fallaré cuando tenga la intención de volver.
Los misericordiosos alcanzarán misericordia. Normalmente quienes han recibido el perdón saben perdonar a los demás. Quienes no perdonan a los demás no suelen dejarse perdonar, no se creen que alguien pueda perdonarles. Es una experiencia: sólo son capaces de abrirse a la misericordia los que la practican. Los que son duros para dar misericordia, son duros para recibirla. Sí, el que recibe misericordia es misericordioso.
La misericordia va más allá de la justicia. La justicia da a cada uno lo suyo. Pero el hombre es pecador, luego lo suyo será el castigo. Dios, en cambio no quiere la muerte del reo sino su salvación: «No he venido para juzgar al mundo, sino para salvar al mundo» (Juan 12, 46). San Pablo nos dice: «Dios es rico en misericordia» (Efesios 2, 4).
La misericordia es amar a alguien como es, incluso con sus debilidades tan peculiares; sus faltas no nos alejan de él, sino que, al contrario, nos acercan para ayudarle, suplirle o complementarle. Cuando me lo encuentre malherido por los golpes de sus propios pecados, lo tomaré sobre mí y lo llevaré a la posada para que sea sanado. Sí: así es la misericordia que aprendemos de Dios, la misericordia que Dios practica con nosotros y que nos pide que practiquemos nosotros con los demás.
Dios, tú que eres rico en misericordia, ayúdanos a no ser justos con los demás, sino misericordiosos. Sin tu misericordia, Dios nuestro, nadie podría resistir. Que no exija sin comprensión, que no reaccione con enfados, que no me aleje de nadie criticándolo. Quiero seguir el camino de esta bienaventuranza. Hazme, Señor, misericordioso como tú eres misericordioso.
Qué buen momento para pedirle que te haga misericordioso. Hay un poco de examen con él: si comprendes o no, si eres duro con los demás, si juzgas, si perdonas, si eres buen samaritano de los demás…
Septiembre
5
Beata Teresa de Calcuta, Fundadora. 1910-1997
En la ciudad de Calcuta, en la India, beata Teresa (Inés) Gonhxa Bojaxhiu, que, nacida en Albania, fundó las congregaciones de Misioneros y Misioneras de la Caridad, para servir a los enfermos y abandonados.
Las dos espirales
Cuenta el director de cine Bergman que no se llevaba bien con su hermano mayor:
«El odio cainita casi nos lleva al fratricidio. Dag me había sacudido a conciencia y yo decidí vengarme. Costase lo que costase.
»Agarré una pesada garrafa de cristal y me subí a una silla detrás de la puerta del cuarto que compartíamos en “Våroms”. Cuando mi hermano abrió la puerta le tiré con todas mis fuerzas la garrafa sobre la cabeza. La garrafa se hizo añicos, mi hermano se desplomó y empezó a salirle sangre de la herida abierta. Unos meses después me agredió de improviso y me hizo saltar dos dientes. Respondí prendiendo fuego a su cama mientras dormía. El fuego se apagó solo y las hostilidades cesaron por una temporada.»
Las malas relaciones siguieron. Cuenta que cuando su hermano mayor tenía ya casi los sesenta años, «el dolor y la humillación física los soportaba con una rabiosa impaciencia y se preocupó mucho de hacerse lo suficientemente desagradable como para que a nadie se le ocurriese sentir compasión».
Todos conocemos la fuerza de los remolinos. Por experiencia, yo sólo estuve metido en una ocasión, en un río. De repente te sientes llevado con fuerza en una dirección que no sabes ni cuál es ni adónde te lleva. En un movimiento de espiral te mete para dentro y resulta difícil o imposible salir. Yo, por fortuna, no sé cómo pero salí. Así ocurre con el bien y con el mal. El mal es un remolino que te lleva cada vez a un mal mayor. Te arrastra con fuerza y no sabes dónde acabará. Así se entiende el comportamiento entre esos dos hermanos siendo jóvenes.
Jesús dice: Bienaventurados los que trabajan por la paz, porque ellos serán llamados hijos de Dios. Los cristianos trabajamos por romper las espirales de mal. Y eso cuesta: por eso dice que exige trabajo implantar la paz.
Pero no sólo eso. Los cristianos, además, creamos espirales de bien. Los cristianos implantamos una dinámica, como si nos encontrásemos permanentemente en un «concurso de bien», concurso que consistiría en lograr hacer un bien mayor que el bien recibido, y eso cada día y con cualquiera. Nos gusta a los cristianos vivir dando, en una escalada de dar que siempre trata de dar todavía más.
Ahogar el mal en abundancia de bien. Si no nos corresponden, seguimos haciendo el bien. Si continúan sin agradecer y sin responder con bien, seguimos haciendo el bien. Hasta que el otro se rinda y entienda esta forma de comportarse. Entonces seremos llamados hijos de Dios porque éste es el estilo de Dios, «que hace salir el sol sobre buenos y malos y hace llover sobre justos y pecadores… Sed, pues, perfectos, como vuestro Padre celestial es perfecto» (Mateo 5, 45-48).
Sí. La paz exige esfuerzo, trabajar por la justicia, implantar la espiral del bien. San Francisco lo pedía a diario con esa oración que podemos rezar hoy:
Señor, haz de mí un instrumento de tu paz:
que donde hay odio, ponga yo amor;
que donde hay ofensa, ponga yo perdón;
que donde hay error, ponga yo verdad;
que donde hay desesperación, ponga yo esperanza;
que donde hay tinieblas, ponga yo luz;
que donde hay tristeza, ponga yo alegría.
Haz, Señor, que no busque tanto
ser consolado, como consolar;
ser comprendido como comprender;
ser amado, como amar.
Porque es cuando nos damos, que recibimos;
cuando nos olvidamos, que nos encontramos;
cuando perdonamos, que obtenemos perdón;
y es muriendo, que resucitamos a la vida eterna.
Habla con él ahora, con tus palabras, de lo leído. Mira a ver si estás metido en alguna espiral, si trabajas por la paz, si puedes hacer algo más.
Septiembre
6
San Bertrán de Garrigue, Presbítero dominico.1195-1230
En el monasterio cisterciense de Boschette (o Vauluisant), cerca de Orange, en la Provenza en Francia. Uno de los primeros discípulos de santo Domingo y siempre fiel a sus consignas.
Bienaventurados los pobres de espíritu
«Había un rey que pidió a sus sacerdotes y sabios que le mostraran a Dios para poder verlo. Los sabios no fueron capaces de cumplir ese deseo. Entonces un pastor, que volvía del campo, se ofreció para realizar la tarea de los sacerdotes y los sabios. El pastor dijo al rey que sus ojos no bastaban para ver a Dios. Entonces el rey quiso saber al menos qué es lo que hacía Dios. “Para responder a esta pregunta —dijo el pastor— debemos intercambiarnos nuestros vestidos.” Con cierto recelo, pero impulsado por la curiosidad para conocer la información esperada, el rey accedió y entregó sus vestiduras reales al pastor y él se vistió con la ropa sencilla de ese pobre hombre. En ese momento recibió como respuesta: “Esto es lo que hace Dios.” Éste es el estilo de Dios: rebajarse a la condición humana, para que nosotros nos revistamos de la realeza de Cristo.»
¡Vestirnos de Dios! Para eso necesitamos no vestirnos con riquezas. Está claro que no hablamos de las ropas que abrigan el cuerpo, sino de las que visten el alma. Si el alma está vestida de vanidad, de fama y de ganas de tener, de preocupaciones por las cosas… entonces no podemos vestirnos de Dios.
La comparación que pone el salmista es tremenda: «El hombre en la opulencia no comprende, a las bestias mudas se asemeja» (49). Ése es el problema: si nos vestimos de riquezas y vivimos en la opulencia… no comprendemos a Dios, ni nada de lo que Dios nos dice, ni de lo que tenga que ver con la vida del espíritu: entendemos tanto como las bestias, y bestias que tampoco pueden comunicarse porque son mudas.
Es preciso desvestir el alma de esas cosas para vestirnos de Dios. A eso se refiere Jesús al decirnos «bienaventurados los pobres de espíritu porque ellos poseerán la tierra».
Se puede ser pobre de cosas materiales, pero también se puede ser pobre en recursos, pobre de ideas, pobre en salud, pobre de tiempo, de inteligencia, de virtudes, de simpatía… Jesús nos pide que seamos pobres de espíritu. La bienaventuranza que nos enseña Jesús es ésta: bienaventurados los pobres de espíritu. Así nuestro espíritu será habitado por Dios: él quiere darnos su Espíritu.
Un hijo de Dios puede decir que no tiene nada, pero tiene a Dios. Hay tantos que quieren mostrar ante el mundo sus habilidades, mostrar de lo que son capaces, aparentar… El cristiano, hijo de Dios, no necesita demostrar nada porque teniendo a Dios ya lo tiene todo.
Dios mío, te voy a repetir las palabras de santa Teresa:
Nada te turbe, nada te espante, todo se pasa, Dios no se muda, la paciencia, todo lo alcanza;
quien a Dios tiene nada le falta: sólo Dios basta.
Eleva el pensamiento, al cielo sube, por nada te acongojes, nada te turbe.
A Jesucristo sigue con pecho grande, y venga lo que venga, nada te espante.
¿Ves la gloria del mundo? Es gloria vana; nada tiene de estable todo se pasa.
Aspira a lo celeste, que siempre dura; fiel y rico en promesas, Dios no se muda.
Ámale cual merece, Bondad inmensa; pero no hay amor fino sin la paciencia.
Confianza y fe viva mantenga el alma, que quien cree y espera todo lo alcanza.
Del infierno acosado aunque se viere, burlará sus furores quien a Dios tiene.
Vénganle desamparos, cruces, desgracias; siendo Dios su tesoro, nada le falta.
Id, pues, bienes del mundo; id, dichas vanas; aunque todo lo pierda, sólo Dios basta.
Ahora es el momento para preguntarle qué sería conveniente quitarte para vestirte de él. Si quieres, puedes repetirle el Nada te turbe de santa Teresa despacio, comentando algunas de las frases con él.
Septiembre
7
Santa Regina, Mártir. Siglo II.
Alesia, en Borgoña. Fue educada en la fe por una nodriza cristiana. Por negarse a aceptar casarse la encerraron en un calabozo y sufrió tormentos. Una de aquellas noches, recibió en su calabozo el consuelo de una visión de la cruz. Murió decapitada.
El hambre y la sed, y el Varón de deseos
Cuando Jesús se dirigía con los apóstoles a Jerusalén, la madre de los hijos de Zebedeo se le acerca y le pide que disponga que sus dos hijos tengan asiento en su reino, uno a la izquierda y el otro a la derecha. Los dos apóstoles, aunque también desean lo que la madre, se muestran temerosos y avergonzados, incapaces de confirmar en alto la petición materna. Jesús les reprocha: «No sabéis lo que pedís. ¿Podéis beber el cáliz que yo he de beber?»
—¡Podemos! —responden enérgicamente, afirmando que están dispuestos a hacer lo que Jesús quiera. Da gusto escuchar a estos dos jóvenes. Seguramente ni siquiera sabrían qué quería decir aquello de “podéis beber el caliz que yo he de beber”: ¿de qué cáliz habla? ¿qué significa beber de una copa? Pero no les importa no saber qué tendrán que hacer para lograr los mejores puestos en el nuevo Reino. «¿Que si podemos? Podemos lo que sea necesario», responden, con tal de alcanzar lo mejor. Son varones de deseos, de la misma manera que su madre es mujer de deseos.
La madre, al pensar en el reino, probablemente pensó en el reino temporal. Su visión era corta porque el reino que Jesús ofrecía no era de este mundo, pero su ambición fue mayor que su visión: pidió lo mejor que conocía; si, en cambio, pensaba en la eternidad, no pudo pedir nada mejor. Madre e hijos son almas de deseos, y esto significa superar la mediocridad, buscar el triunfo tanto en la tierra como en el cielo. Y nos dicen las escrituras: El deseo de Justo se logra, y en otro lugar: El justo verá colmados sus deseos (Prov. X-XI).
Esta escena nos ayuda a entender el «Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia.» Ambición, hambre, inconformismo con la mediocridad, sed de más, deseos grandes, ser soñador… Ante esta escena debemos reaccionar y ser también almas de deseos: desear un lugar junto a Cristo y no quedarnos como simples espectadores.
En el libro de Daniel se le describe al protagonista como «varón de deseos». Bienaventurados, entonces, quienes tienen hambre y sed de justicia, es decir, las mujeres y hombres de deseos de un mundo en el que reine la justicia. Cuando Jesús anuncia esta bienaventuranza, «la mirada se dirige a las personas que no se conforman con la realidad existente ni sofocan la inquietud del corazón, esa inquietud que remite al hombre a algo más grande y lo impulsa a emprender un camino interior, como los magos de Oriente que buscan a Jesús, la estrella que muestra el camino hacia la verdad, hacia el amor, hacia Dios. Son personas con una sensibilidad interior que les permite oír y ver las señales sutiles que Dios envía al mundo y que así quebrantan la dictadura de lo acostumbrado.»
Quiero, Jesús, ser uno de ésos: quiero tener mucha hambre y mucha sed de bien, de más justicia, de un enorme amor, de una siembra abundante de verdad, de triunfo de la paz… Ante lo que me excede no me desanimaré sino que desearé; ante lo que no soy capaz no me desanimaré sino que te diré que lo deseo. Por otro lado, lo que dependa de mí, lucharé por cambiarlo. Y no olvido, ahora que soy joven, que si me preparo bien profesionalmente estará más capacitado para influir más en el mundo y así hacerlo más justo: tengo que trabajar mucho y bien. María, auméntame el hambre y la sed de justicia. Haz de todos tus hijos cristianos personas de deseos grandes.
Es el momento de hablar con Dios con tus palabras acerca de esta bienaventuranza. Ejercítate ahora como varón de deseos: deseo, Señor, esto… y esto otro… y esto otro…
Septiembre
8
Natividad de la Santísima Virgen, Fiesta
De la estirpe de Abrahán, nacida de la tribu de Judá
y de la progenie del rey David, concebida sin mancha
de pecado, llena de gracia y bendita entre todas las mujeres,
de la cual nació el Hijo de Dios, hecho hombre por obra
del Espíritu Santo, para liberar a la humanidad
de la antigua servidumbre del pecado.
Para los mansos y misericordiosos: ¡Prohibido correr!
La ironía de este breve relato nos
delata a muchos:
«Soy hombre de acción y no arrojo
la toalla en ningún momento. Así
que, ni siquiera ahora que me encuentro solo
en una barca en la mitad del océano, he perdi-
do el optimismo y la voluntad de acción.
Pero ¿cómo actuar si no hay remos, ni velas,
ni siquiera timón?
En un bolsillo he encontrado un sacacorchos, cosa inútil en mi situación. Pero ¿para qué
sirve el ingenio? El sacacorchos es un tipo de
taladro, de manera que algo se puede taladrar.
Cualquier actividad es siempre mejor que estar
con los brazos cruzados.
La barca está hecha de una dura madera y
me ha resultado trabajoso taladrarla. Por suer-
te, además de las cualidades personales antes
mencionadas, me caracteriza también la per-
severancia, gracias a lo cual, antes de la puesta
del sol, en la barca hay ya un precioso agujero.
Como oscurecía, he tenido que interrumpir
el trabajo a pesar de que la inactividad me disguste
tanto. Sin embargo, ¿de qué sirve la pa-
ciencia? Esperaré y, cuando salga el sol, procederé
a taladrar otro. Y no es que me abandone
el optimismo, pero ¿de dónde sale este miste-
rioso burbujeo y por qué el agua me llega ya
hasta las rodillas?»
Así es. En nuestras ciudades nos entrega-
mos enseguida a la velocidad y nos olvidamos
de todo. Parece que tenemos miedo a pensar
y estamos más cómodos con la prisa, la velocidad, la rapidez. No aguantamos que el ordenador nos haga esperar medio minuto: «menuda patata de ordenador,
tengo que cambiarlo ya».
La misma idea quiere transmitir este novelis-
ta. Un matrimonio viaja en coche cuando pasa
una moto a gran velocidad: «Vera, mi mujer,
me dice: “Cada cincuenta minutos muere un
hombre en las carreteras de Francia. Mira todos
esos locos que conducen a nuestro alrededor.
Son los mismos que se muestran extraordina-
riamente cautos cuando asisten en plena calle
al atraco de una viejecita. ¿Cómo es que no tie-
nen miedo cuando van al volante?”»
Entonces él piensa: «¿Qué contestar? Tal vez
lo siguiente: El hombre encorvado encima de
su moto no puede concentrarse sino en el ins-
tante presente de su vuelo; se aferra a un frag-
mento de tiempo desgajado del pasado y del
porvenir; ha sido arrancado a la continuidad
del tiempo; está fuera del tiempo; dicho de otra
manera, está en estado de éxtasis; en este esta-
do, no sabe nada de su edad, nada de su mujer,
nada de sus hijos, nada de sus preocupaciones
y, por lo tanto, no tiene miedo, porque la fuen-
te del miedo está en el porvenir, y el que se li-
bera del porvenir no tiene nada que temer.
La velocidad es la forma de éxtasis que la re-
volución técnica ha brindado al hombre. Contra-
riamente al que va en moto, el que corre a pie
está siempre presente en su cuerpo, permanen-
temente obligado a pensar en sus ampollas, en
su jadeo; cuando corre siente su peso, su edad,
consciente más que nunca de sí mismo y del
tiempo de su vida. Todo cambia cuando el hom-
bre delega la facultad de ser veloz a una máqui-
na: a partir de entonces, su propio cuerpo queda
fuera de juego y se entrega a una velocidad que
es incorporal, inmaterial, pura velocidad, veloci-
dad en sí misma, velocidad éxtasis».
Así empieza la novela, y después de muchas
páginas termina con esta descripción: «Con
paso decidido, se apresura hacia la moto, de-
sea su moto, rebosa amor por su moto, por la
moto sobre la cual olvidará todo, sobre la cual
se olvidará a sí mismo».
Señor, me prohíbo correr. Es verdad que muchos
días, desde que me levanto hasta que me acuesto,
no paro de hacer cosas. Que no me olvide de quién
soy, de qué quiero en la vida, que no olvide que exis-
tes tú y existen los demás. Me prohíbo correr, porque
el activismo es una huida que no me interesa. Así
seré manso y transmitiré paz, haré justicia y limpiaré mi mirada, así seré capaz de ser misericordioso.
Puedes ahora hablar con Dios con tus palabras, y comentar la
velocidad con la que vives tus días, si vas por ahí con cara de prisa, si no sabes estar sin acción.
Septiembre
9
San Pedro Claver, Presbítero jesuita. 1580-1654.
En Nueva Cartagena, ciudad de Colombia, durante más de cuarenta años dedicó su vida a los esclavos negros, bautizando con su propia mano a casi trescientos mil de ellos.
Dormir como un niño… es de santos
Los cristianos tenemos clara nuestra meta. ¡Es formidable! El camino, sin embargo, tiene momentos de todo tipo. Uno de los sabores amargos lo dan los fallos personales, el cansancio de desviarnos o caer una y otra vez en lo mismo, el desánimo causado por intentos fallidos, por metas no alcanzadas…
Necesitamos aprender a vivir siendo como somos: fallones. En el camino los fallos son experiencias: todos los éxitos en su principio fueron fracaso. La perseverancia no es una línea recta sino quebrada, con altibajos, caer y volver a levantarse hasta que se domina, entonces se está en disposición para hacer otra cosa nueva.
Los cristianos luchamos, pero lo importante no es arrasar consiguiendo nuestros objetivos a la primera, sino que lo que de verdad nos importa es amar a Dios, gustarle a él, agradarle, unirnos. Si queremos luchar por algo, es por este motivo; por eso, si no lo conseguimos, conservamos la paz igualmente, pues seguimos amándole con nuestro defecto, y sabemos que él nos quiere así y no nos deja de su mano. Así, poco a poco, cuando él quiera, nos sacará de nuestras caídas, defectos, imperfecciones y pecados.
¡Qué importante es que aprendamos a vivir con paz! Hagamos esfuerzos por confiar en Dios. Charles Péguy nos sugiere con su poesía lo que Dios diría al hablar de su obra, el Hombre:
«Yo conozco bien al hombre. Soy yo quien lo ha hecho. Es un ser extraño. Pues en él actúa esa libertad que es el misterio de los misterios. (…) Yo sé llevarle. Es mi oficio. Y esa libertad es mi creación. Se le puede pedir mucho corazón, mucha caridad, mucho sacrificio. Tiene mucha fe y mucha caridad. Pero lo que no se le puede pedir, vaya por Dios, es un poco de esperanza. Un poco de confianza, vaya, un poco de relajación, un poco de entrega, un poco de abandono en mis manos, un poco de renuncia. Está tenso todo el tiempo. (…)
»Que ese señor consienta, que se dé un poco a mí. Que relaje un poco sus pobres miembros cansados sobre una tumbona. Que relaje un poco sobre una tumbona su corazón dolorido. Que su cabeza, sobre todo, deje de funcionar: su cabeza funciona demasiado. Y él cree que ése es su trabajo, que su cabeza funciona así. Y sus pensamientos, total, ¡para lo que él llama sus pensamientos! Que sus ideas no funcionen más y no se peleen más en su cabeza y no tintineen más como pepitas de calabaza. Como un cascabel en una calabaza vacía. Cuando pienso a qué llama sus ideas… Pobre ser. No me gusta, dice Dios, el hombre que no duerme.»
«Pero el que por la noche al acostarse hace planes para el día siguiente. No me gusta, dice Dios. El muy tonto, sabe acaso cómo se hará el día de mañana. Conoce al menos el color del tiempo. Mejor haría en rezar sus oraciones. Yo nunca he negado el pan del día siguiente. El que está en mi mano como el bastón en la mano del viajero. Ése sí me es agradable, dice Dios. El que se apoya en mi brazo como un bebé que se ríe. Y que no se ocupa de nada. Y que ve el mundo en los ojos de su madre, y de su ama. Y que no lo ve y no lo mira más que allí. Ése me es agradable, dice Dios. Pero el que hace cálculos, el que en su interior. En su cabeza para mañana. Trabaja como un mercenario. Trabaja horriblemente como un esclavo que gira una rueda eterna. (…) Pues bien, ése no me es agradable en absoluto, dice Dios. El que se abandona, me gusta. El que no se abandona, no me gusta, es así de sencillo. El que se abandona no se abandona y es el único que no se abandona. El que no se abandona se abandona y es el único que se abandona.»
Y continúa: «Pero cuando yo os digo: Pensad más bien en el mañana, no os digo: calculad ese mañana. Pensad en él como un día que llegará; y pensad que eso es todo lo que sabéis de él. No seáis como ese desgraciado que da vueltas y se consume en la cama. Para llegar a la jornada siguiente. No acerquéis la mano al fruto que no está maduro. Sabed únicamente que ese mañana del que siempre se habla es el día que va a llegar, y que estará bajo mi gobierno. Como los demás. Eso es todo lo que debéis saber. En cuanto al resto, esperad. Yo espero mucho, aun siendo Dios. Vosotros me hacéis esperar mucho. Me hacéis esperar demasiado la penitencia tras la falta. Y la contrición tras el pecado. Y desde el principio de los tiempos yo espero El juicio hasta el día del juicio.»
Señor, tú eres misericordioso. Si confiamos en tu misericordia, nosotros también seremos misericordiosos. Me abandono en ti. Dormiré a pierna suelta. Renuncio a controlar el futuro. Que en la lucha interior sepa vivir con paz también cuando soy derrotado, porque tu misericordia es mucho más grande que mi derrota.
Comenta ahora si quieres la necesidad que tienes de confiar y abandonarte en él. Convéncele de que te lleve por ese camino.
Septiembre
10
San Nemesio, mártir. Siglo III.
En Alejandría, en Egipto, acusado falsamente de ladrón, fue llevado a juicio y absuelto, pero después, en la persecución del emperador Decio, fue acusado de ser cristiano, siendo torturado y quemado con ladrones.
Los ojos del corazón
Un compañero del servicio militar se replantea su vida tras la muerte de su madre. Somete a revisión su vida y se da cuenta de que ha sido algo tonto en sus relaciones con las chicas en el pasado. Así lo dice en una larga carta:
«Incluso a las mujeres las veo ahora de otra forma; cuánta dignidad les había hecho perder en mis pensamientos anteriores (aunque para ser sinceros, esos pensamientos siguen apareciendo; la diferencia es que ahora los combato y sé por qué los combato). Soy más sincero con ellas, me siento libre.»
Efectivamente, algunas formas de mirar no buscan la dignidad del otro: sólo importa el hecho de si aquello es agradable o no, si puede ofrecer placer o no, si me gusta o no, si resulta útil o no, si me puede proporcionar satisfacción o no.
Hay corazones que miran mal. Estos corazones tienen ojos que sólo dan valor a lo que les produce placer. Lo único que les interesa de la realidad es aquello que les pueda despertar agrado, gusto, satisfacción… No saben si las cosas tienen un valor; reconocen como valioso, exclusivamente, lo que pueden usar con algún tipo de agrado.
El interés domina sus relaciones. Instrumentaliza todo, también a las personas; cualquier realidad es un instrumento o medio para su placer; si no es así, pierde interés.
Quien no tiene un corazón limpio mira a otra persona y no ve un tú, un sujeto valioso y digno, con necesidades y exigencias, con su historia y sus sentimientos, con sus pesares y sus ilusiones. Lo que se presenta ante su mirada es «algo» que le sirve porque gusta, excita, despierta placer…
Esta actitud puede despertar cierto asco cuando se considera fríamente. Por eso, quien cae en esta situación pretende limitar este comportamiento a un aspecto de la vida, a la esfera de la sexualidad; pero no es posible. Esta actitud conforma —da forma— al propio corazón y lo contamina. Quien mira mal se hace caprichoso. A fuerza de girar en la rueda de sus limitados intereses, se incapacita progresivamente para que brille el valor de cualquier otra cosa. Si no reaccionamos pronto, el corazón se hace cada vez más pequeño e insensible. Cualquier persona, y el mismo Dios, terminará por convertirse en algo bastante insípido y uniforme: sólo le llamarán la atención las cosas o personas con capacidad de satisfacerle. Las cosas y las personas no se distinguirán por sí mismas, sino por su utilidad.
Quien libremente se va conformando de este modo, se incapacita para la verdadera felicidad. Acaba un poco harto y empachado porque se siente esclavo. Y por supuesto no puede ver a Dios.
Así se entiende bien aquello que nos dijo: Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios. Está claro: quien no es limpio de corazón no le ve, ni a Dios ni a casi nadie del que no pueda sacar provecho, del tipo que sea, pero provecho.
Dame, Señor, un corazón puro. Lávame y déjame más blanco que la nieve (Salmo 50). Que no mire mal, que no mire siempre con interés. Santa María, bendita sea tu pureza, y eternamente lo sea, pues todo un Dios se recrea en tan graciosa belleza. ¡Que también pueda recrearse en la mía! Amén.
Coméntale con tus palabras cómo es la mirada de tu corazón. Termina después con la oración final.
Septiembre
11
San Juan Gabriel Perboyre, Presbítero y Mártir. 1802-1840
En la ciudad de Wuchang, de la provincia Hubei, en China, presbítero de la Congregación de la Misión que, dedicado a la predicación del Evangelio durante una persecución sufrió prolongada cárcel, siendo atormentado y, al fin, colgado en una cruz y estrangulado.
Feliz de no ser nadie, ni siquiera para Dios
Madre Teresa de Calcuta, con una transparencia impresionante, escribe a monseñor Périer lo que ocurre en su alma:
Excelencia, ¿por qué todos son tan buenos con nosotras? —No tengo otra respuesta sino una profunda gratitud. (…)
Hay tanta contradicción en mi alma. — Un deseo tan profundo de Dios — tan profundo que es doloroso — un sufrimiento continuo — y sin embargo no querida por Dios — rechazada — vacía — no fe — no amor — no fervor. — Las almas no me atraen de ningún manera— el Cielo no significa nada —me parece como un lugar vacío — el pensamiento del Cielo no significa nada para mí y sin embargo este atormentador anhelo de Dios. — Rece por mí por favor para que continúe sonriéndole a pesar de todo. Pues soy sólo Suya — así Él tiene todo derecho sobre mí. Soy perfectamente feliz de no ser nadie ni siquiera para Dios (…)
Su devota hija en J.C.
M. Teresa, M.C.
Escribe el padre Brian: «Sentir que los mismos pilares de su vida —la fe, la esperanza, el amor— habían desaparecido, era angustioso. Las tinieblas habían debilitado la certeza del amor de Dios hacia ella y la realidad del cielo. El celo ardiente por la salvación de las almas que la había llevado a la India aparentemente se había desvanecido. Al mismo tiempo, paradójicamente, se agarraba con todas sus fuerzas a la fe que profesaba y, sin ningún consuelo, trabajó de todo corazón en su servicio diario a los más pobres de los pobres.
Madre Teresa confesó que era «perfectamente feliz de no ser nadie ni siquiera para Dios». En 1947, escribió a monseñor Périer: «Por naturaleza soy sensible, me gustan las cosas bonitas y agradables, la comodidad y todo lo que puede dar la comodidad, ser amada y amar». Habitualmente ella guardaba silencio ante todas las faltas de amor, aunque las sintiera profundamente. Cuánto más sensible sería con los signos del amor de Dios —o su aparente ausencia—. Su ansia de sentir Su cercanía hizo la oscuridad mucho más desgarradora. Había alcanzado sin embargo una madurez espiritual que la ayudaba a ocupar el último sitio con humildad y generosidad y ser alegremente «nadie ni siquiera para Dios».
Durante sus retiros anuales, madre Teresa revisaba su vida y renovaba su compromiso de esforzarse por alcanzar la santidad —y ella era muy exigente consigo misma—. En abril de 1957, compartió con monseñor Périer su determinación de arrancar los defectos de su fuerte carácter. Continuando su propósito del año anterior, se esforzaría en superar sus deficiencias mediante la mansedumbre y la humildad.
«Éstas son mis faltas. A veces usé un tono bastante vivo y severo corrigiendo a las Hermanas. Incluso algunas veces fui impaciente con la gente —por éstas y por todas mis otras faltas humildemente pido perdón y penitencia— y pido la renovación de mis permisos generales (de dar, recibir, comprar, vender, prestar, pedir prestado, destruir, dar estos permisos a las Hermanas en especie y en dinero) para las Hermanas y todas las obras de la Congregación, y le pido que me corrija por todas mis faltas. Quiero ser santa según Su Corazón manso y humilde, por eso me esforzaré lo más posible en estas dos virtudes de Jesús.
»Mi segundo propósito es llegar a ser un apóstol de la Alegría —para consolar al Sagrado Corazón de Jesús mediante la alegría—.
»Por favor pídale a Nuestra Señora que me dé su corazón, de modo que pueda cumplir más fácilmente Su deseo para mí. Quiero sonreír incluso a Jesús y así, si es posible, esconderle incluso a Él el dolor y la oscuridad de mi alma.
»Las Hermanas están haciendo un retiro muy fervoroso. — Tenemos mucho que agradecer a Dios, por darnos Hermanas tan generosas.»
Comprometerse en llegar a ser «un apóstol de la Alegría» cuando humanamente hablando se sentía posiblemente al borde de la desesperación, era verdaderamente heroico. Pudo hacerlo porque su alegría estaba enraizada en la certeza de la bondad última del plan amoroso de Dios hacia ella. Y aunque su fe en esta verdad no le proporcionaba ningún consuelo, se arriesgó a afrontar los retos de la vida con una sonrisa. Su único punto de apoyo era la confianza ciega en Dios.
El deseo magnánimo de esconder su dolor incluso a Jesús, era una expresión de su gran y delicado amor. Hacía todo lo posible para no cargar a otros con sus sufrimientos; deseaba aún menos que éstos fueran una carga para su esposo, Jesús. Comparado con Sus sufrimientos y los de Sus pobres, su dolor no le parecía significativo. En cambio aspiró a consolar Su Corazón mediante la alegría. Para esto contaba con el apoyo de María.
Bienaventurados los que sufren, sí, porque ellos serán consolados. Madre Teresa sufre y, al mismo tiempo disfruta de un peculiar consuelo de Dios. Y con el deseo de parecerse a Jesús se propone imitarle en su mansedumbre: bienaventurados los mansos.
También yo quiero ser apóstol de tu alegría. No quiero, Señor, hacer demasiado caso a los sentimientos. Aunque no te sienta, tú estás ahí. Aunque no sienta tu calor, tú me quieres con ternura. Quiero saber sufrir lo que me «toque» y ser feliz porque sepa sufrir consolado por ti. Y como Teresa te digo: «Quiero ser santa según Su Corazón manso y humilde, por eso me esforzaré lo más posible en estas dos virtudes de Jesús.»
Comenta con Dios lo leído, y pregúntale si quiere que hagas los mismos propósitos de Madre Teresa u otros.
Septiembre
12
El Dulce Nombre de María. Fiesta.
Tras la celebración de la fiesta de la Natividad de la Virgen María el pasado día 8 de septiembre, ahora llega la fiesta de su nombre. Se celebra hoy por la tradición judía de presentar al recién nacido en el templo a los pocos días de nacer.
La comunión de los santos
El tiburón es un animal que goza de una extraordinaria finura de olfato para la sangre. La sangre le atrae. No se anda con contemplaciones y destroza a su víctima. A algunos hombres se les llama tiburones porque tienen la habilidad de aniquilar al débil, de aprovecharse del herido. En fin, que si uno está débil, su peor enemigo es el tiburón. El tiburón no con-vive, no vive-con, es un animal solitario porque si hay otro se lo devora.
Jesucristo propone otro estilo de vida. Cuenta John Magee, secretario de Pablo VI, que el día antes de su muerte, a las tres de la mañana, el Papa tocó la campanilla de su habitación. Estaba sentado y respiraba con dificultad. Se le dio oxígeno y al rato respiraba mejor. Al verle tan mal, el secretario quiso romper el silencio y le dijo: «Santidad, podemos rezar juntos ahora.» El Papa contestó: «Pero no por mí, por la Iglesia.»
Mientras en una sociedad de tiburones unos se abandonan a otros, los que aman se unen y se fortalecen. Es cierto que los hijos de este mundo puedan ser más listos que los hijos de la luz —los cristianos—, pero desde luego los cristianos les llevamos ventaja en la unión que tenemos y que generamos.
El papa Benedicto XVI explica que el hombre se dirige a Dios no en solitario sino formando una comunidad, un pueblo. Porque, incluso, lo que es bueno —como es la búsqueda de la santidad— se puede volver egoísta, se puede convertir en soberbia y orgullo. Para que un acto tenga el sello de la bondad debe estar dirigido por la caridad. El santo hace santos, la santidad no se encierra en sí misma sino que se abre a la comunidad, le hace sentirse parte de un pueblo, el suyo.
En la Iglesia nadie está solo, la Iglesia es una gran familia. En otros ámbitos, si una cosa está mal se quita, se destruye. En cambio en la Iglesia no es así. Dice san Pablo: «Si padece un miembro, todos los miembros padecen con él; y si un miembro es honrado todos los otros a una se gozan» (I Corintios 12, 26).
Somos una comunión. La comunión quiere decir que no hay dos partes separadas, sino que todos formamos un todo. Dios se une tomando nuestra naturaleza y asume nuestros pecados como suyos, se hace pecado para librarnos del pecado. Cristo está involucrado en nuestro destino y ya nunca nos dejará. Esto es la comunión de los santos. Es de santos porque nos une todo menos el pecado. El pecado es lo que separa, lo que te arrebata la comunión, es la excomunión. Por eso mismo en esta comunión se ayuda a no caer en el pecado.
Pensemos un momento: ¿soy tiburón, o tengo el comportamiento de Pablo VI?
Señor, si el esfuerzo por vivir las bienaventuranzas no me lleva a vivir más unido a los demás, es que no las he entendido. Quiero vivir unido a todos los hombres, meter sangre buena en este cuerpo que es la Iglesia: con mi lucha y mi amor, sé que elevo la vida espiritual de la Iglesia. Gracias porque todos estamos unidos, gracias porque me beneficia la vida de tantos otros, gracias porque me has hecho responsable de la vida de los demás.
Ahora puedes comentar con él si eres algo tiburón… o si, como Pablo VI, vives unido incluso con quienes no conoces.
Septiembre
13
San Juan Crisóstomo, Obispo y Doctor de la Iglesia. Siglo V.
Obispo de Constantinopla. Sufrió el destierro por la facción de sus enemigos, y al volver del exilio murió como consecuencia de los maltratos recibidos de sus guardas durante el camino de regreso. Patrono de los predicadores.
El orinal idealizado
En un centro de enfermos mentales, uno de los ingresados tenía un orinal que, aunque en sí mismo no tenía ningún valor, para él suponía una riqueza inigualable. Era de aluminio y estaba lleno de abolladuras. El médico escribe: «Sin parientes ni amigos, abandonado en un hospital de beneficencia, todas sus posesiones terrenas aparte el exiguo vestuario consistían en este utensilio que idealizó: “de plata peruana purísima, trabajada a mano, por eso no brilla.”
»Único tesoro, posesión preciada, objeto amado, pedestal para su orgullo. También fuente de angustia, por temor a la codicia ajena. Aunque dispone de armario con llave prefiere llevarlo consigo, “así estoy seguro de que no me lo roban, hay mucho desaprensivo.”»
Después de unas reformas en el hospital, la dirección decidió retirar todo este tipo de objetos que no eran imprescindibles. Cuenta el médico: «Ataúlfo reclamó el suyo afirmando que era “propiedad particular”. —Pero hombre, si ya no lo necesita, tiene baño, retrete con ventilación directa, bidé, todo. La monja de la sala argumentaba queriendo eliminar aquel estorbo. Inútil. Ataúlfo no soltaba su bacinilla. Al fin expuso el motivo: “Comprenda, hermana, un archiduque sólo puede usarlo de plata.” Inapelable.
»La monja —continúa—, que era una santa, optó por transigir. En aquella comunidad de monjas había de todo. La santidad de ésta no es una frase, y este episodio lo demuestra. Para no privar al enfermo de un capricho patológico, el perico tenía que limpiarlo ella casi todos los días; y no hace ninguna gracia cuando se sabe que además no es indispensable.»
El Señor enseña que el Reino de los cielos está reservado únicamente a los que quieren ser pobres. ¿A qué pobres se refiere? Porque todos hemos conocido pobres que son ricos, y ricos que son pobres. La pobreza y la riqueza no dependen de la cantidad de dinero del que se dispone. El protagonista del caso del orinal era un enfermo, pero hay muchos sanos que también viven así, con sus cosas idealizadas, apegados a ellas, no dispuestos a prescindir de eso… porque son sus riquezas.
Jesús no declara bienaventurados a los pobres materiales. En la Biblia la pobreza tiene este sentido más profundo: habla de los pobres de espíritu. Los pobres son los anawin: los que esperan en el Señor. También lo dice san Juan Crisóstomo, que los buenos pobres de espíritu son los humildes y contritos de corazón, los que se saben indigentes ante Dios y esperan en su misericordia. Ellos ponen su destino en la posesión del cielo, sólo el cielo es seguro, ¡la riqueza del cielo!
Dice san Pablo que la raíz de todos los males es la avaricia (1 Timoteo 6, 9). Nuestros primeros padres desearon antes la fruta que el mandato de Dios. Donde está tu tesoro, allí está tu corazón. Nuestro corazón debe estar en el cielo, sólo así podremos ponerlo en su justa medida en las cosas de la tierra. El secreto de la pobreza de espíritu es el amor a Dios. Si este amor se enfría, entonces aparece el capricho, la compensación, el apegamiento.
Ocurre que aun teniendo riquezas se puede estar triste porque el origen de la alegría es el amor, no el dinero. El joven rico se fue triste a pesar de tener muchas posesiones. «No amontonéis tesoros en la tierra, donde la polilla y la herrumbre los corroen y donde los ladrones socavan y los roban» (Mateo 6, 19). Lo que queda es el amor. Como dice san Juan de la Cruz, al final de la vida nos examinarán del amor.
Necesitamos aprender a ser pobres y para ello lo mejor es vivir sobria y templadamente. Sí: sobria y templadamente. No nos resulta fácil: todo nos invita a consumir y tener siempre más cosas y mejores, porque si no parece que te quedas fuera; al menos, tener todo lo que puedo tener. Es decir, que si no tengo algo es porque no puedo; si pudiese, por supuesto que lo tendría.
La pobreza de espíritu no es menos exigente ni menos dura que la pobreza material. De hecho, quien practica la primera no teme la segunda, ni se rebela si la sufre. «He aprendido a contentarme con lo que tengo. Sé vivir en pobreza y vivir en la abundancia, estoy acostumbrado a todo y en todo lugar, a la hartura y a la escasez, a la riqueza y a la pobreza. Todo lo puedo en Aquél que me conforta» (Filipenses 4, 11).
La preocupación de Jesús nos la dijo con mucha claridad: «No andéis preocupados… bien sabe vuestro Padre celestial que de todo estáis necesitados. Buscad primero el Reino de Dios y su justicia y todas esas cosas se os darán por añadidura» (Mateo 6, 31).
Pero todavía hay más. La pobreza de espíritu debe llegar al desprendimiento de uno mismo. «Dices soy rico… y no sabes que eres un desdichado» (Apocalipsis 3, 17). No es una pérdida sino una ganancia, porque «si no soy yo entonces es Cristo quien vive en mí» (Gálatas 2, 20).
Señor, quiero ser pobre de espíritu. Ayúdame a vaciarme de mí mismo, y así seré bienaventurado.
Puedes hablar ahora con él si tienes algún «orinal» idealizado. A veces son costumbres que no estamos dispuestos a abandonar, o cosas que nos tienen tomada la cabeza, que nos hacen andar preocupados… Comenta si lo primero que buscas es el Reino de Dios y su justicia… o son otras cosas.
Septiembre
14
Exaltación de la Santa Cruz, Fiesta.
Este día nos recuerda que Santa Elena halló la Santa Cruz en el año 320. Jesús no ha venido ni a suprimir el sufrimiento ni para explicarlo, sino, para acompañarlo con su presencia.
La Cruz
Celebramos la exaltación de la santa Cruz. Repasemos un poco la historia de esta fiesta. La fiesta de la exaltación de la Santa Cruz se remonta a la primera mitad del siglo IV. Según la Crónica de Alejandría, Elena redescubrió la cruz del Señor el 14 de septiembre del año 320. El 13 de septiembre del 335, tuvo lugar la consagración de las basílicas de la Anástasis (resurrección) y del Martirium (de la Cruz), sobre el Gólgota. El 14 de septiembre del mismo año se expuso solemnemente a la veneración de los fieles la cruz del Señor redescubierta. Sobre estos hechos se apoya la fiesta que hoy celebramos, fiesta celebrada en Constantinopla ya en el siglo V y en Roma ya en el VII.
Las iglesias que poseían una reliquia de la cruz (Jerusalén, Roma y Constantinopla) la mostraban a los fieles en un acto solemne que se llamaba «exaltación», el 14 de septiembre. De ahí deriva el nombre de la fiesta. La cruz habla de un deseo escondido, de una pasión de Dios: el deseo del Padre de salvar a todos los hombres por medio de su Hijo.
La señal de la cruz es una marca. Un coche, por ejemplo, se marca con una circunferencia con tres radios, o con la figura de un jaguar, o un león rampante, o con un simple rombo… Vemos la marca, y sabemos a qué fábrica de coches pertenece. El cristiano está marcado por la cruz de Cristo. La cruz le marca porque fue liberado por ella.
La cruz, por tanto, está en mi origen como cristiano. También la vida del cristiano está marcada por la cruz: quien quiera seguirme, tome su cruz cada día. Y a la vez, el modo de colaborar con Cristo para que la vida nueva llegue a otros —el apostolado—, exige «clavarnos» en la cruz por ellos, como hizo Cristo.
Comenzamos la misa con la señal de la cruz: conviene que la hagamos con pausa, como expresión sincera: recordamos y reconocemos que la cruz nos ha salvado y por eso pertenecemos a Jesús, a la vez que manifestamos la voluntad de aceptarla en nuestra vida.
La oración de la misa que se llama prefacio del día de hoy es específica, y podríamos titularla «Árbol contra Árbol»: se contrapone el árbol del paraíso (por el que vino el pecado de Eva y Adán) al árbol de la cruz (donde Cristo genera la nueva vida):
«En verdad es justo y necesario,
es nuestro deber y salvación
darte gracias, siembre y en todo lugar,
Señor, Padre Santo,
Dios todopoderoso y eterno.
Porque has puesto la salvación del género humano
en el árbol de la cruz,
para que donde tuvo origen la muerte,
de allí resurgiera la vida,
y el que venció en un árbol,
fuera en un árbol vencido,
por Cristo, nuestro Señor…»
Que sepas que un día como hoy, en 1224, san Francisco recibió los estigmas. Y un día como hoy, en 1915, el padre Pío recibió los estigmas de forma permanente.
Señor, Dios nuestro, que has querido realizar la salvación de todos los hombres por medio de tu Hijo, muerto en la cruz, concédenos, te rogamos, a quienes hemos conocido en la tierra este misterio, alcanzar en el cielo los premios de la redención. Te lo pedimos por nuestro Señor Jesucristo.
Habla con él cómo te llevas con tu cruz de cada día… Y mira si puedes hacer la señal de la cruz más consciente de lo que significa.
Septiembre
15
Nuestra Señora de los Dolores, Fiesta.
Recordamos los sufrimientos por los que pasó María a lo largo de su vida por haber aceptado ser la Madre del Salvador, sobre todo en la Pasión. María saca su fortaleza de la oración y nos da fuerza en los momentos de dolor.
La Virgen de los Dolores
Hoy celebramos a Nuestra Señora la Virgen Dolorosa. Esto del dolor es un misterio que no nos gusta demasiado. Sin embargo, el padre Pío solía decir que las penalidades son un honor que Dios nos hace, pues nos reserva el mismo trato que le dijo a su Hijo, una muestra de su confianza en la persona que permite que sufra. Conozco algunos que se enfadan si se les dice esto… y les comprendo: es un misterio que hace daño y encima se me dice que esté agradecido. Sin embargo, sólo viviendo el misterio del sufrimiento se nos desvela el misterio. Aunque no entendamos, vivirlo agradecidos por el privilegio que nos concede. Decía el padre Pío:
«La tribulación es señal clarísima de que el alma está unida a Dios: con él estoy en la tribulación. Ten por cierto que si a Dios un alma le es grata, más la pondrá a prueba. Por tanto, ¡coraje! ¡Y adelante siempre! Cuanto mayores son las penas, es tanto mayor el amor que Dios os tiene; conocéis el amor de Dios por este signo: por las penas que os manda.»
Y continuaba con esta imagen: «Por los golpes reiterados de su martillo, el Artista divino talla las piedras que servirán para construir el Edificio Eterno. Cuando un constructor quiere levantar una casa, debe ante todo limpiar y nivelar el terreno; el Padre celestial procede de igual manera con el alma elegida que, desde toda la eternidad, ha sido concebida para el fin que Él se propone; por eso tiene que emplear el martillo y el cincel.
»Esos golpes de cincel son las sombras, los miedos, las tentaciones, las penas, los temores espirituales y también las enfermedades corporales. Dad, pues, gracias al Padre celestial por todo lo que impone a vuestra alma. Abandonaos al Él totalmente: os trata como trató a Jesús en el calvario.»
Bienaventurados los mansos. Los mansos son los pacientes, los que saben superar con fortaleza las pruebas y contrariedades de cada día sin dejarse dominar por el enfado, la ira y la impaciencia. Santa María fue mansa. A nuestra Madre no le ahorró los muchos dolores que sufrió junto a la cruz. Hoy podemos rezarle esta oración que la iglesia propone en la liturgia:
La Madre piadosa estaba
junto a la cruz y lloraba
mientras el Hijo pendía;
cuya alma, triste y llorosa,
traspasada y dolorosa,
fiero cuchillo tenía.
¡Oh cuán triste y cuán aflicta
se vio la Madre bendita,
de tantos tormentos llena!
Cuando triste contemplaba
y dolorosa miraba
del Hijo amado la pena.
Y, ¿cuál hombre no llorará,
si a la Madre contemplara
de Cristo, en tanto dolor?
¿Y quién no se entristeciera,
Madre piadosa, si os viera
sujeta a tanto rigor?
Por los pecados del mundo,
vio a Jesús en tan profundo
tormento la dulce Madre.
Vio morir al Hijo amado,
que rindió desamparado
el espíritu a su Padre.
¡Oh dulce fuente de amor!
hazme sentir tu dolor
para que llore contigo.
Y que, por mi Cristo amado,
mi corazón abrasado
más viva en él que conmigo.
Y, porque a amarle me anime,
en mi corazón imprime
las llagas que tuvo en sí.
Y de tu Hijo, Señora,
divide conmigo ahora
las que padeció por mí.
Hazme contigo llorar
y de veras lastimar
de sus penas mientras vivo;
porque acompañar deseo
en la cruz, donde le veo,
tu corazón compasivo.
¡Virgen de vírgenes santas!
Llore yo con ansias tantas
que el llanto tan dulce me sea;
porque su pasión y muerte
tenga en mi alma, de suerte
que siempre sus penas vea.
Haz que su cruz me enamore
y que en ella viva y more
de mi fe y amor indicio;
porque me inflame y encienda,
y contigo me defienda
en el día del juicio.
Haz que me ampare la muerte
de Cristo, cuando en tan fuerte
trance vida y alma estén;
porque, cuando quede en calma
el cuerpo, vaya mi alma
a su eterna gloria. Amén.
Habla con ella de algo que actualmente te hace sufrir, y pídele que te enseñe a vivirlo como ella.
Septiembre
16
Santos Cornelio, Papa, y Cipriano, Obispo. Siglo III.
Mártires, celebramos la sepultura del primero y la pasión del segundo. Son celebrados juntos porque ambos testimoniaron, en días de persecución, su amor por la verdad indefectible ante Dios y el mundo.
Distinguir entre Dios y las obras de Dios
Bienaventurados los perseguidos… Esta última bienaventuranza es como la guinda que corona el pastel, la bienaventuranza que designa la perfección de todas las demás bienaventuranzas. ¿Por qué? Porque el hombre es perfecto en ellas cuando no las abandona por las tribulaciones.
Los cristianos sabemos que la persecución no es el punto final o el término de algo bueno, sabemos que es más bien el arranque y el inicio de cualquier empresa apostólica. La persecución, la crítica, la incomprensión, la burla… es el sello y la garantía de que se ha alcanzado la mayoría de edad, la madurez. El Señor nos dice, por eso, que no nos enfademos ni nos preocupemos, sino que perdonemos a nuestros verdugos (cfr. Lucas 23, 34).
Los primeros cristianos afrontaron la situación de persecución con alegría, una alegría que indignaba y desmontaba a sus propios perseguidores. Ellos no tenían complejo de víctima pues la única víctima es Jesucristo. Ante los demás podemos pasar por necios y locos, exagerados, pero para otros este tipo de locuras tienen una atracción especial, es algo que vale la pena, encuentran su sentido en la entrega total.
Un ejemplo de un perseguido reciente: F. X. Nguyen van Thuan, obispo de Saigón encarcelado en 1976, permaneció en la cárcel durante 13 años. En el año 2000 predicaba el retiro a Juan Pablo II y a la Curia Romana:
«Durante mi larga tribulación de nueve años de aislamiento en una celda sin ventanas, a veces bajo la luz eléctrica durante muchos días, a veces en la oscuridad, me parecía que me ahogaba por el calor y la humedad, al límite de la locura. Era todavía un obispo joven, con ocho años de experiencia personal. No podía dormir; me atormentaba la idea de tener que abandonar la diócesis, de que se derrumbasen tantas obras que había puesto en marcha por Dios. Experimentaba como una rebelión en todo mi ser.
»Una noche, desde lo profundo del corazón, una voz me dijo: “¿Por qué te atormentas así? Tienes que distinguir entre Dios y las obras de Dios. Todo lo que has hecho y deseas seguir haciendo: visitas pastorales, formación de seminaristas, religiosos, religiosas, laicos, jóvenes, construcción de escuelas, de foyerspara estudiantes, misiones para la evangelización de los no-cristianos…: todo eso es una obra excelente, son obras de Dios, ¡pero no son Dios! Si Dios quiere que abandones todo eso, hazlo enseguida, y ¡ten confianza en él! Dios hará las cosas infinitamente mejor que tú. ¡Tú has elegido a Dios sólo, no sus obras!
»Esta luz me dio una paz nueva, que cambió totalmente mi modo de pensar y me ayudó a superar momentos físicamente casi imposibles. Desde ese momento, una fuerza nueva llenó mi corazón y me acompañó durante trece años. Sentía mi debilidad humana, renovaba esta elección ante las situaciones difíciles, y la paz no me faltó nunca.
»Elegir a Dios, y no las obras de Dios. Éste es el fundamento de la vida cristiana, en todo tiempo. Y es, a la vez, la respuesta más auténtica al mundo de hoy. Es el camino para que se realicen los designios del Padre sobre nosotros, sobre la Iglesia, sobre la humanidad de nuestro tiempo.»
Para evitar la persecución, existe la tentación de huir: haciéndonos mundanos, disimulando para no llamar la atención y ser normales, no dando la cara, abandonando lo que resulta extraño en nuestro ambiente… ¡Qué pena si dejamos de ser perseguidos porque huimos, pues perderemos la bienaventuranza!
Señor, quiero distinguir entre tú y tus obras. Que te elija a ti, y no tus obras. Que no me confunda, que no me olvide de ti. ¡Gracias, Señor, por esta familia cristiana! ¡Qué suerte ser cristiano, y contar con estos hermanos como François Xavier Nguyen! Santa María, Madre de los cristianos, Reina de los mártires, que ninguno de tus hijos huyamos de las persecuciones que Dios permita.
Habla con Jesús si sabes distinguir entre Dios y las obras de Dios. Puedes terminar con la oración final.
Septiembre
17
San Roberto Belarmino, Obispo y Doctor de la Iglesia. 1542-1621.
Jesuita, intervino de modo preclaro, con modos sutiles y peculiares, en las disputas teológicas de su tiempo. Fue cardenal y obispo de Capua, en Italia, desempeñando finalmente en la Curia romana múltiples actividades en defensa doctrinal de la fe.
Las señales o mandamientos
Nos dice el Catecismo que «la palabra “Decálogo” significa literalmente “diez palabras” (Ex 34, 28; Dt 4, 13; 10,4). Estas “diez palabras” Dios las reveló a su pueblo en la montaña santa. Las escribió “con su Dedo” (Ex 31, 18; Dt 5, 22), a diferencia de los otros preceptos escritos por Moisés. Constituyen palabras de Dios en un sentido eminente. Son transmitidas en los libros del Éxodo y del Deuteronomio. Ya en el Antiguo Testamento, los libros santos hablan de “diez palabras”, pero en su pleno sentido será revelado en la nueva Alianza en Jesucristo» (2056).
Así lo cuenta la Biblia: «Moisés estuvo allí con el Señor cuarenta días y cuarenta noches; no comió pan ni bebió agua, y escribió sobre las tablas las palabras de la alianza, los diez mandamientos.»
Hace poco tuve que viajar por algunas carreteras comarcales. Era de noche. Un tramo de la carretera lo habían arreglado recientemente. Todavía no lo habían señalizado. La carretera era asfalto solo y oscuro, muy oscuro: ni líneas pintadas en el suelo, ni prohibiciones de adelantamiento, ni límites de velocidad… Ninguna señal.
Un imprudente diría: ¡qué bien!, no tengo ninguna prohibición, así puedo ir por donde quiera y hacer lo que quiera; nadie me prohíbe nada. Un sensato diría: ¡que incómodo!, no tengo ninguna ayuda para saber qué hacer, no sé si habrá una curva o una recta… El caso es que resultaba muy fácil salirse de la carretera y tener un grave accidente. Tuvimos que disminuir exageradamente la velocidad. En cuanto aparecieron señales… ¡qué comodidad!
Los mandamientos, los diez, no son prohibiciones caprichosas. Sería de tontos pensar: ¡Ojalá no estuviese prohibido nada! ¡Ojalá las carreteras estuviesen oscuras y sin señalizaciones! Los mandamientos son diez señales que Dios nos da para que sepamos por dónde va la carretera de la felicidad y hacia el cielo.
Por eso, cuando uno dice: «Mejor no saber lo que está mal y así puedo hacer lo que quiero», esa persona no ha entendido nada. Es como decir: «Mejor no saber que el veneno mata y así lo puedes comer.» Podrás comerlo, sí, pero te hará daño, te matará.
Qué bien entendemos las palabras del salmista:
Tus preceptos son admirables, por eso los guarda mi alma;
la explicación de tus palabras ilumina,
da inteligencia a los ignorantes;
abro la boca y respiro,
ansiando tus mandamientos (118).
Gracias, Dios Padre, por cuidarnos tanto. Gracias por ayudarnos con los mandamientos que Jesucristo nos reveló. Que me entere de que cuando la Iglesia nos prohíbe algo, es una ayuda que me señala aquello que me destruye como persona, aquello que me hace daño. Gracias, y que lo entendamos todos los cristianos. «Enséñame tus leyes; instrúyeme en el camino de tus decretos, y meditaré tus maravillas… correré por el camino de tus mandatos cuando me ensanches el corazón» (Salmo 118).
Ahora puedes seguir hablando a Jesús y María con tus propias palabras, comentándole algo de lo que has leído. Aprovecha para darle gracias por conocer sus mandamientos.
Septiembre
18
Santa Adriana de Prymnesso, Mártir. Siglo I.
Era una esclava preferida del rey de Frigia, una joven muy bella. El hecho es que se convirtió al cristianismo y, por esta razón fue procesada.
La casi muerte de Dostoievsky
El escritor ruso Dostoievsky, uno de los más grandes de la historia, fue sentenciado a muerte. Stefan Zweig relata el momento en que Dostoievsky, junto a otros condenados, era conducido al patíbulo:
«En el coche se encuentran apretujados, cruelmente encadenados, sus nueve compañeros de infortunio. Todos callan. Saben adónde van. Saben que su viaje no tiene retorno. El coche se pone en marcha lentamente. De pronto se detiene y otra vez chirría una puerta. Al trasponer la verja, sus ojos descubren un miserable rincón de mundo: casas sombrías, sucias, bajas de techo. Luego ven una gran plaza, desierta, cubierta de enfangada nieve. Una densa niebla envuelve el patíbulo. Un templo de oro se adivina en la luz matinal. Después de apearse les hacen avanzar. Un oficial lee la tremenda sentencia: ¡condenados a muerte por traidores! ¡A muerte! Aquellas palabras se hunden como piedras en el sereno azul del cielo. Son repetidas como un eco.»
Entonces cuenta el momento en el que aparece el verdugo, aquel que les privará de seguir viviendo: «Un cosaco se acerca para vendarle los ojos. Él entonces levanta la vista para contemplar el cielo por última vez; también puede ver la iglesia, cuya dorada cúpula resplandece en las primeras luces de la aurora. Recuerda la “Última Cena” del Señor y vislumbra que la verdadera vida, la visión beatífica de Dios, comienza después de la muerte. Le han cubierto los ojos. Ante él sólo hay una tétrica oscuridad. Pero siente bullir la sangre en sus venas y, con esa ardiente sangre, nuevos torrentes de vida. Es el último segundo, y en ese instante parece concentrarse toda su existencia. Tumultuosamente aparecen las imágenes de sus recuerdos: su infancia, sus padres, sus hermanos, su esposa, las amistades rotas, las pocas horas de felicidad, los sueños de gloria. Ahora la muerte. Nota que alguien se acerca lentamente, y una mano se posa sobre su pecho. Siente frío. ¿Va a morir? El corazón apenas late. Unos momentos más y todo habrá terminado.»
Luego, sin embargo, cuando ya sus esperanzas se habían apagado y, resignados esperaban el fuego de las balas que les quemaría el pecho, sucede lo imposible: «Pero entonces se oye un grito: “¡Alto!” Llega un oficial, en cuyas manos se agita una hoja de papel, y, a la clara luz de la mañana, lee la orden, el indulto: el zar, bondadoso, ha conmutado la pena. Aquellas sorprendentes palabras carecen de sentido. Sin embargo, la circulación de la sangre vuelve a normalizarse, y la vida, gozosa, ha empezado a cantar. La muerte huye derrotada, y los ojos, cegados por las sombras, perciben como un rayo de luz. Le quitan la venda. Le aflojan las ligaduras. Su corazón puede ya latir libremente. Ya no ve aquella horrible fosa a sus pies. La vida es mísera y dolorosa…, pero es vida.
»Contempla otra vez la dorada cúpula de la iglesia, que en los albores de aquella terrible mañana brilla místicamente. El cielo parece estar lleno de rosas, de gloriosos himnos. Allá en lo alto brilla la cruz con los brazos abiertos como en oración.»
Aquella terrible experiencia ha arrojado sobre el escritor una especie de manto de felicidad, ha agudizado su sensibilidad, y, emocionado en lo más profundo de su alma, a manera de revelación, ahora comprende: «Aclárase cada vez más el cielo con la luz del nuevo día, que se va extendiendo hasta los montes, hasta los confines más lejanos, y poco a poco, a ras del suelo, empiezan a evaporarse las tinieblas, densas, lúgubres, engendradas por la tierra. Entonces le parece oír por primera vez el grito de todos los dolores humanos y, lleno de inmensa piedad, reza y llora. Escucha las voces de los niños y de los débiles, de las pobres mujeres hundidas en la prostitución, de los solitarios sin consuelo. Comprende que sólo el dolor nos conduce a Dios, mientras la vida alegre y fácil nos ata con lazos de barro a la tierra. Sigue oyendo el coro de los miserables, de los despreciados, de los mártires anónimos, de los que mueren en el arroyo abandonados del mundo. La luz parece cantar aquel dolor terrenal. Y él cree en la suprema y paternal bondad de Dios. Sabe que Él sólo tiene amor, piedad inmensa para los pobres. Por fin, un ángel portador de un divino rayo de luz muestra a su dolorido corazón que en la muerte comienza la gloria de la vida.
»Ha caído de rodillas, destrozado por el grito de dolor humano. Luego se siente abatido por un infinito estremecimiento, una especie de convulsión que disloca sus miembros; la boca se le llena de espuma y un mar de lágrimas brota de sus ojos. Está convencido de que no pudo gustar la dulzura de la vida hasta que sus labios probaron la amargura de la muerte.
»Su alma ha comprendido, se ha dado plena cuenta de los terribles momentos que sufrió Aquel que murió, hace dos mil años, en una cruz. Y, como nuevo Cristo, debe amar la vida iluminado por una luz nueva.»
¡Impresionante! Necesitó pasar por ahí para redescubrir la grandeza de vivir, y así pudo santificar la vida. Él mismo dice que cuando fue salvado se dio cuenta de lo que había sufrido Jesús en la cruz. El tercer mandamiento nos recuerda la necesidad que tenemos de santificar las fiestas para vivir una vida de cara a Dios. Vivir la muerte de su Hijo cada domingo puede ayudarnos a vivir cara a Dios todos nuestros días. Necesitamos santificar las fiestas para entender la vida como dada por Dios, como un regalo inmerecido, un don que Dios nos concede porque le da la gana, porque quiere y nos quiere.
Señor, que valore cada día, cada hora, cada minuto de vida que me das. Sólo si santifico las fiestas y los domingos seré capaz de reconocerlo como algo dado por ti, gratuitamente, a mí. Quiero santificar las fiestas. Que valore la muerte de tu Hijo, que ame la misa dominical, que ame santificar todo el día de los domingos.
Habla ahora con él cómo vives los domingos, no si vas a misa, sino si vives ese día de acuerdo con la tradición cristiana… y si agradeces la vida y todo al Creador… Puedes terminar con la oración final.
Septiembre
19
San Jenaro, Obispo y Mártir. Siglo III.
Obispo de Benevento, mártir en Puzzuoli, cerca de Nápoles, en tiempo de persecución contra la fe cristiana. Tal día como hoy, todos los años, se produce la licuefacción de la sangre del mártir.
Eric Clapton, Severo Ochoa y el primer mandamiento
Eric Clapton, el mítico guitarrista, cantante y compositor, habla en una entrevista de sus experiencias profundas y de sus primeros éxitos:
«Fue abrumador. Con 22 años era como un millonario. Tenía todo lo que pensaba que había que tener para ser feliz: una casa, una novia preciosa, una carrera, dinero, un montón de gente que me admiraba. Pero no me sentía feliz, y eso me confundía, porque significaba que todo lo que me habían dicho hasta entonces era mentira. Sigue siendo así. La publicidad te dice que si tienes este coche, esto, lo otro, un montón de cosas materiales, incluso una mujer bella, una familia, hijos, serás feliz. Es mentira. La felicidad viene, por lo que ahora he comprendido, de entenderte a ti mismo, de saber quién eres, de quererte y sentirte cómodo con tu propia existencia. Pero cuando era joven no lo sabía. De hecho, me ha costado toda la vida aprenderlo.»
Clapton tiene razón. Lo que necesitamos para ser felices es saber quiénes somos. Necesitamos saber que alguien nos ama, y que nos ama completamente. Pero, para ser amados de manera que nos haga felices, hemos de dejar que nos amen, y dejamos que nos amen cuando amamos. Ésta es la razón del primero de los mandamientos: Amarás a Dios sobre todas las cosas. Es una necesidad: amar a Dios como él merece, y así recibir el amor infinito que él quiere darnos. El primer mandamiento recoge la primera necesidad nuestra para ser felices. ¡Cuánta razón tenía Eric Clapton!
Tenía razón también Ochoa, el prestigioso científico galardonado con el Premio Nobel por sus conocimientos e investigaciones. El día 2 de noviembre de 1993 moría. A los dos días, el 4 de noviembre, un diario publicaba este artículo de Pilar Urbano bajo el título de «Una insólita confesión de Severo Ochoa»:
«Iba por esos aeropuertos y por esas carreteras y por esas estancias alfombradas, con la mirada perdida, como un suicida in péctore. Quería morirse. Lo decía. A mí, desde luego, me lo dijo. Que sin ella, sin Carmen, la vida le era desabrida. Y, golpeándose las costillas a la altura del corazón: “¿por qué no se me rajará éste, cualquier noche, estando yo dormido?” Se extrañaba ante el misterio de su duración. Igual que Tarradellas y Dalí y Dolores Ibarruri y Enrique Tierno Galván y Don Juan de Borbón… que, como él, vivían ya desarraigados.
»Sin embargo, ha estado valiente. Le ha echado coraje a su sobredosis de soledad y a la orfandad de amor y a la abulia infinita que le subía por las piernas hasta lamerle el pecho. Ha resistido, entero, como un hombre, hasta que el Capitán tocó el silbato y dijo que era la hora de zarpar.
»No quiero ir al archivo, ni fuchicar los papeles. Tengo bien espabilado el recuerdo. Fue una tarde muy larga, en su casa, en Madrid. Sonaba Schumann. Hablábamos de todo. Me enseñaba fotos. Me invitaba ¡a yogur! Yo le hacía preguntas y preguntas. En éstas, llegamos a las “fronteras éticas de la ciencia”.
»Me dijo que él se hubiera negado a fabricar la bomba atómica. Quise saber, “supongamos, profesor Ochoa, ¿intervendría en el proyecto centauro?” Alzó el supuesto de una manipulación genética: esperma de caballo, fecundando un óvulo de mujer. Se echó a reír. “Je, je, je… Sería muy divertido. Un hombre, galopando a la velocidad de un caballo…” Le completé la estampa: “Un caballo, de frac, tocando el violín… Schumann”.
»“El público arrebatado. Y, de pronto, el violinista centauro, de pie en el escenario, cagando boñigas.” Lo reconozco, fue un golpe de efecto. Se me puso muy serio, muy serio. Y, a partir de ese momento, no sé bien por qué, comenzó a reclinar la altivez profesoral, el pavonado científico, la suficiencia de personaje supremo. Se enfrascó en su segundo yogur.
»Yo, entonces, empecé a preguntarle cosas más “abstractas”: ¿por qué es la vida? ¿cuál es el origen? ¿qué es la muerte? ¿qué hay después? ¿sabe usted dónde está el amor de su esposa? ¿me podría explicar sobre una pizarra por qué, al atardecer, se pone usted tan triste? Severo Ochoa escuchaba. Pensaba un rato. Después, por sus carnosos labios dejaba caer un lacónico “no lo sé”. Y así, entre “no lo sé” y “no lo sé”, pasamos un lago rato. Al fin, se puso en pie, altísimo como era. Dio una vuelta por la sala. Volvió. Me miró desde arriba, en contrapicado. Y soltó su tremenda confesión: “No tengo ni una sola respuesta para nada de lo que de verdad me interesa. Puedes escribir bien grande que te he dicho que soy un extraño sabio… un sabio que no sabe nada.’”
Gracias, Dios mío. Quiero amarte sobre todas las cosas. Necesito amarte. De momento, no estoy seguro de amarte más que a nada y que a nadie, pero lo deseo. No me desanimaré cuando compruebe que te amo poco, pero no dejaré de desearlo y de pedírtelo. Santa María, ayúdame.
Comenta con él lo leído, y agradécele… y desea…
Septiembre
20
Santos Andrés Kim Tae-gön, Pablo Chöng Ha-sang y compañeros, mártires en Corea. (1839-1867).
Celebramos la memoria de 103 mártires: obispos, presbíteros, y sobretodo laicos, casados o no, ancianos, jóvenes y niños, unidos en el suplicio, consagraron con su sangre preciosa las primicias de la Iglesia en Corea.
Cuando Jesús es un silencio de ultratumba
Un poeta contemporáneo, con su característico estilo que omite los signos de puntuación, habla del silencio de Jesús a Herodes, hombre sensual e impuro:
No es difícil hablar con Jesucristo
no fue muy exigente en materia de interlocutores
no pidió certificado de buena conducta
no pidió certificado de nacimiento
hablaba con los muertos si era preciso
por ejemplo cuando les daba orden de resucitar
hablaron con él los niños las adúlteras los arcángeles
con judas hasta el último instante habló
con los propios demonios no desdeñaba hablar
trataba a los lunáticos con gran cortesía
dispensaba suma atención a los pecadores
incluso a las pecadoras públicas si era el caso
con Caifás ese Lucifer cruzó inmensas palabras
a Pilato un escéptico respondió y preguntó
sólo Herodes el intelectual esotérico mundano milagrero sensual impuro
recibió de Jesús el silencio más absoluto
es dudoso inclusive que Jesús lo mirara
es posible que mirando hacia el personaje
no viera más que el resplandor de su trono vacío
sólo para el intelectual esotérico mundano etcétera
Jesús es un silencio de ultratumba
Así es. La impureza nos hace sordos para Dios. Pero… ¿sabes qué? Que nos va haciendo cada vez más sordos también para los demás. La impureza nos lleva a escucharnos casi exclusivamente a nosotros mismos. Cuando nos cuesta sintonizar con Dios, cuando no nos hacemos cargo de lo que necesitan los demás… es posible que haya demasiada suciedad en nuestro corazón.
Recuerdo una persona mayor que se iba quedando sorda. Después de mucho resistirse, se puso unos aparatos para oír. En pocos días lo devolvió: «Me oigo a mí misma muy alto, y me resulta insoportable.» Algo así hace la impureza. Sí: quien lleva una vida dominada por al impureza… se cansa, acaba harto.
Por eso, porque lo necesitamos para amar y escuchar a los demás, nos manda en el sexto y el noveno mandamiento: No cometerás actos impuros, no consentirás pensamientos ni deseos impuros.
Gracias, Señor, por decirnos claramente que aunque suframos cierto desorden, noshace daño. Que vale la pena luchar. Tú nos ayudas, tú nos perdonarás nuestra debilidad sin cansarte… porque lo único que quieres es que podamos escucharnos entre nosotros, y que escuchemos a los demás. Gracias, Señor.
Puedes hablarle ahora con tus palabras acerca de cómo vives estos dos mandamientos, y comentarle lo leído.
Septiembre
21
San Mateo, Apóstol y Evangelista.
Llamado antes Leví, que al ser invitado por Jesús para seguirle, dejó su oficio de publicano o recaudador de impuestos.
El consejo de un albañil
Cuenta F. X. Nguyen van Thuan, el obispo vietnamita encarcelado: «De mi padre, que era constructor, aprendí que para construir una casa de cemento armado hay que purificar bien todos los elementos: el hierro, la arena, la grava, el cemento. La resistencia del edificio que se construye depende de este trabajo de purificación que elimina todo factor de contaminación. Algo semejante vale para la comunión entre nosotros. Saber ir contra el propio yo y mortificarse es indispensable.
»Existen varias prácticas a este fin, como el ayuno y otras. Pero la más evangélica y al mismo tiempo la más a mano, posible en todo momento, es la relación con el prójimo: acoger al otro, saber escuchar, estar siempre disponibles, tener paciencia, hacerse todo a todos, anteponer los intereses del otro a los propios es una renuncia continua al propio yo y nos pone en Dios. Escribí cuando estaba en la cárcel:
»La comunión [estar unido con los demás y con Dios] es un combate de todo momento.
La negligencia de un solo instante puede pulverizarla;
basta una nimiedad;
un solo pensamiento sin caridad,
un juicio conservado obstinadamente,
un apego sentimental,
una orientación equivocada,
una ambición o un interés personal,
una acción realizada por uno mismo y no por el Señor
[…]
Ayúdame Señor, a examinarme así:
¿cuál es el centro de mi vida: tú o yo?
Si eres Tú, nos reunirás en la unidad.
Pero si veo que a mi alrededor
poco a poco todos se alejan y dispersan,
es signo de que me he puesto a mí mismo en el centro.»
Un buen consejo, que recoge en positivo lo que contienen los últimos mandamientos.
Señor, te voy a decir ahora sin prisas la oración de este buen sacerdote que acabo de leer. Sé que me ves y que me oyes, sé que me comprometo al decírtelo, pero también tú te comprometes conmigo al escucharme: tú harás en mí obras grandes, como en santa María y como en todos tus hijos. Te la digo ahora:…
Después puedes comentar con Él cómo vives y quieres vivir el elenco de cosas concretas que sugiere el texto.
Septiembre
22
San Mauricio, Mártir. Siglo III.
Era el comandante de la Legión Tebana. Recibió órdenes para acudir a la Galia en auxilio del emperador Maximiano. Combatieron valientemente, pero se negaron a perseguir a los cristianos. Al negarse por segunda vez, fueron ejecutados.
Quien bien te quiere… te exigirá
Entrevistaban a George Steiner, intelectual judío:
«Dice usted que nació minusválido de la mano y del brazo derechos, y que cierta dosis de voluntarismo de sus padres… porque hay un voluntarismo cultural y se necesita un asombroso voluntarismo para forzarlo a escribir con la mano derecha minusválida. Creo que le ataban la mano izquierda a la espalda, para obligarlo a escribir con la derecha. ¡Sería incomprensible hoy día!»
Él contesta rápidamente:
«Pues verá: ¡lo siento por hoy! Una vez aprendido el hecho de que un pequeño hándicap es un gran privilegio, es decir, una escuela de esperanza, una escuela de la voluntad donde se califica cada progreso, el hecho de que para atarse los lazos de los zapatos uno necesite un año de ejercicio (cuando ya existían los cierres de cremallera)… es de eso precisamente de lo que estamos hablando: o sea, en lugar de decirle al niño “Pobrecito, te facilitaremos las cosas”, se le dice: “¡Qué suerte tienes, te las haremos más difíciles!”
»Sin caer en la mínima presunción, créame, comprendí muy muy pronto una de las máximas preferidas de mi padre (es de Spinoza), que dice que “la cosa excelente ha de ser muy difícil”. ¡Que sí, es exacto! Para nada se trata de castigar: hoy, cuando todas las terapias son terapias de facilidad, creo que es mucho más difícil crecer con alegría —y subrayo alegría—. La lucha por resolver los problemas cotidianos: tuve la suerte inmensa de tener padres que lo habían comprendido. No había nada de sádico ni de siniestro, al contrario: cuando llega el éxito es una risotada de alegría.»
Quien ama exige lo bueno y lo mejor. Quien no ama no exige, porque no le importa el bien del otro. Los mandamientos tienen esta misma razón de ser. No son mandatos caprichosos de Dios al hombre, sino la exigencia de lo que es bueno para el hombre, para que el hombre sea verdaderamente hombre, un verdadero hombre, un gran hombre. Todos los mandamientos se pueden «resumir» de una manera positiva, como nos muestra el Catecismo (2052):
«Maestro, ¿qué he de hacer yo de bueno para conseguir la vida eterna?» Al joven que le hace esta pregunta, Jesús responde primero invocando la necesidad de reconocer a Dios como «el único Bueno», como el Bien por excelencia y como la fuente de todo bien. Luego Jesús le declara: «Si quieres entrar en la vida, guarda los mandamientos». Y cita a su interlocutor los preceptos que se refieren al amor al prójimo: «No matarás, no cometerás adulterio, no robarás, no levantarás testimonio falso, honra a tu padre y a tu madre». Finalmente, Jesús resume estos mandamientos de una manera positiva: «Amarás a tu prójimo como a ti mismo» (Mt 19, 16-19).
Gracias, Dios mío, por los mandamientos, por decirnos clara y expresamente lo que necesitamos para vivir. Que me deje exigir por ti y por los demás: que me puedan decir las cosas que me convienen, que lo agradezca, que haga caso. Señor, ¿voy a por lo bueno o a por lo fácil?
Esta pregunta es interesante: conviene que la hables ahora con Él. Puedes terminar luego con la oración final.
Septiembre
23
Santo Padre Pío de Pieltrecina, Presbítero capuchino. 1887-1968
En el convento de San Giovanni Rotondo, en Apulia, se dedicó a la dirección espiritual de los fieles y a la reconciliación de los penitentes. Llevó los estigmas de Cristo durante 50 años.
Recoge las plumas
Cuentan que alguien fue a confesarse de haber dado falsos testimonios de un familiar. La penitencia fue de lo más curiosa. «Toma una gallina, subes a la torre de la iglesia o del ayuntamiento, allí desplumas la gallina al aire libre, luego baja y recoge todas las plumas.» El penitente se horrorizó: «Es imposible.» El sacerdote le hizo ver que lo mismo ocurre con los falsos testimonios: uno dice algo no verdadero de otro y luego es imposible saber hasta quién y hasta dónde llegan esas mentiras, incontrolable el mal que pueden causar.
Un falso testimonio es como tirar una piedra al otro lado de un muro: no sabes a quién y cómo puedes dañar. Es importante que seamos justos con los demás. No se trata de evitar decir mentiras, sino que conviene evitar cualquier comentario negativo acerca de otra persona, porque es injusto y porque no sabemos el descalabro del que podemos ser culpables.
No dirás falsos testimonios ni mentirás. El estilo del cristiano es el de ser luz, y por tanto andar de la mano de la verdad. No sólo evitamos las mentiras, sino que procuramos ser sinceros.
Ana Frank en su diario se refiere a su compañero de cautividad: «Nos hemos confiado muchos secretos, pero hasta aquí hemos guardado silencio sobre lo que llenaba y llena aún mi corazón. No logro hacerme una idea exacta de él. ¿Es superficial o su timidez le hace ser reservado incluso conmigo? “En el fondo, la juventud es más solitaria que la vejez”: esta frase, que leí en un libro cuyo título no recuerdo, ha quedado grabada en mi memoria, pues me parece acertada.»
Así es. Seamos sinceros para no aislarnos.
Un último apunte. El Señor ya expresó en otro momento la actitud de no juzgar: «No juzguéis y no os juzgarán… ¿Por qué te fijas en la mota que tiene tu hermano en el ojo y no reparas en la viga que llevas en el tuyo?» (Mateo 7, 1-3). Como nos dice Raniero Cantalamessa: «El sentido de estas palabras no es: no juzguéis a los hombres y así éstos no os juzgarán (sabemos por experiencia que no es siempre así), sino más bien: no juzgues a tu hermano, a fin de que Dios no te juzgue; o, mejor aún: no juzgues al hermano pues Dios no te ha juzgado a ti. El Señor parangona el pecado del prójimo (el pecado juzgado) sea el que sea, a una mota, en comparación con el pecado del que juzga (el pecado a juzgar) que es una viga. La viga es el hecho mismo de juzgar, tan grave es a los ojos de Dios.»
Ayúdame, Señor, a ser sincero. Si la juventud es más solitaria que la vejez, yo quiero vivir una juventud cristiana: que busque ayuda, que sea sincero con quien me acompaña espiritualmente, que sea muy sincero en la confesión. Y no hablaré mal de nadie, aunque me parezca tener motivos. Guarda, Señor, mi lengua.
Repasa con Dios lo leído, y cómo ser más fino al vivir este mandamiento.
Septiembre
24
Nuestra Señora de la Merced, Advocación Mariana.
Merced significa misericordia. Este título lo creó la Orden Religiosa de los Mercedarios en 1218 en Barcelona. En aquella época, los moros cautivaron a muchos, que recurrieron a la fe católica. Nuestra Madre del Cielo mostró su misericordia mediante dicha orden. es patrona de Barcelona y de los cautivos.
El primer día de la semana
En el esquema semanal del mundo mediterráneo el primer día era considerado el día del sol, como el resto de los días de la semana se ligaban a otros planetas —Luna, Marte, Mercurio, Júpiter, Venus, que se corresponden respectivamente con lunes, martes, miércoles, jueves y viernes—.
Los cristianos continúan esa tradición de considerar el domingo el día del sol, pero entienden que el verdadero sol es Cristo. «Cristo brilla sobre todos los seres más que el sol» —dice un autor de los primeros siglos—. «La vida se ha extendido sobre todos los seres y todos están llenos de una amplia luz: el Oriente de los orientes invade el universo.» Los cristianos celebran el domingo al verdadero sol, al «que existía “antes del lucero de la mañana” y antes de todos los astros», al que «instaura un día de luz, largo, eterno, que no se extingue: la Pascua mística».
Los judíos santificaban y santifican el sábado, pues ese día —terminada la creación— Dios descansó. El sábado representaba la coronación de la primera creación. Los cristianos sustituyen el sábado por el domingo, pues éste recuerda la nueva creación, inaugurada por la resurrección de Cristo. El domingo cristiano es una celebración de la creación, día de agradecimiento por la creación, y porque continuamente la recompone, la conserva y guarda.
El domingo cristiano conserva, a la vez, el carácter sagrado ordenado por Dios al pueblo judío para el sábado: «Guardarás el día del sábado para santificarlo»; «El día séptimo será día de descanso completo, consagrado al Señor». Procuramos evitar «entregarse a trabajos o actividades que impidan el culto debido a Dios, la alegría propia del día del Señor, la práctica de las obras de misericordia, el descanso necesario del espíritu y del cuerpo».
¡Qué importante es el domingo en la vida de los cristianos¡ Decía san Agustín que «el amor a la verdad busca el santo ocio». Podríamos añadir que la verdad más radical del hombre —la adoración— necesita de ese ocio. El sentido del domingo cristiano se entiende con mayor profundidad en este contexto de la adoración.
Necesitamos recuperar el sentido pleno del domingo: un día de descanso corporal, que posibilite al espíritu gozar de la libertad imprescindible para adorar a Dios en sí mismo, principalmente, participando en la Eucaristía. Como dice el Catecismo: «Durante el domingo y las otras fiestas de precepto, los fieles se abstendrán de dedicarse a tareas que distraigan de la adoración a Dios, del ejercicio de acciones misericordiosas, y de la distensión necesaria de cuerpo y espíritu» (2185).
Esto permitirá, también, adorarle en sus criaturas: «El domingo está tradicionalmente consagrado por la piedad cristiana a obras buenas y a servicios humildes con los enfermos, débiles y ancianos. Los cristianos deben santificar también el domingo dedicando a su familia el tiempo y los cuidados difíciles de prestar los otros días de la semana. El domingo es un tiempo de reflexión, de silencio, de cultura y de meditación, que favorecen el crecimiento de la vida interior y cristiana» (2186).
Te pido para toda tu iglesia, Señor, que volvamos a comprender el sentido del domingo. No se trata de ir a misa, sino de vivir un día distinto. Intentaré que en mi familia se viva así, y te lo pido para todas las familias cristianas. Necesitamos, Señor, vivir el tercer mandamiento. Gracias por habérnoslo dicho expresamente.
Comenta ahora con Él cómo vives y en qué puedes mejorar la santificación de los domingos.
Septiembre
25
San Cleofás, Discípulo del Señor.
Discípulo del Señor, a quien, con el otro compañero itinerante, ardía el corazón cuando Cristo, en la tarde de Pascua, se les apareció en el camino explicándoles las Escrituras, y después, en la casa de Cleofás, en Emaús, conocieron al Salvador en la fracción del pan.
El Chuchi aprieta pero no ahoga
Un día me gustaría escribir la historia de mi amigo José María. Nos conocimos en Madrid. Fui con unos cuantos chavales a cuidar durante una semana a enfermos con sida. Lo pasamos y lo pasaron en grande. Con José María en concreto hice una buena amistad de años. Ha muerto hace poco.
Después de esa semana le enviamos fotos y alguna revista. Enseguida nos contestó. Para entender lo que dice, conviene saber que estaba buscado por la policía por un robo y por haberse fugado:
Hola
Espero que estéis bien. Os escribo de nuevo, para que veáis que no me olvido de vosotros. Me gustaron muchísimo la revista y las fotos de los muchachos. Por aquí todo sigue igual. Bueno, algunos se han ido con los familiares a pasar unos días, y también algún que otro colaborador se ha marchado de vacaciones, pero vamos tirando…
Ah, no creáis que me olvido de rezar por vosotros; todas las noches rezo oraciones. También rezo por mi familia, que aunque no lo lleva muy bien, también se lo merece.
De lo que me dijiste, de venir el 25 de abril… me alegraría muchísimo, pues dejasteis un grandioso recuerdo en mí; no es fácil encontrar gente que lo dé todo por nada (y menos en estos tiempos que corren, como dirían los viejos).
De lo mío, todavía no sé nada, pues no he hablado con la asistenta social ni el juez dice nada, y eso que me dijo la hermana que sabían que estaba aquí. ¡No sé! También solicité la Metadona y estoy en lista de espera pues hay muchos días que me deprimo, y todavía psicológicamente sigo pensando en la heroína y es lo que yo no quiero, volver a ella, pero menos mal tengo al Chuchi cerca y me está ayudando. Mira, precisamente antes de ponerme a escribir la carta, he estado leyendo el Vía Crucis, y al principio viene lo que os relato:
¡Chuchi no permitas que me Aparte de ti!
¡Del maligno enemigo defiéndeme!
Y estas dos frases me han llenado de fuerza, y fíjate qué pronto me he acordado de vosotros y me he dicho «vamos a mandarles cuatro letras, y haz Señor, que les acompañe durante toda la vida».
Bueno, aquí os voy a dejar para no cansaros mucho, y que la Virgen Santísima os acompañe como acompañó a su hijo el Santísimo.
José María
Como ya nos había dicho, a Jesús no le llamaba Jesús: a un castizo de El Pozo de tío Raimundo —ése era su barrio— le parecía un poco cursi. Se refería con toda naturalidad a Jesús llamándole Chuchi. Pienso que es una buena manera de vivir el segundo mandamiento: No tomarás el nombre de Dios en vano. Cuando en la cultura judía se habla del nombre, se refiere a la persona nombrada. Hablar de Él con respeto, y hablar de Él con afecto.
Aparte de eso, ¿no te parece formidable la confianza que tenía con el Chuchi? En la despedida nos lo dijo: «El Chuchi aprieta pero no ahoga».
Jesús, perdona las veces que escuchas en este mundo expresiones que no guardan el respeto que mereces. Quiero decirte que no lo tengas en cuenta, pues —como tú dijiste— no saben lo que hacen. Quiero nombrarte con cariño, con afecto, hablarte con familiaridad. Gracias: ¡Señor, no permitas que me aparte de ti! ¡Del maligno enemigo, defiéndeme! Es verdad: cuando te tratamos, tú aprietas pero no ahogas.
Es el momento de comentarle con tus palabras algo de lo leído o de lo que tengas en la cabeza. Puedes terminar con la oración final.
Septiembre
26
Santos Cosme y Damián, Mártires. Siglo III.
Hermanos gemelos que, según la tradición, ejercieron la medicina en Ciro, de Augusta Eufratense (hoy Siria), no pidiendo nunca recompensa y sanando a muchos con sus servicios gratuitos (c. s. III).
Planeta Simpson
«He aquí que estoy a la puerta y llamo, dice Dios. Si me abres, entraré y me sentaré a la mesa y cenaremos juntos». Estoy convencido de que en la mayoría de los casos, las personas que no abrimos nuestra puerta a Dios cuando nos llama es porque dentro de la casa no hay nadie. Sí: muchos no le abren porque no viven dentro de ellos.
¿Qué quiero decir? Que vivimos fuera de nosotros, haciendo cosas, preocupados de lo de fuera, sin saber qué queremos y por qué hacemos lo que hacemos, sin buscar nada en la vida. Vivimos sin vida por dentro. De una cosa a otra pasamos sin tiempo que medie. Y si hay tiempo, con música y el tuenti y lo que haga falta, conseguimos no pensar. No vivimos dentro de nosotros.
«Ya sabéis cómo se viaja hoy en día —comenta irónicamente Jacques Leclercq—: Los jóvenes que se respetan han visto, antes de cumplir los veinte años, la mitad de Europa, y la mayor parte de ellos incluso han cruzado los mares. La Bretaña requiere ocho días; Austria, diez; tres semanas para Italia ya es mucho; las orillas del Rin son cosa de un fin de semana. Se hacen trescientos kilómetros diarios… (…)
»La gente civilizada no dedica más de un día a visitar París, por supuesto en autocar, con una especie de ser mugiente al lado del chófer, que detalla a voz en grito, ayudándose incluso a veces de un megáfono, las obras de arte, de gracia y de delicadeza acumuladas por los diez siglos de civilización francesa… (…)»
Y continúa proponiendo como contraste: «Cuando yo era niño tenía una tía anciana —la tía Amelia—, mejor dicho, una tía abuela, una de esas tías solteronas —¿existe aún esa raza?—, muy digna, rígida, que nunca hubiera consentido sentarse en un sillón, sino sólo en una silla de respaldo rectilíneo; una de esas tías solteronas de las que se decía muy bajito que habían tenido más de una ocasión de casarse, pero que eran ellas las que no habían querido, y cuya misión especial parecía ser la de conservar los recuerdos de la familia y mimar a sus sobrinos nietos.
»Nos hablaba a menudo del gran viaje a Italia que había hecho con su madre después de morir mi bisabuelo; debía de ser por 1870. El viaje había durado seis meses; se habían quedado dos meses en Roma. Hoy, el que dispone de seis meses y de algunos recursos, se cree obligado a dar por lo menos una vez la vuelta al mundo.
»Pero cuando se corre durante seis meses a lo largo del planeta, se ha visto menos de lo que yo veo en el mismo tiempo, aspirando los olores de mi tierra. ¿Conocéis algo más decepcionante que unos jóvenes que vuelven de viaje? Sus impresiones se reducen poco más o menos al precio de la gasolina en los distintos países, a algunas opiniones de cocina comparada, a veces a una vista rápida de algún paisaje».
Si quienes no viven dentro de sí mismos se volviesen amarillos ahora mismo, seguramente el planeta parecería el planeta de los Simpson. ¿No te parece?
Señor, que viva la vida para dentro. Sin interioridad no vivo la vida, sencillamente la gasto. Que sea protagonista de mi vida, ayúdame. Si necesito la actividad constante… puede ser mal síntoma. Quiero estar dentro de mi casa y oír cuando me llamas, y abrirte y sentarme contigo… disfrutar de ti y de la vida. Gracias.
Puedes comentarle ahora, sin prisa, lo leído. Termina, luego, con la oración final.
Septiembre
27
San Vicente de Paúl, Presbítero. 1581-1660
París. Fundó la Congregación de la Misión (Paúles), al modo de la primitiva Iglesia, para formar santamente al clero y subvenir a los necesitados, y con la cooperación de santa Luisa de Marillac, fundó también la Congregación de Hijas de la Caridad.
Pontino y el desgraciado que no sabía quién era él mismo
Estamos en los primeros siglos del cristianismo. Pontino contaba 90 años y llevaba ya varios a la cabeza del obispado de Lyon cuando le apresaron por ser cristiano. El juez, tal vez apiadado por su vejez, le preguntó quién era el Dios de los cristianos. Y san Potino, ni corto ni perezoso, le contestó: «Lo conocerás cuando seas digno de Él». Entonces el juez, muy cortésmente, pidió a los presentes que le patalearan y apedrearan. Más tarde, Potino fue llevado a la cárcel, donde expiró.
Este hecho de Pontino nos plantea esta pregunta: ¿soy digno de conocer a Dios? La respuesta: vivir los diez mandamientos nos va haciendo dignos de conocer a Dios. Quien no vive los mandamientos termina por ignorar no sólo quién es Dios, sino que ni siquiera sabrá quién es él mismo. Cuentan que junto a la mesa de un hombre que acababa de quitarse la vida se encontró un sobre en el que había escrito: Aquí encontraréis cuál era mi problema. Lo abrieron y leyeron esto:
«Señor Juez:
Tuve la desgracia de casarme con una viuda; ésta tenía una hija; de saberlo, nunca me habría casado.
Mi padre, para mayor desgracia, era viudo; se enamoró y se casó con la hija de mi mujer, de manera que mi esposa era suegra de mi padre; mi hijastra se convirtió en mi madre… y mi padre al mismo tiempo era mi yerno.
Al poco tiempo, mi madrastra trajo al mundo un varón, que era mi hermano, pero era nieto de mi mujer, de manera que yo era abuelo de mi hermano.
Con el correr del tiempo mi mujer trajo al mundo un varón, que como hermano de mi madre, era cuñado de mi padre y tío de su hijo.
Mi mujer era suegra de su propia hija; yo, en cambio, padre de mi madre; y mi padre y su mujer son mis hijos, mis padres y mis hermanos; mi mujer es mi abuela ya que es madre de mi padre, y además yo soy mi propio abuelo.
Ya ve, señor Juez. Me despido de este mundo porque no sé ni quién soy.»
Ser digno de conocerte, Señor, y de conocerte cada día más. No es posible conocerte sin llevar una vida que nos asemeja a ti. Quiero, por eso, vivir los mandamientos, rechazar aunque sea una pequeñez si me separa de ellos, porque me separarían de ti. Habla, Señor, que tu siervo escucha.
Comenta con él algo de lo leído, y qué podría asemejarte más a él.
Septiembre
28
San Wenceslao de Bohemia, Rey. 907-935.
Después de sufrir muchas dificultades en gobernar a sus súbditos y formarles en la fe, traicionado por su hermano Boleslao fue asesinado por sicarios en la iglesia de Stara Boleslav, en Bohemia.
El pulso que conviene perder
Estíbaliz, carmelita de 28 años. Monja de clausura. Estudia en un colegio de Bilbao. A los 13 años va con las de su clase a una convivencia que tiene lugar en un convento de Carmelitas en las afueras de Bilbao, en Getxo. Allí Dios le mete una inquietud que le durará once años, hasta que le responde a Dios que sí. En sus once años de pulso con Dios, como ella dice, tratade olvidar lo que… sigue presente. Amigos, viajes al extranjero, una buena carrera en la Universidad de Deusto… proyectos de trabajo y becas de estudio en el extranjero… Escribe ella:
«Creo que Dios, en la persona de Jesús, se hizo presente en mi conciencia a los trece años. Después de unos ejercicios espirituales. Fue una cosa sencilla, me sentí invitada a cultivar la oración como encuentro amistoso con Jesús, a leer el Evangelio para conocerle, a darle cabida en mi vida, a reunirme con otras compañeras para compartir todo aquello y crecer en amistad.
»Conocí poco después una comunidad de Carmelitas Descalzas. Aunque no pude entender casi nada y sentí incluso rechazo por el modo de vida, me impactó seriamente que fueran un grupo de mujeres unidas por Jesús y para ayudarse unas a otras a crecer en esta amistad con Él. No me convencieron, pero me inquietaron.
»Desde los trece años hasta los veinticuatro que entré en el Carmelo fueron años de lucha, de vaivenes; desde una búsqueda exigente y un compromiso con Jesús fuerte, hasta un abandono de los ratos de oración y un alejamiento de la vida de la Iglesia. Llegué a vivir la presencia de Dios en mi vida como una amenaza, pero no pocas veces también se me ofrecía la mejor posibilidad de ser feliz.
»Muchas veces aquellas carmelitas me venían a la mente, sentía resistencia para ser una de ellas, pero… ¿por qué no podía eliminarlas de mi recuerdo? En muchos momentos creía entender que Dios me estaba pidiendo algo a través de ellas, o mejor me lo estaba ofreciendo. Pero yo quería estudiar una carrera, viajar, tener independencia… Tenía mis planes, sin contar con los de Él.
»Hice mis planes. Me alejé bastante de aquella relación primera. Me parecía mentira haber llegado a plantearme ser monja. Me sentía incapaz de volver a crear en mi vida aquel ritmo de oración. Sin embargo, nunca pude negar que aquello vivido había sido real. Tenía la certeza de que no había sido una ilusión. Esto me volvía a inquietar. Creo que Dios se estaba volviendo a abrir paso en mi vida. Otra vez me despertaba a la oración, al deseo de encontrarme con Él en silencio. Otra vez ponía a mi lado amigos que oraban. Y otra vez las carmelitas.
»Tuve que recorrer un camino para descubrirlo en todo aquello. En mi interior volvió a aparecer la lucha. Intuí que si no me atrevía a ver de cerca si aquella vida era la propuesta e Dios para mí, no sería fiel a mí misma. No podría estar cómoda conmigo misma nunca. Ni establecer una relación con Dios en paz. Sentí dentro como que algo cedía. En mi interior le había dicho ya sí.
»Acabada la carrera entré. No me han faltado luchas interiores. Es mi condición. Suelo decir que mi vocación es algo así como la lucha de Jacob con Dios en Penuel. Al final fue Dios quien ganó. (…)
»Poco a poco Dios ha ido ganando terreno en mi vida. Me dejó hacer, pero fue fiel en su propuesta.
»Si a uno de vosotros mi testimonio le ayuda a entrar o a seguir el camino de la oración me veré muy contenta.»
Dios siempre es el mismo, y continúa vivo en nuestros días, vivo en cada alma, trabajando en ella, invitando a que le sigan. También nos invita a ti y a mí. ¡Ojalá no le hagamos más pulsos y le dejemos ganar a la primera! ¡Ojalá le amemos sobre todas las cosas!
Señor, que ganes tú el pulso conmigo. Aunque me resista, que sepas que no tengo ningún interés en salirme con la mía. Quiero hacer lo que tú quieras, en la vida toda y en lo pequeño. Sé que quieres que viva los mandamientos y las bienaventuranzas. ¿En algo no te estoy dejando ganar?
Es el momento de hablar con tus palabras de lo leído, de escucharle y de desear confiando en su cariño por ti.
Septiembre
29
Fiesta de los Santos Arcángeles Miguel, Gabriel y Rafael.
De ellos la Sagrada Escritura revela misiones singulares y que sirven a Dios día y noche, y contemplando su rostro, a él glorifican sin cesar.
San Agustín consigue la libertad
«Cuando llegué a la adolescencia ardí en deseos de hartarme de las cosas más bajas, y llegué a envilecerme con los más diversos y turbios amores.» Así describe Agustín de Hipona, al cabo de muchos años, lo que fue su juventud. Y sigue: «Abrasado por esta obsesión, me sentía arrastrado por el vértigo de mis deseos, y me sumergí hasta el fondo de toda clase de torpezas. Estaba sordo y nervioso… cada vez me alejaba más del verdadero camino yendo detrás de satisfacciones estériles, ensoberbecido, agitado y sin voluntad para obrar bien.
»A mis dieciséis años me entregué totalmente a la carne, a la satisfacción sensual, permitida y hasta aplaudida por la desvergüenza humana, pero contraria al amor de Dios.
»Cuando dudaba en decidirme a servir a Dios, cosa que me había ya propuesto hacía mucho tiempo, era yo el que quería, y yo era el que no quería, sólo yo. Pero, porque no quería del todo ni del todo decía que no, por eso luchaba conmigo mismo y me destrozaba (…).
»De esta manera me atormentaba a mí mismo con más dureza que nunca, una y otra vez, plenamente consciente de ello, revolviéndome contra mis ligaduras para ver si rompía ese poco que me sostenía, pero que, poco y todo, me tenía atado. Dios me movía, gritándome desde dentro de mí; y con su severa misericordia redoblaba mi miedo y mi vergüenza a ceder otra vez y no terminar de romper lo poco que ya quedaba, para que no se rehiciesen otra vez mis viejas ligaduras, y me atasen otra vez y con más fuerza.
»Yo, interiormente, me decía: “¡Venga, ahora, ahora!” Y estaba ya casi a punto de pasar de la palabra a la obra, justo a punto de hacerlo; pero… no lo hacía; (…) Podía más en mí lo malo, que ya se había hecho costumbre, que lo bueno, a lo que no estaba acostumbrado. Me aterrorizaba cada vez más a medida que se acercaba el momento decisivo. Y si este terror no me hacía volver atrás ni apartarme de la meta, me tenía paralizado y quieto.
»Eran cosas de nada lo que me retenía, vanidades de vanidades, mis antiguas amigas; y me tiraban de mi vestido de carne y me decían bajito: “¿Es que nos dejas? ¿Ya no estaremos más contigo, nunca, nunca? ¿Desde ahora nunca más podrás hacer esto… ni aquello?” ¡Y qué cosas, Dios mío, qué cosas me sugerían con las palabras esto y aquello! (…)
»Aun así, conseguían que yo todavía vacilase y tardase en romper y desentenderme de ellas e ir de un salto a donde era llamado. Mientras, mi arraigada costumbre me decía: “¿Qué? ¿Es que piensas que podrás vivir sin estas cosas, tú?” (…)
»Y ella me sonreía con una risa que me alentaba, parecía decirme: “¿Por qué no vas a poder tú lo que éstos y éstas han podido? ¿O es que te crees que éstos y éstas lo pueden con sus propias fuerzas? ¡No, es con la fuerza del Señor su Dios! El Señor su Dios me ha dado a ellos. ¿Por qué intentas apoyarte en ti si no puedes ni tenerte en pie? Échate en sus brazos, no tengas miedo, Él no se retirará para que caigas; échate seguro de que te recibirá y te curará.” (…)
»Me sentía todavía preso por ellas y daba gritos gimiendo: “¡Hasta cuándo, hasta cuándo, mañana, mañana! ¿Por qué no hoy? ¿Por qué no ahora mismo y pongo fin a todas mis miserias?” Mientras decía esto y lloraba con amarguísimo arrepentimiento de mi corazón, de repente oí de la casa vecina una voz, no sé si de niño o de niña, que, cantándolo y repitiéndolo muchas veces, decía: Toma y lee, toma y lee.
»De repente, se me demudó la cara, e intenté recordar si había algún juego en el que los niños soliesen cantar algo parecido, pero no recordaba haber oído nunca nada semejante; conteniendo mis lágrimas, me levanté, interpretando esa voz como una orden divina que abriese el libro y leyese lo que se me apareciera al abrirlo. (…)
»Por eso, deprisa, me volví al sitio donde estaba sentado Alipio donde yo había dejado el libro del Apóstol al levantarme de allí; lo tomé, lo abrí y leí en silencio lo primero con que me encontré; decía: No andéis ya en comilonas y borracheras; ni en la cama haciendo cosas impúdicas; dejad ya las contiendas y peleas, y revestíos de nuestro Señor Jesucristo, y no os ocupéis de la carne y de sus deseos.
»No quise leer más, ni era necesario tampoco, pues en cuanto terminé de leer ese párrafo, como si me hubiera inundado el corazón una fortísima luz, se disipó toda la oscuridad de mis dudas. (…)
»¡Qué dulce fue para mí verme de repente privado de la dulzura de aquellas cosas de nada! Cuanto temía antes perderlas, tanto más gozaba ahora por haberlas dejado; Dios, mi grande y verdadera dulzura, las había echado de mí. Él las arrancaba de mí, y en su lugar entraba Él, más dulce que toda dulzura, pero no a la carne; más luminoso y claro que la misma luz, y al mismo tiempo más oculto que cualquier secreto; más sublime que todos los honores, aunque no para los que buscan su propia honra.
»Mi alma estaba libre ya de las devoradoras preocupaciones de la ambición, del dinero, de las pasiones en que se revolcaba, de la sarna de la sensualidad. No hacía otra cosa que hablar de Dios, mi luz, mi riqueza, mi salvación, Señor Dios mío.»
Años después, Dios le hizo ver sus errores y exclamaba: «¡Qué tarde te amé, Señor!» Le costó mucho cambiar; pero acudiendo al Señor, rezando y pidiéndoselo… recibió la conversión. Gracia y esfuerzo. Llegó a ser san Agustín, obispo y santo —¡y menudo santo!—. El sexto y noveno mandamientos son camino de libertad, libertad para amar.
Señor, me quiero dar cuenta de que vale la pena quererte y luchar. Ayúdame, como has ayudado a tantas personas, a salir de mis pecados. Señor, contigo sí que puedo. A veces, pueden asaltarme malos deseos y tengo pocas fuerzas para resistirlos. ¡Padre, no me dejes!
Habla con él lo leído, y si luchas, si confías en su ayuda… y lo que te sugiera el relato de san Agustín.
Septiembre
30
San Francisco de Borja, Presbítero. 1510-1572
En Roma, muerta su mujer, con quien había tenido ocho hijos, ingresó en la Compañía de Jesús y, pese a que abdicó de las dignidades del mundo y rehusó las de la Iglesia, fue elegido prepósito general, siendo memorable por su austeridad de vida y oración.
Jean, ¿te diste?
Jean Guitton fue un pensador francés muy destacado. Murió rozando los cien años. Antes de morir escribió un libro en el que cuenta una ficción de su muerte, su entierro y su juicio. El juicio es divertido, aunque tiene algún momento trágico, como éste. San Pedro es el que lleva el interrogatorio. Transcribo parte del juicio:
—Jean, ¿qué es el juicio de Dios sobre el hombre?
—La manifestación del juicio del hombre sobre Dios.
—¿Cuál es tu juicio sobre Dios?
—Creo que Dios es verdadero. Creo que Dios es justo. Creo que Dios es amor.
Cristo movió la cabeza. San Pedro me interrogó, con un tono de pronto más grave.
—Todos los aquí presentes hemos definido el amor, con las palabras de Teresa de Lisieux: amar es darlo todo y darse a sí mismo. Tengo que hacer ahora, en presencia de todos, la gran y única pregunta: Jean, ¿te diste?
No respondí. Hizo de nuevo su pregunta.
—Jean, ¿te diste?
En ese momento me desmayé y me habría caído del sillón a no ser por los dos ángeles suizos que se precipitaron para sostenerme. Enderecé la cabeza. Unas gruesas lágrimas corrían por mis mejillas. San Pedro retomó la palabra.
—Jean, tu último día ya llegó y paso. Ahora es la Hora suprema. El Juez va a fallar. Piensa que es el Amor el que te juzga. Eres juzgado sobre el amor. Debes responder a esta última pregunta. Jean, ¿te diste?
Entonces, lentamente, con dificultad, yo, Jean Guitton, me levanté. San Pedro quiso decirme que continuara sentado, pero Teresa le tocó la mano y me dejó hacer. Me mantenía muy recto. Me mantenía muy recto a pesar de mi edad, los dos puños crispados sobre el bastón. El ángel fiscal, severo, observaba. Dejó su banco y vino a ponerse a mi derecha. Así, rodeado, empecé con voz ronca, que se fue aclarando. Y continué con una voz siempre ronca, pero crescendo.
—Viví. Morí. Estoy enterrado. Mi alma está desnuda, colgada a un no sé qué vertiginoso, como un arbusto en la pendiente de un acantilado. Ya no soy nada de todo lo que creía ser. Ya no tengo nada de todo lo que creía tener. ¡Ah! Si hubiese dado todo o simplemente perdido todo en vida, no me sentiría tan pegajoso. ¡Quién podría decirme por qué me siento tan pegajoso!
En esta pregunta, efectivamente, se resume el juicio y en esta pregunta se resumen los diez mandamientos. Puede ser un buen momento este rato de oración para preguntarnos con Dios si nos damos.
Señor Dios, ¿me doy? ¿vivo dando y dándome? Ayúdame a rectificar en lo que tenga que rectificar. Querría darme completamente cada día a las personas que tengo al lado. Así seré un buen hijo de quien es Amor, pero necesito que tú me vayas transformando progresivamente. Gracias porque quiero darme.
Comenta con él la pregunta. Puedes terminar con la oración final.
Octubre
Oración inicial de cada día
Señor mío y Dios mío,
creo firmemente que estás aquí,
que me ves, que me oyes.
Te adoro con profunda reverencia.
Te pido perdón de mis pecados y gracia
para hacer con fruto este rato de oración.
Madre mía Inmaculada, San José, mi padre y señor,
Ángel de mi guarda: interceded por mí.
Oración final de cada día
Líbrame, Señor, de la pereza y hazme cada día más diligente,
líbrame de la soberbia y hazme cada día más humilde,
líbrame de la lujuria y hazme cada día más casto,
líbrame de la ira y hazme cada día más paciente,
líbrame de la gula y hazme cada día más templado,
líbrame de la envidia y hazme cada día más caritativo,
líbrame de la avaricia y hazme cada día más generoso.
Amén.
Octubre
1
Santa Teresa del Niño Jesús. Siglo XIX.
Nacida en Francia, el Papa Pío XI la canonizó y la proclamó patrona universal de las misiones. En el Carmelo vivió dos misterios: la infancia de Jesús y su pasión. Por ello, solicitó llamarse sor Teresa del Niño Jesús y de la Santa Faz.
Tengo sed
Al norte de Francia, en la zona donde tuvo lugar el desembarco de Normandía, hay un pueblo grande llamado Lisieux. Allí vivían cinco hermanas con su padre. Los domingos toda la familia asistía a misa a la iglesia de San Pedro, normalmente en una capilla lateral. Uno de esos domingos, en 1887, la novena de las hijas, Teresa, se dio cuenta de algo:
»Un domingo, contemplando una estampa de nuestro Señor en la cruz, quedé profundamente impresionada al ver la sangre que caía de una de sus manos divinas. Experimenté una pena inmensa al pensar que aquella sangre caía al suelo sin que nadie se apresurase a recogerla, y resolví mantenerme en espíritu al pie de la cruz para recibir el divino rocío que goteaba de ella, comprendiendo que luego tendría que derramarlo sobre las almas… El grito de Jesús en la cruz resonaba también continuamente en mi corazón: “¡Tengo sed!” Estas palabras encendían en mí un ardor desconocido y vivísimo… Deseaba dar de beber a mi Amado, y yo misma me sentía devorada por la sed de las almas… No eran todavía las almas de los sacerdotes que me atraían, sino las de los grandes pecadores; ardía en deseos de arrancárselas al fuego eterno…»
Así arraigó su vocación, a los catorce años. Más tarde se hizo carmelita. Cuando estaba en éstas se casó Juana, una chica que conocía mucho. Teresa aprendió las delicadezas que debe tener una chica con quien va a ser su esposo. Entonces se le ocurrió hacer una invitación de boda, como la que había hecho Juana, para su casamiento con Jesús. Esto ponía en la invitación:
CARTA DE INVITACIÓN PARA LAS BODAS DE SOR TERESA DEL NIÑOS JESÚS DE LA SANTA FAZ. «El Dios Todopoderoso Creador del Cielo y de la tierra, Soberano Dominador del Mundo, y la Gloriosísima Virgen María, Reina de la Corte Celestial,
tienen a bien participaros el Casamiento de su Augusto Hijo, Jesús, con la Señorita Teresa Martín, ahora Señora y Princesa de los reinos aportados en dote por su Divino Esposo, a saber: la Infancia de Jesús y su Pasión, siendo sus títulos de nobleza: del Niño Jesús y de la Santa Faz Rey de Reyes y Señor de señores.
El Señor Luis Martín, Propietario y Dueño de los Señoríos de Sufrimiento y de la Humillación, y la Señora de Martín, Princesa y Dama de Honor de la Corte Celestial [dice esto porque su madre ya había muerto y estaba en el cielo],
tienen a bien participaros el Casamiento de su hija Teresa, con Jesús, el Verbo de Dios, segunda Persona de la Adorable Trinidad, que, por la operación del Espíritu Santo, se hizo Hombre e Hijo de María, la Reina de los Cielos.»
Hoy celebramos la fiesta de santa Teresa de Lisieux. Vamos a tratar como ella, con corazón y cercanía, con humor y cierta locura, a Jesús.
Señor, quiero saciarte la sed de almas, la necesidad que tienes de mi corazón, y del corazón de todos los hombres. Que resuenen continuamente en mi corazón tus palabras «Tengo sed». Que comparta contigo la sed. Ofreceré todos los días mi vida por la salvación de todas las almas. Que, como Teresa, ponga el corazón en mi relación contigo: que te trate como a mi amor, que te trate como a mi Esposo.
Ahora es el momento importante, en el que tú hablas a Dios con tus palabras, comentándole algo de lo que has leído. Cuando lo hayas hecho, termina con la oración final.
Octubre
2
Los Santísimos Ángeles Custodios.
Dios ha asignado a cada hombre un ángel para protegerle y facilitarle el camino de la salvación mientras está en este mundo. La misión de los Ángeles Custodios es acompañar a cada hombre en la vida y guiarlo en el difícil camino para llegar al Cielo
.
El amigo invisible
Poco antes de su Primera Comunión, decía Alexia a su madre:
—Yo quiero que mi ángel custodio tenga un nombre. Eso de llamarle «custodio» como todo el mundo, no me gusta.
—Me parece bien, y ¿cómo quieres llamarle?
—Hugo —respondió sin titubear.
—¿Hugo? —se extrañó su madre—. Es un nombre muy poco corriente. ¿Por qué Hugo?
—Porque es un nombre perfecto para un custodio —fue su rotunda respuesta.
La amistad de Alexia y Hugo fue grande. Al cabo de unos años, estando enferma, le escuchó su madre decir: «¡Hugo, ayúdame! ¡Haz que se me pase este dolor de cabeza! ¿Dónde estás, despistado, que no me ayudas?» Alexia murió de esa enfermedad, con catorce años, y se ha abierto su proceso de beatificación.
Dios creó al principio muchas criaturas, no sólo las que vemos. La Escritura dice que, entre ellas, creó multitud de espíritus. Estos espíritus son seres inmateriales, que no tienen cuerpo, pero sí conocen, quieren, son libres e inteligentes… más o menos como los hombres, pero sin cuerpo. Les llamamos ángeles porque ángel significa «enviado», y ellos son enviados por Dios para cumplir misiones. Cada uno tenemos un espíritu enviado por Dios con la misión de acompañarnos y ayudarnos en todo lo que podamos necesitar.
Es impresionante: yo tengo la suerte de tener un espíritu que está unido a mí con un vínculo personal e indestructible. ¡Mi ángel vive para mí! Por eso se entiende que Alexia quisiese ponerle un nombre. Si tú no se lo has puesto, puedes ponérselo hoy, 2 de octubre, día en el que la iglesia celebramos la fiesta de los Ángeles Custodios.
Le llamamos Ángel Custodio o Ángel de la Guarda porque ellos viven custodiándonos, con la misión de guardarnos, con una vigilancia continua, día y noche.
No es cosa de niños, sino de personas inteligentes: contar con quien ahí está. Los primeros cristianos tenían tanta presencia de los ángeles que en una ocasión ocurrió lo siguiente. San Pedro estaba encarcelado; todos los cristianos rezaban por su liberación. Salió una noche de la cárcel y, a escondidas, fue hasta una casa donde se encontraban algunos cristianos. Llamó a la puerta; quien salió a abrir miró y, perpleja, volvió corriendo a la sala y les dijo que era Pedro el que estaba en la puerta. Los otros, extrañados, convencidos de que no podía ser él, le dijeron: «Estás loca.» Pero ella insistía en afirmar que era así. Ellos decían: «Será su ángel» (Hechos 12, 15).
Un teólogo de los primeros siglos predicaba que «todo está lleno de ángeles». Si Jesús bajó a la tierra, cómo no van a estar ellos pendientes de todo en la tierra. Así lo explicaba: «Dicen entre ellos: “si él (Jesús) descendió en un cuerpo, si él se revistió de carne mortal, si él soportó la cruz y murió por los hombres, ¡cómo estamos sin hacer nada! ¡Cómo procedemos! Vamos, ángeles, descendamos todos del cielo.”»
Es buena la costumbre cristiana de rezarle siempre al acostarnos. Aunque aprenderíamos esta oración de pequeños, conviene que la continuemos rezando hasta viejecitos:
Ángel de mi Guarda, dulce compañía, no me desampares ni de noche ni de día. No me dejes solo, que si no me perdería. Si tú me abandonas, ¿qué será de mí? Ángel de mi Guarda, vela sobre mí. Santa María, Reina de los Ángeles, ruega por nosotros.
Puedes ahora agradecer a Dios con tus palabras que te haya dado un Ángel. Si quieres aprovecha para hablar con él, ponerle un nombre y charlar un momento con él. ¡Ojalá hoy comience una buena amistad entre vosotros dos!
Octubre
3
San Francisco de Borja. Siglo XVI.
De Gandía, entró en la Compañía de Jesús tras la muerte de su esposa, Leonor de Castro, y como consecuencia de su encuentro con San Ignacio de Loyola. Fue un organizador infatigable y siempre encontró tiempo para dedicarse a la redacción de tratados de vida espiritual.
Ya no serviré más a señor que se pueda morir
El emperador Carlos V ha sido quizá la persona que logró el poder más extenso sobre el mundo. Tanto territorio estaba bajo su corona que tenía a gala poder decir que el sol nunca se ponía sobre su reino, porque en alguna parte de su reinado siempre era de día. Uno de sus hombres más cercanos fue un joven de Gandía (Valencia), Francisco de Borja. Fue duque, caballero, virrey de Cataluña… tuvo altos cargos. Era una buena persona, hombre de una pieza, que un día concreto dio un giro importante a su vida:
La mujer de Carlos V, la emperatriz Isabel de Portugal, murió en 1539 y su cadáver fue llevado a Granada, según deseo de su esposo. El cadáver de la bellísima emperatriz fue escoltado por nobles y militares y, al llegar a la entrada de Granada el 16 de mayo de 1539, su ataúd fue abierto para verificar su contenido: el olor y la fealdad resultaron insoportables. Al ver en qué estado habían quedado los restos de la hermosísima Isabel, Francisco de Borja dijo muy seriamente: «Ya no serviré más a señor que se pueda morir.»
La lección quedó bien aprendida. Algún año más tarde su mujer enfermó. Escribía a su amigo Pedro Fabro, después de decir que ella estaba mejor de salud: «Bien sé que no son grandes sino los que se conocen por pequeños; ni son ricos los que tienen, sino los que no desean tener; ni son honrados, sino los que trabajan para que Dios sea honrado y glorificado.»
Siete años más tarde murió su mujer, con la que había tenido ocho hijos. Francisco de Borja tenía 36 años. Entonces, entró en la Compañía de Jesús. Cuentan que llamaba la atención su humildad: buscaba los trabajos más simples, como barrer, acarrear la leña, ayudar en la cocina… Había aprendido que las cosas de este mundo son engañosas. Hasta entonces había mandado, había tenido mucho poder y todas las comodidades a su gusto… pero ¡ya no serviré más a señor que se pueda morir! Servir a riquezas, a comodidades y fama, a dinero y reyes… no vale la pena: todo eso es efímero, se acaba, se pudre como el cuerpo de Isabel. Descubrió lo vano que es la vanidad.
¿No es verdad que a veces somos vanidosos? Vanidad es una palabra que viene de la palabra latina vanus, que significa «vacío», «hueco». Ser vanidoso significa que se vive dando importancia a cosas que no tienen valor, vivir una vida vacía, hueca, sin un contenido que tenga valor e interés.
Hoy, día de san Francisco de Borja, puedes hablar con Dios y pedirle que te ayude a descubrir la vanidad que hay en ti.
Tú, Señor, que concediste a san Francisco de Borja el don de imitar con fidelidad a Cristo pobre y humilde, concédenos también a nosotros, por intercesión de este santo, la gracia de que, viviendo fielmente nuestra vocación, tendamos hacia la perfección que nos propones en la persona de tu Hijo. Que descubra la vanidad en mi vida, y te digo con san Francisco: ¡Ya no serviré más a señor que se pueda morir!
Ahora es el momento importante, en el que tú hablas a Dios con tus palabras. Puedes comentar la vanidad que encuentras en ti; y si no encuentras, pídele que te la haga ver, porque todos la tenemos. ¿A quién sirves que no sea Dios?
Octubre
4
San Francisco de Asís, Fundador de la Orden de los Franciscanos. Siglo XII.
Tras combatir en el ejército, se dedicó a la oración. Por petición de Jesús, arregló la iglesia de San Damián. Su orden, que se distinguía por su gran capacidad de servicio a los demás, creció más allá de los Alpes y tenían misiones en España, Hungría y Alemania.
Francisco de Asís y la alegría perfecta
Un día de pleno invierno iba san Francisco desde Perusa a Santa María de los Ángeles con fray León. Hacía un frío que pelaba. Fray León iba por delante, y san Francisco le llamó y le dijo: «Fray León, aunque el hermano menor supiera predicar tan bien que convirtiera a todos los infieles a la fe en Cristo, escribe que no está en eso la alegría perfecta».
Fray León, desconcertado, le preguntó: «Padre, te ruego en nombre de Dios que me digas en qué está la alegría perfecta». Y san Francisco le respondió: «Figúrate que al llegar a Santa María de los Ángeles, empapados por la lluvia y helados de frío, llenos de barro y muertos de hambre, llamamos a la puerta del convento y el portero monta en cólera y nos dice: “¿Quiénes sois vosotros?”, y nosotros le respondemos: “Somos dos hermanos vuestros”, y él dice: “Mentirosos, sois dos bellacos que vais engañando al mundo y robando las limosnas de los pobres. ¡Marchaos de aquí!” Cuando no nos abra, tendremos que patear fuera por el frío y el hambre hasta la noche; si sabemos soportar entonces con paciencia injurias y bufidos, sin perder la calma y sin murmurar contra él, sabiendo que este portero nos conoce y que es Dios el que le hace hablar así contra nosotros, hermano León, en eso está la alegría perfecta.
«Escucha la conclusión, hermano León: por encima de todas las gracias de Dios y de todos los dones que Cristo da a sus amigos, está la de vencerse a sí mismo y soportar con gusto por el amor de Cristo los trabajos, las injurias, las humillaciones y las incomodidades; porque no podemos gloriarnos de todos los demás dones de Dios, pues no vienen de nosotros sino de Dios, como dice el Apóstol: ¿Qué tienes que no hayas recibido? Y si lo recibiste, ¿de qué te glorías, como si no lo hubieras recibido?»
Hoy celebramos a san Francisco. Se habla de Francisco como el gran maestro de la pobreza. Su padre era un mercader riquísimo, y Francisco dejó toda posesión, repartió sus bienes, vistió con saco y vivió sin nada. Sin embargo, la pobreza de vivir sin calefacción, sin comodidades y sin dinero no es la pobreza más radical. La pobreza que todos los cristianos hemos de vivir es la que él explica al monje que le acompaña: estar desprendido de uno mismo, de lo que digan de mí, de la fama, del honor… Dominio de uno mismo —le dice—, y vivir con paz y alegría cuando opinan mal, cuando me critican sin razón… y cuando quienes critican no son los enemigos, sino el mismo fraile que vive con uno; esto es, los de tu casa, los amigos…
¿Cómo reacciono cuando me entero de que alguien ha hablado mal de mí? ¿Y cuando me malinterpretan, con buena o mala intención? ¿Y cuando digo «a» y dicen que he dicho «b»? Repasa lo que dice san Francisco, y háblalo con el Señor.
Señor Dios, que en el pobre y humilde Francisco de Asís has dado a tu Iglesia una imagen viva de Jesucristo, haz que nosotros, siguiendo su ejemplo, imitemos a tu Hijo y vivamos, como este santo, unidos a ti en el gozo del amor. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que contigo vive y reina por los siglos de los siglos. Amén.
Continúa hablándole con tus palabras, quizá comentando la última vez que has sufrido alguna incomprensión, cómo has reaccionado y cómo te gustaría hacerlo en adelante. Después puedes terminar con la oración final.
Octubre
5
San Froilán de León, Eremita y Obispo. Siglo IX.
De Lugo, mientras se preparaba para ser sacerdote hacia los 18 años, entra en crisis y se hace ermitaño. Es elegido obispo de León en el año 900 y muere años después en esta ciudad, quedando enterrado en su Catedral.
Las siete cabezas
En todas las zonas geográficas hay muchas ciudades o pueblos. A uno de ellos se le nombra la capital. Capital es una palabra que viene del latín y significa «principal», «el que está a la cabeza». También los pecados que cometemos son muchos y variados, pero desde los primeros siglos del cristianismo grandes teólogos, como san Juan Casiano y san Gregorio Magno, han distinguido siete pecados que son los capitales. No en el sentido de que sean los más graves, sino porque son los principales: todos los pecados tienen su origen en uno de esos siete, esos siete están a la cabeza de otros muchos, en ellos se encuentra la raíz de los demás.
Te habrás fijado en que estos días de octubre nos hemos referido a la humildad de san Francisco de Borja, a la pobreza de san Francisco de Asís, a la caridad de Teresa de Lisieux… Éstas son algunas de las virtudes capitales, porque a los siete pecados capitales se le oponen siete virtudes capitales. Seguramente te sabrás la lista de memoria:
Contra soberbia, humildad
Contra avaricia, generosidad
Contra lujuria, castidad
Contra ira, paciencia
Contra gula, templanza
Contra envidia, caridad
Contra pereza, diligencia.
A lo largo del mes seguiremos considerando algunos aspectos de estas virtudes y pecados principales. Nos conviene admitir una verdad de partida: todos tenemos una facilidad tremenda hacia los siete pecados capitales. No tenemos que asustarnos de ver que así somos; es más, debemos alegrarnos profundamente cuando descubramos en nosotros que en el fondo nos mueve cualquiera de ellos: así somos los hijos de Adán y Eva, y por eso Jesús dice que viene a salvarnos del pecado: porque el pecado tiene demasiada fuerza en nosotros.
Jesús puso esta parábola «a algunos que, teniéndose por justos, se sentían seguros de sí mismos y despreciaban a los demás»: «Dos hombres subieron al templo a orar. Uno era fariseo; el otro, un publicano. El fariseo, erguido, oraba así en su interior: “¡Oh Dios!, te doy gracias, porque no soy como los demás: ladrones, injustos, adúlteros; ni como ese publicano. Ayuno dos veces por semana y pago el diezmo de todo lo que tengo.”
»El publicano, en cambio, se quedó atrás y no se atrevía ni a levantar los ojos al cielo; sólo se golpeaba el pecho, diciendo: “¡Oh, Dios!, ten compasión de este pecador”.
»Os digo que éste bajó a su casa justificado, y aquél no. Porque todo el que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido.» (Lucas 18, 9-14).
¡Qué importante es que nos reconozcamos pecadores! ¡Porque lo somos! ¡Porque la fuerza de esos pecados está dentro de nosotros! ¡Si no nos damos cuenta, nos tendremos por justos como el fariseo de la parábola! Que, como el publicano, reconozcamos al mismo tiempo que somos pecadores y que Dios quiere limpiarnos, sanarnos, salvarnos por medio de Jesús: ¡él es nuestro Salvador!
Gracias, Dios mío, porque me conoces y me quieres como soy. Reconozco que soy pecador. Sí, hoy mismo he sido pecador. Pero tú me quieres libre, libre del pecado, y por eso me das tu perdón y tu gracia. Quieres limpiarme y matar el pecado que hay en mí, de manera que cada vez más sea tu fuerza la que me mueva, y no la fuerza del pecado. Y ahora te digo que quiero luchar, y contra soberbia, humildad; contra… (sigue tú diciéndole los siete). No me dejes nunca ser como el fariseo de tu parábola.
Ahora es el momento importante, en el que tú hablas a Dios: pídele que no te resistas a reconocer que eres pecador, que cada uno de los siete pecados capitales están en ti. Después, pídele con fuerza con las palabras de la oración final.
Octubre
6
San Bruno, Fundador de los Cartujos. Siglo XII.
De Colonia (Alemania), se ordenó sacerdote y fue profesor de Teología durante 18 años. Fundó La Cartuja. Redactó el reglamento de silencio perpetuo y vivir incomunicados con el mundo para hacer gran penitencia por los pecadores. Fue consejero del Papa Urbano II.
La dolce vita
La actriz Anita Ekberg protagoniza la famosa película titulada La dolce vita, título que toma la expresión italiana para referirse a la vida fácil y placentera, cómoda e indolora. La película fue dirigida por Fellini, quien contaba algo verdaderamente sorprendente que ocurrió el día que debían filmar la última escena del film. Ésta se desarrollaba en un coche situado en el plató, dentro del cual se encontraba Anita. Una vez filmada la escena, con la que terminaba su papel en la película, ella se echó a llorar y se negó a abandonar el coche agarrándose al volante. «Tuvieron que utilizar una suave violencia para sacarla del estudio.»
No tiene mucho sentido pero podemos hacer un esfuerzo por ponernos en su lugar. Anita no quería que aquello terminase, no deseaba volver a la vida normal, desprenderse de lo que durante un tiempo la había acompañado y de lo que había disfrutado. Pero… el coche y todo lo demás no se lo podía llevar con ella.
A esto se refiere Jesús cuando dice que nos guardemos «de toda avaricia, pues aunque uno abunde en bienes, su vida no depende de aquello que posee. Y les propuso una parábola: las tierras de un hombre rico dieron mucho fruto. Y pensaba para sí: “¿Qué haré, pues no tengo donde almacenar mi cosecha?” Y dijo: “Esto haré: destruiré mis graneros y los construiré mayores, y allí guardaré todo mi trigo y mis bienes. Entonces diré a mi alma: alma, tienes ya muchos bienes almacenados para largos años: descansa, come, bebe y pásalo bien.” Pero Dios dijo: “¡Insensato!, esta misma noche te pedirán tu alma. Y lo que has preparado, ¿para quién será?” Así es el que atesora para sí y no es rico ante Dios» (Lucas 12, 15-21).
Parece que algunos tienen el cerebro o el corazón en forma de dólar. Como si necesitasen hacer saber a todos que tiene mucho dinero, o que tal cosa que han comprado es carísima, o que al menos sus abuelos estaban forrados. Tener y parecerlo, o lo que es peor, no tener y querer aparentar que se tiene.
Es más interesante ser rico ante Dios. La riqueza espiritual, ésa sí que vale, y ésa sí que nos la llevamos a la otra vida. Como Anita Ekberg, un día tendremos que abandonar el plató.
Señor, tú quisiste nacer pobre, vivir modestamente, y morir desnudo. Pero eso sí: con una riqueza interior infinita. Que tenga tu estilo. Que desee más los bienes espirituales que los materiales. Que no ponga mi interés en la vida cómoda, sino en la vida enamorada. Que valore más ser que tener. Que me fije más en las personas y menos en las vestimentas.
Éste es el momento de hablarle con tus palabras, y manifestarle tus deseos de vivir pobre de espíritu.
Octubre
7
Nuestra Señora del Rosario, Advocación Mariana.
Tiene su origen hacia el siglo IX, como una simplificación del Salterio y se extiende rápidamente por los laicos iletrados como una sencilla oración. El rosario es una corona de rosas que regalamos a nuestra Madre.
Un arma poderosa
Pablo VI fue papa en la segunda parte del siglo XX, tiempo en que hubo guerras: una guerra fría —estaba como congelada, no había tiros, pero un gran conflicto entre Rusia y Estados Unidos— y muchas guerras calientes en distintas partes del mundo. En este clima sorprendió que el Papa hablara de un arma poderosa de los cristianos. Se refería al Rosario.
Resulta sorprendente pero muy acertado. Los cristianos estamos en guerra. Queremos que el bien triunfe, queremos combatir el mal, el pecado, el odio, el egoísmo. Y un arma poderosa es el rezo del Rosario.
Como sabes, el Rosario es una oración en la que repetimos muchas veces las mismas oraciones: el Avemaría, el Padrenuestro, el Gloria. Decirle una y mil veces que ella es madre, llena de gracia y bendita entre todas la mujeres, que ruegue por nosotros ahora, que ruegue también en la hora de nuestra muerte. No usamos la coacción, ni argumentos difíciles… Sencillamente, como un niño pequeño, reconocemos que nosotros solos no podemos y que ella tiene que cuidarnos… con sencillez nos abandonamos en su cariño. ¡Ésa es nuestra arma poderosa!
El rezo del Rosario contiene el rezo de cinco misterios. Al enunciado de cada misterio continúa la oración de un Padrenuestro, diez Avemarías y un Gloria. Como decía Pablo VI, cada misterio es poderoso. Mientras vamos por la calle a cualquier sitio, en el autobús o en el metro, podemos rezar un misterio del rosario, como quien prepara una bomba de bondad, y arrojarla sin que nadie la vea: por ese amigo que lo pasa mal, por un familiar que necesita ayuda, por un conocido que se deja dominar por el mal, por todos los que hoy morirán, por quienes están en los hospitales… Con el rosario vamos haciendo la guerra discreta y eficazmente.
Cuentan que Juan Pablo II, entre una visita y otra, en viajes, en esperas… tenía el hábito de empuñar un rosario y rezar misterios. En alguna ocasión un periodista le preguntó cuántos rosarios rezaba diariamente. Contestó que ese día iba por el cuarto rosario. Él conocía muchas necesidades y quería ayudar eficazmente. Lo hacía también así: con el arma poderosa.
Cuando a Teresa de Calcuta le entregaron el Premio Nobel, las cámaras de televisión le enfocaron mientras la presentaban y daban algún discurso. ¿Qué se vio? Que ella estaba sentada en su sitio con un rosario en la mano, pasando avemarías.
Hoy, 7 de octubre, celebramos la fiesta de Nuestra Señora del Rosario. El mes de octubre, por eso, es el mes del Rosario. Ojalá cojamos la costumbre de rezar todos los días de este mes, al menos, un misterio del Rosario; quizá, aprovechando nuestros desplazamientos. Y ojalá al principio de cada misterio le digamos a María el destino de esa bomba de bondad y de gracia: ¡Por este asunto! Cuánto podemos ayudar sin que se vea.
Dios te salve, María, llena eres de gracia. El Señor es contigo. Bendita tú eres entre todas las mujeres, y bendito es el fruto de tu vientre, Jesús. Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte. Amén. Gracias, Madre, por escucharme cada vez que te digo estas palabras.
Puedes comentar ahora con María que usarás de esta arma poderosa, que te consiga más fe, cuándo puedes rezar algún misterio, y que te gustaría decirle con cariño cada Avemaría.
Octubre
8
Santa Pelagia de Antioquía, Virgen y Eremita. Siglo V.
Se la presenta como una de las más insignes pecadoras del mundo, allá por la segunda mitad del siglo V. Tras su encuentro con Nono, anacoreta de Tabenas, se dedicó a la penitencia. Murió disimulando con una máscara su condición de mujer, habiéndose hecho llamar Pelagio.
Empozoña con tu veneno a Aglauros
El mito narrado en la Metamorfosis cuenta lo siguiente. El bello dios Mercurio decidió abandonar el cielo y dirigirse a la tierra para enamorarse de Herse, una de las tres hijas de Cécrope. Pasó delante de la casa de las tres hermanas, pero la primera que salió a su encuentro no fue Herse, sino su hermana Aglauros. Mercurio le dijo el motivo de su viaje —enamorarse de su hermana Herse—, y le pidió que hiciese lo posible para ayudarle a conseguir el amor de su hermana.
Aglauros lo escuchó, y en ese mismo momento una diosa quiso introducir en Aglauros la envidia. Entonces, dice el mito, la diosa se dirigió a la casa de la Envidia, «sucia de negra sangre cuajada», para hacerle el encargo. Así describe la casa:
«Es una casa oculta en un valle profundo, privada de sol, no accesible a ningún viento, lúgubre, transida de un frío que paraliza, y que, desprovista siempre de fuego, está siempre sumida en tenebrosa bruma.»
Cuando llega, llama a la puerta con la punta de su lanza. «Al golpe se abren las dos hojas; ve dentro a la Envidia comiendo carne de víbora, adecuado alimento de su veneno, y al verla aparta la diosa los ojos. Pero la Envidia se levanta pesadamente de la tierra, abandona los cuerpos a medio comer de las serpientes, y avanza con paso lánguido (…) En su rostro se asienta la palidez, en todo su cuerpo la demacración, nunca mira de frente, sus dientes están lívidos de moho, su pecho verde de hiel, su lengua empapada en veneno; no hay en ella risa, salvo la que produce el espectáculo de la desdicha, y no goza del sueño, despierta siempre por desvelados afanes; ve la felicidad de los hombres que le molesta y se consume de verla; hace daño y se hace daño a la vez, y es ella su propio suplicio.»
Entonces, la diosa le da el encargo a Envidia: «Emponzoña con tu veneno a una de las hijas de Cécrope; es necesario; se trata de Aglauros.» Así lo hizo Envidia, y «una vez que ha entrado en la habitación de la hija de Cécrope, ejecuta lo ordenado.»
Las características del envidioso quedan formidablemente descritas en lo que hace Envidia a la bella Aglauros: «Le toca el pecho con su mano enmohecida, le llena el corazón de espinas punzantes, le sopla dañina pestilencia y difunde por sus huesos y derrama en mitad de sus pulmones un veneno negro como la pez. Y para que los motivos de pesar no se extiendan a una amplia zona, le pone delante de los ojos la imagen de su hermana, del feliz matrimonio de su hermana y del dios Mercurio en toda su belleza, y todo lo presenta agrandado. Irritada por todo ello, la Cecrópide sufre la mordedura de secreto sufrimiento, y angustiada de noche y de día, gime y se va consumiendo la desdichada en lento acabamiento, como el hielo herido por un sol vacilante; la ventura de la dichosa Herse la devora tan inexorablemente como cuando se prende fuego por debajo a hierbas espinosas que sin producir llamas se van quemando en tibio calor.
Así es la envidia. Todos tenemos alguna experiencia: consume y llena el corazón de espinas, no se soporta lo bueno que disfruta el otro, envenena, hiela… No debemos extrañarnos de sentirla, pero… una cosa es sentirla y otra bien distinta consentirla. Cuando sintamos envidia, con toda paz acudimos a nuestro Salvador y le decimos que no queremos esos sentimientos, que actuaremos en contra de lo que nos sugiere la envidia, le pedimos que nos cambie el corazón hasta alegrarnos por el bien del otro… y poco a poco Él nos va transformando. Pero lo primero es lo primero: reconocerla.
Líbrame, Dios mío, de la envidia. La siento a veces, pero no quiero dejarme dominar por ella. Una cosa es que la sienta, y otra que la consienta. Cuando la sienta, con tu ayuda, la combatiré.
Puedes comentarle ahora con quiénes sientes envidia, por qué, y pedirle que sane tu corazón. Después puedes terminar con la oración final.
Octubre
9
San Dionisio, Primer Obispo de París. Siglo III.
Fundó muchas iglesias y sufrió el martirio en 272 junto con Rústico y con Eleuterio. san Dionisio fue llamado por san Atanasio como «Maestro de la Iglesia Católica» por su gran sabiduría. Nació pagano y sus primer acercamiento al cristianismo fue el estudio de la Biblia.
Un día no sintió que el agua le quemase los pies
El 19 de marzo de 1864 llegó al puerto de Honolulú, en el interior de la ciudad de Honolulú, un joven llamado Damián como misionero. Damián fue ordenado sacerdote allí mismo a los cinco días de su llegada, en la catedral de Nuestra Señora de la Paz. Trabajó en varias parroquias en la isla de Oahu durante un tiempo muy especial para aquel reino, pues sufría una importante crisis de salud.
Hawai tenía mucho tránsito de comerciantes. Algunos de estos llevaron a la isla enfermedades que los nativos hawaianos nunca habían padecido y para las que estaban indefensos. Muchos hawaianos murieron por la gripe, por la sífilis y por otras enfermedades nuevas para ellos. Una de las más agresivas enfermedades que entró en la isla fue la lepra.
El rey Kamehameha IV tuvo miedo de que se esparciera la plaga y decidió apartar del reino a los leprosos. Estableció una colonia para ellos en el norte, en la isla de Molokai, y obligó a trasladar a esta isla a todos los contagiados por la lepra. La Royal Board of Health los proveyó con suministros y comida, pero no tenían todavía los medios apropiados para ayudarles médicamente.
El responsable de la Iglesia en la zona, el vicario apostólico Louis Maigret, tenía la preocupación de que los nuevos habitantes de la isla de Molokai estuviesen atendidos por un sacerdote que les administrase los sacramentos y les dispensase un mínimo de atención espiritual. Damián llevaba un año de sacerdote y le habían asignado a la Misión Católica en el norte de la isla de Hawai. Sin embargo, Damián pensó y rezó mucho una inquietud que llevaba dentro, hasta que un día se dirigió al vicario apostólico y le solicitó permiso para ir a la isla de Molokai: quería encargarse de atender a aquellos enfermos.
El lugar estaba rodeado de montañas. Había seiscientos leprosos viviendo allí. Cuando llegó Damián, aquella isla era una auténtica «colonia de la muerte» donde la gente se veía forzada a pelear entre sí para lograr sobrevivir. El plan del Rey no buscaba esto, pero de hecho parece que el gobierno fue negligente en proveer recursos y apoyo médico, y muy pronto se había creado un enorme caos en aquel lugar.
La primera misión que se impuso Damián fue construir una iglesia y establecer una parroquia que dedicaría a santa Filomena. Su llegada significó un punto de inflexión para la comunidad. Bajo su liderazgo, las leyes básicas se restablecieron, se volvieron a pintar las casas, a trabajar en las granjas, algunas de ellas se convirtieron en colegios…
Una isla de leprosos. Gente abandonada por la sociedad, muriendo en la más completa desolación, sin esperanza de curación, sin esperanzas de nada. Marginados, despreciados, olvidados. Un hombre sano llegó a vivir con ellos para demostrarles que sí importaban. Damián quería que sintieran que eran dignos de ser considerados como hermanos. Les llevó un mensaje de consuelo y de esperanza en la verdadera vida. Lo hizo, consciente de que tarde o temprano pasaría a ser uno de ellos y que así moriría.
Al poco tiempo la isla ya no era una colonia de muerte. Morían, sí, pero los enfermos habían vencido su amargura. Construyeron viviendas dignas, un hospital y una casa de oración. La sonrisa recorrió la isla por vez primera. Los enfermos comenzaron a ayudarse, a curar las heridas de los más graves, a acompañarse. El Padre Damián les alegró sus últimos días, y les entregó el amor que todos necesitamos, especialmente los débiles, pobres y enfermos.
Un día, según recogen los diarios, en diciembre de 1884 —habían pasado casi veinte años— Damián se dirigió a su ritual matutino de introducir los pies en agua hirviendo. Aquel día no sintió calor en los pies: aquel día supo que se había contagiado con la lepra. A pesar del descubrimiento, los residentes señalan que el padre trabajó incansable construyendo cuantas casas pudo y planificó la continuación del programa que había creado para cuando él se hubiera ido.
Hasta aquí, algunos datos de la vida del padre Damián. Ahora, un comentario de alguien que escribía en una web:
«Lo del padre Damián fue, sencillamente, una estupidez. El padre Damián no curó un solo leproso. Fue a Molokai a convivir con los leprosos y contraer él mismo la lepra, o sea, aumentar el censo de leprosos. Los leprosos de Molokai necesitaban que alguien les sanase de su enfermedad; no necesitaban de ningún tonto que enfermase como ellos y adquirir la lepra sin más es estúpido. El gesto del padre Damián hubiera estado justificado si, a cambio de adquirir él la enfermedad, hubiesen sanado dos o tres enfermos. Aunque hubiera sido uno por uno. Sacrificarse él por salvar a un semejante. Pero es que ni eso. No sirvió para nada.»
¿Qué te parece? El padre Damián no sanó a dos o tres enfermos. En cambio a todos les alivió esa penosa enfermedad. Y todos sabemos que cuando una enfermedad no puede sanarse, al menos podemos tratar de aliviar el dolor. El padre Damián sí que lo hizo. Y a quien le parezca tontería es que no ha visto sufrir.
Contra la avaricia, generosidad. El padre Damián es un ejemplo de generosidad… pero ¿por qué el internauta lo ve como una tontería? ¿No es verdad que también a mí me parece tonto el generoso? ¿Dar sin recibir, entregar sin que haya reconocimiento, prescindir de algo de lo que puedo disfrutar, privarme de algo porque sí… no me parecen tonterías?
Es que «no se puede servir a dos señores, a Dios y las riquezas» (Mateo 6, 24). Si vivo apegado a las riquezas, dejo de entenderme con Dios, me resulta cada vez más extraño, y sus enseñanzas nos parecen imposibles… ¡no cuelan!
Cuando nos hacemos materialistas, cuando vivimos muy cómodamente y disponemos de cada minuto a la carta, cuando dentro de nuestras posibilidades hacemos lo que nos da la gana y no sabemos prescindir libremente de nada, cuando somos avariciosos —aunque la palabra suene muy mal, todos lo somos— y siempre queremos tener más, cuando medimos a las personas por lo que tienen… cuando ocurre esto resulta que hay palabras que pasan a ser incomprensibles, ridículas, estúpidas.
Amor, entrega, compromiso, sacrificio… ¿qué quieren decir? ¿Tienen sentido? ¿No son formas de someterse tontamente que impiden vivir la vida? Entonces, el amor lo reducimos a sentimientos o a hacer algo físico; la entrega nos extraña o nos da pena porque sólo un pobre hombre es capaz de perderlo todo por nada; el compromiso nos parece algo jurídico que mejor evitar o romper en el momento en que no nos interese; el sacrificio suena a masoquismo sin sentido que atenta contra el valor fundamental de la salud…
Quien sirve a las riquezas no es capaz de entender el cristianismo ni al padre Damián, no entiende a Dios. Ya nos lo advirtió: «Los cuidados del siglo y la seducción de la riqueza sofocan la palabra» (Mateo 13, 22).
Señor, no me abandones. Quiero mantener mi corazón libre de las riquezas…
Comenta con tus palabras lo leído, si entiendes esas palabras de amor, sacrificio, entrega… y puedes manifestarle expresamente tu deseo de servirle solo a él.
Octubre
10
Santo Tomás de Villanueva. Siglo XV.
De Ciudad Real, Ingresó en la Orden de los Agustinos de Salamanca y fue ordenado sacerdote. Sobresalía por su caridad. Llegó a ser arzobispo de Valencia, en contra de su humilde voluntad, y destacó por sus sermones, que hacían arder y conmover corazones.
Templado
Un estudiante de arquitectura me contaba a la vuelta del verano que había estado en Tierra Santa con su familia. Había disfrutado y había rezado bien. Pero le alegraba de manera singular el hecho de que se había dado cuenta de lo que le pedía el Señor. Esto es lo que le había hecho saber el Maestro: «Si vives continuamente en los excesos, no podrás entenderte conmigo.» Decidió hacerle caso y pronto se estaba dando cuenta de que tenía toda la razón. No salir hasta las mil, no beber en exceso, no dormir en exceso, no estar en el ordenador en exceso, no comer en exceso, no… La formulación positiva sería ésta: ¡ser templado en todo!
El temple es un tratamiento térmico que consiste en calentar un metal a altas temperaturas y enfriarlo después en agua a gran velocidad. De esta manera se consiguen mejorar algunas propiedades del metal, por ejemplo, la dureza. Así, si se habla de una espada templada o con temple, lo que se dice que es una espada flexible pero superdura.
Pues bien: el hombre templado adquiere la dureza y flexibilidad necesaria para seguir a Cristo, entenderse con él y ser capaz de amar con obras a los demás.
Contra la gula, templanza. La templanza se logra con vencimientos pequeños, en cosas pequeñas que, a veces, suponen gran esfuerzo. Un ejemplo gráfico lo cuenta santa Teresa de Lisieux:
«Durante mucho tiempo, en la oración de la tarde estuve colocada delante de una hermana que tenía una rara manía (…). Apenas llegaba esta hermana, se ponía a hacer un ruido extraño, semejante al que se haría frotando las conchas una contra otra. Al parecer, nadie se apercibía de ello más que yo, pues tengo un oído extremadamente fino (demasiado a veces). Imposible me resulta, Madre mía, deciros cuánto me molestaba aquel ruidillo. Sentía grandes deseos de volver la cabeza y mirar a la culpable (…); ésta hubiera sido la única manera de hacérselo notar. Pero en el fondo del corazón sentía que era mejor sufrir aquello por amor de Dios y por no causar pena a la hermana. Así que permanecí tranquila, procurando unirme a Dios y olvidar el ruidillo… Pero todo era inútil; me sentía bañada en sudor; y me veía obligada a hacer sencillamente una oración de sufrimiento. Pero al mismo tiempo que sufría, trataba de hacerlo, no con irritación, sino con alegría y con paz, al menos en lo íntimo del alma. Me esforzaba por hallar gusto en aquel ruidillo tan desagradable; en lugar de procurar no oírlo (cosa que era imposible), ponía toda mi atención en escucharlo bien, como si se tratara de un concierto maravilloso, y toda mi oración (que no era precisamente oración de quietud) se me pasaba en ofrecer a Jesús aquel concierto.»
Quiero, Señor, ser templado. ¿En qué vivo con exceso? ¿En qué asuntos pequeños puedo templarme? Necesitas que sea fuerte para seguirte y amar. Quiero vivir esas peleas conmigo mismo, esas que sólo tú ves… pero que me hacen capaz de cosas grandes. Dame, Señor, la virtud de la templanza para poder vivir las siete virtudes capitales. Danos la templanza a todos tus hijos para que podamos entendernos contigo.
Puedes repasar con élalgún aspecto en el que habitualmente te mueves en el exceso. Coméntalo con él, y mira si te decides o no a ser templado en eso. Si ves que te supera, no te preocupes, y dile que te gustaría ser templado en eso, y que cuentas con él: deséalo. Después puedes terminar con la oración final.
Octubre
11
Santa Soledad Torres Acosta, Fundadora de las Siervas de María. Siglo XIX.
De Madrid, alimentada la idea de don Miguel Martínez, sacerdote de Chamberí, funda las Siervas de María para cuidar y atender a los enfermos desamparados en sus propios domicilios y disponerles a bien morir allí donde la enfermedad les ha postrado.
El perro atado
Explicaba santo Tomás que las tentaciones son como un perro atado por una cadena. Puede ladrar, agitarse y dar tirones, pero no hay problema porque la cadena no puede romperla. Uno no debe tener miedo al perro. Sencillamente, lo que debe hacer es no acercarse demasiado, no meterse dentro de la zona a la que el perro puede llegar.
Las tentaciones, como mucho, nos pueden dar un susto inicial. Pero miedo nunca. Eso sí: no acercarnos, no meternos dentro. Hablando de perros, tuve una buena experiencia.
Iba en bicicleta de montaña por Oyarzun, por caminos de piedra con algún que otro caserío disperso por el cerrado valle. Cuando bajaba una pendiente pronunciada que terminaba en una fuerte subida, aparece en la hondonada lo más temido por un ciclista: perros sueltos. Eran dos, uno enorme y otro más chico. Empiezan a ladrar con furia mientras corren hacia mí. Era absurdo dar la vuelta y ponerme a subir. Irme hacia otro lugar, imposible, pues el camino estaba flanqueado por dos tupidos bosques llenos de maleza y en pendiente. No podía hacer nada. La verdad es que pasé miedo. De forma irreflexiva, cuando los tenía como fieras enfurecidas ya a cinco metros, lancé un grito que sonó en todo el valle como un trueno: ¡NOOOOOO! Yo mismo me quedé sorprendido de la contundencia y energía del grito. Los perros también, pues se quedaron quietos en el momento asustados por mi furia. Paralizados ellos, pasé sin problema.
Así se lucha contra la lujuria. ¡Noooooo! Sin dialogar. A distancia. Sin miedo. ¡No dialogar con las tentaciones! Desde el primer momento, gritar ¡Noooooo!
Señor, cortaré desde el principio, evitaré las ocasiones, diré un rotundo «no», sin dialogar, porque quiero mantener el corazón puro y limpio. Que sólo sepa amar. Además, que no olvide que tú nunca permites que seamos tentados por encima de nuestras fuerzas. Gracias, Señor, por vivir conmigo, junto a mí, y en mí.
Ahora es el momento importante, en el que tú hablas a Dios con tus palabras, comentándole algo de lo que has leído. Cuando lo hayas hecho, termina con la oración final.
Octubre
12
Nuestra Señora del Pilar, Advocación Mariana.
Tras la ascensión a los Cielos de Jesús, los Apóstoles se distribuyen por todo el orbe para llevar la Buena Nueva. Santiago el mayor acude a Hispania e intenta la evangelización, sin resultados. Desesperado, la Virgen María se le apareció sobre un pilar en Caesaraugusta, para animarle.
Cualquiera se desanima
En la basílica del Pilar, en Zaragoza, se conserva un códice del siglo XIII en el que se cuenta esta tradición. El 2 de enero del año 39, cuando la Virgen María vivía junto al apóstol Juan en Éfeso, se apareció al apóstol Santiago a orillas del río Ebro. ¿Por qué?
Santiago el Mayor estaba en Hispania predicando, con idea de llegar hasta lo que ellos pensaban que era el final de la tierra —Finis terrae—, el punto más occidental de Europa, Galicia. Debió de ser muy duro predicar el Evangelio en las ciudades por las que iba pasando, duro y aparentemente infructuoso. Ante el fracaso de su predicación entre los paganos, ya agotado, Santiago se paró a orillas del Ebro, decidido a volverse. No seguiría adelante. Es entonces cuando se le apareció María, levantada sobre una columna que se dice que es el mismo pilar que hoy sustenta la talla de la Virgen, y le pidió a Santiago que erigiese un templo allí mismo, templo en el que se concederían muchas gracias, y aseguró que permanecería hasta el fin del mundo. El Apóstol, animado por María, siguió hasta Galicia.
Hoy, pasados más de veinte siglos, celebramos la fiesta de nuestra Madre bajo esta advocación de El Pilar. Durante estos siglos ha habido, efectivamente, milagros relacionados con la Virgen del Pilar. Es famoso el llamado «Milagro de Calanda» , un hecho muy documentado del que recientemente se ha publicado otro libro con un estudio detallado del milagro. Le ocurrió a un mendigo llamado Miguel Pellicer, nacido en Calanda. Era el segundo de ocho hermanos de una familia muy pobre y devota de la Virgen del Pilar. A finales de julio de 1637, cuando Miguel tenía 19 años, cayó del carro que conducía, cargado con trigo, y fue atropellado por el carro, una de cuyas ruedas le fracturó y aplastó la tibia en su parte central. Cinco días estuvo en el hospital de Valencia, pero pidió ser llevado a Zaragoza. Allí se comprobó que se le debía amputar la pierna, operación que realizó el doctor Juan de Estanga, cortándole la pierna «dos dedos más debajo de la rodilla». El joven practicante Joan Lorenzo García enterró dicha pierna cortada haciendo un hoyo.
En 1638 se le dio de alta y se dedicó a mendigar junto a la puerta del Pilar, después de asistir a misa todos los días en la Capilla de la Virgen. A los dos años, en la primavera de 1640, decide volver a su casa de Calanda; tras un viaje tremendo llega el 15 de marzo.
A las dos semanas, la noche del 19 de marzo, sobre las once de la noche, le fue restituida milagrosamente la misma pierna cortada y enterrada tres años antes, con las mismas cicatrices de un grano infectado que tuvo que sajar y una mordedura de perro de cuando era niño. Ante el revuelo causado en la villa de Calanda, el cura del pueblo cercano de Mazaleón, a unos 50 kilómetros, acudió acompañado del notario Miguel Andreu que levantó acta del suceso a los cinco días del milagro. El original de esta acta notarial se conserva en el Ayuntamiento de Zaragoza.
Fue proclamado como milagro el 27 de abril de 1641 por el arzobispo Pedro Apaolaza, tras un proceso en el que intervinieron tres jueces civiles y fueron interrogados veinticinco testigos. Ese mismo año, el rey Felipe IV mandó a Miguel Pellicer ir a palacio y arrodillándose ante él le besó la pierna.
El pilar, la columna es símbolo de fortaleza. Fortaleció a Santiago, y nosotros necesitamos que nos fortalezca también. Todos sufrimos nuestros bajones y desánimos. En esos momentos, acudamos a Ella. Y pedirle la fortaleza para rezarle esa jaculatoria popular: «Virgen santa del Pilar, antes morir que pecar.»
Madre buena, reina de los apóstoles, hazme fuerte. Y te digo, con tantos otros hijos tuyos: ¡Virgen santa del Pilar, antes morir que pecar!
Puedes tratar con María lo que te gustaría ser fuerte, y dejarte animar por Ella en los momentos de desánimo. Termina luego con la oración final.
Octubre
13
San Eduardo III, Rey de Inglaterra. Siglo XI.
Se lo conoce como “El Confesor” por morir de muerte natural. La Iglesia Católica lo nombró Santo Patrón de los reyes, matrimonios problemáticos y mujeres separadas. Se da la circunstancia que hasta 1348 fue también el Patrón de Inglaterra, fecha en que fue sustituido por San Jorge.
Cuando se enciende el piloto rojo
«Respira aire puro», «pura lana virgen», «aceite puro de oliva»… Cuando se dice de algo que es puro estamos llamando la atención sobre un valor muy positivo: es algo auténtico, que no tiene mezcla alguna, que se mantiene sin contaminar…
Cuando los cristianos hablamos de pureza, nos referimos a la pureza del corazón: un corazón auténtico, sin mezcla de egoísmo, sin contaminar por el egoísmo del yo, que ama siempre y en todo… Y concretamente, con el propio cuerpo. Es decir, es puro quien siempre emplea su cuerpo para amar, para darse, para servir… y nunca con la finalidad de un placer egoísta.
Lo malo no es el placer, sino el egoísmo. Dios mandó al hombre que viviera y se multiplicara. Para sobrevivir debía comer y beber; para propagarse debía hacer uso de su sexualidad. Estas dos obligaciones básicas quiso acompañarlas de placer, para que nos resultasen no sólo llevaderas sino atractivas y fáciles de cumplir.
El placer es bueno, querido por Dios. Lo malo es si uno, obsesionado con obtener placer… come por comer, bebe sin sed y sin control, o usa su sexualidad como pasatiempo, por curiosidad, vicio o egoísmo. A este uso egoísta de la sexualidad se le llama «lujuria».
Resulta difícil de explicar que cuando uno vive la sexualidad de forma egoísta… lo que se ensucia es el corazón. A un joven le cuesta verlo; las personas con algo de edad lo ven claro.
Recuerdo perfectamente el día en que siendo pequeño iba en coche con mi hermana mayor, cuando se encendió una lucecita roja en el cuadro de mandos, un pequeño icono con algo que se parecía a un termómetro sobre unas líneas onduladas. No sabíamos qué indicaba aquello. Le dábamos golpecitos al cuadro de mandos para ver si se apagaba, pero nada. Al cabo de un rato empezó a salir humo del motor. Se estaba quemando.
Algo así ocurre con la pureza. Cuando cuesta mucho vivirla bien, cuando tenemos demasiadas tentaciones… es que se nos está encendiendo una luz roja en el cuadro de mandos que nos avisa: «hay demasiado egoísmo en su corazón», «usted está pensando demasiado en usted», «se está olvidando de amar», «su corazón está encerrado en sí mismo»… Es el momento de reaccionar.
Como escribía san Pablo a las primeras comunidades cristianas de Roma: «Os ruego, pues, hermanos, por la misericordia de Dios, que ofrezcáis vuestros cuerpos como hostia viva, santa, agradable a Dios, como oblación racional. Y no os acomodéis a este mundo (…) de modo que podáis discernir cuál es la voluntad de Dios; esto es, lo bueno, lo agradable, lo perfecto»(12, 1). Vale la pena reaccionar, poner los medios: «Os lo ruego», escribía Pablo.
Quizá te sirva este dicho: «Contra la tentación, el móvil.» Quiero decir: cuando se siente una tentación de impureza, puede ayudar coger el teléfono móvil y llamar a alguien a quien le pueda alegrar una llamada, pensar en él, y así centrar mi atención en los demás. Lo del móvil no hace falta tomarlo al pie de la letra, pero la idea sí: salir de donde esté, hablar con alguien que está en casa, salir de mí mismo, darme a quien pueda necesitarme, escuchar… o lo que sea. Salir de mí. Y, por supuesto, pedir ayuda a María.
Bendita sea tu pureza, y eternamente lo sea, pues todo un Dios se recrea en tan graciosa belleza. A ti, celestial Princesa, Virgen sagrada María, yo te ofrezco en este día alma, vida y corazón. Mírame con compasión. No me dejes, Madre mía.
Ahora es el momento importante, en el que tú hablas a Dios con tus palabras, comentándole algo de lo que has leído, si se te enciende el piloto rojo, que deseas que tu corazón sea generoso, y cómo luchar metiendo más a los demás en tu corazón.
Octubre
14
San Calixto I, XVI Papa. Siglos II-III.
Nació como esclavo en una familia de origen griego. Tras su liberación, alrededor del año 190 llega a convertirse en el secretario del Papa Ceferino. Fue el primer papa, después de san Pedro, que figura como mártir en el Martirologio romano más antiguo que se conoce.
… con ésta van diecisiete
Así explicaba el buen cura de Ars la necesidad de ser sinceros en la confesión de los propios pecados: «Hay quienes profanan el sacramento careciendo de sinceridad. Habrán escondido pecados mortales, hace diez, veinte años. Siempre están atormentados; siempre su pecado está presente en su mente; siempre tienen el pensamiento de decirlo, y nunca lo hacen… ¡es un infierno! Cuando habéis hecho una buena confesión, habéis encadenado al demonio. Los pecados que escondemos reaparecerán todos. Para esconderlos bien, hay que confesarlos bien.» No quería que desaprovechásemos las ocasiones que tenemos de confesarnos: «Si los pobres condenados tuvieran el tiempo que nosotros perdemos, qué buen uso harían de él. ¡Si tuviesen sólo media hora, esta media hora vaciaría el infierno!»
Este gran santo fue un auténtico maestro de la lucha contra la ira. O dicho de otro modo, luchó por la virtud de la paciencia… sin concederse descanso.
Durante treinta años, muchísimos peregrinos desfilaban hacia la vieja iglesia de Ars, cuyas baldosas, bajo las plantas de los visitantes, se fueron gastando. En ocasiones en las que podía haber cincuenta personas esperando confesarse, le llamaban a la sacristía para cualquier cosa, y nunca se alteraba. Un día, por ejemplo, en poco tiempo le sacaron del confesionario tres veces para que diese la comunión a tres personas, que fácilmente podrían haber comulgado a la vez esperándose un poco. El Cura, sin quejas ni advertencias, con buena cara, les daba de comulgar. Un testigo que estaba allí, salió de la iglesia y enfadado gritó: «Estoy encolerizado por culpa del cura… ¡que no se enfada nunca!»
En una ocasión en la que ocurrió algo en la residencia de niños huérfanos que había fundado —la llamó La Providencia—, ante algo que le disgustó mucho mucho mucho, comentó: «Si no fuese porque quiero convertirme, me enfadaría de veras.» Lo dijo con gran serenidad, comenta Juana-María Chanay.
Eran vencimientos en cosas pequeñas que, hechos un día y otro, terminaron por darle una gran virtud. Hay un hecho que me impactó con fuerza cuando lo leí. Para entenderlo bien, quizá sea necesario ser sacerdote y haber trabajado con niños. Recuerdo que una de las «pesadeces» es cuando toca padecer esa temporada que algunos niños pasan y que podríamos llamar «fiebre por las estampitas». Puede parecer una tontería, pero no es así. Cuando un día un niño te pide una estampita te hace gracia, le das una palmadita o le revuelves el pelo, y se la das con unas palabritas cariñosas. La segunda vez sin palabritas; la tercera, sin palmadita… y no hacen falta muchas más veces para acabar por decirle que a qué se dedica, que te deje trabajar, que las estampitas no son para coleccionar… o yo qué sé. Ésta es mi experiencia. Pues bien: una niña que fue a pasar tres días a Ars no dejaba de pedirle medallitas; el cura siempre le respondía con cariño. El tercer día, al darle todavía otra medalla más, le observó con cariño: «Pequeña, con ésta van diecisiete.» Muchas veces he pensado que sólo con este hecho queda demostrada la santidad del cura de Ars.
¡Paciencia! ¡Es necesaria la paciencia! Callarse un enfado, no descargar la rabia interior sobre otro, sonreír cuando estamos de mal humor, no echar en cara al otro las cosas que me han molestado, no decir lo que se me viene a la cabeza sobre la marcha contra otro, sufrir con buena cara la inoportunidad o pesadez de otros… todo eso supone un esfuerzo grande. Tenemos que conseguirlo, tenemos que luchar… aunque acabemos agotados por el dominio que nos hemos impuesto en algo aparentemente ridículo.
Cuando se nos ha pasado el enfado, lo que tengamos que decir lo decimos, pero… solo cuando ya tengamos paz. De otra manera, herimos a los otros, tenemos que desenfadarnos, nos arrepentimos de ciertas cosas dichas… y somos como un caballo sin doma. Luchar por la paciencia es domarse.
Señor, contra la ira, paciencia. ¿Me dejo llevar por los enfados? ¿Los domino? ¿Soy capaz de callarme en ocasiones, o me disparo como una metralleta, con ráfagas de disparos en los que muere hasta el apuntador? Dame, por favor, la virtud de la paciencia.
Ahora es el momento importante, en el que tú hablas a Dios con tus palabras, comentándole algo de lo que has leído. Cuando lo hayas hecho, termina con la oración final.
Octubre
15
Santa Teresa de Jesús, Doctora de la Iglesia. Siglo XVI.
De Ávila, a los 18 años, entra en el convento carmelita de la Encarnación. A los 45 funda el convento de San José de Ávila, primero de los quince Carmelos que establecerá en España. Se dedicará con especial tenacidad a implantar la reforma que se llamará descalza o teresiana.
Una «o» a medias
Hoy celebramos una gran santa, santa Teresa de Jesús. Un día en el convento, mientras ella estaba escribiendo algo, sonó la campana que llamaba a todas para reunirse. Cuentan que ella estaba trazando una «o». Escuchar la campana y dejar la pluma fue todo uno. Dejó la «o» a medias, sin terminar.
¿No te parece extraordinario? Algo pequeño y enorme a la vez. Sobre todo si lo comparamos con el «ahora voy», «espera que termine esto», «sííí, ya vooooy»… Y todavía más en contraste con nuestro continuo «lo hago después», «empiezo mañana»… Decía san Josemaría que mañana es el adverbio de los vencidos. Así es: es la salida fácil, el modo de disimular que hemos sido derrotados, que preferimos ser perdedores…
Contra pereza, diligencia. Es interesante lo que significa esta palabra. Diligente es un participio activo. Igual que el indicativo designa acciones que ocurren y el imperativo designa mandatos, el participio designa el que hace algo: vidente es el que ve, pasante el que pasa y dependiente el que depende. Pues bien: diligente es participio del verbo diligere, que significa amar. O sea, diligente quiere decir exactamente «el que ama». Actuar con diligencia es el modo de actuar del que ama. El perezoso es el que no ama, el que está lleno de sí mismo.
«Voluntad, energía, ejemplo. Lo que hay que hacer, se hace… Sin vacilar… sin miramientos… Sin esto, ni Cisneros hubiera sido Cisneros; ni Teresa de Ahumada, Santa Teresa…; ni Íñigo de Loyola, San Ignacio… ¡Dios y audacia!»
Contra pereza, diligencia. Quizá no resulte fácil explicar teóricamente la relación que tiene la diligencia con el amor. Sí resulta más evidente que el perezoso no ama. Sí vemos que quien ama siempre dice «sí, ya». ¿No es una buena forma de amar a una madre hacer enseguida lo que te pide? ¿o hacer el favor al amigo con rapidez, en el momento que lo necesita? Por el contrario, ¿no supone poco cariño el de quien hace lo que se le pide arrastrándose, más tarde, a última hora, como con desgana?
Dejar la «o» a medias es la exageración en la que vive constantemente quien ama: deja lo que sea para hacer lo que le piden, diligentemente, esto es, amando.
Señor, no quiero la pereza. Quiero amar, y sé que amar no es sentir emociones sino servir al otro, poner antes lo que le conviene, lo que necesita de mí, lo que me pide… antes que mi comodidad y mi pereza. ¿En qué puedo concretar esto? Quiero hacer las cosas en el momento, sin vacilar, sin miramientos, sin retrasos. Ponerme a trabajar a la hora, y dejar de trabajar a la hora. Ayúdame. Me lo propongo, pero tendrás que ayudarme a proponérmelo cada día. Te lo pido por intercesión de santa Teresa, una amante de primera categoría, capaz de dejar una «o» a medias.
Es el momento de hablarle de tu pereza, y tratar de ver que la causa de ser perezoso es la falta de cariño a Ély a los demás. Si no lo ves, puedes decirle que te gustaría ser consciente.
Octubre
16
Santa Margarita María de Alacoque, Mística. 1647-1690.
Monja de la Orden de la Visitación de la Virgen María, en la región de Autun, en Francia, enriquecida con gracias místicas, trabajó mucho para propagar el culto al Sagrado Corazón de Jesús.
¡Hala, vamos a la verbena!
Copio un pasaje de Juegos de la edad tardía. Gregorio vive con su mujer, Angelines, y con su suegra viuda. Un día se le ocurre a Gregorio ir a la verbena. Con su mejor intención, para que se distraigan un poco, inocentemente lo propone. La suegra protesta:
—El mundo se está acabando y lo único que se te ocurre es ir a la verbena. ¡A la verbena, qué ocurrencia! Como si la vida fuese así: ¡hala, me voy a la verbena! Me pongo de punta en blanco y ¡hala, a la verbena! Hay terremotos en todo el mundo, enfermedades incurables, lobos con pieles de oveja, gente que en toda la noche no para de toser, y va uno y dice, ¡a la verbena!, ¡a montar en los caballitos!, ¡a comer churros!, ¡a beber cerveza y a atiborrarse de golosinas! Está una viuda y viene su yerno y, mire usted qué ocurrencia, ande, señora, vístase de fiesta, póngase las joyas, perfúmese, que nos vamos a la verbena. ¡A la verbena! ¡Vamos a la verbena! Como si no supiésemos lo que es la vida. ¡Péinese que nos vamos! Como si una pudiese, así como así, peinarse, como si una tuviese vestidos de película, rabos de zorro y pedrería, brocamantones y chales de diario. ¡Ah, es muy bonito eso! Uno terminará muriéndose y, mientras tanto, ¡hala, vamos a la verbena! Y si usted no tiene adornos que ponerse, ¡a la verbena igual! ¡A vivir que son dos días! Aunque sea de trapillo. ¡Que nos quiten lo bailao! Ahí tiene usted a mi marido, un héroe, y yo, viuda, matándome la vista. ¡Oh mundo ciego! El mundo es un valle de lágrimas. Está una en su cometido y vienen y te dicen, ¡cálcese que nos vamos! ¡Cálcese! Diez años van que no compro calzado. ¡Como si una anduviese con el coturno puesto para la mojiganga! ¡Ay, Gregorio, qué cruel eres a veces y qué simple! Pero, ¡qué atrevimiento! ¡A la máscara, señora, que hoy me siento rumboso! ¡Ay mundo, mundo! ¿Lo oyes, Angelina?
—Sí mamá.
—Y, puestos en el caso de ir a esta maldita verbena, a ver, ¿qué ropa me pondría?
—Mamá, el estampado no está mal.
—¿El estampado? ¡Lo que hay que oír!
—O el verde raso.
—¿El verde? ¿Para hacer el ridículo?
Resulta expresivo: protestar, protestar y protestar. Es una forma de la ira, un modo de impaciencia. Nosotros no habremos protestado airados por la invitación a una verbena, pero sí por cualquier cosa que no nos apetece. Entonces, como un loro, en voz alta o en voz baja, empezamos a protestar, a sacar todos los defectos al plan que nos proponen o a lo que tenemos que hacer. Todo son pegas, inconvenientes. Y amargamos al más pintado.
Contaban de aquel matrimonio que después de veinticinco años descubrió el marido que a su mujer no le gustaban los toros. De novios le pareció que le encantaban y siempre le había comprado entradas para ir juntos a la plaza. Ella pensaba que era a él a quien le gustaban, y siempre había aceptado la propuesta aparentando entusiasmo. Cada uno lo hacía por el otro. Cuando descubrieron que a ninguno de los dos les decía nada, se rieron a gusto y dejaron de ir. Me parece raro que esto haya ocurrido, pero no deja de ser una forma de ejemplificar lo grande que es ser capaz de la paciencia, de no protestar por nada, de ir a la verbena, a los toros o a lo que otros quieran… sin que se note la poca gracia que me hace ese plan.
Es importante que vayamos ejercitándonos en la paciencia: poco a poco podemos crecer mucho. Es importante pues, como dice la Escritura, «hagámonos recomendables a Dios por nuestra paciencia».
¿Tengo paciencia para hacer lo que a otros les gusta? ¿Protesto cuando tengo que hacer algo que no me gusta? ¿Sé sufrir con paciencia las aficiones y gustos de los demás? ¿Y sus defectos?
Dios mío, sin paciencia… se puede amar muy poquito. Con paciencia, es fácil hacer felices a los demás. Que sea fuerte, que no me queje, que no proteste, que sepa poner buena cara. Gracias. Ésa será una buena forma de morir a mí para dar vida a los demás en mí: así amaré más y mejor.
Ahora es el momento importante, en el que tú hablas a Dios con tus palabras, comentándole quizá tus quejas más frecuentes, o las veces que hoy has protestado por algo… Cuando lo hayas hecho, termina con la oración final.
Octubre
17
San Ignacio de Antioquía, Obispo y Mártir. Siglo I.
Discípulo del apóstol san Juan, trasladado a Roma, donde consumó su glorioso martirio. Durante el viaje, escribió siete cartas dirigidas a diversas Iglesias (107).
Los dientes de las fieras habrán de molerme
Antioquía fue, junto a Jerusalén, la ciudad con más cristianos en los primeros años. Allí san Pablo pasó largo tiempo después de convertirse, junto con Bernabé. Por el año 100, Ignacio de Antioquía era quien hacía cabeza. Fue condenado a las fieras y trasladado a Roma para ser martirizado. Eran tiempos del emperador Trajano. El año 107 moría comido por las fieras. En el viaje a Roma escribió siete cartas a distintas iglesias. A los romanos les escribe:
«Escribo a todas las iglesias y les aseguro a todas ellas que estoy dispuesto a morir gustosamente por Dios, con tal de que vosotros no me lo impidáis… Dejadme ser pasto de las fieras, gracias a las cuales voy a poder alcanzar a Dios. Soy trigo de Dios y los dientes de las fieras habrán de molerme, a fin de que sea encontrado como puro pan de Cristo.»
Hubo muchos mártires esos primeros siglos. En los juicios tomaban notas, y nos han llegado los interrogatorios de muchos de ellos. Los cristianos deseaban vivir, pero también vivían con gozo la muerte del martirio si les tocaba. Copio parte del interrogatorio del juicio a santa Crispina, a finales del año 304, en una ciudad de África:
El procónsul Anulino dijo:
—Que pase.
Entrado, pues, que hubo Crispina, Anulino dijo:
—¿Conoces, Crispina, el tenor del mandato sagrado?
CRISPINA.— Ignoro de qué mandato se trate.
ANULINO.— Que tienes que sacrificar a todos los dioses por la salud de los príncipes, conforme a ley dada por nuestros señores Diocleciano y Maximiano, píos augustos, y Constancio y Máximo, nobilísimos césares.
CRISPINA.— Yo no he sacrificado jamás un sacrificio, sino al solo y verdadero Dios y a nuestro Señor Jesucristo, Hijo suyo, que nació y padeció.
ANULINO.— Corta esa superstición y dobla tu cabeza al culto de los dioses de Roma.
CRISPINA.— Todos los días adoro a mi Dios omnipotente; fuera de Él, a ningún otro Dios conozco.
ANULINO.— Eres mujer dura y desdeñosa; pero pronto vas a sentir, bien contra tu gusto, la fuerza de las leyes.
CRISPINA.— Cuanto pudiere sucederme lo he de sufrir con gusto por mantener la fe que profeso.
ANULINO.— Tan grande es tu vanidad que ya no quieres abandonar tu superstición y venerar a los dioses.
CRISPINA.— Diariamente venero, pero al Dios vivo y verdadero, que es mi Señor, fuera del cual ningún otro conozco.
ANULINO.— Mi deber es presentarte el sagrado mandato para que lo observes.
CRISPINA.— Un sagrado mandato he de observar, pero es el de mi Señor Jesucristo.
ANULINO.— Voy a dar sentencia de que se te corte la cabeza si no obedeces los mandatos de los emperadores, nuestros señores, a quienes se te forzará a servir, obligándote a doblar el cuello bajo el yugo de la ley. Toda el África ha sacrificado, como de ello no te cabe duda a ti misma.
CRISPINA.— Jamás se ufanarán ellos de hacerme sacrificar a los demonios; sino que sacrifico al Señor que hizo el cielo y la tierra, el mar y cuanto hay en ellos.
ANULINO.— ¿Luego no son para ti aceptados estos dioses, a quienes se te obliga que rindas servicio, a fin de llegar sana y salva a la devoción?
CRISPINA.— No hay devoción alguna donde interviene fuerza que violenta.
ANULINO.— Mas lo que nosotros buscamos es que tú seas ya voluntariamente devota, y en los sagrados templos, doblada tu cabeza, ofrezcas incienso a los dioses de los romanos.
CRISPINA.— Eso yo no lo he hecho jamás desde que nací, ni sé lo que es, ni pienso hacerlo mientras viva.
ANULINO.— Pues tienes que hacerlo, si quieres escapar a la severidad de las leyes.
CRISPINA.— No me dan miedo tus palabras; esas leyes nada son. Mas si consintiera en ser sacrílega, el Dios que está en los cielos me perdería, y yo no aparecería en el día venidero.
ANULINO.— Sacrílega no puedes ser cuando, en realidad, vas a obedecer sagradas órdenes.
CRISPINA.— ¡Perezcan los dioses que no han hecho el cielo y la tierra! Yo sacrifico al Dios eterno que permanece por los siglos de los siglos, que es Dios verdadero y temible, que hizo el mar, la verde hierba y la tierra seca. Mas los hombres que Él mismo hizo ¿qué pueden darme?
ANULINO.— Practica la religión romana, que observan nuestros señores los césares invictos y nosotros mismos guardamos.
CRISPINA.— Ya te he dicho varias veces que estoy dispuesta a sufrir los tormentos a que quieras someterme, antes que manchar mi alma en esos ídolos, que son pura piedra, obras de mano de hombre.
ANULINO.— Estás blasfemando y no haces lo que conviene a tu salud
Y añadió Anulino a los oficiales del tribunal:
—Hay que dejar a esta mujer totalmente fea, y así empezad por raerle a navaja la cabeza, para que la fealdad comience por la cara.
CRISPINA.— Que hablen los dioses mismos, y creo. Si yo no buscara mi propia salud, no estaría ahora delante de tu tribunal.
ANULINO.— ¿Deseas prolongar tu vida o morir entre tormentos como tus otras compañeras?
CRISPINA.— Si yo quisiera morir y entregar mi alma a la perdición en el fuego eterno, ya hubiera rendido mi voluntad a tus demonios.
ANULINO.— Mandaré que se te corte la cabeza si te niegas a adorar a los dioses venerables.
CRISPINA.— Si tanta dicha lograre, yo daré gracias a mi Dios. Lo que yo deseo es perder mi cabeza por mi Dios, pues a tus vanísimos ídolos, mudos y sordos, yo no sacrifico.
ANULINO.— ¿Conque te obstinas de todo punto en ese necio propósito?
CRISPINA.— Mi Dios, que es y permanece para siempre, Él me mandó nacer, Él me dio la salud por el agua saludable del bautismo, Él está en mí, ayudándome y confortando a su esclava, a fin de que no cometa yo el sacrilegio de adorar a los ídolos.
ANULINO.— ¿A qué aguantar por más tiempo esta impía cristiana? Léanse las actas del códice con todo el interrogatorio.
Leídas que fueron, el procónsul Anulino leyó de la tablilla de la sentencia:
—Crispina, que se obstina en una indigna superstición, que no ha querido sacrificar a nuestros dioses, conforme a los celestiales mandatos de la ley de los augustos, he mandado sea pasada por el filo de la espada.
Crispina respondió:
—Bendigo a mi Dios que así se ha dignado librarme de tus manos. ¡Gracias a Dios!
Y, signándose la frente, fue degollada por el nombre de nuestro Señor Jesucristo, a quien sea honor y gloria por los siglos de los siglos. Amén.
Señor, que diste la fortaleza a san Ignacio, a santa Crispina y a tantos miles de cristianos durante estos veinte siglos, ayúdame a ser fuerte, a sufrir con paciencia los daños que tenga que sufrir en esta vida. Que siga la costumbre de esta familia cristiana a la que me has llamado y viva con coherencia, sin miedo a nada, con entereza. Santos mártires, interceded todos vosotros por todos los cristianos que ahora vivimos en la tierra. ¡Rogad por nosotros!
Continúa ahora con tus palabras. Puedes insistirle en que nos conceda hoy a los cristianos comportarnos como nuestros primeros hermanos en la fe.
Octubre
18
San Lucas, Evangelista. Siglo I.
Médico, compañero de san Pablo, y en su libro del Evangelio expuso por orden, todo lo que hizo y enseñó Jesús. Asimismo, en el libro de los Hechos de los Apóstoles narró los comienzos de la vida de la Iglesia hasta la primera venida de Pablo en la ciudad de Roma
Lucas, el médico amado
Hoy celebramos los cristianos una fiesta al recordar a Lucas. Nació en la gran ciudad de Antioquía. Era pagano y, siendo joven, se bautizó. Quizá lo bautizó el mismo san Pablo. Era médico.
Al cabo de los años, providencialmente, se encontró con Pablo en Troade, ciudad mediterránea situada casi en la frontera que separa Asia de Europa. En un momento en el que Pablo estaba indeciso, con la ilusión de viajar hasta Europa pero desconcertado, tiene lugar este encuentro de Lucas y Pablo. «Durante la noche —cuenta san Lucas— tuvo Pablo una visión: un macedonio, puesto conpie, le rogaba: «Ven a Macedonia y ayúdanos.» En cuanto se percató de la visión, tratamos de ir a Macedonia, convencidos de que Dios nos había llamado para evangelizarlos» (Hechos 16, 9-10). Así se unieron, y Lucas ya no abandonó a Pablo hasta su muerte. Compartieron la prisión en Roma en dos ocasiones, y asistió a Pablo en sus enfermedades. «Os saluda Lucas, el querido médico», escribe Pablo a los Colosenses agradecido por los cuidados de su amigo médico (4, 14).
En el prólogo a un evangelio del siglo II leemos que «Lucas nació en Antioquía de Siria. Fue médico de profesión, discípulo de los Apóstoles y, más tarde, compañero de Pablo, hasta que éste sufrió martirio. Sirvió al Señor con completa dedicación. No se casó ni tuvo hijos. Murió a los ochenta y cuatro años en Beocia, lleno del Espíritu Santo».
San Lucas escribió uno de los cuatro evangelios y el libro de los Hechos de los Apóstoles. Hoy es un buen día para agradecer a Dios que tengamos los evangelios. Y quizá también para proponernos leerlo con más frecuencia, incluso todos los días, cada día el evangelio de la misa.
San Jerónimo escribía a una joven noble de Roma: «Si rezas hablas con el Esposo; si lees, es Él quien te habla.» ¡Qué gran verdad! La Biblia, y los evangelios en concreto, es un libro vivo. No es letra muerta, no son caracteres con un sentido sin más, sino instrumento con el que cada día Dios habla a los fieles. Por eso son como un manantial de vida cristiana. Los manantiales no son pantanos, sino fuentes que siempre dan agua nueva. El evangelio es acompañado por el Espíritu Santo que obra en quien lo lee abierto a su acción. Sí: «Si rezas hablas con el Esposo; si lees, es Él quien te habla.»
De la misma manera que a Lucas le habló mediante el sueño de Pablo —«Ven a Macedonia y ayúdanos», ven a nosotros y tráenos la enseñanza y la vida de Jesús—, a nosotros nos hablará. Pablo y Lucas enseguida fueron a Macedonia convencidos de que Dios les había llamado. Ojalá aprendamos a escuchar las llamadas de Dios y nos pongamos manos a la obra con rapidez y con la convicción de contar con Él.
Señor y Dios nuestro, que elegiste a san Lucas para que nos revelara, con su predicación y sus escritos, tu amor a los pobres, concede, a cuantos se glorían en Cristo, vivir con un mismo corazón y un mismo espíritu y atraer a todos los hombres a la salvación. Por Jesucristo, nuestro Señor.
Ahora es el momento importante, en el que tú hablas a Dios con tus palabras, comentándole algo de lo que has leído. Cuando lo hayas hecho, termina con la oración final.
Octubre
19
San Pablo de la Cruz, presbítero. 1694-1775.
Desde su juventud destacó por su vida penitente, su celo ardiente y su singular caridad hacia Cristo crucificado, al que veía en los pobres y enfermos. Fundó la Congregación de los Clérigos Regulares de la Cruz y de la Pasión de Nuestro Señor Jesucristo.
No llores, mamá
En 1591, atacó con violencia a la población de Roma una epidemia de fiebre. Los jesuitas, por su cuenta, abrieron un hospital en el que todos los miembros de la orden, desde el Padre General hasta los hermanos legos, prestaban servicios personales.
Luis Gonzaga iba de puerta en puerta con un zurrón, mendigando víveres para los enfermos. Muy pronto, después de implorar ante sus superiores, logró cuidar de los moribundos. Luis se entregó de lleno, limpiando las llagas, haciendo las camas, preparando a los enfermos para la confesión.
Luis contrajo la enfermedad. Había encontrado un enfermo en la calle y, cargándolo sobre sus espaldas, lo llevó al hospital donde servía.
Pensó que iba a morir y recibió el viático y la unción. Contrariamente a todas las predicciones, se recuperó de aquella enfermedad; sin embargo, quedó afectado por una fiebre intermitente que, en tres meses, le redujo a un estado de gran debilidad. Luis vio que su fin se acercaba y escribió a su madre poco antes de morir a sus 23 años:
«Me encuentro aún en esta región de los muertos, pero pronto me llegará el momento de volar al cielo, a la tierra de los que viven. Ha de ser inmensa tu alegría al pensar que Dios me llama a la verdadera alegría que pronto poseeré para siempre. Te confieso que no me siento digno de esta suma bondad de Dios, pues por tan poco y breve esfuerzo me invita al descanso eterno y suprema felicidad.
»Guárdate de menospreciar esta suma benignidad de Dios como harías si lloraras como muerto al que vive en presencia de Dios. Con la intercesión te ayudaré más y mejor de lo que podría hacer desde aquí. Esta separación no será muy larga, volveremos a encontrarnos pronto en el Cielo junto a nuestro Salvador, gozando de una felicidad sin fin. Al morir sólo nos quita lo que nos había prestado por un tiempo, para adquirir el gozo eterno con Él. Considera mi partida como un motivo de gozo.»
Así escribía Luis a su madre. Contra ira, paciencia. La ira de «¿por qué justo me toca a mí esta enfermedad? ¡Precisamente ahora me pasa esto! ¡Qué mala suerte tengo siempre!…», esa ira que protesta porque no quiere sufrir… nos pide y nos grita una sola palabra: ¡paciencia!
San Luis Gonzaga tiene paciencia. Paciencia no es algo como aguantar con cara de perro y sufrir sin rechistar. Pa-ciencia es una ciencia que llena de paz. Y, como escribe a su madre, esa ciencia es la de saber que lo que nos ocurre tiene un sentido, está permitido por Dios que lo permite porque es muy bueno y quiere un bien mayor para nosotros, que ese camino nos conseguirá cosas buenas si lo aceptamos —aunque nos duela—.
Que mirándote con la cruz a cuestas, Señor, aprenda a sufrir sin protestar. Que sea paciente. Para eso te pido que me des esperanza, una gran esperanza. Aquí estamos de paso y todo lo que tú permites puede ser para mi bien: que sepa aceptarlo con una sonrisa. ¡Todo tiene sentido, todo!
Puedes comentarle ahora cómo vas de paciencia. Termina después con la oración final.
Octubre
20
San Cornelio Centurión. Siglo I.
Conmemoración de san Cornelio, centurión, que en la ciudad de Cesarea, en Palestina, fue bautizado por el apóstol san Pedro, como primicia de la Iglesia de los gentiles.
Llegué hasta aquí… preguntando
Un gran literato fue premiado. Durante el vino que se sirvió a continuación se le acercó un joven admirador. Era sabido por todos que el famoso literato llevaba una vida algo desarreglada, con experiencias y relaciones amorosas extrañas, raras, algo anormales. El joven estudiante, que admiraba la enorme sensibilidad e inteligencia del literato premiado quiso preguntarle, confidencialmente, cómo había llegado a esa vida tan lejana, por lo menos, al buen gusto. El gran literato le contestó: «Preguntando, hijo mío, preguntando».
Lo que quería decirle está muy claro: metiéndome donde no me llamaban, buscando enterarme de asuntos que no me incumbían, queriendo saber cómo será esto, qué se sentirá con esto otro…
Contra lujuria, castidad. La curiosidad del «metomentodo», origen de tantos cotilleos y chismes, no da igual. Parece un modo de actuar inofensivo: «no hago daño a nadie». Aunque pueda parecer así en algunos casos, siempre hay un damnificado que es el mismo curioso.
Entrometerse en todo, tener la antena echada continuamente, saber la última del mundo que tenemos a nuestro alcance, acostumbrarse a fuentes de información de ninguna garantía, juzgar y opinar de cada vecino y pariente próximo y lejano… impide el crecimiento del respeto, dificulta vivir la castidad.
La curiosidad acostumbra a relaciones frívolas y superficiales con el mundo y con las otras personas. La verdad es siempre compleja y real; el cotilleo es tan injusto y falso como simple y superficial.
La escritora Marisa Madieri cuenta este hecho autobiográfico. Siendo niña tuvieron que instalarse en un box, una especie de vivienda multitudinaria:
«28 de noviembre de 1983. Nuestro box limitaba, en la parte destinada a dormitorio, con el de Emma. Más que de vecindad se puede hablar de cohabitación. El delgado tabique de madera y el techo de papel aseguraban sólo un aislamiento visual y no acústico, por supuesto.
»Emma era una mujer aún joven y hermosa y vivía con un hijo pequeño, muy inquieto y rebelde, que ya muchos consideraban un calavera. Pesaba sobre él el hecho de ser un “pequeño bastardo”. Emma tenía una historia triste. Casada y madre de dos hijos, durante la guerra había dejado de tener noticias de su marido, que había ido al frente, hasta el final del conflicto. Creyéndole muerto, se unió a otro hombre, del que tuvo un niño. Sin embargó, el marido volvió, la echó de la casa y se quedó con los dos hijos. También el segundo hombre se esfumó al cabo de poco tiempo y ella se encontró pobre y sola para criar al fruto de su ilusión. Pero Emma tenía un temperamento optimista. Era morena, insolente y procaz. Los cabellos tupidos y ensortijados le enmarcaban el rostro sonriente y un poco vulgar. Cantaba siempre con una hermosa voz enérgica mientras hacía las tareas de la casa. Emma recibía con frecuencia a muchachos en su box y, al otro lado la de la fina pared divisoria, yo podía oír su risa alegre y provocadora y los susurros cómplices de sus amantes. A veces me tapaba los oídos para no oír nada. Mater castissima, Regina sine labe originali concepta, ora pro nobis (Madre castísima, Reina concebida sin pecado original, ruega por nosotros).»
Y concluye la narración con alegría: así pude conocer a los hombres que me interesaron, cautivarlos y volverme hacia ellos con una sonrisa. Se casó con otro escritor, Claudio Magris.
Es verdad. La curiosidad en la prensa, en cotilleos, en Internet… la curiosidad de ir con los ojos bien abiertos por la calle mirando todo y a todos… nos deforma, nos hace superficiales y volcados hacia fuera, nos impide vivir nuestra vida, nos dificulta dar a cada cosa su valor, su tiempo, el respeto que merecen… Puede amar mejor quien domina la curiosidad. ¡Mucho más!
Dios mío, qué ajeno al estilo cristiano es el del curioso, el del metomentodo, el del cotilla y chismoso. ¿En qué soy curioso? ¿Mortifico la curiosidad? Ayúdame a ser fuerte y vivir las cosas con respeto.
Es el momento de hablarle con tus palabras de las preguntas que han salido en el texto. Termina luego suplicándole con fuerza las palabras de la oración final.
Octubre
21
Santa Úrsula y compañeras mártires. Siglo IV.
En la ciudad de Colonia, en Germania, conmemoración de las santas vírgenes que entregaron su vida por Cristo, en el lugar de la ciudad donde después se levantó una basílica dedicada a santa Úrsula, virgen inocente, considerada como la principal del grupo.
El avaro
«El cuarto planeta era el del hombre de negocios. El hombre estaba tan ocupado que ni siquiera levantó la cabeza cuando llegó el principito.
—Buenos días —le dijo éste—. Su cigarrillo está pagado.
—Tres y dos son cinco. Cinco y siete, doce. Doce y tres, quince. Buenos días. Quince y siete, veintidós. Veintidós y seis, veintiocho. No tengo tiempo para volver a encenderlo. Veintiséis y cinco, treinta y uno. ¡Uf! Da un total, pues, de quinientos millones seiscientos veintidós mil setecientos treinta y uno.
—¿Quinientos millones de qué?
—¿Eh? ¿Estás ahí todavía? Quinientos millones de… ya no sé… ¡He trabajado tanto! ¡Yo soy un hombre serio y no me entretengo en tonterías! Dos y cinco siete…
—¿Quinientos millones de qué? —volvió a preguntar el principito, que nunca en su vida había renunciado a una pregunta una vez que la había formulado.
El hombre de negocios levantó la cabeza:
—Desde hace cincuenta y cuatro años que habito este planeta, sólo me han molestado tres veces. La primera, hace veintidós años, fue por un abejorro que había caído aquí de Dios sabe dónde. Hacía un ruido insoportable y me hizo cometer cuatro errores en una suma. La segunda vez por una crisis de reumatismo, hace once años. Yo no hago ningún ejercicio, pues no tengo tiempo de callejear. Soy un hombre serio. Y la tercera vez… ¡la tercera vez es ésta! Decía, pues, quinientos un millones…
—¿Millones de qué?
El hombre de negocios comprendió que no tenía ninguna esperanza de que lo dejaran en paz.
—Millones de esas pequeñas cosas que algunas veces se ven en el cielo.
—¿Moscas?
—¡No, cositas que brillan!
—¿Abejas?
—No. Unas cositas doradas que hacen desvariar a los holgazanes. ¡Yo soy un hombre serio y no tengo tiempo de desvariar!
—¡Ah! ¿Estrellas?
—Eso es. Estrellas.
—¿Y qué haces tú con quinientos millones de estrellas?
—Quinientos un millones seiscientos veintidós mil setecientos treinta y uno. Yo soy un hombre serio y exacto.
—¿Y qué haces con esas estrellas?
—¿Que qué hago con ellas?
—Sí.
—Nada. Las poseo.
—¿Que las estrellas son tuyas?
—Sí.
—Yo he visto un rey que…
—Los reyes no poseen nada… Reinan. Es muy diferente.
—¿Y de qué te sirve poseer las estrellas?
—Me sirve para ser rico.
—¿Y de qué te sirve ser rico?
—Me sirve para comprar más estrellas si alguien las descubre.
“Éste, se dijo a sí mismo el principito, razona poco más o menos como mi borracho.”
No obstante le siguió preguntando:
—¿Y cómo es posible poseer estrellas?
—¿De quién son las estrellas? —contestó punzante el hombre de negocios.
—No sé… De nadie.
—Entonces son mías, puesto que he sido el primero a quien se le ha ocurrido la idea.
—¿Y eso basta?
—Naturalmente. Si te encuentras un diamante que nadie reclama, el diamante es tuyo. Si encontraras una isla que a nadie pertenece, la isla es tuya. Si eres el primero en tener una idea y la haces patentar, nadie puede aprovecharla: es tuya. Las estrellas son mías, puesto que nadie, antes que yo, ha pensado en poseerlas.
—Eso es verdad —dijo el principito— ¿y qué haces con ellas?
—Las administro. Las cuento y las recuento una y otra vez —contestó el hombre de negocios—. Es algo difícil. ¡Pero yo soy un hombre serio!
El principito no quedó del todo satisfecho.
—Si yo tengo una bufanda, puedo ponérmela al cuello y llevármela. Si soy dueño de una flor, puedo cortarla y llevármela también. ¡Pero tú no puedes llevarte las estrellas!
—Pero puedo colocarlas en un banco.
—¿Qué quiere decir eso?
—Quiere decir que escribo en un papel el número de estrellas que tengo y guardo bajo llave en un cajón ese papel.
—¿Y eso es todo?
—¡Es suficiente!
“Es divertido”, pensó el principito. “Es incluso bastante poético. Pero no es muy serio.” El principito tenía sobre las cosas serias ideas muy diferentes de las ideas de las personas mayores.
—Yo —dijo aún— tengo una flor a la que riego todos los días; poseo tres volcanes a los que deshollino todas las semanas, pues también me ocupo del que está extinguido; nunca se sabe lo que puede ocurrir. Es útil, pues, para mis volcanes y para mi flor que yo las posea. Pero tú, tú no eres nada útil para las estrellas…
El hombre de negocios abrió la boca, pero no encontró respuesta. El principito abandonó aquel planeta. “Las personas mayores, decididamente, son extraordinarias”, se decía a sí mismo con sencillez durante el viaje.»
¿Verdad que resulta algo ridículo el afán de poseer? ¿No te parece fea la avaricia?
Ayúdame, Señor, a vivir libre de las cosas materiales. Que sepa usarlas, desprendido de ellas.
Ahora es el momento importante, en el que tú hablas a Dios con tus palabras, comentándole algo de lo que has leído.
Octubre
22
San Abercio de Hierápolis, Obispo. Siglo III.
En Hierópolis, ciudad de Frigia, del cual se cuenta que peregrinó por diversas regiones anunciando la fe, siendo alimentado con un místico manjar.
… más pendiente del pudor que del dolor
En el siglo IV se leían las actas de Perpetua y Felícitas en las iglesias de África. El pueblo les profesaba una estima tan grande que san Agustín se vio obligado a publicar una protesta para evitar que se las considerara en plano de igualdad con la Sagrada Escritura.
Durante la persecución del emperador Severo, fueron arrestados en Cartago cinco catecúmenos el año 205. Sus nombres eran Revocato, Felícitas (que estaba embarazada desde hacía varios meses), Saturnino, Secúndulo y Perpetua. Esta última tenía 22 años de edad, era madre de un pequeñín recién nacido y tenía buena posición; de hecho, Felícitas era esclava de su padre. A estos cinco se unió Sáturo, el catequista que les había instruido en la fe y se negó a abandonarles.
La misma Perpetua escribió lo que les iba ocurriendo: «Yo estaba todavía con mis compañeros. Mi padre, que me quería mucho, trataba de darme razones para debilitar mi fe y apartarme de mi propósito. Yo le respondí: “Padre, ¿no ves ese cántaro o jarro, o como quieras llamarlo?… ¿Acaso puedes llamarlo con un nombre que no le designe por lo que es?” “No”, replicó él. “Pues tampoco yo puedo llamarme por un nombre que no signifique lo que soy: cristiana.” Al oír la palabra “cristiana”, mi padre se lanzó sobre mí y trató de arrancarme los ojos, pero sólo me golpeó un poco, pues mis compañeros le detuvieron… Yo di gracias a Dios por el descanso de no ver a mi padre durante algún tiempo… En esos días recibí el bautismo y el Espíritu me movió a no pedir más que la gracia de soportar el martirio. Al poco tiempo, nos trasladaron a una prisión donde yo tuve mucho miedo, pues nunca había vivido en tal oscuridad. ¡Qué horrible día! El calor era insoportable, pues la prisión estaba llena. Los soldados nos trataban brutalmente. Para colmo de males, yo tenía ya dolores de vientre…»
Más tarde, Perpetua tuvo un sueño que la ayudó a prepararse para el martirio. Su padre regresó para implorarle que renunciara a su fe para evitar el martirio. Le decía de rodillas y besando sus manos: «… Piensa en tu madre y en la hermana de tu madre; piensa sobre todo en tu hijo, que no podrá sobrevivirte. Depón tu orgullo y no nos arruines, pues jamás podremos volver a hablar como hombres libres, si te sucede algo.» Ella le respondió: «Las cosas sucederán como Dios disponga, pues estamos en sus manos y no en las nuestras.»
Condujeron a los reos a la plaza del mercado para juzgarlos ante una multitud. Narra Perpetua: «Todos los que fueron juzgados antes de mí confesaron la fe. Cuando me llegó el turno, mi padre se aproximó con mi hijo en brazos y, haciéndome bajar de la plataforma, me suplicó: “Apiádate de tu hijo”. El presidente Hilariano se unió a los ruegos de mi padre, diciéndome: “Apiádate de las canas de tu padre y de la tierna infancia de tu hijo. Ofrece sacrificios por la prosperidad de los emperadores.” Yo respondí: “¡No!” “¿Eres cristiana?”, me preguntó Hilariano. Yo contesté: “Sí, soy cristiana. Como mi padre persistiese en apartarme de mi resolución, Hilariano mandó que le echasen fuera y los soldados le golpearon con un bastón. Eso me dolió como si me hubiesen golpeado a mí, pues era horrible ver que maltrataban a mi padre anciano.
»Entonces el juez nos condenó a todos a las fieras y volvimos llenos de gozo a la prisión. Como mi hijo estaba acostumbrado al pecho, rogué a Pomponio que le trajese a la prisión, pero mi padre se negó a dejarle venir. Pero Dios dispuso las cosas de suerte que mi hijo no extrañó el pecho y a mí no me hizo sufrir la leche de mis pechos.»
Según parece, Secúndulo había muerto en la prisión antes del juicio. Antes de dictar sentencia, Hilariano había mandado azotar a Revocato y Saturnino y abofetear a Perpetua y Felícitas. Se reservó a los mártires para los espectáculos que se iban a ofrecer a los soldados durante las fiestas de Geta, a quien su padre, Severo, había nombrado César cuatro años antes.
Felícitas tenía miedo de que se la privase del martirio, porque generalmente no se condenaba a la pena capital a las mujeres embarazadas. Todos los mártires oraron por ella y así dio a luz a una hija en la prisión; uno de los cristianos adoptó a la niña.
Según las actas, «el día del martirio los prisioneros salieron de la cárcel como si fuesen al cielo… La multitud, furiosa al ver la valentía de los mártires, pidió a gritos que les azotaran; así pues, cada uno de ellos recibió un latigazo al pasar frente a los gladiadores». Sáturo, el catequista, fue echado a varias bestias que no le dañaron. Al fin «un leopardo saltó sobre él y le dejó cubierto de sangre en un instante. La multitud gritaba: “¡Ahora sí está bien bautizado!” El mártir, ya agonizante, dijo a Pudente: “¡Adiós! Conserva la fe, acuérdate de mí, y que esto sirva para confirmarte y no para confundirte.” Y, tomando el anillo del carcelero, lo mojó en su propia sangre, lo devolvió a Pudente y murió. Así fue a esperar a Perpetua, como ésta lo había predicho.»
«Perpetua y Felícitas fueron arrojadas a una vaca salvaje. La fiera atacó primero a Perpetua, quien cayó de espaldas; pero la mártir se sentó inmediatamente, se cubrió con su túnica desgarrada y se arregló un poco los cabellos para que la multitud no creyese que tenía miedo.» Dice la tradición que Perpetua se arreglaba la ropa, más pendiente del pudor que del dolor.
Después fue a reunirse con Felícitas que yacía también por tierra. Juntas esperaron el siguiente ataque de la fiera; pero la multitud gritó que con eso bastaba; los guardias las hicieron salir por la Puerta Sanavivaria, que era por donde salían los gladiadores victoriosos. Al pasar por ahí, Perpetua volvió en sí de una especie de éxtasis y preguntó si pronto iba a enfrentarse con las fieras. Cuando le dijeron lo que había sucedido, la santa no podía creerlo, hasta que vio sobre su cuerpo y sus vestidos las señales de la lucha. Entonces llamó a su hermano y al catecúmeno Rústico y les dijo: «Permaneced firmes en la fe y guardad la caridad entre vosotros; no dejéis que los sufrimientos se conviertan en piedra de escándalo.» Entre tanto, la veleidosa muchedumbre pidió que las mártires compareciesen nuevamente; así se hizo, con gran gozo para las dos santas. Después de haberse dado el beso de la paz, Felícitas fue decapitada por los gladiadores. El verdugo de Perpetua, que estaba muy nervioso, erró en el primero golpe, arrancando un grito a la mártir; ella misma tendió el cuello para el segundo golpe. «Tal vez porque una mujer tan grande… sólo podía morir voluntariamente.»
Muchas cosas llaman la atención de estos primeros cristianos. Una quiero destacar: los primeros cristianos tenían una delicadeza grande con el cuerpo, lo respetaban llamativamente. Santa Perpetua, embestida y golpeada por la vaca salvaje, está pendiente de su pudor más que de su dolor.
Santas Felicidad y Perpetua, interceded por los cristianos del siglo XXI. Que valoremos el pudor. Que en nuestra forma de vestir, de hablar, de mirar… enseñemos al mundo el valor del cuerpo, el respeto que merece. No es carne sin más. Mi cuerpo es espíritu encarnado, carne espiritualizada. ¿Cómo puedo mejorar para ser más pudoroso?
Ahora es el momento importante, en el que tú hablas a Dios con tus palabras, comentándole algo de lo que has leído. Cuando lo hayas hecho, termina con la oración final.
Octubre
23
Juan de Capistrano, Presbítero franciscano. 1386-1456.
Fue un gran estudiante que llegó a ser abogado, juez y gobernador de Perugia. Tras un período en la cárcel, en el que se replanteó su vida, ingresó en la Orden de los Frailes Menores y ordenado sacerdote.
¿Ser o tener?
Unos universitarios iban los sábados a una barriada pobre donde los niños, descalzos, sucios y sonrientes, se lo pasaban a lo grande con juegos y actividades que les organizaban. El día del cumpleaños del pequeño Juanito, una de las universitarias le hace un regalo. El niño, con los ojos fuera de sus órbitas, va quitando el papel y, ansioso, rompe la caja.
—Y esto… ¿qué es? —pregunta ilusionado a la chica.
—Un mp4 —contestó sonriendo.
—Y… ¿cómo se usa?
La chica le explica, le pone los cascos…
Juanito le pregunta:
—Y… ¿no lo puedo usar más que yo solo?
Ante la respuesta afirmativa de la universitaria, una desconcertante reacción de Juanito:
—Pues entonces no, no lo quiero. Si no puedo usarlo con mis hermanos, no me interesa.
La verdad es que suena a la típica anécdota bonita e inventada, típica para un libro como éste. Sin embargo, muchos de los que se han movido entre gente que no conoce la sociedad de consumo, sabe que esa reacción es bastante creíble. A nosotros nos parece irreal, no nos cabe en la cabeza. A ellos no les cabe en la cabeza que vivamos tan aisladamente, locos por tener cosas en las que disfrutamos solos. Ellos lo pasan bien con los demás, nosotros muchas veces buscamos estar solos para pasarlo bien.
El querer tener más y más, el hecho de que siempre nos parezca que nos faltan cosas, el afán de siempre querer más… tiene que ver con la avaricia. Es lógico que nos entren ganas de tener lo que tienen otros, o lo que vemos en los anuncios. Sin embargo, el camino de la felicidad no va por ahí. Tener no es lo importante; lo importante es lo que se es. Aunque parezca increíble, es así: la avaricia cambia la forma de pensar. Recuerdo una clase en la que muchos se metían con un chaval, a quien ridiculizaban diciéndole que su padre no tenía ni para comprar un coche; así era: ocho hermanos y un sueldo muy bajo no le daban para mucho.
Alguien podría concluir: lo mejor, entonces, es tener mucho y ser mucho. Sí, efectivamente. El problema está en que no siempre es posible. Cuando se tiene mucho y se vive para tener y absorbido por el tener… uno se olvida de ser y olvida incluso lo que es. Se convierte en poseedor, y lo que le interesa —se olvida de los demás— es poseer. Jesús lo explicó claramente cuando nos dijo: «Los cuidados del siglo y la seducción de la riqueza sofocan la palabra y queda sin fruto» (Mateo 13, 22). El cristianismo —y el sentido común— quedan sofocados, ahogados por el tener… y nuestra vida ya es incapaz de dar fruto.
Podríamos decir que lo mejor es tener y no vivir para el tener, y eso se consigue recordando que… contra la avaricia, generosidad. Es decir, dando de lo que se tiene, no comprando algunas cosas que se podrían comprar pero no hacen falta, prescindiendo algunas veces de lo que podría disponer… Por ejemplo, no oír música siempre que puedo: prescindir a veces de ella, para no ser esclavo de la música. Un amigo, por ejemplo, me decía que un día a la semana no usaba el coche. ¿Por qué? Porque le daba la gana: así vivía como muchos otros que no disponían de coche. Me decía que le sentaba muy bien.
Señor, quiero estar atento a la avaricia, porque no quiero ser egoísta, no quiero estar centrado en mí y en mis cosas. ¿Soy generoso con lo que tengo? ¿Estoy demasiado pendiente de conseguir más cosas siempre? ¿Me quejo cuando me falta algo? ¿Dejos mis cosas? ¿Cuánto dinero gasto en mí y cuánto en los demás? Ayúdame, tú que dijiste que no se puede servir a dos señores: a Dios y a las riquezas (Mateo 6, 24).
Ahora es el momento importante, en el que tú hablas a Dios con tus palabras, comentándole algo de lo que has leído, de cómo sientes la avaricia. Dile después la oración final, pero pidiéndole con fuerza que de verdad te libre.
Octubre
24
San Antonio María Claret, Obispo y Fundador. 1807-1870
Barcelona, fundó la Sociedad de Misioneros Hijos del Corazón Inmaculado de la Virgen María (claretianos). Murió desterrado en el monasterio de monjes cistercienses de Fontfroide, en Francia.
¿Vivir mucho, o vivir para algo?
Sólo lo recuerdo de memoria. Se trata de una entrevista publicada en la contraportada de un periódico. El entrevistado era un alemán. Su mérito: cumplir 112 años. Era el hombre más viejo del mundo. ¡Qué barbaridad! Salía sonriente en la fotografía. Los ancianos siempre me han parecido dignos de todo lo mejor… no sé… cada vez les tengo más cariño por el mero hecho de ser ancianos, por lo que han vivido, por lo que han dado…
Sin embargo, en cuanto empecé a leer la entrevista, aquel señor empezó a darme pena. Contaba su secreto. Cuando tenía 80 años hizo la apuesta con un amigo para durar, y entonces empezó a no hacer nada, a no hacer esfuerzos… Decía que así lo había conseguido.
Vivir para conseguir continuar viviendo… ¡me parece tan triste! Vivir para conseguir dar vida… ¡eso sí que vale la pena! Y dar vida exige cansarse, morir a uno, gastarse, exprimirse, agotarse…
Se lo escuchaba contar a un monseñor —ahora obispo— que trabajó muy cerca de Juan Pablo II en temas relacionados con la familia. Un día fue citado por el Papa en su habitación vaticana antes de cenar. Estaba esperando en una sala cuando escuchó que llegaba el Papa que, entonces tendría unos 60 años. El paso era lento. O mejor, su avanzar era lento, pues ni siquiera daba pasos. Con sus sesenta años y a última hora del día, no era capaz más que de arrastrar los pies. Cuando apareció por la puerta se levantó, se dirigió hacia él para saludarle, le besó la mano, miró su rostro agotado, y le dijo con energía: «Santo Padre, así no puede seguir. Tiene que cuidarse. La iglesia le necesita, y así usted no puede durar mucho tiempo».
Decía el monseñor que nunca se había sentido mirado como en aquel momento. Le vino a la cabeza la mirada de Cristo a Pedro cuando le dijo que no permitiría su Pasión, y escuchó de Cristo el «Apártate de mí, Satanás, que me hablas como hombre y no como Dios» (Marcos 8, 33). Pero Juan Pablo II no sólo le miró, sino que también habló. Más o menos le dijo lo siguiente: «A estas horas del día es lógico que el Papa esté cansado. Y debo seguir trabajando. La Iglesia no necesita a este Papa, lo que necesita es un Papa santo. Y después de este Papa vendrá otro. Lo importante es que sea santo.» Como dijo en más ocasiones, hay que aprender a trabajar estando cansados, o con dolor de cabeza…
Dos formas de plantearse la vida: vivir para conseguir continuar viviendo como el anciano de 112 años, o vivir para conseguir dar vida como Juan Pablo II. ¿A qué planteamiento te acercas más?
Señor, no quiero vivir más que nadie, sino vivir dando vida. Lo que importa es que sea santo, que me canse dándome, sirviendo, que trabaje como debo trabajar, que acabe los días cansado, que viva con intensidad… sin estar preocupado excesivamente de mi estado de salud o de descanso. No quiero que mi vida sea estéril, sino fecunda; no quiero que sea larga, sino intensa en amor. María, Madre de Dios y Madre nuestra, que viva dando mi sí a todo lo bueno, gastándome por amor.
Puedes comentar con Él cómo te has planteado tu vida, y lo que te gustaría cambiar. Pregúntale si él ve que te estás gastando.
Octubre
25
Santos Crispín y Crispiniano, Mártires. Siglo III.
Zapateros de profesión. Hacían zapatos gratis a los pobres y cobraban su trabajo a los ricos. Aprovechaban su trabajo para hablar de Cristo a la gente. Patronos de los zapateros.
¡Espera!
En una zona bastante céntrica de la antigua ciudad de Valencia, entre estrechos callejones se abre una estirada placita que hizo historia. En una de las fachadas, a la altura del primer piso, se encuentra una placa en la que pone «Miracle de Mocadoret», que significa «El milagro del pañuelo». Esto es lo que ocurrió.
En 1385 vivía en la ciudad san Vicente Ferrer, un sacerdote famoso ya entonces por sus predicaciones. Comentaba uno: «el santo era viejo, débil y pálido; pero después de decir la Misa y cuando predicaba parecía joven, en buen estado de salud, ágil y lleno de vida». También tenía fama por los cientos de milagros que hacía. Un día, cuando iba con otros por la calle, en la plaza del mercado, se detuvo y dijo a los que le acompañaban: «Ahora mismo estoy viendo que unos hermanos nuestros piden un socorro inmediato, que morirán si no se les da.» Le preguntaron dónde estaban esas personas. Vicente contestó: «Seguid a mi pañuelo, y donde él entre, entrad.» Lanzó al aire el pañuelo, el viento lo llevó hasta meterlo por la ventana en una buhardilla. Allí, en efecto, se estaba muriendo de hambre una familia, a la que enseguida les llevaron alimentos. Esa casa es la que exhibe la placa.
Pero el milagro que hoy quería traer es otro. Eran tantos los milagros que hacía, que llegó un momento en que el obispo de Valencia le prohibió que hiciera más. Él aceptó: si se lo mandaba el obispo, él quería obedecer. Cuentan que yendo por la calle, muy cerca del lugar donde ocurrió el milagro del pañuelo, pasaba por una obra en construcción y uno de los albañiles se cayó del andamio. Él lo vio, quería ayudarle, pero como tenía prohibido hacer milagros, le gritó: «¡Espera un momento!» El albañil quedó quieto en el aire, y él se fue a toda prisa hasta el Obispo —el Obispado se encuentra a pocos minutos de ese lugar— y le pidió permiso para hacer algo con aquel hombre. El Obispo le dijo que volviese allí e hiciese lo que quisiese. Volvió y ya recogió al albañil dejándole caer al suelo sin problemas. Ese lugar también luce una placa que recuerda el milagro.
Dios no da a todos la facultad de hacer milagros continuamente. Pero sí nos sirve de ejemplo la diligencia, la rapidez y prontitud de san Vicente para hacer todo el bien que le era posible y para obedecer a su superior. Cualquier necesidad de otro le movía a intervenir, a ayudar. Quería hacer el bien siempre e inmediatamente. No conocía la pereza.
Hay unas palabras en el evangelio que tratan de describir la vida de Jesús: «pasó haciendo el bien» (Marcos 7, 37). Los cristianos somos así. Pasamos por todos los sitios que pasamos haciendo el bien. Por la calle, en casa, en la universidad, en el sitio de trabajo, en el ascensor, haciendo deporte, veraneando, haciendo cola, en los grandes almacenes, en la peluquería, en el partido de futbol, en la sesión de fitness, en la gasolinera… pasamos haciendo el bien. Cualquier cosa que viene bien a otro significa para nosotros una llamada que recibimos. Hacer todo el bien que tengamos ocasión de hacer, nos lo pidan o no.
Esto requiere ir con los ojos bien abiertos. Si vemos un coche en la cuneta porque ha pinchado, paramos por si podemos ayudar. Si alguien nos pregunta una dirección por la calle, interrumpimos y nos volcamos por facilitárselo. Si en casa alguien necesita una ayuda, ahí estamos nosotros.
Por eso, el cristiano también podría llamarse «alguien»: ¿alguien puede abrir la puerta?, ¿alguien puede ir a por no sé qué? ¿me puede ayudar alguien? ¿alguien puede echarme una mano?… Alguien es el nombre del cristiano.
Ayúdame, Señor, a no dar pie a la pereza. Que cada día me lo plantee, ya en el ofrecimiento de obras, con la ilusión de a ver cuántas cosas buenas puedo hacer. Y que termine el día pidiéndote perdón, en el examen de conciencia, por el bien que podía haber hecho durante el día y no lo he hecho. Quiero pasar cada día haciendo todo el bien que me sea posible, todo el bien que los demás puedan necesitar.
Ahora es el momento importante, en el que tú hablas a Dios con tus palabras, comentándole si realmente tú te llamas «alguien». Cuando lo hayas hecho, termina con la oración final.
Octubre
26
San Evaristo, Papa y Mártir. Siglo I.
V Papa. Recibió educación judía y aprendió en los liceos helénicos. Convertido al cristianismo, viajó a Roma donde destacó por sus conocimientos de la Sagrada Escritura, ser docto en la predicación y humilde en el servicio. Muere mártir hacia el 117.
Quiero transmitir a todo el mundo un mensaje
Terminó una promoción de una institución académica prestigiosa. Una comida de todos los alumnos. Al final, en nombre de todos, uno de ellos se pone de pie para decir un discurso que había preparado. Se trataba, como es habitual, de ser portavoz de los compañeros. Sus palabras fueron de este tenor: Ya podemos entrar en el mundo del trabajo, hemos sido excelentemente preparados, somos la élite de la sociedad, podemos triunfar, en breve tendremos ocasión de acceder al poder, por nuestros puestos de trabajo seremos personas de mucho dinero, vamos a triunfar… somos los mejores, triunfar, dinero, triunfar, éxito, éxito…
Qué contraste con lo que escribía, por ejemplo, Frank Capra, el director de cine de películas como Qué bello es vivir y tantas otras exitosas. Comentaba así lo que pretendía con una de sus películas: «Pero también veía en ella algo más profundo, algo más grande. Oculta en Vive como quieras (es el título de otra de sus películas) había una oportunidad de oro de dramatizar el “ama a tu prójimo” en un drama vivo. Lo que las iglesias de todo el mundo predicaban a apáticas congregaciones, mi lenguaje universal del cine podía transmitir de una forma mucho más entretenida a las audiencias cinematográficas, si podía demostrar en el conflicto teatral que la ley espiritual de Cristo puede ser la fuerza sustentadora más poderosa de la vida de cualquiera.»
El joven del discurso de la comida de despedida parece que lo que busca con su trabajo es el éxito, triunfar, dinero, demostrar su valía, que el trabajo le suba a un gran pódium. El director de cine parece que busca aprovechar su trabajo para influir positivamente en el mundo, para hacer ver que el amor es la fuerza que debe sustentar toda vida, para aportar a los espectadores, para servirles transmitiéndoles de modo comprensible un mensaje que de otro modo podría resultarles lejano o abstracto.
Ahí está la alternativa: estudiar y trabajar mucho y bien… para hacer un yo muy grande, triunfar para demostrar mi valor y ganar mucho dinero; o estudiar y trabajar mucho y bien… para poder servir mejor, hacer un mundo más justo y pacífico, influir en más personas ayudando y que el mensaje de Cristo se implante en el mundo. Es decir: trabajar por avaricia o por generosidad. Los cristianos queremos trabajar siempre por generosidad.
Ayuda ofrecer el día nada más levantarnos. Con tus palabras o con una fórmula de las que nos han transmitido en nuestra familia cristiana.
Oh Señora mía, oh Madre mía, yo me ofrezco enteramente a ti, y en prueba de mi amor de hijo te consagro en este día mis ojos, mis oídos, mi lengua, mi corazón. En una palabra, todo mi ser. Ya que soy todo vuestro, oh Madre de bondad, guárdame y consérvame como cosa y posesión tuya. Así sea.
Puedes comentar con Él si haces el ofrecimiento de obras al levantarte, y cómo hacer para acordarte o para hacerlo mejor.
Octubre
27
Santos Vicente, Sabina y Cristeta (hermanos), Mártires. Siglo III.
Talavera. Vicente, llevado ante los tribunales, no renuncia a su fe y es condenado a muerte. A la espera del fatal desenlace, sus hermanas intentan que se fugue pero son apresados los tres, muertos en el año 304.
Expertos en recorrer pasillos
Hay cosas que se nos venden como negativas, cuando en realidad son inmensamente positivas. Por ejemplo, en un tiempo vendían que perder la posibilidad de tener esclavos era algo negativo, y sin embargo era algo positivo, no sólo para el esclavo sino también para el señor. La cultura transmitía que era mejor tener esclavos que estar privado de ellos: sin embargo, era peor.
Hoy parece que se vende que la espera es algo negativo, que no tiene sentido, y sin embargo es algo enormemente positivo. Saber esperar es bueno. Como cuando uno siembra una simiente: esperar es respetar los tiempos. Quizá hemos hecho siendo niños la actividad de poner una semilla en algodón húmedo dentro de un vaso transparente, y con impaciencia íbamos cada día a ver cuánto había crecido. Sería absurdo, al ver el primer brote, estirar para que creciese con más rapidez: lo único que conseguiríamos es romper aquel ser vivo.
Las cosas necesitan su tiempo, y con estirones no aceleramos su proceso, sino que las rompemos. Es bueno educarnos en la espera. A esto se le llama paciencia.
Esperar cuesta pero, además, ayuda a disfrutar más. Quien se educa en la espera, aprende la virtud de la paciencia. Los regalos del día de los Reyes Magos se podrían adelantar, pero esa espera puede ser un modo de ejercitarse en la espera. En el deporte hay que saber esperar hasta que uno consigue, después de tiempo de práctica, dominar un golpe o un ejercicio. En el estudio las cosas no salen a la primera, y después de muchos problemas en los que nos peleamos por entender, al final entendemos. Todo lo bueno cuesta y, hasta que lo conseguimos, tenemos que esperar.
Si tenemos interés por enterarnos de algo pero respetamos el horario de trabajo o estudio, y después, sólo después, entramos en Internet para enterarnos, hacemos un buen ejercicio de la virtud de la paciencia. Dar tiempo a una persona a madurar o a corregir un defecto, nos ejercita en la paciencia. Conservar la paz cuando convivimos con alguien con un defecto o con otra forma de ser muy distinta a la nuestra, es ejercitarse en la virtud de la paciencia.
Yo soy rápido y el otro es lento: dejar ser lento al lento y rápido al rápido, es justo y requiere paciencia. Yo soy animado y el otro es algo “seta”, requiere paciencia para dejarle ser como es: “seta”.
Recuerdo una enferma a la que visité en la UCI. La ingresaron por un infarto. Cuando entré, me dijo con una paz impresionante: «Aquí estoy, con paciencia, que es la virtud principal; ahora me ha dado esto, y tengo que estar varios días, pues nada: contenta, y a aceptarlo con paciencia.» Sólo puede expresarse y vivir así quien en la vida se ha educado en la paciencia.
Esperar, esperar, esperar. Los pasillos están para ser recorridos antes de llegar al destino. Saber recorrer pasillos en la vida. El pasillo supone andar, cansarse, sin llegar al destino durante un tiempo. Y todo lo bueno en la vida está después de un pasillo. Todo lo bueno cuesta, todo lo bueno exige paciencia, todo lo bueno está precedido de un recorrido.
Señor, ¿soy impaciente?, ¿sé esperar? Los cristianos, ¿cómo vamos a vivir la virtud de la esperanza si no sabemos esperar en las cosas de cada día? Enséñame, Señor, a saber esperar, a saber respetar los tiempos.
Ahora es el momento en el que puedes comentarle si eres paciente, en qué te cuesta más, y las preguntas que han salido. Después, puedes terminar con la oración final.
Octubre
28
Santos Simón y Judas Tadeo, Apóstoles.
San Judas Tadeo es el patrono de los imposibles. A San Simón y San Judas Tadeo se les celebra juntos porque según una antigua tradición los dos iban siempre juntos predicando por todas partes.
¡Perfecto!
Los futbolistas tienen sus ejercicios físicos en los entrenamientos. Los esquiadores los suyos, como los corredores de atletismo o los conductores de fórmula 1. Los músicos tienen sus preparaciones con cantidad de ejercicios que les dan la agilidad y rapidez necesarias para tocar el instrumento musical adecuadamente. Ser buen futbolista, esquiador, corredor, músico o lo que sea, exige necesariamente someterse a sus entrenamientos.
Ser una persona con personalidad, con carácter, de una pieza… requiere su entrenamiento. Podríamos decir que el lugar donde se capacita es el trabajo —el estudio o la ocupación profesional de cada uno—. El estudio o el trabajo es una tabla de ejercicios fundamental para hacerse. Proporciona un continuo ejercicio de dominio de sí, de sometimiento voluntario, de esfuerzo… que es necesario para forjar una personalidad fuerte y positiva.
Trabajar con la máxima perfección posible es algo muy cristiano. Perfecto viene del latín: factum significa hecho, per es un prefijo que significa hasta el final. Perfecto es terminado, hecho hasta el final. Dejar las cosas a medias, o hechas sin el detalle final es el trabajo del perezoso; lo que solemos llamar una chapuza.
A veces nos sorprendemos de la falta de voluntad que tenemos, no nos obedecemos, como si no nos tomásemos en serio a nosotros mismos. Resulta incómodo proponerse algo y no saber si lo vamos a hacer: no nos fiamos nada de lo que decidimos. Y con razón. Eso no se arregla con pastillas ni con consultas médicas. Normalmente responde a que no trabajamos bien. Si en el trabajo somos caprichosos, hacemos o no según las ganas que tenemos: lo mismo voy a una clase que me la salto, lo mismo hago un trabajo pendiente que lo retraso a mañana porque ahora no me apetece, dejo eso a medias porque así «cuela», porque es suficiente para cubrir el expediente… si somos caprichosos en el trabajo, terminamos haciéndonos caprichosos.
¿Cuál es el problema? Resulta evidente: el caprichoso decide por lo que a él y solamente a él le conviene en el momento; dicho con otras palabras, sus decisiones son egoístas: nada distinto a él mismo entra en consideración.
Dice el evangelio de ti, Jesús, que todo lo hiciste bien (Marcos 7, 37). Quiero ser diligente. Sé que el camino es trabajar, y trabajar bien, hasta el final, terminar las cosas, hacerlas perfectamente —en la medida de mis posibilidades—. Dame cada vez más alergia a la chapuza: que me resulte insoportable lo hecho a medias, sin entregarse. Señor, ¡cómo trabajarías tú! Santa María, enséñame.
Ahora es el momento importante, en el que tú hablas a Dios con tus palabras, comentándole cómo es tu trabajo, y tus últimas chapuzas. Cuando lo hayas hecho, termina con la oración final.
Octubre
29
San Narciso de Jerusalén, Obispo. Siglo I.
Obispo en el concilio de Cesarea, cuando se unifica con Roma el día de la celebración de la Pascua. El obispo fue acusado por envidia de un crimen. El obispo deja el cargo y se retira a la soledad, pero perdonando a sus envidiosos difamadores.
El vanidoso
«El segundo planeta estaba habitado por un vanidoso:
—¡Ah! ¡Ah! ¡Un admirador viene a visitarme! —gritó el vanidoso al divisar a lo lejos al principito.
Para los vanidosos todos los demás hombres son admiradores.
—¡Buenos días! —dijo el principito—. ¡Qué sombrero tan raro tienes!
—Es para saludar a los que me aclaman —respondió el vanidoso. Desgraciadamente nunca pasa nadie por aquí.
—¿Ah, sí? —preguntó sin comprender el principito.
—Golpea tus manos una contra otra —le aconsejó el vanidoso.
El principito aplaudió y el vanidoso le saludó modestamente levantando el sombrero.
“Esto parece más divertido que la visita al rey”, se dijo para sí el principito, que continuó aplaudiendo mientras el vanidoso volvía a saludarle quitándose el sombrero.
A los cinco minutos el principito se cansó con la monotonía de aquel juego.
—¿Qué hay que hacer para que el sombrero se caiga? —preguntó el principito.
Pero el vanidoso no le oyó. Los vanidosos sólo oyen las alabanzas.
—¿Tú me admiras mucho, verdad? —preguntó el vanidoso al principito.
—¿Qué significa admirar?
—Admirar significa reconocer que yo soy el hombre más bello, el mejor vestido, el más rico y el más inteligente del planeta.
—¡Si tú estás solo en tu planeta!
—¡Hazme ese favor, admírame de todas maneras!
—¡Bueno! Te admiro —dijo el principito encogiéndose de hombros—, pero ¿para qué puede interesarte que te admire?
Y el principito se fue.
“Decididamente, las personas grandes son decididamente muy extrañas”, se decía para sus adentros durante el viaje.»
¡Así de ridículo es el vanidoso! Ojalá nos decidamos a no ir buscando por ahí aplausos, reconocimientos, elogios, adulaciones… Hacer las cosas para que nos vean otros, para que hablen bien de nosotros, para destacar, para quedar bien… es vanidad ridícula, es hacer hueca nuestra vida.
La vanidad es uno de los pecados que tienen su cabeza en la soberbia. Contra soberbia, humildad. Es tontería la vanidad pues, como dice la Escritura, «Dios no ve como los hombres, que ven la apariencia; el Señor ve el corazón» (1S 16, 7).
Líbrame, Jesús mío,
del deseo de ser apreciado,
del deseo de ser alabado,
del deseo de ser honrado,
del deseo de ser ensalzado,
del deseo de ser preferido,
del deseo de ser consultado,
del deseo de ser aprobado,
del deseo de ser aplaudido,
del temor de ser humillado,
del temor de ser despreciado,
del temor de sufrir rechazos,
del temor de ser calumniado,
del temor de ser olvidado,
del temor de ser ofendido,
del temor de hacer el ridículo,
del temor de ser acusado.
Ahora es el momento importante, en el que tú hablas a Dios con tus palabras, comentándole los aspectos en los que eres vanidoso. Cuando lo hayas hecho, termina con la oración final.
Octubre
30
San Marcelo, Mártir. Siglo III-IV.
Hispania, Marcelo, centurión romano, arrojó su espada y bastón de centurión ante las tropas en la celebración del cumpleaños del César defendiendo que el era cristiano y sólo podía militar en el ejército de Jesucristo. Marcelo es condenado a la decapitación.
Los «habemos» de todos los colores
Los cristianos no son los hombres ejemplares. Ni mucho menos. El único hombre ejemplar es Cristo. Los cristianos, no.
Entre los cristianos «los habemos» de todos los colores: algunos somos maniáticos, otros ladrones, infieles, viciosos, falsos, vagos, locos, vanidosos, chulos, raros, acomplejados, extravagantes, fantasmas… ¡Pues claro que sí! Y los siete pecados capitales los padecemos: pereza, soberbia, lujuria, ira, gula, envidia, avaricia. Los tenemos todos los cristianos. ¡Qué le vamos a hacer!
Muchos se empeñan en escandalizarse diciendo: «Muy cristiano pero luego mira…; menos rezar y más…; tanta misa para después esto…» Se escandalizan porque quieren, porque ya en el Nuevo Testamento está escrito: «Dios elige lo necio del mundo para confundir a los inteligentes; elige lo débil del mundo para confundir a los fuertes.»
Los cristianos no somos ejemplo en lo que hacemos… pero sí lo somos en el espíritu que respiramos. Todos sabemos que Dios es Padre, y nos gustaría ser mejores hijos suyos —parecernos a nuestro Padre—, y vamos luchando y dejando que Dios nos transforme, poco a poco —son muy lentas estas transformaciones que van curando fibra a fibra el corazón, los hábitos, la afectividad y la voluntad, la inteligencia—. Y nos esforzamos por no cansarnos de nuestros defectos, porque esta transformación es posible, y si la buscamos durante toda la vida, aunque aquí no la conseguiremos nunca completamente, sí sabemos que después de la vida Dios nos la dará en plenitud: allí seremos dioses.
Al mismo tiempo, vamos luchando por adquirir las virtudes capitales, poco a poco, con pasos muy pequeños y concretos: diligencia, humildad, castidad, paciencia, templanza, caridad, generosidad. Cada día, en el examen, concretarnos un detalle pequeño en alguna de estas virtudes, damos así un paso. Y… ¡paso a paso se recorren grandes distancias!
Señor Jesús, que no juzgue a los demás cristianos. Que cuando vea errores en sus vidas, aproveche para pedirte por ellos, para ayudarles con mi comprensión, para animarles a que no se cansen de sus errores y a luchar contra ellos. Gracias, Señor, por elegirme como cristiano, pero que jamás me crea superior a nadie.
Ahora es el momento importante, en el que tú hablas a Dios con tus palabras, comentándole algo de lo que has leído. Pídele no asustarte nunca de encontrar en ti los pecados capitales. Cuando lo hayas hecho, termina con la oración final.
Octubre
31
San Quintín, Mártir. Siglo III.
Cuando el Papa San Cayo organizó una expedición de misioneros para ir a evangelizar a las Galias, Quintín fue escogido para formar parte de ese grupo. Cuentan las tradiciones que Quintín tenía el don de sanación.
Pringados en miel
Contaban un chiste algo malo y viejo. A varios famosos se les ofrecía el regalo de tirarse a una piscina. El agua que llenaba la piscina se convertiría en lo que ellos quisiesen. No tenían más que decir la palabra en el momento en el que, tras una breve carrera para coger carrerilla, se tiraban a su interior.
El primer famoso corrió y ya en el aire, gritó: ¡cerveza! Y cayó dentro levantando espuma y olas de cerveza; placenteramente se llenaba la boca de su bebida preferida. El segundo repitió la operación, y al grito de «¡Vino de Rioja!», la piscina estaba llena de esa bebida. Así el tercero y el cuarto. Cuando le llegó el turno al torpe —normalmente se cuenta poniendo el nombre de algún político con fama de torpe—, éste empezó la carrerita, se tropezó con un palo que por allí andaba suelto, y gritó: «¡caca!». Enseguida cayó en una piscina llena de excrementos, y chapoteando en aquel líquido asqueroso consiguió llegar hasta la escalerilla.
El chiste es malo. No pretendo arrancar ninguna risa. Pero la imagen sirve. ¿No es verdad que a veces pretendemos vivir la vida que Cristo nos enseñó, amar a los demás, que nuestro corazón sea limpio y puro… y sin embargo chapoteamos demasiado en porquería? Conversaciones sensuales, miradas a publicidad sensual, bromas sensuales, navegar en Internet con algo de curiosidad en páginas con contenido sensual… Así sería difícil que el corazón fuese limpio.
Dice el refrán: Agua que no has de beber, déjala correr. Es mejor dejar correr todas esas cosas, que además son bastante pegajosas. Había un anuncio cómico de una miel. La presentaba alguien que, mientras refería las magníficas cualidades de este alimento, abría un bote, cogía una cucharada y la servía sobre una pequeña tostada. Un poco se caía fuera, sobre el papel. Entonces apoyaba la cuchara en la mesa y trataba de limpiar el papel. Con las manos untadas en miel, cogía de nuevo el micrófono y lo pringaba… Todo se iba poniendo pegajoso, hasta no poder quitarse las cosas de encima: el papel pegado, el micrófono pegado, la corbata que toca la cuchara también se le pringa…
Lo sensual es pegajoso, y al final todo queda manchado. La forma de mirar a los demás, la manera de sentir, nuestros deseos, nuestra imaginación, los recuerdos y fantasías… todo se mancha de miel, todo queda pringado por la sensualidad… ¿Consecuencia? Nos hacemos sensuales, perdemos libertad para poder amar y pensar más y mejor en los demás.
Señor, quiero vivir la castidad, que es vivir libre, con el corazón capaz de amar al cien por cien. Evitaré lo que me pringue. Para una vida que tengo, no quiero perder ni un minuto pensando en mí, volcado sobre el placer egoísta. No quiero robar a los demás lo que pueden recibir de mí: y para eso necesito la cabeza limpia, capaz de ponerme en su lugar y de adivinar lo que puedo ofrecerles.
Ahora es el momento importante, en el que tú hablas a Dios con tus palabras, comentándole algo de lo que has leído, y si chapoteas en la sensualidad. Cuando lo hayas hecho, termina con la oración final.
Noviembre
Oración inicial de cada día
Señor mío y Dios mío,
creo firmemente que estás aquí,
que me ves, que me oyes.
Te adoro con profunda reverencia.
Te pido perdón de mis pecados y gracia
para hacer con fruto este rato de oración.
Madre mía Inmaculada, San José, mi padre y señor,
Ángel de mi guarda: interceded por mí.
Oración final de cada día
Señor, haz de mí un instrumento de tu paz:
que donde hay odio, ponga yo amor;
que donde hay ofensa, ponga yo perdón;
que donde hay error, ponga yo verdad;
que donde hay desesperación, ponga yo esperanza;
que donde hay tinieblas, ponga yo luz;
que donde hay tristeza, ponga yo alegría.
Haz, Señor, que no busque tanto
ser consolado, como consolar;
ser comprendido, como comprender;
ser amado, como amar.
Porque es cuando nos damos, que recibimos;
cuando nos olvidamos, que nos encontramos;
cuando perdonamos, que obtenemos perdón;
y es muriendo, que resucitamos a la vida eterna.
San Francisco de Asís
Noviembre
1
Todos los Santos.
Celebramos a las personas que han llegado al cielo, conocidas y desconocidas. Algunos han sido canonizados y son por esto propuestos por la Iglesia como ejemplos de vida cristiana.
Todos los Santos… en la Tierra
Hoy celebramos la fiesta de Todos los Santos.
Poco antes de morir de cáncer a los 18 años, decía Montse Grases a su hermano: «Jorge, ¿te das cuenta? Feliz, feliz para siempre, recuérdalo, ¡para siempre! Os aseguro que desde el cielo os ayudaré mucho; no os dejaré nunca.»
También decía santa Teresita a quienes la acompañaban junto a la cama durante sus últimas horas: «Mi cielo lo pasaré en la tierra ayudándoos.»
Quienes llegan al cielo son almas que saben amar. Y si querían a los que conocían en la tierra, ahora quieren a muchos más, incluso a los que no conocían, porque todos son hijos de Dios. Además, ahora aman desde el cielo, contagiados y purificados por el mismo Amor. ¡Ahora aman mucho mejor! Es lógico que desde allí arriba traten de ayudarnos, de hacer todo lo posible —¡que es bastante!— por los que estamos en la tierra.
Por eso los cristianos, con mucha frecuencia, pedimos ayuda al santo que tiene nuestro nombre, al santo del día, a todos los santos… Ellos pueden insistir a Dios de nuestra parte. Son hermanos nuestros, están unidos a nosotros.
La Iglesia es la unión de todos los hombres con Dios. De todos: quienes están en el cielo, quienes están en el purgatorio y quienes todavía continuamos aquí en la tierra. En la Iglesia todos estamos unidos en Dios. Y el día de hoy nos unimos especialmente a todos los santos que gozan ya de Dios en el cielo.
«Mi cielo lo pasaré en la tierra ayudándoos.» Los santos nos ayudan para que también nosotros seamos santos. Conocemos hechos de la vida de algunos santos. Como quizá muchos de estos hechos sean algo extraordinario, hemos de estar alertas: sería un error unir la santidad a hechos extraordinario del tipo visiones, milagros, penitencias algo singulares… Hoy celebramos a muchos santos anónimos que pasaron desapercibidos. Podríamos decir que celebramos a tantos «san Usted», santos que pasaron por el mundo con una vida absolutamente normal. Quienes se cruzaban con ellos por la calle no notaban nada; eran, sin más, «Usted». Lo único extraordinario común a todos los santos es que amaban, con un amor quizá nada llamativo pero real.
Hoy celebramos la fiesta de Todos los Santos. Nos alegramos con ellos y con Dios. Al mismo tiempo recordamos que solo una cosa es importante en nuestra vida: que vivamos santamente las cosas de cada día.
Gracias, Dios mío, por escuchar a los santos que interceden por nosotros. Gracias, por el ejemplo que nos han dado con su vida. Gracias, porque no se desentienden de nosotros. Gracias, porque quieren ayudarnos y lo hacen. Acudiré a la intercesión de ellos con más frecuencia. Auméntame la devoción y el afecto hacia ellos, sobre todo a santa María y a mi santo. ¡Quiero ser santo, Señor!
Ahora puedes seguir hablando a Jesús y María con tus propias palabras, comentándole algo de lo que has leído. ¿Conoces la vida de tu santo? Después termina con la oración final.
Noviembre
2
Todos los Fieles Difuntos.
La Iglesia se interesa por las almas de todos los difuntos desde el principio del mundo, cuya fe sólo Dios conoce, para que, purificados de toda mancha del pecado puedan gozar de la visión de la felicidad eterna.
Mil toneladas de latas
Hoy celebramos el día de Todos los Fieles Difuntos.
En el ayuntamiento de la pequeña población de Leioa llevaron a cabo una acción solidaria que consistía en recoger mil toneladas de latas de comidas en conserva para enviarlas a un país del tercer mundo con hambruna. Los que tenían daban a los que no tenían.
Es bueno plantearse el mes de noviembre como un mes solidario. La Iglesia nos propone a todos los cristianos que, en vez de latas, ofrezcamos muchas pequeñas cosas por las almas que están en el purgatorio. ¿Qué ofrecer? Pequeños sacrificios, tiempo de estudio o trabajo, luchar por ser puntual, ayudar a poner la mesa, levantarse a por el teléfono, dar limosna más generosa, algún misterio del rosario, no quejarme, sonreír, callarme algo que puede molestar, vencer la pereza que me impide asistir con más frecuencia a Misa… La Iglesia nos recuerda que estamos unidos a ellos y nos anima a implicarnos, a ser solidarios.
¿Para qué? Regalamos eso a Dios de parte de las personas que están en el purgatorio, merecemos (nuestras latas) para que se beneficien los que están en ese tiempo de purificación, de limpieza, y así queden limpios antes y acorten su tiempo de separación de Dios.
«¡Contamos contigo!», es el lema de noviembre. Fomentemos la ilusión de sacar muchas almas del purgatorio cada uno, de dejarlo vacío a lo largo de este mes. Por eso era tradición que todos los sacerdotes celebrasen hoy tres misas por los difuntos. Y es tradición acercarse hoy al cementerio donde están los restos mortales de nuestros familiares para rezar por ellos.
Comentaba Benedicto XVI que ha sido siempre una convicción fundamental del cristianismo que nuestro amor puede llegar hasta el más allá; los cristianos sabemos que estamos en relación con los que ya han muerto y podemos darles y recibir de ellos, desde el principio hemos creído que nuestro cariño continúa uniéndonos y obrando después de que la muerte nos separe. «¿Quién no siente la necesidad de hacer llegar a los propios seres queridos que ya se fueron un signo de bondad, de gratitud o también de petición de perdón?»
¡Caramba! O sea, ¿qué es posible intervenir en la vida de otro cuando está en el encuentro con el Señor purificándose en el purgatorio?, ¿cómo podemos intervenir? Y responde el Papa recordando esta verdad misteriosa: «Deberíamos darnos cuenta de que ningún ser humano es una mónada cerrada en sí misma. Nuestras existencias están en profunda comunión entre sí, entrelazadas unas con otras a través de múltiples interacciones. Nadie vive solo. Ninguno peca solo. Nadie se salva solo. En mi vida entra continuamente la de los otros: en lo que pienso, digo, me ocupo o hago. Y viceversa, mi vida entra en la vida de los demás, tanto en el bien como en el mal. Así, mi intercesión en modo alguno es algo ajeno para el otro, algo externo, ni siquiera después de la muerte. En el entramado del ser, mi gratitud para con él, mi oración por él, puede significar una pequeña etapa de su purificación.» Así es. Quizá conviene releer esta respuesta de Benedicto XVI: nuestra cultura nos enseña que cada uno vivimos nuestra vida, que no debemos nada a nadie y que sólo nosotros decidimos sobre nosotros mismos; sin embargo, por la fe sabemos que no es así: ¡todos estamos unidos!
Dios mío, te pido por todos los fieles difuntos. Que todos disfruten de ti en el Cielo. Durante este mes me gustaría ofrecerte muchas cosas (estudio, trabajo, sonrisas, sacrificios…) y rezar (ir con más frecuencia a Misa, etc.) para interceder por todos los que están en el purgatorio… hasta vaciarlo. ¡Escúchame, Señor!
Ahora es el momento de seguir hablando con Dios sobre esto. Concrétate algo, aunque sea una pequeñísima cosa pero concreta, para ofrecer a Dios todos los días durante este mes. Y queda con Dios en ofrecérselo.
Noviembre
3
San Martín de Porres, Religioso dominico. 1579-1639
A pesar de las limitaciones provenientes de su condición de hijo ilegítimo y mulato, aprendió la medicina, que después, ya religioso, ejerció generosamente en Lima, ciudad del Perú, a favor de los pobres.
Mal negocio
Santo Tomás Moro era el primer ministro inglés durante el reinado de Enrique VIII. El rey quería divorciarse para contraer nuevo matrimonio con otra mujer, Ana Bolena, pero necesitaba el consentimiento de la Cámara. Todos los políticos firmaron un documento que autorizaba al rey a casarse de nuevo, todos menos uno: sir Tomás Moro. Al principio trataron de convencerle, después intentaron comprarle, y como no conseguían nada quisieron forzarle. No cedió. La consecuencia fue clara: fue destituidode su cargo y llevado a la prisión bajo la acusación de Traición a la Corona. En un día pasó de ser primer ministro a ser preso. Le castigaron con pena de muerte.
Como todo cristiano, Tomás valoraba más la vida del alma que la vida del cuerpo, y estaba dispuesto a que muriese el cuerpo con tal de que su alma siguiese viva; no quería hacer conscientemente el mal, algo que no agradase a Dios, como sería autorizar un divorcio (lo que Dios ha unido no lo puede separar el hombre).
El duque de Norfolk le visitó en la prisión antes de que fuese guillotinado, tratando de convencerle para que firmase:
— Me alegraría que accedieras a los deseos del rey; si no, morirás.
— ¿Es eso todo lo que me quieres decir? —le contestó Moro—. Pues la verdad es que entre Su Señoría y yo no hay más diferencia que ésta: yo moriré hoy, y tú mañana (es decir, que aunque fuese algo más tarde también el duque moriría).
Alicia, mujer de Moro, un día fue a visitarle a la prisión con el propósito de convencerle:
— Bueno, Alicia —le dijo Moro—, ¿y por cuánto tiempo piensas que podré gozar de esta vida?
— Por lo menos veinte años —replicó ella.
— Mi buena mujer, no sirves para negociante ¿es que quieres que cambie la eternidad por veinte años?
Santo Tomás no firmó. Sin embargo, la carta que no hubiese tenido inconveniente en firmar Tomás Moro hubiese sido la carta de san Pablo a los romanos, en la que dice: «Considero, en efecto, que los sufrimientos del tiempo presente no son comparables con la gloria que se ha de manifestar en nosotros» (8, 34). Sí, se ve que lo tenía muy claro, y que vale la pena saber esperar.
Dame, Dios mío, la fe, el amor y la fortaleza de Santo Tomás. Que sea buen negociante: que esté dispuesto a perder cualquier cosa antes que perderte a ti, antes que desagradarte a ti, antes que alejarme de ti, antes que traicionarte a ti. Y eso, pierda lo que pierda: comodidad, fama, amigos, dinero, tranquilidad… ¡aunque pierda la vida del cuerpo!
Ahora puedes seguir hablando a Jesús y María con tus propias palabras. Puedes comentar con Él si tú, de hecho, firmarías antes lo que le proponían a santo Tomás, o lo que escribe san Pablo.
Noviembre
4
San Carlos Borromeo, Arzobispo. 1538-1584
Cardenal y obispo de Milán, para la formación del clero convocó sínodos y erigió seminarios, visitó muchas veces toda su diócesis atento a las necesidades del pueblo.
La búsqueda del tesoro
¡Quién no ha jugado alguna vez a la búsqueda del tesoro! Te dan unas orientaciones que te llevan a un lugar donde encontrarás algo que te dará una pista. Ésta te enviará a otro lugar donde encontrarás otra pista. Y ésta a otra, y a otra, y a otra. Así hasta que al final llegas al «tesoro».
La vida es también una búsqueda del tesoro. «Quien busca, encuentra», dice Jesucristo. Y la vida es ir buscando a Cristo… en la Eucaristía, en el Evangelio, en los sacramentos, en los demás —especialmente en los que sufren—, en el trabajo, en lo ordinario, y en otras muchas realidades. De este modo, uno va encontrando pistas que le dirigen y le llevan por buen camino y así uno va acercándose a Dios, aunque a veces no se dé cuenta. Pero toda la vida es una búsqueda. Y quien busca, encuentra: con la muerte encuentra definitivamente a Dios, la felicidad.
Tengo grabado el recuerdo de la primera persona a la que acompañé como sacerdote en su recta final hacia la muerte. Estaba recién ordenado. Ella, Teresa, era mi vecina. Todos los días le llevaba la comunión. Joven, con sus 37 años tenía cinco hijos pequeños pero con la edad suficiente para darse cuenta de lo que pasaba. Estaban al corriente de todo. Tere pidió la Unción de enfermos, sacramento al que le siguió una cena festiva con adornos, sorpresas y champán, a la que fueron invitados los amigos: ella lo pasó en grande. Pocos días más tarde empezó a perder la consciencia. Tras un tiempo en coma pasó un día de lucidez antes de morir. Empezó a hablarnos, y uno de sus familiares anotó lo que nos decía. Después de pedir que le moviésemos las piernas, con dificultad para coger aire y sin vocalizar demasiado nos iba diciendo:
«¡Vale la pena!; he estado muchos años sin saber si valdría la pena tanta lucha, tanto esfuerzo por ser cristiana y fiel a Dios, tratando de hacer las cosas bien; ahora entiendo perfectamente que vale la pena; ahora entiendo todo. Muchas veces quieres ver algo y no ves nada de nada, pero merece la pena ¿eh?, de verdad, a pesar de todo. Me dicen que por qué digo tanto merece la pena, y es que de pronto te das cuenta que hay cosas que merecen la pena. Esta felicidad que yo siento no os la puedo explicar, porque no la entenderíais.»
Y como quien ya habla desde fuera de este mundo comentaba: «Vosotros los terrenos basáis vuestra felicidad en la lotería, en un coche nuevo, en unas buenas notas de los hijos… y ésa no es la felicidad. La felicidad total y absoluta es la que tengo yo en estos momentos. A veces sois unos tontos, preocupados por vuestros problemas, cuando la felicidad total y absoluta es la que yo tengo, todo lo demás no vale para nada. Nada vale nada más que llegar al punto que yo he llegado… ¡Qué pena cuando vivís sólo pendientes de si tal coche o tal vestido! ¡Qué pequeñeces, y qué tontos sois cuando eso os quita el sueño! ¡Enteraos… que lo que os espera es fantástico! Vale la pena ser fiel.» Se puso sonriente, el médico le preguntó por qué, y contestó: «He perseverado, Mariano, he perseverado hasta el final.»
La vida es una larga búsqueda de un tesoro que vale la pena. Eso sí, hemos de vivir buscando. Siempre se encuentra, pero todo encuentro remite a otra búsqueda mayor. No se puede decir «Basta», aquí me planto. Siempre continuar con el deseo de acercarme más al tesoro grande y definitivo. Jesús nos lo dijo con palabras formidables: quien me come tendrá más hambre, quien me bebe tendrá más sed. Sí, el Cuerpo de Cristo alimenta pero no sacia. Todo encuentro alimenta, pero al mismo tiempo despierta el hambre todavía más. «Buscad y encontraréis», nos dice Jesús: buscad durante toda vuestra vida, iréis encontrando algo y sólo al final encontraréis y poseeréis el tesoro en plenitud.
Señor, que no me canse de buscar. El tesoro se encuentra al final. Auméntame la esperanza de que al final estarás tú. Y que nunca ponga en duda que vale la pena.
Ahora puedes seguir hablando a Jesús y María. Comenta cómo vas en tu búsqueda del tesoro… si no buscas nada… o si te desanimas… Después termina con la oración final.
Noviembre
5
Santos Zacarías e Isabel, padres de San Juan Bautista.
Isabel, al recibir a su pariente María en su casa, llena de Espíritu Santo saludó a la Madre del Señor como bendita entre todas las mujeres, y Zacarías, sacerdote lleno de espíritu profético, ante el hijo nacido alabó a Dios redentor y predicó la próxima aparición de Cristo.
No apto para mediocres
Steve Jobs, fundador de Apple, en una conferencia en la ceremonia de graduación de la Universidad de Stanford, contaba este relato de su vida: «Yo tuve suerte: descubrí temprano en mi vida lo que realmente quería hacer. Woz y yo comenzamos con Apple en el garaje de mis padres cuando tenía 20 años. Trabajamos duro, y en 10 años Apple creció de ser una empresa compuesta por nosotros dos en un garaje a una empresa de 2.000 millones de dólares con más de 4.000 empleados. Habíamos lanzado nuestra creación más refinada —Macintosh— un año antes, y yo acababa de cumplir 30. Y después me despidieron.
»¿Cómo se puede ser despedido de la empresa que uno inició? Pues, a medida que Apple crecía, contratamos a alguien que yo pensaba que era sumamente talentoso para dirigir la empresa conmigo, y durante el primer año o más las cosas anduvieron bien. Pero luego nuestras visiones acerca del futuro comenzaron a diferir y eventualmente tuvimos una disputa. Al tenerla, nuestra Junta Directiva lo apoyó a él. Así que a los 30 años estuve afuera. Y bien afuera. Aquello en lo que me había concentrado durante toda mi vida adulta había desaparecido, y fue devastador.
»Realmente no supe qué hacer durante unos pocos meses. Sentía que había decepcionado a la anterior generación de emprendedores, que había soltado la batuta mientras que me la estaban pasando. Me reuní con David Packard y Bob Noyce y traté de disculparme por haber echado a perder las cosas de tal manera. Yo representaba un fracaso público muy importante, y hasta pensé en retirarme del valle. Pero poco a poco empecé a darme cuenta que todavía amaba lo que estaba haciendo. El curso de los acontecimientos en Apple no había cambiado eso para nada. Había sido rechazado, pero aún amaba lo mío. Así que decidí empezar de nuevo.
»No me di cuenta entonces, pero resultó que el hecho de haber sido despedido de Apple fue lo mejor que me pudo haber pasado. El peso del éxito fue reemplazado por la facilidad de convertirme en un principiante una vez más, con menor certidumbre acerca de todo. Me dio rienda suelta para ingresar en uno de los períodos más creativos de mi vida. Durante los próximos cinco años, inicié una empresa llamada NeXT, otra empresa llamada Pixar y me enamoré de una maravillosa mujer que se convertiría en mi esposa. Pixar llegó a crear el primer largometraje animado por computadora en el mundo, Toy Story, y en la actualidad es el estudio de animación más exitoso a nivel mundial. En un giro destacado de acontecimientos, Apple adquirió NeXT, volví a Apple, y la tecnología que desarrollamos en NeXT está en lo más recóndito del renacimiento actual de Apple. Y Laurene y yo tenemos juntos una maravillosa familia.
»Estoy seguro de que nada de esto hubiera pasado de no haber sido despedido de Apple. Fue un trago amargo, pero creo que el paciente lo necesitaba. A veces la vida golpea en la cabeza con un ladrillo. No pierdan la fe. Estoy convencido de que lo único que me mantenía en curso era que amaba lo que hacía. Deben encontrar lo que realmente les apasiona. Y esto es tan cierto respecto del trabajo como lo es respecto del amor. El trabajo les llenará una parte importante de sus vidas, y la única manera de sentirse realmente satisfecho es realizar lo que consideran un gran trabajo. Y el único modo de realizar un gran trabajo es amar lo que uno hace. Si no lo han encontrado aún, sigan buscando. No se conformen. Así como sucede con todos los asuntos del corazón, sabrán cuando lo hayan encontrado. Y, así como sucede en cualquier gran relación, mejora más y más a medida que transcurren los años. Así que sigan buscando hasta que lo encuentren. No se conformen.»
¡Qué importante es que vivamos con ilusiones grandes! Pocas cosas hay tan ajenas al cristianismo como la mediocridad. Mediocre es quien aspira a ir tirando, a no complicarse, a ser del montón; quien se conforma con cualquier cosa, sin ambiciones. El cristiano ama la vida, ama lo que hace y se apasiona con lo que hace. Empezar, volver a empezar, buscar, luchar… vivir apasionadamente: así vale la pena vivir, y así damos gloria a Dios.
Señor, no quiero ser mediocre. Amo esta vida que me has dado, amo el mundo, amo el trabajo. ¿He encontrado actividades o trabajos que me gustan? Quiero amar, disfrutar, servir y darte gloria con lo que hago. Ayúdanos, santa María, a todos tus hijos cristianos a vivir con planteamientos magnánimos, con espíritu grande, con ilusiones intensas, con proyectos buenos…
Puedes ahora comentar con Él si has encontrado ya lo que te gusta, si eres mediocre o magnánimo, si estás dándole gloria porque disfrutas con lo que llevas entre manos… Después, termina con la oración final.
Noviembre
6
498 beatos mártires del siglo XX en España. 1934-1937.
Derramaron su sangre por la fe durante la persecución religiosa en España, de los años 30. Entre ellos hay obispos, sacerdotes, religiosos, religiosas y fieles laicos, mujeres y hombres; tres de ellos tenían dieciséis años y el mayor setenta y ocho.
¿Dos huellas o una?
Un hombre soñó que paseaba por la orilla con el Señor. Mientras andaban, en el cielo aparecían escenas de su vida. Se dio cuenta de que para cada escena de su vida había dos huellas en la arena: una suya y otra del Señor.
Cuando la última escena apareció en el cielo, se dio la vuelta y miró las huellas de la arena. Al mirarlas notó que muchas veces a lo largo del camino sólo había una huella, y que esto pasaba en los momentos más tristes de su vida.
Muy preocupado le dijo al Señor: «Señor, tú dijiste que una vez hubiera decidido seguirte me acompañarías durante todo el camino, sin embargo me he dado cuenta de que en los momentos más duros y difíciles de mi vida sólo hay una huella en la arena. No puedo comprender por qué me has abandonado cuando más te necesitaba.» El Señor le respondió: «Hijo mío, te quiero y nunca te dejaría. En los momentos más duros y tristes de tu vida, cuando sólo ves una huella sobre la arena, era entonces que Yo te llevaba en brazos.»
No sé dónde encontré este texto, pero es muy cierto. Nunca estamos solos, aunque a veces tengamos esa impresión. Me parece formidable la carta que escribe el mártir vietnamita Pablo Le-Bao-Thin: cuenta la compañía del Señor en su difícil situación. Él sí supo verle presente cuando sufría. Escribe desde la cárcel:
«Yo, Pablo, encarcelado por el nombre de Cristo, os quiero explicar las tribulaciones en que me veo sumergido cada día, para que, enfervorizados en el amor de Dios, alabéis conmigo al Señor, porque es eterna su misericordia (cf. Sal 136 [135]). Esta cárcel es un verdadero infierno: a los crueles suplicios de toda clase, como son grillos, cadenas de hierro y ataduras, hay que añadir el odio, las venganzas, las calumnias, palabras indecentes, peleas, actos perversos, juramentos injustos, maldiciones y, finalmente, angustias y tristeza. Pero Dios, que en otro tiempo libró a los tres jóvenes del horno de fuego, está siempre conmigo y me libra de las tribulaciones y las convierte en dulzura, porque es eterna su misericordia. En medio de estos tormentos, que aterrorizarían a cualquiera, por la gracia de Dios estoy lleno de gozo y alegría, porque no estoy solo, sino que Cristo está conmigo […].
»¿Cómo resistir este espectáculo, viendo cada día cómo los emperadores, los mandarines y sus cortesanos blasfeman tu santo nombre, Señor, que te sientas sobre los querubines y serafines? (cf. Sal 80 [79],2). ¡Mira, tu cruz es pisoteada por los paganos! ¿Dónde está tu gloria? Al ver todo esto, prefiero, encendido en tu amor, morir descuartizado, en testimonio de tu amor. Muestra, Señor, tu poder, sálvame y dame tu apoyo, para que la fuerza se manifieste en mi debilidad y sea glorificada ante los gentiles […]. Queridos hermanos al escuchar todo esto, llenos de alegría, tenéis que dar gracias incesantes a Dios, de quien procede todo bien; bendecid conmigo al Señor, porque es eterna su misericordia […]. Os escribo todo esto para se unan vuestra fe y la mía. En medio de esta tempestad echo el ancla hasta el trono de Dios, esperanza viva de mi corazón… (Sal 139 [138] 8-12).»
Cuentan de santa Catalina de Siena que estaba un día luchando por apartar una tentación que la molestaba terriblemente. Luchaba, acudía al Señor para que la librase de aquello, pero parecía que el Señor estaba oculto y callado: la tentación no se iba. Al final venció, pero después de costarle muchísimo. Más tarde se quejaba al Señor haciendo oración: «¿Dónde estabas, Señor, mientras yo luchaba contra aquello?» Y el Señor le respondió: «Estaba dentro de ti, viendo cómo luchabas.»
Dios vive mi vida conmigo. Siempre está conmigo. También cuando me parece estar más solo que la una, rezamos con el salmista que el auxilio nos viene del Señor, y afirmamos: «No duerme ni reposa el guardián de Israel» (121). Dios no se echa la siesta ni tiene despistes.
Señor, acompáñame durante todo el camino, o mejor, que sepa que me acompañas. Que no me aleje. Que te tenga cerca. Por eso hago este rato de oración todos los días. Gracias por cuidarme tanto. Gracias también a ti, Madre mía, vida, dulzura y esperanza nuestra, porque tampoco tú nos abandonas un segundo…
Repasa, si quieres, el texto, la carta de Pablo… Puedes comentar con Jesús si sabes sufrir, si eres paciente, si vives con él los momentos que te cuestan… Después termina con la oración final.
Noviembre
7
San Wilibrordo, Obispo. 658-739.
Inglés de nacimiento, que ordenado obispo de Utrech por el papa san Sergio I, predicó el Evangelio en Frisia y en Dinamarca, y fundó sedes episcopales y monasterios.
No negarle nada a él
Escribía Teresa de Calcuta: «¿De qué tiene Sed Jesús? En Dios no hay ninguna necesidad, Su Amor es pleno. En el Seno de la Trinidad hay un Torrente de Amor, del que sale el Amor a la Humanidad… sin embargo, la sed es una necesidad. Dios se hace vulnerable por Amor, por amarnos a nosotros. Él quiere abrazarnos a todos, atraernos hacia su Amor… Dios nos creó por Amor para nuestra felicidad, pero el “pecado” nos alejó; y por Amor envió a su Hijo para rescatarnos y salvarnos… ¡Nos rescató con la Sangre de su propio Hijo!
»Dios quiere compartir su Amor con nosotros —por ello nos creó— y quiere que seamos felices y plenos experimentando su Amor. Su Sed es de Amar y de ser amado, de Amarnos y de que Le amemos. ¡Esa es Su necesidad! ¡Nos necesita tanto como nosotros a Él! ¡Tiene Sed de cada unos de nosotros, de todos! Dios nos invita a entrar en la plenitud de su Amor, que es Fuente de Vida, donde todo es Felicidad.»
Decía en otra ocasión: «Jesús mismo dijo, en la Cruz, “Tengo Sed”. “Tengo Sed” son palabras de Amor. “Tengo Sed” es más que “te quiero”. “Tengo Sed” no es una idea imaginaria, son Palabras que tenemos que escuchar en nuestro corazón. “Tengo Sed” revela el Amor Grande de Dios…
»¡En la Cruz, Jesús revela el Amor de Dios! Dios quiere nuestra “salvación” mucho más de lo que nos podemos imaginar, mucho más de lo que nosotros la queremos, mucho más de lo que nosotros nos queremos a nosotros mismos. ¡Si supiésemos realmente lo que Dios nos quiere, nos volveríamos locos!
»“Tengo Sed” es su Palabra revelando que quiere nuestra salvación, nuestra felicidad y nuestra plenitud… de cada uno de nosotros y de todos nosotros. Cuando Jesús dijo “Tengo Sed”, era Dios quien lo decía… ¡esas Palabras de Jesús, expresan la Sed de la Trinidad!
»Dios nos creó para que vivamos la “eternidad” desde nuestro nacimiento, aquí en la tierra, no después de la muerte. ¡Dios quiere que el hombre sea feliz desde su nacimiento! Sin embargo, esa felicidad, esa plenitud, depende de la decisión de cada uno de nosotros. ¡Dios tiene Sed de que seamos felices y “sufre” por la tristeza del hombre! ¡La tristeza del hombre es consecuencia de sus asentimientos y decisiones!»
Muchas veces habló madre Teresa de la sed de Jesús, pero dijo bien claro que sólo sabremos lo que es esa sed si nosotros la experimentamos:
«Esa Sed hay que conocerla, entenderla, experimentarla y responder a la misma. ¿Qué hacemos para vivirla y saciarla?
»“Tengo Sed” es como una “ventana” para entrar en el Corazón de Dios. Por ello, “Tengo Sed” sólo se puede conocer con un contacto íntimo y personal con Jesús en fe y oración. Y después, en el servicio a los demás en la vida cotidiana…
»Jesús en la Cruz, no dijo “Tengo Sed” por tener sed de agua —casi no bebió lo que Le dieron—, sino por su Sed de Amor a las almas y de almas… ¡Así tenemos que escuchar esas Palabras!
»“Jesús tiene Sed de Amor, no de agua, ¡Escúchale!…” “Lo que no conocemos, no podemos amarlo —y viceversa—, por ello, profundiza en tu conocimiento de “Tengo Sed” y servirás a los demás mejor… y vivirás mejor esa Sed de Jesús” “Tengo Sed, es para saciar la Sed de Dios con oración y con servicio a los demás.” ¡Hay que conocer la Sed de Dios!
»Dios está sediento siempre, no sólo hace unos 2.000 años. Él tiene Sed siempre —antes, ahora y después—. ¡Su Sed es Infinita! Hoy, Jesús sigue teniendo Sed. ¡Tiene Sed de ti, ahora…! ¡Dios tiene Sed de la Salvación de toda la Humanidad!»
Madre Teresa tenía tantas ganas de saciar la sed de Jesús, de alegrarle, que muy pronto le prometió darle a Dios cualquier cosa que él le pidiera, no negarle nada: absolutamente nada. Ésa fue su forma de vivir.
«Cuando veo a alguien triste» decía ella, «pienso siempre que le está negando algo a Jesús». Era en darle a Jesús todo lo que Él pedía, donde ella encontró su alegría más profunda y duradera; en darle a Él alegría, encontró su propia alegría.
Señor, quiero que me des la finura del cariño de Teresa de Calcuta. Enséñame a amar, Jesús, hazme conocer tu sed… y deseo saciártela. Que nuestra historia de amor sea verdadera, diaria, oculta… y te guste a ti. Que encuentre mi alegría en darte alegrías.
Puedes pedirle darte cuenta de la sed que Él tiene de ti… ¿Cómo es? ¿Por qué, Señor? ¿Qué puedo hacer? Convéncele de que te conceda darte cuenta de que le importas… Sí: le importas, pero sólo Él puede hacértelo saber.
Noviembre
8
Los cuatro santos coronados, Mártires. Siglo III-IV.
Recordamos a cuatro hermanos: Severo, Severino, Carpóforo y Victorino. Eran soldados al servicio del emperador Diocleciano. Al negarse a adorar a los ídolos los sometieron a tortura hasta que murieron.
Las 7 vidas del gato, las 2 del hombre
San Luis, Rey de Francia, decía sin dudar que prefería coger la lepra a caer en pecado mortal: hasta ese punto amaba a Dios. El señor de Joinville, otro barón francés, replicaba que, por lo contrario, preferiría haber cometido treinta pecados mortales a convertirse en leproso.
Me parece que la comparación tiene sentido: el pecado también es lepra, pero del alma; invisible, pero lepra. Y las dos lepras tienen sus consecuencias.
Dicen que los gatos tienen siete vidas. Los hombres tenemos dos: la del cuerpo y la del alma. El que cuida el cuerpo tiene un cuerpo sano. El que cuida el alma, tiene un alma sana. Y a la inversa. Si un día me como un plato de arena, enferma el cuerpo. Si un día digo una mentira, enferma el alma.
Cuando una persona tiene cuerpo con salud, se dice que es SANO. Cundo una persona tiene alma con salud, se dice que es FELIZ (o SANTO que es lo mismo).
Me decía un chaval que sus padres le habían pillado el fin de semana cuando volvía por la noche algo borracho. El comentario de sus padres fue: ten cuidado, porque eso hace daño al hígado, y sólo tenemos un hígado para toda la vida; por una vez no pasa nada, pero no te acostumbres. Esos padres solo ven la mitad. El daño al estómago es secundario: ¿y el daño que hace al alma? Suelen ser los mismos padres que pierden la vida para que su niño sepa hablar en cinco idiomas… y no se preocupan tanto de que tengan algo que decir: aunque hable tonterías, pero que las diga en muchas lenguas.
Puede haber personas que tienen el espejo gastado de tanto mirarse el cuerpo y, sin embargo, hace tiempo que no visitan su alma. Nos alarmamos ante la más pequeña amenaza a la salud de nuestro cuerpo, y quizá no valoramos las amenazas a la salud de nuestra alma. Las últimas ocasiones que he estado en el dentista, cada vez que me hacía la radiografía de un diente, el doctor salía de la habitación y con un mando a distancia activaba la máquina; le pregunté: es que, me dijo, las energías que despide producen cáncer. Me pareció de maravilla. Ojalá seamos tan cuidadosos con lo que enferma el espíritu.
¿No te parece que eso es lo que nos quería decir el Señor con aquello de «si tu mano te escandaliza, córtatela. Más te vale entrar manco en la Vida que con las dos manos acabar en el infierno»? Es nítido: «Si tu pie te escandaliza, córtatelo. Más te vale entrar cojo en la Vida que con los dos pies ser arrojado al infierno. Y si tu ojo te escandaliza, sácatelo. Más te vale entrar tuerto en el Reino de Dios que con los dos ojos ser arrojado al infierno… (Marcos 9, 43-47).
Señor, quiero tener un alma sana, cuidada y alimentada, en forma. Quiero evitar cualquier cosa que pueda dañarla. Madre mía, ¿cómo encuentras la salud de mi alma? ¿Qué enfermedades tiene? ¿Crece? ¿Está sana? ¿Tengo el mismo interés en estar sano que en ser santo? Santa María, del mismo modo que evito lo que hace daño al cuerpo, ayúdame a evitar lo que hace daño a mi alma. Como son enfermedades y lesiones invisibles, a veces no las valoro. Pero cuídame tú. Quiero decir con san Luis que prefiero la lepra antes que el pecado. Danos, Madre, salud de alma y cuerpo a todos tus hijos.
Ahora puedes seguir hablando a Jesús y María con tus propias palabras, comentándole las preguntas que acabas de leer. Después termina con la oración final.
Noviembre
9
Dedicación de la Basílica del Salvador
Fiesta de la dedicación de la basílica de Letrán
en honor de Cristo Salvador, construida por
el emperador Constantino como sede de los obispos
de Roma. Es la catedral del Papa que, al tomar posesión
de ella, muestra el supremo poder o potestad eclesiástica
de Roma y del mundo.
El error de los dinosaurios
«Te dije que la vida no es un carrera
sino un tiro al blanco; lo que impor-
ta no es el ahorro de tiempo sino la
capacidad de encontrar una diana»
Este consejo que da una abuela a su nieta en una
novela contemporánea resulta del todo acertado.
Lo importante no es correr mucho, hacer mu-
chas cosas, saber mil idiomas, tener de todo, via-
jar y practicar diez artes marciales y todo tipo de
deportes elitistas… Todo eso es bueno, pero no es
lo importante de verdad.
La vida es un tiro al blanco: saber adónde hay
que apuntar, tener la mirilla ajustada, disparar
con calma e ir corrigiendo el tiro: saber adónde
quiero ir.
Los cristianos, si no nos despistamos, tenemos
muy clara la diana: ser santos, es decir, buscar a
Dios, amar a los demás, servir y hacer felices a los
de nuestro alrededor. No conocemos el recorrido
que nos espera, si tendremos que servir de un
modo u otro, si lo nuestro será ser santos traba-
jando o siendo enfermos, si lo tendremos más o
menos fácil o difícil. Pero el objetivo sí lo tenemos
claro. Para lograr este objetivo, necesitamos cre-
cer acertadamente y defender nuestra libertad
de las pasiones torcidas que pueden atarnos.
Tiro al blanco, acertar. «De los dinosaurios se
afirma que se extinguieron porque se habían
desarrollado erróneamente: mucho caparazón
y poco cerebro, muchos músculos y poca inte-
ligencia. ¿No estaremos desarrollándonos tam-
bién nosotros de forma errónea: mucha técnica
pero poca alma? ¿Un grueso caparazón de ca-
pacidades materiales pero un corazón que se
ha vuelto vacío? ¿La pérdida de la capacidad de
percibir en nosotros la voz de Dios, de reconocer
lo bueno, lo bello y lo verdadero?».
Señor, que cada día, apunte al blanco por la maña-
na, ofreciéndote todo lo del día y pidiéndote ayuda. Y
que rectifique el tiro por las noches, haciendo un breve
examen de conciencia y pidiéndote perdón. Gracias.
Madre, si no voy a ser santo, estoy haciendo el tonto
en la vida. ¡Ayúdame a desarrollarme acertadamente!
¡Que no cometa el error de los dinosaurios!
Ahora puedes seguir hablando a Jesús y María: por ahora, ¿se te puede aplicar lo que se dice de los dinosaurios? Pregúntale a Él. Después termina con la oración final.
Noviembre
10
San León Magno, Papa. Siglo V.
León fue el primer Papa que recibió el epíteto de “magno”, grande, no sólo por las cualidades literarias y la firmeza con la que mantuvo en vida al decadente imperio de Occidente, sino por la solidez doctrinal que demuestra en sus cartas.
El puente del ya y todavía no
«El reino de los cielos está aquí», decía Jesús. Es verdad. El Cielo, que es la vida con Dios y en Dios, la felicidad divina, empieza aquí en la tierra: quien vive con Dios, con el alma en gracia, entendiéndose con Él en la oración. Pero todavía nada de eso es definitivo, no lo tenemos completamente y mucho menos de una manera estable.
La vida es como un puente que se apoya en los dos extremos. Uno de esos extremos es el YA; el otro es el TODAVÍA NO.
Amo ya a Dios, pero todavía no del todo. Tengo ya fe, pero todavía no la seguridad de la visión. Amo ya a los demás, pero todavía no del todo y desinteresadamente. Hago ya oración y hablo con Él, pero todavía no sé comunicarme con Él, me duermo y me despisto. Y así todo. Soy ya feliz, pero todavía no completamente.
Lo importante es empezar ya, y no desanimarme nunca porque todavía no tengo las cosas plenamente.
Señor, tengo la esperanza de que llegará el día en que el amor, la oración, la caridad, la felicidad… las tendré completa y pacíficamente. Que empiece en esta vida, que vaya creciendo, pero que no me desanime por tener que decir siempre que aunque ya, todavía no.
Ahora puedes comentarle algo de lo que has leído. Después termina con la oración final.
Noviembre
11
San Martín de Tours, Obispo. 316-397.
Siendo soldado encontró a un pobre que tiritaba de frío, su manto y le dio la mitad al pobre. Por la noche, en sueños, vio a Jesús envuelto en la mitad de su manto, sonriéndole agradecido. Después se bautizó y llegó a ser obispo.
El malabarista de la bola de cristal
El escritor Miguel Delibes, cuando murió su mujer, pensaba así:
«La vida sería más llevadera si dispusiéramos de una segunda oportunidad. Durante el semestre que pasamos en Whashington, en casa de los Tucker, yo comía poco y enflaquecía. No me adaptaba a la comida ni al horario americanos, y tu madre, que conocía mi aprensión, me metía el botón del cuello de la camisa cada cierto tiempo, para que no lo advirtiera. Te parecerá cómico, pero en la clínica (mientras acompañaba a su mujer enferma) no lograba arrancar este recuerdo de mi cabeza. ¿Cómo no valoré antes este detalle?
»Cuando las cosas de este tenor se están produciendo no les das importancia, las consideras normales. Incluso te parece ridículo el reconocimiento ante los allegados. Pero un día falta ella, se hace imposible agradecerle que te metiese el botón de la camisa y, súbitamente, su atención deja de parecerte superflua para convertirse en algo importante. En la vida has ido consiguiendo algunas cosas pero has fallado en lo esencial, es decir, has fracasado (…)
»Es algo que suele suceder con los muertos: lamentar no haberles dicho a tiempo cuánto les amabas, lo necesarios que te eran. Cuando alguien imprescindible se va de tu lado, vuelves los ojos a tu interior y no encuentras más que banalidad, porque los vivos, comparados con los muertos, resultamos insoportablemente banales. Ensimismado en su tarea, uno cree, sobre todo si es artista, que los demás le deben acatamiento, se erige en ombligo del mundo y desestima la contribución ajena. Pero, un día adviertes que aquel que te ayudó a ser quien eres se ha ido de tu lado y, entonces, te dueles inútilmente de tu ingratitud.»
Efectivamente: fallar en lo esencial es fracasar. ¿Qué es lo esencial? Cuidar los amores, amar-amar-y-amar, ser cariñoso, fomentar lo que une y ser intransigente con lo que desune, decir la verdad por amor, exigir porque se ama al otro, pensar en hacer feliz al otro más que en examinar si el otro me llena o no me llena.
En un máster dirigido a altos directivos de empresa, el profesor recurría a esta imagen. En la vida actuamos como un malabarista que juega con cuatro bolas en el aire casi simultáneamente. Tres bolas son de madera y una de cristal. Continuamente las tiene en movimiento. Es muy probable que de vez en cuando tenga un fallo y una de las bolas caiga al suelo. Si cae una de madera, el espectáculo podrá seguir: se recoge y vuelta a empezar. Ahora bien, si la que cae es la de cristal… el fallo es irreversible. Pues bien: la familia, el amor… es la bola de cristal. Las otras —el trabajo, la salud, el dinero— pueden fallar, pero la familia no.
Cuidar los amores, ser agradecidos, valorar las tonterías… es proteger la bola de cristal y acertar en lo esencial. Así no nos equivocaremos.
Dios mío, que aproveche la vida para agradecer siempre a los demás cada cosa que hagan por mí: que dé las gracias. A mis padres, hermanos, amigos, compañeros de trabajo… a todos. Que cuide los amores, que sepa valorarles, que noten mi cariño mientras vivan. Que no necesite que falten para descubrir que son buenos…
Ahora puedes seguir y comentarle cómo cuidas las cuatro bolas del malabarista. Después termina con la oración final.
Noviembre
12
San Josafat Kunsevich, Obispo y Mártir. 1581-1623.
Obispo de Polotsk, en Rutenia, que luchó por impulsar a su pueblo hacia la unidad católica y cultivó con piadoso amor el rito bizantino-eslavo en Witebsk, en Bielorusia. Patrón de la Reunión entre Ortodoxos y Católicos.
Cercanía abierta y cerrada
Si quieres estar cerca de un amigo que vive en otro país, puedes viajar, acercarte a su casa, incluso pasar horas con él en una misma habitación. Así habrás conseguido la cercanía que buscabas.
Sin embargo, caben dos posibilidades. Puede ser que ese amigo, a pesar de la cercanía física conseguida, no escuche, no haga caso, que siga con sus cosas en la cabeza, que cierre su intimidad… incluso que mientras le hablo esté viendo el futbol o con los cascos escuchando su musical favorito. En este caso, habría cercanía, pero una cercanía cerrada. Yo no entro en él, ni él entra en mí. A pesar de la cercanía física no hay cercanía íntima. Como cantaba Perales, a veces estamos juntos pero estamos lejos.
Por el contrario, puede ser que nuestra cercanía sea abierta: cuando llego a su casa, él me agradece, me habla y me escucha, compartimos, reímos y bebemos juntos, nos apenamos y preocupamos juntos, etc. Habríamos establecido una cercanía abierta.
Dios ha conseguido contigo cercanía. Le ha costado, pero lo ha conseguido. Ahora lo único que puede hacer es decirnos: «Venid a mí. Sí, yo he hecho lo que está de mi parte; ahora te toca a ti. Yo no puedo hacer más. Venid a mí» (cfr. Mateo 11, 28). Él está en el alma en gracia, está en cada sagrario sacramentalmente, está en la Escritura hablando, está en la confesión perdonando, está en la Iglesia, en los demás… está cercano de mil formas. Pero depende de ti que esa cercanía sea abierta o cerrada.
Se entiende que nos diga por la Escritura: «Si uno me oye y me abre, entraré en su casa y cenaremos juntos» (Ap. 3, 20). «Ábreme —dice el Señor— así como yo me he abierto a ti. Abre el mundo para mí, para que yo pueda entrar, para que yo pueda hacer radiante tu razón oculta, para que pueda superar la dureza de tu corazón. Ábreme, así como he dejado abrirse mi corazón para ti. Déjame entrar. Él lo dice a cada uno de nosotros, y lo dice a toda nuestra comunidad: déjame entrar en tu vida, en tu mundo. Vive por mí, para que ella se haga realmente viviente —pero vivir significa siempre entregarse una y otra vez—.»
Dios mío, ¿pongo interés en ti? ¿Tengo interés por hablarte, por escucharte, por buscarte? ¿Me interesan tus cosas? ¿O siempre «sufro» la cercanía tuya, porque me resultas incómodo y aburrido? Padre nuestro, ¡venga a nosotros tu Reino! Sí, Padre, que venga, y yo me abriré para recibirlo. Que venga tu Reino sobre el mundo entero. Te los seguiré pidiendo cada vez que rece el Padrenuestro.
Puedes seguir hablando a Jesús y María con tus propias palabras, comentándole si tu cercanía es abierta o cerrada… Puedes responderle al «Venid a mí»… Después termina con la oración final.
Noviembre
13
Beatos Kamen Vitchev, Pavel Djidjov y Josaphat Chichkov, Mártires. 1952.
En Sofía, ciudad de Bulgaria, presbíteros de la Congregación de los Agustininos de la Asunción, que bajo un régimen hostil a Dios, acusados falsamente y encarcelados por ser cristianos, murieron por Cristo.
Mi vida dura unas cinco décimas de segundo
Te copio unos datos que tomé en una conferencia de un catedrático de Geología:
«El tiempo geológico lo medimos en millones de años. La edad de la tierra se cifra en 4.600 millones de años.
»El material más antiguo que se ha llegado a datar en la superficie terrestre mediante isótopos radiactivos, corresponde a un cristal de zuicón encontrado recientemente en unas rocas del escudo canadiense, al que se le ha asignado una edad en torno a los 4.000 millones de años (…); necesitamos sin duda adaptar nuestra mente, estructurar nuestro pensamiento a esa escala de tiempo.
»Utilizando una analogía conocida por los profesores y estudiantes de Geología, podemos realizar el siguiente ejercicio: si dividimos los 4.600 millones de años de antigüedad de la tierra a un año, pero a un año poco especial, ya que cada día de ese año llevaría 12,5 millones de años.
»La tierrase habría originado el día de año nuevo a las 0’01 horas y ahora serían las 11.59 de la noche del 31 de diciembre. Y esperamos que lo sea por mucho tiempo.
»Bien, pues a esa escala podemos situar algunos acontecimientos, como por ejemplo la gran eclosión de los seres vivos pluricelulares que se da al comienzo del Cámbrico, hace 750 millones de años, se habría generado a la escala del año, el 16 de noviembre a las 6.30 de la tarde.
»Los primeros vertebrados habrían aparecido el 25 de noviembre a las 4.30 de la madrugada.
»Los dinosaurios aparecerían el 16 de diciembre y se extinguirán el 26 del mismo mes, hace 5 días, unos 65 millones de años.
»El Homo habilis, el primero de nuestros antepasados genéricos, habría aparecido el mismo día 31 de diciembre, alrededor de las 7 de la tarde, es decir hace 2,5 millones de años.
»La vida media de una persona, 70 años, no representa más de 5 décimas de segundo a la escala del año. En un segundo veríamos pasar dos generaciones. Éstos son los datos».
¡Cómo ayuda verlo así! Sin embargo, la vida continúa por toda la eternidad. En esas cinco décimas de segundo hemos de invertir, porque en esas cinco décimas de segundo decidimos cómo queremos vivir aquí y después para siempre. ¡Es increíble y serio! Sabemos que la vida eterna está en nuestras manos, que nosotros decidimos en este momentito de cinco décimas de segundo que es la vida terrena.
Tener presente que estamos de paso, que esto no es definitivo, ayuda mucho en algunos momentos de la vida. En ocasiones tenemos que aguantar el tirón… ¡que lo sepamos aguantar!
Señor, aunque mi vida me parece muy larga, es cortísima. Yo soy poca cosa. Quiero vivir para lo que tú quieras. Quiero aprovechar el tiempo. Quiero aprovecharlopara emplearla en cosas que valgan la pena.
Ahora puedes seguir hablando a Jesús y María con tus propias palabras, comentándole algo de lo que has leído. Después termina con la oración final.
Noviembre
14
San José Pignatelli, Restaurador de los Jesuitas. 1737-1811.
Suprimida la Compañía de Jesús, irá preparando el terreno para su reintegración y buscando nuevas vocaciones. En este esfuerzo colosal, muere en Roma el 15 de Noviembre de 1811, tres años antes de que los Jesuitas vieran de nuevo la luz.
Aprovechar el dolor
Montse Grases tuvo una enfermedad muy dolorosa siendo muy joven. Sus compañeras y amigas iban a verla con frecuencia. Tenía mucha ilusión en acercarlas a Dios, sobre todo algunas reacias a confesarse. Por echarles una mano… era capaz de hacer cualquier cosa. A veces iban a verla y le preguntaban:
— Montse, ¿cómo estás?
Ella contestaba invariablemente:
— Bien.
— ¿Puedo hacer algo por ti?
— No, mira, no… bueno…, ¿quieres saber una cosa que me haría muy feliz, muy feliz, muy feliz…?
— Sí, sí, dime.
— Pues mira, hay un Curso de retiro, unos Ejercicios espirituales…, si fueras… me harías muy feliz.
Quien vive pensando en los demás, tratando de ayudar a los que tiene cerca, haciendo apostolado, obtiene de Dios el regalo de morir igual: pensando en los demás. Cada uno muere como vive.
Los dolores de Montse eran grandes —padecía un cáncer de huesos—, pero en vez de darse pena y llenar el aire de quejas y lamentos, dicen que contagiaba alegría: sólo pensaba en aprovechar su enfermedad para ayudar. Los ofrecía. Estaba pendiente de lo que podría ser bueno para sus amigas.
En la encíclica del año 2007, el Papa hablaba de esta devoción cristiana que vivía Montse, devoción que no conviene abandonar. «La idea de poder “ofrecer” las pequeñas dificultades cotidianas, que nos aquejan una y otra vez como punzadas más o menos molestas, dándoles así un sentido, eran parte de una forma de devoción (…). ¿Qué quiere decir “ofrecer”? Estas personas estaban convencidas de poder incluir sus pequeñas dificultades en el gran com-padecer de Cristo, que así entraban a formar parte de algún modo del tesoro de compasión que necesita el género humano. De esta manera, las pequeñas contrariedades diarias podrían encontrar también un sentido y contribuir a fomentar el bien y el amor entre los hombres.»
Señor, cuando tenga algún dolor, duerma mal, esté cansado, pase una enfermedad… quiero que me ayudes a aprovecharlo. Es un tesoro que tengo en mis manos para «ofrecértelo» a ti por otras personas: algo que puedo regalarte llevándolo con alegría, pidiéndote ayuda y gracia para un amigo, un familiar. ¡Que viva pensando en ayudar! ¡Que viva así, que muera así! Gracias.
Puedes pedirle que te enseñe, como Montse, a ofrecer el dolor. ¿Te encierras en ti, con protestas, quejas y malhumor, cuando sufres? Recuerda las últimas veces que has sufrido… y coméntalo con Él.
Noviembre
15
San Alberto Magno, Dominico y Doctor de la Iglesia. 1193-1280.
Fue un destacado teólogo, filósofo y hombre de ciencia, sumando una humildad y pobreza ejemplar. Maestro de Sto.Tomás de Aquino. Mereció el título de “Magno” y de “Doctor Universal”. Patrono de los científicos.
Una boda especial
Me contaban: «Recuerdo la primera boda a la que asistí, recuerdo que me quedé algo perplejo. Tras la boda hubo una cena en Viveros; al final, despedimos a los recién casados. Ella lloraba bastante en la despedida. Y a la vuelta del viaje de novios, contaba él que los lloros de ella duraron casi todo el viaje. No lo entendía: por fin se casa —pensaba— y cuando ya puede irse con quien tanto ama, en vez de irse contenta se va entre llantos.
»Después lo entendí: por un lado ella estaba triste porque dejaba la familia de sus padres; por otro lado estaba muy contenta, pues se iba a vivir con su marido —con su Paco, decía ella—.»
Me parece que la muerte pone a los cristianos en una situación parecida. Duele el desgarro de la separación del alma y el cuerpo, es triste dejar este mundo, tantas personas queridas y proyectos e ilusiones. Pero, por otro lado, comporta la alegría de irse a vivir ya definitivamente con nuestro Padre Dios.
Esta idea de comparar la muerte con una boda no es mía, por supuesto. La aprendemos en la Escritura: «¡Que viene el Esposo! ¡Salidle al encuentro!», dice el Evangelio como grito en el marco de una boda. La muerte no es algo que nos ocurre, algo que nos pasa; la muerte es alguien que nos llama, es alguien que llega. En el Cantar de los Cantares pone en boca del amado las palabras con las que Dios llama a cada persona en el momento de su muerte: «Me dice mi amado: ¡Levántate deprisa, amiga mía, hermosa mía, y vente al campo! …Ha llegado la primavera, el tiempo bello, la hora de la poda, la voz de la tórtola… Levántate, amiga mía. Ven. Muéstrame tu rostro. Suene tu voz en mis oídos…»
Así decía, por ejemplo, santa Teresita enferma poco antes de morir: «Volaré entre los brazos y entre los besos de María… ¡cómo gozará mi alma con el primer beso que me dé! Jesús, tu primera sonrisa, dámela a gustar pronto… Oír tu voz dulce y pura, ver de tu cara la hermosura… ¿cuándo será esta visión?»
Por eso los cristianos morimos con serenidad, y acompañamos a los moribundos con serenidad. Como sacerdote he tenido que acompañar a muchas personas en el momento de su muerte, y lo tengo clarísimo: habitualmente, morimos como vivimos. Quien vive sereno y confiado en Dios, muere sereno y confiado en Dios; quien vive agradeciendo, muere agradeciendo; quien vive entre quejas y enfados, muere enfadado y quejándose. ¡Con qué ilusión me han preguntado tantos moribundos por el cielo! ¡Con qué poca fuerza en su voz, y con cuánta pasión en su alma esperaban el encuentro para el que habían vivido tantos años! No sé si sonará a provocación, pero no me lo voy a callar: ¡qué bonita es la muerte de los cristianos!
Señor, amo la vida y deseo vivir, pues tengo que hacer muchas cosas por ti y por los demás aquí. Pero que no tenga miedo a la muerte: es como una boda, pasar ya a vivir contigo, un encuentro a partir del cual ya nos veremos cara a cara. Gracias.
Ahora puedes seguir hablando a Jesús y María con tus propias palabras, comentándole algo de lo que has leído. Después termina con la oración final.
Noviembre
16
Santa Margarita de Escocia, Reina. 1045-1093.
Nacida en Hungría y casada con Malcolm III, rey de Escocia, que dio a luz ocho hijos, fue sumamente solícita por el bien del reino y de la Iglesia.
No es un agujero negro
Escribe Pilar Urbano: «Para el cristiano, la vida no es un extraño paréntesis entre la nada y la nada. Y la muerte no es un hachazo inexorable que malogre el vivir. Para el cristiano… la vida no se pierde, se transforma. No hay un sentimiento trágico de la muerte, por lo mismo que no hay un sentimiento trágico de la vida.
»¿Qué es lo que da temple a un cristiano? ¿Qué es lo que enrecia su encarnadura para soportar las tallas, las muescas y los trallazos del vivir? ¿Qué es lo que, a fin de cuentas, le distingue de los demás hombres? Sin ninguna duda: la esperanza.
»El cristiano es un hombre fiado a su esperanza. Todos los auténticos bienes —los bienes sin código de barras ni fechas de caducidad— los tiene al otro lado de la vida. Y hacia allá se encamina. En definitiva, pues, un cristiano es un hombre que acude a una cita. Y su vivir es un “vivir preparándose” para esa estación terminal. (…)
»El más ignorante y pobre y desvalido de los cristianos puede pisar fuerte, con la gallardía de quien tiene una respuesta imbatible para el gran enigma, para el gran agujero negro sin retorno. Una respuesta para el gran misterio de la muerte. Ésta: la muerte no es algo que ocurre, es alguien que llega.»
La muerte no es nunca consecuencia de la mala suerte, de un imprevisto, o por culpa de… Los que conocemos a nuestro Padre Dios sabemos que la muerte nos llega a cada uno del modo y en el momento sabido por quien nos llama.
Se parece más a una llamada al timbre de la puerta de casa, para que salgas porque te espera alguien que te quiere un montón; se parece más a eso que al asalto de unos ladrones o a un rayo que cae y fulmina la existencia, o a un agujero negro en el que uno desaparece.
Como solo vemos una parte del hecho —que uno muere— podemos olvidar que la muerte es alguien que llega. Jesucristo siempre lo dijo, pero no acabamos de enterarnos: «Velad, pues, pues no sabéis cuándo el señor de la casa viene, o al atardecer, o a medianoche, o al canto del gallo, o al amanecer, no sea que, viniendo de repente, os encuentre durmiendo” (Marcos 13, 35-36). Ahí está la cuestión: cuándo llega el señor de la casa. En otra ocasión es todavía más explícito: «También vosotros, estad preparados porque en la hora que no pensáis el Hijo del hombre viene» (Lucas 12, 40). Es el Hijo, Jesús, quien viene, quien llega. Mi muerte es la llegada de Jesús, de mi Jesús. Quiere que ya vivamos extraordinariamente unidos, sin estas separaciones que sufríamos ya durante demasiado tiempo, siempre con el velo de los sentidos.
Jesús dice: «Estad preparados porque no sabéis el día ni la hora.» Eso es importante: estar siempre preparado, tratar y amar a ese que un día llamará a nuestra puerta. Por eso decía santo Tomás que no entendía cómo algunos cristianos podían acostarse habiendo cometido un pecado mortal y sin confesarse.
Señor, que esté siempre preparado. ¿Lo estoy ahora? ¿y habitualmente? Quiero que, cuando quieras llamarme a la puerta, yo pueda salir con todo a punto. Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros pecadores ahora y en la hora de nuestra muerte. Amén.
Comenta con Jesús cómo reaccionas ante la muerte de seres cercanos, y si te domina la esperanza o la tristeza. ¿Tienes miedo a la muerte? Pídele tener visión cristiana de la vida y de la muerte, para ti y para los demás.
Noviembre
17
Santa Isabel de Hungría, Reina. 1207-1231.
Siendo casi una niña, se casó con Luis de Turingia, a quien dio tres hijos, y al quedar viuda, se retiró al cuidado de los pobres y más necesitados, muriendo con 24 años.
El dormitorio y la muerte de san Ignacio
Los primeros cristianos llamaban dormitorios a los cementerios, porque sabían que aquéllos eran los lugares donde dormían o descansaban los cuerpos hasta el día de la resurrección. Seguimos viviendo, aunque el cuerpo descansa por un tiempo.
Dormirse bien, morir con paz, no depende tanto de una preparación inmediata, de «cursillos para morir bien», sino de que las horas y años precedentes se hayan vivido unidos a Dios. Cuentan la paz y felicidad con la que murió san Ignacio. «Los poquísimos jesuitas que estaban en la cabecera de Ignacio moribundo estaban “turbados” por la ausencia de esos gestos que uno se espera de un fundador al final de su vida: llamar a sus colaboradores, darles sus últimos consejos, nombrar su sucesor… Ignacio no pensó nunca en gobernar “su” compañía, sino la Compañía de Jesús. Los jesuitas se quedaron sorprendidos de que Ignacio muriera sencillamente, “como una persona común”».
Algo parecido cuentan del modo de morir su buen amigo san Francisco Javier, también jesuita. «El único testigo de la muerte de Francisco Javier nos dice que era feliz en el momento de su solitario tránsito, pues estaba convencido de que le había llegado el momento de encontrarse con Aquel que durante su vida había sido su Señor y compañero.»
Dios mío, san Ignacio preparó su muerte repitiendo cada día esta oración que ahora te digo yo: «Toma, Señor, y recibe toda mi libertad, mi memoria, mi entendimiento y toda mi voluntad, todo mi haber y mi poseer; tú me lo diste, a ti, Señor, te lo devuelvo; todo es tuyo, dispón de ello según tu voluntad; dame tu amor y gracia, que ésta me basta.» A ver si puedo decírtela cada día, Señor.
Ahora puedes seguir hablando a Jesús con tus propias palabras, comentándole la confianza que tienes o te gustaría tener en que Él te llamará en el mejor momento, en el que más te convenga… y abandónate en su manos.
Noviembre
18
Dedicación de las Basílicas de los Apóstoles San Pedro y San Pablo. Fiesta.
En Roma. Con su común conmemoración se quiere significar, de algún modo, la fraternidad de los apóstoles y la unidad en Iglesia.
Disfrutar de la unción de enfermos
Te copio de una carta que recibí el 23 de febrero de hace unos cuantos años:
«Te escribo desde X algo que ha ocurrido por aquí, por si no la conoces. Como sabes, hace poco murió el célebre pintor Dalí, famoso mundialmente; la prensa ha seguido de cerca su enfermedad. Un amigo mío de Madrid al conocer la noticia de la extrema gravedad de Dalí le escribió al párroco del pueblo para decirle que cuenta usted con todo mi apoyo, con toda mi oración y mortificación para que usted consiga llegar hasta el cabezal del enfermo y pueda administrarle los últimos sacramentos. Al cabo de pocos días, recibió contestación del párroco, en estos aproximados términos: distinguido amigo (no se conocían de nada), le agradezco su interés y sus oraciones. He intentado acercarme hasta el enfermo, pero la gente que lo rodea me lo ha impedido.
»Mi amigo de Madrid volvió a escribir al sacerdote: sepa usted que, después de recibir su carta, he redoblado la oración y los sacrificios para que usted consiga el objetivo del que le hablaba. Estoy pidiendo oraciones a mucha gente. Siéntase rodeado de toda la fuerza de la comunión de los santos y salte los muros de la casa de Dalí, si fuese necesario.
»Al cabo de unos días, la respuesta del párroco: le agradezco su insistencia. Cuando recibí su última carta, me dio tanta fuerza que me lancé dispuesto a saltar los muros de la casa si fuese necesario. Al final lo conseguí. Le puedo dar la buena noticia de que Dalí ha fallecido confortado por el sacramento de la penitencia y de la extremaunción.»
La Unción de los enfermos es una especie de contacto con Dios mismo en un momento grande de la vida en el que quiere estar junto a nosotros, especialmente en contacto y cercano. No es muy lógico lo que a veces ocurre: propones a los familiares de un enfermo grave darle la Unción y te contestan: «¡No, que se asustará y pensará que se va a morir!» Si está en el hospital y rodeado de familiares no es porque le va a salir un diente de leche, sino porque está en un momento delicado de salud. También Dios quiere estar a su lado en ese momento, quiere estar presente sacramentalmente… y no debemos impedírselo.
Dios mío, muchísimas gracias por haber instituido este sacramento. Te pido que, en el momento de la muerte, todos los cristianos puedan disfrutar de esta consoladora ayuda tuya. Quiero morir contigo al lado. Y quiero vivir contigo al lado. ¿Estás contento conmigo hasta ahora?, ¿hoy he vivido contigo?, ¿qué puedo hacer para vivir mañana más unido a ti?
Ahora puedes seguir hablando a Jesús y María con tus propias palabras, comentándole algo de lo que has leído y agradeciéndole los sacramentos… Después termina con la oración final.
Noviembre
19
San Abdías, Profeta del A.T. Siglo V a.C.
El libro de Abdías es el más corto de los libros proféticos. Después del exilio del pueblo de Israel, anunció la ira del Señor contra las gentes enemigas.
El examen y el corrector
Cuando un profesor, corrigiendo exámenes, es descaradamente benévolo y casi «regala» las notas, solemos decir que «Don fulano es como un padre» o que «Fulanita es como una madre».
Pues bueno, la fe nos enseña que inmediatamente después de morir tendremos un juicio particular, cada uno a solas con Dios. Un juicio es un examen; un examen es un juicio. En ese juicio, en ese examen de nuestra vida que tendremos cuando muramos… ¡¡¡el que nos examina es nuestro Padre!!!
¿Recuerdas el examen al hijo pródigo? Se porta mal con su padre, se va de casa, malgasta el dinero… pero vuelve diciéndole: perdona, padre, he pecado contra el Cielo y contra ti. El padre examina y da su nota, su juicio: un abrazo emocionado, besos y… organiza una fiesta.
Si le queremos querer, y le pedimos perdón de aquello en lo que no nos hemos portado bien, nuestro Padre Dios nos recibirá entre besos.
Por eso es bueno vivir estas dos costumbres cristianas:
a) Confesarnos con frecuencia, semanalmente si nos es posible.
b) Hacer un examen de conciencia todas las noches, en dos minutos, cuando nos acostamos. Consiste en repasar el día y dar gracias a Dios por lo bueno y pedirle perdón por lo malo.
No es lógico el miedo que algunos cristianos parecen mostrar ante el juicio. San Pablo dice con asombro: «Si Dios está por nosotros, ¿quién contra nosotros? El que ni a su propio Hijo perdonó, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos dará con él todas las cosas?» (Romanos 8, 31-32).
Dios, Padre mío, quiero hacer el examen todas las noches, ponerme delante de ti para pedirte perdón y recibir un abrazo tuyo. Y cada semana, lo mismo, en el sacramento de la confesión. ¿Por qué voy a tener miedo al juicio? Eres mi Padre y todo lo llevaré al día. Gracias.
Ahora puedes seguir hablando a Jesús de la suerte que supone saberte tan querido por Él: vivimos en su compañía, morimos en su compañía… y Él nos recibe desde el primer momento. Después termina con la oración final.
Noviembre
20
San Edmundo, Mártir. 841-870.
En Inglaterra, siendo rey de los anglos orientales cayó prisionero en la batalla contra los invasores normandos y, por profesar la fe, fue coronado con el martirio.
Manos llenas
En la tómbola uno compra boletos y luego espera a ver qué le ha tocado. Una tienda es distinto: uno va cogiendo lo que quiere, y eso es lo que se lleva.
El juicio particular es más una tienda que una tómbola. Allí estaremos a solas con nuestro Padre y nuestro Amigo Jesús, abriremos las manos y en ellas estará todo lo bueno que hayamos hecho en la vida.
Si las manos están vacías, nosotros mismos le diremos a Dios, llenos de vergüenza y con mucho dolor al ver lo bueno que es Él y lo tontos que hemos sido nosotros, le diremos que no podemos vivir con Él definitivamente.
Si las manos están llenas (con actos de amor, trabajo, buenas obras, servicio, vencimientos de la pereza, perdón a los demás y peticiones de perdón, sonrisas, fidelidad, sinceridad…), la vida está llena y el juicio será un gran abrazo con Dios.
Cuando en el momento nos cuesta hacer algo valioso, vale la pena pensar: ¡Esto me cuesta un momento y ya lo tengo en mis manos para toda la vida! ¡Vale la pena!
¿Cómo llenar mucho las manos? «El ser humano no sólo debería pensar qué quiere, sino más bien preguntarse para qué es bueno y qué puede aportar. Entonces comprendería que la realización no reside en la comodidad, en la facilidad y en el dejarse llevar, sino en aceptar los retos, en el camino duro. Todo lo demás se convierte en cierto modo en aburrido. Sólo la persona que se “expone al fuego”, que reconoce en sí una llamada, una vocación, una idea que satisfacer, que asume una misión para el conjunto, llegará a realizarse. (…) no nos enriquece el tomar el camino cómodo, sino el dar».
El juicio no será una tómbola. Aprovechemos para dar, dar y dar más. Es un fracaso ser personas yoyó. Así se llama uno de esos juegos venidos y llevados por la moda. Yoyó se llama a ese artilugio que se ata al dedo corazón con una fina cuerda enrollada en el eje del artilugio. Cuando se arroja con fuerza, se desenrolla. Al final, con la misma fuerza vuelve a enrollarse y vuelve el artilugio hasta la mano de quien lo lanzó. Las personas somos un poco yoyó. Tendemos a darnos vueltas, a volver una y otra vez sobre nosotros mismos, a buscar el cómodo refugio en nosotros mismos.
No nos enriquece tomar el camino cómodo: estar tan en el centro de todo hace que todo nos afecte sin medida. Si algo sale bien, me creo el mejor; si sale mal, el peor. Pueden separar estos sentimientos tan sólo cinco minutos. El yoyó sube con la rapidez de la espuma, y se deshacen con la facilidad de la espuma. Personalizar todo no es sano.
La persona que vive como un yoyó, suspicaz y susceptible, vive incómoda hasta el día que descubre que se puede vivir la vida de los demás, que es posible diseñar la propia en torno a las necesidades de los otros… y resulta mucho más apasionante… y más justo.
¡Recuerda! Llenar las manos. Nos enriquece el dar. El ser humano no sólo debería pensar qué quiere, sino más bien preguntarse para qué es bueno y qué puede aportar. El juicio no será una tómbola…
Madre mía, ayúdame a llenar las manos cada día con muchas cosas pequeñas. Así mi juicio será un gran abrazo con Él. ¡Gracias!
Ahora puedes seguir hablando con Él si llenas las manos o pierdes tantas ocasiones…
Noviembre
21
La presentación de la Santísima Virgen María al Templo.
La fiesta data del siglo VII o el VIII y se celebra hoy en recuerdo de la dedicación de la Iglesia de Santa María la Nueva, cerca de los terrenos del templo de Jerusalén en el año 543.
¿Omisiones?
Para el juicio debemos tener en cuenta una cosa. Si voy a un examen en el que entran cinco lecciones, yo estudio cuatro y me preguntan la quinta, de la que no sé nada, me suspenden. Un cero y… con toda justicia: algo sabía y algo no sabía.
En el juicio particular seremos examinados de todo. No basta con que haya hecho algunas cosas buenas, porque también me preguntará Dios por las cosas buenas que yo sabía que podía haber hecho y no he hecho. A eso se le llaman omisiones (o pecados de omisión).
Jesús lo explica de maravilla: «Cuando el Hijo del hombre venga en su gloria rodeado de todos los ángeles, se sentará en su trono glorioso. Todas las naciones serán reunidas en su presencia, y él separará a unos de otros, como el pastor separa las ovejas de los cabritos, y pondrá a aquéllas a su derecha y a éstos a la izquierda. Entonces el Rey dirá a los que tenga a su derecha: “Venid, benditos de mi Padre, y recibid en herencia el Reino que os fue preparado desde el comienzo del mundo, porque tuve hambre, y me disteis de comer; tuve sed, y me disteis de beber; estaba de paso, y me alojasteis; desnudo, y me vestisteis; enfermo, y me visitasteis; preso, y me vinisteis a ver.” Los justos le responderán: “Señor, ¿cuándo te vimos hambriento, y te dimos de comer; sediento, y te dimos de beber? ¿Cuándo te vimos de paso, y te alojamos; desnudo, y te vestimos? ¿Cuándo te vimos enfermo o preso, y fuimos a verte?” Y el Rey les responderá: “Os aseguro que cada vez que lo hicisteis con el más pequeño de mis hermanos, lo hicisteis conmigo” Luego dirá a los de la izquierda: “Alejaos de mí, malditos; id al fuego eterno que fue preparado para el demonio y sus ángeles, porque tuve hambre, y no me disteis de comer; tuve sed, y no me disteis de beber; estaba de paso, y no me alojasteis; desnudo, y no me vestisteis; enfermo y preso, y no me visitasteis.” Éstos, a su vez, le preguntarán: “Señor, ¿cuándo te vimos hambriento o sediento, de paso o desnudo, enfermo o preso, y no te hemos socorrido?” Y él les responderá: “Os aseguro que cada vez que no lo hicisteis con el más pequeño de mis hermanos, tampoco lo hicisteis conmigo.” Éstos irán al castigo eterno, y los justos a la Vida eterna» (Mateo 25, 31-46).
Fíjate en lo que dice: no porque tuve hambre y me quitaste la comida, sino porque no me diste de lo tuyo, no hiciste algo bueno que podías haber hecho. O porque no te diste cuenta preocupado por lo tuyo, o porque te diste cuenta y te hiciste el loco —«¿¡quién me manda meterme en esto!?»—, o porque no quisiste… yo tuve hambre y tú no me diste de comer.
No es que Dios quiera asustar, ¡qué va!, ni es que quiera hacer un juicio exigente. Si lo piensas es lógico, porque el cielo es para el que ama, y el que ama es quien hace lo bueno, no quien no hace lo malo.
Señor, ayúdame a no tener omisiones. En el examen de conciencia y en la confesión me examinaré de lo bueno que podría haber hecho y haya omitido, y así podré pedirte perdón. Ayúdame y gracias.
Puedes ahora comentarle todo esto de las omisiones… Puedes terminar con la oración final.
Noviembre
22
Santa Cecilia, Virgen y Mártir. Siglo III
De familia noble romana, se bautizó con 13 años. Logró la conversión de su marido y su cuñado, después mártires. Es la patrona de la música.
Soltar el sapo
Por caminos de montaña es frecuente encontrar fuentes naturales, agua que mana de entre las rocas. Muchas veces los aldeanos de los pueblos hacían una pequeña cavidad donde reposaba el agua y le ponían un caño: así resulta más cómodo aprovecharla.
Cualquier aldeano que pasase por allí, si veía que el caño no echaba agua, sabía que lo más probable era que se hubiera metido una cría de sapo, y que pasado el tiempo, crecida y engordada la cría, ahora obstruía el caño. Por eso no salía agua. La solución era sencilla: meter un palo por el caño hasta sacar el sapo. De nuevo manaba agua la fuente.
Con los hombres sucede a veces algo parecido; cuando las cosas empiezan a ir peor, muchas veces es porque hay un sapo: algo de nuestra vida en lo que no somos sinceros, algo que escondemos a la luz de la verdad, algún rincón que no abrimos con quien nos puede ayudar —por ejemplo en la dirección espiritual—, algo que no queremos reconocer, o que reconocemos y callamos, algo que ocultamos.
Es lógico. Cuando san Juan habla de la venida de Jesús, pone una imagen en la que es insistente: Jesús es la luz. «En él estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres. La luz luce en las tinieblas, pero las tinieblas no la acogieron» (1, 4-5). «Existía la luz verdadera, la que ilumina a todo hombre…» (v. 9). «Vino la luz al mundo, pero los hombres amaron más las tinieblas que la luz, porque sus obras eran malas» (3, 19). «Éste es el mensaje que hemos oído de él y os anunciamos: que Dios es luz y que en él no hay tiniebla alguna» (1 Jn 1, 5)… Luz, todo claro, luminosidad y a la vista. ¿No te parece que cuando ocultamos algo notamos oscuridad dentro de nosotros? ¿Verdad que si vivimos en la mentira y mintiendo, la tiniebla se toca? Tenemos que soltar el sapo, ser claros y sinceros sobre todo en la confesión porque «si caminamos en la luz, como él está en la luz, estamos en comunión unos con otros, y la sangre de su Hijo Jesús nos purifica de todo pecado» (v. 7).
Señor, que cuando llegue el juicio no haya ningún secreto. Que en la confesión y en la dirección espiritual sea sencillo. ¿Hay algo, Señor, que haya ocultado? ¿Tengo algún sapo? Madre mía, quiero ser sincero: ¡cómo me cuesta a veces! ¡Ayúdame!
Ahora puedes seguir hablando a Jesús y María… si tienes algún sapo, háblalo con él. Después termina con la oración final.
Noviembre
23
San Clemente I, Papa y Mártir. Siglo I.
Tercer sucesor de S.Pedro. Intervino en conflictos originados en Corinto donde grupos de cristianos se mundanizaban. Les escribió una carta que todavía conservamos.
Muertos de hambre miran el reloj: para siempre
De niño me contaban dos cosas del infierno bastantes gráficas. En su pared hay un gran reloj que se ve desde todos lados. Con frecuencia miran sus habitantes la hora, y el reloj siempre marca la misa hora: «para siempre». La otra imagen de aquel lugar que se me quedó grabada es ésta: allí hay mucha comida, pero se mueren de hambre. En el gran comedor se sirven abundantes manjares, platos repletos, y también tenedores y cucharas para comerlos… pero los cubiertos son muy largos, tan largos que ninguno es capaz de llevar hasta su boca el alimento. Si le diesen al que tienen enfrente, estaría todo resuelto, pero allí es tan fuerte el egoísmo que no son capaces de dar nada a nadie.
No nos gusta hablar del infierno. Pero es Jesucristo el que nos habla de él en muchas ocasiones en el Evangelio. ¡Y no vamos a decir nosotros que está mal hablar del infierno si Dios lo hizo!
Santa Teresa vio el infierno en varias ocasiones. Así lo describió:
* «Estando un día en oración me encontré toda yo, sin saber cómo, metida en el infierno… Parecíame la entrada como un callejón muy largo y estrecho, como si fuera un horno muyhondo y oscuro y angosto; el suelo me pareció de agua como lodo muy sucio y de olor pestilencial, con muchas serpientes venenosas; al fondo, en un hueco metido en la pared como un armario, vi que me metían muy apretada. Todo esto es agradable de ver en comparación de lo que allí sentí.
* «Sentí un fuego en el alma que yo no puedo entender cómo poder decir de la manera que es. Los dolores corporales son tan insoportables, que yo, que los he sufrido gravísimos en esta vida y, según dicen los médicos, los más dolorosos que puedan existir…, aseguro que ninguno se puede comparar a lo que allí sentí, sabiendo además que aquello era sin fin y sin jamás cesar.
»Y esto no es nada en comparación del agonizar del alma, una opresión, una asfixia, una tristeza tan inmensa y con desesperada y afligida amargura, que yo no sé cómo encarecerlo. Decir que es un estarse siempre arrancando el alma es poco, porque aún parece que es otro quien os quita la vida; pero en el infierno es el alma misma la que se despedaza.”
* »Estando en tal pestilencial lugar, tan sin poder esperar consuelo, no podía sentarme ni acostarme ni había lugar para ello, aunque me habían metido en esta especie de agujero hecho en la pared; porque estas paredes aterradoras aprietan ellas mismas y todo ahoga. No hay luz, sino todo tinieblas oscurísimas: yo no entiendo cómo puede ser esto que, sin haber luz, todo lo que ha de producir pena, se ve.
Vi con cuánta justicia se merece el infierno por un solo pecado mortal.»
Quien vive sin Dios, ¿no es verdad que sufre en su corazón algo del infierno descrito por santa Teresa?
Señor, no quiero alejarme de ti. Te pido y ofrezco todo el día de hoy por todos los que experimentan el infierno en su corazón. Señor, que descubran la luz y la libertad, que se sepan amados. ¡Madre mía, antes morir que pecar! Cuando note la tentación, recuérdame esta jaculatoria, y ayúdame.
Ahora puedes seguir hablando a Jesús y María con tus propias palabras, comentándole algo de lo que has leído. Después termina con la oración final.
Noviembre
24
Santos Andrés Dung-Lac, y compañeros mártires.
117 Mártires vietnamitas de los siglos XVIII y XIX. Un grupo de obispos, sacerdotes, religiosos, padres y madres de familia, médicos, campesinos… que murieron por negarse a pisar la Cruz o a renegar de su fe.
Una televisión eternamente estropeada
Alguna vez te habrás sentado a ver la televisión y en vez de aparecer nítidas imágenes a color, la pantalla sólo ofrece miles y miles de puntitos parpadeantes blancos y negros. En cierta ocasión oí comparar al infierno con el aburrimiento y dolor de estar sentado ante una de esas pantallas, así, por los siglos de los siglos: sin poder mirar a otro lado ni poder levantarte, y sin la esperanza de ver nada más. El aburrimiento, está claro. Y también el dolor insoportable por saber que te estás perdiendo ver y gozar de lo mejor.
Se oye decir que Dios no puede ser tan malo como para mandar al infierno a nadie. Y es verdad. Dios no manda a nadie. Es cada uno el que elige. El cielo consiste en saberse amado por Dios y amar a Dios. Cada uno elige en la vida de aquí la vida de allí: si amo a Dios, sigo amándole allí. Si aquí libremente decido (con obras) no amar a Dios, le rechazo con el pecado y no hago su voluntad, Dios no puede obligarme a ir al sitio en el que sólo puede hacerse una cosa que yo no quiero: amarle.
Sin embargo, no hemos de tener miedo. Jesucristo nos ha ganado el cielo. Sólo quien se empeña en rechazarlo no lo alcanzará. Lo dice san Pablo: «Pero Dios, rico en misericordia, por el gran amor con que nos amó, estando nosotros muertos por los pecados, nos ha hecho vivir con Cristo. Por pura gracia estáis salvados» (Efesios 2, 4-5).
San Agustín animaba a temer a «Dios que pasa». Así es, Dios pasa en el tiempo de esta vida, pidiéndonos que le abramos nuestra puerta, que nos dejemos purificar y renovar por él, que aceptemos su vida. Dios pasa ahora. Decidimos mientras vivimos. Si yo decido no aceptar el amor de Dios durante mi vida, Dios pasa. Si le dejo actuar, estoy salvado.
Dios mío, una sola cosa quiero: amarte sobre todas las cosas y a los demás como a mí mismo. Y una sola cosa temo: apartarme de ti, el pecado. Entiendo que esto es verdad si lo respaldo con obras. Ayúdame a vivir de acuerdo con esto. Gracias.
Ahora puedes hacer actos de confianza en Él, y ojalá desees ofrecer muchas cosas por la conversión de los pecadores, como hacían los pastores de Fátima. Dile que deseas vivir eternamente con Él en el cielo…
Noviembre
25
Santa Catalina de Alejandría, Virgen y Mártir. Siglo IV.
Se enfrentó a los sabios de su tiempo, venciendo en la palestra de la razón y logró la conversión de algunos. Sufrió un duro martirio. Es la patrona de los aficionados al saber.
Le debo la vida
Se salvó de milagro. Un amigo mío tuvo un accidente en moto bastante grave. Cuando iba a mucha velocidad, no sabe cómo, la moto bailó. No pudo controlarla y perdió el equilibrio. La moto y él salieron disparados, cada uno por un lado. Él quedó muy mal parado. El principio parecía muerto, y de hecho casi lo estaba.
Fue ingresado rápidamente. Enseguida fue sometido a una operación que se alargó durante cuatro horas. Gracias a la pronta intervención del médico de guardia, fue capaz de salir adelante poco a poco.
Cuando mi amigo se recuperó plenamente y volvió a hacer vida normal, lo primero que hizo fue ir a agradecer a aquel médico lo que había hecho por él. Y a partir de entonces todos los años, en la fecha del accidente, le enviaba un buen regalo: «¡Le debo la vida!», le repetía.
Me sirve este caso para entender la relación que existe entre un alma que sale del purgatorio y la persona que ha rezado por ella, y gracias a esas oraciones él ha pasado al cielo. Lo primero que hará esa persona al llegar ante Dios será interceder: tratará de ayudar, como sea, a quien le ayudó a dar el paso definitivo al Cielo.
Dios mío, quiero sacar muchas almas del purgatorio. Por ti, para que seas alabado y goces con todos tus hijos. Por ellos, para que cuanto antes disfruten de ti. Escúchales cuando te presentan nuestras necesidades. Gracias.
Ahora puedes seguir hablando a Jesús y María con tus propias palabras, comentándole algo de lo que has leído. Repasa si estás ofreciendo cosas por las almas del purgatorio, como te propusiste al principio del mes.
Noviembre
26
San Leonardo de Porto Maurizio, Predicador. 1676-1751.
En 1750 predicó el Via Crucis en el Coliseo Romano, iniciando una tradición que sigue hoy día, los Viernes Santos, presidida por el Papa. Gracias a este acto cesó la demolición del Coliseo.
Dolor del purgatorio
Roberto, un chaval de diez años, escribía esta redacción sobre el purgatorio:
«Hoy me he muerto y tengo que ir al purgatorio. Ya estoy, veo que mis familiares rezan por mí. Aquí tengo que quitarme todos mis pecados para luego ir al cielo. Estar aquí es estar tristes, sin amigos y sin ver a Dios. Los rezos de mis familiares son muy útiles y pronto veré a Dios. Mi ángel de la guarda me vigila constantemente, y me intenta ayudar. En el purgatorio hay bastantes hombres y nadie sabe cuándo va a salir.
»Al final de la sala hay unas puertas muy grandes con un cartel que pone “CIELO”.
»De vez en cuando viene un ángel y se lleva al cielo a unos cuantos. Ahora estoy notando las oraciones de mis familiares, pues estamos en el mes de noviembre, un ángel viene a buscar a algunos, y entre ellos estoy yo, ¡qué suerte!
»En el cielo somos muy felices, vemos a Dios, y yo acabo de ver a mis padres de la tierra. El cielo es lo mejor que te puedas imaginar, desde aquí ayudo a los que han rezado por mí y están todavía en la tierra. También juego con muchas cosas y con mi ángel custodio, que me ha enseñado a jugar a muchas cosas y me cuenta muchas historias.
»Hoy hepasado a otra vida. Estoy en el purgatorio, tengo unas ganas de ir al cielo… Pero como he hecho “pecadillos” tengo que pedir perdón. Pero no te creas que es tan fácil: hay que decir más de un millón de veces: “Perdón”. Hay unas sillas que forman más de un millón de filas, cada vez que pides perdón vas adelantando puestos y cuando llegas al final del purgatorio ves unas puertas de oro y plata que es la puerta del cielo.
»Cuando entras al cielo es como una fiesta porque te están esperando tus familiares, te encuentras con todo el mundo y te lo pasas muy bien.
»Allí me encontré con mi ángel custodio y me contó muchísimas cosas de cuando era pequeño y que yo no conocía.»
Efectivamente, decía santa Catalina que la «sed de Dios hace que la lejanía de Dios resulte insoportable para el alma, por lo que, cuanto más lejos de Dios está el alma por causa del pecado, sea original o personal, más extrema se hace su pena». Y pone el ejemplo del pan: el hombre tiene hambre, pero sabe que sólo le quita el hambre un tipo de pan. Si estuviese seguro de que nunca podría comer de ese pan, eso sería el infierno completo, lo que sufren «las almas condenadas, que están privadas de toda esperanza de poder ver el pan-Dios, verdadero salvador».
«Las almas del purgatorio, en cambio, tienen esperanza de ver el pan y de saciarse de él completamente; por ello padecen hambre y experimentan la pena durante todo el tiempo que necesite todavía para poder saciarse de aquel pan que es Jesucristo, verdadero Dios Salvador y Amor nuestro. »
Dios mío, quiero ir al cielo sin tener necesidad de pasar por el purgatorio. Para eso lo único importante es amar: a ti y a los demás. Amar es pensar en ti, querer lo que quieres, aportar, asumir los retos, hacer todo el bien que me resulta posible, no ser mediocre yendo a lo mínimo, no hacer sólo lo obligatorio, dar y darme… Y como muchas veces no me porto así, quiero hacer sacrificios para limpiar mi corazón, hacerte posible que me concedas el cielo… eso sí, saltándome el purgatorio: ¡contigo, cuanto antes!
Ahora puedes seguir hablando a Jesús y María con tus propias palabras, comentándole algo de lo que has leído. Después termina con la oración final.
Noviembre
27
Nuestra Señora de la Medalla Milagrosa, Advocación Mariana.
“Es preciso acuñar una medalla según este modelo; cuantos la llevaren puesta, teniendo aplicadas indulgencias, y devotamente rezaren esta súplica, alcanzarán especial protección de la madre de Dios”
El cielo
Sin muchas precisiones teológicas, un chico de quinto cuso de Educación Primaria cuenta cómo se imagina el cielo:
«Era una noche tranquila. Mientras venía del trabajo en mi coche se me apareció por el camino un gran camión que iba a adelantar a un coche y me precipité a una farola. Perdí el conocimiento. Cuando desperté dije:
—¡Anda!, ¡si estoy muerto!
Estaba en el hospital y me vi ahí muerto. Un ángel se me apareció y me dijo:
—Ven, te llevaré al cielo.
Me fui con él, le pregunté cómo se llamaba y me contestó:
—Félix.
— Entonces, tú eres mi Ángel de la Guarda.
—Pues claro —me contestó.
Llegamos a las puertas del cielo y me dijo que esperara allí y Félix desapareció.
Se me apareció un ángel y resultó ser, nada más y nada menos, que el Arcángel San Gabriel, me saludó y me dijo que esperara y rellenara una ficha para poder ir al Juicio final.
En la ficha ponía:
NOMBRE:
MUERTE:
EDAD:
Lo rellené todo y se lo entregué al Arcángel. En ese momento me emocioné porque iba a ver a Dios. Entré en la presencia de Dios y me preguntó:
—¿Pecados?
—Ninguno mortal y unos doscientos veniales.
—Bueno —me dijo Dios— irás cinco meses al Purgatorio.
De pronto se abrió un agujero entre las nubes y caí en el purgatorio. Un ángel me dijo que para salir de allí antes de los cinco meses, tendría que llenar el vaso de las “buenas obras” que allí me dieron.
Comencé a rezar y rezar, y el vaso subía y subía. A los dos días el vaso se llenó un poquito, los otros días se llenó mucho más rápido; me expliqué esto cuando miré hacia abajo, a la tierra, y vi a toda mi familia rezando por mí. Sólo quedaban tres mililitros y el vaso se llenó. Por fin había terminado, la puerta grande se abrió y salí. Cuando llegué al cielo San Pedro me dio una corona brillante y me dijo:
—Esto te nombra como espíritu de Dios.
—¡BIEN! —grité yo—. Entré en el cielo y allí había personas “superfamosas”. Cleopatra, Moisés, Billy el Niño… Todos estaban en el bar celestial hablando. De pronto oí la voz de mis padres:
—¡Hola, papá!, ¡Hola, mamá! —Nos saludamos con—mucha alegría y nos fuimos a dar una vuelta por el cielo, me enseñaron muchas cosas. En un sitio desde el que se veía el infierno, miré allí y vi a la gente que estaba sufriendo, yo quería ayudarlos pero no podía.
La verdad es que tengo mucha suerte de estar EN EL CIELO.»
Dios, Padre mío, que me dé cuenta de que lo importante en esta vida es pasar de aquí al cielo. Que aproveche todo (trabajo, frío, hambre, calor, dolor, amistades…) para ir ganando el cielo día a día. Madre mía, gracias y cuídame más.
Ahora puedes seguir hablando a Jesús y María con tus propias palabras, comentándole algo de lo que has leído. Repítele que quieres ir al cielo, y que todos tus familiares, amigos, conocidos… y todas las personas del mundo también.
Noviembre
28
Santa Catalina Labouré, Religiosa. 1806-1876.
Ingresó en las Hijas de la Caridad de San Vicente de Paul. La Sma. Virgen se le apareció para recomendarle que hiciera la Medalla Milagrosa.
Esclavo seguro ¿pero de quién?
Hay quien piensa que para ser feliz en la otra vida hay que ser infeliz aquí. Están muy equivocados. Seguro que sólo van al Cielo los que son felices en la tierra. Para ser feliz allí, hay que ser feliz aquí.
¿Por qué? Porque en la vida la libertad que tenemos está para entregarla: no puede no usarse. La libertad siempre se entrega a algo. Y uno se hace esclavo de ese algo al que entrega su libertad. ¿Y a qué se entrega la libertad? A Dios o a tonterías. Así: o te haces esclavo de Dios, o eres esclavo de tus tonterías (comodidad, fama, dinero, pasiones, miserias, pereza, esclavo de lo que piensen los demás, del egoísmo…).
Siendo esclavo de Dios uno es muy feliz: se vive para otros y es una gozada. Pero el ser esclavo de tonterías es un auténtico martirio. Es fácil de entender. Por ejemplo un esclavo de la pereza: porque le da pereza deja de hacer cosas formidables a cambio del aburrido no hacer nada. Tiene la diversión de no esforzarse, pero es una diversión tan aburrida que apenas es diversión. Ser esclavo de la pereza es terrible. Y así con todo lo demás.
Por eso, para ir al cielo lo primero es mirar si estás contento. Y si no estás contento… algo pasa, algo hay que te separa de Dios, estás siendo esclavo de algo que no es Dios. Rectifica: examina, pide perdón, y esclavízate libremente a Dios.
Esclavizarse bien significa… llegar hasta el final. Los primeros cristianos lo tenían muy en la cabeza. San Ignacio de Antioquía, por ejemplo, uno de los primeros papas que murió comido por leones en un circo en Roma, escribía a los cristianos de Éfeso: «Porque ya no se trata simplemente de proclamar la fe, sino de perseverar hasta el final practicándola.» Hay temporadas en la vida en las que no resulta fácil, pero es el momento de aguantar, de resistir: «Y seréis odiados por todos a causa de mi nombre; pero quien persevere hasta el fin, ése se salvará» (Mateo 10, 22).
No está de moda lo de perseverar. Así ocurre cuando crece la maldad. Pero Jesús se adelantó al advertirnos: «Y, al crecer la maldad, se enfriará la caridad de muchos. Pero quien persevere hasta el fin, ése se salvará» (Mateo 24, 13).
Madre mía, esclava del Señor: eso quiero ser yo, un buen y libre esclavo de Dios. Líbrame de cualquier otra esclavitud. Quiero ser fiel, Señor, hasta el final. Dame, Señor, la perseverancia final. Gracias.
Ahora puedes seguir hablando a Jesús y María con tus propias palabras, comentándole algo de lo que has leído. Después termina con la oración final.
Noviembre
29
San Saturnino de Tolosa, Obispo y Mártir. Siglo III.
Bautizó a San Fermín. El obispo fue arrestado tras los edictos persecutorios de Decio del año 250 y murió al ser arrastrado y destrozado por un toro al que fue atado en público martirio.
¿Qué quiere decir ir al cielo?
A cualquier cristiano que le preguntes qué quiere en la vida, te dirá que quiere ir al cielo. Pero hay dos formas de entender esa frase.
Forma equivocada. Quiero ir al cielo, es decir, quiero salvarme para no sufrir, y por lo tanto quiero no hacer cosas malas. Para éstos, ser cristiano consiste en saber qué cosas son pecado y luchar por no hacer nada de lo que está prohibido. Para quien entiende así la vida del cristiano, el camino al cielo es un rollo.
Forma correcta. Quiero ir al cielo, es decir, quiero unirme a Dios, y por tanto aprovechar esta vida para ir aprendiendo y esforzándome para amar a Dios, a los demás y a este mundo bueno que Dios ha hecho. Ser cristiano consiste, entonces, en saber que la vida es corta y hay muchas personas a las que ayudar, y un mundo que cambiar para que los hombres seamos más felices y para que Dios reine en él. Para quien entiende así la vida del cristiano, el camino al Cielo es apasionante.
Vale la pena. Te copio unos textos de san Josemaría:
* ¡Si no nos morimos!: cambiamos de casa y nada más. Con la fe y el amor, los cristianos tenemos esta esperanza; una esperanza cierta. No es más que un hasta luego. Nos debíamos morir despidiéndonos así: ¡hasta luego!
* Dios no actúa como un cazador, que espera el menor descuido de la pieza para asestarle un tiro. Dios es como un jardinero, que cuida las flores, las riega, las protege; y sólo las corta cuando están más bellas, llenas de lozanía. Dios se lleva a las almas cuando están maduras.
* Vamos a pensar lo que será el cielo. Ni ojo vio ni oído oyó, ni pasó a hombre por pensamiento cuáles cosas tiene Dios preparadas para los que le aman. ¿Os imagináis qué será llegar allí, y encontrarnos con Dios, y ver aquella hermosura, aquel amor que se vuelca en nuestros corazones, que sacia sin saciar? Yo me pregunto muchas veces al día: ¿qué será cuando toda la belleza, toda la bondad, toda la maravilla infinita de Dios se vuelque en este pobre vaso de barro que soy yo, que somos nosotros? Y entonces me explico bien aquello del Apóstol: ni ojo vio ni oído oyó… Vale la pena, hijos míos, vale la pena.
Señor, yo quiero ir al cielo, por supuesto, ¿Pero cómo lo entiendo? ¿Me parece apasionante ser cristiano, o es un aro aburrido por el que tengo que pasar para salvarme? ¿Quiero amar o sólo quiero no pecar? El primer mandamiento que nos has dado nos pide «amarás a Dios sobre todas las cosas»; me doy cuenta de que si no vivo así estoy equivocado. Te amo; quiero amar: enséñame a amar. ¡Madre mía, tú que sabes mucho de esto, ayúdame! ¡Que nunca olvide que vale la pena!
Ahora puedes seguir hablando a Jesús con tus palabras. Puedes perder el tiempo imaginándote el cielo, o al menos diciéndole que lo deseas.
Noviembre
30
Andrés, Apostol.
Hermano de Simón (San Pedro). Nació en Betsaida y fue primero discípulo de Juan Bautista. Predicó el Evangelio en Grecia y en otras regiones. Murió mártir, crucificado, en Acaya (Grecia).
La Virgen no se olvida
El marido de la baronesa de Belbey, en Francia, no practicaba la religión. La baronesa rezaba mucho para que se convirtiese su marido, pues conocía sus problemas de corazón y que podía morir repentinamente. Esta señora tenía la costumbre de adornar con flores una imagen de la Virgen que tenía en su casa. Su marido era el que se encargaba de cortarle las flores a su mujer, aunque no le importaba adónde fuesen a parar.
Efectivamente, el marido murió de forma repentina y sin poder recibir sacramento alguno. La pena de su esposa fue enorme: estaba desconsolada por el alma de su marido.
En cierta ocasión pudo ir a Ars, el pueblo en el que el cura era san Juan María Vianney. No se conocían de nada. En cuanto el cura vio a esta mujer advirtió su tristeza e inmediatamente le dijo: «¿Se ha olvidado usted de los ramos de flores que su marido ofrecía a la Virgen?»
La Virgen es una madre, la más madre. Y no se olvida de nada que hagamos en la vida por ella, aunque sea poco y con pereza. Como todas las madres, se contenta con nada. No dejemos de tener algún detalle cada día, por pequeño que sea.
Por ejemplo, hoy empieza la novena a la Inmaculada. El 8 de diciembre es una gran fiesta suya y los cristianos empezamos a prepararla hoy, nueve días antes. Piensa un pequeño detalle con ella para esta novena.
Madre mía, tú no te olvidas de nada. Y quiero no olvidarme estos nueve días de regalarte algo (concrétalo y se lo regalas ya, aunque sea algo muy pequeño; pero algo).
Comenta a María que deseas vivir estos días de la novena a la Inmaculada más unido a Ella. Si repasas lo leído, seguro que quieres agradecerle que Ella sea tan agradecida… Después termina con la oración final.
Diciembre
Oración inicial de cada día
Señor mío y Dios mío,
creo firmemente que estás aquí,
que me ves, que me oyes.
Te adoro con profunda reverencia.
Te pido perdón de mis pecados y gracia
para hacer con fruto este rato de oración.
Madre mía Inmaculada, San José, mi padre y señor,
Ángel de mi guarda: interceded por mí.
Oración final de cada día
Madre nuestra,
que los cristianos sigamos distinguiéndonos
por el amor que ponemos
en todas nuestras relaciones con los demás.
¡El cariño! ¡Eso sí que arrastra y convence!
Madre, ¡que me sepa hijo y hermano!
Que entienda que los defectos y fallos de los demás
piden mi ayuda, no que les reproche y juzgue.
Por eso, Madre mía, que ni siquiera interiormente
admita el enfado, la crítica o la queja.
Madre, ¡enséñanos a amar!
Diciembre
1
San Eloy, Obispo y orfebre. 588-660
Aprendiz platero que llego a ser solicitado como consejero de la Corona. Ordenado sacerdote, fue consagrado obispo de Noyon y de Tournay y estuvo presente en el concilio de Chalons-sur-Seine, del 644. Patrón de los orfebres y herreros.
Alegradores de vidas. Adviento
¡Estamos de comienzos! Hoy comenzamos el mes de diciembre. Ayer, la novena a la Inmaculada. Y hace unos pocos días, el tiempo de adviento.
¿Qué es eso del adviento? Cuatro domingos antes del día de Navidad, los cristianos empezamos a preparar la venida de Jesús. Se trata de intensificar nuestra vida cristiana para que realmente Cristo pueda nacer en nosotros de un modo nuevo, que él pueda tomar forma en nuestras almas a sus anchas. Porque eso es la Navidad: es el misterio por el que se produce un intercambio admirable: Dios participa de la vida de los hombres, y los hombres —con la vida nueva que nos trae— participamos de la vida de Dios.
Hoy te propongo un modo concreto de vivir el adviento. Y lo hago con una idea que escuché en la sala de espera del dentista.
Llegó una señora sencilla y extravertida. Serían más o menos las doce de la mañana. Enseguida empezó a hablar.
«¡No puede ser! Este mundo cada vez es menos humano. Da pena ir por la calle. ¡Qué gris es todo! ¡qué tristeza! ¡cada uno a lo suyo! Todo el mundo va serio, con prisas, rara vez alguien se saluda y, cuando se hace, no va más allá de unos formales Buenos días. Somos como hormigas que vamos rápidamente de un sitio a otro consultando el reloj, ignorando a los demás. Pienso que como esto siga así, al final los ayuntamientos tendrán que crear un nuevo puesto de trabajo que será el de los alegradores de vidas. Serán funcionarios pagados con la misión de estar por la calle sin otra función que la de ir alegrando la vida a los que pasen por allí. Irán saludando: ¿Qué hay? Buenos días. ¡Qué día más bonito! Pararán a las señoras que van con su niño: ¡Huy! ¡Qué majo está!… ¿y qué tiempo tiene? Y a otro: si quiere le ayudo a llevar eso hasta el coche. Y a otra: el bolso le combina ideal con los zapatos…»
Añadía mil ejemplos más. Aproveché la ocasión para decirle que, en mi opinión, tenía buena parte de razón. Pero que los cristianos debemos ser esos alegradores de vidas. Y no con sueldo del ayuntamiento ni con un cursillo de aprendizaje, sino movidos naturalmente por el amor a todos los hombres que nos enseñó y nos da Cristo, y por la alegría y paz interior que tenemos al sabernos hijos de Dios.
Un buen modo de vivir el adviento, Señor: esforzarme por ser «alegrador de vidas» de las personas con las que trato. Que durante este tiempo abra mi corazón de manera que tú y los demás ocupéis más sitio en él. Dame el prejuicio cristiano de pensar en los demás, de querer hacerles felices, de ocuparme de sus preocupaciones, de servir sus necesidades, de ayudarles en lo que les convenga, de… hasta de saludar con cariño. ¡Que todos los que tratan conmigo lo pasen bien!: en eso debo emplearme a fondo. Madre mía Inmaculada, dame un corazón limpio y generoso como el tuyo, porque… ahí está el secreto ¿no es verdad?
Puedes ahora seguir hablándole de tu alegría y de tu falta de alegría. No te olvides de hablar con María de qué manera puedes tratarla más durante estos días de la novena.
Diciembre
2
Natividad de Nuestro Señor Jesucristo
Celebramos el cumpleañosde Jesús, recordando que en estas fechas la virgen María dio a luz al Redentor del mundo.
Aunque parezca que no vienen a cuento estas palabras, te las copio. Las escribe Miguel Delibes cuando muere su mujer.
«Ninguno de los dos éramos sinceros pero lo fingíamos (ambos —marido y mujer— conocen la grave enfermedad queaqueja a la mujer y que en breve la llevará a la muerte) y ambos aceptábamos, de antemano, la simulación. Pero, las más de las veces, callábamos. Nos bastaba mirarnos y sabernos.
»Nada importaban los silencios, el tedio de las primeras horas de la tarde. Estábamos juntos y era suficiente. Cuando ella se fue, todavía lo vi más claro: aquellas sobremesas sin palabras, aquellas miradas sin proyecto, sin esperar grandes cosas de la vida, eran sencillamente la felicidad.»
Te propongo que así hagas hoy con Él. Durante ese rato estar, silencio, mirarle, saberte mirado… Métete.
Pueden servirte estas palabras que un autor pone en boca de María en esta noche: «Yo estaba muy cansada, pero era incapaz de dormirme. Le tenía allí, en mis brazos, acurrucado debajo de las mantas, recibiendo el calor de mi pecho y no demasiado lejos de los dos animales que obstruían la entrada de la cueva e impedían que pasara el viento frío de principios de Tebet. (…)
»No podía dejar de contemplarle. Le miraba y, por primera vez, allí, en aquella cueva que yo hubiera querido convertir en un palacio en honor a él, noté un sentimiento que hasta entonces no había tenido. Le miraba y, de repente, empecé a adorarle. (…)
»“Te quiero”, le decía besándole la frente. “Te quiero y le doy gracias a Dios por tenerte conmigo. No ha sido fácil y he pasado mucho miedo. Pero ahora que estás aquí lo doy todo por bien empleado. Casi te diría, mi pequeñín, que no me importaría que no ocurriera absolutamente nada de todo lo que me anunció el ángel. Nunca soñé con grandezas que superaran mi capacidad, ni aspiré a ser respetada y admirada. Ahora, convertida en la madre del Mesías, todo parece tan extraño. ¿Qué Mesías eres tú, que has nacido en una cuadra de ovejas y que tienes por corte a una vaca y a un borrico y por padres a dos humildes paletos? ¿Dónde está tu poder, dónde tu grandeza? Y, sin embargo, no me siento decepcionada. Tú vales más que todo lo que se obtenga de ti y esto lo sé yo, que soy tu madre, y ojalá que lo aprenda todo el mundo cuando crezcas y cumplas la misión para la que has nacido. Quizá los hombres te quieran por lo que les das, por lo que representas, por tu mensaje, por tus victorias o, quien sabe, por tus milagros. Yo, querido niño mío, te querré por ti. No es que lo demás no me importe, porque sería como despreciar los planes de Dios, pero, entiéndeme, yo soy tu madre y en este pecho podrás encontrar siempre amor puro, amor a ti y no sólo a lo que traigas contigo. Tú eres el regalo, tú eres el tesoro, y si no hubiera nada más, para mí ya sería bastante.»
Oh Dios, hoy que nos ha nacido el Salvador para comunicarnos la vida divina, concédenos compartir la vida divina de aquel que hoy se ha dignado compartir con el hombre la condición humana. Por nuestro Señor Jesucristo. Amén.
Ahora te toca a ti hablarle; coméntale, si quieres cántale un villancico aunque sea interiormente, dale besos… Di algo a María y José… ¡que te enseñen!
Diciembre
3
San Francisco Javier, sacerdote misionero jesuita. 1506-1552
Patrón de las misiones y de la Comunidad Foral de Navarra. Trabajó en la Compañía de Jesús y realizó una incansable labor de evangelización por todo el mundo.
La cadena invisible
«¡No te preocupes, que el perro está atado con una cadena!» Daba miedo la furia con que ladraba. En un instante todo lo largo de su columna parecía recubierto por púas de erizo negro. Parecía difícil que resistiera la cadena y el muro… ¡Qué ganas mostraba por abalanzarse hasta la presa, que en esa ocasión éramos nosotros, e hincarnos bien sus largos y afilados colmillos!
¡Cuántos cristianos que desean de veras ser santos, amar a Dios y a los demás, que ponen los medios y esfuerzo por conseguirlo, no pueden! Y es porque hay una cadena invisible que ata el alma: esta cadena es la riqueza, las comodidades, los caprichos, el estar pendiente de montárselo, el procurar siempre el mejor plan o lo que más apetece… Cuando vivimos así, va muriendo la posibilidad de conectar con Dios y de sintonizar con los demás.
Santa María, siendo la Madre de Dios, es pobre. Tanto es así que el Niño Jesús tiene que nacer en un pesebre. Ser pobre de espíritu no es no tener, sino estar desprendido: es no comprar todo lo que puedo sino lo que hace falta; a veces escoger lo barato, aunque me guste menos; cuando estoy con otros elegir para mí lo que otros no quieren (la silla en lugar del sillón, mortadela en lugar de jamón, etc.); no gastar el dinero en caprichos; comer lo que no me gusta; no quejarme cuando falta algo; etcétera.
Madre buena, enséñame a vivir la pobreza como tú la vivías. Esas cadenas invisibles, por pequeñas que parezcan, me atan y no me dejan amar, no me permiten mirar y descubrir a Dios y a los demás. Ayúdame a cortarlas. Gracias.
Puedes hablar con él las posibles cadenas que te atan. Cuenta con María para cambiar lo que él te sugiera.
Diciembre
4
San Juan Damasceno, Doctor de la Iglesia. 675-749
Renunció a una vida acomodado y entró en el monasterio de Sabas. Destacó por su intensa actividad literaria y en la querella iconoclasta, en defensa del culto tradicional.
Ríete o alégrate
Recuerda el Evangelio las palabras del Ángel a María: Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo.
«¿Sabías que hace unos 60 años la gente se reía una media de 19 minutos al día y que hoy apenas nos reímos un ridículo minuto cada 24 horas? ¡Hay que hacer algo y rápidamente!», esto leí en un artículo! Y seguía: «Cuando te ríes, se te mueve el bazo, lo que acelera el paso de los alimentos por el tubo digestivo. Además, ese masaje interno elimina un poco de bilis, y ya sabéis que la bilis se relaciona con la irritabilidad de las personas. ¿Te empieza a doler el estómago? Pues sigue riéndote…
La risa es buena para conservar la moral. Y es que, al reímos, estimulamos una hormona que disminuye el dolor y la angustia. Los médicos llamaban a la risa «la pequeña música del alma»…
¿Una depre repentina? Rápido una sesión de risas…
Buen humor. Me gusta leer biografías. Y una cosa que me ha llamado la atención es que en todas las vidas de personas santas hay pocas cosas en común. Una de ella es el buen humor. Unos eran más sosos y otros eran más divertidos, pero todos eran alegres.
¿Y por qué estamos alegres los cristianos siempre, pase lo que pase? ¿Por qué estamos alegres en Navidad de un modo particular? Porque sé que Dios es mi Padre. Porque Dios Hijo se ha hecho hombre, y me ha explicado que yo le importo a Dios, que le intereso, que me ama. Y que detrás de todo lo que pasa está Él, y nada de lo que ocurre escapa a su cuidado por mí (aunque a veces yo no lo entienda, todo es por mi bien). Siempre que me equivoque, sé que está deseando que vuelva a él y perdonarme. Y sé que Jesucristo después de morir resucitó, sigue vivo, me escucha y me quiere.
San Francisco lo entendió muy bien, y afirmaba: «Mi mejor defensa contra los ataques y las maquinaciones del enemigo sigue siendo el espíritu de alegría. El diablo nunca está más contento que cuando ha logrado quitar la alegría del alma de un servidor de Dios. El enemigo siempre tiene una reserva de polvo para insuflar en la conciencia por algún resquicio, para convertir lo puro en opaco. En cambio, intenta en vano introducir su veneno mortal en un corazón rebosando de gozo. Los demonios no pueden nada con el servidor de Cristo rebosando de Santa alegría, mientras que un alma pesarosa y deprimida se deja fácilmente inundar por la tristeza y acaparar por falsos placeres.»
Por esto, san Francisco se esforzaba por mantener siempre un corazón alegre, conservar el óleo de la alegría con el que su alma había sido ungida. Tenía sumo cuidado en desechar la tristeza, la peor de las enfermedades, y cuando se daba cuenta de que empezaba a infiltrarse en su alma, recurría de inmediato a la oración. «En la primera turbación —decía él— que el servidor de Dios se levante, se ponga en oración y permanezca ante el Padre hasta que éste le haya devuelto la alegría de saberse salvado.»
Y escribe uno de sus compañeros: «Yo he visto con mis propios ojos cómo a veces recogía algún trozo de leña del suelo, lo ponía sobre su brazo izquierdo y lo rasgaba con una varilla como si tuviera entre manos el arco de una viola. Imitaba así el acompañamiento de las alabanzas que cantaba al Señor en francés.»
Alegría. Buen humor. Cantar y cantar a Dios. Corazón alegre. Lo que se nos dice a cada uno en la navidad es precisamente lo que se le dijo a María en primer lugar: «Alégrate, porque el Señor está contigo.»
Gracias, Jesús, por todo. Gracias, Dios mío, porque soy Hijo tuyo con Jesús. Sabiendo esto, ¿cómo voy a estar triste por pequeñas tonterías? Que tenga buen humor, que esté alegre aunque algún asunto me lo haga pasar mal. Santa María, él está siempre conmigo, ¡que yo esté con el Señor! Si no olvido esto, siempre estaré alegre.
Comenta con María si tienes buen humor, por qué lo pierdes, cuánto te has reído hoy…
Diciembre
5
Santo Sabas, Abad. 439-532
Con 18 años pidió la admisión en el monasterio de Flaviano, marcha con permiso a los Santos Lugares y se consolida en él el amor al silencio y a la austeridad pasando por diversos monasterios.
Todavía guardo mi palabra
Recuerda cómo buscan María y José al Niño perdido en el Templo. Cuando le encuentran tuvieron esta conversación.
«¿Cómo has hecho esto?», le pregunta su madre dolida. «¿No sabías —le responde— que debía cumplir la voluntad de mi Padre?» María no entiende, pero no protesta. Hablando humanamente, tenía motivos para quejarse por el disgusto que había sufrido. Pero guardaba estas cosas en su corazón (Lucas 2, 41 ss.).
María nos enseña a no protestar, a evitar las quejas aunque no entender nos haga sufrir. Y nos enseña a guardar esas cosas en nuestro corazón, esto es, a hablar con Dios de las cosas que nos pasan.
Un buen ejemplo. Cuando san Juan María Vianney estudiaba en el seminario, fue llamado a la milicia. Aquellos años, Francia estaba en guerra con varios países y necesitaba que todos los jóvenes se alistasen al ejército. Se le asignó una tropa que iría a apoyar el despliegue militar que Napoleón III había comenzado en España. Juan María llegó tarde a la salida de los soldados. Les siguió un tiempo, pero ya no consiguió alcanzarlos. La situación era apurada. Por fin, en una granja de un pueblo pequeño por el que pasó, la familia le acogió. Allí vivió un tiempo, como si fuese un primo de los hijos.
Un día los militares inspeccionaron esa pequeña aldea, buscando algún enemigo refugiado o algún francés prófugo que no se hubiera incorporado al ejército. En cuanto se dieron cuenta, la aldea entera entró en trepidación: estaban en peligro. Juan María se esconde en el pajar de la casa. Los militares van pinchando en la paja para comprobar que no había allí ninguna persona escondida. El heno fermentado le ahoga a Juan María. De pronto, uno de los soldados explora el montón de hierba bajo el que se esconde, le pincha con la punta del sable y permanece así un buen rato. Él no hace ningún movimiento, a pesar del dolor fortísimo que sufre.
En sus catequesis, siendo ya el cura de Ars, contaba que en toda su vida no había padecido tanto como en ese momento, y que entonces hizo a Dios una promesa: Dios mío, te prometo no quejarme jamás. Fíjate bien: le ocurre aquello, habla con Dios de ese sucedido, y entonces le hace esa promesa. Siendo sacerdote anciano, en alguna ocasión, al contarlo añadía: «Todavía guardo mi palabra.»
Sufrir sin quejarnos. ¡Qué bueno es que aprovechemos los sufrimientos que nos llegan para vivirlos con fortaleza, incluso con alegría! Es interesante lo que apuntaba el padre Pío: «Los ángeles sólo nos tienen envidia por una cosa: ellos no pueden sufrir por Dios. Sólo el sufrimiento nos permite poder decir con toda seguridad: Dios mío, ¡mirad cómo os amo!»
Señor, cuando es por mí, soy capaz de sufrir el dolor y no quejarme. Contando con tu ayuda, quiero regalarte el no quejarme jamás, no protestar y ofrecerte esas cosas. Ojalá guarde mi palabra. Madre mía, que sepa guardar esas cosas en mi corazón, como tú. También cuando algo me haga sufrir, cuando no entienda la cruz, ayúdame a sufrir sin quejarme, confiando en que todo tiene un sentido que todavía no conozco. Dame amor y fuerza para no quejarme nunca. Que ame las pequeñas cruces.
Ahora te toca a ti hablar a Dios con tus palabras. ¿Qué tal vas de quejas? Pídele pistas a María, y no dejes de insistirle en que te conceda durante la novena un corazón limpio.
Diciembre
6
San Nicolás, Obispo. Siglo IV
Heredero de una gran fortuna que pone al servicio de los necesitados. Fue detenido bajo el gobierno del emperador Licinio y liberado bajo el de Constantino. Participó en el Concilio de Nicea.
Niño
Los cristianos llamamos Tierra Santa a la tierra donde vivió Jesucristo. Desde el primer momento los creyentes veneraron y enriquecieron los lugares santos, de un modo especial aquellos sitios donde había tenido lugar algún suceso de la vida de Dios entre nosotros. Así, por ejemplo, como envolviendo la gruta de Belén construyeron una Iglesia que se cuida con especial cariño.
Durante un tiempo fue frecuente que los moros invadiesen Tierra Santa, y en ocasiones arrasaron los lugares más santos. Cuentan que en la iglesia construida sobre la gruta de Belén entraban a caballo. Para impedirlo, los cristianos bajaron la altura de la puerta. Ahora, para entrar en esta iglesia es preciso agacharse exageradamente. Si no te haces pequeño, no entras.
Este hecho es una gráfica imagen de lo que debe ocurrir en la Navidad. Para encontrar a Jesús en este tiempo es preciso hacerse pequeño, hacerse niño. «La Navidad no es apta para mayores»; para personas seguras de sí, excesivamente racionales, descreídas, que ya sólo se fían de su experiencia y de la lógica humana…
El tiempo de Adviento, esta intensa preparación de la Navidad, es tiempo oportuno para recuperar la condición de niño. Necesitamos volver a ser niños.
Hacerse niño delante de Dios es imprescindible para recibir y ser transformados por su santidad: «En verdad os digo —dice Jesús—, si no os convertís y os hacéis como los niños no entraréis en el Reino de los Cielos» (Mt 18, 3-4).
Hacerse como los niños es saberse necesitado de ayuda como se sabe necesitado un niño: creer como cree un niño; confiar como confía un niño; ser sencillos como lo es un niño; rezar como reza un niño; pedir consejo y saberse ignorante como un niño; no darse importancia como no se la da un niño; levantarse de las caídas como se levanta del suelo un niño…
Madre Inmaculada, quiero hacerme pequeño: ser un hijo pequeño de mi buen Padre Dios. Solamente si me sé pequeño, necesitaré contar contigo. ¿Por qué me empeño en hacer las cosas solo? ¿Por qué desconfío de tu ayuda? ¿Por qué me parece posible sólo lo que yo veo posible? ¡Si Dios se hace niño… qué absurdo es que yo me resista! Gracias, Mamá. ¡Haz que con la sencilla fe de un niño pueda confiar en ti!
Ahora te toca, con tus palabras, preguntarte y preguntarle si eres niño o te haces el adulto, tengas la edad que tengas. Si no entiendes muy bien en qué consiste, dile que desearías que te lo fuese haciendo saber, cuando él quiera: ¡deseo convertirme y hacerme niño!
Diciembre
7
San Ambrosio, Obispo y Doctor de la Iglesia. 340-397
Destaca por sus discursos y como buen pastor enseñaba cantos litúrgicos. Fue él quien introdujo en occidente el canto alternado de los salmos.
Santo en las fiestas
«Al tercer día se celebraron unas bodas en Caná de Galilea, y estaba allí la Madre de Jesús» (Jn 2, 1).
¿Y qué hace María en las bodas de Caná? Participa en una fiesta con sus familiares y amigos. Lo pasa bien y está ocupada en que los demás estén a gusto. Está pendiente de todos. No tienen vino. Se da cuenta y, aunque no es quien organiza el banquete, se implica para que la fiesta salga bien.
En cierta ocasión preguntaba a una niña si había pensado la posibilidad de proponerse ser santa. Con gran espontaneidad me contestó que se le había pasado por la cabeza alguna vez, pero que no quería porque le parecía un rollo, un aburrimiento.
—¿Por qué va a ser un rollo ser santa?
—Porque eso de estar todo el día en la iglesia… no me va.
La santidad no es cuestión de meter horas en la iglesia. A Dios le encontramos y le amamos tanto en una iglesia como en una fiesta, tanto en un bar como en un aula… A Dios le interesa todo lo que hago. Haga lo que haga él me tiene presente, haga lo que haga puedo hacerlo con él; puedo ofrecerle hasta lo más pequeño e intrascendente…
No es cuestión de meter horas en la iglesia o en la sacristía. Más bien se trata de descubrir que él está presente conmigo todo el día, y me llama, me hace gestos… Así lo decía Newman: «Cristo no nos llama una sola vez sino muchas. A lo largo de nuestra vida, él nos sigue llamando. Nos llamó al principio, en el bautismo, pero nos llama más tarde también. (…)Tenemos que comprenderlo, aunque somos lentos en darnos cuenta de esta gran verdad: Cristo camina con nosotros y con su mano, con sus ojos, con su voz nos hace signos para seguirle. No nos damos cuenta de que su llamada tiene lugar en este preciso momento. Pensamos que tuvo lugar en tiempos de los apóstoles, pero, en realidad, no creemos en ella ni la esperamos de verdad para nosotros mismos».
Madre, que sepa hacerme santo en las fiestas, cuando salgo con las amigas y amigos, comiendo, en el ordenador, viendo la televisión, cuando hago deporte, durmiendo, leyendo… ofreciendo las cosas que hago y estando pendiente de Dios y de quienes están conmigo mientras tanto. Que esté siempre pendiente de que los que están conmigo se encuentren a gusto y lo pasen bien.
Habla con él si le tienes presente durante el día, pídele que conceda ese regalo, mira qué otros medios puedes poner… María puede ser tu aliada en esto.
Diciembre
8
La Inmaculada Concepción, patrona de España
La Concepción Inmaculada de María fue solemnemente declarada como verdad de fe definida por el Papa Pío IX el 8 de diciembre de 1854.
El sueño de Yavé
La Virgen María, la Inmaculada, es la mejor criatura que Dios ha creado: es su obra maestra.
En un cuento, el Arcángel San Gabriel explica a un pastor cómo Dios preparó a su Madre:
—Hace muchos siglos, antes de que existiera el universo, Yavé pensó crear la más hermosa de todas sus obras. Para Dios esto parecía sencillo, sin duda lo era. Al fin y al cabo, entre todas las criaturas, alguna debería ser la más perfecta, y Él podía formarla cuando quisiera. Pero es que el Señor no se conformaba con eso: quería hacerla tan bella que no fuese posible mejorarla. Ni Él mismo debería ser capaz de lograrlo.
De este modo, reunidos (como siempre están) el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, decidieron unánimemente resolver el problema del modo más sencillo: harían que aquella criatura estuviese siempre íntimamente unida a cada una de las tres Personas Divinas que recibiera de ellas toda la belleza y todas las perfecciones de Yavé. Ella, a su vez, las reflejaría como un espejo limpísimo.
—Yo seré su Esposo —dijo el Espíritu Santo. La haré santa desde el mismo comienzo de su ser; fecundaré sus entrañas con mi presencia, y siempre estará llena de mí y de mis dones. Será Inmaculada y tan graciosa como sólo puede serlo la Esposa del mismo Dios.
—Yo seré su Hijo —continuó el Verbo—. Recibiré su carne y su sangre, sus gestos y sus mimos. Y divinizaré sus besos, su mirada y las manos que me acaricien. Todo lo suyo será divino, porque también será mío.
—Será mi Hija predilecta —afirmó el Padre—. Estará siempre ante mis ojos, y con mi mirada la iré embelleciendo hasta que yo mismo no pueda dejar de contemplarla, de tanto amor que la tenga.
Esto dijeron los tres. Y los Ángeles, que estamos siempre en la presencia de Dios, escuchábamos maravillados, sin saber a qué clase de Ángel podría referirse Yavé cuando hablaba de una criatura tan excelsa. (…)
Lo entendimos, al fin, cuando Yavé empezó a soñar con la que había de ser su Madre, su Hija y su Esposa. Pensando en sus ojos, creó el mar; imaginando su sonrisa, lleno las flores de pétalos; añorando sus caricias, nacieron las palomas. Y en cada mujer, desde el comienzo del mundo hasta hoy, puso algo de María. ¡Lástima que algunas lo destruyan!
Ya sabes que en el cielo no hay envidia. Desde que el Señor nos puso a prueba y Satán cayó de lo alto, nunca hemos tenido ese extraño problema. Así que estábamos todos tan contentos… ¿Y sabes cómo llamábamos a María?; el sueño de Yavé. Hasta que un día nació la Virgen, y Dios nos dijo su nombre: Llena de Gracia. Así se llama desde toda la eternidad, así la saludé yo hace nueve meses en su casa de Nazaret.
Gracias, Dios mío, por haberme dado por madre a María. ¡Qué alegría, madre mía, que existas! ¡y que seas tan perfecta! ¡y tan buena! ¡Bendita eres tú entre todas las mujeres, y bendito es el fruto de tu vientre!
Ahora te toca a ti hablar con María, tratarle muy bien, y hacerle pasar un rato fantástico: basta con que te abras a ella y le digas cosas bonitas con ganas de agradarle. ¿Cuentas con ella para todo?
Diciembre
9
Santa Leocadia, mártir. Siglo III
Los cristianos fueron masacrados en la península Ibérica y la joven, casi niña, fue llevada a la cárcel donde murió sin derramar sangre.
Hacerle sitio en el adviento
Vivía en Roma. Mediados de diciembre. La televisión italiana anunciaba un programa: El Belén del Papa. Me puse a verlo. Comenzaba con una toma de Juan Pablo II que andaba por un pasillo de su vivienda en el Vaticano. Se dirigía hasta la sala de estar, donde había un Belén sencillo y bastante completo que no recuerdo con detalle. Lo que sí recuerdo bien, porque se me grabó en la mente, fue el mensaje que dirigió el Papa a todos los telespectadores. Allí, junto al pesebre, decía más o menos: «Quedan pocos días para la Navidad. Cuando Jesús vino, hace veinte siglos, muchos hombres le cerraron las puertas de su casa porque no había sitio para él. Nadie le recibió y tuvo que nacer en un establo, en una cueva inhóspita, lugar para animales. Que en esta Navidad Jesús pueda entrar en tu casa, que le hagas sitio en tu alma, que nazca Jesucristo en tu vida, que se encuentre recibido y a gusto dentro de ti.»
Es verdad. Dios pretende venir esta navidad y resulta que la humanidad «no tiene sitio para él. Está tan ocupada consigo misma de forma tan exigente, que necesita todo el espacio y todo el tiempo para sus cosas y ya no queda nada para el otro, para el prójimo, para el pobre, para Dios. Y cuanto más se enriquecen los hombres, tanto más llenan todo de sí mismos y menos puede entrar el otro».
«Vino a su casa, y los suyos no lo recibieron». Esto se refiere sobre todo a Belén, pero (…) en realidad, se refiere a toda la humanidad: Aquel por el que el mundo fue hecho, el Verbo creador primordial entra en el mundo, pero no se le escucha, no se le acoge.»
Sin embargo, esta Navidad sí le vamos a acoger. Queremos sumarnos a María y a José, a los pastores, a los Magos…
¡Esto es vivir la Navidad, la natividad de Dios-Hombre en nuestro mundo! Por eso, ¿dónde nació Jesús en el año uno de nuestra era? En Belén. ¿Dónde nace Jesús en esta Navidad? En el corazón, en el alma, en la vida de cada cristiano que le hace sitio —o más sitio—.
¡Qué importante es este tiempo de Adviento! Estas semanas previas al 25 de diciembre las dedicamos a preparar nuestro espíritu para hacerle sitio, nos ocupamos en acondicionar nuestra alma para que venga y esté a gusto, nos esforzamos por quitar las cosas nuestras que son incompatibles con Él.
Jesús, eres Dios y, cuando viniste al mundo que tú has hecho, los hombres no te recibieron. ¡Qué duro debió de resultarte! Y cuántas veces yo tampoco tengo sitio para ti. Perdona (trata de concretar momentos o asuntos en los que no le das entrada). En este Adviento quiero hacerte sitio; para eso cuidaré más este rato de oración, pequeños sacrificios que me favorezcan la humildad y la pobreza… Madre mía, ayúdame. ¿Cómo puedo prepararme en concreto? Ya me propuse ser alegrador de vidas, y te prometí no quejarme jamás… ¿qué más?
Ahora te toca a ti hablar a Dios con tus palabras, concretando lo dicho arriba.
Diciembre
10
Nuestra Señora de Loreto
Surge el deseo de conservar la casa en la que vivió la Virgen María y Jesús niño. Una noche se produce el milagro y la casa es transportada por los ángeles hasta depositarla en Loreto (Italia).
Decálogo para cualquier familia cristiana
Celebramos nuestra Señora de Loreto. En el santuario de esta ciudad se encuentra la pequeña casa que, según una tradición muy antigua, era la casa de la Virgen María en Nazaret. Durante estos siglos son ya millones de peregrinos los que han acudido allí para rezar en la habitación en la que María recibió el anuncio del Ángel y donde se encarnó el Hijo de Dios.
Todas nuestras casas deben ser como el hogar de Nazaret. El mundo pertenece a Dios, y a Dios le pertenece el hogar en el que tú vives. Es bueno que se manifieste el dominio de Dios en nuestras casas, que haya objetos que griten que le pertenecemos y costumbres que le hagan a Él centro de nuestro hogar.
Algunas de estas manifestaciones, tradicionales en la familia cristiana, son éstas:
1) Que haya alguna imagen del Señor —un crucifijo—, y una imagen de María en cada dormitorio.
2) Bendecir la mesa antes de las comidas, y dar gracias al final. Es distinto sentarse a digerir juntos una comida sin más, y sentarse siendo conscientes de que los alimentos recibidos son una bendición de Dios y se lo agradecemos juntos.
3) Recitar la oración de la mañana los hijos —junto a la madre si es posible—, ofreciendo a Dios todo el día, y pidiéndole su ayuda y compañía.
4) Recitar la oración de la noche los hijos —si es posible junto a la madre—, las tres Avemarías.
5) Vivir juntos la Eucaristía, si es posible, los domingos y las fiestas de aniversarios familiares.
6) Rezar juntos por los acontecimientos y circunstancias que afectan a la familia, como exámenes, enfermedades, asuntos de trabajo…
7) Abrir las puertas de la casa a alguna persona necesitada, material o espiritualmente.
8) Practicar la sana gimnasia cristiana de perdonar y pedir perdón con frecuencia y sin dramas.
9) Reír mucho y contagiarlo a todo el que pase por la casa.
10) Perder tiempo juntos. Decía Teresa de Calcuta: «El amor comienza en el hogar, el amor vive en los hogares y ésa es la razón por la cual hay tanto sufrimiento y tanta infelicidad en el mundo de hoy… Todo el mundo hoy en día parece estar con una prisa tan terrible, ansioso por desarrollos grandiosos y riquezas grandiosas y lo demás, de tal forma que los niños tienen muy poco tiempo para sus padres, los padres tiene muy poco tiempo para ellos, y en el hogar comienza el rompimiento de la paz del mundo.»
María ¿cómo van estos diez puntos en mi casa? Jesús, María y José, que estemos siempre con los tres, que todas las casas cristianas tengamos el estilo de vuestro hogar de Nazaret.
Puedes ahora hablar a Dios con tus palabras, comentándote los diez puntos. Si algunos no los vivís en tu casa, comenta con él a por cuál puedes ir estos días.
Diciembre
11
San Dámaso I, Papa. 305-384
Defendió la fe y la unidad de la Iglesia. Se le distingue por promover el culto a los mártires, cuyos sepulcros decoró con sus propios versos.
Las páginas amarillas
Decía el catecismo que Dios se hizo hombre para salvarnos del pecado y para darnos ejemplo de vida. Darnos ejemplo; por eso me pareció muy acertado este comentario que me hacía el mecánico del taller que cuida de mi coche. Un día, después de reparármelo, nos tomamos un café: «Para mí el Evangelio es como las páginas amarillas. Cuando quiero saber cómo comportarme, qué debería hacer, lo tengo muy fácil: busco en el Evangelio qué decía Jesús sobre ese asunto o qué hacía Jesús en esa situación, y ya está.»
¡Buena idea! ¿Qué hacía Jesús? ¿Qué decía sobre esto? Para eso se hizo hombre. Si no leyésemos con frecuencia el Evangelio… haríamos fácil que fracasase su intento en nosotros.
¿Cuántas veces has leído el Evangelio? Es bueno leer todos los días un rato, basta con un breve pasaje, un par de minutos. Y cuando llegas al final, volver a empezar.
Ahora bien: leerlo como el evangelio merece ser leído: quedarnos a solas con la Palabra de Dios. Como recomendaba un conocido filósofo: «Si no se está solo con la palabra de Dios, no se la lee. ¡Sólo con la palabra de Dios! Querido oyente, voy a hacerte una confesión: yo no me atrevo todavía a estar absolutamente solo con la palabra, en una soledad en que no se interponga ninguna ilusión. Y permíteme que añada: jamás he visto a ningún hombre del que pueda creer que haya tenido la sinceridad y el valor de estar solo con la palabra de Dios; en una soledad en que ninguna se interponga.
»¡Solo con la Escritura! No me atrevo. Cuando la abro, el primer pasaje con que tropiezo me cautiva inmediatamente; él me pregunta (y es como si me interrogara el mismo Dios): ¿Has puesto esto en práctica? Y así quedo bien cogido.»
Ser cristiano es parecerse a Cristo. Más que de cumplir unas reglas se trata de ir dibujando un retrato: que mi vida se parezca a la de Él, que sea otro Él, que sea Él mismo. En el Evangelio nos lo encontramos… y nos habla.
Pero me gustaría dar un paso más. Las páginas amarillas se quedan cortas. El evangelio no sólo da información, sino que nos encara con la persona viva que es la Palabra de Dios. Las páginas amarillas están muertas, y por eso las renuevan cada año. El evangelio está vivo, siempre es el mismo y siempre distinto: a todos nos dice lo mismo, y a cada uno nos dice algo distinto. El evangelio no es informativo, sino performativo.
Madre mía, que me parezca a tu Hijo. Que adquiera la costumbre de acudir al Evangelio como a unas páginas amarillas algo peculiares, que me deje hablar por Dios mediante la escritura, como tú hiciste. Gracias, Madre.
Quizá puedes proponerte leer todos los días una página del Evangelio: si lo haces, puedes quedar con él. Puedes charlar ahora con él pidiéndole que te haga adicto al Evangelio… bien leído: leerlo escuchando.
Diciembre
12
Nuestra Señora de Guadalupe
La virgen se apareció en México a un joven azteca, Juan Diego, para solicitarle la construcción de un templo. Como señal para el obispo le lleva rosas en invierno. Éstas rosas estaban envueltas en una tela en la que aparece la preciosa imagen d la Virgen de Guadalupe, venerada hoy por numerosos peregrinos.
Guadalupe y las ratas del desván
Celebramos hoy nuestra Señora de Guadalupe. En cierta ocasión Juan Diego estaba triste por la enfermedad de su tío Bernardino. Entonces se le presenta María por cuarta vez y le dice unas palabras tan tiernas, tan de madre cariñosa, que conviene que resuenen hoy en los oídos de todos los que somos hijos suyos: «Oye y ten entendido, hijo mío, el más pequeño, que es nada lo que te asusta y aflige; no se turbe tu corazón; no temas esa enfermedad, ni otra alguna enfermedad y angustia. ¿No estoy yo aquí? ¿No soy tu Madre? ¿No estás bajo mi sombra? ¿No soy yo tu salud? ¿No estás por ventura en mi regazo? ¿Qué más necesitas? Que nada te apene ni te inquiete; no te aflija la enfermedad de tu tío, que no morirá ahora de ella; estate seguro de que está sano.»
Nos va bien esta protección y cuidado de nuestra Madre, porque todos estamos enfermos por el pecado, y podríamos desanimarnos o entristecernos. Trataré de decirlo gráficamente.
«Cuando rezo mis plagarías nocturnas —explica C.S. Lewis, el autor de los cuentos de Narnia— e intento hacer un recuento de los pecados del día, nueve veces de cada diez se trata de algún pecado contra la caridad; me he enfurruñado o he contestado bruscamente o me he burlado o he despreciado a alguien o he dado rienda suelta a mi ira.» Y añade que casi siempre es porque se trata de situaciones que le sorprenden, en las que no se puede controlar. Esos comportamientos son muy interesantes para saber cómo soy, porque «no cabe duda de que lo que un hombre hace cuando lo sorprenden es la mejor evidencia de lo que ese hombre es»: lo que me sale sin poder controlarlo es lo que mejor me dice precisamente cómo soy, aunque lógicamente no sea eso lo que quisiera ser.
Con este ejemplo quedará más claro lo que queremos decir. «Si hay ratas en el desván (en el trastero) es más probable que las veáis si entráis allí de repente. Pero ese de repente no crea a las ratas; sólo les impide esconderse. (…) Las ratas siempre están allí en el desván; pero si entráis dando gritos se habrán puesto a cubierto antes de que hayáis encendido la luz.» Si entras sin hacer ruido y con cuidado, no les darás tiempo a esconderse, y las pillarás fuera de juego: seguramente verás todas las ratas que por allí campean a sus anchas.
Cómo soy, qué hay en nuestro corazón, podemos conocerlo mejor en esas situaciones en las que nos encontramos fuera de juego: cuando estamos cansados, cuando algo es un imprevisto, cuando tengo mucho sueño, estoy cansado o tengo mucha hambre… Entonces observamos en nosotros que controlamos menos y que sale más basura de dentro: malas reacciones, sentimientos de venganza o envidia, enfados, resentimientos, rebeldía, mal carácter… En las excursiones o salidas de verano se nota: al principio todo es fantástico; cuando se lleva un tiempo, el calor cansa y se ha dormido poco… empiezan los choques.
Esas ratas de mi desván, esos prontos con los que reacciono son los que me dicen cómo soy yo, qué hay dentro de mi corazón. Es importante que reconozcamos que somos así, que aunque nos gustase ser de otra manera somos como somos.
Reconocerlo. Si no, como no nos gusta la verdad sobre nosotros mismos, terminamos echando la culpa a los demás, o nos excusamos con los famosos «es que», «pensé que», «creí que».
La reacción lógica al encontrar una nueva rata en mi desván deberá ser alegrarme: «Ahora sé algo mejor cómo soy, Señor. Pero no me preocupa porque tú eres mi Salvador, tú me librarás de mi pecado.» Y le pediremos con el salmista: «Oh Dios, Crea en mí un corazón puro, renuévame por dentro con espíritu firme; no me arrojes lejos de tu rostro, no me quietes tu santo espíritu» (50). Es lógico: como son comportamientos que salen sin quererlos, la única forma de cambiarlos es pidiendo a Dios que seamos de otra forma, que nos cambie el corazón.
Ven, Señor Jesús. Ven y cambia mi corazón, dame uno como el tuyo. Que sepa amar, que tenga mejores sentimientos. Que de verdad nazcas en mí estas Navidades, porque lo necesito. ¡Que nazcas en todos los cristianos! Santa María, hoy que celebramos la fiesta tuya bajo el nombre de Nuestra Señora de Guadalupe, quiero decirte: ¡Bendita sea tu pureza! Consigue para todos tus hijos un corazón puro, renuévanos por dentro. Que no olvide que tú me cuidas, que tú eres mi madre. Felicidades.
Ahora te toca a ti comentarle las últimas ratas que has sorprendido en tu alma.
Diciembre
13
Santa Lucía, mártir. Siglo IV
Hizo los votos de virginidad por amor a Cristo, pero su madre insiste en que se case. Poco antes de la boda la madre se cura milagrosamente por intercesión de Santa Águeda; es por ello que la dejará seguir su camino.
El mesón, hazle sitio
A la entrada de Belén se encuentra un edificio muy grande que mandó construir el Galadita, hijo de David, diez siglos antes del nacimiento de Cristo. Probablemente sea éste el «mesón» al que se dirigió José buscando un lugar para el parto de María, como nos cuenta el Evangelio.
El Galadita construyó este edificio para sus rebaños. Su arquitectura es sencilla: una tapia cuadrada cierra un espacio sin techo donde se meten los animales. En algunas de las paredes se apoyan unos tejadillos de madera donde podían reposar las personas en gran número. También había unos pequeñísimos cuartos que sí estaban cerrados, pero eran muy pocos y muy caros.
Todavía se encuentran construcciones de este tipo en Palestina. Entonces eran lugares muy frecuentados por pastores y comerciantes, y en esos días en que cada uno debía trasladarse a la ciudad de sus antepasados para empadronarse, los mesones estaban repletos de gente. Carros, animales, gente, ruido, olor, insectos… El lugar no era ningún paraíso.
Allí quiso encontrar habitación José. Pero no había lugar en la posada. Se entiende que todas esas pequeñas habitaciones estuviesen ocupadas; el resto de ese gran edificio no ofrecía ninguna intimidad.
Cuando ahora lo recordamos nos parece una barbaridad. Dios hace todo el mundo, y no hay sitio para él cuando quiere venir a vivir en él. ¡Pero no se daban cuenta! Sin embargo, más vale andarnos con cuidado porque hoy puede ocurrirnos lo mismo a ti y a mí.
¡Dios está ahí! Quiere sitio en tu vida, quiere sitio en tu corazón, quiere sitio en tu cabeza, quiere sitio en tu tiempo.
Como estamos tan llenos no hay sitio para Él: pero no nos damos cuenta porque estamos llenos. Es importante que estos días estemos especialmente atentos.
Normalmente lo que más llena, lo que más sitio ocupa y nos hace incompatibles con Dios es el amor propio. Nuestra soberbia cierra las puertas a Dios y también a los hombres. Y todos somos soberbios.
¿Qué es la soberbia? Es el amor desmedido que me tengo a mí mismo.
Puede servir este breve test con cinco manifestaciones de soberbia. Si quieres puedes leer cada una y hablar con Dios cómo vas de eso. Te sugiero que le vayas pidiendo perdón por lo que veas, y que te vayas riendo de ti por lo tonto que eres a veces.
1. Es la soberbia la que hace que queramos ser el centro de atención.
2. La soberbia nos lleva a pensar que somos mejores de lo que realmente somos, o que hacemos las cosas mejor de lo que realmente las hacemos. Por eso dicen que el mejor negocio sería comprar a una persona por lo que ella vale y venderla por lo que él cree que vale.
3. Nos lleva a no aceptar nuestros fallos, a ocultarlos con la mentira, o enfadarnos cuando nos los dicen, a excusarnos con el «es que», «pensé que», «creí que».
4. El amor excesivo al yo también hace que pensemos mucho en nosotros mismos y en nuestras cosas, y esa inercia nos impida estar pendientes de los demás.
5. Es la que hace que hablemos mucho de nosotros, y exageremos con fantasmadas nuestras batallas.
Jesús quiero hacerte sitio, quiero matar la soberbia. Dame la humildad. Te digo lo que decía el Bautista: «Conviene que Él crezca y que yo disminuya» (Juan 3, 30). Eso es, Jesús. Conviene que crezcas y que yo disminuya. Madre mía, hazme humilde, ayúdame a reírme de mi mismo cuando haga el tonto dejándome engañar por la soberbia.
Coméntale lo leído o lo que quieras: y pídele que no te asuste la soberbia, ni te domine. ¿En cuáles de esos cinco puntos te aprieta el zapato de la soberbia.
Diciembre
14
San Juan de la Cruz, Doctor de la Iglesia. 1542-1591
Por consejo de santa Teresa, fue el primero que emprendió la reforma de la Orden. Buscó siempre una vida escondida en Cristo y quemada por la llama de su amor.
¿Puedes humillarte?
El cura de Ars repetía continuamente este consejo: «Sed humildes, sed sencillos; cuanto más humildes, mayor será el bien que hagáis.» Para grabarlo a fuego en sus feligreses solía predicar esta historia:
El diablo se apareció un día a san Mauricio diciéndole:
—Todo lo que tú haces, lo hago yo también. Tú ayunas, y yo no como nunca; tú velas, y yo no duermo nunca.
—Una cosa hago yo que tú no puedes hacer.
—¿Y cuál es?
—¡Humillarme!
La primera vez que escuché esta anécdota me pareció muy fuerte porque… ¡cuesta tanto humillarse! ¡A veces no somos capaces! ¡Y cuando no podemos humillarnos… mal asunto!
Humillarte es reconocer que te has equivocado y decirlo. Humillarte es decir la verdad aunque quedes mal con tus amigos, con tu familia, con el sacerdote, con quien sea…
¿Por qué algunas veces en vez de decir que no lo sabes, dices que ahora no te sale? ¿O que estaba comunicando el teléfono, en vez de decir que te has olvidado? ¿O que has pillado un atasco, en vez de decir la verdad? ¿Por qué dices más o menos, en vez de decir exactamente? ¿por qué dices que no has conseguido eso porque pasabas, cuando la verdad es que no podías? Humillarte es obedecer aunque no entiendas. Humillarte es aceptar las humillaciones que recibes sin merecerlo… y muchas cosas más.
La humildad es una de las grandes lecciones de la Navidad. Desde la Edad Media solemos representar el pesebre como un edificio más bien desvencijado. Es posible todavía reconocer el esplendor que tuvo, pero ahora se encuentra en ruinas, destartalado, abandonado… y por eso convertido en un establo. Aunque esto no tiene un fundamento histórico, expresa bien algo que se esconde en el misterio de la Navidad.
En Belén, ciudad del rey David, este nuevo rey que es Jesús reina desde un trono distinto: desde una cuna. Y su palacio también es nuevo. Desde la sencillez del niño Jesús está anunciando el nuevo modo de reinar en el mundo. Desde el nuevo palacio del establo nos anuncia que el nuevo poder que atraerá todo hacia él será la bondad y el amor manifestado en la Cruz. La verdadera realeza se realiza en la entrega del que se humilla. Tenemos que humillarnos para entendernos con Jesús.
Señor en este adviento quiero que me hagas humilde. Por mi parte, aprovecharé todas las ocasiones que tenga de hacer un acto de humildad. Madre mía, ¡esto sí que me supera! ¡ayúdame más!
Ahora te toca a ti hablar a Dios con tus palabras, comentándole lo leído o lo que quieras.
Diciembre
15
San Urbicio. Siglo VIII
Fue esclavizado por los musulmanes. Atribuye su libertad a la intercesión de los niños santos de Alcalá, los santos Justo y Pastor. En un viaje de agradecimiento a Alcalá roba unas reliquias en peligro de profanación.
Liberarnos o que nos liberen
Un suceso divertido que nos cuenta el Evangelio. Se trata de un enfado de los judíos fariseos que se habían convertido y seguían a Cristo. Jesús les dijo que había venido a liberarlos. Con aire de superioridad y en tono despectivo, le contestaron: nosotros somos libres, no necesitamos tu liberación.
Me parece que a muchos nos pasa algo de esto. Cuando escuchamos que Dios se hizo hombre para liberarnos del pecado, para hacernos verdaderamente libres, no acabamos de entenderlo. Se nos puede pasar por la cabeza que estamos muy bien como estamos, que no necesitamos que nos libere de nada.
La verdad no es así. Hay siete cadenas que, con mayor o menor fuerza, nos atan o nos amenazan con hacerlo. Esas siete cadenas son: avaricia, lujuria, egoísmo, soberbia, gula, ira, pereza. En teología se llaman los siete pecados capitales.
Esas siete cadenas están escondidas en el interior del hombre después del pecado original. La liberación que nos ofrece Jesucristo es la de librarnos de estas consecuencias del pecado original.
¿Sabes por qué la navidad se celebra el 25 de diciembre? El rey sirio Antíoco, que se hacía venerar como dios Zeus, había hecho erigir una imagen suya; un 25 de diciembre la introdujo en el templo, pasando a ser ese el día de su fiesta.
Años más tarde, también un 25 de diciembre, Judas Macabeo entró de nuevo en ese mismo templo —corría el año 165 antes de Cristo— para quitar ese mismo altar dedicado a Zeus puesto por Antíoco; por eso en el calendario judío el 25 de diciembre era y sigue celebrando la fiesta de las luces, la fiesta de la purificación o restauración del templo, ya que volvieron a adorar a Yavé su Dios en su templo.
Pero como la semana del 25 al 31 de diciembre era la semana previa al año nuevo, esperaban que ese día también fuese el de la venida del verdadero Mesías, día en que se liberarían de todo lo provisional, en el que empezaría la nueva libertad: ya sin ídolos verían una gran luz. San Lucas sitúa en la noche de las luces el nacimiento de Jesús; así, en esa misma fecha, los cristianos celebramos la fiesta de la Navidad: lo que Judas Macabeo hizo ese día de manera limitada, lo hizo Cristo de forma plena y definitiva: liberar a los hombres de los ídolos.
Te servirá rezar despacio esta oración de la Madre Teresa de Calcuta, parándote en cada liberación que pides:
Líbrame, Jesús mío, del deseo de ser amada,
líbrame del deseo de ser alabada,
líbrame del deseo de ser honrada,
líbrame del deseo de ser venerada,
líbrame del deseo de ser preferida,
líbrame del deseo de ser consultada,
líbrame del deseo de ser aprobada,
líbrame del deseo de ser popular,
líbrame del temor de ser humillada,
líbrame del temor de ser despreciada,
líbrame del temor de sufrir rechazos,
líbrame del temor de ser calumniada,
líbrame del temor de ser olvidada,
líbrame del temor de ser ofendida,
líbrame del temor de ser ridiculizada,
líbrame del temor de ser acusada.
¡Fíjate si hay cadenas! Puedes seguir pidiéndole que te libere de tu pereza… de tus ataques de ira… de tu lujuria… de tu afán de poseer…
Sigue con tus palabras, y suplícale que te libere…
Diciembre
16
Santa Adelaida, Emperatriz en Italia. 931-999
Protege, socorre y consuela a los necesitados. Reza, se mortifica y expía por los pecados de su pueblo. Queda viuda a los 18 años y sus funciones como Regente emperatriz se vieron interrumpidas por un periodo de cárcel y destierro.
He podido sonreír
No he conocido a muchas personas que escriban su diario. No se lleva mucho. Sin embargo, parece que en ocasiones resulta interesante. Eso me decía un amigo cuando me leyó sus anotaciones de años atrás:
«Entran en la habitación y saludan alegremente a mi compañero de trabajo. Digo una cosa y…sin mirarme… me contestan fríamente. ¡Cómo duele! Gracias, Dios mío, por el desprecio (no lo es en verdad, pero así me lo he tomado en un primer momento). Gracias porque merecería eso y mucho más.» Al día siguiente escribía:
«Iba con el propósito de estar animoso en el trabajo. No he podido sonreír a X. ¡Gracias Dios mío! Ni siquiera puedo eso, no soy capaz de sonreír… y eso que quería.»
Esta anécdota me parece adecuada para estos días. ¿Por qué? Porque Jesús, haciéndose hombre y llevando una vida normal como la nuestra durante treinta años, nos enseña que ser santos se alcanza en lo normal. Ser santo no es hacer cosas raras: el santo es quien se esfuerza por sonreír y reconoce humildemente que no ha podido, se ríe de él mismo, pide ayuda y se lo propone de nuevo el día siguiente, más apoyado en la ayuda de Dios que en sus propias fuerzas. Ése es ser el camino recorrido por todos los santos.
Lo pequeño, o lo pequeñísimo, es importante. Eso sí puedo ofrecérselo a Dios. Y eso es para todos. ¿Luchas en cosas pequeñas? ¿Cada noche haces un corto examen de conciencia para repasar con Dios las pequeñeces del día? ¿Concretas para cada día uno o dos propósitos pequeños para el día siguiente? ¿Reconoces, cuando no has podido, que no has podido? ¿Pides ayuda?
Miremos el ejemplo de un santo. Cuentan que «un día, cuando el joven Francisco montaba a caballo cerca de Asís, un leproso le salió al encuentro. Francisco sentía una gran repugnancia hacia los leprosos. Esto le empujó con fuerza a bajar del caballo y le dio al leproso una moneda de plata, besándole la mano. El leproso le dio un beso de paz y Francisco montó de nuevo en el caballo y continuó su camino. A partir de este momento empezó a superar cada vez más sus inclinaciones naturales y llegó a una perfecta victoria sobre sí mismo, por la gracia de Dios. Algunos días más tarde, con gran cantidad de dinero en el bolsillo se dirigió hacia el hospicio de los leprosos y, una vez reunidos todos, le dio a cada uno de ellos una limosna besándoles las manos. A la vuelta experimentó lo que en un principio le resultaba amargo —ver y tocar a los leprosos—, se le había vuelto dulzura. Antes, la simple vista de los leprosos, como él mismo confesaba, le era tan penosa que incluso evitaba ver las casas donde habitaban. Si en alguna ocasión los veía o le tocaba pasar cerca de una leprosería… volvía el rostro y se tapaba la nariz. Pero la gracia de Dios le convirtió de tal manera que se le hizo familiar y le gustaba convivir con ellos y servirlos, como él mismo reconoce en su testamento. La visita a los leprosos le había transformado.»
Jesús, quiero ofrecerte cada día mil cosas pequeñas, ¡eso sí que puedo! Grandes heroísmos no se me presentan, y mejor así, porque si se me presentasen… no sé si sería capaz de vencer. Pero lucharé en los detalles pequeños —¡sonreír cada día!—.
Puedes charlar con él de cómo es tu lucha, responder a las preguntas, comentar el hecho de san Francisco.
Diciembre
17
San Lázaro
Hermano de Marta y María y amigo de Jesús, hasta el punto de que Jesús se compadece y lo resucita. Es un ejemplo con Jesús entre sus amigos acogiéndolo en su casa en diversas ocasiones.
¿Por dónde se va a…?
El Evangelio de hoy nos recuerda con detalle los antepasados de Jesús, su árbol genealógico, para meternos por los ojos que se hizo hombre. ¿Para qué? Ya hemos considerado algunos motivos por los que Dios se ha hecho hombre. Veamos otro.
Cuando se va a hacer un viaje, lo primero es enterarse por dónde se va al destino. Entre el lugar donde me encuentro y el lugar al que me dirijo, hay un espacio que debo recorrer.
«Yo soy el camino», dice Jesús. ¿Qué quiere decirnos? Sencillamente esto: que desde lo que ahora soy yo hasta el yo pleno, Jesús es el Camino.
¿Qué es el yo pleno? Lo que yo puedo ser, lo que estoy llamado a ser: plenamente libre, completamente feliz, fuerte para aliviar los sufrimientos de los demás, capaz de realizar en esta vida los privilegios que me corresponden, realmente lleno de la vida nueva que Jesús nos ha traído, sinceramente enamorado de Dios y unido a los demás… Este yo pleno se alcanza del todo tras la muerte, pero empieza ya en esta vida. En esta vida, hoy mismo si quieres, empieza el camino desde el yo actual al yo pleno.
¿Qué hacer para alcanzarlo? Recorrer el camino, ir detrás de Jesús, seguir lo que él hizo, pisar donde él pisó. Él nos precede y nos muestra el camino: «Nadie llega al Padre sino por mí» (Juan 14, 6).
Dios, el invisible, a través de Jesús se hace visible y nos habla de modo que le entendemos. Ya sabemos cómo es el Padre. Y a través de Jesús, que vive como vivimos cualquiera de nosotros —pasa sueño, cansancio, tiene amigos, recibe críticas, trabaja, etc.— conocemos el camino que nos lleva a él.
Esto implica que tratemos de distinto modo al Hijo que al Padre. Cuando oramos a Jesucristo hacemos bien si le adoramos y pedimos ayuda… Sin embargo, eso también lo hacemos al hablar con Dios Padre. Lo característico de la oración con Jesucristo es que con él hablamos de hermano a Hermano. Es un trato distinto. Lo propio con él será, más bien, pedirle llegar a comprenderle, meditar sobre su vida y sus palabras, tratar de pensar de acuerdo con sus pensamientos y enseñanzas, preguntarle cómo hacer para imitarle, cómo actuar en esta situación y cómo reaccionar en esa otra…
Se trata de dirigir nuestra mirada a Jesús porque —como dice san Juan —si le vemos, vemos al Padre (14, 9).
Tratar y amar a Jesús, hombre y Dios, de manera que ese amor sea el motor de nuestra vida. Pedirle que nos dé la vida nueva que nos ha traído. Hablamos de hermano a Hermano.
Dios creador mío, que has querido que tu Hijo se encarnase en el seno de María, ayúdanos a ser hijos tuyos en él, por él y con él. Jesús, que te imite, que me parezca a ti. Que sepa hablar contigo como tu hermano. Que sepa fijarme en tu comportamiento, para identificarme contigo y ser en todo momento tú, el mismo Cristo, por obra del Espíritu Santo.
Puedes hablar a Dios con tus palabras, hablar con Cristo de acuerdo con lo que has leído: de manera distinta a como lo haces con Dios Padre.
Diciembre
18
La expectación del Parto
Fiesta propagada en el concilio del 656, para preparar la Navidad contemplando el indecible gozo esperado de Santa María por el futuro próximo de su parto. Fiesta también conocida como «Nuestra Señora de la O».
Traer Belén
En las afueras del pueblo de Belén se encuentra la gruta en la que nació Jesús hace dos mil años. Esa desconocida cueva, que hasta entonces sólo importaba a su dueño porque le servía para dar cobijo a unos pocos animales, ha pasado a ser un lugar importante, muy importante.
Allí se encuentra el primer suelo que tocó Dios hecho hombre. Aquel es el lugar en el que por primera vez los hombres podíamos ver al Dios invisible. Aquel Dios desconocido al que durante siglos nadie vio, ni oyó, ni tocó. En esa habitación de animales Dios podía ser visto, oído y tocado por primera vez. Por eso, esa gruta de Belén es un lugar importante, querido y entrañable para todos los que seguimos a Jesucristo.
¡Qué suerte poder ir a Belén durante estos días en los que recordamos lo que allí ocurrió! Como no nos resulta posible ir a Belén, traemos Belén a nuestras casas. Así nació la costumbre de poner durante las Navidades un «Belén» en algún rincón de todos los hogares cristianos. No es una tontería. Es un modo de acercarnos al misterio que celebramos estos días.
¿Sabes de quién fue la idea de los belenes? De san Francisco de Asís. Así cuentan lo que ocurrió cuando vivía en Greccio:
«Unos quince días antes de Navidad, Francisco dijo: “Quiero evocar el recuerdo del niño nacido en Belén y de todas las penurias que tuvo que soportar desde su infancia. Lo quiero ver con mis propios ojos, tal como era, acostado en un pesebre y durmiendo sobre heno, entre el buey y la mula…”
»Llegó el día de alegría. Convocaron a los hermanos de varios conventos de los alrededores. Con ánimo festivo, la gente del país, hombres y mujeres, prepararon, cada cual según sus posibilidades, antorchas y cirios para iluminar esta noche que vería levantarse la Estrella fulgurante que ilumina todos los tiempos. Cuando llegó, el santo vio que todo estaba preparado y se llenó de alegría. Se había dispuesto un pesebre con heno, había un buey y una mula. La simplicidad dominaba todo, la pobreza triunfaba en el ambiente, toda una lección de humildad. Greccio se había convertido en un nuevo Belén. La noche se hizo clara como el día y deliciosa tanto para los animales como para los hombres. La gente acudía y se llenaba de gozo al ver renovarse el misterio… Los hermanos cantaban las alabanzas del Señor y toda la noche transcurría en una gran alegría. El santo pasaba la noche de pie ante el pesebre, sobrecogido de compasión, transido de un gozo inefable. Al final, se celebró la misa con el pesebre como altar, y el sacerdote quedó embargado de una devoción jamás experimentada antes.
»Francisco se revistió de la dalmática, ya que era diácono, y cantó el Evangelio con voz sonora… Luego predicó al pueblo y encontró palabras dulces como la miel para hablar del nacimiento del Rey pobre y de la pequeña villa de Belén.»
Cuando vemos fotos de lugares donde hemos vivido un tiempo, hemos pasado un verano o hemos ido de excursión… nos traen muchos recuerdos. Cuando veo el Belén y me quedo mirándolo, qué fácil resulta que me asalten recuerdos de lo que allí ocurrió, imaginarme las cosas que nos cuenta el Evangelio, revivirlas y hablarle, darle gracias y comentar con María y con José lo que ellos pensarían…
¡Trae Belén a tu casa! No es como el árbol de Navidad ni como cualquier otro adorno. No es sólo para dar ambiente. ¡Empéñate en ponerlo, en cuidarlo, en enriquecerlo de detalles que lo hagan vivo y que manifiesten tu fe y tu cariño!
Te aconsejo que durante estos días, cuando puedas, hagas este rato de oración delante del Belén. Que cada vez que pases por delante le lances a Jesús, al menos, un «te quiero»; que le repitas muchas veces: ¡Ven, Señor Jesús! Que cantéis toda la familia villancicos delante del Belén.
Jesús, gracias por haberte hecho niño, por haber habitado esta tierra nuestra, por haberte hecho visible. Quiero vivir unas Navidades cristianas. Me serviré del Belén. Madre mía, que desee su venida como tú la deseaste. ¡Ven, Señor Jesús!
Dile ahora, con afecto, qué buscas estas fiestas, qué pretendes con el Belén, si le gusta, cómo aprovecharlo para crecer en piedad y amor a él…
Diciembre
19
San Nemesio, mártir. Siglo III
Apreciado por su bondad y conducta ética intachable, como debe esperarse en un discípulo de Cristo. Lo delataron, primero, de delincuente y, después, de cristiano. Confirmando esta última fue quemado en la hoguera.
Las cuatro etapas
Me lo contaba un chaval, buen amigo. Durante una clase de catequesis de confirmación, mirando el retablo de la capilla donde se encontraba, se distrajo. Se le fue la cabeza, no sabía ni de qué hablaban. Pero pensando descubrió lo que llamaba la cuarta etapa. Me lo explicaba así:
«Me he dado cuenta de que cuando era pequeño rezaba de memoria oraciones, siempre que en casa o en el colegio era costumbre rezar. Pero lo había sin dirigir de forma consciente las palabras a nadie. Las recitaba, sin más. Estaba en mi primera etapa de oración.
»Un día, atraído por una imagen que me gustaba, caí en la cuenta de que mis oraciones iban dirigidas a aquella pintura de la Virgen, a aquel crucifijo o cuadro de Jesús. Entré en mi segunda etapa.
»No duró mucho esa situación, pues pronto me percaté de que aquellas imágenes no eran vivas y, por lo tanto, no podían escucharme. Así empecé a dirigir conscientemente mis oraciones a quien representaba esa imagen, que están vivos “allá arriba”, en los cielos. Era mi tercera etapa.»
Y terminaba: «Ayer, en mi distracción, descubrí que esas personas vivas, además de estar allí arriba, también están dentro de mí, en mi alma si estoy en gracia de Dios. Ahora sí me sé escuchado y apoyado cuando hago oración.»
Interesante. Piensa: ¿en qué etapa te encuentras tú?
Estos días, cuando te encuentres delante de un Nacimiento, delante de un niño Jesús, recuerda que puedes hablar y hablas con Jesús, el mismo que nació en Belén, vivió en Israel, murió en Jerusalén, resucitó y ya no morirá nunca más, el mismo que ascendió a los Cielos, donde vive ya sin tiempo ni muerte que le amenace. Nos dijo, además, que viviría dentro de cada uno de nosotros, dentro de ti y de mí, si le dejamos nacer en nosotros aceptando la gracia.
Quien ha llegado a la cuarta etapa descubre las personas vivas a las que se dirige cuando canta villancicos. No cantamos cualquier cosa, ni cantamos al sol o a la mañana. Cantamos a Jesús, a María, a José, imaginando circunstancias o diálogos en torno a un hecho de su vida. No nos importa hacernos niños con esos cantos y dar vueltas a algo de sus vidas que hicieron por nosotros. ¡Qué buena oración podemos hacer cantando villancicos!
Jesús, ¿en qué etapa me encuentro? ¡Qué me sepa escuchado! Que me sepa capaz de agradarte, de hacerte pasar un buen rato. ¡Soy tu hermano! Santa María, que no deje nunca la oración.
Charla con él de la etapa en la que te encuentras. Si no la has alcanzado, quizá puedes pedirle entrar en la cuarta.
Diciembre
20
Santo Domingo de Silos, Abad. Siglo XI
Fue ordenado sacerdote y tras año y medio se marcha y toma el hábito negro de San Benito. Fue expulsado al defender los tesoros del monasterio frente al rey. En Castilla se encargará de poner en pie el monasterio de San Sebastián de Silos.
La palabra y la voz
Padre, Hijo y Espíritu Santo. Un solo Dios. Tres personas. El Hijo es Dios, y por eso eterno como el Padre. Y es la Palabra, como dice san Juan. La palabra se hizo hombre. Pero Jesucristo sigue siendo la Palabra.
Es evidente que la palabra no es lo mismo que la voz. La palabra es lo que tiene un contenido que va del que habla al que escucha. Y el medio por el que va de uno a otro es la voz. Unos tienen buena voz y sus palabras no dicen nada; otros al contrario, con mala voz dicen palabras muy interesantes.
Cuando predicaba san Juan decía: yo soy la voz del que grita en el desierto. Juan es la voz. Cristo es la Palabra.
Y ahora, para hablar, el Hijo no necesita de voz. Muchas veces también usa la voz de alguien que nos habla para hablar Él, como usó hace veinte siglos la voz de Juan, pero no le resulta imprescindible.
Cristo sigue siendo la palabra y sigue hablando. Pero no siempre necesita voz. Habla por la Iglesia, pero también habla allá dentro de nosotros, donde se encuentra la conciencia (aunque no es la conciencia). Para escucharle hace falta un mínimo de silencio interior. Igual que si pongo el compact-disc muy bajito y al lado mi hermano está tocando la batería no oiré el compact, del mismo modo si no tengo silencio por dentro tampoco le podré oír.
Además, él habla muy bien. En un momento muy breve es capaz de hacer ver algo que, explicado «con voz», podría costar horas y horas hacerlo entender, y a pesar de todo quizá no quedaría bien entendido.
Pero es necesario que creemos el clima en el que pueda hablarnos. Símbolo de este clima es el desierto. «Hay que atravesar el desierto y permanecer en él para acoger la gracia de Dios. Es aquí donde uno se vacía de sí mismo, donde uno echa de sí lo que no es de Dios y donde se vacía esta pequeña casa de nuestra alma para dejar todo el lugar para Dios solo. Los hebreos pasaron por el desierto, Moisés vivió en el desierto antes de recibir su misión, san Pablo, san Juan Crisóstomo se prepararon en el desierto. Es un tiempo de gracia, un período por el cual tiene que pasar todo el mundo que quisiera dar fruto. Hace falta este silencio, este recogimiento, este olvido de todo lo creado, en medio del cual Dios establece su reino y forma en el alma el espíritu interior; la vida íntima con Dios, la conversación del alma con Dios en la fe, la esperanza y la caridad. Más tarde el alma dará fruto exactamente en la medida en que el hombre interior se haya ido formando en ella.
»Sólo se puede dar lo que uno tiene y es en la soledad, en esta vida solo con Dios solo, en el recogimiento profundo del alma, donde olvida todo para vivir únicamente en unión con Dios, pues Dios se da todo entero a aquel que también se da sin reserva.
»¡Date enteramente a Dios solo y él se te dará todo entero a ti! Mira a san Pablo, a san Benito, a san Patricio, a san Gregorio Magno, y a tantos otros; ¡qué tiempos tan largos de recogimiento y de silencio! Sube más arriba: mira a san Juan Bautista, mira a Nuestro Señor. Nuestro Señor no tenía necesidad, pero ha querido darnos un ejemplo.»
Se preguntaba Ratzinger: «¿Cómo encontramos ese silencio? El mero callar no lo crea. En efecto, un hombre puede callar exteriormente pero estar al mismo tiempo totalmente desgarrado por el desasosiego de las cosas. Alguien puede callar pero tener muchísimo ruido en su interior.» Y entonces, con palabras algo difíciles pero que leídas dos veces se van descubriendo, dice de cuatro maneras en qué consiste:
«Hacer silencio significa encontrar un nuevo orden interior.
»Significa pensar no sólo en las cosas que se pueden exponer y mostrar.
»Significa mirar no sólo hacia aquello que tiene vigencia y valor de mercado entre los hombres.
»Silencio significa desarrollar los sentidos interiores, el sentido de la conciencia, el sentido de lo eterno en nosotros, la capacidad de escucha frente a Dios.»
Normalmente el Señor habla a quien le quiere oír y lo hace posible. Él sabe perfectamente cuándo quieres o no quieres. ¿Le preguntas cosas a Dios? ¿Le pides que te explique lo que no entiendes? ¿Sabes esperar o quieres que te lo haga ver sobre la marcha? ¿Le pides darte cuenta de esa cosa, o de aquella otra? ¿Creas el clima del desierto en tu alma dedicando un tiempo sólo para él, para que él se te dé «todo para ti»?
Madre mía, consíguenos el saber hablar y escuchar a tu Hijo, que es la Palabra. Que sintonice con él fácilmente, como sintonizo fácilmente la emisora de radio que me gusta. Que cree silencio en mi interior. Que oiga todo lo que quiere decirme. Que cuide este pequeño rato de oración todos los días de mi vida, donde le hablo y donde él me habla. Tengo que decidirme a crear «silencio» en mí. Ayúdame.
¡Qué interesante sería que ahora te decidieses con Dios a buscar el silencio del desierto estos días! Háblalo con él.
Diciembre
21
San Pedro Canisio, Doctor de la Iglesia. 1521-1597
Ingresó en la Compañía de Jesús. Tomó parte activa en el concilio de Trento. Se distinguió por la profundidad de su cultura teológica, por su celo y actividad, pero también por el espíritu conciliador.
Andaba a gatas
A Mauricio le conocí hace muchos años. Éramos compañeros de guardería. La vida nos separó y desde entonces no me lo he encontrado hasta ahora: han pasado 22 años. Me sorprende verlo andando a gatas. No sé cómo hacer para no mostrar extrañeza y a la vez preguntarle por la causa de su enfermedad: ¡Debe de ser muy duro no poder andar a los 25 años y verse obligado a gatear! Por fin, tras los primeros saludos y divertidos recuerdos, abordo el tema.
—No, no tengo ninguna enfermedad —me contesta —. Es un trauma.
—¡Ah, sí! ¿Cómo es eso?
—A los cuatro años me costaba todavía andar: algo de torpeza. En esos intentos, cuando por fin me solté, me caí la primera vez; también la segunda. Lo intenté una tercera vez, y como volví a caerme ya dejé de intentarlo. Como vi que eso de andar no era lo mío, decidí desplazarme a gatas. No lo intenté una ni dos veces, sino tres. Para estar toda la vida cayéndome y humillado, prefería hacerme a este modo de vida. No me va tan mal, aunque algo limitado y muy cansado.
Es evidente que este sucedido no es real al cien por cien. A ese tal Mauricio no me lo he encontrado. Pero sí me he encontrado muchos jóvenes y menos jóvenes que con su alma siguen andando a gatas: ya no se proponen ser santos, vivir para los demás, hacer oración, vivir algunas virtudes, luchar por… porque lo intentaron tiempo atrás… y como no lo consiguieron ya no lo intentan más. Así es: ¡ya no lo intentan más!
¡Ése es el fracaso de Jesucristo en algunos cristianos! Él se hace hombre para que seamos santos. ¡Y podemos! Tan sólo hacen falta dos cosas.
Primera, llevar las ballestas metidas en el tendido eléctrico, como los trolebuses y tranvías; esto es, mantener relación con Dios buscando la gracia en la oración y los sacramentos (sobre todo la Eucaristía y la Penitencia).
Segunda, querer. Querer no es un simple desear. Te copio lo escrito por un psiquiatra:
«Querer es buscar algo poniendo la voluntad por delante; con empeño y tesón, dejándose uno la piel en esa empresa. De ahí que se pueda decir que desea la persona poco madura y quiere el hombre hecho y sólido. Cuando queremos alcanzar algo poniendo la voluntad en marcha, hay tres etapas importantes: “1—. Saber lo que uno quiere: esto es fundamental. Tanto, que el que no sabe lo que quiere en la vida, no puede ser feliz. Después, poner los medios adecuados con ilusión. 2—. Viene después la determinación rotunda de que esa pretensión no sea algo fugaz, pasajero, sin consistencia, como una tormenta de verano. De ahí que la voluntad sea una mezcla de disposición decidida, tesón, tenacidad, insistencia que no se doblega ante las dificultades e imprevistos, que es capaz de crecerse ante las dificultades… Un hombre que obra de ese modo va haciendo como una fortaleza amurallada. No habrá empresa que se le resista y, antes o después, irán llegando los frutos. 3—. Por último está el mise au point de los franceses o el ready to go de los anglosajones; ponerse en movimiento.»
¡Aplícalo! Ser santo es participar de la santidad de Dios, recibir de él la vida nueva; por eso las ballestas en el tendido eléctrico. Pero si no queremos… no hay nada que hacer.
Jesús, quiero ser santo. ¿Me ha ocurrido a mí lo que a Mauricio? ¿Puedo decir que llevo habitualmente metidas mis ballestas en el tendido eléctrico? ¿Quiero ser santo? ¿Vivo esas tres etapas? Madre mía ¡puedo! Es lo verdaderamente importante en mi vida. Que no me desanime, porque soy santo no cuando hago todo bien, sino cuando lucho por ser buen hijo de tan buen Padre, por ser buen hermano de Jesucristo.
Puedes comentar con Él, con humor, si has sido o eres en algo como el imaginario amigo Mauricio… Termina, después, con la oración final.
Diciembre
22
Santa Francisca Javier Cabrini, fundadora. 1850-1917
Maestra que llega a superiora en el Hospicio de la Providencia, después germen de las Misioneras del Sagrado Corazón. Obtiene la aprobación Pontificia en 1907 y comienzan siete profesas que se multiplicarían tras su muerte.
A usted le ha hecho bien que yo sea cristiano. ¡Felicidades!
Un traficante blanco llegó a una de las islas del mar del Sur. Un chico nativo se le ofreció para llevarle el equipaje desde el bote al hotel. Durante el camino conversaron sobre los misioneros y su obra evangélica, y el negociante preguntó con tono despectivo:
—¿Qué bien le ha hecho a usted ser cristiano?
—Yo puedo subrayar algo bueno que le ha hecho «a usted» el que yo sea cristiano —le contestó el chico—. ¿Ve allí aquella gran piedra llana? Si usted hubiese venido aquí cuando yo era pagano, le habría degollado sobre aquella piedra y luego mis amigos y yo le habríamos dejado en cueros. En cambio ahora le ayudo a transportar su equipaje, muy contento de servirle.
Solo quien sea muy superficial puede no valorar el hecho de que haya más o menos cristianos, como si ser cristiano fuese equiparable —sin más— a ser hincha de un equipo de fútbol o partidario de una opinión política. ¡Ser cristiano es mucho más! Si reinase Jesús, reinaría la paz y el amor. Dios quiere que seamos felices, y Jesús se ha hecho hombre para enseñarnos a serlo y ayudarnos.
Jesús dijo que había venido a pegar fuego a la tierra, y lo que quería era que ardiese. Y nosotros somos los encargados de extender ese fuego. Tres tipos de cerillas con las que encender el fuego de Jesús: el ejemplo, la palabra y la oración.
¡Son tantas las cosas buenas que nos llegan con la venida de Dios hecho hombre! Esto es lo que ha visto cada uno de los misioneros cristianos cuando se han decidido a viajar a nuevas tierras. San Francisco Javier escribe una carta estando de misiones: «Este país es muy peligroso, porque sus habitantes, llenos de maldad, envenenan a menudo la comida y la bebida. Por esto no hay nadie que quiera ir allí para asistir a los cristianos. Tiene necesidad de instrucción espiritual y de alguien que los bautice para salvar su alma. Así que tengo la obligación de perder mi vida terrena para socorrer la vida espiritual del prójimo. Pongo mi esperanza y mi confianza en Dios, Nuestro Señor, dichoso de poder conformarme, aunque pobremente, a las palabras de Cristo, Nuestro Redentor: “Quien quiera guardar su vida la perderá; pero quien la pierde por mí, la guardará.”» Éste ha sido el móvil de tantos misioneros cristianos.
Es lógico que nos felicitemos las Navidades entre los cristianos. Al felicitarnos nos recordamos unos a otros que la felicidad la encontramos y la tenemos gracias a él. Y nos deseamos más felicidad con su nuevo nacimiento en cada uno de nosotros en estos días. ¡Es bueno felicitar las navidades! Y es bueno, por eso, que los tarjetones de felicitación tengan una referencia a Jesucristo en el texto o en la imagen.
Jesús, gracias porque tu fuego ha llegado hasta mí. Que yo arda por completo. Y que sepa pegar fuego a mi alrededor. Que nadie que se cruce conmigo se quede apagado. Te pido que todos los cristianos de la Iglesia hagamos apostolado sin parar. Que te conozcan todos los hombres. Madre mía, reina de los apóstoles, ruega por nosotros.
Puedes ahora charlar con él y ver si tienes los sentimientos de los misioneros… porque todos los cristianos somos misioneros en nuestro sitio. Convéncele de que te los conceda. Y pídele llenar de sentido la costumbre de felicitar las navidades: motivos los tenemos. ¡Y suplícale que esta felicidad llegue a todos los hombres!
Diciembre
23
San Juan de Kety. 1390-1473
Ordenado sacerdote y profesor en la universidad de Cracovia, donde destaca por la sabiduría en su cátedra, la piedad y la caridad. Alejado por algún tiempo vuelve a la universidad.
Besó la flecha
Cuenta una novela algo que ocurre a una madre india: «Conteniendo la respiración, estrecho a Bijoy [su hijo pequeño] entre mis brazos. “Mi talismán.” En el mismo instante en que formulo ese pensamiento, una terrible objetividad se apodera de mí. Por primera vez veo a mi hijo como lo haría un desconocido: un niño delgado de piel oscura, bastante anodino, con un resto de kétchup de la comida ensuciándole la barbilla.» ¡Qué horror! Mirar al hijo con objetividad, como le ven todos, sin cariño, le duele tanto que su reacción es instantánea: «Angustiada, beso a Bijoy varias veces. Eres el mejor niño del mundo, susurro a modo de ardiente disculpa. De todas formas, en la boca me queda un tenue regusto amargo, como de agua de mar.»
Estos días estamos preparándonos para recibir a un Niño. Dice el Evangelio: «Y dio a luz a su hijo primogénito; lo envolvió en pañales y lo reclinó en un pesebre, porque no había lugar para ellos en la posada» (Lucas 2, 7). Todavía hoy podemos ver pesebres de ésos: como recipientes alargados y estrechos con forma de «barca», donde se coloca la cebada para que coma el ganado.
Hemos de tener cuidado en no mirar fríamente a ese Niño, como le miraría un desconocido, delgaducho, de piel oscura… quedándonos en cómo es la figurita del belén de casa. Recibimos a Dios. Sin embargo, es bueno venerar las figuras.
Recuerdo una película en la que el protagonista se había exiliado de su país por motivos políticos. Después de muchos años pudo volver. Los espectadores habíamos sufrido toda la tensión del protagonista por retornar a su verdadera patria, y le habíamos acompañado en su larga y penosa vuelta. Por eso, no nos resultó extraño en absoluto que, al entrar en su ciudad, de forma natural el personaje se lanzase sobre una señal en la que venía escrito el nombre de la ciudad a la entrada de ésta, y la besase con cierta pasión.
Es claro que el letrero no es la ciudad: es sólo un indicador de ésta, pero la besó. Del mismo modo que una bandera no es el país, pero es un símbolo de éste; y también se besa.
La imagen del Niño —ya sea una figura o una pintura— no es Jesús, pero… como lo que tengo visible de Él es esta imagen, lo que hago a esa imagen con el corazón se lo hago a Él.
El beso que yo dé a esa imagen, lo recibe Jesús. Que estos días mires con afecto el Belén, los Nacimientos que haya por la ciudad o en los escaparates de las tiendas. Jesús puede recibir tu cariño y tu ternura muchas veces, si aprovechas todas las ocasiones que estas fiestas te brindan. ¡Aprovecha, porque Él lo agradece! Y así irás amándole más.
Jesús, enséñame más. Yo te miro en el pesebre… y tú me explicas. Jesús, María y José, que estos días esté constantemente con vosotros tres. Las imágenes sagradas son como una flecha: apuntan a lo real que hay detrás de ellas. Gracias. ¡Ven, Señor Jesús!
Ahora coméntale lo leído o lo que quieras. Puedes preguntarle si le gustan tus besos… o si los encuentra fríos.
Diciembre
24
San Gregorio, mártir. Siglo III
Religioso y bueno, vive en la época de las persecuciones de Diocleciano. Murió mártir acusado de no querer sacrificar a los dioses y de afirmar que solo un Dios merece adoración.
Cuidado con convertirnos en anfitriones
Esta noche es Nochebuena y mañana Navidad; dame la bota, María, que me voy a emborrachar.
Emborrachamos de alegría porque hoy nace Jesús, y con Él ya lo tenemos todo. Hoy podemos hacer oración con la letra de un villancico.
Madre, en la puerta hay un Niño. Y hoy ese niño llama a la puerta de cada uno. Hoy quiere nacer, ¡de verdad!, en cada hermano suyo y en todos. En concreto… en ti. ¿Le abres?
Diciendo que tiene frío, porque viene casi en cueros. ¡Y sigue desnudo de amor! Continúa frío. Cristo sigue casi en cueros. Hoy es preciso que te empeñes en que se sienta amado. ¡Que note tu afecto, tu ternura, tu cariño! Jesús vive, es una persona —hoy lo vemos niño—, y necesita —quiere necesitar— cariño de los hombres. Tú se lo puedes dar porque él escucha lo que le dices, recibe el beso que das a su imagen… Así es de verdad. Perdona la insistencia: ¡que hoy reciba cariño de ti!
Pues dile que entre y se calentará, porque en esta tierra ya no hay caridad. Y no la hay porque seguimos resistiéndonos —cada uno de nosotros sabe cómo— a amarle, seguimos regateando entrega, seguimos «cumpliendo», seguimos sin poner el corazón al tratarle. Dile que entre: se calentará, enseguida sentirá tu cariño…Y también él te calentará a ti.
¡Cuidado durante las Navidades! Nos puede ocurrir lo que en algunas bodas. Hace poco estuve casando a unos amigos en Tarragona. El lugar era fantástico: un antiguo castillo rehabilitado, junto al mar. En la vieja capilla tenía lugar la ceremonia; al finalizar, un pequeño tentempié en un edificio adjunto y luego… cena en otro edificio. Fotografías, músicos… Detrás de todo se encontraba un excelente anfitrión que iba de un lado a otro pendiente de que todo estuviese en su sitio y en su momento. Pero… ni siquiera pudo felicitar a los novios más que al principio, con correcta educación, cumpliendo una formalidad más.
¡Cuidado, porque puede ocurrimos lo mismo!
¡Estos días hay tantas cosas! Comidas, ir a una casa y a otra, comprar regalos… Podemos estar todo el día en preparativos y festejos, y olvidarnos de Él, ¡que es el motivo de todo!
¡Cuánto me sugieren estas palabras de Isaías! Son proféticas de lo que Jesús lleva por dentro estos días: «Yo ofrecía respuesta a los que no preguntaban, salía al encuentro de los que no me buscaban; decía: “Aquí estoy, aquí estoy”, al pueblo que no invocaba mi nombre» (Is 65, 1). ¡Qué ganas de mostrarse a todos los hombres, de hacerse ver también por los que no le buscan!
María y José ¡que no me olvide de Él! Que le dé afecto, es más, que le dé ternura. Que entre en mí… hasta el fondo. Que le dé calor, que le trate bien. Que se sienta amado. Gracias.
Te toca hablar a Dios con tus palabras, comentarle cómo te gustaría vivir estos días. Que no te importe que parte se quede en deseos, pero procura que sean muy grandes y manifiéstaselos.
Diciembre
25
Natividad de Nuestro Señor Jesucristo
Celebramos elcumpleaños de Jesús, recordando que en estas fechas la virgen María dio a luz al Redentor del mundo.
Mirarse… ésa es la felicidad
Aunque parezca que no vienen a cuento estas palabras, te las copio. Las escribe Miguel Delibes cuando muere su mujer.
«Ninguno de los dos éramos sinceros pero lo fingíamos (ambos —marido y mujer— conocen la grave enfermedad que aqueja a la mujer y que en breve la llevará a la muerte) y ambos aceptábamos, de antemano, la simulación. Pero, las más de las veces, callábamos. Nos bastaba mirarnos y sabernos.
»Nada importaban los silencios, el tedio de las primeras horas de la tarde. Estábamos juntos y era suficiente. Cuando ella se fue, todavía lo vi más claro: aquellas sobremesas sin palabras, aquellas miradas sin proyecto, sin esperar grandes cosas de la vida, eran sencillamente la felicidad.»
Te propongo que así hagas hoy con Él. Durante ese rato estar, silencio, mirarle, saberte mirado… Métete.
Pueden servirte estas palabras que un autor pone en boca de María en esta noche: «Yo estaba muy cansada, pero era incapaz de dormirme. Le tenía allí, en mis brazos, acurrucado debajo de las mantas, recibiendo el calor de mi pecho y no demasiado lejos de los dos animales que obstruían la entrada de la cueva e impedían que pasara el viento frío de principios de Tebet. (…)
»No podía dejar de contemplarle. Le miraba y, por primera vez, allí, en aquella cueva que yo hubiera querido convertir en un palacio en honor a él, noté un sentimiento que hasta entonces no había tenido. Le miraba y, de repente, empecé a adorarle. (…)
»“Te quiero”, le decía besándole la frente. “Te quiero y le doy gracias a Dios por tenerte conmigo. No ha sido fácil y he pasado mucho miedo. Pero ahora que estás aquí lo doy todo por bien empleado. Casi te diría, mi pequeñín, que no me importaría que no ocurriera absolutamente nada de todo lo que me anunció el ángel. Nunca soñé con grandezas que superaran mi capacidad, ni aspiré a ser respetada y admirada. Ahora, convertida en la madre del Mesías, todo parece tan extraño. ¿Qué Mesías eres tú, que has nacido en una cuadra de ovejas y que tienes por corte a una vaca y a un borrico y por padres a dos humildes paletos? ¿Dónde está tu poder, dónde tu grandeza? Y, sin embargo, no me siento decepcionada. Tú vales más que todo lo que se obtenga de ti y esto lo sé yo, que soy tu madre, y ojalá que lo aprenda todo el mundo cuando crezcas y cumplas la misión para la que has nacido. Quizá los hombres te quieran por lo que les das, por lo que representas, por tu mensaje, por tus victorias o, quien sabe, por tus milagros. Yo, querido niño mío, te querré por ti. No es que lo demás no me importe, porque sería como despreciar los planes de Dios, pero, entiéndeme, yo soy tu madre y en este pecho podrás encontrar siempre amor puro, amor a ti y no sólo a lo que traigas contigo. Tú eres el regalo, tú eres el tesoro, y si no hubiera nada más, para mí ya sería bastante.»
Oh Dios, hoy que nos ha nacido el Salvador para comunicarnos la vida divina, concédenos compartir la vida divina de aquel que hoy se ha dignado compartir con el hombre la condición humana. Por nuestro Señor Jesucristo. Amén.
Ahora te toca a ti hablarle; coméntale, si quieres cántale un villancico aunque sea interiormente, dale besos… Di algo a María y José… ¡que te enseñen!
Diciembre
26
San Esteban, mártir. Siglo I
Primer mártir de la Iglesia, perteneció a la primera comunidad cristiana y ayudó a los Apóstoles como diácono.
No se lo tengas en cuenta
Ayer celebramos el nacimiento de Jesucristo. Hoy celebramos fiesta los cristianos recordando el primer hombre que amó más a Jesucristo que a él mismo, el primero que muere por Jesús, el primer mártir: el joven Esteban.
¿Sabes cómo murió? A pedradas, más o menos nueve meses después de la crucifixión. Y fue así. Cuentan los Hechos de los Apóstoles que Esteban, lleno de gracia y de virtud, hacía prodigios y grandes señales en el pueblo. Los que le escuchaban no podían resistir su sabiduría. Le cogieron los judíos y le acusaron de blasfemar contra Moisés y contra Dios. Todos los que estaban sentados en el Sanedrín vieron su rostro como el rostro de un ángel.
Le dejaron hablar y, en vez de excusarse o buscar alguna salida, aprovechó que le escuchaban para explicar el cristianismo. Sus oyentes se indignaron tanto que sus corazones se llenaron de rabia, sus dientes rechinaban, gritaban a grandes voces, se tapaban los oídos, se echaron encima de él, lo sacaron fuera de la ciudad, y lo apedrearon. Esteban, mientras tanto, repetía: «Señor Jesús, recibe mi espíritu». Después, cayendo de rodillas, lanzó un grito: «Señor, no les tengas en cuenta este pecado.» Y con estas palabras, expiró (Hechos 6 y 7).
¿Cuándo aprenderemos que ser cristiano no es meramente «cumplir», o «ser bueno»? Ser cristiano es amar. Amar a Jesús que vive, a quien conocemos por el Evangelio y por la oración, quien habita en nuestra alma en gracia y en la Eucaristía. Amar a los demás, hablándoles de nuestra fe, que es lo mejor que tenemos. Amar a los enemigos, perdonándoles y pidiendo por ellos. Poner antes a Jesucristo que a nosotros mismos: «Quien ama a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí; y quien ama a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí; y quien no toma su cruz y me sigue, no es digno de mí. Quien encuentre su vida, la perderá: pero quien pierda su vida por mí, la encontrará» (Mateo 10, 37-39).
Concédenos, Señor, la gracia de imitar a tu mártir Esteban y de amar a nuestros enemigos, ya que celebramos la muerte de quien supo orar por sus perseguidores. Que usemos el corazón en amar. Que sepamos amarte a ti más que a nuestra propia vida. Que aprovechemos cualquier ocasión para hablar de ti a los demás, aunque no nos entiendan. ¡Amar, amar, amar!
Ahora te toca a ti hablar a Dios con tus palabras, comentándole lo leído o lo que quieras.
Diciembre
27
San Juan Apóstol y Evangelista, el discípulo amado
Es el único de los Apóstoles que acude a la cruz, acompañando a la Virgen María. Escribió el cuarto evangelio, tres cartas canónicas y el libro del Apocalipsis, mientras predica en Palestina y Asia Menor.
El santo del «no tenía por qué»
Hoy celebramos a san Juan, el más joven de los doce Apóstoles. El Señor le tenía un especial cariño. Por eso, cuando en el evangelio se habla del discípulo al que Jesús amaba se está refiriendo a san Juan. Me gusta referirme a Juan como el joven de la libertad y el del no tenía por qué. Me explico.
Sabemos de él que empezó como apóstol a los trece o catorce años. Quiso dedicar su corazón exclusivamente a Jesucristo, por lo que renunció a casarse y formar una familia: así, además, podía estar más disponible para las cosas del Reino. Durante la Última Cena, en la que Jesús está muy afectado, Juan le da su cariño recostando su cabeza sobre el pecho del Maestro. En el momento duro de la oración en el Huerto de los Olivos, donde le apresan, Juan le ha acompañado a orar. Se mete en el palacio donde juzgan a Jesús porque no quiere dejarle solo. Y en la crucifixión, cuando muere Cristo, el único hombre que está junto a la cruz es Juan. Es él quien recibe el encargo de cuidar a María. Y quien más velozmente corre al sepulcro cuando les anuncian que Jesús ha resucitado.
Es el santo del no tenía por qué. Estos pocos detalles de su vida recogidos en el evangelio dejan bien a las claras que Juan amaba a Jesús, porque no funcionaba por mandatos u obligaciones. No tenía por qué haber hecho ninguna de esas cosas. ¿Por qué deja a su familia siendo tan joven? ¿Por qué renuncia al matrimonio? ¿Por qué arriesga su vida metiéndose en la boca del lobo? ¿Por qué está al pie de cruz? ¿Por qué…? Sólo hay una respuesta en todo lo que hace Juan en su vida: NO TENÍA POR QUÉ, PERO ME DA LA GANA.
¡Eso es amor! Qué distintos somos nosotros en ocasiones. ¡Cuántas veces nos defendemos! Defendemos nuestro egoísmo con preguntas disuasorias: ¿por qué tengo que hacerlo yo?, ¿por qué hacer eso, si yo no gano nada?, ¿acaso es obligatorio?, ¿por qué yo?, ¡siempre me toca a mí!, ¿por qué le voy a perdonar si ha sido su culpa?, ¿por qué hacer oración o mortificación si con menos basta?, ¿por qué dar, si no me queda más?, ¿por qué obedecer si no entiendo?, ¿por qué dar todo, si no hay necesidad?, ¿por qué ayudar, si él nunca…?, ¿por qué no dormir la siesta?
La respuesta sólo da una razón: quiero amar, quiero amar como Jesucristo; amar es dar con libertad, más de lo que es razonable u obligatorio, dar porque me da la gana darlo, dar porque agradará al otro, dar con la alegría de estar sirviendo…
San Juan, intercede por mí, intercede por todos los jóvenes que ahora seguimos a Cristo: que lo hagamos con tu estilo, con el «porquemedalagana» en la boca continuamente. Señor, voy a hacer un poco de examen, no vaya a ser que me esté equivocando como cristiano. Si no tengo por qué hacer algo, si no estoy obligado ¿lo hago? Libremente, Señor, porque me da la gana, quiero amar, darme, luchar, ser santo. Concédenos llegar a comprender y a amar de corazón lo que tu apóstol nos dio a conocer.
Sigue por tu cuenta…
Diciembre
28
Los santos inocentes
Esta fiesta viene en memoria de los inocentes, que mandó matar Herodes, queriendo deshacerse de Dios recién nacido. En recuerdo de todos los que murieron y mueren prematuramente o en edad de la inocencia.
Los inocentes. ¿Trae paz o espada?
Jesús ha nacido. Dios comunica en sueños a José que coja al Niño y a su Madre y huyan a Egipto. Esa misma noche le dice a María que deben irse. No entenderían nada, pero entienden lo suficiente: «Lo nuestro es la fe, pensarían. No tenemos por qué pedir explicaciones a Dios: él tiene sus planes y lo nuestro es dejamos llevar por él, darle nuestra colaboración con un alegre e incondicional Sí.»
Entonces tiene lugar una gran matanza de todos los menores de dos años por orden de Herodes (Mateo 2, 16).
¡Resulta sorprendente! Es Dios de paz, y nada más nacer provoca una matanza. Es Dios de paz y siendo todavía niño ya es causa de muchas muertes.
Dios es el amor, y dice: no he venido a traer la paz, sino la guerra. No he venido a traer la unión, sino que por mi causa habrá división, y a causa de mí los padres estarán contra los hijos, y los hijos contra los padres, etcétera.
¿Por qué esto? ¡Parece contradictorio! Pero si prestamos atención veremos que no lo es. Lo que ocurre es que hemos deformado el sentido de lo que es el amor. Lo hemos convertido en una especie de palabreja romántica, rosa, poética. Y no es así.
Amor habla de realizar un ideal, de lucha por conseguir, de combate contra el egoísmo, de conquista de la unión entre varios que son distintos, de defensa de la libertad, de esfuerzo por ser fiel a los compromisos adquiridos, de cansancio en el esfuerzo por darse, de paciencia con los defectos del otro y con los propios… Amor lleva siempre sangre.
No han entendido a Cristo quienes pretenden ser de Dios y contentar siempre a todos y a él mismo, quienes pretenden compaginar seguir a Cristo y llevar una vida cómoda. Es incompatible seguir a Cristo y ser burgués, frívolo o comodón.
¿Quieres seguir estando con Dios? Si sigues con Él, serás causa de división. Dios te complicará la vida. ¡Y puedes olvidarte de ir a tu rollo o montártelo! A la vez tendrás «Amor, Alegría, Paz, Paciencia, Afabilidad, Bondad, Fidelidad, Mansedumbre, Templanza» (Gálatas 5, 22-23). Las tendrás pero en serio, no de «aspirinas».
Otra cosa: ¿no te parece que hoy es un buen día para pedir por todas las víctimas del aborto? Inocentes que sufren una gran injusticia. Pedimos, sobre todo, para que Dios nos ayude a terminar con esta plaga que nos hace tanto mal. Como decía Teresa de Calcuta: «El más grande destructor de la paz es el aborto porque, si una madre puede matar a su propio hijo, ¿qué nos queda a nosotros, matarte a ti y tú matarme a mí? No nos queda más que eso. Es muy pobre decidir que un niño debe morir para que tú puedas vivir como lo deseas”.
Los mártires Inocentes proclaman tu gloria en este día, Señor, no de palabra, sino con su muerte; concédenos, por su intercesión, testimoniar con nuestra vida la fe que confesamos de palabra. Por nuestro Señor Jesucristo.
Quizá te ayude repasar lo leído, y mirando un Niño comentarle, preguntarle, aprender… y darle un beso al final prometiéndole que tu amor derramará sangre cuando sea necesario.
Diciembre
29
Santo Tomás Becket, Obispo y mártir. 1118-1170
Alcanzó el cargo de clérigo de Canterbury, canciller del reino y obispo de esta sede primada, con el favor del rey. Pese a su amistad con Enrique II, defendió los derechos de la Iglesia frente a los abusos reales, por lo que huyó durante 6 años a Francia.
El buey y el asno
«Respondiendo a la indicación de san Francisco, en la cueva de Greccio estaban en la Nochebuena el buey y el asno. Francisco había dicho al noble Juan: “Deseo celebrar la memoria del niño que nació en Belén y quiero contemplar de alguna manera con mis ojos lo que sufrió en su invalidez de niño, cómo fue colocado sobre heno entre el buey y el asno.»
A partir de entonces, el buey y el asno forman parte de toda representación del nacimiento. Pero ¿de dónde provienen el buey y el asno? (…) El buey y el asno no son un mero producto de la imaginación piadosa, sino que se han convertido en acompañantes del acontecimiento de la Navidad en virtud de la fe de la Iglesia en la unidad entre el Antiguo y el Nuevo Testamento. En efecto, en Isaías 1, 3 dice: «Conoce el buey a su dueño y el asno el pesebre de su amo; Israel no conoce, mi pueblo no entiende.»
Los Padres de la Iglesia vieron en esas palabras un discurso profético que preanuncia el nuevo pueblo de Dios, la Iglesia formada por judíos y gentiles. Ante Dios, todos los hombres, judíos y paganos, eran como bueyes y asnos, sin razón ni entendimiento. Pero el Niño del pesebre les abrió los ojos de modo que, ahora, entienden la voz del dueño, la voz de su Señor. (…)
Los que sí lo reconocieron —a diferencia de toda esa gente de renombre— fueron «el buey y el asno»: los pastores, los magos, María y José. ¿Es que acaso podía ser de otro modo? En el establo donde está el niño Jesús no vive la gente fina: allí viven, justamente, el buey y el asno.
Pero ¿y nosotros? ¿Estamos tan lejos del establo porque somos demasiado finos y sesudos para estar en él? ¿No nos enredamos también nosotros en interpretaciones eruditas de la Biblia, en demostrar la inautenticidad o autenticidad del lugar histórico, al punto de quedarnos ciegos para el mismo Niño y no captar nada de Él? ¿No estamos también nosotros demasiado en «Jerusalén», en el palacio, afincados en nosotros mismos, en nuestra arrogancia, en nuestra manía persecutoria, como para poder escuchar por la noche la voz de los ángeles, acudir al pesebre y adorar?
Así pues, esta noche los rostros del buey y del asno nos miran con ojos interrogativos: mi pueblo no entiende; ¿entiendes tú la voz de tu Señor? Al colocar en el pesebre estas figuras tan familiares deberíamos pedir a Dios que le regale a nuestro corazón la sencillez que descubre en el niño al Señor, como en su día Francisco en Greccio. Entonces podría sucedernos también a nosotros lo que Celano, siguiendo muy de cerca las palabras de san Lucas sobre los pastores de la primera Nochebuena (Lc 2, 20), narra acerca de los que participaron en la Nochebuena de Greccio: «todos retornaron a sus casas colmados de alegría.»
Quiero reconocerte, Niño Dios, como el buey y el asno. Ábreme los ojos, Señor, para que pueda entender tu voz, porque sólo tú eres mi dueño y señor.
Ahora puedes seguir comentándole lo leído. Pide a María y a José que te enseñen a mirarle.
Diciembre
30
Traslado del cuerpo de Santiago Apóstol
Santiago Apóstol muere mártir en Palestina y surge una tradición de que su cuerpo es trasladado hasta acabar enterrado en tierras de Santiago de Compostela. El reencuentro de la tumba marcaría a España y a toda Europa con el Camino de Santiago.
Sagrada Familia. La casa deltú
Hoy la Iglesia nos pide que fijemos nuestra mirada en la familia de Nazaret: Jesús, María y José.
¿Cómo sería la vida entre ellos? Muy normal: charlar, trabajo, sonrisas, pasear, comer, dulzura, amigos, risas, familia, hogar…
Pienso que, así como a muchas casas se les pone un nombre anunciado con un letrero en la entrada —Villa Alta, Casa Paco, La Behenchigua, El Llano, etc.—, a la casa de la Sagrada Familia se le tendría que poner este letrero dándole nombre: TÚ, o «La casa del tú». Allí sólo se conjugaba el TÚ.
Jesús enseña que todo es TÚ: amar, perdonar, servir, comprender, disculpar, dar, ayudar… En las bodas de Caná, María nos da ejemplo: está pendiente de que se acaba el vino. Jesús lo hace en multitud de situaciones: multiplica los panes y los peces porque se da cuenta de que quienes escuchan no tienen qué comer y el viaje de vuelta es largo.
Esa casa es la de todos los cristianos. Ésa es nuestra familia, y a cada uno de nosotros se nos trata como a un tú. ¡Importamos!
Todas las casas cristianas deben ser como un rincón de aquella casa, familias en las que se vive el mismo estilo, hogares en los que creamos el ambiente que aprendemos de la Sagrada Familia. Decía Teresa de Calcuta: «Pienso que hoy el mundo está de cabeza, y está sufriendo tanto porque hay tan poquito amor en el hogar y en la vida de familia. No tenemos tiempo para nuestros niños, no tenemos tiempo para el otro, no hay tiempo para poder gozar uno del otro.»
Es buen día para agradecer a Dios la familia que Dios te ha dado, ver si se parece a la de Nazaret, y examinar si en tu casa sólo se conjuga el TÚ. Repasa cómo te comportas un día cualquiera: en la comida, favores que haces, detalles de servicio, caprichos, enfados, si escoges lo peor, si les dedicas tiempo…
Jesús, María y José, que esté siempre con los tres. Os pido especialmente por mi familia. Que se respire en mi casa el mismo ambiente que en la vuestra. Que el «yo» no salga de mi boca, que no ocupe espacio en mi corazón. Que sólo sepa conjugar el TÚ. Que sepa servir en casa, que voluntariamente sepa ser el último, que mi mejor tiempo sea para mi familia.
Sigue por tu cuenta hablándoles de tu familia… de cada uno de los de tu casa…
Diciembre
31
Santa Melania la Joven, penitente
Aristócrata romana que, al no poder tener hijos, reparte todos sus bienes y se retira a diversas ciudades. Fundó un monasterio en el Monte de los Olivos.
The end
Terminamos el año. Esta noche la llenamos de fiesta. Y es bueno. Cerramos una temporada, mañana empezamos otra.
Hoy la oración tiene que ser muy personal, porque tú y él conocéis muy bien la letra pequeña de este año de tu vida. Por eso, sólo me atrevo a sugerirte que hoy reces así: «Señor, gracias, perdona, y ayúdame más.»
Primero, gracias. Este año de vida te lo ha dado él. ¡Ánimo! Ve repasando algunas cosas que desde enero hasta hoy has recibido. Muchas que sólo conoces tú. Otras… familiares. Otras… en tu país. Otras… en la Iglesia. Otras… Y toda su gracia. Fíjate: dice san Agustín que supone mayor poder por parte de Dios el perdón de un pecado que el acto de crear el Universo. Gracias por el perdón que tantas veces me concedes. Gracias por…
En segundo lugar, perdón. Al mirar el año quizá veas que te has quedado corto en tantos asuntos en los que él contaba contigo. Temporadas de despiste por tu parte, de ir a lo tuyo, o… Señor, perdona por…
Por último, ayúdame más. Porque al empezar un año lo más seguro es contar más con él y con su Madre. Ayúdame más en cada uno de los minutos de cada uno de los días de este próximo año.
Madre mía, sigue cuidándome todos los días de mi vida. Gracias, perdón y ayúdame más.
Sigue con tus palabras: gracias… perdón… ayúdame más…
Cuaresma
Oración inicial de cada día
Señor mío, Jesucristo,
creo firmemente que estás aquí;
en estos pocos minutos de oración
que empiezo ahora quiero pedirte y agradecerte.
PEDIRTE la gracia de darme más cuenta
de que tú vives, me escuchas y me amas;
tanto, que has querido morir libremente por mí en la Cruz
y renovar cada día en la Misa ese sacrificio.
Pedirte, Señor, la gracia de que durante esta Cuaresma
me convierta al amor.
Y AGRADECERTE con obras lo mucho que me amas:
¡Tuyo soy, para ti nací, qué quieres Señor de mí!
Oración final de cada día
No me mueve, mi Dios, para quererte
el cielo que me tienes prometido,
ni me mueve el infierno tan temido
para dejar por eso de ofenderte.
Tú me mueves, Señor; muéveme el verte
clavado en la Cruz y escarnecido.
Muéveme ver tu cuerpo tan herido
muévenme tus afrentas y tu muerte.
Muéveme, en fin, tu amor, de tal manera,
que aunque no hubiera cielo, yo te amara,
y aunque no hubiera infierno, te temiera.
No me tienes que dar porque te quiera;
pues aunque lo que espero no esperara,
lo mismo que te quiero te quisiera.
CUARESMA
MIERCOLES DE CENIZA
Por que la Cuaresma
¡Qué absurdo! Si te fijas, los hombres estamos continuamente con el “yo” en la boca: que si me han dicho, si siempre tengo que hacerlo yo, si me tienen manía, si era mío o para mí, que si la idea era mía o si yo he metido el gol, si yo le dije y entonces…, si me apetece a mí, si me va bien, qué pensarán de mí… y mil frases más en las que conjugamos de distintas formas el yo, mi, me, conmigo.
Y hoy, miércoles de ceniza, la Iglesia nos recuerda: “Polvo eres y en polvo te convertirás.”
¿Sabes qué quiere decir eso? Dios creó el cuerpo de Adán de la tierra; nuestro cuerpo volverá a ser tierra con la muerte, y nuestra alma volverá a Dios:
a) Quien ha amado, disfrutará de Dios ya para siempre.
b) Quien ha amado el “yo”, lo “mío” y el “a mí”, no podrá estar en el cielo, porque allí sólo pueden vivir los que aman, los que han conjugado el “tú”. Éstos estarán para siempre privados del Dios que es Amor.
¿Cuál es la historia del miércoles de ceniza? En los primeros siglos, quienes se convertían eran bautizados en la Pascua. Su preparación más intensa para ser cristianos comenzaba seis semanas antes. El primer día de la Cuaresma iniciaban su penitencia pública: eran salpicados con cenizas y vestidos con sayal. Con el paso del tiempo, la mayoría de los cristianos eran bautizados al nacer, pero la Iglesia quiso conservar este gesto: los fieles reciben una cruz en la frente con las cenizas de las palmas bendecidas el Domingo de Ramos del año anterior.
Así comienzan estos cuarenta días: “Recuerda que polvo eres y en polvo te convertirás.” Recuerda que estamos de paso en la tierra, que debes cuidar la vida del alma. El alma respira bien cuando dice muchas veces “tú”, cuando actúa para los demás, por los demás y con los demás, cuando piensa en los otros y en Dios.
La Cuaresma es un tiempo que nos permite mirar con ojos nuevos a nuestros hermanos y sus necesidades. Es un momento favorable para convertirnos al amor: un amor que nos llevará a tener la compasión y la misericordia del Señor, a mirar con ojos no contaminados por el omnipresente “yo”.
Es como un entrenamiento de cuarenta días. Como cuando en una barca entra mucha agua y, con un cubo, se va achicando poco a poco. Así, cada día de Cuaresma podemos sacar un “cubo de yo” de nuestro corazón: con menos yo seremos capaces de amar más y mejor.
Pide a la Virgen que te ayude a vivir la Cuaresma como ella desea que lo hagas. Pregúntale al Señor:
—¿Qué “cubo de yo” quieres que empiece por sacar?
—¿En qué momentos del día he pensado más en mí que en los demás?
CUARESMA
Jueves de ceniza
Consolad a vuestro Dios
“¡Señor, perdónales porque no saben lo que hacen!” Éstas fueron casi las últimas palabras que Jesús pronunció antes de morir en la cruz (Lucas 23, 34). Dios perdona siempre que se le pide perdón, pero no todos los hombres tenemos la costumbre de hacerlo.
De los tres videntes de Fátima, Francisco es el menos conocido, pero en él brillan la humildad y la fidelidad a la gracia. Fue un verdadero contemplativo. En su tercera aparición, el Ángel les dijo: “Consolad a vuestro Dios.” Estas palabras quedaron grabadas en su alma. Su prima Lucía escribió: “Jacinta parecía preocupada por convertir pecadores y preservar las almas del infierno; Francisco, en cambio, sólo pensaba en consolar a Nuestro Señor y a la Virgen, que le habían parecido tan tristes.”
En una ocasión, Lucía le preguntó:
—¿Qué te gusta más: consolar a Nuestro Señor o padecer por los pecadores para librarlos del infierno?
Francisco respondió sin titubear:
—Consolar a Nuestro Señor. ¿No recuerdas la tristeza de la Señora cuando pidió que no ofendiesen más a Dios, que está muy ofendido?
Le gustaba pensar y contemplar. Decía: “Estábamos ardiendo en aquella luz que es Dios y no nos quemábamos. ¡Qué pena que Él esté tan triste; si yo pudiera consolarle!”
En la cárcel, Jacinta se lamentaba por haber sido abandonada por sus padres, y Francisco la animaba rezando: “¡Oh Jesús mío, por vuestro amor y por la conversión de los pecadores!” Allí, entre presos, cobraban fuerza rezando el Rosario.
Francisco enfermó gravemente siendo un niño. Un día decía a Lucía: “¿Nuestro Señor aún estará triste? Tengo tanta pena de que Él esté así… Le ofrezco cuantos sacrificios puedo.” Murió santamente el 4 de abril de 1919, con apenas once años.
“¡Perdónales!”, gritó Jesús al Padre, y Francisco suspiraba: “¡Si yo pudiera consolar a Dios!” Podemos hacerlo. Cada vez que vemos injusticias, violencia o blasfemias, recordemos pedir perdón por quienes “no saben lo que hacen”. A eso se llama desagraviar: consolar a Dios.
Cuaresma
Viernes de ceniza
Rechazar excusas
El cardenal József Mindszenty era obispo en Hungría cuando el país fue tomado por los comunistas. Fue encarcelado durante muchos años y soportó un auténtico martirio. Pese a sus circunstancias, nunca abandonó sus prácticas de fe.
Una muestra fue su fidelidad a la abstinencia. Todos los viernes, el menú de la cárcel era carne, pero él, aun sabiendo que no estaba obligado, nunca la comía. Vivía aquella mortificación libremente.
En sus memorias relata un diálogo con el comandante de la prisión:
—¿Cree usted que los presos dictan el reglamento aquí?
—No, no lo creo.
—Entonces coma lo que se le da.
—Los viernes no como carne.
—Pues no le daré otra cosa.
—Tampoco le pido otra comida, pero si me da carne, no la comeré.
—En tal caso, le castigaré.
—Estoy dispuesto a aceptar cualquier castigo.
Finalmente, los carceleros acabaron dándole la carne los domingos.
Con la abstinencia, la Iglesia quiere ayudarnos a prescindir de cosas. Nos invita a la mortificación recordando los cuarenta días que Jesús pasó en el desierto. ¿No nos debe hacer reflexionar que Él se preparó ayunando para su misión?
A veces somos capaces de esforzarnos por el deporte o el estudio, pero nos cuesta hacerlo por Dios. Si le amásemos más, seríamos más generosos. La próxima vez que aparezca una excusa para evitar una mortificación, recuérdalo: “La rechazaré porque te quiero, Señor.”
Cuaresma
Sábado de ceniza
Se curó el monstruo
Ocurrió en un pueblo español. Los protagonistas: un muchacho enfermo, su familia, una ermita dedicada a Santa María y muchas súplicas.
El chico, de catorce años, era alegre, dinámico y deportista, incapaz de estarse quieto. En poco tiempo sufrió una parálisis progresiva que lo dejó en silla de ruedas. Toda aquella alegría contagiosa se transformó en un infierno, especialmente para su familia: en lo humano, inútil; en lo espiritual, un pequeño monstruo egoísta. Todos debían servirle, cuidarle y atenderle.
Una luz se encendió en el alma de su madre. Decidió llevarlo a la ermita y pedir a la Virgen su curación. Llegó el día. Frente a la reja del santuario, una madre rezaba en voz alta:
—¡María, cuida a mi hija! ¡Cúrala! ¡Que no sea cáncer! ¡María, que no sea cáncer!
Cuando aquella mujer se marchó, la madre del muchacho le dijo con ternura:
—Hijo, ¿ya has pedido a la Virgen…?
Y él respondió:
—Sí, mamá. He pedido la curación… He pedido a la Virgen que no sea cáncer.
Señor, a veces yo también soy un auténtico monstruo por egoísmo. Si ser cristiano es parecerse a ti, cámbiame. Haz que piense más en los demás, que ayude, que haga favores, que me dé cuenta de lo que necesitan y de lo que podría alegrarles. Cúrame, Madre mía, y dame un corazón generoso.
Cuaresma
Domingo primero
“No podemos estar sin la Eucaristía”
A media tarde, Jorge llega a casa y le dice a su mujer:
—Voy a cambiarme; Felipe y yo vamos a jugar un partido de tenis antes de que anochezca.
Ella protesta:
—¡Pero Jorge! Es muy tarde, y te he preparado una cena especial.
—Lo siento, cariño —responde él—, comeré un bocadillo en el bar.
A los cinco minutos Jorge ya se ha ido. Su mujer, llorando, piensa: “No me quiere.”
Esta historia sirve de ejemplo de nuestra falta de consideración con Jesús. Como Jorge con su esposa, muchas veces despreciamos el gran banquete que el Señor nos prepara: la Eucaristía.
Durante la persecución de Diocleciano, en el año 304, unos cristianos del norte de África fueron apresados por celebrar la misa dominical. El sacerdote Saturnino declaró:
—Lo hemos hecho porque no podemos omitir lo que es del Señor.
Y el dueño de la casa, Emérito, añadió:
—No podía cerrar la puerta a mis hermanos; sin el día del Señor no podemos vivir.
Aquellos cristianos sabían que la Eucaristía era el centro de la vida. No la consideraban una obligación, sino una necesidad vital. Preferían arriesgar la vida antes que renunciar al encuentro con Cristo.
¿Vas a misa siempre que puedes? ¿La vives como una orden externa o como una necesidad interior? Durante esta Cuaresma, propónte asistir a misa todos los días que puedas, como una muestra de amor al Señor.
Cuaresma
Lunes primero
La madre que no podía perdonar
La madre Teresa de Calcuta encontró en la basura a una mujer moribunda. Le contó que su propio hijo la había abandonado allí. Madre Teresa la llevó a su hogar de Kalighat. Aquella mujer no se quejaba de su dolor, sino de que hubiese sido su hijo quien la arrojó al estercolero. No podía perdonarlo.
La madre Teresa le decía:
—Debe perdonar a su hijo. Es carne de su carne, sangre de su sangre. Pídale a Dios la gracia de perdonarlo; Él la recompensará con el cielo.
La mujer se resistía, pero la gracia terminó venciendo. Entre lágrimas, dijo:
—Le perdono, le perdono…
Y poco después murió en paz.
Dios mío, dame amor y fuerza para perdonar siempre. Que ningún día me acueste guardando rencor. Tú me has perdonado todo; enséñame a hacer lo mismo.
Cuaresma
Martes primero
Apostolado
¿Cuántos amigos has acercado a Dios
este mes? ¿Y este año? ¿Y el año pasa-
do? ¿Y en toda tu vida?
Mucha gente se piensa que ayudar a
otras personas a ser mejores cristianos es tarea
de sacerdotes y religiosos. ¡Nada más falso! An-
tes de subir a los cielos, Jesús dijo que debíamos
ser testigos suyos hasta los últimos confines de
la tierra. Ser testigos suyos significa hablar de
Dios a nuestros amigos, preocuparnos y ocupar-
nos de su salud espiritual, ayudarles a ir a Misa,
a confesarse o a lo que les convenga, animarles
a ser mejores cristianos en cosas concretas,
recordarles lo bueno que es Dios, repetirles que
Dios les quiere como son y que no se consideren
indignos de él, ilusionarles con el hecho de que
es posible cambiar aquello que le hace daño, lle-
narles de esperanza… y un larguísimo etcétera.
Hacemos proselitismo de todo lo que nos gusta
—nuestro médico, nuestro equipo de fútbol—…
Sin embargo, a veces no hacemos proselitismo de
nuestra fe. Leía en un artículo de una web4:
Los partidos políticos se mueven sin descanso
para incrementar su militancia y captar votos. Los
directivos de un club de fútbol cantan las exce-
lencias de su afición y buscan más socios y juga-
dores. Todas las ONG tratan de arrastrar volunta-
rios o colaboradores. El vendedor de televisores
o de coches expone las maravillas de su marca
frente al producto de la competencia. La cocinera
que ha creado un plato lo postula en las conver-
saciones al igual que el ciudadano ilusionado por
su tierra explica sus bellezas. El profesional de la
ingeniería vibra con los descubrimientos técnicos
o el cinéfilo con los films. El enamorado cuenta
extasiado las virtudes de su novia o esposa. Y
quien ha conseguido una ganga en unas rebajas
se lo comunica a familiares y amigos para que
puedan aprovecharla al igual que la señora cuyos
pies la torturaban da a conocer a sus amigas que
encontró un excelente médico que acabó de for-
ma indolora con sus juanetes.
Caben mil ejemplos similares. Y es que todos
hacen, absolutamente todos hacemos, nuestro
«apostolado». Que no es otra cosa que comuni-
car a otros aquello de lo que estamos convenci-
dos, que nos entusiasma, que nos satisface, que
nos alegra, o que consideramos bueno. No sólo
lo difundimos sino que incluso hacemos prose-
litismo de ello, que tampoco es distinto a querer
que los demás aprovechen lo que consideramos
muy bueno para nosotros y estamos convencidos
que lo será también para ellos.
Nos parece perfectamente normal:
— dar a otros el teléfono del médico que
nos ha curado,
— aconsejar la novela con la que disfrutamos,
— el restaurante con buena relación calidad-precio,
— proponer que voten a determinado parti-
do porque resolverá mejor determinado asunto
— o incitar a otros a defender con vehemencia
la camiseta de nuestro equipo.
Aceptamos con absoluta normalidad el «apostolado»,
el «proselitismo», en todos los asuntos de la
vida pero resulta que, a menudo, lo que no
comunicamos, lo que no estamos dispuestos a defender,
aquello por lo que no movemos un dedo para atraer
a otros es nuestra fe, lo que es la base de nuestra
vida, la fuente básica de nuestra felicidad. Aunque,
al menos en teoría, lo consideramos infinitamente
más importante que lo demás.
Por supuesto que los cristianos respetamos a
todos, pero eso no quita que hablemos de la gran
verdad que tenemos. Escribía Benedicto XVI en una
carta a los jóvenes de todo el mundo: «Que cada
uno de vosotros tenga la valentía de prometer al
Espíritu Santo llevar a un joven a Jesucristo, como
mejor lo considere, sabiendo “dar razón de vuestra
esperanza, pero con mansedumbre” (cf. 1 P3, 15)».5
Puedes hablar ahora con Jesús de tres amigos tuyos, pedirle por ellos, y ver qué puedes hacer por ayudarles para que se acerquen a Dios.
Cuaresma
Miércoles primero
El susto de chita
Quizá hayas visto la película Tarzán
en Nueva York. Describe las divertidas
aventuras de Tarzán y Chita cuando
son trasladados en avión desde la
selva a la ciudad de los rascacielos, donde todo
les llena de asombro y les ocurren mil peripecias.
Chita protagoniza una de las sorpresas: al llegar
a la habitación del hotel ve reflejada su fea cara so-
bre el gran espejo del armario. El susto fue tan des-
comunal que, lanzando un terrible bramido presa
de pavor, salió corriendo: no se imaginaba que
aquel feísimo «monstruo» que ha visto en la habi-
tación es su propia imagen reflejada en el espejo.
La escena acaba bien: Chita se refugió en los
brazos de Tarzán, que la cogió con afecto, cal-
mándola con sus caricias. Y es que Tarzán quería
a Chita como era: con sus pelos negros y largos,
su rostro de irracional y su mirada extraviada.
En la sociedad actual se suele basar todo en la
competición: quién saca las mejores notas, quién tie-
ne más dinero, quién aguanta más a lo que sea, quién
consigue tal reto o tal otro… Esto nos dificulta enten-
der cómo piensa Dios, porque él no funciona compa-
rándonos, ni quiere más a los más exitosos, etcétera.
Suponte un padre de ocho hijos que te dijese:
«Yo quiero mucho a mi hijo Miguel, porque gana
bastante dinero y me lo da, me hace la cama, es
alto y rubio, es el más fuerte, saca todo sobresa-
lientes… A los demás les quiero mucho menos.
Si tú le preguntaras por qué, y te contestase:
«Porque éste es bajito y gordo, ése tiene las orejas
grandísimas y separadas, el otro no es muy listo,
la otra es muy tímida y no creo que triunfe en la
vida, la otra no me hace caso y se olvida de mí…»
¿Qué pensarías tú de un padre así? Claramen-
te eso es propio de un mal padre, o al menos de
un padre injusto. Dios no es así. No pensemos
que Dios quiere más a los perfectos (además,
hombres perfectos no los hay). Quiere a todos, a
los feos y a los flojos, a los rubios y a los morenos,
a los vagos y a los trabajadores… Recuerda la pa-
rábola del hijo pródigo, a los dos les quiere igual.
Agradece a Dios, en la confesión, que nunca
se canse de perdonarnos; es bueno que haga-
mos de hijo pródigo muchas veces, y tratemos
de hacerlo cada vez más veces.
Dios nos quiere a cada uno de nosotros infi-
nitamente: sabe mejor que nadie cómo somos,
conoce todas nuestras tonterías y no tan ton-
terías, no ignora que somos unos tíos formida-
bles y también miserables, ve nuestras ilusio-
nes y cómo nos engañamos, sabe de nuestros
muchos defectos… Nos conoce mucho mejor
de lo que podemos conocernos a nosotros mis-
mos, y tiene en cuenta nuestras cosas buenas y
nuestros deseos de mejorar.
Dios no se asusta de nuestras fealdades.
Cuando, como Chita, nos asustemos al vernos,
que como ella acudamos a los brazos de quien
nos quiere: Dios nos dirá que no tenemos que
ser distintos para querernos con locura. Quien
nos dijo «si te ofende siete veces en un día, y sie-
te veces vuelve a decirte “lo siento”, lo perdona-
rás» (Lucas 17, 4)… no se cansará de querernos…
Gracias, Dios mío, porque me quieres a mí y a
cada uno más que todas las madres del mundo pue-
den querer a sus hijos; no te asustas ante nuestras
torpezas y miserias, y nos acoges con un cariño in-
finitamente mayor que el que tenía Tarzán a Chita.
El problema es que cuando yo voy descubriendo lo
feo que soy (mis limitaciones, fallos, miserias, etc.)
puedo «medio asustarme», y pensar que no me es
posible ser santo, que no puedo estar cerca de ti;
entonces puedo desanimarme, olvidarme de que tú
me quieres como soy, y alejarme de ti. Que no me
pase esto, Señor. Si alguna vez me alejo de ti, volveré
corriendo a tu lado contándote lo que me pasa.
Coméntale a Dios con tus palabras algo de lo que has leído.
Después termina con la oración final.
Cuaresma
Jueves Primero
La ley del gusto
La Cuaresma es buen momento
para una profunda conversión.
Conversión significa cambiar la di-
rección de la vida, quizá perezosa,
quizá facilona. ¡Cuántas veces buscamos la fe-
licidad en una vida cómoda! Sabemos por ex-
periencia que cuando mejor lo pasamos y más
felices estamos es cuando pensamos en los
demás. Para ser felices no necesitamos como-
didad, sino otra cosa: amor, servicio a los de-
más, corazón que se da. Es una paradoja: para
vivir hay que morir, para ser feliz hay que darse.
Buscar la felicidad en la comodidad es un error.
Jesús puede ayudarnos en estos cuarenta días.
Te propongo un cambio en concreto: morir a la
ley del gusto.
Necesitamos morir a la ley del gusto. Una ley
dicta lo que se debe hacer. Cuando uno todavía
es inmaduro se nota, entre otras cosas, en que
su ley es hacer lo que le gusta. Quien sigue la
ley del gusto hace lo que le apetece, lo que le
va bien, lo que menos le cuesta… «Ahora no
hago esto porque estoy cansado, y sin embar-
go hago esto otro porque es lo que me va»…
Vivir así es vivir con un dictador dentro
de nosotros, un déspota dictador, que es mi
propio yo: decido lo que tengo que hacer de
acuerdo a mí mismo, según lo que me convie-
ne. Entonces, el yo es el centro y todo debe gi-
rar alrededor de mí mismo. Como si yo mismo
fuese lo más importante y el único que me im-
porta…
El cristiano sabe que eso no responde a
su verdad. Nosotros afirmamos que Jesús es
nuestro Señor. Señor, en latín Dominus, sig-
nifica Dueño. Él es nuestro Señor, él es quien
debe mandar. El cristiano vive con la ley del
gusto de Jesucristo. Lo que se pregunta para
decidir qué es lo que hace… no es el propio
gusto personal, sino lo que gustará a su Señor.
La vida del cristiano, por eso, es distinta.
La Cuaresma es un tiempo para cambiar, para
redescubrir nuestro bautismo, para vivir de
acuerdo al hecho de que soy un bautizado. Un
cristiano hace las cosas por dar gusto a Jesús:
porque le gustará a Jesús, porque le dará una
alegría, porque le interesará que yo haga esto
o lo otro.
El ideal de nuestra vida no es conseguir vivir
cómodamente, sino vivir agradando a Jesús.
Ahí está el secreto de la felicidad: no vivir para
darme gusto a mí mismo, sino para dar gusto a
nuestro Señor, que eso es amarle.
Madre mía, que siempre actúe para darle gusto
a tu Hijo; que muera a la ley del gusto mío. Ésta es
la elección que tengo que hacer: vivir esclavo de mis
caprichos, o vivir con la ilusión de hacerme esclavo
de Dios. Prefiero esto último, María, pero ayúdame.
Continúa hablándole a Dios con tus palabras.
Cuaresma
Viernes Primero
Rezo por los secuestradores antes que por Anabel
El 12 de abril de 1993 secuestran
a una joven madrileña, Anabel Segura,
mientras hace footing cerca
de su casa. Después de dos años
de secuestro encontraron su cuerpo ya sin
vida. Su padre, José, es un ejemplo como
persona y como cristiano. Transcribo las pre-
guntas de una entrevista que le hacen en la
revista Mundo Cristiano:
—Dos años y medio: ¿en qué es distinto
ahora don José Segura, el padre de Anabel?
—En la fe, sin duda.
—Pero esa fe, a mí me parece que no es de
ahora.
—No, desde luego. A nosotros nos viene de
familia, pero se hace más profunda; situaciones
como ésta te sirven para acercarte más. Lógica-
mente hay momentos de duda, o mejor de des-
concierto: ¿cómo puede Dios permitir algunas
cosas? Pero uno, en el fondo de su alma, sabe
que Dios sabe más.
—¿Y nunca la rebelión? ¿Puede uno no rebelarse?
—Mi experiencia es que se puede: no sé
cómo, pero con la ayuda de Dios, yo he podido
no rebelarme.
—¿Pero el odio? ¿Se puede sin ser un héroe
vencer al odio?
—Odio no hemos tenido nunca. Me lo preguntaba
un periodista en los primeros días, en
esta misma sala, cuando los ánimos estaban
más alterados, y le tuve que dar la misma res-
puesta. A usted quizá se lo puedo explicar más
y sé que me entenderá: desde el principio he
pedido al Señor por Anabel y por sus secues-
tradores, unas veces antes por Anabel y otras
veces antes por ellos, por si Dios les tocaba el
corazón. Desde el principio. Lógicamente, en
la sociedad española hay unas reglas de juego,
unas normas y unas leyes y según esas leyes
tendrán que ser juzgados. Odio no. Pienso que,
si su mente funciona bien, estarán sufriendo
ahora tanto como sufro yo. Por muy especiales
que sean, es imposible que estén tranquilos,
que puedan dormir bien. Sobre todo, si no pue-
den rezar, si no tienen confianza en alguien, si
no pueden abrirse a nadie.
Llama la atención: ¡a veces rezaba antes por
los secuestradores que por su propia hija! Es lo
que nos enseñó Jesús: «Amad a vuestros enemigos,
haced bien a los que os odian; bendecid
a los que os maldicen y rogad por los que os
calumnian. Al que te pegue en una mejilla ofré-
cele también la otra, y al que te quite el manto
no le niegues tampoco la túnica. (…) Si amáis a
los que os aman, ¿qué mérito tendréis? (…) Sed
misericordiosos como vuestro Padre es miseri-
cordioso» (Lucas 6, 27-38).
Los cristianos podemos vivir de acuerdo con
lo que Jesús nos enseñó. Él no nos pide impo-
sibles. O mejor: lo que nos pide es imposible si
no contamos con él. Pero con él sí que pode-
mos, porque lo hace él con nosotros, lo hace él
en nosotros.
Cuando pensamos que no podemos com-
portarnos cristianamente es porque nos he-
mos olvidado de él, porque nos hemos que-
dado solos, porque no confiamos en su gracia,
porque no contamos con su acción en noso-
tros. En esas ocasiones nuestra reacción debe-
rá ser la de unirnos más a él, buscarle… y, en-
tonces, decir: «todo lo puedo en aquel que me
conforta». Así es, todo lo puedo si vivo en él.
Rezamos con el salmista: «Aunque el enemigo
ponga un campamento contra mí, mi corazón
no teme; si el enemigo se levanta contra mí, en
él esperaré».
Señor, creo en ti. ¡Cómo actúas en los tuyos para
que nos comportemos como lo hubieses hecho tú!
Cuando no entienda algo, que en el fondo de mi
alma sepa que tú sabes más. Que ame y rece por los
que no me quieren o los que obran contra mí. ¡Amar
al enemigo! Eso quiero. Sólo podré con tu ayuda.
¡María, ayuda a tus hijos!
Coméntale a Dios con tus palabras algo de lo que has leído.
Después termina con la oración final.
Cuaresma
Sábado primero
El gran salto de uno de los Focolares
Ladis Aceña, padre de familia, pertenecía
al movimiento de los Focolares, murió por una enfermedad
grave. En su funeral, en San Sebastián, quien oficiaba contó la experiencia de fede Ladis:
«Ladis, verdaderamente, ha vivido este re-
finar nuestra vida con la caridad. Ayer uno de
sus familiares decía cuánto le había impactado
y cuánto le había servido para su vida una fra-
se que Ladis le había dicho: “No tenemos que
intentar cambiar a las personas, tenemos que
amarlas tal como son”. El 14 de febrero de 1997
escribe a los miembros de su grupo:
“He leído un pensamiento que dice: ‘algunas
veces esta vida nos pide un abandono en
Dios para nada fácil, que exige una gran gene-
rosidad, incluso heroica… Sólo con actos de
confianza plena en Dios permitimos su ayuda
directa en aquello que más nos preocupa’ Es
así como estoy tratando de vivir en cada mo-
mento presente la voluntad de Dios poniendo
todo en su corazón: esta lenta mejoría y todo
lo que me pueda preocupar. También trato de
ofrecerle cada circunstancia de dolor a Jesús
diciéndole: ‘Tú eres mi único bien.’ Y así me vie-
ne enseguida la paz, la paciencia y la alegría. En
el hospital cuando salgo a dar un paseo y en-
cuentro a algún enfermo que está en mi misma
situación, trato de decirle una palabra de áni-
mo o le ofrezco el periódico, alegrándome de
que se mejoren y estén menos tiempo que yo
en el hospital (aquí soy el más veterano). Trato
de amarles haciendo mías sus alegrías, preocupaciones
y sufrimientos”. Y se despedía diciendo:
“Deseo que esto os sirva a todos vosotros.”
Poco después escribe a Chiara Lubich: “Te es-
cribo desde el hospital, donde llevo dos meses,
para contarte cómo está mi alma y mi relación
con Dios en este largo proceso. Cuando vine aquí
tenía sólo una idea en la cabeza: Hacer la voluntad
de Dios en cada momento presente. Esta idea ha
ido tomando cuerpo cada vez más dentro de mí,
dándome mucha paz. Un día estando en cama el
sacerdote vino a traerme la comunión. Después
de recibirla, sentí una fuerte presencia de Jesús
y, con los ojos llenos de lágrimas, le dije: ‘¿Qué
importa la salud o que todo salga bien? Ésta no
es la meta de mi vida, para mí lo importante es
hacer Tu voluntad.’ Y enseguida experimenté una
gran alegría. Con respecto a mis hijos le he dicho
a Dios Padre: ‘Trini y yo sabemos que por encima
de todo son hijos tuyos, te los confío a ti. Tú sabrás
cómo cuidarlos.’ Esto me ayuda a no estar apega-
do a nada”».
¡Da gusto ver personas así! En ellas ha actua-
do Dios, y se han portado «divinamente». Pero
fíjate en su propósito: «Cuando vine aquí tenía
sólo una idea en la cabeza: Hacer la voluntad
de Dios en cada momento presente». Para crecer
como hijos de Dios necesitamos aprender
el abandono del Hijo de Dios. Es como saltar
al vacío, pero con el convencimiento de que el
Padre nos recogerá en sus brazos: porque no
hay vacío, sino Amor infinito.
Corazón de Jesús, que viva tu abandono. Ayú-
dame a vencer la resistencia a saltar y abandonar-
me en tus manos. No es que no me fíe de ti, Señor,
pero… me fío poco, tengo miedo, me cuesta saltar.
Pero quiero: dame tu gracia, la gracia del abando-
no; que me lancé.
Ahora es el momento de hablar a Dios con tus palabras, y re-
cuerda que te escucha: él escucha.
Cuaresma
Domingo segundo
«Para descansar tendremos una eternidad»
Joaquín Navarro-Valls, portavoz oficial
de la Santa Sede, en una entrevis-
ta, decía de Juan Pablo II: «Cualquier
persona con mucha menos responsabilidad
que la que él soporta tiene su sistema
de descanso, su fin de semana intocable, su de-
porte, cosas todas ellas que probablemente son
necesarias. En el caso del Papa nada de eso existe.
Su único descanso es la posibilidad de caminar
por una terraza que hay por encima de su apar-
tamento. En diez años de pontificado, en total
serán cuatro las veces que ha podido salir un día
a la montaña. Cuando alguna vez le han dicho:
“Santo Padre, está cansado…”, la respuesta que
ha dado en tono humorístico ha sido: “Tendremos
una eternidad para descansar”».
Como ha dicho, también con humor, André
Frossard, «hasta ahora, el único medio que se
ha descubierto para obligarle a dejar el trabajo
es la anestesia total».
Así vivía Juan Pablo II, y así vivimos los cristia-
nos: aprovechando el tiempo, trabajando para
hacer lo que está en nuestra mano, gastando
nuestra vida para servir del mejor modo a cuan-
tas más personas. Así vivía, y así lo predicaba.
En un viaje a Uruguay decía: «Jesucristo, nues-
tro Señor, es también nuestro guía y modelo. Todo
lo hizo bien, decían de Él las gentes. Cada uno de
nosotros —asumida por la fe nuestra condición
de hijos de Dios en Cristo— hemos de esforzar-
nos por seguir sus huellas en el trabajo de cada
día. Como leemos en el Antiguo Testamento, no
se deben hacer a Dios ofrendas defectuosas. Los
cristianos serán verdaderamente sal de la tierra y
luz del mundo, si saben dar a su trabajo la calidad
humana de una obra bien hecha, con amor de
Dios y con espíritu de servicio al prójimo».
En otra ocasión, cansado a última hora de la
tarde, tenía que hacer un trabajo. Quien estaba
con él le dijo que descansase. Juan Pablo II le
dijo que teníamos que aprender a trabajar can-
sados. Y se puso manos a la obra.
Señor, quiero trabajar en serio. Y cuando esté can-
sado, también. A partir de ahora, cuando empiece a
trabajar te lo ofreceré, te lo regalaré. Por eso intentaré
que no sea defectuoso, sino algo bien hecho. Y ya, sólo
porque es mi regalo para ti, mi trabajo es importante.
Éste es mi propósito: durante la cuaresma trabajar
bien, por ti y por los demás. Cansarme trabajando, y
aprender a trabajar también cuando estoy cansado.
Continúa hablándole a Dios con tus palabras.
Cuaresma
Lunes segundo
Mejorar el recorrido
Muchos decían a Santa Teresa que
les hubiese gustado vivir en los
tiempos de Jesús. Ella les respondía
que no entendía bien por qué, pues
poca o ninguna diferencia había entre aquel
Jesús y el Jesús que está en el Sagrario.
¡Qué grande es que se haya quedado! Cuan-
do nació, anunciaron a los hombres que ese
niño era el Emmanuel, que significa Dios con
nosotros. Sí: «así, Dios se hizo visible a través del
hombre Jesús». Pero nunca se nos habría ocurrido que se tomase tan en serio el estar con
nosotros. Está viviendo con nosotros, en tantos
pueblos, aldeas, barrios, colegios, hospitales…
Cuando pasamos junto a la casa de algún
familiar o conocido, es normal que nos acordamos de él. Cuando se trata de algo más extraordinario, como estar de paso en otra ciudad en
la que vive algún buen amigo, si no podemos
visitarle, recurrimos a una llamada telefónica…
aunque sólo sea para saludarle y decirle que
nos encontramos allí.
Es lógico que nos comportemos del mismo
modo con Jesús. Cada vez que pasamos junto a
una iglesia, o de viaje vemos desde el autobús, el
coche o el tren sus edificios, es buena costumbre
saludarle. Cada vez que pases cerca de una iglesia, dile al señor en el Sagrario: ¡Jesús, sé que estás
ahí!; o le puedes rezar una comunión espiritual: yo
quisiera, Señor, recibiros, con aquella pureza, humildad y devoción con que os recibió vuestra Santísima Madre; con el espíritu y fervor de los santos.
Dedica un momento ahora a repasar el itinerario que haces habitualmente: desde tu casa al lugar donde trabajas o estudias, donde vas a comprar o a hacer deporte… Esfuérzate por recordar
los sagrarios que están cerca de ese itinerario. ¡Si
le saludásemos cada vez que pasamos cerca…!
Una chica que hizo esta búsqueda mental me
decía: «Me he dado cuenta de que si en vez de hacer el recorrido que acostumbraba, iba por la calle
paralela, tardaba lo mismo pero pasaba al lado de
dos sagrarios más: he cambiado el recorrido. Estoy
muy contenta de pasar más cerca de él y agradecerle que esté ahí encerrado; vivo más acompañada por él». Quizá puedes hacer lo mismo.
Y otra posibilidad. Me decía un universitario
que se había propuesto ir todos los días a un sa-
grario, aunque sólo fuese para saludarle medio
minuto. Añadía: «Desde que comencé a hacerlo,
¡cómo he ido cambiando! O mejor —rectificó so-
bre la marcha—, ¡cómo me ha ido cambiando!»
Es lo mismo que decía santa Teresa: «Si nos
acercamos al fuego, por muy grande que sea, pero
nos desviamos y escondemos las manos, mal nos
podemos calentar, aunque recibamos más calor
que si estamos donde no hay fuego; en cambio, si
nos queremos acercar a Él y el alma está dispues-
ta, es decir, con deseos de calentarse, y está allí un
rato, queda con calor para muchas horas».
¡Ojalá, Señor, me hagas caer en la cuenta de que
realmente estás con nosotros, en cada Sagrario!
Voy a repasar mi recorrido habitual, y a ver si paso
más cerca y te saludo siempre. Y… a ver si puedo ir a
verte todos los días. Quiero calentarme junto a ti, y
quedar con calor para muchas horas.
Continúa hablándole a Dios con tus palabras y repasa tu itinerario…
Cuaresma
Martes segundo
Callar… y dejar que los miembros tiemblen
Después de ser condenado, Pilatos
ordena que azoten a Jesús. Dos sol-
dados brutales descargan toda su
fuerza sobre la espalda de Jesús.
Noventa golpes pueden contarse en la Sábana Santa. Cada látigo tenía varias cuerdas y la
punta de las cuerdas llevaban pequeños trozos
de plomo sin pulir, con puntas y salientes que
hirieron todo el cuerpo de nuestro Dios. Jesús
lo sufrió todo por ti y por mí: «Ésta es mi sangre,
derramada por vosotros y por todos los hombres, para el perdón de los pecados».
La flagelación era tan dolorosa que muchos
de los condenados morían mientras se les azotaba. María, nuestra madre, lo ve todo y sufre,
pero se calla, porque quiere que Jesús nos sal-
ve y para ello debe morir.
Hemos de saber callar, ser capaces de callar
cuando tenemos que callar. Cuántas veces nos
arrepentimos, más tarde, de haber hablado, pro-
testado, insultado… en vez de saber sufrir con
paciencia defectos o equivocaciones de otros.
El cura de Ars no había nacido con la virtud
de la paciencia; la adquirió con numerosos pequeños esfuerzos; si no se hubiese esforzado
continuamente, habría sido un hombre brusco
y violento. Le preguntaba en una ocasión el sacerdote que le ayudaba:
—Señor cura, ¿cómo puede estar usted tan
sosegado con la impetuosidad de su carácter?
A lo que el cura de Ars le contestaba:
—¡Ah, amigo mío!, la virtud requiere esfuer-
zo, continua violencia y, sobre todo, auxilio de
lo alto.
En ciertas ocasiones, cuando le fastidiaban
algunas personas, quizá con mala intención,
el cura retorcía y apretaba el pañuelo que
acostumbraba llevar en el bolsillo; se podía
observar, entonces, el tremendo esfuerzo que
le suponía contener su impaciencia. «Un día
—cuenta el maestro Juan Pertinand—, sin
saberlo el cura, sorprendimos a un niño de la
parroquia cuando intentaba apoderarse de las
limosnas de las misas. El alcalde fue conmigo
a avisar a sus padres. La madre del ladrón en
ciernes, pensando que era el señor cura quien
había denunciado al culpable ante las autoridades, fue al día siguiente a la sacristía y se lo
reprochó duramente. Estaba yo de pie junto a
la puerta, en la iglesia, oyendo aquella lluvia de
improperios. “Tiene usted razón, se contentaba
con responder el bueno del señor cura párroco,
ruegue para que me convierta”».
Cuenta la sacristana que, recién llegado el
cura a la parroquia, fue a su casa un hombre y
le llenó de insultos. El cura escuchaba sin decir
palabra; después, quiso acompañarle a la puerta, y le dio un abrazo despidiéndole. El sacrificio
le causó tan viva impresión que a duras penas
pudo subir las escaleras a su cuarto, y tuvo que
echarse en la cama. En un momento se llenó
de ronchas…
En varias ocasiones en las que alguien le habló
con dureza, vio la sacristana cómo conservaba la
calma, pero su cuerpo, debido al esfuerzo y tensión que le suponía contenerse, enseguida que-
daba preso de cierto temblor. Si le preguntaba
ella porqué temblaba, contestaba con sencillez:
«Cuando se ha vencido una pasión, hay que dejar
que los miembros tiemblen». No era más que una
descarga nerviosa.
En una ocasión en la que ocurrió algo en la
residencia de niños huérfanos que fundó, la
Providencia, ante algo que le disgustó fuerte-
mente, comentó:
—Si no fuese porque quiero convertirme,
me enfadaría de veras». Lo dijo con gran serenidad, comenta Juana-María Chanay.
¡Cuántas veces nos alegraremos de saber
callar! Después, sólo después, cuando ya no es-
tamos enfadados y vemos las cosas con cierta
distancia, será el momento de decir lo que con-
sideremos oportuno.
Madre, haz que sepa callar: no contestar a mis
padres, no protestar, no decir siempre la última
palabra. Aunque sea injusto, o tenga motivos para
protestar… que me calle. También tú podrías haber
dicho muchas cosas y te callaste. Me cuesta, pero
ayúdame: que sepa callar.
Continúa hablándole a Dios con tus palabras.
Cuaresma
Miércoles segundo
Su cruz y mi cruz
La cruz de Cristo no era sólo el leño
que llevó a cuestas y en el que
murió. La cruz de Jesús fue, junto
a ésa, el dolor de la soledad, las in-
justicias que sufrió, los insultos que recibió, la
verdad anunciada y no recibida, el amor dado
y no aceptado… Los de aquel momento y los
de toda la Historia. El dolor que siente por lo
que yo he hecho mal hoy contra otra persona,
o contra mí mismo o contra Él. Ésa es su cruz.
Por eso yo soy responsable de la cruz del Señor.
Y mi cruz de cada día, la que tengo que coger para seguirle, no es un leño de madera. Mi
cruz es el dolor de la enfermedad, las injusticias
que sufro, el cansancio en el trabajo, el dolor
que me supone luchar contra la pereza, el es-
fuerzo por ser generoso —porque me cuesta
dar mis cosas—, la falta de correspondencia de
aquel a quien me doy, la incomprensión que
sufro… Mi Cruz es trabajar bien cuando no me
apetece. Y saber pisotearme y obedecer cuan-
do no quiero, y…
La vida del cristiano es maravillosa. Así la
describe un anónimo en una carta que se
conserva del año ciento y pico, dirigida a un
pagano llamado Diogneto: «Los cristianos no
se distinguen de los demás hombres ni por su
territorio, ni por su lengua, ni por su vestimenta. No habitan en ciudades propias, no usan un
lenguaje particular ni llevan un género de vida
especial. Su doctrina no es fruto o conquista
del talento y especulación de hombres estudiosos; ni profesan, como hacen algunos, un
sistema filosófico humano.
Viven en ciudades griegas o bárbaras según
le ha tocado en suerte a cada uno. Siguen las
costumbres de los habitantes del país en el
vestido, la comida y el resto del vivir. Sin embargo, dan muestras de una forma de vida admirable y, al decir de todos, increíble. Habitan
en sus patrias respectivas, pero como forasteros; participan en todo como ciudadanos, pero
comportándose como extranjeros. Toda tierra
extranjera es patria para ellos y toda patria es
tierra extranjera. (…)
Aman a todos, y todos los persiguen. Se
les condena sin conocerlos. Se les da muerte y con ello reciben la vida. Son pobres y
enriquecen a muchos; carecen de todo y en
todo abundan; (…) hacen el bien y son castigados como malhechores; (…) los judíos los
combaten como a extraños y los gentiles los
persiguen. Sin embargo, los mismos que los
aborrecen, no saben explicar el motivo de su
hostilidad.
Para decirlo en una palabra, los cristianos
son al mundo lo que el alma es al cuerpo. Ésta,
en efecto, se halla esparcida por todos los
miembros del cuerpo; así también los cristianos
se encuentran dispersos por todas las ciudades
del mundo. El alma habita en el cuerpo, pero
no procede del cuerpo; así, también los cristia-
nos viven en el mundo, pero no son del mundo
(…). El alma ama al cuerpo y a sus miembros,
a pesar de que éste la aborrece; del mismo
modo, los cristianos aman a los que los odian
(…). Tan importante es el puesto que Dios le ha
asignado, del que no es lícito desertar».
La cruz es el dolor que supone, en ocasiones, vivir la maravillosa vida cristiana: actuar de
acuerdo con amar a Dios, con amar a los demás
—¡más que a mí mismo!— y con amarme bien
a mí mismo —porque pertenezco a mi Señor
Jesús no debo destruirme ni degenerar—.
Durante esta cuaresma, Señor, quiero coger mi
cruz de cada día, porque quiero seguirte, porque no
quiero desertar: ¡tan importante es el puesto que me
has asignado! ¡Que sea generoso, Dios mío!
Continúa hablándole a Dios con tus palabras.
Cuaresma
Jueves segundo
Dolor y rabia no son lo mismo
Cuando hablo del pecado, sobre
todo del pecado mortal, recuerdo
la tragedia que presencié un día a
la salida del colegio. Una niña de
unos seis años corría por la acera, jugando con
alguien. Su madre le gritaba: «¡Ven aquí, Leyre!
¡No bajes de la acera!» Pero su hija no le hizo
ningún caso. Puso un pie en la acera y un coche
que pasaba la lanzó por los aires. Su cuerpecillo
roto fue a caer casi en los brazos de su madre.
Dejando aparte el hecho de que Leyre era
demasiado pequeña para responder de sus
actos, la escena recuerda mucho la actitud de
Dios con los pecadores: «¡Ven aquí, ven aquí!»,
grita ansiosamente, con su gracia, cuando un
alma corre hacia el pecado. Pero el pecador,
ajeno a todo lo que no sea su deseo, hace oídos
sordos a la voz de Dios y sale voluntariamente
al encuentro de la muerte. La estupidez es un
elemento siempre presente en el pecado.
Predicaba el cura de Ars: «Un cristiano, crea-
do a la imagen de Dios, redimido por la sangre
de un Dios. ¡Un cristiano… hijo de Dios, her-
mano de Dios, heredero de Dios! ¡Un cristiano,
objeto de las complacencias de tres Personas
divinas! Un cristiano cuyo cuerpo es el templo
del Espíritu Santo: ¡he aquí lo que el pecado
deshonra!
El pecado es el verdugo del Buen Dios y el
asesino del alma… ¡Ofender al Buen Dios, que
sólo nos ha hecho bien! ¡Contentar al demonio
que tan sólo nos hace mal! ¡Qué locura!»
Es formidable. Ser cristiano es algo muy
grande. «Quien ha nacido de Dios…», escribe
san Juan (1 Juan 3, 9). ¡El cristiano ha nacido
de Dios, es miembro de la Iglesia, pertenece
al Reino de la gracia, es templo del Espíritu de
Dios, hermano de Cristo y de los ganados por
Cristo…!
Por eso, el cristiano no rechaza la falta come-
tida como si se tratase de un error, de un fallo
personal, sino que sabe que lo que ha hecho
significa una ofensa a otro, algo que afecta y
daña a Dios y al prójimo.
El dolor de los pecados, la contrición, se inspira… no en lo que uno ha hecho mal, en el
pecado, sino en la fe y en el amor al Buen Dios
y al prójimo. El dolor de los cristianos nace de
mirar al ofendido, de darse cuenta de que hemos disgustado a Jesús. Si uno es un poco individualista, si sólo se mira a sí mismo cuando ha
pecado, no será capaz de contrición.
La rabia por haber fallado no tiene nada
que ver con la contrición, con la penitencia
interior del que se va a confesar. El dolor nace
de la caridad, esto es, al considerar que uno ha
despreciado lo bueno recibido de Dios, que no
ha reflejado en su conducta la dignidad que le
ha dado el Buen Dios, que no ha aprovechado
la gracia y los dones recibidos: «¿Por qué has
despreciado tú la palabra del Señor, haciendo
lo que a él le parece mal?» (2 Samuel 12, 9). No
se inspira en el pecado mismo, sino en la fe y
amor a Dios.
Por eso, una de las reformas que hizo el
cura de Ars en su parroquia fue construir una
pequeña capilla en el lateral izquierdo de la
iglesia: allí puso una imagen del Ecce homo
—de Jesús flagelado y coronado de espinas,
cubierto con la túnica roja— para que allí se
preparasen para la confesión. Insistía: «Hay que
dedicar más tiempo a pedir la contrición que a
examinar los pecados».
Perdona que insista. Se trata de aceptar que
lo hecho no habrá gustado a tu Padre Dios, que
no ha sido justo ni adecuado a lo que Él mere-
cía y esperaba, que no está de acuerdo con lo
que Él ha mandado, que ha dañado a otros o
a uno mismo, que no es coherente con la dignidad de un hijo del Buen Dios. No es un «he
vuelto a fallar», sino «he vuelto a fallarle, a defraudarle, a dolerle».
Si nos olvidamos de Dios, en vez de dolor
contrito terminamos con rabia amarga, humillados por ser como somos, cansados y hartos
de tanto fallo… Casi te diría que no es tanto
pensar en el dolor que encuentras dentro de ti,
como pensar en el dolor que has causado en él
y en otros.
Dame, Señor, dolor de amor. No quiero ofender-
te, pero a veces me olvido de ti, y cuando llega el momento me vence la estupidez. Perdona, Señor; desde
ahora con tu gracia odiaré el pecado, también los
pequeños, y te pediré perdón por ellos en la confesión. Que no olvide el dolor que despierto en ti.
Coméntale a Dios con tus palabras algo de lo que has leído.
Después termina con la oración final.
Cuaresma
Viernes segundo
El jesuita y su mano… que hablaba
Los bandidos encuentran al padre Bressini
en Canadá con un ladrón
que se acaba de convertir al cristianismo, y a los dos los torturan. Fui un martirio lento y refinado: un día es arrancada
una uña, al día siguiente la falange de un dedo,
y así continúan, poco a poco, durante semanas.
El padre Bressini mandaba escribir así al superior de los Jesuitas: «No me queda más que
un dedo entero, me han arrancado algunas uñas
con los dientes. En seis veces han quemado seis
falanges. Sólo en las manos me han aplicado el
fuego y el hierro más de dieciocho veces y me
obligaban a cantar durante el suplicio».
Cuando le tocó el suplicio al ladrón, decía
atormentado: «Padre Bressini, ya no puedo
más. Veo que voy a flaquear. ¡Pronto, pronto,
Padre, muéstrame tus manos! Ellas me dicen
cómo hay que hablar a Dios».
Cuando miramos un crucifijo, al ver clavadas las
manos y los pies y la cabeza con las espinas deberíamos decir como el joven ladrón: «En tu Cruz veo
cómo me has amado, Señor. Tus llagas me darán
fuerzas para seguir aguantando —amando— las
pequeñas cruces que me permitas en mi vida».
Te sugiero que vivas una costumbre que vi-
ven muchos cristianos: llevar siempre un cru-
cifijo contigo, en el bolsillo o en el bolso. En
ocasiones, discretamente, cuando tienes que
luchar, tómalo en la mano, apriétalo, agradéce-
le su amor, y recuerda así cómo hemos de ha-
blar a Dios con obras, con nuestra lucha.
Como este jesuita y este ladrón, san Pablo
enseñaba las heridas de las flagelaciones y
torturas que había sufrido por el nombre de
Jesús, como las señales del Crucificado que
llevaba en su cuerpo (Gal 6, 17; 2Cor 4, 10).
En tu Cruz veo cómo me has amado, Señor. Tus
llagas me darán fuerzas para seguir aguantando –
amando— las pequeñas cruces que me permitas en
mi vida. Que no me acostumbre a verte en los crucifijos. Procuraré llevar uno siempre conmigo, y luchar
contigo. Entonces diré –experimentaré— que ‘todo
lo puedo en aquél que me conforta’.
Continúa hablándole a Dios con tus palabras.
18 Cuaresma
No mucho: ¡todo!
Habrás visto la película de Los siete magníficos: a Yul Brinner le quieren contratar
unos mexicanos para que les defienda
de unos bandidos. Estos mexicanos
son campesinos, muy pobres. Para convencer a Yul
Brinner le ofrecen todo lo que tienen, envuelto en
un pañuelo. Yul lo ve y dice: «Siempre me han ofrecido mucho, pero nunca todo». Aceptó, ¡claro!
Así es nuestra relación con Dios. Sería una
monstruosidad pensar que dando algo a Dios
le compramos. Quiero tal cosa y para conseguirlo voy a hacer tal otra: para que se cure tal
persona voy a rezar todos los días el rosario; o
para que me salga bien tal prueba voy a hacer
este sacrificio…
Hagamos lo que hagamos, no podemos
nunca comprar a Dios. Todo lo que recibimos
de Dios es absolutamente gratuito. Es bueno
que nosotros hagamos cosas si lo hacemos
para ganar el corazón de Dios, como aquellos
campesinos pobres ganaron el corazón de Yul Brinner.
Santa Teresa de Lisieux lo dice también: «Te
aseguro que Dios es mucho mejor de lo que
piensas. Él se conforma con una mirada, con un
suspiro de amor… Y creo que la perfección es algo
muy fácil de practicar, pues he comprendido que
lo único que hay que hacer es ganar a Jesús por
el corazón… Fíjate en un niñito que acaba de disgustar a su madre montando en cólera o desobedeciéndola. Si se mete en un rincón con aire enfurruñado y grita por miedo a ser castigado, lo más
seguro es que su mamá no le perdonara su falta;
pero si va a tenderle sus bracitos sonriendo y diciéndole: “Dame un beso, no lo volveré a hacer”,
¿no lo estrechará su madre tiernamente contra
su corazón, y olvidará sus travesuras infantiles…?
Sin embargo, ella sabe muy bien que su pequeño
volverá a las andadas en la primera ocasión; pero
no importa: si vuelve a ganarla otra vez por el co-
razón, nunca será castigado…»
Dios se deja ganar fácilmente por el corazón. Y también él lo ha dado todo por nosotros,
como vemos en la cruz y en los sagrarios.
Escribía Benedicto XVI: «Todo ello se encuentra resumido en la oración de san Ignacio
de Loyola, una oración que siempre me ha parecido demasiado grande, hasta el punto de
que casi no me atrevo a rezarla. Sin embargo,
aunque nos cueste, deberíamos repetirla siempre: “Tomad, Señor, y recibid toda mi libertad,
mi memoria, mi entendimiento y toda mi voluntad, todo mi haber y mi poseer; Vos me lo
disteis, a Vos, Señor, lo torno; todo es vuestro,
disponed a toda vuestra voluntad; dadme
vuestro amor y gracia, que ésta me basta.”»
Con lo que Tú me amas —¡has dado la vida por
mí!—, no puedo quedarme corto dándote sólo mu-
chas cosas. Te doy toda mi vida: quiero todo lo que
Tú quieras. Quiero ganarte por el corazón. Te digo lo
que te dijo santa María Magdalena: «¡Amor! Tú eres
fortísimo, pero a la vez yo te veo debilísimo. Fortísimo, pues nadie se te puede oponer; y debilísimo,
puesto que una miserable criatura como yo te ven-
ce, te supera llamándote Amor’.
Continúa hablándole a Dios con tus palabras. Puedes decirle
despacio la oración de san Ignacio: «Tomad, Señor, y recibid…»
Cuaresma
Sábado Segundo
No mucho: ¡todo!
Habrás visto la película de Los siete magníficos: a Yul Brinner le quieren contratar unos mexicanos para que les defienda
de unos bandidos. Estos mexicanos
son campesinos, muy pobres. Para convencer a Yul
Brinner le ofrecen todo lo que tienen, envuelto en
un pañuelo. Yul lo ve y dice: «Siempre me han ofreci-
do mucho, pero nunca todo». Aceptó, ¡claro!
Así es nuestra relación con Dios. Sería una
monstruosidad pensar que dando algo a Dios
le compramos. Quiero tal cosa y para conseguirlo voy a hacer tal otra: para que se cure tal
persona voy a rezar todos los días el rosario; o
para que me salga bien tal prueba voy a hacer
este sacrificio…
Hagamos lo que hagamos, no podemos
nunca comprar a Dios. Todo lo que recibimos
de Dios es absolutamente gratuito. Es bueno
que nosotros hagamos cosas si lo hacemos
para ganar el corazón de Dios, como aquellos
campesinos pobres ganaron el corazón de Yul Brinner.
Santa Teresa de Lisieux lo dice también: «Te
aseguro que Dios es mucho mejor de lo que
piensas. Él se conforma con una mirada, con un
suspiro de amor… Y creo que la perfección es algo
muy fácil de practicar, pues he comprendido que
lo único que hay que hacer es ganar a Jesús por
el corazón… Fíjate en un niñito que acaba de disgustar a su madre montando en cólera o desobedeciéndola. Si se mete en un rincón con aire enfurruñado y grita por miedo a ser castigado, lo más
seguro es que su mamá no le perdonara su falta;
pero si va a tenderle sus bracitos sonriendo y diciéndole: “Dame un beso, no lo volveré a hacer”,
¿no lo estrechará su madre tiernamente contra
su corazón, y olvidará sus travesuras infantiles…?
Sin embargo, ella sabe muy bien que su pequeño
volverá a las andadas en la primera ocasión; pero
no importa: si vuelve a ganarla otra vez por el co-
razón, nunca será castigado…»8
Dios se deja ganar fácilmente por el corazón. Y también él lo ha dado todo por nosotros,
como vemos en la cruz y en los sagrarios.
Escribía Benedicto XVI: «Todo ello se encuentra resumido en la oración de san Ignacio
de Loyola, una oración que siempre me ha parecido demasiado grande, hasta el punto de
que casi no me atrevo a rezarla. Sin embargo,
aunque nos cueste, deberíamos repetirla siempre: “Tomad, Señor, y recibid toda mi libertad,
mi memoria, mi entendimiento y toda mi vo-
luntad, todo mi haber y mi poseer; Vos me lo
disteis, a Vos, Señor, lo torno; todo es vuestro,
disponed a toda vuestra voluntad; dadme
vuestro amor y gracia, que ésta me basta.”»
Con lo que Tú me amas —¡has dado la vida por
mí!—, no puedo quedarme corto dándote sólo mu-
chas cosas. Te doy toda mi vida: quiero todo lo que
Tú quieras. Quiero ganarte por el corazón. Te digo lo
que te dijo santa María Magdalena: «¡Amor! Tú eres
fortísimo, pero a la vez yo te veo debilísimo. Fortí-
simo, pues nadie se te puede oponer; y debilísimo,
puesto que una miserable criatura como yo te ven-
ce, te supera llamándote Amor’.
Continúa hablándole a Dios con tus palabras. Puedes decirle
despacio la oración de san Ignacio: «Tomad, Señor, y recibid…»
Cuaresma
Domingo tercero
La confesión y el candil
Papá y mamá están ocupados tra-
bajando en el jardín y piden a su
hija, la pequeña Sofía, que ponga
la mesa. Sofía, que está viendo su
programa favorito de televisión, dice que sí,
pero continúa ante el televisor, de tal forma
que cuando sus padres entran en casa la mesa
no está puesta. Aquello desagrada a los padres,
pero no les ofende, porque en la desobediencia de Sofía ha habido poco interés, descuido,
poca malicia, ir a lo suyo en algo pequeño.
Una noche, sin embargo, Devora, la hija mayor,
ya en la puerta, se enfrenta a sus padres y les dice:
«¡Ya estoy harta de que me digáis a qué hora tengo
que regresar. Volveré cuando me apetezca, os guste o no!» Y, dando un portazo, desaparece. En este
caso, está claro que hay mayor malicia, una des-
obediencia buscada y querida, que lleva consigo
desprecio a los padres y rechazo de su autoridad.
Entre la desobediencia de Sofía y la de Devora
hay una diferencia. Pues bien, tal es la diferencia
que existe, desde el punto de vista de Dios, entre
el pecado mortal y el pecado venial; una diferencia inconmensurable. El pecado mortal mata la
presencia de Dios en mí; rompe y destruye mi relación con Dios: le doy un portazo y desaparezco. Este ejemplo de Leo J. Trese habla de una distinción de pecados, mortales y no mortales.
La distinción es antigua. Ya el Antiguo Testamento hace distinciones. En el Nuevo Testamento
hay muchos textos que enumeran pecados particularmente merecedores de condena y son reprobados con expresiones duras. Escribió san Juan en
su primera carta: «Si alguno ve que su hermano co-
mete un pecado que no lleva a la muerte, que pida
y le dará la vida. Esto para quienes cometen un pecado que no lleva a la muerte, pues hay un pecado
que lleva a la muerte… Toda injusticia es pecado,
pero hay pecados que no llevan a la muerte» (1
Juan 5, 16). Claramente, el concepto de muerte al
que se refería Juan era la muerte espiritual.
A la luz de tantos textos de la Escritura, los
teólogos hablan desde el principio de pecados
mortales y veniales. Y… ¿cuál es la diferencia?
Cuando «por medio del pecado, el alma come-
te una acción desordenada que llega hasta la separación del fin último —Dios— al que está unida
por la caridad, entonces se da el pecado mortal;
por el contrario, cada vez que la acción desordenada permanece en los límites de la separación de
Dios, entonces el pecado es venial». Efectivamente, es la diferencia entre lo que hace Vanesa y Sofía.
Recuerda que para que una acción sea pecado
mortal debe tener por objeto una materia grave
y, además, debe ser cometido con plena advertencia y perfecto consentimiento: nadie rechaza
a Dios sin darse cuenta, o por casualidad.
Pero nuestro pecado es sólo una parte.
Cuando los confesamos a Dios —en la confesión— él actúa perdonándonos. El cura de
Ars lo predicaba con este ejemplo formidable:
«Habéis visto mi candil esta noche. Esta maña-
na dejó de lucir. ¿Dónde está? Ya no existe, ha
quedado reducido a nada. Del mismo modo,
los pecados absueltos ya no existen, son reducidos a nada.
El Buen Dios, en el momento de la absolución, tira nuestros pecados por encima del
hombro; es decir, los olvida, los reduce a nada,
no volverán a aparecer jamás».
Señor, te pido que me ayudes a darme cada vez
más cuenta de que mis pecados son actos míos que
te duelen a ti, momentos en los que paso de ti, elijo
lo que a mí me viene bien, dejándote a ti o a otros
de lado; y por lo tanto mis pecados te duelen. Dame
dolor de mis pecados, dolor de amor. ¿Esperas demasiado tiempo para confesarte? ¿Te duelen los pecados veniales? ¡Madre mía, antes morir que pecar!
Continúa hablándole a Dios con tus palabras. Como dice el salmista, quien ha hecho todos los oídos, ¿no nos va a escuchar? Él te escucha con atención.
Cuaresma
Lunes tercero
La otra pobreza
«Hay diversas clases de pobreza —
cuenta la madre Teresa de Calcuta—.
En la India hay gente que muere de
hambre. Un puñado de arroz es precioso, valiosísimo. En los países occidentales, sin embargo, no hay pobreza en ese sentido. Nadie muere de hambre y ni siquiera abundan los pobres como en la India… Pero existe otra clase de pobreza, la del espíritu, que es mucho peor. La gente no
cree en Dios, no reza, no ama, va a lo suyo… Es una
pobreza del alma, una sequedad del corazón que
resulta mucho más difícil de remediar».
¿Puedes tener tú esa pobreza? Para medir la pobreza o riqueza de una persona, sería torpe mirar los
bolsillos, la cartera, los números de la cuenta corriente.
La pobreza o riqueza se mide por el tamaño del corazón. A cuántas personas quieres y cuánto les quieres.
Algunos no quieren a nadie, otros sólo a algunos de
su familia y a algún amigo, otros a todos los familiares
y a sus conocidos, otros incluso a los desconocidos…
Y el cariño no se mide con sentimientos,
sino por lo que uno da y está dispuesto a dar
y darse. Por eso decía Jesús: «Cuando des una
comida o una cena, no invites a tus amigos, ni
a tus hermanos, ni a tus parientes, ni a los veci-
nos ricos; porque corresponderán invitándote,
y quedarás pagado. Cuando des un banquete,
invita a pobres, lisiados, cojos y ciegos; dicho-
so tú, porque no pueden pagarte; te pagarán
cuando resuciten los justos» (Lucas 14, 12-14).
El corazón grande es un regalo de Dios. Es bueno
que se lo pidamos con frecuencia: Dame, Señor, un
corazón grande, donde quepan todos los hombres
y mujeres de la tierra. Algunos, por ejemplo, cuando
ofrecen su trabajo, lo hacen con corazón grande:
«te ofrezco esta hora de trabajo por todos los que
mueran hoy», o «para que se conviertan todos los
pecadores», o «por todas los matrimonios que lo estén pasando mal», o «por todas las cosas que hoy te
pida el Papa», o «por la Iglesia en tal país»…
Si te has fijado, en la misa siempre se intercede, después de la consagración, por todos los
vivos y por todos los difuntos: ¡los cristianos nos
sentimos responsables de toda la humanidad!
Pídeles a Jesús y a María que nunca caigas en la pobreza de espíritu de la que hablaba la madre Teresa; que te ayuden a quererles cada día más, que te ayuden a querer a los demás, a todos los hombres… Continúa
hablándole a Dios con tus palabras, y pídele ¡por cuantos más, mejor!
¡Jesús, María, que no olvide rezar y ofrecerte mi
día por tantos! Que sea generoso: porque el verdaderamente «pobre» es el egoísta.
Cuaresma
Martes tercero
Oler a sangre
Tenía que celebrar misa a las 11.15
de la mañana. Cogí el coche con el
tiempo justo para llegar. Si no sur-
gen imprevistos, no hay problema.
Pero si hablo de ese día en concreto es porque
surgió uno: el depósito de combustible estaba
casi vacío. Paré a repostar. Salí del coche, seleccioné importe, descolgué la manguera, activé
el grifo… todo rápido, ¡rápido!… tan rápido
que no sé qué hice al sacar la manguera que
me salpiqué todo el brazo de gasóleo. El resto
del desplazamiento disfruté del embriagador
aroma del líquido que bebe mi coche.
Antes de celebrar misa me froté las manos
una y otra vez, pero el olor persistía, no se iba
por más que lo intentara. La homilía no la tuve
que preparar: conté lo que me había ocurrido,
y todos conmigo pedimos a Dios: «¡Que huela
a Cristo!»
Durante la misa, en la consagración,
cuando el vino se acaba de convertir en
Sangre de Cristo y el sacerdote la eleva…
una costumbre cristiana es la de decirle con
el corazón: «Sangre de Cristo, embriágame.»
Eso es: que su sangre nos empape, nos emborrache, de manera que olamos a Sangre
de Cristo, que nada pueda quitarnos ese olor,
que su sangre nos impregne y los demás huelan en nosotros su sangre, su amor loco por mí.
Terminada la misa, una persona se me acercó y me dijo que había entendido lo que era ser
apóstol; hacer apostolado es oler a Cristo. No es
hacer grandes cosas, como ponerse a predicar
en un parque encima de una caja con la Biblia
en la mano o hablar a todo el que nos rodea
como un gran teólogo; no, es algo mucho más
sencillo: oler a Cristo; es decir, trabajar, hablar,
hacer deporte, sonreír, festejar, pasear, escu-
char, viajar, leer, comer… de tal forma que todo
aquel con el nos encontremos perciba «el buen
olor de Cristo».
Señor Jesús, quiero oler a tu sangre, a ti. Cada día
en la consagración te repetiré esta petición: «¡Sangre de Cristo, embriágame!» Que aquellos con quienes estamos durante el día se pregunten «¿Qué tiene
éste?», «¿cuál es su secreto?»; que tengan la sensación, vaga o clara, de que Cristo ha pasado junto a
nosotros.
Puedes seguir hablándole. No te importe hoy perder el tiempo diciéndole lo que deseas, y que deseas que los demás le conozcan a través de ti.
Cuaresma
Miércoles Tercero
Tres formas de hacer daño
Hay tres formas de hacer sufrir y llorar
a una madre. Además de la más
elemental, que sería atacarla a ella
directamente, golpeándola o insultándola,
hay otras dos en las que le podemos
hacer sufrir igual o más.
Una de ellas consistiría en hacer algo malo
a mi hermano. Si yo le doy una paliza a un her-
mano mío delante de mi madre, le dolerá inclu-
so más que si le maltrato a ella.
Otra forma de hacerle sufrir consistiría en
hacer algo que sea malo para mí, algo que me
empeore. Como mi madre me quiere, eso le do-
lerá terriblemente. Imagínate que ve como te
cortas un brazo: ¡no lo aguantaría!
Dios te ve siempre –no como un espía, sino
como alguien que te quiere mucho— y sufre
cada vez que te ve hacer algo QUE HACE DAÑO
A OTRA PERSONA, porque esa otra persona es
hija de Él, y cada vez que te ve HACERTE DAÑO
A TI MISMO, y cada vez que te ve hacer algo
QUE LE HACE DAÑO A ÉL directamente.
Por eso es bueno que todas las noches, cuan-
do te acuestes, hagas un repaso del día, un exa-
men de conciencia, y pidas perdón a Dios por
esas cosas que él ha visto y no le han gustado.
El examen de conciencia lo puedes hacer así:
— ¿cómo me he portado con Dios?
— ¿cómo me he portado con los demás?
— ¿cómo me he portado conmigo mismo?
Dios mío, a partir de ahora haré el examen todas las
noches. Y te pediré perdón por el daño que haya hecho
durante cada día de alguna de estas tres formas. Y tam-
bién te agradeceré tu compañía. Recuérdamelo, y gracias.
Coméntale a Dios con tus palabras algo de lo que has leído.
Después termina con la oración final.
Cuaresma
jueves tercero
Heroes anónimos
Te copio parte de un artículo de B. Tier-
no y te animo a que quieras ser, haciendo favores «normales», un héroe anónimo: «Jamás pensé que estar en
contacto con la enfermedad y el sufrimiento de los
demás podría hacerme tanto bien. Estando de camillero en Lourdes, una señora, medio ciega y sin
piernas, rezaba el rosario. Como advertí preocupación en su rostro, le pregunté qué la apenaba. Ella
me respondió: «Me entristece este pobre hombre
de la camilla de al lado». Se me hizo un nudo en la
garganta y pensé, ¡Dios mío! Ella sí que está física-
mente mal, y sin embargo no piensa en sí misma.
Esta aleccionadora experiencia me la contaba
hace unos días en San Sebastián el propio protagonista, Luis, un hombre de mediana edad que,
desde hace años, junto con su esposa, asiste como
camillero voluntario a los enfermos que peregrinan
a Lourdes. Tantas personas anónimas, la mayoría
donantes de sangre, como Luis, que no desaprovechan la menor ocasión que se les presenta para ayudar según sus posibilidades, son héroes anónimos.»
Con frecuencia se olvida el sentido épico de la
existencia. El cuento de Caperucita Roja deja bien
claro el sentido heroico y aventurero, grandioso y
épico que tiene la vida de cualquiera: Caperucita
recibe una misión —llevar comida—, para un destinatario —su abuelita—, surgen unas dificultades
por parte del enemigo —el lobo—, y ella es soli-
citada para realizarla —ella debe ser la heroína—.
Este cuento es un buen exponente de la vida de
cualquier persona: todos tenemos una misión que
recibimos, unas personas que serán beneficiadas
por nuestra misión, unas dificultades… y realizar
nuestra misión exige que seamos héroes.
El fin de la existencia no es lograr que sea indo-
lora, sino realizar los privilegios que me han sido
confiados. El hombre está hecho para ser un hé-
roe. Sin heroísmo, la vida es despreciable. ¿De qué
heroísmo hablo? Del de conseguir que en la vida
personal y en la vida generada en mis ámbitos de
influencia venza el bien sobre el mal, la belleza sobre la fealdad, el amor sobre el odio… Si combates
como un héroe realizas la mejor de las vidas posibles. El héroe anónimo no hace cosas que salgan en
el periódico del día siguiente; tu heroísmo es ayudar
según tus posibilidades, hacer bien el trabajo tuyo,
sonreír también cuando cuesta —¡y cuando cuesta
mucho!—, perdonar sietes veces en un mismo día
a la misma persona (Lc 17, 4), ser puntual, querer al
que tienes al lado y del que conoces sus defectos…
Tú nos explicaste que lo que hacemos con los demás
lo hacemos contigo. Por eso trataré de ser generoso, Jesús, con los demás. En concreto estos días de Cuaresma
procuraré hacer muchos favores. Recuérdamelo, por
favor, y que sepas que los haré por amor a ti y a ellos.
¡Cada día, al menos, un buen favor! Quiero, Señor, vivir
el heroísmo de lo normal, en lo que me toca cada día.
¡Señor, aunque no valga nada, aquí estoy para hacer,
por ti, lo que quieras! Deseo entregarme completa-
mente a ti como instrumento tuyo para la tarea que
quieras y a costa de cualquier sacrificio personal.
Continúa hablándole a Dios con tus palabras, eso que para ti
exigirá heroísmo aunque seguramente sólo él se dará cuenta.
Cuaresma
Viernes tercero
Acción de gracias
Sabes que, cuando comemos algo,
sigue siendo lo que es durante un
rato; sólo después de unos minutos
lo comido pierde su identidad y lo
convertimos en organismo de nuestro cuerpo.
Después de comulgar y por un tiempo aproximado de diez minutos, tenemos a Jesús dentro de nosotros, al mismo que convertía el agua
en vino, que sanaba a ciegos y cojos, al mismo
que murió clavado en la cruz para perdonarnos
nuestros pecados. Por eso, ¿por qué no aprovechas al acabar la Misa para quedarte un rato sentado hablando tranquilamente con él, ya que
permanece dentro de ti? Es el mejor momento
para darle gracias por todo lo que te ha dado en
tu vida. ¡No hay otros minutos como ésos!
Cuentan de aquel buen sacerdote que un
día, al terminar de dar la comunión, vio que
una señora salía del templo enseguida. Rápida-
mente mandó a los dos monaguillos que toma-
sen cada uno una vela encendida y que acompañasen a aquella mujer por la calle durante un
rato. Cuando la señora pidió explicaciones, él
cura le contestó: «Señora, en usted está el mis-
mísimo Cristo, es usted un sagrario ambulante,
¡qué menos que ir custodiada por dos velas!»
Sí. Es bueno quedarse un rato cuidándole
después de comulgar. Te recomiendo que en
esos días en los que no se te ocurra nada después de la comunión, te esfuerces por darle gracias, al menos, por quince cosas concretas: de
lo que quieras… hasta del hecho de tener ojos,
pies y manos…
¡Cuánto bien nos hace agradecer! Cuando
lo olvidamos, terminamos por ser cretinos, pagados de nosotros mismos. Moisés se lo decía
a los judíos, que en Egipto y en el desierto no
tenían de nada: «Cuando el Señor, tu Dios, te introduzca en la tierra buena, tierra de torrentes,
de fuentes y veneros que manan en el monte y
la llanura, tierra de trigo y cebada, de viñas higueras y granados, tierra de olivares y de miel,
tierra en que no comerás tasado el pan, en que
no carecerás de nada, tierra que lleva hierro en
sus rocas, y de cuyos montes sacarás cobres, entonces comerás hasta hartarte… Pero cuidado,
no te olvides del Señor, tu Dios… No sea que,
cuando comas hasta hartarte… y abundes de
todo, te vuelvas engreído y te olvides del Señortu Dios…» (Deut 8, 7-18).
Si nos olvidamos de agradecer, nos volvemos
engreídos. Te sugiero que ahora le agradezcas
con este guión, y que lo hagas consciente de
que todo eso te lo ha dado… porque a él le ha
dado la gana:
— gracias por haberte creado, redimido, he-
cho cristiano y conservado la vida;
— por lo que te ha dado, desde que naciste
(vete diciéndole: familia, salud o enfermedad,
amigos cualidades, talentos…);
— por los dones que te ha concedido Dios
últimamente, que conoces;
— por los que desconoces;
— porque siempre perdona, a ti tantas veces;
— por haberte dado a su Madre;
— por los privilegios que te corresponde
realizar, por la misión que te ha encomendado
realizar…
¡Gracias, perdón, y ayúdame más! No dejaré de
dedicarte un rato sólo para ti después de cada comunión. Que no olvide que comulgar no es comer
algo, sino un abrazo: tú me recibes y yo te recibo; la
comunión es el más íntimo encuentro de dos personas: tú y yo. Señor, no soy digno de que entres en mi
casa… pero, ya que te recibo en mi casa, ¡quiero ser
un buen anfitrión! Y te pido que después tú me ayu-
des a agradecerte, a lo largo del día, tantas cosas en
tantas ocasiones.
Continúa hablándole a Dios con tus palabras, y asegúrale que
después de recibirle en la sagrada Hostia le vas a tratar mejor que nadie en el mundo.
Cuaresma
Sábado tercero
El disco duro de las ofensas
El 13 de mayo de 1981, fiesta de la
Virgen de Fátima, miles de personas
acuden a la plaza de San Pedro para
ver a Juan Pablo II. Una niña rubia
con un globo azul levanta sus manitas al Papa,
que la toma en sus brazos y la levanta en alto
sonriente. «Nada hacía presentir —comenta
el secretario del Papa, don Estanislao— lo que
iba a suceder. Cuando el Santo Padre daba la
segunda vuelta a la plaza, el turco Alí Agca disparó contra él (…). Yo estaba sentado como de
costumbre detrás del Santo Padre, y la bala, a
pesar de su fuerza, cayó entre nosotros en el automóvil, a mis pies. La otra rozó el codo derecho,
quemó la piel y fue a herir a otras personas (…).
¿Qué pensé? Nadie creía que una cosa así fuera posible (…). Vi que el Santo Padre había sido
alcanzado. Entonces le pregunté: “¿Dónde está
herido?” Me respondió: “En el vientre”. Todavía le
pregunté: “¿es doloroso?”. Y me respondió: “Sí”.
El Santo Padre no nos miraba. Con los ojos cerrados, sufría mucho y repetía breves plegarias
exclamatorias. Si no recuerdo mal, eran sobre
todo: “¡María, Madre mía! ¡María, Madre mía!”.
Cuando llegamos al hospital todo era confu-
sión. Una cosa era prepararse para recibir a un
Papa, y otra verle llegar exangüe e inconscien-
te (…). La operación duró cinco horas y veinte
minutos. El pulso era casi imperceptible. Todos
temíamos lo peor. Le administré el Sacramento
de la Unción, justo antes de la intervención. El
Santo Padre estaba inconsciente.
La esperanza renació durante la opera-
ción gradualmente. Al principio parecía que
la muerte era inevitable: el Santo Padre había
perdido las tres cuartas partes de su sangre.
Es extraordinario que la bala no destruyese en
su trayectoria ningún órgano esencial. Una bala de
nueve milímetros es un proyectil de una brutalidad
inaudita. Para no causar daños irreparables en una
parte tan compleja del cuerpo, tuvo que seguir una
trayectoria improbable. Pasó a unos milímetros de la
aorta. Si la hubiera alcanzado, habría sido la muerte
instantánea. No tocó la espina dorsal ni ningún punto vital. Digamos, entre nosotros, milagrosamente.
El Papa estuvo en serio peligro de muerte hasta
el 15 de julio. Pero en cuanto pudo, Juan Pablo II se
desplazó hasta la cárcel donde estaba prisionero
Alí Agca, quien le disparó. Habló con él, a solas, durante mucho tiempo. Le perdonó. Le ayudó».
Éste es el estilo de Jesús y de la familia cristiana.
¿No es verdad que a veces tendemos a guardar
ofensas? Esta persona hace tanto tiempo me hizo
esto; esa otra me he enterado que dijo esto otro
contra mí; y fulanito un día hace dos años estába-
mos juntos y comentó tal cosa y me hirió; y… Una
lista de ofensas que no borramos. El cristiano, cada
noche, formatea el disco duro de las ofensas, deja
a cero la lista de agravios, y vuelve a abrir los brazos
y el corazón a todos; sí, a todos.
Señor, qué ejemplo para mí el de Juan Pablo II.
Como tú, que perdonaste desde la Cruz a quienes
te crucificaban —o mejor, a quienes te crucificábamos—: «Perdónales, Padre», dijiste. ¡Que yo perdone
siempre! ¡Ayúdame! Como cristiano no puedo guardar rencor… ¡nunca!, me hagan lo que me hagan.
Continúa hablándole a Dios con tus palabras.
Cuaresma
Domingo cuarto
Dolor de los pecados
—¿Qué crimen tan brutal ha co-
metido este hombre, que ha tenido que pagarlo con una muerte tan horrorosa? —preguntó un
mahometano a un sacerdote refiriéndose a
un crucifijo que tenía en la mesa.
—Él no cometió ningún crimen —respondió éste—; era completamente inocente.
—Pues, ¿quién le clavó en este madero?
—Fuimos nosotros los hombres quienes lo
hicimos con nuestros pecados —exclamó con
tristeza el sacerdote.
—Ahora comprendo —añadió lleno de
compasión el mahometano— por qué tienes
siempre la imagen del crucificado.
¿Has pensado alguna vez que tus pecados
son la causa de su crucifixión? El Señor espera,
una vez que nos ha redimido, que le amemos
con obras. Y amar a Dios supone también decirle muchas veces: ¡lo siento!
Cada vez que preparamos la confesión, cada
noche al hacer el examen de conciencia… hemos de procurar pedir mucho perdón a Jesús
por los pecados. Pídele que te dé dolor por
ellos, dolor de amor.
«¡Qué dolor de muelas! No puedo estudiar,
ni leer, ni jugar, y ni siquiera puedo dormir!», se quejaba desconsoladamente. Alguna vez habrás tenido dolor fuerte de algo, ¡qué pesadilla!
Pues bien, recuerda que el dolor de los pecados NO es así. Para perdonarnos en la Confesión Dios nos pide dolor, y este dolor consiste,
más que nada, en pensar en el dolor que le he-
mos causado a él.
Dame, Señor, dolor de mis pecados. Dolor de
amor. Lo que yo hago te afecta. Tú pensabas en mí
en tu Pasión. Y cada día, en cada Misa, renuevas tu
Pasión. Y la renuevas pensando en mí. Gracias, y auméntame el dolor de mis pecados.
Si tienes a mano un crucifijo ahora, puedes
hablar con él: Jesús, que no me acostumbre a
verte crucificado; cada vez que vea un crucifijo
quiero acordarme de decirte: ¡te amo!
Coméntale a Dios con tus palabras algo de lo que has leído. Si
tienes un crucifijo, puedes besarlo y decirle «¡te amo!». Después termina con la oración final.
CUARESMA
Lunes cuarto
No aceptar un «no»
«En septiembre de 1980 —cuenta la
madre Teresa de Calcuta—, estuve
en Berlín oriental, donde íbamos a
abrir nuestra primera casa en un país
bajo gobierno comunista. Llegué de Berlín occidental con una hermana que debía quedarse
allí para iniciar la labor. Habíamos solicitado el
correspondiente visado, pero como no nos lo
habían concedido todavía, le dijeron que sólo
podría permanecer en el Berlín oriental durante
24 horas; son muy estrictos en eso… Así pues,
nos pusimos a rezar “Acordaos” a la Virgen, y al
cabo de un rato, sonó el teléfono; no había nada
que hacer: la hermana tendría que volverse con-
migo… Pero como nunca aceptamos un “no”
por respuesta, seguimos rezando y, al octavo
“Acordaos”, volvió a sonar el teléfono, lo cogí y
una voz dijo: “Enhorabuena. Le han concedido el
visado. Puede quedarse…” Le habían concedido
un visado de seis meses, lo mismo que a otras
hermana. Al día siguiente, regresé a Berlín occi-
dental, dándole gracias a la Virgen».
Teresa de Calcuta valoraba mucho la oración
vocal. Las oraciones vocales son las que sabemos de memoria. Algunos las desprecian, pero
los santos nos dicen —y Jesús también, al enseñarnos el Padrenuestro— que son muy valiosas. Pero debemos rezarlas bien.
La persona que estudió su vida para el pro-
ceso de su canonización escribía: «A la Madre
Teresa le gustaba la oración vocal y puso todo
su corazón y su alma en ella. Sólo después de
su muerte se supo que durante la mayor par-
te de su vida como Misionera de la Caridad su
oración no estuvo repleta de consolaciones y
éxtasis, sino más bien de lo que ella llamaba
“oscuridad”. Aunque madre Teresa no sentía
nada, no dejaba de rezar: se sostuvo “gracias
a su fidelidad a las oraciones vocales diarias y,
sobre todo, al rosario”.
Y cuenta lo que una hermana vio un día: «No
creo que la Madre supiera que yo estaba en la
habitación. Me encontraba detrás de ella y ella
estaba en la cama. Había cogido el libro del Ofi-
cio y estaba recitando los salmos. ¡Dios mío! Los
recitaba de un modo tan hermoso, hablando a
Dios como al Padre —a gritos, como un niño—,
y volvía una y otra vez sobre la misma línea, vacilando un poco, después yendo otra vez hacia
atrás, sin desaprovechar una palabra. La concentración, la atmósfera en aquella habitación fue
una experiencia privilegiada para mí».
Como cuando saboreamos un bombón,
cada oración vocal debemos tratar de saborearla: despacio, repitiéndola a veces, gritándola con el corazón…
Madre mía, auméntame la fe, y que me dé cuenta de que cuando se trata de algo para el bien de
Dios o de los demás, el «no» quiere decir «sigue rezando»; tú siempre nos escuchas. Quiero valorar
y amar las oraciones vocales, quiero rezar bien las
oraciones que rezo de memoria: ¡qué buena forma
de hablarte!
Continúa hablándole a Dios con tus palabras, y si quieres rézale bien la oración vocal que más te guste.
cuaresma
Martes cuarto
Vocación
Leo J. Trese pone esta imagen. El director de una película de cine está ocupado en la tarea de escoger una actriz
para protagonista de la película. Está
sentado frente a su mesa de trabajo, sobre la cual
yacen desplegadas docenas de fotografías facilita-
das por los agentes cinematográficos. Al cabo de
un rato, escoge una de ellas, la contempla detenida-
mente, y dice a su secretaria: «Sí, éste es el tipo de
mujer que necesito, llámela y cítela aquí mañana».
Ni que decir tiene que hay una inmensa diferencia entre un director cinematográfico y Dios, entre
Hollywood y el Cielo. Con todo, a través de este
ejemplo podemos hacernos una idea de la razón de
ser de nuestra existencia. Allá, en lo más profundo de
la eternidad, Dios planeó el Universo entero y escogió a los protagonistas del gran argumento que habría de desarrollarse hasta el fin de los tiempos. Ante
su divina mente fueron desfilando las fotografías de
las almas ilimitadas en número que él podía crear.
Cuando se topó con tu imagen, se detuvo y
dijo: «Quiero darle mi vida a esta persona, para
que sea feliz. La necesito para que desarrolle un
papel único, personal, y luego goce de mi presencia durante toda la eternidad… Sí, la voy a crear».
¡Que tengas deseos de conocer para qué cuenta contigo! ¡Eres protagonista! ¡Y de que tú hagas o
dejes de hacer lo que Dios ha pensado para ti de-
penden tantas cosas…! Tus amigos, familia, compañeros, la sociedad entera… necesitan que les des
a Dios, que seas instrumento para que Él se haga
presente hoy en el mundo y actúe a través de ti.
«Somos hechura suya, creados en Cristo Jesús para
hacer buenas obras, las cuales Dios preparó de antemano a fin de que las realizásemos» (Ef 2, 11). Sí:
¡Dios cuenta con que realices algo!, ¡así de fuerte!
Dice la Escritura que Dios nos eligió antes de la
constitución del mundo. San Pablo, cuando cuenta
su vocación, también la pone en relación con la vocación de los grandes profetas (Jer 1, 5; Is 49, 1-6).
Y dice: «Hermanos, cuando Aquel que me escogió
desde el seno de mi madre y me llamó a su gracia, se
dignó revelarme a su Hijo para que yo lo anunciara a
los gentiles…» (Gal 1, 15). A ti y a mí también nos ha
escogido desde el seno de nuestra madre.
Madre mía, que como tú, diga a Jesús que sí en
los planes que él tiene para mí. Señor, quiero lo que
quieras, quiero cuando quieras, quiero como quie-
ras, quiero mientras quieras.
Coméntale a Dios con tus palabras algo de lo que has leído.
Después termina con la oración final.
Cuaresma
Miercoles caurto
San «Lo-que-toca»
«Con tal de no estarse quieto…», a
veces se oye. El cristiano tiene que
aprender algo que suele resultar-
nos difícil: en la vida cristiana no es
tan importante el hacer como el dejar hacer.
Con otras palabras: nuestra Madre, cuando
Dios la busca, dice «Hágase», y no «Venga, voy a hacer».
Cuentan que una joven religiosa fue un día
a preguntar a santa Teresa de Ávila lo que era
la santidad. Teresa estaba fundando muchos
conventos, ya tenía cierta edad, y esa joven
religiosa tenía ganas de una respuesta clara de la fundadora. Teresa tenía experiencias místicas importantes, revelaciones particulares… y
quizá esta joven religiosa esperase que la santa
le hablase de la santidad haciendo referencia a
grandes mortificaciones, o visiones sobrenaturales, o cualquier otro tipo de hechos extraordinarios.
¿Cuál fue la respuesta de santa Teresa? Le ordenó que la siguiese hasta una nueva casa que
acababa de fundar. Estuvo allí durante varios
meses, durante los cuales no hubo más que entorpecimientos, dificultades, fracasos, trabajos,
lamentos, contratiempos… La joven religiosa,
por fin, encontró un momento adecuado para
volver a preguntar a la santa qué era la santi-
dad, que cuándo se lo enseñaría. «¿La santi-
dad? —le contestó santa Teresa—. Pues consis-
te en soportar con paciencia y amor una vida
que será cada día como la que hemos vivido en
esta casa».
Así es. Ser santo es decir «¡Hágase!», y decirlo
con alegría, paciencia y amor. Me decía un ami-
go que el lema del santo es «lo que toca». Otra
forma de decir lo mismo. Hacer «lo que toca»,
vivir con paciencia lo que llega cada día, con
una sonrisa, poniendo cariño, sin huir y poner-
me a mi rollo, aceptándolo…
Corazón de Jesús, gracias porque tu corazón nos
enseña a decir al Padre que sí, hágase, quiero hacer
lo que toca. Y ahí encontraré la santidad, y no en
sentimientos subidos, en miles de rezos o ni en cosas extraordinarias. Corazón de Jesús, enseña a mi
corazón. Quiero ser San «Lo-que-toca».
Puedes seguir hablándole sobre lo que has leído, comentando lo que ves posible o imposible, «lo que te toca» que menos te gusta y lo que más. Él se interesa por cada asunto tuyo.
Cuaresma
Jueves Cuarto
¡Dios es ojo!
Hay una anécdota de la vida de san
Luis Gonzaga que se cita a menudo.
Se dice que estaba jugando al billar
con otros jóvenes jesuitas cuando
uno de ellos le preguntó: «Luis, si te dijeran que
ha llegado tu hora, que te vas a morir enseguida,
¿qué harías?». Dicen que Luis respondió: «Segui-
ría jugando».
Quien vive en presencia de Dios, reacciona
como san Luis. Mientras estudiamos, mientras
hacemos deporte, cuando estamos en clase,
cuando vamos por la calle, a la hora de comer, al
meternos en la cama, y en todas las circunstancias en que nos encontramos, son situaciones
en las que estamos delante de Dios, y es bueno
hablar con él, decirle una jaculatoria, pedirle
ayuda, pedirle consejo, comentarle, etcétera.
Es bueno concretarse alguna jaculatoria para
repetir durante el día; la Cuaresma es un buen momento para hacerlo, porque así iremos compartiendo nuestra vida con el Señor. Alguna jaculatoria puede ser: ¡Jesús, te amo!, ¡Señor, perdóname
porque soy un pecador! ¡Gracias, Señor! ¡Aparta,
Señor, de mí lo que me aparte de ti!… Los días an-
teriores ya han salido buenas ocasiones para decir
jaculatorias: al ver un crucifijo, asaltar sagrarios
cuando pasas cerca de una iglesia, al hacer un sa-
crificio, cuando te vienen a la cabeza excusas para
no mortificarte, cuando ves que actúas con la ley
del gusto, al ofrecer el estudio o el trabajo…
Hablamos de «tener presencia de Dios», pero
más bien deberíamos decir «recordar que es-
tamos en presencia de Dios». Al Dios nuestro,
al principio, le llamaban el Dios que ve. Quizá
hayas visto en ocasiones que se le representa
como un triángulo con un ojo en medio: el trián-
gulo representa la Trinidad, y el ojo representa
su cuidado constante de cada uno de nosotros.
«En la historia religiosa de la humanidad (…)
Dios aparece por doquier como el ser cuyos
ojos miran en todas direcciones, como la visión
sin más —escribía el cardenal Ratzinger—. Esta
arcaica representación queda estampada en la
figura del ojo de Dios que nos es familiar por el
arte cristiano: Dios es ojo, Dios es mirada. Detrás
de eso se encuentra, de nuevo, una sensación
primordial del hombre: éste se sabe conocido.
Sabe que no hay un postrer ocultamiento; que
en todas partes, sin cobijo ni evasión, su vida
está, hasta el fondo, patente a una mirada; sabe
que, para él, vivir es ser visto. Lo que formuló
como plegaria uno de los salmos más hermosos
del Antiguo Testamento articula una convicción
que ha acompañado al hombre a través de toda
su historia:
Señor, tú me examinas y me conoces,
sabes cuándo me siento o me levanto,
desde lejos penetras mis pensamientos.
Tú adviertes si camino o si descanso,
todas mis sendas te son conocidas.
No está aún la palabra en mi lengua,
y tú, Señor, ya la conoces.
Me envuelves por detrás y por delante,
y tus manos me protegen.
Es un misterio de saber que me supera,
una altura que no puedo alcanzar.
¿adónde podré ir lejos de tu espíritu,
adónde escaparé de tu presencia?
Si subo hasta los cielos, allí estás tú,
si me acuesto en el abismo, allí te encuentro.
Si vuelo sobre las alas de la aurora,
y me instalo en el confín del mar,
también allí me alcanzará tu mano,
y me agarrará tu derecha.
Aunque diga: “Que la tiniebla me encubra,
y la luz se haga noche en torno a mí”,
no es oscura la tiniebla para ti,
pues ante ti la noche brilla como el día…
(Sal 139, 1-12)»
¡Qué bien se vive sabiéndose siempre acompañado por Dios, delante de él! ¡El cristiano no
conoce la soledad! El cura de Ars decía que
debemos estar todo el día como el perro a los
pies de su amo. Si vivimos así, si estuviésemos
jugando y nos dijesen que ha llegado nuestra
hora, no nos pondríamos nerviosos y, como
san Luis Gonzaga, seguiríamos jugando…
Puedes hacer un poco de examen para ver
cómo vas en eso. Señor, yo quiero acordarme y
decirte muchas jaculatorias durante el día; recuérdamelo tú. Y tú también, ángel de mi guarda. ¿Qué
puedo hacer para recordar con más frecuencia
que estoy delante de ti? Voy a pensar algún truco
para recordarlo en algunos momentos fijos del día.
Continúa hablándole a Dios con tus palabras, quizá repitiendo
despacio el Salmo 139 transcrito arriba, y pensando algo que te lo pueda recordar en momentos distintos del día.
Cuaresma
Viernes cuarto
Bienvenido al Movimiento Coca-Cola
Los primeros cristianos sorprendían a
los que vivían con ellos en sus ciudades. Lo que más llamaba la atención era la pureza de sus costumbres. En el
año ciento y pico, un cristiano anónimo escribe
al pagano Diogneto: «Se casan como todos y engendran hijos, pero no se deshacen de los hijos
que conciben. Tienen la mesa en común, pero no
el lecho. Viven en la carne, pero no según la carne. Pasan su vida en la tierra, pero son ciudadanos
del cielo. Obedecen a las leyes establecidas, pero
con el tenor de su vida superan las leyes».
El modo de vida de los cristianos tenía un im-
pacto tremendo, que ayudó a transformar la socie-
dad. Y es que los cristianos siempre hemos amado
la pureza que nos enseñó Jesús; como nos recuer-
da san Pablo, no es lícito darte a la lujuria, al propio
placer, porque somos de Cristo (cfr. 1 Cor 6, 12).
Decía un anuncio de Coca-Cola: «No impor-
ta cómo seas ni de dónde seas. Lo importante es
que quieres moverte. Ahora eres tú el que decide
lo que quiere, cuándo lo quiere y cómo lo quie-
re. Bienvenido al primer lugar hecho para gente
como tú. Bienvenido al Movimiento Coca-Cola».
Una publicidad parecida podríamos hacer los
cristianos. Todos notamos el tirón de la carne, la
llamada al placer, la tentación a lo impuro y egoís-
ta, la curiosidad por la experiencia del vicio… «No
importa cómo seas ni los hábitos que tengas ni las
dificultades que te encuentres. Ahora eres tú el
que decide lo que quiere, cuándo y cómo lo quie-
re. Los santos nos enseñan a querer, a luchar para
no empequeñecer el corazón haciéndolo egoísta.
¿Por qué? Porque “no sabe decir sí a los hermanos
quien no sabe decir no a sí mismo”. Bienvenido al
Movimiento de los cristianos, al Movimiento de los
que quieren hacer un mundo en el que brille la pu-
reza de costumbres. Da tu ejemplo… que resulta
tan atractivo que arrastrará a otros». Así nos lo ha
demostrado la historia en los primeros siglos.
San Pablo es un ejemplo. Escribe que nota
que el cuerpo le tira para abajo con sus pasiones, que siente lo que llama el aguijón de la
carne; tanto es así que llega a gritar: «¿Quién
me libertará de este cuerpo de muerte?»
(Rom7, 24).
Pero se da cuenta de una gran verdad
que Dios le transmite: «Te basta mi gracia».
San Francisco de Asís «también nos enseña
que debemos someter la carne —leemos en una
biografía—. Al principio de su conversión, viéndo-
se atacado de violentas tentaciones de impureza,
solía revolcarse desnudo sobre la nieve. Cierta vez
en que la tentación fue todavía más violenta que
de ordinario, el santo se disciplinó furiosamente;
como ello no bastase para alejarla, acabó por re-
volcarse sobre las zarzas y los abrojos».
Y de san Bernardo dice su biografía: «Habiendo
aprendido de su piadosa madre el cultivo de la virtud,
nunca se dejó salpicar por el pecado, e incluso para
vencer la tentación que empezaba a señorear en su
cuerpo, llegó un día a echarse a un estanque helado.»
Fíjate en cómo nos anima san Pedro: «Sed so-
brios, estad alerta, que vuestro enemigo, el diablo,
como león rugiente, ronda buscando a quien devorar; resistidle firmes en la fe» (1 P 5, 8-9). Tú, ¿qué
haces por defender la limpieza de tu corazón?
¿Cómo luchas cuando notas el aguijón de la carne?
Así huyeron de las ocasiones los santos, y así
cortaron las tentaciones. Señor, como ellos…
también yo tengo tentaciones. Quiero decir «no»
a mí mismo para poder decir «sí» a mis hermanos,
para poder amarles generosamente. Madre mía,
que sea fuerte para no ponerme en ocasión de
pecado y para cortar desde el principio las tentaciones. Cuando las tenga, rezaré un bendita sea
tu pureza, y así contigo, seré más fuerte. ¿Qué
puede ayudarme a evitar ocasiones? ¿Qué hago,
Señor, para defender la limpieza de mi corazón?
Coméntale a Dios con tus palabras algo de lo que has leído.
Después termina con la oración final.
Cuaresma
Sábado cuarto
¡Qué error compararse!
Pedro había sido un hombre muy
favorecido por la vida —escribe Leo
J. Trece—. Había tenido unos padres
cariñosos y una niñez feliz. Su mente
era despierta y siempre sacó buenas notas. Tuvo
éxito en la vida y su posición era más que desahogada. Se casó con una mujer guapa, excelente
ama de casa y buena madre de familia; además
adoraba a Pedro, a quien consideraba el mejor
hombre del mundo… En resumen: que tuvo
una existencia feliz, en una atmósfera tranquila, libre de tensiones y de frustraciones. Su
vida, pues, había sido irreprochable, gozando
de una merecida buena reputación.
La vida de Juan había sido otra cosa. Tuvo
una juventud amarga, pues sus padres se llevaban mal, discutían constantemente y amenazaban con separarse. Fuese por sus taras emocionales, fuese porque no era demasiado inteligente, sus notas eran casi siempre malas.
Obtuvo a duras penas un título universitario
casi por condescendencia, y luego un modesto
empleo, justo para malvivir. Sin posibilidades
para ahorrar, temía siempre caer enfermo o
sufrir un accidente grave. Había vivido en un
barrio modestísimo, ruidoso y poco recomen-
dable, con casas antiguas y apiñadas. Su mujer
era apática y además gruñona. Tal vez por eso
Juan bebía demasiado, perdía los nervios con
frecuencia y decía palabras malsonantes.
Ambos eran católicos y cumplían con sus de-
beres religiosos. Pedro iba a Misa y comulgaba
a menudo; Juan sólo los domingos, las fiestas
de guardar y algunas otras fiestas señaladas.
Dios se los llevó casi al mismo tiempo, y los
dos comparecieron ante Él para ser juzgados.
Fueron ambos al Cielo, pero el juicio les deparó
sorpresas considerables. La de Pedro consistió
en que no obtuvo el puesto que esperaba. «Sí,
fuiste bueno —le dijo Dios—, pero ¿cómo no
ibas a serlo? Apenas tuviste contrariedades ni
problemas. Tus pasiones eran por naturaleza
moderadas y no tuviste en tu vida fuertes tentaciones. Has sido un hombre virtuoso, sí, pero
debías haber sido un hombre santo».
Juan, por su parte, tuvo una sorpresa toda-
vía mayor, porque pasó por delante y quedó
situado más alto. «Sin duda podías haber sido
mejor —le dijo el Señor— pero, al menos, luchaste. No te compadeciste en exceso de ti
mismo y nunca tiraste la toalla. Teniendo en
cuenta tus insuficiencias y tus circunstancias,
no lo hiciste mal del todo y aprovechaste mu-
chas de mis gracias…»
Tú, ¿por quién te ves representado? El Señor
nos pide que seamos santos. No te compares
con el resto de la gente, pues puede sucederte
lo mismo que a Pedro.
Jesús nos lo explicó con una parábola (Mateo 25, 14-30).
Antes de salir de viaje un gran
señor, repartió su fortuna. A uno le dio cinco
talentos, a otro dos y a otro uno. A su vuelta les
convocó, para ver cómo habían gestionado el
dinero que les había entregado. «Señor, cinco
talentos me entregaste, he aquí otros cinco que
he ganado.» Su amo le dijo: «Bien, siervo bueno
y fiel; has sido fiel en lo poco, yo te confiaré lo
mucho: entra en el gozo de tu señor». Se acercó también el que había recibido dos talentos
y dijo: «Señor, dos talentos me entregaste, he
aquí otros dos que he ganado». Le dijo su amo:
«Bien, siervo bueno y fiel; has sido fiel en lo
poco, yo te confiaré lo mucho: entra en el gozo
de tu señor». Se acercó por fin el que había recibido un solo talento y dijo: «Señor, sé que eres
hombre exigente… Tuve por eso miedo, y fui
y escondí tu talento en la tierra; aquí tienes lo
tuyo». Le respondió su señor y le dijo: «¡Siervo
malo y holgazán! Sabías que cosecho donde no
he sembrado… Debías por esto haber dejado
mi dinero a los banqueros, y al volver yo hubiera recibido lo mío con intereses… Quitadle, por
tanto, el talento y dádselo al que tiene diez… Y
al siervo inútil arrojadlo a las tinieblas exterires: allí será el llanto y el rechinar de dientes».
Jesús, que sólo me compare contigo y que te imi-
te en todo.
Continúa hablándole a Dios con tus palabras.
Cuaresma
Domingo quinto
«Comodidad»
En una homilía el sacerdote sor-
prendió a los asistentes con un
suceso extraño. Alguien —contaba— le había pedido a Jesús que le resumiese en una palabra lo que él debía hacer,
que en una palabra le dijese cómo debía com-
portarse. Jesús no le respondía. Insistió más de
cuatro y de ocho y de doce veces. Pero al final
sí escuchó una palabra: «Comodidad». El oran-
te pensó que no se habían entendido, y volvió
a hablarle: «Perdona, Jesús, pero a lo mejor no
me he explicado bien; quiero que me digas en
una palabra lo que resuma el modo de vivir
mío, porque con los diez mandamientos tuyos,
los cinco de la Iglesia y tantos consejos que he
recibido, me hago un lío. Díme, por favor, en
una palabra lo que quieras que haga». De nue-
vo, volvió a escuchar: «Comodidad». Extrañado
al principio, enseguida, contento, lo entendió y
no paraba de darle gracias.
Sí. Había entendido que en la palabra
«como-di-dad» estaba resumido todo el
comportamiento cristiano. Está claro que
no pasa de ser un cuento, pero acertado.
Lo que Jesús quiere es que vivamos con su
mismo corazón, que como él dio, nosotros
demos.
¿Cómo da Jesús? Repasando el evangelio
vemos muchos modos de dar: da compañía,
da ánimo, da esperanza, da alegría, da el perdón, da su tiempo, da explicaciones del Reino,
da comida… Pero más que dar… se da. Él vive
para darse, vive para los demás, y lo da todo en
la cruz: da su propia vida, nos da su cuerpo y
su sangre. Cada crucifijo que veamos, podemos
ver cómo dio y cómo debemos dar nosotros. Y
en cada sagrario, también vemos cómo sigue
dando y dándose.
Corazón de Jesús, enséñame a dar y a darme. Me
cuesta, y estoy lejos de dar como tú. Pero que sepas
que quiero, y que si tú me ayudas lo iré haciendo.
¿Qué quieres que dé hoy, o mañana? Dando cosas
concretas, iré haciendo realidad el darme yo. Gracias, y cuento contigo: ¡como-di-dad!
Continúa hablándole a Dios con tus palabras.
Cuaresma
Lunes QUINTO
San Ignacio y el mulo que decidió
A veces nos da la impresión de que
nosotros no estamos hechos de la
pasta que se necesita para ser santo.
Como si unos naciesen «santitos» y
otros, como yo, naciéramos para «ir tirando» y
no ser demasiado desastres. Y no es así.
Cuentan que san Ignacio, antes de su conversión era tan presumido que, por un grano
purulento que le salió en la nariz, pensó en retirarse a una cartuja. Por lo visto era tan juerguista que en un viaje que hizo a Pamplona murió
asesinada una persona y sospecharon de él;
tanto es así, que le tomaron preso. Huyó entonces a vivir a Madrid.
¿Sabes cómo empezó a cambiar su vida?
Herido en 1521 en la defensa de Pamplona,
tuvo que guardar cama después de varias
intervenciones, para curar sus heridas. Para
matar el tiempo pidió novelas, y como no las
había, le dieron vidas de santos y una vida de
Cristo. Quedó impresionado por las acciones
de santo Domingo y san Francisco de Asís, por
su predicación y por su pobreza radical. Fue
encontrando la paz interior, y abandonando
sus ideales militares decidió peregrinar a Tierra Santa. Peregrinó al santuario de Aránzazu,
y después hacia el santuario de Montserrat,
vestido con la sencillez y austeridad de un
verdadero peregrino. Realizó una confesión
escrita de tres días. El 24 de mayo de 1522 el
Señor le dio el último toque y pasó toda la
noche orando ante la Madre del Cielo. Bajó a
la ciudad de Manresa, cerca del santuario de
Montserrat y allí tuvo la experiencia espiritual
definitiva, durante 11 meses. Oraba a solas y
en comunidad, en la misa, hacía penitencia.12
Una vez convertido, es famosa esta anécdota que habla de su ímpetu pero también de su
falta de sintonía con las enseñanzas de Jesús,
como Santiago y Juan que querían acabar con
fuego con aquellos que no recibían a Jesús (Lc 9, 55).
Un día tuvo una larga discusión con un
moro sobre la virginidad de Nuestra Señora.
Despedido el moro, le pareció que había ofendido a la Virgen y dudó de sí debía ir en pos de
él y apuñalarle. Salió de dudas así: dejó rienda
suelta a su mulo para que decidiera por él: si el
mulo seguía el camino por el que se había ido
el moro, le mataría; si cogía el otro, le dejaría
marchar. Con el tiempo, su corazón fue pareciéndose más al de Cristo, hasta tener un amor
a todos los hombres que transmitió a millares
de personas y que llevó a tantos otros países a
través de la Compañía de Jesús que fundó.
¡Cómo ayudan las lecturas buenas! Lo que
leemos ejerce una influencia enorme. Como
san Ignacio, aprovecha para leer cosas prove-
chosas. Él cambió su vida. Se dio cuenta de que
si otros habían hecho en su vida cosas grandes,
él también podía hacer algo grande con la suya.
Señor, quiero ser santo, que no es otra cosa que
vivir como hijo tuyo, dejando que la vida que me
quieres regalar, tu misma vida, viva en mí. Procuraré
leer libros que puedan ayudarme. San Ignacio, inter-
cede por nosotros.
Continúa hablándole a Dios con tus palabras, y que deseas hacer cosas grandes en tu vida… como san Ignacio.
Cuaresma
Martes quinto
«¿Puedo ayudarte en algo, Dios mío?»
En una obra del escritor brasileño
Pedro Bloch encontramos este diá-
logo con un niño:
—¿Rezas a Dios? —pregunta Bloch.
—Sí, cada noche —contesta el niño.
—¿Y qué le pides?
—Nada. Le pregunto si puedo ayudarle en algo.
Y ahora soy yo quien me pregunto a mí mismo qué sentirá Dios al oír a este chiquillo que
no va a Él, como la mayoría de los mayores, pidiéndole dinero, salud, amor o abrumándole
de quejas, de protestas por lo mal que está el
mundo, y que en cambio, lo que hace es simplemente ofrecerse a echarle una mano, si es
que la necesita para algo.
«Para los mezquinos, Dios no es más que el
poderoso a quien se acude a arrebatarle unas
gracias, un poco de salud, otro poco de dinero, algo de lástima para nuestros dolores… Y
así nuestros Sagrarios se llenan de lloros y de
penas, de súplicas y lamentaciones. Dios ha dejado de ser el Dios-Amigo.
Parece que nos hemos propuesto, entre to-
dos, tenerle serio a nuestro Dios.
Cuando sufrimos vamos a patalear al templo. Las alegrías las gozamos en hosco silencio,
vueltas las espaldas al Señor. (…)
Hoy los cristianos, también los hombres en general, viven con la esperanza de recibir, no sienten
la alegría de dar. Por eso no saben lo que es amar.
No entienden que para amar hay que darse.
Con muchos cristianos se sigue la misma
táctica que con los niños pequeños: hay que
prometerles un regalo para que tomen la medicina. Para que den limosna hay que darles teatros, rifas y fiestas. Para que acudan al centro de
apostolado —y esto los más generosos— hay
que montarles un billar.
¡Que se nos tenga que engañar para cumplir como cristianos!», termina por lamentarse
J. Urteaga13.
Que muchos días, y ahora mismo, le reces así a
Dios: ofreciéndote para lo que quiera. Pregúntale si
puedes ayudarle en algo…
Coméntale a Dios con tus palabras algo de lo que has leído.
Después termina con la oración final.
Cuaresma
Miércoles quinto
Los perros gritan… ¡fidelidad!
Plinio, un escritor romano de la
antigüedad, cuenta que unos si-
carios asesinaron a un hombre
que tenía un perro. El perro, que
se había quedado sin amo, permaneció junto al cadáver de su amo muchos días, para impedir que las aves de rapiña o las fieras carroñeras lo devorasen.
Habla también de otro perro que pertenecía
a un ciudadano romano condenado a muerte;
el perro no quiso alejarse de la cárcel donde
estaba preso su amo. Hasta después del supli-
cio —añade— permaneció junto al cadáver,
manifestando su dolor con tristes ladridos. Y
cuando el cuerpo del amo fue arrojado al río
Tíber, se lanzó también al agua, donde le vieron
emplear todas sus fuerzas para impedir que se
hundiese el cadáver.
Es el instinto de los animales. No podemos
hablar de auténtico amor. Pero ¿no te da la im-
presión de que a veces las criaturas irracionales
nos dan lecciones? Parece como si nos gritasen
que es natural ser agradecidos y fieles a los nuestros.
Ser fieles a los demás y a Dios, no es cómodo
pero es bueno. La felicidad no está en la comodidad sino en la vida enamorada. Si siempre
elegimos lo cómodo y evitamos lo que supone
sufrimiento… no podremos ser fieles.
Quizá éste sea el gran olvido práctico en
nuestra civilización: necesitamos el esfuerzo
de la superación, la tensión del compromiso, la
grandeza de la rectificación, el cansancio de la
conquista, la violencia del dominio… El sufri-
miento no es la bestia negra de la existencia.
El crecimiento, la purificación, la realización fiel
de la propia vida, la fidelidad a quienes amamos… exigen en muchas ocasiones asumir
el sufrimiento. Negarlo impide ser capaz de
amar y acabamos por vivir una vida más pobre
que… la de los animales.
Pero al pensar en la fidelidad, no pienses en
grandes cosas. «Quien es fiel en lo poco, es fiel
en lo mucho».
¿Eres tú fiel en lo poco? ¿Eliges habitualmente lo más cómodo, lo que mejor te va, lo que
menos te cuesta, lo que no te supone esfuerzo,
la forma de sufrir menos? ¿Eres fiel a los demás?
¿Hablas mal de alguien que no está presente?
¿Cuándo quedas en algo, lo cumples? ¿Si has
quedado, vas? ¿Si te llaman al móvil, lo coges?
¿Dices siempre la verdad, aunque sea en tonterías? ¿Engañas en el juego? Señor, que sea
fiel a los demás y a ti. Que no me importe sufrir
cuando ser fiel me exija sufrir… porque quiero
amar mucho y bien, porque quiero ser fiel en
el amor.
Continúa hablándole a Dios con tus palabras.
Cuaresma
Jueves quinto
¿Estar en gracia?
Dios no me creó como un objeto,
como una cosa que está ahí, sino
que crearme fue «llamarme» a ser
su «tú». Me creó para tutearse con-
migo. Mi vida tiene su sentido en la medida en
que la realice jugando el papel de «tú» con respecto a Dios. Esta relación es la más verdadera
verdad de mi ser. Lo que realice fuera de esta
relación es injusto, es falso, es mentira.
Además, Dios creó por amor. Amor es la
palabra que usamos para designar el hecho
de que Dios ha querido que yo exista y signi-
fique algo importante para Él. ¡Caramba! Me
creó por amor significa no sólo que le movió a
crear un sentimiento de simpatía o de estima,
de amistad; no sólo que se comprometía con
sus criaturas y que sería fiel a ellas velando y
protegiéndolas. «Creó por amor» significa que
Dios ha concedido al mundo ser importante
para Él. Y a las personas, más aún: la relación
del yo-tú la establece como básica y funda-
mental del sentido de la vida del hombre. Dios
otorga a cada hombre ser importante para
él, muy importante: ser su hijo… «Mirad qué
amor tan grande nos ha mostrado el Padre:
que nos llamemos hijos de Dios, ¡y lo somos!»
(1Juan 3, 1). ¡Nada más ni nada menos!
Si sabemos esto, es fácil entender qué es
el pecado: pecar es romper la relación con
Dios, no portarme como el «tú» de Dios. Y así
también se entiende lo que significa eso de
«estar en gracia». La gracia es un don, sí, pero
no como una cosa, como si Dios entregase un
objeto, sino que el don que Dios regala gratuitamente —gracia— es el de relacionarse con
Él como hijo. Entonces, estar en gracia quiere
decir… vivir en relación con Dios. Pecar, por
el contrario, es hacer algo fuera de la relación
con Dios, es obrar como si no fuera el «tú» de
Dios; por lo tanto, cualquier cosa que hagamos
que sea pecado es mentira, es falso, es suicida:
porque no está de acuerdo con nuestra verdad
más fundamental.
«Estar en gracia» es una forma de decir que
uno tiene el regalo gratuito de que Dios vive
en esa alma: que vive conmigo ayudándome,
dándome luz para entender, fuerza para luchar
y vencer, deseos buenos, amor y comprensión,
etc. Viviendo Dios en mí, Dios me da una vida
nueva y distinta. Por eso, vivir en gracia es lo
más importante: porque es vivir con Dios y en
Dios.
Pide que tus amigos y familia vivan siempre
en gracia de Dios. Dios mío, como te han dicho
tantas veces los cristianos, yo te digo ahora:
¡antes morir que pecar!
Continúa hablándole a Dios con tus palabras.
Cuaresma
Viernes Quinto
Desanimarse es una tontería
Escucha el consejo que da el barrendero a Momo: «Cuando barro, las cosas son así: a veces tienes ante
ti una calle larguísima. Te parece tan
terriblemente larga que crees que nunca podrás acabar. Y entonces te empiezas a dar prisa.
Cada vez que levantas la vista, ves que la calle
no se hace más corta. Y te esfuerzas más toda-
vía, al final estás sin aliento. Y la calle sigue estando por delante… Nunca se ha de pensar en
toda la calle de una vez, ¿entiendes? Sólo hay
que pensar en el paso siguiente…, entonces
es divertido… de repente uno se da cuenta de
que, paso a paso, se ha barrido toda la calle».
Ser santo, amar mucho a Dios, ser trabajador, sincero o alegre, cambiar tal cosa del carácter… cualquier meta se puede alcanzar siempre. Consiste en dar un paso cada día; por eso,
no te desanimes nunca: haz bien las pequeñas
cosas del día. Y el paso que podemos dar cada
día es distinto para cada uno: el paso que hoy
me toca dar a mí no es el mismo paso que deben dar otros. Como en las comidas en un hospital, cada uno tiene su propio régimen.
Pensar que tengo que dar lo mismo que dan
otros es una tontería. Dios espera de mí lo que
espera de mí, de acuerdo con nuestra relación,
con mi situación, con mi debilidad o fortaleza,
con mis circunstancias.
En la parábola de los talentos, el protagonista da diez talentos a un empleado, cinco a
otro y tan sólo uno al tercero. ¿Cuántos talentos
pide a la vuelta? ¿Acaso hace una media y pide
cinco a todos? ¿O quiere de todos el máximo,
poniendo el rasero en los diez? ¿O, como es
«bueno», se conforma con el mínimo, y le basta
con uno por empleado? No. A cada uno le pide lo suyo.
Un ejemplo. La nota que recibe un estudian-
te de primero de carrera en el examen parcial
de matemáticas es una calificación que se le
da valorando sus conocimientos sobre la materia dada para ese parcial; no se le califica valorando sus conocimientos con respecto a las matemáticas en general. En el examen final se
darán más matemáticas, y en segundo de carrera más, y en tercero más, y en el doctorado
todavía más. Sería absurdo vivir en la humillación constante: el examen me ha salido bien,
pero no sé esto, ni esto, ni aquello otro… De la
misma forma ocurre con la santidad. Dios pue-
de estar contento conmigo, y yo también pue-
do estarlo, aunque lógicamente haya muchas
cosas que no vayan bien: está contento porque
le he dado esto concreto que él quería y que
quedamos para hoy… De eso se trata.
¡Qué no me desanime, Señor, porque es una tontería! Poco a poco, con pequeños pocos, conseguiré
hacer realidad las cosas grandes que quiero —y tú
también quieres— en mi vida.
Comenta a Dios con tus palabras lo que a veces te desanima…
Cuaresma
Sábado quinto
Tranquilos… estamos debilitados
Lee esta explicación novelada que
Adán y Eva dan a una joven periodista:
—A ver si me explico, hija mía —
dijo Adán—. Los culpables del acto —del pecado original—somos nosotros, Eva y yo, los únicos culpables. Pero cuando rompimos el estado en el que Dios nos había creado, el estado de la naturaleza de los hombres y la armonía de
las relaciones del hombre con Dios… entonces
ese estado se perdió ya para todos nuestros hijos. La naturaleza del hombre, el modo de ser
hombre, ya no sería el original, sino el que Eva
y yo habíamos creado.14 Por eso, los hombres
que nosotros trajéramos ya no los traeríamos
al Paraíso: los traeríamos a un mundo hecho
por Dios y alterado por nosotros. Los traíamos
a un mundo distinto al original: los hombres ya
no tendrían nunca más, de primeras, el estado
original. Nosotros lo habíamos roto. No era un
castigo de Dios a vosotros —los únicos castigados debíamos ser los culpables—, sino las
consecuencias de lo que habíamos hecho nosotros: habíamos roto el estado de gracia y de
justicia original —insistió.
Eva intervino en este momento:
—Mira, hija mía. Todos nuestros hijos seguís
siendo buenos, pues el Creador es bueno y solo
crea bien. Pero ocurre una cosa: al faltaros la
unión con Dios para la que todos hemos sido
creados, vuestra naturaleza está como desnortada, no está ordenada a la santidad. No estáis
corrompidos —como he oído que sostienen
los protestantes—, sino debilitados. ¡Estáis debilitados! No estáis ajustados, os falta la justicia
original de la que te hemos hablado antes: no tenéis la armonía original. Entonces, en vuestro estado de debilitamiento original, el mal os
atrae: el mal ejerce una fuerza sobre vosotros…
y cuanto más pecado hay en el mundo y más
pecados hacéis, con más fuerza os atrae.
—Eso es muy importante para que os en-
tendáis —matizó Adán—. A esa falta de armonía y facilidad para el mal es a lo que llamáis
concupiscencia.
—¿¡Concupiscencia!!!? —interrumpió Pipa.
—Sí. Concupiscencia. Es como llamáis al
desorden involuntario que experimentáis en
vosotros. Es debilidad. Es un impulso que nace
en vosotros hacia lo malo, un ímpetu espontáneo a querer, a poseer y a gozar de lo creado
de manera desordenada y egoísta. Nosotros
hemos introducido ese desorden. Os cuesta,
por eso, respetar los verdaderos fines de la naturaleza —por ejemplo, la avaricia, o el impulso
sexual—, y advertir la verdad acerca de vosotros mismos, por ejemplo, la fuerza del orgullo
y la soberbia.
—Hija mía, qué importante es que no os
asustéis, por eso, al experimentar la concupiscencia. No sois culpables de ella. Es la consecuencia de lo que hicimos Adán y yo. Vuestro
estado es ése. Así como Adán y yo vivíamos en
un Paraíso, vosotros vivís en una naturaleza y
un mundo marcado por nuestro pecado.
¡Qué importante es que no nos asustemos!
Tanto como que confiemos en Jesús, que viene a liberarnos de ese pecado que quiere dominarnos. Al final de esa conversación, Adán
concluye:
—Que sepas que a pesar de todo Eva y yo
no estamos tristes. Dios perdona: ¡qué maravilla! Y de vez en cuando nos decimos entre
nosotros: ¡Oh feliz nuestra culpa, que ha merecido este Salvador! Con un Dios así todo tiene
arreglo, y donde la culpa fue tremenda, abundante, descomunal, estúpida como no hay otra
estupidez, la gracia fue supertremenda, superabundante, amorosa como no hay otro amor
(Rom 5, 20).15
Gracias, Señor, por venir a salvarnos. Que no me
asuste, y que no viva solo. Que acepte tu perdón, tu
fuerza, tu vida… ¡Oh feliz nuestra culpa, Señor Jesús, que ha merecido que veamos el amor que nos
tienes… más grande que la muerte y que cualquier
dolor, como nos enseñas en tu Pasión!
Continúa hablándole a Dios con tus palabras.
Cuaresma
Domingo de ramos
Una oración inútil
Una de las costumbres que la gran
familia cristiana enseña a sus hijos
es la de rezar el Gloria: «Gloria al
Padre, al Hijo y al Espíritu Santo.
Como era en un principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén». Puede llamar la atención que la Iglesia ponga tanto interés en una oración tan «inútil». Parece poco práctica para arreglar nuestros males, lejana
y distante a cualquiera de nuestras preocupaciones. Sin embargo, en esta breve oración hacemos algo grande y serio: reconocemos a Dios su grandeza, deseamos que su gloria
sea reconocida hoy y siempre como él me-
rece. En esa sencilla oración unimos nuestra
voz al canto de los ancianos del Apocalipsis,
participamos en el coro de todos los que ha-
bitan en la ciudad de Dios.
Cuando escuchamos «Para qué ir a misa, si
no sirve para nada», estamos escuchando el
gemido de un alma —quizá de una sociedad—
enferma, que ha abandonado su primera gran
verdad: Dios es Dios, el hombre es criatura. La
misa no me sirve para el éxito y la comodidad,
pero sí me sirve para vivir sin perder mi lugar,
para mantenerme en las coordenadas de mi
verdad. La misa es, entre otras cosas, el más
grandioso acto de adoración de este cuerpo
viviente de Cristo que es la Iglesia: adoración al
Padre, con el Hijo en el Espíritu Santo.
Es preciso que nos ejercitemos en la adoración. Es bueno que adoremos con la boca y con
el cuerpo. Decía Teresa de Calcuta que la postura adecuada del hombre ante Dios es arrodilla-
do. Arrodillarse es importante porque el cuerpo habla, o mejor, toda la persona se expresa
corporalmente. Arrodillándonos reconocemos
nuestra pequeñez y la grandeza de Dios. Tiene
sentido esa costumbre cristiana de arrodillarse
al entrar en una iglesia; después nos sentaremos, pero primero de rodillas, diciendo con
el cuerpo que nuestro Dios es digno y mere-
ce nuestra adoración. Es justo que sea así. «La
postura de arrodillarse no debe desaparecer de
ningún modo de la Iglesia. Es la representación
corporal más conmovedora de la piedad cristiana, en la que por una parte miramos alzando
la vista hacia Él, y, por otra, permanecemos inclinados».
La adoración también exige permanecer
quietos, dejar las preocupaciones y tribulaciones fuera, estar sólo para Dios.
Dios es Dios, y el hombre es hombre. Adorar en esta tierra es importante. Decirle estas
verdades expresamente siempre debe ocupar
un lugar en nuestra oración. Así nos lo enseña
María: «Proclama mi alma la grandeza del Se-
ñor, se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador»
(Lucas 1, 46).
Adorar nos hace permanecer instalados en
la verdad, y a mantener a Dios en on. Jesús nos
enseñó a dirigirnos al Padre y a manifestarle
enseguida, desde el principio, este gran deseo:
«Santificado sea tu nombre’; que reconozcamos la santidad de tu nombre, que tu persona
entera la tratemos santamente porque es san-
ta, que abramos nuestros ojos a tu bondad y
grandeza divinas y postrados te adoremos por-
que eres tres veces Santo.
El pueblo de Israel rezaba con frecuencia
salmos de adoración, como el 23, 8, 24, 103,
136, 148, y el 100, que comienza así:
¡Aclama al Señor, tierra entera,
servid al Señor con alegría,
entrad en su presencia con vítores.
Sabed que el Señor es Dios:
que él nos hizo y somos suyos,
su pueblo y ovejas de su rebaño.
¡Entrad por sus puertas con acción de gracias,
por sus atrios con himnos,
dándole gracias y bendiciendo su nombre!:
«El Señor es bueno,
su misericordia es eterna,
su fidelidad por todas las edades».
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo; como
era en un principio, ahora y siempre, y por los siglos
de los siglos. Amén.
Continúa hablándole a Dios con tus palabras.
Espíritu santo
Oración inicial de cada día
Espíritu, lléname, poséeme, dame tu luz y fuerza
para vivir en toda su grandeza mi condición de cristiano:
que,
movido y transformado por ti,
sea otro Cristo hoy, aquí y ahora.
Que, como los primeros cristianos,
sepa pegar fuego,
quemar,
dar sabor,
arrastrar a los demás hacia ti,
llevar por el mundo tu amor y tu paz;
o mejor,
que todo eso lo hagas tú en mí y conmigo.
Que sea solidario,
sincero,
alegre,
trabajador,
leal,
libre,
generoso;
y que, cuando haga falta,
sepa enfrentarme con las cosas del mundo que no te
agradan,
sin miedo a parecer un loco a los ojos de los demás.
Quiero estar absolutamente contagiado de tu locura.
María, llena de gracia, buena esposa del Espíritu Santo,
haz que este decenario me convierta;
ayúdame a quitar los obstáculos para que el Espíritu me
divinice.
Amén.
Oración final de cada día
Acaba con una de estas oraciones; elige cada día la que quieras.
1 Espíritu de amor, creador y santificador de las almas,
cuya primera obra es transformarnos hasta asemejarnos a Jesús,
ayúdame a parecerme a Jesús,
a pensar como Jesús,
a hablar como Jesús,
a amar como Jesús,
a sufrir como Jesús,
a actuar en todo como Jesús.
Espíritu Santo, quiero hacerme dócil a tu enseñanza
y vivir fiel a los más pequeños toques de tus inspiraciones divinas.
Sé mi luz y mi fuerza.
Tú que hablas en el silencio del alma,
dame el espíritu de recogimiento.
Tú que desciendes a las almas humildes,
dame espíritu de humildad, enséñame a vivir de tu amor
y enséñame a repartir amor a mi alrededor.
Alexis Riaud
2 Ven ¡oh Santo Espíritu! Ilumina mi entendimiento,
para conocer tus mandatos; fortalece mi corazón
contra las insidias del enemigo; inflama mi voluntad…
He oído tu voz, y no quiero endurecerme y resistir,
diciendo: después…, mañana. Nunc coepi! ¡Ahora!, no vaya
a ser que el mañana me falte. ¡Oh, Espíritu de verdad
y de sabiduría, Espíritu de entendimiento y de consejo,
Espíritu de gozo y paz!: quiero lo que quieras, quiero porque
quieres, quiero como quieras, quiero cuando quieras.
Santa María, Esperanza nuestra, Asiento de la Sabiduría,
ruega por mí. San José, mi Padre y Señor, ruega por mí.
Ángel de mi Guarda, ruega por mí.
San Josemaría
Espíritu santo
1
La fuerza del Espíritu
Primera fiesta mariana que Supongo que habrás estado alguna vez en un zoológico. Recuerdo la
ocasión en que viajé con un grupo
de adolescentes bilbaínos a una
gran capital. Una visita obligada era al zooló-
gico: íbamos a ver leones, algún leopardo, in-
cluso algún búfalo. Era la primera vez que se
enfrentarían a esos animales, de los que sabían
algo por reportajes de televisión y alguna que
otra película.
Nuestro chasco fue formidable cuando, en
lugar de encontrar fieros animales, nos encon-
tramos en un sitio que tenía más de granja que
de otra cosa. El búfalo apenas se mantenía en
pie; el león se movió… pero su rostro transmi-
tía sólo aburrimiento, mientras sus músculos
colgaban como pellejos que bailaban al son de
sus perezosos pasos; el leopardo daba pena en
un sin parar de bostezos. Les provocamos tra-
tando de despertar su fiereza… y nada: ni las
piedras que les lanzaban les hacía reaccionar.
Leones tristes, tigres vagos, búfalos asustadi-
zos… El espectáculo que daban era un poco triste.
¡Un búfalo! Ese animal bravo que habíamos
visto alguna vez en la televisión, de potencia
y poderío grande, temido por su corpulencia
y velocidad… se encontraba allí aburrido, in-
diferente y tristón, impotente, sin el instinto y
valentía propias de su raza; daría la impresión
de que si lo sueltan de nuevo en la selva… un
simple castor podría asustarlo.
Pienso que un cristiano sin el Espíritu vivo
en él se asemeja a un búfalo «de zoológico».
Es cierto. Junto a las miserias personales pro-
pias de su condición de hombre, lo propio del
cristiano es una gran fuerza interior, poderío,
ánimo grande, valentía y audacia, decisión y
santa imprudencia. El cristiano es por su pro-
pia naturaleza lanzado hacia lo que vale la
pena; ama y se entrega a Dios y a los demás,
sin perder tiempo en calcular riesgos y venta-
jas personales.
Es propio de un cristiano aspirar a los bie-
nes más altos (la santidad, el llegar a ser otro
Cristo) y quemar, hacer que se queme lo seco
que se encuentra a su alrededor. Y todo esto no
por ser hombre, sino porque con el Espíritu de
Dios actuando en él es un hombre divinizado.
Por esto es frecuente hablar de la fuerza del Espíritu Santo: nos hace seguidores y apóstoles
valientes de Cristo.
Mira y examina cuál es tu situación. Hay
veces que propones a un cristiano misiones
de apostolado o metas de trato con Dios, o
exigencias de la fe, y parece que se arrugan y
sienten miedo: cualquier cosa les parece de-
masiado. Y quien lo propone lo propone sin-
ceramente, porque lo ve así: fácil y posible; es
porque el Espíritu Santo actúa en él. Y quien al
oírlo siente miedo y vértigo también lo siente
sinceramente así: difícil e imposible; el Espíritu
no actúa en él. Igual que el búfalo del zoo, sen-
tiría sinceramente miedo ante un castor.
Juan Pablo II, cuando escucha que ser cris-
tiano, vivir la moral como la Iglesia enseña, es
difícil para el hombre de hoy, suele preguntar:
pero… de qué hombre estamos hablando, ¿del
hombre caído por el pecado o del hombre redi-
mido por Cristo, con la vida del Espíritu empu-
jando y actuando en él?
Por eso dice la Escritura:
… pero a mí me das la fuerza de un búfalo
y me unges con aceite nuevo.
Salmo 91
Gracias, Espíritu, porque sin darme cuenta y sin
saberlo, eres tú quien me mueve continuamente.
Ahora entiendo por qué dice la Escritura que nadie
puede ni siquiera decir «Señor, Señor» sin la ayuda
del Espíritu. Gracias por todas las veces que me has
ayudado y empujado a rezar o a hacer las cosas
bien. ¡Empújame más fuerte y más veces! Y a partir
de ahora, cuando rece, procuraré ver a Dios Padre
delante de mí, a Dios Hijo a mi lado y a ti, Espíritu
Santo, dentro de mí empujándome. Espíritu de for-
taleza, poséeme totalmente, y dame la fuerza de un
búfalo. Gracias de nuevo. Sí: ¡la fuerza de un búfalo!apareció en la iglesia occidental, en el siglo VI, en Roma. Celebramos que María es Madre de Dios hecho hombre. Ella nos acerca a Jesús niño y nos ayuda a ser fieles.
¿Qué hay de nuevo viejo?
«Mira a fulanito: ¡está más contento que un niño con zapatos nuevos!» Hoy estamos todos así, contentos no de estrenar zapatos, ¡sino año! ¡Año nuevo! Tenemos por delante un año sin estrenar, limpio, a nuestra disposición, enterito, todo por escribir, todo por gastar…
Tenemos experiencia de estrenar cosas: una camisa, un pantalón, libros, coche, bicicleta, pelotas de tenis, gafas… Pero la verdad es que el año no lo estrenamos del mismo modo, porque el año es tiempo —del que ya hemos consumido bastante hasta el día de hoy— y, por otro lado, quien vive el tiempo soy yo, que sigo siendo el mismo. ¿No es una fiesta sin mucho motivo? Podríamos concluir que solo hay un motivo para que estos días sean fiesta: que en nuestras ciudades hemos «acordado» que estos días sean de fiesta.
Pero no es así. Comenzamos un nuevo ciclo, un período de tiempo, y es motivo de alegría. Y la iglesia nos da toda una lección: los cristianos celebramos hoy la fiesta de santa María Madre de Dios. Y ¿por qué? Es elocuente. La iglesia nos está diciendo que lo que nos hace verdaderamente nuevos es este hecho: una mujer ha sido madre de Dios, esto es, que, gracias a María, Dios ya no es un ser que está lejos, ajeno a los hombres, absolutamente separado… ¡Qué va! Jesús es hombre: ¡En María se han unido el cielo y la tierra! ¡En María se han unido Dios y el hombre! Dios pisa nuestra tierra, después de estar nueve meses en el seno de una chica joven de un pueblo pequeño, Nazaret. Y ese hombre-Dios me da su vida, y me hace un verdadero hombre nuevo: vivimos la vida nueva de Dios. ¡Esto sí es motivo verdadero de alegría! Sí: hoy es año nuevo, y… ¡¡¡yo soy nuevo todos los días!!! Aprovechamos esta circunstancia de empezar un nuevo período de tiempo para recordar y agradecer que desde que María fue Madre de Dios yo tengo una novedad radical.
Algunos preguntan: «¿Para qué sirve Jesús?» No le ven utilidad, no les resulta práctico, no les soluciona sus problemas… Tienen razón: Jesús no sirve para nada… pero lo aporta todo. No nos resuelve nuestros problemas, ni nos ahorra hacer nada de lo que tenemos que hacer y sufrir, ni nos evita la reflexión y el estudio, ni evade que suframos y luchemos tanto como sufren y luchan los que no tienen a Jesús. Pero al mismo tiempo lo aporta todo porque nos da una certeza que nada ni nadie más puede darnos: que somos amados, cada uno, de una manera absoluta; lo aporta todo porque él está presente, vive y actúa, nos dice que su amor absoluto por mí se ha puesto en acción y nos libera del mal, me hace nuevo porque Dios vive en mí y yo vivo en Dios, él nos da la luz para creer que todo tiene sentido.
Somos nuevos por la gracia de Dios, cuando aceptamos que Dios viva en nosotros y nosotros en él. Me decía un conocido cincuentón —desde su juventud vive alejado de Dios— que, a pesar de sus exitosos negocios y de sus dos guapas hijitas, no estaba contento: «¡Yo sé lo que es vivir en gracia, porque una temporada larga de mi juventud viví así! ¡Aquello sí que era felicidad! ¡Ahora me siento incapaz! ¡Cómo me gustaría!»
María, felicidades por haber dicho «sí» a Dios, por aceptar su plan de hacerte Madre de Dios. Gracias por decirle «sí». Dejo en tus manos este año, todavía nuevecito: encárgate tú de que todos los días sea nuevo. ¡Que viva habitualmente en gracia! Madre de Dios… y ¡madre mía! Que salga a ti: tú eres la llena de gracia; que la gracia me llene más cada segundo que pase. Así cada uno de los días del año los demás podrán decir al tratarme: «Mira ése, ¡está más contento que un niño con zapatos nuevos!»
¿Quieres que tu amor a María sea cada día más grande? ¿Qué medios puedes poner este año para que sea así? Puedes seguir ahora hablándole con tus palabras, quizá comentando el año. Ojalá hagas pasar un buen momento a santa María: será fácil, basta alegrarte con ella de que sea Madre de Dios.
Espíritu santo
2
2 Dios en mí y yo en Dios
En demasiadas ocasiones uno se
encuentra con gente que pide a
Dios cosas, como si se tratase de
regalos que Dios pudiese coger de
un gran armario y entregárselos a quien se los
pide. Se le suplica que dé paz, fortaleza, felici-
dad, alegría, poder, vida eterna… Pero debemos
entender que Dios no tiene un armario con
esas «cosas» para regalar, sino que esas cosas
están en Él, en Dios: Dios sería, en todo caso, el
armario. Y sólo quien entra en el armario puede
obtenerlas; sólo a quien se mete en Dios puede
entregárselas.
Alguien podrá decir ¡comparar a Dios con un
armario… no parece muy exacto! La verdad es
que tendría razón quien objetase de ese modo.
Pero sí sirve en cuanto que es en Dios donde
se encuentra todo bien, y donde yo, que busco
bienes, tengo que meterme para encontrarlos.
Pero mucho mejor es la imagen evangélica
de la fuente de agua viva. Dios es como una
de esas fuentes, como uno de esos torrentes
de los que fluye un chorro imponente de agua
clara; agua que es siempre nueva y distinta.
Dios es acto, vida: agua viva que va del Padre
al Hijo, y del Hijo al Padre. Y esa agua sería,
siguiendo la imagen, el Espíritu Santo. Quien
quiere los bienes de Dios tiene que meterse
en esa fuente y ser salpicado, bañado o inun-
dado de esa agua.
¿Y qué es eso de meterse en Dios? Dios crea
al hombre, y éste tiene una vida que podría-
mos llamar natural o biológica. Los ideales en
esta vida —a lo que se tiende, por lo que se lu-
cha— son por pasar la vida lo menos mal que
se pueda. Recuerdo un chico a quien pregunté
qué le gustaría si pudiese elegir; le pedía que
expresase su mayor deseo. Me respondió con
entusiasmo indescriptible y sin pensárselo ni
un segundo:
—¡Ir a un buen restaurante y… bufé libre!
A otro chaval le preguntaba qué quería ser
de mayor, y como quien lo tiene bien pensado
me contestaba:
—Como mi abuelo: ¡jubilado!
A ese nivel, más o menos, se mueve esta
vida que hemos llamado natural.
Pero Dios ofrece al hombre la posibilidad de
«nacer de nuevo», y nacer así a una vida sobre-
natural. Esta vida sobrenatural es muy difícil de
explicar. Jesucristo dice que empieza por creer
en Él: por aceptarle; empieza por aceptar vivir
con Dios y vivirla cumpliendo lo que Él dice.
Pero ese vivir con Dios no es una frase, sino
un hecho. Dios vive en mi interior, Dios se mete
en mí («mi Padre y Yo haremos morada en él»
xxx), o lo que es lo mismo: yo me meto en él. Y
entonces Dios y yo vivimos mi vida: entiendo
más como él entiende, veo las cosas como él,
siento más como él, quiero más lo que él quie-
re, tengo la fuerza de él… Y así, estando Dios
metido en mí, o yo metido en Dios… voy siendo
otro Cristo. He nacido a una nueva vida, que es
la de Espíritu.
Éste es un gran misterio, pero a lo largo de
este decenario irás entendiendo algo más.
Por eso dice la Escritura:
Quien no vuelva a nacer del agua y del Espíritu
Santo no puede entrar en el reino delos Cielos.
Juan 3, 5
Espíritu Santo, quiero vivir en ti. Gracias por
concederme la posibilidad de tener una vida divi-
na, de participar de la vida de Cristo. Quiero nacer
de nuevo, y que la vida sobrenatural sea cada vez
mayor en mí. Para eso trataré de frecuentar más los
sacramentos, especialmente la Eucaristía y la Confesión;
y cuidaré la oración y la mortificación. Ya
me doy más cuenta de que tú puedes concederme
tus cosas en la medida en que vivo en ti. Gracias.
Santa María, llena de gracia, ruega por nosotros.
Espíritu santo
3
3 El Espíritu en mí
Dicen, no lo sé, que ser «surfer» no
es sólo hacer surf, sino que es un
estilo de vida, una forma de verla y
afrontarla: hablaríamos del espíritu
surfer. Igual ocurre con los «hippies», los «punkis»
y otros grupos. Pero ese algo, ese espíritu
en el que coinciden, no existe como tal: en ningún
lado puedo encontrar yo el espíritu surfer.
Los cristianos somos muy diferentes a esos
grupos. Porque el espíritu cristiano sí que exis-
te él solo: es el Espíritu Santo. Existe y es una
Persona y es sólo uno: el mismo en Cristo que
en mí. Y él es el que me hace como Cristo… e
incluso el mismo Cristo: porque tenemos ese
único Espíritu los dos (Jesús plenamente y yo
en la medida en que le dejo transformarme).
Y esa Persona está dentro de cada cristiano
en gracia de Dios, en cada bautizado que le
acepta y no le rechaza por el pecado mortal.
La Persona del Espíritu Santo actúa con cada
cristiano.
Es, y no querría ser irreverente, como
cuando una mujer está en estado, esperan-
do un hijo: tiene otra persona dentro. Pero
esta comparación se queda corta: porque
la criatura en el seno de su madre no le
influye; vive cada una su vida, pero una
dentro de la otra. Sin embargo, la Persona
del Espíritu Divino vive dentro de mí, pero
vive mi vida conmigo: continuamente me
fortalece, me mueve la voluntad, me aclara
la cabeza,…
Por eso, leer un libro de Marx, Gandhi o
Nietzsche y tratar de vivir lo que allí me acon-
sejan, es muy distinto a leer el Evangelio y tra-
tar de vivir lo que allí me aconseja Dios. Por-
que en este caso, eso que leo y quiero seguir,
lo trataré de vivir empujado por el Espíritu; y
no sólo empujado, sino que Él lo irá haciendo
en mí (si le dejo).
Por eso dice la Escritura:
No hay más que un solo Espíritu.
¿No sabéis que sois templo de Dios y que
el Espíritu Santo habita en vosotros?
Efesios 4, 4 y 1 Corintios 6, 19
Santo Espíritu, que me dé cuenta de esta gran
verdad. Ya no iré por la vida solo; ni me asustará
nada, porque tú eres Dios, que todo lo puedes, y
tú te encargarás de ir haciendo realidad lo que me
pides. Me haré a la idea de que la vida es como un
partido de tenis, de dobles: la pareja somos tú y
yo, y tú llegas a todas a las que yo no llego. Gra-
cias. Y eso sí: te pido con todas mis fuerzas que me
ayudes para vivir siempre en gracia, cada día con
más presencia de tu Persona en mí: quiero ser un
goloso de tu gracia. Santa María, llena de gracia,
Esposa del Espíritu de Dios, que le deje obrar en
mí como tú le dejaste: que siempre le diga «Sí».
Espíritu santo
4
El santo es el lleno del Espíritu
«Llena eres de gracia», le dijo el Án-
gel a María. Eso es la santidad: reci-
bir al Espíritu y estar lleno de él.
Me decía un buen chaval de 16 años,
en un momento de bajón y desánimo importante:
—Llevo varios meses intentando ser santo
y luchando por amar a Dios (le conocía bien
y eso era cierto), pero me he dado cuenta de
que casi no le amo, y eso que se lo pido y me
esfuerzo.
Y al pensar él mismo en su propio compor-
tamiento, en sus ofensas a Dios… en lo poco
que Dios era capaz de moverle, concluía:
—Yo creo que, en el fondo, no quiero.
Tuve que decirle que, aunque de momento
no se notase en su vida concreta, él sí quería
a Dios, porque quería quererle. Lo que ocurría
es que amaba poco a Dios, pero que le amaba
todo lo que podía; y Dios le ayudaba, también,
todo lo que podía. Y se quedó muy animado
cuando se lo expliqué con este ejemplo:
Si yo voy a Dios con un vaso lleno de agua y
le pido que me lo llene de Coca-Cola, Dios me
dirá con una gran lógica:
—Pero si lo tienes con agua ¿cómo te lo voy
a llenar de Coca-Cola?
Yo puedo insistirle otra vez en que me lo
llene de Coca-Cola, pero él podría echarme
como mucho un poquito, hasta el borde, pero
no más.
—¡Pues vacíalo de agua! Si no lo vacías, no
puedo hacer nada —le diría.
Y es verdad: es un problema de física. Dios
no puede hacer un imposible. Si quiero que
el vaso de mi corazón se llene de su amor, y
al mismo tiempo se lo presento lleno de amor
a mí mismo y a mis cosas, él no puede hacer
nada. No debemos desanimarnos: amamos a
Dios todo lo que podemos, lo que ocurre es
que a veces podemos poco.
Ser santo consiste en ir vaciándome de mí
mismo, y en esa misma medida él va llenando
mi vaso del Espíritu Santo. ¿Y cómo se vacía
uno de sí mismo? Pues de dos maneras: prime-
ro, achicando agua.
Cuando vas en un bote de remos y se ha mtido
agua en el interior, se coge algún cubo o recipiente
y se va achicando el agua, poco a poco,
cubo a cubo. Poco a poco, detalle a detalle, achicar
el yo: con sacrificios, dejando algunos caprichos,
no haciendo caso al que me apetece…
Y segundo: metiendo con esfuerzo otras cosas
en mí: a Dios y a los demás, de modo que
por presión saldrá el yo; pensar en los demás,
hablar de lo que les gusta, hacer favores, pen-
sar en Dios, concretarme momentos en los que
tratarle…
Por eso dice la Escritura:
Recibid el Espíritu Santo
Juan 20, 22
y para recibirle, hay que hacerle sitio.
Ven, Espíritu Santo, a mí. Poco a poco procu-
raré ir achicando el agua de mi amor propio para
estar cada vez más lleno de ti. Está claro: o tú o yo;
y quiero que vivas tú en mí. Madre mía, tú estabas
llena de gracia: así quiero vivir yo, con tu ayuda.
(Puedes comentarle alguna de las cosas en las
que se vea que hay mucho amor a ti y hacer al-
gún propósito concreto de algo en lo que morir a
tu yo dictador o egoista.)
Espíritu santo
5
El espíritu y sus clases particulares
Imagínate que los primeros días de
colegio, en el primer curso, con tus
seis años, el profesor te hubiese di-
cho todo lo que tenías que aprender
en tu vida de estudiante: conocer toda la
historia del país y mundial, logaritmos, ecuaciones,
música, traducción de latín, ríos, leyes
físicas, tablas de valencias y reacciones químicas,
raíces cuadradas, redacción… El efecto en
los pobres niños podría ser:
a) en los responsables y cumplidores, agobio
y sensación de impotencia, de no poder
y de desánimo;
b) y en el resto, el resultado sería el de no
entender y pasar: «eso no es lo mío, y no me
importa; ¡el profesor está loco!, vamos a
divertirnos y no le hagamos demasiado caso».
Sin embargo, todo ese «imposible» de
aprender tantas cosas resulta llevadero y
extraordinariamente fácil: no tienes más que ir
atendiendo, escuchando y dejándote llevar por
lo que te explican los profesores día a día. Se
empieza haciendo barrotes, luego letras, des-
pués palabras… se aprende a leer y a escribir;
sumas, restas, fracciones, ecuaciones…; una
lección de historia, este problema de física, la
segunda declinación de latín, traducir esta frase
al inglés… y con muchos pequeños esfuerzos
bien dirigidos por el profesor, uno acaba
sabiendo todo.
Con frecuencia nos ocurre lo mismo a lo
cristianos: nos proponen desde el principio ser
santos y ser como Jesucristo —nuestro Mode-
lo—, otros Cristos; nos cuentan impresionan-
tes historias y anécdotas de santos y mártires.
Y pienso que el efecto es el mismo que en los
niños de antes:
a) agobio y sensación de impotencia, de no
poder y desánimo, en los que quieren;
b) y en el resto, la reacción es no entender
y pasar: ¡esto no es lo mío y no me importa!
¿Te encuentras en uno de estos grupos?
¿En cuál?
Planteárselo así es un error. Entiéndelo bien.
Mi alma, tu alma, es un aula en la que tú eres el
único alumno. Y tienes un profesor particular,
el Espíritu Santo, que te va explicando en cada
momento lo que tienes que hacer. Y va lección
a lección: barrotes, una letra, otra, te enseña a
leer y escribir… y si le sigues la clase particular,
con muchos pequeños esfuerzos, acabas sien-
do un verdadero santo, acabas siendo el mis-
mo Cristo.
¿Y cuándo da esas lecciones? Quizá pienses
que tú no has tenido todavía ninguna clase
particular. Y seguro que no es así.
Las lecciones las da cuando Él quiere. Y las
da dentro de ti: en tu conciencia. Insinúa que
eso lo puedes hacer mejor; en su momento
te recuerda un propósito para que lo realices;
te da la idea de hacer un favor a un amigo o
ayudar en casa en una cosa concreta; hace que
se te ocurra hablar con un amigo diciéndole
una cosa que le puede ayudar; te advierte que
evites una situación que te pueda venir mal; te
recuerda que tienes que ponerte a estudiar o
no interrumpir el trabajo porque no está termi-
nado; te recuerda que te peines, te limpies los
zapatos o dejes ordenado ese libro; te sugiere
hacer un sacrificio concreto; te ofrece la posi-
bilidad de entregarle la vida de un modo con-
creto; te da un toque haciéndote ver que estás
dejándote llevar por la soberbia o el amor pro-
pio; te grita que lo que haces es egoísmo puro;
te da la alegría o satisfacción de haber hecho
eso bien; te anima a que seas generoso; te avisa
que puedes o debes confesarte ahora…
Ésas son lecciones que da él directamente
en el alma. Aparte, da otras muchas lecciones
para las que se sirve de instrumentos, de otras
personas: el consejo de un familiar, el ejemplo
de un conocido, la conversación con un amigo,
lo que te dicen en la confesión o en la dirección
espiritual, una homilía, algo que lees o que ves
por la calle…
Y mira lo que dice el Evangelio:
Los que son movidos por el Espíritu de
Dios, ésos son los verdaderos hijos de Dios.
Juan 20, 22
Santo Espíritu, gracias por tus clases particu-
lares. Quiero ser un verdadero santo, pero no me
planteo más que hacer lo que hoy me enseñes: tú
eres mi profesor. Quiero llevar las lecciones al día,
y tú me irás llevando. Como sabes, no voy muy
bien de oído del alma: por eso, por favor, grítame
tus lecciones y dame tu fuerza para hacer siempre
lo que me enseñes. Aparta de mí el agobio o la
sensación de no poder: que cada día te diga sí a
las lecciones que me des, que cada día haga mis
deberes, que lleve las lecciones al día. Gracias.
Espíritu santo
6
Cómo se abre el aula y cómo se cierra 6
Pero esa escuela o aula que el Espíritu
pone en el alma, de la que hablábamos
ayer, tiene sus normas.
Francisca J. del Valle era una mujer
pobre de un pueblo de Castilla, que trabajaba
como costurera; trataba mucho al Espíritu San-
to, y escribió cosas sobre él que superaban a la
más alta teología. Ella escribe algunas de las
normas que rigen en esta peculiar escuela:
1) Este Divino Maestro pone su escuela en el
interior de las almas que se lo piden y ardiente-
mente desean tenerle por Maestro.
Fíjate, porque es chocante. La escuela está
en el interior mío, pero quien pone la escuela
es él; y si él, que es el Maestro, no quiere, yo no
puedo entrar en ella. O lo que es lo mismo, está
cerrada.
Puedo entrar solamente cuando él me mete;
y me mete cuando se lo pido y quiero de ver-
dad estar en esa Escuela, cuando quiero que él
sea mi Maestro, cuando estoy dispuesto a lle-
var las lecciones al día; es decir, cuando quiero
ser santo, cuando quiero quererle.
Conclusión: lo primero es querer y pedír-
selo. No es lo mismo decir quiero, que decir
bien, no me importa, venga… ¿Quieres en
serio?
2) En esta escuela todo es de practicar lo que
enseñan, y si no lo practican, es cosa concluida;
la escuela se cierra y no se abre.
Está claro: si no se le hace caso a lo que
va enseñando, se cierra la escuela y ya deja
de enseñar. Por eso muchas veces decimos
con razón que tal cosa no se me ocurre, no
me acuerdo…: quizá sea porque las primeras
veces no lo hicimos por pereza y el Espíri-
tu ha cerrado la Escuela. Si éste es tu caso,
párate ahora y empéñate en insistirle hasta
que te meta en la Escuela y te enseñe como
Maestro.
3) El Espíritu-Maestro se da tal arte y maña…
para enseñar…, es tan hábil y tan sabio, tan po-
deroso y sutil, que, sin saber uno cómo, se sien-
te todo cambiado al poco tiempo de estar con
él en esta escuela.
Por eso no hay agobios: lo importante lo
hace él; lo que hago yo es dejarle hacer, poner
en práctica esas pequeñas cosas que me dice.
Y sin darme cuenta, sin saber cómo, al cabo del
tiempo me sorprendo con cambios grandes
que me llenan de felicidad.
4) A los principios calla, tolera, y no castiga;
(…) y nunca pide ni exige lo que no podemos.
28 29
5) Todo hay que practicarlo desinteresada-
mente, si no nuestras obras no tienen mérito.
Es decir, no hay que hacer las cosas por mí,
por ganar yo, sólo por tranquilizar mi concien-
cia o estar contento conmigo mismo, sino por
él. De esto hablaremos con más detenimiento
otro día.
6) Su modo de enseñar no es con la palabra;
(…) su modo de enseñar es por medio de una
luz clara y hermosa que él pone en el entendi-
miento. (…) Junto con la luz… da como un dar-
dazo a la voluntad, y la voluntad al recibirla se
siente toda encendida en amor a su Dios.
Así habla: por un lado, dando luz para en-
tender, para darse cuenta; y por otro, movien-
do la voluntad, esto es, despertando ganas o
voluntad de querer.
Cuántas veces se oye decir: a mí Dios no me
dice nada. Mal asunto entonces: o no sabes
cómo habla, o realmente no te habla. Y si no te
habla no será porque él no quiera, sino porque
no le dejas hablar o no le dejas mandar.
7) Nos dice que hablemos y obremos siem-
pre con sencillez.
Está claro: él es el Espíritu de la Verdad, y no
es compatible con los engaños, con las bom-
bas de humo y las estrategias de despiste, con
la oscuridad de la insinceridad y la complica-
ción de las dobles intenciones… Siempre con
sencillez.
8) Nos exhorta para que seamos exigentes
con nosotros mismos (…) y para tener mucha
tolerancia con los demás.
Interesante, porque lo habitual es lo con-
trario. Estar matriculados en esta Escuela con
posibilidades de éxito exigirá invertir los térmi-
nos: exigirme a mí, excusar y ser tolerante con
los demás.
Por eso dice la Escritura:
… el Espíritu Santo, que Dios otorgó a
quienes le obedecen.
Hechos 5, 32
Guardaos de contrariar al Espíritu Santo.
Efesios 4, 30
Maestro divino, hoy quiero decirte fundamentalmente
qué quiero: quiero seguir estas normas
de tu escuela. No me la cierres nunca (puedes
repasarlas, hablando con él cada una de estas
normas).
Espíritu santo
7
No pago. Doy porque me da la gana
El Espíritu Santo es el amor con
que el Padre quiere al Hijo, y el Hijo
quiere al Padre.
Si el Espíritu es amor, sólo puede
tenerse, sólo puede habitar él en nosotros, si
en nosotros cabe el amor; esto es, si en mí hay
amor, si funciona el amor, si mueve el amor, si
el motivo por el que hago u omito es el amor…
Un ejemplo. Todos los años, cuando llega un
mes determinado, hay que pagar a Hacienda,
al Estado, con una parte del dinero que yo he
ganado. Cualquier persona honrada hace un
esfuerzo y no tiene más remedio que dar lo que
le corresponde. No puede hacer otra cosa.
Es fácil que un cristiano caiga en esta menta-
lidad al dar a Dios. Soy cristiano y tengo que ha-
cer unas cosas determinadas, y no hacer otras
porque están mal o son pecado. Pero eso no es
el cristianismo.
Yo quiero a mi Padre, o quiero quererle. Por-
que él me quiere y porque me da la gana. ¿Por
qué me ama Dios? Por nada, porque nada ten-
go y nada le puedo dar. Me ama por amarme.
Así le debo amar yo: sólo por amarle. ¡Que no
tratemos a Dios por lo que él nos puede dar,
sino porque soy su hijo! Que le busquemos
porque él me ha querido y por eso me ha crea-
do, porque él se lo merece, por… ¡por él! ¡Y no
porque a mí me irá bien!
Si has visto alguna exhibición de delfines
amaestrados, cada vez que han hecho un ejer-
cicio les dan pescado para comer. Y saben que
si lo hacen bien, comerán; y si no obedecen, no
les darán nada. El motivo por el que hacen los
ejercicios es claro: por comer, por el interés que
tienen por la recompensa… no por el entrena-
dor, ni por agradar a los espectadores, ni por el
amor propio de quedar bien: lo hacen por co-
mer, por su provecho e interés personal.
Para ser santo es clave hacer las cosas, no
por el interés personal que sea (ser mejor, ser
bueno, ser feliz, tener virtudes, quedar mejor,
que me hagan caso, tener la conciencia tran-
quila, contentar a otra persona, ni siquiera por
ganar el Cielo), sino con desinterés personal:
sólo porque tengo interés en amar a Dios, en
que él esté a gusto y contento con este hijo
suyo que soy yo, por alabarle, por agradecerle
lo que ha hecho por mí, para que cuente con-
migo como su instrumento…
Esto no es fácil, y al principio imposible; pero
Dios lo regala al que quiere actuar con estos
motivos. A la vez, no debes preocuparte si te
das cuenta de que no haces las cosas sólo por
amor a Dios. Todos tenemos unas pasiones y,
sobre todo, un amor propio desmedido que
lleva a que naturalmente las cosas las hagamos
por motivos distintos al amor. Pero cuando el
Espíritu va adueñándose de nosotros y va ac-
tuando él, las cosas las vamos haciendo por
amor (él es el amor).
Hasta que llegue ese momento, lo que sí po-
demos es desearlo. Cada vez que te des cuenta
de que haces algo de manera interesada, no te
preocupes; dile al Señor: esto lo he hecho por
mí; pero quisiera haberlo hecho por ti. Y ya has
rectificado. A Dios le basta esto.
Por eso dice la Escritura:
Y porque vosotros sois hijos, envió Dios
a nuestros corazones el Espíritu de su Hijo.
1 Corintios 6, 19
Ven, Espíritu Santo, y así amaré a Dios y a los
demás con tu amor. Yo iré rectificando cada vez
que me dé cuenta de haber actuado por capri-
cho, vanidad o egoísmo. Pero date prisa tú en
llenarme más, y en hacerme obrar por verdadero
amor. Gracias.
Espíritu santo
8
El Espíritu y las grandes pruebas
Cuando uno se decide a ser santo,
Satanás (que existe, como existen
los ángeles: él es un ángel) prepara
algunas guerras, batallas o prue-
bas para tumbarnos. Te escribo la de Francisca
J. del Valle, más o menos con sus palabras. Le
pasó cuando tenía unos 16 años.
«Se propone Satanás arrancar de nosotros
las tres virtudes teologales», cuenta ella. «Pero
donde va directamente a poner el blanco es en
la fe porque es la fe el fundamento donde se
levanta toda la vida espiritual.
Dios entonces calla; no le impide su inten-
to. Y también Dios tiene con esto sus fines: que
salgamos nosotros vencedores y quedemos in-
vencibles en el futuro.
Lo primero que echamos de menos es la luz
clara que nos había dado Dios para conocer la
verdad. La escuela se cierra. ¡Pobre alma! Quie-
re buscar a Dios, y no sabe. Le quiere llamar, y
no puede articular palabra. Todo se le ha olvi-
dado; con tan profunda pena, se siente sola, sin
compañía ninguna.
¿A qué compararé yo esta situación? A esas
noches de verano, en que se levantan de re-
pente esos nublados tan fuertes y horribles,
que por oscuridad nada se ve, sino relámpagos
que asustan, truenos que dejan a uno temblan-
do, aires huracanados…
El alma se encuentra con una gran pena,
porque no sabe qué hizo para perder tan pron-
to a su Dios y la fe que en él tenía.
En esta tristeza y soledad, se acuerda de la
Iglesia allá lejos y como una cosa que soñó. Y
con el alma casi sin voz, y tartamudeando, atina
a decir: me uno a las enseñanzas de mi madre
la Iglesia y no quiero creer ninguna cosa más.
Y sin poder decir más ni hablar, ni enten-
der, así pasé meses y meses hasta pasados dos
años. Tenía 18 años cuando me ocurrió esto. Y
de la misma manera que “me metieron” en esa
oscuridad, también ahora vi que “me sacaron”
de ella. Y cuando lloraba la pérdida de mi fe, me
vi vestida de ella. De tal forma que, si por un im-
posible, hasta la cabeza de la Iglesia dijera que
no había Dios, yo le diría: existe Dios, y en testi-
monio de mi fe, despedácenme, pues hambre
tengo de verle.
Dios mío, ¿por dónde me llevaste, para dar-
me lo que me diste? Me desnudaste de la fe
que yo tenía, para vestirme de una fe que nadie
me podrá arrancar. Admirable es tu modo de
enseñar».
Hasta aquí su relato. Así es. Dios enseña con
pruebas, y las pruebas suelen apuntar en cada
uno a lo que más le pueda doler. Es importante
saber que es una prueba permitida y presen-
ciada por Dios, que espera que yo salga vence-
dor. Tú también tendrás en tu vida las tuyas. O
nos destrozan y acaban con nuestra santidad, o
salimos de ellas más fuertes y con una felicidad
por encima de todo.
Por eso dice la Escritura:
Todo es bueno, para aquellos que buscan
a Dios.
Romanos 3, 28
Al que venza le concederé sentarse conmigo
en mi trono, como también yo he vencido
y me he sentado con mi Padre en su trono.
Apocalipsis 3, 21
Espíritu Santo, que sepa pelear contigo aunque
no te vea cerca en los momentos duros o difíciles,
aunque me sienta solo, como colgado y sin apoyo.
No permitas que jamás me separe de ti. Dame la
fuerza de saber esperar y serte fiel en las tempora-
das malas. Me cuesta decírtelo, pero lo hago: quiero
y amo esas pruebas, porque sé que son el camino, la
forma que tú tienes de darme lo mejor, y de llevarme
a ti. Que en los momentos de oscuridad y de espe-
cial dureza, estés dentro de mí haciéndome ver que
son momentos buenos para mi conversión y naci-
miento a la nueva vida que me quieres dar. Gracias.
Espíritu Santo
9
Dones del Espíritu Santo
Ya tenemos claro que el Espíritu
Santo es nuestro, nos lo ha dado
Dios. Y cuando uno vive con él su
vida, cuando le trata, el Espíritu le
hace unos regalos o dones. Los dones del Espí-
ritu son el don de ciencia, consejo, inteligencia,
sabiduría, piedad, fortaleza y temor.
Cuando santa Teresa de Ávila fue denun-
ciada y acusada ante la Santa Sede por gente
que buscaba hundirla, ella dice a su director
espiritual: «Os doy mi palabra que cada vez
que me entero de que alguien ha hablado
de mí desfavorablemente, me pongo a rezar
por esa persona a Dios y le suplico que aleje
el corazón y la boca de ese hombre de toda
ofensa contra él. Después ya no lo miro como
alguien que desea mi mal, sino como un mi-
nistro de Dios nuestro Señor, escogido por
el Espíritu Santo como intermediario para
hacerme el bien y ayudarme a realizar mi sal-
vación. Creedme, la lanza mejor y más fuerte
para conquistar el cielo es la paciencia. Ella es
la que hace al hombre poseedor y dueño de
su propia alma, como dijo Nuestro Señor a sus
Apóstoles».
Y al escuchar una acusación más fuerte con-
tra ella, dice sonriendo: «Yo misma me habría
portado mil veces peor si el Señor no me hu-
biera tenido de su mano. Lo que me da más
pena y lástima es el daño que hace a su alma
quien tales cosas dice. En cuanto a mí, acusa-
da falsamente, no me hace más daño que el de
proporcionarme una ocasión de merecer».
Esto que hace santa Teresa no es normal,
pues por esas acusaciones podía acabar en-
cerrada en prisión y sufrir torturas. Pero con el
regalo del Espíritu Santo que llamamos don de
Ciencia ella se comportaba de una manera di-
vina, sobrenatural; como Cristo, por encima de
lo normal. Y lo hace de una manera natural: así
le sale, así lo entiende ella.
Cuando algo me hace sufrir, me tratan in-
justamente, piensan mal de mí sin motivo…
o sencillamente algo no sale como yo quería,
me duele la cabeza, pierdo una cosa, me hacen
perder tiempo, me falta dinero, me insultan,
tengo hambre y la comida está quemada, llue-
ve el día que estreno los zapatos o me pillo un
dedo con la puerta, tengo frío, calor, sueño o
estoy incómodo… el don de Ciencia me ayuda
a ver que, para los que queremos amar a Dios
todo eso es bueno: es un atajo para ser santo
más rápidamente, un modo de coger la cruz
ese día, es algo que me ayuda a correr o a vo-
lar hacia la santidad, es la forma real de amar…
Todo esto son pequeños tesoros.
Por eso dice la Escritura:
Mis pensamientos no son vuestros pensamientos
y mis caminos no son vuestros
caminos. Tanto como los cielos están por encima
de la tierra, así de distantes están mis
caminos por encima de vuestros caminos y
mis pensamientos por encima de vuestros
pensamientos.
Isaías 55, 8
Espíritu Santo, ayúdame a juzgar las cosas
que me ocurren, no de la forma natural de cual-
quier hombre, sino como las juzgas tú. Que nun-
ca proteste: que vea que eso es un tesoro y que
lo lleve con una sonrisa y agradeciéndotelo por
dentro. Y por favor, Espíritu divino, dame tus
dones: el don de ciencia, consejo, inteligencia,
sabiduría, piedad, fortaleza y temor. Aunque no
los merezca, los necesito para servirte y adorarte
como mereces, para vivir contagiando a quienes
tengo al lado, para amar el mundo y la vida como
tú los amas. Gracias.
Espítitu santo
Manglanito nº10
Los frutos del Espíritu
Jesucristo es la vid, y nosotros los
sarmientos. Y quiere Jesús que los
sarmientos den frutos. Esos frutos
que el Espíritu Santo da en el alma
del cristiano son el amor, la alegría, la paz, la
paciencia y la longanimidad, la bondad y la
benignidad, la mansedumbre y la fidelidad, la
modestia, la continencia y la castidad.
Recuerdo un campamento en el que estuve
con un grupo de montañeros. Ya el segundo
día uno de ellos fue apodado con este elocuen-
te sustantivo: electrón. Todos le llamaban así
por su marcada carga negativa: a veces lo pa-
saba bien y entonces estaba contento, pero el
resto del tiempo estaba quejándose, amargado
y amargando al resto. Al explicárselo consiguió
pasar a ser neutrón: por lo menos estaba ca-
llado. Con el tiempo y la oración llegó a ser un
auténtico positrón.
Todos queremos divertirnos, o mejor, ser
felices y estar contentos. Pero es frecuente
encontrar personas que sólo se divierten, son
felices y están contentas cuando las cosas van
bien y salen como ellas quieren. Ésa es gente
que no tiene el fruto de la alegría. Mientras se
distraen con planes buenos pueden reírse más
o menos a gusto. Pero no son felices, aunque sí
que lo pasan bien algunos ratos.
Es el caso, por ejemplo, de los que están toda
la semana esperando el fin de semana para ser
felices, al menos, dos días y medio. Pero no
son felices; sólo lo pasan bien, y lo pasan bien
mientras dura el fin de semana. «¡Como lo he
pasado!…», dicen; pero ya ha pasado, el proble-
ma es que no son felices. La alegría es un fruto,
algo que uno se encuentra dentro, y de forma
permanente, independientemente del plan y
de cómo salgan las cosas… ¡es feliz! Eso es fruto
del Espíritu Santo.
Me emocioné en una ocasión hablando con
una chica. Tenía problemas serios en su fami-
lia, y una enfermedad muy dolorosa: apenas
dormía ni podía estar sentada. Sin embargo,
hacía una vida normal a los ojos de todas sus
amigas. Le pregunté cómo se encontraba. Me
respondió:
—Dolores… muchos y fuertes; ¡pero feliz!
Ése es el fruto de la alegría.
Sana o enferma, lunes o sábado por la tar-
de, haciendo un recado o en el cine, con gen-
te aplaudiéndole o haciéndole «vacío», en un
pueblo perdido o en Disney World… es feliz,
está contenta.
Y eso es posible, con el Espíritu Santo, por-
que la alegría es el descanso de la voluntad en
la posesión de la persona amada: en Dios, y en
los demás por Dios. Es un fruto del Espíritu.
Por eso dice la Escritura:
Alegraos siempre en el Señor, os lo
repito: alegraos.
Filipenses 4, 4
Espíritu Santo dame todos tus frutos, y en con-
creto el de la alegría. Pero que se me meta en la
cabeza que no la encontraré buscándola directa-
mente con mis medios, sino que será un fruto que
tú me darás si pongo mi cabeza y mi corazón en
ti, y en los demás por ti; si mi vida la vivo contigo.
Gracias. Santa María, Causa de nuestra verdade-
ra alegría, ruega por nosotros.
Textos sobre el espíritu santo
¿Quién es el Espíritu Santo?
Desde toda la eternidad el Padre engendra al
Hijo y lo ama con un amor infinito e inmutable;
y en el Hijo ama a cada uno de nosotros a quie-
nes el Padre nos llama a participar en su propia
vida divina en el Hijo.
Desde toda la eternidad también el Hijo
procede del Padre y lo ama con un Amor igual-
mente infinito e inmutable.
Ese amor mutuo del Padre por el Hijo y del
Hijo por el Padre es precisamente el Espíritu
Santo.
(cfr, A. Riaud, La acción del Espíritu Santo
en las almas, pp. 14-15)
¿Qué significa que el Espíritu Santo es Amor?
El Amor del Padre y del Hijo, que es el Espíritu
Santo, es un Amor inmutable y eterno, y es Dios
mismo, como el Padre y el Hijo, pues todo lo que
es en Dios se identifica con la naturaleza divina.
Con ese Amor infinito e inmutable y perfec-
to es con el que Dios mismo nos ama, y ama a
cada uno de nosotros en su Hijo, sea cual sea
nuestra miseria.
Es lazo inefable, que une al Padre y al Hijo
entre sí, y que nos une a Cristo y nos une entre
nosotros en Cristo, y que por Cristo nos conduce
al Padre, arrastrándonos así hasta el mismo
seno de la Santísima Trinidad.
(cfr., Ídem)
¿Qué quiere decir que el Espíritu Santo es persona?
Entendemos por persona un ser dotado de in-
teligencia y de voluntad capaz de pensar, de
querer, de amar y de actuar, y a quien se puede
amar como se ama a un padre, a una madre, a
un maestro, a un amigo, a un esposo; a quien se
puede confiar los propios deseos y los propios
temores, las alegrías y las penas, y de quien se
puede esperar confrontamiento y consuelo; un
ser, en fin, como nosotros, consciente, libre y
responsable de sus actos, completamente
distinto de cualquier otra persona.
El Espíritu Santo es una persona en el sentido
que acabamos de decir, y es una Persona
divina como el Padre y el Hijo.
Mentir al Espíritu Santo es mentir a Dios,
y nosotros somos el templo de Dios precisamente
porque el Espíritu Santo habita en
nosotros.
(Ídem, p. 16)
El carácter «personal» del Espíritu Santo
aparece constantemente en la manera de
hablar de su «presencia». Sobre todo de su
«habitación»: viviré dentro de vosotros. El
Espíritu habla y actúa, conduce a la Iglesia:
Porque hemos decidido el Espíritu Santo y
nosotros… (Act. 15, 28). El Espíritu dice, en
otra ocasión: apartadme a Bernabé y Saulo
para la tarea a que los he llamado (Act. 13, 2).
Y muchos otros textos que hablan de la ac-
ción personal del Espíritu que inspira y guía.
¿Qué cambió en la Iglesia el día de Pentecostés?
Los discípulos, que ya eran testigos de la gloria
del Resucitado, experimentaron en sí la fuerza
del Espíritu Santo. Sus inteligencias y sus cora-
zones se abrieron a una luz nueva. Habían se-
guido a Cristo y acogido con fe sus enseñanzas,
pero no acertaban siempre a penetrar del todo
su sentido: era necesario que llegara el Espíritu
de verdad, que les hiciera comprender todas
las cosas. Sabían que sólo en Jesús podían en-
contrar palabras de vida eterna, y estaban dis-
puestos a seguirle y a dar la vida por él, pero
eran débiles y, cuando llegó la hora de la prue-
ba, huyeron, lo dejaron solo. El día de Pentecos-
tés todo eso ha pasado: el Espíritu Santo, que
es espíritu de fortaleza, los ha hecho firmes,
seguros, audaces. La palabra de los Apóstoles
resuene recia y vibrante por las calles y plazas
de Jerusalén.
(Beato Josemaría, Es Cristo que pasa, n.127)
¿Hoy en día actúa el Espíritu Santo?
Si no existiera el Espíritu Santo, no podríamos
decir: Señor, Jesús, pues nadie puede invocara
Jesús como Señor, sino es en el Espíritu Santo
(1 Cor 12, 3). Si no existiera el Espíritu Santo,
no podríamos orar con confianza. Al rezar, en
efecto, decimos: Padre nuestro que estás en los
cielos (Mt 6, 9). S/ no existiera el Espíritu San-
to no podríamos llamar Padre a Dios ¿Cómo
sabemos eso? Porque el apóstol nos enseña: Y,
por ser hijos, envió Dios a nuestros corazones
el Espíritu de su Hijo, que clama: Abba, Padre
(Gal 4, 6).
(San Juan Crisóstomo, Pentecostés nn. 3-4)
¿Es necesario recibir la Confirmación?
Con el Bautismo y la Eucaristía, el sacramento
de la Confirmación constituye el conjunto de
los «sacramentos de la iniciación cristiana»,
cuya unidad debe ser salvaguardada. Es preci-
so, pues, explicar a los fieles que la recepción
de este sacramento es necesaria para la pleni-
tud de la gracia bautismal. En efecto, a los bau-
tizados «el sacramento de la Confirmación los
une más íntimamente a la Iglesia y los enrique-
ce con una fortaleza especial del Espíritu Santo.
De esta forma se comprometen mucho más,
como auténticos testigos de Cristo, a extender
y defender la fe con sus palabras y obras».
(Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1285)
¿Cuál es el origen del sacramento de la Confirmación?
Desde aquel tiempo, los apóstoles, en cumplimiento
de la voluntad de Cristo, comunicaban
a los neófitos, mediante la imposición de las
manos, el don del Espíritu Santo, destinado a
completar la gracia del Bautismo. Esto explica
por qué en la carta a los Hebreos se recuerda,
entre los primeros elementos de la formación
cristiana, la doctrina del Bautismo y de la impo-
sición de las manos. Es esta imposición de las
manos la que ha sido con toda razón conside-
rada por la tradición católica como el primitivo
origen del sacramento de la Confirmación, el
cual perpetúa, en cierto modo, en la Iglesia, la
gracia de Pentecostés.
(Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1288)
Oraciones a María
¡OH SEÑORA MÍA, oh Madre mía! Yo me ofrez-
co enteramente a ti; y en prueba de mi filial
afecto te consagro en este día mis ojos, mis
oídos, mi lengua, mi corazón; en una palabra,
todo mi ser. Ya que soy todo tuyo, Madre de
bondad, guárdame y defiéndeme como cosa y
posesión tuya. Así sea.
ACORDAOS, oh piadosísima Virgen María, que
jamás se ha oído decir que ninguno de los que
han acudido a vuestra protección, implorando
vuestra asistencia y reclamando vuestro soco-
rro, haya sido abandonado de Vos. Animado con
esta confianza, a Vos también acudo, ¡oh Madre,
Virgen de las vírgenes! Y, aunque gimiendo bajo
el peso de mis pecados, me atrevo a comparecer
ante vuestra presencia soberana. ¡Oh Madre de
Dios! No desechéis nuestras súplicas en nuestras
necesidades; antes bien, líbranos siempre de
todo peligro, Virgen gloriosa y bendita. Así sea.
BENDITA SEA TU PUREZA y eternamente lo
sea, pues todo un Dios se recrea en tan gracio-
sa belleza. A ti, celestial princesa, Virgen sagra-
da María, yo te ofrezco en este día, alma, vida y
corazón, mírame con compasión. No me dejes,
Madre mía. Amén.
SALVE
Dios te salve, Reina y Madre de misericor-
dia; vida, dulzura y esperanza nuestra; Dios
te salve. A ti llamamos los desterrados hijos
de Eva; a ti suspiramos gimiendo y llorando
en este valle de lágrimas. Ea, pues, Señora,
abogada nuestra, vuelve a nosotros esos
tus ojos misericordiosos; y después de este
destierro muéstranos a Jesús, fruto bendito
de tu vientre. ¡Oh clementísima, oh piadosa,
oh dulce siempre Virgen María! Ruega por
nosotros, Santa Madre de Dios, para que
seamos dignos de alcanzar las promesas de
Nuestro Señor Jesucristo. Amén.
ÁNGELUS
— El Ángel del Señor anunció a María;
— Y concibió por obra y gracia del Espíritu
Santo.
Dios te salve, María…
— He aquí la esclava del Señor;
— Hágase en mí según tu palabra.
Dios te salve, María…
— Y el Hijo de Dios se hizo Hombre;
— Y habitó entre nosotros.
Dios te salve, María…
— Ruega por nosotros, Santa Madre
de Dios.
— Para que seamos dignos de alcanzar
las promesas de nuestro Señor Jesucristo.
Oración: Te suplicamos, Señor, que derrames
tu gracia en nuestras almas, para que los que
por el anuncio del Ángel hemos conocido la
Encarnación de tu Hijo Jesucristo, por los méri-
tos de su Pasión y Cruz, alcancemos la gloria de
la Resurrección. Por Jesucristo Nuestro Señor.
Amén.
REINA DEL CIELO
— Alégrate, Reina del Cielo; aleluya.
— Porque el que mereciste llevar
en tu seno; aleluya.
— Ha resucitado, según predijo; aleluya.
— Ruega a Dios por nosotros; aleluya.
— Gózate y alégrate, Virgen María; aleluya.
— Porque en verdad ha resucitado; aleluya.
Oración: Oh, Dios, que por la Resurrección de
tu Hijo, nuestro Señor Jesucristo, te has digna-
do dar la alegría al mundo, concédenos que
por intercesión de su Madre, la Virgen María,
alcancemos el gozo de la vida eterna. Por el
mismo Jesucristo, nuestro Señor. Amén.
SANTO ROSARIO
Por la señal de la Santa Cruz…
Señor mío Jesucristo…
– Misterios Gozosos (lunes y sábados)
1.o La Encarnación del Hijo de Dios.
2.o La visitación de la Santísima Virgen
a su prima Santa Isabel.
3.o El Nacimiento del Hijo de Dios en Belén.
4.o La Purificación de Nuestra Señora.
5.o El Niño perdido y hallado en el Templo.
– Misterios Dolorosos (martes y viernes)
1.o La Oración en el Huerto.
2.o La Flagelación del Señor.
3.o La Coronación de espinas.
4.o La Cruz a cuestas.
5.o Jesús muere en la Cruz.
– Misterios Gloriosos (miércoles y domingos)
1.o La Resurrección del Señor.
2.o La Ascensión del Señor.
3.o La Venida del Espíritu Santo.
4.o La Asunción de Nuestra Señora,
5.o La Coronación de María Santísima.
– Misterios Luminosos (jueves)
1.o El Bautismo del Señor en el Jordán.
2.o La autorrevelación en las bodas de Caná.
3.o El anuncio del Reino de Dios invitando
a la conversión.
4.o La Transfiguración del Señor.
5.o La institución de la Eucaristía.
Después de cada misterio se reza:
María, Madre de gracia, Madre de misericordia,
defiéndenos de nuestros enemigos y ampára-
nos ahora y en la hora de nuestra muerte. Amén.
Al terminar los cinco misterios:
Dios te salve, María, Hija de Dios Padre,
llena eres de gracia…
Dios te salve, María, Madre de Dios Hijo,
llena eres de gracia…
Dios te salve, María, Esposa de Dios Espíritu
Santo, llena eres de gracia…
Dios te salve, María, Templo y Sagrario de
la Santísima Trinidad, llena eres de gracia…
– LETANÍAS A NUESTRA SEÑORA
Señor, ten piedad.
Señor, ten piedad.
Cristo, ten piedad.
Cristo, ten piedad.
Señor, ten piedad.
Señor, ten piedad.
Cristo, óyenos.
Cristo, óyenos.
Cristo, escúchanos.
Cristo, escúchanos.
Dios, Padre celestial.
Ten misericordia de nosotros,
Dios Hijo, Redentor del mundo.
Ten misericordia de nosotros.
Dios Espíritu Santo.
Ten misericordia de nosotros.
Trinidad Santa, un solo Dios.
Ten misericordia de nosotros.
Santa María.
Santa Madre de Dios.
Santa Virgen de las vírgenes.
Madre de Cristo.
Madre de la Iglesia.
Madre de la Divina Gracia.
Madre purísima.
Madre castísima.
Madre virginal.
Madre sin mancha de pecado.
Madre inmaculada.
Madre amable.
Madre admirable.
52 53
Madre del buen consejo.
Madre del Creador.
Madre del Salvador.
Virgen prudentísima.
Virgen digna de veneración.
Virgen digna de alabanza.
Virgen poderosa.
Virgen clemente.
Virgen fiel.
Espejo de justicia.
Trono de sabiduría.
Causa de nuestra alegría.
Modelo de entrega a Dios
Vaso espiritual.
Vaso digno de honor.
Vaso insigne de devoción.
Rosa mística.
Torre de David.
Torre de marfil.
Casa de oro.
Arca de la alianza.
Puerta del cielo.
Estrella de la mañana.
Salud de los enfermos.
Refugio de los pecadores.
Consuelo de los afligidos.
Auxilio de los Cristianos.
Reina de los Ángeles.
Reina de los Patriarcas.
Reina de los Profetas.
Reina de los Apóstoles.
Reina de los Mártires.
Reina de los Confesores.
Reina de las Vírgenes.
Reina de todos los Santos.
Reina concebida sin pecado original.
Reina elevada al cielo.
Reina del Santísimo Rosario.
Reina de la familia.
Reina de la paz.
—Cordero de Dios, que quitas los pecados
del mundo. —Perdónanos, Señor.
—Cordero de Dios, que quitas los pecados
del mundo. —Escúchanos, Señor.
—Cordero de Dios, que quitas los pecados
del mundo. —Ten misericordia de nosotros.
Bajo tu protección nos acogemos, Santa Madre
de Dios; no desoigas nuestras súplicas
en nuestras necesidades; antes bien, líbranos
de todos los peligros, Virgen gloriosa y
bendita.
—Ruega por nosotros, Santa Madre de Dios.
—Para que sea/nos dignos de alcanzar las
promesas de nuestro Señor Jesucristo.
Oración: Te suplicamos, Señor, que derrames
tu gracia en nuestras almas, para que los
que por el anuncio del Ángel hemos conoci-
do la Encarnación de tu Hijo Jesucristo, por
los méritos de su Pasión y su Cruz, seamos
llevados a la gloria de la resurrección. Por el
mismo Jesucristo, nuestro Señor. Amén.
Textos del catecismo
SOBRE LA MUERTE
El cristiano que une su propia muerte a la de
Jesús ve la muerte como una ida hacia Él y la
entrada en la vida eterna.
SOBRE LA ORACIÓN POR LOS DIFUNTOS
n. 1032 Desde los primeros tiempos, la Iglesia
ha honrado la memoria de los difuntos y ha
ofrecido sufragios en su favor, en particular el
sacrificio eucarístico, para que, una vez purificados,
puedan llegar a la visión beatífica de
Dios. La Iglesia también recomienda las limosnas,
las indulgencias y las obras de penitencia
en favor de los difuntos:
Llevémosles socorro y hagamos su conmemoración.
Si los hijos de Job fueron purificados por el
sacrificio de su padre (cf. Jb 1, 5),
¿por qué habríamos de dudar de que nuestras
ofrendas por los muertos les lleven un cierto
consuelo? No dudemos, pues, en socorrer a los
que han partido y en ofrecer nuestras plegarias
por ellos (San Juan Crisóstomo)
SOBRE EL JUICIO PARTICULAR
n. 1021 La muerte pone fin a la vida del
hombre como tiempo abierto a la aceptación
o rechazo de la gracia divina manifestada en
Cristo (cf. 2 Tm 1, 9-10).
n. 1022 Cada hombre, después de morir, re-
cibe en su alma inmortal su retribución eterna
en un juicio particular que refiere su vida a Cris-
to, bien a través de una purificación, bien para
entrar inmediatamente en la bienaventuranza
del cielo, bien para condenarse inmediatamen-
te para siempre.
SOBRE EL JUICIO FINAL
n. 1038 La resurrección de todos los muer-
tos, «de los justos y de los pecadores» (Hch
24,15), precederá al Juicio final. Ésta será «la
hora en que todos los que estén en los sepul-
cros oirán su voz y los que hayan hecho el bien
resucitarán para la vida, y los que hayan hecho
el mal, para la condenación» (Jn 5, 28-29). En-
tonces, Cristo vendrá «en la gloria acompaña-
do de todos sus ángeles… Serán congregadas
delante de él todas las naciones, y él separará
a los unos de los otros, como el pastor separa
las ovejas de las cabras. Pondrá las ovejas a su
derecha, y las cabras a su izquierda… E irán és-
tos a un castigo eterno, y los justos a una vida
eterna» (Mt. 25, 31-32-46).
SOBRE EL INFIERNO
n. 1033 Salvo que elijamos libremente amar-
le no podemos estar unidos con Dios. Pero no
podemos amar a Dios si pecamos gravemente
contra Él, contra nuestro prójimo o contra no-
sotros mismos: «Quien no ama permanece en
la muerte. Todo el que aborrece a su hermano
es un asesino; y sabéis que ningún asesino tie-
ne vida eterna permanente en él (1 Jn 3, 15).
Nuestro Señor nos advierte que estaremos se-
parados de Él si omitimos socorrer las necesi-
dades graves de los pobres y de los pequeños
que son sus hermanos (cf. Mt 25, 31-46). Morir
en pecado mortal sin estar arrepentido ni aco-
ger el amor misericordioso de Dios significa
permanecer separados de Él para siempre por
nuestra propia y libre elección. Este estado de
autoexclusión definitiva de la comunión con
Dios y con los bienaventurados es lo que se de-
signa con la palabra «infierno».
n. 1035 La pena principal del infierno con-
siste en la separación eterna de Dios en quien
únicamente puede tener el hombre la vida y la
felicidad para las que ha sido creado y a las que
aspira.
SOBRE EL CIELO
n. 1023 Los que mueren en la gracia y la
amistad de Dios y están perfectamente purifi-
cados, viven para siempre con Cristo. Son para
siempre semejantes a Dios, porque lo ven «tal
cual es» (1 Jn 3, 2), cara a cara (cf. 1 Co 13, 12;
ap 22, 4).
n. 1025 «Vivir en el cielo es estar con Cristo».
Los elegidos viven «en Él», aún más, tienen allí,
o mejor, encuentran allí su verdadera identi-
dad, su propio nombre (cf Ap 2, 17).
n. 1027 La Escritura nos habla de ella en imá-
genes: vida, luz, paz, banquete de bodas, vino
del reino, casa del Padre, Jerusalén celeste, pa-
raíso: «Lo que ni el ojo vio, ni el oído oyó, ni al
corazón del hombre llegó, lo que Dios preparó
para los que le aman» (1 Co 2, 9).
SOBRE EL PURGATORIO
n. 1030 Los que mueren en la gracia y en la
amistad de Dios, pero imperfectamente purifi-
cados, aunque están seguros de su eterna sal-
vación, sufren después de su muerte una puri-
ficación, a fin de obtener la santidad necesaria
para entrar en la alegría del cielo.
n. 1031 La Iglesia llama Purgatorio a esta pu-
rificación final de los elegidos.
Corpus Christi
Oración inicial de cada día
Señor, espero en ti; te adoro, te amo, auméntame la fe.
Quiero que seas mi apoyo en todo: sin ti no puedo nada.
Tú te has quedado en la Eucaristía, indefenso.
Quiero que te sientas amado por mí: para eso intentaré
cuidarte, acompañarte, tener detalles contigo,
adorarte, agradecerte, valorar cada vez más esta locura tuya…
Y quiero sentirme amado por ti: que me alegre
tenerte tan cerca, que me sienta acompañado,
seguro, querido, fortalecido, comprendido,
escuchado, alimentado…; hazme Tú ese regalo
especialmente estos días y siempre que te coma.
Oración final de cada día
Elige una de éstas:
1 ¡Amor! Tú eres fortísimo
pero a la vez yo te veo debilísimo.
Fortísimo, pues nadie se te puede oponer;
y debilísimo, puesto que una miserable criatura como yo
te vence, te supera llamándote Amor.
Sta. María Magdalena de Pazzi
2 Acuérdate de las palabras que dirigiste a tu siervo:
Quien come mi Carne y bebe mi Sangre,
en mí permanece y Yo en él.
¡Tú en mí y yo en ti! ¡Cuánto amor!
¡Tú en mí, que soy un pobre pecador,
y yo en ti, que eres mi Dios!
Una sola cosa, y sólo esto busco:
vivir en ti, en ti descansar
y no separarme nunca de ti.
Inspirada en el cardenal Bona
Corpus Christi
1
La fuerza del Espíritu
«Esto es mi Cuerpo» (Mateo 26, 26).
¿Octava? ¿Qué es eso? En las fiestas
lo paso bien, estoy contento ¿Qué
tiene que ver el Corpus con mi alegría?
Hoy es fiesta; sí, una gran fiesta para los
cristianos. Hoy fijamos con más atención nuestra
mirada en la Sagrada Hostia, donde Jesús
está. Y estamos de fiesta porque es una suerte,
un regalo de Dios tener realmente a Jesucristo
tan cerca, a nuestro lado; y es una suerte, un re-
galo ver cuánto nos quiere Dios: hasta el punto
de quedarse real y verdaderamente, de forma
sacramental, bajo los accidentes del pan y del
vino. ¡¡¡Dios que se hace pan!!! ¡Para estar cerca
de mí! ¡Y para alimentarme a mí!
A todos nos gusta, cuando se puede, alargar
las fiestas. Por eso desde hace mucho tiempo
nuestra familia cristiana alarga esta fiesta du-
rante ocho días —de ahí la «Octava»—en los
que nos esforzamos por agradecerle, adorarle
y tratarle mejor en la Eucaristía.
Un día de verano, mientras celebraba la Misa
un padre agustino, una mosca revolotea alrededor
del cáliz que está sin cubrir. Aunque el sacerdote
aleja la mosca con la mano, ésta vuelve una y otra
vez hacia el cáliz, posándose en él de vez en cuan-
do. La mosca es tan insistente que acaba por dis-
traer a todos. Cuando termina la Misa, el sacerdote
se dirige a los asistentes:
—Quizá os hayáis distraído, pero yo pensa-
ba que todos nosotros deberíamos ser como
esa mosca; buscar la Sangre de Cristo, su cerca-
nía, una y otra vez, con insistencia.
Dile al Señor que durante estos días quieres
ser como esa mosca: revolotear a su alrededor.
Y aunque las actividades del día te alejen de Él
físicamente, que te ayude a llevar tu cabeza ha-
cia los sagrarios muchas veces cada día. ¡Búsca-
le! Búscale muchas veces en el sagrario durante
estos días.
Gracias, Dios mío, por amarme tanto. Es lógico
que me ames porque soy tu hijo. Pero… ¡que hayas
hecho la locura de hacerte Pan! Y ¿cómo te tratamos
los hombres? ¿Cómo te trato yo? Durante estos ocho
días voy a procurar tratarte bien. En serio, Señor,
quiero visitarte, adorarte más… Y perdona si hasta
ahora no te he hecho el caso que debería. Gracias.
Si quieres, puedes quedar con Él en comulgar estos ocho días, o asistir a alguna bendición durante la octava, o hacer un rato de oración junto a un sagrario, o lo que te parezca bien y esté a tu alcance, y, por supuesto, si te es posible hoy acompañarle en una procesión… Hazlo porque le darás una alegría.
Corpus Christi
2
La Institución
«Mientras cenaban, Jesús tomó
pan y, pronunciando la bendición,
lo partió y, dándoselo a sus discí-
pulos, dijo: “Tomad y comed; esto
es mi Cuerpo.” Y, tomando el Cáliz y habiendo
dado gracias, se lo dio diciendo: “Bebed todos
de él; porque ésta es mi sangre de la nueva
alianza” (Mateo 26, 26-28)».
San Juan Bosco tenía una especial devoción
a María Auxiliadora. El día de su fiesta organizó
con ilusión y mucho esfuerzo una Misa con los
chavales que conocía. La Iglesia estaba llena de
muchachos: seiscientos que iban a comulgar.
Estaba preparado un gran copón lleno de For-
mas, que Don Bosco iba a consagrar en la Misa.
Pero el sacristán se olvidó de llevarlo al altar.
Habiendo pasado ya el momento de la consa-
gración, es cuando se da cuenta de que no lo
ha llevado. Ahora, su distracción no tiene reme-
dio. ¿Qué va a ocurrir, Señor? ¿qué desilusión
tendrán esos centenares de muchachos que se
apretaban en el pasillo central dirigiéndose a
comulgar?
Ellos no saben nada y van llegando al co-
mulgatorio; Don Bosco tampoco lo sabe. Abre
el sagrario y sólo encuentra un pequeño copón
con unas pocas Hostias. Mira bien en el Sagra-
rio pero ya ve que no hay nada más. Enseguida
comprende que su sacristán se ha olvidado de
llevarlas. Alza los ojos al cielo, y le dice así a la
Virgen:
—Señora, ¿vas a dejar a tus hijos que vuel-
van sin comulgar?
Toma el coponcito, y empieza a dar la comu-
nión. Y aquellas pocas Hostias se multiplican. El
sacristán, asombrado, asiste al prodigio: se le
salían los ojos de sus órbitas.
Cuando termina la Misa muestra a Don
Bosco el copón que se había olvidado en la
sacristía:
—¿Cómo ha podido dar la comunión a to-
dos, con tan pocas Hostias? ¡Es un milagro,
señor Don Bosco! ¡Un milagro que ha hecho
usted!
—¡Bah! —dice Don Bosco con indiferencia—.
Junto al milagro de la transubstanciación
que obra el sacerdote al consagrar, el milagro
de la multiplicación de las Hostias es insignifi-
cante… Además, lo ha hecho María Auxiliadora.
Es verdad: el milagro que ocurre cada día
en la consagración es más grande que el de
la multiplicación de las Hostias de Don Bosco.
Jesucristo no dejó lugar a dudas: ESTO ES MI
CUERPO; esto, que sigue pareciendo pan, ya no
es pan: es mi Cuerpo.
La transubstanciación es el milagro que ocu-
rre en la consagración: el pan deja de ser pan
aunque siga pareciendo pan; sólo cambia la
sustancia, lo que es y no se ve.
—¿Y cómo puede el sacerdote hacer todos
los días ese milagro?
Porque Jesús mandó a los Apóstoles: Haced
esto en memoria mía; mandó que repitieran
esa acción sagrada. Y como no manda impo-
sibles, les dio el poder para cambiar el pan y
el vino en su Cuerpo y Sangre. Y los Apóstoles
confirieron ese poder sacerdotal a otros hom-
bres, y así generación tras generación hasta los
sacerdotes de hoy.
Creo, Jesucristo, pero ayúdame a creer más. A
partir de hoy quiero asistir a cada Eucaristía con
una fe mucho más grande. Concédemelo tú. Y que
sepas que me duelen las veces que he asistido con
indiferencia, con poca atención o cariño, con rutina.
Me duelen todos mis pecados. Te pido perdón ahora.
Puedes hacer el propósito de mirar fijamente el cuerpo de Cristo en la misa, cada vez que el sacerdote lo muestra a los asistentes, especialmente cuando lo alza en la consagración.
Corpus Christi
3
Misterio de fe
«El que come mi carne y bebe mi
sangre permanece en mí y yo en él.
(…) Sin embargo hay algunos que no
creen. (…) Por eso os he dicho que nin-
guno puede venir a mí si no le fuera dado por el
Padre» (Juan 6, 56, 64-65).
«Oiga, no tengo fe», me decía preocupado
y contrariado un chaval. Al preguntarle por la
causa de esa inesperada afirmación, contestó:
«Porque cuando estoy delante del sagrario no
siento nada y no acabo de ver ahí a Jesucristo.»
No. No es eso la fe. La fe no es SENTIR ¡es
ASENTIR!, ¡decir con la cabeza que crees eso! La
fe es un regalo de Dios por el que yo afirmo con
mi cabeza (aunque no lo vea y no lo entienda)
que lo que Dios dice es verdad. ¿Cómo no va a
ser verdad si él ha hecho todo?
«La presencia de Jesús en la Eucaristía, bajo di-
mensiones tan pequeñas y en tantos lugares a la
vez, parece plantear dos aparentes dificultades:
¿Cómo puede un cuerpo humano estar presente
en un espacio tan pequeño?, y ¿cómo puede un
cuerpo humano estar en varios lugares a la vez?
Estas dificultades, claro está, son sólo aparentes.
Dios lo hace, luego puede hacerse. Hay que re-
cordar que Dios es el autor de la naturaleza, el
Amo y Señor de la creación. Las leyes físicas del
universo fueron establecidas por Dios, y él puede
suspender su acción si lo desea, sin que cueste
un esfuerzo a su poder infinito» (Jesús Martínez,
Hablemos de la fe).
Si has hecho el Camino de Santiago, cuando
se deja la provincia de León y se sube el puer-
to del Poio, se pasa por la Capilla de Cebreiro,
donde una tradición muy fuerte, corroborada
por fuentes históricas y arqueológicas, sostie-
ne lo que sigue. Un monje celebraba Misa un
día de gran tempestad: lluvia, viento, frío… Un
paisano de Baxamaior, pueblecito al pie de esa
montaña, sube el puerto para oír la Misa. El
monje celebrante, de poca fe, menosprecia el
sacrificio del campesino, como pensando: ¡qué
exagerado! ¡Con el tiempo que hace… y viene
a Misa desde allá abajo! En el momento de la
consagración el monje percibe cómo la Hostia
se convierte en carne sensible a la vista, y el
vino del Cáliz en sangre, que hierve y tiñe los
corporales con la sangre.
Dame, Dios mío; una fe grande. Yo comeré la
Carne de Cristo con cariño y frecuencia para que
permanezcas y crezcas en mí. Pero tú dame una
fe más grande: que esté convencido de que vale la
pena hacer cualquier esfuerzo por mi parte para
poder estar contigo físicamente junto al Sagrario,
o recibirte. Que no confunda la fe con el sentimien-
to: asiento —¡afirmo!— que tú estás presente en la
Hostia consagrada, no porque te haya visto sino
porque he oído que tú dijiste «Esto es mi Cuerpo,
ésta es mi Sangre». Quiero visitarte todos los días
un momento. Y cuando pase junto a una iglesia
quiero siempre saludarte, al menos con el corazón,
desde fuera, diciéndote algo, aunque sea un simple
«¡Hola!». Ángel de mi guarda, recuérdamelo tú, por
favor.
Puedes repasar con Él mentalmente los sagrarios que hay en
tus itinerarios más habituales. A ver si puedes hacer algo para acordarte de saludarte, aunque sea a distancia, en cada uno de ellos.
Corpus Christi
4
4 Presencia real
«Discutían entre los judíos diciendo:
¿cómo puede éste darnos a comer su
Carne? Jesús les dijo: “En verdad, en
verdad os digo, que si no coméis la
Carne del hijo del hombre y no bebéis su Sangre,
no tendréis vida en vosotros. El que come mi Carne
y bebe mí Sangre, tiene vida eterna y yo lo resucita-
ré el último día” (Juan 6, 52-53)».
C. S. Lewis es un escritor británico al que
se le muere su mujer, Helen, de la que esta-
ba profundamente enamorado. Sus primeros
días y semanas como viudo son tremenda-
mente duros para él: vacío, soledad, impo-
tencia, recuerdos, amor, fe… ¡Cuánto echa
de menos a su mujer! Y se da cuenta de que
ahora sólo la tiene en imágenes: en imágenes
de fotografías que conserva en casa, o en imá-
genes que guarda en el pensamiento. Y que
esas imágenes NO son Helen. Esas imágenes
le consuelan poco, porque lo que él necesita
es a Helen, y no imágenes de Helen. Lo tiene
claro: esas imágenes no tienen importancia
en sí mismas.
Embargado en estos desconsuelos, escribe
una reflexión interesante: al día siguiente por la
mañana, un cura le hará comulgar una Hostia
fría, pequeña, redonda e insípida. Y se pregun-
ta si es una desventaja, o acaso en cierto modo
una ventaja, que esa Hostia no se parezca nada
a lo que realmente es esa Hostia. Y expresa con
fuerza: «Necesito a Jesucristo y no a nada que
se le parezca. Quiero a Helen y no a nada que se
le asemeje a ella».
Tenemos a Jesucristo en el Sagrario; aunque
la Hostia no se parece a él, es él. Lo que tiene
importancia es que la Hostia es Cristo, y lo de
menos es que la Hostia se parezca a Cristo.
Santa Teresa afirma sin dudar que es una
gran ventaja que en la Hostia no aparezca Jesu-
cristo en toda su grandeza:
«Además, si viéramos tan gran majestad,
¿cómo se atrevería una pecadorcilla como
yo, que tanto le he ofendido, a estar tan
cerca de él?» De hecho cuenta que cuando
se acercaba a comulgar, a veces «se me eri-
zaban los pelos y todo parecía que me ani-
quilaba». «¡Quién se atrevería, si le viéramos
con tan gran majestad, a acercarse a él con
tanta tibieza, tan indignamente, con tantas
imperfecciones!» Y reza: «¡Oh, Señor mío! Si
no encubrierais vuestra grandeza ¿quién se
atrevería a ir tantas veces, cosa tan sucia y
miserable, con tan gran majestad?».
Jesús, es a Ti a quien necesito, y eres Tú quien está
en el sagrario. No me importa que no se parezca la
Hostia a tu persona: es más, mejor que no se parez-
ca. Creo, pero quiero creer más: que me dé cuenta,
que sea consciente de que estás vivo, esperándome,
escuchándome, apoyándome, animándome, orien-
tándome… en el sagrario. ¡Gracias, Jesús!
Corpus Christi
5
Cuidarle como merece
«Sin mí no podéis nada» (Juan 15, 5).
Un famoso arquitecto protestante
fue a ver una iglesia católica nue-
va, interesado por su valor artístico.
Dado que el párroco no estaba en casa, se sirvió
del monaguillo para que le enseñara el templo.
Al pasar por delante del altar en que se guarda
el Santísimo, el chico hizo una genuflexión:
—Oye, ¿por qué haces eso? —Y el chico ex-
puso como pudo la doctrina católica sobre la
presencia real de Jesucristo en la Eucaristía.
—Entonces, ¿tú crees que Dios está real y
verdaderamente presente en el tabernáculo?
La respuesta fue afirmativa:
—¡Caramba! Si yo supiera que esto es cierto,
andaría de rodillas por toda la iglesia.
Por supuesto que no vamos a andar arrodi-
llados por las iglesias o capillas, pero sí pode-
mos darnos más cuenta de quién vive allí, de
quién es ese lugar: porque allí vive Dios, ¡nada
más y nada menos!
Que cuando entremos en la iglesia nues-
tra primera mirada vaya al sagrario. Que las
primeras palabras se las digamos a él. Que
cada vez que pasemos ante el Sagrario ha-
gamos una genuflexión bien hecha: la rodilla
derecha en el suelo, mientras con los ojos se
le mira y con el corazón se le dice algo. Que
nos movamos por allí con respeto.
Porque allí vive Dios, los cristianos hemos
aprendido a comportarnos de una manera ex-
quisita, muy delicada, elegante, detallista: en la
iglesia no hablamos en voz alta, ni comemos, ni
fumamos… Nada de esto es malo, pero nues-
tros hermanos cristianos nos han transmitido
como costumbres de familia modos de com-
portamiento buscando siempre excedernos en
el modo de tratarle.
Porque allí vive Dios, cuidamos el modo de
vestir, ponemos flores, colaboramos todos para
que el edificio se mantenga lo mejor posible,
procuramos que haya arte… Y no nos sentamos
directamente en el banco al llegar, sino que le
saludamos antes poniéndonos un momento
de rodillas… y cuando nos acercamos al altar
hacemos una buena genuflexión, porque ado-
ramos a Jesucristo que se encuentra realmente
en el Sagrario.
¿Cómo estás en la Iglesia? ¿Tratas a Dios con
reverencia? ¿Tienes un santo temor de Dios,
por tratar a Dios como se merece? ¿o a veces se
podría decir que estás en la Iglesia como en un
salón de actos, como en el cine?
Sin ti, Señor, no puedo nada. Pero te tenemos tan
cerca, con nosotros, ¡tan a nuestro alcance! Siempre
que algo me preocupe o me alegre, quiero ser cons-
ciente de la necesidad de acudir a ti, de acercarme
a un sagrario en cuanto me sea posible, y hablar de
eso contigo. Y allí, los dos a solas, tú y yo, preguntar-
te, contarte, pedirte, reír, llorar, agradecerte … María
y San José, que tratasteis con tanto cariño a Jesús:
¡ayudadme a cuidarle! Yo me despistaré a veces de-
lante del sagrario, y puedo olvidarme de que le ten-
go ahí cerca: ¡llevadme vosotros a él! Gracias.
Corpus Christi
6
Sentirse amado
«Viene a mi memoria —escribía san
Josemaría— una encantadora poe-
sía gallega, una de esas Cantigas de
Alfonso X el Sabio. La leyenda de un
monje que, en su simplicidad, suplicó a Santa
María poder contemplar el Cielo, aunque fuera
por un instante. La Virgen acogió su deseo, y el
buen monje fue trasladado al paraíso. Cuando
regresó, no reconocía a ninguno de los mora-
dores de su monasterio: su oración, que a él le
había parecido brevísima, había durado tres si-
glos. Tres siglos no son nada, para un corazón
amante. Así me explico yo esos dos mil años de
espera del Señor en la Eucaristía. Es la espera
de Dios, que ama a los hombres, que nos bus-
ca, que nos quiere tal como somos limitados,
egoístas, inconstantes, pero con la capacidad
de descubrir su infinito cariño y de entregarnos
a él enteramente».
¡Veinte siglos esperando! Se dice pronto,
pero… eso no lo hace cualquiera. Es importante
saberse amado por Dios cuando estamos de-
lante de Jesús Sacramentado.
¡Qué bien se está junto al Sagrario cuando se
ve su amor, cuando uno sabe que él le estaba
esperando. «Os diré —continúa el autor— que
para mí el sagrario ha sido siempre Betania, el
lugar tranquilo y apacible donde está Cristo,
donde podemos contarle nuestras preocupa-
ciones, nuestros sufrimientos, nuestras ilusio-
nes, nuestras alegrías, con la misma sencillez y
naturalidad con que le hablaban aquellos ami-
gos suyos, Marta, María y Lázaro».
Y por otro lado, que él se sepa amado por ti,
especialmente cuando comulgas, que él lo vea
en cómo expresas con tu cuerpo lo que vives
con tu corazón.
Mira lo que dice el evangelio: «No deis las co-
sas Santas a los perros, ni echéis vuestras perlas
a los cerdos, no sea que las pisoteen con sus
patas y revolviéndose os despedacen» (Mateo
7, 6). La Iglesia ha aplicado estas palabras de
Jesús a la administración de los sacramentos, y
de modo singular a la Eucaristía: debemos reci-
birle bien preparados, dignamente.
Para comulgar es preciso estar bautizado,
darse cuenta de lo que se hace y estar en gracia
de Dios. Y la Iglesia nos pide que guardemos
una hora de ayuno. Si cumplimos estas condi-
ciones podemos recibir dignamente y con fru-
to la Eucaristía.
Y si no estamos en gracia de Dios, no debe-
mos comulgar. Escribe un poeta: «Soy el pan de
los ángeles. Y pobre del que me reciba en peca-
do como Judas. Soy la muerte en la boca, soy
el infierno en el vientre de aquel despavorido»
(Ibáñez Langlois).
Pero ése es el mínimo. Es bueno que nos
preparemos lo mejor posible para un encuen-
tro tan íntimo con Dios dentro de mí.
«Por eso —escribe Santa Teresa—, pienso
que si nos acercamos al Santísimo Sacramento
con gran fe y amor, que una vez bastaría para
hacernos ricas, ¡cuánto más recibiéndole tantas
veces!, pero parece que nos acercamos a él por
cumplido y así nos luce tan poco».
Quiero, Jesucristo, acudir perseverantemente
ante el sagrario, físicamente o con el corazón, para
sentirme seguro, para estar sereno: pero también
para saberme amado… ¡y para amar!
24 25
Yo quisiera, Señor, recibiros con aquella pure-
za, humildad y devoción, con que os recibió vues-
tra Santísima Madre, con el espíritu y fervor de los
santos.
Corpus Christi
7
Alimento
«Sin mí no podéis nada» (Juan 15, 5).
«Danos hoy nuestro pan de cada día»
(Mateo 6, 11).
Imagínate un viaje en el que tienes
que recorrer, como en todos los viajes, un cami-
no. Pero resulta que ese camino no es de tierra,
ni de carretera asfaltada, ni de piedras: es un
camino de tiempo. No andas metros, sino que
andas tiempo. Al cabo de un rato de empezar
ese viaje, en vez de encontrar señales indican-
do los kilómetros que has andado, te indican
que has andado horas, días, años… Pues eso es
la vida: un viaje que no para. Todos, por eso, es-
tamos de viaje.
La vida es un viaje, sí. Pero ¿adónde se via-
ja? A la otra vida, donde ya no hay tiempo y
que ya es una vida para siempre. Los cristianos
sabemos que estamos de viaje hacia el Cielo.
Pues bien: la Iglesia nos dice que la Eucaristía
es panis viatorum, el pan de los que están de
viaje. En este viaje largo hacia el Cielo el ali-
mento que tenemos es la Eucaristía.
Los ciclistas, en ciertos puntos de las etapas
largas, tienen un avituallamiento, donde les
dan alimento, comida, para poder continuar.
Si no lo hacen así pueden tener una «pájara».
Así los cristianos en este largo viaje de tiempo,
para poder vivir como cristianos, para poder
amar, perdonar, vencer en las luchas, etc., nece-
sitamos comer a Cristo.
Teresa de Calcuta decía que el trabajo que
hacen las misioneras de la Caridad es muy
duro: todo el día entre los más pobres de en-
tre los pobres. Cuando le preguntan que cómo
pueden aguantar, dice que la fuerza la toman
cada mañana adorando a Jesús en la Eucaris-
tía, la Misa y la Comunión. «Si no fuese por eso,
dice, no podríamos aguantar».
Jesús, estoy de viaje hacia el Cielo: llevo ya
años; no sé cuántos me quedarán. Pero sí sé que
tú eres mi alimento. Procuraré comulgar con
frecuencia para tener vida eterna, más gracia,
más fuerza y así llevar un paso fuerte y seguro.
Y si alguna vez me da la pájara… ya sé por qué
es y qué tengo que hacer. Gracias, Señor, por-
que eres mi Dios y te has hecho mi Pan, el Pan
de mi alma. Gracias
Corpus Christi
8
Lo tenemos ahí al lado
Cuenta el evangelio que un día de
los que salió Jesús con algunos de
sus discípulos en barca por el gran
lago de Genesaret, Jesús se que-
dó dormido a bordo. Cambió el viento, y se
levantó una violenta tempestad, tan grande
que los discípulos se pusieron bastante ner-
viosos: aquellas olas amenazaban con volcar
la pequeña embarcación. Tan cansado esta-
ba Jesús que sigue dormido. Los discípulos
hacen lo que pueden, pero al final, ya casi
paralizados por el miedo, parece que se dan
cuenta de que allí al lado tienen a Jesucristo,
y le despiertan: ¡Jesús, despierta, que mori-
mos! Él se levanta, ordena la calma, y les dice:
¡hombres de poca fe!
Todos los pasajes del evangelio se repiten
hoy día. Cuántas veces nos ponemos nerviosos
ante situaciones concretas, y nos cuesta darnos
cuenta de que tenemos a Jesucristo a nuestro
lado, realmente presente en los Sagrarios. Y
nos cuesta acudir a él llenos de fe. Aceptamos y
creemos que está en la Eucaristía, pero a veces
queda como una verdad teórica, y no influye
en nuestras vidas: no sentimos su seguridad, su
compañía, su presencia.
Auméntanos, Señor, la fe. Que te sepamos
siempre a nuestro lado. Que recurramos a ti es-
pontáneamente. Sé siempre tú nuestro refugio y
nuestra fortaleza, nuestro apoyo, nuestro «paño
de lágrimas», nuestro Dios cercano, nuestro Ami-
go, nuestro Médico, nuestro Maestro, nuestra se-
guridad. Gracias.
Textos alternativos
Presencia real
En el santísimo sacramento de la Eucaristía están
«contenidos verdadera, real y sustancial-
mente el Cuerpo y la Sangre junto con el alma
y la divinidad de nuestro Señor Jesucristo, y,
por consiguiente, Cristo entero». «Esta pre-
sencia se denomina real, no a título exclusivo,
como si las otras presencias no fuesen reales,
sino por excelencia, porque es substancial, y
por ella Cristo, Dios y hombre, se hace total-
mente presente».
Catecismo, n. 1374
Misterio de la fe
Por la consagración del pan y del vino se opera el
cambio de toda la sustancia del pan en la sustan-
cia del Cuerpo de Cristo nuestro Señor y de toda
la sustancia del vino en la sustancia de su Sangre;
la Iglesia católica ha llamado justa y apropiada-
mente a este cambio transubstanciación.
Catecismo, n. 1376
Cristo todo entero
La presencia eucarística de Cristo comienza en el
momento de la consagración y dura todo el tiem-
po que subsistan las especies eucarísticas. Cristo
está todo entero presente en cada una de las es-
pecies y todo entero en cada una de sus partes, de
modo que la fracción del pan no divide a Cristo.
Catecismo, n. 1377
Sólo por la fe
La presencia del verdadero Cuerpo de Cristo y
de la verdadera Sangre de Cristo en ese sacra-
mento no se conoce por los sentidos, dice San-
to Tomás, sino sólo por la fe, la cual se apoya
en la autoridad de Dios. Por ello, comentando
el texto de san Lucas 22, 19: Esto es mi Cuer-
po que será entregado por vosotros, san Cirilio
declara: no te preguntes si esto es verdad, sino
acoge más bien con fe las palabras del Señor,
porque Él, que es la Verdad, no miente.
Catecismo, n. 1381
Jesús está presente en la Eucaristía
¡No olvidéis que Jesús ha querido permanecer
presente personal y realmente en la Eucaristía,
misterio inmenso, pero realidad segura, para
concretar de modo auténtico este amor suyo
individual y salvífico!
Juan Pablo II, Roma, 11-111-1979
¡Cristo vive!
Este mismo sacrificio redentor de Cristo se
actualiza sacramentalmente en cada Misa
que se celebra, quizá muy cerca de vuestros
lugares de estudio y de trabajo. No es Jesús,
por tanto, Alguien que ha dejado de actuar
en nuestra historia. ¡No! ¡Él vive! Y continúa
buscándonos a cada uno para que nos una-
mos a él cada día en la Eucaristía, también,
si es posible, acercándonos —con el alma en
gracia, limpia de todo pecado mortal— a la
comunión.
Juan Pablo II, Buenos Aires, 11-IV-1987
El momento de la despedida
¡Cuántas veces en nuestra vida hemos visto se-
pararse a dos personas que se aman!
Y en la hora de la partida, un gesto, una foto-
grafía, un objeto que pasa de una mano a otra
para prolongar de algún modo la presencia en
la ausencia. Y nada más. El amor humano sólo
es capaz de estos símbolos.
En testimonio y como lección de amor, en el
momento de la despedida, «viendo Jesús que
llegaba su hora de pasar de este mundo al Pa-
dre, habiendo amado a los suyos que estaban
en el mundo, los amó hasta el fin» (Juan 13, 1).
Así, al despedirse, Nuestro Señor Jesucristo,
verdadero Dios y verdadero hombre, no deja
a sus amigos un símbolo, sino la realidad de
Sí mismo. Va junto al Padre, pero permanece
entre nosotros los hombres. No deja un simple
objeto para evocar su memoria. Bajo las espe-
cies del pan y del vino está él, realmente pre-
sente, con su Cuerpo y su Sangre, su alma y su
divinidad.
Juan Pablo II. Fortaleza (Brasil), 9-VII-1980
Adorar a Cristo en el Sagrario
Cristo se queda en medio de nosotros. No sólo
durante la Misa, sino también después, bajo las
especies reservadas en el Sagrario. Y el culto
eucarístico se extiende a todo el día, sin que se
limite a la celebración del Sacrificio. Es un Dios
cercano, un Dios que nos espera, un Dios que
ha querido permanecer con nosotros. Cuando
se tiene fe en esa presencia real, ¡qué fácil re-
sulta estar junto a él, adorando al Amor de los
amores!, ¡qué fácil es comprender las expresio-
nes de amor con que a lo largo de los siglos los
cristianos han rodeado la Eucaristía!
Juan Pablo II. Lima, 15-VI-1988
Examínese cada cual
Para responder a esta invitación, debemos
prepararnos para este momento tan grande y
santo. San Pablo exhorta a un examen de con-
ciencia: «Quien coma el pan o beba el cáliz del
Señor indignamente, será reo del Cuerpo y de
la Sangre del Señor. Examínese pues, cada cual,
y coma entonces del pan y beba del cáliz. Pues
quien come y bebe sin discernir el Cuerpo,
come y bebe su propio castigo». Quien tiene
conciencia de estar en pecado grave debe reci-
bir el sacramento de la Reconciliación antes de
acercarse a comulgar.
Ante la grandeza de este sacramento, el fiel
sólo puede repetir humildemente y con fe ar-
diente las palabras del Centurión: «Señor, no
soy digno de que entres en mi casa, pero una
palabra tuya bastará para sanarme».
Catecismo n. 1385
Jamás dejéis la misa dominical
Que vuestra fidelidad se manifieste especial-
mente en la participación litúrgica dominical y
festiva: jamás dejéis la Santa Misa y, si os es po-
sible, no dejéis jamás el encuentro con Cristo
en la comunión eucarística.
Juan Pablo II. Velletri (Italia), 8-IX-1980
BENDICIÓN CON EL SANTÍSIMO
Jesucristo, antes de irse al Cielo, bendice a los
hombres que estaban con él. Y sigue bendi-
ciéndonos cuando él, presente en la Hostia, de-
jándose llevar en las manos del sacerdote, nos
hace la señal de la cruz.
¿Qué quiere decir que Jesús me bendice?
Bendecir: decir bien. Y lo que Dios dice, se hace.
Cuando bendice, dice y hace el bien, da su fuer-
za, su paz, su gracia, su eficacia a aquello que
bendice. Es como si Jesucristo dijese: eso que
bendigo lo apoyo, daré la fuerza que necesite,
digo bien de eso, cuenta con mi gracia.
Antes y después de lo que es propiamente la
bendición aprovechamos para adorarle, para darle
—hablando humanamente— un gustazo; procu-
ramos que esté a gusto, que disfrute con nosotros.
CANTO INICIAL
Canta, lengua, al glorioso
Cuerpo y Sangre del Señor.
Canta a la Sangre preciosa
que es el precio del perdón,
y el Rey, fruto de una Virgen,
por el mundo derramó.
Pange lingua gloriosi/ Corporis
mystérium./ Sanguinísque
pretiosi,/ quem in mundi
prétium, fructus ventris
generósi,/ Rex effúdit géntium.
La música es la tradicional del Pange Lingua.
Las sílabas con dos notas están en negrita; las
de tres notas, en cursiva.
ESTACIÓN DE ADORACIÓN
Se reza tres veces lo que sigue, terminando con
una comunión espiritual.
V: Viva Jesús Sacramentado.
R: Viva y de todos sea amado.
Padrenuestro, Ave María y Gloria
Comunión espiritual:
Yo quisiera, Señor, recibiros, con aquella
pureza, humildad y devoción con que os
recibió vuestra Santísima Madre, con el
espíritu y fervor de los santos.
CANTO DE ADORACIÓN
Contemplando tal misterio,
adoradlo con pasión.
Que la fuerza de la gloria
borre el rostro del temor.
La fe muestra la presencia
escondida de mi Dios.
Gloria al Padre, fuerza eterna,
alegría y esplendor.
Gloria al Hijo, a quien dio todo,
pues eterno lo engendró.
Gloria al Espíritu Santo,
fuego eterno de su amor.
Tamtum ergo sacraméntum
venerémur cérnui;/ et antiquum
documéntuum/ novo cedat
ritui;/ praestet fides
suppleméntum/
sénsuum deféctui.
Genitori, Genitóoque/ laus et iubilátio;
/salus, honor, virtus quoque/
sit et benedíctio;/ procedénti
ab utróque/ compar sit laudátio.
Amen.
V: Les diste pan del cielo (T. P. Aleluya).
R: Que contiene en sí todo deleite
(T. P. Aleluya).
Oración: Oh Dios, que bajo un Sacramen-
to admirable nos dejaste el memorial de tu Pa-
sión: concédenos que de tal suerte veneremos
los sagrados misterios de tu Cuerpo y Sangre,
que experimentemos constantemente en no-
sotros el fruto de tu Redención: tú que vives y
reinas por los siglos de los siglos.
R: Amén.
BENDICIÓN
Mientras Jesucristo, en manos del sacerdote, te
hace la señal de la cruz, clava los ojos en él, y apro-
vecha para adorarle, agradecerle, pedirle perdón,
y pedirle que bendiga lo que quieras (también
tus buenos deseos, intenciones, etcétera).
ALABANZAS DE DESAGRAVIO
Dios nos ha bendecido. Ahora le bendecimos
nosotros a él. Agradecidos, decimos lo bueno
que es nuestro Dios con esta colección de pi-
ropos que le echamos a él y a quienes él más
quiere.
Bendito sea Dios.
Bendito sea su santo Nombre
Bendito sea Jesucristo, Dios y hombre
verdadero.
Bendito sea el Nombre de Jesús.
Bendito sea su Sacratísimo Corazón.
Bendita sea su Preciosísima Sangre.
Bendito sea Jesús en el Santísimo
Sacramento del Altar.
Bendito sea el Espíritu Santo Paráclito.
Bendita sea la excelsa Madre de Dios,
María Santísima.
Bendita sea su Santa e Inmaculada
Concepción.
Bendita sea su gloriosa Asunción.
Bendito sea el nombre de María
Virgen y Madre.
Bendito sea San José, su castísimo
Esposo.
Bendito sea Dios en sus Ángeles
y en sus Santos. Amén.
CANTO FINAL
La música es la tradicional del Laudate. La cur-
siva indica la sílaba en la que cambia el tono.
Cantad al Señor todas las gentes,
cantad al Señor todos los pueblos.
Porque es eterna su misericordia
y su verdad permanece para siempre.
Gloria al Padre y al Hijo, y al Espíritu
Santo, como era en un principio, ahora,
y siempre, y por los siglos de los siglos.
Amén.
Laúdate Dóminum omnes gentes:/Laúdate
eum, omnes pópuli:/ quóniam confirmáta est
super nos Misericordia eius:/et véritas Dómini
manet in aetérnum
Gloria Patri et Filio et Spirítui Sancto;/sicut erat
in principio et nunc et semper,/ et in saécula
saeculórum. Amen
HIMNO EUCARÍSTICO
Te adoro con devoción, Dios escondido,
oculto verdaderamente bajo estas apariencias.
A ti se somete mi corazón por completo, y se
rinde totalmente al contemplarte.
Al juzgar de ti se equivocan la vista, el tacto,
el gusto, pero basta con el oído para creer con
firmeza; creo todo lo que ha dicho el Hijo de
Dios, nada es más verdadero que esta palabra
de verdad.
En la cruz se escondía sólo la divinidad, pero
aquí también se esconde la humanidad; creo y
confieso ambas cosas, y pido lo que pidió aquel
ladrón arrepentido.
No veo las llagas como las vio Tomás, pero
confieso que eres mi Dios: haz que yo crea más
y más en ti, que en ti espere, que te ame.
¡Memorial de la muerte del Señor! Pan vivo
que das la vida al hombre: concede a mi alma
que de ti viva, y que siempre saboree tu dulzura.
Señor Jesús, pelícano bueno: límpiame a
mí, inmundo, con tu Sangre, de la que una sola
gota puede liberar de todos sus crímenes al
mundo entero.
Jesús, a quien ahora veo escondido, te ruego
que se cumpla lo que tanto ansío: que al mirar
tu rostro ya no oculto, sea yo feliz viendo tu
gloria. Así sea.
Santo Tomás