Fijaos en vuestra asamblea, hermanos: no hay en ella muchos sabios en lo humano, ni muchos poderosos, ni muchos
aristócratas; sino que, lo necio del mundo lo ha escogido Dios para humillar a los sabios, y lo débil del mundo lo ha escogido Dios para humillar lo poderoso.
Aún más, ha escogido la gente baja del mundo, lo despreciable, lo que no cuenta, para anular a lo que cuenta, de modo que nadie pueda gloriarse en presencia del Señor.
A él se debe que vosotros estéis en Cristo Jesús, el cual se ha hecho para nosotros sabiduría de parte de Dios, justicia, santificación y redención.
Y así —como está escrito—: «el que se gloríe, que se gloríe en el Señor».
Dichosa la nación cuyo Dios es el Señor,
el pueblo que él se escogió como heredad.
El Señor mira desde el cielo,
se fija en todos los hombres. R/.
Los ojos del Señor están puestos en quien lo teme,
en los que esperan en su misericordia,
para librar sus vidas de la muerte
y reanimarlos en tiempo de hambre. R/.
Nosotros aguardamos al Señor:
él es nuestro auxilio y escudo;
con él se alegra nuestro corazón,
en su santo nombre confiamos. R/.
En aquel tiempo, Herodes había mandado prender a Juan y lo había metido en la cárcel encadenado.
El motivo era que Herodes se había casado con Herodías, mujer de su hermano Filipo, y Juan le decía que no le era lícito tener a la mujer de su hermano.
Herodías aborrecía a Juan y quería matarlo, pero no podía, porque Herodes respetaba a Juan, sabiendo que era un hombre justo y santo, y lo defendía. Al escucharlo quedaba muy perplejo, aunque lo oía con gusto.
La ocasión llegó cuando Herodes, por su cumpleaños, dio un banquete a sus magnates, a sus oficiales y a la gente principal de Galilea. La hija de Herodías entró y danzó, gustando mucho a Herodes y a los convidados. El rey le dijo a la joven:
«Pídeme lo que quieras, que te lo daré».
Y le juró:
«Te daré lo que me pidas, aunque sea la mitad de mi reino».
Ella salió a preguntarle a su madre:
«¿Qué le pido?».
La madre le contestó:
«La cabeza de Juan el Bautista».
Entró ella enseguida, a toda prisa, se acercó al rey y le pidió:
«Quiero que ahora mismo me des en una bandeja la cabeza de Juan el Bautista».
El rey se puso muy triste; pero por el juramento y los convidados no quiso desairarla. Enseguida le mandó a uno de su guardia que trajese la cabeza de Juan. Fue, lo decapitó en la cárcel, trajo la cabeza en una bandeja y se la entregó a la joven; la joven se la entregó a su madre.
Al enterarse sus discípulos fueron a recoger el cadáver y lo pusieron en un sepulcro.
San Pablo en su carta a los corintios muestra la raíz del seguimiento desde el planteamiento de dos escenarios en los que en más de una ocasión nos podemos perder si no lo tenemos claro.
El plano de la realidad que nos presenta la sociedad: con el éxito, poder, reconocimiento personal, el individualismo, que busca un éxito en la persona humana basado en dominio o autoridad que esta pueda llegar a ejercer.
La otra escena es la realidad divina. La que pone la mirada en Dios y se experimenta la acción fecunda del Espíritu Santo sobre la pobreza de tu realidad personal.
El primer planteamiento, va a dar lugar a un seguimiento de Cristo basado en el cumplimiento de preceptos, normas, leyes, que nos llevan a la imagen de un Dios castigador y genera en nosotros el escrúpulo por el cumplimiento.
La otra dimensión nos abre a vivir el seguimiento de Cristo desde la acción de gracias, cayendo en la cuenta de que todo es puro don de Dios. De este modo, no buscas el aplauso fácil, que te echen incienso o ser la última «Coca-Cola» del desierto. Si no que tu sabiduría, justicia, santificación, redención, es el mismo Cristo y buscas que otros descubran ese tesoro para dar gloria a Dios por ello.
La figura de san Juan Bautista está íntimamente unida a la de Jesús. Podríamos decir que es el "vocero" del Dios con nosotros: "Yo soy la voz que grita en el desierto: Allanad el camino del Señor" (Jn 1,23). Y, esencialmente, la predicación, coherencia de vida, fidelidad a Cristo, y una misión centrada en el bautismo, llevan precisamente a que esto tome cuerpo y haga el efecto necesario en la conciencia del mismo rey Herodes.
La fama de Jesús comienza a abrirse paso y a romper las fronteras de lo estrictamente familiar, amigos y pequeños grupos religiosos. Herodes se plantea: ¿Quién es Jesús? Si es un profeta o incluso el Bautista a quien él mismo mandó decapitar. Por ello, el eco de la voz del que ha anunciado a Cristo, ha resonado con fuerza y la onda expansiva remueve el interior del rey. La misión de la predicación ha dado frutos.
El escenario que nos presenta el evangelista Marcos pone de relieve toda una trama corrupta de poder, relajación de la moral, adulterio, en la que todo vale y todo se justifica para que puedas seguir en la cresta de la ola. Conspiración o complot para acallar las voces de los que incomodan, de los que denuncian, de los que dicen la verdad.
Se ve muy claro en la definición los rasgos de uno y otro personaje.
El rey Herodes que tiene todo el poder de su mano. Vive en adulterio con la mujer de su hermano Filipo. Reúne en su palacio a gentes de alta alcurnia con la que banquetea entre lujos y pompas de bailes exóticos. Con la capacidad de quitarse de en medio las voces disonantes que no le bailan el compás. Sin embargo, es una persona vacía y sin criterios propios. Admira a Juan, lo escucha con gusto, incluso lo respeta. Sin embargo, el mensaje no llega a calar profundo porque el rey está hueco, se deja llevar por el qué dirán.
De Juan se dice hombre justo y santo. Definición sublime. De la que la sociedad no hace bandera y que ya se perdió ese ideal de persona que con el simple gesto de estrechar la mano se cerraban los contratos de la vida: el dar la «Palabra» de hombre, y no había situación que cambiase ni una coma de lo que se había pactado. La voz de Juan suena. Denuncia que están aletargados y que no conocen a Cristo: «Este es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo» (Jn 1,29). Juan es consciente de no ser digno de desatarle la correa de las sandalias, trabajo que solo hacen los esclavos. Ya que para Juan, ante Jesús, todo pierde valor: palacio, riquezas, poder, juergas… Por ello, el eco de la denuncia inquieta, desestabiliza e incómoda, pero la verdad te hace libre.
La predicación del Bautista golpea seriamente al rey. Hace el efecto necesario, que es reflexionar sobre la figura de Jesús.
El que de un estado de tiniebla puedas llegar a plantearte el sentido pleno que tiene tu vida. Que puedas conocer la riqueza insondable que es Jesucristo como Camino, Verdad y Vida. Como fuente de amor y proyecto de amistad personal. Por ello, el que parecía en el escenario el más débil y pequeño acaba siendo el instrumento por el cual el Señor hace posible que el rey cuestione su actitud. Degollado pero su voz no la calló el poder corrupto del momento.
Martirio de San Juan Bautista

Flavio Josefo, historiador judío, nos dice que Juan Bautista enardecía a mucha gente con su predicación. Al enterarse Herodes, temió que pudiera organizarse alguna revuelta y le destronasen a él. Anticipándose, mandó detenerlo y después matarlo.
Como resaltaba ya San Agustín de Hipona, San Juan Bautista es el único santo que es festejado no sólo en su muerte sino también en su nacimiento, al igual que Jesús y su Madre, María. Más aún, esta tradición duplicada se ha mantenido incluso en las últimas reformas conciliares en tiempos de Juan XXIII y Pablo VI. En concreto el martirio se celebraba ya desde el siglo IV de nuestra era.
De Juan Bautista dice San Beda el venerable: «El santo precursor del nacimiento, de la predicación y de la muerte del Señor mostró, en el momento de la lucha suprema, una fortaleza digna de atraer la mirada de Dios, ya que, como dice la Escritura, la gente pensaba que cumplía una pena, pero él esperaba de lleno la inmortalidad…
»No debemos poner en duda que San Juan sufrió la cárcel y las cadenas y dio su vida en testimonio de nuestro Redentor, de quien fue precursor, ya que, si bien su perseguidor no lo forzó a que negara a Cristo, sí trató de obligarlo a que callara la verdad; ello es suficiente para afirmar que murió por Cristo. […]
La historia de Israel tenía la experiencia de que todo profeta, que hablaba en nombre de Dios y denunciaba el pecado y la injusticia del pueblo y a sus dirigente, ponía en peligro la propia vida y acababa sellando la palabra con la sangre.
Juan Bautista, voz profética, llegó a tener una gran autoridad ante sus oyentes y muchos en su pueblo se convertían. Les llegaba muy hondo el mensaje del nuevo profeta: justicia para con los hombres y devoción para con Dios. El programa de Juan era religioso y sin fines políticos, sin embargo, Herodes Antipas, hijo de Herodes el Grande, lo encarcela y lo mata; ¿por qué?
Flavio Josefo, historiador judío, nos dice que Juan Bautista enardecía a mucha gente con su predicación y su estilo personal. Al enterarse Herodes, temió que pudiera organizarse alguna revuelta, como las que surgían entonces de vez en cuando, y le destronasen a él. Por eso, anticipándose y curándose en salud, mandó detener a Juan, posiblemente en la región de Perea, lo encarceló en Maqueronte, fortaleza situada al Este del mar Muerto, y después lo mandó matar.
Más tarde fue derrotado por Aretas IV, rey de Petra, que así vengó a su hija abandonada por Herodes para casarse con Herodías. Los judíos interpretaron dicha derrota como castigo de Dios por haber matado a Juan Bautista (cf. Antigüedades judías, 18).
Lucas tiene una cierta coincidencia con Flavio Josefo, pues dice que la gente le preguntaba a Juan: ¿Qué tenemos que hacer? Y su respuesta implicaba obligaciones de solidaridad y justicia con los demás; no bastaba ir al templo a orar y ofrecer sacrificios.
Pero además llegaban a hacerle esa misma pregunta otros colectivos muy representativos de la sociedad, como eran los recaudadores de impuestos y los soldados. Ya el hecho de que acudieran al profeta judío y le pidiesen consejo podía preocupar a Herodes; si, además, recibían órdenes de él y le obedecían, la cosa era más alarmante (cf. Le 3, 10-15). […]
El Evangelio de Marcos, que leemos en la fiesta de hoy, nos aporta un motivo más directo y personal de la muerte de Juan, que puede completar el de Flavio Josefo. Juan, como buen profeta, en su predicación no sólo hace análisis de una sociedad injusta, sino que sus denuncias también afectan a los gobernantes. «No te es lícito tener la mujer de tu hermana,, Hay que tener valentía y ser muy libre para gritar la verdad cruda e hiriente al poderoso.
Aunque Herodes lo respetaba e incluso temía al pueblo, que tenía a Juan por profeta, su esposa Herodías le odiaba y esperaba la ocasión propicia para eliminarlo. El drama está servido en molde veterotestamentario: recuerda al rey Ajab y a su esposa Jezabel, que odiaba a Elías y estaba dispuesta a matarlo (cf. 1R 18-19).
La ocasión se la ofreció «en bandeja», nunca mejor dicho, su propia hija, al bailar en la fiesta y obtener el juramento de Herodes para que le pidiese hasta la mitad de su reino (cf. Est 5, 3,6; 7, 2). El gesto ha quedado inmortalizado por los artistas que reproducen tantas veces la bandeja con la cabeza del Bautista.
Los discípulos recogieron el cadáver y lo enterraron…
Muchos discípulos de Juan se hicieron después discípulos de Jesús, pero otros muchos siguieron con su bautismo y afirmaban que el enviado de Dios y verdadero profeta, si no el Mesías, era Juan Bautista.
Por eso, se impuso el realizar en las comunidades cristianas una revisión de Juan, su mensaje y su movimiento. Había que poner a Juan en su sitio como «precursor», y a Jesús y al bautismo cristiano como continuación y perfeccionamiento de la obra de Juan (cf. Hch 1, 4 ss,; 2, 38; 11, 16). Juan ha sido superado (cf. Lc 1-2; 7, 28) y es el «amigo» y »testigo» de Jesús (Cf. Jn 3, 29; 15, 15; 1, 15.33).
Enterrado en Samaria, hacia el 362 los paganos profanaron el sepulcro de San Juan Bautista y quemaron sus restos, Unos monjes salvaron parte de los mismos y los remitieron a San Atanasio de Alejandría y aparecen en una iglesia entre las ruinas de Serapeum. Hoy día se guardan sus restos en Mira (Turquía), en una mezquita, venerados recientemente por el papa Juan Pablo II. Sus reliquias, muy apreciadas por los monjes, se expandieron por todas partes, lo mismo que su devoción; llegando a multiplicarse las cabezas, manos, dedos y hasta se conserva sangre en ampollas. También cultivaron su devoción los militares de los primeros siglos, que lo veneraban como defensor de la ortodoxia. Se encontró una cabeza del santo en Constantinopla, en la capilla familiar de Teodosio.
Incluso hoy existen innumerables iglesias nuevas en África que se amparan bajo su patrocinio.
Juan Bautista Lobato Fernández
Texto tomado de: Martínez Puche, José A. (director),
Colección Nuevo Año Cristiano de EDIBESA.