Una viña arrasada es Israel, el fruto es como ella.
Por la abundancia de sus frutos, multiplicó sus altares.
Cuanto más rica era su tierra, más adornaban sus estelas.
Su corazón es inconstante, así pues pagarán.
Él mismo hará pedazos sus altares, demolerá sus estelas.
Entonces dirán: «no tenemos rey, porque no tuvimos temor del Señor…, y el rey ¿qué haría por nosotros?».
Ha desaparecido el rey de Samaria, como una rama de la superficie del agua.
Serán destruidos los altozanos de los Iniquidad, ¡pecado de Israel!
Espino y maleza crecerán sobre sus altares.
Dirán a las montañas: «Cubridnos», y a las colinas: «Caed sobre nosotros».
Sembrad con justicia, recoged con amor.
Poned al trabajo un terreno virgen. Es tiempo de consultar al Señor, hasta que venga y haga llover sobre vosotros la justicia.
Cantadle al son de instrumentos,
hablad de sus maravillas,
gloriaos de su nombre santo,
que se alegren los que buscan al Señor. R/.
Recurrid al Señor y a su poder,
buscad continuamente su rostro.
Recordad las maravillas que hizo,
sus prodigios, las sentencias de su boca. R/.
¡Estirpe de Abrahán, su siervo;
hijos de Jacob, su elegido!
El Señor es nuestro Dios,
él gobierna toda la tierra. R/.
En aquel tiempo, Jesús llamó a sus doce discípulos y les dio autoridad para expulsar espíritus inmundos y curar toda enfermedad y toda dolencia.
Estos son los nombres de los doce apóstoles: el primero, Simón, llamado Pedro, y Andrés, su hermano; Santiago, el de Zebedeo, y Juan, su hermano; Felipe y Bartolomé, Tomás y Mateo el publicano; Santiago el de Alfeo, y Tadeo; Simón el de Caná, y Judas Iscariote, el que lo entregó.
A estos doce los envió Jesús con estas instrucciones:
«No vayáis a tierra de paganos ni entréis en las ciudades de Samaría, sino id a las ovejas descarriadas de Israel.
Id y proclamad que ha llegado el reino de los cielos».
La primera lectura de hoy es un fragmento del profeta Oseas, quien hace de su drama personal: un amor abandonado que más tarde recupera, un signo profético de la relación entre Yahvé e Israel. La historia de Israel es una larga cadena de infidelidades al Dios que le da constantes puebas de su amor y que permanece siempre dispuesto a la reconciliación.
En estos versículos, se muestra el corazón dividido del pueblo. Está viviendo una época de prosperidad, recogiendo los frutos abundantes de una viña frondosa, pero, olvidándose del Dios de quien vienen esos dones, multiplica altares y monumentos idolátricos.
No podemos demonizar el desarrollo económico pues sirve para la promoción del bien común. El problema está en la ambigüedad del corazón humano y el riesgo de su división entre proyectos solidarios o proyectos acumulativos. El drama aparece cuando el bienestar de las minorías satisfechas anestesia la sensibilibilidad hacia las carencias de las mayorías empobrecidas. El corazón dividido ignora al hermano. Así, los humanos somos con frecuencia víctimas de una economía que mata, como han denunciado los últimos pontífices, y hacemos de nuestro bienestar un incienso para los dioses del consumo y del mercado.
Pero Yahvé no se olvida de su pueblo, le reencontrará y le bendecirá de nuevo para que Israel pueda sembrar justicia y recolectar misericordia.
El texto de Mateo narra la institución de los Doce, un grupo reducido de los discípulos, a quienes consideramos apóstoles.
Jesús no es un profeta ni un predicador solitario, quiere tener junto a sí a otros a los que llama para que vivan cercanos a él y para que compartan su causa.
No se trata sólo de constituir un equipo de trabajo. La espiritualidad de Jesús hunde sus raíces en la tradición de Israel. El número doce tiene resonancias veterotestamentaria: las tribus que componían el pueblo. Al elegir doce apóstoles, Jesús expresa su convencimiento de que con él y sus seguidores se se constituye el nuevo pueblo, un pueblo que, redimido, será enviado para anunciar a todos los pueblos, a todos los hombres y mujeres, que el Reino ya está aquí y que la historia va a cambiar.
Los Doce forman un grupo heterogéneo, constituido por gente sencilla que vive de su trabajo, y que se convierte desde entonces en un grupo itinerante que sigue a Jesús. Esto es significativo también. Jesús no se rodea de la flor y nata de aquella sociedad. Tampoco de gente económicamente potente o con un notable patrimonio cultural. Entre ellos no hay sacerdotes ni escribas. Ni todos son tan virtuosos que la convivencia entre ellos sea una balsa de aceite: algunos deseaban la preminencia y el poder.
Poco a poco, a lo largo de tres años, el Señor va educándoles con paciencia. Presencian sus signos, escuchan sus palabras, les explica en privado algunas parábolas. Corrige sus expectativas sobre su persona y su misión: es un Mesías siervo. Aprenden el valor de la compasión hacia los débiles. Les va familiarizando con el drama de su pasión y les anuncia la resurrección. En suma, les está preparando para que se conviertan en los testigos de su vida, de su misterio y de su ministerio.
Hay dos precisiones en el relato que conviene destacar. En primer lugar les da “autoridad para expulsar espíritus inmundos y curar toda enfermedad y dolencia”. Jesús comparte con ellos su poder para sanar. La salvación que anuncia con su palabra se realiza con sus milagros, aunque estos no son tanto manifestación de poder cuanto signos de compasión. Y muestras de que la salvación cristiana es de la persona entera, simbolizada en el cuerpo, y no sólo en un alma separada.
En según lugar, las instrucciones finales de no ir a tierra de paganos, sino de centrarse “en las ovejas descarriadas de Israel” extrañan porque con Jesús caen las viejas fronteras y se inicia una religión universalista. Posiblemente, el Señor está invitando a ordenar la propia casa antes que limpiar la calle. Es verdad que nadie da lo que no tiene. Sólo las personas integradas son una promesa y no una amenaza para la comunidad. Sólo las comunidades que encarnan los valores del Evangelio, pueden anunciarlos y ofertarlos creíblemente a otros. Sólo quienes evangelizan su propio corazón pueden evangelizar a otros. Porque la evangelización no es el resultado de discursos brillantes, sino de transformación de corazones.
¿A qué dios consagramos nuestro corazón: al Dios Padre que nos cuida y nos pide cuidar a los hermanos, o a los dioses del consumo y el mercado? ¿Pretendemos seguir a Jesús de forma individualista o desde y con nuestra comunidad? ¿Somos conscientes de que podremos evangelizar a otros si previamente nos evangelicemos algo más a nosotros mismos?
Beato Adriano de Fortescue

Fue esposo y padre de esclarecida virtud, juez de paz y caballero de la Orden de Malta. Profesó en la fraternidad seglar de Santo Domingo en Oxford y vivió santamente proponiéndose buscar en todo la voluntad de Dios y pedirle la perseverancia
(1476-1539) Adriano nació hacia el año 1476 de noble familia en el condado de Devon (Inglaterra). Odiado por su virtud, sufrió la cárcel y finalmente el martirio por no prestar juramento de fidelidad al rey en cuestiones de fe. Murió en Londres el 8 de julio de 1539 y su cuerpo no fue recuperado. Su culto fue confirmado en 1895.
Del Común de un mártir o de santos varones.
Oración colecta
Oh Dios, que diste al beato Adriano
un admirable espíritu de piedad y fortaleza;
escucha la oración de tu pueblo
y concédenos que,
aleccionados con su glorioso ejemplo,
aprendamos a obedecerte a ti
antes que a los hombres.
Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo,
que vive y reina contigo
en la unidad del Espíritu Santo
y es Dios por los siglos de los siglos.
Liturgia de las Horas. Propio O.P.