Esto dice el Señor:
«Yo la persuado, la llevo al desierto, le hablo al corazón.
Allí responderá como en los días de su juventud, como el día de su salida de Egipto.
Aquel día – oráculo del Señor -, me llamarás “esposo mío”, y ya no me llamarás “mi amo”.
Me desposaré contigo para siempre, me desposaré contigo en justicia y en derecho, en misericordia y en ternura, me desposaré contigo en fidelidad y conocerás al Señor».
Día tras día, te bendeciré
y alabaré tu nombre por siempre jamás.
Grande es el Señor, merece toda alabanza,
es incalculable su grandeza. R/.
Una generación pondera tus obras a la otra,
y le cuenta tus hazañas.
Alaban ellos la gloria de tu majestad,
y yo repito tus maravillas. R/.
Encarecen ellos tus temibles proezas,
y yo narro tus grandes acciones;
difunden la memoria de tu inmensa bondad,
y aclaman tus victorias. R/.
El Señor es clemente y misericordioso,
lento a la cólera y rico en piedad;
el Señor es bueno con todos,
es cariñoso con todas sus criaturas. R/.
En aquel tiempo, mientras Jesús hablaba, se acercó un jefe de los judíos que se arrodilló ante él y le dijo:
«Mi hija acaba de morir. Pero ven tú, impón tu mano sobre ella y vivirá».
Jesús se levantó y lo siguió con sus discípulos.
Entre tanto, una mujer que sufría flujos de sangre desde hacía doce años, se le acercó por detrás y le tocó la orla del manto, pensando que con solo tocarle el manto se curaría.
Jesús se volvió y al verla le dijo:
«¡Ánimo, hija! Tu fe te ha salvado».
Y en aquel momento quedó curada la mujer.
Jesús Llegó a casa de aquel jefe y, al ver a los flautistas y el alboroto de la gente, dijo:
«¡Retiraos! La niña no está muerta, está dormida».
Se reían de él.
Cuando echaron a la gente, entró él, cogió a la niña de la mano y ella se levantó.
La noticia se divulgó por toda aquella comarca.
Hoy se nos ofrece en la primera lectura un conocido y precioso texto del profeta Oseas. Una declaración de amor a su pueblo.
La imagen que ofrece es la de la prostituta, con la que ordena a Oseas que se case. Con ella tiene dos hijos, uno alude al pueblo de Israel, el otro al de Judá. La prostituta comete adulterios, sigue en su mala vida.
Hasta que nos encontramos con el texto de la lectura, en el que Dios toma la iniciativa para que enderece su vida. Lo hace llegando a su mente en tiempo de reflexión en el desierto y sobre todo, a su corazón, “le hablaré al corazón”. La cortejará.
Ella se convierte a Dios, será para ella “esposo mío”. Esposo como contrario a “ídolo mío”. Se unirá a ella en matrimonio. Así manifiesta que será unión estable.
Sera un matrimonio que se funda en “la misericordia y la compasión” de Dios. Será de acuerdo al derecho y a la justicia. Un matrimonio, que implicará llenarse de Dios.
Todo ello es una parábola, una bella manera de decir que Dios ama a su pueblo. Y que el pueblo tiene que arrimarse a Dios, no a los ídolos. Unirse con la exigencia de la “fidelidad” propia del amor al esposo, a Dios.
Ese es el estribillo que se repetirá en la lectura del salmo 144. En el salmo se resalta la grandeza y el poder de Dios. Grandeza y poder que tienen su máxima expresión en la compasión y la clemencia, porque “el Señor es clemente y misericordioso”. Como indica el salmo hemos de “invocarlo”; pero también de “escucharlo”. En especial en “la tribulación”.
“Un personaje”, en otras traducciones “un jefe de los judíos”, es quien se atreve a interrumpir el discurso de Jesús, para que se fije en su dolor, por la muerte de su hija. Un dolor como la pérdida de una hija no encuentra fronteras cuando cree que alguien pueda devolver la vida. Le lleva incluso a “arrodillarse” ante Jesús. Lo que solo se hace ante Dios.
En el camino hacia su casa, tiene lugar el episodio que recogen los tres sinópticos. La enferma, “hemorroisa”, toma la iniciativa desde su honda confianza en tocar la vestidura de Jesús. Su curación la percibe solo Jesús. Se la comunica a la enferma. Una curación que Jesús atribuye, no a su poder taumatúrgico, sino a la fe la enferma. ¡La enferma se ha curado a sí misma! Su fe, su confianza en Jesús la han curado.
Jesús se acerca a la niña muerta, diciendo que de muerte, nada: está dormida. Lo que produce la burla de quienes lo oyen. Cuando llega hasta ella, Jesús no hizo más que tomarla de la mano y ella se puso en pie.
Jesús no da una orden, como en el caso de la resurrección de Lázaro, solo un gesto cariñoso, tomarle de la mano, como si efectivamente no estuviera muerta, sino dormida.
En ambos casos se oculta el poder de hacer milagros de Jesús. En el primer caso es la fe de la enferma la que cura; en el segundo la niña sale del sueño, no de la muerte.
¿Cómo vemos nuestra fe, nuestra confianza en Jesús, ante el episodio de la curación de la hemorroisa? ¿Qué lograríamos conseguir de acuerdo con la sinceridad y hondura de nuestra fe?
Puede que esa esté bastante “dormida”, no sea factor que tengamos en cuenta en nuestra vida. ¿Quién nos tomará de la mano para despertarla; y esté fuerte y vigorosa, como recurso que conduce nuestra vida, referencia de ella?