Escuchad la palabra que el Señor ha pronunciado contra vosotros, hijos de Israel, contra toda tu tribu que saqué de Egipto:
«Sólo a vosotros he escogido de entre todas las tribus de la tierra.
Por eso les pediré cuentas de todas sus transgresiones».
¿Acaso dos caminan juntos sin haberse puesto de acuerdo?
¿Acaso ruge el león en la foresta si no tiene una presa?
¿Deja el cachorro oír su voz desde la guarida si no ha apresado nada?
¿Acaso cae el pájaro en la red, a tierra, si no hay un lazo?
¿Salta la trampa del suelo si no tiene una presa?
¿Se toca el cuerno en una ciudad sin que se estremezca la gente?
¿Sucede una desgracia en una ciudad sin que el Señor la haya causado?
Ciertamente, nada hace el Señor Dios sin haber revelado su designio a sus servidores los profetas. Ha rugido el león, ¿quién no temerá?
El Señor Dios ha hablado, ¿quién no profetizará?
Os trastorné como Dios trastornó a Sodoma y Gomorra, y quedasteis como tizón sacado del incendio.
Pero no os convertisteis a mi -oráculo del Señor-.
Por eso, así voy a tratarte, Israel.
Sí, así voy a tratarte: prepárate al encuentro con tu Dios.
Palabra de Dios.
Tú no eres un Dios que ame la maldad,
ni el malvado es tu huésped,
ni el arrogante se mantiene en tu presencia. R/.
Detestas a los malhechores,
destruyes a los mentirosos;
al hombre sanguinario y traicionero
lo aborrece el Señor. R/.
Pero yo, por tu gran bondad,
entraré en tu casa,
me postraré ante tu templo santo
con toda temor. R/.
En aquel tiempo, subió Jesús a la barca, y sus discípulos lo siguieron.
En esto se produjo una tempestad tan fuerte, que la barca desaparecía entre las olas; él dormía. Se acercaron y lo despertaron gritándole:
«¡Señor, sálvanos, que perecemos!».
Él les dice:
«¿Por qué tenéis miedo, hombres de poca fe?».
Se puso en pie, increpó a los vientos y al mar y vino una gran calma. Los hombres se decían asombrados:
«¿Quién es este, que hasta el viento y el mar lo obedecen?».
El profeta Amós utiliza imágenes muy potentes: el león que ruge, la trompeta que alarma, la catástrofe que sacude. Todas imágenes de reproche que transmiten advertencia, pero nunca abandono. La dureza de las imágenes utilizadas por el Profeta y el tono exigente viene de una relación profunda entre Dios y su pueblo. Precisamente por esa elección —“solo a vosotros os escogí”— la responsabilidad es mayor: la cercanía con Dios no es privilegio vacío, sino llamada a una vida coherente a la que Israel no respondía.
Dios advierte, no abandona, no irrumpe en la historia para destruir sin sentido, sino para despertar conciencias. Su palabra, incluso cuando incomoda, es una forma de cuidado.
La lectura nos anuncia un encuentro posible incluso después de la infidelidad, y es porque Dios sigue queriendo encontrarse con su pueblo siempre. Dios deja las puertas abiertas y nos recuerda que las crisis, personales o colectivas, pueden ser lugares de retorno. Que la voz de Dios, aunque exigente, no busca condenar, sino restaurar. Y que siempre hay un “todavía” en la historia de la salvación: todavía se puede escuchar, todavía se puede volver, todavía se puede empezar de nuevo.
El Evangelio de hoy nos habla de una emoción tan común como el miedo que suele irrumpir en nuestras vidas secuestrando nuestra paz e influyendo en nuestra salud mental.
La barca es sacudida por la tormenta, las olas parecen vencerles, y Jesús duerme. Esa escena refleja cómo actúa la emoción del miedo en nuestra propia vida, cuando sentimos que las dificultades son demasiado grandes y no percibimos a Dios presente en nuestro sufrimiento. Sin embargo, el Evangelio señala que Jesús está en la escena, durmiendo, pero está. Dios está siempre, aunque guarde silencios.
Cuando los discípulos aterrados despiertan a Jesús, escuchan una pregunta que sigue vigente hoy en nuestras vidas: “¿Por qué tenéis miedo, hombres de poca fe?”. No es un reproche, sino una invitación a descubrir que incluso en medio de la oscuridad Dios permanece presente.
Muchas veces quisiéramos una vida sin tempestades, pero el amor de Dios no consiste en evitar toda dificultad, sino en acompañarnos dentro de ellas. Dios no abandona a sus hijos e hijas cuando aparecen el cansancio, la enfermedad, la incertidumbre o los fracasos. Al contrario: en esos momentos suele abrir caminos nuevos, oportunidades inesperadas y personas concretas que sostienen nuestra esperanza.
A veces nuestras seguridades humanas se hunden y nos hacen descubrir que no caminamos solos. El Evangelio de hoy nos recuerda que el miedo no tiene la última palabra. El amor de Dios, en sus diversas manifestaciones, tiene poder para calmar las tormentas interiores que tantas veces nos paralizan. Y es que, aunque haya noches oscuras y momentos en los que parezca que Dios duerme, Él sigue presente en nuestra barca. Su amor permanece y nunca deja de ofrecernos nuevas oportunidades para levantarnos, volver a empezar y seguir caminando con confianza.
¿Cuáles son hoy las “tormentas” que más miedo o inseguridad generan en mi vida, y cómo las estoy afrontando? ¿He descubierto alguna vez que Dios me acompañaba incluso en momentos en los que parecía ausente o en silencio? ¿Qué oportunidades de crecimiento, esperanza o cambio pueden estar escondidas detrás de las dificultades que estoy viviendo actualmente?