Moisés habló al pueblo diciendo:
«Tú eres un pueblo santo para el Señor, tu Dios; el Señor, tu Dios, te eligió para que seas, entre todos los pueblos de la tierra, el pueblo de su propiedad.
Si el Señor se enamoró de vosotros y os eligió, no fue por ser vosotros más numerosos que los demás, pues sois el pueblo más pequeño, sino que, por puro amor a vosotros y por mantener el juramento que había hecho a vuestros padres, os sacó el Señor de Egipto con mano fuerte y os rescató de la casa de esclavitud, del poder del faraón, rey de Egipto.
Reconoce, pues, que el Señor, tu Dios, es Dios; él es el Dios fiel que mantiene su alianza y su favor con los que lo aman y observan sus preceptos, por mil generaciones.
Pero castiga en su propia persona a quien lo odia, acabando con él. No se hace esperar; a quien lo odia, lo castiga en su propia persona.
Observa, pues, el precepto, los mandatos y decretos que te mando hoy que cumplas».
Bendice, alma mía, al Señor,
y todo mi ser a su santo nombre.
Bendice, alma mía, al Señor,
y no olvides sus beneficios. R/.
Él perdona todas tus culpas
y cura todas tus enfermedades;
el rescata tu vida de la fosa
y te colma de gracia y de ternura. R/.
El Señor hace justicia
y defiende a todos los oprimidos;
enseñó sus caminos a Moisés
y sus hazañas a los hijos de Israel. R/.
El Señor es compasivo y misericordioso,
lento a la ira y rico en clemencia.
No nos trata como merecen nuestros pecados
ni nos paga según nuestras culpas. R/.
Queridos hermanos, amémonos unos a otros, ya que el amor es de Dios, y todo el que ama ha nacido de Dios Y conoce a Dios. Quien no ama no ha conocido a Dios, porque Dios es amor.
En esto se manifestó el amor que Dios nos tiene: en que Dios envió al mundo a su Unigénito, para que vivamos por medio de él.
En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó y nos envió a su Hijo como víctima de propiciación por nuestros pecados.
Queridos hermanos, si Dios nos amó de esta manera, también nosotros debemos amarnos unos a otros.
A Dios nadie lo ha visto nunca. Si nos amamos unos a otros, Dios permanece en nosotros y su amor ha llegado en nosotros a su plenitud.
En esto conocemos que permanecemos en él, y él en nosotros:
en que nos ha dado de su Espíritu. Y nosotros hemos visto y damos testimonio de que el Padre envió a su Hijo para ser Salvador del mundo.
Quien confiese que Jesús es el Hijo de Dios, Dios permanece en él, y él en Dios.
Y nosotros hemos conocido el amor que Dios nos tiene y hemos creído en él. Dios es amor, y quien permanece en el amor permanece en Dios y Dios en él.
En aquel tiempo, tomó la palabra Jesús y dijo:
«Te doy gracias, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos, y se las has revelado a los pequeños. Sí, Padre, así te ha parecido bien.
Todo me ha sido entregado por mi Padre, y nadie conoce al Hijo más que el Padre, y nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar.
Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré. Tomad mi yugo sobre vosotros y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis descanso para vuestras almas. Porque mi yugo es llevadero y mi carga ligera».
Las palabras de Moisés revelan la motivación profunda que habitaba en el pueblo para comprenderse como propiedad de Dios. Cuando Dios eligió a su pueblo, no lo hizo en virtud de su pasado (méritos, esfuerzo, santidad…) ni tan siquiera por su realidad presente (grandeza, fuerza, poder).
Dios quiso hacer del más pequeño de todos los pueblos, el pueblo de su elección, por puro amor, por fidelidad a la alianza. Del mismo modo, el Señor se enamora de la humanidad conociendo la ambigüedad en el cumplimiento de nuestra palabra, contando con las vacilaciones y la incoherencia de nuestra parte. Y aun así, adelantándose a nuestra ingratitud hace de nosotros un pueblo santo que reconoce a su Señor, que camina humildemente a la luz de su Palabra, intuyendo su huella de bondad en las personas y las cosas creadas, y suscitando la conversión de nuestro corazón.
En medio del individualismo que nos acecha, podemos preguntarnos: ¿somos conscientes del amor eterno que el Señor mantiene con el pueblo de su propiedad?, si somos hoy el Pueblo de Dios ¿cómo nos acogemos como personas bendecidas, amadas, acompañadas, rescatadas…?
Con las palabras del Salmo 102, nuestro corazón bendice al Señor, desde nuestro barro quebradizo y siendo conscientes de que su amor no nos trata como corresponde a nuestra fragilidad. Su misericordia nos precede y nos corona con su bondad y compasión.
En la primera carta del apóstol san Juan se pone de relieve cómo se verifica la autenticidad de la fe y la vida cristiana. Creer en Dios implica vivir de su amor y permanecer en su Palabra. El amor que procede de Dios transforma nuestro amor interesado y condicional que busca la satisfacción personal o el debido cumplimiento.
El amor con que Jesús nos ha amado nos abre a una realidad nueva que hace que nos sintamos con los demás como en casa, compartiendo la riqueza de la bondad y la compasión en la mesa que sienta a los pobres y descartados, celebrando así, la fiesta de la dignidad humana, como hijos e hijas de Dios. Regenerados por Cristo, conocemos el amor, creemos en Dios que nos ama y por su Espíritu salimos al encuentro de los demás, alegres de compartir el don.
Es bueno cuestionarse hoy, ¿nos sigue impresionando la devaluación del amor verdadero que observamos o que vivimos? ¿cómo recuperar el corazón que, como el Hijo amado, conoce, se deja amar, guarda y custodia, respeta y acoge, perdona y sana?
Urge ser testigos de la historia de amor que Dios desde el origen y desde nuestro origen, ha ido desentrañando a través de personas, situaciones, experiencias, sufrimiento, pues quien confiesa que Jesús es el Hijo de Dios, el Amor permanece en él y él en Dios.
En la solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús, la liturgia nos presenta un texto evangélico que, aunque breve, nos revela la profundidad del amor de Dios manifestado en su Hijo.
La comunidad judeocristiana destinataria de este evangelio tuvo que atravesar el umbral de sus propias expectativas e intereses proyectados en un mesías opositor a un régimen y salvador de la opresión. Del mismo modo tuvo que discernir la sabiduría proveniente de los entendidos y maestros de la Ley y la de quien se revelaba sorprendentemente como el Hijo de Dios.
Jesús se presenta como el que ora sencillamente desde la gratitud por todo lo que acontece en su vida y en la de quienes lo escuchan y siguen. Admira en los pobres y más incultos su capacidad para que la Buena noticia encuentre espacio y eco en sus vidas. El Padre de todos, el Señor de nuestra historia, por puro amor y benevolencia se revela a quienes, vaciados de sí mismos, acogen con sencillez la bondad de Dios.
Recordamos que Cristo, a pesar de su condición divina, se anonadó, se hizo “pequeño” para acoger todo lo que el Padre le había confiado, y de esta manera, nos enseña el camino para crecer en la fe, entender su Palabra y descubrir su voluntad.
Jesús nos introduce en su escuela de humildad y mansedumbre que, lejos de implicar despreocupación o pasividad, nos enseña a vivir desde la sabiduría del corazón. Como Hijo amado del Padre, quienes se encuentran agobiadas por el peso de la vida, cansados de la carga que le ocasionan otros, con la inquietud que impone la incertidumbre del futuro… encuentran acogida en el Corazón de Cristo. Sin que la carga sea suprimida, con Él se hace más llevadera. Sin que el yugo desaparezca, ya no se lleva en solitario, sino que es sobrellevado por Cristo, como el buen cireneo.
Podemos dedicar hoy un tiempo para cuestionarnos: ¿experimento mi descanso en el Corazón de Cristo? ¿Cómo lo hago anuncio y salida a quienes no tienen esta experiencia?
Sagrado Corazón de Jesús

Solemnidad con la que la Iglesia católica celebra el amor de Cristo salvador por los seres humanos, amor cuyo símbolo es su corazón. Aunque la devoción al Sagrado Corazón se remonta a la Edad media, la fiesta fue reconocida oficialmente en 1856 por el Papa Pio IX.
Aunque el cénit de la devoción cristiana al Corazón de Jesús lo marcan las revelaciones de Cristo a Santa Margarita María de Alacoque, en el siglo XVII, hay una larga prehistoria, que se remonta a San Bernardo, abad de Claraval, en el siglo XII, con su devoción a la humanidad de Jesús. Más expresamente, centran su veneración en el corazón sensible de Cristo tres santas de la Edad Media. Lutgarda, Matilde y Gertrudis practican personalmente y difunden con sus escritos la devoción al corazón de Jesús. Más tarde, en el siglo XVI, Luis de Blois y nuestro San Juan de Ávila predican y dan forma a la veneración del corazón de Cristo. Y San Juan Elides, ya en el XVII, la populariza y consigue incluirla en la liturgia.
Pero, sin duda, el espaldarazo a esta devoción lo da una monja recluida en su convento de Paray-le-Monial (Francia), llamada Margarita María de Alacoque. Entre 1673 y 1675, recibe cuatro revelaciones notables. Según propia confesión, la primera tuvo lugar mientras estaba en presencia de Jesús Eucaristía, que le confió: «Mi divino Corazón está tan apasionado de amor a los hombres, en particular hacia ti, que, no pudiendo contener en él las llamas de su ardiente caridad, es menester que las derrame, valiéndose de ti, y se manifieste a ellos para enriquecerlos con los preciosos dones que te estoy descubriendo».
Sobre la segunda manifestación (1674), la monja de la Visitación asegura: «El divino Corazón se me presentó en un trono de llamas, más esplendoroso que el sol y transparente como el cristal, con la llaga adorable, rodeado con una corona de espinas, significando las punzadas producidas por nuestros pecados, y una cruz en su parte superior». Como se ve, en esa segunda revelación ya aparecen los elementos doloristas que marcarán fuertemente la devoción al Corazón de Jesús. […]
Como en un juego alternante, tras dos revelaciones donde prevalecen los aspectos positivos, entreverados por la segunda de tono más negativo, la última recupera esta línea con un subrayado dolorista. Según la futura santa, la más popular de sus visiones ocurrió en 1675, estando ante la Eucaristía, y escuchó de Jesús: «He aquí este Corazón que tanto ha amado a los hombres, que nada ha perdonado hasta agotarse y consumirse para demostrarles su amor, y que no recibe en reconocimiento, de la mayor parte, sino ingratitud, ya por sus irreverencias y sacrilegios, ya por la frialdad y desprecio con que me tratan en este sacramento de amor (…). Por eso te pido que se dedique el primer viernes después de la octava del Santísimo Sacramento a una fiesta especial para honrar mi Corazón».
Para hacer llegar al pueblo fiel y a la jerarquía eclesial estas confidencias y peticiones del Corazón de Jesús, Margarita María de Alacoque recibió la ayuda de un sacerdote jesuita, que el mismo Cristo puso en su camino como confesor y consejero. Claudio de la Colombiére, hoy santo, creyó en la verdad de las revelaciones de Paray-le-Monial, y se dedicó a poner en marcha los deseos del Corazón de Jesús. Aceptó como misión de su corta vida el «encargo suavísimo» de sacar al exterior lo que hasta entonces sólo había sido una comunicación privada en el interior de un monasterio de salesas. El joven jesuita, empapado en la escuela ignaciana de los ejercicios espirituales, vio en las revelaciones del Corazón de Jesús una expresión, con otras palabras, de ese Cristo de las contemplaciones del Reino y de las Dos banderas, cuyo conocimiento, amor y seguimiento es la meta de todo auténtico cristiano.
[…] Por su influjo y el de sus discípulos y sucesores, diversos obispos acogieron en sus diócesis esta devoción e incluyeron en sus liturgias misas propias y capillas dedicadas al Corazón de Cristo.
Por fin, en 1765, a petición del episcopado polaco y de algunos reyes, el papa Clemente XIII aprobó un oficio del Sagrado Corazón, limitado a algunas diócesis. Casi un siglo más tarde, en 1856, Pío IX instituyó esta solemnidad como fiesta universal para toda la Iglesia católica. En esa línea de adhesiones pontificias, el papa León XIII, en 1899, hizo la consagración solemne de todo el mundo al Sagrado Corazón, manifestando que era «el acto más grande de mi pontificado», y escribió la encíclica Annum sacrum, poniendo el Año Santo de 1900 al calor del Corazón de Jesús. Por su parte, Pío XI firmó la encíclica Miserentissimus Redemptor, sobre la importancia de esta devoción para la espiritualidad cristiana, llamándola «el compendio de toda la religión y la norma de vida más perfecta». Y Pío XII, siguiendo los pasos de su predecesor, en 1956, dedicó otra larga encíclica a ponderar y propagar la devoción al Corazón de Jesús, titulada Haurietis aquas, donde asegura que «el culto al Sagrado Corazón de Jesús se considera, en la práctica, como la más completa profesión de la religión cristiana». Por su parte, Pablo VI, en 1965, da a luz la carta Investigabiles divitias, donde califica la devoción al Corazón de Jesús como «una forma noble y digna de esa verdadera piedad hacia Cristo que, en nuestro tiempo, por obra del Concilio Vaticano II en especial, se viene insistentemente pidiendo».
En cuanto a Juan Pablo II, que en 1979 dedica su primera encíclica Redemptor hominis a Jesucristo, presenta su cristología desde la perspectiva del Corazón de Jesús. La segunda encíclica del papa Wojtyla, de 1980, titulada Dives in misericordia, está toda ella volcada en el amor misericordioso del Padre, manifestado en Jesucristo, todo corazón. […]
[Una] forma de descubrir la personalidad cautivadora de Jesucristo/corazón son sus palabras, ya que él mismo asegura: «De la abundancia del corazón habla la boca». Ahora bien, las palabras de Jesús fueron tan maravillosas que la gente, al escucharle, decía: «Jamás hombre alguno habló como este hombre». Y Pedro, en un momento crucial de la vida pública de Jesús, le dijo: «Señor, ¿a quién vamos a acudir? Tú solo tienes palabras de vida eterna». Cristo, Palabra única y eterna del Padre, traduce en palabras temporales y terrenas el mensaje divino: «Yo no hablo por mi cuenta; sólo digo lo que oigo del Padre».
Dos mil años de comentario a las palabras de Jesús no han agotado todo su sentido y valor. Pero ¿cuál es esa palabra-clave que abre el secreto de todo el mensaje de Jesús, esa nota dominante que sobrenada en la sinfonía de los Evangelios, ese leitmotiv que unifica las sentencias más dispares del discurso paradójico de Cristo, ese común denominador que preside los dichos evangélicos aparentemente tan heterogéneos?
¿Cuál es el «manifiesto» lanzado por Jesús de una manera tan rotunda que no ofrece duda de que estamos ante la página base de su doctrina? ¿Cuál es la «declaración de principios, formulada por Cristo tan nítidamente que sea forzoso confesar que se trata de su pensamiento esencial? Los evangelistas no discrepan, a la hora de remitirnos al día D, en que Jesús abre la nueva etapa de su actuación en público: «Comenzó a predicar el Evangelio». En esa palabra, gastada de tan repetida, está el resumen original de todo el mensaje de Jesús. El nombre de Evangelio (Eu-Angelion) es la mejor síntesis del pensamiento de Cristo y la mejor llave para abrir el sentido de todo el mensaje de Cristo.
La palabra clave de la Palabra es una «Buena noticia», un «Buen anuncio», una «Buena nueva». Es decir, se trata de algo gozoso, como la llegada de un telegrama del ser querido con la novedad más grata. El Evangelio es la carta del Padre anunciando un reino feliz, una alegría profunda, un gozo íntimo. Nada tan positivo y dichoso en la historia de las comunicaciones humanas. ¿Por qué? Porque la novedad sorprendente que viene a traernos Jesús desde la otra orilla es que Dios es Padre. Hasta él, los filósofos habían intentado localizar a Dios en el campo de la metafísica, como el Primer motor, la Causa primera, un Ser superior, distinto y distante. El evangelista Juan confiesa: «A Dios no lo ha visto nunca nadie; pero el Hijo que está en su seno nos lo ha revelado», y nos ha dicho claramente: Cuando queráis poneros en comunicación directa con Dios, no habéis de forzar la máquina de vuestro entendimiento hasta dar con el Ser incausado. «Cuando recéis, decid simplemente: —iPadre nuestro!»
Jesús lleva tan metido en su corazón ese «Abba», que es Dios para él, que quiere comunicar a los hombres la gran novedad, la grata noticia de que ellos también pueden atreverse a llamarle así. Y cuando Cristo se pone a concretar esa paternidad divina, la reviste de rasgos maternales: como cuando habla de la providencia del Padre, que tiene contados hasta los pelos de nuestra cabeza. Y es que Dios encierra en su simplicidad la complejidad repartida entre el padre y la madre humanos. El Dios desvelado por Jesús es cálido como un regazo, amable como un hogar. El Dios de Jesús es Padre-madre: un Padre maternal, una Madre paternal. Y al final de su vida temporal, Cristo nos descubre el reverso de la medalla de la filiación divina, la otra buena nueva del Evangelio: la fraternidad humana, Porque «uno solo es vuestro Padre, el del cielo, y todos vosotros sois hermanos». Es sacar la conclusión de lo que ya estaba implícito en ese «nuestro», que añadimos a la palabra «Padre» cuando acudimos a Dios.
Consecuencia práctica, interpersonal y social, de esta buena noticia de la paternidad divina y la fraternidad humana es el anuncio de Jesús, la última noche de su convivencia temporal, de su testamento, de su última voluntad: «Éste es mi mandamiento: que os queráis mutuamente». «Os doy un mandamiento nuevo: que os améis unos a otros». «En esto conocerán todos que sois discípulos míos: en que os tenéis amor recíproco». Es la novedad religiosa más positiva en la historia de las religiones. Las primeras generaciones cristianas lo practicaron tan bien que los paganos no tenían más remedio que exclamar: «Mirad cómo se aman!». Era una novedad que les chocaba admirativamente. Veían que se ayudaban, que llevaban el amor afectivo hasta lo efectivo de la cartera: «Todo lo tenían en común». Practicaban nuestro refrán popular: «Obras son amores que no buenas razones». Y el consejo ignaciano: «El amor hay que ponerlo más en las obras que en las palabras. Para que no quedara duda de que el amor cristiano es cuestión de práctica, el mismo Jesús nos dijo: «Amaos como yo os he amado», hasta desvivirme y dar la vida por vosotros, «hasta el fin». Si hubo un amor comprometido hasta el fondo fue el de Jesús, que «nos amó y se entregó por nosotros», que «nos amó hasta el exceso».
Renovar la devoción al Corazón de Cristo es volver a la fuente de su mandamiento signo, para demostrar que no hay palanca más eficaz para elevar el mundo que el amor cristiano, No hay motor tan potente para mover la humanidad como amar a lo Cristo. Pero hay que accionarlo. Si está quieto no mueve nada. Hay que ponerlo en acción. Hay que aplicarlo al muro de las injusticias para derribarlo. Hay que ponerlo en contacto con las miserias del hambre, el paro, el subdesarrollo, para que se traduzca en alimento, trabajo y progreso. «Para que los cristianos de hoy puedan ser a los ojos de sus contemporáneos signos legibles del amor-caridad, es menester que, bien plantados en el terreno humano, sepan traducir en gestos modernos el amor eterno de Cristo» (Michel Quoist). El amor del Corazón de Jesús hoy se llama solidaridad.
Desde el comienzo de esta devoción cristiana, se ha hecho hincapié en la correspondencia de los fieles a las corazonadas de Jesús, según la lógica cordial del «amor con amor se paga». En las apariciones que dieron origen al culto del Sagrado Corazón, aparece el deseo de Cristo de recibir reparación por las ofensas recibidas por parte de los pecadores.
Por eso, expiar los pecados contra el Corazón de Jesús, sensible a las injurias y menosprecios de la gente, se ha subrayado como un elemento constitutivo de la nueva devoción. Según los cánones antiguos, reparar tenía como objetivo influir actualmente sobre el Jesús histórico de aquel tiempo, prestándole consuelo en su vida mortal al pensar en quienes iban a neutralizar sus sufrimientos afectivos por medio de actos de satisfacción reparadora. Esta consideración era paralela a la que consideraba al Jesús paciente, en Getsemaní y a lo largo de toda la pasión hasta la muerte en cruz, sufriente al pensar en los pecados que la humanidad iría descargando sobre él a lo largo de la historia y a lo ancho del mundo. Sabemos que Jesús era sensible a las ofensas, como cuando exclama, tras la curación de los leprosos: «¿No eran diez los curados? ¿Dónde están los otros nueve?» Y si la ingratitud le hacía mella, también la incredulidad: «¿Hasta cuándo habré de soportaros?» En la misa de la solemnidad litúrgica del Sagrado Corazón, la Iglesia nos manda ofrecerle una «dignísima reparación».
Una consideración más actual de la reparación se apoya en la situación real del Cristo resucitado, que es infinitamente feliz y nada ni nadie puede arañarle un átomo de su gozo eterno. Sin embargo, con el corazón oxigenado por esta realidad inalterablemente dichosa de Jesús, los cristianos sienten en su propio corazón las injurias que, subjetivamente, se le dirigen, aunque objetivamente no le hagan daño. Nos hacen daño a nosotros, como si alguien insultara a nuestra madre, aunque ella esté feliz en el cielo. Pero la mezcla de las dos consideraciones, la intangibilidad real del Cristo glorioso y la realidad de personas que le ofenden, vuelven menos dolorista, más bien agridulce, nuestro deseo de repararle personalmente.
Pero hay otro aspecto de la reparación muy considerable actualmente, y es su aplicación al Cuerpo social de Cristo. No sólo podemos compensar espiritualmente con nuestro amor el desamor de tantas personas al Jesús personal, sino también podemos y debemos neutralizar los egoísmos e injusticias cometidas actualmente contra los miembros del Cristo completo. Esta reparación está sólidamente basada en la doctrina paulina de «suplir en nosotros lo que falta a la pasión de Cristo, en favor de su Cuerpo» (2Co 1, 24). Y, sobre todo, tiene su fundamento en las palabras del mismo Jesús, que tomó como hecho a sí mismo todo aquello que hacemos en favor de los necesitados. Releer el discurso del Rey Jesús, en el capítulo 25 del Evangelio según San Mateo, es la mejor forma de vivir la reparación real, no sólo piadosa, al Cristo encarnado en la humanidad doliente, restañando las heridas infligidas a los miembros rotos de su Cuerpo social.
Un último punto esencial en la devoción al Corazón de Cristo es la consagración. Si el amor con amor se paga, la lógica del corazón exige corresponder al amor personal de Jesús a cada uno de los seres humanos con la entrega propia de todos a él. De ahí nació la costumbre del ofrecimiento diario de la jornada, con todo su bagaje de acciones y pasiones, de alegrías y tristezas, de gozos y sombras, de sonrisas y lágrimas, al Corazón que tanto ha amado a los hombres. Los papas han considerado que esta consagración debía hacerla toda la Iglesia y, en su nombre, la humanidad entera. Así, Pío IX, el 22 de abril de 1875, León XIII, en 1898, Pío X, con motivo de la fiesta del Sagrado Corazón, y Pío XII, el 8 de mayo de 1928, leyeron y difundieron sendos actos de consagración colectiva al Corazón del Redentor.
Naturalmente, la correspondencia al amor personalizado de Cristo tiene que completarse con la imitación. Conocer al que «me amó y se entregó a la muerte por mí» sólo tiene como reacción lógica el enamorarme de él y el imitarle. San Ignacio lo formuló lúcidamente con su petición a lo largo de los ejercicios: «Pedir conocimiento interno de Cristo, para más amarle y seguirle». Un conocimiento de su intimidad -su Corazón-que nos atraiga como un imán y nos empuje a su imitación, hasta pasar por la tierra «haciendo bien».
Rafael de Andrés, S.J.
Texto tomado de: Martínez Puche, José A. (director),
Colección Nuevo Año Cristiano de EDIBESA.