El Señor Dios me ha dado una lengua de discípulo; para saber decir al abatido una palabra de aliento.
Cada mañana me espabila el oído, para que escuche como los discípulos.
El Señor Dios me abrió el oído; yo no resistí ni me eché atrás. Ofrecí la espalda a los que me golpeaban, las mejillas a los que mesaban mi barba; no escondí el rostro ante ultrajes y salivazos.
El Señor Dios me ayuda, por eso no sentía los ultrajes; por eso endurecí el rostro como pedernal, sabiendo que no quedaría defraudado.
Mi defensor está cerca, ¿quién pleiteará contra mí?
Comparezcamos juntos, ¿quién me acusará?
Que se acerque.
Mirad, el Señor Dios me ayuda, ¿quién me condenará?
Por ti he aguantado afrentas,
la vergüenza cubrió mi rostro.
Soy un extraño para mis hermanos,
un extranjero para los hijos de mi madre.
Porque me devora el celo de tu templo,
y las afrentas con que te afrentan caen sobre mi. R/.
La afrenta me destroza el corazón, y desfallezco.
Espero compasión, y no la hay;
consoladores, y no los encuentro.
En mi comida me echaron hiel,
para mi sed me dieron vinagre. R/.
Alabaré el nombre de Dios con cantos,
proclamaré su grandeza con acción de gracias.
Miradlo, los humildes, y alegraos;
buscad al Señor, y revivirá vuestro corazón.
Que el Señor escucha a sus pobres,
no desprecia a sus cautivos. R/.
En aquel tiempo, uno de los Doce, llamado Judas Iscariote, fue a los sumos sacerdotes y les propuso:
«¿Qué estáis dispuestos a darme si os lo entrego?».
Ellos se ajustaron con él en treinta monedas de plata. Y desde entonces andaba buscando ocasión propicia para entregarlo.
El primer día de los Ácimos se acercaron los discípulos a Jesús y le preguntaron:
«¿Dónde quieres que te preparemos la cena de Pascua?».
Él contestó:
«Id a la ciudad, a casa de quien vosotros sabéis, y decidle: “El Maestro dice: mi hora está cerca; voy a celebrar la Pascua en tu casa con mis discípulos”».
Los discípulos cumplieron las instrucciones de Jesús y prepararon la Pascua.
Al atardecer se puso a la mesa con los Doce. Mientras comían dijo:
«En verdad os digo que uno de vosotros me va a entregar».
Ellos, muy entristecidos, se pusieron a preguntarle uno tras otro:
«¿Soy yo acaso, Señor?».
Él respondió:
«El que ha metido conmigo la mano en la fuente, ese me va a entregar. El Hijo del hombre se va como está escrito de él; pero, ¡ay de aquel por quien el Hijo del hombre es entregado!, ¡más le valdría a ese hombre no haber nacido!».
Entonces preguntó Judas, el que lo iba a entregar:
«¿Soy yo acaso, Maestro?».
Él respondió:
«Tú lo has dicho».
A lo largo de estos días leemos el tercer canto del Siervo de Yahveh del libro del profeta Isaías. En el mismo se expresa la confianza en Dios en medio de las dificultades de la vida. Cuando nos dejamos interpelar por la realidad es cuando descubrimos la necesidad de «abrir el oído» (Is 50, 5) y poder aprender como discípulo lo que el Señor nos ayuda a descubrir y profundizar.
Es desde la experiencia del amor entrañable de Dios donde se nos abre la inteligencia y el corazón. Solo entonces podemos pronunciar una palabra de aliento al abatido (cfr. Is 50, 4)
La imagen del siervo paciente nada tiene que ver con la resignación por el contrario es expresión viva de la fe. Parece oportuno recordar aquí las palabras de Tomas Halik: «La fe está aquí precisamente para esos instantes de penumbra en lo que la vida y el mundo están llenos de inseguridad, durante la fría noche del silencio de Dios. Y su función no es saciar nuestra sed de certeza y seguridad, sino más bien enseñarnos a vivir con el misterio. La fe y la esperanza son expresiones de nuestra paciencia, precisamente en esos periodos… Un amor sin paciencia no es un auténtico amor.»
Es en medio del sufrimiento es donde el siervo experimenta la ayuda de Dios y pone en el su confianza. El misterio del dolor en la vida nos abre a una nueva percepción de la realidad y del amor. El aliento se vuelve entonces presencia, cercanía, gesto y palabra.
Experimentamos nuestra vulnerabilidad que vivida desde Dios se transforma en fortaleza porque su amor nunca nos abandona.
Estamos ya a las puertas del Triduo Pascual. El relato del evangelio de hoy comienza ubicándonos en los preparativos de la Ultima Cena. Jesús desea compartir esta noche tan especial con su comunidad.
Aquellos discípulos con quienes ha compartido su misión a los que llama amigos. La celebración de la cena pascual les permitirá experimentar y comprender la profundidad del amor de Dios. En esta noche de intimidad y despedida, Jesús asume la muerte como parte integrante de su misión.
Como nos recordaba la Hna Lola Munilla: «La entrega de Jesús no fue improvisada, no fue un acto valiente de un momento, fue la culminación de un camino que hizo transparente para todos el amor de Dios Padre, aunque eso le costó la vida.»
Las lecturas de este día nos abren desde lo humano a la profundidad de lo espiritual, preparándonos el corazón a lo que vamos a celebrar. En ellas están presente el sufrimiento, el drama interior y exterior, la vulnerabilidad, la traición y la redención. En una realidad marcada muchas veces por sin sentido, la violencia, el dolor y el sufrimiento el amor universal de Dios nos abre a la esperanza.
Por eso las lecturas de este día pueden ser una magnífica oportunidad de poner nuestra vida en sintonía con el misterio que vamos a celebrar, dejando que sea el amor misericordioso de Dios el que nos transforme y nos ayude a renovar nuestros compromisos con la vida.