En aquellos días, el Señor habló a Acaz y le dijo:
«Pide una signo al Señor, tu Dios: en lo hondo del abismo o en lo alto del cielo».
Respondió Acaz:
«No lo pido, no quiero tentar al Señor».
Entonces dijo Isaías:
«Escucha, casa de David: ¿no os basta cansar a los hombres, que cansáis incluso a mi Dios? Pues el Señor, por su cuenta, os dará un signo. Mirad: la virgen está encinta y da a luz un hijo, y le pondrá por nombre Emmanuel, porque con nosotros está Dios».
Tú no quieres sacrificios ni ofrendas,
y, en cambio, me abriste el oído;
no pides holocaustos ni sacrificios expiatorios,
entonces yo digo: «Aquí estoy». R/.
«-Como está escrito en mi libro-
para hacer tu voluntad.»
Dios mío, lo quiero, y llevo tu ley en las entrañas. R/.
He proclamado tu salvación
ante la gran asamblea;
no he cerrado los labios, Señor, tú lo sabes. R/.
No me he guardado en el pecho tu justicia,
he contado tu fidelidad y tu salvación,
no he negado tu misericordia y tu lealtad
ante la gran asamblea. R/.
Hermanos:
Es imposible que la sangre de los toros y de los machos cabríos quite los pecados.
Por eso, cuando Cristo entró en el mundo dice:
«Tú no quisiste sacrificios ni ofrendas,
pero me formaste un cuerpo;
no aceptaste holocaustos
ni víctimas expiatorias.
Entonces yo dije: He aquí que vengo
-pues está escrito en el comienzo del libro acerca de mi-
para hacer, ¡oh, Dios!, tu voluntad».
Primero dice: «Tú no quisiste sacrificios ni ofrendas, ni holocaustos, ni víctimas expiatorias», que se ofrecen según la ley.
Después añade: «He aquí que vengo para hacer tu voluntad».
Niega lo primero, para afirmar lo segundo.
Y conforme a esa voluntad todos quedamos santificados por la oblación del cuerpo de Jesucristo, hecha una vez para siempre.
En aquel tiempo, el ángel Gabriel fue enviado por Dios a una ciudad de Galilea llamada Nazaret, a una virgen desposada con un hombre llamado José, de la casa de David; el nombre de la virgen era María.
El ángel, entrando en su presencia, dijo:
«Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo».
Ella se turbó grandemente ante estas palabras y se preguntaba qué saludo era aquél. El ángel le dijo:
«No temas, María, porque has encontrado gracia ante Dios. Concebirás en tu vientre y darás a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús. Será grande, se llamará Hijo del Altísimo, el Señor Dios le dará el trono de David, su padre; reinará sobre la casa de Jacob para siempre, y su reino no tendrá fin».
Y María dijo al ángel:
«¿Cómo será eso, pues no conozco varón?».
El ángel le contestó:
«El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y la fuerza del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el Santo que va a nacer será llamado Hijo de Dios. También tu pariente Isabel ha concebido un hijo en su vejez, y ya está de seis meses la que llamaban estéril, porque “para Dios nada hay imposible”».
María contestó:
«He aquí la esclava del Señor; hágase en mi según tu palabra».
Y el ángel se retiró.
La reforma litúrgica del Concilio Vaticano II recuperó el carácter cristológico que la fiesta de hoy tuvo en la antigüedad: “Anunciación del Señor”, “Anunciación de Cristo” o “Concepción de Cristo”, aunque también fue, desde muy antiguo, una fiesta en honor de la Virgen Madre. La fe cristiana entrelaza a Madre e Hijo en el misterio de la Encarnación.
Dios ha sido siempre fiel a la alianza que hizo en el Paraíso. En la historia de Israel hay muchas señales de esa fidelidad. Ahora, Dios nos dará, por iniciativa propia, la señal definitiva: una virgen dará a luz y llamará al niño “Enmanuel”: Dios-con-nosotros.
Más allá de las circunstancias históricas de la profecía de Isaías, la tradición cristiana la interpreta como un anuncio de la Encarnación. La figura de la virgen-madre no es contradictoria: sirve para indicar que el origen humano del Mesías se debe solamente a la iniciativa y la acción de Dios, es la obra de su Espíritu.
Todas las religiones son caminos ensayados por los hombres para acceder a lo divino: trayectorias frecuentemente ensombrecidas y truncadas por el pecado. Para restaurar esos caminos, recurrieron a ofrendas y sacrificios de todo tipo. Todavía hoy, en la práctica religiosa de muchas personas quedan vestigios de una espiritualidad de promesas y sacrificios con las que agradar a Dios, asegurarnos sus favores o alcanzar su perdón.
Pero hay que recordar que el cristianismo ha descubierto que Dios no acepta “sacrificios ni ofrendas, holocaustos ni víctimas expiatorias”. La única ofrenda que le agrada es una vida conforme a su voluntad. Sólo Jesús ha podido mantener una vida así. Por eso viene en nuestro apoyo, ofreciéndose por nosotros al Padre.
En el escenario que enmarca este fragmento evangélico de Lucas se mueven tres protagonistas: Gabriel y su anuncio, María con su escucha y su fiat, y Jesús con su misterio personal y su misión.
En cuanto a Gabriel, en algunos relatos de la Escritura, aparecen estos seres invisibles mediante los que Dios, a quien su radical trascendencia no le impide comunicarse con nosotros, nos trasmite sus mensajes. No sólo ha hecho el mundo y nos ha puesto en él, sino que nos habla para que mantengamos la vista fija en el horizonte. Nuestro Dios no sólo tiene palabras, sino que Él mismo es la Palabra que se hace carne para cumplir su promesa de redención (Gen 3,15).
Pues bien, Gabriel anuncia a María que aquella promesa se cumple ahora: comienzan los tiempos mesiánicos. La gracia de Dios es más fuerte que el mal, esa opacidad de nuestra historia y nuestro corazón. La persistencia del mal no debe causar escándalo, pesimismo y desesperanza: es el acicate para esperar que Dios actúe con su amor para vencerlo. Con Jesús, Dios hecho hombre, comienza un reino “que no tendrá fin”.
Otro personaje del diálogo es María. El ángel disipa el temor causado por su presencia y le invita a asistir a este momento con alegría: es lo que provoca la certeza de que Dios está interviniendo para salvar a su pueblo. Da a María un nuevo nombre, “la llena de gracia” porque se le encomienda la misión de traer al mundo, hecho hombre, al Hijo de Dios.
La mujer, sobre la que pesaba la sospecha de ser causa de los males de Adán y de sus descendientes, es ahora la señal que Dios hace ante su pueblo, y que cambia su historia. María escucha, reflexiona, reacciona, interroga. También tiene ella algo que decir. Porque la salvación, como tantos asuntos entre humanos, es cosa de dos. Y completa el diálogo entregándose a la voluntad de Dios. Su “fíat”, expresión tanto de humildad como de servicio, la incorpora a la serie de siervos/servidores que culminará en Jesús y en sus seguidores.
Por último, los títulos que el ángel atribuye a Jesús, Hijo del Altísimo, el verdadero Hijo de David, Hijo de Dios, nos hablan de su misterio: “no pasó por entre los hombres, sino que se detuvo; no se dirigió a los hombres desde fuera, sino que se hizo humanidad y lo asumió todo desde dentro” (E.G. Mori), y su nombre describe su misión: Jesús, “porque el salvará al pueblo de sus pecados”.
Toda la trayectoria vital de Jesús, desde su encarnación a su resurrección nos lo revela como el Enmanuel, el Dios con nosotros, como parece haberlo entrevisto Isaías; en Él Dios dice su sí definitivo a la humanidad.
Jesús Espeja (Dios todavía, Edibesa 2025) habla de la “encarnación continuada”. Pues bien, ¿qué consecuencias tiene para nuestra vida creer que Dios sigue haciéndose presente, con amor, en lo humano? ¿Cómo mirar a Dios, a los hombres y a los acontecimientos sabiendo que Él sigue encarnándose? ¿Qué lugar damos a María en nuestra fe y nuestra espiritualidad?.
Anunciación del Señor

La fiesta de la Anunciación a María es también, e indisolublemente, la fiesta de la Encarnación del Verbo de Dios. Es éste el acontecimiento que hace girar los siglos. El comienzo de nuestra salvación. Dios ha entrado en la historia humana.
El escenario
Con motivo de esta fiesta, podemos realizar un viaje espiritual al lugar de la Anunciación de María y Encarnación del Hijo de Dios. Cuando llegamos a Nazaret, lo primero que nos llama la atención es la cúpula que corona la basílica de la Anunciación. Con razón ha sitio comparada al cáliz de un inmenso lirio invertido.
Al acercarnos a la basílica todo nos habla de María. Las docenas de brillantes mosaicos, que rodean el atrio a modo de claustro, dedicados a las vírgenes patronas de diversos países. Los bajorrelieves que adornan las fachadas del templo. Y una vez en el interior, las pinturas, las vidrieras, los mosaicos y, sobre todo, la letra «M» que se repite una y otra vez en lo alto de los techos y de las bóvedas. Todo respira un profundo ambiente que invita al recogimiento y a la oración, que se acentúa, sobre todo, en la cripta.

Precisamente en ese plano inferior se encuentra el lugar más importante de todo el conjunto basilical: restos de un antiguo baptisterio, el basamento que marca el perímetro de la iglesia bizantina y, finalmente, la cueva de la Anunciación. He aquí uno de los lugares más atrayentes para el cristiano que, paradójicamente, se nos presenta revestido de una asombrosa sencillez y pobreza. Una inscripción grabada sobre el mármol del frontal del altar nos recuerda: Aquí el Verbo de Dios se hizo carne».
Nunca deberíamos olvidar la centralidad de este mensaje tan escueto como fundamental para nuestra fe. La fiesta de la Anunciación a María es también, e indisolublemente, la fiesta de la Encarnación del Verbo de Dios. Es éste el acontecimiento que hace girar los siglos. El comienzo de nuestra salvación. Dios ha entrado en la historia humana. Por medio de la Anunciación a María, Dios se ha hecho hombre para que los hombres podamos participar en la naturaleza divina. La luz ha venido a irrumpir en el mundo de las tinieblas.
Como escribía el papa San León Magno en una carta que la Iglesia lee en este día: «El que es Dios verdadero nace como hombre verdadero, sin que falte nada a la integridad de su naturaleza humana, conservando la totalidad de la esencia que le es propia y asumiendo la totalidad de nuestra esencia humana. Y, al decir nuestra esencia humana, nos referimos a la que fue plasmada en nosotros por el Creador, y que él asume para restaurarla».
Siglos más tarde, en un delicioso sermón predicado en la fiesta de la Anunciación, se preguntaba San Juan de Ávila cómo habría de llamar a este día. Sus mismas preguntas, por retóricas que sean, constituyen ya el esbozo para una excelente y profunda catequesis:
‘Si le llamamos día del remedio del mundo, eslo; si día de redempción de captivos, eslo; si le llamamos día de desposorios, eslo; si día de dar grandes limosnas, eslo también. El que supo la misericordia, aquél sea el que nos dé a entender el día que es hoy y nos dé a entender cuán grande sea la gracia que hoy recibió el mundo, y la ponga en nuestros corazones, para que la conozcamos.»
Una vida entera no nos bastaría para contemplar la magnitud de este misterio que ha cambiado la suerte de la historia humana.
Ante el misterio
En la cueva de Nazaret algunos peregrinos antiguos dejaron sus grafitis como señal de su visita a un lugar que muy pronto debieron de considerar como venerable. Los expertos han logrado descifrar uno de ellos que aquí interesa recordar: «jaire», es decir: «alégrate», «Dios te salve», «Ave», Esas palabras del ángel se han convertido en saludo y oración para los cristianos: Ave María, la llena de gracia, el Señor está contigo. En ti y por ti Dios se nos ha hecho Enmanuel, «Dios con nosotros».
Los antiguos padres de la Iglesia gustaron de comparar a María con Eva. Es bien conocido el texto de San Ireneo en el que afirma que ‘el nudo de la desobediencia de Eva fue desatado por la obediencia de María». Otros, como San Jerónimo o San Juan Crisóstomo, repitieron una y otra vez que si »la muerte vino por Eva, la vida nos vino por María».
La cueva de la Anunciación, en Nazaret, está cerrada por una verja que parece querer evocar la zarza ardiente en la que Dios se mostró a Moisés. Y con razón, puesto que aquí Dios se hace presente y salvador para siempre. En el sermón mencionado al comienzo, San Juan de Ávila compara la encarnación del Señor con el episodio de la manifestación de Dios a Moisés en la zarza que ardía en el desierto. En ambos casos, Dios daba muestras de interesarse por la suerte humana. Pero si en un caso seguía siendo Dios «sin que le costase nada», en el otro se comprometía hasta el fin, asumiendo la suerte del hombre:
«Hombres, no es ya razón tener el corazón de piedra, sino de carne, pues el Verbo de Dios es hecho carne por nosotros hombres y por nuestra salud. Dios encarnó y fue hecho hombre. Acullá se queda en la zarza, y no tocan a él; acá desciende de los cielos y queda hecho hombre.»
En aquel mismo siglo, San Juan de la Cruz plasmaba en un romance, sencillo y profundo a la vez, su alta contemplación de este misterio:
«Entonces llamó a un arcángel que San Gabriel se decía y enviolo a una doncella que se llamaba María, de cuyo consentimiento el misterio se hacía;
en la cual la Trinidad de carne al Verbo vestía;
y aunque tres hacen la obra, en el uno se hacía;
y quedó el Verbo encarnado en el vientre de María. Y el que tenía sólo Padre, ya también Madre tenía, aunque no corno cualquiera que de varón concebía, que de las entrañas de ella él su carne recebía;
por lo cual Hijo de Dios y de el hombre se decía.»
El Concilio Vaticano II ha dedicado al misterio de la Anunciación de María unas hermosas y profundas consideraciones que podemos recordar en la celebración de esta fiesta. En ellas se subraya especialmente la libre cooperación de María con el designio salvador de Dios:
«El Padre de las Misericordias quiso que precediera a la Encarnación la aceptación de parte de la Madre predestinada, para que así como la mujer contribuyó a la muerte, así también contribuyese a la vida (…). La Virgen Nazarena es saludada por el ángel por mandato de Dios como «llena de gracia» (cf. Le 1, 28), y ella responde al enviado celestial: «He aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra» (Lc 1, 38). Así María, hija de Adán, aceptando la palabra divina, fue hecha Madre de Jesús, y abrazando la voluntad salvífica de Dios con generoso corazón y sin impedimento de pecado alguno, se consagró totalmente a sí misma, cual esclava del Señor, a la Persona y a la obra de su Hijo, sirviendo al misterio de la Redención con él y bajo él, por la gracia de Dios omnipotente» (LG 56).
Esta contemplación del misterio de la Encarnación ha alimentado la espiritualidad de los cristianos y ha orientado su presencia activa en el mundo. La Iglesia, imitando de lejos al Verbo de Dios, trata de encarnarse en las realidades de este mundo con el fin de renovarlo con la gracia de su Señor.
En un día como éste, el cristiano encuentra especial sentido a la recitación de una antigua antífona mariana titulada Alma Redemptoris Mater:
Madre del Redentor, virgen fecunda,
puerta del cielo siempre abierta,
estrella del mar,
ven a librar al pueblo que tropieza y quiere levantarse.
Ante la admiración de cielo y tierra,
engendraste a tu santo Creador,
y permaneces siempre virgen.
Recibe el saludo del ángel Gabriel,
y ten piedad de nosotros, pecadores.»
José Román Flecha Andrés.
Texto tomado de: Martínez Puche, José A. (director),
Colección Nuevo Año Cristiano de EDIBESA.