Moisés habló al pueblo, diciendo:
«Hoy el Señor, tu Dios, te manda que cumplas estos mandatos y decretos. Acátalos y cúmplelos con todo tu corazón y con toda tu alma.
Hoy has elegido al Señor para que él sea tu Dios y tú vayas por sus caminos, observes sus mandatos, preceptos y decretos, y escuches su voz. Y el Señor te ha elegido para que seas su propio pueblo, como te prometió, y observes todos sus preceptos.
Él te elevará en gloria, nombre y esplendor, por encima de todas las naciones que ha hecho, y serás el pueblo santo del Señor, tu Dios, como prometió».
Dichoso el que, con vida intachable,
camina en la ley del Señor;
dichoso el que, guardando sus preceptos,
lo busca de todo corazón. R/.
Tú promulgas tus mandatos
para que se observen exactamente.
Ojalá esté firme mi camino,
para cumplir tus decretos. R/.
Te alabaré con sincero corazón
cuando aprenda tus justos mandamientos.
Quiero guardar tus decretos exactamente,
tú no me abandones. R/.
En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«Habéis oído que se dijo: “Amarás a tu prójimo’ y aborrecerás a tu enemigo”.
Pero yo os digo: amad a vuestros enemigos y rezad por los que os persiguen, para que seáis hijos de vuestro Padre celestial, que hace salir su sol sobre malos y buenos, y manda la lluvia a justos e injustos.
Porque, si amáis a los que os aman, ¿qué premio tendréis? ¿No hacen lo mismo también los publicanos? Y, si saludáis solo a vuestros hermanos, ¿qué hacéis de extraordinario? ¿No hacen lo mismo también los gentiles? Por tanto, sed perfectos, como vuestro Padre celestial es perfecto».
Dios, que siempre toma la iniciativa en la relación con su pueblo, le recuerda por boca de Moisés que se ha comprometido con ellos a ser su Dios y a que ellos sean su pueblo. Pero Israel ha de escuchar a Dios y cumplir todo lo que les manda.
Dios es siempre fiel a su pueblo y tiene infinita paciencia con ellos cuando se obstinan en no escuchar su voz y endurecen su corazón siendo infieles en su modo de actuar.
También nosotros podemos vernos reflejados en la historia del Pueblo de Dios. Nuestra historia es también historia de salvación cuando aceptamos el amor incondicional de Dios.
Yo os digo: Amad a vuestros enemigos, haced el bien a los que os aborrecen y rezad por los que os persiguen y os calumnian.
El listón está bien alto. Tenemos que parecernos a Dios. Si amáis a los que os aman ¿qué hacéis de extraordinario?
Los mandamientos que el pueblo de Israel ha recibido, por medio de Moisés, marcan unos mínimos en referencia a los que tiene que vivir cada uno para agradar a Dios.
Cuando Jesús, el nuevo Moisés sube al monte de la Bienaventuranzas, se sienta para proclamar la nueva ley que ha de marcar la vida de los que forman el pueblo de la Nueva Alianza.
El modelo es el mismo Dios y su forma de actuar con nosotros, malos y buenos. Jesús está haciendo entender las actitudes concretas que se derivan del mandamiento nuevo de amor. Estamos llamados a hacer de lo que nos parece extraordinario, lo ordinario que marque nuestra vida y nuestras relaciones con los demás. Seguir a Jesús, ser de los suyos, significa querer vivir en una comunidad abierta a todos y comprometida con una mayor exigencia.
La Eucaristía que celebramos nos recuerda que somos el pueblo de Dios de la Nueva Alianza sellada en la sangre de Jesucristo.
Hemos entrado de lleno en la Cuaresma y siguen resonando las palabras que se nos decían al imponer sobre nuestras cabezas la ceniza: “conviértete y cree en el Evangelio”.
La conversión no es simplemente el propósito de intentar ser mejores en nuestro comportamiento diario, sino un cambio de mente y corazón.
No se trata ya de cumplir con los mandamientos, código moral siempre válido, sino de experimentar el amor de Dios como el mismo Jesús del Evangelio. Ese Dios que ama a todos: buenos y malos, porque es Padre de todos.
A él estamos llamados a parecernos. Cambiar de mente y de corazón supone aprender de la misericordia divina, para ser realmente misericordiosos. Si Dios nos ama a todos como Padre bueno, nosotros hemos de amarle a Él y amarnos y perdonarnos como verdaderos hermanos unos a otros.
El termómetro del amor es nuestra capacidad de perdonar a nuestro prójimo, setenta veces siete, que significa siempre. Así seremos verdaderamente dichosos y caminaremos en la voluntad del Señor.