En aquellos días, la reina Ester, presa de un temor mortal, se refugió en el Señor.
Y se postró en tierra con sus doncellas desde la mañana a la tarde, diciendo:
«¡Bendito seas, Dios de Abrahán, Dios de Isaac y Dios de Jacob! Ven en mi ayuda, que estoy sola y no tengo otro socorro fuera de ti, Señor, porque me acecha un gran peligro.
Yo he escuchado en los libros de mis antepasados, Señor, que tú libras siempre a los que cumplen tu voluntad. Ahora, Señor, Dios mío, ayúdame, que estoy sola y no tengo a nadie fuera de ti. Ahora, ven en mi ayuda, pues estoy huérfana, y pon en mis labios una palabra oportuna delante del león, y hazme grata a sus ojos. Cambia su corazón para que aborrezca al que nos ataca, para su ruina y la de cuantos están de acuerdo con él.
Líbranos de la mano de nuestros enemigos, cambia nuestro luto en gozo y nuestros sufrimientos en salvación».
Te doy gracias, Señor, de todo corazón,
porque escuchaste las palabras de mi boca;
delante de los ángeles tañeré para ti,
me postraré hacia tu santuario. R/.
Daré gracias a tu nombre:
por tu misericordia y tu lealtad,
porque tu promesa supera tu fama.
Cuando te invoqué, me escuchaste,
acreciste el valor en mi alma. R/.
Tu derecha me salva.
El Señor completará sus favores conmigo.
Señor, tu misericordia es eterna,
no abandones la obra de tus manos. R/.
En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«Pedid y se os dará, buscad y encontraréis, llamad y se os abrirá; porque todo el que pide recibe, quien busca encuentra y al que llama se le abre.
Si a alguno de vosotros le pide su hijo pan, ¿le dará una piedra?; y si le pide pescado, ¿le dará una serpiente? Pues si vosotros, aun siendo malos, sabéis dar cosas buenas a vuestros hijos, ¡cuánto más vuestro Padre que está en los cielos dará cosas buenas a los que le piden!
Así, pues, todo lo que deseáis que los demás hagan con vosotros, hacedlo vosotros con ellos; pues esta es la Ley y los Profetas».
La cuaresma nos hace un llamado fuerte a la conversión por medio de la oración, el ayuno y la limosna. La liturgia de hoy hace hincapié en la oración y nos dice cómo ha de ser ésta. Ante todo ha de ser humilde y sincera, confiada y perseverante. Estas cuatro condiciones se ven reflejadas en la actitud de la reina Ester y en sus palabras.
Humildemente se postra ante Dios reconociéndolo como el Señor, único Rey, dominador de todo poder, el único que puede defenderla y salvar al pueblo. Con toda sinceridad reconoce que Él nos escogió como su pueblo y su heredad, haciendo una Alianza de amor y protección hacia sus elegidos, cumpliendo siempre sus promesas. Pero nosotros hemos pecado contra Él adorando otros dioses y rompiendo continuamente la Alianza. ¡Eres justo, Señor!
Su confianza le hace hablar utilizando los verbos en imperativo afirmativo: “Acuérdate de nosotros, Señor”, “hazte presente en nuestra tribulación”, “dame valor”, “pon en mi boca palabras oportunas”, “líbrame, Señor, con tu poder y ayúdame que estoy sola y no tengo a nadie más que a ti, Señor.”
Ante una oración así, nuestro Dios actúa sin tardanza, por eso podemos decir con el salmista: Te doy gracias, Señor, de todo corazón, porque cuando te invoqué, me escuchaste.
En este pasaje del evangelio, Jesús nos enseña la necesidad de la oración, concretamente la oración de petición, que es la que más utilizamos pues estamos muy necesitados de Dios.
Nos revela cómo es el corazón de Dios –un Padre bueno que da cosas buenas a quien se lo pide-. Y concluye con una enseñanza magistral:Tratad a los demás como queréis que ellos os traten, porque en esto consiste la ley y los profetas.
Esta enseñanza recuerda un dicho rabínico: “Lo que es odioso para ti, no lo hagas a tu prójimo. En esto está toda la ley, el resto es sólo una explicación”. Jesús aplica esta ley en forma positiva, pues no vino a abolir sino a dar plenitud. No se trata de “no hacer”, sino de estar siempre atentos por el bien de los demás. Esto es lo que nos lleva a una verdadera conversión, descentrándonos de nosotros mismos para que nuestro centro sea Dios y en Él, todos los demás.
Hace poco nos visitó una señora muy buena y que ha sufrido mucho en la vida. En medio de la conversación nos dijo que ella creía en Dios pero no tenía necesidad de ir a misa. A continuación nos dijo que lo único que deseaba era que sus hijos la visitasen, aunque sólo fuese una vez al mes, y sentarlos a su mesa y compartir una comida en la que les contasen todas sus cosas. Yo le dije: – Pues eso mismo quiere Dios, tu Padre, de ti: que vengas a su encuentro, cada domingo, te sientes a su mesa y Él te alimente con el Pan de su Palabra y el Pan de su Eucaristía; que le cuentes tus cosas, aunque Él ya las sabe pero quiere escucharte…
Y es que, en ese “tratad a los demás”, también entra Dios.
Señor Dios mío, Tú que nos dijiste: “Pedid, y se os dará; buscad, y encontraréis; llamad, y se os abrirá”, te pido que me envíes tu Santo Espíritu. Que Él venga en ayuda de mi debilidad y me inunde de sus Dones para que mi vida de sus frutos: amor, alegría, paz, comprensión, servicialidad, bondad, dulzura, dominio de sí. Que en todo busque hacer y vivir según tu voluntad y no la mía. Que llame a la puerta de tu Corazón para que, acogida y abrazada por tu misericordia, aprenda a ser misericordiosa como Tú. AMÉN