En aquellos días, Pablo y Bernabé dijeron a los judíos:
«Teníamos que anunciaros primero a vosotros la palabra de Dios; pero como la rechazáis y no os consideráis dignos de la vida eterna, sabed que nos dedicamos a los gentiles. Así nos lo ha mandado el Señor: “Yo te he puesto como luz de los gentiles, para que lleves la salvación hasta el confín de la tierra”».
Cuando los gentiles oyeron esto, se alegraron y alababan la palabra del Señor; y creyeron los que estaban destinados a la vida eterna.
La palabra del Señor se iba difundiendo por toda la región.
Alabad al Señor, todas las naciones,
aclamadlo, todos los pueblos. R/.
Firme es su misericordia con nosotros,
su fidelidad dura por siempre. R/.
En aquel tiempo, designó el Señor otros setenta y dos y los mandó por delante, de dos en dos, a todos los pueblos y lugares adonde pensaba ir él. Y les decía:
«La mies es abundante y los obreros pocos; rogad, pues, al dueño de la mies que mande obreros a su mies.
¡Poneos en camino! Mirad que os mando como corderos en medio de lobos. No llevéis bolsa, ni alforja, ni sandalias; y no saludéis a nadie por el camino.
Cuando entréis en una casa, decid primero: “Paz a esta casa.” Y, si allí hay gente de paz, descansará sobre ellos vuestra paz; si no, volverá a vosotros.
Quedaos en la misma casa, comiendo y bebiendo de lo que tengan, porque el obrero merece su salario.
No andéis cambiando de casa.
Si entráis en una ciudad y os reciben, comed lo que os pongan, curad a los enfermos que haya, en ella y decidles: “El reino de Dios ha llegado a vosotros”».
Los Hechos de los Apóstoles nos narran todo el proceso de evangelización de la primera comunidad cristiana de una forma entrañable.
Un proceso que no fue para nada fácil y en el que se fue conjugando la limitación humana con la gracia del Espíritu Santo, para que de esta manera se alcance a ver la salvación.
Hay una tarea larga y complicada en los primeros discípulos afanados por predicar la Buena Noticia, sin embargo, no terminan de que ese mensaje fuese acogido.
La intuición y el soplo del Espíritu los lleva a abrir nuevos caminos.
El mensaje es universal, por tanto, debe de cruzar todo tipo de barreras y abrirse a la humanidad. La predicación toma un nuevo rumbo, con horizontes amplios, que llega a aquellas personas que tienen la sensibilidad suficiente para abrirse a la Vida Eterna.
Los gentiles entran a formar parte de la Iglesia, porque así lo quiere el Señor. No hay exclusión ni acepción de personas. Desde los inicios de la creación, todos estamos destinados a la Vida Eterna.
Jesús sigue con la actividad de predicar el Reino de Dios aquí en la tierra. De alguna manera se vuelca en hacer visible la realidad del rostro del Padre, la realidad de la compasión y la ternura por la humanidad que anda un poco descarriada, sin rumbo, sin ilusiones o norte que centren su existir.
Lucas presenta este envío misionero que Jesús hace al discipulado. Congrega a "setenta y dos" y les manda ponerse en camino. Les anima a que sean capaces de prepararse para una misión que es compleja. Jesús quiere un grupo de discípulos capaces de la entrega total de la vida para cambiar la realidad que impera, que en muchos contextos es realmente desgarradora.
Por ello, es significativo, la comparación de elementos que emplea: "cordero, lobo". Un par de contrarios con una gran densidad a la hora de entender la fe, el proyecto del Reino de Dios y la complicación que tiene la misión.
Pares de contrarios entretejidos en la historia de la humanidad desde siempre. Grupos que viven escenarios de luz y otros de sombras. Grupos que viven en las tinieblas y otros en la luz. Grupos que reciben con gusto la Palabra de Dios y otros que la rechazan. Grupos que viven marginación, sufrimiento, pobreza, indiferencia, hambre, sed, violencia… Y otros que viven derrochando, sin sensibilidad alguna para valorar el sentido de las cosas, que explotan, extorsionan, manipulan, usan a las personas: "corderos o lobos". De alguna manera se puede catalogar así dicha simbología.
La esencia del grupo convocado y enviado por Jesús no es otra cosa que el servicio. Aparece también la palabra "obrero". Ese enviado debe realizar la misma tarea que Jesucristo, que nos dejó un dibujo fiel del rostro del Padre compasivo.
"Cordero" es el animal que se emplea para el sacrificio en el templo. Del cual, se dan unas categorías de mansedumbre, humildad, inocencia, sin mancha, que rápidamente pasaron a representar el sacrificio de entrega total que hace Cristo por la humanidad. El Cordero por antonomasia al cual debemos imitar los cristianos.
Jesús en Getsemaní tiene una lucha humana importante: dolor y sufrimiento, frente a cumplir la voluntad de Dios. La invitación que Jesús hace es a imitar su propia entrega. La donación total de la vida como fuente plena de sentido. No tener reservas ningunas a la hora de anunciar el Reino de Dios.
Esta actitud lleva consigo la impronta del testimonio de vida. Coherencia, fidelidad y exigencia: "El celo de tu casa me devora" (Jn 2,17).
La radicalidad del seguimiento hará que otros se cuestionen el sentido de la entrega. La vivencia profunda de la fe hace cuestionarse a los demás y que cambien la dureza del corazón.
Eso es lo que hace el cordero frente al lobo. El lobo continuamente pone excusas, se burla, se ríe, critica todo lo que hace el cordero. Sin embargo, no es capaz de cambiar la pobreza de su vida. El cordero debe de llevar al lobo a su terreno para que comprenda la grandeza del Reino de Dios y el sentido profundo de la fe en Jesucristo.
Por ello, la nota clave, de la que habla Jesús es la «paz» símbolo de reconciliación universal. Símbolo perfecto del Génesis en el equilibrio de la creación: «Y vio Dios que todo era bueno». Lo que nos anuncia el profeta Isaías, que espera toda la humanidad: «Nadie causará daño ni estrago por todo mi monte santo» (Is 11,9).
Aquí llega la función del obrero que, mediante la predicación, siendo vocero de Dios, es capaz de llenar de conocimiento al auditorio. Es decir, tratar de reconciliar los dos «animales», cordero y lobo, para que vivan en plenitud la paz deseada.
Una humanidad que entienda el proyecto de Jesucristo para buscar los caminos de la paz, la compasión, el bien común, la belleza y la vida, que todos llevamos dentro. Así lo expresa bellamente san Pablo como ideal a la comunidad: «Pero, cuidado, pues mordiéndoos y devorándoos unos a otros acabaréis por destruiros mutuamente» (Gál 5,15).
Santos Cirilo y Metodio

Cirilo: Tesalónica 827 – 14-febrero-869
Metodio: Tesalónica hacia 817- 884/885
Las figuras de los santos Cirilo y Metodio son hoy bastante conocidas y familiares en Occidente. El nuevo clima ecuménico y las relaciones con el Este de Europa han contribuido a acercarlos a nuestra sensibilidad, y a nuestras vidas espiritual y litúrgica. Hoy, además, contamos con textos importantes que nos introducen en sus biografías y obras apostólicas. Especialmente, la cuarta carta encíclica de Su Santidad Juan Pablo II, Slavorum apostoli, que resume los relatos hagiográficos sobre ambos santos, tamizados por la investigación histórica.
San Metodio nació hacia el año 817, en el seno de una noble familia bizantina. Su ciudad fue Salónica, en aquel momento, próxima a la frontera con los eslavos. Después de unos primeros estudios, propios de un joven de su rango social, desempeñará el cargo de arconte en una región poblada por eslavos. Tal circunstancia le permitió entrar en contacto con la lengua y la cultura de ese pueblo, de los cuales se serviría más tarde en su obra de evangelización.
Pero como a muchos jóvenes de la refinada cultura grecobizantina, Metodio pronto se sintió atraído por una vida más alta. Bastante joven aún deja sus cargos políticos, se hace monje, y andando el tiempo, con 40 años, llegaría a ser superior en una comunidad del monte Olimpo, en Bitinia. Allí recibiría a su propio hermano.
Constantino, el futuro Cirilo, más joven que su hermano, tendrá una vida más breve y, quizás, más brillante. Nace hacia el año 827, y a los 14 años se queda huérfano. Se educa con el futuro emperador Miguel III, recibiendo desde la primera hora una formación esmerada, propia de la civilización de su época, la cual lo eleva al cargo de bibliotecario del patriarca de Constantinopla. Pero hacia los 28 años, después de una carrera humanamente triunfal, también él se sintió atraído por la vida monástica, ingresando en la misma comunidad que su hermano Metodio regía. La vida de ambos hermanos tiene, pues, un claro paralelismo, humano y espiritual.
Y de modo igualmente paralelo, ambos tendrán como destino providencial el renunciar a dicha vida de retiro y silencio para servir al Reino de Dios como apóstoles. Si, como decían los antiguos, el monje tiene una vida existencialmente apostólica, ambos monjes hermanos, al proyectar a otros el mensaje de la Buena Nueva, realizan plenamente su vida y vocación a imitación de los apóstoles del Señor.
Su nueva vida empezará pronto, si contamos de acuerdo con los años pasados por Constantino -Cirilo- en la vida monástica. Apenas tres años después de su ingreso en la comunidad de Bitinia, la corte imperial envía en misión al país de los jázaros, al joven monje Constantino. Era, en realidad, una misión diplomático-religiosa, en aquella cultura en la que lo religioso y lo político-económico estaban tan fuertemente trabados. Pues aquel pueblo de las estepas, establecido en la costa del mar Negro, parece que se había pasado mayoritariamente al judaísmo, contándose también en él algunos seguidores del Islam. Una conversión a la fe cristiana podría significar una relación fraterna desde el punto de vista religioso, y a la vez, una potencial alianza político-militar y económica.
Parece que Constantino -Cirilo- tuvo un éxito apreciable, hasta el punto de que el relato hagiográfico hablará de miles de conversiones. La historia actual, más crítica y prudente, rebaja este entusiasmo, aunque no se niega a reconocer que el paso de Cirilo por esa tierra no quedó inadvertido, y tuvo una importancia histórica. Cirilo debió sostener varios debates públicos con doctores judíos y musulmanes, y su dialéctica y fervor le hicieron vencedor, atrayendo a aquel pueblo hacia la fe cristiana.
Este viaje tuvo, además, el éxito añadido de encontrar los restos del papa San Clemente, desterrado al mar Negro durante la época de las persecuciones. Pero tales resultados abrirían las puertas para dirigirse a otra nación eslava; esta vez en el centro de Europa. En un mundo eslavo en formación, un Estado floreciente, Moravia, recibía ya importantes influjos espirituales y culturales desde la vecina Germania o Francia orientalis. Influjos no siempre acertados. La Slavorum apostoli recoge el bello y expresivo texto por el que el príncipe Ratislao de Moravia pide ayuda a la corte bizantina: «Han llegado hasta nosotros numerosos maestros cristianos… Pero nosotros los eslavos…, no tenemos a nadie que nos guíe a la verdad y nos instruya de modo comprensible». Esta queja del príncipe moravo refleja cómo los primeros misioneros cristianos, de origen germano, habían desorientado a su pueblo con la misa latina y con lecturas que nadie entendía. La propia encíclica Slavorum apostoli habla de las comprensibles dificultades que la precedente e inicial cristianización de los eslavos plantearía a Cirilo y Metodio, los misioneros que llegarían de Bizancio. Y es que el cristianismo occidental, después de las migraciones de los pueblos nuevos, había amalgamado los grupos étnicos recién llegados con las poblaciones latinas existentes, extendiendo a todos, con la intención de unirlos, la lengua, la liturgia y la cultura latinas. De la uniformidad así conseguida se originaba un sentimiento de fuerza y compactibilidad que contribuía tanto a su unión más estrecha como a su afirmación más enérgica en Europa. Pero a la vez, y precisamente por esta razón, en el mundo latino-germano, existía el prejuicio de que sólo se podía celebrar la liturgia en las tres lenguas en las que estaba redactada el letrero puesto por Pilato sobre la cruz de Jesús -hebreo, griego y latín-, esta última lengua era el factor de unidad religiosa propia del mundo occidental, y considerada un elemento religioso-cultural intocable.
En cambio, Bizancio había conservado el sentimiento de la continuidad con el mundo cristiano y romano de los primeros siglos de la Iglesia, y recordaba mejor la pluralidad litúrgica y cultural del primer cristianismo. En Oriente se sabía que la sagrada liturgia se celebraba en persa, copto, armenio, siríaco, además de hacerlo en griego. En una perspectiva semejante, ¿no era fácil aceptar también al eslavo como lengua en la que expresar la fe cristiana?
A partir de aquí, empieza la misión que marcará su vida y, sobre todo, que les hará entrar en la historia. […] Con el fin de llegar a aquellos pueblos jóvenes, se proponen traducir varios textos litúrgicos y párrafos bíblicos suficientemente significativos. Y para ello elaboran un alfabeto en el que expresar gráficamente el eslavo, tomando como base el conjunto de los caracteres alfabéticos griegos al que añadieron un cierto número de signos con los que representar los sonidos peculiares de la nueva lengua. Este esfuerzo cultural tendría un resultado espiritual: el empleo del eslavo en la liturgia, en la predicación, en la producción escrita de tipo religioso harían accesible el mensaje cristiano y llevarían la fe al joven pueblo centroeuropeo.
Se pensaba precisamente en Constantino -Cirilo- como el nuevo obispo de los eslavos. Pero la muerte lo arrebató prematuramente. En el año 869, llegado su último día, Constantino quiso revestirse del hábito monástico para presentarse ante Dios. Ese 14 de febrero establecería precisamente la fecha de la celebración de la fiesta de ambos hermanos.
Metodio se quedó solo. Su figura, más discreta, se agiganta por las dificultades que debe afrontar. […] Metodio brilla a gran altura en su responsabilidad episcopal de conservar la unidad de fe y amor entre las Iglesias de las que era miembro, es decir, la Iglesia de Constantinopla y la Iglesia romana. En unos momentos en los que la tensión Roma-Constantinopla es tan fuerte, es recibido por Focio, el patriarca de Constantinopla, y por el emperador bizantino, quienes le apoyan con decisión. Y en los cuatro o cinco últimos años se dedica a perfeccionar la obra de traducción ya realizada junto con su hermano. Pasa entonces del griego al eslavo el conjunto de la Biblia, varios tratados de derecho canónico y algunas obras patrísticas. Metodio muere en el año 884 u 885.
La santidad personal, y la obra misionera de ambos hermanos, fue ensalzada por León XIII en su encíclica Grande munus y por Juan XXIII en su carta Magnifici eventus.
En 1880 León XIII extendió el culto de ambos santos a toda la Iglesia, fijando su fiesta el 5 de julio, trasladándola en 1897 al día 7 de julio. Entre los eslavos de rito bizantino, la fiesta se celebra el 11 de mayo. Después del Concilio Vaticano II, como consecuencia de la reforma litúrgica, la fiesta se puso el 14 de febrero. Con la carta Egregiae virtutis del 31 de diciembre d 1980, Juan Pablo II proclamó a Cirilio y Metodio copatronos de toda Europa, junto con San Benito.
Ramón Álvarez Velasco O.S.B.
Texto tomado de: Martínez Puche, José A. (director),
Colección Nuevo Año Cristiano de EDIBESA.