Esto dice el Señor Dios:
«Voy a enviar a mi mensajero para que prepare el camino ante mí.
De repente llegará a su santuario el Señor a quien vosotros andáis buscando; y el mensajero de la alianza en quien os regocijáis, mirad que está llegando, dice el Señor del universo.
¿Quién resistirá el día de su llegada? ¿Quién se mantendrá en pie ante su mirada?
Pues es como fuego de fundidor, como lejía de lavandero. Se sentará como fundidor que refina la plata; refinará a los levitas y los acrisolará como oro y plata, y el Señor recibirá ofrenda y oblación justas.
Entonces agradará al Señor la ofrenda de Judá y de Jerusalén, como en tiempos pasados, como antaño».
¡Portones!, alzad los dinteles,
que se alcen las puertas eternales:
va a entrar el Rey de la gloria. R/.
¿Quién es ese Rey de la gloria?
El Señor, héroe valeroso,
el Señor, valeroso en la batalla. R/.
¡Portones!, alzad los dinteles,
que se alcen las puertas eternales:
va a entrar el Rey de la gloria. R/.
¿Quién es ese Rey de la gloria?
El Señor, Dios del universo,
él es el Rey de la gloria. R/.
Lo mismo que los hijos participan de la carne y de la sangre, así también participó Jesús de nuestra carne y sangre, para aniquilar mediante la muerte al señor de la muerte, es decir, al diablo, y liberar a cuantos, por miedo a la muerte, pasaban la vida entera como esclavos.
Notad que tiende una mano a los hijos de Abrahán, no a los ángeles. Por eso tenía que parecerse en todo a sus hermanos, para ser sumo sacerdote misericordioso y fiel en lo que a Dios se refiere, y expiar los pecados del pueblo. Pues, por el hecho de haber padecido sufriendo la tentación, puede auxiliar a los que son tentados.
Cuando se cumplieron los días de la purificación, según la ley de Moisés, los padres de Jesús lo llevaron a Jerusalén para presentarlo al Señor, de acuerdo con lo escrito en la ley del Señor: «Todo varón primogénito será consagrado al Señor», y para entregar la oblación, como dice la ley del Señor: «un par de tórtolas o dos pichones».
Había entonces en Jerusalén un hombre llamado Simeón, hombre justo y piadoso, que aguardaba el consuelo de Israel; y el Espíritu Santo estaba con él. Le había sido revelado por el Espíritu Santo que no vería la muerte antes de ver al Mesías del Señor. Impulsado por el Espíritu, fue al templo.
Y cuando entraban con el niño Jesús sus padres para cumplir con él lo acostumbrado según la ley, Simeón lo tomó en brazos y bendijo a Dios diciendo:
«Ahora, Señor, según tu promesa,
puedes dejar a tu siervo irse en paz.
Porque mis ojos han visto a tu Salvador,
a quien has presentado ante todos los pueblos:
luz para alumbrar a las naciones
y gloria de tu pueblo Israel».
Su padre y su madre estaban admirados por lo que se decía del niño. Simeón los bendijo y dijo a María, su madre: «Este ha sido puesto para que muchos en Israel caigan y se levanten; y será como un signo de contradicción —y a ti misma una espada te traspasará el alma—, para que se pongan de manifiesto los pensamientos de muchos corazones».
Había también una profetisa, Ana, hija de Fanuel, de la tribu de Aser, ya muy avanzada en años. De joven había vivido siete años casada, y luego viuda hasta los ochenta y cuatro; no se apartaba del templo, sirviendo a Dios con ayunos y oraciones noche y día. Presentándose en aquel momento, alababa también a Dios y hablaba del niño a todos los que aguardaban la liberación de Jerusalén.
Y, cuando cumplieron todo lo que prescribía la ley del Señor, se volvieron a Galilea, a su ciudad de Nazaret. El niño, por su parte, iba creciendo y robusteciéndose, lleno de sabiduría; y la gracia de Dios estaba con él.
Hoy celebramos la Presentación del Niño Jesús en el Templo. La reforma litúrgica del Concilio Vaticano II eligió poner en el centro de esta fiesta al Niño, mientras que antiguamente, la liturgia se centraba en María, la Madre, que iba al Templo para su purificación ritual como mandaba la Ley, dando origen a la advocación muy viva y extendida hasta hoy: Nuestra Señora de la Candelaria.
Las lecturas de este día nos hablan de Dios que se hace humano y del carácter sacerdotal que ya se vislumbra en este Niño entrando en el Templo. Comenzamos por el profeta Malaquías que anuncia que el Señor que la humanidad está buscando entrará en el Santuario “de repente”, como un regalo, como una sorpresa.
“Busco tu Rostro, Señor, no me escondas tu Rostro” reza el Salmo 27 y recoge con esa exclamación un deseo profundo de la Humanidad, que busca a Dios en todo lo que hace y que desea alcanzar plenitud en todos los deseos y proyectos que persigue. Pero Dios no se alcanza… si Él no se deja alcanzar. La iniciativa en todo es Suya.
Lo grandioso es que, aunque el modo y el tiempo de esa llegada dependen de Su iniciativa, está la certeza de que su Promesa se cumplirá indefectiblemente. Y con ella, serán satisfechos todos los deseos de justicia, paz y dignidad que la Humanidad atesora y anhela. ¡Qué bello es que la Biblia refleje lo más noble del corazón humano!
Ahora bien, la Promesa que tensiona y orienta el caminar del Pueblo de la Primera Alianza no es una simple quimera hecha a la medida de la fantasía humana. La certeza de la Promesa fue también certeza del cumplimiento. Y así fue que una audaz generación humana logró revolucionar el mundo y pudo partir en dos mitades la Historia universal dando testimonio y dando la vida de que ese Señor prometido vino y abrió con su Muerte y Resurrección las puertas de otro Templo: el de la Vida plena y feliz para todos.
Es verdad que Malaquias anunciaba esta entrada como temible… pero, dándonos una sorpresa más, el evangelio de hoy nos presenta que quien entra al Templo no genera temor en absoluto: es un Niño pequeño en brazos de una humilde Madre… ¡No calculábamos que Dios quería regalarnos la increíble sorpresa de hacerse nuestro hermano!
Y así, hoy se nos relata la primera entrada que realiza el Hijo del Hombre en el Templo, la segunda será a los doce años… y la última (no sabemos cuántas pudieron ser las intermedias) será al final de su vida terrena, cuando lo purifica de los mercaderes… Con estas entradas en el Templo podemos representar el progresivo ingreso de este Niño en nuestras vidas y en nuestro mundo hasta purificarlos, hasta arrancar lo que afea Su imagen en nosotros, o expulsar los turbios negocios de ese Templo Suyo que somos.
A continuación, la segunda lectura nos explica que este Hijo entra en el Templo de la humanidad como un Sacerdote misericordioso y fiel, fiel al ser humano necesitado y fiel al Padre deseoso de que sus hijos recobren su plena dignidad. Más aún, será un sacerdote misericordioso y fiel hasta la muerte. No en vano ya Simeón anuncia en profecía la contradicción y la espada: no es posible purificar el templo humano de tanto mercado sin pasar contradicciones.
En fin, el Señor que buscábamos nos hizo el regalo de hacerse presente en el Templo de nuestra vida, de nuestra humanidad… Buscábamos su Rostro y Él nos sorprendió haciéndose como nosotros para que pudiéramos reconocerle en nuestros propios rostros…
Le buscábamos y se apareció… pero del modo menos esperado: como uno tantos, parecido en todo a sus hermanos. De este modo, nos regaló poderlo encontrar, siempre, reconociéndolo a Él en nuestros hermanos… ¿No es este un amoroso detalle de la simpleza divina?
“Mirad que está llegando”, decía Malaquías, y Simeón, confió y lo vio… Abramos las puertas de nuestra vida, de nuestras casas, de nuestros ambientes… Llamemos para que se le abran también tantas puertas del mundo, tantas situaciones de encierro… No se trata de mirar solo en los Templos de piedra… ¿Estamos siendo capaces de verlo llegando en los Templos vivos que son nuestros hermanos…especialmente los más débiles…?
Presentación del Señor

Entre las iglesias orientales se conocía esta fiesta como «La fiesta del Encuentro» (en griego, Hypapante), nombre muy significativo y expresivo, que destaca un aspecto fundamental de la fiesta: el encuentro del Ungido de Dios con su pueblo.
A esta fiesta la solíamos llamar antiguamente -quiero decir, antes del Concilio- la Candelaria o Fiesta de la Purificación de la Virgen. Venía considerada como una de las fiestas importantes de Nuestra Señora. Lo más llamativo era la procesión de las candelas. De ahí el nombre de «Candelaria». Era una procesión clásica, tradicional, atestiguada ya en antiguos documentos romanos. En concreto, el Liber Pontificalis nos asegura que fue el papa Sergio I, a finales del siglo VII, quien dispuso que se solemnizaran con una procesión las cuatro fiestas marianas más significativas por su antigüedad: la Asunción, la Anunciación, la Natividad y, por supuesto, la Purificación. Éste sería seguramente el origen de la procesión de las candelas.
Esta fiesta había sido importada de Oriente. Su nombre original –hypapante-, de origen griego, así lo indica. Esa palabra, que significa «encuentro», nos desvela el sentido original de esa fiesta: es la celebración del encuentro con el Señor, de su presentación en el templo y de la manifestación del día cuarenta. Los más antiguos libros litúrgicos romanos aún siguieron conservando durante algún tiempo el nombre original griego para denominar esta fiesta.
Todo esto ya quedó aclarado en el volumen anterior en el que se intentó, con toda lógica, vincular esta fiesta al ciclo navideño de la manifestación del Señor. Allí quedó señalado que esta fiesta, tal como ha quedado diseñada en el actual calendario de la Iglesia a raíz del Concilio Vaticano II, recuperando de este modo su sentido original, no es precisamente una fiesta de la Virgen, sino del Señor.
Sin embargo, hay que reconocer el carácter tradicional de la Candelaria, cercana además a la fiesta de San Blas, de indudable raigambre popular y rodeada de importantes elementos tradicionales de carácter cultural y folklórico, como la bendición de los roscos de San Blas, y en algunas regiones la ofrenda de un par de tórtolas o dos pichones. Este hecho nos invita a diseñar, aunque sea de forma esquemática, la evolución histórica de la fiesta que, ya a partir de la Edad Media, se reviste de un carácter marcadamente mariano. Eso lo demuestra el contenido de las viejas oraciones y antífonas, recogidas en el viejo Misal Romano, para ser utilizadas en la bendición y procesión de las candelas y que aparecen por vez primera en libros litúrgicos de los siglos XIII y XIV. El protagonismo de la Virgen en casi todos esos textos es altamente significativo y responde, sin duda, al carácter mariano que la fiesta adquiere en esa época.
El nuevo calendario litúrgico, establecido a raíz de la reforma del Vaticano II, considera de nuevo esta solemnidad como fiesta del Señor. Sin embargo, sin renunciar a este carácter fundamental de la fiesta, la piedad popular bien puede alimentar su devoción mariana y seguir celebrando a María, íntimamente vinculada al protagonismo de Jesús, en este acontecimiento emblemático de la presentación en el Templo, por el que Jesús es reconocido como Salvador y Mesías por los dos ancianos Simeón y Ana, representantes singulares del pueblo elegido.
Los Canarios celebran hoy a su patrona la virgen de candelaria custodiada por los dominicos en su Santuario de Tenerife desde 1530.
Cada año, coincidiendo con la fiesta litúrgica de la Presentación del Señor en el templo, se celebra también la Jornada de la Vida Consagrada. En palabras de Juan Pablo II, la vida consagrada «está en el corazón mismo de la Iglesia como elemento decisivo para su misión ya que indica la naturaleza íntima de la vocación cristiana y la aspiración de toda la Iglesia esposa hacia la unión con el único Esposo, Cristo Jesús’. Por ser la vocación a una vida consagrada algo vital, y en este sentido imprescindible, para la Iglesia, la jornada se creó para que fuera celebrada por toda la comunidad eclesial, no sólo por el sector de las personas consagradas. Tiene, por tanto, carácter universal para todas las iglesias particulares y locales. Efectivamente, en el texto de institución de la jornada se lee: «la misión de la vida consagrada no se refiere sólo a quienes han recibido este especial carisma, sino a toda la comunidad cristiana.
El lema de este año 2013 es: “Signo vivo de la presencia de Cristo resucitado en el mundo»
Puede encontrar materiales en la página de la Conferencia Episcopal Española
Texto tomado de: Martínez Puche, José A. (director),
Colección Nuevo Año Cristiano de EDIBESA.