Después de que Natán habló a David, el rey David vino a presentarse ante el Señor y dijo:
«¿Quién soy yo, mi Dueño y Señor, y quién la casa de mi padre, para que me hayas engrandecido hasta tal punto? Y, por si esto fuera poco a los ojos de mi Dueño y Señor, has hecho también a la casa de tu siervo una promesa para el futuro. ¡Esta es la ley del hombre, Dueño mío y Señor mío!
Constituiste a tu pueblo Israel pueblo tuyo para siempre, y tú, Señor, eres su Dios.
Ahora, pues, Señor Dios, confirma la palabra que has pronunciado acerca de tu siervo y de su casa, y cumple tu promesa. Tu nombre sea ensalzado por siempre de este modo: “El Señor del universo es el Dios de Israel y la casa de tu siervo David permanezca estable en tu presencia”.
Pues tú, Señor del universo, Dios de Israel, has manifestado a tu siervo: “Yo te construiré una casa”. Por eso, tu siervo ha tenido ánimo para dirigirte esta oración. Tú, mi Dueño y Señor, eres Dios, tus palabras son verdad, y has prometido a tu siervo este bien.
Dígnate, pues, bendecir a la casa de tu siervo, para que permanezca para siempre ante ti. Pues tú, mi Dueño y Señor, has hablado, sea bendita la casa de tu siervo para siempre».
Señor, tenle en cuenta a David
todos sus afanes:
cómo juró al Señor
e hizo voto al Fuerte de Jacob. R/.
«No entraré bajo el techo de mi casa,
no subiré al lecho de mi descanso,
no daré sueño a mis ojos,
ni reposo a mis párpados,
hasta que encuentre un lugar para el Señor,
una morada para el Fuerte de Jacob». R/.
El Señor ha jurado a David
una promesa que no retractará:
«A uno de tu linaje
pondré sobre tu trono». R/.
«Si tus hijos guardan mi alianza
y los mandatos que les enseño,
también sus hijos, por siempre,
se sentarán sobre tu trono». R/.
Porque el Señor ha elegido a Sión,
ha deseado vivir en ella:
«Esta es mi mansión por siempre;
aquí viviré, porque la deseo». R/.
En aquel tiempo, Jesús dijo al gentío:
«¿Se trae la lámpara para meterla debajo del celemín o debajo de la cama?, ¿no es para ponerla en el candelero?
No hay nada escondido, sino para que sea descubierto; no hay nada oculto, sino para que salga a la luz. El que tenga oídos para oír, que oiga».
Les dijo también:
«Atención a lo que estáis oyendo: la medida que uséis la usarán con vosotros, y con creces. Porque al que tiene se le dará, y al que no tiene se le quitará hasta lo que tiene».
Este pasaje de Samuel nos introduce en uno de los momentos más íntimos y reveladores de la relación entre Dios y David. Después de recibir la promesa divina de una descendencia duradera, el rey entra en la tienda del Señor y pronuncia una oración marcada por el asombro, la humildad y la gratitud. No es una respuesta de autosuficiencia, sino de reconocimiento: todo lo que es y todo lo que tiene procede de Dios.
«¿Quién soy yo, Señor Dios mío, ¿y qué es mi casa para que me hayas traído hasta aquí?» (2 Sam 7,18). Estas palabras expresan la conciencia profunda de que la elección divina no se basa en méritos humanos, sino en que todo es gracia de Dios. David comprende que su historia personal queda integrada en un designio mucho más grande, que alcanza no solo su presente, sino también el futuro de su pueblo. La promesa de Dios es eterna.
Este texto pone de relieve un don fundamental: ser pueblo de Dios, pertenecerle es una elección divina, la decisión parte de Dios, es Él quien elige y el pueblo acoge tal elección. En los versículos 24-26, David proclama que el Señor ha establecido a Israel como su pueblo para siempre y que Él mismo se ha hecho su Dios. Para nosotros ser hijos de Dios —y vivir como tales— es el regalo más grande que se nos concede, un don que define nuestra identidad y nuestra misión. De aquí que podemos hacer nuestra la oración de David una oración de agradecimiento ante un don tan grande y tan inmerecido.
La oración de David también es una lección de confianza. Él se apoya únicamente en la palabra del Señor: «Ahora, Señor Dios, confirma para siempre la palabra que has pronunciado» (2 Sam 7,25). La seguridad de David no está en sus fuerzas ni en sus logros, sino en la promesa de Dios, que es firme y verdadera. Desde esta certeza brota su alabanza y su intercesión por el pueblo.
Este pasaje nos invita a adoptar la misma actitud interior: reconocer la grandeza de lo que Dios ha hecho en nosotros y dejarnos conducir por su promesa. La fe se hace vida cuando aceptamos que todo es gracia y que nuestra vida encuentra su sentido pleno en la fidelidad y el amor del Señor.
¿Reconozco en mi vida los dones gratuitos que Dios me ha concedido, especialmente el de ser su hijo o hija de Dios? ¿Me apoyo en la palabra y las promesas de Dios con la misma confianza con la que lo hizo David?
En el pasaje de Marcos, Jesús utiliza la imagen de la lámpara para enseñarnos una lección fundamental: los dones que recibimos de Dios son tanto un regalo como una responsabilidad, es decir, un don y una tarea.
La pedagogía divina se revela a través de símbolos sencillos: así como una lámpara debe colocarse en un lugar alto para iluminar, nosotros también debemos dejar que la luz de Cristo brille en nuestras vidas, reflejando su amor y verdad.
En el Evangelio de Juan (8,12), Jesús se presenta como la luz del mundo. Nosotros, sus seguidores, estamos llamados a ser luz para los demás. La luz que emana de Cristo en nosotros debe ser compartida, y así reflejamos su vida y su amor a través de los dones que Él nos otorga.
Sin embargo, existen peligros que pueden obstaculizar nuestra luz. En el Sermón 293 de San Agustín, se reflexiona sobre la humildad de San Juan Bautista, quien comprendió que su misión era señalar a Cristo y temía que la soberbia pudiera apagar su luz, destaca que él "comprendió dónde tenía su salvación, comprendió que no era más que una antorcha y temió que el viento de la soberbia la pudiera apagar". Esta reflexión nos recuerda la importancia de la humildad y de no permitir que la soberbia opaque nuestros dones.
La clave está en que, al compartir nuestros dones, la gloria sea siempre para Dios y no para nosotros mismos. Así, como nos enseña Mateo, "alumbre vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas obras y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos". De este modo, nuestros dones se convierten en un reflejo de la luz de Cristo, y la gloria siempre pertenece a Dios. Por ello, es fundamental rechazar tanto la falsa humildad que oculta nuestros dones como la soberbia que los apaga.
Al final, en Marcos 4:25, se nos recuerda que "al que tiene, se le dará, y al que no tiene, aun lo que tiene se le quitará", resaltando la importancia de compartir lo que Dios nos ha dado.
¿Qué obstáculos en tu vida podrían estar impidiendo que la luz de Cristo brille plenamente? ¿Qué acciones concretas puedes tomar para compartir los dones que has recibido y así dar gloria a Dios?
Beata Vilana delle Botti

Fue una madre de familia que abandonó la frivolidad de costumbres y se distinguió por su asidua meditación y por una vida austera
(1332-1361). Vilana nació en Florencia (Italia) dentro de una acaudalada familia. Unida en matrimonio con Rosso Benintendi vivió por un tiempo instalada en el fasto y la frivolidad de costumbres.
Mientras se engalanaba para una de las fiestas a las que acudía, el espejo le devolvió una imagen terrible. Quedó sobrecogida por la visión, entendiendo que era su propia alma y acudió de inmediato a Santa María Novella, buscando el perdón.
Este instante marcó el inicio de su conversión. Desde entonces fue una mujer completamente distinta. Siguió unida a su esposo, pero llevando vida austera, marcada por la oración, la penitencia, la piedad y la asistencia a los pobres.
Convertida, entró entre las hermanas de la Orden seglar de Santo Domingo, del cual era muy devota, dándose a una austera penitencia. Alimentaba su alma con la lectura de san Pablo y concentró su contemplación en la pasión de Cristo.
Obtuvo la conversión de su padre, e influyó de manera determinante en la de su esposo, que ponía en solfa la fe
La enfermedad comenzó a hacer mella en ella y con solo 29 años murió en Florencia el 29 de enero de 1361. Su cuerpo fue expuesto a la veneración pública durante muchos días en la iglesia dominicana de Santa María Novella.
Su cuerpo se sigue venerando en la iglesia dominicana de Santa María Novella. Su culto fue confirmado en 1824 por León XII.
Oración colecta
Oh Dios, Padre de la misericordia,
que llamaste a la beata Vilana
de la vanidad del mundo
y le diste un espíritu de humildad
y de verdadero arrepentimiento;
crea en nuestros corazones
una adhesión viva a tu amor
y concédenos que,
llevados por su mismo espíritu,
podamos servirte con una vida nueva.
Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo,
que vive y reina contigo
en la unidad del Espíritu Santo
y es Dios por los siglos de los siglos.