En aquel día, preparará el Señor del universo para todos los pueblos, en este monte, un festín de manjares suculentos, un festín de vinos de solera; manjares exquisitos, vinos refinados.
Y arrancará en este monte el velo que cubre a todos los pueblos, el lienzo extendido sobre a todas las naciones.
Aniquilará la muerte para siempre. Dios, el Señor, enjugará las lágrimas de todos los rostros, y alejará del país el oprobio de su pueblo —lo ha dicho el Señor—.
Aquel día se dirá: «Aquí está nuestro Dios.
Esperábamos en él y nos ha salvado.
Este es el Señor en quien esperamos.
Celebremos y gocemos con su salvación, porque reposará sobre este monte la mano del Señor».
El Señor es mi pastor, nada me falta:
en verdes praderas me hace recostar;
me conduce hacia fuentes tranquilas
y repara mis fuerzas. R/.
Me guía por el sendero justo,
por el honor de su nombre.
Aunque camine por cañadas oscuras,
nada temo, porque tú vas conmigo:
tu vara y tu cayado me sosiegan. R/.
Preparas una mesa ante mí,
enfrente de mis enemigos;
me unges la cabeza con perfume,
y mi copa rebosa. R/.
Tu bondad y tu misericordia me acompañan
todos los días de mi vida,
y habitaré en la casa del Señor
por años sin término. R/.
En aquel tiempo, Jesús, se dirigió al mar de Galilea, subió al monte y se sentó en él.
Acudió a él mucha gente llevando tullidos, ciegos, lisiados, sordomudos y muchos otros; los ponían a sus pies, y él los curaba.
La gente se admiraba al ver hablar a los mudos, sanos a los lisiados, andar a los tullidos y con vista a los ciegos, y daban gloria al Dios de Israel.
Jesús llamó a sus discípulos y les dijo:
«Siento compasión de la gente, porque llevan ya tres días conmigo y no tienen qué comer. Y no quiero despedirlos en ayunas, no sea que desfallezcan en el camino».
Los discípulos le dijeron:
«¿De dónde vamos a sacar en un despoblado panes suficientes para saciar a tanta gente?».
Jesús les dijo:
«¿Cuántos panes tenéis?».
Ellos contestaron:
«Siete y algunos peces».
Él mandó a la gente que se sentara en el suelo. Tomó los siete panes y los peces, pronunció la acción de gracias, los partió y los fue dando a los discípulos, y los discípulos a la gente.
Comieron todos hasta saciarse y recogieron las sobras: siete canastos llenos.
Durante la mayor parte del Adviento, nos va a acompañar en la liturgia de la Palabra el profeta Isaías, de quien se ha dicho que es alguien que busca a un Dios “que es santo”. La santidad de Dios describe su modo de ser, pero también su manera de actuar y de relacionarse con los humanos. Sabemos que Dios es santo porque se manifiesta siempre como salvador.
No hay lugar para la precaución y el miedo ante un Dios cuyo proyecto para nosotros rezuma bondad. Él nos quiere alegres y felices, con una felicidad estable y eterna. Esta benévola intención la expresa el profeta con la imagen del magnífico banquete que Dios ha preparado para todos los hombres y mujeres de la Tierra.
Donde está Dios hay futuro (Benedicto XVI). En esta “sociedad del cansancio”, como se ha caracterizado nuestro presente, Dios nos reanima y moviliza en una experiencia personal y comunitaria de esperanza.
La esperanza es posible porque Él levanta el velo que nos impide ver todo lo nuevo que prepara para nosotros. Esperar no es vivir de una ilusión, sino de la profunda convicción de que, a pesar de tantos males como sufrimos nosotros mismos, nuestros hermanos y nuestro mundo, el dolor y la muerte serán vencidos.
El tiempo que nos separa de ese final feliz no es un tiempo para cruzarnos resignadamente de brazos, ni para abandonarnos en la desesperanza. Es un tiempo en el que lo importante es aprender a esperar (E. Bloch).
La santidad de Dios se ha encarnado en la compasión de Jesús. Él no sólo es bueno, sino que pasó por el mundo haciendo el bien (Hch 10,38).
Acabamos de comenzar a vivir un nuevo Adviento en el que deseamos y esperamos que Él venga, porque es aún mucho lo que queda por sanar: soberbias, envidias, egoísmos, enemistades, hambres, enfermedades, soledades, violencias…; tantos males, en fin, que siguen lacerando el mundo y nuestro propio mundo interior.
Acudimos a Él porque nos sentimos muy limitados a la hora de afrontar los males propios y los ajenos. Las mismas instituciones sociales y políticas que nacieron, al menos teóricamente, para llegar allí donde no llegamos los particulares, se muestran con excesiva frecuencia tan grandilocuentes como ineficaces.
Es importante, no obstante, no perder la confianza, no olvidar nuestras responsabilidades cara al bien común, y mantener la fe y la esperanza en la fertilidad de nuestros dones por pequeños que sean.
De todo esto nos habla la narración de Mateo. En medio del monte y de una gran masa de gente, descuellan dos protagonistas: Jesús, solícito y compasivo, y los discípulos a quienes pide sus siete panes y sus pocos peces que, una vez multiplicados por su bendición y acción de gracias, les encomienda que los repartan a la gente.
Se trata de una comida más de Jesús. Los evangelios han guardado el recuerdo del valor salvífico de esas comidas. En ellas no se trataba solo de satisfacer una necesidad biológica, sino de expandir profundos sentimientos humanos: sentirse comensales, reconocerse los unos a los otros, abrirse a nuevas amistades, compartir recuerdos del pasado y proyectos para el futuro, disfrutar los bienes que Dios crea y conserva para nosotros.
Las comidas de Jesús no son para un grupo selecto de invitados. Incluyen a todos, incluso a los pecadores. Este modo de proceder del Señor escandalizó a muchos: “¿Cómo es que come con los publicanos y los pecadores?” (Mc 2,15-16). Son signos del amor del Padre a los invitados, generando fraternidad.
El otro protagonista, los discípulos. Entregan y reparten, dan y sirven, presentan y comparten: en esos binomios está la médula de la identidad cristiana.Seguimos a Jesús si ponemos en sus manos lo que somos y tenemos, dejándo que Él lo plenifique, y desbordándonos luego en el servicio a los otros.
Las palabras de Jesús cuando toma los dones de los discípulos, da gracias, los parte y los va dando…, nos recuerdan la Eucaristía. Es la más significativa comida de Jesús cuando, cenando con los suyos, les encarga reiterar ese gesto sagrado para recordar cómo había sido su vida y su entrega. Y una invitación para lo que será el banquete del Reino.
Los cristianos acudimos con frecuencia a la Eucaristía, pero necesitamos revalorizar ese encuentro, sin reducir nuestra presencia al cumplimiento de un deber ritual. Es el escenario de un intercambio de dones y de una aceptación de responsabilidades. Una ocasión de experimentar que el Padre sigue queriendo contar con cada uno de nosotros para hacer avanzar su Reino.
¿Creemos que Dios interviene en nuestras vidas para salvarnos, dándonos sentido y proponiéndonos metas, perdonando nuestros fracasos y manteniendo nuestra esperanza en su Reino?
Ante tantas necesidades de nuestros hermanos y hermanas, sin desanimarnos por la poca importancia de lo que cada uno podemos hacer ¿creemos en la solidaridad, con la que Dios nos pone al servicio de todos y multiplica el resultado de nuestras pequeñas entregas?
San Francisco Javier

Fue un importante misionero jesuita, miembro del grupo inicial de la Compañía de Jesús y estrecho colaborador de su fundador, Ignacio de Loyola. Destacó por sus misiones que se desarrollaron en el oriente asiático y en el Japón, recibiendo el sobrenombre de Apóstol de las Indias.
1506. Nace en el Castillo de Javier, sexto y último hijo de Juan de Jaso y María Azpilicueta.
1525. Marcha a París para estudiar en la Sorbona
1528. Conoce en París a Ignacio de Loyola y Pedro Fabro, con quienes comparte habitación.
1533. Se une a la «Compañía» de Ignacio.
1534. Practica los Ejercicios Espirituales, dirigidos por Ignacio. El 15 de agosto, el primer grupo de «compañeros’ de Ignacio emite los votos.
1535. Parten para Venecia, con intención de embarcar para Jerusalén, adonde no irán. Se dirigen a Roma, donde Pablo III los acoge y bendice.
1537. Javier es ordenado sacerdote el 24 de junio.
1540. El 14 de marzo es nombrado delegado papal para todo Oriente, y al día siguiente parte hacia Lisboa.
1541. En abril zarpa la flota portuguesa hacia las Indias, con Javier a bordo, entre los más humildes de la embarcación.
1542. El 6 de mayo arribaba a Goa, capital del imperio portugués. Intensa labor misionera.
1545. Llega a Malaca, después de venerar el sepulcro de Santo Tomás en Meliepur.
1549. El 15 de agosto, Javier pone pie en Japón: el primer misionero cristiano que llega hasta allí. Luego volvería a Goa.
1552. En su afán misionero de evangelizar China, llega a la isla de Sancián, donde murió el 3 de diciembre.
1622. Es canonizado el 12 de marzo.
[…] Decir que Javier tenía un carácter alegre y una especial donosura en el trato, es decir bastante, pero no es decir todo, ni siquiera lo más significativo. Acerca de lo primero, el doctor Navarro informa a Tursellini: «[De niño] nadie era más honrado, jovial y afable que él». Él escribe de sí mismo a su hermano Juan acerca de su mundo de relaciones en la Universidad de París: «Acá se me hacen todos muy amigos».
Damos un paso más cuando descubrimos en los abundantes testimonios de sus compañeros de viaje el significado oblativo de una alegría que él sirve gratuitamente como un bálsamo que alivia las penas, y enjuga las lágrimas de todos los que le rodean. Sobre todo en los momentos difíciles de enfermedades, peligros por mar y tierra, y trances especialmente dolorosos. Todos se le acercaban para sacudirse el yugo oprimente de sus pesares y reencontrar la paz y la esperanza amenazadas. ¿Acaso no es éste el sentido más inmediato de «evangelizar»?: contagiar de la verdadera vida que nos ha sido regalada en Cristo, y que se extrovierte en la bandeja de la santa alegría como signo de autenticidad de lo encontrado.
No me privo de reproducir un maravilloso testimonio tomado de una carta del padre Melchior Nunes Barreto a sus hermanos en Coimbra. En él encontramos el aroma que desprendía el Javier de la última época. El Javier resultante de la misión del Japón, crucificada quizá como ninguna de la anteriores: «A principios de febrero quiso Dios nuestro Señor traernos inesperadamente al Padre Maestro Francisco del Japón; y creo que vino más movido por inspiración divina que por razón humana, por la mucha necesidad que había de arreglar las cosas de la Compañía en estas partes de la India. Vosotros, mis Hermanos, podréis comprender la alegría que su llegada trajo a mi alma, si tenéis en cuenta qué cosa es ver a un hombre sobre la tierra, que andando en ella conversatio eius in caelis est. ¡Oh mis Hermanos, qué cualidades vi en él en esos pocos días que tuve trato con él! ¡Oh, qué corazón tan encendido en el amor de Dios! ¡Oh, con qué llamas arde de amor al prójimo! ¡Qué cuidado tiene para resucitarlas y restituirlas al estado de gracia. siendo ministro de Cristo para la más bella obra que hay sobre la tierra, la justificación del impío y pecador! ¡Oh, que afable es, siempre riendo con rostro afable y sereno. Siempre ríe y nunca ríe: siempre ríe porque tiene siempre una alegría espiritual… Y a pesar de ello nunca ríe, ya que siempre está recogido en sí mismo y nunca se disipa con las criaturas».
Siempre ríe y nunca ríe… ¿No es acaso la viva pintura del rostro del Cristo de Javier? ¿No se hizo Francisco, poco a poco, trasunto de aquella imagen serenamente gozosa, alegremente víctoríosa, contenida a la vez que inmensamente expresiva? […]
Germán Arana S.J.
Texto tomado de: Martínez Puche, José A. (director),
Colección Nuevo Año Cristiano de EDIBESA.