Hermanos:
Yo he muerto a la ley por medio de la ley, con el fin de vivir para Dios.
Estoy crucificado con Cristo; vivo, pero no soy yo el que vive, es Cristo quien vive en mí.
Y mi vida de ahora en la carne, la vivo en la fe del Hijo de Dios, que me amó y se entregó por mí.
Bendigo al Señor en todo momento,
su alabanza está siempre en mi boca;
mi alma se gloría en el Señor:
que los humildes lo escuchen y se alegren. R/.
Proclamad conmigo la grandeza del Señor,
ensalcemos juntos su nombre.
Yo consulte al Señor, y me respondió,
me libró de todas mis ansias. R/.
Contempladlo, y quedaréis radiantes,
vuestro rostro no se avergonzará.
El afligid invocó al Señor,
él lo escuchó y lo salvó de sus angustias. R/.
El ángel del Señor acampa en torno quienes lo temen
y los protege.
Gustad y ved qué bueno es el Señor,
dichoso el que se acoge a él. R/.
Todos sus santos, temed al Señor,
porque nada les falta a los que lo temen;
los ricos empobrecen y pasan hambre,
los qu buscan al Señor no carecen de nada. R/.
En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«Yo soy la verdadera vid, y mi Padre es el labrador. A todo sarmiento que no da fruto en mí lo arranca, y a todo el que da fruto lo poda, para que dé más fruto.
Vosotros ya estáis limpios por la palabra que os he hablado; permaneced en mí, y yo en vosotros.
Como el sarmiento no puede dar fruto por sí, si no permanece en la vid, así tampoco vosotros, si no permanecéis en mí.
Yo soy la vid, vosotros los sarmientos; el que permanece en mí y yo en él, ese da fruto abundante; porque sin mí no podéis hacer nada. Al que no permanece en mí lo tiran fuera, como el sarmiento, y se seca; luego los recogen y los echan al fuego, y arden.
Si permanecéis en mí y mis palabras permanecen en vosotros, pedid lo que deseáis, y se realizará.
Con esto recibe gloria mi Padre, con que deis fruto abundante; así seréis discípulos míos».
El amor es el distintivo del ser humano sano, maduro, libre, comprometido, capaz de ofrecer a la humanidad una vida creíble. Así actuó Pablo, su vida fue una vida creíble. Mientras anduvo sujeto a la ley como letra, fue un perseguidor, al que le era más propicio matar que aceptar otra verdad diferente, era un esclavo de la letra, por lo tanto, de sí mismo.
Cuando descubre que es amado y acogido por Aquel a quien perseguía, cuando sufre en su ser la destrucción de su castillo de naipes, es decir todo aquello que suponía su seguridad desde la radicalidad de la ley, cuando este muro se rompe, la vida de Pablo se transforma en una buena noticia, revestido de la verdad, de Cristo, fue capaz de dar en su nombre lo mejor que tenía, él mismo.
La libertad de Pablo comenzó a ser verdadera cuando pudo romper las cadenas de lo “establecido”, es decir cuando fue capaz de mirar la vida con los ojos de Dios y descubrió que el otro es hermano, que la fe no es uniformidad sino un camino de luz que me lleva a la plenitud de la Verdad (que es Dios) que se encuentra en la verdad del corazón de cada ser humano, todos tenemos un retazo de la verdad de Dios, descubrirlo personalmente y ayudar a que lo descubran los demás es el camino para ser felices, libres y creíbles.
La claridad con que expone Jesús este relato evangélico no deja mucho espacio para la reinterpretación, es radical y concreto: o estamos con El y en El o somos lo más parecido a lo inútil, es decir nada. Porque la dignidad humana no la da el tener un estatus u otro, el tener, el parecer, el poseer, el poder…el ser humano se define por ser. La esencialidad de su vida debe tener consistencia en el tiempo más allá de lo que hace o tiene, precisamente por su dignidad humana está llamado a la eternidad.
Permanecer en un lugar o junto a alguien requiere un conocimiento afianzado como vínculo que genere un bien y un crecimiento personal, un vínculo de amor que lleve a “oler” esa presencia en la atmosfera que le rodea, de lo contrario es una permanencia “viciada”.
El vínculo de permanencia con Cristo y en Cristo es el amor, no puede haber para el ser humano un vínculo más profundo que este. Permanecer en El, en Cristo tiene sus consecuencias que van más allá de un programa de vida, más bien es una vida que “huele a verdad, a fidelidad, a entrega, a esperanza, es una vida que ha aprendido a mirar desde la ventana del corazón, para descubrir en la humanidad la mirada de Dios.
Los ojos de Dios son las lágrimas y el dolor de los pobres, de los niños abandonados, de los enfermos, son las lágrimas de tanta soledad y abandono en un mundo que necesita descubrirse amado. Cuando los ojos de Dios se nos claven en el alma y las manos se nos rompan de tanto extenderlas para dar, acoger, perdonar, entonces permanecer en El, como sarmientos vivos, no será un sentimiento intimista, sino una entrega generosa que hará de nuestra vida una “buena noticia creíble”.
Permanecer en El, en Cristo nos lleva del Yo-TU al NOSOTROS que es el vínculo más profundo que existe en todo bautizado, el vínculo trinitario que riega con la gracia de su presencia la historia y la vida de la humanidad, como la vid riega los sarmientos y los embellece con su savia.
Permanecer en Cristo es la invitación que Dios nos hace para ser felices, para romper las barreras egoístas que nos impiden “oler a Dios,” percibir el aroma de su amor y su misericordia cada vez que abrimos el corazón para abrazar a la humanidad y darle calor de eternidad.
Santa Brígida

Madre de familia, religiosa católica después, mística, escritora y teóloga sueca. Fundadora de la Orden del Salvador. Fue declarada santa por la Iglesia Católica en 1391. Es considerada la santa patrona de Suecia, patrona de Europa y de las viudas
Brígida de Suecia había nacido en Finstad, cerca de Upsala, en el seno de una familia aristocrática y tuvo que casarse a los 14 años, por imposición de su padre con un militar fuerte y elegante, Ulf Gudmarsson, con quien vivió feliz y tuvo ocho hijos, a los que dio una esmerada educación, y entre ellos esta Santa Catalina de Suecia. Además de cuidar de todos ellos, todavía le quedaba tiempo para dedicarse a las obras de caridad con los necesitados en un hospital que había erigido con su marido cerca de su casa, fiel a su espíritu de terciaria franciscana.
Con motivo de sus bodas de plata matrimoniales (1341), Brígida y su esposo Ulf decidieron celebrar esta fecha con toda solemnidad y para ello nada mejor que hacer una peregrinación a Santiago de Compostela (España), peregrinación, por otra parte, no era nada novedosa, pues en la familia constituía una tradición ya adquirida. La iniciaron a principios de junio de 1341, y caminaron de santuario en santuario, visitando cuantos pudieron encontrar en el camino, especialmente los de Renania, los de Provenza y los de España hasta llegar finalmente a Galicia, al sepulcro del apóstol Santiago. […] Esta peregrinación a Compostela para Santa Brígida tuvo una importancia excepcional, pues marcó un hito en su vida, Ya que, después de esta peregrinación al sepulcro del apóstol Santiago, Brígida decidió dar una respuesta incondicional a la llamada de Dios a la santidad, haciendo voto de castidad junto con su marido con la intención de fundar un convento donde Pudieran retirarse y vivir entregados a la oración y a la contemplación. Pero su marido murió en 1344, y entonces, Brígida abandonó su casa, entregó a los pobres todos su bienes y se fue a vivir cerca del monasterio cisterciense de Alvastra, donde ya se había retirado poco antes su marido y donde había muerto. Allí comenzó a tener revelaciones de Cristo y de la Virgen María, que ella iba escribiendo en sueco y que, luego, sus confesores y consejeros, traducían al latín, cuyo texto ella misma revisaba.
En 1346, comenzó a ocuparse del más íntimo anhelo de sus aspiraciones espirituales: la construcción del convento de Vadstena (Suecia) para 25 hombres y 60 mujeres, un total de 85 personas, que representaban a los 12 apóstoles, a los 72 discípulos y al apóstol San Pablo. Vivirían en edificios separados, por supuesto, pero con una única iglesia para orar juntos, regidos por una misma abadesa, que reflejara la maternidad de la Virgen María y orientados por la regla de San Agustín.
Así y allí nacía la orden del Salvador, cuya espiritualidad mariana, que Brígida inculcó a sus hijas, componiendo ella misma himnos y lecturas para recitar en el oficio mariano cada día, tuvo una gran difusión en los siglos siguientes, sobre todo, en el Norte de Europa. Pero como no acababa de recibir el reconocimiento papal para su fundación, la Orden del Salvador, Brígida decidió ir a Roma (1349), aprovechando la convocatoria del jubileo de 1350, hecha por el papa Clemente VI desde Aviñón mediante la bula Unigenitus Dei Filius que se publicó en agosto de 1349. Sólo en 1370, después de muchas correcciones sobre la pobreza común en el monasterio. el papa Urbano V aprobó la Regula Salvatoris, que ella decía que había recibido por revelación, mientras que la aprobación del monasterio mixto sólo llegó, cinco años después de su muerte, en 1378, cuando su hija Catalina era la abadesa del monasterio. Pero estos contratiempos no mermaron en ningún momento su convicción de que estaba realizando la voluntad de Dios ni la esperanza de que su obra saldría adelante, a pesar de los fracasos y de los obstáculos encontrados en el camino.
Santa Brigida de Suecia se sintió inspirada por Cristo y por la Virgen, que le hablaban y ella, por escrito o de palabra, expresaba lo que le iban diciendo. Después, los confesores y secretarios recogían sus escritos y sus palabras y las traducían del sueco antiguo al latín. De ahí que no sea posible precisar, en este trasiego, hasta que punto las Revelaciones reproducen con exactitud las palabras inspiradas a la vidente. Es más, dada la índole polémica de muchas de ellas y el contenido puramente teológica de otras, se puede suponer que sus confesores modificaron el texto para limar expresiones demasiado fuertes o para corregir imprecisiones teológicas.
De todas formas, las Revelaciones fueron recogidas en ocho libros (más un noveno en el que se recogen otras revelaciones que no habían sido incorporadas a los primeros) y están divididas en cuatro ciclos: el sueco entre 1344-13/119; el romano entre 1350-1363; el de las peregrinaciones a diversos santuarios de Italia entre 1364-1370, y el de Tierra Santa entre 1372-1373. Entre otras cosas, Brígida, a través de sus Revelaciones, transmite las órdenes recibidas de Dios para remediar las diversas miserias de la vida cortesana y para reformar el estado religioso y el desorden de la Iglesia y deja en ellas una espiritualidad marcada por los acontecimientos políticos y religiosos de su época, que refleja el ardor de un alma que se sabe instrumento en la mano de Dios para realizar una renovación espiritual en la Iglesia de su tiempo.
Además, las Revelaciones reflejan la fuerte personalidad de una santa que, por su carácter dinámico y práctico, supo conjugar perfectamente contemplación y acción, ser Marta y María al mismo tiempo. Y de esta unión le nació la perseverancia y la severidad de su mensaje, que, como trompeta sonora, clamaba pidiendo la «reforma de la cabeza y de los miembros de la Iglesia». que, por otra parte, era el clamor que se había levantado por doquier. Su mística, tan mariana como cristocéntrica, le llevó a la profunda convicción de que sólo los sufrimientos, que Dios le había reservado o significado a través de las vicisitudes exteriores, eran el medio para llevarla a la unión con Dios. Esta comprensión del sufrimiento la presentó de todo sentimentalismo y le ayudó a adquirir un fuerte sentido realista, que determinó todo su dinamismo interior. Las visiones que recibió en éxtasis reflejan también la misma nota personal y realista que se traduce en imágenes naturalistas, a menudo drásticas y altamente dramáticas, En especial sus visiones de Cristo en la Cruz y de la Dolorosa se consideran como obras maestras de la literatura sueca antigua.
Rafael del Olmo, O.S.A.
Texto tomado de: Martínez Puche, José A. (director),
Colección Nuevo Año Cristiano de EDIBESA.