En aquellos días, surgió el profeta Elías como un fuego, sus palabras quemaban como antorcha.
Él hizo venir sobre ellos hambre, y con su celo los diezmó.
Por la palabra del Señor cerró los cielos y también hizo caer fuego tres veces.
¡Qué glorioso fuiste, Elías, con tus portentos!
¿Quién puede gloriarse de ser como tú?
Fuiste arrebatado en un torbellino ardiente, en un carro de caballos de fuego; tú fuiste designado para reprochar los tiempos futuros, para aplacar la ira antes de que estallara, para reconciliar a los padres con los hijos y restablecer las tribus de Jacob.
Dichosos los que te vieron y se durmieron en el amor.
Pastor de Israel, escucha,
tú que te sientas sobre querubines, resplandece.
Despierta tu poder y ven a salvarnos. R/.
Dios del universo, vuélvete:
mira desde el cielo, fíjate,
ven a visitar tu viña.
Cuida la cepa que tu diestra plantó,
y al hijo del hombre que tú has fortalecido. R/.
Que tu mano proteja a tu escogido,
al hombre que tú fortaleciste.
No nos alejaremos de ti:
danos vida, para que invoquemos tu nombre. R/.
Cuando bajaban del monte, los discípulos preguntaron a Jesús:
«¿Por qué dicen los escribas que primero tiene que venir Elías?».
Él les contestó:
«Elías vendrá y lo renovará todo. Pero os digo que Elías ya ha venido y no lo reconocieron, sino que han hecho con él lo que han querido. Así también el Hijo del hombre va a padecer a manos de ellos».
Entonces entendieron los discípulos que se refería a Juan el Bautista.
Hoy, 14 de diciembre, estamos ya casi terminando la 1ª parte del Adviento, el llamado escatológico. Es la preparación a la llegada definitiva del Señor, al final de los tiempos, cuando vendrá para coronar definitivamente su obra redentora, dando a cada uno según sus obras. La Iglesia nos invita a esperar en este tiempo con la certeza de que, cuando esto ocurra, será para la felicidad eterna del hombre que aceptó a Jesús como su salvador.
Cuando en estos días oramos diciendo: ¡Ven, Señor Jesús!, no nos referimos tanto a esa venida que celebraremos en Navidad, cuanto a su venida gloriosa al final de los tiempos. Es lo que diariamente exclamamos en la eucaristía después de la Consagración: “Anunciamos tu muerte, proclamamos tu resurrección, ¡Ven, Señor Jesús!”
Y es en este encuadre litúrgico donde encuentran sentido las lecturas de este día.
Tres profetas: Elías, Juan, Jesús.
La persona de Juan el Bautista, del que Jesús habla en el evangelio, es prefigurada por el profeta Elías, uno de los personajes más importantes del A.T.
El elogio del profeta Elías en el libro del Eclesiástico concluye con una alusión a su venida al final de los tiempos para preparar los corazones de los hombres. En el Evangelio se aplica esto a Juan Bautista, que vino en el espíritu y poder de Elías para preparar al Señor un pueblo bien dispuesto.
Un profeta semejante al fuego, por la palabra ardiente como el horno encendido. De esta manera, por el celo ardiente, es presentado Elías, pero ¿no podría decirse esto mismo de Juan Bautista y del propio Jesús? Y, tal vez, ¿no debería decirse esto mismo de todos los cristianos hechos profetas desde el bautismo? Ardor en nuestro corazón y por eso en nuestras palabras, sin por ello dejar de ser palabras que botan de un corazón manso y humilde.
Elías ya ha venido, pero no le reconocieron. En la tradición bíblica el profeta Elías había de venir. Elías ya vino, dice el Señor y no lo reconocieron, sino que lo trataron a su antojo. Así, también el Hijo del Hombre va a padecer en manos de ellos.
Cuando dijo esto el Señor, sus discípulos entendieron que se refería a Juan el Bautista. Todo profeta es tal en relación con Cristo. Le prepara el camino ante los hombres con su predicación y su testimonio de vida. Está dispuesto a desaparecer cuando Él llegue. Ha de percatarse de que su misión está cumplida. Sobre todo, le imitará en su conducta. Como Jesús, y como los antiguos profetas que lo anunciaron, el profeta de hoy y de todos los tiempos sabe que le espera la incomprensión, el sufrimiento, y…
Las lecturas de hoy nos sitúan a todos ante una alternativa. ¿Sabemos leer los signos de los tiempos, sabemos distinguir la presencia de los profetas y de Jesús mismo en nuestra vida? ¿la aceptamos?
Demos gracias al Señor porque a nuestro alrededor hay muchos – profetas- testigos de Dios, hombres y mujeres que dan testimonio de Cristo y de su Evangelio, personas fieles que sin actitudes espectaculares están demostrando que sí es posible vivir según las bienaventuranzas de Cristo.
San Juan de la Cruz

La ejemplaridad de Juan de la Cruz es inmensa. Además de maestro, es escritor y doctor de la Iglesia. Fue fundador de los descalzos carmelitas y ocupó diferetnes responsabilidades. Sabía iluminar y estimular en el seguimiento de Cristo, quitando tropiezos y alentando positivamente desde la vida teologal.
Fontiveros (Ávila), 1542 – Úbeda (Jaén), 14-diciembre-1591
[…] Juan, nuestro santo nació en Fontiveros en 1542, ignorándose el mes y el día. El nombre de Juan responde a Juan el Bautista. En 1551 pasa, junto a su familia, a vivir a Medina del Campo.
[…] En 1563, habiéndose planteado seriamente la elección de estado, se decide por la vida religiosa carmelitana y entra en el convento de Santa Ana de Medina del Campo. Toma el nombre de fray Juan de San Matías. Al año siguiente hace su profesión. De 1564 a 1568 estudia en la Universidad de Salamanca. ordenado sacerdote en 1567, en el verano-otoño de ese año se encuentra con Santa Teresa de Jesús. Tiene la madre 52 años y fray Juan 25. […] Teresa le gana para su causa: comenzar la reforma de la vida religiosa entre los frailes del Carmen, como ya la ha comenzado ella en 1562 entre las monjas. Fray Juan acepta la propuesta con una sola condición: que se haga pronto, que no se tarde mucho. […] A la reforma dedicará el resto de su vida.
[…] Ejemplo para todos en la enfermedad como lo ha sido siempre en toda su vida, muere santamente en Úbeda a las 12 de la noche del 13 al 14 de diciembre de 1591. Se va como dice a cantar maitines al cielo, con Nuestra Señora, de la que era devotísimo y de la que había escrito cosas preciosas en verso y en prosa. Los maitines celestes a que acude presuroso eran de Nuestra Señora, al ser sábado y rezarse de Santa María. Tenía 49 años.
Su cuerpo fue trasladado a Segovia en mayo de 1593. Beatificado por Clemente X en 1675. Canonizado por Benedicto XIII el 27 de diciembre de 1726. Su fiesta litúrgica ha sido ya definitivamente cambiada del 24 de noviembre al 14 de diciembre, su dies natalis.
Pío XI le declara Doctor de la Iglesia universal el 24 de agosto de 1926. Juan Pablo II lo declaró patrono de los poetas de lengua española en 1993. Por los años cuarenta, el 21 de marzo, comienzo de la primavera, los poetas españoles lo habían proclamado su patrono, haciendo gran fiesta con profusión de poesías en ese día de cada año.
La ejemplaridad de Juan de la Cruz es inmensa. Ya Santa Teresa dice de él que ha sido siempre santo, que es hombre celestial y divino, que no halla ningún otro que tanto afervore en el camino del cielo. Afervoraba con su palabra y con la santidad de su vida llena de pruebas y tribulaciones. No se le había regalado nada. Señalado con la cruz desde su tierna infancia, se ha distinguido por su conformidad con la voluntad divina, por su dulzura, por su espíritu de oración y trato con Dios, por su enorme paciencia en los sufrimientos de la cárcel y de su última enfermedad.
Además de santo y maestro de viva voz es escritor, doctor de la Iglesia, que por boca de Pío XII ha calificó sus libros de «pura fuente del sentido cristiano y del espíritu de la Iglesia».
No sólo fue fundador de los descalzos carmelitas, sino también formador: maestro de novicios, maestro de estudiantes, demoledor de extravagancias, gran consejero, hombre de gobierno local, provincial, general en el seno de su familia religiosa.
Su magisterio entre los frailes y monjas del Carmelo fue muy abundante, de viva voz y escrito. Sabía iluminar el camino, acompañar al caminante, estimular en el seguimiento de Cristo, quitando tropiezos y alentando positivamente desde la vida teologal. Se desvivió en su apostolado múltiple no sólo en pro de frailes y monjas, sino también de sacerdotes y seglares. Sembraba a manos llenas, teniendo como lema que no había que tener acepción de personas, sino mirar a todos como almas redimidas por la sangre de jesucristo nuestro Señor. Su buena dirección espiritual en Ávila, Baeza, Granada, Segovia era proverbial.
Ahora todo su saber y su experiencia de Dios están puestos más que nunca a disposición de la Iglesia entera. Quien batalló tanto por defender lo teologal frente a las fantasmagorías de visiones y revelaciones, por las que andaban desaládas tantas personas, sigue con su cátedra abierta en este orden de cosas. Es el gran maestro en los caminos del espíritu, en las vías de la oración y del discernimiento. Espiritualidad alegre y sana la suya. […]
José Vicente Rodríguez, O.C.D.
Texto tomado de: Martínez Puche, José A. (director),
Colección Nuevo Año Cristiano de EDIBESA.