Esto dice el Señor, tu libertador, el Santo de Israel:
«Yo, el Señor, tu Dios, te instruyo por tu bien, te marco el camino a seguir.
Si hubieras atendido a mis mandatos, tu bienestar sería como un río, tu justicia como las olas del mar, tu descendencia como la arena, como sus granos, el fruto de tus entrañas; tu nombre no habría sido aniquilado, ni eliminado de mi presencia».
Dichoso el hombre
que no sigue el consejo de los impíos,
ni entra por la senda de los pecadores,
ni se sienta en la reunión de los cínicos;
sino que su gozo es la ley del Señor,
y medita su ley día y noche. R/.
Será como un árbol
plantado al borde de la acequia:
da fruto en su sazón
y no se marchitan sus hojas;
y cuanto emprende tiene buen fin. R/.
No así los impíos, no así;
serán paja que arrebata el viento.
Porque el Señor protege el camino de los justos,
pero el camino de los impíos acaba mal. R/.
En aquel tiempo, dijo Jesús al gentío:
«¿A quién compararé esta generación?
Se asemeja a unos niños sentados en la plaza, que gritan diciendo:
“Hemos tocado la flauta, y no habéis bailado; hemos entonado lamentaciones, y no habéis llorado”.
Porque vino Juan, que ni comía ni bebía, y dicen: “Tiene un demonio”. Vino el Hijo del hombre, que come y bebe, y dicen: “Ahí tenéis a un comilón y borracho, amigo de publicanos y pecadores”.
Pero la sabiduría se ha acreditado por sus obras».
El pueblo judío, por su mal comportamiento, cayó en el destierro. Pero, a pesar de todo, Yahvé nunca le dejó solo. En este pasaje, le recuerda que el Señor busca siempre su bien a través de sus mandatos e indicaciones.
De haber escuchado y obedecido a Dios no estaría en la situación actual. “Si hubieras atendido a mis mandatos, sería tu paz como un río, tu justicia como las olas del mar, tu progenie sería como arena, como sus granos las vástagos de tus entrañas…”.
Pasando al Nuevo Testamento, bien sabemos que Jesús es nuestro camino, nuestra verdad y nuestra vida. Caminando por su misma senda, la vida y la vida en abundancia, ya en esta tierra, anidará en nuestro corazón y después de nuestra muerte podremos gozar de la deseada felicidad total y para siempre.
En más de una ocasión, a lo largo del evangelio, vemos a Jesús quejarse de sus oyentes y seguidores. En eta ocasión, se apoya en la generaliza actitud de los niños para recordarles que no siguen sus palabras, sus indicaciones. “Hemos tocado la flauta y no habéis bailado, hemos cantado lamentaciones y no habéis llorado”.
En todo momento, en las indicaciones de Jesús más suaves y en las más costosas, hemos de hacerle caso, el mejor, el único camino para conseguir la alegría de vivir tanto en la tierra como en el cielo.
En todo momento, apoyados en este pasaje evangélico, hemos de hacer caso a Jesús. Que Jesús no se pueda quejar de nosotros.
Santa Lucía

Santa Lucía fue una mártir cristiana, que padeció el martirio durante la persecución de Diocleciano. Nació y murió en Siracusa, ciudad de Italia. En los relatos se mencionan sus múltiples virtudes entre las que se destaca la sencillez, la humildad y la honradez. También es venerada por las iglesias ortodoxa y luterana.
Siracusa (italia), 13 de diciembre del 303 ó 304
Su nombre significa Luminosa y ello ya ha dado pie a tanta bella consideración en torno a que quien llevara ese nombre estuviera ilustrada con la doble corona de la virginidad y el martirio. Ha dado pie también a que la invoquen quienes tienen problemas de la vista o son ya ciegos, cuyas organizaciones la han elegido por celestial patrona.
Su existencia histórica y su martirio en Siracusa son históricamente seguros, pero los particulares de su martirio nos llegan en unas actas que no son auténticas y que por tanto no reflejan la historia, sino la imaginación de quienes, por echar de menos unas actas sinceras, llenaron el hueco con el producto de su fantasía. Y, como en todos los casos similares, nos resulta imposible discernir el fondo histórico que pueda haber en ellas.

El día de su martirio fue el 13 de diciembre. Como no hay por qué dudar de que fuera en la persecución de Diocleciano, la fecha será el año 303 ó 304. El lugar de su martirio Siracusa, donde su culto ya era practicado en el siglo IV, según confirma la inscripción hallada en 1894 en las catacumbas de San Juan, de Siracusa, y en la que se dice que la joven Eusquia había muerto en el día de «mi señora Lucía». Y consta por las obras de San Gregorio Magno que en el siglo VI había en Siracusa un monasterio dedicado a la santa.
El martirio se sucedió como sigue: Detenida Lucía y llevada ante el prefecto Pascasio, confesó sin ambages la fe en Cristo, y las amenazas no sirvieron para echarla atrás. El prefecto la amenazó con llevarla a una casa de prostitución, contestando Lucía que, cuando el alma no consiente, la profanación del cuerpo no afecta a la persona. Los esbirros que deberían haberla llevado al prostíbulo no lograron moverla. Entonces se la untó de pez y se la metió en una hoguera, pero, como ella había anunciado, al apagarse las llamas resultó ella estar intacta. La muchedumbre quedó asombrada y muchos comenzaron a plantearse si hacerse cristianos. El prefecto decidió acabar: mandó que le fuera acribillada la garganta con una espada. Así culminó su glorioso martirio y entregó su alma al Señor.
Hay una tradición, entre otras diferentes, según la cual el año 1038 el cuerpo de la santa fue trasladado a Constantinopla, de la cual, en 1204 y por manos de los cruzados, fue trasladado a Venecia, donde se venera.
José Luis Repetto Betes
Texto tomado de: Martínez Puche, José A. (director),
Colección Nuevo Año Cristiano de EDIBESA.