Yo mismo, hermanos, cuando vine a vosotros a anunciaros el misterio de Dios, no lo hice con sublime elocuencia o sabiduría, pues nunca entre vosotros me precié de saber cosa alguna, sino a Jesucristo, y éste crucificado.
También yo me presenté a vosotros débil y temblando de miedo; mi palabra y mi predicación no fue con persuasiva sabiduría humana, sino en la manifestación y el poder del Espíritu, para que vuestra fe no se apoye en la sabiduría de los hombres, sino en el poder de Dios.
Sabiduría, sí, hablamos entre los perfectos; pero una sabiduría que no es de este mundo ni de los príncipes de este mundo, condenados a perecer, sino que enseñamos una sabiduría divina, misteriosa, escondida, predestinada por Dios antes de los siglos para nuestra gloria.
Ninguno de los príncipes de este mundo la ha conocido; pues, si la hubiesen conocido, nunca hubieran crucificado al Señor de la gloria.
Sino, como está escrito:
«Ni el ojo vio, ni el oído oyó, ni el hombre puede pensar lo que Dios ha preparado para los que lo aman».
Y Dios nos lo ha revelado por el Espíritu; pues el Espíritu lo sondea todo, incluso lo profundo de Dios.
Soy más docto que todos mis maestros,
porque medito tus preceptos.
Soy más sagaz que los ancianos,
porque cumplo tus mandatos. R/.
Aparto mi pie de toda senda mala,
para guardar tu palabra;
no me aparto de tus mandamientos,
porque tú me has instruido. R/.
¡Qué dulce al paladar tu promesa:
más que miel en la boca!
Considero tus mandatos,
y odio el camino de la mentira. R/.
En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«Vosotros sois la sal de la tierra. Pero si la sal se vuelve sosa, ¿con qué la salarán?
No sirve más que para tirarla fuera y que la pise la gente.
Vosotros sois la luz del mundo. No se puede ocultar una ciudad puesta en lo alto de un monte.
Tampoco se enciende una lámpara para meterla debajo del celemín, sino para ponerla en el candelero y que alumbre a todos los de casa.
Brille así vuestra luz ante los hombres, para que vean vuestras buenas obras y den gloria a vuestro Padre que está en el cielos».
Este comentario de José Luis Sicre, nos puede ayudar a darnos cuenta, de que, sólo la persona que lleva a Cristo en las entrañas puede comunicarlo a sus hermanas y hermanos.
“Buscando una relación entre esta lectura y el evangelio, la luz con la que Pablo intenta iluminar a los corintios es la persona y el mensaje de Jesucristo. Pero la fuerza del texto recae en el modo de hacer brillar esa luz. La comunidad de Corinto había sido fundada por Pablo. Pero cuando apareció por allí Apolo, un judío convertido al cristianismo, encandiló a todos con su sabiduría y su excelente oratoria. Muchos terminaron prefiriendo a Apolo y su modo de transmitir el evangelio. Pablo reacciona con dureza, afirmando que él nunca quiso presumir de sabio o elocuente, sino anunciar a Jesucristo, y no de cualquier manera, sino en su aspecto más escandaloso: crucificado. «Para que vuestra fe no se apoye en la sabiduría de los hombres, sino en el poder de Dios». (José Luis Sicre)
Estos versículos del 13 al 16 forman parte del capítulo 5 que comienza con las bienaventuranzas. Palabras que nos perforan el alma, pues es la expresión de lo vivido por Jesús de Nazaret; todo un programa de vida para nosotras sus seguidoras. Son ellas las que nos harán, si las vivimos, esa “sal” que da sabor a la humanidad y esa “luz” que iluminará la historia.
Como dice J.A.Pagola: “Esta es la identidad de las personas seguidoras de Jesús. No vivirán para sus propios intereses. No han de pensar en su dinero, su prestigio o su poder. Su presencia en medio de las gentes será profética. Serán “la sal” que necesita la tierra y la “luz” que necesita el mundo. Introducirán la fuerza sanadora de Jesús y la luz de su proyecto del reino de Dios”.
¡Alumbre vuestra luz!, ¡Que brillen vuestras vidas, no vuestras doctrinas! Demostrar que es posible el amor y la compasión. Buscad la justicia de Dios. Sed mis profetas, no solo con palabra, sino, con vuestras obras.
Como recuerda el Papa Francisco: “La Iglesia-Comunidad de Jesús, no es una fortaleza cerrada, es una Iglesia-Comunidad en salida”. De manera que con esta esperanza, podamos compartir esa luz que ilumina y esa sal que da sabor.
Toda la creación lleva dentro de sí la luz que la engendró y el sabor que da sentido a nuestro vivir.
San Isidoro

Fue un hombre de Iglesia y a la vez de Estado dedicado al estudio y a la composición de numerosos escritos y reconocido como el restaurador de la vida eclesiástica de España. Se entregó a un intenso trabajo pastoral dirigido al clero diocesano, y gracias a la difusión de sus escritos, al de toda España.
El varón más docto de su tiempo. Hermano menor de San Leandro de Sevilla, a quien sucedería en la sede (600), Isidoro nació el año 560 en el seno de una familia romana de Cartagena (actualmente, en la Región de Murcia, España), ciudad entonces controlada por los bizantinos de Justiniano, que hubo de emigrar a Sevilla. Allí vio la luz y, con toda probabilidad, recibió la formación de su mismo hermano Leandro, a quien, junto con su hermana mayor Florentina, fue confiado por los padres, fallecidos cuando él era todavía un niño. Alcanzó en poco tiempo incomparable erudición y dominio completo de las tres lenguas entonces sagradas, a saber: el hebreo, el griego y el latín, así como de cuanta literatura, ya clásica, ya patrística, se había salvado hasta entonces. Isidoro es el último de cuatro hijos que llegaron a ser, andando el tiempo, o monjes o clérigos: su hermana Florentina fue monja de clausura, y sus hermanos Leandro y Fulgencio, obispos, respectivamente, de Sevilla y de Écija, en la Bética, la más romanizada de las provincias de España.
Una antigua y discutida tradición lo hace monje. Tal vez completase su formación en un monasterio, aunque sin llegar a ser monje, o quién sabe si a la sombra de su hermano Leandro en la escuela episcopal sevillana. Hay quien sostiene que, a los 30 años Isidoro habría asumido la dirección de aquel monasterio sevillano. Lo que de cierto sabemos es que, ya obispo, se entregó a un intenso trabajo pastoral dirigido al clero diocesano y, más tarde, gracias sin duda a la difusión que sus escritos alcanzaron, al de toda España. Hombre de Iglesia y a la vez de Estado, Isidoro de Sevilla disfrutó de un gobierno pastoral pacífico, y la estrecha relación con los reyes visigodos le permitió colaborar activamente con Sisebuto, Sisenando y Suintila en la estabilidad del reino.
Presidió el II Concilio de Sevilla (619) y fue asimismo presidente y animador del IV de Toledo (diciembre del año 633), básico en la renovación de la Iglesia hispana: sus actas son una suerte de carta ideal de la Iglesia visigoda y de sus relaciones con la monarquía. Dedicado al estudio y a la composición de numerosos escritos, amigo íntimo de San Braulio de Zaragoza, que siempre estuvo pronto a profesarle extraordinaria veneración, gozó de excelente salud mental hasta el fin de sus días. No así de la física, pues acabó casi paralítico. Isidoro de Sevilla, el más grande escritor de su tiempo, murió el 23 de abril del año 636, fecha tope de la patrística latina. Era entonces reconocido como el varón más docto del siglo, el restaurador de la vida eclesiástica de España, el organizador de más prestigio en todo el Occidente de su tiempo.
El VIII Concilio de Toledo (653) le rindió subidas alabanzas reconociendo públicamente su talla moral y cultural: egregio doctor de nuestro siglo, novísimo y doctfsimo adorno de la Iglesia católica son, entre otras, algunas de esas perlas conciliares. El cristianismo lo venera como a Padre y Doctor de la Iglesia. Sus restos fueron trasladados el año 1063 a León, en cuya iglesia homónima recibe hoy culto. La Iglesia universal incluyó expresamente su nombre en la lista oficial de los padres doctores latinos el año 1722. Aún se conserva la inscripción rítmica del sepulcro común de Leandro, Florentina e Isidoro.
Pedro Langa O.S.A.
Texto tomado de: Martínez Puche, José A. (director),
Colección Nuevo Año Cristiano de EDIBESA.