«¿Con quién podréis compararme, quién es semejante a mi?», dice el Santo.
Alzad los ojos a lo alto y mirad: ¿quién creó esto?
Es él, que despliega su ejército al completo y a cada uno convoca por su nombre.
Ante su grandioso poder, y su robusta fuerza, ninguno falta a su llamada.
¿Por qué andas diciendo, Jacob, y por qué murmuras, Israel: «Al Señor no le importa mi destino, mi Dios pasa por alto mis derechos»?
¿Acaso no lo sabes, es que no lo has oído?
El Señor es un Dios eterno que ha creado los confines de la tierra. No se cansa, no se fatiga, es insondable su inteligencia.
Fortalece a quien está cansado, acrecienta el vigor del exhausto.
Se cansan los muchachos, se fatigan, los jóvenes tropiezan y vacilan; pero los que esperan en el Señor renuevan sus fuerzas, echan alas como las águilas, corren y no se fatigan, caminan y no se cansan.
Bendice, alma mía, al Señor,
y todo mi ser a su santo nombre.
Bendice, alma mía, al Señor,
y no olvides sus beneficios. R/.
Él perdona todas tus culpas
y cura todas tus enfermedades;
él rescata tu vida de la fosa,
y te colma de gracia y de ternura. R/.
El Señor es compasivo y misericordioso,
lento a la ira y rico en clemencia.
No nos trata como merecen nuestro pecados
ni nos paga según nuestras culpas. R/.
En aquel tiempo, Jesús tomó la palabra y dijo:
«Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré.
Tomad mi yugo sobre vosotros y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis descanso para vuestras almas. Porque mi yugo es llevadero y mi carga ligera».
Recién acabamos de iniciar un nuevo año litúrgico y ya aparece ante nuestros ojos el espectro negativo de la vida, y nos encontramos en la Liturgia del día palabras como cansancio, fatiga, agobio…pero acaso ¿es distinta la realidad que nos rodea? ¿no vemos cansancio y fatiga en los hombres y mujeres que llegan a nuestras costas exhaustos? ¿no leemos noticias del éxodo de miles de ucranianos o palestinos tratando de huir de guerras injustas? Gente agobiada y cansada de tanta violencia y sin sentido de vida y, sin tener que recurrir a casos tan extremos, vecinos, compañeros, familiares a quienes la vida les parece poco menos que insoportable. Parece como si en gran parte del mundo solo encontrásemos angustias y cargas, y ningún método humano pudiese traer a nuestra vida la paz que tanto anhelamos.
Y sin embargo, para el creyente sigue existiendo una luz, tenue si se quiere, pero luz al fin y al cabo, en medio de este mundo que aparece ahogado por las tinieblas del mal. Para esto vivimos el Adviento, para tomar plena conciencia de esta realidad que, por ser de fe, no es menos cierta. Jesús nos ofrece descansar de estas vivencias, solo necesitamos acudir a Él y someternos a su yugo, es decir a su señorío para encontrar lo que de verdad anhelamos.
En las lecturas de este miércoles de la segunda semana se vislumbra esta luz. “El (Dios) da fuerza al cansado, acrecienta el vigor…porque los que esperan en el Señor renuevan sus fuerzas” Y sí, vemos en esta lectura del profeta Isaías una de las claves interpretativas, “los que esperan”, aparece la esperanza como luz tenue que ilumina nuestro vivir. Hay que creer, y hay que “esperar contra toda esperanza” como nos lo escribió Pablo.
Pero todavía se da un paso a mayor profundidad en el Evangelio de este día.
Jesús mismo, Dios que se ha hecho hombre por amor al hombre, se nos brinda como puerto seguro, punto de apoyo y refugio en los momentos oscuros. “Venid a mí, los cansados y agobiados, y yo os aliviaré” ¿Podría el hombre desear algo semejante? Pues, lo que esperamos ya lo poseemos en El.
En la oración colecta de este día se dice: “No permitas que desfallezcamos en nuestra debilidad los que esperamos la llegada saludable del que viene a sacarnos de todos nuestros males” y no, Dios no permite que desfallezcamos y por eso El mismo se nos ofrece como descanso.
El mundo seguirá llorando, continuaremos siendo débiles y el agobio nos rodeará, pero ahora tenemos Alguien a quien acudir: “Venid a mí” la invitación está hecha, sólo hace falta acogerla. Si así lo hacemos podremos decir junto con el salmista: “Bendice, alma mía, al Señor”
¡Santo Adviento!
Santa Lucía

Santa Lucía fue una mártir cristiana, que padeció el martirio durante la persecución de Diocleciano. Nació y murió en Siracusa, ciudad de Italia. En los relatos se mencionan sus múltiples virtudes entre las que se destaca la sencillez, la humildad y la honradez. También es venerada por las iglesias ortodoxa y luterana.
Siracusa (italia), 13 de diciembre del 303 ó 304
Su nombre significa Luminosa y ello ya ha dado pie a tanta bella consideración en torno a que quien llevara ese nombre estuviera ilustrada con la doble corona de la virginidad y el martirio. Ha dado pie también a que la invoquen quienes tienen problemas de la vista o son ya ciegos, cuyas organizaciones la han elegido por celestial patrona.
Su existencia histórica y su martirio en Siracusa son históricamente seguros, pero los particulares de su martirio nos llegan en unas actas que no son auténticas y que por tanto no reflejan la historia, sino la imaginación de quienes, por echar de menos unas actas sinceras, llenaron el hueco con el producto de su fantasía. Y, como en todos los casos similares, nos resulta imposible discernir el fondo histórico que pueda haber en ellas.

El día de su martirio fue el 13 de diciembre. Como no hay por qué dudar de que fuera en la persecución de Diocleciano, la fecha será el año 303 ó 304. El lugar de su martirio Siracusa, donde su culto ya era practicado en el siglo IV, según confirma la inscripción hallada en 1894 en las catacumbas de San Juan, de Siracusa, y en la que se dice que la joven Eusquia había muerto en el día de «mi señora Lucía». Y consta por las obras de San Gregorio Magno que en el siglo VI había en Siracusa un monasterio dedicado a la santa.
El martirio se sucedió como sigue: Detenida Lucía y llevada ante el prefecto Pascasio, confesó sin ambages la fe en Cristo, y las amenazas no sirvieron para echarla atrás. El prefecto la amenazó con llevarla a una casa de prostitución, contestando Lucía que, cuando el alma no consiente, la profanación del cuerpo no afecta a la persona. Los esbirros que deberían haberla llevado al prostíbulo no lograron moverla. Entonces se la untó de pez y se la metió en una hoguera, pero, como ella había anunciado, al apagarse las llamas resultó ella estar intacta. La muchedumbre quedó asombrada y muchos comenzaron a plantearse si hacerse cristianos. El prefecto decidió acabar: mandó que le fuera acribillada la garganta con una espada. Así culminó su glorioso martirio y entregó su alma al Señor.
Hay una tradición, entre otras diferentes, según la cual el año 1038 el cuerpo de la santa fue trasladado a Constantinopla, de la cual, en 1204 y por manos de los cruzados, fue trasladado a Venecia, donde se venera.
José Luis Repetto Betes
Texto tomado de: Martínez Puche, José A. (director),
Colección Nuevo Año Cristiano de EDIBESA.