Hermanos:
Yo, el prisionero por el Señor, os ruego que andéis como pide la vocación a la que habéis sido convocados.
Sed siempre humildes y amables, sed comprensivos, sobre llevaos mutuamente con amor; esforzaos en mantener la unidad del Espíritu con el vinculo de la paz. Un solo cuerpo y un solo Espíritu, como una sola es la esperanza de la vocación a la que habéis sido convocados. Un Señor, una fe, un bautismo. Un Dios, Padre de todo, que está sobre todos, actúa por medio de todos y ésta en todos.
A cada uno de nosotros se le ha dado la gracia según la medida del don de Cristo.
Y él ha constituido a unos, apóstoles, a otros, profetas, a otros, evangelizadores, a otros, pastores y doctores, para el perfeccionamiento de los santos, en función de su ministerio, y para la edificación del cuerpo de Cristo; hasta que lleguemos todos a la unidad en la fe y en el conocimiento del Hijo de Dios, al Hombre perfecto, a la medida de Cristo en su plenitud.
El cielo proclama la gloria de Dios,
el firmamento pregona la obra de sus manos:
el día al día le pasa el mensaje,
la noche a la noche se lo susurra. R/.
Sin que hablen, sin que pronuncien,
sin que resuene su voz,
a toda la tierra alcanza su pregón
y hasta los limites del orbe su lenguaje. R/.
En aquel tiempo, al pasar vio Jesús a un hombre llamado Mateo sentado al mostrador de los impuestos, y le dijo:
«Sígueme».
Él se levantó y lo siguió.
Y estando en la casa, sentado en la mesa, muchos publicanos y pecadores, que habían acudido, se sentaban con Jesús y sus discípulos.
Los fariseos, al verlo, preguntaron a los discípulos:
«¿Cómo es que vuestro maestro come con publicanos y pecadores?».
Jesús lo oyó y dijo:
«No tienen necesidad de médico los sanos, sino los enfermos. Andad, aprended lo que significa "Misericordia quiero y no sacrificio": que no he venido a llamar a justos, sino a los pecadores».
San Pablo comienza con una exhortación a los seguidores de Cristo, a aquellos que son llamados a implantar el Reino de Dios para que tomen conciencia de lo importante que es el seguimiento. Hay que ser coherentes. Aquellos que se han dejado seducir por la figura de Jesús, se les pide que tengan las mismas actitudes que tuvo el Maestro de Nazaret. Prolongar aquí en la tierra y en medio de los hermanos el rostro compasivo de Dios.
La vocación a la que habéis sido llamados exige un proceso de crecimiento, maduración. Antiguamente se denominaba «camino de perfección» el abrazar la vida religiosa y hoy día el llamamiento es a todos los bautizados «camino de santidad», en los distintos estados en los que se pueda encontrar la persona. De este modo, podremos alcanzar la plenitud de la persona, que es tomar la forma de Cristo: «cristificarnos». Eso nos va a llevar a vivir en coherencia y fidelidad nuestra fe, y, de este modo, humildad, amabilidad, comprensión, unidad, comunión, paz, hace que en la vida dejemos las mismas huellas de amor que dejó Jesús. Así, con ese testimonio se va construyendo, edificando, el «Cuerpo de Cristo», como armazón que sigue acogiendo, perdonando, abrazando, a una sociedad que tiene muchas heridas.
Los textos que tratan sobre la llama nos hacen caer en la cuenta del proceso de transformación que experimenta aquella persona a la que Jesús llama a su seguimiento. Mateo, sentado en lo cotidiano de su vida. Rumiando la rutina. Sobre él caía la etiqueta de que no era buena persona, ya que, estaba de parte de un imperio que acosaba al pueblo judío. Lastras que caen sobre las personas y que difícilmente podemos llegar a quitar. Jesús, no se fija en eso, sino en el corazón. Precisamente, de esa situación, Jesús se vale para dar una enseñanza magistral al que por el contrario estaba en una situación de superioridad (fariseo). A los que llevan la etiqueta de buenos porque cumplen con lo prescrito por la ley. Pero ¿Qué hay realmente en el corazón de cada uno de estos grupos? ¿Quién puede querer más a Jesús?
Mateo hace su proceso, está abierto a lo que Jesús disponga de él. A la llamada le sigue la acción: «Levantarse». De lo que puedan pensar los demás, de la etiqueta, del rechazo que pueda generar esa persona, Jesús, lo transforma en un potencial. Sígueme, es decir, te ofrezco un futuro lleno de posibilidades, un horizonte que habla de plenitud, un trabajo a implantar el Reino. «Resucitar» de una situación que llega a ser extenuante, el rechazo y la habladuría continua, que mina a la persona, porque a lo mejor la vida no le ha abierto las mismas posibilidades que a otros que ahora se encuentran en una condición de jueces inmisericordes: «¿Cómo es que vuestro maestro come con publicanos y pecadores?» La etiqueta pesa mucho, hace mal sobre la persona que recae. Jesús libera: «Ven conmigo».
El texto es realmente significativo en este aspecto. Jesús, viene con una enseñanza clara, quiere que aquellos que están «enfermos» a causa del pecado, de la dureza de su corazón, puedan entrar a comprender el sentido que tiene la vida según el evangelio. Este grupo que está en la casa, participando en la intimidad junto al Maestro, se sienten superiores a los demás, mejores, con «derecho a». Con una conciencia moral por encima del resto de los convidados. Desprecian a otros y no están dispuestos a que participen de la gracia que toca en suerte a los hijos de Dios. Como si se tratase de un reducto, a los que se les cuelga la etiqueta, y que ya no se puede hacer ni esperar nada de estas personas.
Sin embargo, estos fariseos, que se consideran de una talla superior, son los que de alguna manera están llamados al cambio, a abrirse y descubrir el proyecto de un Dios que tiene entrañas de compasión. No comprenden en lenguaje de Jesús, son los del corazón embotado por un ego y orgullo un tanto desacerbado, eso les lleva a que en su vivencia de la fe sea: «Tienen ojos y no ven» (Sal 115,5). Hay una experiencia religiosa que no han sabido encauzar para dejarse del rigorismo de la ley y abrirse a un Dios que es auxilio, que te acompaña en el vivir cotidiano. Ahí reside la fuerza de esa llamada de Jesús a despertar, ya que no han comprendido, que el Mesías sea capaz de convocarlos a una mesa como hermanos y que Dios tenga entrañas de misericordia.
La llamada a trabajar en el Reino de Dios, no es a cumplir la ley a raja tabla, sino a tener esos sentimientos que tiene el Mismo Jesús: «Tened entre vosotros los sentimientos propios de Cristo Jesús» (Flp 2,5). Que se abaja y que busca la voluntad de Dios en su vida, que entiende el gran regalo y el don de tener a Dios como «Abba», y eso te lleva a ser hermano del que está excluido. De este modo, brota la misericordia, al percibir en tu propia historia personal la mirada de un Dios que te busca con un amor incondicional y te invita a que vivas desde esa dinámica de regalar lo que de Él recibes cada día gratis. Así cobra sentido el «ven y sígueme» que no se apoya en la fragilidad humana sino en la Gracia del que llama y potencia para el seguimiento.
San Mateo

Según el evangelio, es uno de los doce apóstoles de Jesús y, según la tradición, el autor del evangelio según San Mateo. En ese evangelio es llamado el “publicano” y descrito como quien cobraba los impuestos antes de la llamada de Jesús
Entre los seguidores de Jesús de Nazaret hay personas de muy diverso carácter. De los relatos evangélicos, como de las páginas del Antiguo Testamento, se deduce que Dios no tiene un único modo de llamar a los que ha elegido. Se podría decir que es su gracia, y no las cualidades humanas, las que configuran el ideal de su llamada y también del llamado. Entre los seguidores de Jesús, varios eran pescadores. Seguramente algunos otros se habían dedicado también a las tareas agrícolas. Y habría entre ellos miembros de otras profesiones artesanas que nos pasan inadvertidas a través de los relatos. Pero lo que resulta más sorprendente es que entre los llamados por Jesús nos encontremos con un publicano o cobrador de impuestos.
Este título puede responder a muchas profesiones un tanto diferentes. Había cobradores de impuestos que alquilaban la recaudación para enviar los dineros de las provincias a las arcas imperiales. Había otros recaudadores que cobraban derechos de portazgo entre un reino y otro, entre una tetrarquía u otra.
Cafarnaún debía de contar con varias oficinas en las que se cobraban diversos tipos de impuestos. A una de estas oficinas se acercó un día Jesús para llamar personalmente a Mateo. No sabemos de dónde era. El evangelio que lleva su nombre nos refiere la escena de su vocación (Mt 9, 9-13). Se le denomina Mateo, abreviación de Mattenaí y de Mattanya, que significa «regalo o don de Dios». En los lugares paralelos, los relatos de Marcos (Mc 2, 13-17) y Lucas (Lc 5, 27-32) nos hablan de la vocación de un tal Leví, hijo de Alfeo que, sin duda, es la misma persona corno ha admitido la tradición de la Iglesia con muy contadas excepciones.
En el relato bíblico sobre la vocación de Mateo nos llaman la atención especialmente tres momentos: la llamada, el banquete y la revelación de Jesús que parece culminar los dos momentos anteriores.
Nos impresiona mirar el cuadro pintado por Caravaggio que se conserva en la iglesia de San Luis de los Franceses, en Roma. El enorme lienzo nos sitúa en una estancia cerrada, bastante oscura. Hay solamente un haz de luz que penetra por la parte superior derecha iluminando levemente el lugar. Precisamente por esa parte se dibuja también la imagen de Jesús. Ha sido representado como un personaje noble, dotado de una mirada firme y determinada que, siguiendo una línea imaginaria, va a cruzarse directamente con la mirada de Mateo.
En la pintura, Mateo está rodeado por algunos jóvenes. Unos han vuelto ya la mirada hacia jesús, mostrándose un tanto asombrados por su entrada en aquel espacio. Los otros jóvenes siguen todavía prestando atención a las monedas que tintinean sobre la mesa del cobrador de los impuestos. Sin embargo, en esta «instantánea», captada por Caravaggio, Mateo ha levantado ya su cabeza. Ha percibido la mirada de Jesús, y la hace suya, aunque un gesto de su mano parece sugerir un momento de duda y tal vez de excusa. Es como si se mostrara incrédulo. Parece que le resulta difícil aceptar que la llamada de Jesús vaya dirigida precisamente a él.
El relato evangélico es parco en palabras. Nos refiere solamente que Jesús se acercó al lugar donde estaba Mateo y le dirigió una escueta invitación: «Sígueme» (Mt 9, 9). Es ésa una palabra profundamente significativa. El maestro va buscando seguidores. El verbo «seguir» encierra, como se sabe, un resumen de todas las actitudes que se requieren del discípulo del Maestro.
El texto de la homilía de San Beda el Venerable, que hoy se lee en el oficio de lecturas, vincula la vocación de Mateo a la mirada de amor que jesús le dirigió:
Jesús vio a un hombre llamado Mateo, sentado al mostrador de los impuestos y le dijo: “Sígueme”. Lo vio más con la mirada interna de su amor que con los ojos corporales. Jesús vio al publicano y, porque lo amó, lo eligió, y le dijo: Sígueme, Sígueme, que quiere decir: “Imítame”. Le dijo: Sígueme, más que con sus pasos, con su modo de obrar. Porque, quien dice que permanece en Cristo debe vivir como vivió él.»
« Sígueme». Más que una invitación parece una orden terminante y decidida. En ninguna parte se nos dice si Jesús conocía previamente al cobrador de tributos. Pero sí se nos dice que él aceptó inmediatamente la invitación del Maestro: «Él se levantó y lo siguió». Lo escueto del texto que narra esa decisión con la que Mateo decide seguir a Jesús puede sugerir dos posibilidades. O bien que Mateo había ya oído hablar de la grandeza del profeta de Galilea y de la majestad de su mensaje, o bien que la presencia del mismo jesús resultó para él un motivo suficiente para dejarlo todo y seguirle.
Sea como sea, tenemos ante los ojos uno de esos momentos en los que la llamada de la trascendencia se cruza con las mil preocupaciones inmediatas de la inmanencia. Lo divino irrumpe en el panorama de lo humano. El hombre-Dios viene a cambiar los planes que los humanos se habían forjado. Ante la voz que llama, los antiguos proyectos pierden prestancia y valía. La llamada al seguimiento relativiza todas las decisiones anteriores.
Como ocurrido anteriormente con Pedro y Andrés, con Santiago y Juan, también de Mateo se subraya que abandona todas las cosas para seguir al Maestro que le invita. La rapidez en la respuesta a la llamada, la generosidad en el seguimiento y la libertad con la que el valor encontrado relativiza los valores antes poseídos parecen convertirse en puntos funda-mentales en la dinámica del discipulado.
Claro que nadie lo deja todo por nada. Ni siquiera se deja algo por algo. En realidad, los discípulos primeros de Jesús, no siguen una filosofía sino a una persona. No se enamoran de una idea, siguen a un profeta.
José-Román Flecha Andrés
Texto tomado de: Martínez Puche, José A. (director),
Colección Nuevo Año Cristiano de EDIBESA.