Querido hermano:
Aunque espero estar pronto contigo, te escribo estas cosas por si tardo, para que sepas cómo conviene conducirse en la casa de Dios, que es la Iglesia del Dios vivo, columna y fundamento de la verdad.
En verdad es grande el misterio de la piedad, el cual fue manifestado en la carne, justificado en el Espíritu, mostrado a los ángeles, proclamado en las naciones, creído en el mundo, recibido en la gloria.
Doy gracias al Señor de todo corazón,
en compañía de los rectos, en la asamblea.
Grandes son las obras del Señor,
dignas de estudio para los que las aman. R/.
Esplendor y belleza son su obra,
su generosidad dura por siempre.
Ha hecho maravillas memorables,
el Señor es piadoso y clemente. R/.
Él da alimento a los que lo temen
recordando siempre su alianza.
Mostró a su pueblo la fuerza de su obrar,
dándoles la heredad de los gentiles. R/.
En aquel tiempo, dijo el Señor:
«A quién, pues, compararé los hombres de esta generación? ¿A quién son semejantes?
Se asemejan a unos niños, sentados en la plaza, que gritan a otros aquello de:
“Hemos tocado la flauta y no habéis bailado, hemos entonado lamentaciones, y no habéis llorado”.
Porque vino Juan el Bautista, que ni come pan ni bebe vino, y decís: “Tiene un demonio”; vino el Hijo del hombre, que come y bebe, y decís: “Mirad qué hombre más comilón y borracho, amigo de publicanos y pecadores”.
Sin embargo, todos los hijos de la sabiduría le han dado la razón».
Pablo, probablemente desde Macedonia, escribe a Timoteo, quien tras su conversión al cristianismo, llegó a ser un fiel colaborador suyo. Posteriormente, Pablo le pidió que asumiera el gobierno de la Iglesia de Éfeso, fundada en su tercer viaje, nombrándole obispo de ella. Una Iglesia que tiene, en el momento en que se escribe esta carta, un cierto recorrido; y en la que poco a poco, junto a la consolidación del mensaje de Cristo, también se extienden algunos errores.
Pablo, por sus palabras, aunque espera volver pronto a Éfeso, quiere dar algunas instrucciones a Timoteo sobre cómo ejercer su ministerio en la Iglesia.
¿Y qué es la Iglesia para Pablo? Para responder a esta pregunta utiliza dos imágenes: la Iglesia es a la vez “casa de Dios y columna-sostén de la verdad”.
La imagen de casa, nos recuerda al mismo tiempo la idea de familia y de edificio. La Iglesia, la comunidad cristiana, es al mismo tiempo familia y templo, en donde Dios se hace presente. Un edificio espiritual, un templo humano, habitado por el Espíritu Santo de la que los cristianos somos piedras vivas. Una casa-familia unida por la fe en asamblea para dar culto a Dios y testimonio de Cristo.
Pero la Iglesia, es también “columna y base de la verdad”. Y así como las grande columnas de los edificios antiguos, hacen que estos sean firmes y sólidos, la Iglesia es la que sostiene, guarda, cuida el mensaje de la verdad, que es Cristo, el “misterio que veneramos”; esta es la misión de la Iglesia en el mundo: cuidar y transmitir el Misterio de Cristo al mundo.
En el Evangelio de hoy, Jesús hace una crítica a quienes, cerrados en sus ideas y creencias, son incapaces de abrirse al Espíritu de Dios que va hablando a través de personas y acontecimientos. Y lo hace comparándolos con quienes al oír a unos niños tocando la flauta, no son capaces de bailar, o con quienes al percibir la aflicción de estos mismos niños, no pueden llorar. Es decir, que la actitud de cerrazón, les impide acoger, comprender, sentir, abrazar la realidad en su profundidad y por tanto la Vida. Esa Vida, con mayúsculas que es fuente de sentido, de alegría, de libertad, en definitiva de salvación y que se manifiesta en Cristo.
Ciertamente, la experiencia de todos nosotros es que no siempre estamos receptivos y abiertos para dejar que algo pueda moverse en nuestra existencia y aferrados a lo nuestro, a lo de siempre, posiblemente por miedo a perder suelo seguro, nos perdemos la oportunidad de acoger el viento del Espíritu de Cristo que está siempre reorientando y reconduciendo nuestra vida por caminos nuevos y sorprendentes. Caminos, que si los seguimos, nos llevarán hacia una mayor plenitud de vida en el Amor. Porque Dios siempre nos regala más de lo que podemos esperar si confiamos en Él.
¿Quiénes están tocando hoy músicas de esperanza para nuestro mundo, que nos invitan a entrar en su danza? Y al mismo ¿Qué dolores de nuestro mundo estamos llamados a hacer nuestros? ¿Hacia dónde y quiénes el Señor quiere ponernos en movimiento?
Que en este día podamos abrir nuestros sentidos a la música y al llanto que hoy Dios, quiere hacernos escuchar.
Santos Andrés Kim, Pablo Chong y cc.mm.

Se celebran los 103 mártires que murieron en las persecuciones del siglo XIX. El cristianismo llegó y se expandió en Corea gracias a la labor de evangelizacion de laicos coreanos que se vio reforzada por el envío de sacerdotes misioneros que murieron también en la persecución
El primer contacto serio entre el catolicismo y un grupo de coreanos se dio en el último tercio del siglo XVIII, cuando unos diplomáticos coreanos conocieron en Pekín a los jesuitas. Éstos los recibieron amablemente en su casa, les enseñaron las iglesias que mantenían abiertas en la ciudad y les dejaron libros, entre ellos el catecismo. Vueltos a Corea, estos libros fueron leídos con interés por el grupo y por sus amigos, todos ellos personas de buena preparación cultural, y el interés se convirtió en algo práctico cuando decidieron enviar a Pekín a uno de ellos, Piek-i, a fin de que conociera el cristianismo con mayor profundidad. Pero Piek-i le pasó la tarea al joven Ri-Sheung-hu-i, el cual en 1783 fue a la capital china y aquí entró en contacto con el obispo monseñor Gouvea. Estos contactos dan pie a que el joven se instruya formalmente en orden al bautismo y efectivamente lo bautice el misionero francés Louis de Granmont, imponiéndole el nombre de Pedro. Vuelve a Corea cargado de libros y objetos religiosos y con el entusiasmo de un neófito se dedica a hacer propaganda del cristianismo entre sus amistades. Y sin pararse en barras, comienza a bautizar a sus amigos que se deciden por el cristianismo y forma una comunidad católica —la primera— de Corea. Comenzaron a tener reuniones los domingos en casa de Kim-bom-u, hasta que las autoridades civiles cayeron en la cuenta de la creación de este nuevo grupo religioso y decidieron prohibirlo en marzo de 1785, arrestando y torturando a Kim-bom-u, y enviándolo al destierro, donde al poco murió.
Pero en 1787, Ri-Seung-hu-i decidió reorganizar la comunidad y, creyendo que podía proceder por su cuenta, designó a cuatro de los cristianos como presbíteros y se permitieron decir misa sin haber precedido una regular ordenación y administrar los demás sacramentos. Además conservaron la costumbre de la veneración a los espíritus de los antepasados pero como no estaban del todo seguros de su proceder, enviaron a uno de ellos a consultar con monseñor Gouvea y a pedirle que les mandara sacerdotes. Monseñor Gouvea naturalmente se llenó de extrañeza de tal proceder y les envió a un sacerdote chino, pero éste tardó mucho en llegar a Corea.
Mientras tanto se produjo una formal persecución del cristianismo, toda vez que en 1791 los cristianos fueron denunciados al rey y algunos de ellos murieron a causa de su fe.
Se produjeron así los primeros martirios. Pero ello no fue todavía sino un comienzo de lo que vendría en 1801, cuando la reina regente Chong-su prohibió formalmente el cristianismo como algo ajeno a la tradición y al alma de Corea y mandó a la muerte a trescientos cristianos, entre ellos al sacerdote chino que estaba por fin en Corea desde 1794. En 1812 los cristianos se dirigieron al papa Pío VII pidiéndole misioneros y diciéndole que ellos eran diez mil, cifra que algunos quieren considerar como abultada adrede para conmover al papa. La misiva no dio resultado y fue repetida ante el papa León XII en 1827, y continuamente insistían ante el obispo de Pekín en su necesidad de sacerdotes. Por fin se nombró un vicario apostólico en 1831, pero éste murió sin haber llegado a su destino. Era monseñor Bartolomé Brugiére y pertenecía a la Sociedad de Misiones Extranjeras de París, a la que la misión coreana se encomendaba. Murió en Mongolia en 1835.
Entonces la Santa Sede nombró a San Lorenzo Imbert, que con los presbíteros San Pedro F. Mauban y San Jaime H. Casta, serian los primeros misioneros occidentales en llegar a Corea.
Ellos encontraron una comunidad realmente existente, en donde la fe era viva y en donde el ejemplo dado por los mártires de los años anteriores era un estímulo de perseverancia en la fe. Los cristianos se sintieron muy alentados por las virtudes de los misioneros que por fin tenían entre ellos. Su ejemplo de pobreza, humildad, dedicación y entrega los animó muchísimo, y aceptaron de buena gana las nuevas estructuras que le dieron a la comunidad, una comunidad que hay que llamarla bien unida y compacta, y que dio numerosas pruebas de estrecha solidaridad mutua. Con clara conciencia de qué era lo principal, ya en 1837 enviaron a tres candidatos al sacerdocio a Macao para su formación, completamente seguros de que el futuro de la Iglesia coreana pasaba por la pronta formación de un clero nativo. Uno de estos tres jóvenes será San Andrés Kim, el que encabeza en la canonización la lista de los mártires.
Los cristianos de Corea pertenecían a todas las clases sociales, incluyendo las altas y las más bajas, personas de la ciudad y personas del campo. Ya había vírgenes consagradas, aunque naturalmente no había conventos, y había eficientes catequistas. Se ayudaban los cristianos entre sí y se protegieron mutuamente en la persecución. Acogían con amor a los misioneros y los llevaban de una casa a otra para protegerlos, y corrían con generosidad los riesgos que ello comportaba. La caridad con los cristianos necesitados recordaba la comunión de bienes de la Iglesia primitiva.
En esta comunidad comenzará a cebarse la nueva persecución que tuvo lugar en el corazón del siglo XIX y a la que pertenecen los santos que Juan Pablo II canonizó en Seúl el 6 de mayo de 1984, siendo el primero de ellos de 1838 y el último de 1867, treinta años de prueba que la comunidad católica soportó con entereza y con entrega plena a la voluntad de Dios. Bien ha merecido esta comunidad cristiana que la Santa Sede reconozca su epopeya martirial con la canonización simultánea de esos 103 mártires que habían sido beatificados en varias cerernonias sucesivas, no conjuntamente. Entre ellos, pues, no están los del siglo XVIII ni los de la persecución de 1801 y siguientes, cuyo estudio está pendiente todavía.
José Luis Repetto Betes
Texto tomado de: Martínez Puche, José A. (director),
Colección Nuevo Año Cristiano de EDIBESA.