En aquellos días, los apóstoles fueron conducidos a comparecer ante el Sanedrín y el sumo sacerdote los interrogó, diciendo:
«¿No os habíamos ordenado formalmente no enseñar en ese Nombre? En cambio, habéis llenado Jerusalén con vuestra enseñanza y queréis hacernos responsables de la sangre de ese hombre».
Pedro y los apóstoles replicaron:
«Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres. El Dios de nuestros padres resucitó a Jesús, a quien vosotros matasteis, colgándolo de un madero. Dios lo ha exaltado con su diestra, haciéndolo jefe y salvador, para otorgar a Israel la conversión y el perdón de los pecados. Testigos de esto somos nosotros y el Espíritu Santo, que Dios da a los que lo obedecen».
Ellos, al oír esto, se consumían de rabia y trataban de matarlos.
Bendigo al Señor en todo momento,
su alabanza está siempre en mi boca.
Gustad y ved qué bueno es el Señor,
dichoso el que se acoge a él. R/.
El Señor se enfrenta con los malhechores,
para borrar de la tierra su memoria.
Cuando uno grita, el Señor lo escucha
y lo libra de sus angustias. R/.
El Señor está cerca de los atribulados,
salva a los abatidos.
Aunque el justo sufra muchos males,
de todos lo libra el Señor. R/.
El que viene de lo alto está por encima de todos. El que es de la tierra es de la tierra y habla de la tierra. El que viene del cielo está por encima de todos. De lo que ha visto y ha oído da testimonio, y nadie acepta su testimonio. El que acepta su testimonio certifica que Dios es veraz.
El que Dios envió habla las palabras de Dios, porque no da el Espíritu con medida. El Padre ama al Hijo y todo lo ha puesto en su mano. El que cree en el Hijo posee la vida eterna; el que no crea al Hijo no verá la vida, sino que la ira de Dios pesa sobre él.
El día del viernes santo cuando leíamos la pasión se nos decía: y “Jesús entregó su espíritu”. Es verdad que con esta expresión entendemos que entregó su vida. También podemos pensar, que entregando su vida, nos entregó su Espíritu, pues eso es lo que había prometido a sus discípulos y con ellos a todos nosotros, durante su vida. Entregar el Espíritu para que comprendieran todo lo que les decía y hacía.
Este texto de Hechos nos lo viene a decir, pues no sólo es el Espíritu el que da testimonio de la Resurrección, sino que es ese mismo Espíritu que les dejo el Resucitado el que les mueve a ser ellos mismos los que dan testimonio del Resucitado..
Este testimonio, con la fuerza del Espíritu, les da valentía para denunciar lo que han hecho con Jesús, siguiendo lo que hacían los profetas antes de la venida de Jesús. Y por otra parte, ser testigos del Resucitado soportando todo sufrimiento y todas las vejaciones y tormentos; pero ellos permanecieron fieles. El testimonio de la Resurrección les llevaba a ser fieles a Dios, por encima de toda adversidad.
En este tiempo pascual se nos invita a prepararnos para la fiesta de Pentecostés. Tiene la misión de recordarnos que, no caminamos solos, sino que Dios Padre, envió a su Hijo y dándonos su Espíritu, nos sentimos impulsados a hacer realidad el plan de Dios en nuestro tiempo y lugar.
En este pequeño texto, continuación del que leíamos ayer y estos días, san Juan nos presenta la identidad de Jesús como el enviado del Padre, de ahí que hable con palabras de su Padre y nos revele los deseos y el proyecto del Padre. Pero es la fuerza del Espíritu el que nos mueve a discernirlo, a afirmarlo y sobre todo a creerlo y vivirlo.
Esta fuerza que nos da el Espíritu es la que nos mueve a descubrir y experimentar la presencia de Jesús y el ánimo y la esperanza con la que podemos vivir. Es la escucha al Espíritu lo que el Papa Francisco nos invitó a practicar en este camino sinodal, para renovar nuestra pastoral.
El soplo del Espíritu nos está impulsando a escucharnos los unos a los otros, para descubrir y discernir nuestra actuación en beneficio de la humanidad. Este Espíritu nos está pidiendo que nos pongamos a la escucha de las preguntas, de los afanes, de las esperanzas de cada Iglesia, de cada pueblo, de los desafíos y cambios que la humanidad nos pone por delante. Hagamos un intento y esfuerzo por escucharle para ser fieles al Resucitado.
“Señor Jesús, ayúdanos a saber escuchar al Espíritu, púes Él nos impulsará a hacer realidad el plan de tu Padre Dios sobre la humanidad”.
Santa Inés de Montepulciano

Monja dominica italiana del siglo XIII, nacida cerca de Montepulciano, con 15 años ya era priora del Monasterio de Procena (Viterbo). Fundó el Monasterio de Montepulciano. Por naturaleza y gracia, Inés poseía entrañas de amor tierno, compasivo y misericordioso, y por ese camino fue adquiriendo la fama que acabaría aureolándola de santidad
Inés Segni nació probablemente en 1268 en Graciano Vecchio, cerca de Montepulciano. Recibida en el hogar de los Segni como un regalo del cielo, se encontró implantada, desde la más tierna infancia, en un ambiente de profunda piedad, detalle que pronto despertó en la niña prematuros sentimientos religiosos. Tan profundos fueron éstos, que, a los nueve años de convivencia familiar, pidió a sus padres licencia para ingresar en un monasterio. Los padres y familiares, sorprendidos por la propuesta, trataron de que la niña desistiera de tan inesperada e importuna idea, mas no lo consiguieron. Ella, persistente en su pretensión, acabó saliéndose con la suya, convenciendo a sus progenitores de la bondad del camino que deseaba emprender.
Ingresó en el llamado monasterio «del Sacco», uno de los muchos que pertenecían al grupo de fundaciones «de la Penitencia», florecientes en el siglo XIII, y poco a poco desaparecidos en los siglos posteriores de la historia de la Iglesia. Incorporada Inés a la nueva morada (el recinto del monasterio «del Sacco») con afán de hacerse pronto «novicia» y «profesa».
Dos rasgos que preludiaban, antes de cumplir quince años, su magnífica disposición para emprender obras grandes en la pequeñez de una vida retirada.
Por el año 1283, fecha en que Inés sólo contaba quince años de edad y seis de vida comunitaria, la comunidad «del Sacco» proyectó y llevó a cabo la fundación de un nuevo monasterio, en Procena, cerca de Viterbo, cincuenta kilómetros al Sur de Montepulciano. Para organizarlo y regirlo, la comunidad «del Sacco» eligió, entre otras, a la maestra sor Margarita y a sor Inés; ésta en funciones de superiora, y la otra en servicio de formación.
Como nota destacada de su piedad sobresale la ternura, infancia o pureza de espíritu y el cultivo de la comunión espiritual: comunión con los santos, con Cristo y con el Padre. La voz de esa comunión vivida en el amor eran, se dice, sus coloquios: como hija del Padre, hermana del Hijo encarnado, esposa del Espíritu y privilegiada devota de la Madre de Jesús, a la que deseaba tener siempre morando en su casa y en su corazón. Hay aquí una veta teológica de gran valor.
Se alaban sus dotes de gobierno que le confirieron notable autoridad dentro y fuera del monasterio: un rasgo que se prolongará en acciones sucesivas y fundacionales.
Tal vez del cultivo peculiar de su piedad, ternura e infancia espiritual (mantenidas en medio de ocupaciones materiales, administrativas y de gobierno), es de donde brotaron algunos fragmentos de leyenda en los que se trataba de expresar, simbólicamente, su vida en el amor y servicio. Llamamos fragmentos de leyendas piadosas a relatos como éstos: que en la noche de la fiesta de la Asunción la Virgen María colocaba en los brazos de Inés al Niño Jesús, para que lo estrechara contra su corazón; que en ciertas fiestas de especial devoción, la habitación de la santa se encontraba adornada de flores desconocidas; y que en numerosas ocasiones, cuando oraba en el huerto, con deseo ardiente de comunión, un ángel acudía a ella con la sagrada forma…
Por naturaleza y gracia, Inés poseía entrañas de amor tierno, compasivo y misericordioso, y por ese camino fue adquiriendo la fama que acabaría aureolándola de santidad. La pena es que, en las narraciones hagiográficas de la santa (para no rebajar su brillo), no se detuvieron los comentaristas a contarnos el sufrimiento que conllevaría en Inés su servicio a la comunidad y en la comunidad, las divergencias e incomprensiones entre las que habría de mostrar su buen sentido, las incertidumbres y momentos de crisis que harían acto de presencia en su espíritu.
En 1306 se terminaron las obras de un nuevo monasterio en Montepulciano, y por aclamación popular se pidió que la abadesa fuera Inés. El monasterio tenía por título Santa María Novella.
Como responsable de la casa en los primeros años, sor Inés, la superiora, tuvo que ocuparse intensamente de los negocios del monasterio —tanto espirituales como materiales— y se relacionó con alguna frecuencia con la Curia Romana, sobre todo, con el legado del papa, pues el papa residía en Aviñón.
El Beato Raimundo de Capua es quien nos informa de que, transcurridos unos años, la comunidad de Santa María Novella se adhirió a las Constituciones de las religiosas o monjas dominicas, poniéndose «plena y totalmente» bajo la dirección de los frailes predicadores. A partir de ese hecho, el tratamiento que anteriormente se daba a la superiora, llamándola abadesa, se cambió por el de priora.
Pero no fue el cambio de nombre lo que caracterizó a sor Inés en Montepulciano, sino su crecimiento interior constante en santidad, su fama externa de conciliadora y sanadora y su prestigio ante sus propios conciudadanos.
En su camino de perfección, los guijarros de sufrimientos corporales acudieron a mortificada con dureza, al menos, desde 1304, y ya no la abandonaron hasta su muerte. No sabemos apreciar si el origen de sus dolencias fueron una úlcera de estómago o persistentes infecciones intestinales. Pero llamó la atención el grado de conformidad, paciencia y alegría con que sobrellevaba todo, sin deterioros espirituales. Ahí estaba el rostro verdadero de la santidad.
En cuanto a su ejercicio de caridad, servicio y vida de oración, todo se fue elevando a superiores grados de amor. Se distanció de su primera infancia espiritual, de principiante, y, sin variar el lienzo de su historia única, personal, sus gestos de virtud heroica la hicieron sumamente atractiva a los ojos de los fieles que la trataban. Dicen que en ella hubo una espectacular acción de los carismas y dones del Espíritu.
Así, junto a la encantadora delicadeza y ternura de su trato humano, y de sus coloquios místicos en prolongada oración, aparecieron las maravillas de su capacidad de animación a los abatidos, de fortaleza a los sufrientes, de sanación a enfermos, de compañía en la soledad…
En esas condiciones, no es nada extraño que, con el prestigio derivado de la virtud, sor Inés se erigiera en autoridad que mantenía el espíritu de sus conciudadanos en situaciones difíciles. Fenómeno típico de las almas grandes a las que no se resisten, con frecuencia, ni los enemigos de la concordia y paz, porque aquéllas buscan el bien y las personas, no sus intereses.
Inés, celebrada en vida por su humildad, abnegación, imitación de Cristo en su pasión, ternura en su devoción mariana, solicitud por la paz y armonía entre los ciudadanos, volaba al cielo en la noche del 19 al 20 de abril de 1317. Su cuerpo quedó en Montepulciano, expuesto a la veneración de los fieles devotos que no han cesado de acudir al lugar desde el siglo XIV hasta hoy.
En el siglo XIV, entre millares de devotos que visitaron el sepulcro, citaremos a tres; el emperador Carlos IV, que lo veneró en 1363; el Beato Raimundo de Capua, que, al ser nombrado rector del monasterio en 1363 y comprobar el número y fervor de los visitantes, decidió allí mismo escribir la «Leyenda- de la santa, y Santa Catalina de Siena (t 1380, r 29 de abril), que, tras frecuentar el trato con Santa Inés, a través de la presencia del cuerpo, ha sido una de sus mayores admiradoras y propagandistas.
En la actualidad, ese cuerpo se halla en el monasterio construido en su honor, monasterio de Santa Inés, que sigue siendo centro de gran devoción.
De ese cuerpo, escribe el Beato Raimundo en su Leyenda de Santa Catalina:
«Entre los prodigios (de Santa Inés) hay uno que todavía se está obrando. Su cuerpo virginal jamás fue enterrado y se conserva milagrosamente todo entero. Por razón de las maravillas que en vida había hecho, se quiso que lo embalsamaran para conservarlo por más largo tiempo, pero de la extremidad de sus pies y de sus manos se vio destilar gota a gota un licor precioso que las religiosas recogieron en un vaso de cristal, que aún se conserva…,» (Leyenda, II P, C. 12).
Fr. Cándido Aniz Iriarte, O.P.
Oración colecta
Oh Dios, que enriqueciste
a tu esposa santa Inés
de un admirable fervor en la oración;
concédenos que, a imitación suya,
teniendo siempre en ti nuestro corazón,
podamos así conseguir
el fruto excelente
de sentirnos hijos tuyos.
Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo,
que vive y reina contigo
en la unidad del Espíritu Santo
y es Dios por los siglos de los siglos.
Oración sobre las ofrendas
Concédenos, Señor,
hacer nuestro el fruto de esta oblación
para que, a ejemplo de santa Inés,
liberados del hombre viejo,
iniciemos una nueva vida
en continuo progreso espiritual.
Por Jesucristo nuestro Señor.
Oración después de la comunión
Señor, que la comunión al Cuerpo
y a la Sangre de tu Hijo
nos aparte de las cosas caducas,
para que, a ejemplo de santa Inés,
crezcamos a lo largo de la vida
en caridad sincera
y podamos gozar en el cielo
de la visión eterna.
Por Jesucristo nuestro Señor.
Texto tomado de: Martínez Puche, José A. (director),
Colección Nuevo Año Cristiano de EDIBESA.
Más información en el perfil biográfico de Santa Inés de Montepulciano.