Hermanos:
La ley, que presenta solo una sombra de los bienes futuros y no la realidad misma de las cosas, no puede nunca hacer perfectos a los que se acercan, pues lo hacen año tras año y ofrecen siempre los mismos sacrificios.
Si no fuera así, ¿no habrían dejado de ofrecerse, porque los ministros del culto, purificados de una vez para siempre, no tendrían ya ningún pecado sobre su conciencia?
Pero, en realidad, con estos sacrificios se recuerdan, año tras año, los pecados. Porque es imposible que la sangre de los toros y de los machos cabríos quite los pecados.
Por eso, al entrar él en el mundo dice:
«Tú no quisiste sacrificios ni ofrendas, pero me formaste un cuerpo; no aceptaste holocaustos ni víctimas expiatorias.
Entonces yo dije: He aquí que vengo —pues así está escrito en el comienzo del libro acerca de mí— para hacer, ¡oh, Dios!, tu voluntad».
Primero dice: «Tú no quisiste sacrificios ni ofrendas, ni holocaustos, ni víctimas expiatorias», que se ofrecen según la ley».
Después añade: «He aquí que vengo para hacer tu voluntad».
Niega lo primero, para afirmar lo segundo.
Y conforme a esa voluntad todos quedamos santificados por la oblación del cuerpo de Jesucristo, hecha una vez para siempre.
Yo esperaba con ansia al Señor;
él se inclinó y escuchó mi grito.
Me puso en la boca un cántico nuevo,
un himno a nuestro Dios. R/.
Tú no quieres sacrificios ni ofrendas,
y, en cambio, me abriste el oído;
no pides holocaustos ni sacrificios expiatorios,
entonces yo digo: «Aquí estoy». R/.
He proclamado tu justicia
ante la gran asamblea;
no he cerrado los labios,
Señor, tú lo sabes. R/.
No me he guardado en el pecho tu justicia,
he contado tu fidelidad y tu salvación,
no he negado tu misericordia y tu lealtad
ante la gran asamblea. R/.
En aquel tiempo, llegaron la madre de Jesús y sus hermanos y, desde fuera, lo mandaron llamar.
La gente que tenía sentada alrededor le dice:
«Mira, tu madre y tus hermanos y tus hermanas están fuera y te buscan».
Él les pregunta:
«¿Quiénes son mi madre y mis hermanos?».
Y mirando a los que estaban sentados alrededor, dice:
«Estos son mi madre y mis hermanos. El que haga la voluntad de Dios, ése es mi hermano y mi hermana y mi madre».
El autor de la carta a los hebreos nos explica cómo la ley antigua ordenaba innumerables y complicados ritos y sacrificios para lograr la purificación de los pecados. Sacrificios que debían ser repetidos una y otra vez, pues eran totalmente ineficaces para lograr su propósito de santificar al pecador, y sólo podían otorgarle cierta pureza legal.
Aplicando las palabras del Salmo 39 presenta a Jesús como el que viene a cumplir en todo la voluntad del Padre, asumiendo un cuerpo humano para, de esta forma, santificar la vida de los hombres. Y lo hizo, no ofreciendo sacrificios rituales a Dios, sino que ha querido que su condición humana fuese el lugar donde se realizase plenamente la voluntad de Dios.
Todo el ser de Jesús estuvo orientado a Dios, su corazón, su voluntad, su cuerpo, sus acciones, estaban dirigidas a cumplir la voluntad del Padre. Con su sacrificio y con su muerte restableció el proyecto original de Dios en la creación. Por eso todos quedamos santificados por la oblación de su cuerpo hecha una vez para siempre.
En Jesús descubrimos el verdadero rostro de Dios. Por Él todos quedamos injertados en la salvación.
Mientras Jesús está enseñando, alguien viene a decirle que su madre y sus hermanos le buscan. Jesús aprovecha la ocasión para proclamar el nacimiento de la nueva familia de los que le siguen, que son aquellos que cumplen la voluntad del Padre y viven de acuerdo a sus enseñanzas.
¿Y cómo saber cuál es la voluntad de Dios? A menudo buscamos la voluntad de Dios donde nos parece que debería estar, pero nos olvidamos que la voluntad del Padre se nos manifiesta de forma concreta y a través de personas y circunstancias concretas. Como decía Pablo Domínguez: « Nos escandaliza lo concreto, mientras que lo genérico nos encanta. Todos somos unos santos en lo genérico cuando decimos: “Hágase tu voluntad… te entrego mi alma, mi vida y mi corazón… pero mi peluche, no” “Te obedezco en tus designios eternos, te abrazo con sublimidad…” Pero luego te vienen con que tienes que ir a tal misión y ya… ¡Algo concreto ya no!»
En último término, esperamos que Dios admita nuestra idea de lo que debería ser su voluntad y que nos ayude a cumplir esa voluntad, en lugar de aprender a descubrir y aceptar la suya en las situaciones concretas en las que nos pone a diario Debemos aprender a mirar nuestra vida diaria, todo lo que nos sale al paso, con los ojos de Dios; ahí, en las situaciones cotidianas, se nos revela la voluntad de Dios.
La tentación está en no ver en esas circunstancias que nos rodean la voluntad de Dios, pasar de ellas por ser tan habituales e insignificantes, y tratar de descubrir otra “voluntad de Dios” que se ajuste mejor a nuestra idea de lo que debería ser.
La respuesta está en aceptar que son esas cosas donde se nos muestra en verdad la voluntad de Dios, y actuar conforme a ello en cada momento del día, abandonándonos confiadamente al querer de Dios.
La obediencia al querer de Dios conlleva sufrimiento, cruz. También Jesús “aprendió sufriendo a obedecer” (Heb 5, 8). Y para ello hay que morir un poco cada día. La obediencia a Dios requiere conversión, pero es una obediencia que siempre podemos realizar. Y la cruz no hay que buscarla, viene sin pedirla, y hay que aceptarla, como Cristo abrazó la cruz, porque nuestra cruz no es nuestra, es la de Cristo, y Cristo nos llama a corredimir con Él, a ser obedientes con Él al Padre.
Para ello, contemplemos a Cristo obediente, a Cristo cumplidor de la voluntad del Padre, para, siguiéndole a Él como discípulos, miembros de su familia, poder decirle también nosotros al Señor: hágase tu voluntad.
San Francisco de Sales

Obispo de Ginebra, doctor de la Iglesia, fundador de la Orden de la Visitación, patrono de escritores y periodistas. La obra espiritual más importante de Francisco de Sales es el Tratado del amor de Dios
Annecy (Alta Saboya), 21-agosto-1567 – Lyón, 27-diciembre-1622
Resulta difícil imaginarse a un santo obispo que, familiarmente, pertenece a la nobleza, se ha relacionado con la grandeza de su tiempo, es reconocido como doctor de la Iglesia y, sin embargo, pueda caracterizarse como el santo de las pequeñas virtudes. «Sobre todo —escribía en una de sus cartas de dirección espiritual— a mí me gustan estas tres virtudes insignificantes: la dulzura de corazón, la pobreza de espíritu y la sencillez de la vida; y estos ejercicios pocos vistosos: visitar a los enfermos, servir a los pobres, consolar a los afligidos y, todo ello, sin darle importancia y haciéndolo en plena libertad» (Oeuvres, XII, 205).
Juan Pablo II, en su exhortación apostólica Christifideles laici, decía de él: «Podemos concluir releyendo una hermosa página de San Francisco de Sales, que tanto ha promovido la espiritualidad de los laicos. Hablando de la «devoción», es decir, de la perfección cristiana o «vida según el espíritu», presenta de manera simple y espléndida la vocación de todos los cristianos a la santidad y, al mismo tiempo, el modo específico con que cada cristiano la realiza: En la creación Dios mandó a las plantas producir sus frutos, cada una según su especie. El mismo mandamiento dirige a los cristianos, que son plantas vivas de su Iglesia, para que produzcan frutos de devoción, cada una según su estado y condición. La devoción debe ser practicada en modo diverso por el hidalgo, por el artesano, por el sirviente, por el príncipe, por la viuda, por la mujer soltera y por la casada. Pero esto no basta; es necesario además conciliar la práctica de la devoción con las fuerzas, con las obligaciones y deberes de cada persona (..). Es un error —mejor dicho, una herejía— pretender excluir el ejercicio de la devoción del ambiente militar, del taller de los artesanos, de la corte de los príncipes, de los hogares de los casados (…). Por eso, en cualquier lugar que nos encontremos, podemos y debemos aspirar a la vida perfecta» (CL, n.° 56)» […]
La obra espiritual más importante de Francisco de Sales es el Tratado del amor de Dios. El papa Pío XI decía que en esta obra -el santo doctor, como si intentase escribir una historia del amor de Dios, narra cuál fue su origen y su desarrollo y también por qué empezó a enfriarse y languidecer en el ánimo de los hombres; después expone cómo podríamos ejercitarnos y crecer en él. Cuando la ocasión se presenta, explica lúcidamente cuestiones difíciles como la gracia eficaz, la predestinación, la vocación de la fe; y para que el discurso no aparezca conceptual y frío lo adoba con tan festiva gracia y con un aroma tan grande de piedad, y lo reviste con tal variedad de comparaciones y tales ejemplos y citas apropiadas sacadas con frecuencia de las Sagradas Escrituras, que el libro parece brotar, no tanto de su mente cuanto de sus entrañas y de su corazón» (encíclica Rerum Omnium, del 26 de enero de 1923). En efecto, se podría decir que este libro es el diario del alma de dos santos: Francisco de Sales y Juana de Chantal.
Un tema fundamental de la espiritualidad salesiana, magníficamente expuesto en esta obra, es la búsqueda y cumplimiento de la voluntad de Dios: Nada pedir y nada rehusar, decía frecuentemente el santo obispo. En efecto, quien se sabe hecho a imagen y semejanza de Dios, busca identificarse con él, aceptando el proyecto divino sobre su persona, tratando de agradar a Dios en todo su obrar, deseando siempre le bon plaisir de Dieu.
A veces se ha dicho que Francisco de Sales ofrece una espiritualidad poco austera e, incluso, algo festiva: una oración poco exigente, ausencia de disciplina, pocas mortificaciones, etc. ¡Qué poco han leído las obras del santo obispo de Ginebra quienes así hablan! Él sabe bien que si en el Tabor hubo más claridad, fue en el Calvario donde hubo mayor salvación. El Calvario -decía- es el monte de los amantes. Y puesto que el Señor invita a todos sus discípulos a tomar cada día la propia cruz, una y mil veces aconsejaba que había que abrazarse a la cruz. Pero no la cruz que cada uno quisiera labrarse, sino la que Dios nos manda cada día: Prefiero llevar una cruz de paja, que el Señor me envíe, que una cruz muy pesada, pero que yo eligiera. […]
Valentín Viguera Franco S.D.B.
Texto tomado de: Martínez Puche, José A. (director),
Colección Nuevo Año Cristiano de EDIBESA.