Hermanos:
Cristo es mediador de una alianza nueva: en ella ha habido una muerte que ha redimido de los pecados cometidos durante la primera alianza; y así los llamados pueden recibir la promesa de la herencia eterna.
Cristo entró no en un santuario construido por hombres, imagen del auténtico, sino en el mismo cielo, para ponerse ante Dios, intercediendo por nosotros.
Tampoco se ofrece a sí mismo muchas veces como el sumo sacerdote, que entraba en el santuario todos los años y ofrecía sangre ajena. Si hubiese sido así, tendría que haber padecido muchas veces, desde la fundación del mundo. De hecho, él se ha manifestado una sola vez, al final de los tiempos, para destruir el pecado con el sacrificio de sí mismo.
Por cuanto el destino de los hombres es morir una sola vez; y después de la muerte, el juicio.
De la misma manera, Cristo se ofreció una sola vez para quitar los pecados de todos.
La segunda vez aparecerá, sin ninguna relación al pecado, para salvar a los que lo esperan.
Cantad al Señor un cántico nuevo,
porque ha hecho maravillas.
Su diestra le ha dado la victoria,
su santo brazo. R/.
El Señor da a conocer su salvación,
revela a las naciones su justicia.
Se acordó de su misericordia y su fidelidad
en favor de la casa de Israel. R/.
Los confines de la tierra han contemplado
la salvación de nuestro Dios.
Aclama al Señor, tierra entera;
gritad, vitoread, tocad. R/.
Tañed la cítara para el Señor,
suenen los instrumentos:
con clarines y al son de trompetas,
aclamad al Rey y Señor. R/.
En aquel tiempo, los escribas que habían bajado de Jerusalén decían:
«Tiene dentro a Belzebú y expulsa a los demonios con el poder del jefe de los demonios».
Él los invitó a acercarse y les hablaba en parábolas:
«¿Cómo va a echar Satanás a Satanás? Un reino dividido internamente no puede subsistir; una familia dividida no puede subsistir. Si Satanás se rebela contra sí mismo, para hacerse la guerra, no puede subsistir, está perdido. Nadie puede meterse en casa de un hombre forzudo para arramblar con su ajuar, si primero no lo ata; entonces podrá arramblar con la casa.
En verdad os digo, todo se les podrá perdonar a los hombres:
los pecados y cualquier blasfemia que digan; pero el que blasfeme contra el Espíritu Santo no tendrá perdón jamás, cargará con su pecado para siempre».
Se refería a los que decían que tenía dentro un espíritu inmundo.
Dios, en la época del Antiguo Testamento, hizo una alianza con el pueblo judío. Dios se comprometía a ser su Dios y ellos a ser su pueblo, cumpliendo todas las indicaciones que les hacía. “Yo seré vuestro Dios y vosotros seréis mi pueblo”. Dios se mantuvo siempre fiel a su compromiso. Pero gran parte del pueblo judío no fue fiel a este pacto, yendo detrás de otros dioses. Aunque siempre permaneció un resto que cumplió lo pactado.
Llegada la plenitud de los tiempos, “en el momento culminante de la historia”, Dios, llevado por su gran amor, hizo una nueva alianza. Esta vez con toda la humanidad. Cristo fue el mediador de esta alianza, que selló con su propia sangre derramada en la cruz, de una vez para siempre. “Cristo se ha ofrecido una sola vez para quitar los pecados de todos”. Algo que no significa que a partir de esta nueva alianza los hombres no vayamos a pecar. Pero sí que siempre que nos acerquemos a Jesús arrepentidos nos perdonará nuestro pecados para, y esto es lo más positivo, que podamos disfrutar en todos los momentos de su amor, de su amistad, el gran regalo que él nos hace. Esta nueva alianza incluye que, después de nuestra muerte, Cristo nos va a resucitar para que podamos vivir entonces en plenitud la amistad con él y donde el pecado ya no tendrá cabida, gozando para siempre de la felicidad total.
Sabemos que desde el principio, hubo personas que aceptaron a Jesús y su predicación y otros le rechazaron. Y buscaban argumentos para desacreditarle, para que sus oyentes y sus seguidores le diesen la espalda.
Una prueba de estos segundos, la tenemos en el evangelio de hoy, donde “unos letrados de Jerusalén” se pronuncian en contra de él, con el argumento de que “tiene dentro a Belzebú y expulsa los demonios con el poder del jefe de los demonios”. Un argumento bien débil y que Jesús rebate fácilmente. ¿Cómo uno mismo se va a echar a sí mismo? “¿Cómo va a echar Satanás a Satanás… Si Satanás se rebela contra sí mismo, no puede subsistir, está perdido”.
Y Jesús aprovecha esta ocasión para ofrecernos una buena enseñanza. Nos podemos preguntar si Dios será capaz de perdonar nuestros pecados, por fuertes que sean. Acudiendo a múltiples pasajes de Jesús, la respuesta es afirmativa. Nuestro Dios hagamos lo que hagamos, nos marchemos de su casa como el hijo pródigo, siempre tendrá la mano levantada para seguir ofreciéndosenos su amor y su perdón. Pero hay una excepción. Dios no podrá perdonar a los que no quieran recibir su perdón, al que blasfeme contra el Espíritu Santo, que es igual que ir en contra de la luz. Ese quiere permanecer en las tinieblas, en su pecado. Pero sigue en pie la oferta de Dios de otorgar su perdón al que acuda a él con el corazón arrepentido. Pero Dios no puede perdonar a quien no quiera ser perdonado.
San Ildefonso de Toledo

Fue arzobispo de Toledo del año 657 al 667 y es uno de los padres de la Iglesia.Piadoso y discreto a la vez, muy laborioso y de feliz ingenio, su producción literaria resultó abundante
De familia visigoda muy elevada, Ildefonso, nombre al parecer germano, nace a principios del siglo VII, durante el reinado de Witerico. El hecho de su vida monástica en el monasterio agaliense induce a suponer su nacimiento en la ciudad de Toledo.
En efecto, muy joven aún ingresó, contra la voluntad de los suyos, en Agali, el monasterio de San Cosme y San Damián, en las cercanías de Toledo, célebre centro monástico en la historia eclesiástica de España, aunque no hay certeza de si ya entonces hizo profesión de los votos monásticos. De todos modos, ordenado hacia el 630 diácono de la Iglesia toledana, no fue impedimento para volver al monasterio, donde no sólo se hizo monje, sino que llegó a ser elegido abad. […] Muerto el arzobispo Eugenio II en noviembre del año 657, Recesvinto decide nombrar metropolitano de Toledo, la Urbs regia, a Ildefonso, cuya consagración episcopal se celebra muy a finales del mismo 657.
[…] De nuestro personaje, destaca como primer rasgo de singular brillantez el fulgor de la elocuencia. El fervor de las páginas consagradas por San Ildefonso a defender la virginidad de María hacen, es verdad, muy verdadero el Elogio. Temeroso de Dios, lleno de piedad y religión, grave en su modo de andar, venerable por la honestidad de su vida, de paciencia singular, fiel guardando el secreto, sumo en sabiduría, de ingenio penetrante en sus razonamientos, son, entre otras, algunas de las características definitorias más salientes de su personalidad. Piadoso y discreto a la vez, muy laborioso y de feliz ingenio, su producción literaria resultó abundante.
Duró su pontificado al frente de la sede metropolitana de Toledo, según San Julián, nueve largos años, que sirvieron para acrisolar su virtud y poner de manifiesto sus cualidades pastorales. El hecho de que durante esos años no se celebrase ningún concilio tampoco significa que fuera hombre falto de talento, como algún especialista ha llegado a escribir. Su obra literaria, en cambio, nos descubre al hombre preocupado por los problemas pastorales de su tiempo y al incansable y formidable buscador de soluciones. Flórez data su muerte en enero del año 667. Otros tiran por el 665. Sepultado en la iglesia de Santa Leocadia, de la capital de la España visigótica, su cuerpo fue trasladado en los primeros tiempos de la invasión musulmana a Zamora.
El período más importante de la vida de San Ildefonso es, a todas luces, el de su arzobispado, pues como consejero de Recesvinto influyó notablemente en los principales sucesos de su tiempo. Velando por la integridad del dogma, escribió Libellus de virginitate, obra de controversia teológica –sostiene la tradición que por entonces cruzaba los cielos y almas de España algún error mariano que Ildefonso habría querido atajar–, llena de doctrina católica y muy elegante, a la que luego volveremos. Refiere de igual modo la tradición que, cuando acabó de escribir esta obra el autor recibió en premio una casulla de manos de la Virgen. El arzobispo don Rodrigo y Lucas de Tuy son los primeros en narrarnos este hecho prodigioso inmortalizado en su día por el pincel de Murillo. Actualmente puede verse en la catedral metropolitana de Toledo el altar levantado en el mismo lugar de la aparición de la Virgen.
Pedro Langa, O.S.A.
Texto tomado de: Martínez Puche, José A. (director),
Colección Nuevo Año Cristiano de EDIBESA.