Job respondió al Señor:
«Reconozco que lo puedes todo,
que ningún proyecto te resulta imposible.
Dijiste:
“¿Quién es ese que enturbia mis designios
sin saber siquiera de qué habla?”.
Es cierto, hablé de cosas que ignoraba,
de maravillas que superan mi comprensión.
Te conocía solo de oídas,
pero ahora te han visto mis ojos;
por eso, me retracto y me arrepiento,
echado en el polvo y la ceniza».
El Señor bendijo a Job al final de su vida más aún que al principio. Llegó a poseer catorce mil ovejas, seis mil camellos, mil yuntas de bueyes y mil borricas.
Tuvo siete hijos y tres hijas: la primera se llamaba Paloma; la segunda, Acacia; y la tercera, Azabache. No había en todo el país mujeres más bellas que las hijas de Job. Su padre las hizo herederas, igual que a sus hermanos.
Job vivió otros ciento cuarenta años, y conoció a sus hijos, a sus nietos y a sus biznietos.
Murió anciano tras una larga vida.
Enséñame la bondad, la prudencia y el conocimiento,
porque me fío de tus mandatos. R/.
Me estuvo bien el sufrir,
así aprendí tus decretos. R/.
Reconozco, Señor, que tus mandamientos son justos,
que con razón me hiciste sufrir. R/.
Por tu mandamiento subsisten hasta hoy,
porque todo está a tu servicio. R/.
Yo soy tu siervo: dame inteligencia,
y conoceré tus preceptos. R/.
La explicación de tus palabras ilumina,
da inteligencia a los ignorantes. R/.
En aquel tiempo, los setenta y dos volvieron con alegría diciendo:
«Señor, hasta los demonios se nos someten en tu nombre».
Jesús les dijo:
«Estaba viendo a Satanás caer del cielo como un rayo. Mirad: os he dado el poder de pisotear serpientes y escorpiones y todo poder del enemigo, y nada os hará daño alguno.
Sin embargo, no estéis alegres porque se os someten los espíritus; estad alegres porque vuestros nombres están inscritos en el cielo».
En aquella hora, se llenó de alegría en el Espíritu Santo y dijo:
«Te doy gracias, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos, y las has revelado a los pequeños.
Sí, Padre, porque así te ha parecido bien.
Todo me ha sido entregado por mi Padre, y nadie conoce quién es el Hijo sino el Padre; ni quién es el Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar».
Y, volviéndose a sus discípulos, les dijo aparte:
«Bienaventurados los ojos que ven lo que vosotros veis! Porque os digo que muchos profetas y reyes quisieron ver lo que vosotros veis, y no lo vieron; y oír lo que vosotros oís, y no lo oyeron».
El libro de Job es la ¨historia¨ de un hombre. Job es además la historia de un creyente, que dice a sus amigos: no se puede hablar de Dios y del sufrimiento de memoria, sino desde la experiencia vital. Dice además: Para el ser humano es bueno guardar silencio ante la persona que sufre y hacerlo con respeto. Cosa que no hacen sus amigos.
Y está bien gritar y pedir respuesta a Dios: Haz brillar, Señor, tu rostro sobre tu siervo, Sal. 118; y en el dolor entrar, en nosotros mismos y conocernos en el rostro del Otro.
Job se plantea ¿Cómo creer en un Dios bueno y explicar la presencia del mal? Job busca un encuentro desnudo con Dios… no es misterio fácil el del dolor, el mal; o el misterio de la vida.
Dios, le hace saber a Job, que solo conoce una parte de su proyecto 42,5-6 y Job reflexiona: Te conocía solo de oídas, ahora que estoy desposeído de todo te veo, es decir, ahora se da un progreso que me trae el mensaje de una presencia imposible de captar, pero necesaria para vivir.
Job, proclamando su fe en Dios, al que solo conocía de oídas, y confesando su propia inocencia, dice: me postro, me inclino, estoy como orante y recibo el consuelo sobre el polvo y la ceniza.
Para entendernos en la creación, como proyecto de Dios, es necesaria la revelación. El final feliz de la vida de Job que hoy leemos es eco muy lejano de la revelación feliz que recibimos en Cristo.
Si Job solo conocía a Dios de oídas; en Jesús se revela Dios a la gente sencilla.
Y lo primero que se nos revela; que Dios es Padre, cinco veces lo repite, para aprender en el Hijo a vivir como hijos.
En Jesús, se revela que el reino del bien, dominio de Dios, destruye al reino del mal, dominio de Satanás.
El anuncio de esta Buena noticia alegra la vida de quien sabe anunciarla o acogerla con sencillez. Jesús mismo se alegra y da gracias a Dios porque la Palabra de salvación se abre camino en la gente humilde y sencilla. Y nos recuerda el verdadero motivo de nuestra alegría: Estad alegres porque vuestros nombres están inscritos en el cielo.
El rechazo de Jesús por “los sabios” y “prudentes”, nos está diciendo que la fe en Jesús es un don, un regalo, y no el fruto del esfuerzo humano.
Para acoger el regalo de Dios, que es la fe en Jesús, hay que hacerse sencillos; creerse sabio ante Dios es poner una barrera a la comprensión de los misterios del Reino.
Dichosos vuestros ojos si saben ver en Dios al Padre y en el prójimo al hermano.
En la fiesta de Santa Teresa del niño Jesús mira con qué sencillez lo vivió ella.
Santa Teresa del Niño Jesús

Fue una religiosa que no destacó entre las hermanas que convivían con ella. Sin embargo, poco después de su muerte, sus tres manuscritos se convirtieron en clásicos de la literatura espiritual. En especial su Historia de un alma, que recoge una doctrina rigurosamente evangélica y ha sido traducido a múltiples idiomas.
Teresa Martin nace el 2 de enero de 1873 en Alencon, una pequeña población de Normandía. Es la novena hija del matrimonio que forman Luis Martin y Celia Guerin. La pequeña es recibida con alegría en un hogar que había sido castigado con la muerte de cuatro de sus hijos, dos de los cuales eran varones. Luis y Celia suspiraban por un niño que llegara a ser sacerdote, pero acogen el regalo que Dios les hace en la pequeña Teresa.
La infancia de nuestra santa transcurre entre la alegría y el amor que le procuran sus padres y las cuatro hermanas mayores (Paulina, María, Leonia y Celina) y el dolor que la muerte siembra en su hogar cuando la madre, Celia, muere de cáncer el 28 de agosto de 1877. Toda la familia se traslada entonces a Lisieux, donde existe un carmelo femenino al que pronto comenzarán a volar las hijas del buen Luis Martin, quien, con generosidad heroica, entrega a sus dos hijas mayores para que sigan los pasos de Teresa de Jesús en la clausura carmelitana de Lisieux.
El año 1887, con sólo 15 años, Teresa hace a su padre una osada petición: ella también quiere ser carmelita. A pesar de su corta edad, Luis Martin, que conoce la piedad y el amor a Cristo que embellecen la vida de su reinecita –como gustaba llamarla–, no sólo no se opone a su decisión, sino que la apoya decididamente, acompañándola en una peregrinación a Roma para obtener un permiso especial del papa León XIII. A pesar de las habladurías que llenan todo Lisieux, acusando a las monjas de querer a la niña como juguete particular de un carmelo en el que ya vivían dos de sus hermanas, el obispo de Bayeux-Lisieux accede al ingreso de Teresa el 9 de abril de 1888.
Poco después, la vida de Luis Martin se convierte en un calvario por causa de varias congestiones cerebrales que le llevan a la demencia. Atendido por Celina y Leonia, muere en 1894. Teresa le dedica su Plegaria de la hija de un santo.
Mientras, en el Carmelo, Teresa afirma haber encontrado la vida religiosa tal y como se la imaginó. La pobreza material no le asusta. Tampoco la pobreza espiritual y mental de algunas de sus hermanas, que hacen insufrible la vida de comunidad. A todas trata Teresa con el mismo amor y respeto, desempeñando pacientemente todos los oficios que se le encargan en la comunidad desde su profesión en 1890.
Desde 1893 Teresa es encargada de las novicias. Recae sobre ella la responsabilidad de educar a las jóvenes que van entrando en la vida carmelitana, a pesar de que sólo cuenta 20 años. En 1895 comienza a redactar los primeros recuerdos de su vida por mandato de la madre Inés de Jesús, nombre en religión de su hermana Paulina.
En 1896, la noche (del Jueves al Viernes Santo, Teresa sufre una hemoptisis; es el preludio de la dolencia –tuberculosis–que le llevará a la muerte. Continúa, pese a la enfermedad, con sus trabajos, sigue recopilando sus recuerdos y escribe algunos poemas. A principios de abril de 1897, la afección se revela en toda su crudeza y en agosto recibe la última comunión. Su hermana Paulina, madre Inés, va recogiendo las últimas palabras de la santa. El 30 de septiembre de 1897, a las 19:20, muere Teresa Martin exclamando: ¡Oh, le amo, Dios mío, os amo!
Sor Teresa del Niño Jesús y la Santa Faz fue una religiosa poco menos que ordinaria para muchas de las hermanas que convivían con ella. Sin embargo, los designios de la Providencia harían de ella una de las santas más conocidas en la historia de la Iglesia.
Poco después de su muerte, a raíz de la publicación de los recuerdos que de su vida había consignado ella misma en tres manuscritos, se desató en torno a Teresa un auténtico huracán de gloria: su Historia de un alma, se convirtió muy pronto en un clásico de la literatura espiritual, traducido a numerosos idiomas, y al carmelo empezaron a llegar miles de cartas de Francia, Europa y el mundo entero narrando incontables apariciones e intervenciones milagrosas de la santa (en 1918 se recibía una media de 500 cartas al día).
Lísieux era en un intenso foco de irradiación de la doctrina de Santa Teresita, a través de la difusión de su biografía, a cargo de su hermana Paulina (madre Inés), y la producción de retratos y estampas que realizaba otra de sus hermanas: Celina (sor Genoveva). En un espacio de tiempo relativamente breve, la espiritualidad de Teresa había calado hondo en la Iglesia y la devoción popular era muy intensa.
Fue beatificada en abril de 1923; sólo dos años más tarde llegaría su canonización. Hoy, además de mantener una fuerte devoción popular, la teología sigue apreciando los contenidos de su doctrina y eminentes teólogos han dedicado estudios a su espiritualidad o la citan con profusión en sus trabajos, pues la contemplan como último pico de una cordillera mistica que, arrancando en Ignacio de Antioquía y Gregorio de Nisa, corre por la historia en los nombres de Teresa de Jesús, Juan de la Cruz, etc. (E. Biser). Así, parece que Teresa ha salido de la plaza para subir a un areópago reservado a elites.
Los acercamientos rigurosos y actuales a la espiritualidad teresiana resaltan hoy como su mayor valor el de ser una doctrina rigurosamente evangélica. Desde los escritos y la vida de Teresa se puede, sin duda, volver al Evangelio. Su aventura espiritual arranca del descubrimiento de un amor primero de Dios sobre su vida. Para Teresa, lo divino es esencialmente presencia paterna –diríamos materna– que se manifiesta como ternura y misericordia.
Este hallazgo no es para ella fruto de un golpe de conversión, sino corona de un proceso interior apasionante desarrollado entre 1889 –un año después de su entrada en el carmelo— y culminado hacia 1895, en un entorno especialmente agresivo. El ambiente espiritual, en el que se desarrolla la vida de nuestra santa, es absolutamente chocante: la piedad de aquella época se definía esencialmente por la reparación.
Se concebía a Dios como un ser herido por el desprecio del hombre: el auge del ateísmo, el rechazo del catolicismo, la postergación temporal del papa, el liberalismo… Estos y otros cánceres corrompen la vida del hombre y le apartan de un Dios lleno de ira hacia quien de tal modo le rechaza. Esto era especialmente grave en Francia, con sus antecedentes de jansenismo, donde a los católicos parecía increíble que la hija predilecta de Roma volviera la espalda, de un modo tan evidente, a los valores en torno a los cuales se había articulado históricamente como nación.
La respuesta de Teresa fue en aquel momento reivindicación del auténtico rostro de Dios y puede serlo también ahora, cuando la experiencia pastoral nos informa de la pervivencia de una imagen de lo divino como justicia vindicativa que constriñe la vida de los fieles hasta sus aspectos más íntimos. Podemos recuperar para el caudal de la espiritualidad cristiana una imagen de Dios absolutamente evangélica, que imprime en la vida de Teresa un doble movimiento liberador del que está necesitada nuestra Iglesia: de una parte, en su relación personal con el Padre, confianza en la misericordia absoluta; de otra, en las relaciones con los demás, compasión y ternura sin límites, comprensión para todas las faltas que ha sido aprendida en la escuela de la misericordia divina, y pequeños gestos de amor que refrescan la vida en el plano de las relaciones interpersonales.
Emilio Martínez O.C.D
Texto tomado de: Martínez Puche, José A. (director),
Colección Nuevo Año Cristiano de EDIBESA.