El Señor habló a Job desde la tormenta:
«¿Has mandado en tu vida a la mañana o señalado su puesto a la aurora, para que agarre la tierra por los bordes y sacuda de ella a los malvados; para marcarla como arcilla bajo el sello y teñirla lo mismo que un vestido; para negar la luz a los malvados y quebrar el brazo sublevado?
¿Has entrado por las fuentes del Mar o paseado por la hondura del Océano?
¿Te han enseñado las puertas de la Muerte o has visto los portales de las Sombras?
¿Has examinado la anchura de la tierra?
Cuéntamelo, si lo sabes todo.
¿Por dónde se va a la casa de la luz?, ¿dónde viven las tinieblas?
¿Podrías conducirlas a su tierra o enseñarles el camino de su casa?
Lo sabrás, pues ya habías nacido y has cumplido tantísimos años».
Job respondió al Señor:
«Me siento pequeño, ¿qué replicaré?
Me taparé la boca con la mano. Hablé una vez, no insistiré; dos veces, nada añadiré».
Señor, tú me sondeas y me conoces.
Me conoces cuando me siento o me levanto,
de lejos penetras mis pensamientos;
distingues mi camino y mi descanso,
todas mis sendas te son familiares. R/.
Si vuelo hasta el margen de la aurora,
si emigro hasta el confín del mar,
allí me alcanzará tu izquierda,
me agarrará tu derecha. R/.
Tú has creado mis entrañas,
me has tejido en el seno materno.
Te doy gracias porque me has plasmado portentosamente,
porque son admirables tus obras. R/.
En aquel tiempo, dijo Jesús:
«¡Ay de ti, Corozaín; ay de ti, Betsaida! Pues si en Tiro y en Sidón se hubieran hecho los milagros que en vosotras, hace tiempo que se habrían convertido, vestidos de sayal y sentados en la ceniza.
Por eso el juicio les será más llevadero a Tiro y a Sidón que a vosotras.
Y tú, Cafarnaún, ¿piensas escalar el cielo? Bajarás al abismo.
Quien a vosotros escucha, a mí me escucha; quien a vosotros rechaza, a mí me rechaza; y quien me rechaza a mí, rechaza al que me ha enviado».
El único deseo de Dios, es salvarnos, salvar a su pueblo. A pesar de nuestro rechazo, Dios siempre sale a nuestro encuentro y se vale de mil maneras. Si le escuchamos, nos encontraremos con Dios, porque hemos oído su Palabra.
En esta ocasión, da la impresión que Dios está un poco enfadado, ya que habla a Job desde la tempestad, desde la tormenta, reprochándole su osadía de querer que El le dé explicaciones, con una actitud exigente, a muchas de sus dudas y preguntas que se le presentan a lo largo de su vida. Job está en un momento de confusión ante tanto sufrimiento injusto en su vida, pero Dios, no da respuestas a las preguntas de Job, le expone una serie de cuestiones a las que el mismo Job debe dar respuestas.
En varios momentos de nuestro vivir cotidiano nos vemos reflejados en este pasaje, ya que tampoco a nosotros nos resulta fácil aceptar el sufrimiento y las injusticias, buscamos razones, proclamamos nuestra inocencia y pedimos a Dios explicaciones en vez de confiar en El. El, a su vez, nos muestra a Jesucristo, muerto y resucitado, para mirarle, contemplarle y dejarnos iluminar y amar por Él.
Dios para cada uno de nosotros tiene pensado un proyecto de amor. Acojámoslo con actitud sencilla y humilde, porque Él es el Todopoderoso, que no desea nada más que nuestro bien, sabiendo que es infinitamente misericordioso.
En este Evangelio como en la primera lectura de Job, se pone de manifiesto la soberbia y prepotencia del ser humano. Cuando el corazón no está convertido al Señor, se endurece no reconociendo que de Él procede todo y por El existe todo.
Necesitamos ser pobres de espíritu y pedir al Señor que nos regale un corazón humilde, para admitir nuestro pecado y debilidad, siendo conscientes que sin Él, no somos nada ni podemos hacer nada provechoso.
El Señor a través de este texto bíblico nos llama a la conversión. A veces miramos alrededor y vemos muchos males, “hay mucha gente mala” pensamos y decimos, sin darnos cuenta que si esas personas hubiesen tenido el conocimiento que tenemos del Señor, serían incluso mejores que nosotros, que nos escudamos en la maldad de los demás, para justificarnos ante Dios y los hombres y no hacer caso al Señor.
Tenemos que seguir escuchando al Señor sin cansarnos; tenemos que preguntarnos y preguntar al Señor todos los días, qué nos quiere decir, a veces en la oración, otras veces a través de la Iglesia, del Papa. Siempre tenemos que estar muy atentos a lo que la Iglesia nos dice y pedir al Espíritu Santo para que nos ilumine a todos para caminar unidos.
Todos los días tenemos que hacer el ejercicio de morir al hombre viejo con sus malas inclinaciones y buscar con generosidad la voluntad de Dios, para confiar en Él y vivir de su Palabra.
San Jerónimo

Este monje vivió en el siglo V y es Padre y Doctor de la Iglesia. Tradujo, por petición del Papa Dámaso, la Biblia del griego y hebreo al latín, traducción que es comunmente llamada “La Vulgata” que fue la única versión latina de la Biblia aceptada por la Iglesia católica durante siglos
Eusebio Jerónimo nace por el 347 en la fortificada ciudad de Estridón, entre Dalmacia y Panonia, ciudad destruida ya en vida del santo por los godos y estrechamente ligada, según parece, a la cultura latina. Su hermano Pauliniano y su hermana, más jóvenes, abrazan como él la vida monástica. Eusebio, el padre, piadoso cristiano de buena posición, le proporciona esmerada educación. De hecho, hacia el 360-67, joven aún, llegado apenas de Aquileya, cursa en Roma con excelente provecho estudios de gramática y de retórica. Bautizado en Roma por el papa Liberio, nada nos dice, en cambio, de las circunstancias que rodearon el hecho. Probó fortuna luego en Tréveris, la ciudad imperial, dejándose ganar por el ideal monástico oriental y llegando a conocer y copiar las obras de San Hilario. Vuelto con Bonoso a su patria en el 370, formó durante algunos años en torno a Valeriano, obispo de Aquileya, una piña con Rufino, Cromacio y Heliodoro que acabaría en riñas provocadas, entre otras cosas, por su afilada lengua de asceta.
Pasa más tarde a la ciudad de Antioquía, durante cuyo cisma Evagrio se había sumado a la reducida minoría ultranicena, encabezada por Paulino: en este ambiente, y tras la experiencia de Calcis, recibe la ordenación sacerdotal, aunque sin compromisos pastorales, pues Paulino buscaba adeptos y no pastores de una comunidad inexistente.
Hacia el 380, Paulino hubo de trasladarse a Constantinopla para solicitar de Teodosio el reconocimiento de su autoridad episcopal: Jerónimo se hace allí oyente de Gregorio Nacianceno, del que hereda la gran admiración por Orígenes, los secretos de la exégesis alegórica y los valores del mundo griego. Uno de sus buenos propósitos será servir de cabeza de puente entre la teología griega y la latina. Dos autores le atraen al principio: Eusebio de Cesarea, con sus trabajos históricos, y Orígenes con su exégesis: el método Orígenes, en efecto, mediante el doble aspecto de comparación del texto original hebreo o griego con las diversas versiones y de profundización en su sentido místico, dejará en él huella perdurable.
La autoridad de sus protectores orientales y el prestigio de su ciencia y su ascetismo le abrieron en Roma muchas puertas y le ganaron no pocas voluntades. El papa Dámaso lo tomó de secretario en la cancillería eclesiástica, poniéndole al frente de los archivos y encargándole de la correspondencia sinodal entre Oriente y Occidente, así como de traducir al latín las Sagradas Escrituras.
En el verano del 386, tras la visita a Palestina y a Egipto, es decir, los respectivos escenarios de la Biblia y del monacato, se instala en Belén, lejos de los ruidos de Jerusalén. Al principio de manera provisional, pero luego, al cabo de tres años, de forma definitiva, en el monasterio allí fundado. […]
La instalación en Belén favorece una intesa actividad literaria: rigurosas traducciones bíblicas, adaptaciones de tesoros exegéticos y, como distracción, alguna que otra novela de hagiografía monástica. […]
Allí Jerónimo enseña, predica a menudo, escribe obras admirables, alterna la vida, la oración y el estudio defendiendo la ortodoxia frente a origenistas (393-404) y pelagianos, que llegarán a incendiar su convento (417): sólo huyendo puede salvar la vida. En Belén, de todos modos, vive una vida más tranquila que la de Roma. Cuando predica, se dirige a monjes y monjas, parte principal de su auditorio. Que predicara en solemnidades, concretamente en el domingo de Pascua, puede significar que el grupo de monjes latinos, por él patrocinado corno presbítero, tenía su culto propio.
El año 393 rompe su silencio epistolar para emprender la que será, en este terreno, la etapa más fecunda. El círculo de corresponsales se dilata; su correspondencia se hace universal; sus cartas ganan los confines de Occidente. Jerónimo será el director espiritual que a todos atiende. El abanico de asuntos es grande, pero hay dos que mueven su pluma con desusada prontitud a la hora de responder: el ascetismo y la Biblia. Buen número de cartas, en fin, afrontan las polémicas entonces abiertas, sobre todo el pelagianismo, la contienda joviniana y el origenismo.
Especial mención merecen sus relaciones con San Agustín. Aquella amistad será entrañable. San Agustín va a ser para el anciano Jerónimo el confidente de los momentos difíciles; con él desahoga el de Belén su preocupación por la amenaza pelagiana de los últimos años, y «no deja pasar hora sin mentar su nombre» (Carta 141).
San Jerónimo fallece el 30 de septiembre del 419, dejando inacabado el comentario de Jeremías, último del ciclo de los profetas. Su fama, la del excepcional transmisor de los textos bíblicos y patrísticos a Occidente, sobrevuela con la altura del cóndor los cielos todos del orbe. Sus obras contienen una documentación griega —exegética, histórica y espiritual— de excepcional magnitud. El eco de su voz resuena por Tierra Santa. Sus cartas navegan hacia Roma, donde dejara tantos amigos, pero al propio tiempo, llenas de luz y calor, llegan a las Galias y a España y a la amada tierra africana de San Agustín. El polvo enamorado de sus restos reposa hoy en la basílica romana de Santa María la Mayor.
Era tan grande su fama ya en vida que los escritos alcanzaban celérica difusión. Él, que había copiado de joven tantos libros para formarse una biblioteca, obtuvo de la generosa Paula un equipo de copistas y se las ingenió como pudo para organizar una tupida red difusora mediante el valimiento de sus amigos romanos y de sus corresponsales. Después de San Agustín es, sin duda, el más fecundo escritor de Occidente.
San Jerónimo es el más grande apóstol del ascetismo antiguo y uno de los hombres más cultos de su época, epistológrafo más que homileta, escriturista más que teólogo, propagandista incansable de la vida religiosa. Su ardiente amor a Cristo le inspiró consagrarse a la divina palabra. Y su capacidad humanística, de corte clásico, alcanzó tal perfección que habría superado a Lactancio en originalidad y potencia expresiva. Gracias a él, la Iglesia latina pudo enriquecerse de los Padres griegos y leer el texto genuino de las Escrituras Sagradas. Él precisamente es uno de los cuatro grandes Padres y doctores latinos.
Suele afirmarse que se sabía la Biblia de memoria. No extrañe, en cualquier caso, reparando en el dintel de esta lapidaria frase de Jerónimo: «Si, como dice el apóstol Pablo, Cristo es el poder de Dios y la sabiduría de Dios, y el que no conoce las Escrituras no conoce el poder de Dios ni su sabiduría, de ahí se sigue que ignorar las Escrituras es ignorar a Cristo» (Prólogo al Comentario sobre el profeta Isaías, 1).
Pedro Langa, O.S.A.
Texto tomado de: Martínez Puche, José A. (director),
Colección Nuevo Año Cristiano de EDIBESA.