Esto dice el Señor:
«Cuando alejes de ti la opresión, el dedo acusador y la calumnia, cuando ofrezcas al hambriento de lo tuyo y sacies el alma afligida, brillará tu luz en las tinieblas, tu oscuridad como el mediodía.
El Señor te guiará siempre, hartará tu alma en tierra abrasada, dará vigor a tus huesos.
Serás un huerto bien regado, un manantial de aguas que no engañan.
Tu gente reconstruirá las ruinas antiguas, volverás a levantar los cimientos de otros tiempos; te llamarán “reparador de brechas”, “restaurador de senderos”, para hacer habitable el país.
Si detienes tus pasos el sábado, para no hacer negocios en mi día santo, y llamas al sábado “mi delicia” y lo consagras a la gloria del Señor; si lo honras, evitando viajes, dejando de hacer tus negocios y de discutir tus asuntos, entonces encontrarás tu delicia en el Señor.
Te conduciré sobre las alturas del país y gozarás del patrimonio de Jacob, tu padre.
Ha hablado la boca del Señor».
Inclina tu oído, Señor, escúchame,
que soy un pobre desamparado;
protege mi vida, que soy un fiel tuyo;
salva, Dios mío, a tu siervo, que confía en ti. R/.
Piedad de mí, Señor,
que a ti te estoy llamando todo el día;
alegra el alma de tu siervo,
pues levanto mi alma hacia ti, Señor. R/.
Porque tú, Señor, eres bueno y clemente,
rico en misericordia con los que te invocan.
Señor, escucha mi oración,
atiende a la voz de mi súplica. R/.
En aquel tiempo, vio Jesús a un publicano llamado Leví, sentado al mostrador de los impuestos, y le dijo:
«Sígueme».
Él, dejándolo todo, se levantó y lo siguió. Leví ofreció en su honor un gran banquete en su casa, y estaban a la mesa con ellos un gran número de publicanos y otros. Y murmuraban los fariseos y sus escribas diciendo a los discípulos, de Jesús:
«¿Cómo es que coméis y bebéis con publicanos y pecadores?».
Jesús les respondió:
«No necesitan médico los sanos, sino los enfermos. No he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores a que se conviertan».
Acabamos de comenzar nuestro proceso de preparación a la celebración del acontecimiento central de nuestra fe: La Pascua. La preparación no sólo es entrenarnos para su recuerdo, sino, es, sobre todo, dedicar cuarenta días a descubrir las exigencias que tiene esa celebración, para nuestro ser de creyentes en Jesús, muerto y resucitado.
En este primer sábado la liturgia nos señale el motivo de la celebración: “Dios vino al mundo para sanar, no para condenar” y la respuesta a ese acontecimiento. La razón que Dios se hizo hombre para salvar a la humanidad, no para condenar. Vino a salvar a los pecadores, es decir, a aquellos que se han aparato del amor de Dios. Reconociendo la falta de respuesta a ese amor y disfrutando de ese amor, surge una exigencia: la conversión. Todos somos pecadores y todos necesitamos de sanación.
Acabamos, casi de iniciar nuestro proceso de conversión cuaresmal y, en el salmo de este primer sábado, la liturgia nos invita a poner en práctica un medio para hacer el proceso de conversión personal y comunitaria: La oración.
Pedimos a Dios, que nos ama y quiere nuestro bien, que sea El quien nos marque el camino. Camino que nos llevará a descubrir la verdad de nuestra existencia. Verdad de nuestra existencia que es una realidad de amor de Dios manifestada, expresada en Jesús que ha venido a estar con todos, pero en especial con nosotros pecadores. Todos somos pecadores y todos no vivimos ese amor con realismo e intensidad y no lleva a alejarnos de nuestros hermanos, negándoles nuestro amor. En la oración descubrimos nuestra necesidad de conversión, pues no somos fieles al amor de Dios.
¡El Padre ama a todos! Aprendamos de Dios, que siempre es bueno con todos, a diferencia de nosotros, que solo podemos ser buenos con algunos y olvidamos igual a los que más nos necesitan.
El profeta Isaías, dentro del contexto de otra práctica cuaresmal, el ayuno, nos señala dónde está el verdadero ayuno y su finalidad. Practicándolo y con la finalidad señalada podremos ir dando pasos en nuestra conversión personal y comunitaria.
En nuestra sociedad la práctica del ayuno tiene otras finalidades, nosotros como creyentes descubrimos su necesidad para centrar nuestra vida en los valores evangélicos y así ser más fieles a Jesús.
El ayuno que nos lleva a la conversión no está simplemente pensando en nosotros, sino siempre en beneficio de los demás es lo que viene a instruirnos la lectura de Isaías, con interrogantes. ¿No será el ayuno que yo quiero desatar los lazos de la maldad, dar la libertad a los quebrantados y libera del yugo a los demás? ¿No será partir al hambriento tu pan y a los pobres sin hogar recibirles en casa? ¿Qué cuando veas a un desnudo le cubras y de tu semejante no te apartes?
Esta práctica del ayuno es la mejor actividad que podemos hacer en esta cuaresma, para salir de nuestro individualismo, de nuestro consumismo y centrar nuestra mente y nuestro corazón en el bien del otro, de nuestro hermano. Dios nos ama para que amemos. Dios siempre piensa en nosotros para que nosotros pensemos en los demás.