No os constituyáis muchos en maestros, hermanos míos, pues sabemos que nosotros recibiremos una sentencia más severa, porque todos faltamos a menudo.
Si alguien no falta en el hablar, ese es un hombre perfecto, capaz de controlar también todo su cuerpo.
A los caballos les metemos el freno en la boca para que ellos nos obedezcan, y así dirigimos a todo el animal. Fijaos también que los barcos, siendo tan grandes e impulsados por vientos tan recios, se dirigen con un timón pequeñísimo por donde el piloto quiere navegar.
Lo mismo pasa con la lengua: es un órgano pequeño, pero alardea de grandezas.
Mirad, una chispa insignificante puede incendiar todo un bosque. También la lengua es fuego, un mundo de iniquidad; entre nuestros miembros, la lengua es la que contamina a la persona entera y va quemando el curso de la existencia, pero ella es quemada, a su vez, por la «gehenna».
Pues toda clase de fieras y pájaros, de reptiles y bestias marinas pueden ser domadas y de hecho lo han sido por el hombre. En cambio, la lengua nadie puede domarla, es un mal incansable cargado de veneno mortal. Con ella bendecimos al Señor y Padre, y con ella maldecimos a los hombres, creados a semejanza de Dios. De la misma boca sale bendición y maldición. Eso no puede ser así, hermanos míos.
Sálvanos, Señor, que se acaban los buenos,
que desaparece la lealtad entre los hombres:
no hacen más que mentir a su prójimo,
hablan con labios embusteros
y con doblez de corazón. R.
Estirpe el Señor los labios embusteros
y la lengua fanfarrona
de los que dicen: “La lengua es nuestra fuerza,
nuestros labios nos defienden,
¿quién será nuestro amo?” R.
Las palabras del Señor son palabras auténticas,
como plata limpia de ganga,
refinada siete veces.
Tú nos guardarás, Señor,
nos librarás para siempre de esa gente. R.
En aquel tiempo, Jesús tomó consigo a Pedro, a Santiago y a Juan, subió aparte con ellos solos a un monte alto, y se transfiguró delante de ellos. Sus vestidos se volvieron de un blanco deslumbrador, como no puede dejarlos ningún batanero del mundo.
Se les aparecieron Elías y Moisés, conversando con Jesús.
Entonces Pedro tomó la palabra y le dijo a Jesús:
«Maestro, ¡qué bueno es que estemos aquí! Vamos a hacer tres tiendas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías».
No sabía qué decir, pues estaban asustados.
Se formó una nube que los cubrió, y salió una voz de la nube:
«Este es mi Hijo amado; escuchadlo».
De pronto, al mirar alrededor, no vieron a nadie más que a Jesús, solo con ellos.
Cuando bajaban del monte, les ordenó que no contasen a nadie lo que habían visto hasta que el Hijo del hombre resucitara de entre los muertos.
Esto se les quedó grabado, y discutían qué quería decir aquello de resucitar de entre los muertos.
Le preguntaron:
«¿Por qué dicen los escribas que primero tiene que venir Elías?».
Les contestó él:
«Elías vendrá primero y lo renovará todo. Ahora, ¿por qué está escrito que el Hijo del hombre tiene que padecer mucho y ser despreciado? Os digo que Elías ya ha venido, y han hecho con él lo que han querido, como estaba escrito. acerca de él».
La primera lectura que nos presenta el apóstol Santiago condensa una profunda realidad humana; con ella pretende advertirnos de nuestra forma de actuar y hablar, porque esa actitud es reflejo de nuestra forma de amar. El crecimiento y la maduración como discípulos de Jesús lleva de alguna manera al cultivo de uno mismo, al dominio de sí.
Santiago se vale de una serie de imágenes para que quede claro su mensaje: el bocado que se le pone a un caballo para que pase de un estado salvaje a un estado en el que muestre su mejor destreza y potencial para la doma clásica; el barco que guiado por un pequeño timón resiste las potentes olas del inmenso mar de la vida. Bocado o timón pueden parecer algo rígido, pero pretenden ser reflejo del dominio de uno mismo, y repiten la misma referencia que Dios dio al pueblo elegido antes de entrar en la tierra prometida: "ante ti pongo el bien y la vida, el mal o la muerte … elige" (Dt 30, 15.19).
La imprudencia o los descuidos son como una pequeña chispa que prende un cañaveral hasta reducirlo a simples cenizas. Y lo que era un ecosistema vital se ve reducido a muerte. Con la lengua animada de la calumnia, las palabras hirientes, o mortíferas se llega a destruir las relaciones fraternas. Nuestra actitud como cristianos no puede ser como lo que denuncia el salmo 62: «con la boca bendicen, con el corazón maldicen», porque la sabiduría bíblica sabe que el hecho de arremeter contra alguien es como empujar contra una tapia ruinosa que acaba en el suelo. Sin embargo, Jesús expresa en su infinito amor que cada vez que se lo hicimos a uno de esos pequeños, que son su imagen, se lo hicimos al mismo Cristo (Mt 25, 40).
El Evangelio nos sitúa en un contexto un tanto particular, en la altura de una montaña. Es el espacio de la cercanía e intimidad con Dios, y en su cima se acorta la distancia entre lo humano y lo divino. Allí se fomenta la relación interpersonal con Dios, pues -según la imagen clásica- al estar más cerca del cielo se puede dialogar con el Hacedor sin dificultad y la súplica es escuchada. Aparece también al inicio un verbo que nos habla precisamente de la intimidad que precisa el discípulo para llenarse de la enseñanza del Maestro: «llevó consigo». A los que pertenecen a su grupo, Jesús «los lleva consigo».
El Maestro se transfigura ante sus discípulos. El escenario se llena de luz, que en definitiva viene a apuntar la misión del mismo Cristo: su pasión, muerte y resurrección. Y en esa misión estamos incorporados todos los discípulos, todos los bautizados. Entrar a formar parte de la luz de la resurrección, y la misión de ser luz en medio de un mundo alcanzado por las heridas de tantas tinieblas es la tarea de los que siguen a Jesús.
La voz del Padre nos marca el camino de entrada en la luz de la resurrección. Solo pasaremos allí si somos capaces de escuchar a su Hijo Jesucristo. Su vida, acciones, gestos, miradas de ternura, su capacidad de sentir compasión, etc, son las ráfagas de luz que nos ha dejado el Nazareno, con las que ha ido sanando las heridas del mundo. La luz que vino a los suyos y los suyos no fueron capaces de percibir (Cf. Jn 1, 11). La luz que nos habla de un amor entregado hasta el final, de pan partido y sangre derramada que se hace ofrenda transfigurada por su amor.
Beato Álvaro de Córdoba

Fraile dominico del siglo XIV que impulsó la reforma religiosa fundando el Convento de Scala Coeli en Córdoba. En este lugar instauró el primer “Via Crucis” localizado que se conoce
Alvaro nació en Zamora y en 1368 entró en la Orden. Fue durante muchos años profesor en San Pablo de Valladolid y luego maestro en teología de Salamanca y confesor del rey Juan 11 de Castilla. Después de una peregrinación a Tierra Santa e Italia (1418-1420) para conocer de cerca la reforma de la Orden realizada por el beato Raimundo de Capua, inició la misma labor de reforma en España fundando el convento de Scala Coeli (Córdoba), cuna de la reforma. Del papa Martín V recibe el nombramiento de superior mayor de los conventos reformados en España. También en Scala Coeli instauró el primer «Vía crucis» localizado que se conoce. La devoción popular le ha llamado santo. Muere un 19 de febrero alrededor del año 1430 y su cuerpo se venera en el convento de Scala Coeli. Su culto fue confirmado el 22 de septiembre del 1741.
Oración colecta
Oh Dios que adornaste al beato Álvaro
con las virtudes de la caridad y de la penitencia;
concédenos, por su intercesión
y movidos por su ejemplo,
llevar siempre en nuestro cuerpo
la muerte de Cristo
y en nuestro corazón el amor a ti.
Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo,
que vive y reina contigo
en la unidad del Espíritu Santo
y es Dios por los siglos de los siglos.
Oración sobre las ofrendas
Recibe, Señor, la ofrenda de tus hijos
en la festividad del beato Álvaro
y haznos aceptables a tus ojos
por la sinceridad de corazón.
Por Jesucristo nuestro Señor.
Oración después de la comunión
Vivifícanos, Señor,
por estos sacramentos que hemos recibido;
y al celebrar con gozo la fiesta del beato Álvaro,
concédenos que
el ejemplo de su celo apostólico
nos impulse a crecer cada día
en gracia y santidad.
Por Jesucristo nuestro Señor.
Liturgia de las Horas. Propio O.P.