¿De qué le sirve a uno, hermanos míos, decir que tiene fe, si no tiene obras? ¿ Podrá acaso salvarlo esa fe?
Si un hermano o una hermana andan desnudos y faltos del alimento diario y uno de vosotros les dice: «Id en paz; abrigaos y saciaos», pero no les da lo necesario para el cuerpo; ¿de qué sirve?
Así es también la fe: si no tiene obras, está muerta por dentro.
Pero alguno dirá:
«Tú tienes fe, y yo tengo obras, muéstrame esa fe tuya sin las obras, y yo con mis obras te mostraré la fe».
Tú crees que hay un solo Dios. Haces bien. Hasta los demonios lo creen y tiemblan.
¿Quieres enterarte, insensato, de que la fe sin las obras es inútil? Abrahán, nuestro padre, ¿no fue justificado por sus obras al ofrecer a Isaac, su hijo, sobre el altar? Ya ves que la fe concurría con sus obras y que esa fe, por las obras, logró la perfección. Así se cumplió la Escritura que dice: «Abrahán creyó a Dios, y eso le fue contado como justicia» y fue llamado «amigo de Dios».
Ya veis que el hombre es justificado por las obras y no solo por la fe.
Por lo mismo que el cuerpo sin aliento está muerto, así también la fe sin obras está muerta.
Dichoso quien teme al Señor
y ama de corazón sus mandatos.
Su linaje será poderoso en la tierra,
la descendencia del justo será bendita. R/.
En su casa habrá riquezas
y abundancia, su caridad dura pos siempre.
En las tinieblas brilla como una luz
el que es justo, clemente y compasivo. R/.
Dichoso el que se apiada y presta,
y administra rectamente sus asuntos,
porque jamás vacilará.
El recuerdo del justo será perpetuo. R/.
En aquel tiempo, llamando a la gente y a sus discípulos, Jesús les dijo:
«Si alguno quiere venir en pos de mí, que se niegue a sí mismo, tome su cruz y me siga. Porque, quien quiera salvar su vida, la perderá; pero el que pierda su vida por mí y por el Evangelio, la salvará. Pues ¿de qué le sirve al hombre ganar el mundo entero y perder su alma? ¿O qué podrá dar uno para recobrarla?
Quien se avergüence de mí y de mis palabras en esta generación adúltera y pecadora, también el Hijo del hombre se avergonzará de él cuando venga con la gloria de su Padre entre sus santos ángeles».
Y añadió:
«En verdad os digo que algunos de los aquí presentes no gustarán la muerte hasta que vean el reino de Dios en toda su potencia».
Tradicionalmente se ha encontrado cierta tensión entre la postura de Santiago y la de Pablo con respecto a la relación que existe entre nuestra Salvación, la fe y las obras. Pero conviene acoger esta Palabra con una perspectiva unitaria y mucho más enriquecedora que como una simple llamada al activismo.
Cuando Santiago se anima a desafiar al creyente con su lapidario: “Muéstrame tu fe sin obras y yo, por las obras, te mostraré mi fe”, no quiere remarcar otra cosa que la unidad entre vida y predicación, entre testimonio y credo. Que las obras, la actitud, la existencia, grita lo que las palabras no pueden expresar. Para bien y para mal. No está tratando de decir que compramos nuestra Salvación a pulso, ni que nos ganamos el Cielo por lo buenos y sacrificados que seamos. Esa idea no se sostiene con un Jesús que es todo gratuidad y derroche de gracia. Lo que el apóstol pone de manifiesto, con énfasis, es que, lo queramos o no, nuestra fe se transparenta en nuestras vidas. De forma que aquello que hacemos, o dejamos de hacer, decimos o callamos, preferimos, tememos, o amamos, le está revelando al mundo el Dios en quien creemos.
El apóstol nos está previniendo de caer en dos extremos: por un lado, el más evidente, en el de acallar nuestras conciencias con razonamientos, excusas y palabras muy bien preparadas, pero sin incidencia en la vida. Y, al mismo tiempo, y ¡atención que es más sutil! nos advierte de creer que solo importa lo que hacemos o lo que damos. No. Importa y mucho por qué lo hacemos, por qué lo damos, cómo lo hacemos y cómo lo entregamos. Porque ahí se “muestra nuestra fe”, esa que da testimonio del mismo Evangelio que proclama “que no sepa tu mano izquierda lo que hace tu derecha” (cf. Mt 6, 3). ¿Cómo se conjugan ambas invitaciones? Santiago no puede estar pretendiendo que debamos ir dejando pasmados a la gente por lo buenos y generosos que seamos. Si nuestra fe es en un Dios “que ve en lo escondido”, no podemos andar buscando el reconocimiento de los demás sino a “mi Padre que ve en lo escondido” y que “te lo recompensará”. Y eso se nota. No solo hablan las obras, sino que el modo, el por qué y el para qué de las buenas obras es también la esencia del testimonio que revelan.
Las obras, las actitudes, las opciones que tomamos en nuestra vida no son la prueba de nuestra fidelidad, sino la consecuencia de una fe que acoge el amor gratuito de Dios y por eso es capaz de dar gratis lo que ha recibido gratis. “Por sus frutos los conoceréis” (cf. Mt. 7, 16). El beato Juan de Fiésole que hoy la Iglesia y particularmente la Orden de Predicadores celebra es un ejemplo preclaro de esta unidad entre fe y obras. Y, en su caso, literal. Pues, con su máxima “quien hace cosas de Cristo, debe estar siempre con Cristo” fue capaz de transformar su oración en arte de forma que su arte despertara la oración en el espectador. ¿De dónde brotan nuestras obras? ¿Y qué despiertan en el interior de quienes las contemplan?
No son raros ni demasiado lejanos los ejemplos concretos a los que nos remite este Evangelio. Personas y momentos de nuestras vidas que encontramos vacíos, a pesar de tenerlo todo a los ojos del mundo y de la sociedad o, incluso, después de haber logrado algo que llevábamos tiempo anhelando; y nos preguntamos: ¿qué me falta que no soy feliz? El hastío existencial se expresa en esa angustiosa pregunta: ¿de qué sirve?; y todo a nuestro alrededor parece perder el color.
Jesús habla con claridad y nos obliga a posicionarnos, a repensar nuestras actitudes y poner nuestra vida en consonancia con nuestra fe, con nuestra adhesión a Él y a su Evangelio. No se puede estar entre dos aguas. Pero dice aún más, nos da una clave: «Quien quiera salvar su vida, la perderá”. Y esto, ¿por qué? Porque hemos sido creados para entregar la vida. Este es el sentido de nuestra vida: darla. Por eso, reservándonos no hacemos otra cosa que traicionar la razón por la que estamos aquí. Guardándonos y encerrándonos en nosotros mismos traicionamos a Dios que nos exhorta al amor, pero –y conviene no olvidarlo- con Él, nos traicionamos a nosotros mismos, truncamos el sentido de nuestro ser, nos hacemos infelices. Jesús nos está invitando a seguirle y eso significa asumir el riesgo de una existencia que no se reserva, que se da, como se dio él, en la certeza de que es más fuerte el amor que la muerte; que la cruz, que no niega y que nos invita a cargar como él cargó, no tiene la última palabra y es una cruz gloriosa, que nos lleva a la vida; que este Jesús muerto en cruz es el Cristo resucitado. Solo así podemos acoger esta invitación a perder nuestras vidas, con la confianza de que no es un suicidio absurdo ni masoquista, sino que tiene una perspectiva que es de vida, de dar fruto, como el grano de trigo. «El que pierda su vida por mí y por el Evangelio, la salvará». No porque ganemos con nuestros méritos la salvación prometida, sino porque acogemos así la salvación para la que hemos sido creados, realizamos en nosotros el plan que da sentido a nuestra existencia o, mejor dicho, nos abrimos al proyecto de amor para el que Dios nos pensó.
Si Santiago nos preguntaba en la primera lectura cuál es el sentido de una fe desconectada de lo concreto de la vida, el Evangelio no se aleja de esa idea y nos pregunta ahora con fuerza: ¿de qué te sirve ganar el mundo entero si arruinas tu vida? Es decir, ¿qué sentido tiene poseerlo todo a los ojos del mundo y estar vacío por dentro? Y si sentimos en nuestro interior que algo falla; que, a pesar de esforzarnos e incluso lograr aquello que se supone que es importante, sigue resonando en nuestro interior aquel “¿De qué sirve?”, quizá haya que cuestionarse ¿Cuál es la lógica que cimenta mi existencia? ¿Cuál es el orden de prioridades que mueve mi vida?
Beato Fray Angélico

Entró junto con su hermano Benedetto en el convento de Santo Domingo, en la periferia de Florencia, donde se formo como iluminador. Supo combinar la vida de fraile dominico con la de pintor. Faceta en la que destaca tanto por su calidad técnica como por la profunda devoción religiosa que inspiran sus pinturas.
La vida de Juan de Fiésole, fray Angélico, nacido en torno al año 1400 cerca de Vicchio, en Mugello (Toscana italiana), se desenvuelve en dos ambientes distintos y complementarios: el conventual y el artístico. Resumimos brevemente ambos, encuadrándolos dentro de un marco histórico-biográfico.
Carecemos de documentación sobre sus primeros años y su entorno familiar, y son escasas las noticias que pueden ofrecerse de su primera formación humana, religiosa y artística. En torno a 1417 se adiestra en talleres de Florencia como miniaturista y pintor, y se incorpora como un miembro más a la «Compañía de San Nicolás» en la Iglesia del Carmen.
Atraído por la predicación del beato Juan Dominici, ingresa en 1420 —junto con su hermano Benedetto— en la Orden dominicana, en el nuevo convento de Santo Domingo, Fiésole, en la periferia de Florencia. Se somete a la vida de observancia regular en ese convento reformado por el beato Dominici, que enarbola el humanismo cristiano frente a la cultura paganizante del renacimiento florentino. Al ser recibido a la profesión religiosa, Guido cambia su nombre por el de Fra Giovanni di san Domenico, e inicia su carrera sacerdotal. Alterna la vida de observancia regular y de estudio con su innata vocación artística, y crea el taller y estudio de arte. Durante este período fiesolano (1425-1438) pinta las tablas de la «Anunciación» (Museo del Prado) y la «Coronación» (Museo de Louvre) para los altares laterales de la iglesia del convento; minia, junto con su hermano Benedetto, los Libros Corales (Museo de San Marcos); recibe ofertas para pintar tablas destinadas a organismos e iglesias florentinas y a la iglesia-convento de santo Domingo de Cortona.
Se incorpora a la nueva comunidad dominicana de San Marcos de Florencia. Su prior y maestro es San Antonino de Florencia, insigne moralista y profesor, cuya Suma de Moral le brinda el marco doctrinal (junto a la Suma de Santo Tomás) de su magisterio teológico-artístico. En este segundo período florentino (hasta 1445) sus obras se multiplican; es el más fecundo. Lleva a cabo la ejecución de los célebres frescos del «Claustro», «Sala Capitular», «Pasillos» y «Celdas» de San Marcos, alternando el oficio de pintor con el de administrador del convento.
Comienza su período artístico en Roma en 1445. El Papa Eugenio IV lo llama para que se haga cargo de la decoración muralista de la Capilla, hoy desaparecida, del Smo. Sacramento en la basílica de San Pedro. Es la fecha en que, vacante la sede de Florencia, le proponen nombrarle arzobispo, cargo que declina a favor de su prior San Antonino. Interrumpe su estancia en Roma y comienza en verano los frescos que decoran la «Capilla de San Brizio» en la catedral de Orvieto (1447). Y después vuelve a continuar los frescos del estudio del Papa Nicolás V, conocido por «Capilla Nicolina», con el tema de San Esteban y San Lorenzo, obra que finalizaría en 1449.
Con motivo de la muerte de su hermano Benedetto, regresa a Fiésole y lo eligen prior del convento en 1450. Allí no acepta ya nuevos encargos, como el de afrescar la catedral de Prato. Tres años después regresa de nuevo a Roma, al convento de Minerva, llamado por el cardenal Torquemada para decorar el claustro. En ese convento fallece el 18 de febrero de 1455. Su cuerpo fue inhumado en la nave izquierda, junto al presbiterio. Una remodelación moderna, a modo de «Capilla del Beato Angélico», acoge la austera lápida de mármol blanco en que se talló su efigie-retrato y una inscripción de caracteres góticos que reza así: Aquí yace el venerable pintor fray Juan de Florencia de la Orden de Predicadores, 1455.
Más información en: la vida de fray Angélico
Oración colecta:
Oh Dios, que en tu paternal providencia
has inspirado al beato Angélico
expresar la paz y dulzura del paraíso;
danos, por su intercesión,
que podamos irradiarlas
al corazón de los hombres
con el ejemplo luminoso de la virtud.
Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo,
que vive y reina contigo
en la unidad del Espíritu Santo
y es Dios por los siglos de los siglos.
O bien:
Oh Dios, que diste al beato Juan Angélico
contemplar y enseñar en su obra
de modo maravilloso
los misterios de tu Hijo;
concédenos, por su intercesión,
que, conociéndote ya por la fe,
lleguemos a contemplar
la hermosura de tu gloria.
Por nuestro Señor Jesucristo…
Oración sobre las ofrendas
Acepta, Señor, nuestras ofrendas y súplicas
en la memoria del beato Angélico,
y como a él lo hiciste
servidor insigne de la pasión de tu Hijo,
así este sacrificio haga de nosotros
una ofrenda que te sea agradable.
Por Jesucristo nuestro Señor.
Oración después de la comunión
Te alabamos, Señor,
por los dones de tu redención,
y te pedimos nos concedas con misericordia
llegar a amarte
con la devoción sincera
que el beato Juan de Fiésole, Angélico,
manifestó con la admirable sabiduría
que proviene del amor.
Por Jesucristo nuestro Señor.